sábado, 28 de enero de 2017

Escupiendo Rabia- El derecho a comportarte como un hijo de la grandísima puta



Una de las cosas que siempre me han enseñado en mi casa ha sido eso de que hay ciertos límites que jamás se deben sobrepasar. Uno de ellos consiste en no insultar a otros sin provocación previa, especialmente cuando esos otros no pueden defenderse. Más grave aún es el caso si ese del que hablamos no puede defenderse porque está muerto. Este principio es sencillo: si vas a poner a caldo a alguien, asegúrate de que tenga una mínima oportunidad de defenderse y de escuchar lo que tú tengas que decir sobre él. Si no, más te vale que te calles la (puta) boca, porque no quedas ni como un transgresor ni como un defensor de nada, ni leches en vinagre: eres un cobarde de la más baja estofa.

De un tiempo a esta parte he comentado lo que ha venido siendo una crisis de valores que parece asolarnos como sociedad, con el mismo ímpetu que una avalancha. Sumemos eso al anonimato que la gente parece encontrar en las redes sociales y en esa constante justificación que se tiene (de una forma incorrecta y basada en la más pura de las ignorancias acerca de nuestras leyes) amparándose en el humor negro, la transgresión y la libertad de expresión. Para flipar, si tenemos en cuenta que aquí ahora todo el mundo parece ser juez, jurado y verdugo a la hora de insultar, escarniar o incluso amenazar de muerte a quien sea en una red social. Eso sí, sin dar un nombre verdadero, sin dar la cara. Tirando la piedra a base de insultos y escondiendo la mano, generalmente borrando sus cuentas o, si les trincan, diciendo "Es que yo puedo decir lo que quiera".

Ha venido pasando de una forma muy reiterada últimamente en cierta red social en la que no tengo cuenta porque, a cada día que pasa, me da más la impresión de ser un caldo de cultivo para auténticos animales. Cuando digo animales, me refiero, no tanto en el sentido biológico de la palabra (una criatura que lucha por sobrevivir), sino en el sentido social: energúmenos que no parecen haber tener ni la menor idea de lo que es la educación, la empatía o el saber estar. Gente que se cree terriblemente graciosa y que, tras estas bromas o tras esta "sinceridad" (lo entrecomillo porque la sinceridad no consiste en obviar lo bueno y resaltar lo malo, por mucho que quieran justificarse en ello) lo único que buscan es tener un motivo para odiar.
Estos mismos, probablemente, serán los primeros en ponerse un lazo contra el bullying cada vez que un chaval se suicida, pero maticemos esto: se lo pondrán en una foto de perfil, de cara a la galería, donde se les pueda aplaudir. En su vida cotidiana, son los que acosan a otros, bien en redes sociales, bien en sus vidas. Puede incluso que sean víctimas de acoso y que, incapaz de superarlo, decidan ponerse la piel del lobo y atacar a otros inocentes para conseguir el aplauso fácil que no han conseguido en su día a día.


Algunos piensan que el mundo les debe algo solo por el hecho de haber nacido.
Y, como tal, se creen con el derecho a comportarse como les dé la gana.
Sin consecuencias, sin responsabilidades.
Porque ellos son guais.


Francamente, me da igual.
Hace algo más de una semana, una adolescente salió en la televisión con un sueño: quería ser astronauta e ir a Marte. El sueño de una adolescente que no quiere la pasta rápida, ni busca ser famosa de una forma fácil ni andar viviendo del cuento. Hablamos de alguien que, lo consiga o no, tiene un sueño que implica estudiar muchísimo, trabajar muy duro y hacer muchos sacrificios.
Esa chica fue vapuleada de la forma más cruel en las redes sociales, y no por ese sueño, no: estos animales la lincharon por algo que, según ellos, era un defecto físico. Supongo que estos seres habrán sido paridos por los Mismísimos Dioses como entidades físicamente perfectas, lo que los pone en la perfecta disposición para juzgar a otros. Seres que están por encima del Bien y del Mal y que pueden permitirse el lujazo de no tener que mirarse al espejo para no enamorarse de sí mismos y andan por ahí, sintiéndose con el derecho de poder insultar a una niña. Insisto, a una niña. Muy valientes, muy machotes. Sus madres estarán orgullosas de haber llevado en el vientre a gente así durante nueve meses y traerlos a este mundo para que nos iluminen a todos los demás con sus ingeniosos comentarios.


O cuando murió Emilio Botín, por poner solo otro ejemplo. Empezaron a surgir chistes de muy dudoso gusto. Todos los que lo hicieron parecieron creerse el puto V por eso de reírse de la muerte de un banquero, porque... claro, los banqueros son todos el mal y si uno se ríe de la muerte de una mala persona es un tío genial.
Bellísimas personas, todos, dónde va a parar.


