domingo, 28 de octubre de 2012

Escupiendo Rabia- Mundofandom



En previas entregas de este blog hemos ido despotricando contra todo aquello que (según nuestra creencia personal, y solo según esta) consideramos está destruyendo la industria literaria poco a poco. Hemos hablado de ese gigante que se devora a sí mismo a base de vender truños a precio de cojón y toda la industria de la gañanería que le rodea. Hemos comentado también como la autoindulgencia de muchos autores, incapaces siquiera de revisar sus propios textos, nos planta delante de las narices truños cargados de incorrecciones, faltas de ortografía y otras lindezas, ante las que se justifican con argumentos tan simplistas como "Mi trabajo es escribir, no corregir".
Nadie les ha dicho que parte del trabajo consiste en escribir BIEN, no COMO SEA.

Hemos hablado también de esos reseñistas-escritores wannabe, ansiosos por hacerse un hueco en el mundillo literario, falsean análisis de otras novelas a golpe de mentiras y peloteos varios, escudándose en una excusa tan pobre como "Es que es mi opinión"... pero una opinión puede ser una mentira como un castillo, soltada con premeditación y alevosía, y ante eso parece que nadie dice nada.
Es más, queda chuliguai, porque expresarse es un derecho y todas esas cosas que quedan fenomenal de cara a la galería.

Pero, como siempre, no hay un solo culpable; desde mi punto de vista personal, soy más de pensar que de esto tenemos la culpa TODOS, del primero al último. Por tanto, toca pegarle un repaso a otro elemento autodestructivo de este mundillo.
Amiguitos Distópicos, hoy vamos a hablar del fandom.

Lo primero que un recién llegado a este submundo de tíos raros y colgaos se podría preguntar es "¿Qué coño es eso del fandom?" Ante esto procuraremos dar una respuesta más o menos genérica. Ya se sabe que luego cada uno es hijo de su padre y de su madre (al menos, que él sepa) y hay de todo como en botica. El plan es hablar del fandom desatado. De ese que es una puta ruina.
El fandom es básicamente la manada de fans de cualquier género/autor/corriente artística; en principio, no hay nada absolutamente malo en ser fan de algo. Todos nosotros, en mayor o menor medida lo somos...

El problema surge cuando el fanboy/fangirl pierde por completo los papeles y se talibaniza. Cuando el fan no ve más allá de sus propias napias y convierte su afición en "Una forma de vida" es cuando comienza el viaje al Reverso Tenebroso y se convierte en un auténtico tirano.
Puede pareceros exagerado, pero echad un vistazo a vuestro alrededor: pasaos por foros literarios, de cómics o de películas. Yo mismo lo he hecho alguna vez (aunque no he llegado a registrarme), gracias a hilos que me han pasado y demás, y digamos que el panorama es absolutamente desolador: gente perdiendo, ya no sólo la objetividad a la hora de hablar de algo, sino el respeto por cualquier opinión que contradiga su Credo Fan. Si el fulano en cuestión es un fan de Tim Burton, ni se te ocurra decirle que hace tiempo que te dejaron de gustar sus pelis, porque te crucifica, macho: ya puedes soltarle una tesis sobre cine o pasarle una declaración jurada firmada por el puño y letra del propio Tim, que te soltará las dos clásicas frases que todo fanboy/girl tiene insertadas en su ADN:

Frase 1: "¿Pero cómo puedes decir eso?"
Frase 2: "No tienes ni puta idea de lo que estás hablando".


La expresión de sus rostros suele ser tal que así.
Algunos incluso lanzan espurreíllos de baba al gritar, y todo.

Da igual que a lo mejor el que les está contradiciendo pueda tener tanta idea o incluso más que él de cine en general (no solo de Tim Burton, por supuesto... hay más directores e infinidad de películas más). Da igual todo, porque el fanboy desatado sólo distingue entre amigos y enemigos. Y casualmente, resulta que todos sus amigos son fans de lo mismo que él, y sus enemigos, los que le llevan la contra.

Esta especie desatada y talibánica de fans es la clase de criaturas que, por las buenas son muy buenos (o sea, cuando les das la razón como a los tontos), pero por las malas son fieras corrupias. No distinguen. No tienen piedad. Son de los que pasan de esa actitud de fingido respeto a lanzar pedradas a diestro y siniestro y no parar hasta aplastar a los Enemigos de la Verdadera Fe. Olvídate de razonar con ellos, porque no se puede tratar con semejantes amigos del Pensamiento Único. Si tienes suerte, serán de los que te ignoren de por vida. Si no, eres carne de aporreo verbal. Porque solo ellos merecen respeto. Los demás son unos mierdas.

Esto lo hemos vivido en toda clase de movimientos, porque todo movimiento tiene víctimas; anda que no hemos visto al jebi descerebrao que da mal nombre a toda una cultura musical: ese fulano (o fulana, que en esto del rebaño humano no se discrimina) que se siente con la superioridad moral para mirar por encima del hombro a todo bicho viviente que no escucha la misma música que ellos; o si lo hace, le mira igualmente porque no lo va demostrando. Porque por lo visto para ser jebi, rapero o fan de la Polka Húngara tienes que llevar toda la parafernalia al uso como si fueras un puto stand de merchandising con patas. Tienes que convertir tu puto gusto personal en todo un sistema de creencias e ir evangelizando a los que no comparten tus gustos.
En plan cruzado.
Porque lo nuestro mola más que lo de los demás, que son todos una panda de subnormales.

El fandom suele ir de pacífico, pero no nos engañemos, amiguitos, que cuando hablamos de gente extremista, ese pacifismo suele ser más de boquilla que de otra cosa. Son de los de crear camarillas de lameculos y chupapollas de tal o cual señor, y automáticamente buscar enemigos en algún autor rival, o simplemente en alguien que haga algo más o menos similar y al que ellos identifiquen como El Enemigo. A partir de ahí los fans se dividen en dos subgrupos bien diferenciados: los que alaban a A y los que beben los vientos por B, sin pararse a pensar que haya gente a las que les pueda gustar ambos, o bien que no les guste ninguno de los dos. No, eso no entra en la mollera del fanboy. A por un lado, B por otro, y punto pelota.
A veces es el propio fandom el que usa la política de patio de colegio y acrecenta el odio mutuo, con comentarios del tipo "Tío tío tío mira lo que ha dicho A", asociándolo sin ningún tipo de duda a un ataque contra A. Los fans de éste, que no son menos, cargan las tintas y se cagan en la puta madre de B, provocando un ataque mutuo que se alimenta a sí mismo, llegando a cotas absurdas de cojones.


"Po po po, mira lo que ha dishooooo"
"¡¡¡A que te meto!!!"

Otras veces, el fanboy suele ir de generalista por la vida, lo que tampoco es una mejora: el fanboy genérico es el de los que se obsesiona en un género concreto (o un tipo de música, o de pelis, o lo que sea) y no se sale de ahí ni con agua hirviendo. Esto ocasiona, claro está, que de vez en cuando se tope con mierdas del tamaño del sombrero de un picador: si te pegas viendo pelis del oeste y no ves otra cosa, acabarás dando con truñazos como Rápida y Mortal o cualquier spaghetti-western de decimoquinta división. Es en ese momento cuando una persona, llegada a ese punto, dice "Vale, el género me gustará, pero lo que me he tragado no tiene por donde cogerlo". No pasa nada, incluso puede gustarte, pero reconoces que es una bazofia de las gordas. No todo lo que nos gusta tiene por qué ser buenísimo.
El fanboy no piensa así.
Según su mentalidad, todo lo que a él le gusta es bestialmente bueno, del mismo modo que lo que no le gusta es una mierda; partiendo de esa base, y haciendo gala de una objetividad que sólo podría medirse en términos negativos, te dirá que no, que en el género que a él le gusta no hay nada malo. Si se pone a leer novelas de zombis, te soltará con orgullo que se ha pillado toda la burrada que se ha venido (sobre)publicando en los últimos años y negará de manera tajante que alguna de las novelas sea mala. Pese a haberse leído casi medio centenar, y no haber salido del subgénero.

"Entretiene, ergo es bueno". De ahí no le saques, porque ese es su único argumento para hablarte de genios, obras maestras y referentes literarios difícilmente superados en cuarenta años, como poco.
Ya hemos hablado de esto antes.

