sábado, 6 de octubre de 2018

Mondo Chorra- (IV) Secretos



A veces me pongo a pensar en cómo salen las cosas y me pregunto cuál es la mayor causa de que se desomoronen. Por supuesto, no hay una única causa, claro... pero, en muchos casos y, basándome en lo que ha sido mi vida a lo largo de los últimos años, empiezo a tener cada vez más clara la idea de que son los secretos los que nos acaban desangrando.
Puede resultar contradictorio, puesto que los secretos suelen ser una prueba de confianza: alguien te guarda un secreto y te traiciona cuando deja de guardarlo. Todo parece sencillo desde ese punto de vista... pero es un arma de doble filo. Y, como tal, puede ser dañina. Incluso destructiva.

Cuando empiezas a darte cuenta de que tu entorno se relaciona en base a los secretos que comparte, es cuando ves que algo no va del todo bien. Hay una clara diferencia entre las intimidades, que solo compartes con aquellos en los que más confías, y el secretismo, que realmente crea castas de relaciones. En un mismo entorno de confianza, donde se supone que todos los que te rodean están al mismo nivel, no debería haber secretos entre unos y otros; sin embargo, en el momento en que descubres que no todo el mundo sabe lo mismo, es cuando ves que algo no encaja. Cuando ves que todos son iguales... pero unos parecen ser más iguales que otros. Todo eso sin contar esas situaciones en las que te ves metido, en las que pasas de hablar de cualquier cosa con los que te rodean a acabar teniendo que medir tus palabras ante aquellos que se supone que son de fiar, no sea que no sé quién se entere de algo que no debía saber... o a dejar claro que tú sabes algo que se supone que no sabías. El secretismo te obliga a censurarte, crea conversaciones paralelas, obliga a guardar silencios incómodos. A veces, hasta obliga a mentir para proteger a otros.
Y eso no es más que el inicio de una espiral enferma.



Oh, yeah.


En ciertos entornos de confianza, resulta que todo se acaba sabiendo. El secreto que unos evitan que descubras es la confidencia que te cuentan otros, también de forma secreta, por supuesto. También sucede que dichos secretos ni siquiera sepan ocultarse bien y sean lo que llamamos "secretos a voces". Sea como sea, cuando descubres algo que te ha estado ocultando todo el mundo, es cuando te sientes traicionado. Excluido. En el mejor de los casos, te das cuenta de que aquellos en quienes tú has estado confiando resultan no contar contigo... pero sí cuentan con otros que hasta la fecha habían resultado más ajenos. Y es en ese momento cuando ya terminas de darte cuenta de que eso de los secretos no siempre es tan buena señal de confianza.

El secretismo (que no la confidencia) puede convertirse en hermetismo cuando incluso preguntas a qué viene lo que está pasando a tus espaldas y nadie es capaz de darte una respuesta clara, aunque realmente la conozcan. Se vuelve incluso algo hiriente cuando tú sabes perfectamente lo que te están ocultando y, en lugar de admitirlo, te encuentras con verdades veladas o incluso mentiras. Excusas cualesquiera para no decirte las cosas a la cara, por el motivo que sea.
"Porque es mejor que no te enteres".
"Porque si no sabes nada, para ti no ha sucedido y salimos todos ganando".
"Porque es de mal gusto que sepas tal o cual verdad".
Excusas, insisto. Excusas para no decirte de primera mano aquello que, tarde o temprano, acabarás descubriendo por ti mismo.
Nuevamente, vemos cómo descendemos en esa espiral, convirtiéndose en una bola de nieve que va aumentando día tras día, mes tras mes.
Año tras año.


Oh, mierda.


Excusas... y razones. Este cúmulo de secretos y misterios acaba resultando ser una patata caliente que se pasan unos a otros para no ser claros, o para no afrontar la responsabilidad de tener que decir la verdad. Tal vez, incluso porque piensan que te olvidarás de todo esto. Que no afrontar el asunto de forma directa hará que las cosas se enfríen.
"Haz como si no pasara nada y será como si realmente no hubiera pasado nada".
Pero no. No funcionan así las cosas, me temo. Unas mentiras ocultan verdades, pero revelan otras: en el momento en que descubres a la persona que te ha estado mintiendo, se cae un velo y te das cuenta de que ya no te puedes fiar de ella. Aquellos que te han estado ocultando cosas que, igual no era imperativo que supieras, pero que tampoco es de recibo ocultarlas como si se tratasen de tabúes, se retratan a sí mismos con su falta de confianza en ti. Y te dejan más que claro que ya no puedes fiarte de ellos. No como lo hacías antes.
Vamos a ser honestos, ¿cómo vas a hacerlo?