Luego fue Bimba Bosé.
Aclaro que nunca he seguido mucho a esta mujer. Ni tampoco a su tío, más allá de lo que escuchaba mi madre de su música cuando era pequeño y poco más. Lo digo por si alguien se piensa que esta familia subvenciona este blog o que me tocan de cerca o algo. La verdad es que no. Ni siquiera los conozco.
Pero que los conozca o no importa una soberana mierda para que la actitud de una panda de degenerados (no tienen otro nombre, y si alguien se da por aludido, que se joda) me revuelva las tripas. Volvemos aquí a la excusa del humor negro que muchos de estos payasos (entiéndase, un payaso es un imbécil que se cree gracioso, pero solo él lo piensa) esgrimen como mantra. Bajo esa excusa barata se han soltado verdaderas burradas, que nadie con un mínimo de sangre en las venas soltaría, ya no de Bimba Bosé; no las soltaría DE NADIE, porque son de un desagradable que repugna.
Sorprende que los dioses o la naturaleza misma hayan malgastado carne en crear gente así, capaz de soltar semejante chorro de mierda por la boca (o por los dedos, considerando que usan un teclado). Porque debes ser muy mierda como ser humano para esconderte detrás de una pantalla e irte a meterte con una mujer (u hombre, o niño, me da igual) que le ha echado más cojones que tú para enfrentarse a una enfermedad y, por la razón que sea, ha perdido la batalla. Hay que ser de una ralea inferior como ser (no me atrevo a usar la palabra humano aquí, porque sería llegar al insulto a nuestra especie) para reírte de algo tan brutal como es el cáncer y cachondearte, siempre enmascarado, siempre escondido, de las personas que están despidiendo a esa persona que acaba de fallecer. Me pregunto cómo sería la situación si, en lugar de esconderse tras una pantalla, alguno de estos iluminados lo hace en el mismo funeral y le suelta esos chistes tan ingeniosos a la familia de la persona que acaba de ser enterrada. Me pregunto si estos bufones de mierda tendrían esos arrestos para abrir la boca delante de un entorno que no les va a aplaudir como lo hacen tras una pantalla. Me pregunto si serían tan valientes para dar la cara y estar preparados para que se la revienten allí mismo.


Otro que ha caído estos días ha sido el hijo de Donald Trump, del que se han reído por su forma de caminar.
Vale que muchos no crean que este presidente sea el más indicado para gobernar Estados Unidos.
Vale que no tenga unas ideas que gusten.
Pero su hijo es un niño de diez años, y no es su padre. No se ha presentado a unas elecciones, ni ha sido elegido presidente.
El insulto, pues, ha sido gratuito. Y, tratándose de un niño, de lo más cobarde.


Pero volvamos a la empatía, porque algunos parece que no saben de qué va, o se piensan que el mundo está para reírles la gracia, para servir a sus caprichitos de niños pequeños o vete a saber qué. Me pregunto si ellos mismos se tomarían con tanto sentido del humor la muerte de sus propios familiares, si ellos mismos estuvieran despidiéndolos y alguien les hiciese lo mismo que ellos mismos han hecho. Me encantaría saber si entonces hablarían con tanta ligereza del derecho a la libertad de expresión y tildarían de fascista a todo aquel que les haya dicho en el pasado que se podrían morder un poquito la lengua con las imbecilidades que sueltan por la boca. O si berrearían tanto contra un sistema que intenta poner medidas legales para que este tipo de basura no se repita. Porque cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que si uno gasta una broma, debe estar preparado para recibirla. Es muy cómodo y muy cagueta al mismo tiempo eso de ser siempre el que se da, pero esconderse o salir corriendo como ratas para no ser el que recibe.
Muy maduro. Muy de gente responsable, coherente y sensata.

Pasan los días y la cosa no parece mejorar. La impunidad con la que parecen sentirse tras cada ataque hace que estos gilipollas aislados parezcan aplaudirse los unos a los otros, como una panda de putos simios que solo buscan hacer ruido. Solo buscan odiar. Solo buscan una víctima.
Aquí es cuando vemos de qué está hecho cada uno en el momento en que se puede poner una máscara o un nick o como se le quiera llamar: se desata la homofobia, como se ha hecho con Miguel Bosé; vuelve el bullying más racio, a base de meterse con el físico de otros, como esta chica que quería ir a Marte; se multiplican los ataques verbales de ideología machista, llamando "guarras" a chicas cuyo único pecado es hacerse una foto con la ropa que les da la gana (o sin ropa, como si ahora a chavales de 20 años les escandalizase ver una teta. No pasaba ni en la época de mis padres, joder); chicas de apenas veinte años que van por la vida de intelectuales tildando de machistas a todo ser viviente que no les dé la razón; gente que ve política en todas partes y se dedica a atacar a aquellos que no son de su misma ideología.
Amenazas, insultos, burlas crueles, todo vale. Estos personajillos parecen creerse en la cúspide de la sociedad y consideran que el fin (defender lo que sea, o atacar lo que sea) justifica los medios (vejar a todo bicho viviente que se les ponga por delante). Todos se erigen en jueces absolutos, todos levantan su pulgar y, desde su cómodo sofá, delante de su ordenador, dictan sentencia. Eligen quién va a ser la próxima víctima y no paran hasta haberla escarniado.
Nunca piensan que cualquier día les puede tocar a ellos, tal y como está la cosa. A ellos, a sus familiares o a gente que les importe.


"¡Hostia, me la han devuelto!"
¿Qué esperabas? ¿Impunidad toda la vida?


