Pues aquí me tenéis, queridos distópicos y distópicas, con otro libro de mi biblioteca que me dispongo a diseccionar del modo más exhaustivo posible. En este caso, le ha tocado el turno a la novela que menciona el título de este post. Si sois de esos que, como en las pelis porno, os saltáis los preámbulos y vais a saco, repito el título: El Cementerio de los Reflejos, escrito por la zaragozana Silvia Ibáñez Cambra.
Antes de empezar, creo que debería hablaros un poco de la autora.
No conozco en persona a Silvia, pero mantengo una correspondencia con ella bastante frecuente, así que me puedo hacer una idea más o menos clara de la clase de persona que es. Si la veis en la foto que aparece en la edición de su libro, podéis ver una chica de veinticuatro años, aspecto serio y mirada inquisitiva. Casi puede impresionar un poco, porque parece que tiene un gran carácter...
Luego, cuando hablas con ella te das cuenta de que has acertado sólo a medias. Sí, es cierto que tiene una personalidad muy marcada y un carácter fuerte, pero también te das cuenta de que es alguien con una mente muy aguda y un ingenio que no se queda atrás, y en absoluto desagradable. De la clase de persona que se las apaña para sorprenderte cada día.
Esto que digo no es en absoluto gratuito. Tiene que ver, y mucho, con su novela. Empiezo la disección en sí y ya veréis por qué he soltado esta introducción.
El Cementerio de los Reflejos es el debut editorial (que no la ópera prima) de la autora, contándose ésta como su octava novela escrita. Si tuviera que etiquetarle un género, la enmarcaría dentro del género de novelas de intriga, aunque su temática (ya hablaré luego de ello) es bastante más amplia de lo que puede parecer en un principio.
A modo de bildungsroman, o novela de construcción de personaje, nos narra la vida de Miguel Campos desde que era pequeño hasta una edad más bien avanzada. Contada en primera persona, se van entrelazando distintas subtramas con ciertos puntos comunes. La primera de éstas (a mí personalmente me parece el motor argumental de la novela) es la creación de una obra literaria; la segunda, una historia de amor, y la tercera, el esclarecimiento de un crimen. He mencionado que el primer tema es el motor argumental, ¿verdad? Bueno, no me hagáis demasiado caso al respecto porque, analizando los otros dos en más profundidad, descubro que ninguno de los temas es nada sin los otros dos. Imaginad las tramas de El Cementerio de los Reflejos como una estructura que se sostiene sobre un trípode y más o menos lo tendréis.
La creación de una obra literaria: Supongo que es mi tema favorito porque yo mismo tengo intención de poder ser un autor reconocido algún día; quizás es por eso por lo que me siento parcialmente identificado, no sé. El caso es que si ha habido algo que me ha hecho pensar que Silvia piensa lo mismo (mientras escribo estas líneas no he hablado con ella del tema aún) es que en el primer capítulo ya aparece toda una declaración de intenciones acerca de lo que es el arte de escribir. En este aspecto me recuerda un poco a como sucedía en Los Pilares de la Tierra (antes de que me echéis a los perros u os preguntéis qué seta alucinógena me he metido en el cuerpo, os diré que las asociaciones que haré respecto a otras obras literarias son sólo referenciales. En ningún momento comparo nada con nada, ni digo que nada es mejor que nada): si bien en la novela de Ken Follet las tramas rondaban en torno a la construcción de una catedral, El Cementerio de los Reflejos ronda en torno a la creación de una novela (o metanovela, si tenemos en cuenta que la novela que el protagonista escribe se llama precisamente así).
Relacionado con este tema, está el concepto del escritor. Silvia plantea a los escritores como una raza aparte: Miguel Campos aparece así como un outsider que no encaja en su entorno. No tiene amigos y es visto, de un modo u otro, como un "niño raro". La autora lo define como la imagen tradicional del poeta marginado de un mundo que ni puede ni esta seguro de querer entender. Personalmente no estoy de acuerdo en esta concepción como "estándar" de lo que es un escritor (tampoco estoy seguro de que Silvia lo vea tan así), pero reconozco que se aplica en una enormidad de casos y casi siempre en los más famosos (el único caso que me viene a la mente de un escritor que no es así es el de Shakespeare, que era un hombre familiar y, según lo poco que se sabe, con cierto don de gentes); además, funciona a las mil maravillas para crear un personaje protagonista que se dedique a escribir.
