Vivimos en un mundo de desilusiones, de promesas rotas, de corazones heridos. Un mundo carente de magia, donde la explicación siempre es racional, pero por lo general infeliz. Nuestra existencia está abocada a luchar en busca de la felicidad, porque es lo que nos han enseñado que debemos hacer, pero raramente a obtenerla. Se espera que busquemos ser felices, pero si lo conseguimos, es algo tan extraño, tan ajeno, que posiblemente no sabríamos que hacer en el momento en que alcanzásemos esa felicidad tan buscada.
Nuestro mundo dice valorar el honor y la honestidad, pero pocos son los que realmente procuran seguir fielmente dichos valores; lejos de ello, tienden a ser crucificados, ultrajados. En el mejor de los casos, son gente condenada al ostracismo y a la falta de entendimiento. Una persona íntegra, con triste frecuencia, tiende a ser desplazada. Criticada. En resumidas cuentas, no tiene mucho que hacer en una sociedad que, día tras día, premia la puñalada trapera. La competición por encima de la honestidad. Porque si tú no haces lo que se supone que tienes que hacer (por poco ético o abiertamente ilícito que esto sea) otro lo hará en tu lugar y se beneficiará. Tú serás el idiota, el que sale perdiendo. No importa que seas fiel a lo que se supone que es correcto. No importa que seas fiel a tus creencias.
Asúmelo, eres el que sale perdiendo.
Quizás es la supervivencia del más fuerte, no lo sé. No sé qué regla dice que el más fuerte debe ser al mismo tiempo el más hijo de puta. El que aplasta al otro, no necesariamente porque ese otro sea más débil, sino porque lo ha pillado a traición. Porque ha aprovechado puntos que nadie con un mínimo de conciencia aprovecharía. Eso no es ser más fuerte, es simplemente tener menos escrúpulos.
Pero lo malo no es que eso suceda, sino que se aplauda. Que alguien que se convierta en una serpiente y sea capaz de vender a su propia madre por un plato de lentejas sea reconocido como un triunfador, que se asuma que tiene cierto poder.
Ese poder se lo damos todos.
Ya es bastante complicado vivir en un mundo en que las cosas no salen bien, donde no hay finales felices y donde raramente encontramos la felicidad, como para tener que soportar el aplauso a quienes sabemos que no lo merecen. De ser forzados, de un modo implícito, a adorar a ese Gran Hermano... porque alguien haya decidido que está por encima de nosotros.
Impuestas o autoimpuestas, llevamos cadenas que nos atan las manos.
No solo eso. Es muy complicado vivir en un mundo en el que es más fácil ser una víctima de los cambios, de ser arrollado por las consecuencias de nuestros errores, que poder asumir los pequeños triunfos. Estos últimos tienden a ser llevados por la marea de nuestros fracasos. Cada minúscula victoria muere ahogada por las decepciones sufridas, las afrentas vividas, los corazones rotos y por todas aquellas astillas que vamos cargando en esa hoguera que es la frustración que nos rodea día a día.
Queremos luchar. Lo hacemos, incluso. Creemos en lo que hacemos. Queremos creer en lo que hacemos... pero cada paso que damos hacia delante suele conllevar, casi por sistema, dos hacia atrás. Al menos tres pasos en falso. Incluso hemos perdido la cuenta de las veces que hemos trastabillado y caído de bruces. De la de veces que, una vez en el suelo, nos han arrollado y no hemos sabido cómo levantarnos hasta que estamos pisoteados, llenos de moratones y probablemente con algo roto.
Vivimos en una constante batalla perdida, conscientes de que estamos abocados, si no al fracaso más absoluto, a algo muy similar, que es no estar a la altura de lo que consideramos que nos merecemos. Una y otra vez, pero la historia vuelve a repetirse.
Te miras al espejo y te valoras.
No eres un héroe, eso desde luego. No eres el más fuerte de este mundo, ni el más valiente. Ni siquiera el más inteligente. No crees que tengas ninguna habilidad sobrehumana que te haga especial, ni tienes la llave para solucionar tu vida. Si existe una perfección, estás muy, muy lejos de alcanzarla. De acercarte siquiera.
Pero sabes que no eres mala persona. Que tienes valores que igual sí te diferencian de los demás. Te miras a ti mismo y sabes que, a diferencia de mucha gente que conoces, eres capaz de ser fiel a tu palabra. Que preferirías que te despellejasen vivo a romper una promesa que te hayas hecho a ti mismo. Eres plenamente consciente de que eso no lo tiene todo el mundo.
Sigues mirándote a ti mismo y llegas a la conclusión de que, si puedes, ayudas a los que te rodean en la medida de lo que te sea posible. Jamás has atacado a nadie sin provocación previa y, si has entrado en batalla, siempre ha sido en defensa propia o de tu entorno.
