domingo, 26 de enero de 2014

Mondo Chorra- No se admiten devoluciones, o Ni compasión ni putas hostias.



Este artículo cuenta con dos anécdotas para ilustrar, así como para empezar, aquello de que quiero hablar. Porque dos son mejor que una y así se ve más o menos claro el patrón de según qué cosas.
Nuestra primera anécdota tiene lugar hace ya casi diez años, en plena época universitaria y donde, de vez en cuando y por diversas razones, voy cambiando de compañías. Es precisamente una de estas personas que me rodea la que se convierte en una razón en sí misma. Hablo de esa clase de gente que empieza siendo amiga y, en última instancia, se acaba volviendo majara y se toma unas confianzas de órdago para dedicarse a faltarse al respeto. Y no hablo de bromas que no se interpretan como tal: hablo de una desgracia con patas que se permite el lujado de decirte frases tan bonitas y cargadas de emotividad como "Tú no eres más gilipollas porque no puedes". Y oiga, que si hay un motivo claro para decírmelo (yo mismo podría haberle hecho una lista, de haberme preguntado), pues vale, cada uno con su opinión y que espurree la mierda que le salga del culo. Pero el asunto es que estamos hablando de gente (o gentuza, más bien), que parece sufrir un puto episodio de enajenación mental y pasa de ser amiga un día a, en cuestión de horas, cruzársele los cables y dedicarse al insulto barato y gratuito. Sin darte explicaciones ni putas hostias, pese a que tú le preguntes a qué cojones viene esa actitud chulesca e insultante. Como mucho, el consabido "Tú sabrás por qué estoy cagándome en tu puta madre", como si uno fuera un puto telépata o como si la subnormalidad que a la otra persona se le pase por la chota le diese derecho a coger y putearte porque sí.
Con esta gente, como cabe esperar, lo lógico es la política de mandarla a tomar por culo: se pueden permitir muchas cosas, pero que alguien medianamente cercano se permita el lujo de faltarte al respeto es algo que no se debe consentir a ser humano alguno. De hecho, eso fue lo que hice: a la mierda con todos los gastos pagados y propicios días.


Al carajo ya. Le vas a faltar el respeto a Perry.


Pasa un añito y, tras haber retomado contacto con una amistad común, a esta persona se le vuelven a recruzar los cables y me manda un correo, diciendo que ha pasado tiempecillo y que podríamos retomar el contacto nosotros también, que si tal, que si cual. Yo leo aquello y, aunque me alegro de que la otra persona haya parecido recapacitar ante aquella monumental meada fuera de tiesto, le digo que si quiere hablar del tema me espere a la salida de un examen común que tenemos.
Esta persona accede.
Así que se presenta uno al examen, se patea los hocicos con Robert Peel, Eli Whitney y un montón de nombres de tíos que figuran en lo que probablemente sería una de las asignaturas más plomizas de la carrera y se queda a esperar a esta persona, para ver qué leches le va a contar para explicarte todo ese repertorio de sinvergoncerío y mala leche que tuve que tragarme de su augusta persona. A esto que sale y la conversación resulta, como poco, decepcionante:

—¿Qué tal? —me pregunta.
—Bien —respondo yo, esperando a que abra la boca y empiece a explicarse. Total, yo no fui quien empezó a insultar a esta persona, con lo que considero que, si alguien tiene que sacar el tema y empezar a contar qué coño pasó no soy yo. Bajo ningún concepto.
El caso es que esta persona, fíjate tú por dónde, no mencionó el asunto ni de pasada siquiera: la conversación que inició fue un diálogo absurdo y lamentable acerca de lo difícil que había sido el examen. Pero de por qué se dedicó a ponerme a caer de un burro y lanzarme insultos de intensidad moderada, ni mu. Con esto, me queda claro que esta criatura de Dios se ha creído que, efectivamente, sigo siendo gilipollas y que mi corazoncito se puede compadecer de un puerco correo electrónico enviado a colación de lo sucedido con una tercera persona. Se ha debido creer que he pasado por alto toda esa sarta de memeces que me soltó.
Se ve que no me conocía tan bien como creía.
En pocas palabras, pidió una oportunidad para enmendarse, la cagó miserablemente y se volvió por donde había venido: es decir, se fue de nuevo a hacer puñetas.


Así.
Y sin cargo de conciencia alguno.


Pasamos a la siguiente historia, unos años después, ya terminando mi licenciatura. Es justo en esta época cuando ingreso en lo que, sin problema en asumirlo, podría ser una de las peores bandas de rock duro de mi ciudad. Cómo no, me dedico a llamar a todos los amigos que puedo para que vengan a vernos a un bolo que damos en un bareto del centro. Soy consciente de que a la mayor parte de estos amigos míos el rock duro o el heavy metal son géneros musicales que no les entusiasman, pero tanto ellos como yo tenemos claro que esto no es más que una excusa para vernos y echar un rato, nada más.
De entre todos estos, llamo a una persona y le comento el tema en cuanto tenemos fecha, más de un mes antes de la actuación.

—No creo que vaya —me suelta.
—Te lo estoy diciendo con bastante tiempo de antelación —respondo yo, recordando el hecho de que esta persona en sí ha sido experta en quejarse de que la gente de la carrera nunca nos vemos.
—Ya, pero es que ese no es mi ambiente —es su principal argumento.

Dicho de otro modo, hablamos de alguien que se pasa todo el santo día echándonos en cara que si hay que ver, que si nunca nos vemos, que si ya va tocando, que no veas que aburrimiento de vida... Y en el momento en que le comentas el asunto (porque, joder, que un amigo venga a verte tocar por mal que lo estés haciendo te hace mucha ilusión) coge y se quita de en medio miserablemente. Porque no nos vemos, lloras y encima para quedar vienes con exigencias chorras, cuando tú eres la primera en:

1) No quedar con tus amigos ni a tiros, pero ser la primera en quedar con gente que te pone a caer de un burro y luego contarnos lo desgraciada que te sientes con esa gente.
2) Usar excusas tan rematadamente absurdas para no quedar, tales como "Mejor me quedo en casa leyendo" o "Es que tengo que estudiar" (aunque sea sábado por la noche y me haya pasado toda la puta semana estudiando a diario).
Más concretamente, que antepones la queja y el lloriqueo de no vernos a coger, hacer frente a esas cosas y ponerle solución.


Imagino que es porque mola más el rollito "Soy una víctima del mundo, compadeceos de mí".
No sé a vosotros, pero a mí personalmente que alguien se pase todo el día con el morro colgando y no te cuente otra cosa que no sean penas me resulta cargante.


Como es natural, esta respuesta me dolió bastante, pero preferí coger y pasarme por el culo las niñaterías de reinas del drama y hacer lo que se debe hacer en estos casos: No insistir. Que cada uno haga lo que le dé la gana, pero ya lo tenía claro: que no me viniese con nuevas patochadas del "A ver si nos vemos, que nunca quedamos", que entonces le suelto la artillería dialéctica en plena cara.
Pasan unas tres semanas y veo que esta persona me felicita el año nuevo de la forma más escueta posible (he visto telegramas con más retórica), a lo que yo le doy las gracias y sigo a lo mío, sin entrar ni en lo del concierto ni en otra de las historias absurdamente tristes con las que esta persona me ha venido bombardeando durante varios años (y que yo, como gilipollas perdido que soy, he escuchado con mi mejor intención, intentando ayudar). Paso, no estoy para payasadas ni para que me cuenten penas. Ya me he dado cuenta de que hay gente que te cuenta su mierda, no porque busquen consejo o que alguien les escuche: hay gente que, sencillamente, te busca para escuchar ellos mismos su propia mierda, sin interés alguno por salir de ella.
En apenas veinticuatro horas, esa persona ha dejado de tener contacto conmigo.
Sin explicaciones, tampoco.

Varios años después, una amiga común me saca el tema y me viene con las justificaciones y las defensas a ultranza que tanto me encantan:

—Tendríais que hablar —me suelta.
— Pues que venga ella y me busque, que fue la que me mandó a la mierda —respondo yo.
— Tú sabes que eso no lo va a hacer.
— Me muero de la pena.



Puto ja.

Después de este ejercicio de sarcasmo, seguimos ahondando en el asunto y me entero de que la otra persona, agarraos, me dejó de hablar porque "Se pensaba que me había enfadado con ella".

—Pues claro que me enfadé —aclaro yo—. Aquel concierto era importante para mí y me habría gustado que la mayor parte de mis amigos viniesen. Que uno de ellos no venga porque no le da la gana, como entenderás, no es algo para reírle las gracias a nadie, ¿no te parece? Pero vamos— continúo—, que ya podía haber hablado el tema conmigo, porque yo tampoco voy a mandar a la mierda a nadie por algo así. Cosa que esta persona, por lo que veo, sí que ha hecho.
Y aquí viene la respuesta guai:
—Es que tú ya sabes cómo es.


¡Muy bien! ¡Con eso nos ha quedado todo claro, sí señor!


Y ante semejante mamarrachada de respuesta, pienso: "A ver, ¿hipersensible? ¿Irracional? ¿Cobarde? ¿Con un serio problema que la lleva a rechazar el contacto con gente con la que siempre se ha llevado bien y una enfermiza preferencia por gente que la putea viva?"
Podría seguir usando adjetivos que resumen una actitud tan bonita como esta. En lugar de eso, lanzo mi contrarrespuesta:

—Y tú ya sabes cómo soy yo.

