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viernes, 15 de noviembre de 2013

Cuentos de la Sombra- El cuento del huérfano



Cuenta una vieja leyenda que, en un pequeño pueblo, había un muchacho huérfano. Su madre había muerto al darle a luz y su padre, roto por la desdicha, decidió quitarse la vida poco después. Por eso, el niño pasó a ser apadrinado por sus vecinos.
Pero apadrinado no quiere decir por fuerza adoptado con cariño. Solo hicieron falta unos años para que el niño, al no tener quien le defendiese, se convirtiese en el blanco de la mofa popular y de la injusticia: hacía los trabajos que nadie quería; los más sucios e indignos. Los otros niños, al verlo, le lanzaban piedras y se burlaban. "Niño sin padre", le decían. "Mataste a tu madre", le recriminaban.

Un buen día, el huérfano perdió los estribos e intentó defenderse de un muchachote, que había considerado que untarle la cara con estiércol mientras limpiaba un establo era algo muy divertido; éste, mucho más fuerte que él, no tuvo suficiente con propinarle una brutal paliza: también llamó a otros chicos que andaban por allí cerca para que se unieran. Cuando acabaron con él, el niño yacía casi sin sentido, sobre un montón de inmundicia, solo y humillado. Así pasó el resto del día, hasta que cayó la noche.

Fue entonces cuando, rodeado por la oscuridad, su mente se rindió. Su espíritu, hasta entonces inquebrantable, se doblegó. En mitad de la negrura, tiritando de frío, empapado por la lluvia que caía por entre los tablones del techo y con la nariz saturada por aquel nauseabundo olor, la invocó a Ella:

— No puedo más— dijo, entre sollozos—. Ven a por mí.

Como respuesta, un relámpago iluminó el interior del cobertizo, mostrando a una figura ante él. Se trataba de una chica, de tez pálida y mirada profunda. Pelo y ojos tenían el color del manto de la noche.


La visitante dio un par de pasos hasta acercarse al huérfano. Se arrodilló con movimientos elegantes y le puso una mano en la frente.

— Aquí me tienes— respondió, con voz suave—. ¿Estás seguro de que quieres que venga a por ti?
— ¿No es lo que haces siempre?— el niño apenas tenía diez años, pero su voz era más dura y amarga que la de cualquier adulto. La clase de voz que nadie merecería tener.

La joven no dijo nada inmediatamente; se limitó a mirarlo con una expresión grave, para luego cerrar los ojos y agachar la cabeza.

— Sí— admitió, por fin—. Es lo que hago. Desde que nací, no he hecho otra cosa.
— Entonces, ¿a qué esperas para hacer lo mismo conmigo?

Y tal vez, solo tal vez, la hermosa visitante estuvo a punto de satisfacer la demanda del niño, pero algo la detuvo. Antes de que pudiese averiguar de qué se trataba, éste vio cómo una segunda figura se materializaba ante él, para arrodillarse también.

El segundo visitante se asemejaba más a un hombre, pero no era tan fácil saberlo: su cuerpo estaba cubierto por un sudario ensangrentado y, de entre la infinidad de huecos que mostraban aquellas vendas teñidas de rojo oscuro, podían verse múltiples heridas abiertas. Costuras sanguinolentas. Moratones. Incluso quemaduras. Su anatomía era un compendio de lesiones de todo tipo.

— Tú también has sentido interés por él, ¿no es así?— inquirió la chica, casi indiferente.

El visitante sonrió. Su rostro se retorció en una mueca y unos finísimos alambres se apretaron contra sus labios y sus pómulos, haciendo que la boca rajada mostrase unas encías plagadas de llagas y laceraciones.

— Yo le conozco mejor que nadie— respondió.
— No puedo negar tu parte de razón, pero él me ha llamado a mí. Es a mí a quien desea, y no a ti.

A punto estuvo de responder cuando una tercera aparición hizo acto de presencia. Su aspecto era similar al de un ángel, solo que tenía el cuerpo y las alas cubiertos por una miríada de ojos que jamás se cerraban. En su mano derecha llevaba una espada de hoja incandescente, la cual aferraba con fuerza. Sin mediar palabra, avanzó, con porte augusto y ademanes rígidos. En ningún momento manifestó intención alguna de arrodillarse.



