sábado, 28 de enero de 2017

Escupiendo Rabia- El derecho a comportarte como un hijo de la grandísima puta



Una de las cosas que siempre me han enseñado en mi casa ha sido eso de que hay ciertos límites que jamás se deben sobrepasar. Uno de ellos consiste en no insultar a otros sin provocación previa, especialmente cuando esos otros no pueden defenderse. Más grave aún es el caso si ese del que hablamos no puede defenderse porque está muerto. Este principio es sencillo: si vas a poner a caldo a alguien, asegúrate de que tenga una mínima oportunidad de defenderse y de escuchar lo que tú tengas que decir sobre él. Si no, más te vale que te calles la (puta) boca, porque no quedas ni como un transgresor ni como un defensor de nada, ni leches en vinagre: eres un cobarde de la más baja estofa.

De un tiempo a esta parte he comentado lo que ha venido siendo una crisis de valores que parece asolarnos como sociedad, con el mismo ímpetu que una avalancha. Sumemos eso al anonimato que la gente parece encontrar en las redes sociales y en esa constante justificación que se tiene (de una forma incorrecta y basada en la más pura de las ignorancias acerca de nuestras leyes) amparándose en el humor negro, la transgresión y la libertad de expresión. Para flipar, si tenemos en cuenta que aquí ahora todo el mundo parece ser juez, jurado y verdugo a la hora de insultar, escarniar o incluso amenazar de muerte a quien sea en una red social. Eso sí, sin dar un nombre verdadero, sin dar la cara. Tirando la piedra a base de insultos y escondiendo la mano, generalmente borrando sus cuentas o, si les trincan, diciendo "Es que yo puedo decir lo que quiera".

Ha venido pasando de una forma muy reiterada últimamente en cierta red social en la que no tengo cuenta porque, a cada día que pasa, me da más la impresión de ser un caldo de cultivo para auténticos animales. Cuando digo animales, me refiero, no tanto en el sentido biológico de la palabra (una criatura que lucha por sobrevivir), sino en el sentido social: energúmenos que no parecen haber tener ni la menor idea de lo que es la educación, la empatía o el saber estar. Gente que se cree terriblemente graciosa y que, tras estas bromas o tras esta "sinceridad" (lo entrecomillo porque la sinceridad no consiste en obviar lo bueno y resaltar lo malo, por mucho que quieran justificarse en ello) lo único que buscan es tener un motivo para odiar.
Estos mismos, probablemente, serán los primeros en ponerse un lazo contra el bullying cada vez que un chaval se suicida, pero maticemos esto: se lo pondrán en una foto de perfil, de cara a la galería, donde se les pueda aplaudir. En su vida cotidiana, son los que acosan a otros, bien en redes sociales, bien en sus vidas. Puede incluso que sean víctimas de acoso y que, incapaz de superarlo, decidan ponerse la piel del lobo y atacar a otros inocentes para conseguir el aplauso fácil que no han conseguido en su día a día.


Algunos piensan que el mundo les debe algo solo por el hecho de haber nacido.
Y, como tal, se creen con el derecho a comportarse como les dé la gana.
Sin consecuencias, sin responsabilidades.
Porque ellos son guais.


Francamente, me da igual.
Hace algo más de una semana, una adolescente salió en la televisión con un sueño: quería ser astronauta e ir a Marte. El sueño de una adolescente que no quiere la pasta rápida, ni busca ser famosa de una forma fácil ni andar viviendo del cuento. Hablamos de alguien que, lo consiga o no, tiene un sueño que implica estudiar muchísimo, trabajar muy duro y hacer muchos sacrificios.
Esa chica fue vapuleada de la forma más cruel en las redes sociales, y no por ese sueño, no: estos animales la lincharon por algo que, según ellos, era un defecto físico. Supongo que estos seres habrán sido paridos por los Mismísimos Dioses como entidades físicamente perfectas, lo que los pone en la perfecta disposición para juzgar a otros. Seres que están por encima del Bien y del Mal y que pueden permitirse el lujazo de no tener que mirarse al espejo para no enamorarse de sí mismos y andan por ahí, sintiéndose con el derecho de poder insultar a una niña. Insisto, a una niña. Muy valientes, muy machotes. Sus madres estarán orgullosas de haber llevado en el vientre a gente así durante nueve meses y traerlos a este mundo para que nos iluminen a todos los demás con sus ingeniosos comentarios.


O cuando murió Emilio Botín, por poner solo otro ejemplo. Empezaron a surgir chistes de muy dudoso gusto. Todos los que lo hicieron parecieron creerse el puto V por eso de reírse de la muerte de un banquero, porque... claro, los banqueros son todos el mal y si uno se ríe de la muerte de una mala persona es un tío genial.
Bellísimas personas, todos, dónde va a parar.


Luego fue Bimba Bosé.
Aclaro que nunca he seguido mucho a esta mujer. Ni tampoco a su tío, más allá de lo que escuchaba mi madre de su música cuando era pequeño y poco más. Lo digo por si alguien se piensa que esta familia subvenciona este blog o que me tocan de cerca o algo. La verdad es que no. Ni siquiera los conozco.
Pero que los conozca o no importa una soberana mierda para que la actitud de una panda de degenerados (no tienen otro nombre, y si alguien se da por aludido, que se joda) me revuelva las tripas. Volvemos aquí a la excusa del humor negro que muchos de estos payasos (entiéndase, un payaso es un imbécil que se cree gracioso, pero solo él lo piensa) esgrimen como mantra. Bajo esa excusa barata se han soltado verdaderas burradas, que nadie con un mínimo de sangre en las venas soltaría, ya no de Bimba Bosé; no las soltaría DE NADIE, porque son de un desagradable que repugna.
Sorprende que los dioses o la naturaleza misma hayan malgastado carne en crear gente así, capaz de soltar semejante chorro de mierda por la boca (o por los dedos, considerando que usan un teclado). Porque debes ser muy mierda como ser humano para esconderte detrás de una pantalla e irte a meterte con una mujer (u hombre, o niño, me da igual) que le ha echado más cojones que tú para enfrentarse a una enfermedad y, por la razón que sea, ha perdido la batalla. Hay que ser de una ralea inferior como ser (no me atrevo a usar la palabra humano aquí, porque sería llegar al insulto a nuestra especie) para reírte de algo tan brutal como es el cáncer y cachondearte, siempre enmascarado, siempre escondido, de las personas que están despidiendo a esa persona que acaba de fallecer. Me pregunto cómo sería la situación si, en lugar de esconderse tras una pantalla, alguno de estos iluminados lo hace en el mismo funeral y le suelta esos chistes tan ingeniosos a la familia de la persona que acaba de ser enterrada. Me pregunto si estos bufones de mierda tendrían esos arrestos para abrir la boca delante de un entorno que no les va a aplaudir como lo hacen tras una pantalla. Me pregunto si serían tan valientes para dar la cara y estar preparados para que se la revienten allí mismo.


Otro que ha caído estos días ha sido el hijo de Donald Trump, del que se han reído por su forma de caminar.
Vale que muchos no crean que este presidente sea el más indicado para gobernar Estados Unidos.
Vale que no tenga unas ideas que gusten.
Pero su hijo es un niño de diez años, y no es su padre. No se ha presentado a unas elecciones, ni ha sido elegido presidente.
El insulto, pues, ha sido gratuito. Y, tratándose de un niño, de lo más cobarde.


Pero volvamos a la empatía, porque algunos parece que no saben de qué va, o se piensan que el mundo está para reírles la gracia, para servir a sus caprichitos de niños pequeños o vete a saber qué. Me pregunto si ellos mismos se tomarían con tanto sentido del humor la muerte de sus propios familiares, si ellos mismos estuvieran despidiéndolos y alguien les hiciese lo mismo que ellos mismos han hecho. Me encantaría saber si entonces hablarían con tanta ligereza del derecho a la libertad de expresión y tildarían de fascista a todo aquel que les haya dicho en el pasado que se podrían morder un poquito la lengua con las imbecilidades que sueltan por la boca. O si berrearían tanto contra un sistema que intenta poner medidas legales para que este tipo de basura no se repita. Porque cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que si uno gasta una broma, debe estar preparado para recibirla. Es muy cómodo y muy cagueta al mismo tiempo eso de ser siempre el que se da, pero esconderse o salir corriendo como ratas para no ser el que recibe.
Muy maduro. Muy de gente responsable, coherente y sensata.

Pasan los días y la cosa no parece mejorar. La impunidad con la que parecen sentirse tras cada ataque hace que estos gilipollas aislados parezcan aplaudirse los unos a los otros, como una panda de putos simios que solo buscan hacer ruido. Solo buscan odiar. Solo buscan una víctima.
Aquí es cuando vemos de qué está hecho cada uno en el momento en que se puede poner una máscara o un nick o como se le quiera llamar: se desata la homofobia, como se ha hecho con Miguel Bosé; vuelve el bullying más racio, a base de meterse con el físico de otros, como esta chica que quería ir a Marte; se multiplican los ataques verbales de ideología machista, llamando "guarras" a chicas cuyo único pecado es hacerse una foto con la ropa que les da la gana (o sin ropa, como si ahora a chavales de 20 años les escandalizase ver una teta. No pasaba ni en la época de mis padres, joder); chicas de apenas veinte años que van por la vida de intelectuales tildando de machistas a todo ser viviente que no les dé la razón; gente que ve política en todas partes y se dedica a atacar a aquellos que no son de su misma ideología.
Amenazas, insultos, burlas crueles, todo vale. Estos personajillos parecen creerse en la cúspide de la sociedad y consideran que el fin (defender lo que sea, o atacar lo que sea) justifica los medios (vejar a todo bicho viviente que se les ponga por delante). Todos se erigen en jueces absolutos, todos levantan su pulgar y, desde su cómodo sofá, delante de su ordenador, dictan sentencia. Eligen quién va a ser la próxima víctima y no paran hasta haberla escarniado.
Nunca piensan que cualquier día les puede tocar a ellos, tal y como está la cosa. A ellos, a sus familiares o a gente que les importe.


