lunes, 28 de febrero de 2011

Escupiendo Rabia- Superhéroes rosas




No hemos aprendido.

Lo que yo os diga, la raza humana y, en especial, el homo hispanicus, somos algunas de las criaturas más subnormales que ha parido el planeta Tierra. Ya está bien de putear a los americanos, a los que miramos para justificarnos. Basta de decir "pues ellos son peores". Eso no vale.

Parece ser que la gente, que el pueblo y la prensa, no tienen memoria.
Yo era pequeño y me acuerdo. Me acuerdo del cipote que se montó (y con razón), cuando algún hijo de la grandísima puta se cargó a tres chavalillas en Alcásser que lo único que hicieron fue cometer el error de topar con gente demasiado poderosa, con gente demasiado enferma y con demasiada mala leche, que les hicieron pasar una noche que para las pobres muchachas se quedaba.

No voy a entrar en la crónica negra, ni en lo que hicieron con ellas. Ya hay montones de informes forenses al respecto y gente que, en su día, se informó mucho mejor que un niño de unos diez años (la edad con la que contaba yo por aquella época, año arriba, año abajo).
En realidad, quería hablar del show mediático que se montó por aquel entonces. La Gran Nieves Herrero, en un alarde de profesionalidad, metió al pueblo entero en su plató de televisión justo el mismo día en que se habían enterado del hallazgo de los cuerpos de las pobres criaturas. No quiero ni acordarme de las preguntas que le hizo a la gente (incluídos los padres) al respecto.

Con este caso se abrió la Era del Morbo y la Carroña en nuestra tele.
Algún tiempo después (avancemos nuestros calendarios hacia 1993 o 1994), la misma Periodista de Calidad, se encargó de cubrir el reportaje sobre los asesinatos del rol: tres frikis con una psicopatía de caballo se cargaron a un señor en una parada de autobús. Resultó que, como psicópatas que eran, confundieron su juego de rol con la realidad y así acabó el tema. La señorita Herrero se encargó de preguntar a todo el que se le ponía por delante si el juego en sí era peligroso. Hasta aquí bien, ¿verdad? No habría estado mal si hubiera sido una pregunta de sí o no. No una pregunta retórica: "Es peligroso, ¿verdad?". Ahí yo era un poco más mayor para entender las cosas. No me costó reconocer en lo más mínimo que la tía disfrutaba echando por el barro algo de lo que no tenía ni la más mínima idea.


Cuidado: más allá de su apariencia inofensiva, estos chicos son psicópatas en potencia y juegan a algo muy, muy peligroso...

Así fue cuando empezaron a surgir los llamados realities, donde nos mostraban un mundo tan negro y tan podrido que te daba susto salir a la calle aunque fuese para mear en una esquina. Ya no quedaba asesinato, atraco con violencia, paliza, suicidio o violación libre de las cámaras. Cuanta más sangre y más detalles se dieran, mejor. Los medios eran tan agresivos o más que las cosas que mostraban.

Y llegamos a la década de 2000 y 2010. El puñetero siglo XXI. El futuro. ¿Habéis visto lo que tenemos?
Exacto. Más circo.

Ahora resulta que los medios se erigen como adalides de la justicia. Vemos a Mercedes Milá que va por ahí cazando pederastas, cámara oculta en mano, con micrófonos ocultos, escondida en una furgoneta, haciendo la labor que debería hacer la Policía.
Vemos interrogatorios inquisitoriales en la tele, como el caso que da origen a este post, cuando el otro día hicieron confesar en un plató de televisión a la mujer de Santiago del Valle, diciendo que éste se había cargado a la pobre niña.
Veo cómo el padre de la criatura (en un comprensible estado emocional bastante tocado) agradece a los medios la ayuda prestada... y los medios, en respuesta, se sienten como los Vengadores. Como La Liga de la Justicia. Como los putos X-Men.
Para justificar semejante pasada, empiezan a hablar de su derecho a informar. De su derecho a denunciar las injusticias. Como si se creyeran los putos periodistas del Watergate, empiezan a decirnos que esto es lo que prima en una sociedad democrática.
Y ya estamos con la democracia, para no variar...


Más o menos es así cómo debían sentirse nuestros bienamados periodistas al sentir que eran más guais que la poli. Que habían descubierto a un criminal y lo habían puesto entre rejas...

La democracia no es sólo tener derechos. La libre expresión, en contra de lo que nos quieran vender, no consiste en soltar lo primero que nos salga de los huevos. No nos permite tomarnos la justicia por nuestra mano (por mucho que queramos, como el padre de esa niña) para que nosotros capturemos a los criminales. Para que nos saltemos todo el proceso judicial. Para que hagamos lo que nos de la gana. Eso es demagogia pura y dura: el viejo lema de "pero es que en mi casa se juega así" (como decía Luis Piedrahita en su monólogo, "ya te pueden pillar jugando al tres en raya con cocaína, que diciendo eso quedas exculpado).

La democracia es además ser consciente de que por cada derecho que tenemos, tenemos también obligaciones. Deberes. Responsabilidades. De eso no habla nunca la prensa. Son el Cuarto Poder, y su dominio consiste en tirar la piedra y esconder la mano.
En la entrevista que vi anoche, la piedra ya había descalabrado a más de un juez, y luego escondieron la mano al decir que no tienen tanto poder como para hacer presión sobre los tribunales. El Cuarto Poder tiene potestad para eso y para más. Ellos mismos dijeron que el Washington Post fue capaz de destituir un senador en los Estados Unidos. ¿Y dicen que la prensa no es capaz de presionar a los jueces? Por favor.

La prensa en España (vamos a centrarnos en mi país; otros que viváis en otra parte podréis aportar vuestras experiencias personales en otra parte) es aquella que es capaz de joderle la vida a alguien sólo por un pálpito o porque simplemente les sale de las pelotas. Me remitiré una y otra vez al caso de Dolores Vázquez, que fue condenada SIN PRUEBAS por un tribunal popular (¿Un tribunal popular en un caso de asesinato? ¿Estamos locos?), gracias a la cojonuda presión mediática, a la que le dio la gana de acusar a una mujer que estaba peleada con la madre de la víctima.
Intelectuales de la talla de la Gran Ana Rosa Quintana (famosa por ir de adalid de la moral después de haber plagiado una novela, que no habría sido retirada del mercado si su "negro" no hubiera abierto la boca) ya hablaban de la mujer como culpable ANTES de que se hubiese pronunciado un veredicto. Ella y muchos otros, como apuntan algunos de los distópicos más fieles. Mi pregunta es: ¿es esto democracia? ¿Es esto el supuesto de que una persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad en un juicio?



La prensa en España es esa que, en el momento en que está de moda denunciar los casos de maltrato (digo moda porque hasta hace quince años no salía jamás algo así en la tele... y dudo mucho que sea una lacra moderna de la sociedad) es capaz de decir que una mujer ha sido asesinada y, sin tener siquiera acceso al informe forense, sin haber hablado siquiera con la Policía, y sin tener ni una puñetera pista, ya te sueltan en el titular "posible caso de violencia de género". Son como Dios. Lo saben todo. Lo ven todo. Con un par de cojones. ¿Que a lo mejor es verdad? Nadie lo niega. Pero, ¿quién coño son ellos para meterse en el trabajo policial?

