sábado, 30 de julio de 2016

Angst- "Pero"



Vivimos en un mundo de desilusiones, de promesas rotas, de corazones heridos. Un mundo carente de magia, donde la explicación siempre es racional, pero por lo general infeliz. Nuestra existencia está abocada a luchar en busca de la felicidad, porque es lo que nos han enseñado que debemos hacer, pero raramente a obtenerla. Se espera que busquemos ser felices, pero si lo conseguimos, es algo tan extraño, tan ajeno, que posiblemente no sabríamos que hacer en el momento en que alcanzásemos esa felicidad tan buscada.

Nuestro mundo dice valorar el honor y la honestidad, pero pocos son los que realmente procuran seguir fielmente dichos valores; lejos de ello, tienden a ser crucificados, ultrajados. En el mejor de los casos, son gente condenada al ostracismo y a la falta de entendimiento. Una persona íntegra, con triste frecuencia, tiende a ser desplazada. Criticada. En resumidas cuentas, no tiene mucho que hacer en una sociedad que, día tras día, premia la puñalada trapera. La competición por encima de la honestidad. Porque si tú no haces lo que se supone que tienes que hacer (por poco ético o abiertamente ilícito que esto sea) otro lo hará en tu lugar y se beneficiará. Tú serás el idiota, el que sale perdiendo. No importa que seas fiel a lo que se supone que es correcto. No importa que seas fiel a tus creencias.
Asúmelo, eres el que sale perdiendo.

Quizás es la supervivencia del más fuerte, no lo sé. No sé qué regla dice que el más fuerte debe ser al mismo tiempo el más hijo de puta. El que aplasta al otro, no necesariamente porque ese otro sea más débil, sino porque lo ha pillado a traición. Porque ha aprovechado puntos que nadie con un mínimo de conciencia aprovecharía. Eso no es ser más fuerte, es simplemente tener menos escrúpulos.
Pero lo malo no es que eso suceda, sino que se aplauda. Que alguien que se convierta en una serpiente y sea capaz de vender a su propia madre por un plato de lentejas sea reconocido como un triunfador, que se asuma que tiene cierto poder.
Ese poder se lo damos todos.

Ya es bastante complicado vivir en un mundo en que las cosas no salen bien, donde no hay finales felices y donde raramente encontramos la felicidad, como para tener que soportar el aplauso a quienes sabemos que no lo merecen. De ser forzados, de un modo implícito, a adorar a ese Gran Hermano... porque alguien haya decidido que está por encima de nosotros.


Impuestas o autoimpuestas, llevamos cadenas que nos atan las manos.


No solo eso. Es muy complicado vivir en un mundo en el que es más fácil ser una víctima de los cambios, de ser arrollado por las consecuencias de nuestros errores, que poder asumir los pequeños triunfos. Estos últimos tienden a ser llevados por la marea de nuestros fracasos. Cada minúscula victoria muere ahogada por las decepciones sufridas, las afrentas vividas, los corazones rotos y por todas aquellas astillas que vamos cargando en esa hoguera que es la frustración que nos rodea día a día.

Queremos luchar. Lo hacemos, incluso. Creemos en lo que hacemos. Queremos creer  en lo que hacemos... pero cada paso que damos hacia delante suele conllevar, casi por sistema, dos hacia atrás. Al menos tres pasos en falso. Incluso hemos perdido la cuenta de las veces que hemos trastabillado y caído de bruces. De la de veces que, una vez en el suelo, nos han arrollado y no hemos sabido cómo levantarnos hasta que estamos pisoteados, llenos de moratones y probablemente con algo roto.
Vivimos en una constante batalla perdida, conscientes de que estamos abocados, si no al fracaso más absoluto, a algo muy similar, que es no estar a la altura de lo que consideramos que nos merecemos. Una y otra vez, pero la historia vuelve a repetirse.

Te miras al espejo y te valoras.
No eres un héroe, eso desde luego. No eres el más fuerte de este mundo, ni el más valiente. Ni siquiera el más inteligente. No crees que tengas ninguna habilidad sobrehumana que te haga especial, ni tienes la llave para solucionar tu vida. Si existe una perfección, estás muy, muy lejos de alcanzarla. De acercarte siquiera.
Pero sabes que no eres mala persona. Que tienes valores que igual sí te diferencian de los demás. Te miras a ti mismo y sabes que, a diferencia de mucha gente que conoces, eres capaz de ser fiel a tu palabra. Que preferirías que te despellejasen vivo a romper una promesa que te hayas hecho a ti mismo. Eres plenamente consciente de que eso no lo tiene todo el mundo.
Sigues mirándote a ti mismo y llegas a la conclusión de que, si puedes, ayudas a los que te rodean en la medida de lo que te sea posible. Jamás has atacado a nadie sin provocación previa y, si has entrado en batalla, siempre ha sido en defensa propia o de tu entorno.
Te reconoces a ti mismo como una persona atenta, entregada e incapaz de mentir, siempre intentando hallar el modo de hacer felices a quienes te rodean. Quizás no la más despierta, ni la más astuta, pero sí fiable y honrada. Sensible, comprensiva y con el alma de un artista. Alguien que se rige por lo que es justo y que luchará todo cuanto pueda contra aquello que considera que no no lo es; que sabe escuchar y que es capaz de dejar sus propios problemas a un lado para ayudar a otros.
En este mundo, eso no parece bastar.