Tiene cojones que se hable del extremismo fuera de nuestras fronteras como si fuera una amenaza terrible que se gesta en el horizonte y no nos damos cuenta de que ese extremismo ya está aquí, en occidente. No con la misma ideología en concreto, pero sí con los mismos argumentos, la misma mala hostia y las mismas obsesiones. No usarán armas, pero el objetivo viene a ser tres cuartos de lo mismo: aplastar a quien consideran "indigno", y no parar de lapidarlo (a base de "opiniones", como las llaman) hasta que, bien esa persona tome medidas legales, bien se busquen a otro, o bien (en el peor de los casos, el más extremo y por suerte el menos frecuente) la víctima cometa una tontería porque no pueda soportar el bombardeo de imbecilidades al que se ve sometida.
Si viviéramos en una sociedad con unos valores medianamente decentes, si eso sucediera pesaría sobre las conciencias de aquellos que se han sentido tan crecidos a la hora de vapulear en masa a una sola persona que no les ha hecho absolutamente nada (lo que se conoce de forma vulgar como linchamiento). La cuestión es que la sociedad en que vivimos está jodidamente enferma. En el momento en que cosas como esa suceden, la falta de empatía que impera este mundo hace que eso de tener conciencia suene a marcianada. Todo se convertirá en postureo barato, se colgarán algunas fotos en homenaje a la víctima y arreando.
Pero nadie se sentirá responsable de haberse comportado como un hijo de la grandísima puta.


"¿Arrepen-qué?"


Que una red social, asimismo, parezca tener una política bastante permisiva hacia esto tampoco es que ayude. No deja de alucinarme la galopante hipocresía de la mayor parte de plataformas que conozco, donde impera más la censura hacia los desnudos que el controlar que la gente no haga apología de la violencia. Se pervierte de una forma brutal el derecho a la libertad de expresión y empieza el asunto a convertirse en una especie de piscina de barro donde todos saltan a ver quién suelta la animalada más grande. Quién comete el insulto más vulgar. Quién alcanza el mayor nivel de rastrería. Quién se retrata a sí mismo como un ser despreciable de la forma más flagrante. Si ya de por sí es grave que este mal campe a sus anchas, más grave aún es que no parezca haber mucha prisa por cortarlo de raíz.
El sistema judicial suele ser bastante tajante a la hora de defender el honor de las personas, especialmente si este es vulnerado en un medio público. Se hace lo que se puede, pero la cuestión es que quizás si el personal hubiese sido criado con unos mínimos valores, con la educación necesaria para no comportarse como gente a la que te daría asco presentarle a tus padres, no sería necesario ni que el sistema actuase. Más que nada, porque a nadie se le ocurriría soltar las cosas que se están viendo últimamente y que hacen que cualquiera que sea más o menos honrado se plantee seriamente eso de no coger e irse al monte a vivir.


"Al carajo ya".


Hace ya algún tiempo comenté que estas plataformas de mentecatos parecían estar adueñándose de las redes sociales como una auténtica plaga. Una lepra que estaba provocando que mucha gente cogiese, cerrase sus cuentas y se dedicase a algo más productivo, como ver crecer los geranios en el balcón de casa.
No creo que esa sea precisamente la solución. Al hacerlo se les está dando poder. Se crea una Idiocracia de neanderthales que campan a sus anchas y que están haciendo del mundo virtual su patio de recreo particular. Todos hemos visto el caso de algún conocido nuestro, o conocido de conocido, que cada vez que sube algo resulta ser de dudoso gusto: chistes que, más que ser graciosos, nos hacen decir "Joder, macho, te has pasado", comentarios humillantes disfrazados de broma, o que se enzarzan día sí y día también con otros amigos nuestros en discusiones absurdas que lo único que causan es una terrible vergüenza ajena.
Y muchos de nosotros los hemos conservado en nuestras listas de amigos.

No hemos intervenido en esas peleas monumentales en nuestros muros, o hemos consentido sus insultos. Hemos callado al ver chistes desagradables que se ríen de gente ya muerta o de discapacitados. Hemos visto cómo han subido imágenes en las que hacen apología de la violencia, escudándose en una revolución que se han sacado del sobaco. Los hemos visto pedir la muerte de gente que no comulga con sus ideas o de gente que no conocen en absoluto.
Y nos hemos callado.


"No he visto nadaaaa..."


Quizás ese es el problema: nos echamos las manos a la cabeza cuando alguno de estos espantajos suelta una barbaridad que clama al cielo, pero no solemos pensar que han llegado a ese punto porque nadie los ha puesto en su sitio antes. Nadie los ha ignorado, ni los ha borrado de sus listas de amigos. Nadie parece haberlos bloqueado cuando se han pasado y, mucho menos, nadie ha inundado los servidores de la red social de turno denunciando el perfil. A nadie se le ha ocurrido hacer una captura de la pantalla de estas barbaridades light y ponerla en manos de la Unidad de Delitos Informáticos para que, por lo menos, investiguen a estos personajes.
Todos hemos conocido a fantoches de este tipo porque o han sido amigos nuestros o amigos de amigos. Bajo esa hipertolerancia que se ha desarrollado en los últimos años a según qué gente, casi parece que está feo mandar a hacer gárgaras a alguien que se ríe del maltrato a la mujer, a alguien que dice que la solución del maltrato consiste en matar a todos los hombres (como otra "intelectual" en un vídeo hace unas cuantas semanas), a gente que que ningunea, escarnia, insulta o amenaza a otros usuarios. Parece que nos da miedo quedar como intolerantes, pero en cambio toleramos la intolerancia de estos seres. Toleramos sus discursos llenos de odio, sus sarcasmos insultantes, su violencia verbal, sus argumentos de fanáticos. Su mierda ideológica, en resumidas cuentas. Porque, vamos a ser claros: si tienes una ideología y eres incapaz de asumir que otros tienen una diferente, odias a esos otros solo por ello y encima te crees con el derecho a vapulearlos verbalmente, no importa lo bonita que sea tu ideología: la acabas de llenar de mierda. Y no, no mereces el respeto que pides, porque tú no lo tienes con nadie. Esto va en ambas direcciones, te guste o no.