Y hay cosas aún más escalofriantes: es el hecho de pensar que su ansia de carnaza no tiene límite. Que sonríen cada vez que consiguen desmayos en un plató de televisión, porque saben que eso es un puto triunfo. Que el morbo que regalan a espuertas les genera audiencia. Que gracias a la audiencia se crecen, se vienen arriba y se consideran a sí mismos como lo único que defiende a la sociedad del caos. Así van, como modernos superhéroes, pasándose por el forro todo el proceso judicial (que vale que es lento, que vale que no es el mejor... pero está para algo; ¿qué pasaría si de repente todos nos dedicásemos a perseguir a aquellos que consideramos sospechosos de algo? Esto sería la jungla), permitiéndose juzgar a la gente sin absolutamente ninguna responsabilidad. Sin pensar que igual se equivocan. Que están poniendo en la picota a un inocente. Que le están arruinando la vida a alguien. Eso les da exactamente igual, porque su poder lo marcan los índices de audiencia. Si la han cagado, las disculpas funcionan a la perfección: una disculpa hipócrita y a ver a quién se machaca hoy.





Y la verdad es que me cabrea, para qué negarlo. Me cabrea esta doble moral de la sociedad de mi país, que habla de derechos para lo que les da la gana y para quienes les da la gana (los periodistas que van de justicieros son de la misma calaña, si no los mismos, que hacen entrevistas a perseguidos por la justicia e imputados en algún caso, pagándoles cifras escandalosas; ahí no pasa nada. El pueblo asqueado con el paro y todos sin un puto duro, pero chorrocientos millones a un subnormal que se chotea de la ley española mientras está en Quintocoño tomando daikiris). Que habla de libertad de expresión y al mismo tiempo implanta una censura escandalosa y repugnante (no hace mucho escuché un debate acerca de nombrar una comisión que regulase los contenidos en televisión. Lo que en otras épocas menos "libres" llamaban censores), que es cada día más asfixiante.

Los mismos que hablan de democracia son aquellos que se pasan por el culo principios tan básicos como la presunción de inocencia. Los mismos que te dicen "de esto mejor no hablar". Son exactamente los mismos hipócritas que nos hablan de proteger a los menores (como si fueran una especie aparte, más débil y más idiota, aunque no hayan hablado con un menor en su puta vida) mientras toda esta mierda (o la mitad) la ponen en horas en que un crío puede estar viendo la tele.

Me cabrea el ensalzamiento de la víctima, a la que no hacen recordarle una y otra vez que es una víctima antes que una persona. Es el caso de la Enfermera Gollum de la serie South Park, que nació con su siamés muerto pegado en la cabeza e iba por ahí con el feto colgando. De pronto, todo el mundo decidió que la buena mujer era una causa más que una enfermera y le dedicaron tanta atención que era igual o peor que si la hubieran ignorado, obligándola a participar en desfiles en los que sólo aparecía ella y creando premios sólo para que ella los tuviese.


La enfermera Gollum, participando ella sola en un humillante desfile pro-igualdad que, paradójicamente, no hace más que ensalzar la diferencia y recordarle a todo el mundo que la pobre mujer es diferente, cuando ella lo único que quería era hacer su trabajo honradamente, como cualquiera.

Me pone enfermo el hecho de que haya víctimas que empleen su condición para llenar los platós y formar parte del circo, corrompiéndose y prostituyéndose por un puñado de dinero. Me comentan que el padre de una de las niñas de Alcásser fue uno de los pioneros en estas prácticas. Los datos que han llegado a Rumbo a la Distopía son bastante extensos, pero haré un resumen diciendo que este señor se aprovechó de la violación, tortura y muerte de su hija para crear una fundación, montar una empresa (él la llamaba organización), sacar un montón de pasta e ir viviendo del cuento, mientras los padres de las otras dos muchachas se desmarcaban de su concepto de hacer marketing con la muerte de una hija, que le permitió aumentar su patrimonio de una forma descarada. Muy bonito, eso de aprovechar algo tan macabro. De explotar a tu pobre hija, a la que mataron unos hijos de puta. Me pregunto si ese hombre se creería mejor que ellos.
Y no es el único caso de gente que busca hacerse famosa a costa de la desgracia. Acordaos del caso de la mujer del supuesto maltratador al que se enfrentó el profesor Neyra. Y el propio profesor Neyra (ya hablé ampliamente de este caso en un post anterior), aclamado como héroe en un principio, demostró sus verdaderos colores al salir del coma. Que no me vengan hablando de valores. Ni víctimas ni verdugos los tienen ya.

Y sí, me toca muchísimo los huevos que me hablen de democracia, como si fuera la Luz frente a las Tinieblas, para que luego lea la Constitución y descubra que todo el puto país se la pasa por el forro de los cojones. Muchos parece que ni siquiera saben de qué coño están hablando, como si nuestro sistema de gobierno fuera el Godot que nos lo soluciona todo, pero que jamás viene. Luego hablan en contra de la Iglesia... pero estos lo único que hacen es hablar de la Constitución y la Democracia como aquellos fanáticos religiosos de las películas hablaban de la Biblia: la tenían todo el día en la boca, pero no se cortaban un pelo en odiar a sus enemigos (algo muy cristiano, dónde va a parar) y quemar en la hoguera a los que pensaban diferente.



La democracia no es jauja: es elección del pueblo, PERO por un pueblo responsable que debe saber a dónde les encaminan sus decisiones. Por gente que tiene la obligación de ser consecuente y, si los contenidos que hay en una televisión no convencen, no dejar que implanten la censura, sino ser ellos mismos quienes elijan no verlos. En un mundo democrático ideal, la gente pensaría por sí misma y no se harían juicios paralelos: se esperaría a que la justicia actuase y luego se estaría de acuerdo o no, pero no se haría como en la puta Edad Media, que se colgaba a la gente sólo por encontrar un culpable a quien odiar.
Lo que tenemos, pues, es un país de borregos que se dejan manipular por los medios como si fueran putas marionetas. Un país de lloricas y tontos del culo que no hacen más que decir "pero es que yo tengo derecho", sin pensar en sus obligaciones para con el sistema. Gente que llora mucho, muchísimo, pero que no aporta absolutamente nada.

Señores, si queréis mi opinión, hace años que no vivimos en democracia, por mucho que nos insistan (suelo pensar que cuanto mas te insisten acerca de algo, más intentan convencerte de una mentira). Vivimos en lo que (creo) dijo Aristóteles, cuando mencionó que no existe el sistema de gobierno perfecto, porque tiende a la corrupción. Vivimos en la puta demagogia.

jueves, 17 de febrero de 2011

Escupiendo Rabia- La cultura del despelleje



Llevo ya un par de semanas hablando con amigos de todas índoles y credos diferentes y, por algún motivo que se me escapa (suelo pensar en algo parecido al Destino, o la Providencia, que suele aparecer en creencias protestantes; no me he parado a preguntarme en qué pensáis vosotros, y tampoco creo me sienta con el derecho de preguntarlo) parece ser que todas las conversaciones últimamente, de un modo, derivan en lo mismo.

