sábado, 28 de julio de 2018

Escupiendo Rabia- Caza de brujas, o El arte de cogérsela con un puto papelito




De esto que estás en tu casa en plena reunión familiar y sale el tema. Una noticia de la que no te has enterado porque llevas unos días desconectado del mundo: Un ultraderechista airea unos tweets de contenido políticamente incorrecto (sí, chistes sobre humor desagradable, nada nuevo bajo el sol) por parte de James Gunn, director de  Guardianes de la Galaxia, y Disney no tiene otra cosa que hacer que coger y despedirlo.


No ha importado que los actores de la película se hayan puesto en contra de la iniciativa de ultracorrección política (término que ya empieza a atufar a nazismo, puro y duro); no ha importado que el propio Jim Starlin, creador de algunos de los personajes originales de la serie (véanse Thanos, Gamora o Adam Warlock) haya puesto el grito en el cielo ante la soberbia estupidez que se ha cometido. Tampoco han importado las 300.000 firmas (que se dice pronto) en apoyo al director.
Nada de eso ha importado, porque al parecer (al menos, a fecha del día en que escribo) Disney ha tomado una decisión y, de modo totalmente unilateral y tan democrática como el general de una república bananera, parece que la piensa mantener, sin importarle que a la gente que verdaderamente le está dando de comer (esto es, el público) se le han revuelto las tripas ante la cobardía que han demostrado.


Lo que en nuestra tierra se entiende como "Bajarse los pantalones".
Verás qué risas cuando estas bajadas se tomen por costumbre.


Pero la cosa no es nueva: esto ya había sucedido en los años 50, durante la tristemente célebre administración McCarthy, el pueblo americano se vio en "el deber patriótico" de denunciar a todo aquel que consideraran comunista. No importaban las pruebas, por supuesto: tras toda la política de miedo al comunismo con la que se había alimentado a la población, lo único que faltaba era decirle al personal que denunciaran. Sí, que denunciaran a su vecino, a los padres de los amigos de sus hijos, a sus compañeros de trabajo o, en definitiva, a cualquiera que consideraran "sospechoso". Esta caza de brujas atacó, por supuesto a la industria del cine y hubo un buen número de cineastas y actores que acabaron viendo arruinadas sus carreras por "indicios" de filiación a una ideología que, al parecer, no tenía cabida en la autoproclamada Tierra de las Libertades.

Una vez más, no hay nada nuevo bajo el sol.
Ahora que el terror a la amenaza islamista parece haberse mitigado (o eso parecen hacernos creer de momento, que lo mismo mañana nos informan de otro espeluznante atentado que para muchos justificaría el internamiento y la ejecución sin juicio de miles de musulmanes "sospechosos"), la idea es que estemos todos muy asustados.
Sucede en todas partes: en nuestro país mismo nos meten miedo a salir por la calle, no vaya a ser que un puñado de energúmenos nos asalte y nos perfore todos los orificios del cuerpo... cosa que al parecer nunca ha podido suceder, más que ahora. Como indiqué en un artículo previo, ahora las noticias sobre asesinatos, maltrato o asesinatos por maltrato aparecen casualmente disueltas en favor de noticias sobre violaciones, y no violaciones de cualquier tipo: violaciones masivas y, generalmente, producidas en ambientes festivos.
Todo como muy coincidente.
Demasiado para ser mera coincidencia.
Y no digo que esas cosas no estén sucediendo. Por desgracia, suceden; pero también digo que es muy fácil ponerlas en primera plana a diario, dándoles todo el bombo que se pueda y más (llegando a estar varios días hablando de un solo caso) y crear una sensación de inseguridad que nos permita justificar según qué actitudes, tales como ir armados por la calle y demás tropelías que atentan contra todo lo que representa nuestro modo de vida.


—Soy el justiciero de la ciudad. He matado ya a ocho violadores.
—¿Ocho violadores?
—Bueno, estoy bastante seguro de que lo eran. Vivimos en unos tiempos muy inseguros y nuestras mujeres ya no pueden salir a la calle sin que las violen en panda...
—¿Pero qué dices? La tasa de crimen ha descendido en los últimos diez años.
—Ya, pero en el telediario hablan mucho sobre eso, así que... ¡ESPERA! ¡OTRO SOSPECHOSO! ¡MUERE, HIJO DE PUTA! BLAM, BLAM, BLAM.
—¿PERO QUÉ HACES, DESGRACIAO? ¡QUE TE HAS CARGAO A MI TÍO!
—Pues era culpa suya. No debía salir por la calle con esa pinta de violador que tenía.


Pero volvamos a eso de la caza de brujas, que es sobre lo que va este post.
Rian Johnson, director del último episodio de Star Wars hasta la fecha, ya se ha visto en la imperiosa necesidad de ir borrando según qué tweets del mismo corte. Y posiblemente (por no decir seguro) a mucha gente esto le parecerá un cambio positivo en la sociedad, porque ya se va avanzando hacia una perspectiva de concienciación generalizada hacia según qué temas sensibles y...
Y una mierda.
Vamos, no me jodas. Ahora resulta que la política del miedo a que te despidan o (vete a saber tú si no acaba pasando) que te detengan por manifestar una mentalidad contraria a lo que viene siendo un régimen totalitario con todas las palabras va a ampliar tu visión del mundo y te vas a volver mejor persona (no olvidemos que soltar chistes es de monstruo y digno de escarnio popular, pero todavía nos cuesta exigir con la misma vehemencia, por ejemplo, que retiren a obispos que defienden los abusos a menores, o que sienten en el banquillo a los sacerdotes que los perpetran). No. Johnson no ha retirado esos chistes porque ahora, de buenas a primeras, le parezcan de mal gusto y prefiera que no estén en un sitio público bajo su firma: lo ha hecho porque no quiere que lo despidan o lo pongan en la picota.


Todo el mundo calladito. A ver qué va a ser eso de hablar en contra de lo políticamente correcto, hostia ya.