"No lo bastante bueno".
Una etiqueta que solemos llevar, hagamos lo que hagamos.


No importa lo que mucha gente diga admirar esas cualidades que tienes. No importa lo que tú las valores; sabes que tu frustración se debe, en una gran parte, a que sabes que esos valores que tanto respetas y admiras, y que tanto luchas por mantener, no son suficientes. No en un mundo que es incapaz de reconocerlos como tales.
¿Cuántas veces has oído decir eso de "Hiciste lo correcto"? ¿Cuántas veces has escuchado eso de "Tú fuiste el que merecías tal cosa"? ¿Cuantas veces esas frases, o miles de otras semejantes, han venido seguidas de un "pero" que nos hunde?
"Pero".

"Pero" hubo alguien que aprovechó algo que tú no aprovechaste, porque te parecía una bajeza; "pero" hubo alguien antes que tú, o al mismo tiempo que tú, que tenía menos implicaciones morales. Moralmente debías haber obtenido lo que merecías, "pero" no lo obtuviste porque simplemente todo eso importa una mierda.
Vivimos en un mundo en el que hacer las cosas bien, en el que ser justo, no obtiene ninguna recompensa. Todo lo más, nos llevamos doble fracaso: uno, por no obtener lo que se supone que merecemos por haber hecho bien las cosas; dos, por llevarnos las hostias de un Universo que no solo no se molesta en reconocerlo, sino que aprovecha para patearnos las costillas mientras estamos en el suelo.

La lección que se obtendría, por tanto, sería convertirnos en otros hijos de puta más, supongo. Traicionar todo lo que somos y tener que aguantar esa voz que nos dice "Tú no eres así" hasta que logramos ahogarla. Acallar la voz de la conciencia es la salida fácil, y posiblemente sea lo que haga mucha gente. Lo triste es que la conciencia suele tener razón, y acallar la voz de la razón es convertirse en otro animal más.
Vive lo suficiente para convertirte en alguien a quien las cosas no le importan en lo más mínimo. En una bestia sin corazón ni conciencia... o muere como un idealista, solo, consolado únicamente por esa pequeña vocecita que te dice que cree en ti y que sabe que hiciste lo correcto. Lo que nadie quería hacer. Cae aplastado bajo el peso de un mundo gris, lleno de mentiras e injusticias. Haz el bien y sobrevive a sus consecuencias. Soporta tu propia frustración día a día, mientras observas cómo otros se alzan sobre ti. Contempla cómo te miran por encima del otro, te ningunean, te tratan como no te mereces que te traten.


Hasta ese día en que te preguntas si lo mismo lo que pasa es que realmente te lo mereces.


Sabes que no les importas.
Sabes que este no es tu lugar.
No soportas la injusticia, pero te obligan a que la aceptes, en lugar de luchar por cambiarla.
Estás solo y destinado a perder una guerra ya ganada de antemano.
Es entonces cuando maduras y te das cuenta de que no has nacido con un destino. No vas a ganar nada más allá de una buena colección de heridas, cicatrices y palabras que se te clavan en el alma. Tu único premio van a ser las voces de todos aquellos que te han humillado a lo largo de tu vida, las de aquellos que te han desilusionado, desanimado o amedrentado. Las de aquellos que acallan tus sueños, tus ilusiones. Quienes te rompen el corazón, te ignoran, te desprecian o te traicionan. Todas esas voces se convierten en un coro que hace lo que puede por acallar a esa vocecita que te dice "Pero se equivocan".
Porque son demasiadas, y tú eres solo uno, y llega un punto en que te ves obligado a pensar que todo, absolutamente todo, es culpa tuya. Que eres tú el que no encaja, el que no es apto. El que no está a la altura.