Te reconoces a ti mismo como una persona atenta, entregada e incapaz de mentir, siempre intentando hallar el modo de hacer felices a quienes te rodean. Quizás no la más despierta, ni la más astuta, pero sí fiable y honrada. Sensible, comprensiva y con el alma de un artista. Alguien que se rige por lo que es justo y que luchará todo cuanto pueda contra aquello que considera que no no lo es; que sabe escuchar y que es capaz de dejar sus propios problemas a un lado para ayudar a otros.
En este mundo, eso no parece bastar.
"No lo bastante bueno".
Una etiqueta que solemos llevar, hagamos lo que hagamos.
No importa lo que mucha gente diga admirar esas cualidades que tienes. No importa lo que tú las valores; sabes que tu frustración se debe, en una gran parte, a que sabes que esos valores que tanto respetas y admiras, y que tanto luchas por mantener, no son suficientes. No en un mundo que es incapaz de reconocerlos como tales.
¿Cuántas veces has oído decir eso de "Hiciste lo correcto"? ¿Cuántas veces has escuchado eso de "Tú fuiste el que merecías tal cosa"? ¿Cuantas veces esas frases, o miles de otras semejantes, han venido seguidas de un "pero" que nos hunde?
"Pero".
"Pero" hubo alguien que aprovechó algo que tú no aprovechaste, porque te parecía una bajeza; "pero" hubo alguien antes que tú, o al mismo tiempo que tú, que tenía menos implicaciones morales. Moralmente debías haber obtenido lo que merecías, "pero" no lo obtuviste porque simplemente todo eso importa una mierda.
Vivimos en un mundo en el que hacer las cosas bien, en el que ser justo, no obtiene ninguna recompensa. Todo lo más, nos llevamos doble fracaso: uno, por no obtener lo que se supone que merecemos por haber hecho bien las cosas; dos, por llevarnos las hostias de un Universo que no solo no se molesta en reconocerlo, sino que aprovecha para patearnos las costillas mientras estamos en el suelo.
La lección que se obtendría, por tanto, sería convertirnos en otros hijos de puta más, supongo. Traicionar todo lo que somos y tener que aguantar esa voz que nos dice "Tú no eres así" hasta que logramos ahogarla. Acallar la voz de la conciencia es la salida fácil, y posiblemente sea lo que haga mucha gente. Lo triste es que la conciencia suele tener razón, y acallar la voz de la razón es convertirse en otro animal más.
Vive lo suficiente para convertirte en alguien a quien las cosas no le importan en lo más mínimo. En una bestia sin corazón ni conciencia... o muere como un idealista, solo, consolado únicamente por esa pequeña vocecita que te dice que cree en ti y que sabe que hiciste lo correcto. Lo que nadie quería hacer. Cae aplastado bajo el peso de un mundo gris, lleno de mentiras e injusticias. Haz el bien y sobrevive a sus consecuencias. Soporta tu propia frustración día a día, mientras observas cómo otros se alzan sobre ti. Contempla cómo te miran por encima del otro, te ningunean, te tratan como no te mereces que te traten.
Hasta ese día en que te preguntas si lo mismo lo que pasa es que realmente te lo mereces.
Sabes que no les importas.
Sabes que este no es tu lugar.
No soportas la injusticia, pero te obligan a que la aceptes, en lugar de luchar por cambiarla.
Estás solo y destinado a perder una guerra ya ganada de antemano.
Es entonces cuando maduras y te das cuenta de que no has nacido con un destino. No vas a ganar nada más allá de una buena colección de heridas, cicatrices y palabras que se te clavan en el alma. Tu único premio van a ser las voces de todos aquellos que te han humillado a lo largo de tu vida, las de aquellos que te han desilusionado, desanimado o amedrentado. Las de aquellos que acallan tus sueños, tus ilusiones. Quienes te rompen el corazón, te ignoran, te desprecian o te traicionan. Todas esas voces se convierten en un coro que hace lo que puede por acallar a esa vocecita que te dice "Pero se equivocan".
Porque son demasiadas, y tú eres solo uno, y llega un punto en que te ves obligado a pensar que todo, absolutamente todo, es culpa tuya. Que eres tú el que no encaja, el que no es apto. El que no está a la altura.
"Sí, pero..."
Pero no eres suficiente.
No, no eres un héroe. No estás salvando la vida de nadie. Nadie te recordará por lo que has hecho por el mundo que te rodea. No por lo bueno, al menos. Este mundo en que vivimos seguirá girando un día tras otro y no somos más que motas sobre él. Podemos tener los valores que queramos; podemos propagarlos a los cuatro vientos, si nos apetece. Somos voces que predican en el desierto y nadie nos va a escuchar... porque a nadie le importa lo que tenemos que decir.
