miércoles, 24 de agosto de 2016

Tebeos en Vena- Sobre HarleyQuines, Apocalipsis y demás cosas



No he ido a ver El Escuadrón Suicida.
Básicamente, no me llamaba, como no me llama ir a ver una de las típicas pelis de Jennifer Anniston o alguna de estas basadas en novelas de John Grisham. Es la única explicación que considero oportuno dar a este respecto.
Lo que tampoco he hecho ha sido animar a la gente a que no la vea. Todo lo contrario, cuando alguien me ha dicho que iba a verla, lo que les he dicho es que me cuenten cuando salgan, para ver si mi intuición fallaba o no. He oído de todo, pero la gente cuyo criterio suele ser más afín al mío me ha dicho que no me pierdo gran cosa.
Sigue sin llamarme.

Sin embargo, conforme pasan las semanas, estoy viendo que el revuelo que se está montando por la película roza ya lo ridículo. Y es que parece que ya no se puede sacar una película basada en cómics sin que se arme la marimorena. No necesito haber visto o dejado de ver El Escuadrón Suicida para empezar a pensar que la cruzada contra el cine de ficción y, más concretamente, contra el mundo del cómic, está siendo tomada muy en serio.
El principal argumento (que no el único), el de siempre, el cual comienza a resultar ya un poco manido y trillado: que si las películas basadas en cómics hipersexualizan la figura de la mujer, les ponen unas pintas que parecen objetos (todavía vendrá alguien "concienciado" con la igualdad de género y me dirá que parecen putas,  como si lo viera) y un sinfín de blablablases que, sinceramente, aburren.

Insisto, no voy a entrar en si El Escuadrón Suicida hipersexualiza a la mujer. Como digo, no la he visto; pero también me juego el cuello a que mucha gente tampoco ha visto la película y ha cargado las tintas igualmente contra Margot Robbie por llevar un short de esos en que lleva medio culo al aire.
Y he ahí la gracia.
No sé ya cuántas veces he tenido que escuchar ese argumento rancio de que ese tipo de vestimentas en las que se enseña medio culo son denigrantes para la mujer (casi dando por sentado de que una mujer lleva ese tipo de ropa a punta de pistola), que la que lo lleva es una furcia, marioneta del Malvado Imperio Heteropatriarcal Opresor, Culpable de Todos y Cada Uno de los Males de Esta Sociedad. Echándole más cojones (u ovarios, que nadie me acuse de no usar lenguaje inclusivo, por los Dioses), he llegado a escuchar de gente supuestamente "abierta de mente" y "superconcienciada" que si se lleva ese tipo de prendas que nadie se extrañe luego de que las mozas sean violadas.
Y quedarse tan panchos tras soltar semejante idiotez, porque quien lo dice se ha puesto una chapita con un símbolo feminista y hay que hacer caso de todo cuanto diga, so pena de quedar como machistas si no se les da la razón. Aunque lo que estén diciendo sea básicamente negar el derecho que tiene toda mujer a vestir como le salga del mismísimo coño.


Lo diré las veces que sea necesario: la culpa de una violación recae única y exclusivamente en el violador.
Si alguien me viene con el argumento de que este tipo de pantalones provocan a los hombres para que violen mujeres, le invito a que por favor deje de seguir este blog y, si lo tengo en mi lista de amigos, que me borre y me bloquee de por vida.
Esto lo digo muy en serio. No necesito a nadie cerca de mí que justifique violaciones, se ponga de digno como se ponga.
Puedo pasar por muchas cosas, pero esa no la consiento.


Una vez hemos tomado esta película como punto de partida, vamos a salirnos de ella por un momento. A lo largo del último mes me ha tocado leer una cantidad tremenda de estupideces acerca del personaje de Harley Quinn, de la cual se ha dicho que (y cito de un modo casi textual), "el personaje vende valores de una relación enfermiza con el Joker, basada en la dominación que éste ejerce sobre la chica, y en la que imperan elementos como el miedo". Se alude a una frase de la peli, como guinda, en la que el Joker dice "No voy a matarte; solo te haré mucho daño".
Y es aquí cuando la cabeza me explota ante tanta lumbrera junta que dice "saber leer entre líneas".
Que la relación que antaño (digo antaño, porque esto en el Nuevo Universo DC, por lo que tengo entendido, se ha abandonado y ahora mantiene una relación homosexual con Hiedra Venenosa... algo super misógino y homófobo, como parece ser todo el mundo del cómic, según algunos) mantuviera el personaje de Harley Quinn con un villano con el Joker fuera enfermiza no es ningún secreto. Ahora bien, lo que me parece una meada fuera del tiesto es coger y argumentar que, solo por el hecho de que se muestre una relación de ese tipo, ahora estemos ante un caso de "propaganda machista". En casos como este, da la impresión de que existe gente que da por sentado que TODO lo que aparece en un cómic es automáticamente y por definición apología. Dicho de otro modo, viene a ser algo semejante a decir que, como Superman puede volar, vende a los niños la posibilidad de volar y que los está incitando a tirarse por la ventana. Si alguien se para a leer cualquier cómic donde Harley Quinn mantenía esa relación con el Joker sin prejuicios ni chorradas del tipo "Es que los cómics de superhéroes cosifican a la mujer" (luego voy a eso) y demás gilipolleces, se darían cuenta de que lo que se muestra en dicha relación es la relación entre dos personajes perturbados. Seamos claros, almas de cántaro: el Joker está perturbado... y Harley Quinn también. No cabe esperar que la relación que tengan sea normal.