"Sí, pero..."
Pero no eres suficiente.
No, no eres un héroe. No estás salvando la vida de nadie. Nadie te recordará por lo que has hecho por el mundo que te rodea. No por lo bueno, al menos. Este mundo en que vivimos seguirá girando un día tras otro y no somos más que motas sobre él. Podemos tener los valores que queramos; podemos propagarlos a los cuatro vientos, si nos apetece. Somos voces que predican en el desierto y nadie nos va a escuchar... porque a nadie le importa lo que tenemos que decir.
No vamos a marcar la diferencia en un mundo que no quiere cambiar. Que está demasiado acostumbrado a lo que ya hace. Es mucho más sencillo, más lógico, que seamos tragados por él, masticados y escupidos. Que nuestra voz sea silenciada y que, poco a poco, nos convirtamos en un número más.
Naciste para perder, o acaso para no llegar a donde se supone que deberías. Eres el injustamente descalificado, el ganador moral pero no material. El que mira desde la grada, el que debe alegrarse por los triunfos de otros, pero que no tiene triunfos propios. El que sonríe cuando se desgarra por dentro. El que calla cuando quiere gritar. El que desaparece para llorar en privado, donde nadie pueda mirarlo, ni preguntarle, ni juzgarlo. Eres el segundo en una carrera en la que no hay medalla de plata. Eres el hijo mediano, sin reconocimiento ni honores. Aquel que llega tarde, el que es tomado como la opción no válida o, en el peor de los casos, el que nunca fue opción. Eres el fraude, el bufón, el chivo expiatorio. El último mono. Eres el que merecía alguna oportunidad y nunca la tuvo, frente a otros que han tenido muchísimas más de las que merecerán jamás. El quiere y no puede, o el que puede y no lo consigue. El pobre que hace las cosas lo mejor que sabe, y aun así, no obtiene ningún resultado, así que déjate de tonterías.
Vive para obedecer.
Acepta las reglas.
Agacha la cabeza.


Asume tu condición.


Debemos formar parte del rebaño, sonreír cuando nos lo digan. Hablar cuando nos lo digan, y en los términos que se nos exija. Decir lo que pensamos nos marca como disidentes, como sujetos que deben ser reducidos. Debemos seguir el camino marcado, sea cual sea, sin hacernos preguntas. Sin pensar siquiera si lo que debemos hacer va en contra de nuestros propios valores, de nuestras propias creencias. Nadie quiere ser honesto, porque es un camino demasiado difícil, y genera demasiados enemigos... aunque no siéndolo se tengan los mismos enemigos y sea igualmente difícil confiar en el mundo que a uno le rodea.

No, no creo que este mundo lo crease nadie que nos quiere. Nadie que nos quiere se dedicaría a machacar a la gente que procura vivir una vida tranquila sin hacer daño al prójimo. Nadie en sus santos cabales permitiría "por amor" que los mismos cabrones se salgan con la suya una y otra vez, siendo recompensados con creces por sus fechorías, mientras los demás solo pueden tomar el rol de víctima o, con mucha suerte, de espectador que no puede hacer nada.
Nadie crearía por amor un mundo con tanta falta de amor. Nadie iría poniendo a prueba a los inocentes haciéndolos sufrir solo para que manifiesten un amor incondicional a la mano que los está apaleando día sí y día también.
Eso no lo hace nadie que te quiera. Eso lo hace un bastardo con un problema muy serio.



Posible destino.


Pero sí, este es el mundo en que nos ha tocado vivir. Un mundo de palabras vacías, de ilusiones destrozadas, de heridas abiertas, de lágrimas, unas pocas de ellas derramadas y otros cientos de tantas que no mostramos a los demás. Un mundo frío, oscuro y solitario, en el que lo más práctico que podemos hacer de vez en cuando es agazaparnos en un rincón y esperar que aquellos que nos rodean dejen de vernos para que podamos estar tranquilos. Es el mundo en que nos ha tocado vivir y hay que aceptarlo...
... Pero no por ello tiene que gustarnos.

lunes, 18 de julio de 2016

Angst- Eres gris



Eres gris cuando asumes que vives en un mundo en el que no encajas.
Cuando no entiendes lo que sucede a tu alrededor. Cuando esa falta de entendimiento te entristece.
Eres gris.

Eres gris cuando recuerdas toda tu vida y llegas a la conclusión de que la soledad te acompaña.
Cuando puedes estar rodeado de mucha gente, pero sigues sintiéndote diferente. Solitario.
Eres gris.

Eres gris cuando haces las cosas lo mejor que puedes y, aun así, fracasas.
Cuando pones tu corazón, tu esfuerzo y tu alma, y aun así, el único en verlo eres tú.
Eres gris.

Eres gris cuando dices que no necesitas la aprobación de nadie, la comprensión de nadie ni el amor de nadie.
Cuando, en el fondo, sabes que sí necesitas formar parte de este mundo y no lo logras.
Eres gris.

Eres gris cuando todo pasa a tu alrededor a una velocidad endiablada y tú estás aturdido sin saber qué hacer.
Cuando todo se te escapa de las manos, llegas tarde o sencillamente no hay nada que puedas hacer.
Eres gris.

Eres gris cuando enmascaras tu rostro y usas el humor para parecer más fuerte.
Cuando, en el fondo, no tienes tantos motivos por los que reírte y eres una persona quizás demasiado vulnerable.
Eres gris.

Eres gris cuando sales a luchar cuando ya no hay nada que hacer.
Cuando lo único que te lleva a seguir luchando es una sensación de inercia, porque no sabes hacer otra cosa.
Eres gris.