"¡Hostia, me la han devuelto!"
¿Qué esperabas? ¿Impunidad toda la vida?


Tiene cojones que se hable del extremismo fuera de nuestras fronteras como si fuera una amenaza terrible que se gesta en el horizonte y no nos damos cuenta de que ese extremismo ya está aquí, en occidente. No con la misma ideología en concreto, pero sí con los mismos argumentos, la misma mala hostia y las mismas obsesiones. No usarán armas, pero el objetivo viene a ser tres cuartos de lo mismo: aplastar a quien consideran "indigno", y no parar de lapidarlo (a base de "opiniones", como las llaman) hasta que, bien esa persona tome medidas legales, bien se busquen a otro, o bien (en el peor de los casos, el más extremo y por suerte el menos frecuente) la víctima cometa una tontería porque no pueda soportar el bombardeo de imbecilidades al que se ve sometida.
Si viviéramos en una sociedad con unos valores medianamente decentes, si eso sucediera pesaría sobre las conciencias de aquellos que se han sentido tan crecidos a la hora de vapulear en masa a una sola persona que no les ha hecho absolutamente nada (lo que se conoce de forma vulgar como linchamiento). La cuestión es que la sociedad en que vivimos está jodidamente enferma. En el momento en que cosas como esa suceden, la falta de empatía que impera este mundo hace que eso de tener conciencia suene a marcianada. Todo se convertirá en postureo barato, se colgarán algunas fotos en homenaje a la víctima y arreando.
Pero nadie se sentirá responsable de haberse comportado como un hijo de la grandísima puta.


"¿Arrepen-qué?"


Que una red social, asimismo, parezca tener una política bastante permisiva hacia esto tampoco es que ayude. No deja de alucinarme la galopante hipocresía de la mayor parte de plataformas que conozco, donde impera más la censura hacia los desnudos que el controlar que la gente no haga apología de la violencia. Se pervierte de una forma brutal el derecho a la libertad de expresión y empieza el asunto a convertirse en una especie de piscina de barro donde todos saltan a ver quién suelta la animalada más grande. Quién comete el insulto más vulgar. Quién alcanza el mayor nivel de rastrería. Quién se retrata a sí mismo como un ser despreciable de la forma más flagrante. Si ya de por sí es grave que este mal campe a sus anchas, más grave aún es que no parezca haber mucha prisa por cortarlo de raíz.
El sistema judicial suele ser bastante tajante a la hora de defender el honor de las personas, especialmente si este es vulnerado en un medio público. Se hace lo que se puede, pero la cuestión es que quizás si el personal hubiese sido criado con unos mínimos valores, con la educación necesaria para no comportarse como gente a la que te daría asco presentarle a tus padres, no sería necesario ni que el sistema actuase. Más que nada, porque a nadie se le ocurriría soltar las cosas que se están viendo últimamente y que hacen que cualquiera que sea más o menos honrado se plantee seriamente eso de no coger e irse al monte a vivir.


"Al carajo ya".


Hace ya algún tiempo comenté que estas plataformas de mentecatos parecían estar adueñándose de las redes sociales como una auténtica plaga. Una lepra que estaba provocando que mucha gente cogiese, cerrase sus cuentas y se dedicase a algo más productivo, como ver crecer los geranios en el balcón de casa.
No creo que esa sea precisamente la solución. Al hacerlo se les está dando poder. Se crea una Idiocracia de neanderthales que campan a sus anchas y que están haciendo del mundo virtual su patio de recreo particular. Todos hemos visto el caso de algún conocido nuestro, o conocido de conocido, que cada vez que sube algo resulta ser de dudoso gusto: chistes que, más que ser graciosos, nos hacen decir "Joder, macho, te has pasado", comentarios humillantes disfrazados de broma, o que se enzarzan día sí y día también con otros amigos nuestros en discusiones absurdas que lo único que causan es una terrible vergüenza ajena.
Y muchos de nosotros los hemos conservado en nuestras listas de amigos.

No hemos intervenido en esas peleas monumentales en nuestros muros, o hemos consentido sus insultos. Hemos callado al ver chistes desagradables que se ríen de gente ya muerta o de discapacitados. Hemos visto cómo han subido imágenes en las que hacen apología de la violencia, escudándose en una revolución que se han sacado del sobaco. Los hemos visto pedir la muerte de gente que no comulga con sus ideas o de gente que no conocen en absoluto.
Y nos hemos callado.


"No he visto nadaaaa..."


Quizás ese es el problema: nos echamos las manos a la cabeza cuando alguno de estos espantajos suelta una barbaridad que clama al cielo, pero no solemos pensar que han llegado a ese punto porque nadie los ha puesto en su sitio antes. Nadie los ha ignorado, ni los ha borrado de sus listas de amigos. Nadie parece haberlos bloqueado cuando se han pasado y, mucho menos, nadie ha inundado los servidores de la red social de turno denunciando el perfil. A nadie se le ha ocurrido hacer una captura de la pantalla de estas barbaridades light y ponerla en manos de la Unidad de Delitos Informáticos para que, por lo menos, investiguen a estos personajes.
Todos hemos conocido a fantoches de este tipo porque o han sido amigos nuestros o amigos de amigos. Bajo esa hipertolerancia que se ha desarrollado en los últimos años a según qué gente, casi parece que está feo mandar a hacer gárgaras a alguien que se ríe del maltrato a la mujer, a alguien que dice que la solución del maltrato consiste en matar a todos los hombres (como otra "intelectual" en un vídeo hace unas cuantas semanas), a gente que que ningunea, escarnia, insulta o amenaza a otros usuarios. Parece que nos da miedo quedar como intolerantes, pero en cambio toleramos la intolerancia de estos seres. Toleramos sus discursos llenos de odio, sus sarcasmos insultantes, su violencia verbal, sus argumentos de fanáticos. Su mierda ideológica, en resumidas cuentas. Porque, vamos a ser claros: si tienes una ideología y eres incapaz de asumir que otros tienen una diferente, odias a esos otros solo por ello y encima te crees con el derecho a vapulearlos verbalmente, no importa lo bonita que sea tu ideología: la acabas de llenar de mierda. Y no, no mereces el respeto que pides, porque tú no lo tienes con nadie. Esto va en ambas direcciones, te guste o no.


"¡Esos desgraciaos no nos dan la razón! ¡Adelante! ¡INSULTAD! ¡AMENAZAD! ¡APLASTAD! ¡Demostrad que defendéis lo vuestro mejor que nadie! ¡REÍOS DE AQUELLOS QUE NO OS CAEN BIEN! ¡HUMILLADLOS PÚBLICAMENTE! ¡Tenéis pleno derecho a ello! ¡Pero solo vosotros, ellos no! ¡ELLOS NO PUEDEN NI TOSEROS!"


Quizás es por eso por lo que nosotros, en nuestro intento de ser civilizados, hemos cedido terreno a aquellos que no lo son. No queriendo entrar en discusiones (o, mejor dicho, no queriendo que esos nos la monten), nos hemos callado y hemos mirado para otro lado cuando se ha montado. No hemos actuado de la forma más tajante, que es coger y expulsar a esa gente de nuestras vidas, porque avasallar de esa manera ya es un buen motivo para hacerlo. Quizás, si volviéramos a una época no tan remota, donde al que era un payaso integral se le condenaba al ostracismo de los payasos y se le tomaba tan en serio como se le debe tomar a un payaso, esta gente no montaría las que está montando ahora. No se sentiría tan envalentonada, ni tan impune. Quiero pensar que la mierda no abunda tanto y que la mayoría de la gente todavía se asquea al leer según qué clase de cosas (ojo, QUIERO pensarlo). Si esto es así, es tan sencillo como que la mayoría de la gente haga el vacío a la mierda, de manera que la mierda solo se relacione con la mierda y se muera de asco. Quizás así las cosas empezarían a cambiar, porque... si tenemos que esperar a que las redes cambien sus políticas referentes a los términos de usuarios, ya podemos esperar sentados.

No lo sé, solo es una especulación mía. Me gustaría pensar que ese derecho a comportarse como hijos de la grandísima puta que algunos se creen que tienen es un derecho que ha sido otorgado por aquellos que, simplemente, no se arremangan cuando las cosas se ponen feas. Partiendo de esa base, es tan sencillo como que recordemos que somos nosotros los que les hemos dado ese derecho con nuestra pasividad, y que se lo podemos arrebatar en el momento en que nos hartemos.
La cuestión es: ¿estamos ya lo bastante hartos o todavía tenemos que esperar al próximo desfile de salvajadas cuando muera alguien?

martes, 24 de enero de 2017

Mondo Chorra- Los que luchamos contra el Caos



En este mundo hay dos clases de personas, a mi juicio.
Por un lado están aquellos que viven según un código y otros que simplemente hacen lo que les da la puta gana.
Vamos a centrarnos en los primeros. Aquellos que viven según un código suelen ser gente que entienden que jamás harían a nadie lo que no querrían que les hiciesen a ellos. Hablamos de gente que procura hacer las cosas lo mejor que pueden o saben (independientemente de que tengan éxito o fracaso en lo que hagan, pero al menos han intentado hacer todo cuanto ha estado en su mano). Gente que lucha, día a día, por soportar los dictados de su conciencia y se esfuerza por no ser autoindulgente.
Hablamos de gente que lo da todo, ya sea en lo que hagan, como en las relaciones con el resto de individuos. Personas que se preocupan porque todo en su entorno se encuentre en orden, buscando el equilibrio, ya sea con los demás, ya sea consigo mismos.