Aquellos que antaño eran gente a la que veías y sentías como cercana empiezan a difuminarse en un halo de desconfianza e incertidumbre. Sabes que te han estado ocultando cosas. Que todos y cada uno de ellos te han estado mintiendo en un momento dado. Que te han contado las cosas a medias, solo limitándose a las partes que convienen que tú sepas y decidiendo por ti.
"No va a entenderlo si se lo digo".
"No le va a parecer bien".
"Mejor le cuento solo lo justo".
"Mejor no le digas nada de esto".
"No le hables de tal, o de cual".
Mantras para justificarse en algo que es dañino y que te lleva a preguntarte: "He descubierto que me han ocultado esto, pero... ¿qué más se me ha podido estar ocultando?".
Cuando llegas a ese pensamiento, sabes que lo mejor es no seguir en según qué direcciones.


Ya conoces la salida.


Hay quien piensa que la verdad siempre acaba saliendo, y que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Yo no estoy seguro de creerlo del todo... pero sí suelo pensar que es muy complicado estar ocultando algo todo el tiempo sin que nadie se dé cuenta. Sin que nadie cometa errores. Es muy difícil mantener una mentira sin que, tarde o temprano, las cosas dejen de cuadrar. Sin que suceda algún hecho imprevisto que la desmonte.
Y entonces, ¿qué?
¿Qué sucede cuando descubres que alguien se ha portado así? ¿Qué clase de excusas puede dar para justificarse y que te las creas, cuando ya estás viendo que ni siquiera puedes creerte lo que te han venido diciendo a lo largo de vete a saber cuánto tiempo?

Sé que la mayoría de gente a mi alrededor piensa que soy extremadamente radical con eso de la lealtad, pero... yo parto de un hecho fundamental y es que, si no puedo fiarme al 100% de la gente con la que trato, esa gente automáticamente deja de ser gente cercana para mí. Es ahí cuando enfrío mi actitud y cuando, oh, sorpresa, el resto de humanos dice sentirse decepcionado hacia mi actitud.
Irónico, cuanto menos.
No sé si es ver la paja en el ojo ajeno, o sencillamente no darse cuenta (o no querer darse cuenta) de que el secretismo, el hermetismo, las mentiras "por protección" (o, por el motivo que sean) vienen a ser como un cáncer que devora relaciones y las corrompe hasta degradarlas en algo irreconocible. Supongo que es más fácil hacer lo de siempre, que es hacerme pagar los platos rotos de todo en lugar de admitir todo el secretismo a mis espaldas.


También está la otra opción, que es decir que todo es neura mía, o parte de mi imaginación... y optar por no hacer absolutamente nada al respecto, diciendo que "Ya se me pasará".
Porque aquí el único que la caga soy yo.


Con el tiempo, alguien te acaba contando cómo han sido las conversaciones acerca de ti cuando tú no estabas, y te quedas, como poco, de piedra. Resulta que todo, absolutamente todo lo que hacías, era cuestionable (y cuestionado). Nadie entendía por qué hacías las cosas, pero a nadie le daba por preguntar. No sin antes haber emitido un juicio de valor, por supuesto. Luego sí, llegaban las preguntas, pero con el veredicto ya dictado, de manera que no tenía ningún sentido que te explicaras. Porque nadie parecía entender, ni querer entender, nada de nada.
O bien resulta que te enteras de cosas de alguien por terceras personas que habría sido mucho más honrado si te las hubieran dicho de primera mano y se dejaran de tonterías que lo único que demuestran es que no se fían de ti. Que, al parecer, parece que nunca se fiaron demasiado. Claro, uno da motivos a diario como para eso. Lo acostumbrados que estarán a que yo traicione a la gente que me rodea.