Lo más descojonante no es eso; aquí cada uno puede meterse entre pecho y espalda lo que le salga del cirulo, que no pasa nada. El problema radica cuando esa persona convierte su puta afición en algo de lo que enorgullecerse e ir dando el coñazo a todo el que le rodea con ello, acusándole de "ignorante" y de otras lindezas por el estilo. Luego, si un día te hartas de tanto insulto soterrado y le mandas a tomar por donde amargan los pepinos, se te encojona y lloriquea diciendo que no le respetas.
Y tú te has pegado lo más grande aguantándolo, a él y a su puto pensamiento. Y si no lo has mandado a freír monas antes, ha sido precisamente por respeto.
Nah, eso no se ve. El fandom no ve más allá de eso.
O estás con él o contra él.

Son esa clase de seres coherentes que te pueden defender a tal autor con la excusa de "Le siguen millones de personas en todo el mundo", pero que luego se ríen de la música comercial, tildando de ridícula la música que pueden hacer señores como Bisbal o Ricky Martin y acusando de gilipollas a todos aquellos que la consumen.
Es ridículo porque no les gusta; para todo lo demás, el beneplácito de la masa es ley imperante de calidad, dónde va a parar.


Ojo, que esta sociedad de hipócritas es bipolar, y tenemos también el caso opuesto, que es el que va de intelectual por la vida y te criminaliza cualquier novela que sea un best-seller, porque todo lo que vende es mierda.
El caso es despotricar.

Ahora supongo que os preguntaréis por qué estos especímenes forman parte de esa destrucción del mundo literario, que es a lo que me estoy refiriendo con más hincapié. Mi aseveración no está infundada y, a diferencia del fanboy medio, me gusta argumentar y respaldar mis hipótesis con un mínimo de solidez. De ahí la longitud eterna de mis posts. Así que, vamos allá:

1. El factor pelota: El fanboy/fangirl medio, como ya he mencionado arriba, a menudo no es solo un fan y ya está. En el mundo literario, el fandom que forma camarillas de alabanza extrema suelen ser otros autores-wannabe que intentan hacerse un huequecillo en este mundo de víboras. Este especimen suele considerar que el fin justifica los medios, por lo que piensan que nada como arrimarse a tal o a cual, chuparle la polla hasta que se le quede seca y encumbrarlo hasta la puta estratosfera. El fanboy-escritor-wannabe es del que toma un objetivo y lo pone a la altura de Shakespeare si hace falta. Del que escribe reseñas sobre novelas y parece que se ha leído un clásico Universal de la literatura. Así, a pelo y sin más razones que apoyen tesis de este tipo que "Es que me ha gustado mucho".
Y punto pelota, nunca mejor dicho.

Estos fulanitos son de esos que, con un exceso de morro que podría desafiar a toda genética conocida, son de los que se van aprovechando de esa supuesta "amistad" con el autor al que han elegido como amigo-víctima para luego pedir favorcetes, tales como "Cuenta conmigo para tal antología" o cosas similares. Porque, si bien se dice que en el arte no eres nada sin un padrino, estos lo toman al pie de la letra y se buscan a uno, aunque este no tenga la más mínima intención de apadrinar a nadie.
"Te he elegido a ti y no te podrás deshacer de mí".

Habrá a quien le encante tener un séquito lamiéndole el ojal todo el santo día.
A mí estas cosas me recuerdan a Misery.


2. El factor devaluación: Este factor está íntimamente relacionado con el anterior, y podría decirse que es incluso su consecuencia lógica. ¿Cómo?
Sencillo, cuando se empiezan formar estas camarillas de pelotas, lo que encontramos es gente que rodea a un autor y que se dedica a ensalzar absolutamente todo cuanto haga, lo que conlleva que, si este autor no espabila, se pueda volver muy indulgente hacia sí mismo porque "se debe a los fans". Los fans, que se comen cualquier cosa que perpetre el autor (aunque si lo hiciera otro lo pondrían a caer de un puto burro), lo tacharán de obra maestra, de genialidad y de clásico indiscutible.
Vedlo con Tim Burton, por mantener el ejemplo de arriba: el muy cabrón te perpetra verdaderas mamarrachadas como Alicia y el corrillo de pelotas se la menea de gusto, aunque eso se parezca tanto a Lewis Carroll (obra que supuestamente está adaptando) como Colegialas Húmedas y Calientes a Pokémon: La Película.
Los fans descocados nos sueltan que es una versión personal, que mejora al libro y veinte mil polladas más, que lo único que hacen es un flaco favor a un artista. Porque si un artista la caga, el verdadero amigo, el verdadero admirador es el que quiere que ese artista mejore. Se va para él y le dice "Mira, creo que esto ha sido un error". Eso NO es malo. Es la crítica constructiva que invita a alguien a mejorar.
Lo que es destructivo es el peloteo indebido, donde se argumenta que todo lo que haga alguien es mejor que lo anterior, que es insuperable y demás chorradas.
Si el autor se debe a su público, siempre tiene que mantener un mínimo de objetividad y no dejarse intoxicar por las alabanzas, porque no hacen bien a nadie.

Este factor devaluación tiene todavía efectos más brutales, cuando el fanboy genérico se lía la manta a la cabeza y declara que TODO lo que salga referente a tal o cual género es la hostia untada en mostaza. Llega un momento en que el desatado de turno pierde por completo el criterio y ya te habla de maravillas antes incluso de que se lleguen a publicar.
"Es que es de zombis, así que estará de puta madre"
"Es que salen vampiros románticos"
"Es de la Guerra Civil, fijo que está bien"

Es entonces cuando el fanboy se convierte en un zombi, se come de lo que le echan y se traga cualquier mierda, alabándola. Son de esos coleccionistas que presumen de haberse comprado absolutamente todo lo que se ha publicado de tal género o incluso tal editorial (¿?).
Cantidad por encima de calidad.
Y no es uno, ni dos. Son MUCHOS, y son de los que provocan que las editoriales o los artistas acaben por ceder y empezar a soltar carnaza a la masa. Da igual que esa carnaza sea buena, normalita o una auténtica mierda, porque ellos se van a contentar. Lo van a flipar. Incluso lo van a exigir. Y a ellos les importará tres cojones que lo que les estén metiendo sea un clásico o una mediocridad. El zombi, sin criterio alguno, va a ponerse la gorra con la chapita de "soy fan", alucinará en colores y se masturbará con lo primero que le suelten. No contento con eso, irá de experto por la vida, será incapaz de ver cualquier cosa que cuestione o contradiga su Credo y se rodeará de un puñado de amiguitos que, sumidos en ese Pensamiento Único, se dedicarán a apedrear a todo desgraciado que se les ponga por delante.
En rollo pandillita, y si pueden ser varios contra uno, pues mejor.

"Pichagorda19 dice que se aburrió con el último de Harry Potter"
"Pues le vamos a meter una que se va a cagar. Ese hijoputa no volverá a abrir la boca en su puñetera vida"


Así pasa, que luego hablar sobre libros o cine en cualquier sitio público (véase Internet, donde prima el anonimato), tenemos que echarle más cojones que a meternos en el ala de los Ultra Sur y gritar "Visca Catalunya", porque te pueden matar. Y no porque sus razonamientos sean indiscutibles, sino porque la política es desprestigiar al que piensa diferente, al que no está de acuerdo con lo que se estipula. Reírse del prójimo es el arma, el insulto disimulado una herramienta de lo más utilizada.
Mundofandom es un nido de víboras, donde el personal saca lo peor de sí mismo y se convierte en un hijo de la grandísima puta, que no duda en usar sus malas artes, lanzando puñaladas traperas al que tiene al lado, soltando mentiras sobre aquellos que no son de su "bando" y otras gañanadas que hacen que se te tuerzan los cojones al enterarte.

El fandom, para que nos vayamos enterando, ese fandom desatado de talibanes extremistas y salvajes ideológicos, es un puto patio de vecinas. Una puta corrala de gente que se cree mierda y no llega ni a pedo, de guerrerillos de fin de semana que se creen que lamiendo nabos van a conseguir su sueño de publicar; de soplapollas que se piensan que saben más que nadie y que se dedican, junto a sus amiguitos, a pisotear a los que no agachan la cabeza ante su Religión.
De pobres desgraciados que, en su día, recibían tantas hostias en el patio del colegio como todos nosotros, pero que no han tenido los huevos de superarlo. En lugar de salir adelante y buscar algo con lo que llenar sus vidas (una afición), toman esa afición y la convierten en una Causa que hay que defender cueste lo que cueste.