Para ese tipo de personas, existen ciertas máximas que son inquebrantables. Una de ellas es la de no faltar jamás a la propia palabra. Por eso, raramente pactarán nada con nadie o harán promesa alguna si no confían en que vayan a poder cumplirla (hablo, por supuesto, en términos de que dicha promesa pueda cumplirse por voluntad propia; se entiende que, si se rompe por cuestiones ajenas a uno o imprevistas, ahí no hay nada que ser humano alguno pueda hacer). La palabra es la ley. Un juramento es un juramento y, tal y como menciona Bill Willingham, es lo que nos diferencia de los animales. No hay lugar a interpretaciones en esto. No hay dobles lecturas, ni ambigüedades.
Si faltas a tu palabra de forma deliberada, o por dejadez, no existe nada en la faz de este mundo que te diferencie de un vulgar mentiroso.


A veces las cosas SÍ son así de simples.
A veces SÍ pueden limitarse a la dualidad blanco-negro.
Lo que pasa es que a menudo las emborronamos con una escala de grises y matices que nos desvían de lo que realmente importa.


Supongo que, por eso, ese tipo de gente no da más confianza de la que recibe y considera este tipo de desplantes (a eso de faltar a la palabra por parte de otros) como una desfachatez de lo más absoluta. Alguien que incumple su palabra, para ellos, pierde todo cuanto había ganado. Deja de ser lo que fuera en su momento y, ya da igual que sea madre, padre, amigo, hermano o pareja: esa persona muy difícilmente será vista como lo que antaño fue.
Podéis llamarlo orgullo, si os da la gana, pero no nos despistemos con las interpretaciones que mencionaba arriba, pues es más sencillo de lo que parece: si alguien falta a su palabra, si rompe un pacto de forma unilateral, si no incumple lo prometido, no es de fiar. Asi de sencillo, sin medias tintas, ni justificaciones ni tonterías. Todo cuanto pueda decir al respecto será tomado como excusas que no ayudan en lo más mínimo a limpiar su imagen.

Lo de dar confianza se traduce en que este tipo de personas raramente te va a dejar de lado a menos que consideren tener no uno, sino más de un motivo de peso para ello. Y aun así, suelen actuar con muchísima cautela. Pueden parecer temperamentales, pero no toman decisiones drásticas a la ligera. Observan y meditan, quizás más tiempo del  necesario, pero entendámoslo: hablamos de asuntos que consideran importantes, tales como el entorno. Nadie medianamente en sus cabales toma una decisión importante a la ligera.
Precisamente por eso suelen llevar de mal tirando a fatal eso de sentirse en la estacada. Deja tirado a alguien así (especialmente si lo consideras amigo o alguien de una mínima importancia en tu vida), sin un buen motivo (que no excusa) y sin una disculpa y, como diría Ennis, ya puedes ir corriendo a alistarte con los demás gilipollas, porque serás otra razón por la cual el mundo se va a la mierda.


"Y un cojón. De esta salimos los dos".


Es por ello que suceden que, en el momento en que hay una desavenencia o ruptura de cualquier tipo, es harto complicado que haya vuelta atrás. Recordemos lo del pacto. Dos amigos pueden prometerse amistad, pero en el momento en que deciden romperla, para ellos también cuenta como una promesa. Una promesa de que todo ha terminado aquí, y lo que se ha hecho no se deshace. Y si no, haberlo pensado mejor. Dicho de otro modo, una separación en términos no del todo amistosos no es como comprar  un jersey y luego descambiarlo cuando nos parezca. Dicha situación, para ellos, es el último lugar al que se quiere llegar, cuando ya no queda nada más que decir y dicha relación esta rota, muerta y enterrada. Venir un cierto tiempo después a intentar reanimarla rezuma a chiste malo. A desdecirse. A echar por tierra todo lo pactado, una vez más.

Podéis llamarlo rencor, si queréis. Me remito por segunda vez a eso de las interpretaciones. El rencor es ser incapaz de perdonar algo que no tiene importancia. La dignidad nos enseña que, cuando ha habido una ofensa difícilmente perdonable, precisamente porque es importante, cometemos una soberana estupidez al perdonar de forma ciega, sin que haya habido una buena conversación por medio donde la otra persona nos exponga, de forma ordenada y coherente, cuáles han sido sus motivos a la hora de actuar así. Es negar la importancia del daño sufrido (pese a haber sido serio) y justificar al que lo hace. Es hacer borrón y cuenta nueva, cuando esa persona que nos dañó no se ha molestado en explicarse. Ni en pedir disculpas. Simplemente reaparece, como si nada hubiera pasado.
No sé si logro explicar la soberana ridiculez que rezuma de esa idea.


"Sí, te reventé la cara. Te di una paliza cuando estabas en el suelo. Luego me meé en tu cara y me cagué en tu boca. Te saqué fotos y las mandé a todo el mundo para que se descojonaran. Jamás me disculpé, ni puta falta que me hizo. Pero tú y yo guai, ¿verdad?"


Supongo que este tipo de cosas son las que hacen que la brecha entre aquellos que tienen un código de conducta, o valores, o como queramos llamarlos, es insalvable, frente a aquellos que hacen lo que les da la puta gana sin atender a consecuencias. Sin pensar a quién están jodiendo. Aquellos que se dejan llevar por los impulsos, sin responsabilidad alguna acerca de sus actos o sus palabras lo único que consiguen es ponerse en contra de cualquiera que, un buen día, se levanta con la tolerancia a que le toquen el alma a dos manos reducida a cero.
Porque esas cosas suenan a abierta falta de respeto.
A cachondeo.
Incluso a egoísmo.

La naturaleza nos enseña a sobrevivir, pero hay muchas formas de hacerlo. Podemos sobrevivir funcionando como depredadores, pisoteando a todo bicho viviente que nos rodea. Podemos mentir, avasallar, aprovecharnos de otros, humillar, traicionar o simplemente pasar de todo cristo y comportarnos como si el resto del planeta estuviera a nuestra disposición. Podemos movernos por la conveniencia y arrimarnos al sol que más calienta y, cuando la situación cambia (o consideramos que cambia), si te he visto, no me acuerdo. Haciendo un ejercicio de coherencia, tiene sentido si al actuar así nos encontramos con un muro de hormigón en el momento en que intentamos quedar bien con alguien que se mueve por medio de una férrea escala de valores. Porque la gente que vive en orden no puede soportar el caos que implican estas actitudes.


Os dejamos aquí una silla, para que cuando os canséis de daros de leches contra el muro tengáis donde plantar el culo.


Podéis llamarlo falta de respeto hacia la gente "libre". Por tercera vez, me remito a eso de la interpretación.
Quiero que penséis qué respeto implica tratar a los demás de la manera que he mencionado. Bien puede que no haya mala intención en ello, pero es que no tiene que haberla para que estas actitudes constituyan una ofensa. Es posible que no seáis capaces de mantener un pacto con una persona, pero esas cosas se pueden hablar de una forma honesta y yendo de cara (lo que implicaría un cierto respeto hacia la otra persona, pese a haber evidentes desavenencias), no dejando que vuestras actitudes revelen lo que sois y hagan un retrato de vosotros que seríais incapaces de tolerar en otros. Porque, en muchas ocasiones, trae más cuenta declarar intenciones y dejar claros los cambios de parecer (que no están prohibidos, ni mucho menos) que hacer que vuestros actos emponzoñen lo que habíais pactado previamente y no dar lugar a dudas de que, no solo sois incapaces de cumplir vuestra palabra, sino que tampoco tenéis el valor necesario para admitirlo.
Pensad en lo respetable que resulta que os dejen de lado, o que simplemente veáis que lo que os hacen no solo no se parece a lo que os habían prometido, sino que resulta ser todo lo contrario. Es tan respetable como lo es que se rían de vosotros en vuestra cara o que escupan sobre vuestros valores. Porque una promesa, por lo general, no solo implica a quien la hace. Implica a todos aquellos que la escuchan y que cuentan con que se cumpla. Faltar a esa promesa es convertirse en una decepción viviente.


"Ah, ¿que tú si hiciste la promesa con intención de cumplirla? JAJAJJAJAA PRINGAO"


He mencionado alguna vez que una vez conocí a alguien que me dijo que, si no tienes valores, no eres nada. Nadie de fiar.
Han pasado muchos años desde que dijo eso y no lo he olvidado.
A día de hoy sigo pensando que tiene toda la razón del mundo. Sigo pensando que en esta vida, como he mencionado al principio de este post, hay dos tipos de personas: aquellos que tienen unos valores, que se rigen por un código de conducta, basado en buscar la estabilidad en su vida y el entorno, que da importancia al esfuerzo y a hacer bien las cosas; gente que se preocupa por que aquellos que les rodean se encuentren bien. Que intentan no convertirse jamás en una razón para las preocupaciones de aquellos que les importan. Gente que intenta llevar las cosas a buen puerto en la medida de sus capacidades, que lucha por lo que cree y ayuda a quien lo necesite, sin esperar demasiado a cambio, más allá de no ser pateados a la primera de cambio.
Y luego están los otros. Los que piensan que tienen todo el derecho del mundo a hacer lo que les dé la gana, sin responsabilidad alguna. Sin reconocer que así no se puede ir por la vida. Sin asumir de una santa vez que, si estás viviendo en una sociedad, no puedes ser una causa más por la cual la sociedad sea una mierda.


Pillad la metáfora. Nosotros somos el saco.