Stephen Amell en el cartel promocional de Arrow. Si nos ponemos en el mismo plan, podemos decir que está cosificado y que su cuerpo se vende como reclamo. No en vano, prácticamente en todos los capítulos se quita la camiseta.


Esta preciosidad de estatua es el Esclavo Moribundo de Miguel Ángel. Nótese el cuidado por exponer las formas masculinas y... sí, también sus atributos varoniles. Si nos ponemos estrictos, podemos decir que también se cosifica la figura aquí.


Del mismo modo que se podría decir que se cosifica también la Venus de Boticelli por... por mostrar a una mujer desnuda.


Supongamos que cambiamos el tipo de arte y en lugar de una pintura al fresco tenemos un cómic. Pues aquí es donde llegan las críticas, porque por lo visto las únicas que van semidesnudas en los cómics son las mujeres.



Y Estela Plateada va con un jersey de cuello vuelto.
Señalo esto porque parece que hay quien no se ha dado cuenta de que el cómic occidental, en líneas generales, es el arte de dibujar el cuerpo desnudo, pero sin parecer que va vestido. Tanto el del hombre como el de la mujer.
Ir con monsergas en contra del desnudo, a estas alturas de la película, y revestirlas de un presunto feminismo que nadie con dos dedos de sentido común se traga, lo que atufa, es a un puritanismo que flipas.




Pero voy más lejos: el Joker, además de ser lo que llamaríamos fuera del amplio campo de la patología clínica un puto enfermo, además es un villano de lo más cabrón. Como tal, no tiene respeto por nada ni por nadie. ¿A quién se le ocurre pensar que podría tenerlo en una pareja? Yendo más lejos aún: ¿Por qué un villano (hombre o mujer, aquí hablo del concepto de villano genérico) iba a tener respeto por nadie, incluido la persona con la que se acuesta? Es lo que hacen los villanos, y lo que los define: ser unos hijos de la gran puta. La misma crítica y la misma polémica que nos comimos con el famoso cartel de X-Men: Apocalipsis, en el que el villano aferraba violentamente por el cuello a Mística. Volvieron a salir las mismas rasgadas de vestiduras, y allí estuvimos unos cuantos preguntándonos: "A ver, ¿qué esperáis que haga un cabrón? ¿Ser respetuoso con un enemigo? ¿Tener deferencia con alguien que le desafía por ser mujer? ¡No, los cabrones son así! ¡Eso es lo que les hace cabrones!"


Si resulta que ahora un villano solo puede atacar a héroes varones, y si cada vez que esta especie de imposición se rompe la respuesta sea el pataleo y la exigencia de censura, me veo de que de aquí a unos años se van a empezar a prohibir películas y libros como Otelo...
Solo porque un montón de gente es incapaz de soportar ver (o que otros vean) aquello que no quieren ver.
Pero si les preguntas a ellos, qué va: no son intolerantes, ni radicales ni extremistas. Es que luchan por lo que creen... aunque eso suponga coger y empezar a mutilar o cargarse obras culturales.


Es ahí cuando me planteo si verdaderamente el personal sabe distinguir entre realidad y ficción, entre lo que es inculcado y lo que es parte de una trama. En el momento en que ya hay que andar con pies de plomo y un villano ahora solo puede andar arreando a otros villanos de su sexo (y, a ser posible, de su misma condición sexual) es cuando ya empezamos con esa política censora de negar absolutamente cualquier rasgo de oscuridad en la naturaleza humana en la ficción o en el arte. Y, como he manifestado más de una vez, cuando hay radicales cerca, el arte suele contarse entre sus primeras víctimas.
No podemos ver a un asesino en una peli, pero luego nos lo comemos con patatas en un telediario. Encogemos los hombros, decimos "Ay, este perro mundo" y seguimos a lo nuestro.
No podemos consentir que un hombre pegue a una mujer en la ficción, pero sí se consiente mirando hacia otro lado (y algunos hasta lo defienden) en la vida real.
Se ningunea a las mujeres en los medios de comunicación (véase la cantidad de titulares escritos por chimpancés durante las Olimpiadas y su trato hacia nuestras deportistas) y hay a quien le parece lo normal, o no ve machismo ahí. Es más fácil verlo en la ficción. Es más comprometido cargar contra lo que no es real, en lugar de afrontar y combatir lo que sí lo es.
Y así con todo.