Y es que me estoy dando cuenta de la cantidad de mala hostia suelta que hay. Sí, voy a ponerme un poco hipócrita, especialmente si consideramos la misma que yo destilo en otros posts que he subido aquí anteriormente. Supongo que la única diferencia que encuentro (no la justifica en ningún caso, sólo hago el matiz y los demás sacáis vuestras propias conclusiones) es que mi Rabia se suele enfocar especialmente a luchar contra las injusticias. En darle una hostia en la boca a lo falsa que es la sociedad, que predica o denuncia una cosa pero luego resulta hacer justo lo contrario a los ideales que vende. Llamadme idealista, si quereis, no me importa: va con el uniforme de persona que se dedica a las artes (el término "artista" es como el de "héroe"; debe enjuiciarse a título póstumo y con mucho, mucho cuidado)

A lo largo de mis últimas charlas, he visto cómo nosotros mismos nos distopizamos. Si, como podéis ver, hoy no pienso hablar de nuestros gobernantes. Voy a darles un respiro y, para variar, voy a hacer que nos miremos nuestro propio ombligo. Nos distopizamos y a lo bestia, cada vez que llegamos y le imponemos a alguien una idea. Así, por cojones. Si no están de acuerdo con nosotros, montamos el cipote del siglo y consideramos a quien sea "enemigo", "disidente" (cada vez que pronuncio esta palabra me acuerdo de La Vida de Brian) o términos mucho más contundentes. Luego si nos preguntan, nos consideramos tolerantes y abiertos de mente. Para arrearnos una hostia en la boca con una trucha muerta por falsos.



Yo mismo me incluyo en este saco. El burro delante para que no se espante. Tengo que reconocer que hasta hace bien poco (y a veces me sigue pasando hoy día), que una persona no pensase como yo me ponía de mala leche. Pero los tiempos cambian y uno al ir envejeciendo ve las cosas de otra manera. Ahora eso no me toca tanto las pelotas como que me llegue alguien completamente carente de argumentos, intentando venderme una idea sólo porque la dice él. Como si las ideas de los demás no valieran una mierda. Sin molestarse siquiera en otros puntos de vista.

Veo como día tras día, en los colegios, hay muchos profesores que usan dobles raseros. Cómo machacan a algunos alumnos porque esperan más de ellos, o sencillamente porque no consideran que estén a la altura de las expectativas del centro acerca de lo que es el alumno "modélico que buscan" (yo mismo he presenciado cómo muchos chavales, que si bien no eran de sobresaliente pero sí de media de "bien" tenían que abandonar ciertos centros porque el profesorado les hacía la vida imposible. No es ciencia-ficción. Es real, pero la mitad de las veces no prestamos atención). Nos dicen en las prácticas docentes que tenemos que reforzar lo positivo y veo cómo día sí y día también muchos educadores (no todos, gracias a Dios) se pasan por el recto eso y se dedican a convertir las aulas en sus putos cortijitos personales, con sus niños bonitos, su clase media y su proletariado. Muy bonito, sí señor.
Cómo en las universidades se lleva la política del despellejamiento, entre profesores, entre alumnos y todos contra todos. Cómo un doctor, eminencia dónde las haya, se permita el lujo de cuestionar no sólo el trabajo de sus estudiantes (valorándolo al peso), sino encima el de sus propios compañeros, que han sido quienes lo han supervisado. Gente que se cree el puto Dios, y puede que lo sean desde el punto académico. Pueden tener conocimientos del nivel de Brainiac 5; pero con esa actitud, ya veo dónde está su calidad humana...


Justo aquí.

Y llegamos al fantástico (o fanático, como queráis) mundo de las redes sociales. Ese universo personal y protodistópico donde se ejerce la dictadura de la mayoría. Donde impera la tiranía del que hace más ruido y lo que podrían ser verdaderas ágoras de gente intercambiando ideas se convierten en lo que mi abuela (en su inmensa sabiduría) llamaba "Lavaderos de putas": es decir, gente berreando, sin decir absolutamente nada. Sin argumentos, sin respeto alguno ni por las ideas de otros ni por las propias (ya he mencionado en muchas ocasiones en este blog que cuando defiendes la idea más noble del mundo sin argumentos, simplemente a base de acordarte de la madre de los demás, estás haciendo un flaco favor a esa causa y estás ejerciendo una defensa mucho peor que si no hicieras nada).


"Que no, que no y que no!!! He dicho que Matrix Revolutions es una joya del séptimo arte!!!"
"Una mierda para ti!!!"

Resulta descojonante lo hipócritas que podemos llegar a ser, cuando nos rasgamos las vestiduras hablando del fanatismo islámico cada vez que vemos cómo un fulano ha hecho PUMBA en Karajistán y se ha llevado a yo no sé cuántos por delante. Pero no pensamos en los cipotes que se montan en cualquier red social o en cualquier foro cada vez que alguien dice "Pues mira, yo pienso esto" y la gente va simplemente a cagarse en su puta madre.
Llamarlo "vergonzoso" es usar un eufemismo.

Por supuesto, no creo que todas las ideas sean respetables. Puedo ser un idealista, pero no un ingenuo. La cuestión es: ¿El creer que tenemos la razón nos da derecho a caso a despreciar a otros? Si tanto hablamos de respeto y tolerancia cuando nos sentimos ofendidos, ¿por qué no tenemos los huevos de escuchar a los demás, entonces? ¿Tan atrapados vivimos en nuestro propio onanismo mental que tendemos a pensar que lo que viene de fuera de nuestro cerebro es equivocado, mal hecho o sencillamente inmoral?

Aparte de todo eso, veo una semilla de ignorancia como la copa de un pino en todo esto. Hay gente que a lo mejor no puede entender el humor (más o menos acertado de algunos), y en lugar de preguntar "¿esto es una broma o qué?" (Aunque no os lo creáis, la Evolución, o Dios, dependiendo de vuestras creencias, parecen haber dotado a nuestro cerebro de la habilidad para hacernos preguntas a nosotros mismos y a otros de nuestra especie) Pues no: el personal entra directamente con la escopeta montada, con su gran frase de "¿Pero cómo puedes decir eso?" Esa frase es, según parece, la que nos da potestad para acordarnos de la puta madre de alguien sin que nuestra conciencia sufra ni un arañacito.

"Un buen fanático siempre está listo para tener una discusión".

Y no sólo pasa en las redes sociales. Internet no es el único modo de propagar este virus. Pasa por todas partes: en la tele, cuando ves cadenas de televisión enfrentadas por ver quién tiene la picha más grande. En la calle, en los bares. No hay sitio que no parezca estar salpicado de eso.
No digo, por supuesto, que todo el mundo tenga que estar de acuerdo; eso sería acercarme a la idea de Pensamiento Único y ya sabéis lo que pienso yo de esas cosas. Es más bien todo lo contrario: creo que no existe nada mejor en el mundo que la gente que piensa por sí misma y que comparte sus ideas con otros. Nadie tiene por qué estar de acuerdo (es casi lo esperable), pero el respeto mutuo debería distinguir a la raza humana de los animales (si veis algún documental, veréis que ellos también tienen muestras de respeto rudimentarias entre sí). Pues nada, aquí como en el puñetero 1984, que nos da cosa decir lo que pensamos abiertamente la mitad de las veces porque tenemos que ser políticamente correctos. Porque tenemos que lamer los sfínteres de gente que, por algún motivo socialmente impuesto, son las que llevan la voz cantante. Alabar a héroes que en el fondo no son más que unos perfectos gilipollas que no merecen ni un ápice de admiración. En definitiva, someternos a la tiranía que os comentaba unos párrafos más arriba.