Hasta que todo eso acabó muriendo. Esa voluntad por querer explicar por qué habías hecho tal o cual, desapareció. Las ganas de escuchar mentiras, desaparecieron también. Con el tiempo, dejas de preguntarte acerca de todas esas conversaciones a tus espaldas, de todos esos momentos en que, de forma velada o incluso de forma totalmente abierta, se ha prescindido de tu presencia. Incluso se ha llegado a vetar. A decirte (de antemano y dándolo por sentado previamente) que tú no quieres estar ahí, por eso no se cuenta contigo. A no confiarte según qué cosas porque oye, de buenas a primeras, ya no eres tan de fiar como solías ser. Porque resulta que esa misma gente que decía confiar en ti, tiene las santísimas agallas de decir que no se siente cómoda contigo hablando de según qué temas y prefiere excluirte de según qué conversaciones. Cuando, no mucho tiempo atrás, te alababan diciéndote que contigo se podía hablar de todo.


"Pues ya no. A la calle".


Y es respetable. No está bien obligar a los demás que cuenten con uno. No es mi intención y, francamente, ni siquiera llega a enfadarme; pero, por otra parte, tampoco está bien que te digan que les importas muchísimo cuando ves que las palabras se las lleva el viento. Cuando ves que no es verdad, porque los actos (sobre todo los actos a tus espaldas) no se corresponden con las palabras. Cuando, poco a poco, descubres todas las cosas que, si bien no son mentiras flagrantes, desde luego faltan a la verdad completa. Eso tampoco me enfada, pero sí me hace replantearme según qué cosas. Sentirme como la última mierdecita en la vida de gente que me importa.
Igual no eres tan amigo, ni tan importante en la vida de alguien, cuando te vas enterando de todo lo que te están ocultando. De todo cuanto está sucediendo a tus espaldas. Cuando descubres que, de forma totalmente voluntaria, evitan cualquier mención a según que asuntos, o a según qué personas en tu presencia (como si dieran por sentado que te vas a cabrear o vas a decir vete tú a saber qué), pero es darte la vuelta y volver a ello. Como si la exclusión y el ostracismo no dolieran más, ni fueran más insultantes. Porque uno no pide que le cuenten pelos y señales de todo cuanto hacen... pero tampoco pide que se las vayan ocultando adrede, como si tuviéramos ahora catorce años, o como si se diera por sentado que solo los tengo yo, que también me he llegado a comer ese reproche en unas cuantas ocasiones.


"Is qui pirici qui tinis quitirci iñis".


No, no sienta bien darte cuenta de (o al menos sentir) que no eres bienvenido en según qué contextos. Que haya dos personas hablando de según qué temas a tu lado y, en el momento en que te acerques, cambien de tema, excluyéndote por completo, sin pudor alguno y en tu cara. O que esperen a que estés a tan solo unos metros para hablar de algo que jamás hablarían contigo porque, de pronto, no pareces la persona indicada para ello... pero oye, sí, sigues siendo un buen amigo al que le contarían absolutamente cualquier cosa. Y te lo tienes que creer.
¿Qué confianza te queda en esos círculos cuando estás viendo eso durante tanto tiempo? ¿Qué lugar crees que tienes ahí, cuando estás sintiéndote empujado, una y otra vez, al exterior? ¿Cómo de cómod ote puedes sentir si estás viendo que se te dice una cosa, pero se te demuestra la contraria? ¿Cuando cada vez menos cosas parecen unirte a otras personas?


—Bla, bla, bla, bla, bla, bla...
—Hola, ¿de qué habláis?
—No, no, de nada, de nada...


Es entonces cuando tu locuacidad desaparece y lo único que te apetece es quedarte callado. Ni comentarios ingeniosos, ni chistes, ni nada por el estilo. Te vuelves hermético... no ya por secretismo, sino porque no consideras de recibo contar nada nuevo de lo que pase en tu vida. Porque estás viendo que los que te rodean te cuentan única y exclusivamente lo que les parece, y tú ya no ves sentido a actuar de un modo diferente a ese. Porque, habida cuenta de estas cosas, no sabes si lo que cuentes va a ser motivo para más conversaciones a tus espaldas o ser usado en tu contra en un futuro. No lo sabes y, como no lo sabes, prefieres callarte. Contestar solo cuando te pregunten... y, si no te preguntan, no dar norte alguno. Porque según qué cosas parecen haber muerto y yacer no sé cuántos metros bajo el suelo. Enterradas con los secretos y las promesas que se hicieron y que parecen haberse olvidado.
Que sí, que podría hablar las cosas. Pues claro que podría, no te fastidia... pero es que cada vez que me ha dolido algo lo he dicho y al final, he acabado siendo yo el que tenía que disculparse. He sido yo al que no han dado importancia alguna y el que se ha comido el trato condescendiente, con argumentos tan sólidos como "que he tenido una rabieta" solo por decir que algo no me parece bien. Por hacer lo que se supone que tenía que hacer, que era hablar las cosas.


