Cada día que pasa tengo más claro que el ser humano no parece tener en mucha estima lo que es la palabra de cada uno. Me pongo a pensar en la cantidad de promesas que llevo oyendo desde que puedo recordar y la de veces que se han roto. No hablo de esas promesas que a veces tenemos que romper de forma forzosa porque algo escapa a nuestras capacidades y no podemos cumplirlas. Me refiero a aquellas que, para poder mantenerlas, para poder ser fiel a la palabra de uno, lo único que hay que hacer es tener palabra.
¿Cuántas veces habéis escuchado a otros decir que no os fallarán? ¿Que van a hacer lo posible por estar a vuestro lado? ¿Cuántas veces habéis oído a otros deciros que van a cambiar su actitud para con vosotros? ¿Cuántos os han prometido que jamás os harán daño de forma intencionada?
Decidme, ¿cuántas de esas promesas se han cumplido? ¿Cuántos de esos que os han jurado lo que os hayan querido jurar han sido fieles a su palabra? ¿Cuántos se han esforzado por conseguirlo, y cuántos simplemente han dejado de lado sus propios votos? ¿A cuántos les ha podido la pereza o la cobardía o, sencillamente, se han dado cuenta de que habían prometido algo que serían incapaces de cumplir? ¿Cuántas veces os ha parecido que las palabras se las lleva el viento?
En esto se convierten las palabras si no se mantienen y si no se respaldan con hechos.
Para aquellos que valoramos eso de la palabra, esto no es más que un suplicio. Hacemos pactos una y otra vez, y somos nosotros quienes los cumplimos... porque nos resulta insoportable levantarnos por la mañana, mirarnos al espejo y recordarnos que, por dejadez, desidia o lo que sea, incumplimos lo que prometimos. Fallamos a otros y, muy especialmente, nos fallamos a nosotros mismos por no estar a la altura de lo que deberíamos ser. Tiene gracia, porque es precisamente esa fidelidad a los pactos y las promesas la que nos lleva constantemente por un camino de amargas y profundas decepciones. Queremos confiar en los demás, y empeñamos nuestra palabra cada vez que sellamos un pacto. Lo hacemos desde la esperanza de haber encontrado a otros como nosotros. Gente que sea digna de esa confianza.
En definitiva, lo único que esperamos es sentirnos un poco menos solos en este mundo.
Si entendéis lo que os digo, si habéis pasado por esto, entenderéis lo que conlleva esa decepción. Implica, en cierto sentido, volver a la casilla de salida y mirar con recelo a cualquier criatura viva que se te arrime. Implica, valga la redundancia, el miedo a volver a implicarte en nada. Yendo más allá, implica también un oscuro escepticismo acerca de tu Universo personal. Cada vez que alguien a quien consideras cercano o digno de confianza falla a su palabra cuando ha sido realmente necesario entregarla, todo se vuelve más frío. Más lúgubre.
La respuesta fácil es pensar que la culpa es tuya. ¿Quién te manda a ti a confiar en nadie? ¿Por qué esperas de otros algo que es obvio que no son capaces de cumplir?
La respuesta a esa respuesta es incluso más obvia: Porque no podemos, o al menos no deberíamos, pasar nuestras vidas en una metafórica cueva. Se supone que debemos vivir unos junto a otros, relacionándonos. Cuando otros rompen su palabra (siempre, en pactos que consideramos de importancia, entendedme) todo este concepto de convivencia pacífica se desmorona. Como ya he mencionado otras veces, necesitamos a los demás, del mismo modo que ellos nos necesitan a nosotros. Estas actitudes, lejos de ayudar a nadie, solo sirven para destruir.
Se destruye la confianza. Se destruye cualquier relación basada en ella. Es decir, cualquier relación importante (amistad, pareja, lo que sea) resulta herida de muerte cuando alguien falla deliberadamente a su palabra y no pone absolutamente ningún medio para solucionarlo.
Es entonces cuando el halcón ya no oye al halconero.
Las cosas se desmoronan.
El centro no se sostiene y la mera anarquía se desata sobre nuestro mundo.
Una vez leí que la confianza es como un jarrón: si se rompe, puedes volver a pegar los trozos, pero jamás queda igual. Quizás es un poco extremo, pero se asemeja bastante a mi forma de ver las cosas. Por lo que a mí respecta, ya sabéis que si yo he fallado la confianza de alguien y ese alguien me perdona, pasa mucho tiempo hasta que yo logro perdonarme a mí mismo. Supongo que por el hecho de que, al haber fallado a otros, siento que me he fallado a mí mismo.
Cuando otros me fallan, procuro no tratarlos como me trato a mí. No en el sentido de que procuro tener algo más de manga ancha y dar al menos una segunda oportunidad. Porque soy consciente de que cometemos errores, y también porque soy consciente de que si fuera yo el que hubiera cometido el error, agradecería enormemente que se me diese dicha oportunidad. De ahí que resulte tan doloroso darte cuenta de que existe gente que considera que el hecho de recibir una oportunidad sea algo así como un borrón y cuenta nueva. Como si eso de decir "No voy a crucificarte por lo que has hecho" inmediatamente significase "Me he olvidado de esto y tienes carta blanca para seguir comportándote como te dé la gana". Es no valorar mucho la propia palabra y menos aún una relación supuestamente basada en la confianza.