Eres gris cuando palabras que no deberían ni importarte te hacen más daño que una hoja afilada.
Cuando te enfadas contigo mismo porque sabes que deberías estar por encima de según qué cosas, y no lo estás.
Eres gris.

Eres gris cuando quieres y no puedes.
Cuando puedes y no te atreves, o no te quedan fuerzas.
Eres gris.

Eres gris cuando estás cansado, cuando todo te sobrepasa. Cuando llegas a ese punto en que no puedes más.
Cuando lo único que te ves capaz de hacer es abandonarte al sueño y esperar al día siguiente.
Eres gris.

Eres gris cuando cada día parece una copia del anterior.
Cuando tu vida se rige por unos patrones que no sabes cómo cambiar.
Eres gris.

Eres gris cuando ves lo inevitable delante de tu rostro y todo corre sin remisión hacia un final que no deseas.
Cuando descubres que las cosas nunca estuvieron bajo tu control y que no eres más que un mero espectador de tu propia historia.
Eres gris.

Eres gris cuando todo el mundo ve tu vida más fácil que tú.
Cuando tú no ves esa facilidad por ninguna parte y te sientes idiota por no verla.
Eres gris.

Eres gris cuando te cansas de meter la pata cada vez que hablas.
Cuando, por más que lo intentes, sigues sintiéndote torpe.
Eres gris.

Eres gris cuando finges por fuera y te sientes vacío por dentro.
Cuando la única voz que escuchas en la oscuridad es la tuya propia y te dice que no sabe qué hacer.
Eres gris.

Eres gris cuando necesitas retirarte para lamerte las heridas.
Cuando éstas, por mucho que intentes sanarlas, no dejan de doler. Simplemente te acostumbras a ellas.
Eres gris.

Eres gris cuando piensas en la clase de persona que eres y ves que eso no es suficiente.
Cuando asumes que tal vez no has jugado bien las cartas que se te han dado.
Eres gris.

Eres gris cuando tú cargas tu propia cruz y cuando subes a ella.
Cuando tú mismo no haces sino abandonarte a lo que acontezca.
Eres gris.

Eres gris cuando te sientes mal y el mundo te dice que tú eres el único culpable.
Cuando reconoces que eso es cierto, pero tampoco das con la solución.
Eres gris.

Eres gris cuando la mejor solución que se te ocurre para afrontar tus problemas es pensar en desaparecer durante una temporada.
Cuando luego piensas que en realidad huir no soluciona nada y te quedas donde estás.
Eres gris.

Eres gris cuando sueles visitar tu propio Infierno y tus demonios privados se ríen de ti.
Cuando no crees que tus pecados sean peores que los de los demás como para tener que soportarlo.
Eres gris.

Eres gris cuando luchas por buscar tu propia felicidad, quizás porque crees que es lo que debe hacerse.
Cuando lo intentas una y otra vez y te niegas a admitir que no es más que una quimera.
Eres gris.

Eres gris cuando solo quieres que el mundo te deje tranquilo.
Cuando el mundo no te escucha y sigue machacándote, día tras día.
Eres gris.

Eres gris cuando te obligas a llevar una armadura que te proteja de todo.
Cuando esa armadura está llena de grietas que no impiden que el exterior te hiera.
Eres gris.

Eres gris cuando piensas que te gustaría que el mundo te conociera un poquito mejor de lo que muestras.
Cuando, al mismo tiempo, te da miedo que te conozcan y eso te haga más daño.
Eres gris.

Eres gris cuando solo quieres ser medianamente feliz.
Cuando, por más que lo intentes, no sabes muy bien cómo conseguirlo.
Eres  gris.

miércoles, 6 de julio de 2016

Mondo Chorra- Con el culo al aire




De vez en cuando me pongo a repasar lo que ha venido siendo mi vida y me doy cuenta de que sigo (no sé si queriéndolo o no, pero sí seguro de que es algo que no puedo evitar) una constante bastante inmutable a lo largo del tiempo. Para ilustrarla, pongamos un ejemplo bastante sencillo de este patrón:

1) Un servidor tiene X número de amigos, parte de un mismo grupo.
2) En ese grupo de amigos, conecta más con unos que con otros, como suele ser normal.
3) En un momento dado, se da un conflicto por X motivos, causados por un elemento de dicho grupo, cuya actitud está siendo de todo menos sana. Bien por razones personales o por razones ajenas, un servidor acaba tomando parte en dicho conflicto. En ese curso de acción, dicho servidor dice abiertamente lo que piensa. Generalmente, eso que dice coincide con lo que piensan muchos otros miembros del susodicho grupo.
4) Decir abiertamente lo que piensa genera un conflicto (si cabe) aún mayor con la persona que montó el cirio original, provocando que tanto un servidor como dicha persona acaben a dentellada limpia. Generalmente un servidor se queda solo en la contienda. Tampoco es que cuente con que nadie venga a sacarle las castañas del fuego, porque ya tiene los cataplines negros como para esperarlo.
5) Tras la susodicha y metafótica pelea a cuchillo, un servidor queda casi como único contendiente con la persona que había generado todo el conflicto, siendo además la única en poner las cartas sobre la mesa y generando una brecha con dicha persona que se podría tildar como "prácticamente irreconciliable", por ser optimistas. Ni que decir tiene que un servidor tiene más que clarito que con esa persona ha hablado todo lo que tenía que hablar y que ya no le merece la pena tenerla cerca, a menos que sea estrictamente necesario (y por "estrictamente necesario" entendemos una serie de circunstancias excepcionales que no se podrían contar con más de los que hay en una sola mano).
6) Tras haber llegado a este punto, toda (o casi toda) criatura dotada de sistema nervioso alrededor de un servidor se arregla con la persona que ha generado el conflicto y todo son risas, paz y gloria mientras un servidor queda como el que se ha peleado con ella y (para más inri) todavía le guarda rencor.


Si os sentís como la chica de este dibujo, tranquilos.
Yo también suelo poner la misma cara.


Si analizamos este patrón, nos damos cuenta de que el que aquí os escribe es dueño de su silencio (este es el chiste, considerando los tochos que escribo) y esclavo de sus palabras. Lo que digo, lo mantengo a menos que se me logre convencer de lo contrario y eso es lo que hay. Leído así podemos decir que me estoy vendiendo de la leche, e incluso puede parecer que estoy alardeando de algo que es, sin la menor duda, una virtud de esas que te hacen pensar "Jo, qué tío más molón".
Me encantaría estar de acuerdo.
En serio, me encantaría, pero yo esto no lo veo como una virtud. No en el sentido de lo que me aporta de cara al Universo que me rodea. Si nos ponemos más o menos estrictos, una virtud es algo que se ve como bueno. Algo que te define y que hace que, si no te sientes mejor persona, al menos se te reconozca como tal por ello. Por lo que a mí respecta, mantener mi palabra en este asunto, me ha aportado de todo menos una visión elevada de mí mismo. No, cuando lo que veo la inmensa mayoría de las veces es que, por hache o por be, suelo ser yo el que se harta de que una persona se comporte de forma injusta conmigo y con los demás y acabe poniéndola en su sitio, no necesariamente (lo admito) de la forma más ortodoxa. Sin embargo, como decía mi abuela, que en paz descanse y cuya sabiduría ojalá yo herede algún día, "Más vale una vez colorado que ciento amarillo"; es decir, que más vale decir lo que tengas que decir una sola vez a tener que estar una infinidad aguantándote y pasando malos ratos solo por no quedar mal delante de alguien a quien no le importa quedar mal contigo.
Sí, abuela, he seguido este consejo. Me ha costado años de mi vida reunir el valor necesario para que me importe un carajo decir abiertamente lo que estoy pensando, pero lo he conseguido.


"¡Yijaaaaaa!"


Lo que mi abuela no me dijo (o puede que me lo dijera y a mí se me olvidara, que también es más que seguro) es que hacer eso, de puertas para afuera, no te da más que quebraderos de cabeza. Que sí, que haces lo que hay que hacer, lo hagan otros o no (generalmente no suelen hacerlo, así que más vale que te aprietes los machos cada vez que abres la boca)... pero recuerda que eres tú quien se está ensuciando las manos. Eres tú quien hace el trabajo sucio y el que da la cara. El que se lleva las hostias por lo que piensa, y las hostias de los demás, que piensan lo mismo que tú (o al menos algo muy similar), pero que no lo dicen.
Esta filosofía puede estar guai a la hora de hacerte sentir bien contigo mismo y saber que al menos no te mientes, ni te engañas ni te traicionas. Y es verdad: por lo que respecta a eso, creo que mi abuela lo hizo lo mejor posible al tener esta frase como lema y no tener reparos en exponerla en casa, pero no es oro todo lo que reluce. Si vas a seguir esa forma de pensar, también conviene que aprendas a ser impermeable y que todo te acabe resbalando. Conviene aprender a engordarte la piel y que no te traspase nada o, hablando pronto y mal, que todo te importe un coño zurrido en Nocilla.
Estoy trabajando en eso último, abuela. De verdad.