La caza de brujas lleva ya tiempo, aunque no hayamos caído: Disney, por ejemplo, lleva ya una buena temporada comiéndose ataques de todo tipo, no solo de grupos ultraderechistas (o, al menos, que sepamos a ciencia cierta), sino de usuarios de a pie que han considerado que su inexistente derecho a ofenderse está por encima del derecho de los demás a crear o a expresarse. Como muestra, las amenazas de muerte a Joss Whedon tras haber dirigido La Era de Ultrón , de nuevo a Rian Johsnon tras haber dirigido Los Últimos Jedi o a Nick Spencer, tras haber escrito un guión para la serie de comic de Capitán América no poco sorprendente. Y esto solo en los últimos años.
Hablamos de algo muy serio, que es básicamente echar por el barro la dignidad de alguien, jugar con el pan de su familia o entrar directamente en algo (aun más, si cabe) delictivo como es entrar en un delito de amenazas.
Todo eso parece dar igual a esta caterva de personajillos, que parecen sentirse poderosos gracias al anonimato de la red. Y lo peor es que tienen buena parte de razón, porque las empresas que gestionan las redes sociales no parecen hacer gran cosa al respecto y su política aparenta ponerse más de parte de los agresores que de las víctimas, por mucho que hablen de seguridad. A estas alturas de la vida, parece ser que no existe nada más comprometedor para la seguridad del mundo occidental que un pecho femenino al descubierto. Entonces sí que se actúa.
Comparemos esto de lo que estamos hablando con un caso de bullying o de maltrato y nos damos cuenta de que la analogía es muy similar: gente que acosa, que humilla, que amenaza o que ejerce un desproporcionado uso de la violencia verbal. Una víctima que, sin comerlo ni beberlo, se ve en el punto de mira de toda esa gente. Un sistema que mira para otro lado mientras la violencia se ejerce de forma sistemática y, por último, la solución más vergonzosa: hacer que la víctima sea la que deba desaparecer al tiempo que se deja a los agresores campar alegremente. Si acaso con alguna amonestación, pero sin una pena que pueda considerarse seria, pese a la gravedad de estos hechos.


Amenazar, caca.


Ante eso podemos decir que, oye, no han matado a nadie.
Claro.
Lo mismo que un matón de colegio no mata por lo general a nadie; "simplemente" lo machaca día sí y día también para que la víctima se mate ella solita.
Pues esto es básicamente lo mismo, con un componente ideológico añadido que, si hacemos lo posible por intentar ver todo el cuadro o tener una cierta perspectiva de futuro, nos muestra un porvenir más negro que los testículos de King Kong. Y es que se ha puesto de moda ofenderse por auténticas gilipolleces. ¿Para qué nos vamos a ofender cuando nos recortan derechos sociales o cuando cada día que pasa nuestras perspectivas de tener un futuro digno son cada vez más escasas? ¿Para qué nos vamos a ofender por ver cómo cada día el valor de la vida humana tiene menos sentido, en tanto forme parte de un grupo o en tanto aporte beneficio económico a alguien?
No.
Aquí nos ofendemos porque alguien ha sacado un libro que no nos gusta o porque ha dicho algo que no hemos entendido del todo bien, pero no termina de sonarnos como querríamos. Vamos de tolerantes por la vida y decimos tener la mente abierta, pero cada día que pasa esta generación de tontos del culo digitales está demostrando que es incapaz de soportar que, más allá de sus pantallas, haya gente que no vive del mismo modo que ellos. Que haya artistas que escriban o dibujen cosas que no casan con su encorsetado estilo de vida. Y, como si se tratase de puritanos del S.XVII, han convertido su existencia en una cruzada para erradicar todo aquello que no les gusta y así garantizarse un mundo feliz, acorde con sus mentalidades de burbujita de cristal.


"En mi mundo no combato el mal. Sencillamente, el mal no existe".


Gentuza así, que es capaz de ponerse hoy una chapita que defienda cualquier estupidez, como la del "derecho a decidir de las mujeres" es capaz de decir mañana que les parece putamente inmoral que una señora se saque una teta en un sitio público y amamante a su hijo. O que aparezcan homosexuales en una película. Estos que se llaman tolerantes son los primeros en exigir que se retiren libros porque tienen un lenguaje que ellos no usan, o porque aparecen villanos que pegan a las mujeres.
Todo eso, al parecer, no tiene cabida en este mundo, ni siendo ficción y lo más sensato, según ellos, es hacer presión social para que se retiren todas esas obras de arte.
El equivalente moderno a hacer quemas públicas de libros, por muy bien puestos que quieran ponerse.
Estos seres, llamados a sí mismos "grupos de presión" o como quieran hacerse llamar para evitar el término "putos neonazis de mierda", son de los que se suben a su propio Olimpo de endogamia ideológica para decirle a los pobres mortales que no tienen ni puta idea de la vida lo que tienen o no que pensar. Lo que tienen o no que leer. Lo que tienen o no que creer. Vestir. Comer. Hasta son capaces de decirte con quién o no deberías acostarte, pero todo disfrazado de unos "valores" o una fingida "tolerancia" que siempre viene seguida de un "pero" que se mea en todo el mojón que te han querido hacer tragar.


"Yo no digo que ese artista merezca que lo quememos vivo... pero si ha escrito esta mierda (la cual ni he leído, pero que me da a mí que es digna de censura, básicamente porque me sale a mí del culo y tal), que no se queje cuando le dejemos las pelotas como unas putas hamburguesas a la parrilla"


Y, como he mencionado arriba, está el miedo: llevamos años diciendo que no veas qué susto eso de que llegue un fulano un día y se líe a cuchillladas en un centro comercial.  Hemos puesto bolardos en las calles para que a ningún hijo de puta le dé por montar un Carmaggedon en nuestras calles más concurridas. Vemos esa amenaza como se veían Eurasia y Oceanía en 1984... Como algo lejano a lo que debemos temer sí o sí. Y sí, es para sentir al menos cierta inquietud... pero es que no nos da por pensar que nosotros ya tenemos a nuestros propios fanáticos en occidente. Fanáticos a los que, por algún motivo, nos vemos obligados a respetar y a escuchar, pese a que no son muy distintos de los animales que se meten a destrozar un museo a martillazos. Unos se justifican en hacerlo en nombre de una deidad; otros lo hacen en nombre de una ideología que consideran "la correcta", pero para el caso, manifiestan el mismo odio, la misma ignorancia. Todos, unos y otros, dirigidos como un precioso rebaño que considera que su cruzada es la correcta y que lo justo es barrer del mapa a todo aquel que no case con sus sacrosantos ideales o con lo que dictan sus sacrosantos cojones, que para el caso viene siendo lo mismo.