Resumiendo: "Que no aguanto tonterías de nadie, y menos de gente a la que considero amigos".

Dos casos: uno de una persona a la que mando yo a la mierda y de otra que me manda a la mierda a mí, pero la actitud viene a ser la misma. La actitud de tener cruces de cables de lo más tontos y mandar a tomar por culo una amistad porque "son sensibles" o porque "han tenido un mal día". Y por lo visto, como "son así", ya tienen carta blanca para hacer lo que les salga de los orificios rectales. Nos tiene que parecer bien porque son personas complejas, afectadas y con una personalidad muy marcada.
Son personas cuyas mongoladas no tenemos por qué aguantar, y puto punto.


Podemos parecer bordes... Pero es que algunos, sencillamente, estamos ya hasta los cojones.


Como ya he comentado en alguna ocasión, yo no soy lo que se puede definir  como una persona del todo fácil de tratar: tengo mis cambios de humor, como todo el mundo, y mi sentido del humor en ocasiones puede medirse en una escala que oscila entre "variable" e "inexistente". Sin embargo, puedo decir sin mucho miedo a equivocarme, que suelo ser coherente en mis decisiones. Preguntad por ahí y tened por seguro que, si mando a la mierda a alguien, es con todos los gastos pagados y sin posibilidad de devolución. Porque no hablamos de un puto jersey de rebajas, sino de las relaciones interpersonales. Algo que de por sí me resulta bastante complicado y que me suelo tomar medianamente en serio a la hora de entrar en contacto con alguien. En el momento en que ese alguien empieza a comportarse como un soplapollas, me falta al respeto o se dedica a echarme las culpas de su mierda, ahí tenemos dos opciones: o me manda a tomar por culo él, o lo mando a tomar por culo yo. ¿La diferencia? Que, por lo general, cuando lo hago yo de esa persona no vuelvo a tener noticias en lo que me queda de vida; cuando son otros los que lo hacen, vienen a buscarme en el momento en que se les ha pasado el avenate y se creen que con decir "Hola, buenas" ya está todo arreglado.
Pues va a ser que no.



"Hola, te insulté, me cagué en tu puta madre y te mandé a tomar por culo. Pero tú y yo guai, ¿no?"


Y es que a ver, llega un punto en tu vida en que exigir las disculpas de alguien que se ha comportado como un imbécil contigo es absurdo; en ciertas ocasiones, resulta incluso prepotente. Si esa persona de verdad quiere arreglar las cosas, lo correcto a mi juicio es que te dé una buena explicación acerca de por qué se ha comportado así. Y la disculpa, si eso, pero lo primero es lo primero.
Poca gente he visto yo que, tras haberme puteado vivo (creedme, unos cuantos lo han hecho ya en estas tres décadas y pico que arrastro al lomo) han cogido y me han dicho "Mira, lo que me pasó fue esto, esto y esto". No. La actitud básica es coger, mandarte a la mierda por una cruzada de cables y luego esperar a que se les descrucen de nuevo y aquí no ha pasado nada.
Mis putos cojones.

Es una historia que, por algún motivo que escapa a mi limitado entendimiento, jamás llego a pillar del todo: me resulta hasta insultante, si os digo, porque me da la impresión de que se piensan que soy tan palurdo como ellos y que me olvido de un hecho tan sencillo como que tenía un amigo y, de buenas a primeras, dejé de tenerlo de la noche a la mañana. Y que, con las mismas, pues hala, bienvenido de nuevo. Y por lo visto me tiene que parecer fenomenal, como si no hubiera bastantes humanos en este planeta con los que relacionarme. Como si todo desgraciado que te falta al respeto fuese tan sumamente valioso que no nos podemos permitir el lujo de perderlo de vista. Como si hubiera que atesorar con fuerza al primer imbécil que se nos arrima y consentirle todas y cada una de sus neuras y gilipolleces porque "son así". Y a los personajes estos os digo que compasión con ellos, cero. Porque te la hacen una vez, te la hacen dos y te la hacen la cantidad de veces que les dé la puta gana si saben que se lo consentís todo.



"Te pegué una paliza, te quemé el coche y destrocé tu casa. Pero tienes que entenderlo, tenía un mal día y YO SOY ASÍ DE INTENSO".


Pues os lo digo claro: yo estoy ya hasta los mismísimos cojones de esa obligación de tener que comprender a cualquier cretino que se permite esas confianzas (o abusos de confianza, más bien) conmigo. Estoy harto ya de tener que ser comprensivo con gente que tiene arrechuchos y cambios de aire que ni ellos mismos entienden. Que tienen un problema, desde luego... pero eso no me obliga a mí a ser partícipe de ellos, ni a consentir faltas de respeto sin explicaciones, ni excentricidades, ni escenitas dramáticas ni gilipolleces varias. No me obliga a contagiarme de su mierda y ser objeto de sus ataques de divas enloquecidas. La vida es demasiado breve y demasiado valiosa para perderla junto a gente que, lejos de apreciar lo que es rodearse de un buen ambiente, se dedican a tratar a la gente como si fueran calcetines: hoy me los pongo, mañana me los quito, pasado me los vuelvo a poner y este verano que hace calorcete pues me los quito una temporada hasta que me dé el punto.
No. Ni de puta coña.
Bastantes problemas tiene uno ya en su vida personal como para tener que soportar los de otros. Porque desde que tenemos pelo en la entrepata somos conscientes de que nuestros problemas, así como nuestras decisiones, son nuestros y de nadie más: los asumimos, los combatimos o nos los metemos por donde nos quepan, o podemos pedir ayuda para solucionarlos (aunque al final siempre somos nosotros quienes debemos ponerles fin, y no esperar a que los demás los hagan por nosotros), pero pagar nuestros problemas con otros (y justificarnos de una forma tan chapucera como la mencionada arriba de "Es que yo soy así") no nos convierte ni en "sensibles", ni en "temperamentales", ni en "especiales" ni hostias en vinagre. Nos convierte en una panda de desgraciados que lo único que nos merecemos es que nos manden a la mierda sin billete de vuelta.

sábado, 18 de enero de 2014

Escupiendo Rabia- La Tiranía de las Estadísticas, o "Tomar una referencia como la Verdad Absoluta".



Para empezar a hablar de este tema, vamos a menear nuestros bullarengues, cómodamente asentados en nuestros sofás, unos cuantos años hacia atrás en el tiempo. Volvamos a la época en que un servidor andurreaba por el instituto, traficando con cintas de cassette de los Van Halen y haciendo caricaturas de los profesores, de sus compañeros de clase y (por supuesto) de sí mismo en una esquina de los apuntes en clase.
De toda esta época vamos a quedarnos con mi clase de matemáticas de COU (para los nacidos después de 1982, el equivalente a segundo de Bachiller), donde una profesora me da clase de estadística y probabilidad. Nos cuenta un poco por encima lo que viene siendo la fiabilidad de ambos métodos matemáticos y un poco sus aplicaciones. Al terminar, su frase es tajante: "La estadística es aproximada, pero lo realmente fiable en términos matemáticos es la probabilidad".

Pasan unos pocos de años después de esta clase y descubro que no solo medio planeta se ha pasado por el forro este planteamiento, sino que se hace justo lo contrario. Se llega a una tiranía total de la estadística como método, que pasa de ser una herramienta más o menos útil para tener un dato aproximado acerca de algo a tratarse como la Verdad Absoluta e irrefutable. Para muestra, un botón: a cada día que pasa, nos bombardean todo el puto rato con según qué planteamientos sacados del forro de los cataplines, con la coletilla de "Un estudio científico lo avala"; este "estudio científico" (generalmente etéreo y llevado a cabo por una Universidad Innominada), si viene algún referente a su metodología es precisamente un estudio estadístico. Y nosotros, como tal, nos lo tenemos que creer, aceptándolo sin reservas.


Ejem, cuando decía "Aceptar" no me refería a estos...


Ahora, la pregunta que cualquiera se haría es: ¿Es entonces la estadística un mal método?
Para llegar a la respuesta que tengo vamos a hacer otra paradita en el tiempo. Esta vez, nos vamos a la época en que hice primero de Psicología. No duré mucho tiempo aquí, así que va a ser una paradita corta; vamos a meternos en un par de clases, empezando por una de Psicología Diferencial, que impartía un tipo bastante simpático cuyo nombre, me temo, olvidé hace mucho (al fin y al cabo, solo estuve un curso en aquella facultad antes de descubrir que mi vocación tiraba por otros derroteros). El caso es que este profesor nos hablaba de cómo se hacían los estudios en general y demás, y nos hablaba de cómo el ego puede pervertir una investigación. Al fin y al cabo, los investigadores pueden ser cientíiificooos (leer con eco), pero tampoco dejan de ser humanos. Como tales, son falibles de cojones y oiga, también son incapaces de reconocer errores. En vicisitudes como ésta, nos aseguró este profesor, son perfectamente capaces de falsear sus estudios (nuevamente, estadísticos, que son bastante fáciles de manipular y falsear, como explicaré un poco más abajo) con tal de que sus hipótesis personales estén avaladas por algo tan supuestamente "irrefutable" como es la ciencia. Hasta tal punto, aseguró, que ha habido investigadores "serios" que llegaron a plantear la hipótesis de que la gente de raza negra era menos inteligente y, echándole más pelotas al asunto, llegaron a respaldar semejante idiotez con un estudio científico que lo avalaba. Un estudio manipulado, falseado y tergiversado hasta la médula, pero oiga: si un estudio científico lo avala (o dice avalarlo), siempre hay algún idiota que se lo traga.