"¡¡¡Muerte a todo lo no-frikiiiiiiiii!!!"
"Pero illo, tu madre no es friki, ¿la vas a matar?"
"No, pero es que ella cocina que te cagas"
"Am, sí, muy coherente lo tuyo"
"No me estarás llevando la contra, ¿no? ¡A que te meto una hostia, soplapollas!"
"Nonono, Dios me libre"
"¿Has dicho Dios? ¿No habrás querido decir Mercer?"
"¿Mande?"
"Mercer, tío, el de Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas."
"Emmm, sí, claro. Mercer me libre"
"Vale, bien. Ahora me voy a matar a alguien por ahí, aunque sea verbalmente"


Ante esto el autor tiene dos opciones: la primera, la que queda guai de cara a la galería. La postura de "Yo me debo a mi público", limitarse a sus cuatro fans (o cuatro mil, como siempre digo, la calidad debería ir por encima de la cantidad) y no salirse de ahí. No explorar un público diferente ni nuevas cosas, porque el fan te exigirá que seas fiel a ti mismo o te fostia vivo.
También puede pasar que lo haga, que cambie de género y tenga al fandom como una puta lapa, alabándole aunque su andadura por otro género haya sido un error, lo que conlleva a un problema de devaluación similar.

La segunda opción es que el autor esté pendiente de lo que quiere su público, pero que no se deje avasallar por él. En primer lugar, un autor (músico, escritor, etcétera) escribe para sí mismo y porque le gusta. Y si tiene la suerte, el público le elige, pero esa elección en ningún caso es un contrato. Porque se admire a un autor no se implica una obligación estricta a que éste haga lo que el fandom quiere. Porque el fandom, aunque no nos lo creamos, es mutable y perecedero, como cualquier moda que se precie. Los que hoy en día son fans de tal saga de vampiros no acaban de salir de un tanque de hibernación y estaban vivos hace diez años, probablemente siendo fans de alguna otra cosa.

Y una tercera opción es la de no tener miedo. Escribir lo que a uno le gusta, pasando como de la mierda de modas y de ganarse fans como el que colecciona chapitas de La Casera. Hacer lo que a uno le llena (siempre y cuando se mantenga en un ámbito medianamente comercial, si se tiene la intención de vender) y pasarse por el culo esa mafia de lanzaladrillos que ni siquiera representan al público con un mínimo de criterio, que es el que merece la pena tener. No al que se limita a leer y pasa de gilipolleces como formar grupitos para pelearse con otros. No es el que se dedica a chupar culos y a hacer el troll para hacerse notar.

Yo no sé otros, pero mi postura la tengo muy clara.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Spanish Bizarro- Crónicas del Yoga



Llega un punto en tu vida en que te levantas y dices: "Coño, pues va a ser que estoy estresado". Cuando además te pasa como a un servidor, que eres de tendencia nerviosa, con propensión a la ansiedad (dos visitas a Urgencias lo ratifican) y a que tu sistema nervioso se monte su propia fiesta rave cuando tú lo que quieres es un poco de tranquilidad en tu vida, las probabilidades de sentir que no te encuentras el culo con un mapa aumentan. Llegados a ese punto, y combinándolo además con otras saludables circunstancias (como por ejemplo, pasarte toda tu puta vida en paro, que no te llamen para una entrevista de trabajo ni a tiros, que las clases particulares que impartes este año se han reducido a causa de que el personal está mas tieso que la mojama y que vas a ver casi la mitad de lo poco que ya veías, o descubrir día sí y día también que las editoriales pasan de tu culo), tu concentración se va a tomar por culo y te cuesta leer dos líneas seguidas sin tener que volverlas a leer.
De escribir, ya ni hablamos: te encuentras con el típico bloqueo en una tarea relativamente fácil: resulta que te has propuesto revisar un texto, puliendo algunos errores de expresión y añadir alguna que otra escena nueva y te das cuenta de que sería más fácil subir el Everest con la picha al aire.

Pues sí, amigos Distópicos, ha llegado la hora de sumarse a esa filia por lo oriental. El amor por lo exótico y lo místico se combinan, llevándote a retorcerte como una puta croqueta sobre un aislante durante algo más de una hora.

Fue gracias a un amigo, que me habló de un sitio barato y no muy lejos de casa donde poder llevar a cabo estas prácticas, a medio camino entre lo relajante y lo sadomasoquista. El precio era lo bastante atractivo para un proyecto de intento de aspirante a escritor de poca monta en paro, así que me dije: "Llevo años necesitándolo, así que, ¡vamos allá!"

Pero claro, la vida de uno es lo que es (no tenéis más que ver otros posts de esta sección), lo que quiere decir que las cosas bizarras y extrañas aparecen. No durante la clase, claro (o no siempre), ya que la mayor parte del tiempo son cosas de las de toda la vida: ejercicios para aprender a respirar, estirar, coger posturas que ríete tú del Kamasutra, entonar mantras y relajar un poco el cuerpo serrano; sin embargo, las idas y las vueltas, a veces, aparecen salpicadas por curiosas anécdotas.

Estas Crónicas del Yoga recopilan lo que ha venido sucediendo en los primeros cuatro días (equivalente a dos semanas), en esos momentos previos o inmediatamente posteriores a las sesiones; si esperabais una detallada descripción acerca de los ejercicios, una disertación sobre la filosofía oriental o una enumeración de las asanas, mantras y demás, os recuerdo que esto es Rumbo a la Distopía, vuestro compendio favorito de cosas raras y estrambóticas. Como siempre, las cosas son verídicas e incluso hay testigos que demuestran que tampoco exagero tanto como os podéis creer. En vuestras escépticas manos queda creer en la veracidad de lo que cuento.

Dicho esto, arrancamos:

Día Uno: El fantástico caso de la Señora Aguerrida y el Parachoques Saltarín.




Mi primer día de clase y allá que vamos mi colega y yo, más chulos que un ocho con nuestros aislantes por la calle a las pocas de la mañana y contándonos batallitas. Si este mundo fuese uno de esos de fantasía épica, con dragones y tías en bikinis de mallas, probablemente habríamos encajado más en una posada. En un mundo gris de mierda como este, el análogo es dos tíos en chándal con una esterilla enrollada bajo el brazo paseando por la calle.

Llegando casi al final de nuestro trayecto, vemos que se abre la puerta de un garaje. Como personas más o menos cívicas que somos, y con el suficiente apego por nuestra vida, hacemos exactamente lo que nos enseñaron en educación vial en el cole: nos detenemos y esperamos a que salga el coche. Entretanto, seguimos con nuestra cháchara de batallas, traiciones, reyes asesinados y damiselas en apuros (o algo así).

El coche en cuestión, según observamos, está dirigido por una señora de mediana edad con gafas y cara de ir tarde (eso, o una falta de fibra en su vida; ante la escasez de datos que confirmen la segunda hipótesis, me quedo con la primera), que sale por la rampa quizás demasiado rápido.
Ante esto diréis "No te pases, macho, que tú no tienes carnet".
Cierto.
Pero aun sin saber conducir, uno sabe que tiene que esperar aunque sea un poquito a que la puerta del garaje se abra del todo. De lo contrario, puede pasaros como le pasó a la señora en cuestión: que el parachoques trasero de su coche quedó enganchado a la puerta, que seguía abriéndose.

Ante el "SCREENNNNNNJJJJJ" que indicaba que, a todas luces, algo no iba del todo bien, la señora tenía al menos dos opciones: la primera, detenerse y comprobar qué narices estaba pasando, o bien, echar un poco para atrás, a fin de desenganchar el vehículo.
Existe gente creativa.
Esta señora era una de ellas, porque optó por una solución transgresora. Valiente. Incluso arriesgada.
Sí, amigos Distópicos: ante la duda, la señora apretó el mentón y aceleró como si no hubiera un mañana. De haber tenido un ángel y un demonio en cada hombro, creo que lo que hizo fue mandarlos a ambos a la mierda y hacer lo que le salía del potorro.