He aquí de donde provienen los ideales y los valores que más de uno y más de dos intentan imponer sobre el prójimo.


La cuestión es que aquí tenemos, todos nosotros, un papel bastante relevante en esto aunque no nos demos cuenta. Todos nosotros somos importantes si queremos combatir esta oleada de fanatismo y puritanismo que nos están metiendo en la boca con cucharones y que, poco a poco, parece que estamos aceptando con la cabeza bien gacha. Pienso, quiero pensar, que esta panda de animales no son la mayoría... pero no pequemos de ingenuos: no son mayoría de momento, pero crecen. Nosotros somos los que tenemos la responsabilidad de pasarnos sus discursos de odio por el culo y apoyar a aquellos que se dedican a crear, independientemente de que lo que creen nos guste o no. A mí, por ejemplo, no me gustó la primera parte de Deadpool, pero jamás me oiréis decir que quiera que prohiban su película o que detengan a Rob Liefeld por dibujar como un chimpancé con túnel carpiano. Y oye, el dibujante me puede parecer un caradura y un sinvergüenza que ha llegado a plagiar a gente como Frank Miller. Pues sí, me parece eso y más. Pero sigo sin ver de recibo irse para nadie y decirle lo que tiene que escribir, dibujar o pensar, so pena de que unos coleguitas y yo nos lo carguemos. Las cosas no son así.


Arriba, Ronin de Frank Miller (1983)
Abajo, X-Force de Rob Liefeld (1991).

Hasta el diseño de página plagia, el muy cabrón.
Lo llamo sinvergüenza y me quedo corto.
Pero no soy quien para escribirle y decirle que se muera.


En nuestras manos está la responsabilidad de que, si las redes sociales miran para otro lado a la hora de coger y echar a aquellos que las convierten en un estercolero y se creen que pueden andar intimidando y propagando mierda sobre los demás, coger y expulsarlos nosotros mismos de nuestros círculos y que se queden en los ghettos de los que nunca debieron salir. Aislados de cualquier contexto normal, sin crédito ni notoriedad para ellos.
Invisibilizarlos,  esa es la palabra. Eso es lo que a ellos les da más miedo y por lo que luchan, en realidad. Vamos a dejarnos de tonterías de que enarbolan una causa o de que creen en tal o cual cosa: hasta hace unos 10 años, nadie vapuleaba a Marvel porque sus creaciones estaban relegadas prácticamente al público que leía los cómics y poco más; ahora, sin embargo, ha surgido una oleada de detractores que los acusan de todo lo acusable sin haber leído nada de la franquicia. Se plantan delante de una peli, sacan su cuadernillo y empiezan a apuntar cualquier frase para sacarla de contexto y argumentar que son tal o cual. ¿Por qué? Sencillo: gracias a la proyección en Hollywood y a la absorción por parte de Disney, Marvel ha trascendido el público lector para saltar a un público más general. Esto capta la atención de estos seres... y el resto es historia: aparece de pronto un puñado de energúmenos que, en su ansia de notoriedad en la red, buscan atacar a aquello que se dirija a las masas o que, al menos, empiece a ganar popularidad. Hablo de Marvel por poner un ejemplo, pero sucede con casi cualquier cosa que llegue a ser considerada mainstream. ¿O no recordamos que, hasta que sacaron las series televisivas, Juego de Tronos sufrió un fenómeno similar? Gente que no había leído los libros en su puta vida se los zamparon de golpe tras la serie y, erigiéndose en los fans más grandes del mundo mundial, se permitían el lujo de irse para su autor y exigirle (con dos cojones) que terminara la puta serie ya, que se lo debía a sus lectores.


Este señor es Steve Vai. Puede que muchos no lo conozcáis, pero han pasado varios años entre su disco más reciente y el anterior.
Si su fama estuviera al nivel de la de George R.R. Martin, habría habido toda una legión de fans exigiéndole un nuevo disco. Llamándole sinvergüenza y caradura por tardar tanto en componer y grabar, y aludiendo que eso de "sacar un álbum" es algo que haces en cuatro ratos, más si te dedicas a ello de forma profesional y a tiempo completo.
¿Os parece absurdo?
Pues igual de absurdo es todo lo demás.


Y dices tú: "¿Perdona?"
Un autor JAMÁS le debe eso a nadie, por mucho que se crea el lector o espectador en su derecho. Te puede gustar más o menos lo que hace, o te puede parecer que se toma mucho tiempo de un libro a otro o de una película a otra, y hasta ahí es donde llega tu opinión. Lo que sobra es decirle a nadie lo que puede o no puede hacer, o cuándo o a qué ritmo debe crear algo única y exclusivamente porque tú lo consumes. El autor vende una obra y tú la compras si quieres. Punto. No se firma un contrato de ningún tipo en que el autor se comprometa a terminarla en un plazo, o terminarla a secas. No te debe terminarla como a ti te gusta, por muy estafado que te sientas si el final te decepciona.
Si no te gusta, pues te jodes. Eso es lo que hay. Pero tú no eres quien, por mucha chapita de fan que te pongas, por mucho dinero que pagues para consumir sus productos, para exigir nada. Ya puestos, ni para boicotear, prohibir su venta, pedir que retiren según qué cosas o lo que sea.

