Cuenta una vieja leyenda que, en un pequeño pueblo, había un muchacho huérfano. Su madre había muerto al darle a luz y su padre, roto por la desdicha, decidió quitarse la vida poco después. Por eso, el niño pasó a ser apadrinado por sus vecinos.
Pero apadrinado no quiere decir por fuerza adoptado con cariño. Solo hicieron falta unos años para que el niño, al no tener quien le defendiese, se convirtiese en el blanco de la mofa popular y de la injusticia: hacía los trabajos que nadie quería; los más sucios e indignos. Los otros niños, al verlo, le lanzaban piedras y se burlaban. "Niño sin padre", le decían. "Mataste a tu madre", le recriminaban.
Un buen día, el huérfano perdió los estribos e intentó defenderse de un muchachote, que había considerado que untarle la cara con estiércol mientras limpiaba un establo era algo muy divertido; éste, mucho más fuerte que él, no tuvo suficiente con propinarle una brutal paliza: también llamó a otros chicos que andaban por allí cerca para que se unieran. Cuando acabaron con él, el niño yacía casi sin sentido, sobre un montón de inmundicia, solo y humillado. Así pasó el resto del día, hasta que cayó la noche.
Fue entonces cuando, rodeado por la oscuridad, su mente se rindió. Su espíritu, hasta entonces inquebrantable, se doblegó. En mitad de la negrura, tiritando de frío, empapado por la lluvia que caía por entre los tablones del techo y con la nariz saturada por aquel nauseabundo olor, la invocó a Ella:
— No puedo más— dijo, entre sollozos—. Ven a por mí.
Como respuesta, un relámpago iluminó el interior del cobertizo, mostrando a una figura ante él. Se trataba de una chica, de tez pálida y mirada profunda. Pelo y ojos tenían el color del manto de la noche.
La visitante dio un par de pasos hasta acercarse al huérfano. Se arrodilló con movimientos elegantes y le puso una mano en la frente.
— Aquí me tienes— respondió, con voz suave—. ¿Estás seguro de que quieres que venga a por ti?
— ¿No es lo que haces siempre?— el niño apenas tenía diez años, pero su voz era más dura y amarga que la de cualquier adulto. La clase de voz que nadie merecería tener.
La joven no dijo nada inmediatamente; se limitó a mirarlo con una expresión grave, para luego cerrar los ojos y agachar la cabeza.
— Sí— admitió, por fin—. Es lo que hago. Desde que nací, no he hecho otra cosa.
— Entonces, ¿a qué esperas para hacer lo mismo conmigo?
Y tal vez, solo tal vez, la hermosa visitante estuvo a punto de satisfacer la demanda del niño, pero algo la detuvo. Antes de que pudiese averiguar de qué se trataba, éste vio cómo una segunda figura se materializaba ante él, para arrodillarse también.
El segundo visitante se asemejaba más a un hombre, pero no era tan fácil saberlo: su cuerpo estaba cubierto por un sudario ensangrentado y, de entre la infinidad de huecos que mostraban aquellas vendas teñidas de rojo oscuro, podían verse múltiples heridas abiertas. Costuras sanguinolentas. Moratones. Incluso quemaduras. Su anatomía era un compendio de lesiones de todo tipo.
— Tú también has sentido interés por él, ¿no es así?— inquirió la chica, casi indiferente.
El visitante sonrió. Su rostro se retorció en una mueca y unos finísimos alambres se apretaron contra sus labios y sus pómulos, haciendo que la boca rajada mostrase unas encías plagadas de llagas y laceraciones.
— Yo le conozco mejor que nadie— respondió.
— No puedo negar tu parte de razón, pero él me ha llamado a mí. Es a mí a quien desea, y no a ti.
A punto estuvo de responder cuando una tercera aparición hizo acto de presencia. Su aspecto era similar al de un ángel, solo que tenía el cuerpo y las alas cubiertos por una miríada de ojos que jamás se cerraban. En su mano derecha llevaba una espada de hoja incandescente, la cual aferraba con fuerza. Sin mediar palabra, avanzó, con porte augusto y ademanes rígidos. En ningún momento manifestó intención alguna de arrodillarse.
— Nunca nos pudimos imaginar que vendrías— dijo la figura en el sudario, al verla.
— ¿Por qué no? Lo veo todo y no olvido nada.
— Pues para verlo todo y no olvidar nada— repuso la chica con ironía— has hecho un gran trabajo con este niño.
— Puede que haya llegado la hora de cambiar eso.
Los dos primeros visitantes intercambiaron una mirada extrañada, para mirar luego a la criatura alada. ¿Acaso...?
— ¿Qué tienes en mente?— se atrevió a preguntar la chica.
— ¿Por qué tendría que darte explicaciones, Hija de la Oscuridad? ¿Quién te crees que eres?
El semblante de la joven mudó y su expresión pasó de infundir serenidad al más puro terror.
— Soy una de los Hijos de la Oscuridad, sí, al igual que mi hermano aquí presente y muchos otros, pero también sabes que soy mucho más que eso. Por favor, no me subestimes, ya que sabes quién soy y de qué soy capaz.
— ¿Osas amenazarme?
— En absoluto. Tan solo te recuerdo quién soy yo.