Recordemos que el coche estaba enganchado a la puerta por el parachoques trasero; si visualizamos la escena y aplicamos un mínimo de sentido común, el resultado de esto no podría ser más evidente.
Exacto.
Con un sonido que solo podría transcribir como un espléndido POP, el parachoques salió volando, arrancado del vehículo, y yendo a parar al suelo, no sin dar unos pocos de saltitos por la rampa del garaje hasta quedar allí a modo de cuerpo del delito.
Nosotros, por algún motivo, vimos todo esto a cámara lenta.
Y no, no tomamos drogas, a menos que mi Actimel mañanero pueda considerarse como tal.

Claro que, si tomamos esta imagen al pie de la letra, da la impresión de que hay algún tipo de componente fosforescente o radiactivo en el yogurcillo líquido de marras.
¿Será posible que hubiésemos tomado una dosis del Slo-Mo de la peli Dredd?


La señora, al escuchar semejante estropicio, tiene la deferencia de frenar y bajarse del coche. Nos mira a nosotros, nosotros la miramos a ella y se genera un curioso ambiente de tensión.

- ¿Qué he hecho?- nos dice, como si esto no fuese una novedad. Como si ya hubiese habido antecedentes.

En ese momento, mi camarada de armas desata uno de sus más fantásticos talentos, consistente en indicar lo obvio, haciendo de paso que la señora quede (todavía más) en el más absoluto de los ridículos.

- El parachoques- dice, señalando al cadáver con el dedo-. Se le ha caído.

Ante la escena, yo no sé si mearme de la risa allí en medio, o salir corriendo. Opto por lo segundo y echo a caminar (muy rápido) calle abajo. Para nuestra suerte, aparece un vecino de la señora con pinta de chulazo dispuesto a ayudar. Mi amigo, sin embargo, no puede contenerse y tiene que soltar una frase, cargada de buenas intenciones:

- Lo que yo haría sería guardar el parachoques en el maletero y ya luego...

No termina la frase. Yo estoy a cuatro o cinco metros, esquivando la absurda situación de retrasarnos para colocar un parachoques que no vamos a poder colocar; hasta donde sé, creo que eso lo colocan en un taller, y no dos tíos con un aislante bajo el brazo. Menos aún si uno no tiene carnet y su habilidad con los coches se puede contabilizar en términos negativos (que se lo digan a mi viejo para intentar explicarme cómo funciona un motor de explosión a cuatro tiempos. Décadas y todavía no ha conseguido que me entere).

El paradero a día de hoy de la señora sigue siendo desconocido. No sabemos qué sucedió entre ella y el vecino; puede que no consiguieran armar el parachoques y os la encontréis algún día, con los bajos del coche mostrando la chapa pelada. O bien puede que sí lo consiguiera y esté camuflada entre la masa, sembrando el pánico por las calles mientras desoye al ángel y al demonio que tiene en cada hombro...


O puede que haya hecho un apaño, que todo es posible...



Día Dos: Confusiones extrañas.



Una vez metidos en materia, llegamos al segundo día de clase. Nada especial, más allá de los ejercicios de respiración con la música de Titanic en versión instrumental de fondo (no bromeo); o nada más allá de lo corriente hasta que hago un ejercicio y veo que la profesora se dirige a mí como Ángel.
"Se le habrá ido por un segundo", me digo.

Seguimos la clase y veo que mi nuevo nombre no ha sido un error, sino que se convierte en algo recurrente, lo que hace que mi colega se despiche de la risa de vez en cuando; yo, por mi parte, sigo callado como una puta en cuaresma: yo soy de centrarme en una meta (en este caso hacer los ejercicios como Dios manda) y dejar lo realmente secundario para otro momento. Además que estamos en modo concentración y relajación; no me parece apropiado corregir a la profesora delante de toda la clase, así que me espero a terminar para comentárselo.

Total, que de buen rollo se lo digo, lo cual la sorprende bastante, ya que estaba segura de haber oído que me llamaba así cuando me lo preguntó el primer día. Más sorprendido me quedo yo, porque mi nombre se parece a Ángel como un huevo a un transatlántico. Entre risas y buen rollo, le digo que va a ser que no.

- Vaya- responde, buscando el modo de paliar la confusión- pues yo te he visto como un Ángel. Debe ser que en el fondo eres así de bueno.

Mi profesora, deduzco, no es fan todavía de este blog. De seguirlo con frecuencia, se daría cuenta de su error.

- Me temo que no- respondo.
- Seguro que sí- insiste.

Me encojo de hombros, pensando que en realidad no puedo (ni tengo por qué) hacer cambiar de opinión a la monitora. Mi amigo, lejos de apoyar mi tesis, la contradice, diciendo que "Voy de Terminator pero que en el fondo soy más bien como Winnie The Pooh".
Tenga usted amigos para esto.

Día Tres: La Moto Fantasma y el episodio de rabia contenida.




Llamadlo autosugestión, o bien milagro, pero en cuestión de un par de clases ya he empezado a notar algunos resultados. Aparte de sentirme más relajado y pacífico, duermo algo mejor (o al menos, no tardo horas en dormirme por sistema) y hasta está mejorando un poco mi desviación de columna. Preguntadle a mi quiropráctico y os dirá que enderezar un espinazo que se parecía bastante a la antigua carretera de Colmenar es algo tirando a complicadillo. Sin embargo, mis lumbares parecen estar más en su sitio que de costumbre.
Cosillas que motivan.

El caso es que al tercer día, en vez de volver a casa, como siempre, me dirigí al campus universitario para preguntar qué clase de futuro me esperaba con el puñetero Marco Europeo de las Lenguas. De cháchara que íbamos mi colega y yo por el campus, empezamos el tour que me separaba de mi facultad atravesando el edificio de derecho. Nosotros, con nuestras pintazas (pelos revueltos, chandal y nuestros magníficos aislantes bajo el sobaquillo) atravesando el Palm Springs del campus, donde las muchachas van a clase como la que sale por la noche.
Con dos cojones.

Proseguimos la marcha a través del bulevar con nuestras historias: que si no sé qué juego de Play pillarme con la tarjeta regalo que tengo de la FNAC, que si Cincuenta Sombras de Grey como historia está entretenido, pero que si vas buscando literatura, de "puta mierda" no pasa, etcétera. Así de enfrascados estábamos con lo nuestro, que ninguno de los dos vio una moto que se materializó justo al lado de un paso de peatones, estupendamente aparcada. Digo los dos porque, si bien mi colega no me avisó, fui yo el que tropezó con la rueda delantera, casi perdiendo el equilibrio. Gracias a mis impresionantes reflejos, aquello no resultó un estropicio demasiado grande y en lugar de hocicar en mitad de la calzada (con el posible riesgo de que me atropellase un coche o autobús) tan solo trastabillé, quedándome en una postura de pata coja bastante ridícula.
Más flagrante fue aún el hecho de que, justo en la acera de enfrente, había una muchacha esperando a alguien y había contemplado la escena. La muy cabrita (vamos, tan cabrita como podría serlo yo mismo) estaba apretando los dientes para no despotorrarse allí mismo de la risa. Probablemente esperó un poco a que pasásemos de largo para soltar una carcajada de las buenas.

En fin, que después de este momentazo de torpeza absoluta subimos para mi facultad, donde me informan de la historia que conté en mi anterior Escupiendo Rabia acerca de la Titulitis. No me extenderé mucho más en ello: tan solo pensar que, probablemente, de no haber iniciado un rumbo en mi vida dirigido a un rollo contemplativo, habría crecido medio metro, me habría vuelto verde y habría empezado a pegarme cabezazos contra toda superficie vertical (u horizontal) que se me pusiese por delante. En cambio, lo mio fue recitar el mantra "Om Shanti, Shanti Om", volver a casa, inflarme de hostias al Soul Calibur y escribir un post en el blog.
Primitivo, pero catárquico.

Día Cuatro: ZAS en toda la pesa.




Cuando tienes un colega que se está metiendo en eso del culto al cuerpo para evitar llegar a la puretez hecho un señor barrigón y peludo, tienen lugar situaciones tan variopintas como pasarte por un Corte Inglés para ir a mirar el precio de unas pesas. Eso fue lo que hicimos esa mañana, tras una de nuestras clases de yoga, donde, dicho sea de paso, estuvimos a punto de caer de morros contra el suelo tres o cuatro veces.
Putos ejercicios de equilibrio.