La cuestión es que confundimos este fanatismo campante y todas estas conductas extremistas con derechos, y ese para mí es uno de los verdaderos problemas. La gente quiere algo, y es respetable que lo quiera, pero vamos a ser medianamente sensatos: Yo  quiero un pisazo con fibra óptica y un plasmón que te cagas, pero no tengo derecho alguno a exigirlo por mi cara bonita, y da igual la consigna que tenga plantificada en mi camiseta. Pues del mismo modo que si quiero que me saquen una peli protagonizada por Rondador Noctuno en que le coma el potorro a Aria Giovanni con todo lujo de detalles mientras suena un temazo de Judas Priest de fondo, no tengo el más mínimo derecho a exigirlo. Del mismo modo que si me ponen a Rondador Nocturno en X-Men 2 como una especie de santurrón capillita, no puedo ir diciendo que exijo la retirada de la peli y prohibir que nadie en este planeta la vea.
Es que ni con X-Men 3, tíos, y mira que era mala la puta peli.


Sgrunt.
Grompf
Buargh.


A lo que voy es que si alguien en nuestras conversaciones o en nuestros muros empieza a manifestar ese tipo de ideologías, acusándonos de lo que no somos, intentando intimidarnos para que aceptemos el Pensamiento Reinante o incluso llegando a faltar al respeto, bien a nosotros, bien a gente que es respetuosa (independientemente de que no sean de nuestra ideología) nos planteemos, de una vez por todas, que esa NO es la actitud respetable. Y que, como tal, sobra.
Hay una especie de ideología buenrollista en la que partimos del hecho de que todas y cada una de las ideologías que se puedan sostener son dignas de respeto. Ese es un error: una ideología cuya razón de ser es aplastar a las demás (más encima si está fundamentada desde la ignorancia) no puede ser respetable. Respetarla implica aceptar tácitamente que pueden imponerse sobre las otras y legitimar que lo hagan. Y este tipo de ideologías, si lo pensamos en frío, son las que están empezando a imponerse en los últimos años... porque parece que nos da miedo decir "NO".
"NO", no vamos a permitir ataques.
"NO", no vamos a consentir falta de respeto.
"NO", no vamos a ceder ante el chantaje mafioso ni el miedo.

¿Acaso no decíamos no hace mucho "Yo no tengo miedo"? ¿En qué clase de traidores a ese lema tan fashion nos hemos convertido cada vez que agachamos la cabeza ante la corrección política y decimos "Ay, lo siento" cuando vemos que algún llorón se ofende por algo que sabemos que NO es ofensivo realmente?
Si seguimos así, a lo que vamos a dar lugar es que todos esos llorones nos digan lo que podemos o no podemos decir. Que, en lugar de pedir perdón, que es lo que veo que mucha gente está haciendo, tengamos que pedir permiso a gente que NO es ninguna autoridad EN NADA. Que no tiene más poder sobre nosotros que el que nosotros le hemos atribuido.
Como no espabilemos, cualquier cosa que digamos o hagamos tendrá que pasar oficialmente por el filtro de según quién. Hablaremos solo cuando nos digan que hablemos. Comeremos lo que nos digan que comamos. Vestiremos como nos digan que vistamos.
Y todo, todo esto, porque hemos considerado que las botas con las que nos aplastan son dignas de respeto.


Este es el futuro que nos espera si no le echamos cojones al asunto: una bota estampándose en nuestras jetas por toda la puta eternidad.


Estos que se la cogen con un papelito cada vez que los demás hablan son lobos con piel de cordero. Van de grupos implicados, afectados o muy sensibles con tal o cual tema, pero no nos engañemos: son tiranos. Son una panda de fanáticos que abrazan un totalitarismo creciente y que llevan tiempo organizando cazas de brujas, para perseguir y acallar cualquier voz discordante. Cualquier pensamiento no autorizado.
La puta Policía del Pensamiento ha llegado.
Nadie esperaba a la Inquisición Española.
Lo de James Gunn se podría haber evitado si nadie hubiera dado crédito a los personajillos que han iniciado el ataque. Lo mismo que con muchos otros casos.
La cuestión es: ¿qué pensáis hacer vosotros? ¿Vais a agachar la cabeza y formar parte del rebaño o trazar la línea?

domingo, 22 de julio de 2018

Mondo Chorra- Exilio (III) : Purga




Cuando sobrevienen etapas de crisis y te ves en la necesidad de optar por la vía del exilio, tienen lugar ciertos pasos o estadios por los que acabas pasando. Una vez superado el estadio de enfriarte y dejar atrás sentimientos poco productivos como la culpabilidad, la impotencia para actuar o la frustración, pasas a buscar el modo de limpiarte emocionalmente. Y una vez te pones en marcha, lo siguiente que toca es la purga.
Purgarte no consiste necesariamente en coger y eliminar de tu alrededor todo aquello que no te gusta o no casa con tu forma de ver las cosas. No siempre, al menos. A veces, es una forma de organizar tus pensamientos, o incluso tus percepciones. Cómo vemos nuestro entorno, y cómo debemos verlo. Implica también, y esto es bastante más duro, aceptar.
Aceptar el lugar de aquellos de los que hemos dependido emocionalmente y, en última instancia, aceptar que debemos dejarlos marchar.  Que ciertas situaciones, ciertos contextos, ciertas relaciones ya no tienen tanta razón de ser; que fueron necesarias en su momento, pero el universo evoluciona y debemos adaptarnos a esos cambios.

Evolución. Podría decirse que esa es una de las claves.
Es un concepto muy duro, porque somos seres de costumbres y el universo a nuestro alrededor evoluciona muchísimo más rápido de lo que lo hacemos nosotros: no terminamos de adaptarnos a un cambio cuando tenemos que hacer frente a dos o tres más de golpe. Cuando queremos darnos cuenta, estamos en un rincón, preguntándonos qué narices ha pasado y cómo hemos llegado a esto.
Supongo que preguntárselo no tiene sentido, pero al ser humanos, lo normal es que nos hagamos preguntas de difícil respuesta... o preguntas que realmente no tienen respuesta. Sea como sea, lo cierto es que nos vemos obligados a eso, a tener que asimilar, aceptar, cambiar (en lo que se pueda) y seguir adelante.