El extraño ser con alas de ángel dibujó una sonrisa en aquel rostro plagado de ojos.
— Eres mucho más que aquella niña tímida que surgió del útero de la Oscuridad, sin duda. Quizás podamos ponernos de acuerdo, después de todo.
— Te escucho.
El huérfano no pudo oír el cuchicheo de aquellos tres seres, que se debatían en un parlamento ajeno a sus oídos. Tan solo podía percibir un tono confortable, casi cálido, en el tono de la chica. La figura del sudario hablaba con prudencia, mientras que, el ser de los mil ojos, poseía una voz tan severa como tranquilizadora.
Al cabo de un buen rato, quedaron en silencio, como en un mutuo acuerdo sellado con un simple movimiento de la cabeza. El segundo visitante se dirigió a él a continuación y le ayudó a incorporarse. Su tacto hizo que, de pronto, todo estuviese bien. Un extraño bálsamo le recorría el cuerpo con frescura.
— ¿Qué será de mí ahora? ¿No vienes a llevarme, tal y como te pedí?
La joven sonrió. Era la sonrisa más dulce que jamás criatura viva sobre la faz de la Tierra podría ver.
— Sí, pero no seré yo la única que te lleve. Mi hermano y... nuestra aliada hemos decidido hacer un pacto.
— ¿Un pacto?
— Has vivido solo toda tu vida, y nuestra presencia, cuando has contado con ella, lo único que ha conseguido ha sido arruinarla. Hemos considerado correcto subsanar nuestra negligencia.
— No entiendo...
— Pronto lo entenderás. Ven.
Y así, los tres visitantes se marcharon de aquel cobertizo, llevándose al pequeño huérfano con él. A la mañana siguiente, sus vecinos irían a buscarlo para obligarle a hacer cualquier tarea, pero solo encontrarían el hueco que su cuerpo había dejado sobre el montón de barro y estiércol.
Pasarían varios años hasta que el niño, ahora un hombre, volviese al pueblo. Al llegar, los lugareños necesitaron un instante para reconocerlo, pues ahora era alto y de corte apuesto. Sus ropas, negras y carmesíes, estaban bordadas con elegancia y finura. De su espalda colgaba una espada envainada, que le denotaba como un guerrero.
Pero era, por encima de cualquier otra cosa, su mirada lo que llamaba más la atención. Ya no quedaba rastro de aquellos ojos temerosos, de aquel brillo de resignación. De aquel atisbo de esperanza. Sus ojos ahora eran fríos como el granizo y duros como el diamante.
Durante la mañana de su regreso, entró en la posada del pueblo y se sentó en una mesa sin decir nada a nadie. En cuestión de apenas unos minutos, el resto de los lugareños no tardaría en aparecer, movidos por la curiosidad. Disimulada por unos, abierta por otros. Todos le observaban, preguntándose dónde había estado todos aquellos años. Qué había hecho. Con quién había estado.
Sus antiguos vecinos estuvieron un buen rato cuchicheando, hasta que decidieron echar a suertes quién hablaría con él, para intentar sonsacar la respuesta a todas estas preguntas. Cuando por fin decidieron quién lo haría, el encargado se acercó a su mesa y se sentó frente a él. Cuando empezó a preguntarle, se vio obligado a detenerse a sí mismo: el forastero le estaba clavando los ojos con tanta intensidad que le llegaron a la misma alma.
— Queréis saber— su voz resultaba extrañamente dulce— muchas cosas, y es cierto que muchas cosas he vivido. Pero no es menester mío contároslas, y mucho menos vuestro es conocerlas. Tan solo se os permite saber que yo ya no soy el muchacho que dejasteis aquella noche en el cobertizo. Ya no soy nada de lo que conocíais.
— ¿Tenéis al menos un nombre?— se atrevió a preguntar el hombre.
— Oh, sí. Pero tú no vas a conocerlo.
Sin mediar palabra, el forastero se puso en pie; antes de que nadie tuviese tiempo para reaccionar, había desenvainado su espada y había abierto en canal al pobre desgraciado que se había dirigido a él. Acto seguido, la hoja voló en dirección al hombre más cercano. Y al que tenía al lado. Y a los dos que se encontraban un poco más lejos.
Nubes de sangre, cabezas separadas de sus cuerpos, vísceras que veían la luz del sol. En aquel pueblo maldito no hubo hombre, ni mujer ni niño que pudiese escapar de aquella implacable espada.
Cinco minutos.
Solo bastaron cinco minutos para que aquel pueblo, hasta entonces lleno de vida, se convirtiese en un erial coronado por un monte de cadáveres.
Fue al contemplar su obra cuando el que otrora hubiese sido un pobre huérfano por fin sonrió: allí se encontraban los niños que lo habían apaleado la noche antes de irse; un poco más lejos, los otros que lo humillaban. Algo más allá, los que lo habían vejado. A sus pies, quienes le habían hecho pasar hambre. Quienes lo habían atemorizado. Quienes se habían aprovechado de él. Ahora todos, sin excepción, estaban muertos... pues dos de los Hijos de la Oscuridad, junto a una poderosa Aliada, habían decidido equilibrar la balanza y habían dado a los hombres algo que merecían por sus iniquidades.
Fue así como les concedieron la Venganza.