— Nunca nos pudimos imaginar que vendrías— dijo la figura en el sudario, al verla.
— ¿Por qué no? Lo veo todo y no olvido nada.
— Pues para verlo todo y no olvidar nada— repuso la chica con ironía— has hecho un gran trabajo con este niño.
— Puede que haya llegado la hora de cambiar eso.
Los dos primeros visitantes intercambiaron una mirada extrañada, para mirar luego a la criatura alada. ¿Acaso...?
— ¿Qué tienes en mente?— se atrevió a preguntar la chica.
— ¿Por qué tendría que darte explicaciones, Hija de la Oscuridad? ¿Quién te crees que eres?
El semblante de la joven mudó y su expresión pasó de infundir serenidad al más puro terror.
— Soy una de los Hijos de la Oscuridad, sí, al igual que mi hermano aquí presente y muchos otros, pero también sabes que soy mucho más que eso. Por favor, no me subestimes, ya que sabes quién soy y de qué soy capaz.
— ¿Osas amenazarme?
— En absoluto. Tan solo te recuerdo quién soy yo.

El extraño ser con alas de ángel dibujó una sonrisa en aquel rostro plagado de ojos.

— Eres mucho más que aquella niña tímida que surgió del útero de la Oscuridad, sin duda. Quizás podamos ponernos de acuerdo, después de todo.
— Te escucho.

El huérfano no pudo oír el cuchicheo de aquellos tres seres, que se debatían en un parlamento ajeno a sus oídos. Tan solo podía percibir un tono confortable, casi cálido, en el tono de la chica. La figura del sudario hablaba con prudencia, mientras que, el ser de los mil ojos, poseía una voz tan severa como tranquilizadora.
Al cabo de un buen rato, quedaron en silencio, como en un mutuo acuerdo sellado con un simple movimiento de la cabeza. El segundo visitante se dirigió a él a continuación y le ayudó a incorporarse. Su tacto hizo que, de pronto, todo estuviese bien. Un extraño bálsamo le recorría el cuerpo con frescura.



— ¿Qué será de mí ahora? ¿No vienes a llevarme, tal y como te pedí?

La joven sonrió. Era la sonrisa más dulce que jamás criatura viva sobre la faz de la Tierra podría ver.

— Sí, pero no seré yo la única que te lleve. Mi hermano y... nuestra aliada hemos decidido hacer un pacto.
— ¿Un pacto?
— Has vivido solo toda tu vida, y nuestra presencia, cuando has contado con ella, lo único que ha conseguido ha sido arruinarla. Hemos considerado correcto subsanar nuestra negligencia.
— No entiendo...
— Pronto lo entenderás. Ven.

Y así, los tres visitantes se marcharon de aquel cobertizo, llevándose al pequeño huérfano con él. A la mañana siguiente, sus vecinos irían a buscarlo para obligarle a hacer cualquier tarea, pero solo encontrarían el hueco que su cuerpo había dejado sobre el montón de barro y estiércol.


Pasarían varios años hasta que el niño, ahora un hombre, volviese al pueblo. Al llegar, los lugareños necesitaron un instante para reconocerlo, pues ahora era alto y de corte apuesto. Sus ropas, negras y carmesíes, estaban bordadas con elegancia y finura. De su espalda colgaba una espada envainada, que le denotaba como un guerrero.
Pero era, por encima de cualquier otra cosa, su mirada lo que llamaba más la atención. Ya no quedaba rastro de aquellos ojos temerosos, de aquel brillo de resignación. De aquel atisbo de esperanza. Sus ojos ahora eran fríos como el granizo y duros como el diamante.