Pues nada, allá que cogemos el coche, con un polizón de lo más simpático (un saltamontes verde, que por lo visto lleva un par de días en el parabrisas trasero) y nos plantamos allí.
Sección de deportes, once y pico de la mañana. Aquello es lo más parecido a una peli de Sergio Leone, porque no hay ni Dios. Así nos pasa, que nos recreamos echando un vistazo a las pesas, armando mancuernas y explicándole yo a mi colega allí en medio cómo se hacen los ejercicios más básicos.
Muchos no os lo creeréis, pero estuve años haciendo pesas en un gimnasio. Otra cosa es que los deslomes continuos y las horas de entrenamiento diario se reflejasen en mi estructura (o infraestructura, mejor dicho) física.

Tras media hora o así, y sin que nadie nos pregunte ni la hora (como mucho un segurata que pasaba por allí para asegurarse de que no nos mangábamos pesas de un kilo escondiéndolas en los calzoncillos), armamos dos mancuernas y nos dejamos de ir para la caja. Allí nos espera una dependienta bastante guapa, y no menos simpática (Nota para la dependienta: si lees esto y has llegado lo bastante bajo en tu vida como para interesarte por conocer a un aspirante a escritorzuelo de tercera, mándame tu dirección de correo electrónico) que nos atiende muy bien. Hasta tiene el detalle de envolver las mancuernas en sendas bolsas de plástico para que estén medianamente protegidas y no vayamos destrozando el mobiliario público con nuestras torpezas, de ahí al aparcamiento.

Tras un pequeño estropicio con el táctil de la tarjeta (no parece tan fácil firmar en esos cacharros), todo queda pagado y no parece haber más problema... hasta que se materializa la Dependienta Vetusta.

Una entrada en este plan, pero con unos quince o veinte años más encima, unas diez veces menos de glamour y el uniforme de la tienda.
Terrible, lo sé.


Para aquellos que no estéis familiarizados con los Cortingleses, si te atiende una dependienta de veintipocos, detrás tiene una Criatura con garras y colmillos afilados que surge de la nada para poner a la muchacha a caldo (lo haga bien o mal), dando a entender que ésta es una jodida inútil que no vale ni para sacarse las pelotillas de la nariz. Esta no es menos y lo que hace es supervisar todo el trabajo (ya realizado) de nuestra dependienta, para ver si la había cagado.
Por supuesto, encuentra algo.
Según la Venerable, las presillas que llevan las pesas se cobran aparte. Nosotros no hemos visto ni etiqueta, ni precio, y mi amigo asegura que a él no se las cobraron en otro edificio hace un par de semanas.
Cuarenta pavos, que le sale la guasa (diez por presilla) si resulta que es así. Sin contar el precio de las mancuernas y las pesas.
En resumen, un cojón de pato por dos barras con dos pesas de un kilo a cada lado.

- Eso es que se han equivocado- asevera la Venerable, sin dar mucho pie a discusión.
Mi colega no lo ve claro. A mí que no haya etiquetas ni nada me mosquea también, así que nos plantamos un poco allí, en plan "Pues de aquí no nos movemos hasta que nos lo aclaren".
Pero como venimos del yoga, lo hacemos de guai.
Total, que la Venerable, tras un par de vaciles que le suelta a la criatura que nos estuvo atendiendo sin problemas (la cual aguanta estoicamente cómo la están poniendo en entredicho), llama al otro edificio, donde asegura "Allí no hay novatos que se equivoquen". Ese nivel de condescendencia como que me resulta cargante, pero no digo nada: mejor espero a ver cómo se resuelve el asunto.

- Hola, sí, buenas- dice-: te llamo por unas pesas, que compró un muchacho el otro día allí... para preguntarte por las presillas... ¿Ah... sí? ¿Que... que vienen incluidas con las pesas? Oh, vale, gracias...

"Bazinga!"


Breve silencio.
Sensación de puta victoria, de que el Orden se ha impuesto sobre el Caos... porque la Venerable, con las mismas, acaba por desaparecer en cuestión de un minuto o menos. No se molesta en disculparse con nosotros (como clientes, debería haberlo hecho o reconocer su error) y mucho menos con la otra muchacha.
Ahí es donde te das cuenta de que el yoga te ablanda. Te vuelve menos guerrero y te quita la oportunidad de soltar cosas como "Pues yo me habría disculpado ante esta muchacha, que nos ha atendido muy bien"; o bien, de irnos para la dependienta (una vez la Vetusta hubo desaparecido en su nube de humo y azufre) y decirle "Tu jefa folla poco, ¿verdad?"
También puede ser por el hecho de que habíamos madrugado y que, hasta las doce y pico del mediodía, el sentido sarcástico de uno no está tan activado como a otras horas del día. El caso es que volvemos a casa con los dientes rechinando, porque podríamos habernos puestos en plan soltar hostias a la línea de flotación, y las indirectas de la colega se hubieran quedado en auténticas mamarrachadas al lado de lo que podríamos haber arreado.
Sensación de autoabucheo.
No estuvimos a la altura de las circunstancias.

Puede que a la próxima.

Y esto, queridos Distópicos, es el resumen de lo que han sido un par de semanas yendo y volviendo del yoga. Relajación, ejercicio, disciplina y, sobre todo, historias muy muy raras.
No olvidéis respirar y dar las gracias por las experiencias aquí compartidas y que el buen rollito os acompañe.
¡Om, Shanti, Shanti, Om!

lunes, 15 de octubre de 2012

Escupiendo Rabia- Sobre titulitis, patrañas académicas y demás lindezas




Pues nada, señores, que parece ser que nos hemos vuelto gilipollas.
O muy listos, según se mire.

Os cuento la historia:
Tras una temporadilla tratando de buscarme las habichuelas, como hace casi todo hijo de vecino en tiempos de crisis, resulta que me asalta la duda que le puede asaltar a todo filólogo anglista que se sacó la licenciatura a mediados de la década de 2000. Hablamos de una época más sencilla, donde las mamarrachadas de Bolonia (o de lo que algunos cretinos querían que creyésemos que era Bolonia, porque luego preguntabas a los Erasmus que tenías en clase y se quedaban flipando con las cosas que iban viendo que se hacían por estos lares) apenas habían aterrizado. Una época en que eso de la "certificación de idiomas" te suena a mierda y donde eso de equipararse con la Unión Europea a nivel de estudios mola, pero no tienes ni guarra de cómo te va a afectar realmente.

Va pasando el tiempo, las posibilidades de curro son más o menos las mismas que las de tener una relación sexual placentera con una veinteañera en un viaje del IMSERSO y te vas dando cuenta de que en todos los curriculums la moda es pedirte la última pijada pan-europea: la certificación de nivel de inglés.

Que conste que, por lo general, no suelo tener nada en contra de acreditar algo en un curriculum, porque ya nos conocemos lo que es la gañanería hispana y el tiempo que nos falta para coger y decir que somos los putos dioses redivivos del Photoshop y otros paquetes informáticos, cuando en realidad no pasamos del Messenger y de mirar las noticias de Feisbu. Por tanto, que alguien tenga que poner un título por delante para demostrar que no se ha pegado la columpiada de turno en su curriculum tiene sentido.

¿A qué viene mi cabreo entonces?
Sigo contando la historia.

Movido por la curiosidad y la incertidumbre, me acerco a ese nido de víboras que es la facultad de mi ciudad. Sí, esa donde te vas para secretaría y descubres que el curro que hacen ellos lo puedes hacer tú, tu abuela o incluso tu gato si le enseñas a poner las patas delanteras en el mostrador... porque allí nadie sabe nada, nadie se ha enterado de nada y para mí que cualquier cosa que no sea preguntar por el número de teléfono de la propia secretaría es un puto misterio insondable.

En serio, para la respuesta que se suele obtener allí ("Yo no sé nada, ve a la otra punta del edificio"), me gustaría trabajar en un puesto así. Decir esas palabras constantemente no parece entrañad dificultad alguna...


La pregunta críptica con la que me dejo de ir es esta: Después de haberme pasado más de un lustro chupando clases íntegramente en inglés, leyendo libros (y no hablo de lecturitas cutres de veinte páginas de la Escuela de Idiomas. Hablo de PUTAS NOVELAS DE 400 PÁGINAS, oiga) en inglés, haciendo exámenes en inglés, obteniendo un título en inglés, habiendo impartido prácticas en la asignatura de inglés en un instituto, habiéndome preparado un doctorado (con lecturas en inglés) y de paso, habiendo blindado mi curriculum con varios cursos de didáctica específica en idiomas, ¿me convalidarían aunque sea la licenciatura con el examen y equivaldría al puñetero título del Cambridge?