"¡Esos desgraciaos no nos dan la razón! ¡Adelante! ¡INSULTAD! ¡AMENAZAD! ¡APLASTAD! ¡Demostrad que defendéis lo vuestro mejor que nadie! ¡REÍOS DE AQUELLOS QUE NO OS CAEN BIEN! ¡HUMILLADLOS PÚBLICAMENTE! ¡Tenéis pleno derecho a ello! ¡Pero solo vosotros, ellos no! ¡ELLOS NO PUEDEN NI TOSEROS!"


Quizás es por eso por lo que nosotros, en nuestro intento de ser civilizados, hemos cedido terreno a aquellos que no lo son. No queriendo entrar en discusiones (o, mejor dicho, no queriendo que esos nos la monten), nos hemos callado y hemos mirado para otro lado cuando se ha montado. No hemos actuado de la forma más tajante, que es coger y expulsar a esa gente de nuestras vidas, porque avasallar de esa manera ya es un buen motivo para hacerlo. Quizás, si volviéramos a una época no tan remota, donde al que era un payaso integral se le condenaba al ostracismo de los payasos y se le tomaba tan en serio como se le debe tomar a un payaso, esta gente no montaría las que está montando ahora. No se sentiría tan envalentonada, ni tan impune. Quiero pensar que la mierda no abunda tanto y que la mayoría de la gente todavía se asquea al leer según qué clase de cosas (ojo, QUIERO pensarlo). Si esto es así, es tan sencillo como que la mayoría de la gente haga el vacío a la mierda, de manera que la mierda solo se relacione con la mierda y se muera de asco. Quizás así las cosas empezarían a cambiar, porque... si tenemos que esperar a que las redes cambien sus políticas referentes a los términos de usuarios, ya podemos esperar sentados.

No lo sé, solo es una especulación mía. Me gustaría pensar que ese derecho a comportarse como hijos de la grandísima puta que algunos se creen que tienen es un derecho que ha sido otorgado por aquellos que, simplemente, no se arremangan cuando las cosas se ponen feas. Partiendo de esa base, es tan sencillo como que recordemos que somos nosotros los que les hemos dado ese derecho con nuestra pasividad, y que se lo podemos arrebatar en el momento en que nos hartemos.
La cuestión es: ¿estamos ya lo bastante hartos o todavía tenemos que esperar al próximo desfile de salvajadas cuando muera alguien?

martes, 24 de enero de 2017

Mondo Chorra- Los que luchamos contra el Caos



En este mundo hay dos clases de personas, a mi juicio.
Por un lado están aquellos que viven según un código y otros que simplemente hacen lo que les da la puta gana.
Vamos a centrarnos en los primeros. Aquellos que viven según un código suelen ser gente que entienden que jamás harían a nadie lo que no querrían que les hiciesen a ellos. Hablamos de gente que procura hacer las cosas lo mejor que pueden o saben (independientemente de que tengan éxito o fracaso en lo que hagan, pero al menos han intentado hacer todo cuanto ha estado en su mano). Gente que lucha, día a día, por soportar los dictados de su conciencia y se esfuerza por no ser autoindulgente.
Hablamos de gente que lo da todo, ya sea en lo que hagan, como en las relaciones con el resto de individuos. Personas que se preocupan porque todo en su entorno se encuentre en orden, buscando el equilibrio, ya sea con los demás, ya sea consigo mismos.

Para ese tipo de personas, existen ciertas máximas que son inquebrantables. Una de ellas es la de no faltar jamás a la propia palabra. Por eso, raramente pactarán nada con nadie o harán promesa alguna si no confían en que vayan a poder cumplirla (hablo, por supuesto, en términos de que dicha promesa pueda cumplirse por voluntad propia; se entiende que, si se rompe por cuestiones ajenas a uno o imprevistas, ahí no hay nada que ser humano alguno pueda hacer). La palabra es la ley. Un juramento es un juramento y, tal y como menciona Bill Willingham, es lo que nos diferencia de los animales. No hay lugar a interpretaciones en esto. No hay dobles lecturas, ni ambigüedades.
Si faltas a tu palabra de forma deliberada, o por dejadez, no existe nada en la faz de este mundo que te diferencie de un vulgar mentiroso.


A veces las cosas SÍ son así de simples.
A veces SÍ pueden limitarse a la dualidad blanco-negro.
Lo que pasa es que a menudo las emborronamos con una escala de grises y matices que nos desvían de lo que realmente importa.


