Cuando la Oscuridad te elige, no hay vuelta atrás. Una vez te toma es para siempre. Se filtra bajo tu piel, se mezcla con tu sangre, anida en tus músculos y órganos y se cala hasta tus huesos. Dejas de ser la persona que eras para ser algo diferente.
Algo nuevo.
Algo oscuro.
Cuando la Oscuridad te mira a los ojos, dejas de ver el mundo como solías hacerlo. El velo luminoso de ilusión y engaño se desgarra y cede. Ante ti se muestran las cosas de otro modo. Importa poco si esa nueva visión es real o no es más que otro velo; una vez eres marcado, tus ojos se oscurecen.
Cuando la Oscuridad te susurra al oído, pierdes parte de tu alegría. Lo que te rodea deja de resultar tan brillante y encantador, y un tinte sombrío comienza a ensombrecer todo cuanto conoces. Puedes notar incluso el frío y el silencio. Tu Universo adquiere toda una nueva gama de tonos.
Todo es diferente, pero al mismo tiempo, todo es igual.
Cuando la Oscuridad te obliga a caminar, sientes que no perteneces a nada en concreto. Llenas tus botas de polvo de mil caminos. Aquellos a los que quieres, tanto aquellos que no, acaban por convertirse en nombres con los que has rellenado las páginas de tu vida. En recuerdos, agradables o desagradables, que llevas contigo en tu camino sin rumbo aparente. Vagas de un lado para otro, sin echar raíces. Buscas tu sitio, errante, pero tu destino parece ser no encontrarlo jamás. Viajas, pero en el fondo huyes. Crees encontrar, para acabar de vuelta en el punto de partida. Extiendes la mano hacia delante, a través de un Abismo, con la esperanza de alcanzar lo que buscas.
Pero no hay nada al otro lado.
Cuando la Oscuridad se sienta a tu lado, no haces sino escuchar. Escuchar cómo todo el mundo dice saber lo que más te conviene. Hablan sobre tu futuro, sobre lo que te asusta, sobre lo que te importa y lo que no. Escuchas cómo quieren decidir por ti, solucionar tu vida. Todos te dicen lo que deberías hacer, pero pocos te preguntan qué es lo que deseas hacer. Aquello que quieres pasa a convertirse en algo de escasa importancia. En minucias. Te vuelves mudo, ciego y sordo. Tienes las manos atadas, las alas cortadas y un lastre sobre tus pies. Te sientes torpe, estúpido y débil. Todos pueden opinar sobre ti.
Todos, menos tú mismo, por supuesto.
Cuando la Oscuridad te obliga a caminar, sientes que no perteneces a nada en concreto. Llenas tus botas de polvo de mil caminos. Aquellos a los que quieres, tanto aquellos que no, acaban por convertirse en nombres con los que has rellenado las páginas de tu vida. En recuerdos, agradables o desagradables, que llevas contigo en tu camino sin rumbo aparente. Vagas de un lado para otro, sin echar raíces. Buscas tu sitio, errante, pero tu destino parece ser no encontrarlo jamás. Viajas, pero en el fondo huyes. Crees encontrar, para acabar de vuelta en el punto de partida. Extiendes la mano hacia delante, a través de un Abismo, con la esperanza de alcanzar lo que buscas.
Pero no hay nada al otro lado.
Cuando la Oscuridad se sienta a tu lado, no haces sino escuchar. Escuchar cómo todo el mundo dice saber lo que más te conviene. Hablan sobre tu futuro, sobre lo que te asusta, sobre lo que te importa y lo que no. Escuchas cómo quieren decidir por ti, solucionar tu vida. Todos te dicen lo que deberías hacer, pero pocos te preguntan qué es lo que deseas hacer. Aquello que quieres pasa a convertirse en algo de escasa importancia. En minucias. Te vuelves mudo, ciego y sordo. Tienes las manos atadas, las alas cortadas y un lastre sobre tus pies. Te sientes torpe, estúpido y débil. Todos pueden opinar sobre ti.
Todos, menos tú mismo, por supuesto.
Cuando la Oscuridad te habla, descubres que todo son pautas. Todo parece estar conectado y atender a un ritmo. Ciclos que no puedes detener, ni invertir. Lo que ahora es arriba, luego se convierte en abajo. Te das cuenta de que eres una marioneta de algo mucho mayor. Te sientes ficticio, irreal, como si no fueras más que la creación de alguien o algo, que ya ha elegido por ti. Has visto tu futuro y te sientes prisionero de éste.