Gente así ha convertido un mundo que podía haber sido más sencillo y más justo en una letrina. Un mundo en el que cada día es más difícil poder depositar tu confianza en ser humano alguno. Donde el fin (que es la satisfacción personal de uno) parece justificar los medios, por aberrantes o antisociales que estos sean. Un mundo en el que la política y la filosofía más básicas son "Aplasta antes de que te aplasten". "No confíes en nadie". "Vela por lo tuyo y a los demás que les den".
Es gracias al triunfo de gente así como hemos hecho que nuestro mundo sea una auténtica mierda. Le hemos dado el poder a todos aquellos que se comportan de esa manera pensando que son más fuertes, más listos. Que comportarse como depredadores o carroñeros es lo que les otorga el triunfo. Que los hace mejores.
Solemos pensar que su camino es más corto, más sencillo, más irrefutable; en cambio, el nuestro se presenta cuesta arriba, más lento, más duro. Menos tentador. Es por eso por lo que son mayoría. Por lo que ganan y nosotros perdemos.


Y ahí vienen, una vez más...


¿Queréis que sea sincero?
Me da igual. Me da igual la fuerza que se supone que cobren. Me da igual que sean más. Que digan tener la sartén por el mango. Me dan igual sus estrategias, sus juegos, o simplemente esa costumbre de tomar el mundo como si no hubiera nada por lo que responsabilizarse. No me importa que hagan sin cuestionarse el daño que hacen, ni tampoco sus constantes excesos. Ni sus palabras dañinas, ni su desdén, ni ninguna de todas y cada una de las promesas que rompen.
Me da igual que mi camino sea más difícil. Me da igual tener que prepararme para el combate cada vez que encuentro a alguien que resulta rendirse a este Caos. Me da igual la de veces que acabe desterrado, o teniendo que decirle a alguien que me ha importado que se acabó, porque mi aguante tiene un límite y, una vez se agota, ya no queda nada más que decir. No me importa que otros vivan su vida entregándose a su santo avolunto, o que pisoteen y machaquen a los que les rodean. Tampoco que haya gente que prometa una cosa y luego haga la contraria.
Creo en lo que creo.
Mis valores son los que son.
Sé exactamente lo que vale mi palabra.
Sé dónde acaba mi satisfacción personal y dónde empieza el bien común.
Yo ya tengo claro en qué lado estoy.

martes, 10 de enero de 2017

Angst- Palabras al viento, jarrones rotos y rostros en la calle



Cada día que pasa tengo más claro que el ser humano no parece tener en mucha estima lo que es la palabra de cada uno. Me pongo a pensar en la cantidad de promesas que llevo oyendo desde que puedo recordar y la de veces que se han roto. No hablo de esas promesas que a veces tenemos que romper de forma forzosa porque algo escapa a nuestras capacidades y no podemos cumplirlas. Me refiero a aquellas que, para poder mantenerlas, para poder ser fiel a la palabra de uno, lo único que hay que hacer es tener palabra.
¿Cuántas veces habéis escuchado a otros decir que no os fallarán? ¿Que van a hacer lo posible por estar a vuestro lado? ¿Cuántas veces habéis oído a otros deciros que van a cambiar su actitud para con vosotros? ¿Cuántos os han prometido que jamás os harán daño de forma intencionada?
Decidme, ¿cuántas de esas promesas se han cumplido? ¿Cuántos de esos que os han jurado lo que os hayan querido jurar han sido fieles a su palabra? ¿Cuántos se han esforzado por conseguirlo, y cuántos simplemente han dejado de lado sus propios votos? ¿A cuántos les ha podido la pereza o la cobardía o, sencillamente, se han dado cuenta de que habían prometido algo que serían incapaces de cumplir? ¿Cuántas veces os ha parecido que las palabras se las lleva el viento?


En esto se convierten las palabras si no se mantienen y si no se respaldan con hechos.


Para aquellos que valoramos eso de la palabra, esto no es más que un suplicio. Hacemos pactos una y otra vez, y somos nosotros quienes los cumplimos... porque nos resulta insoportable levantarnos por la mañana, mirarnos al espejo y recordarnos que, por dejadez, desidia o lo que sea, incumplimos lo que prometimos. Fallamos a otros y, muy especialmente, nos fallamos a nosotros mismos por no estar a la altura de lo que deberíamos ser. Tiene gracia, porque es precisamente esa fidelidad a los pactos y las promesas la que nos lleva constantemente por un camino de amargas y profundas decepciones. Queremos confiar en los demás, y empeñamos nuestra palabra cada vez que sellamos un pacto. Lo hacemos desde la esperanza de haber encontrado a otros como nosotros. Gente que sea digna de esa confianza.
En definitiva, lo único que esperamos es sentirnos un poco menos solos en este mundo.

Si entendéis lo que os digo, si habéis pasado por esto, entenderéis lo que conlleva esa decepción. Implica, en cierto sentido, volver a la casilla de salida y mirar con recelo a cualquier criatura viva que se te arrime. Implica, valga la redundancia, el miedo a volver a implicarte en nada. Yendo más allá, implica también un oscuro escepticismo acerca de tu Universo personal. Cada vez que alguien a quien consideras cercano o digno de confianza falla a su palabra cuando ha sido realmente necesario entregarla, todo se vuelve más frío. Más lúgubre.
La respuesta fácil es pensar que la culpa es tuya. ¿Quién te manda a ti a confiar en nadie? ¿Por qué esperas de otros algo que es obvio que no son capaces de cumplir?
La respuesta a esa respuesta es incluso más obvia: Porque no podemos, o al menos no deberíamos, pasar nuestras vidas en una metafórica cueva. Se supone que debemos vivir unos junto a otros, relacionándonos. Cuando otros rompen su palabra (siempre, en pactos que consideramos de importancia, entendedme) todo este concepto de convivencia pacífica se desmorona. Como ya he mencionado otras veces, necesitamos a los demás, del mismo modo que ellos nos necesitan a nosotros. Estas actitudes, lejos de ayudar a nadie, solo sirven para destruir.
Se destruye la confianza. Se destruye cualquier relación basada en ella. Es decir, cualquier relación importante (amistad, pareja, lo que sea) resulta herida de muerte cuando alguien falla deliberadamente a su palabra y no pone absolutamente ningún medio para solucionarlo.


Es entonces cuando el halcón ya no oye al halconero.
Las cosas se desmoronan.
El centro no se sostiene y la mera anarquía se desata sobre nuestro mundo.


Una vez leí que la confianza es como un jarrón: si se rompe, puedes volver a pegar los trozos, pero jamás queda igual. Quizás es un poco extremo, pero se asemeja bastante a mi forma de ver las cosas. Por lo que a mí respecta, ya sabéis que si yo he fallado la confianza de alguien y ese alguien me perdona, pasa mucho tiempo hasta que yo logro perdonarme a mí mismo. Supongo que por el hecho de que, al haber fallado a otros, siento que me he fallado a mí mismo.
Cuando otros me fallan, procuro no tratarlos como me trato a mí. No en el sentido de que procuro tener algo más de manga ancha y dar al menos una segunda oportunidad. Porque soy consciente de que cometemos errores, y también porque soy consciente de que si fuera yo el que hubiera cometido el error, agradecería enormemente que se me diese dicha oportunidad. De ahí que resulte tan doloroso darte cuenta de que existe gente que considera que el hecho de recibir una oportunidad sea algo así como un borrón y cuenta nueva. Como si eso de decir "No voy a crucificarte por lo que has hecho" inmediatamente significase "Me he olvidado de esto y tienes carta blanca para seguir comportándote como te dé la gana". Es no valorar mucho la propia palabra y menos aún una relación supuestamente basada en la confianza.


La entropía aplicada a nuestras relaciones personales.


De ahí que a menudo piense que es raro que la gente cambie. No creo que lo hagan; no en lo importante, al menos. No en la mayor parte de las veces. Con muchísima frecuencia procuro ignorar esa voz interior que me dice "Quien te ha hecho daño una vez, te lo puede hacer otra". Supongo que porque me importa estar bien con los demás; supongo que porque quiero creer que me puedo equivocar en algo como esto. También, porque me resulta mucho más cómodo y soportable pensar algo así y no tener que afrontar un nuevo conflicto.
La cuestión es que, lo quieras o no, los conflictos te los acabas encontrando. Que esa voz, a la que prefieres no escuchar, la mayoría de las ocasiones te acaba diciendo "Te lo dije". El resultado es que, una vez más, te toca apretar los dientes y coleccionar otra decepción. Otra muesca en tu cinturón.


Y cuando dice "Te lo dije", lo dice con un cartel así de grande.


Cada vez que esto sucede, cualquier buen recuerdo se emponzoña. Se envenena. Pierde su brillo y ya deja de parecer tan alegre. Las risas ahora te resultan falsas y te preguntas cuánto había de verdad en ellas. Las conversaciones personales, donde te mostrabas de un modo que no revelas a todo el mundo, ahora te parecen una violación. Te preguntas en quién has estado confiando. A quién le has contado cosas que no te atreves a contar a la mayoría. Las muestras de confianza, que en su momento diste sin esperar nada a cambio, ahora te producen una extraña sensación: ¿has estado mostrando afecto, empatía, interés o preocupación por alguien a quien ya no importas? ¿O acaso nunca importaste a esa persona de verdad, y lo único que hacía falta era un poco de tiempo para poner las cartas sobre la mesa? Es en ese momento cuando aquellas muestras de desinterés, ahora te parecen esfuerzos vacíos. Incluso desagradecidos.