La mujer de secretaría, como siempre, me dice que ni puta idea, pero al menos tiene el detalle de mandarme a gente que sí parece saberlo. Me envía a la otra punta de la facultad, donde descubro que han abierto un despachillo justo al lado del salón de actos. Pregunto a una mujer, que se queda un poco a cuadros con mi pregunta. Yo casi me siento extrañado ante la expresión. No creo que mi pregunta sea tan jodidamente rara: anglista que lleva toda su puta vida estudiando idiomas pregunta si, al igual que pasa con la Erasmus (donde las carreras de idiomas no tienen que hacer el examen selectivo de idiomas, por razones OBVIAS), le convalidan el título.
Una segunda señora me dice que si lo que quiero es añadirlo a mi curriculum ("Pues claro, señora, ¿para qué voy a quererlo si no? ¿Para envolver bocatas?") va a ser que no tengo acreditación oficial. En otras palabras, que tengo que hacer el puto examen.


Gracias al yoga, mi reacción ha sido más o menos así.


En el fondo, me sentía un poco así.


Que a ver, no es que me moleste hacer un examen. Después de ser un eterno estudiante durante toda mi puta vida (y en curso, visto lo visto) no va a suponer un esfuerzo. Aquí lo que toca los cojones hasta inflamarlos como el puto culo de un mandril consiste en el absurdo y la pérdida de tiempo que implica ponerte a prepararte un examen que no tendrías por qué hacer. Que para que te cojan en un puto curro tengas que acreditar el nivel que la Universidad Chachiguai de turno (en este caso Cambridge) dice que tienes que tener. Lo que me empieza a crispar el puto sistema nervioso y empieza a darme ganas de aniquilar a todo bicho viviente de este mundo de asco es la puta impresión que te dan de que haberte pasado AÑOS de tu vida estudiando una carrera (incluyendo el año y medio de crisis de ansiedad, que para mí se pega), más las prácticas y demás, resulte NO SERVIR PARA NADA. Eso, sin contar de que el conocimiento caduca y de que, si te gastas tres mil putos pavos en un Máster, resulta que este caduca en nada de tiempo y tienes que estar renovándote constantemente, con la pasta y la pérdida de tiempo que supone, cuando podrías estar invirtiendo ese tiempo en currar, o en aprender algo, si te sale del culo, pero por voluntad propia.

Una analogía para que lo entendamos: supongamos que hemos estado en el conservatorio, chupando durante años el estudio intensivo de un instrumento, además de otras asignaturas como Estética o Armonía (si lo que me contaban mis amiguetes que se dedicaban a ello no me ha patinado la memoria). Tras montones de sinsabores, obtenemos un título OFICIAL que nos acredita como músicos.
Supongamos entonces que un buen día a Europa le sale del ojete decir que no eres músico si no estás acreditado por la famosa y super prestigiosa Universidad de Pitoflaüten. Esto, dicho de otro modo, es una manera implícita de decir que a tomar por culo: que un título oficial reconocido por tu país importa un mojón y que, mira tú por donde, para hacer las oposiciones no te vale. Tienes que estar Pitoflautado.


¿Qué pasa además con esto? Que aquí ya empieza a notarse el tufillo de marear a la gente y tenerla dando vueltas durante años haciendo los clásicos cursos que "piden en todos lados", pero que caducan de aquí a unos pocos años (el conocimiento es perecedero, amigos Distópicos). Puedo poner el caso de Formador de Formadores que, según contaba la leyenda urbana, estaba solicitadíiiisimo. Te pegas meses haciéndolo, ¿para qué? Para que luego te digan que no, que ese título mola, pero que AHORA que lo has hecho, tienes que complementarlo con un curso tal; luego, cuando tienes ese segundo título, lo tienes que complementar con otro curso cual; y cuando ya tienes todo eso, te vienen diciendo que quieren un curso pascual. En cualquier caso, si te das cuenta, te has pasado como un par de años o tres de tu vida (dependiendo de tu paciencia) dando vueltas de un lado para otro y rellenando un curriculum que te dirán que es fenómeno, pero que JAMÁS va a estar del todo bien porque falta la última pijadita de moda. Y nada más que por esa minúscula chorrada te quedas en la puta calle.
En este caso, la pijada del "Marco Común Europeo para la Referencia de las Lenguas" viene a ser análogo a lo que he mencionado arriba de Formador de Formadores, con la cosa además de que, en vistas a unas oposiciones, importa un cojón que tengas la licenciatura y el CAP (lo que venía siendo el requisito imprescindible antes); ahora tienes que tener un puto Máster (cosa que, pese al precio, no veo mal siempre y cuando sea un curso COMPLETO centrado en las PRÁCTICAS y no seis meses, de los cuales la mitad consistía en enseñarte -y no miento ni exagero, me lo tuve que tragar- cómo era el sistema educativo en los tiempos del puto Primo de Ribera) y el mínimo del B1 de los huevos.
Esto, por supuesto, es así de momento. Hasta que a algún genio tocapelotas se le ocurra cambiar los requisitos, volver a modificar el sistema de títulos o exigir cualquier otra cosa de estas de las de "Educación plural y global".

Y esto de tenernos dando más viajes que un tonto en una feria nos tiene que parecer de puta madre, porque así, dicen los de arriba, uno tiene una formación más amplia, más completa y todas las demás gilipolleces que usan para chuparse la polla metafóricamente y ponerse medallitas.
La realidad es que estamos preparados y en el puto paro, tíos. Nos inflamos de obtener títulos para que un soplapollas de tercera, que probablemente no sabe hacer ni la O con un canuto te diga que no, que no lo estás al nivel que ellos quieren. No tienen ni puta idea de lo que quieren realmente, pero tú no estás al nivel.


"¡No puedes acceder a este puesto de trabajo! No tienes la acreditación de... de... DE RUBIO! ¡NO ERES OFICIALMENTE RUBIO!"



Sigo con la historia, porque parece el cuento de nunca acabar. Resulta que además las noticias son confusas y, depende de a quién le preguntes, la noticia varía. Justo antes de haber ido a la universidad, un amigo me había comentado que en principio una licenciatura (por ley) equivale a un nivel B2 de inglés, pero... y aquí viene el chiste, en España NO está reglado, salvo en Cataluña. ¿Qué quiere decir esto, según lo que me contó mi amigo? Pues que como equivaler, equivale, pero no está oficialmente reconocido y no lo firman en ninguna parte. Dicho de otro modo "Tu nivel mola, pero no está en un papelito guai". El chiste es que en Cataluña (no voy a entrar en historias de independentismos ni nada, si fuera en Extremadura diría exactamente lo mismo) sí, lo que te hace pensar que qué casualidad, oye: que depende del sitio en que hayas nacido, obtienes un reconocimiento diferente.
Tócate los cojones con los principios de igualdad y de oportunidad en el mundo académico.

Dejo por aquí el enlace para ilustrar lo que este amigo mío me cuenta:
http://www.britishcouncil.org/spain/sites/default/files/publications/Acreditacion--ingles-universidades-espanolas.pdf


Y así pasa: los antiguos licenciados que, por las razones que sea, nos hemos desconectado un poco del mundo universitario (y satélites adjuntos) andamos más perdidos que Jack Shepard en una iglesia, porque cada dos por tres o nos están cambiando las cosas o, como suele pasar, aquí nadie sabe nada, aquí nadie ha visto nada y nos enteramos de las noticias... bueno, por la prensa precisamente no. Mucho hablar de mejora del nivel educativo y de mil chorradas como esa, pero tenemos toda una generación de estudiantes (la primera generación del plan Bolonia) con los huevos en la boca porque saben que han estado experimentando con ellos, improvisando a ver qué cojones van a hacer. Nos han dicho que nos están equiparando a la Unión Europea (¡Sí, amigos, hemos dicho Europa, hora de masturbarse!), pero luego preguntas por ahí y te das cuenta de que esto es un puto cachondeo (me remito a la famosa reforma que quisieron hacer en Humanidades, que no fue reflejada en países como Italia o Alemania, y achacándola a Bolonia). De que los grados que te ha costado sangre, sudor y lágrimas obtener no están ni equiparados con la Unión Europea. El estudiantado no es más que la clientela, el pardillo de turno que va aflojando pasta para pagar por una franquicia, para que le pongan el sellito de Nike a su curriculum y así esperar (ojo, digo ESPERAR y no CONSEGUIR) que algún hijo de mala madre decida que, para variar, está adaptado a un puesto de trabajo.