Durante la mañana de su regreso, entró en la posada del pueblo y se sentó en una mesa sin decir nada a nadie. En cuestión de apenas unos minutos, el resto de los lugareños no tardaría en aparecer, movidos por la curiosidad. Disimulada por unos, abierta por otros. Todos le observaban, preguntándose dónde había estado todos aquellos años. Qué había hecho. Con quién había estado.
Sus antiguos vecinos estuvieron un buen rato cuchicheando, hasta que decidieron echar a suertes quién hablaría con él, para intentar sonsacar la respuesta a todas estas preguntas. Cuando por fin decidieron quién lo haría, el encargado se acercó a su mesa y se sentó frente a él. Cuando empezó a preguntarle, se vio obligado a detenerse a sí mismo: el forastero le estaba clavando los ojos con tanta intensidad que le llegaron a la misma alma.



— Queréis saber— su voz resultaba extrañamente dulce— muchas cosas, y es cierto que muchas cosas he vivido. Pero no es menester mío contároslas, y mucho menos vuestro es conocerlas. Tan solo se os permite saber que yo ya no soy el muchacho que dejasteis aquella noche en el cobertizo. Ya no soy nada de lo que conocíais.
— ¿Tenéis al menos un nombre?— se atrevió a preguntar el hombre.
— Oh, sí. Pero tú no vas a conocerlo.

Sin mediar palabra, el forastero se puso en pie; antes de que nadie tuviese tiempo para reaccionar, había desenvainado su espada y había abierto en canal al pobre desgraciado que se había dirigido a él. Acto seguido, la hoja voló en dirección al hombre más cercano. Y al que tenía al lado. Y a los dos que se encontraban un poco más lejos.
Nubes de sangre, cabezas separadas de sus cuerpos, vísceras que veían la luz del sol. En aquel pueblo maldito no hubo hombre, ni mujer ni niño que pudiese escapar de aquella implacable espada.
Cinco minutos.
Solo bastaron cinco minutos para que aquel pueblo, hasta entonces lleno de vida, se convirtiese en un erial coronado por un monte de cadáveres.


Fue al contemplar su obra cuando el que otrora hubiese sido un pobre huérfano por fin sonrió: allí se encontraban los niños que lo habían apaleado la noche antes de irse; un poco más lejos, los otros que lo humillaban. Algo más allá, los que lo habían vejado. A sus pies, quienes le habían hecho pasar hambre. Quienes lo habían atemorizado. Quienes se habían aprovechado de él. Ahora todos, sin excepción, estaban muertos... pues dos de los Hijos de la Oscuridad, junto a una poderosa Aliada, habían decidido equilibrar la balanza y habían dado a los hombres algo que merecían por sus iniquidades.
Fue así como les concedieron la Venganza.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- En la Corte del Demonio de la Noche



En un pequeño poblado en el que jamás sucedía nada de interés, vivía un muchacho que trabajaba como mozo de cuadras en una fonda, al igual que su padre y el padre de su padre. Su vida, consideraba, tenía tanto de especial como la del pequeño poblado; se levantaba temprano, trabajaba, comía, se iba a dormir y cada día era exactamente igual que el anterior, pero jamás se quejaba de su situación. Vivía feliz con lo poco que tenía y se limitaba a escuchar y entender a aquellos que se quejaban porque no tenían la vida que habían soñado.

Una mañana, los lugareños abandonaron sus puestos de trabajo para acudir a la plaza central del poblado. El muchacho, movido por la curiosidad, hizo lo mismo y se unió a ellos para ver qué sucedía.
Ante ellos, se alzaba un Héroe. Una de esas figuras de las que todo el mundo había oído hablar y que arrojaban la luz de la esperanza sobre el mundo. La clase de Personas que hacían que todo resultase menos oscuro y menos terrible. Con más como ellos, decían, podría haber una Edad de Oro donde nadie tendría que sufrir.

Cuando el Héroe se acercó al muchacho, con su armadura brillante, su capa roja y el dragón rojo luciendo orgulloso en el blasón de su escudo, la gente a su alrededor no pudo evitar agitarse. Un coro de sonrisas iluminadas se encendió mientras éste se puso frente a él y, señalándole con el dedo, le dijo que le siguiera. No sin cierta envidia soterrada, le dijeron que no fuera tonto y lo hiciera; una oportunidad así no se presentaba todos los días y no debía desperdiciarla. Los Dioses, decían, le habían concedido el honor de seguir a toda una leyenda viviente. De ejercer como escudero del protagonista de numerosas gestas y no pocos cantos y, si los Hados eran propicios, de aprender de él lo suficiente como para emprender el camino de un héroe.