No vamos a marcar la diferencia en un mundo que no quiere cambiar. Que está demasiado acostumbrado a lo que ya hace. Es mucho más sencillo, más lógico, que seamos tragados por él, masticados y escupidos. Que nuestra voz sea silenciada y que, poco a poco, nos convirtamos en un número más.
Naciste para perder, o acaso para no llegar a donde se supone que deberías. Eres el injustamente descalificado, el ganador moral pero no material. El que mira desde la grada, el que debe alegrarse por los triunfos de otros, pero que no tiene triunfos propios. El que sonríe cuando se desgarra por dentro. El que calla cuando quiere gritar. El que desaparece para llorar en privado, donde nadie pueda mirarlo, ni preguntarle, ni juzgarlo. Eres el segundo en una carrera en la que no hay medalla de plata. Eres el hijo mediano, sin reconocimiento ni honores. Aquel que llega tarde, el que es tomado como la opción no válida o, en el peor de los casos, el que nunca fue opción. Eres el fraude, el bufón, el chivo expiatorio. El último mono. Eres el que merecía alguna oportunidad y nunca la tuvo, frente a otros que han tenido muchísimas más de las que merecerán jamás. El quiere y no puede, o el que puede y no lo consigue. El pobre que hace las cosas lo mejor que sabe, y aun así, no obtiene ningún resultado, así que déjate de tonterías.
Naciste para perder, o acaso para no llegar a donde se supone que deberías. Eres el injustamente descalificado, el ganador moral pero no material. El que mira desde la grada, el que debe alegrarse por los triunfos de otros, pero que no tiene triunfos propios. El que sonríe cuando se desgarra por dentro. El que calla cuando quiere gritar. El que desaparece para llorar en privado, donde nadie pueda mirarlo, ni preguntarle, ni juzgarlo. Eres el segundo en una carrera en la que no hay medalla de plata. Eres el hijo mediano, sin reconocimiento ni honores. Aquel que llega tarde, el que es tomado como la opción no válida o, en el peor de los casos, el que nunca fue opción. Eres el fraude, el bufón, el chivo expiatorio. El último mono. Eres el que merecía alguna oportunidad y nunca la tuvo, frente a otros que han tenido muchísimas más de las que merecerán jamás. El quiere y no puede, o el que puede y no lo consigue. El pobre que hace las cosas lo mejor que sabe, y aun así, no obtiene ningún resultado, así que déjate de tonterías.
Vive para obedecer.
Acepta las reglas.
Debemos formar parte del rebaño, sonreír cuando nos lo digan. Hablar cuando nos lo digan, y en los términos que se nos exija. Decir lo que pensamos nos marca como disidentes, como sujetos que deben ser reducidos. Debemos seguir el camino marcado, sea cual sea, sin hacernos preguntas. Sin pensar siquiera si lo que debemos hacer va en contra de nuestros propios valores, de nuestras propias creencias. Nadie quiere ser honesto, porque es un camino demasiado difícil, y genera demasiados enemigos... aunque no siéndolo se tengan los mismos enemigos y sea igualmente difícil confiar en el mundo que a uno le rodea.
No, no creo que este mundo lo crease nadie que nos quiere. Nadie que nos quiere se dedicaría a machacar a la gente que procura vivir una vida tranquila sin hacer daño al prójimo. Nadie en sus santos cabales permitiría "por amor" que los mismos cabrones se salgan con la suya una y otra vez, siendo recompensados con creces por sus fechorías, mientras los demás solo pueden tomar el rol de víctima o, con mucha suerte, de espectador que no puede hacer nada.
Nadie crearía por amor un mundo con tanta falta de amor. Nadie iría poniendo a prueba a los inocentes haciéndolos sufrir solo para que manifiesten un amor incondicional a la mano que los está apaleando día sí y día también.
Eso no lo hace nadie que te quiera. Eso lo hace un bastardo con un problema muy serio.
Posible destino.
Pero sí, este es el mundo en que nos ha tocado vivir. Un mundo de palabras vacías, de ilusiones destrozadas, de heridas abiertas, de lágrimas, unas pocas de ellas derramadas y otros cientos de tantas que no mostramos a los demás. Un mundo frío, oscuro y solitario, en el que lo más práctico que podemos hacer de vez en cuando es agazaparnos en un rincón y esperar que aquellos que nos rodean dejen de vernos para que podamos estar tranquilos. Es el mundo en que nos ha tocado vivir y hay que aceptarlo...
... Pero no por ello tiene que gustarnos.

