Traduzco: "Quiero que adores a los ricos y famosos, que estés feliz, que encajes, que pienses como el grupo, que nunca hagas preguntas y que no desafíes nada"

Luego lo de siempre: se nos caen los huevos de indignación cuando vemos gente de tal o cual partido puteándose los unos a los otros. A los radicales de siempre soltando improperios. A payasos que van de raperos (o viceversa, no me queda muy claro) diciendo que todas las tías son unas guarras. A montar el pollo. A cagarse en la puta madre del prójimo. Sin explicaciones. Sin razones. Sin argumentos. Sólo por la mera intención de pagar las frustraciones con alguien.

Y os digo yo que así no. Así nos convertimos en el puto rebaño y vamos de cabeza, todos juntitos, a que nos pongan el puto código de barras en el cogote, como le pasaba al cocopera de Hitman (peli que vi la otra noche y que pido por favor que alguien me explique de qué va). Ya somos pollos sin cabeza que nos dedicamos a corretear y a cacarear. Al insulto barato y a la ramplonería que apuntaba Muñoz Molina en un artículo que leí el otro día por casualidad (y con el que estoy de acuerdo pese a mi lenguaje tabernero y mi bilis concentrada).

No. Ya estoy hasta las narices de que nadie pueda expresarse con tranquilidad sin que le echen a los perros. Sin que crucifiquen a nadie por pensar diferente. Por pensar por sí mismos y no ser un puñetero número, que agacha la cabeza ante lo establecido como "Correcto". Sin que haya un colectivo de imbéciles sin tiempo libre que no saben juntar más de dos palabras seguidas para levantar una polvareda que ríete tú de Twister. ¿Pero quién coño nos hemos creído que somos?


Seáis creyentes o no, tened clara una cosa: a este tipo (independientemente de que le consideréis Hijo de Quien Sea o no) le dieron la del pulpo por pensar diferente y decirlo. Ahora me decís si hemos cambiado mucho en 2000 y pico de años...

Quizás sea, al ver semejantes muestras de garroterismo y soplapollez humana que me quede claro día tras día que nuestra especie debería irse a tomar por culo de una vez y dejar el legado de la Tierra a las cucarachas. Al menos ellas no dejan de hablarse por no estar de acuerdo entre sí.

viernes, 11 de febrero de 2011

Escupiendo Rabia- Fuga de cerebros, o "Mein sphincter ist für dich"



En días como hoy me acuerdo de lo mucho que se puso a caer de un burro a cierto gobierno que tuvimos hace algunos años, y con razón. Por el hecho de tener mayoría absoluta, llegaban, proponían lo que les salía de la chorra y hacían cosas tan dignas y memorables como meternos en una guerra por cojones. No importaba que el país se echase a la calle para decirle al Presidente de aquel entonces que cogiera él un rifle y se fuera con su putísima madre al desierto a pegar tiros. Nada. Allá que fuimos. ¿Y todo por qué? Porque al señorito se le puso en los cataplines lamerle el prepucio a cierto gobernante medio subnormal y completamente alcohólico que puso medio planeta patas arriba.

Parece ser que no hemos cambiado mucho en casi doscientos años. Cuando nos invadieron los franceses, ¿qué hicieron nuestros gobernantes? Se bajaron los pantalones y nos vendieron a ellos, dándole la corona a Napoleón, que puso como regente en España a José I, también conocido como "Pepe Botella" (omitamos chistes con respecto a los caballeretes del primer párrafo). Fue el pueblo el que decidió que el país no se regalaba y se puso a patearle el culo a los invasores hasta que los echó a la puta calle.


Por ejemplo, esta señorita: Agustina de Aragón, que resistió como una gata tripa arriba durante los sitios de Zaragoza...

Hablemos de hoy.
Hoy nuestro gobierno actual, en su sempiterna política de tocarle las pelotas a la oposición, ha abandonado eso de lamer entrepiernas con regustillo a licor. Ahora tenemos un caché y lo que nos va no es bajarnos los pantalones ante el Imperio Estadounidense. Por favor, qué cosa más indigna, ¡que somos europeos!
Ahora lo que se lleva es lamerle el ojete a los alemanes, que para eso son los que mandan.

¿Y cuál es el plan?
Fijáos en cómo está el patio ahora mismito: tenemos una tasa de paro de la putísima hostia. Medio país lleno de licenciados y ultrapreparados hasta la saciedad, cuya única actividad consiste en ir echando currículums y preparar oposiciones (las cuales por cierto, están desapareciendo poco a poco para no tener que pagar más sueldos). Se habla de un proyecto formativo que, si haces caso de la mierda que te sueltan los hijos de mala madre que están al mando, parece ser que vamos a crear un país de superdotados... pero luego ves la realidad de la formación en España y te das cuenta de que los cursos que están saliendo están organizados por sindicatos, que funcionan de un modo endogámico, con listas de admisión más cerradas que una discoteca de moda. Tampoco hay demasiadas ofertas para los formadores que no estén afiliados a dichos sindicatos; no hablemos de cómo está el acceso al trabajo como formador en la empresa pública (yo mismo soy formador, en paro)
También he hablado extensamente en otros posts sobre el tema de los cursos que te piden para empezar a trabajar, y la mierda que supone el reciclaje constante de demanda, que te hace estar formándote en una cosa detrás de otra como el puto burro que persigue la zanahoria colgando de un palo para no terminar jamás. Para seguir sin empleo, mientras otros que están más arriba siguen chupando del bote y mamando de la teta del país.


En comparación, esta especie de chupasangres no me parece tan mala...

De lo que no he hablado demasiado es sobre el tema de la investigación y el desarrollo, conocido generalmente como I+D. Digamos que tengo cierta información, ya que en mi familia hay gente que se dedica a investigar en el mundo de la ingeniería y tiene bastante más idea que yo del asunto, de manera que ando medianamente al día.
Pues bien, eso que salieron diciendo hace unos meses por la tele diciendo que iban a potenciar la I+D española, ha quedado demostrado que es un embuste más gordo que los cojones de King Kong.
En un país como España, que posee la cantera de investigadores más puntera que hay en media Europa (no me lo saco de la manga, luego os explico de dónde viene eso), un lugar donde podríamos empezar a investigar tan a lo bestia en energías renovables (pensad en energía eólica y solar y decidme un sitio mejor donde se puedan desarrollar industrias así) que en menos de diez años podríamos abastecer a la mitad del continente, ¿qué hacemos?