Hala. P'adentro.


Pasemos al segundo punto acerca de por qué un estudio estadístico no tiene por qué ser fiable o, mejor dicho, por qué no debemos aceptarlo como La Verdad Absoluta sobre Todo Sin Excepción. Seguimos en la Facultad de Psicología de mi ciudad, donde tenemos que el profesorado, en un alarde de consideración y de rectitud (lo siento, chicos, aquí viene la crítica bestial) tomaba las asignaturas de práctica de cualquier asignatura de primero (incluida Historia de la Psicología, ¿para qué coño querrían prácticas de eso?) como su caldo de cultivo personal para los proyectos que llevaban a cabo los laboratorios. Me explico: ya sabéis que un profesor de universidad, aparte de impartir clases tiene sus horitas de investigación en la materia en la que esté especializado, ¿vale? Pues si seguimos la línea de pensamiento, el plan del profesorado era sencillo: tomar las prácticas como baluarte para que los alumnos de primero hicieran el trabajo sucio a los profesores; dicho de otro modo, si querían hacer un estudio estadístico sobre cualquier cosa, tenían que pasar una encuesta. ¿Se iba un profesor a pringar las manos en pasar una encuesta a un grupo poblacional? No, para eso estaba el alumnado; y además, esa práctica se llevaba la etiqueta de "obligatoria", de forma que si el alumno no la hacía, contaba con una nota negativa. Así de ético, y dicho prácticamente con este descaro en las putas narices del que iba a clase a estudiar. Y encima nos tenía que parecer bien.

El caso, y voy más al grano, es que el alumnado no es diferente de cualquier otro ser humano: le pones a hacer un trabajo que considera una soberana gilipollez (o en su defecto que le importa una mierda), que no está en absoluto relacionado con lo que está estudiando (era la constante en estas prácticas, que no tenían relación alguna con el tema que se daba en clase) y se lo pasa por el forro de los cojones. Para ser más claro, lo que hacían era inventarse la estadística para no suspender la asignatura (bien por eso o bien porque no tenían a al menos una decena de señores de entre setenta y cinco y ochenta y cinco años a mano para torturarlos con una encuesta de cien preguntas). Y esos estudios, amigos Distópicos, luego iban a un despacho, donde el profesorcete de turno, con menos ganas de hacer comprobaciones que un servidor de esquiar en pelotas, daba por hecho que le habían hecho correctamente el trabajo que él no quería hacer y seguía currando con lo suyo.
De verdad que no me atrevo ni a preguntarme cuántos de estos estudios llegarían a alguna parte, pretendiendo hacer que el pobre desgraciado a cuyos ojos llegase se creyese ese montón de patrañas.


"Según esto, las personas rubias naturales de veinticuatro años tienen mayor tendencia a que les atropelle un tren de cercanías a las diez de la mañana mientras escuchan a los Maiden que el resto".


Por tanto, llegamos a la respuesta que lleváis un par de párrafos esperando: los estudios estadísticos son una buena herramienta para acercarnos a la verdad (si es que tal concepto existe realmente), pero NO son La Verdad. Cuando llega alguien del Gobierno plantándonos una estadística en la jeta, lo primero que tenemos que pensar es una cosa: ¿A cuánta gente le ha llegado ese estudio? No es la primera vez que para hablarnos de cosas tan surrealistas como "Lo que piensan los jóvenes de nuestro país" (anda, ahora resulta que son como hormigas y poseen una mente colectiva y ya nadie discrepa con nadie) se pasan encuestas a unos mil estudiantes en UN instituto vete a saber dónde. ¿Es este estudio fiable? Pues depende: es fiable si el instituto tiene mil quinientos estudiantes y le pasas la encuesta a mil de ellos. Así puedes ver lo que piensa la gente de ESE instituto y en ESA localidad; ¿es fiable a nivel nacional, como nos lo intentan colar una y mil veces? Ni de puta coña: haced un cálculo de lo que puede ser la población en edad escolar en nuestro país (pongamos, hablando así hipotéticamente, que esa población llegase a un 10% de la población total, que en España son unos cuarenta y pico millones). Tenemos, por tanto, que entrevistar a mil chavales de un centro educativo es más o menos tan representativo como coger una nota musical (un re, por ejemplo) y decir que una sinfonía está basada en esa nota. Es decir, estamos tomando una muestra poblacional ínfima apenas representativa y la estamos asociando con el todo, cayendo de paso en una falacia de generalización apresurada, cuya definición dejo por aquí:


Y de cositas como esta empiezan a surgir "datos" y "cifras" que a ninguno nos cuadran, cuando estos "estudios" tocan a algún tema del que tengamos una ligera idea.

Por último, tenemos que pensar en un hecho bastante nihilista y misantrópico, pero en absoluto (a mi juicio) alejado de la realidad: la estadística basada en encuestas parte de un concepto muy bienintencionado que es dar por sentado que la gente dice la verdad en ellas. Por muy anónima que sea la encuesta, eso en caso alguno va a evitar que la gente mienta por el motivo que sea (por ejemplo, mentirse a uno mismo, que es un factor muy, pero que muy extendido) y eso, nos pongamos como nos pongamos, es virtualmente imposible de detectar o cuantificar en un estudio estadístico, a menos que hagamos un test Voight-Kampff como el que hacían en Blade Runner. Y aun así, siempre tendríamos que contar con que puede haber algún mentiroso compulsivo que sea capaz de burlarlo. O alguien que responda algo equivocado y que considere cierto, por lo que para él no estaría "mintiendo". Este es un margen de error mínimo, cierto... pero tenemos que tener en cuenta que todo estudio científico fiable debe (o debería) contar con el factor ruido. Para entendernos, se entiende por "ruido" todo aquello que entorpece la fiabilidad de una investigación: por ejemplo, si estamos hablando de un experimento de química en que tengamos que calentar algo, entenderíamos por "ruido" que la temperatura ambiente no sea la correcta y pueda modificar el resultado de lo que andamos investigando. Este factor, como mucho, se puede estimar a la pata la llana: algo del tipo "Mira, vamos a estimar a ojo que el 10 o el 15% de los encuestados mienta"), pero no podemos basarnos en algo medianamente fiable porque cada uno es un mundo y, si bien puede ser veraz y sincero en algún tema, lo mismo con otro nos la cuela. Y eso no hay Dios que sea capaz de medirlo.


"Todo el mundo miente" es uno de los mantras de la serie House, M.D.
Puede parecernos exagerado, pero si lo pensamos, todos mentimos en mayor o menor medida: por no hacer daño, por quedar bien o por engañarnos a nosotros mismos.
Llamadme cínico, pero para mí esto es así.


Por tanto, mi pensamiento personal es que la estadística es lo que es: una herramienta de aproximación, que te puede dar datos más o menos fiables si se analiza un grupo poblacional muy muy grande y que represente a la mayor parte del territorio... lo que implica muchísima pasta y muchísimo trabajo. Aparte, hay asuntos (por ejemplo, si ponemos un estudio poblacional sobre tendencias o cosas que están muy de moda) en los que la opinión pública puede cambiar de un día para otro, con lo que en el momento en que llegas a tener un recuento más o menos concreto de toda esa muestra poblacional resulta que se te va al carajo porque la gente ha cambiado de opinión.
La estadística puede estar bien como referencia, pero JAMÁS debería usarse como se está usando ahora, que es dar por sentado el hecho de que todo cuanto vemos en una tablita o con un porcentaje chuliguai va a misa: nos dicen que el perfil del asesino en serie es un varón de un metro setenta y ocho, de unos treinta y seis años y medio y que tiene una familia de 2.5 hijos y ya hay muchos que dan por hecho que esto es totalmente cierto. Incluso el hecho de que tiene dos hijos y un tercero partido por la mitad.


Eso sin mencionar el hecho de que a veces estos estudios se centran tanto en UNA cosa que obvian las demás, lo que viene a ser una versión moderna de los siete ciegos y el elefante: cada uno piensa que su visión limitada de las cosas es la Verdad y tendrá datos que lo avalen. Pero eso, aunque esos datos sean correctos, no implica que haya otros factores que tengan que ver con su tesis y los esté ignorando.
Por tanto, no se acerca a la Verdad que predica.

También tenemos esas estadísticas molonas (aquí entro en terreno personal, con lo que en este punto se me puede contradecir con toda facilidad) que tiranizan los sectores comerciales, donde la frase "Los números dicen que esto se vende más" se toma como un mantra que no debe ser cuestionado bajo ningún concepto, llevando a equívocos tan grandes como "Si se vende es porque el público lo demanda, con lo cual ahora multiplicamos la oferta. Que si quieres arroz, toma veinte tazas". Esta tiranía lo que hace es llevar al extremo la idea de que la venta manda (lo cual es cierto, pero solo en parte), que provocan que se vuelque la balanza hacia lo que se vende de tal manera que se asfixia cualquier otro producto más minoritario, independientemente de la calidad (de hecho es un factor que en un mundo dominado por la publicidad queda relegado a un factor casi anecdótico a la hora de conseguir ventas). Lo que viene siendo coger el concepto de una moda (existente y necesario como símbolo de una generación o movimiento) y convertirla en un imperio que aplaste cualquier otra cosa. Lo vemos a diario, con abortos comerciales tan grandes como en el cine, donde tenemos básicamente dos o tres modas, que se imponen sobre cualquier otra cosa que pudiera rodarse, o asfixiando cualquier otra oferta y convirtiéndola en algo con apenas salida (y jodiendo a esa minoría que pudiera estar interesada... que vale, que son menos, pero no dejan de ser consumidores):

1) Remakes de películas que en su día tuvieron éxito, bajo la falacia de "Los números dijeron que en su día lo petaron, pues sacamos lo mismo y a forrarnos". Una segunda falacia dice que el público se renueva más o menos cada diez años, lo que implicaría, según esta línea de pensamiento (probablemente sacado de cualquier estadística absurda) que una persona joven no vería bajo ningún concepto una peli estrenada en 2004. Por tanto, consideran, es imperativo sacar una versión nueva (y con menos imaginación, porque se da por hecho que la imaginación no es necesaria donde imperen unos buenos efectos especiales, tías buenas/macizorros o muchos chistes).