Pero volvamos a la peli, que la polémica sigue servida. Esta vez, ya no solo con la pinta de la Harley Quinn y su rollo con el Joker, sea este como sea (probablemente dé igual, porque siempre, siempre, siempre, parece haber un puñado de energúmenos con el puño en alto dispuestos a liarla, se cuente lo que se cuente en una peli basada en cómics), sino ya con las críticas en sí. Volvemos a lo que expuse en el primer párrafo de este artículo, cuando dije que la película no me llamaba y no la vi... pero que tampoco le dije a nadie que no lo hiciera. Algunos no parecen ver más allá de sus narices y han montado un zapatiesto de tres pares, exigiendo el cierre de páginas como Rotten Tomatoes porque las críticas no han sido buenas. Parte de ese fundamentalismo se puede ver en un artículo como este que me llegó hace unos días y que no hacen sino causarme una vergüenza ajena de las gordas. Algo así ya nos encontramos no hace mucho cuando se lió la que se lió con lo del Capitán América y su presunta vinculación con Hydra o como cuando amenazaron de muerte a Joss Whedon tras haber dirigido Los Vengadores: Era de Ultron.


"¡Su puta madreeee!"


Y esto ya no es que no lo entienda: sinceramente, es que no me sale de los cojones entenderlo. Me importa un carajo que la gente use la libertad de expresión como excusa, o que suelte el rollo clásico de que se puede insultar a los hombres solo por ser hombres debido a un constructo social que ha favorecido el ninguneo de la mujer a lo largo de siglos. Todo eso, y quiero que quede muy clarito, me importa UNA PUTA MIERDA. Todas esas presuntas explicaciones, todos esos argumentos que se supone que justifican según qué actitudes, me resultan excusas baratas. La libertad de expresión, lo diré una y un millón de veces si hace falta, no consiste en tener carta blanca para amenazar de muerte a nadie, ni para aplastar la opinión de otro, ni para juzgarlo ni para nada que no sea decir lo que uno piensa y punto. Si su opinión resulta que se basa en ir despreciando, sojuzgando, avasallando o pisoteando a otros, lo sentimos, pero usted no está incurriendo en su derecho a la libertad de expresión: está profiriendo insultos y socavando la dignidad de otros. Y eso está tipificado como delito en nuestro sistema penal, con la misma valía que si se lo estuvieran haciendo a usted, ni más ni menos. Porque en estos casos, cuando se trata de cagarse en los muertos de alguien o en amenezarle con rajarle el cuello en un medio público (tal y como hicieron con un amigo ante mis ojitos hace tan solo dos días), está usted incurriendo en un delito grave. Algo que, estoy seguro que no le gustaría a usted que le soltaran. Así que puede ir metiéndose por donde le quepa la excusa del derecho constitucional a la libertad de expresión, que no funciona así.


"La guerra es la paz.
La libertad es la esclavitud.
La ignorancia es la fuerza"
Y yo que veo estas actitudes y solo puedo pensar en lemas como este...


En cuanto a lo del constructo social... pues, a ver: hay una diferencia muy grande entre reconocer que todavía tenemos muuuucho camino que avanzar en el tema de la igualdad de género, lo que es cierto, y usar ese mantra como excusa. Me explico: es fácil reconocer según qué muestras de sexismo en los medios de comunicación... o fuera de ella. No hay más que ver cómo habla la gente cuando se habla de un caso de violación masiva en fiestas (tema de moda en verano, tristemente) y cómo hay gente que dice estar en contra de la violación... pero al mismo tiempo salen con lo de que la víctima "se lo estaba buscando" y demás. Lo que he mencionado arriba.
El problema recae en el momento en que, en lugar de pedir penas más duras para este tipo de cosas y aplaudir sentencias ejemplarizantes (lo que vendría siendo una forma de actuar más o menos civilizada... lenta, considerando cómo funciona la justicia, pero con vistas a llegar a algo medio serio a largo plazo), el personal se siente con la carta blanca de ir crucificando a un sexo entero. Por el "constructo social" que ha permitido que estas barbaridades se normalicen.
Si hay un constructo social y se es consciente de ello, la primera idea sería no pensar según dicho constructo y educar a los que nos rodean a no seguirlo, o no seguirlo en la medida de lo posible. Lo que no se puede jamás, es usarlo como excusa para pedir la ejecución masiva de hombres solo por ser hombres, porque "se ha hecho con las mujeres y no ha pasado nada". O coger y generalizar sobre el género masculino refiriéndose a este como "el género opresor" de una forma tan salvaje como decir "Un hombre jamás podrá apoyar a las mujeres porque eso es como un blanco que dice que no tiene nada en contra de los negros: no puedes apoyar a los oprimidos desde la clase opresora". Dicho de otra manera: generalizar y prejuzgar la opinión de unos solo porque están en un grupo social que ni siquiera han elegido, y dar por sentado que no pueden pensar diferente, ni desafiar a lo que se supone que se espera de ellos.
Si se quiere respeto para uno, lo principal es tenerlo hacia los demás. Y estas declaraciones, leídas por aquí y por allá, no muestran respeto para nadie. Ni para los hombres, ni para aquellas mujeres con dos dedos de frente que son conscientes de que, ni todos los hombres son unos cabrones hijos de la gran puta, ni todas las mujeres, unas criaturas elevadas nacidas sin mácula. Que hay personas buenas y malas, y que eso no te lo da tu condición de hombre o mujer.