No es solo un proceso biológico o fisiológico. También es un proceso personal.
Algunos acaban creciendo y otros lo intentamos...


La evolución, por tanto, viene tanto desde el exterior como desde el interior: el entorno nos obliga a cambiar, pero somos nosotros los que debemos hacerlo. Cerrar según qué capítulos y pasar al siguiente nivel.
No deja de ser irónico, considerando que en muchos aspectos parece que nuestra existencia se mueve en base a ciclos: ya he hablado otras veces de estas etapas de calma que tienen lugar entre etapas de conflicto. Una etapa de crisis acaba desembocando en una etapa de resaca, donde básicamente nos dedicamos a recoger los pedazos de la batalla anterior. Mi existencia, al menos, es así; esta etapa de crisis no es la primera que he vivido y, si echo la vista atrás, siempre acabo viendo patrones. Una especie de círculo del que es complicado salir... a menos que lo atravieses hasta su mismo corazón, dejes parte de ti en él y salgas de él transformado en otra cosa, hasta que llegue el momento propicio y tengas que verte envuelto en otra fase crítica, lo quieras o no. No importa que huyas, que lo evites o que finjas que la cosa no va contigo: tarde o temprano, acabas siendo tragado por el remolino y te va a tocar nadar.

A veces pienso que las situaciones son tan similares que cambian los nombres, los rostros... y poco más. Se añaden nuevos elementos a la trama y otros parecen haber caído en desuso, pero el motor argumental siempre parece ser el mismo: auge y caída. Y, durante esa caída, culpa, dolor y una dolorosa transformación... para acabar en una etapa de soledad, que servirá para renovar según qué ideas, según qué concepciones, según qué pensamientos o sentimientos.


Diga lo que diga mucha gente, a veces hace falta.



Pero volvamos al concepto de la purga.
En cierto sentido, supongo que siempre estuvo ahí, pero no fue hasta hace unos años que alguien me habló de él durante una etapa de post-crisis. No de las graves, pero sí tras un conflicto que levantó cierta polvareda. No le dio ese nombre, pero la raíz era esa: se venía a referir, hablando de un modo muy libre, a que cuando una persona deja de ser lo que solía ser... o cuando resulta no ser como creíamos, puede ser normal que nos cabreemos con ella o que nos sintamos decepcionados. Sí, es algo natural... pero, poco a poco, lo más sensato es "reubicarla".
Es algo tan sencillo como complicado al mismo tiempo: reubicas a una persona cuando aceptas que esa persona no es como creías, o que ha dejado de ser quien era. Dejas de tenerla tan presente y, por supuesto, acabas por dejar de verla como la veías. Tu estima hacia ella ha cambiado. No consiste tanto en coger y odiarla de por vida, sino darte cuenta de que esa persona ya no forma parte de tu vida. No de la manera en que solía. No tan importante. Hablando de un modo metafórico, es como aceptar la muerte de la persona que solía ser y tomar un camino separado de la persona que es ahora.

Es algo contradictorio: no suelo creer que la gente cambie. No en lo importante. Una persona, suelo decir, no deja de ser quien era para convertirse en otra a menos que le pase algo gordísimo. Y quizás sea cierto, pero sí es posible que cambien las percepciones y las situaciones. Que ambas personas tengamos un ritmo de evolución diferente y que nos adaptemos a las cosas de un modo diferente. Que las relaciones se enfríen y, donde hubiera risas y confianza, ahora solo quede... bueno, lo que quede, pero apenas una sombra de lo que fue.
No me hagáis mucho caso en esto. Todavía ando reordenando mis pensamientos y mis creencias al respecto y  aquí estoy, intentando amueblarlo todo.


Yeah.


No obstante, sí hay cosas que tengo claras. Por ejemplo, en lo doloroso que supone el hecho de aceptar. Aceptar que las cosas ya no son como eran y que, por mucho que nos gustase la idea, no volverán a serlo. Que se ha cerrado una etapa y que lo conveniente es devolver las piezas al tablero, para iniciar una nueva partida en alguna otra parte. El telón ha caído y tú debes ponerte en marcha hacia tu próximo escenario, en el que desempeñarás el papel que tengas que desempeñar. Harás lo que te toque, de la mejor de las maneras y, bueno... posiblemente será otro ciclo de auge y caída.

También es doloroso el hecho de que purgarte supone romper con muchas cosas. Es algo así como romper unas cadenas que tú mismo te has impuesto y con las que, en cierto modo, vivías acostumbrado. Para unos seres tan rutinarios como nosotros, tener que hacer algo así es una auténtica tortura, ya que implica superar según qué hábitos, según qué dependencias. Porque sí, es muy fácil depender emocionalmente de otros, idealizar a ciertas personas. Cuando queremos darnos cuenta, en según qué casos, no solo no las vemos objetivamente, con sus luces y sus sombras, sino que negamos estas últimas. En otros casos, menos frecuentes pero más dañinos, tendemos a justificarlas cuando nos hacen daño y nos acabamos viendo envueltos en relaciones que acaban martirizándonos. Como si pensáramos que nos lo merecemos, que no somos dignos. Nos escupen a la cara, o incluso llegan a humillarnos y, antes de que nos demos cuenta, lo hemos normalizado. Todo nuestro entorno lo ha normalizado. Y, por supuesto, sufrimos sin saber por qué realmente.


Que esto se ve de fuera y parece una tontería, pero...
¿Cuántas veces nos hemos sentido dependientes de alguna persona? O si no, de la persona, del sentimiento que nos produce. De su opinión, de su criterio...
No siempre es una cuestión de autoestima, sino de valorar a otros hasta cruzar según qué límites...