Al final, ¿sabes lo que pasa? Que te quedas con la sensación de que no puedes ganar nunca, tomes la decisión que tomes: si hablas, malo porque oye, eres tal o cual por decir lo que sea. Te comes juicios de valor de todo tipo de gente que no ha entendido absolutamente nada de lo que querías decir.
Pero es que si te callas te dicen que oye, que hables las cosas.
Lo guapo es cuando yo pregunto "¿En qué quedamos, entonces?" y NADIE me da una respuesta. Todo el mundo se encoge de hombros y encima parece que tengo que ser yo el que se busque la vida para que haga lo que haga, no se vea como una cagada monumental.


Podría seguir hablándolas, pero es que ya no me da la gana. Me resulta un esfuerzo absurdo con un resultado aún más absurdo. Más cuando aquí cualquiera puede callarse y no pasa nada, se respeta... pero cuando lo hago yo, se me echa la bronca y se me presiona para que lo hable... y luego me encuentre comprensión CERO. He sido yo el que, por decir las cosas cuando la situación se ha puesto fea, se ha comido toda la mierda, mientras que otros, tras portarse como gente que no se merece llamarse amigos míos y que ha hecho lo que le ha dado la real gana sin consecuencia alguna (como por ejemplo, quedarse callados de la forma más ruín cuando les estaban hablando directamente para que se hablara un problema serio), sí parecen ser dignos de un trato de respeto, confianza y comprensión. Yo he sido el que, en situaciones así, raramente ha recibido un "¿Cómo estás?", aun a sabiendas que estas cosas me pasan factura. No. Lo que he recibido han sido reprimendas, a veces dadas meses después (a toro más que pasado ya), cuando ya empezaba a recuperarme, y tras vete tú a saber cuántas conversaciones acerca de esto a mis espaldas, cuando es conmigo el primero con el que se tenía que habar hablado y no el último. Con gente que provoca el caos, que es incapaz de morderse la lengua a la hora de soltar cosas realmente dañinas y que luego se calla de la forma más cobarde cuando se le rinden cuentas, se habla las veces que sea, y probablemente en tono conciliador y comprensivo, porque a según qué gente no se le tose y su Santo Criterio va a misa. A mí, que me den: primero se me cuestiona; luego, sermón, broncazo y, de postre, hacerme sentir culpable.
Mira, NO. Yo por ahí no paso.


Habrá otros que toleren la ley del embudo porque en el fondo les dé igual.
A  mí ni me da igual ni la tolero.


Todo aquel que me conoce BIEN (y no el que dice hacerlo, que de esos hay muchos) sabe que yo soy capaz de comprender muchas, muchísimas cosas. Pero que jamás voy a consentir ni dobles raseros ni tratos de favor. Como tampoco voy a consentir que alguien se mee fuera del tiesto, falte al respeto, se permita el lujo de levantarme la voz A MÍ, luego no tenga ni la educación ni la catadura moral para, no ya para pedir disculpas, sino dar una miserable explicación (que luego, como siempre, sí que se me piden a mí)... y esa persona resulte ser una bellísima persona, querida, respetada y tolerada mientras a mí se me lanza el argumento de "Algo habrás hecho" (super justo, por cierto) y se me eche encima un muerto que nadie ha tenido a día de hoy la decencia de decirme a la cara en qué consiste ni a qué viene. Aunque haya quien probablemente lo sepa.
Y, antes de que venga nadie a liármela acerca de esto último que acabo de decir, quiero que quede claro: con esto no digo que me vengan a explicar a qué ha venido toda esta mierda; lo que digo es que, si resulta que se sabe a qué viene, lo último que se debe hacer es mentirme, decir que ni idea, y usarlo como argumento para que yo me coma toda la responsabilidad. Una vez más, más secretismo que no me da la real gana de aceptar ni tolerar, en caso de que esto resulte ser así.
Por ahí tampoco paso.