"¡Tiene la marca de la Bestiaaaa!"


Este inciso que he hecho no ha sido por casualidad: sirve para poner de manifiesto que las posturas agresivas y beligerantes, basadas en prejuicios, lo único que hacen es un flaco favor a la causa que se defiende. Diré esto una y otra vez. Las veces que sea necesario. Posturas que he visto en el momento en que se ha estrenado una película que, siendo serios, no es más que entretenimiento. Lo que ha sido el cine y, en general, el arte, desde que el mundo es mundo. El cine, a menos que se trate de películas muy específicas, no viene con la misión de inculcarnos nada, ni de vendernos una filosofía de vida, ni leches en vinagre. Lo que hace, y aquí viene la guasa, es reflejar un poco lo que somos. Lo que es la sociedad, pero no tiene por qué decir "Ey, chavales, esto es lo que mola". No, si la relación que se nos ha mostrado en El Escuadrón Suicida, ciñéndonos al ejemplo que atañe a este artículo, no es la de dos héroes. Villanos, ¿vale? Villanos. Si me aprietas, antihéroes... pero jamás héroes. Que yo sepa, en ningún momento parece que se haya dicho por ninguna parte que sean un ejemplo a seguir, o que haya que aplaudir lo que se ve en una peli. Si alguien, ya con su entrepierna negra (de pelos y no de roña, se entiende), considera que lo que ve ahí es digno de imitarse, no es culpa de la película, sino de una mente perturbada que es incapaz de distinguir realidad de ficción. Si hay una mente que, de antemano, ya está emitiendo juicios de valor sobre la ideología del director, y es incapaz de saber si lo que se muestra es una apología, una denuncia o un simple reflejo, casi lo más recomendable es que no vea películas porque va a acabar con una terrible úlcera de estómago nada más que a base de malos ratos.


 A menos que les mole odiar.
De esos también hay muchos.


Pero hay una cuestión que me escama en esto; como mencioné en uno de los artículos previos en que se hablaba ya un poco de este tema (los que he enlazado aquí), parece que el mundo del cómic se está llevando las mismas castañas que el heavy metal, los juegos de rol, o los videojuegos. Parece que la moda imperante es que, cada cierto tiempo, se achacan los males de una sociedad que lleva ya enferma una buena temporada sobre algo. Una buena excusa para ser incapaces de reconocer que, como sociedad, somos una puta mierda. Que somos incapaces de resolver nuestros problemas y que lo más cómodo es usar algo como cabeza de turco. Todo lo que está de moda y no nos gusta se convierte de forma automática en un caldo de cultivo para satanistas, asesinos en serie, maltratadores, violadores o despojos sociales de cualquier tipo. Si el mundo del cómic hubiera tenido la misma influencia en los años 50 que ahora y hubiéramos tenido Internet, probablemente se habría dicho que también es un caldo de cultivo para comunistas e invertidos.
Ups.
Me equivoco: eso ya pasó en los años 50. Lo escribió un subnormal profundo llamado Fredric Wertham. Pues para que veáis, no hemos cambiado nada, o no lo suficiente; en su momento, aquel pedazo de gilipollas (digo que es gilipollas porque hizo lo que hacen muchos gilipollas en esta vida: sentar cátedra sobre algo acerca de lo cual no tenía ni puta idea, proyectando toda la mierda que tenía dentro de su cabeza y haciendo creer a los demás que era La Verdad Absoluta) metió miedo a la población respecto a los cómics acusándolos precisamente de incitación al comunismo y a la homosexualidad, entre otras cosas. Ha habido otros tontos del culo que han arremetido contra el ocio, como Jack Chick, dibujante de cómics que denunciaba... lo perniciosos que son los cómics (entre otras cosas, como Harry Potter), lo que ya dice mucho de su coherencia. Mensajes llenos de odio y prejuicios, que el personal está abrazando porque parece que es más fácil tener algo que odiar. Es mucho más fácil decir que se tiene una causa, ponerse una chapita para identificarse con según qué grupo y no tener que entender nada. Es mucho mejor sumarse a los Dos Minutos de Odio y lanzar todo lo que uno tenga a mano para cagarse en los muertos de un director de cine, escritor o lo que sea.
Quizás es verdad que para algunos es mejor quemar libros en lugar de leerlos.



El Doctor Jones tenía razón.