Supongo que, por eso, ese tipo de gente no da más confianza de la que recibe y considera este tipo de desplantes (a eso de faltar a la palabra por parte de otros) como una desfachatez de lo más absoluta. Alguien que incumple su palabra, para ellos, pierde todo cuanto había ganado. Deja de ser lo que fuera en su momento y, ya da igual que sea madre, padre, amigo, hermano o pareja: esa persona muy difícilmente será vista como lo que antaño fue.
Podéis llamarlo orgullo, si os da la gana, pero no nos despistemos con las interpretaciones que mencionaba arriba, pues es más sencillo de lo que parece: si alguien falta a su palabra, si rompe un pacto de forma unilateral, si no incumple lo prometido, no es de fiar. Asi de sencillo, sin medias tintas, ni justificaciones ni tonterías. Todo cuanto pueda decir al respecto será tomado como excusas que no ayudan en lo más mínimo a limpiar su imagen.

Lo de dar confianza se traduce en que este tipo de personas raramente te va a dejar de lado a menos que consideren tener no uno, sino más de un motivo de peso para ello. Y aun así, suelen actuar con muchísima cautela. Pueden parecer temperamentales, pero no toman decisiones drásticas a la ligera. Observan y meditan, quizás más tiempo del  necesario, pero entendámoslo: hablamos de asuntos que consideran importantes, tales como el entorno. Nadie medianamente en sus cabales toma una decisión importante a la ligera.
Precisamente por eso suelen llevar de mal tirando a fatal eso de sentirse en la estacada. Deja tirado a alguien así (especialmente si lo consideras amigo o alguien de una mínima importancia en tu vida), sin un buen motivo (que no excusa) y sin una disculpa y, como diría Ennis, ya puedes ir corriendo a alistarte con los demás gilipollas, porque serás otra razón por la cual el mundo se va a la mierda.


"Y un cojón. De esta salimos los dos".


Es por ello que suceden que, en el momento en que hay una desavenencia o ruptura de cualquier tipo, es harto complicado que haya vuelta atrás. Recordemos lo del pacto. Dos amigos pueden prometerse amistad, pero en el momento en que deciden romperla, para ellos también cuenta como una promesa. Una promesa de que todo ha terminado aquí, y lo que se ha hecho no se deshace. Y si no, haberlo pensado mejor. Dicho de otro modo, una separación en términos no del todo amistosos no es como comprar  un jersey y luego descambiarlo cuando nos parezca. Dicha situación, para ellos, es el último lugar al que se quiere llegar, cuando ya no queda nada más que decir y dicha relación esta rota, muerta y enterrada. Venir un cierto tiempo después a intentar reanimarla rezuma a chiste malo. A desdecirse. A echar por tierra todo lo pactado, una vez más.

Podéis llamarlo rencor, si queréis. Me remito por segunda vez a eso de las interpretaciones. El rencor es ser incapaz de perdonar algo que no tiene importancia. La dignidad nos enseña que, cuando ha habido una ofensa difícilmente perdonable, precisamente porque es importante, cometemos una soberana estupidez al perdonar de forma ciega, sin que haya habido una buena conversación por medio donde la otra persona nos exponga, de forma ordenada y coherente, cuáles han sido sus motivos a la hora de actuar así. Es negar la importancia del daño sufrido (pese a haber sido serio) y justificar al que lo hace. Es hacer borrón y cuenta nueva, cuando esa persona que nos dañó no se ha molestado en explicarse. Ni en pedir disculpas. Simplemente reaparece, como si nada hubiera pasado.
No sé si logro explicar la soberana ridiculez que rezuma de esa idea.


"Sí, te reventé la cara. Te di una paliza cuando estabas en el suelo. Luego me meé en tu cara y me cagué en tu boca. Te saqué fotos y las mandé a todo el mundo para que se descojonaran. Jamás me disculpé, ni puta falta que me hizo. Pero tú y yo guai, ¿verdad?"


Supongo que este tipo de cosas son las que hacen que la brecha entre aquellos que tienen un código de conducta, o valores, o como queramos llamarlos, es insalvable, frente a aquellos que hacen lo que les da la puta gana sin atender a consecuencias. Sin pensar a quién están jodiendo. Aquellos que se dejan llevar por los impulsos, sin responsabilidad alguna acerca de sus actos o sus palabras lo único que consiguen es ponerse en contra de cualquiera que, un buen día, se levanta con la tolerancia a que le toquen el alma a dos manos reducida a cero.
Porque esas cosas suenan a abierta falta de respeto.
A cachondeo.
Incluso a egoísmo.

La naturaleza nos enseña a sobrevivir, pero hay muchas formas de hacerlo. Podemos sobrevivir funcionando como depredadores, pisoteando a todo bicho viviente que nos rodea. Podemos mentir, avasallar, aprovecharnos de otros, humillar, traicionar o simplemente pasar de todo cristo y comportarnos como si el resto del planeta estuviera a nuestra disposición. Podemos movernos por la conveniencia y arrimarnos al sol que más calienta y, cuando la situación cambia (o consideramos que cambia), si te he visto, no me acuerdo. Haciendo un ejercicio de coherencia, tiene sentido si al actuar así nos encontramos con un muro de hormigón en el momento en que intentamos quedar bien con alguien que se mueve por medio de una férrea escala de valores. Porque la gente que vive en orden no puede soportar el caos que implican estas actitudes.