2) Coger cuentos o historias populares y darles un toque a lo videojuego. Probablemente algún imbécil ha sacado la estadística de que pelis del tipo Hansel y Gretel y su Puta Madre en Bicicleta lo petó y el plan es repetir la fórmula hasta la saciedad, por cojones y sin vaselina... sin plantearse siquiera de que luego la gente se sintiese estafada con semejante truño (o con cualquier otro similar) y, pese a las ventas, saliera cagándose en la puta madre del director.

3) Coger un tema de moda y explotarlo, sacando una o dos pelis buenas al año y el resto, bazofia infumable. El mejor ejemplo que se me ocurre es el del cine de superhéroes, que se puso de moda a finales a principios de 2000 con la primera X-Men, ganó auge con los atentados del World Trade Center, y ha ido sacando cosas tan irregulares y dispares como The Dark Knight y Daredevil. Cada año tenemos tres superhéroes, mínimo, que van cayendo en taquilla y, de las pelis que sacan, pues tenemos una (o dos, como mucho) que está bien y el resto... Mira, del resto mejor nos olvidamos.

4) Hacer pelis para adolescentes, pero tratando al adolescente (para mí tan inteligente o tan estúpido como cualquier otro humano, que conste) como si fuera una especie de retrasado mental que jamás saldrá del instituto y donde todo ronda en torno a una historia de amor tan inverosímil que ni a mis tiernos quince años me habría tragado ni con calzador.


Lo que tiene fiarse de los números y de nada más: Daredevil en su momento debió petarlo lo bastante como para que decidieran hacer un spín-off basado en Elektra.
De tooooooodos esos que fueron a ver la primera peli, se ve que le preguntaron a pocos qué les pareció la peli. Los números dictaminaron que semejante bazofia fue un éxito y hala, ahí que lo llevas.


Y en fin, podría seguir con mil ejemplos más que ilustran cómo tomar los números como la Verdad Absoluta conlleva a una más que posible percepción errónea de una realidad que probablemente no sea tal cual, o bien sea justo lo contrario. El problema, por otra parte, no es que se muestre un dato basado en un estudio de dudosa fiabilidad (o un estudio absurdo, del tipo "Un estudio científico avala que leer te vuelve más inteligente"), sino que haya cuarenta millones de simios venidos a más que se lo traguen y lo den por hecho. Nuevamente, me toca citar a alguien experto en "estadística" que en su día lo petó: el señor Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, ya dijo en su día que si cuentas una mentira el tiempo suficiente, se convierte en verdad.
Nosotros estamos recibiendo dosis de "verdad" a diario y nadie se dedica a cuestionarla, porque "un estudio científico" o porque "las estadísticas" lo avalan.
Pensemos en ello.

lunes, 13 de enero de 2014

Mis Truños Favoritos- Elephant, de Gus Van Sant o "¡Hey, chavales, esto es una peli independiente!"



Este pasado fin de semana llegó a mis manos la peli Elephant, dirigida por el (a mi juicio) irregular Gus Van Sant, que lo mismo te dirige El Indomable Will Hunting que te hace un remake de Psicosis. En esta peli, el amigo Gus le echa más cojones aún y se dedica a rizar el rizo con una historia basada (o inspirada) en la tragedia de Columbine. Sí, esa de los dos chavales que trincan un par de metralletas y mandan al otro barrio a doce compañeros de clase y un profesor. Con esto imagino que Gustavito se ganaría su consabida dosis de polémica, por eso de que el tema sigue siendo candente en los Estados Unidos y todo eso... Pero lo más acojonante es que te pones a ver la película y, cágate lorito, si ha habido polémica no lo entiendes. ¿Por qué?

Pasemos a analizar cómo se cuenta esta historia, pasito por pasito, y así vais pillando el concepto. Como siempre, aviso que esta crítica hace un desguace COMPLETO de la película. Si vais a seguir leyendo, estáis advertidos de que se desvelan elementos principales y finales de la trama, así que os sugiero que no sigáis leyendo a menos que ya hayáis visto la película o bien os dé igual saber cómo acaba. Pero claro, si esto está basado en lo que está basado, ya lo sabéis de antemano...

Empieza la peli. Lo sabemos porque tenemos un plano interminable de un poste de teléfono y los créditos en letra Arial. Esto, sumado al hecho de que no hay banda sonora (es más, no hay banda sonora prácticamente en toda la película) nos hacen pensar que tenemos ante las napias una peli de esas INDEPENDIENTES (sí, en mayúsculas, que tiene que notarse), que huye del comercialismo hamburguesero de Hollywood y todas esas chorradas aprendidas en Jueves que los gafapastas de turno usan para dar el coñazo y hacernos creer que son más guais que tú y que yo.

Nos pegamos un rato mirando el puñetero poste (no, no sabemos por qué tanta insistencia en él ni lo que expresa), cuando al director se le pone en los cataplines cambiar la cámara de sitio de una vez. Lo hace poniendo el nombre de un chaval, con fondito negro y letras blancas (en Arial, de nuevo). Con esto la maestría de Gus(y Luz) nos enseña que lo que tenemos por delante no es una película al uso, sino una obra coral, donde confluyen los puntos de vista de diferentes personajes.
Vamos, como pasa en Juego de Tronos, pero sin ir de transgresor por la vida.


Así empieza esto. Dos minutos de peli o así viendo el poste.


Lo primero que vemos es un fulano con un Mercedes que pasa por una residencial callecita americana rayando coches y estando a punto de atropellar a algún crío en bici. Tras un par de catástrofes a punto de tener lugar, un chaval con pelo tipo fregona Wileda puesta del revés, le dice a su padre que pare el coche, que ya conduce él si eso. El padre aparece con cara de "Menudo pedo llevo", esforzándose tela en que el pobre espectador, que parece que no se entera de nada, entienda que está muy muy borracho. Le falta llevar una lata de birra en cada mano para que no nos pueda quedar más claro... Pero en fin, son los primeros cinco minutos de peli (cuatro de ellos se han ido en los créditos y en el puto poste), no hay que adelantar acontecimientos. Niño-fregona conduce el coche hasta el instituto (por medio tenemos un insustancial diálogo, carente de expresión, que por algún motivo parece indicarnos que de lo que hablan es algo profundo, pero no nos engañemos. Lo que sueltan tiene tanto interés como el prospecto de una etiqueta de champú, algo de irse a cazar a no sé dónde), donde tenemos un fantástico plano-secuencia de los de dos minutos completos con la cámara siguiéndolo por la espalda y llegando hasta una cabina de teléfonos.El director del centro se materializa de la nada, diciéndole a niño-fregona que se va a cagar por llegar tarde mientras este habla por teléfono con vete a saber quién diciendo que su padre está pedo.
Cara de niño-fregona en plan "Mi vida es una mierda".


Acostumbraos a ver gente de espaldas andando. En Elephant os vais a hartar.


Después de esto, se ve que la vida de este fulano deja de importar y nos vamos a otro chaval (insertado cartelito negro con su nombre, que no falte). En este caso, uno con una cámara de fotos que está dando vueltas por un bosquezuelo y se encuentra a una pareja de rockeros. Sabemos que son rockeros porque la chica lleva unas medias como de rejilla, hay alguna muñequera de pinchos y llevan cazadoras como de cuero. Les falta un cartel de neon que diga "Hey, chavales, estos son dos rockeros" para que lo pillemos del todo, pero creo que con eso nos bastamos. El niño-cámara les pide hacerles un book de fotos y los otros, tras un diálogo basando en poco más que monosílabos, tira para el instituto. Todo como muy diver.

Llegamos al instituto, donde ya vimos a Niño-fregona y donde se ha metido Niño-cámara. Ahora encontramos a Niña-niño, que es una criatura extraña con gafas, bastante incómoda de ver y que destaca por vivir mirando al puto limbo. Niña-niño se pega buena parte de la peli sin decir ni mu; tampoco es que importe demasiado, porque tiene menos carisma que el alambre de un pan Bimbo. Se supone que es buscado, para que entendamos que el personaje es un cero a la izquierda socialmente hablando, una marginada, un símbolo que refleja la alienación en nuestras aulas y...
Mira, paso. El personaje no tiene trasfondo; carece de motivación, historia o lo que sea. Y aburre.


"¡Mira al cielo con cara de soñadora redomada, que parezca que aspiras a una vida mejor que la que tienes!"