Sin embargo, no deja de ser duro ver cómo, día a día, te encuentras más solo en esa dinámica. Cada día que pasa, ves más y más cómo esos "Mira que es cabrón no sé quién" se convierten en "Me alegra mucho verte" y donde todo eran bufidos y ojos en blanco ante un repertorio de auténticas payasadas o de abiertas putadas, ahora hay risas del tipo "jijí-jajá" o directas lamidas cimbreleras.
¿Cuántas veces no habré visto a unos y otros abjurar de según qué seres? ¿De catalogarlos (y no sin razón) de gente de poca o escasa confianza y de asegurar no querer cuentas con ellos, para luego ver que, de la noche a la mañana, se comen los mocos juntos? ¿Cuántas veces he pasado de recibir un apoyo presuntamente incondicional (por suerte hace muchísimo tiempo que dejé de creer en palabrería de ese tipo) para encontrarme que, sin motivo de peso aparente, se dé la vuelta a la tortilla y yo resulte acabar siendo el rencoroso?
No, no me siento mejor persona por ser coherente. No me siento en una posición moralmente elevada. La mitad de las veces, no me genera momentos que se puedan definir como de "epifanía de felicidad consumada"; lejos de eso, lo único que siento es algo muy similar a un vacío existencial o, para ser algo más prosaico a la hora de definirlo, que no entiendo nada de nada.


"What the coño?"


Expliquemos esto un poco mejor: cuando mi abuela me dio esa lección en algún momento de mi vida (no, no fue una escena que recordaré el resto de mis días; simplemente era algo que solía decir cuando la ocasión así lo requería, como podría haber dicho "Ponte una chaqueta que hace frío"), yo no me atrevía a abrir la boca precisamente porque no me gusta (y nunca me ha gustado, incluso ahora) entrar en batalla. Como he comentado alguna vez, es un desgaste emocional enorme. No me gusta andar metido en broncas con nadie y, los que me conocéis bien, sabéis que jamás ataco a nadie sin que haya habido provocación previa, bien sobre mí o bien sobre mi entorno. Eso no quita que las injusticias no me quemasen; de hecho, siempre lo han hecho y nunca las he llevado bien. Tengo mis motivos, y quizá algún día me anime a contarlos.
La cuestión es que esa filosofía de coger y decir lo que pensaba, por aquel entonces, me parecía un poco fuerte, un poco demasiado directa, para mi forma de ser. Los que me conocéis bien, también sabéis que yo suelo aborrecer llamar la atención y que, en la mayor parte de contextos sociales, me gusta mantenerme en un rincón seguro sin molestar a nadie y (especialmente) sin que nadie me moleste a mí. Podemos llamarlo mi "pequeño rinconcito de seguridad", si lo preferís.


A veces tengo suerte y en dicho rincón hay tebeos y todo.


Siguiendo este principio, nos damos cuenta de que cada vez que he tenido que sacar las garras o liarme a dentelladas con alguien ha sido precisamente porque ese pequeño rincón se ha visto invadido de un modo u otro. Al principio, no he manifestado mi incomodidad de un modo del todo abierto, porque siempre quiero contar con que la primera vez que se hace es de modo accidental o que la otra persona no ha medido el alcance de lo que ha hecho, y cuento con que ella solita (si parto del hecho de que la gente no es necesariamente imbécil en este tipo de cosas) se dé cuenta de la cagada.
El problema está en si se insiste y se toma por costumbre. Entonces ahí es cuando ya empiezo a sumar puntos. No es que explote, pero sí empiezo a manifestar mi incomodidad. Aquellos que me conocéis del tiempo necesario soléis decirme (esto no lo digo yo, porque no tengo siempre un espejo delante, y cuando lo tengo, no soy muy proclive a mirarme. Manías mías) que solo mirarme a los ojos deja claro lo que estoy pensando. Es decir, que se me nota de un modo muy patente cómo me sientan según qué cosas.
Pero sigo sin decir nada abiertamente. Supongo que porque soy una persona bastante paciente (once años dando clases hacen que desarrolles esa habilidad, creedme), o porque sigo contando con que el personal se dé cuenta de una santa vez que se está pasando ya de la raya.


"Por los clavos de Cristo, no me jodas..."


Hay gente, por supuesto, que se da cuenta y como que echa el freno antes de que yo diga nada. Incluso reculan. No porque me tengan miedo (no soy una persona agresiva... o no tan agresiva como lo parezco a veces cuando escribo por aquí), ni mucho menos, sino porque se dan cuenta de que, en efecto, la están cagando y que además, están empezando a agotar mi paciencia.
Pero hay gente que no es así.
Existe gente que, bien sigue sin darse cuenta (supongo que esperarán que les tire una bengala a la cara o algo así), o bien les importa una mierda. Esa gente es de la que sigue, y sigue. Bien sigue molestándome a mí, bien sigue causando problemas en mi entorno. Quizás consideran que su bienestar está por encima del bienestar de los demás, y da igual a quien pisotear si con eso uno consigue lo que le da la gana. Gente que no ve más allá de sus narices, o para la que eso de "empatía" le suena a plato de comida griega. Ni lo sé ni me importa.
Lo que sí es importante es el momento en que el camino de esa persona se cruza con mi pequeño rinconcito personal y lo pisotea sin el menor atisbo de respeto. Hablo de esa gente que se toma unas confianzas que yo no le he dado, la que hace lo que le da la real gana con el entorno al que pertenece (y el cual tiene tanta obligación de respetar como tenemos los demás, lo que viene siendo una variante del contrato social del que todos formamos parte, nos guste o no) o la que, en definitiva, se comporta como un cabrón sin importar envenenar su entorno.
Podemos resumirlo como aquellos que cagan donde comen.