Sí, amiguitos: regalamos nuestros ingenieros a Alemania por un sueldo de risa.
Pero claro, aquí viene la canciller pidiendo investigadores y nosotros, en nuestra todopoderosa gilipollez y nuestro eterno peloteo hasta la putísima eternidad, le decimos: "Venga, llévatelos a todos, que total; no teníamos intención alguna en solucionar el problema del paro ni de crear una industria propia tras la caída del ladrillo".
Ingenieros que tendrán que vivir allí, que cotizarán allí y pagarán sus impuestos allí. Para tocarse los cojones. Nosotros los formamos, los aburrimos y no apostamos por ellos; y por si fuera poco, ya ni nos molestamos en explotarlos, que de eso ya se encargarán otros.


Atentos a la "anal-ogía": nosotros somos la cabra.

Puede que penséis que sean proyectos de colaboración. Puede que penséis que lo único que buscan es mano de obra. Sí, y también podemos pensar que si persigues a un conejo en mitad del campo te caerás por un agujero y verás orugas que hablan. Ojalá.
Hasta donde sé, los amigos de Alemania, a pesar de tener una industria que flipas y de ser tan austeros en su proceder, resulta que no tienen investigadores tan buenos. Las universidades de España, hoy por hoy, les están haciendo el trabajo sucio: las empresas alemanas tienen sus pactos con nuestras universidades y nosotros lo hacemos todo por un sueldo de becario. Con deciros que ni siquiera se molestan en copiar las transparencias de los proyectos de ingeniería: directamente usan las mismas en sus presentaciones.
Y ahora, ya ni siquiera tendrán que venir para acá para supervisar los proyectos; ya tienen allí a los becarios. Qué guai, ¿eh?

Y no sólo de ingenieros vive el alemán ("Los quiero a todos", pareció decir la canciller, como el niño aquel de Charlie y la Fábrica de Chocolate); también se van para allá sanitarios. Claro, es que aquí nos sobran, por si no os habéis fijado. Pasáos por urgencias, a ver cuánto tardan en atenderos. Cuántos médicos que hayan superado el MIR y que no sean unos pobres chavales puteados que todavía están aprendiendo puedan deciros qué coño os pasa. Procurad no tener algo gordo, ni ir con una urgencia severa. Ahí será cuando descubráis que los servicios sanitarios están masificados, obligando al personal a hacer guardias inhumanas de veinticuatro horas, a hacer que se coman unos marrones de aquí te espero, a sabiendas de que si la cagas, tienes muchas probabilidades de mandar a alguien al otro barrio.

Pero hay que lamerle la almeja a la jefa. Aunque eso suponga la misma mierda de siempre, multiplicada a la enésima potencia: no apostar por los jóvenes formados. No creer en tu propio país (véase el caso de la serie Pocoyó, creada por un estudio, si no recuerdo mal, de Granada. No apostaron por ellos y se tuvieron que buscar las habichuelas en Estados Unidos. Ahora son una de las series infantiles que factura más dinero al año) y hacer que la gente se muera de asco y acaben cagándose en su puta nación, literalmente hablando.

Me parto el culo cuando a esta mierda la oposición se sube al carro, cual buitres carroñeros (suele ser la función primaria de cualquier oposición en este país de gañanes), diciendo que no, que tenemos que apostar por los jóvenes... garantizando una formación de calidad. Tócate los cojones. Los mismos que impusieron por huevos un sistema educativo que favorecía la vagancia más absoluta y que aburre a los estudiantes día sí y día también (y de esto SI que tengo experiencia propia), ahora nos vienen con milongas y polladas que ninguna criatura que junte más de dos células es capaz de creerse. Ahora que el país está hecho unos zorros se disfrazan de Caballeros de la Mesa Redonda, de brillantes cruzados que se muestran como los héroes que nos van a salvar de la ruína.


Ya mismo los carteles electorales serán tal que así: desearéis votarles.

Pero sabemos que no es verdad. Ni unos ni otros tienen la más mínima intención de salvarnos. No cuando tenemos gobernantes que no han cotizado en la Seguridad Social ni un sólo día de su puta vida. Siete años al mando y ya tiene derecho a jubilación completa (para que luego venga prometiéndole mierdas a los jóvenes). Y los borregos que tiene alrededor, sean de su partido o no, ya tienen su sueldo vitalicio. Cobrarán de por vida mientras los demás nos morimos de asco por cotizar un puto mes. Por no tener que pisar la cola del puto INEM. Ellos viven de puta madre, yendo al Mercadona en coches oficiales que cuestan una pasta, diciéndonos a los demás que tenemos que hacer un esfuerzo por sacar al país de la crisis. Cobrando menos, jubilándonos más tarde, pagando más impuestos que (a diferencia de otros países) no se traducen en una mejora de servicios.

Miro a Egipto y miro a Túnez y es ahora cuando me pregunto qué coño le ha pasado a este país. Qué puñetas ha sido de la herencia genética de esa gente que echó a hostias a los franceses. Por qué coño nos limitamos a mirar para otro lado mientras nos la meten por el culo, cuando nos hacen tragar mierda a diario. Cuando cada vez que uno de estos desgraciados abre la boca, fingiendo que nos entienden, y provocando la risa del fulano de a pie.
A veces me pregunto qué nos echan en el agua para ser tan apáticos y no levantarnos una mañana para echarlos a todos a patadas del Congreso.

sábado, 5 de febrero de 2011

Angst- Maestro de nadie, experto en nada



Hoy me voy a poner un poquito más serio de lo habitual. No, hoy no toca ni cachondeo ni despliegue de palabrotas ni asociaciones de palabras ingeniosas. Si esperabais algo así para el finde, lo siento. Cambio de planes.

Es que veréis, he estado pensando y, para variar, no he estado pensando en las dotes físicas de Paula Prendes o en el próximo tebeo que voy a comprarme. Como digo, hoy no toca de eso. Y es que últimamente tengo la impresión de que estoy soltando demasiados discursos, no sé si os habéis dado cuenta; de que estoy dando mi opinión constantemente sobre todo (aunque no tenga ni puñetera idea de lo que estoy hablando, cosa que suele ser bastante habitual), como si tuviera posesión de la verdad más absoluta y, a menudo, tengo la impresión de que nadie ha pedido que me pronuncie. Creo que hablo demasiado sobre mí mismo, como si no tuviera otra cosa de la que hablar. Y oye, eso me preocupa.

Pero me preocupa aún más el hecho de que, más veces de las que me gustaría reconocer, ha habido alguno que ha dicho que está totalmente de acuerdo conmigo. Y ahí es donde me cago en los pantalones.
Hace algunos años, había una campaña publicitaria de una marca de bebida en que veías el careto de Liam Neeson diciendo: "Cuando me felicitan, empiezo a preocuparme". Pues va a ser que no es una frase tan absurda como parecía en un principio.

¿Y eso por qué?
Bueno, normalmente los seres humanos solemos cabrearnos aunque sea un poquito cuando nos llevan la contra (no os pongáis bien puestos que es verdad. A todos nos ha pasado aunque sea a un nivel microscópico)... pero cuando alguien dice que suscribe todas las palabras que dices... asusta, porque sabes que eres humano. Que puedes equivocarte. Que, muy probablemente, lo que estés diciendo tenga alguna metedura de pata por alguna parte. Eso de que llegue alguien y te diga "tienes razón en todo" hace que le des vueltas a las cosas. ¿Le he comido el coco a la otra persona para que no vea absolutamente ningún punto negativo? ¿Es esa persona incapaz de ver las incoherencias que acabo de soltar una detrás de otra? ¿Quién está más loco: el loco o el loco que hace caso del loco?