Pasamos a alguien con más carisma, que es Niño-guaperas. Este, como su mote indica, es un guaperas. Entra en el instituto y, nada más entrar, encontramos a tres pencas (ya hablaré luego de ellas) que se lo comen literalmente con los ojos. Ni sutileza ni putas hostias; si Niño-Guaperas se agacha a amarrarse los cordones de los zapatos, estas tres, nada más viendo la descaradísima expresión de sus rostros, lo cogen y lo violan repetidas veces ahí mismo hasta dejarle el pirulo más seco que un palito de merluza.
¿He dicho que Niño-Guaperas tiene carisma? Olvidadlo. Quería decir que es el que más carisma tiene en toda la película, cosa que a decir verdad no significa absolutamente nada. En realidad lo unico que hace en toda la puta peli es pasearse como a cámara lenta por el instituto (característica que comparte, por cierto, con Niño-fregona) con su novieta (Niña-guaperas) y tener diálogos insulsos (también hablaré de esto más adelante).

Volvemos a Niño-fregona. Sale en el cartel de la peli, asi que entendemos que tiene más importancia que los demás (yo todavía sigo intentando encontrarla, pero bueno). Como buen emo, se va a una habitación que por algún motivo absurdo está vacía y se pone a lloriquear cual nenaza. Aparece aquí Niña-pasada-de-rosca, que le pregunta si está llorando. La llamo así porque se mueve y habla como si tuviera ocho diazepanes en el cuerpo. Él le dice que sí, pero nah, no tiene importancia. Por lo que se ve, es frecuente que el pringao este se pase el día llorando por las esquinas. Porque la vida del instituto es dura y tal, ya se sabe, y hay que recordarlo a cada puto minuto. Así el tonillo de denuncia social y de dramatismo absurdo quedan bien patentes.


"Tú no tienes culpa de ser así. Ni tampoco de llevar el toro de Osborne en la camiseta".


Niña-pasada-de-rosca tira millas y se va a un club de debate en alguna habitación contigua. Ahí empiezan a hablar de los "gais" (ver esta peli doblada es molón, porque pronuncian gay tal y como se lee, lo que hace pensar en el paletismo crónico del que dirigió el doblaje), en un supuesto debate cargado de intelectualidad, análisis crítico y profundidad social.
La conversación deriva a comprar carneros que cuestan quince mil pavos y que se follan por culo entre sí, y llevar muñequeras con un arco-iris.
No, yo tampoco lo entiendo.

A estas alturas de la peli ya hemos visto como tres o cuatro planos secuencia que siguen a un personaje por las espaldas.


Como este de Niño-guaperas, entrando en el instituto.


Nuevo cambio de escena. Aparece Niña-niño saliendo de una clase de gimnasia, en la que la profesora le pregunta por qué no se ha puesto pantalones cortos. Ella (o él) responde que no quiere hablar de eso, a lo que la docente le suelta que si no se cambia los pantalones la tendrá que suspender.
Yo tampoco entiendo a qué coño viene eso. Sabía que las clases de gimnasia son duras en algunos institutos, pero esto es ridículo.

Clase de física, en la que vemos una apasionante lección sobre los electrones, la masa y su puta madre. Alguien hace una pregunta, con la correspondiente pausa, supuestamente dramática o supuestamente trascendental, entre pregunta y respuesta, como para darnos a entender que todo es como muy importante. En realidad, es más bien aburrido y la impresión que da es de que el director es más pretencioso que la leche. A nivel visual, un travelling a lo largo del aula donde la cámara se detiene sobre un personajillo que está dibujando no sé qué en la última banca. Alguien le lanza un pegote blanco y espeso que espero que sea yogur. Pringado hasta las cachas (lo de pringado imagino que es una metáfora de eso de ser un pringado social, que esta peli se supone que es PROFUNDA) se va al baño a limpiarse.

Niño-fregona sale en un (por lo menos) sexto plano secuencia de estos del instituto (no, tampoco yo tengo idea de a dónde coño va, si se supone que acaba de entrar) y, en la puerta, se encuentra con dos fulanos vestidos de militar y entrando en el centro con una bolsa llena de armas, por la puerta principal y a plena luz del día, muy discretos ellos.


Ves a dos tíos que parecen sacados de un Call of Duty entrando en un instituto.
Discreción total.


— Hola, tíos— dice Niño-fregona—, ¿adónde vais?
— Vete de aquí y no entres— le dice uno de ellos—, que va a pasar algo gordo.

Si nos fijamos bien, descubrimos que uno de los dos que están entrando es el chaval al que pringaron de yogur. Esto nos demuestra que la peli, al ser coral, nos cuenta la misma escena desde unos seis o siete (y no exagero) puntos de vista. Los pistoleros han aparecido, para echar cuentas, en los primeros treinta y cinco minutos de película.
Queda casi una hora por delante.

Volvemos a Niña-niño. Otra pobre criatura marginada que tiene la desgracia de estudiar en el instituto con la gente menos discreta del país. Para entender la falta de discreción, recibe insultos de sus compañeras de clase, algo que suele ser tristemente normal. Lo que no es normal es que las compañeras estén cuchicheando a dos putos metros de ella y a plena voz. Esto, como se intuye, rompe por completo las Normativas Internacionales del Cuchicheo, que exigen que haya un mínimo de distancia y nivel auditivo para que la otra persona tenga, como mínimo, que esforzarse para saber que están hablando mal de ella. Aquí lo único que hace falta es que la añadan en la conversación y le pidan su opinión.

Pasamos a Niño-cámara, que ya ha entrado en el instituto. Lleva las fotos que ha sacado de los dos rockeros y se pone a revelarlas. Lo hace a plena luz y sin guantes, lo que nos indica que en Estados Unidos el proceso de revelar fotos es totalmente contrario a como se hace en cualquier otra parte del planeta.
Ya hemos visto casi media docena de planos secuencia siguiendo a tal o cual personaje. La verdad es que perdí la cuenta hace rato.


A Van Sant le deben gustar los cogotes. Si no, no me lo explico.


Aparecen tres personajas nuevas. O mejor dicho, reaparecen. ¿Os acordáis de las tres Barbies que vimos al principio mirando a Niño-guaperas con cara de desmedido deseo? Pues ahora empieza su subtrama. Si hasta ahora los diálogos habían parecido insustanciales, eran dignos de Shopenhauer en comparación con lo que viene ahora. El súmun, la quintaesencia de la insustancialidad aparece aquí. Se supone que esto debería demostrarnos la superficialidad de ciertos sectores de la población adolescente estadounidense y tal, pero se queda en un "Mira, no le veo ni pies ni cabeza a esto". Casi cinco minutos. Cinco minutos de cháchara absurda que no va a ninguna parte. Al menos con el debate sobre los "Gais" te reías en el momento en que hablaban de los carneros sodomitas. Esto de lo único de lo que te da ganas es de irrumpir delante de ellas y arrearles con un calcetín sudado o, en su defecto, con una lorza de panceta. Lo primero que tengas a mano con tal de que se callen de una santa vez.
Más topicazos en el momento en que las tres se piden una ensalada en la cafetería y la dejan después de haber pegado solo dos pinchadas al plato. Acto seguido, se meten en el baño a vomitar al unísono (incluso cerrando las puertas a la vez), con tanta discreción y de una forma tan poco forzada como los dos fulanos entrando metralleta en mano.
En resumidas cuentas: he estado en conciertos de rock duro que suenan menos fuerte que el sonido de las arcadas de estas tres.


"¡Oh, my God, es Niño-guaperas! ¡Como su novia se distraiga lo pongo mirando a Alabama!"


Salimos del instituto, y nos metemos en casa del chaval que estaba dibujando en clase. Por algún motivo, ha vuelto a su casa sin que se la líen como se la liaron a Niño-fregona por algo menos grave, como es llegar tarde. Lo tenemos tocando el Para Elisa al piano, que se convierte en la única música que suena en toda la película. Aparece el otro muchacho (al que vimos vestido de militar con su pertinente metralleta), se sienta en una cama y se pone a jugar a un juego similar a un Counterstrike, pero con la originalidad de que los muñecos que aparecen no están ni armados. Lo que viene siendo un mata-mata, pero un mata-mata de verdad. Con esto imagino que se nos quiere decir "Hey, chavales, fijaos, este tío es realmente chungo. Un psicópata alentado por la ultraviolencia salvaje de los videojuegos de última generación, que no tiene el menor respeto por la vida. El Mal encarnado".


La puesta en escena del juego es impresionante, así como su variadísima selección de fondos.


Sigue sonando el Para Elisa.
Y sigue.
Y sigue.
Imagino que esta escena debería contarme algo, pero yo solo veo a un tío tocando el piano. Cuando crees que la cosa no podría ser peor y contarte menos, la escena cambia y ves un bonito plano de un cielo azul con sus nubecitas.
Un minuto.
Dos.
Para cuando quisimos llegar a esta parte de la película, mi pareja ya había pasado estas escenas, con la paciencia perdida por completo. Tengo que decir que además las pasó VARIAS veces. Así de largas eran.


Y otro cogote más. La novedad está en que este no se mueve por un pasillo.
La mala noticia es que se pega arreándole a la pianola más tiempo del que nadie con la justa paciencia podría aguantar. Especialmente tras una hora y algo en que no ha pasado nada de nada.


Nos vamos para el instituto, una vez más. A estas alturas de la peli, el edificio empieza a parecer el de la Bernarda, con gente entrando y saliendo de allí constantemente. La acción en este caso nos lleva a Niño-guaperas. Su novia, Niña-guaperas, se va para él y nos habla de no sé que historia romanticoide digna de Disney en una acampada, donde al parecer perdió la virginidad con él y ahora tiene un retraso en la regla de dos semanas. Todo como muy natural, sin parecer tópico ni forzado...