He tenido amigos que han disfrutado viendo El Escuadrón Suicida. Tengo amigas fans de Harley Quinn y que me comentan que tienen ganas de disfrazarse de ella en el próximo Halloween. También tengo amigos que la han visto y que me han dicho que ni fu ni fa. Nadie me ha dicho que la peli sea una puta mierda, pero tampoco que sea una obra maestra. Sencillamente, es una película, que te puede gustar más o menos. Te puede interesar ir a verla, o te puede pasar como a mí, que he considerado que los casi ocho pavos que me cuesta la entrada hay que medirlos muy bien antes de meterse en el cine, y sospeches que lo mismo esa peli no los va a valer.
Creo que en eso consiste la libertad de expresión: en que ninguno de los amigos que va a verla, o aquellos a las que no nos llama tengamos que dar explicaciones sobre lo que hacemos o lo que dejamos de hacer. Libertad de expresión es que uno vaya al cine sin que le venga nadie con la gilipollez de que si la ven están contribuyendo a una sociedad machista o vete a saber qué burrada. Libertad de expresión es que una chica quiera disfrazarse de Harley Quinn enseñando el culo o de Green Arrow enseñando pechera y nadie le diga a ella que es una zorra por ir de esa manera o que el otro parece un puto macarra (independientemente de que les guste el disfraz o no, a lo que nadie te obliga). Es no tener que convertir cualquier puta cosa en una guerra entre sexos. Es no tener que convertir la salida de cualquier cine en un espectáculo de ver quién la tiene más grande y desear que se muera el director porque el personaje mostrado en cuestión no es exactamente igual a como uno quería que fuese. La peli te puede parecer buena, mala, o una puta mierda, pero hay límites. Y esas salvajadas (especialmente, cuando se dicen en serio y usadas como amenaza, lo que ya es grave) los sobrepasan, con mucho.

El día en que nos demos cuenta de que lo que no se puede hacer es montar un cipote de este tipo de cosas, lo mismo superaremos eso del radicalismo y el extremismo. Porque no siempre un radical es el que se carga a otro por sus ideas. También lo es el que pide explicaciones al que no comparte su punto de vista, como si estuviera en su derecho de pedirlas. Lo es el que amenaza a otros y el que exige que censuren aquello que no quiere ver.

domingo, 21 de agosto de 2016

Angst- Gólgota



¿Lo sientes?
Aspira hondo y piensa en ello.
Cada fracaso, cada herida. Cada palabra que has recibido que te ha llegado a lo más hondo. Cada grito, cada humillación. Cada uno de tus miedos y tus culpas. Imagina que cada uno de ellos es una piedra, un puñado de arena o cenizas. Una parte de un todo.
Llega un día en que, con la debida experiencia, se amontonan unos sobre otros y conforman una colina. Tu Gólgota personal.
Caminas sobre ese monte, cargando tu propia cruz. El peso sobre tus hombros, tu piel lacerada. La corona de espinas que se clava en tu cabeza hasta tocar el hueso.
Avanzas hacia tu inevitable destino.

Lo has visto una y mil veces. Tus ojos te han hecho ver el drama de antemano en un bucle infernal. Has luchado con uñas y dientes, pero nada de lo que ha hecho ha impedido que lo que parece estar escrito se pueda evitar. Has rezado en secreto, has ocultado tu miedo. Has sudado sangre, pero no ha habido Misericordia contigo. Lo que está escrito, escrito está y así será.
Agacha la cabeza.
Acepta tu destino.
No tienes opción.
Sacrifícate.


Cae.


Con los pies sangrando a causa de las piedras del camino, llegas a la cima de tu Gólgota personal. Todo a tu alrededor está en silencio, como si contuviera el aliento. El Universo sabe lo que va a suceder y, a modo de respeto, no dice nada. O tal vez es que no hay nada que decir.
Vives una pequeña tregua, tan efímera que casi no puedes apreciarla. Tus vestiduras, ya empapadas en sangre, son arrancadas con violencia y ahí quedas, desnudo ante los ojos de un mundo desolado. Herido. Indefenso.
El Universo sigue conteniendo el aliento, pues no hay vuelta atrás.

Coge un clavo.
Cada palabra que te dices a ti mismo, cada recuerdo que te obliga a abrazar la cruz.
Golpea el clavo.
Cada lágrima derramada, cada palabra no dicha.
Golpea con más fuerza.
Cada decepción, cada derrota.
Coge otro clavo.
Cada grito de rabia contenido por un silencio autoimpuesto.
Golpea el clavo.
Cada vez que has caído al barro.
Sigue golpeando.
Cada vez que sientes que no eres nada.
Golpea más fuerte.
Cada vez que oyes las Voces dentro de tu cabeza.
Coge otro clavo.
Cuando oyes las risas revoloteando a tu alrededor.
Golpea el clavo.
Cuando debes asumir que prácticamente todo lo que te sucede es tu culpa y no sabes lo que hacer para salir airoso.
Golpea con fuerza.
Esos momentos en los que quieres huir, gritar, desaparecer.



Golpea.