Y es que cuando te has criado en un colegio religioso y estudias, por un lado, lo que es la vida de un Mesías (al que todo el mundo hacía caso y la gente que tenía alrededor pensaba que lo que decía estaba muy bien) y, por otro, Historia y ves la que se lía poco despúes precisamente por el mismo tipo, es cuando esas cosas empiezan a reconcomerte un poco por dentro. Últimamente he dado demasiados consejos, y le he dicho a la gente, si no cómo tiene que vivir, cómo pensar para vivir mejor. Ja. Como si yo hubiese solucionado mi vida. Como si estuviese en una posición moral superior. Como si hubiese alcanzado la puñetera felicidad.

Y aquí todos sabemos que eso es una mentira como un piano. Ni yo ni nadie es feliz, ni tiene la varita mágica para hacer de su vida el País de las Maravillas (a menos que eso implique volverse loco, pegarle a las drogas psicotrópicas o ambas cosas a la vez, claro). Y menos yo. Todavía sigo preguntándome por qué entonces nadie me ha dicho que me meta la lengua en el culo y me quede calladito de una puñetera vez, en serio. Me lo habría merecido.

Vamos a ser honestos, ¿por qué no? Este es uno de los blogs menos leídos de la red, así que da un poco igual. No soy superior. Qué puñetas, no creo que sea más que cualquier tío que os encontréis en el autobús. Mi CI no es nada del otro Jueves, aunque la gente emita el rapidísimo juicio a los diez minutos de conocerme que soy una persona considerablemente inteligente (para muchos puede resultar un halago; para mí significa que, a partir de escuchar eso, tengo que estar a la altura de las expectativas. Y a menudo no es así).
Como artista no vamos a hablar: he practicado casi todas las clases de arte, lo cual puede impresionar que te cagas, pero si nos ponemos a analizarlo sobre el papel, veréis en qué se queda:
He sido músico, sí. He tocado en lo que podría considerarse una de las peores bandas de rock que ha parido mi ciudad (o al menos, así lo era cuando tocaba yo). No queráis pensar en lo que suponía asistir a un concierto.
He sido dibujante. Bueno, eso lo sigo siendo... en el sentido de que cojo un lápiz y dibujo, pero no tengo formación alguna. Lo que sé hacer, lo he aprendido solito, y se empiezan a notar los déficits. A la gente parece gustarle lo que hago, pero es inevitable ver que mis fallos técnicos son, en muchas ocasiones, lo que hoy en día se consideraría "épicos".
Y bueno, también me dedico a la escritura. No voy a caer en la egolatría de llamarme "escritor". Llevo años intentando publicar mis historias y es ahora cuando me doy cuenta de lo mucho, mucho, que me queda por aprender. Ni siquiera me acerco a cumplir mi objetivo como escritor. Si os cuento algún día cuál es, quizás penséis que tampoco es deseable. Puede que incluso llaméis al manicomio para ir reservándome una habitación. Por favor, que tenga vistas al monte, que me he acostumbrado ya a eso.

Y así está un poco el tema, ya podéis verlo. Han sido unas semanas un poco raras, donde cada uno de mis comentarios parece haber tenido un feedback, lo que es de agradecer... pero sin ningún tipo de crítica constructiva (la que me gustaría oír) o destructiva (la que pido al personal que se ahorre). No creo, en ningún caso, que sepa más que la mayoría de vosotros. No creo que mis conocimientos sean superiores a los de nadie. De hecho, estoy seguro de que en muchas materias sois vosotros los que podéis tener la voz cantante y darme a mí lecciones bastante nutridas. No soy ni excesivamente inteligente, ni un sabio, ni maestro, ni nada que se le parezca. Quizás sólo soy alguien que está completamente loco, o al menos lo suficiente como para decir lo que piensa, aunque lo que piense no sea más que una sarta de equivocaciones, provenientes de alguien que quizás tiene menos experiencia en la vida de la que os creéis. Quizás incluso soy un mentiroso de la peor clase: de los que se engañan a sí mismos, arrastrando a todos los demás.

Sea lo que sea, sigo sin entender todo esto. Sigo sin saber por qué nadie me ha puesto ya en mi sitio. Y eso, por encima de todo, es lo que realmente me preocupa, porque por encima de todo quiero que la gente piense por sí misma. Que despierte, que no se deje engañar. Ni siquiera por mí. Y hoy es uno de esos días en que hago balance y tengo la creciente impresión de que me he equivocado. De que, en muchísimas ocasiones, me he sobrevalorado a mí mismo y me he ofrecido como guía espiritual o no sé qué mierda. Como si vosotros no fueseis capaces de encontrar el camino por vosotros mismos sin mi ayuda. Es sobrevalorarme a mí mismo e insultaros a vosotros.

Pero no vayáis a creer que escribo todo esto como reproche, ni mucho menos. Nada más lejos de la realidad. No me molesta cuando muchos de vosotros viene a contarme algo en confianza. Es más, lo agradezco una barbaridad, porque sé que confiar en alguien hoy en día es algo bastante poco común. Entiendo y admiro enormemente el gesto. Supongo que es señal de que me hago respetar como persona de confianza.
La verdad es que no sé lo que es. Si alguno de los que leéis esto es capaz de darme una respuesta al tema sobre el que llevo divagando ya un buen rato, por favor, que no tenga la mala leche de callársela y me la dé.

jueves, 3 de febrero de 2011

Mesa de Autopsias- El Cementerio de los Reflejos de Silvia Ibáñez Cambra.



Pues aquí me tenéis, queridos distópicos y distópicas, con otro libro de mi biblioteca que me dispongo a diseccionar del modo más exhaustivo posible. En este caso, le ha tocado el turno a la novela que menciona el título de este post. Si sois de esos que, como en las pelis porno, os saltáis los preámbulos y vais a saco, repito el título: El Cementerio de los Reflejos, escrito por la zaragozana Silvia Ibáñez Cambra.

Antes de empezar, creo que debería hablaros un poco de la autora.
No conozco en persona a Silvia, pero mantengo una correspondencia con ella bastante frecuente, así que me puedo hacer una idea más o menos clara de la clase de persona que es. Si la veis en la foto que aparece en la edición de su libro, podéis ver una chica de veinticuatro años, aspecto serio y mirada inquisitiva. Casi puede impresionar un poco, porque parece que tiene un gran carácter...
Luego, cuando hablas con ella te das cuenta de que has acertado sólo a medias. Sí, es cierto que tiene una personalidad muy marcada y un carácter fuerte, pero también te das cuenta de que es alguien con una mente muy aguda y un ingenio que no se queda atrás, y en absoluto desagradable. De la clase de persona que se las apaña para sorprenderte cada día.

Esto que digo no es en absoluto gratuito. Tiene que ver, y mucho, con su novela. Empiezo la disección en sí y ya veréis por qué he soltado esta introducción.