Personajes: Quizás uno de los puntos más fuertes de la novela; si bien no hay un desarrollo psicológico exhaustivo de todos y cada uno de los personajes, es cierto que la autora se esfuerza por hacerlos creíbles y coherentes. En El Cementerio de los Reflejos no veréis personajes que hagan cosas que no sean propias de ellos o que sufran bruscos e injustificados cambios de personalidad. Todo lo contrario: son fieles a su forma de pensar hasta las últimas consecuencias. Lo de la fuerte personalidad de la autora viene a colación aquí porque en la novela he notado lo que podríamos llamar una "marca de la casa". Los personajes, si bien están claramente diferenciados unos de otros, suelen tener (en su mayoría, pues hay excepciones) el rasgo común de ser gente firme en cuanto a creencias y claras en cuanto a palabras, quedándose muy cerca, en algunos casos, de la arrogancia (me viene a la mente el ejemplo de Catalina, una joven asistenta que no tiene pelos en la lengua para decir a su patrón "usted a lo suyo y yo a lo mío".) En sus opiniones, a veces pueden resultar algo categóricos, lo que hace que un servidor, como lector, se quede esperando argumentos que apoyen ciertos puntos de vista de los personajes... pero al final, hay que contentarse averiguando en qué se basan para dar ciertas opiniones (me viene a la mente el caso de Ana, la bibliotecaria; entendí su punto de vista porque conocía la opinión de la autora al respecto, pero en ningún caso la vi por parte del personaje)
Ambientación: De un modo similar a lo que sucede con los personajes, Silvia rehúye las descripciones cargadas en detalles, pero no por ello resulta escueta: describe lo que hay que describir, usando las palabras justas y necesarias para que el lector visualice la imagen en su mente, con libertad para aportar detalles propios. Un ejemplo con el que me quedo especialmente es con el del bar de Emilio, en la primera parte, donde describe en cuestión de unas líneas, la historia de una cabeza de toro que hay allí colgada. Un detalle complementario, sí. Narrado de forma breve y concisa. Y al mismo tiempo se las apaña para que la ambientación sea creíble y realista.
Trama: La autora es lo que yo llamaría una autora "conceptual". Explico semejante término que me acabo de sacar de la manga: no es la clase de escritores que busquen la metáfora perfecta para describirte una mosca que vuela sobre la ceja izquierda de un personaje que pasa por ahí; Silvia se centra más en crear una historia sólida y coherente, que no se contradiga a sí misma, que entretenga y que de paso diga algo. Todo a la vez. Para ello empieza de un modo aparentemente sencillo, contando la historia desde el principio y huyendo del in medias res (me resultaría algo extraño empezar así en una historia como esta). Conforme avanza la historia, va soltando ciertos detalles que el lector debe ir anotando e hilvanando. Cuando ya llevas leídas unas cien páginas o así, ya tienes la cierta impresión de que no sucede nada por casualidad: lo que parecían detalles resultan ser cosas atadas y muy pensadas. Si hay algo que me llame la atención del estilo de la autora, es su habilidad con las escenas tras el telón que, a menudo, generaron más interés en mí que las que mostraba en primer plano (me refiero al caso concreto de la segunda parte, cuando Miguel está en París; a esas alturas de la novela yo ya estaba pensando en todo lo que quedaba aún por resolver)
Referencias: Pese a ser una historia referente a la creación de una obra literaria, la autora no gusta de hacer excesivas referencias a otras novelas escritas. Se encuentran elementos que pueden recordar a Edgar Allan Poe (las relaciones familiares complejas o el hundimiento de cierta casa, recordando a La Caída de la Casa de Usher), a La Celestina/Romeo y Julieta y alguna otra obra más, insinuadas sutilmente, lo que hace que si el autor no ha leído ninguna de ellas, no se sienta perdido al no entenderla. En una entrevista por televisión en Aragón TV, escuché que había referencias a El Fantasma de la Ópera y Stephen King. Por mi parte, no he visto similitudes ni con una cosa ni con (afortunadamente) la otra... pero si alguien las ve, por favor, que me lo cuente. Es una novela tan amplia que se me han debido escapar mil detalles.