El acero atraviesa tu carne de parte a parte. Tus heridas abiertas siguen sangrando. Expuesto, débil. Llegaste al mundo desnudo y desnudo sufres tu propia agonía. El dolor que tú mismo te has infligido, el perdón que no te has permitido concederte. Desde tu cruz, puedes ver: ves cómo tu mundo ha tomado caminos que han escapado a tu control. Todo tu poder, toda la fuerza que antaño rezumabas, ahora se han apagado. El Universo baila una melodía que no se te ha concedido bailar. Habla en un lenguaje que no entiendes. A veces, incluso disfruta una felicidad que te ha sido vedada. Ves todo eso y te das cuenta de que no puedes mover un músculo porque el acero ha sido clavado a conciencia. Lo has clavado tú mismo.

Intentas gritar, pero no sale sonido alguno de tu garganta. Tu voz ha sido acallada, al igual que ese poder que tuviste. Lo único que queda es un hilo débil, cansado. La voz de aquellos que han perdido la fuerza y no pueden sino dejarse arrastrar por lo inevitable. Aquellos cuyo tiempo se escapó de sus manos y que ya solo pueden contemplar las consecuencias. Recoger los pedazos. Amontonar recuerdos de lo que nunca hicieron y desear aquello que jamás tuvieron.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Tu tiempo pasó y lo perdiste. Lo perdiste haciendo lo que considerabas correcto. Esperando aquello que jamás llegó. Luchando por causas perdidas.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Siempre tomando las decisiones que resultaron ser erróneas. Tomando los caminos más difíciles, solo para terminar en el punto de partida. Siempre cuesta arriba, siempre caminando en un laberinto, siempre sin ver la salida.
Acepta.
Acepta.
Al final, tu vida se resume en buenas intenciones, empresas nobles y en ideales caballerescos... pero tu mundo no se alimenta de eso. Mastica las buenas intenciones, pisotea las empresas nobles y se ríe de los ideales caballerescos. No perteneces a este mundo, y él se encargará de recordártelo. Cada intención, cada empresa y cada ideal se ven traducidos en la nada más absoluta. Al final del camino, al pie del Gólgota, solo te queda un puñado de polvo al viento, deseos no realizados, ilusiones aplastadas y mucho tiempo agotado.



Todo esto conforma un árido desierto por el que vagas.
Vas de un lado a otro y solo encuentras arena a tu alrededor.


En la cruz, sientes el frío y la oscuridad. Sientes la soledad cernirse sobre ti. El silencio, la melancolía. Las voces alegres y las risas son cosa del pasado; el futuro es una mancha gris que te nubla la vista. El presente, un recuento de heridas que no dejan de sangrar.
Intentas gritar una vez más, pero sigue sin serte concedido ese pequeño alivio. Estás mudo ante el mundo y tan solo tu rostro muestra parte de la agonía que llevas dentro.
Lo que fuiste.
Lo que eres.
Lo que pudiste ser.
Lo que deseaste ser y jamás fuiste.
La sangre que cae de tus incontables heridas se desliza por tu piel y empapa el madero. A tus pies se forma un charco de color rojo que dibuja tu propio reflejo. Incapaz de levantar la cabeza, es lo único que consigues ver: tu rostro, ahora demacrado. Las cuencas de los ojos, hundidas. Donde hubiera luz, ahora hay dos profundas manchas de color negro. Tus facciones no son más que una máscara de dolor, cansancio, frustración y tristeza. No puedes más.



Y llega un momento en que lo reconoces.
Sabes que tienes que detenerte, aunque sea un momento.
Necesitas un respiro.


Lanzas un suspiro, aunque no el último. Sigues ahí para recordar. Para asumir.
Para seguir haciéndote daño a ti mismo.
Sabes que, aunque hicieras lo que creíste correcto, no supiste jugar tus cartas. Tu existencia ha sido un juego con unas reglas que, bien no entendiste, bien no dominaste. Todas las estrategias que creías inteligentes se han venido abajo una tras otra y te has dado cuenta cuando ya no puedes hacer nada. Cuando todas las manos han sido ya repartidas. Cuando la partida ha avanzado demasiado. Querrías reírte, pero la ironía es demasiado dura como para poder sacar fuerzas para ello. Todas tus buenas intenciones, todos tus deseos, todas tus esperanzas... se reducen a nada.
Mea culpa, te dices. Sin embargo, sabes que aceptar que la mayor parte de lo que te ha sucedido ha sido por tu proceder no sirve de nada. No resuelve nada. No consuela nada. Tan solo hace que duela más.

Dolor.
Culpa.
Miedo.
Desesperanza.
Tristeza.
Soledad.
Frustración.
Bienvenido al Gólgota.

sábado, 6 de agosto de 2016

Angst- Atelofobia



No sé por qué escribo esto.
Supongo que por desahogarme. No escribo desde la rabia, ni desde el sarcasmo. No estoy haciendo uso de mi ojo crítico, ni de mi capacidad de análisis.
Creo que escribo desde el vacío. Desde esa sensación de derrota que nos suele cubrir con una manta cuando estamos cansados. Cuando no sabemos qué paso dar. Si hay alguna emoción que me embarga ahora mismo, es esa.