Se supone que no debe importarte, pues en esta vida hay cosas más importantes. Y es cierto. La cabeza te dice que eso es una verdad como un templo y que una decepción no es más que una decepción. Que el mundo está lleno de gente así y que lo único que te toca es pasar del tema. Olvidarte de eso, quedarte con lo bueno y seguir adelante.
El corazón te dice que no te lo mereces. Que tú eres quien ha luchado contra viento y marea por aquello en lo que creías, y que el Universo se ha encargado de corromperlo. De convertirlo en ceniza, mugre, óxido y roña. Has peleado para nada. Te has esforzado para nada. Has invertido energías para nada. Sí, desde el plano de la teoría no tiene la más mínima importancia. No es grave. Y sin embargo, pese a saberlo, pese a ser consciente de ello, te importa. Te duele. En cierto modo, hasta te sientes humillado, porque habías depositado tu confianza en otros. Tu fe, si quieres. Y no ha servido para nada.


A esto se reduce todo.


Cada decepción es dolor, pero no solo dolor.
Es frustración, porque es devolverte al punto de partida, como si nada de lo que hubieras hecho, o logrado, haya permanecido.
Es incluso rabia, porque ves lo injusto que resulta.
Es el inicio de una espiral descendente de oscuridad, distensión y frío. Con cada decepción, se pone en marcha un mecanismo que, a menos que exista una voluntad sobrehumana por parte de aquellos que nos han decepcionado, solo lleva a un camino, que es a la separación más triste. Todo cuanto fuimos, todo cuanto aspirábamos a ser... todo eso deja de existir. Se convierte en una amarga sombra. Miramos a los ojos de aquellos que nos han dañado y no vemos a quienes fueron para nosotros. Solo un pálido recuerdo, de lo que fueron y no volverán a ser. A diferencia de ellos, nos preguntaremos en qué fallamos. Qué fue lo que hicimos mal. Por qué, para variar, no salieron bien las cosas.


Y también te hartas.


Hasta que llega un día en que esas personas que tan importantes fueron para nosotros acaban por convertirse en rostros que vemos por la calle, entre la gente. Rostros que ya no nos dicen nada, porque las vidas que llevan ahora son completamente ajenas a las nuestras. Vidas de las que ya no formamos parte. En las que ya no hay un lugar para nosotros. Ya no hay nada de lo que hablar. No queda nada en ellos de lo que antaño significaron para nosotros. Somos leves notas a pie de página en las vidas de aquellos que creímos que serían diferentes a los demás. Aquellos de los que nos sentimos orgullosos en su momento de tener a nuestro lado. Es entonces cuando oímos los vítores silenciosos. Las risas. Solo quedan fantasmas. Ecos de lo que fueron.
Esos tiempos no volverán, y lo único que podemos hacer es vivir con el vacío que nos dejan.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Mondo Chorra- Sobre años que acaban, promesas incumplidas y demás historias



Va terminando el año y, como suele ser costumbre, toca ir haciendo un resumen/balance de lo que ha supuesto. Supongo que con vistas al año próximo, quedarse con lo bueno, aprender de lo malo y demás. Lo he intentado ya un par de veces y espero que esta sea la vencida. Lo de escribirlo, quiero decir. Lo de quedarse con unas cosas y otras es de la clase de tareas que me suele costar llevar a cabo.
Venga, vamos allá. Podemos hacerlo.

Ha sido un año complicado a nivel personal. Terminé el año anterior bastante mal, emocionalmente hablando y una de mis primeras promesas, propósitos o como quieran llamarse fue la de procurar entrar en menos disputas y evitar cabrearme en la medida de lo posible. Esto, debo decirlo, fue un estrepitoso fracaso y, aunque alguno no se lo crea, es la clase de cosas que me cuesta bastante asimilar. No lo de cabrearme, sino el hecho de no ser capaz de mantener una promesa que me he hecho. Para alguien que da un extremo valor a su palabra, ya os podéis imaginar lo bien que me ha sentado la pifia. En mi defensa, diré que he tenido que aguantar carros y carretas que me han venido por un montón de frentes y que, habida cuenta de que mis fuerzas ya venían mermadas de los dos años anteriores, como que se me ha hecho el asunto un poco cuesta arriba. No es que sirva como excusa (porque eso de romper una promesa a uno mismo es lo que es), pero sí que sirve como explicación al hecho de que he llegado al punto en que no he podido más y mi paciencia ha acabado por agotarse.

De forma paralela, ha sido un año en que he tenido que enfrentarme a unos cuantos retos a nivel personal que no detallaré aquí. Baste decir que me he enfrentado a algunos miedos en alguna que otra ocasión, lo cual no es poco. Han sido un par de pruebas de fuego de las que supongo que se pueden sacar en claro algunas cosas de las que aprender. Buenas, malas, ha habido de todo, como en botica. Ni nos vamos a poner en modo zen de filosofía new age de chichinabo, con ese positivismo que rezuma a plástico del malo ni vamos a entrar en la clásica caída en barrena de "Todo se hace pedazos".


"Ríe, HAMA, sé felís. Esa es la clave para que todo te vaya bien en la vida. Y si no te va, es que eres gilipollas y te mereces todo lo malo que te pase"


También ha sido un año de altibajos. De buenos momentos, sí, pero también de discusiones, distanciamientos y de amargas decepciones. De estas últimas se supone que también tengo que aprender... y lo haré, seguramente, aunque todavía necesito recuperarme emocionalmente de ellas. Algunas me han pillado con la guardia bastante baja y, cuando no te encuentras con fuerzas para afrontar según qué cosas, se vuelve más difícil hacerlo. Lo sé, parece una frase de perogullo, pero hay que estar en esa situación para entenderlo. Quizás algunos de los que me conocéis y habéis prestado un mínimo de interés sí entenderéis a las cosas que me refiero. Y si lo entendéis, supongo que imaginaréis lo que supone todo este desgaste emocional a base de situaciones terriblemente injustas. De ser tratado de un modo que no mereces, y de escuchar cosas que no quieres ni necesitas, ni tienes por qué oír. Lo que es la impotencia que supone luchar por hacer bien las cosas y acabar estrellándote contra un muro al llegar a la conclusión de que nada de lo que puedas hacer va a servir... no por otra cosa, sino porque eres quien lo está intentando. La desesperante revelación de que no se trata de lo que haces o dejas de hacer, ni de la intención que tengas, por buena que sea; no, las cosas no funcionan porque se trata de ti. No eres visto de la misma forma, no recibes el mismo trato ni se te escucha del mismo modo. Todo lo que digas, lo que hagas, lo que calles... absolutamente todo será empleado en tu contra. Serás juzgado con severidad por ello y raramente perdonado. Cargarás con las culpas de otros, se te pondrá una diana en el pecho y se abrirá fuego sobre ti. Oirás mentiras sobre ti, pullas, ofensas abiertas. Podrás hablar para defenderte, si quieres, pero servirá de tanto como si callas. En unos casos se te quitará la razón que tengas o dejes de tener; en otros, se asumirá que aceptas esa culpa. Hagas lo que hagas, no tienes manera posible de salir de esta.
Llegados a ese punto, la única solución que queda es bajar las revoluciones, enfriar los motores y acabar asumiendo que, en muchos casos, lo que te queda es asumir la separación y el frío que tanto has luchado por evitar. Contemplar desde la impotencia cómo todo se desmorona. Cómo el centro deja de sostenerse y cómo la mera anarquía se desata sobre tu mundo. Ver cómo lo que has intentado construir parece derrumbarse... y no porque no hayas hecho las cosas lo mejor que has sabido, sino porque da la impresión de que no tienen interés alguno en prosperar. Ni siquiera de mantenerse.


Eso o acabar con los motores como este.


Por otra parte, ha habido algunos proyectos que han ido tomando forma y otros que están a punto de terminar. Se inicia además una nueva etapa creativa, donde el aprendizaje cobrará especial importancia. Supongo que parte de la gracia de tener una mente que tira más hacia lo artístico es la constante reinvención y el andar usando el cerebro para crear, recrear o descartar. Conforme mis energías se han ido apagando, me ha costado cada vez más; en algunos momentos, os juro que he tenido que ir obligándome a mí mismo a trabajar, a seguir dando forma a las ideas abstractas dentro de mi cabeza. En ocasiones, me he dicho a mí mismo "Paso" y he necesitado enfriar mi mente hasta que me he encontrado preparado para continuar. No os imagináis lo que cuesta eso cuando tus procesos mentales aparecen cubiertos por una costra densa de algo que parece grasa, pero si algo me caracteriza es mi fuerza de voluntad. Prueba de ello es que estoy escribiendo estas líneas tras al menos dos intentos fallidos. Incluso me estoy atreviendo a editar este artículo, añadiendo cosas que me había olvidado mencionar... pasando por el pequeño calvario de tener que leerlo todo y resistir el fuerte impulso de borrarlo una vez más.


"Puta mierda, no me convence"


Supongo que a partir de aquí, a tan solo un par de días de terminar el año, cuando se plantean ciertas cuestiones. Si esta tónica de estos últimos tres años, consistente en estos altibajos emocionales (más bajos que altos, todo hay que decirlo) se mantendrá a causa de ciertos elementos ajenos a mi voluntad que se han encargado, de forma constante, de someter a prueba mi paciencia; o si, como en los pasados años, me veré implicado contra mi voluntad en según qué conflictos. Si tendré que acabar interviniendo para luchar por algo que considero justo, o para salvaguardar el equilibrio en mi entorno. Si se me volverá a señalar con el dedo para pagar por aquello que no he hecho yo, o para pagar por las frustraciones de otros. Si mi dignidad quedará una vez más en entredicho o se asumirá de una vez por todas que, si yo no actúo sí con nadie de forma deliberada, no tengo por qué consentir que se me trate así. Si tendré por fin el reconocimiento que me gustaría tener.
Preguntas de difícil respuesta, desde luego, y que no es nada evidente que vayan a encontrarla en este año que entra, o no solo porque haya llegado el 1 de enero. Ojalá nuestro universo reiniciase los episodios amargos de nuestra vida cada vez que terminamos un año, pero va a ser que no funcionan así las cosas.