Quizás fue por esa presión por lo que aceptó. Al fin y al cabo, él no era más que un mozo de cuadras; no es que estuviera insatisfecho con su vida, ya que no sentía el gusano de la ambición en la boca del estómago. Prefería no tener que escuchar cómo los demás se metían en su vida y le decían lo mucho que se perdía; le resultaba más llevadero hacer lo que había hecho siempre: obedecer, hacer lo que se espera que uno haga y pasar desapercibido ante los ojos del mundo. Así le había ido relativamente bien, hasta entonces.

El Héroe lo sacó de la ciudad sin decir ni una palabra. Ni una, mejor dicho, referente a la misión que llevarían a cabo; para todo lo demás, escuchar su discurso era una tarea tan épica como las que él mismo decía realizar: cientos de bestias asesinadas con sus propias manos. Se reía de cosas tales como el peligro. Miraba a la Muerte a los ojos y escupía a su rostro. Miles de enemigos muertos o puestos en fuga en campos cubiertos de sangre hasta las rodillas. Y sobre todo, las damiselas: por cada tirano depuesto o cada criatura infernal enviada de vuelta a casa había al menos una o dos doncella dispuesta a sacrificar su virginidad ante él. Todas y cada una de ellas temerosas y excitadas a partes iguales, henchidas de pasión y estremeciéndose ante los embates amorosos del Héroe. Hasta los mismos Dioses, parecía, estaban orgullosos de contemplar las hazañas de aquel insólito hombre.

No fue hasta el séptimo día de jornada cuando por fin el plan salió a la luz.

—Nos dirigimos hasta el Cubil del Demonio de la Noche —explicó, sin inmutarse, lo que hizo que el muchacho se estremeciera.

El Demonio de la Noche, según había oído, era una de las criaturas más implacables que jamás habían pisado la tierra. De él se decía que era capaz de arrancar el alma del cuerpo con una sola mirada, o hacer envejecer a alguien cuarenta años con la voz. El Demonio de la Noche podía arruinar la existencia del hombre e incluso convertirlo en una triste sombra de lo que en su día fue.
Centenares de rumores y leyendas, y ninguno bueno.

—Pero no temas —prosiguió el Héroe, brindándole una sonrisa cálida —. Junto a mí estarás a salvo, pues todos los demonios de este mundo tiemblan al oír mi nombre.
Sin embargo, el muchacho seguía temblando, y no precisamente porque tuviese sangre de demonio recorriendo sus venas.

Al llegar a la Montaña del Demonio de la Noche, descubrieron que el silencio imperaba en varios kilómetros a la redonda. Ni un animal, ni siquiera la más leve brisa, resonaban a lo largo del valle plagado de cañones que enmarcaba aquel gigante de piedra cenicienta. Para su sorpresa, el Héroe no encontró ni guardias ni soldados que vigilasen la entrada a aquel palacio horadado en la roca viva. Las enormes puertas de ónice negro estaban incluso abiertas, como si estuviesen dando la bienvenida a todo forastero que se internase por aquellos parajes.



—Entremos, entonces —fueron las palabras del Héroe, cuyo eco resonó por el valle. Su voz cálida ahora sonaba como un coro celestial que debía iluminar la oscuridad que empezaba a crecer y multiplicarse poco a poco.

El chico se mostró reacio al principio, pero el mapa de cicatrices a lo largo de toda la anatomía del Héroe fueron prueba más que suficiente para atestiguar su experiencia en combate: sin duda, sabía distinguir entre una trampa y una zona ausente de peligro. Además, su determinación de entrar era firme: si algo malo iba a suceder, pensó, más valía que estuviese junto a alguien que supiese manejar una espada. El hecho de que, pese a todas las marcas en su piel, siguiese vivo, debía suponer que su habilidad con las armas era más que notoria.