Os dejamos aquí una silla, para que cuando os canséis de daros de leches contra el muro tengáis donde plantar el culo.


Podéis llamarlo falta de respeto hacia la gente "libre". Por tercera vez, me remito a eso de la interpretación.
Quiero que penséis qué respeto implica tratar a los demás de la manera que he mencionado. Bien puede que no haya mala intención en ello, pero es que no tiene que haberla para que estas actitudes constituyan una ofensa. Es posible que no seáis capaces de mantener un pacto con una persona, pero esas cosas se pueden hablar de una forma honesta y yendo de cara (lo que implicaría un cierto respeto hacia la otra persona, pese a haber evidentes desavenencias), no dejando que vuestras actitudes revelen lo que sois y hagan un retrato de vosotros que seríais incapaces de tolerar en otros. Porque, en muchas ocasiones, trae más cuenta declarar intenciones y dejar claros los cambios de parecer (que no están prohibidos, ni mucho menos) que hacer que vuestros actos emponzoñen lo que habíais pactado previamente y no dar lugar a dudas de que, no solo sois incapaces de cumplir vuestra palabra, sino que tampoco tenéis el valor necesario para admitirlo.
Pensad en lo respetable que resulta que os dejen de lado, o que simplemente veáis que lo que os hacen no solo no se parece a lo que os habían prometido, sino que resulta ser todo lo contrario. Es tan respetable como lo es que se rían de vosotros en vuestra cara o que escupan sobre vuestros valores. Porque una promesa, por lo general, no solo implica a quien la hace. Implica a todos aquellos que la escuchan y que cuentan con que se cumpla. Faltar a esa promesa es convertirse en una decepción viviente.


"Ah, ¿que tú si hiciste la promesa con intención de cumplirla? JAJAJJAJAA PRINGAO"


He mencionado alguna vez que una vez conocí a alguien que me dijo que, si no tienes valores, no eres nada. Nadie de fiar.
Han pasado muchos años desde que dijo eso y no lo he olvidado.
A día de hoy sigo pensando que tiene toda la razón del mundo. Sigo pensando que en esta vida, como he mencionado al principio de este post, hay dos tipos de personas: aquellos que tienen unos valores, que se rigen por un código de conducta, basado en buscar la estabilidad en su vida y el entorno, que da importancia al esfuerzo y a hacer bien las cosas; gente que se preocupa por que aquellos que les rodean se encuentren bien. Que intentan no convertirse jamás en una razón para las preocupaciones de aquellos que les importan. Gente que intenta llevar las cosas a buen puerto en la medida de sus capacidades, que lucha por lo que cree y ayuda a quien lo necesite, sin esperar demasiado a cambio, más allá de no ser pateados a la primera de cambio.
Y luego están los otros. Los que piensan que tienen todo el derecho del mundo a hacer lo que les dé la gana, sin responsabilidad alguna. Sin reconocer que así no se puede ir por la vida. Sin asumir de una santa vez que, si estás viviendo en una sociedad, no puedes ser una causa más por la cual la sociedad sea una mierda.


Pillad la metáfora. Nosotros somos el saco.


Gente así ha convertido un mundo que podía haber sido más sencillo y más justo en una letrina. Un mundo en el que cada día es más difícil poder depositar tu confianza en ser humano alguno. Donde el fin (que es la satisfacción personal de uno) parece justificar los medios, por aberrantes o antisociales que estos sean. Un mundo en el que la política y la filosofía más básicas son "Aplasta antes de que te aplasten". "No confíes en nadie". "Vela por lo tuyo y a los demás que les den".
Es gracias al triunfo de gente así como hemos hecho que nuestro mundo sea una auténtica mierda. Le hemos dado el poder a todos aquellos que se comportan de esa manera pensando que son más fuertes, más listos. Que comportarse como depredadores o carroñeros es lo que les otorga el triunfo. Que los hace mejores.
Solemos pensar que su camino es más corto, más sencillo, más irrefutable; en cambio, el nuestro se presenta cuesta arriba, más lento, más duro. Menos tentador. Es por eso por lo que son mayoría. Por lo que ganan y nosotros perdemos.


Y ahí vienen, una vez más...


¿Queréis que sea sincero?
Me da igual. Me da igual la fuerza que se supone que cobren. Me da igual que sean más. Que digan tener la sartén por el mango. Me dan igual sus estrategias, sus juegos, o simplemente esa costumbre de tomar el mundo como si no hubiera nada por lo que responsabilizarse. No me importa que hagan sin cuestionarse el daño que hacen, ni tampoco sus constantes excesos. Ni sus palabras dañinas, ni su desdén, ni ninguna de todas y cada una de las promesas que rompen.
Me da igual que mi camino sea más difícil. Me da igual tener que prepararme para el combate cada vez que encuentro a alguien que resulta rendirse a este Caos. Me da igual la de veces que acabe desterrado, o teniendo que decirle a alguien que me ha importado que se acabó, porque mi aguante tiene un límite y, una vez se agota, ya no queda nada más que decir. No me importa que otros vivan su vida entregándose a su santo avolunto, o que pisoteen y machaquen a los que les rodean. Tampoco que haya gente que prometa una cosa y luego haga la contraria.
Creo en lo que creo.
Mis valores son los que son.
Sé exactamente lo que vale mi palabra.
Sé dónde acaba mi satisfacción personal y dónde empieza el bien común.
Yo ya tengo claro en qué lado estoy.