Superar esa clase de dependencias implica dejar ir a gente que en su momento fue crucial para nosotros. No hablo ni de romper relaciones con ellas ni de entrar en discusiones insalvables. Eso sucede en la primera fase, de estallido, cuando las emociones más básicas (tales como el miedo, la incomprensión o la rabia) están a flor de piel. A veces las cosas se enfrían, sí... pero cuando ciertas situaciones, ciertas relaciones se han normalizado... la tendencia es a una calma helada. Y de ahí, a aceptar que los caminos deben correr en direcciones distintas. Opuestas, incluso. Sin rencores, sin discusiones. Tú por un lado, y tu actual entorno por otro.

Todo esto implica también la aceptación de que todo, tal y como me enseñó alguien a quien empecé a conocer mejor no hace mucho, es temporal. Eso incluye, por supuesto, relaciones del tipo que sean. Pensándolo de una forma amplia, todo acaba secándose. De un modo u otro, todos se acaban marchando y al final, los únicos que quedamos somos nosotros. Aceptar esto implica la espantosa tarea de aprender a desprendernos de todo para continuar nuestro camino. A no tener más apego del necesario a según qué cosas. A según qué personas. No porque sean el demonio, ni mucho menos; simplemente, cada uno de nosotros evoluciona a un ritmo diferente y, llegado el momento, acabamos lastrándonos los unos a los otros.


En según qué casos, es un lastre enorme que nos impide movernos siquiera...


Supongo que es el punto al que estoy desembocando a lo largo de esta etapa de exilio, tras... ¿Cuánto? ¿Año y medio? ¿Dos años? ¿Tal vez más? Ha sido una temporada cargada de altibajos emocionales, en la que se han dicho demasiadas cosas. Se han hecho demasiadas cosas. Se ha derramado demasiada sangre. Demasiados enfrentamientos, demasiados secretos. Al final, todo ha quedado cubierto por una capa de hielo y polvo. Las cosas, hay que aceptarlo, han dejado de ser como fueran en su momento y no podemos retenerlas. La nostalgia no puede cegarnos ante la realidad que tenemos ante los ojos.

Dos años, o así. Es mucho tiempo, considerando el progresivo desgaste emocional. El último año, en particular, ha sido bastante duro y he llegado al punto de manifestar mi deseo de exiliarme no una, sino decenas de veces. La percepción de eso, me atrevo a decir, ha sido por lo general la de amenaza vacía, pero nada más lejos de la realidad. Una cosa es que manifiestes un deseo y otra cosa que cuentes con las fuerzas para hacerlo. Yo no las tuve en todo ese tiempo, y hasta que no pasaron ciertas cosas, hasta que no se trazaron ciertas líneas que nunca debieron trazarse, no me sentía con la disposición de dar el paso que tanto necesitaba. Hasta entonces, lo que había estado viviendo era lo que ya he contado en otras ocasiones: sentir que sobraba en según qué contextos; verme cuestionado ante cada decisión o cada palabra que tomaba, como si nada de lo que hiciera o dijera contase con el más mínimo voto de confianza; tener que andar disculpándome siempre por todo, aunque no hubiera originado yo el conflicto; ser el blanco de las iras de aquellos que tenían otros problemas y preferían cargar contra mí en lugar de solventarlos; verme juzgado una y otra vez. Sentirme, en reducidas cuentas, como el elemento Omega de una comunidad gregaria.
Y aun así, no era capaz de verlo.


Esto es algo bastante humano, por estúpido que pueda parecer desde fuera:
¿A cuánta gente no hemos justificado una y otra vez, pese al daño que nos han hecho?
¿A cuántos hemos perdonado cosas imperdonables sin que se hayan disculpado?
¿Con cuántos hemos hecho borrón y cuenta nueva porque creíamos que era lo correcto? ¿Porque nos importaban?


Pese a mis advertencias, puede que no me hiciese entender (a veces me pasa, aun dedicándome a lo que me dedico, lo que me hace sentir como alguien bastante falible y que todavía necesita mucho trabajo), o puede que no se me terminase de tomar en serio cuando hablaba. No lo sé, pero lo cierto era que a menudo hablaba sobre cómo me sentía y la reacción más habitual era condescendiente: que simplemente estaba teniendo una rabieta, que ya se me pasaría y demás. Como si no se tratase de algo serio.
La cuestión es que no se me pasó: la sensación de sobrar fue a más. Y en cuanto a lo de tener una rabieta... yo no soy el que ha pagado sus problemas con otros. Cualquiera que me conoce un mínimo, o se molesta en conocerme, sabe que sé focalizar sin problemas lo que creo (o quien creo) que es la causa de un problema sin pagarlo con nadie más. Yo no he sido el que ha levantado la voz a nadie, ni el que ha decidido por otros. Yo no he sido el que ha mandado callar a nadie. Si he sido alguien, he sido el que ha tenido que soportar estoicamente cómo a mí si me hacían todo eso y, cuando no podía más, he llegado a levantar la mano y decir "Oye, esto no me parece bien"... para volver a sentirme fatal por hacerlo. Porque al final, todo quedaba como mi única responsabilidad. Todo quedaba como que a mí se me puede hablar como sea, se me puede tratar como sea, que ni siquiera cuento con el derecho de que me sienten mal. Y sí, me he enfadado, pues claro: pero a ver quién no se enfada cuando tiene la sensación de que no pinta gran cosa en su entorno.
Me callaba y se me decía que tenía que decir las cosas.
Las decía y se consideraba que lo que decía era inapropiado.
La sensación constante de que, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, era una completa metedura de pata. De ser yo el único que cometía errores y, de paso, ser estos tan graves que era imperativo saberme hacer que había fracasado en alguna cosa cada dos por tres. Comerme, de paso, situaciones muy violentas e incómodas. Desplantes, discusiones. Desavenencias en las que acababa siempre sintiéndome muy mal y pidiendo disculpas, aunque la mayor parte de las veces ni siquiera sabía qué era eso tan horrible que había hecho... porque ni siquiera se me decía de manera abierta. Era yo quien tenía que adivinarlo.


"¡No tienes derecho a decir ni media!"