La Parejita Guaperas. Nótese la emotividad y la expresividad de ambos a lo largo de toda la película.
Menos mal que son adolescentes enamorados, de llegar a los cuarenta habría sido para verlos.


Niña-niño tiene trabajo en la biblioteca, colocando libros, lo que tampoco es tópico, qué va.

De vuelta a casa de los niños pistoleros. Todo sutil y sin forzar estereotipos de asesinos múltiples, están tan tranquilamente viendo un documental sobre Hitler (con la gran frase "¿Hitler quién es? ¿Ese de ahí?") cuando les llega un paquete. Al ver esto, yo bromeo diciendo que lo mismo es la metralleta que han comprado por E-Bay.
No sé si reírme o llorar cuando descubro que, efectivamente, es una metralleta que han comprado por E-Bay. En todo un despliegue de discreción e inteligencia, la prueban en el garaje de la casa con la puerta cerrada, abriendo fuego sobre unos leños.
Deben vivir en un barrio con vecinos más sordos que un servidor, porque si no, no me explico que no tengan a los maderos (los de la poli, no los que están acribillando) rodeando la casa.

En el instituto, vemos la escena de salida de Niño-fregona del centro (que, por cierto, acababa de entrar, ¿por qué coño salía?) desde al menos tres puntos de vista diferentes: el de Niño-fregona, el de Niño-cámara y el de Niña-niño, que echa a correr absurdamente por el pasillo en cuanto ve al segundo fotografiar el culo del primero.
Llevamos más de una hora de película y aquí nadie ha matado a nadie.


No es coña, le fotografía el culo.


Planificación de la masacre. Los dos asesinos tienen un mapa del instituto y visualizan cómo harán la masacre. Luego, a modo de preparación pre-belicista, uno se mete en la ducha y se pone a pensar en lo que va a hacer. Mi pareja bromea diciendo que fijo que el otro se le mete en la ducha con él.
Más risas al ver que el topicazo de asesino múltiple-marginado-psicópata-amante de los videojuegos-artista-neonazi que además tiene tendencias homosexuales se cumple a rajatabla.
Me permito sugerirle a Van Sant que, ya puestos, los podía haber puesto satanistas, fans del heavy metal, de religión islámica y de ideología comunista (que contradice la mitad de lo primero pero, qué mas da, joder. Así quedan retratados del todo)

Hora y pico de peli y empieza el rock'n'roll.
Si pensabais que ibais a ver una peli típica de matanzas en un instituto, con el caos sembrado, gente chillando y demás, ya os podéis ir olvidando: esta peli es transgresora hasta para eso. De hecho, no podréis ver un tiroteo más tranquilo y menos caótico que el que se muestra aquí. Los pavos, metralleta en mano, se meten en el pasillo principal y resulta que no se encuentran a nadie. Bueno, aparece un tío al fondo, pero imagino que no le disparan porque está lejillos y no es plan gastar balas en un fulano que tiene un pie en la puerta. Para pillar blancos en masa, tiran para la biblioteca. Una vez allí, se encuentran con Niña-niño y Niño-cámara... y unos tropecientos más, que ven a dos tíos entrar armados hasta los dientes y los miran sin decir absolutamente nada. Joder, más que eso, es que todo el mundo está de lo más tranquilo.
Si os alucina esto, más basto es la reacción de los dos personajes presentados previamente: Niño-cámara, en un alarde de coherencia, nada más verlos, les saca una bonita foto (supongo que por eso de que es fotógrafo y, como tal, pues tiene que hacer una foto de lo primero que se le ponga delante de los hocicos); Niña-niño se salta todas sus carencias en cuanto a habilidades sociales, se acerca a ellos y dice "Chicos". A juzgar por su expresión, casi dirías que no parece darse cuenta de que llevan más armas encima que el puto Rambo. Es más, podrías decir que está a punto de decirles "No habléis en voz alta, por favor, que esto es una biblioteca".
La respuesta es obvia: tiro que te crió para estos dos.


Durante el tiroteo tampoco faltarán imágenes de los pistoleros caminando seguidos por la cámara.


Aquí es donde lo más alucinante de la película tiene lugar: nadie, y cuando digo nadie, quiero decir ABSOLUTAMENTE NADIE, grita. Todos, en silencio, y menos rápido de lo que cabría pensar cuando se trata de salvar el pellejo, echan a correr. Ves mucho derrape y algún que otro empujón, pero la sensación general que se tiene al ver aquello es la de demasiado orden, demasiada tranquilidad. Parece que el tiroteo se ha producido en el instituto más huevón de toda América.
Si este hecho os parece absurdo, agarraos, que la cosa se desmadra. ¿Os acordáis del equipo de debate? Sí, el de los carneros sodomitas. Pues bien, resulta que, tras haber escuchado unos pocos de tiros, uno de los chavales que participaba en él se levanta muy tranquilo en plan "Joder, qué ruido hace la gente ahí fuera", pero sin echar muchas cuentas de que lo que está oyendo son disparos. Se asoma a la puerta y recibe un bonito disparo que... vaya, no deja NINGUNA herida en su serrana anatomía. Eso sí, el chaval se desploma y deja un charco de sangre debajo de su cuerpo (supuestamente, recibe el tiro a bocajarro en el torso, cae de espaldas y la hemorragia parece salirle del culo). El profesor, otro sangre de horchata, se va para él y le dice una frase tan brutal como "Levántate", como si el chaval simplemente hubiese resbalado o, qué leches, como si se hubiese tumbado a dormir la siesta.
Claro que si no ves la herida igual piensas que no le han disparado y se ha muerto del susto.
Igual la sangre no es sangre y es que se ha caído sobre una bolsa de ketchup.

Llevamos más de hora y pico de peli y AHORA nos presentan un nuevo personaje. Un chaval afroamericano, con su pelo trenzado y sus andares made in the barrio. El tío oye tiros, ve gente corriendo a punta pala. Incluso ve a Niña-pasada-de-rosca saltar por una ventana del primer piso. ¿Su reacción ante todo esto? Coger y seguir paseando por los pasillos, como si un tiroteo fuera lo más normal del mundo. No contento con esto, llega hasta el sitio donde uno de los asesinos tiene a sus pies al director del centro, al que recrimina "haberlos puteado".


¡También tiene su plano independiente caminando de espaldas al espectador!

Ante esto, Niño-de-barrio tiene dos opciones: una, intentar hacerse el héroe y aunque sea hablar con el pistolero para salvar la vida del director del colegio y, de paso, la de sus compañeros, o dos, darse media vuelta y correr en busca de ayuda.
Elige una tercera: acercarse al pistolero sin más razón aparente que ver el asunto más de cerca y llevarse una ráfaga de disparos en el pecho por idiota.
Personajes que destacan por no tener una historia de fondo, ni siquiera una línea de diálogo, para encima morir absurdamente en menos de dos minutos. Chúpate esa, George R. Martin.
Luego la culpa es del espectador, que no ha logrado empatizar con según qué personajes.


"Ves a un tío con una metralleta a diez metros de ti, ¿qué haces?"
"Me acerco hasta tenerlo a tres."
"¿Y luego?"
"Espero a que me dispare".


Avanza el tiroteo. A estas alturas de la peli, ha palmado ya medio reparto, incluyendo a las tres Barbies o Niñas-cotillas que babeaban por Niño-guaperas. Se podrían haber salvado, si una chica que estaba huyendo y se escondió en uno de los aseos del baño en que estaban éstas, hubiera dicho algo. En lugar de eso, esta secundaria aparece, las mira raro, se esconde en un reservado y deja que estas tres petardas mueran acribilladas.
Fuera, Niño-fregona ha ido avisando a todo el que ha pillado por los alrededores del centro de que no entren, que "algo gordo está pasando". Pero no os creáis que se da mucha prisa o que se altera al hacerlo. Él, tranquilito y a su ritmo: si se encuentra con alguno, pues se lo dice, pero tampoco es que se le vea más nervioso de la cuenta al hacerlo; de hecho, un profesor ignora su aviso y, en el momento en que se aleja un par de metros, él sigue a lo suyo tras haberse encogido de hombros.

En el interior, los asesinos llegan a la cafetería, donde se supone que han caído ya unos cuantos estudiantes. Digo "se supone", porque te encuentras toda la puta cafetería vacía y en perfecto orden. Para haber estado llena y haberse evacuado en apenas unos minutos a causa de una emergencia de vida o muerte, las sillas están tan bien colocadas que uno de los asesinos tiene que sacarla de su sitio al lado de una mesa para sentarse un rato. Solo sabes que ha habido un tiroteo ahí porque ves un cocinero muerto por alguna parte. Todo lo demás, impecable: la comida perfectamente colocada en cada bandeja, nada por el suelo o fuera de lugar.


Comprobadlo: sabemos que ha habido un tiroteo porque a la izquierda hay un señor muerto. Si no, cualquiera lo diría.


Volvemos fuera. Niño-fregona, al ritmo trepidante que lleva, habrá podido avisar a la friolera de seis o siete personajes que se encuentre por los alrededores. Justo en ese momento, aparece su padre; tenemos suerte de que no lo atropelle con el Mercedes, viendo cómo conducía al principio de la película. Es precisamente gracias a esta aparición cuando descubrimos que la sangre de cemento del chaval es algo hereditario: su padre ve una columna de fuego salir del edificio (durante el tiroteo los asesinos han quemado una taquilla) y dice, con toda la parsimonia del mundo: "Algo se está quemando en el instituto". El chaval, que sigue sin alterarse en lo más mínimo, le cuenta que ha visto a dos compañeros armados entrar en el centro y, de nuevo, "algo gordo está pasando".