martes, 10 de enero de 2017

Angst- Palabras al viento, jarrones rotos y rostros en la calle



Cada día que pasa tengo más claro que el ser humano no parece tener en mucha estima lo que es la palabra de cada uno. Me pongo a pensar en la cantidad de promesas que llevo oyendo desde que puedo recordar y la de veces que se han roto. No hablo de esas promesas que a veces tenemos que romper de forma forzosa porque algo escapa a nuestras capacidades y no podemos cumplirlas. Me refiero a aquellas que, para poder mantenerlas, para poder ser fiel a la palabra de uno, lo único que hay que hacer es tener palabra.
¿Cuántas veces habéis escuchado a otros decir que no os fallarán? ¿Que van a hacer lo posible por estar a vuestro lado? ¿Cuántas veces habéis oído a otros deciros que van a cambiar su actitud para con vosotros? ¿Cuántos os han prometido que jamás os harán daño de forma intencionada?
Decidme, ¿cuántas de esas promesas se han cumplido? ¿Cuántos de esos que os han jurado lo que os hayan querido jurar han sido fieles a su palabra? ¿Cuántos se han esforzado por conseguirlo, y cuántos simplemente han dejado de lado sus propios votos? ¿A cuántos les ha podido la pereza o la cobardía o, sencillamente, se han dado cuenta de que habían prometido algo que serían incapaces de cumplir? ¿Cuántas veces os ha parecido que las palabras se las lleva el viento?


En esto se convierten las palabras si no se mantienen y si no se respaldan con hechos.


Para aquellos que valoramos eso de la palabra, esto no es más que un suplicio. Hacemos pactos una y otra vez, y somos nosotros quienes los cumplimos... porque nos resulta insoportable levantarnos por la mañana, mirarnos al espejo y recordarnos que, por dejadez, desidia o lo que sea, incumplimos lo que prometimos. Fallamos a otros y, muy especialmente, nos fallamos a nosotros mismos por no estar a la altura de lo que deberíamos ser. Tiene gracia, porque es precisamente esa fidelidad a los pactos y las promesas la que nos lleva constantemente por un camino de amargas y profundas decepciones. Queremos confiar en los demás, y empeñamos nuestra palabra cada vez que sellamos un pacto. Lo hacemos desde la esperanza de haber encontrado a otros como nosotros. Gente que sea digna de esa confianza.
En definitiva, lo único que esperamos es sentirnos un poco menos solos en este mundo.

Si entendéis lo que os digo, si habéis pasado por esto, entenderéis lo que conlleva esa decepción. Implica, en cierto sentido, volver a la casilla de salida y mirar con recelo a cualquier criatura viva que se te arrime. Implica, valga la redundancia, el miedo a volver a implicarte en nada. Yendo más allá, implica también un oscuro escepticismo acerca de tu Universo personal. Cada vez que alguien a quien consideras cercano o digno de confianza falla a su palabra cuando ha sido realmente necesario entregarla, todo se vuelve más frío. Más lúgubre.
La respuesta fácil es pensar que la culpa es tuya. ¿Quién te manda a ti a confiar en nadie? ¿Por qué esperas de otros algo que es obvio que no son capaces de cumplir?
La respuesta a esa respuesta es incluso más obvia: Porque no podemos, o al menos no deberíamos, pasar nuestras vidas en una metafórica cueva. Se supone que debemos vivir unos junto a otros, relacionándonos. Cuando otros rompen su palabra (siempre, en pactos que consideramos de importancia, entendedme) todo este concepto de convivencia pacífica se desmorona. Como ya he mencionado otras veces, necesitamos a los demás, del mismo modo que ellos nos necesitan a nosotros. Estas actitudes, lejos de ayudar a nadie, solo sirven para destruir.
Se destruye la confianza. Se destruye cualquier relación basada en ella. Es decir, cualquier relación importante (amistad, pareja, lo que sea) resulta herida de muerte cuando alguien falla deliberadamente a su palabra y no pone absolutamente ningún medio para solucionarlo.


Es entonces cuando el halcón ya no oye al halconero.
Las cosas se desmoronan.
El centro no se sostiene y la mera anarquía se desata sobre nuestro mundo.


Una vez leí que la confianza es como un jarrón: si se rompe, puedes volver a pegar los trozos, pero jamás queda igual. Quizás es un poco extremo, pero se asemeja bastante a mi forma de ver las cosas. Por lo que a mí respecta, ya sabéis que si yo he fallado la confianza de alguien y ese alguien me perdona, pasa mucho tiempo hasta que yo logro perdonarme a mí mismo. Supongo que por el hecho de que, al haber fallado a otros, siento que me he fallado a mí mismo.
Cuando otros me fallan, procuro no tratarlos como me trato a mí. No en el sentido de que procuro tener algo más de manga ancha y dar al menos una segunda oportunidad. Porque soy consciente de que cometemos errores, y también porque soy consciente de que si fuera yo el que hubiera cometido el error, agradecería enormemente que se me diese dicha oportunidad. De ahí que resulte tan doloroso darte cuenta de que existe gente que considera que el hecho de recibir una oportunidad sea algo así como un borrón y cuenta nueva. Como si eso de decir "No voy a crucificarte por lo que has hecho" inmediatamente significase "Me he olvidado de esto y tienes carta blanca para seguir comportándote como te dé la gana". Es no valorar mucho la propia palabra y menos aún una relación supuestamente basada en la confianza.