Luego, señores rectores y demás buitres, no me vengan con la milonga de que la gente ya no está optando por los estudios universitarios. No quiero ver ni una lagrimita ni escuchar los lloriqueos de siempre, porque esta falta de fe en la universidad no podemos achacarla en la gente que paga las matrículas y que se presenta a los exámenes, esperando que algún día al cabronazo de turno le de por aprobarle. No me vengáis con la mierda de turno, diciendo que las aulas están vacías y que hay más profesores que alumnos. Ni se os ocurra aparecer con el rollo macabeo de que peligran puestos de trabajo y que os espera un futuro muy negro, porque esto lo habéis creado, en gran parte, vosotros, a base de marear al personal y de (en muchos casos, no todos) de cachondearos de ellos. Y si vuestro futuro está negro, echad un vistazo a los estudiantes que se han pegado años partíendose los cuernos por sacarse una puta licenciatura (ahora con el nombre pijo de "grado"): esos no tienen negro el futuro. Tienen negro el puto presente, y vosotros, con esa chufla del futuro que promete la Universidad que contáis en vuestras jornadas de puertas abiertas, no habéis hecho absolutamente nada para abrirles la puerta (a casi ninguno, claro, en toda historia hay niños bonitos y ciudadanos de segunda clase) a un mercado laboral.

domingo, 7 de octubre de 2012

Spanish Bizarro- Visitar un Salón del Comic o "Por Dios, que alguien me saque de aquí"




Esta historia tuvo lugar hace ya algunos años. De estas cosas que suceden cuando uno, siendo fan del cómic (algunos ya habéis sufrido mis posts sobre la JSA) decide internarse por los caminos más oscuros y siniestros del mundillo. Esos lugares donde pocos son los valientes que deciden arriesgar su alma y su cordura para caminar por aquellos lugares, reservados para aquellas mentes dotadas de una fuerza sobrenatural.
Sí, amigos Distópicos: hablo del Salón del Cómic.

Todo empezó una tarde que estaba aburrido en casa. Una tarde de esas en las que no sucede nada especial y lo más divertido que se te puede ocurrir es asomarte por la ventana para ver si el Abuelo Gayolas ha resucitado de entre los muertos y ha venido a tocar la zambomba bajo la ventana.
Como mi vida de por sí es bastante sobrenatural, pero no lo bastante como para deleitarme con abuelos pajilleros zombis, el Destino me proporcionó una nueva aventura, algo más acorde con esta existencia en un mundo (ir)racional.
Así fue como una buena amiga me llamó para ir al Salón del Cómic de mi ciudad.

Teniendo en cuenta que mi anterior visita a uno, algunos años atrás, había sido bastante positiva (algo en plan Feria del Libro, pero con cómics), me dije: "Venga, va. Nos lo pasaremos bien". Por algún motivo, había obviado una especie de salón del cómic prehistórico que se hizo en mi ciudad unos años antes... una especie de festival friki con un fulano presentando aquello vestido de Indiana Jones (a sus cuarenta y muchos años) y deleitando al respetable con vídeos de robots japoneses dándose castañas unos a otros. De la performance de la serie Embrujadas que se montaron allí, con rayos mágicos invisibles, ni prefiero hablar.
Por eso, dices: bueno, peor que lo segundo no puede ser. Y como mucho, estará tan bien como lo primero.

Odio equivocarme.

Total, que para allá que vamos, los dos. Nos dejamos de ir para un hotel tela de cuco que tenemos por aquí (tres o cuatro estrellas, oiga), que por lo visto es donde se celebra el bolo. De estas cosas que te dan buena impresión: un sitio elegante, con su decoración minimalista...
... Y un puñao de chavales vestidos de yo qué sé qué en la puerta. Al principio piensas que es un cosplay de esos (que no sé por qué coño llaman así a lo que ha venido siendo un puto concurso de disfraces de toda la vida); luego te das cuenta de que no, de que no van vestidos de ninguna serie ni de ningún personaje. Que los tíos, intuyes, van con esas pintas tan rarunas durante todo el día.

- Son visuals- me dice mi amiga, varios años más joven que yo y más al tanto de las modas juveniles.

Yo lo que veo es un puñao de chavalines vestidos con collares de perro, medias rotas y faldas escocesas. Para que nos entendamos, un cruce entre los jebis de toda la vida y un extra de una serie de dibujos animados japoneses.
Nunca he sido muy amigo de eso de convertir cualquier afición en una puta forma de vida, para qué nos vamos a engañar: me puede gustar el rock duro y no me siento en la obligación de convertir mi cazadora vaquera en un puñetero puesto publicitario, con merchandising de los Maiden o los Metallica. Del mismo modo que si me gustan las judías con chorizo no me siento presionado bajo el imperativo moral de crear toda una raza urbana al respecto.
Con los cómics me pasa un poco lo mismo: los consumo en cantidades industriales, pero no me siento reafirmado vistiéndome de Green Lantern, como hacen muchos. Puedo entender que haya quien lo haga por diversión y tal, pero cuando las cosas se sacan de quicio y se convierte todo en una especie de estandarte de "toda una forma de existencia que hay que demostrar al mundo las putas veinticuatro horas del día"... amigo, ahí es cuando yo me retiro discretamente y me retiro a un rincón a mirar las musarañas un rato.

Que también os digo que si los disfraces hubiesen sido en este plan, me lo habría pasado en grande...


O así. Pues oye...


Pero no. La cosa iba más en este plan...




Esquivando visuals, emos y toda una serie de variopintos grupos, cada uno con sus señas de identidad bordadas a los ropajes, mi amiga y yo nos plantificamos en el salón, propiamente dicho. Pagamos religiosamente nuestra entrada y nos soplan un tebeo de Spiderman de última generación. De estas cosas que dicen "Menos mal que me lo han regalao, porque esto lo veo yo en la tienda y salgo por patas con sólo echarle un vistazo". Pero bueno, de mal nacidos es ser desagradecidos. Te guardas el tomito bajo el sobaco o, en la mochila que llevas encima, y tiras para dentro.

Qué puedo decir de lo que vi allí. Los primeros diez minutos fueron como un puto sopapo en toda la boca, porque, en mi inocencia, me pongo a buscar cómics... Y NO HAY.
En todo el pasillo principal, veo de todo: mucho disfraz, mucha mesa vendiendo muñequitos, juegos de rol, monigotes de toda clase... incluso un salón de té japonés. Pero ni un puñetero cómic. Ni una novela gráfica. Joder, ni siquiera un triste Mortadelo.
Avanzamos a lo largo de varios metros en lo que parece ser una versión chunga de un ghetto para gente rara. O quizás los raros éramos mi amiga y yo: de unas cincuenta personas que íbamos allí, éramos los únicos que no aparecíamos (ni parecíamos) disfrazados. Si a eso sumamos que la edad media del personal rondaba los quince o dieciséis años, tenemos que yo, a los veintitantos que tenía cuando fui, me sentía fuera de onda. En ese momento recordé el primer salón en que estuve, ese que he dicho que era como una Feria del Libro. La edad media de aquel debía ser de unos veintitantos, y la proporción de frikismo talibán era considerablemente menor. Existente, por supuesto, pero nada que ver con esto.
Cómo sentirte alienígena en un entorno que se supone que comparte aficiones contigo.

A eso de la mitad del pasillo, me para un chavalín. No tendría más de dieciséis años.

- Perdona- me dice-, ¿te gusta la fantasía?
Lo miro durante un segundo o dos, barajando la idea que podía implicar que alguien te abordase en un sitio así con aquellas crípticas palabras. Que fuese un perfecto desconocido y además mayor de edad no resultaba en absoluto tranquilizador.
- Bueeeeeeeehhhh...- respondo, de modo casi instintivo.
- Vale- el chaval toma como afirmativa la respuesta y me extiende una especie de flyer-, es que verás, aquí mi amigo- señala a un muchacho de unos veinte años con cara de aburrido sentado en una mesa- acaba de publicar una novela de fantasía. Si te interesa, la tenemos ahí.