Lo que sí es cierto es que me gustaría que el año próximo supusiese un nuevo capítulo y tuviese la oportunidad de pasar página con algunos que llevan ya durando demasiado. Esto, por supuesto, no es más que un deseo. Como ya habréis deducido, lo de plantearse propósitos cuando la mitad de cosas que me encuentro son ajenas a mi voluntad (y la otra mitad no tengo ni pajolera idea de cómo gestionarla para tenerla bajo control), es una quimera. Por eso este año no tengo intención alguna de plantearme propósito o de hacerme promesas a mí mismo. No me apetece en lo más mínimo pasarme otra temporada reprochándome no haber sabido estar a la altura de mi palabra. Que venga lo que tenga que venir, que yo ya me lo tomaré como mejor pueda.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Escupiendo Rabia- Los jueces de la Red



Siempre he pensado que, para ponerse uno a dar lecciones de moralidad o para juzgar a los demás, debe verse a sí mismo en una posición superior. Es decir, debe sentirse un poco ajeno a las debilidades humanas o incluso por encima del bien y del mal para coger y decirle a los demás lo que tienen que hacer con sus vidas so pena de cometer unos pecados imperdonables. Es decir, que debe ser uno inmune precisamente a caer en esos pecados para poder ir repartiendo juicios de valor como si fueran Lacasitos.

Es un poco lo que llevamos ya viendo una buena temporada en las redes sociales, donde cualquier fulanito, sin necesidad de oficio ni beneficio, puede coger y cargar sus iras sobre la persona que toque. Puede incluso erigirse en su Sagrado Derecho de decir qué es lo que merece o no en la vida, levantar diagnóstico sobre su personalidad, su infancia y, lo que es más fuerte, decidir si tiene derecho a seguir viviendo o no. En definitiva, lo que estamos viendo es mucho "genio" (permitidme que lo entrecomille) que se cree con derecho a meterse en la vida de los demás y a pedir explicaciones sobre ésta.

Es un poco el caso de una foto que acabo de ver, compartida en una página que no sigo (aunque algunos de mis contactos sí). En la susodicha foto se ve el rostro de una mujer joven con unos labios desproporcionadamente grandes. La página en cuestión, muy tolerante con eso de la dignidad del prójimo y nada partidaria de hacer humillaciones públicas de nadie (notad mi ironía), pone en la picota a la mujer y pregunta a sus usuarios qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven la foto. Esto ya de por sí, si lo pensamos en frío, ya puede tener su miga y su punto de mala leche, pero es cuando se ven los comentarios que nos damos cuenta de que no es uno, sino cientos, los que se erigen en jueces, como si estuvieran en posesión de la Verdad. Como si tuvieran el derecho inalienable de humillar a otros (mal llamado "a la libertad de expresión", que enarbolan como si tuvieran idea de lo que realmente es). Como si estuvieran en esa posición de moralidad superior, donde pueden exigir que alguien les dé explicaciones acerca de lo que ha hecho con su vida.
Como si las vidas de todos y cada uno de estos personajes que se sienten con el derecho de ir juzgando a alguien que solo conocen de haber visto de una foto fueran todo un ejemplo a seguir.


"Esa chica se ha puesto tetas. ¡RAMERA! ¡SUCIA! ¡IMPÍA! ¡ADÚLTERA!"


Supongo que no es nada nuevo. Quizás es el caso más claro de lo que sucede cuando te dan carta blanca y anonimato para poder decir la sandez más grande que se te ocurra, sin temor alguno a las consecuencias. Algo similar a lo que ocurrió a aquella mujer que se expuso en un museo, como si se tratase de una estatua, con la promesa de no hacer nada (por terrible que fuese) le hicieran. A esa mujer la amenazaron con una pistola y la humillaron de todas las maneras posibles. ¿Por qué? Sencillamente porque nadie puso límites a lo que pudiera hacer cualquiera que llegara. Posiblemente, como sucedería en la red si se pidiese cuentas a todos los energúmenos que han soltado ese montón de mierda, se exculparían a sí mismos diciendo que "Nadie les puso freno". Que "les dijeron que podían hacer lo que querían". La culpa, como siempre, del sistema, de una sociedad enferma y un montón de blablablases que, sinceramente, ya cansan. Esa total y absoluta falta de responsabilidad por parte del usuario medio aburre ya. Ese sentimiento infantil de "Es que yo soy libre", sin pensar en el daño que se hace a otros, roza lo perverso.
Pero a nadie parece importarle.

Yendo más lejos, no solo parece no importar a nadie, sino que parece abrazarse un poco la ideología contraria: esa intención de erigirse en jueces, jurados y verdugos es bien vista y aplaudida. Una especie de pelea de gladiadores moderna, donde el personal solo parece querer sangre y aferrarse a una actitud agresiva, por no decir violenta. Es un poco el caso, también hoy, en el que un Youtuber, muy gracioso él, se dedica a meterse con la gente por la calle. No es el primero que sube sus gracietas a esta página, para luego comerse una bonita denuncia por agresión (el caso de aquel tipo que se dedicaba a pegarle patadas a la gente —por la espalda, para más señas —y acabó pasando por los tribunales, si mis informaciones no me fallan), pero en este caso la cosa se ha puesto fea y nos encontramos que alguien le ha devuelto, literalmente, la hostia. Ante esto podríamos tener un caso que, sin mucho problema, también podría resolverse en un juzgado. Solo por ser grabado sin consentimiento de la víctima ya tendríamos ciertos problemas con la Ley de Protección de Datos, que suele ser bastante picajosa con eso de que te graben sin tu consentimiento. Si encima nos encontramos que hay insultos y humillaciones por medio, subidas a un medio público, como sucede en una red social, la cosa ya se agrava y nos encontraríamos con delitos contra el honor (abogados, por favor, quiero que me confirméis esto si me estáis leyendo). La cuestión es que aquí este ataque a la dignidad de otra persona se ha visto vulnerado y el agraviado ha respondido con una agresión física. Todo eso, claro está, en el supuesto de que este caso sea real y no otro montaje más para ganar la atención de unos cuantos seguidores.


"¡Mira cómo le endiña!"
"¡Jajajaja que se joda, se lo merecía!"
"¡Ponlo otra vez!"


Es aquí cuando se monta el cirio. Es justo en este momento cuando el personaje en cuestión se hace famoso y donde el resto del planeta (que es lo verdaderamente importante de este artículo) se erige en jueces para determinar si se merecía una hostia o dos (como he visto en otra famosa página de una revista de humor). Es el momento en que un hecho que solo podría calificar de "patético" (sinceramente, me parece triste que alguien base su "humor" en reírse de los demás... especialmente si esos otros no se ríen y no participan voluntariamente en la broma. Ya cada uno que piense lo que le dé la gana, pero yo lo veo así) se vuelve viral y el personal, sediento de su dosis de violencia (aunque sea verbal) ya está emitiendo sus juicios y tomándose un hecho que lo único que denota es una falta tremenda de educación como un divertimento. Es un poco el equivalente a ver a dos tipos peleándose en la puerta de un bar y salir a jalear la pelea, incitar a que se peguen más fuerte o decidir allí mismo quien merece mandar al otro al hospital. He aquí el quid de la cuestión: vamos a dejar de un lado el debate de si el vídeo es real o montaje y vamos a centrarnos en la reacción del personal, en la que suele haber menos trampa o cartón.


"Me da igual que sea verdad o mentira. Que esté bien o esté mal. Yo soy la Ley".


Es un poco la clase de cosas que me hacen preguntarme a qué narices nos creemos que estamos jugando. De cuestionarme eso de la empatía a nivel general y empezar a pensar que la Red, con toda su permisividad (recordemos que, a día de hoy, las páginas donde se exponen alegremente ideologías que en nuestro país pueden constituir delitos de odio, son perfectamente lícitas) parece estar convirtiéndose en un caldo de cultivo para que un montón de gente cargue sus frustraciones diarias contra el que toque esa semana. No exagero: apenas hace una semana, otro Youtuber relativamente famoso por sus videoclips donde parodia (ojo, he dicho "parodia"; de ahí al insulto hay una diferencia muy grave. El que no la pille, por favor, que deje de leer esto inmediatamente y busque un diccionario o guía donde se explique eso de forma detallada) a diversos colectivos sociales, tales como pijos, frikis, canis o... las mal llamadas "feministas", que ya sabéis que me gusta entrecomillar porque no las reconozco como tales. Sí, hablo de esas radicales que solo buscan un motivo de odio y han tomado algo tan respetable como el feminismo para volcar toda su rabia y, de paso, dejar dicho movimiento en un lugar vergonzoso. No hicieron falta más de veinticuatro horas para que a este cómico lo vapulearan de una forma tan triste como previsible: no faltaron ni amenazas ni insultos, que en el fondo no hicieron sino darle la razón en un hecho fundamental, y es que la red se está llenando de gente que no parece tener ni la menor idea de lo que es la educación. Caso parecido el del diseñador del nuevo escudo del Atlético de Madrid, que se está llevando hostias como panes e insultos como "escombro" y otras cosas bonitas, solo porque a unos cuantos excelentísimos y respetabilísimos señores no les gusta. Que a ver, nadie les obliga a que les guste el susodicho escudo, y hasta ahí estamos todos de acuerdo si les parece feo. Otra cosa es que eso les dé derecho a andar en plan matón de discoteca, faltando al respeto a alguien que solo está haciendo su trabajo. ¿O es que ahora el ser muy fan de algo, como un equipo de fútbol (o lo que sea) te pone por encima de nimiedades tales como eso de tratar a los demás con un mínimo de educación?