Como antaño, se repiten patrones: patrones como el de encontrar elementos que parecen tener dispensado todo cuanto hagan, o que gozan con un privilegio de confianza que conmigo no se han ganado. De sentirme un poco en la disposición de tener que soportar según qué contextos, o de tener que hacer algo que no sé hacer: fingir. No importa que yo ya haya manifestado mi desconfianza de una forma más o menos clara. Siguiendo este patrón, siempre ha parecido que es a mí al que se le ha ido la olla. Siempre ha sido a mí a quien se ha cuestionado y a quien no se le ha dado el beneficio de la duda. Yo siempre he quedado en estas lides como el malo, el rencoroso o el que actúa (atención) a la ligera, sin motivos verdaderos y sin pensar.
Yo, ¿vale?
Pero no. Como decía, no es la primera vez, me temo, que se han manifestado ante mí seres que, bien se han presentado como autoproclamados líderes, gurús o vete a saber qué. Gente que se ha esperado que acabe formando parte de mi vida y en la que se supone que he tenido que confiar... y no. Hablo de gente con la que yo caso tanto como el agua y el aceite. Gente así a la que he conocido, es experta en mostrarse de esa manera para pasar a la siguiente fase, que es enfrentar a unos contra otros y sembrar el caos. Por algún motivo, además, he tenido cierta habilidad para "sacar del armario" a esa gente y, cuando asoman la patita y demuestran la pasta de la que están hechos, el primero contra el que arremeten es contra mí. Se empieza con bromitas que esconden humillaciones en toda regla y se acaba emponzoñando el ambiente, no sé si es porque soy visto como elemento Omega y a este tipo de gente le encanta cebarse con ellos, o bien porque no sé poner buena cara ante alguien de quien no me fío y acabo siendo percibido como alguien a quien hay quitarse de en medio. Y si no soy capaz de poner buena cara, mucho menos, reírle las gracias.
Mucho menos aún permitirle acercarse siquiera a mis círculos personales más cercanos.



Este es un esquema con lo que viene siendo el espacio personal de cada uno.
Para mí falta un espacio exterior, que podría titularse como "Gente a la que no quieres ver ni en pintura", que para mí están más lejos incluso que los desconocidos.


Es de esa clase de patrones de los que procuro huir y limpiarme en la medida de lo que pueda: no necesito según qué cosas. No necesito a según qué personas. No necesito según qué relaciones. Era la clase de cosas acerca de las cuales estuve advirtiendo durante una buena temporada y, a diferencia de la fábula, el lobo ha acabado por llegar y nos vemos ahora mismo como nos vemos. Por lo que a mí respecta, ya he vivido estas cosas antes y sé que es solo cuestión de tiempo que vuelva a encontrarme mejor y que termine de limpiarme por dentro de todo lo negativo que he ido acumulando a lo largo de tanto tiempo. También debo asumir que toda esa tristeza, esa sensación de no ser lo bastante bueno para según quiénes, ese miedo en última instancia a decir nada por la reprimenda que me podía llevar... la culpabilidad, la frustración, la sensación de no entender absolutamente nada de lo que sucedía a mi alrededor, la de sentir que todo funcionaba en base a unas reglas que nadie se estaba molestando en explicarme... nada de esto me representa.


"No eres las movidas que llevas dentro"


No me siento representado como persona por ninguno de los sentimientos que he venido teniendo a lo largo de más de un año y, si ello conlleva que deba cambiar según qué planteamientos, que deba ver de un modo diferente a gente que ha significado mucho para mí o que deba emprender mi camino en solitario... No va a ser algo fácil. No me va a gustar. Pero empiezo a considerar que, a la larga, es lo que necesito. Porque es harto evidente que, tal y como estaba viviendo, tal y como estaba gestionando las cosas, no era sano. No era sano volver a casa con cierta punzada de tristeza porque alguien me había soltado según qué cosas, sin apenas darme turno de réplica. O teniéndolo, quedarme tan cohibido, que ni siquiera saber cómo llevar la conversación. No era sano sentir que hiciera lo que hiciera, nunca parecía estar bien. Tener mi mejor intención a la hora de hacer las cosas para acabar comiéndome reproches de todo tipo. No era sano sentirme como un estorbo, verme apartado de según qué conversaciones, no ser bienvenido en según qué acontecimientos. No era sano sentir que no se contaba conmigo como yo sí contaba con mi entorno.


Como un pedrusco aquí en medio.


Y sí, es muy duro aceptar todo esto. Aceptar que no solo te has sentido así, sino que además, mientras tú tenías que disculparte por tonterías, todas estas cosas que te han hecho daño quedaban sin siquiera una mínima explicación. Como si no importara. Como si tú mismo no fueras lo bastante bueno como para merecerlas.
Resultaba que lo que yo no merecía era el trato, más allá de toda explicación o disculpa.
Pero me temo que cuesta mucho abrir los ojos y darte cuenta de que lo mismo no eres el elemento Omega; de que no eres tan inútil ni tienes tantos defectos como te han querido hacer ver (como si los demás no los tuvieran, dicho sea de paso). Que mereces algo mejor que todo lo que te has estado comiendo durante tanto tiempo.

De ahí la necesidad de purgarme. De aceptar. De reubicar. De organizar las cosas en mi universo personal. De desprenderme de todo aquello que me ha estado lastrando y de centrarme en aquello que me hace sentir realizado. De perseguir aquello que considero que merezco y no cargar con las culpas de otros.
Es un camino duro, pero todo camino se emprende con el primer paso.
Puedo decir que, al menos, ya he echado a andar.

domingo, 8 de julio de 2018

Escupiendo Rabia- ¿Por qué no os vais a tomar por culo de una puta vez?