Ya os imagináis el resto.


Es en ese momento cuando yo, que estaba ahí muy tranquilo sin buscarle la boca a nadie, me cabreo. Cuando mi paciencia, que (para algunos) parece ser que por poseerla, ya se puede estar poniendo a prueba todo el santo día, se agota y digo "Pues hasta aquí hemos llegado". Cuando me harto y le digo a esa persona que ya me está tocando las narices y que, si no se ha dado cuenta, más le vale que deje de hacerlas, porque está sobrando.
Es justo en ese momento cuando recibo, de forma privada y casi secreta, felicitaciones y apoyo por parte de todo bicho viviente que, por lo visto, parecía estar pensando lo mismo que yo. Todo son confirmaciones de que la otra persona, en efecto, no era de fiar (por lo visto) para nadie y que estaba causando peor ambiente que un pedo en un ascensor. Yo no he descubierto la pólvora, pero parece ser que al agotarse mi paciencia, he abierto la caja de los truenos.
Lo gracioso es que mi paciencia suele ser siempre la última en agotarse. ¿Cómo es posible esto, entonces?
Muy sencillo.
Mi paciencia se agota, pero yo actúo y lo digo claro; la paciencia de los demás, al parecer, se agota, pero parecen esperar a que sea otro el que se ponga colorado en lugar de seguir siendo amarillo. No es necesario que entre en más detalles acerca de quién acaba cambiando de color, una vez más.


"¡Y si tengo la cara así de roja, imagínate cómo tengo los cojoneeees!"


El chiste empieza justo en este punto, porque una vez entras en batalla sabes que no hay vuelta atrás: al decir lo que piensas, como he mencionado antes, pones las cartas boca arriba y acabas de lleno en el conflicto. Y hasta aquí, pues bien, porque uno no es tonto (o no del todo) y sabe que, en el momento en que se quita los guantes, esto es lo que pasa... así que entra al campo de batalla siendo plenamente consciente de ello. Lo que viene siendo eso de tener un cierto conocimiento del alcance que tiene lo que estás a punto de hacer y todo (o casi todo) lo que ello conlleva.
Lo verdaderamente descojonante es ese momento en que, tras todas esas quejas previas hacia la persona conflictiva, todas esas muestras de acuerdo con lo que estás pensando, todo ese apoyo en el momento en que abres la boca... todo eso se queda en...
Bueno, básicamente se queda en nada.
Como he dicho, no me molesta pelear solo en una batalla. Es lo que llevo toda mi vida haciendo y, al paso que voy, me parece que es una constante que no va a desaparecer, si no jamás, al menos en mucho tiempo. Esa es la parte asumida. Lo que me deja perplejo es darme cuenta de que el personal tiene una pasmosa facilidad para comerse sus propias palabras y cambiar de opinión acerca de cosas que, hasta el momento, parecían bastante inamovibles.
Dices no soportar a una persona, pero la tratas como una colega. De buen rollito, aunque dices que pasas de ella y que es alguien que te da igual.
Gente que te parece una hija de la grandísima puta, pero oye, si luego te dice de encaramarse a cualquier quedada, le respondes que a ver si se viene, que hace tiempo que no lo ves.
Gente que dices que es lo más gilipollas desde aquel tío que se pegó diez años sin cortarse las uñas de los pies solo para saber si tenía una fuerza de voluntad fuerte, ahora los ves por la calle y parece que son colegas tuyos de toda la vida.
Te has pasado siglos quejándote, y ahora resulta que tus quejas pues "no eran para tanto".
Tú sabes todo eso y alucinas pepinillos cuando ves cómo el personal actúa de un modo diametralmente opuesto a lo que piensa.


"¿En serio, colega?"


Te desprepucias de la risa cuando ves cómo el cabronazo más grande de la faz de la tierra es defendido por aquellos que decían no soportarlo. Un evento más o menos grande y todos son abrazos, risas y chistes. Todos más colegas que una comuna hippy en el puto Woodstock.
Y luego estás tú.
Sí, tú, ese que te prometiste a ti mismo echarle la cruz a un cabrón por ser un cabrón. El que decía que no tenía ya nada que hablar con un gilipollas del culo porque oye, tienes un problema: no aguantas a los gilipollas y, oh, sorpresa, tienes más que claro que no tienes absolutamente ninguna obligación por ley de soportarlos. Pues ahí estás tú, ¿vale? Sin necesidad alguna de ponerle buena cara a alguien que sabes que no tienes motivo alguno para ponérsela. Qué coño, con algunos hasta sabes que lo suyo es contenerte para no reventarle la cabeza de un puto hachazo por haberse comportado como un cabronazo. Tú estás ahí, y la otra persona está ahí. Os evitáis, cuando no lo evitas tú en el momento en que esa persona viene para hacerse el guai contigo, como si no hubiera pasado nada. Hasta ahí bien.