"Hala, cómete eso, que para eso es para lo que estás tú".


Supongo que esta es una de esas cosas que ya no espero que mucha gente entienda; simplemente son las cosas con las que me toca vivir. Otras más en una larga lista.
No, no espero que nadie entienda nada de lo que digo, ni que sea capaz de entender lo que siento cuando veo que todo a mi alrededor, en mi Universo personal, se enfría para acabar desmoronándose. Total, he escrito sobre esto mil veces ya para desahogarme y nadie ha parecido entender lo que quería decir. Nadie ha parecido siquiera pararse a pensar que oye, lo mismo no me encuentro bien. Ni de coña se les pasa por la cabeza que igual ellos están siendo testigos silenciosos de todo eso y que lo mismo saben de qué va toda esta película. No, aquí como si no fuera con nadie. Es todo cosa mía porque, claro, todo el mundo sabe que a mí se me va la olla día sí y día también y es normal que de vez en cuando desvaríe. Que diga cosas que no tienen sentido alguno. Que me desahogue sin motivo. Que, de buenas a primeras, diga que no quiero a alguien cerca porque lo normal en mí es que yo le ponga una cruz a alguien por la cara. Que yo actúe sin pensar (o, mejor dicho, sin haberme comido la cabeza cuarenta veces en un mismo día) o según me dé un aire. Claro, estáis de lo más acostumbrados a que yo haga esas cosas. Tanto, que lo mejor es pensar que me he dado un golpe en la cabeza o algo así, no tomarme en serio e ir a lo vuestro. Ante todo, la política es siempre cuestionarme, dar por sentado que soy yo el que no sabe dónde tiene la cara, que soy el que exagera, el que se inventa cosas, dramatiza o el que directamente dice tonterías que no merecen la pena ni tenerse en cuenta.
No. El único sentimiento que he visto, en la mayor parte de los casos, es el de culparme a mí o el de sospechar que, si algo malo sucede, o yo he sido la causa o he tenido algo que ver. De cargarme a mí siempre con toda la responsabilidad del desastre y hacerme a mí vivir con todas y cada una de sus consecuencias, mientras los demás pueden tener bien limpias sus conciencias y hacer lo que les viene en gana sin sentir ni una migaja de culpa por ello. De escudarse en según qué decisiones diciendo que yo también las tomo, pero no plantearse que, mientras unos hacen según qué cosas porque les da la gana, yo las hago porque no me queda más remedio.


Coñas aparte, solo me pregunto una cosa: cuando las cosas vayan mal a mis espaldas, ¿también serán culpa mía, aunque no tenga ni idea de lo que pasa, o se buscará a otro para que sea el que cargue con todo, como lo hacía yo?


Pero también supongo que todos los ciclos llegan a su fin. Supongo que, tras mucho advertir por activa y por pasiva que esto iba a acabar por suceder (porque lo hice, no una, sino cien veces. Más todas las que dije que estaba empezando a estar muy cansado de según qué actitudes y de según qué situaciones... y sospecho que, si alguien me llegó a escuchar, ni se molestó en tomarme en serio ni en plantearse que todo esto acabaría pasando), el ciclo en el que yo paso de ser la voz que rompe el silencio para luego convertirme en chivo expiatorio ha terminado. Ha llegado el momento de romper según qué cadenas y quitarme según qué mordazas de la boca. De hablar cuando me dé la real gana y no cuando se me dé permiso. Ese momento de deshacerme en explicaciones que se van a malentender o que no se van a entender en absoluto... ese momento también ha terminado. También ha acabado la etapa en que cualquiera tomaba las decisiones que quería y luego se me responsabilizaba a mí. De pagar por los malos días de otros. Se ha acabado la etapa de recibir sermones donde se restriegan por mi cara todas y cada una de mis miserias. De sentirme como un inútil. De tener que callarme porque no quiero convertir una situación cualquiera en un conflicto. De tener que disculparme por mil y una cosas que ahora veo que no fueron culpa mía... pero sí que se me hizo pensar que lo eran hasta que me lo creí.