Este hilo es ficticio, de la serie Black Mirror. En el último capítulo de su tercera temporada (tranquis, no es ningún spoiler, se ve desde el primer minuto y no revela ninguna sorpresa final)  se hace una pequeña reflexión acerca de cómo la gente pide la cabeza de la gente semanalmente, por el motivo que sea.
Si podéis verlo en la foto, hay un hashtag con el sutil título de #deathto ("muerte a"). Es decir, desearle la muerte a alguien, convertido en una etiqueta de Internet, como una moda más.
¿Ficción? Bueno, sí... pero tan real en planteamiento que da escalofríos.


Ante estos acontecimientos, uno se plantea qué puñetas pasa por la cabeza de la gente que, un buen día, decide indignarse por algo que lee (hasta aquí lo respetable, porque no tiene por qué gustarte todo cuanto leas, ni mucho menos) y pide, literalmente, la cabeza de alguien. Sí, con esa frialdad. No sé en la vuestra, pero en mi casa a mí me enseñaron que desearle la muerte a nadie es una de las peores bajezas que se pueden cometer, verbalmente hablando. Señal de ser un grosero y un impresentable. Hoy en día parece tomarse como algo de lo más normal, junto con esa actitud de cuñaos, que es la de ir por la vida berreando al prójimo que no tiene ni puta idea de nada (y que uno lo sabe todo). Así, sin anestesia. Lo que dice uno es La Ley y no se le puede ni rebatir ni preguntar, vaya a ser que se ofenda; en cambio, esa persona sí parece tener el derecho a sentar cátedra sobre (ojo) tu vida. A decir cuál es tu personalidad, a hacer un retrato completo de tu infancia, tus traumas, tus filias y tus fobias. Le das cancha y te habla de tu relación con tus padres, tu filosofía de vida y, si le das más cancha, es capaz hasta de decirte qué querías ser de mayor cuando eras pequeño. Todo, para recordarte que todas y cada una de esas cosas que, según él, te definen, no son más que mierda. Porque lo suyo es mejor y te callas.

Yo suelo preguntarme, cuando hay unas... no sé, pongamos, quinientas, mil, cincuenta mil personas, que vienen a nadie pidiéndole explicaciones acerca de lo que han hecho o han dejado de hacer... ¿qué sucedería si tuviera que ser al revés?
Pongamos que alguien coge y putea a... no sé, Elsa Pataki, que suele ser puteada cada vez que hace algo, como si la muchacha tuviera que rendir cuentas a media España y parte del extranjero cada vez que graba un anuncio o cada vez que sale a tomarse unas cañas con nuestro amigo Hemsworth. ¿Y si un día Elsa Pataki (que no lo va a hacer, solo planteo la hipótesis) se fuera para todos esos tuiteros y demás seres que pululan por las redes solo para humillar al prójimo y les pidiera explicaciones acerca de lo que han hecho últimamente? ¿Y si Elsa, como pueda ser cualquier persona famosa, cogiera y empezase a llamar "guarra" a una chica por hacerse un selfie o "gilipollas" a un tipo que lleva una camisa horrible en su foto de perfil? ¿Y si empezase a preguntarles a todos y cada uno de estos por qué han dicho tal cosa, que suena ofensiva, en lugar de decir otra?
La respuesta es que el personaje anónimo se defendería, con toda seguridad, argumentando que ellos no tienen una vida pública y no tienen que dar explicaciones a nadie. Que no ganan lo mismo que un famoso, o sencillamente, que tienen derecho a decir lo que les salga del culo. Argumentos que denotan una envidia tremenda o una dudosa conciencia de clases, que seguramente enarbolan como si fueran los tíos más proletarios del mundo... cuando ni siquiera creen en un concepto tan básico como la igualdad entre las personas, o mucho menos su dignidad.
Derecho, sí, pero ninguna responsabilidad acerca de lo que han dicho. Porque parece que el derecho de uno no tiene jamás limitaciones, aunque eso suponga ir pisoteando a los demás, vejando, insultando o incluso amenazando.


"Yo no he hecho nada. Yo nunca hago nada. La culpa es del sistema que es muy malo."


Parece, como digo, que ese derecho que algunos individuos o colectivos concretos a ir vulnerando los derechos de los demás solo va en una dirección. Esa especie de lucha por lo que ellos consideran que es justo, en realidad no es más que una excusa para soltar la primera burrada que les dé la gana, y hay que admitir que está fenomenal eso de tener un pequeño pretexto para poder justificarse. De ahí un poco las lecciones de moral a las que me refería al principio. Eso explica un poco  por qué, y volviendo al caso de la primera foto que he comentado arriba, alguien puede sentirse con pleno derecho a decir que los cirujanos plásticos tienen un trabajo inmoral, basado en darle a la gente lo que quiere por dinero sin importarles su salud y quedarse tan panchos ante tal aseveración. Sin haber conocido ellos mismos a ningún cirujano ni (por supuesto) necesidad alguna de tener que visitarlos. Espero que jamás tengan un accidente de tráfico que les destroce la cara, porque la moral no va a ser la que se la arregle a estos seres. O tener un problema serio de tabique nasal. O tener que ponerse un implante en el pecho por una mastectomía. Sí, supongo que me he ido a casos extremos, pero no he sido yo el que ha generalizado de una forma brutal (y por medio de insultos bastante graves) a una profesión entera (que se dice pronto, oye). Tampoco he sido yo el que ha sentado cátedra sobre los motivos que tiene o deja de tener el personal para pasar por quirófano, ni tampoco he sido yo el que va diciendo que todo el que se opere por razones estéticas es gilipollas, inseguro o abiertamente suicida, ni todo el que se dedique a trabajar en cirugía estética un gañán o un aprovechado que antepone la pasta a la salud. He ahí la diferencia, que espero haber explicado con claridad.



La cosa se ha convertido básicamente en una especie de juicio de Salem semanal: se busca una "bruja" y, sin importar realmente inocencia o culpabilidad, o la búsqueda de lo cierto de las cosas, todo bicho viviente se cree en posesión de la Verdad y con derecho a juzgar, emitiendo veredictos a cual más brutal.
Lo del cuerpo de la foto tirado en el suelo es metafórico, pero la pinta del tipo de la derecha, casi como con intención de pisotearlo aun en el suelo es más que real.
Pasa constantemente en nuestras redes.


Supongo que es ahí la cuestión que me planteo, derivada de todo esto: ¿Quién mierda se ha creído que es la gente para andar pidiendo este tipo de explicaciones, sobre decisiones que no les atañen en lo más mínimo, a perfectos desconocidos? ¿Con qué derecho se cree la gente que puede llamar "guarra" a nadie porque ve un selfie suyo en Internet? ¿Qué clase de prebenda moral se piensan que tienen cuando, en mitad de una conversación civilizada, entran a juzgar e insultar a otros solo porque no comulgan con su Sacrosanto Credo? No nos engañemos: esto de la Era de la Información se ha convertido en una excusa de la leche para coger y hacer aquello a lo que nos hemos dedicado siempre, que es lanzarnos mierda los unos a los otros. Y tiene gracia, porque ahora se supone que vamos de concienciados con verdaderas lacras sociales como la violencia contra las mujeres y el bullying... pero no nos cortamos un pelo en llamar "puta" a nadie o en reírnos de alguien hasta el punto del acoso (es decir, lo que se reconoce en España como acoso, que consiste en hacerle la vida imposible a alguien de tal manera que se le ocasiona un claro daño psicológico). Igualmente gracioso resulta que, aquellos que suelen ser de los de dar hostias a diestro y siniestro, gritando más que nadie e imponiendo su ideología sobre los demás de una forma que solo se puede definir como "por putos cojones" luego sean los primeros en ir pidiendo censura. Retiradas de aquello que no quieren ver, de aquello que no quieren oír, de lo que no quieren leer.


Y calladitos, vaya a ser que digan algo políticamente incorrecto y ya la hemos liado.


Y he ahí donde radica la mayor hipocresía: por un lado, cuando el asunto conviene, se habla de la libertad de expresión y de ese derecho a reírse del prójimo, a insultarlo, a humillarlo. A juzgarlo, como si su vida estuviese sometida a la decisión de un puñado de niños malcriados que levantan o bajan el pulgar para así sentir cómo su rabia y su envidia tienen un objeto. Aquellos que ganan más que ellos, los que tienen mejor imagen o los que sencillamente no son como ellos caen bajo el fuego de sus iras.
Por otro, tenemos el caso opuesto, donde aquellos que para variar se encuentran en el otro lado de la diana, exigen que la más mínima chorrada que no les gusta desaparezca de una vez por todas de la faz de la tierra. Algo tan absurdo como esa señora de los Estados Unidos que ha pedido la retirada de clásicos como Las Aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un Ruiseñor porque "propugnan estereotipos raciales acerca de la gente de color" o "porque usan la palabra nigger, que es ofensiva", sin tener en cuenta contexto... o el "irrelevante" hecho de que esas novelas precisamente combaten el racismo de una manera bastante valiente considerando el marco histórico en que fueron escritas. No, nada de eso importa: aquí la solución es quemar libros, cerrar bocas y aplastar la ideología contraria, mientras que la de uno puede hacer y decir lo que quiera.



Y cualquier día se pondrán a quemar copias de Otelo porque "incite" a la violencia de género o al racismo, aunque realmente esté denunciando ambas cosas.
Pero, bah, da igual. Qué iba a saber el Shakespeare ese, que era un varón blanco y (a menos que se demuestre lo contrario) heterosexual.