A veces la vida se plantea como un reto; en ocasiones, ese reto se hace cuesta arriba. Muy cuesta arriba. Tanto como tapar tres agujeros con solo dos manos. O siete. O diez. Llega un punto en que pierdes la cuenta y lo único que eres capaz de hacer es mirarte las manos y preguntarte: "¿Y ahora qué?"
Ahí es cuando te toca reconocer que eres falible. Y que en según qué casos vas a fracasar, hagas lo que hagas. No porque seas un inútil, sino porque todo te supera y no eres capaz de pensar con claridad. O lo que es peor, crees que estás haciéndolo, pero cada vez que tocas algo lo destrozas. Pones tu mejor intención, pero es como si hubiese algo en ti que se encargase de generar el caos más absoluto a tu alrededor. Si lo tocas, lo destrozas, sí... pero es que si no lo tocas, se destroza solo. Es una especie de disyuntiva que solo parece tener una salida: la destrucción total.


Básicamente.


Es en ese momento en que surge la frustración. El "Quiero y no puedo" que suele visitarnos de cuando en cuando. Una de esas Voces Interiores que todos tenemos dentro. Esas voces que nos martillean la cabeza, una y otra, y otra, y otra vez. Una letanía que te recuerda lo te gustaría conseguir y no consigues. Lo que te gustaría ser y no eres. Lo que jamás de los jamases llegarás a ser.
La mayoría de los seres humanos, como criaturas adaptables que son, poseen un mecanismo muy rudimentario para acallar esas voces y seguir con sus vidas. Obviamente, hablamos de algo tan desagradable como afrontar un fracaso, de modo que tampoco es que suela ser olvidarse de todo... pero sí hacerlo lo más llevadero como para seguir el camino y emprender nuevos retos. Supongo que es una cuestión de eso, de adaptación. De mutabilidad. De saber sobreponerse a los cambios, evolucionar y, en definitiva, sobrevivir.
Os juro por lo más sagrado que no sabéis hasta qué punto admiro a esa gente. De verdad, me encantaría ser como ellos.

Con el corazón en la mano, diría que carezco de esa habilidad para sobreponerme a mis propios fracasos. A día de hoy, tiendo a recordarlos con vergüenza y de forma implacable; por algún motivo que desconozco (creedme, he intentado saber por qué), me siento incapaz de perdonarme por según qué errores, por según qué derrotas. Unas veces, por no haber sabido anticiparme a todo lo que acontecería; otras, por haberlo visto y no haber sabido actuar de la forma correcta. Ha sucedido también que mi propio Universo ha esperado que esté a la altura de las circunstancias... y no he sabido.
Es entonces cuando me veo obligado a guardar silencio, agachar la cabeza y hundirme. Encogerme, encerrarme a oscuras o agazaparme en algún rincón. Sé que no debo hacerlo, pero lo mejor que se me ocurre es encerrarme en mi propia coraza y pensar.
Pensar es otra cosa que sé que no debo hacer en estos casos, y aun así lo hago. Supongo que porque no sé hacer otra cosa. Es lo único que he sabido hacer cuando no he sido capaz de entender el Universo que me rodea. Cuando me he visto sobrepasado, abatido o derrotado. He intentado ponerme en paz conmigo mismo... ya he perdido la cuenta de las veces.


No confundir dormir una siesta con morder el polvo.


Asumámoslo: no soy lo bastante fuerte. Me gustaría, me encantaría serlo... pero no lo soy. Si soy algo, en muchos aspectos, diría que soy bastante fraudulento. Sé que muchos me consideráis alguien con una personalidad bastante fuerte; la clase de persona que se mantiene en pie cuando todos se agachan. La que dice "Muévete" cuando su entorno obliga a detenerse.
Y no es cierto, o no del todo.
Me habéis visto muchas veces alzar la voz cuando todos los demás se callan, y me habéis visto ir contra corriente aun a sabiendas de decir algo que no es lo que se espera que diga... pero no me ha dado igual. Tengo unos valores firmes, pero también sangro si se me pincha. Hago lo que creo justo y hablo cuando creo que debo hablar... pero no os confundáis. Cada conflicto, cada defensa que debo hacer, cada paso que avanzo contra esa corriente, me pasan factura. Cada palabra enfrentada es una herida que cicatriza con dificultad. Cada una de esas batallas, aunque parezca ganarlas, para mí conllevan una derrota, porque el hecho de entrar en batalla para mí ya implica ser derrotado, a causa del terrible desgaste emocional y de mis propias fuerzas.

Podría no hacer nada, por otra parte... Sí, podría dejarme llevar por la corriente. Aceptar todo cuanto me digan, agachar la cabeza y lo mismo podría ser feliz así, pero lo cierto es que tampoco es una buena alternativa. Los que ya me conocéis sabéis que, si mi sentido crítico es duro, mi autocrítica es diez, cincuenta, cien veces más feroz. Callarme implicaría que esas Voces Interiores me atacaran con muchísima más fuerza. Haría que me resultase imposible mirarme al espejo y que, poco a poco, empezara el tortuoso pero adictivo camino de odiarme a mí mismo. Supongo, por tanto, que vivo haciendo lo que creo correcto y sufriendo al mismo tiempo por hacerlo. Vivo en una lucha constante que sé que no puedo ganar.