—No temas —dijo, una y otra vez.

Avanzaron por los pasillos de obsidiana y alabastro, maravillándose ante las hermosas esculturas que se erigían a lo largo de ellos. Hermosas damas de piel negra y brillante bailaban estáticamente, o bien dormían, o bien permanecían de pie contemplando el infinito. Un hermoso y oscuro paisaje que desembocaba en una ciclópea estancia, semejante al salón del trono de un rey.
El Demonio estaba allí, aguardándolos.
Sentado sobre un trono de ébano, era una figura pálida envuelta en una túnica negra como la brea. Sus ojos eran profundos, dos pozos del color del mar y su rostro, impasible, hizo un gesto amable que les invitó a acercarse. Como respuesta, el Héroe avanzó, ordenando al muchacho que se quedase donde estuviese.

—Pues estas contiendas están reservadas a los héroes y no a los jóvenes aprendices —añadió.

El Demonio, sin hacer mucho caso a aquellas palabras, se puso en pie y abrió los brazos en señal de bienvenida. Su oponente, sin pensarlo dos veces, embistió con su espada, apuntando con la hoja al corazón.
Bastó un segundo.
Solo un segundo para que el arma se hiciese pedazos como si hubiese sido construida en el más fino de los cristales. Una insignificante fracción de tiempo para que el Héroe cayese de rodillas y, bajo una gélida mirada de su anfitrión, estallase en una nube escarlata ante la atónita mirada de su escudero.

El silencio se hizo de nuevo, mientras el joven veía cómo el Demonio se acercaba hacia él con paso despreocupado. Cuando estuvo a tan solo un par de pasos de distancia, fue incapaz de sostener la mirada de aquella criatura y se desplomó, arrodillado y cabizbajo.



—Hola —se limitó a decir el Demonio —, ¿cómo te llamas?
Él le dijo su nombre.
—¿Qué haces aquí?
Lo único que pudo hacer fue ser honesto: explicó que el Héroe lo había sacado de su pueblo unos días atrás y que se habían encaminado hacia allá con el único propósito de matar al Demonio de la Noche. Que incluso su nuevo amo había jurado cortar su cabeza y exhibirla como trofeo.
Ante aquella revelación, el Demonio quedó pensativo.
—¿Y por qué quería tu amo hacer eso?
El muchacho se encogió de hombros.
Porque era un Demonio, y a los Demonios había que matarlos, supuso.
—No he hecho mal alguno a nadie, salvo para defenderme —sonrió aquella criatura—, pero mi naturaleza garantiza que siempre haya alguien dispuesto a matarme. Deseo vivir en paz, pero los héroes quieren mi cabeza. ¿No es algo absurdo, muchacho?
El mozo de cuadras asintió. En parte porque veía sinceridad en las palabras del Demonio, en parte porque no se sentía capaz de llevarle la contraria.
Fue en ese momento cuando aquel ser le puso una helada mano sobre la cabeza y todo le dio vueltas. El muchacho pensó en su familia y en la vida que había tenido hasta entonces. En aquellos amigos a los que estaba a punto de dejar. En todo lo que perdería. No, en caso alguno quería que todo terminase ahí, de aquella manera.



Y fue entonces cuando se vio a sí mismo lejos de aquel siniestro lugar. Había regresado a su pueblo natal, no sabía cómo. Fue descubierto deambulando por allí por un granjero, que avisó al resto de sus paisanos. Éstos preguntaron por el Héroe y por lo que habían visto y hecho. Preguntaron por lo que había sucedido y, cuando hubo terminado su relato, no terminaron de entender lo que habían escuchado.

—¿Por qué te dejó vivir, entonces? —le dijo alguien —. Él era un héroe y lo mató sin pestañear. Era fuerte, sabio, valiente, apuesto y audaz. Curtido en mil batallas, justo y despiadado con sus enemigos. Dinos, ¿qué tienes tú que no tenía él? ¿Qué es lo que te hizo superarle?