No deja de ser triste: en un mundo en que todo el mundo parece con derecho a sentirse juez, jurado y verdugo, pocos parecen dispuestos a buscar lo que es verdaderamente justo, sino que prefieren arrimar el ascua a su sardina. Y si, de paso, pueden usar el ascua para meterle fuego a algún hijoputa que medio les quiera llevar la contra y llevarse aplausos de los colegas, pues bienvenido sea. Pero luego que no vengan berreando diciendo que les han dicho esto o les han dicho lo otro: con esa ira, con esos juicios de valor tan brutales, con esos argumentos sacados de la más absoluta nada, con toda esa poca vergüenza que se emplea para atacar a alguien desde el anonimato, ellos solitos han sido los responsables de todo esto.
Y mientras escribo estas líneas, me sigo preguntando: ¿quién caerá la semana que viene? ¿Será un servidor? ¿Alguno de los que me estáis leyendo? En una sociedad que dice preocuparse tanto por el bullying, es una pregunta más que preocupante.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Angst- Se acercan las navidades (yuju)



Se acercan otra vez las Navidades y, francamente, no me hacen demasiada ilusión.
No, no voy a hacer el típico post anti-Navidad, denunciando el exacerbado consumismo y la hipocresía de una sociedad a la que el sentido original de estas fiestas le importa un bledo; tampoco tengo ganas de hablar de la pobreza en el mundo, ni de refugiados, ni de niños sin hogar. No porque no sean temas que me importen, sino porque no estoy de humor para ese tipo de alegatos y, francamente, no me gustan. No me gusta coger y andar despotricando contra algo que suele ser, por lo general, una festividad con buenas intenciones para enterrarla en la demagogia de siempre y olvidarme de eso mismo en cuanto pase la temporada. Mi falta de ilusión proviene de raíces extrictamente personales, y no para dar lecciones de moral a nadie.

Si no me hacen demasiada ilusión es por el hecho de que mis Navidades, de un tiempo a esta parte, suelen ser festividades bastante tristes. Nunca han sido precisamente una de las mejores etapas del año para mí, por cuestiones personales que no tengo intención de tratar aquí y que para mí se quedan... pero digamos que últimamente se han convertido en el colofón de unos años que, siendo honestos, no han sido para tirar cohetes. Que igual no han sido problemas graves en comparación con los vuestros o con los de otros, pero son los míos.
Hablo de años duros, muy duros a nivel personal, con cambios que no he terminado de digerir cuando me toca asimilar otros tantos. Años en los que, cuando no he tenido una discusión muy fuerte con alguien a quien consideraba cercano, he sufrido decepciones de algún tipo; en otros casos, he sido yo el que decepciona, sin mucha opción de poder redimirme. Se acerca otro diciembre y vuelvo a ver lo mismo: distensión y frío. La constante sensación de pérdida, de derrota se apodera de mí una vez más y, como si estuviera intentando atrapar mercurio con las manos, todo se me escapa entre los dedos, con la creciente sensación de que lo único que se me queda en la piel son manchas de algo que me daña.


Algo así.


Es una vieja sensación, esa que tengo. Hacer balance de lo que ha venido siendo toda tu vida en los últimos, no sé, dos, tres años y darte cuenta de que lo has hecho lo mejor que has sabido para que tu entorno sea algo medio estable, medio pacífico y no obtener sino el más rotundo de los fracasos. Sentirte juzgado y declarado culpable por vete tú a saber qué crímenes y recibir lo que recibes siempre: la espalda. El frío. La caída en desgracia, donde antaño parecías ser alguien que importabas.

Sabes que vas a terminar otro año muy triste, pensando en todo lo que has hecho con tu mejor intención; pensando que, si se te hubiera ocurrido hacer algo para que las cosas terminasen mejor, lo habrías hecho... Pensando que has actuado conforme a tus valores, conforme a tus principios y que, pese a todo, no ha sido suficiente. Tú mismo no has sido suficiente. Será otro año en que acabes tirado en el sofá, viendo la tele, con un terrible desgaste emocional tras no sabes ya cuánto sometido a muchísima tensión. Callándote muchas veces por no generar más conflicto... pero soportando lo que no debes, o no quieres soportar; las veces que has hablado, en cambio, no han sido sino para peor. Cada vez que has intentado poner remedio a las cosas, dialogar, exponer tu punto de vista o simplemente decir lo que piensas no has hecho sino emponzoñarlo todo: has acabado teniendo que justificarte, o entrando en un laberinto del que no puedes salir, enzarzado en discusiones que no han tenido el más mínimo sentido desde el minuto uno. Has acabado poniéndote tú solo una diana y todas y cada una de tus palabras han servido para agilizar esa distensión.
Lo has hecho con tu mejor intención, pero, ¿qué has obtenido? Justamente aquello que no querías obtener y que evitabas por todos los medios. He ahí la triste ironía.


Ni esto me anima las fiestas.
Así os lo digo.


Es otro año en que sientes que tu historia se repite, que vives en base a ciclos que, si existe algún modo de romper, tú no lo conoces. Condenado a vivir una y otra vez la misma historia, lo único que te queda es pasar estas festividades, teóricamente pensadas para que seas un poquito feliz para variar, lamiéndote las heridas y pensando qué has hecho mal. Pensando por qué siempre acabas así de herido, mientras otros sí parecen conseguir aquello a lo que, al igual que tú, aspiran. Pensando por qué ellos sí y tú no. Pensando por qué tu vida no es un poco mejor, para variar.

Lo peor de todo esto es que, si lo pienso, me gustan las Navidades. Me gusta el ambiente en las calles y me gusta que sea una excusa para que, aunque sea por una vez en la vida, hagamos el esfuerzo de limar asperezas y llevarnos bien. O por lo menos intentarlo. Me gusta el olor a castañas asadas, incluso las luces, por horteras que os parezcan a más de uno. Me gusta cuando nos reunimos por Navidad, simplemente porque es un motivo tan bueno como otro cualquiera para hacerlo. Me gusta que la gente se felicite la Navidad porque piense que tiene todo un año para estar enfadado y que conviene cambiar el chip aunque sea un par de semanas. Me gusta la gente que incluso piensa en eso de corazón y no como postureo.

Lo que no me gusta es, entonces, el hecho de que sucede a final de año, cuando mis energías ya están a cero. Cuando el desgaste emocional por tantísima lucha perdida prácticamente ha acabado ya conmigo. Cuando pienso en toda la gente que he apreciado a lo largo de mi vida y que ya no está... no por haber pasado a mejor vida (eso sería algo inevitable, aparte de algo harto evidente), sino porque ya he dejado de importarle. Pienso en lo duro que es esta última frase... pero resulta más dura si caigo en la cuenta de lo cierta que es. Preguntaos si no, entonces: ¿para cuánta gente creéis haber sido importantes hasta hace algún tiempo y ahora no lo sois? ¿Cuánta gente os manifestó en su momento su cariño y ahora os contempla, si tenéis suerte, como un recuerdo molesto? ¿Cuánta gente en vuestro presente, en vuestro entorno, os ve como algo que ya no es lo que era? ¿A cuántos de vosotros gente así os ha expulsado de sus vidas?


A la calle.
Asumidlo.


Sé que a muchos de vosotros esto le ha pasado y habéis aprendido a pasar página. Sois gente fuerte, que ha aprendido a dar importancia a según qué cosas y a seguir adelante. A decir "Esto no me importa" y creerlo realmente.
Lo he dicho alguna vez, pero os lo repito: os envidio. De corazón, quiero ser como vosotros. Me gustaría coger y aprender a distinguir a aquella gente que no es sana para mí y a la que he dejado de importar y desprenderme de según qué recuerdos como si fuera una piel muerta. Me gustaría impermeabilizarme y hacerme invulnerable. De verdad que os lo digo, me encantaría ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva y separar el grano de la paja. Me encantaría saber seguir adelante y pasar página con esa facilidad.
Pero lo cierto es que no sé.
Supongo que es porque no soy una persona emocionalmente fuerte, o porque tengo la malsana costumbre de darle excesiva importancia a lo que no debería. No lo sé. Lo único que puedo deciros es que, llegados a este punto del año, yo ando ya con las fuerzas por los suelos. Sumad esto al hecho de que este no es el único año malo, sino otro más, tras unos cuantos en que las cosas a nivel personal no solo no han mejorado sino que se han vuelto más intensas. Más convulsas. Más caóticas. Más conflictivas.


Au.


Va a ser otro año que acabe y lo más inteligente que se me ocurra hacer sea hacer recuento de bajas a mi alrededor. Balance de todos aquellos conflictos que no he sabido gestionar. De todas las heridas emocionales que me he llevado por cada uno de ellos. Sí, estoy seguro de que no es el mejor modo de terminar un año. Podría ponerme a sonreír de forma falsa y simular que todo va bien; que todo va a salir bien en cuanto llegue el 1 de enero. Puedo ponerme a seguir esa filosofía positiva de que solo tengo que tener una buena actitud para que la vida me sonría. Puedo mentirme a mí mismo de muchas maneras, pero lo cierto es que ya no me quedan ganas de hacerlo. Lo único que quiero es, para variar, un pequeño descanso de esta tónica que está siendo mi vida. Esa rutina de no entender lo que sucede a mi alrededor, de esforzarme para nada. De sufrir reveses y espaldarazos uno detrás de otro. De ser siempre el blanco de los problemas, cuando no el gran perdedor. De discusiones, de situaciones incómodas. De relaciones que se enfrían. De hablar al aire. De sobrar. De separaciones que me duelen en el alma.

Y lo más triste es que yo no sé hacer las cosas mejor de lo que las hago.