Y, por supuesto, se acabaron los secretos.

martes, 2 de octubre de 2018

Escupiendo Rabia- El error de Idígoras



Está uno currando y, cuando termina su jornada laboral, le llega una noticia que le deja pasmado: el excelente dibujante Ángel Idígoras, conocido en mi ciudad por haber estado... nada, la friolera de unos treinta años (que se dice pronto) ilustrando con viñetas satíricas nuestro diario local, ha tenido que retirar un mural que ha pintado por acusaciones de machismo. Dicho mural, concebido por este caballero (no lo digo con retintín: es un artista al que siempre he admirado, y al que considero más que justo su galardón como Hijo Predilecto de mi ciudad) en el que hace una referencia visual a la famosa foto de Robert Doisneau (todo un icono de la fotografía del s.XX, le joda a quien le joda... y sí, parece joder a mucha gente porque alguien se enteró de la historia que hubo detrás de la foto y se ha puesto a alzar el puño en alto, aunque esa historia haya sido hace décadas y no se haya quedado con lo que realmente quería representar, tal y como es el objetivo del arte), adaptada al entorno de mi ciudad, venía rubricada con una cita de Vicente Aleixandre: "La memoria de un hombre está en sus besos".

Para quienes no lo sepan, Vicente Aleixandre tampoco era nadie: miembro de la Generación del 27 (como veis, Lorca no era el único) y premio Nóbel de poesía, que también se dice pronto. Creo que hablamos de un artista representativo que referencia y homenajea a otros dos artistas; uno, un clásico a nivel mundial y el otro, otro artista que es un estandarte de mi ciudad.
El mural, así como la cita, para mí, no muestran más que un acto de amor. Eso que en estos tiempos de represión parecemos haber olvidado. En estos tiempos extraños, en los que las muestras de afecto parecen malinterpretadas por muchas personas como un acto vergonzoso, o de sumisión, o algo que hay que ocultar y relegar al ámbito privado, puede ser un desafío a esa tendencia y decirnos que no: que no tengamos miedo de mostrar nuestro amor. Que el amor, a fin de cuentas, es uno de esos recuerdos agradables que quedan en nuestra memoria (si no sufrimos Alzheimer) para siempre.

Hasta que ha llegado la criautra de turno, con su ideología de plexiglás, perfectamente diseñada para odiar y soltar reflexiones sesudas; para ensuciar con ella las obras artísticas de otros, cuando nadie le ha pedido su opinión, ni le ha dado permiso para hacerlo. Tan solo contando con una legitimidad autoatribuida y creyéndose por encima del bien y del mal, con un derecho que nunca tuvo para pisotear el arte del prójimo, con una pintada que rezuma la misma creatividad del ladrillo. Poniendo el clásico símbolo y las mismas consignas que empiezan ya a apestar a un encuadramiento ideológico peligroso. Con un insulto abajo, en la misma firma del creador, para marcarlo como si fuera un animal de rebaño, o un hebreo en tiempos (no mucho) más oscuros que este.


Hay que ser salvaje. Así os lo digo: salvaje.
Y os digo una cosa más: a un artista se le puede insultar de la forma más grave de dos maneras. Borrando su firma o ensuciándola. La persona que ha hecho esto, me da igual su ideología, lo que ha demostrado, aparte de una ignorancia supina, es una falta de respeto acojonante.
Pero luego pedirá respeto para sí misma, como si lo viera.


Alguien, una vez más, ha volcado sus fobias personales y las ha plasmado contra el arte. El arte, una vez más se ha convertido en el chivo expiatorio de algo que no sé por qué no está empezando ya a tipificarse de forma penal como delito de odio. Una vez más, los más radicales se están haciendo oír y, lo que es peor, se les está escuchando: Idígoras, desde mi punto de vista, ha cometido el error que ningún artista debería cometer. Le respeto enormemente, pero creo que se ha equivocado al pedir perdón y retirar su obra del muro en que estaba pintada.