El muchacho no respondió inmediatamente y se limitó a pensar. Se limitó a recordar la breve conversación con el Demonio y lo que sucedió justo después. Tembló de miedo al revivir el tacto de aquella mano como el hielo, pero fue eso lo que le dio la respuesta a la pregunta que acababan de hacerle.

—¿Qué tienes tú, eh? —repitieron los hombres, a coro.
La respuesta del mozo de cuadras cayó a plomo, silenciando a todos los que le rodeaban.
—Miedo.

lunes, 21 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- Los regalos de la Oscuridad




En el albor de los tiempos, hubo tres hermanos, a los que el Universo les concedió varios dones.
Al mayor, de pelo castaño y semblante serio, le concedieron el don de la razón. En él residirían el equilibrio y la rectitud. Dictaría las leyes por las cuales se regirían los hombres y su reino sería la vasta tierra. Agricultores y ganaderos le rendirían homenaje, pues gracias a su Don, saldrían de las cavernas y tendrían el conocimiento necesario para inventar máquinas que harían su vida algo más sencilla.
El segundo hermano era un fornido varón de cabello dorado y recia barba. A él le fue concedido el don del sol y, con él, el calor. Por medio de aquel regalo del Universo, haría hervir la sangre de los hombres por medio de la pasión y la lujuria. Grandes fiestas se harían en su nombre, donde correría el vino y la diversión. Su nombre sería pronunciado como sinónimo de buena suerte, y su sonrisa, una bendición.
Al menor de los tres hermanos, una criatura con el pelo del mismo color que las alas de un cuervo y la piel del color del cielo antes del amanecer, solo se le concedió la oscuridad.



Durante mucho tiempo, el más joven de los tres hermanos no supo qué hacer con aquella bola de azabache, pues su interior se negaba a mostrarse a simple vista. Por tanto, se limitó a sentarse en su pequeño rincón del mundo a observarla, con intención de aprender para qué podía servir aquello. Entretanto, el mundo de los hombres se debatía entre la razón pura y la pasión desenfrenada. El frío contra el calor.
Ese debate, de vez en cuando, no tardaba en provocar conflictos: pese a que los dos hermanos mayores eran inseparables y jamás discutían, los hombres que poblaban la tierra se debatían entre ambos espíritus, discutían y luchaban. A veces, para pesar de éstos, incluso llegaban a la guerra. Por medio de la pasión inflamaban sus odios y, por medio de la razón, inventaban artefactos para dañarse.
Se avecinaba la Era del Caos.

El más joven de los tres no era ajeno a esto, pero se sentía impotente: al fin y al cabo, no entendía el don que había recibido y poco había que pudiese hacer. Esto sucedió así hasta que un buen día, se le ocurrió mirar en el interior de la bola negra que tenía entre las manos. Cuán grande fue su sorpresa al descubrir que la Oscuridad le devolvió la mirada y, tras haber visto en lo más profundo de su alma, le habló:

— Tienes buen corazón, muchacho. El mundo se está sumiendo en el Caos y quieres hacer algo para evitarlo; yo puedo ayudarte, pero me temo que es necesario un intercambio.
— ¿Un intercambio?
— Llámalo sacrificio, pues. Está escrito que la Oscuridad no puede darte nada a menos que reciba una compensación.

El hermano de piel azulada caviló durante unos instantes. Una compensación implicaba desprenderse de algo que tuviera tanta importancia como lo que estaba pidiendo.

— Te daré la mitad de mi sangre— respondió, por fin.

La Oscuridad se revolvió sobre sí misma y le otorgó la noche al mundo. Durante la mitad de un día entero, el poder del hermano mediano se vio mermado, y la mitad de los hombres se sintieron algo confusos. En la sorpresa, dejaron sus conflictos de lado por un tiempo y se dedicaron a contemplar las estrellas, intentando entender qué era todo aquello. Pero la raza de los hombres era de naturaleza inquieta y los problemas no tardaron en surgir de nuevo: tres noches hicieron falta para que surgieran los primeros hurtos, al amparo de las sombras.