Referencias: Pese a ser una historia referente a la creación de una obra literaria, la autora no gusta de hacer excesivas referencias a otras novelas escritas. Se encuentran elementos que pueden recordar a Edgar Allan Poe (las relaciones familiares complejas o el hundimiento de cierta casa, recordando a La Caída de la Casa de Usher), a La Celestina/Romeo y Julieta y alguna otra obra más, insinuadas sutilmente, lo que hace que si el autor no ha leído ninguna de ellas, no se sienta perdido al no entenderla. En una entrevista por televisión en Aragón TV, escuché que había referencias a El Fantasma de la Ópera y Stephen King. Por mi parte, no he visto similitudes ni con una cosa ni con (afortunadamente) la otra... pero si alguien las ve, por favor, que me lo cuente. Es una novela tan amplia que se me han debido escapar mil detalles.
Temáticas: Pese a lo que pueda pensar el que no haya leído la novela, El Cementerio de los Reflejos posee como media docena de temas tratados de un modo, como poco, original.
En primer lugar, aparece el tema del maltrato, tratado a diferentes niveles. Es un tema que podría dar lugar a muchísima demagogia y a interpretaciones muy sesgadas. Silvia habla de maltrato psicológico (véase el de la madre de Miguel Campos hacia su propio hijo, al que ignora), físico de padres a hijas (en la subtrama referente a Adriana Cristo), de maridos a esposas (Adelaida) e incluso agresiones físicas y sexuales (nuevamente, Adriana Cristo), sin que por ello quiera hacer apología del victimismo de nadie. No lanza un dedo acusador hacia el maltratador por ser hombre, marido o padre. Acusa al tirano, a la persona que abusa de su fuerza o simplemente hace daño a los que son más débiles. No se entretiene poniéndonos imágenes lacrimógenas para predicar sobre nada. Gracias a eso, sacamos nuestras propias conclusiones.
En segundo lugar, aparece el tema de la magia. Me ha llamado particularmente la atención, porque la autora jura y perjura que su obra no es de ficción, cosa que es verdad. Sin embargo, está cargada de una cantidad de elementos mágicos y sobrenaturales que no se pueden pasar por alto cuando se analizan las temáticas: vemos la misteriosa magia gitana, expresada por medio de la buenaventura o la lectura de cartas del Tarot, y salpicada por media novela. Incluso Astaroth, el gato de Miguel Campos, posee una inteligencia sobrenatural que hace pensar más en un familiar que en un gato común (el nombre de Astaroth, de hecho, alude a un duque del Infierno)
El tema de la Guerra Civil, que he visto criticado en otras reseñas de esta novela, a mí me parece tratado de una manera elegante. Al igual que con el tema del maltrato, la autora no plantea el conflicto que destrozó España como una guerra de indios contra vaqueros donde unos son muy buenos y otros muy malos. Huye del maniqueísmo y lo que hace es emplear ese hecho histórico como telón de fondo para lo que ella considera verdaderamente importante: la trama. Si alguien ha visto la falta de detalles morbosos y de posición política al respecto como un punto negativo, muy posiblemente es la clase de persona que lee una novela esperando unos buenos heroicos vestidos de blanco y unos malvados muy malos vestidos de negro. Me temo que entonces, El Cementerio de los reflejos no es su novela.
El tema de la justicia es un factor que aparece sutilmente, pero es bastante patente en la subtrama referente a Adriana Cristo. No voy a entrar en muchos detalles para no revelar demasiado sobre la trama, pero al respecto diría que he entendido gran parte de la filosofía de la novela como "El tiempo pone a cada uno en su lugar, aunque para ello tarde media vida".