Gracias, Jacko.


Pero volvamos un poco a eso que mencionaba arriba del desafío no realizado. ¿Qué es lo que se siente cuando ves que cada reto que no has sido capaz de superar se convierte en otra muesca más que añadir a la colección? ¿Qué haces cuando algo que sabes que deberías conseguir se convierte en algo imposible?
Indefensión aprendida: te paralizas, te bloqueas y eres incapaz de superarlo, por muchas capacidades que tengas. Algo así como si tú mismo te impidieses hacerlo, fueses consciente de ello... y aun así sigas viéndote incapaz.
Por poner un ejemplo, quizás por eso no me he llegado nunca a sacar el carnet de conducir. ¿Os cuento lo que me pasó? Muy sencillo: me presenté a un test de la autoescuela y lo había estudiado más o menos bien. Saqué mal prácticamente todas las preguntas. Os juro por todos los dioses que, si ya me sentí avergonzado por aquello, ver la cara de la mujer que me corrigió el test (tampoco nada del otro jueves, pero para mí suficiente) fue más que suficiente para que no volviera por allí hasta la fecha.
Podéis llamarme cobarde. Os lo concedo. Pero aquello para mí fue algo insuperable. Una estupidez, a lo mejor, pero desde entonces me he visto incapaz de superar cualquier test: en la universidad (cuando hice mi primer año de Psicología, por ejemplo, donde todos los exámenes eran tests), en oposiciones, donde sea. Es como si hubiera algo dentro de mí que me bloquease y me impidiese hacer un examen de ese tipo. No es coña: han pasado dieciocho años desde entonces y lo he intentado mil veces. Sin éxito ni una sola de ellas.


Descripción gráfica de lo que viene a ser esto.
Para el que no me haya visto mucho, yo sería como el chavalín en taparrabos que  os da la espalda.


No es de extrañar, supongo, que la sola idea de conducir me genere una sensación de pánico de las gordas. No por el hecho de que me dé miedo conducir en sí... sino por el hecho de que estoy haciendo algo con la inevitable e implacable sensación de que me va a llevar a un fracaso. De que jamás lo haré bien.
He aquí el fraude que soy: cuando doy clases, una de las primeras cosas que enseño a mis alumnos es a no temer el fracaso, a aceptarlo como algo natural, y que hay que afrontar para superarlo. Y aquí estoy yo, incapaz de afrontar el mío propio. Quizás porque estoy más dispuesto a perdonar el fracaso de otros que el mío, no lo sé. Quizás porque creo más en otros que en mí mismo, eso tampoco lo sé.

Si tengo que pensarlo con frialdad, creo que hay solo unas cuantas cosas que creo que hago medio bien en esta vida: dibujar, dar clase, escribir y escuchar. Ninguna de ellas me parece que las haga lo bastante bien como para poder sentirme satisfecho. Viendo cómo se está desarrollando mi vida últimamente, incluso podríamos tachar la última palabra de mi vida y quedarnos en tres, de las cuales, bueno... en ninguna puede decirse que sea una persona sobresaliente. Dibujando me defiendo, pero no para llegar a nivel profesional. Escribiendo... bueno, ya habéis visto cómo escribo; no hay problema en reconocer que no soy nada de otro mundo. Y lo de dar clase... a ver, es una de mis pasiones, pero tengo una buena lista de fracasos a mis espaldas. Que no, que no están a la altura de mis aciertos... pero eso no me disculpa. Son y serán siempre casos en los que no supe actuar, y que no veo de recibo obviar, solo porque sean menos. En definitiva, puede decirse que no soy alguien que destaque; quizás eso no sea necesario, desde luego... pero sí me daría ciertas seguridades que no poseo. Lo único que me queda, por tanto, es la voluntad de querer hacer bien las cosas... pero esa voluntad no basta. No cuando acumulas fracasos, pifias y meteduras de pata. Querer hacerlo bien no te exime de tu responsabilidad cuando fracasas. Ni siquiera suele ser consuelo, o no uno que realmente te creas.


Que sí, que molaría ser un Green Lantern y poder solucionarlo todo solo con tu fuerza de voluntad.
Pero va a ser que no.


Este es otro de esos artículos en los que no llego a una conclusión. No tengo una respuesta para este tipo de cosas porque, como veis, aún sigo tocando de oído. Fracasando una y otra, y otra vez cada vez que pongo mi mejor voluntad por hacer que todo a mi alrededor esté bien. Sintiéndome como un fraude, porque no soy ni mucho menos esa persona sabia o inteligente que pensáis que soy y que a mí me gustaría ser. No tengo la varita mágica con la solución a todos los problemas, ni mucho menos tengo siempre algo acertado que decir.
Posiblemente, esta sea otra de esas veces en las que lo único que me queda es volver a encerrarme en mi coraza y esperar que el mundo, por una vez, tenga algo más de consideración conmigo.