La entropía aplicada a nuestras relaciones personales.
De ahí que a menudo piense que es raro que la gente cambie. No creo que lo hagan; no en lo importante, al menos. No en la mayor parte de las veces. Con muchísima frecuencia procuro ignorar esa voz interior que me dice "Quien te ha hecho daño una vez, te lo puede hacer otra". Supongo que porque me importa estar bien con los demás; supongo que porque quiero creer que me puedo equivocar en algo como esto. También, porque me resulta mucho más cómodo y soportable pensar algo así y no tener que afrontar un nuevo conflicto.
La cuestión es que, lo quieras o no, los conflictos te los acabas encontrando. Que esa voz, a la que prefieres no escuchar, la mayoría de las ocasiones te acaba diciendo "Te lo dije". El resultado es que, una vez más, te toca apretar los dientes y coleccionar otra decepción. Otra muesca en tu cinturón.
Y cuando dice "Te lo dije", lo dice con un cartel así de grande.
Cada vez que esto sucede, cualquier buen recuerdo se emponzoña. Se envenena. Pierde su brillo y ya deja de parecer tan alegre. Las risas ahora te resultan falsas y te preguntas cuánto había de verdad en ellas. Las conversaciones personales, donde te mostrabas de un modo que no revelas a todo el mundo, ahora te parecen una violación. Te preguntas en quién has estado confiando. A quién le has contado cosas que no te atreves a contar a la mayoría. Las muestras de confianza, que en su momento diste sin esperar nada a cambio, ahora te producen una extraña sensación: ¿has estado mostrando afecto, empatía, interés o preocupación por alguien a quien ya no importas? ¿O acaso nunca importaste a esa persona de verdad, y lo único que hacía falta era un poco de tiempo para poner las cartas sobre la mesa? Es en ese momento cuando aquellas muestras de desinterés, ahora te parecen esfuerzos vacíos. Incluso desagradecidos.
Se supone que no debe importarte, pues en esta vida hay cosas más importantes. Y es cierto. La cabeza te dice que eso es una verdad como un templo y que una decepción no es más que una decepción. Que el mundo está lleno de gente así y que lo único que te toca es pasar del tema. Olvidarte de eso, quedarte con lo bueno y seguir adelante.
El corazón te dice que no te lo mereces. Que tú eres quien ha luchado contra viento y marea por aquello en lo que creías, y que el Universo se ha encargado de corromperlo. De convertirlo en ceniza, mugre, óxido y roña. Has peleado para nada. Te has esforzado para nada. Has invertido energías para nada. Sí, desde el plano de la teoría no tiene la más mínima importancia. No es grave. Y sin embargo, pese a saberlo, pese a ser consciente de ello, te importa. Te duele. En cierto modo, hasta te sientes humillado, porque habías depositado tu confianza en otros. Tu fe, si quieres. Y no ha servido para nada.
A esto se reduce todo.
Cada decepción es dolor, pero no solo dolor.
Es frustración, porque es devolverte al punto de partida, como si nada de lo que hubieras hecho, o logrado, haya permanecido.
Es incluso rabia, porque ves lo injusto que resulta.
Es el inicio de una espiral descendente de oscuridad, distensión y frío. Con cada decepción, se pone en marcha un mecanismo que, a menos que exista una voluntad sobrehumana por parte de aquellos que nos han decepcionado, solo lleva a un camino, que es a la separación más triste. Todo cuanto fuimos, todo cuanto aspirábamos a ser... todo eso deja de existir. Se convierte en una amarga sombra. Miramos a los ojos de aquellos que nos han dañado y no vemos a quienes fueron para nosotros. Solo un pálido recuerdo, de lo que fueron y no volverán a ser. A diferencia de ellos, nos preguntaremos en qué fallamos. Qué fue lo que hicimos mal. Por qué, para variar, no salieron bien las cosas.
Y también te hartas.
Hasta que llega un día en que esas personas que tan importantes fueron para nosotros acaban por convertirse en rostros que vemos por la calle, entre la gente. Rostros que ya no nos dicen nada, porque las vidas que llevan ahora son completamente ajenas a las nuestras. Vidas de las que ya no formamos parte. En las que ya no hay un lugar para nosotros. Ya no hay nada de lo que hablar. No queda nada en ellos de lo que antaño significaron para nosotros. Somos leves notas a pie de página en las vidas de aquellos que creímos que serían diferentes a los demás. Aquellos de los que nos sentimos orgullosos en su momento de tener a nuestro lado. Es entonces cuando oímos los vítores silenciosos. Las risas. Solo quedan fantasmas. Ecos de lo que fueron.
Esos tiempos no volverán, y lo único que podemos hacer es vivir con el vacío que nos dejan.





No hay comentarios:
Publicar un comentario