Cuando la Oscuridad te visita mientras duermes, el pasado se vuelve presente y el futuro una incógnita. Te sientes triste, incompleto. Quieres, pero no puedes. Intentas, pero no logras. Das lo mejor de ti, sin apenas un resultado satisfactorio. Quieres demostrarte a ti mismo tu valía, pero te quedas en la intención, nada más. Querrías conseguir una pizca de reconocimiento o aprobación del mundo. Sabes que en el fondo no necesitas ninguna de ambas cosas por parte del entorno y que en realidad solo hacen falta las de uno mismo; sin embargo, también sabes que, de tenerlas, lo agradecerías enormemente. Porque sabes que eres humano, y los humanos a veces necesitamos esa calidez que se nos parece negar de forma constante.
Cuando la Oscuridad te visita mientras duermes, el pasado se vuelve presente y el futuro una incógnita. Te sientes triste, incompleto. Quieres, pero no puedes. Intentas, pero no logras. Das lo mejor de ti, sin apenas un resultado satisfactorio. Quieres demostrarte a ti mismo tu valía, pero te quedas en la intención, nada más. Querrías conseguir una pizca de reconocimiento o aprobación del mundo. Sabes que en el fondo no necesitas ninguna de ambas cosas por parte del entorno y que en realidad solo hacen falta las de uno mismo; sin embargo, también sabes que, de tenerlas, lo agradecerías enormemente. Porque sabes que eres humano, y los humanos a veces necesitamos esa calidez que se nos parece negar de forma constante.
Cuando la Oscuridad cae sobre ti, puedes sentir cómo su manto te envuelve y no te deja escapar. Te impregna de su esencia, de su naturaleza hasta la misma alma. Te sientes diferente a los que te rodean, pero no mejor. Es en ese momento cuando tienes la impresión de haber sido arrojado a un mundo al que no perteneces. Que no entiendes. Un lugar extraño en el que todos hablan un idioma incomprensible.
Cuando la Oscuridad decide quedarse, descubres que eres distinto, y al mismo tiempo, que no eres en absoluto especial. Te conviertes en el hijo mediano, en el invitado por error. Pasas a ser la figura en el rincón, en el limbo, en la última mesa del aula.
La maleta vacía que se extravía.
La persona cuyo nombre has olvidado.
Cuyo rostro apenas visualizas aunque se acabe de marchar.
Cuando la Oscuridad te marca, asumes que no eres, ni serás jamás alguien importante. No salvarás al mundo de las Fuerzas del Mal. Probablemente incluso lo tengas difícil para hacer feliz a nadie. Más probablemente aún, incluso te resulte todo un reto hacerte feliz a ti mismo. No serás un héroe, ni una inspiración. Ni siquiera un mártir. El mundo seguirá girando hasta que algún día, tarde o temprano, acabe por olvidarse de ti por completo.
Cuando la Oscuridad dialoga contigo, acabas en un laberinto de preguntas. Preguntas que no tienen respuesta. Preguntas sobre ti mismo. Preguntas que no te hacen feliz. Pero preguntas que no puedes evitar hacerte, una y otra vez.
¿Y si...?
¿Y si no...?
¿Por qué...?
Cada pregunta, una puñalada que te infliges a ti mismo.
Cuado la Oscuridad anida en tu interior, te conviertes en una sombra. Sabes que la felicidad, con toda seguridad, no existe. Que, si tienes suerte, tendrás momentos felices. Que puedes dedicar tu vida a la quimera de perseguirla, pero a sabiendas de que lo haces sencillamente por no entristecer más tu vida. Que tú y todo tu Universo estáis abocados a la separación y al frío. Que toda muestra de luz y calor, tarde o temprano, se acaben extinguiendo. Que, al final, el telón de la obra cae y todo acaba en algún rincón oscuro, a solas y en silencio.
Cuado la Oscuridad anida en tu interior, te conviertes en una sombra. Sabes que la felicidad, con toda seguridad, no existe. Que, si tienes suerte, tendrás momentos felices. Que puedes dedicar tu vida a la quimera de perseguirla, pero a sabiendas de que lo haces sencillamente por no entristecer más tu vida. Que tú y todo tu Universo estáis abocados a la separación y al frío. Que toda muestra de luz y calor, tarde o temprano, se acaben extinguiendo. Que, al final, el telón de la obra cae y todo acaba en algún rincón oscuro, a solas y en silencio.
Cuando la Oscuridad te ha tomado, poco hay que puedas hacer.
Puedes contenerla.
Puedes acallarla.
Incluso puedes silenciarla.
Pero no puedes sacarla de tu interior.


