El Cementerio de los Reflejos es el debut editorial (que no la ópera prima) de la autora, contándose ésta como su octava novela escrita. Si tuviera que etiquetarle un género, la enmarcaría dentro del género de novelas de intriga, aunque su temática (ya hablaré luego de ello) es bastante más amplia de lo que puede parecer en un principio.
A modo de bildungsroman, o novela de construcción de personaje, nos narra la vida de Miguel Campos desde que era pequeño hasta una edad más bien avanzada. Contada en primera persona, se van entrelazando distintas subtramas con ciertos puntos comunes. La primera de éstas (a mí personalmente me parece el motor argumental de la novela) es la creación de una obra literaria; la segunda, una historia de amor, y la tercera, el esclarecimiento de un crimen. He mencionado que el primer tema es el motor argumental, ¿verdad? Bueno, no me hagáis demasiado caso al respecto porque, analizando los otros dos en más profundidad, descubro que ninguno de los temas es nada sin los otros dos. Imaginad las tramas de El Cementerio de los Reflejos como una estructura que se sostiene sobre un trípode y más o menos lo tendréis.

La creación de una obra literaria: Supongo que es mi tema favorito porque yo mismo tengo intención de poder ser un autor reconocido algún día; quizás es por eso por lo que me siento parcialmente identificado, no sé. El caso es que si ha habido algo que me ha hecho pensar que Silvia piensa lo mismo (mientras escribo estas líneas no he hablado con ella del tema aún) es que en el primer capítulo ya aparece toda una declaración de intenciones acerca de lo que es el arte de escribir. En este aspecto me recuerda un poco a como sucedía en Los Pilares de la Tierra (antes de que me echéis a los perros u os preguntéis qué seta alucinógena me he metido en el cuerpo, os diré que las asociaciones que haré respecto a otras obras literarias son sólo referenciales. En ningún momento comparo nada con nada, ni digo que nada es mejor que nada): si bien en la novela de Ken Follet las tramas rondaban en torno a la construcción de una catedral, El Cementerio de los Reflejos ronda en torno a la creación de una novela (o metanovela, si tenemos en cuenta que la novela que el protagonista escribe se llama precisamente así).

Relacionado con este tema, está el concepto del escritor. Silvia plantea a los escritores como una raza aparte: Miguel Campos aparece así como un outsider que no encaja en su entorno. No tiene amigos y es visto, de un modo u otro, como un "niño raro". La autora lo define como la imagen tradicional del poeta marginado de un mundo que ni puede ni esta seguro de querer entender. Personalmente no estoy de acuerdo en esta concepción como "estándar" de lo que es un escritor (tampoco estoy seguro de que Silvia lo vea tan así), pero reconozco que se aplica en una enormidad de casos y casi siempre en los más famosos (el único caso que me viene a la mente de un escritor que no es así es el de Shakespeare, que era un hombre familiar y, según lo poco que se sabe, con cierto don de gentes); además, funciona a las mil maravillas para crear un personaje protagonista que se dedique a escribir.

Personajes: Quizás uno de los puntos más fuertes de la novela; si bien no hay un desarrollo psicológico exhaustivo de todos y cada uno de los personajes, es cierto que la autora se esfuerza por hacerlos creíbles y coherentes. En El Cementerio de los Reflejos no veréis personajes que hagan cosas que no sean propias de ellos o que sufran bruscos e injustificados cambios de personalidad. Todo lo contrario: son fieles a su forma de pensar hasta las últimas consecuencias. Lo de la fuerte personalidad de la autora viene a colación aquí porque en la novela he notado lo que podríamos llamar una "marca de la casa". Los personajes, si bien están claramente diferenciados unos de otros, suelen tener (en su mayoría, pues hay excepciones) el rasgo común de ser gente firme en cuanto a creencias y claras en cuanto a palabras, quedándose muy cerca, en algunos casos, de la arrogancia (me viene a la mente el ejemplo de Catalina, una joven asistenta que no tiene pelos en la lengua para decir a su patrón "usted a lo suyo y yo a lo mío".) En sus opiniones, a veces pueden resultar algo categóricos, lo que hace que un servidor, como lector, se quede esperando argumentos que apoyen ciertos puntos de vista de los personajes... pero al final, hay que contentarse averiguando en qué se basan para dar ciertas opiniones (me viene a la mente el caso de Ana, la bibliotecaria; entendí su punto de vista porque conocía la opinión de la autora al respecto, pero en ningún caso la vi por parte del personaje)

Ambientación: De un modo similar a lo que sucede con los personajes, Silvia rehúye las descripciones cargadas en detalles, pero no por ello resulta escueta: describe lo que hay que describir, usando las palabras justas y necesarias para que el lector visualice la imagen en su mente, con libertad para aportar detalles propios. Un ejemplo con el que me quedo especialmente es con el del bar de Emilio, en la primera parte, donde describe en cuestión de unas líneas, la historia de una cabeza de toro que hay allí colgada. Un detalle complementario, sí. Narrado de forma breve y concisa. Y al mismo tiempo se las apaña para que la ambientación sea creíble y realista.

Trama: La autora es lo que yo llamaría una autora "conceptual". Explico semejante término que me acabo de sacar de la manga: no es la clase de escritores que busquen la metáfora perfecta para describirte una mosca que vuela sobre la ceja izquierda de un personaje que pasa por ahí; Silvia se centra más en crear una historia sólida y coherente, que no se contradiga a sí misma, que entretenga y que de paso diga algo. Todo a la vez. Para ello empieza de un modo aparentemente sencillo, contando la historia desde el principio y huyendo del in medias res (me resultaría algo extraño empezar así en una historia como esta). Conforme avanza la historia, va soltando ciertos detalles que el lector debe ir anotando e hilvanando. Cuando ya llevas leídas unas cien páginas o así, ya tienes la cierta impresión de que no sucede nada por casualidad: lo que parecían detalles resultan ser cosas atadas y muy pensadas. Si hay algo que me llame la atención del estilo de la autora, es su habilidad con las escenas tras el telón que, a menudo, generaron más interés en mí que las que mostraba en primer plano (me refiero al caso concreto de la segunda parte, cuando Miguel está en París; a esas alturas de la novela yo ya estaba pensando en todo lo que quedaba aún por resolver)

Referencias: Pese a ser una historia referente a la creación de una obra literaria, la autora no gusta de hacer excesivas referencias a otras novelas escritas. Se encuentran elementos que pueden recordar a Edgar Allan Poe (las relaciones familiares complejas o el hundimiento de cierta casa, recordando a La Caída de la Casa de Usher), a La Celestina/Romeo y Julieta y alguna otra obra más, insinuadas sutilmente, lo que hace que si el autor no ha leído ninguna de ellas, no se sienta perdido al no entenderla. En una entrevista por televisión en Aragón TV, escuché que había referencias a El Fantasma de la Ópera y Stephen King. Por mi parte, no he visto similitudes ni con una cosa ni con (afortunadamente) la otra... pero si alguien las ve, por favor, que me lo cuente. Es una novela tan amplia que se me han debido escapar mil detalles.