El arte es luchar contra el miedo, contra la intolerancia, la ignorancia y el odio. El arte es levantar la voz cuando otros te dicen que agaches la cabeza. Es rebelarte contra aquellos que te dicen que te calles, que pienses como ellos. Que no hables, que pidas permiso para todo.
Tengo otra cita para esto. Para aquellos que tienen miedo a ser marcados o tildados de lo que no son. Para aquellos que creen que su arte es ofensivo, solo porque otros se lo han dicho: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo" (John Milton). Si ciertos colectivos o ciertas voces nos dicen que nos callemos, que tengamos miedo de hablar, de pensar por nosotros mismos; si nos dicen aquello que debemos crear, cómo debemos hablar, cuándo debemos hablar y con quién, estamos cediendo.

Y sí, antes de que digáis nada, esto me parece un acto de terrorismo. Si queréis nos vamos a la definición del término que acuña la RAE. Ya sabéis que yo no creo mucho en ella como institución con derecho a dictar nada, pero sé que vosotros, o muchos de vosotros, si la tenéis como referencia:

1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. m. Actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común, pretende crear alarma social con fines políticos.

Y qué queréis que os diga: tener asustada a la gente para que no diga nada, vaya a ser que se atente en contra del Pensamiento Único es terrorismo. Obligarla a censurarse es terrorismo. Usar el insulto y el odio como único argumento es terrorismo. Marcar al "enemigo" con el dedo, usando un término despectivo con el que poder humillarlo es terrorismo. Protagonizar actos vandálicos a fin de hacerse notar y reivindicar una ideología es terrorismo. Hacer uso de la violencia verbal, tales como faltas de respeto graves, o incluso amenazas, para aplastar las voces discordantes es terrorismo. Hacer uso de acciones agresivas, tales como lanzar lejía a un transeúnte, es terrorismo. Abrazar la filosofía de que el fin justifica los medios para poder mancharse las manos de sangre (literal o metafórica) a la hora de defender una ideología es terrorismo, y del extremista más recalcitrante.
Y sí, os podéis cachondear con el típico "todo es ETA", que os veo venir. Pero solo os digo una cosa: vosotros estáis aceptando (y algunos de vosotros, hasta viendo bien) acciones que, si en lugar de ir con un pañuelo morado hubieran ido con un turbante, os habrían parecido aberrantes y muchos de vosotros ya estaríais convocando actos de repulsa contra el extremismo. Estáis consintiendo el terror y la censura porque queréis parecer tolerantes... y lo que estáis haciendo es agachar la cabeza ante la intolerancia, la ignorancia y el odio. Llegará el día en que se les vaya la olla y agredan o se carguen a alguien... y entonces, ¿qué diréis? ¿Cómo lo justificaréis? ¿O es que vais a ser lo bastante hipócritas como para rasgaros las vestiduras cuando se cargan las estatuas de un museo a mazazos en otra parte del mundo o revientan una ciudad persa con dinamita, pero vais a mirar para otro lado cuando se hace aquí y no se hace en nombre de vete tú a saber qué deidad?
Lo mismo os daréis cuenta cuando sea demasiado tarde... o lo mismo no os atreveréis a abrir la boca, vaya a ser que os llamen lo que se hayan inventado para denigraros.

Volviendo al caso de Idígoras, no creo que ningún artista que se pueda mirar al espejo y considerarse como tal realmente crea que deba pedir perdón por soltar lo que lleva dentro. Ninguno que crea en lo que hace, al menos.
No me atrevo a decir que Idígoras no crea en lo que haga, pero sí creo que ha escuchado a quien no debería y ha ignorando a aquellos que pensamos que ole sus pelotas por haber hecho lo que ha hecho. Que ha creado algo hermoso y que no es algo por lo que haya que pedir perdón. Que no ha debido ceder al terror.


¿O es que ya no nos acordamos de esto?


Así que, artistas, os lo digo bien claro antes de que empiecen a quemar libros y a asaltar mesos por una buena causa: rebelaos. Cread. Sacad lo que lleváis dentro de vuestra misma alma y demostrad que la opinión de muchos no está por encima de vuestro arte. No miréis para otro lado cuando estas cosas suceden en nuestros hogares para luego llevaros las manos a la cabeza si suceden en otro mundo.
Los radicales están aquí y van a por el arte. Llevan otra bandera, entonan otras consignas, pero no pararán hasta arrasar todo aquello que no casa con sus ideales.
No les hagáis el juego.