La entropía aplicada a nuestras relaciones personales.


De ahí que a menudo piense que es raro que la gente cambie. No creo que lo hagan; no en lo importante, al menos. No en la mayor parte de las veces. Con muchísima frecuencia procuro ignorar esa voz interior que me dice "Quien te ha hecho daño una vez, te lo puede hacer otra". Supongo que porque me importa estar bien con los demás; supongo que porque quiero creer que me puedo equivocar en algo como esto. También, porque me resulta mucho más cómodo y soportable pensar algo así y no tener que afrontar un nuevo conflicto.
La cuestión es que, lo quieras o no, los conflictos te los acabas encontrando. Que esa voz, a la que prefieres no escuchar, la mayoría de las ocasiones te acaba diciendo "Te lo dije". El resultado es que, una vez más, te toca apretar los dientes y coleccionar otra decepción. Otra muesca en tu cinturón.


Y cuando dice "Te lo dije", lo dice con un cartel así de grande.


Cada vez que esto sucede, cualquier buen recuerdo se emponzoña. Se envenena. Pierde su brillo y ya deja de parecer tan alegre. Las risas ahora te resultan falsas y te preguntas cuánto había de verdad en ellas. Las conversaciones personales, donde te mostrabas de un modo que no revelas a todo el mundo, ahora te parecen una violación. Te preguntas en quién has estado confiando. A quién le has contado cosas que no te atreves a contar a la mayoría. Las muestras de confianza, que en su momento diste sin esperar nada a cambio, ahora te producen una extraña sensación: ¿has estado mostrando afecto, empatía, interés o preocupación por alguien a quien ya no importas? ¿O acaso nunca importaste a esa persona de verdad, y lo único que hacía falta era un poco de tiempo para poner las cartas sobre la mesa? Es en ese momento cuando aquellas muestras de desinterés, ahora te parecen esfuerzos vacíos. Incluso desagradecidos.

Se supone que no debe importarte, pues en esta vida hay cosas más importantes. Y es cierto. La cabeza te dice que eso es una verdad como un templo y que una decepción no es más que una decepción. Que el mundo está lleno de gente así y que lo único que te toca es pasar del tema. Olvidarte de eso, quedarte con lo bueno y seguir adelante.
El corazón te dice que no te lo mereces. Que tú eres quien ha luchado contra viento y marea por aquello en lo que creías, y que el Universo se ha encargado de corromperlo. De convertirlo en ceniza, mugre, óxido y roña. Has peleado para nada. Te has esforzado para nada. Has invertido energías para nada. Sí, desde el plano de la teoría no tiene la más mínima importancia. No es grave. Y sin embargo, pese a saberlo, pese a ser consciente de ello, te importa. Te duele. En cierto modo, hasta te sientes humillado, porque habías depositado tu confianza en otros. Tu fe, si quieres. Y no ha servido para nada.


A esto se reduce todo.


Cada decepción es dolor, pero no solo dolor.
Es frustración, porque es devolverte al punto de partida, como si nada de lo que hubieras hecho, o logrado, haya permanecido.
Es incluso rabia, porque ves lo injusto que resulta.
Es el inicio de una espiral descendente de oscuridad, distensión y frío. Con cada decepción, se pone en marcha un mecanismo que, a menos que exista una voluntad sobrehumana por parte de aquellos que nos han decepcionado, solo lleva a un camino, que es a la separación más triste. Todo cuanto fuimos, todo cuanto aspirábamos a ser... todo eso deja de existir. Se convierte en una amarga sombra. Miramos a los ojos de aquellos que nos han dañado y no vemos a quienes fueron para nosotros. Solo un pálido recuerdo, de lo que fueron y no volverán a ser. A diferencia de ellos, nos preguntaremos en qué fallamos. Qué fue lo que hicimos mal. Por qué, para variar, no salieron bien las cosas.


Y también te hartas.


Hasta que llega un día en que esas personas que tan importantes fueron para nosotros acaban por convertirse en rostros que vemos por la calle, entre la gente. Rostros que ya no nos dicen nada, porque las vidas que llevan ahora son completamente ajenas a las nuestras. Vidas de las que ya no formamos parte. En las que ya no hay un lugar para nosotros. Ya no hay nada de lo que hablar. No queda nada en ellos de lo que antaño significaron para nosotros. Somos leves notas a pie de página en las vidas de aquellos que creímos que serían diferentes a los demás. Aquellos de los que nos sentimos orgullosos en su momento de tener a nuestro lado. Es entonces cuando oímos los vítores silenciosos. Las risas. Solo quedan fantasmas. Ecos de lo que fueron.
Esos tiempos no volverán, y lo único que podemos hacer es vivir con el vacío que nos dejan.