Que sepamos, parece que solo Niño-guaperas y su novia quedan en el centro. Uno de los asesinos, los dioses saben por qué, ha matado a su amigo y se dispone a darse una vueltecilla. Su instinto asesino de monstruo despiadado (o igual ha sido la potra) le lleva hacia la cámara frigorífica de la cocina (por toda la cara, sí), donde se encuentra a la Parejita Feliz. Ellos suplican por su vida, y aquí el chaval cierra la película con la gran frase "Pito, pito, gorgorito, dónde vas tú tan bonito..."


Plano en el que en realidad no ves nada.
Tampoco se sugiere.
Sencillamente, la peli termina antes de que pase.
De hecho, termina incluso antes de que termine la frase que está diciendo.


Y aquí es donde termina semejante majadería.
Majadería, no por la temática, que podría ser una interesante denuncia hacia el uso de las armas de fuego en Estados Unidos, o contra la alienante sociedad que envuelve al mundo adolescente. Una crítica sobre lo que es la violencia en las aulas, el preocupante tema del bullying académico o sobre una sociedad que parece más preocupada en ensalzar valores como "Conviértete en una estrella del rock, ten éxito o sé un fracasado que no merece vivir". En lugar de eso, tenemos una película lenta, aburrida y pretenciosa en cuanto a forma, más interesada (o más bien obsesionada) en bombardearnos con interminables planos secuencia que carecen de contenido alguno. Imágenes supuestamente simbólicas, pero que se quedan en la postal. Diálogos que parecen pretender impresionarnos, pero que se quedan en diálogos inflados, banales y superficiales, cargados de pretenciosidad pero que en el fondo dicen tanto como el resto del apartado formal.
Los personajes, que podrían estar caracterizados como víctimas o verdugos (o incluso ambas cosas a la vez, viendo un tema tan complejo como este), se quedan en meros arquetipos, planos y tópicos a más no poder. Por carecer no solo carecen de un mínimo de carisma con el que se nos permita empatizar; también carecen de historia, trasfondo y (lo más grave) motivación alguna que nos permita medio entenderlos. A menudo actúan de forma incoherente, por no decir absurda. En algunos casos, se pasa del arquetipo al estereotipo y elementos que podrían ser serios o dramáticos se quedan en el cliché más previsible y forzado, casi rozando la caricatura. Y lo más grave es que esto último no parece hecho adrede, sino conseguido de forma accidental.


El cartel de la peli en España. Se ve que tuvieron claro lo que querían mostrar.


En resumidas cuentas, si se supone que teníamos que sentirnos conmocionados o impactados por una película que se supone refleja los asesinatos producidos en Columbine (o, al menos, se inspira en ellos), Elephant es un ejercicio de mucho ruido y pocas nueces, donde el director parece más centrado en impresionarnos con su dominio de la cámara (o eso se supone, ya que la dirección de escena tampoco resulta ser nada memorable) a base de mostrarnos una escena irrelevante desde al menos seis puntos de vista diferentes, en lugar en transmitir algo con ella.
Un tema muy serio, tratado de la forma más superficial posible y dirigido con ese tufillo de "Hey, chavales, esto es una peli independiente" destinado al público gafapastas que es capaz de sacar una interpretación metafísica y sesuda de una sucesión de líneas argumentales vacías, donde no solo apenas sucede nada; lo poco que sucede es un cliché predecible y ridículo, que ni siquiera viene respaldado con un trasfondo sólido del que se pueda echar mano.

jueves, 9 de enero de 2014

Mondo Chorra- El Año en que perdimos contacto, o Gilipolleces las justas



Ya he hablado algunas veces de un viejo amigo de mi familia, cuya personalidad en cierto modo me ha servido de inspiración. No porque sea más sabio o más inteligente que nadie, o porque tenga la respuesta a la pregunta del Sentido de la Vida guardada en un bote de mayonesa debajo de la cama. Más bien es un poco su actitud hacia lo que viene siendo el mundo que nos rodea; si echáis mano de algún post previo que haya mencionado, es aquel que me dijo una vez que la dignidad es una de las pocas cosas que tenemos que conservar en esta vida y me dio a entender que, si NINGUNO de nosotros permitiera que nos la arrebataran, quizás hoy en día no estaríamos como estamos.
Un buen punto de vista el suyo, en mi opinión.

Con respecto a cosas más generales, su filosofía básica era la de "Gilipolleces, las justas". Esto se puede resumir en que a él le gustaba echarse unas risas como a todo el mundo y que, si había que estar de buen rollito, pues se estaba. Pero con las informalidades, los desplantes y las idioteces del prójimo, tolerancia cero. No en vano sabemos que le ha dicho a más de uno "Vale, me lo he pasado muy bien, pero yo me voy a mi casa (para no volver)" o de mandar a tomar por culo a más de dos. Y no por cualquier cosa: una de las veces que lo hizo, estando yo presente, se lo dijo a uno que le volvió la cara de forma bastante grosera cuando él, educadamente (porque la educación es algo, decía, con lo que hay que ir por delante. Hasta que el otro se comporta como un tonto del culo, donde ya no había necesidad de mantener las formas), le preguntó por una tercera persona.

— Vamos, hombre— me dijo, tras aquello y, aunque no lo creáis, muy, pero que muy tranquilo—, le pregunto yo con toda mi educación si había visto a esa persona, y va el tío, me tuerce el morro y me mira como perdonándome la vida. ¡Pues que se vaya a tomar por culo, hombre!

Si hablamos de su actitud hacia su propia vida personal, pues era del estilo. Este amigo es la clase de personas que, si encarta de compartir cualquier cosa personal suya, pues la comparte porque hay confianza... Pero tiene que salir de él; partiendo del hecho de que él JAMÁS te va a preguntar cosas o inmiscuirse, considera una total indiscreción que otros lo hagan con él. Por lo que respecta a mi persona, tengo que decir que yo siempre he sido un poco así en este punto, pero digamos que esa inspiración de este amigo de la familia me ha hecho reafirmarme en mi postura.


Hablando de esto me voy a poner un poco Juez Dredd, pero yo suelo pensar que no todo el mundo es igual: no es igual la persona que te ha tratado bien que la que no. No lo mismo una persona con la que has tenido una relación cordial que alguien que se ha dedicado a putearte cada dos por tres.
Por tanto, voy a quedar como antidemocrático o como mala persona al decirlo, pero me da igual: hay personas que, cuando tienes un problema con ellas, se merecen una explicación o una charla, y otras que no.
Hay personas que no merecen ni una puta palabra, ni el mínimo gasto de energías.
Hay personas que lo más bonito que se merecen en esta vida es que pases de su santo culo, las tengas lo más lejos posible y te dediques a vivir tu vida con ellas a no menos de ocho kilómetros a la redonda de uno. 


Y de aquí es un poco a donde llegamos al apartado al que hace referencia el título de este artículo. Este año parece haber sido un poco el año en que hemos llegado al punto de inflexión. A ese momento en que miras a tu alrededor y, no es que te sientas superior ni mucho menos... pero te das cuenta de que el mundo que te rodeas es un sitio que:

a) No te sientes identificado con él
b) Ensalza actitudes (o al menos estas proliferan como putos champiñones) con las que no comulgas
c) Directamente no entiendes
d) En el caso de entenderlas, tomas a) y b) y acaban por importarte un huevo
e) En resumen, sientes que no perteneces a él.

Habidos estos cinco puntos es cuando dices "basta". Te cansas de tener que soportar chorradas de nadie, de tener que poner buena cara ante cosas que en el mejor de los casos hacen que se te revuelvan las tripas de puto asco y, en el peor, te dan ganas de acribillar a todo bicho hijoputa a menos de treinta kilómetros a la redonda con un lanzapatatas cargado de bosta de vaca.
Pero claro, uno puede rozar la sociopatía, pero no tanto como para convertirse en un salvaje que zurra en mierda al prójimo y llevarse una bonita denuncia. Tal y como está la cosa, puede acabar cumpliendo más condena que la que se merece alguien más hijoputa que uno (pongamos, un banquero, por decir algo) y se convierta en el pastelito de manzana de los alegres muchachos del pabellón B de la cárcel de Alhaurín.

Pues va a ser que no. Entonces, ¿qué opción le queda al pobre bichejo que ve que al puto universo alrededor se le ha terminado de ir la olla más que a él mismo, que ya es decir?
Sí, amigos Distópicos: la opción de la tierra quemada. La de coger a todos aquellos elementos de tu vida que lo único que te aportan son disgustos y sinsabores y mandarlos a hacer gárgaras, bien por la vía activa (o sea, coger al susodicho y decirle "Pues mire usted, yo le mando a hacer gárgaras aquí y ahora") o coger y despacharlo de tu vida sin más explicaciones de las que se merece. Total, el desgraciado que se dedica a joder la vida del prójimo porque sí (creedme, existen y están ahí, dispuestos a daros por culo día sí y día también solo para dar sentido a su patética y miserable existencia) no va a entender las explicaciones que les déis, o bien las usará en vuestra contra. Puede que ni siquiera le importen; al fin y al cabo, os tienen cerca para joderos, no para escuchar lo que les tengáis que decir. Por tanto, que queráis explicaros ya es una cuestión más personal vuestra y de las ganas que tengáis de malgastar saliva y energías.