Sexualidad/amor: Algo que resulta realmente interesante de la novela es el tratamiento de las relaciones sexuales y/o amorosas. En la primera parte, por ejemplo, encontramos que éstas suelen ser algo clandestino y, a menudo, ilícito: véase el caso de la niña sin nombre que se besa con Miguel en el portal, a escondidas, o el de la joven profesora que mantiene relaciones con el director del colegio, con el consiguiente revuelo. Más adelante, esto continúa evolucionando en tramas y subtramas que van desde el adulterio o al amor prohibido. Algunos han visto un claro referente a Romeo y Julieta, lo cual no es del todo desencaminado. Para mí, con las dosis de violencia y crueldad que acompañan a esa trama en concreto (no revelo qué personajes son los que están implicados para no revelar datos importantes), me recordó más a La Celestina. En cualquier caso, son historias bastante similares...
Es un tema que va evolucionando desde lo oculto y secreto, o incluso prohibido (el mismo Miguel se niega a aceptar sus sentimientos), hasta lo complejo, desarrollándose triángulos amorosos y relaciones que son de todo menos sencillas. Sólo en algunos casos esto se resuelve, no sin grandes dosis de sufrimiento por medio.
Narrador/lenguaje: Técnicamente hablando, el narrador de la historia es Miguel Campos, que nos cuenta la mayor parte de ésta en primera persona. Hay tan sólo algunas excepciones, como en el caso del comienzo de la tercera parte, en que es Carolina quien toma el testigo de la narración. Esto puede resultar un poco extraño para el lector que se haya acostumbrado ya a la única voz narradora durante casi trescientas páginas hasta llegar a ese punto; por otra parte, esto es sólo temporal y Miguel Campos retoma su función poco más adelante.
El lenguaje que emplea es el lenguaje de una persona firme y con fe en sus creencias. A menudo hace comentarios con los que podemos o no estar de acuerdo. A veces, incluso, puede llegar a ser categórico en sus opiniones, haciéndonos pensar que no transige con otro punto de vista. Si habéis leído a Robert Heinlein (como en el caso de La Luna es una Cruel Amante o Brigadas del Espacio) más o menos entenderéis lo que quiero decir. Eso sí, la voz de Miguel Campos carece de la chulería y la descarada arrogancia de los personajes de ese escritor.
Valoración: Empleando términos académicos (entendedme, acabo de venir de preparar dos exámenes) estamos ante una novela que, si bien no considero sobresaliente (eso lo reservo sólo para unas pocas), sí puedo decir que aprueba con holgura, arañando el notable por muy pocas décimas. En mi opinión, el peor enemigo que ha tenido Silvia no ha sido ella misma, como habría cabido esperar; en otras críticas se han vertido opiniones acerca de las erratas y la edición. En el primer caso, diré que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; en el segundo, debo hacer eco del hecho de que la revisión de la novela en muchos puntos (especialmente en las primeras cien páginas) parece haber sido testimonial. La puntuación llega a ser en muchos puntos un verdadero problema, porque aparecen frases cortadas por puntos o consecuciones de comas que hacen que nos perdamos un poco al leer. A mí esto me parece una pena, porque desmerece mucho una historia escrita con bastante dedicación y la dificultad a la hora de leer según qué pasajes hacen que baje muchos puntos.
Este apartado ya es personal. Si lo desea, la autora puede venir a mi ciudad a partirme las piernas cuando quiera. Me refiero al hecho de que la historia convence; los personajes, si bien no he terminado de sentirme identificado con ninguno (no siempre es un objetivo, así que no lo digo como crítica destructiva) son creíbles y realistas. La trama es sólida, carente de absurdos y con un par de giros argumentales al final que el lector no se espera ni de broma. ¿Qué falla entonces? Yo no lo llamaría fallo en ningún caso. Para mí, El Cementerio de los Reflejos no tiene una nota mayor, para empezar, porque ya voy conociendo un poco a Silvia y sé que es terriblemente ingeniosa y que es capaz no sólo de esta novela (que ya he dicho que está bastante bien), sino de cosas mucho mejores.
Aparte, si me encontrase en posición de hacerle alguna sugerencia o crítica, tan sólo le diría que la animo a explotar tan sólo un poco más el punto de la forma; como ya he dicho, es una escritora conceptual y se centra en el contenido... pero a mí me dejaría con la boca abierta de par en par si usase ese ingenio para equilibrar contenido y forma. Entonces (y ojo, es mi opinión y no tiene por qué compartirla en ningún caso) si hablaríamos de obras redondas.

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