Echo un vistazo y, por algún motivo, vislumbro uno de mis posibles futuros. Uno de esos en que, tras partirte los cuernos escribiendo, reescribiendo, corrigiendo y demás, acabas por publicar tu novela... y acabas ahí: nada de presentaciones guais en una librería, nada de grupis de veinte años, mostrando el canalillo cuando te piden que les firmes el ejemplar de tu libro. Lo que acabas es aburrido en un salón del cómic, formando parte del mobiliario entre los muñecos de plástico de Alan Cumming haciendo de Rondador Nocturno y el merchandising de Pesadilla antes de Navidad.
Como proyecto de escritor, en ese momento sentí miedo.
Mucho, mucho miedo.

"¡Dime que no voy a acabar así!"


Tratando de olvidar aquel posible futuro, llegamos a una sala en la que había una exposición de la invitada estrella: una ilustradora que venía a firmar sus libros aquel día. La exposición en sí no parecía contar con ningún original; no me pude fijar demasiado, pero al ver aquello enmarcado con láminas de cristal, tuve la ligera impresión de que eran fotocopias en color de las láminas de sus libros.

Y es aquí cuando llegamos al salón principal. El centro neurálgico del Salón. Donde la organización había puesto toda la carne en el asador.
Donde mi amiga y yo ya terminamos de quedarnos muertos ante el show.
Resulta que en ese salón era donde tenían los cómics. En este momento es cuando los Distópicos más optimistas diréis algo como "¿Ves? Si es que lo ves todo muy negro, al final sí que había cómics".
Mi respuesta ante eso es: esperad, amigos, que no he terminado. Había cómics, sí. Concretamente, UNA mesa. Tomad un salón de recepciones y demás, de estos grandes que podéis hallar en cualquier hotel, y coged una mesa del tamaño de la que tendríais en vuestro comedor. Una sola. Plantadla en medio de la sala con las cuatro novedades del mes (casi puedo decir que este número es literal) de alguna tienda de cómics que ha cedido lo que más le da igual y rodeadlo todo de una infinidad de muñequitos, pósters y pegatinas. Parad de contar, porque no hay más.
En todo el puto salón del cómic, hay una sola mesa, con material equivalente a lo que podría ser el cinco o el seis por ciento de mi colección. De ese cinco o seis, más de la mitad es comic japonés (aka manga, término que muchos usan como el que habla de un género independiente, cuando no es más que el cómic, pero hecho en Japón); el resto, marveladas de las de última generación (y de una calidad más que dudosa en muchos aspectos); no recuerdo nada de DC. Y si iba uno buscando europeo o cosas algo más alejadas del cómic mainstream... bueno, mejor que se fuera para una tienda. Total, iba a encontrar mucho más material, con menos follón de gente y probablemente en mejores condiciones que lo que había allí.

Decepcionado, miro a mi amiga. Ella me mira a mí. Nos miramos mutuamente con la boca torcida en plan "¿Pero esto qué coño es?"
Obviamente, no habíamos llegado a LO PUTO PEOR.
Y es que la organización había contratado lo que parecía ser UNA BANDA.

Pongo aquí la definición de la RAE de banda, para que vayamos entendiendo de qué debería ir el asunto:

 banda2.
(Quizá del gót. bandwō, signo, bandera).Conjunto de instrumentistas, con o sin cantantes, que interpreta alguna forma de música popular.

Os digo lo que me encuentro yo: un chavaleta con una guitarra eléctrica, un amplificador de los de cincuenta pavos (y menos vatios) tocando los ritmos del Fiesta Pagana de Mago de Oz (grupo que, dicho sea de paso, me revienta por motivos personales), al lado de un equipo de música donde tenían el disco puesto con la canción. Dicho de otra manera, era una especie de karaoke para heavies de instituto, pero con un tío tocando la guitarra... sin saber tocar más que los riffs básicos.
Todo esto, aderezado con otros chavales justo delante de él, dándolo todo, cuernos en alto, como si estuvieran viendo al puto Joe Satriani.

Aunque tengo que reconocer que en la postura de "Hey, chavales, mirad cómo lo flipo tocando", el chaval sí que se parecía a Satch...


Llegados a este punto de esperpento, le digo a mi amiga lo que tenía que haberle dicho hacía más de media hora. Media hora viendo chavalines berreando, jugando a las cartas, tirando dados, peleándose por ver quién tenía el disfraz de Naruto más molón, haciéndose fotitos para subirlas al Tuenti. Media hora sin ver un puto cómic en un salón del cómic. Media hora viendo merchandising de lo más variopinto, para que el respetable adorne sus chaquetitas con chapitas de los Metallica. Mucho muñequito de Tim Burton, mucho rollo nipón de niños que se han criado en el país de las putas tortillas de patata. Mucho de todo eso que me sobra en el mundo del cómic. Y mucho déficit precisamente de lo que me interesaba, que eran cómics. De eso, como ya he mencionado, apenas había.
Lo que le dije a mi amiga, pues, fue lo obvio:

- Salgamos de aquí echando hostias, antes de que me vuelva verde y me entren ganas de destruir.

Para aquellos que estuvieron en aquel salón y que estaban demasiado ocupados en el concurso de adivinar bandas sonoras de dibus japonakas, eso es una referencia a Hulk. Cuando se ponía nervioso, se volvía verde, crecía y destruía todo lo que se le ponía en la jeta.


Este es Hulk. Sí, amigos Otakus radicales: ¡fuera de Japón también se dibuja cómic!


Huyendo que estamos por el pasillo, cuando un ser me pisa un pie.

- Perdona- me dice.
Antes de poder reaccionar y decirle "No pasa nada", el chaval desaparece, no sin antes decirme que me espere un momento. La cara de horror que mi amiga y yo teníamos apenas un minuto antes se troca en auténtica confusión.
A esto que el chaval desaparece: me recuerda bastante a un goblin, solo que no es verde.
Pero lo más inquietante es que aparece con una flor en la mano. Una de esas flores que, perfectamente, podría haber adornado los jarrones del pasillo.
- Para ti- me dice, sonriente-. Por el pisotón.

Mi amiga podría haberse reído. Podría haber hecho una coña allí mismo. Creedme, es capaz.
No dijo absolutamente nada.
Se quedó allí en medio, plantada, con los ojos como dos platos, contemplando la escena y sin decidir qué expresión darle a su cara: no había salido de la de confusión, cuando se le agolpaba el trabajo; aquello necesitaba ampliarse a "Pero qué cojones" y una cara de simple y llano horror.

- Vámonos- repetí-. YA.

No discutió. De hecho, asintió con la cabeza, como diciendo "Sí, por favor". Creo que esa expresión de "Huyamos, por nuestras vidas" fue la más definida y clara que pudo poner aquella tarde.
Pasamos por delante del chaval que había escrito la novela de fantasía, sin dar oportunidad a que volvieran a darme el flyer. Los gotiquitos (en mi ciudad no hay góticos apenas, sino chavalines que se disfrazan como de vampiros y se hacen fotitos), los emos, los otakus, los visuals, los jebis y demás criaturas de la noche (o al menos, de la noche antes del toque de queda y que suban a casa a merendar) se convierten en un borrón ante nuestros ojos, ya que salimos echando hostias de allí. Creo que si hubiese una banda de caníbales, adoradores de Satán o un grupo de Testigos de Jehová intentando convertir a todo bicho viviente a su causa, habríamos salido menos espeluznados. O todo lo más, no tanto como después de haberle visto la cara al goblin de la flor en la mano.

Imagináos algo como esto, pero con pelo en la cabeza, un color menos verdoso y una flor en la mano.
Acojonante, lo sé.


Por fin, llegamos a la calle. Todavía había algunos seres con pintas extrañas alrededor, pero la proporción con respecto al humano tradicional era bastante menor que en aquel submundo que acabábamos de visitar. Si nos atacaban por no saber quién era Naruto, sabíamos que éramos mayoría con respecto a ellos. Que todavía había calle abierta por la que salir echando hostias.
De allí salimos a toda velocidad, con la firme promesa en mente de no volver a pisar otra vez un sitio así.

Pero somos humanos y cometemos errores.
Yo, al menos, volvería a caer en otro festival de estos de frikismo a ultranza encubierto. Y la experiencia no sería mucho mejor.
Pero de esto y de lo que aconteció aquel día, hablaré en otro momento.