Tres noches más hicieron falta para que el más joven de los tres hermanos se recuperase y preguntase a la Oscuridad de nuevo:

— Veo que los hombres no han agradecido mi regalo— dijo la Oscuridad, con tristeza— y me encantaría ayudar, pero estoy atada por la Ley Sagrada y no puedo ayudarte sin un sacrificio.

Él lo entendió y pensó qué podría darle.

— Te daré mis oídos— fue su respuesta, y la Oscuridad aceptó por segunda vez. Es por eso por lo que, desde entonces, se asocia el silencio a la noche.

Al ponerse el sol al día siguiente, los hombres sintieron una extraña sensación que los llevó a detenerse. Por aquí y por allá, se tumbaron donde pudieron y cerraron los ojos, abandonándose a una paz momentánea. Fue así como nació el sueño.
Durante el sueño, el hermano menor descubrió que las cosas empezaron a cambiar sustancialmente: los hombres se levantaban algo más relajados y algunos, para su sorpresa, empezaron a crear cosas que poco o nada tenían que ver con la razón. Gracias al sueño, nació el arte.

Pero la raza humana era fácilmente corruptible y usó el arte para ponerlo al servicio del odio: de esta manera, los hombres dibujaron símbolos con los que identificarse y diferenciarse de otros hombres. Surgieron clanes, élites e imperios, que se enfrentaron los unos a los otros. La música parió himnos ensordecedores y marchas militares, que rasgaron el aire. La sangre se convirtió en tinta y la carne en lienzo.

El más joven de los tres hermanos, débil y sordo, se volvió a dirigir a la Oscuridad en busca de respuestas. Ella, preocupada, le advirtió:

— Ya estás bastante herido por mi culpa. Por favor, no me pidas más dones. Será peor para ti.
Él negó con la cabeza. Debía solucionar aquello, ya que sus hermanos se veían incapaces de hacer nada; pero, por otra parte, la Oscuridad tenía razón: ya había llevado a cabo sacrificios bastante grandes y no había conseguido gran cosa. Fuese lo que fuese lo que iba a darle, debía pensárselo bien.
— Te daré mi corazón— dijo, mientras se hundía la mano entre sus costillas.
La Oscuridad concedió su tercer regalo con lágrimas en los ojos.



De este modo, la noche y el sueño dieron paso a la misericordia y el amor. Gracias a ellos, el período en el que el sol se ocultaba se convirtió en el reino de los amantes. La simple lujuria dio paso a un sentimiento más profundo y más íntimo y los hombres empezaron a pensar que el odio no debía ser lo único que sintieran. En sus sueños, la inspiración para sus obras de arte dio un giro y así nacieron las historias de amor, las baladas y la poesía. La razón dejó de ser lo único que movía las mentes de los seres humanos y muchos de ellos empezaron a verse impulsados por motivaciones diferentes: de entre todos aquellos que solo buscaban el reconocimiento por sus logros intelectuales o aplastar a los que pensaran diferente, surgió una nueva especie que quería cambiar las cosas. Ayudar a los necesitados. Ser, simplemente, mejores personas.
Por desgracia, el joven hermano solo tenía un corazón y para haber salvado al mundo debía haber sacrificado dos, por lo que esto solo se produjo en unos pocos hombres.

Ahora, su cuerpo yacía frío en su sala, delante de la Oscuridad, que lloraba desconsoladamente ante la pérdida de alguien a quien consideraba digno de su cariño. Sin embargo, ésta supo aprovechar aquel último sacrificio: al haber entregado su vida, ella otorgó el último regalo a los hombres. Un regalo que, con suerte, sería el único elemento que podría aportar algo de justicia en un mundo sumido por el Caos. Algo que pudiera ser afín a todo hombre, bueno o malo, joven o viejo, rico o pobre. Algo que aportase una paz duradera para todos, más allá de su pensamiento o creencia.
Fue así como la Oscuridad, intentando mantener la última voluntad de su único amigo, aportó equilibrio y orden.
Fue así como nació la Muerte.