Total, por muchas vueltas que le des, por muchas explicaciones que sueltes, por mucho que quieras llegar a buen puerto, si a la otra persona le sale de los cojones, te va a ver como un soberano gilipollas hagas lo que hagas.


Conforme van pasando los años, a mí eso de dar explicaciones a gente que lo único que me ha demostrado es ser un pedazo de carne con ojos, como concepto, me ha resultado algo inútil. O cansino. O lo que queráis. Hablamos de gente que a mí no me ha dado una puta explicación en su vida y con la que, debido a ello, no me siento en deuda para tener que ser yo quien las dé. Con gente así, ni siquiera me planteo actuar de esa manera porque sea "El modo correcto de hacer las cosas". Con la gentuza ni corrección ni putas hostias. Y supongo que por eso me la suda totalmente si quedo como un borde o un maleducado. Más subnormalidades tiene que aguantar uno de los demás y oiga, no pasa nada.

Pues no, aquí o follamos todos o tiramos la jurli al río, como dice la expresión popular. Es por eso por lo que a lo largo de este último año, como ya habéis ido leyendo los (pobrecitos míos) que seguís este blog con regularidad, he ido cortando lazos con un número bastante elevado de seres humanoides. No con todos he tenido discusiones o diferencias graves, la verdad... pero sencillamente no veía ningún sentido a tener contacto o relación con gente con la que ni tengo nada en común y, para qué engañarnos, no me interesa. No porque me crea mejor que nadie, ojo. Sencillamente porque no conecto con esa gente y punto. Porque muchas de esas personas comulgan con círculos en los que no encajo, con políticas que personalmente me causan más aversión que ver al Doctor Lecter en la cocina de mi casa. Gente que puede ser buena buenísima (no lo voy a poner en duda), pero con la que no tengo ningún tipo de afinidad.


Hace relativamente poco me enteré que un pedazo de imbécil fue diciendo por ahí (a mis espaldas, como tiene que ser) de mí que soy un inadaptado social, así un poco como insulto, en plan "No seáis como este tío, que míralo, es un desgraciado que no se habla con nadie".
Lo más gracioso es que el payaso este tenía su parte de razón: hay mucha gente con la que no me hablo, pero por decisión propia. Porque no creo demasiado en la raza humana como conjunto y pienso que somos con toda seguridad la especie más gilipollas que se ha arrastrado en la puta vida por este planeta. Creo en las excepciones, por supuesto... pero para mí, la nota dominante es la imbecilidad galopante que sujetos como el fulano este que se creía que me había hecho un puto psiconalálisis por haber soltado la obviedad del año destilan cada día de su miserable vida.
Pero oiga, no me da absolutamente ninguna pena ni me siento triste por no sentir que formo parte del rebaño humano. Ellos a un lado, yo en mi sitio y, si el homo sapiens de turno no se dedica a tocar mis cojones, cuenta con mis bendiciones para hacer el gilipollas hasta el puto día de su muerte, si le da la gana. Cada uno es feliz como quiere y yo ahí no entro.


Hablo de caballeros y señoritas que he venido conociendo, no sé... a lo largo de los últimos, cinco, puede que seis años. Gente de diversos ámbitos y que, en mayor o menor medida, pues me han demostrado que tienen unos valores muy diferentes a los míos. No voy a entrar en si son mejores o no, simplemente son cosas con las que no congenio ni comulgo... y que es algo que en el pasado me ha acarreado problemas en mi relación con la gente que me rodea. Hablo de eso de romper contacto con gente que considero que me decepciona de un modo u otro por tomar decisiones que me resultan bastante "discutibles", por usar un término suave. De gente que me habla de una cosa y hace justo la contraria; de gente que me da lecciones de moral y me dice lo que tengo que hacer con mi vida y luego me salen por los cerros de Úbeda haciendo cosas que hacen que se me queden los ojos como dos huevos duros; de gente que me dice que no confía en terceras personas porque las ven "de poco fiar" y al cabo del tiempo, mostrarse como buenísimos amigos suyos y dejándote totalmente en la estacada para chuparles el culo. Usando argumentos tan bonitos y tan sólidos como "Tú es que eres un rencoroso", cuando tú dices "Pues yo con esa persona no quiero cuentas porque, como tú decías, no me parece de fiar".
Lo siento, amigo. A mí, si se me putea, se empieza a espurrear mierda a mis espaldas o se me echa de un círculo concreto y no se me da una puta explicación acerca de a qué coño ha venido eso no soy un rencoroso; para mí esa persona tiene un billete a tomar por culo con todos los gastos pagados. Lo que no hago, desde luego, es irme para quien me la ha hecho y hacer como que lo he olvidado todo para aprovecharme. Algunos lo llaman "orgullo", pero para mí es más bien una cuestión de dignidad.
Y no, ambas cosas no son lo mismo.

Más descacharrante es que haya gente que se dedique a intentar machacar y pisotear a aquellos que no encajan con la tónica dominante o simplemente a aquellos que han cometido el imperdonable pecado de ir un poco a su aire, sin bailarle el agua a nadie. Lo he visto unas pocas de veces y es una de tantas políticas que dan asco.
Y una de tantas razones por las que haya decidido buscar yo solito la salida y esperar a que todos estos se saquen los ojos unos a otros de una puta vez, porque parece que están deseando hacerlo de un momento a otro.


Es por eso (y aquí concreto un poco más) también por lo que habéis visto que, si en algún momento albergué alguna ambición de formar parte de algún mundillo (como es el caso del literario), ésta se ha ido por el retrete con el resto de la mierda a la que he ido echando a patadas de mi vida. De ahí que, si me llega alguien del entorno escritoril y me pide una solicitud de amistad... y no tengo constancia de quién es ese alguien o no se presenta, no sé de dónde ha salido o si no he hablado con él en la vida, pues lo siento mucho, pero no la aceptaré. No por otra cosa, sino precisamente por lo arriba expuesto: estoy rompiendo lazos con un mundo (con uno de varios, para ser honesto) que siento que no me representa. Con el que no me siento identificado. La gente del mundillo con la que estoy conservando el contacto es aquella con la que tengo un contacto algo más personal, con la que hablo de cualquier cosa salvo de libros (joder, que hay muchas cosas interesantes de las que hablar en esta vida para limitarse a una sola, por cultureta que suene eso de la literatura) y con la que sé que no hay un trato "comercial" por medio, entendiéndose esto último por:

a) Que le compres su libro recién sacado al mercado
b) Que no se lo compres, pero que sí te lo leas y, a ser posible, que caiga una reseñita. A ser más posible aún, favorable.
c) Participar en cualquier política de intercambio de favores literarios del tipo que sea.

Y oiga, yo que me estoy quitando ya de todo esto. Participo en las reuniones de mi grupo literario, pero pasándome por el ojo del cerete que somos un grupo literario. En estos dos años que llevamos ya de vida como grupo, yo los veo como mis amigos. Y oye, escriben y eso, sí... pero como podrían tener cualquier hobby con el que me sintiera identificado. Si fuesen coleccionistas de cómics, dibujasen o escuchasen rock duro no los vería de un modo diferente.
Tampoco estoy especialmente interesado ya en eso de publicar; es cierto que hay un manuscrito mío por ahí pendiente de valoración por parte de una editorial (no les queda nada por soportar, a los pobres). Que al final les da por dar vía libre, pues bien; que no, pues oye, no me quedo peor de lo que ya estoy. Total, de un tiempo a esta parte descubrí que escribir no me estaba haciendo feliz en esta etapa de mi vida y no soy tan imbécil como para sacrificar mis buenos momentos por mantener la pose de "Eh, que soy escritor". Por los cojones, vaya.


Así de gordos, por lo menos.


Quizás es que al final uno no resulta ser a lo que se dedica, sino que es algo más que la simple suma de sus partes. Para muchos soy "escritor" porque escribo (por ejemplo en este blog, pero ya puestos lo soy porque suelo escribir la lista de la compra); si dejo de escribir lo mismo soy "nada"... pero el caso es que tampoco es algo que me quite el sueño; si no escribo, dibujo. Si no, pues toco música. Si no, leo o me voy a dar un puto paseo.
No creo que debamos definirnos por lo que hacemos, sino por lo que disfrutamos haciendo. Y tenemos que ser conscientes de que no siempre disfrutamos haciendo lo mismo. No en mi caso, al menos. Supongo que por eso este pasado año es el año en que perdí contacto con la mayor parte de lo que me rodeaba: no era feliz haciendo lo que hacía y no era feliz rodeándome de cierta gente. Corría el peligro de convertirme en otra de esas criaturas que conocemos todos en algún momento de nuestras vidas, que viven todo el puto día viviendo una existencia de cara a la galería, aparentando ser lo que no son. Fingiendo una felicidad inexistente, pero muertas y vacías por dentro. Gente que al final acaba viéndose atrapada en la espiral descendente de la escuela de la murmuración del mundillo. Una vorágine de odio, mala saña y crueldad que, si no te andas con ojo, se te contagia.
Yo no era feliz formando parte de eso y es por eso por lo que cada vez estoy más distanciado de todo.
Porque cuanto más pasa la vida, menos idioteces me apetece presenciar. Más ganas tengo de aprovechar los buenos ratos y menos de encabronarme, aunque a veces no me quede más remedio.
No, amigos Distópicos. Uno está cansado de esta mierda ya.
Gilipolleces las justas.