Temáticas: Pese a lo que pueda pensar el que no haya leído la novela, El Cementerio de los Reflejos posee como media docena de temas tratados de un modo, como poco, original.
En primer lugar, aparece el tema del maltrato, tratado a diferentes niveles. Es un tema que podría dar lugar a muchísima demagogia y a interpretaciones muy sesgadas. Silvia habla de maltrato psicológico (véase el de la madre de Miguel Campos hacia su propio hijo, al que ignora), físico de padres a hijas (en la subtrama referente a Adriana Cristo), de maridos a esposas (Adelaida) e incluso agresiones físicas y sexuales (nuevamente, Adriana Cristo), sin que por ello quiera hacer apología del victimismo de nadie. No lanza un dedo acusador hacia el maltratador por ser hombre, marido o padre. Acusa al tirano, a la persona que abusa de su fuerza o simplemente hace daño a los que son más débiles. No se entretiene poniéndonos imágenes lacrimógenas para predicar sobre nada. Gracias a eso, sacamos nuestras propias conclusiones.

En segundo lugar, aparece el tema de la magia. Me ha llamado particularmente la atención, porque la autora jura y perjura que su obra no es de ficción, cosa que es verdad. Sin embargo, está cargada de una cantidad de elementos mágicos y sobrenaturales que no se pueden pasar por alto cuando se analizan las temáticas: vemos la misteriosa magia gitana, expresada por medio de la buenaventura o la lectura de cartas del Tarot, y salpicada por media novela. Incluso Astaroth, el gato de Miguel Campos, posee una inteligencia sobrenatural que hace pensar más en un familiar que en un gato común (el nombre de Astaroth, de hecho, alude a un duque del Infierno)

El tema de la Guerra Civil, que he visto criticado en otras reseñas de esta novela, a mí me parece tratado de una manera elegante. Al igual que con el tema del maltrato, la autora no plantea el conflicto que destrozó España como una guerra de indios contra vaqueros donde unos son muy buenos y otros muy malos. Huye del maniqueísmo y lo que hace es emplear ese hecho histórico como telón de fondo para lo que ella considera verdaderamente importante: la trama. Si alguien ha visto la falta de detalles morbosos y de posición política al respecto como un punto negativo, muy posiblemente es la clase de persona que lee una novela esperando unos buenos heroicos vestidos de blanco y unos malvados muy malos vestidos de negro. Me temo que entonces, El Cementerio de los reflejos no es su novela.

El tema de la justicia es un factor que aparece sutilmente, pero es bastante patente en la subtrama referente a Adriana Cristo. No voy a entrar en muchos detalles para no revelar demasiado sobre la trama, pero al respecto diría que he entendido gran parte de la filosofía de la novela como "El tiempo pone a cada uno en su lugar, aunque para ello tarde media vida".

Sexualidad/amor: Algo que resulta realmente interesante de la novela es el tratamiento de las relaciones sexuales y/o amorosas. En la primera parte, por ejemplo, encontramos que éstas suelen ser algo clandestino y, a menudo, ilícito: véase el caso de la niña sin nombre que se besa con Miguel en el portal, a escondidas, o el de la joven profesora que mantiene relaciones con el director del colegio, con el consiguiente revuelo. Más adelante, esto continúa evolucionando en tramas y subtramas que van desde el adulterio o al amor prohibido. Algunos han visto un claro referente a Romeo y Julieta, lo cual no es del todo desencaminado. Para mí, con las dosis de violencia y crueldad que acompañan a esa trama en concreto (no revelo qué personajes son los que están implicados para no revelar datos importantes), me recordó más a La Celestina. En cualquier caso, son historias bastante similares...
Es un tema que va evolucionando desde lo oculto y secreto, o incluso prohibido (el mismo Miguel se niega a aceptar sus sentimientos), hasta lo complejo, desarrollándose triángulos amorosos y relaciones que son de todo menos sencillas. Sólo en algunos casos esto se resuelve, no sin grandes dosis de sufrimiento por medio.

Narrador/lenguaje: Técnicamente hablando, el narrador de la historia es Miguel Campos, que nos cuenta la mayor parte de ésta en primera persona. Hay tan sólo algunas excepciones, como en el caso del comienzo de la tercera parte, en que es Carolina quien toma el testigo de la narración. Esto puede resultar un poco extraño para el lector que se haya acostumbrado ya a la única voz narradora durante casi trescientas páginas hasta llegar a ese punto; por otra parte, esto es sólo temporal y Miguel Campos retoma su función poco más adelante.
El lenguaje que emplea es el lenguaje de una persona firme y con fe en sus creencias. A menudo hace comentarios con los que podemos o no estar de acuerdo. A veces, incluso, puede llegar a ser categórico en sus opiniones, haciéndonos pensar que no transige con otro punto de vista. Si habéis leído a Robert Heinlein (como en el caso de La Luna es una Cruel Amante o Brigadas del Espacio) más o menos entenderéis lo que quiero decir. Eso sí, la voz de Miguel Campos carece de la chulería y la descarada arrogancia de los personajes de ese escritor.

Valoración: Empleando términos académicos (entendedme, acabo de venir de preparar dos exámenes) estamos ante una novela que, si bien no considero sobresaliente (eso lo reservo sólo para unas pocas), sí puedo decir que aprueba con holgura, arañando el notable por muy pocas décimas. En mi opinión, el peor enemigo que ha tenido Silvia no ha sido ella misma, como habría cabido esperar; en otras críticas se han vertido opiniones acerca de las erratas y la edición. En el primer caso, diré que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; en el segundo, debo hacer eco del hecho de que la revisión de la novela en muchos puntos (especialmente en las primeras cien páginas) parece haber sido testimonial. La puntuación llega a ser en muchos puntos un verdadero problema, porque aparecen frases cortadas por puntos o consecuciones de comas que hacen que nos perdamos un poco al leer. A mí esto me parece una pena, porque desmerece mucho una historia escrita con bastante dedicación y la dificultad a la hora de leer según qué pasajes hacen que baje muchos puntos.

Este apartado ya es personal. Si lo desea, la autora puede venir a mi ciudad a partirme las piernas cuando quiera. Me refiero al hecho de que la historia convence; los personajes, si bien no he terminado de sentirme identificado con ninguno (no siempre es un objetivo, así que no lo digo como crítica destructiva) son creíbles y realistas. La trama es sólida, carente de absurdos y con un par de giros argumentales al final que el lector no se espera ni de broma. ¿Qué falla entonces? Yo no lo llamaría fallo en ningún caso. Para mí, El Cementerio de los Reflejos no tiene una nota mayor, para empezar, porque ya voy conociendo un poco a Silvia y sé que es terriblemente ingeniosa y que es capaz no sólo de esta novela (que ya he dicho que está bastante bien), sino de cosas mucho mejores.
Aparte, si me encontrase en posición de hacerle alguna sugerencia o crítica, tan sólo le diría que la animo a explotar tan sólo un poco más el punto de la forma; como ya he dicho, es una escritora conceptual y se centra en el contenido... pero a mí me dejaría con la boca abierta de par en par si usase ese ingenio para equilibrar contenido y forma. Entonces (y ojo, es mi opinión y no tiene por qué compartirla en ningún caso) si hablaríamos de obras redondas.