Hasta que miras a tu alrededor y te das cuenta de que prácticamente todos los que te daban la razón, todos los que han reconocido que la otra persona se ha pasado tres pueblos, contigo y con ellos, resulta que están que no cagan con semejante especimen y a ti te miran como el raro, o como sí la culpa de toda la movida hubiese sido tuya por poner fin al problema y no por haber sido el causante. Como ese que no olvida. Como es que no perdona una afrenta, aunque nadie en este puto planeta haya venido a darte una explicación o pedirte una disculpa por la mamonada supina (¿Estamos locos o qué?). En resumen, eres raro por no olvidarte de una putada y no perdonársela a una persona que te está dejando claro que le importa una mierda habértela jugado y que, en cualquier momento, te la volverá a jugar importándole exactamente lo mismo.
Pero todo son risas. Porque uno es raro. Porque al final, no conviene estar de malas con nadie y total, el otro tiene sus cosas. Es que él es así, ¿vale? Lo suyo está justificado y lo tuyo no. Es un hijo de puta, un cabrón o simplemente un imbécil del culo. Pero nadie tiene ningún problema con él. De hecho, así por lo visto, nadie tiene un problema con nadie.
Pese a que eso implique que te estén dejando a ti con el culo al aire. Un detalle sin importancia. Microscópico. Infinitesimal.


Más o menos como a este.
Solo que yo tengo unas espaldas algo más estrechas, y no tan bien formadas.
Y mi culo tampoco es exactamente así.


A estas alturas de la vida, no sé si he conocido más gente que me ha hecho una putada, o más capullos que han venido detrás justificándolos, pese a que ellos mismos se han quejado tanto o más de su actitud, pero actuando de poco a nada para poner fin a ese tipo de situaciones. Supongo que el camino fácil de esta clase de personas es ir por la vida esperando que otros les hagan el trabajo sucio y pongan en su sitio a la gente que es molesta, incluso echándola a patadas de donde haya que echarlas, pero sin dar jamás ellos la cara. Así se consigue matar dos pájaros de un tiro: uno se quita de en medio a quien no le conviene, y de paso sigue quedando bien ante esos mismos. Así, todo son risas (de lata) y momentos de amistad (de plexiglás) cuando encarta, sin tener que pasar ese terrible trago que es de ser coherente con uno mismo y decir "No" cuando todo tu Universo espera que agaches la cabeza y digas "Sí".

Es una postura cómoda, esa de que los demás se ensucien las manos porque, total... ellos piensan lo mismo que tú, ¿no? Así que no les estás obligando a nada. Hacen lo que tú no quieres hacer, y si alguien se queda con el culo al aire, son ellos, que se lo han buscado... porque tú no les has pedido que hagan nada, o no abiertamente. Es mucho más sencillo eso de andar quejándose y protestando por la actitud del prójimo sin mover un dedo. Para muchos, es mucho más cómodo sacrificar la propia palabra de uno y acabar cediendo terreno ante gente que no lo merece, porque parece estar escrito por alguna parte que, si te enemistas con alguien, te espera un futuro de mierda, lleno de miseria y condenación. Un  futuro en el que todos esos cabrones no están a tu alrededor para brindarte con palabras que son más falsas que un billete de seis pavos.
Supongo que eso es mucho más real que decir lo que se piensa y, ya que estamos, ponerlo en práctica.


"¡PUES CLARO QUE SÍ, JODER!"


Supongo también que, por eso, tengo ganada mi fama de antisocial, radical, rencoroso o de persona que no da su brazo a torcer. Me han llamado raro por ello y se me ha acusado de exagerar las cosas porque, oiga, una putada, al fin y al cabo, no es para tanto. Las putadas son normales y por ello no podemos andar a la gresca con todo el mundo así que, dejemos que los demás nos puteen, que también tienen derecho. Sumémonos, ya que estamos, a eso de ir puteando al prójimo; si es posible, puteemos a quien no se lo merece, por el gusto de hacerlo. Pongamos a prueba su paciencia y dediquémonos a tocarle los cojones todo el santo día, para luego rasgarnos las vestiduras si un buen día se harta y nos suelta un bufido.
Supongo que esto es algo mucho más coherente que eso de pensar de un modo y ser consecuente con ello. Más fácil, al menos, debe serlo... porque desde que puedo recordar, me he encontrado seres así, mientras que la gente como yo, que plantamos los pies en el suelo y trazamos una línea infranqueable, cada vez somos menos. Cada vez nos vemos más sometidos al ostracismo.
Y cada vez entendemos menos acerca de qué coño le pasa a este mundo.