La cosa no va a mejor, oye. Y mira que pasa el tiempo, pero nada.
La superpoblación de gilipollas con certificado en las redes sociales no solo no ha descendido, sino que crece de manera exponencial.
No teníamos bastante cuando hace unos años a todo el mundo le dio por sacar la bandera tricolor y les daba por sacar la ideología a relucir por absurdo que fuera el motivo, prometiéndonos una utopía en la que todos tendríamos penes descomunales, unas tetas de infarto (si una es chica y/o no tiene deseos de tener un pene colgando entre las piernas), los coches volarían y nadie envejecería jamás.
Pasó el tiempo y la gente dejó el ultrarrepublicanismo mamporrero para meterse en causas más nobles. De pronto, todo el mundo declaró la guerra al gluten y a la lactosa. Se volvieron veganos y cada dos por tres, no importa la conversación, nos recordaban que eran moralmente superiores y los demás, unos fascistas, unos mierdas y unos hijos de puta. Sí, todo desde la tolerancia y el buen rollo que le otorga a uno eso de estar por encima de los demás.
Luego pasamos a ver cómo un puñado de gente se ponía un pañuelo morado y nos decía a los demás que teníamos que hablar de otra manera. Vestir de otra manera. Aceptar un código moral so pena de ser maltratadores en potencia, violadores, esclavos de un sistema totalitario y cualquier otra cosa que sonara chunga de verdad.
Y entre medias de todos estos grupos, grupúsculos, colectivos, plataformas y tribus ideológicas, tenemos al subnormal de poca monta que se cree alguien por esconderse detrás de una IP y entrar a putear al prójimo en su perfil.


Cuando el narcisismo y el odio se unen, solo hace falta un ordenador.


Lo veo constantemente. Que sí, que vosotros podréis decir que cuando yo hablo destilo odio a mansalva y todo lo que os salga del culo, pero creedme: yo soy un pobre corderito comparado con las putas bestias que hay sueltas por ahí. A mí no me veréis nunca de irme para nadie y amenazarle de muerte, insultarle o decirle lo que tiene que pensar. No me veréis entrar a nadie y pedirle explicaciones acerca de cómo vive su vida. Para empezar, porque no me importa; en segundo lugar, si no me gusta lo que veo, tengo bastante rápido el dedo para pulsar el botón de "Eliminar" o "Dejar de seguir" (preguntadle a la cantidad de gente que ya no forma parte de mi lista de amigos... sin contar la que se va a ir a la puta calle en el momento en que me encuentre con las fuerzas necesarias para sacar la basura de mi muro). No gano nada yendo a buscar a alguien para preguntarle por qué su vida es tan vacía o miserable, como veo que hacen algunos a diario.
Supongo que algunos deben tener una vida tan perfecta que les sobra tiempo libre para mearse en la de los demás.

Como decía, lo veo a diario. En perfiles de influencers a las que sigo, el salseo suele ser tirando a constante: una chica sube una foto y en cuestión de minutos (u horas, dependiendo del número de seguidores) ya empieza a entrar la tropa de mongolos que, cual Mihuras en un encierro, se lían a cabezazos hasta que ya han tenido sus tres minutos de gloria gilipollesca.
Sigo a una chica que está gorda. No lo digo como insulto, ella se define así. Sin eufemismos, nada de "obesa", ni "rellenita". La chica reconoce que está gorda y eso no le supone ningún trauma. Poca gente he visto aceptarse a sí misma de tal manera y sacarse tanto partido, lo que me parece admirable de cojones, considerando el concepto que tengo yo de mi propio cuerpo. Lo mismo te sube una foto con vestido ajustado que en bikini o ropa casual. Y ella, más contenta que unas castañuelas. Porque le da la puta gana. Porque puede.
Pues bien, su muro de comentarios a veces parece los putos Juegos del Hambre. Porque no puede faltar el genio (o genia, que de todo hay, os aseguro que lo he visto con estos dos ojitos que me dio la Creación) que viene a recordarle a la chica que puede estar, no sé... quince, puede que veinte kilos por encima de su peso "ideal" (no hablo de estética aquí, sino del peso acorde a tu masa corporal, basado en tu altura y demás). Un genio que se ve que tiene ojos en la cara y se ha dado cuenta, por encima del resto de pobres mortales, que la chica está hermosa (tómese aquí el término en ambos sentidos). Y, cómo no, como cualquier imbécil, hace gala de su derecho a la libertad de expresión para mearse en el susodicho derecho y retratarse como un gilipollas, usando términos como "vaca", "cachalote" y demás estupideces.
Aclaremos esto: lo que es una estupidez no es el ver que la chica tiene sobrepeso. Eso lo vemos todos; lo que es una gilipollez es usar eso como argumento para entrar a insultar a alguien como si fuera una criminal y despreciar a una persona de esa manera.


"¡Mierda! ¡El bikini que quería comprarme le sienta mejor a esa tía de lo que me sentaría a mí en mi puta vida! ¡Pues se va a cagar! ¡Voy a entrar en los comentarios y la voy a poner de guarra parriba!"


No faltan tampoco los tontos del culo que entran en plan paternalista, diciendo "Soy nutricionista y veo que estás cada vez peor, ponte en manos de un profesional". Ahí, meándose en su supuesta profesión dando consejos gratis y, lo que es más fuerte, que NADIE les ha pedido. Que sí, que el tono es como de preocupación y tal, pero la idea de fondo es la misma: "Eres un cachalote, adelgaza de una puta vez".
Un tono menos agresivo que el de arriba, pero la falta de respeto sigue siendo supina, por mucho que intente disfrazarse.

Están los moralistas, que ven cómo esta chica sube una foto con un escote hasta el ombligo y no tardan en preguntarle por qué va con las tetas a punto de salírsele. La influencer, que no es de tener pelos en la lengua, responde a menudo "Porque me sale del coño". Una respuesta que suele zanjar la conversación pero, seamos honestos, innecesaria. No por el tono de la chica, ni por el palabroteo (seguro que vosotros tampoco habéis soltado un "coño" en vuestra vida, que lo sé yo), sino por el hecho de que cuando te llega un gilipollas al que no conoces de nada preguntándote cosas que no son su puto asunto, no hay que darle explicaciones. Ni contestarle si quiera.
Lo suyo es mandarlo a tomar por culo y que vaya a pedirle explicaciones a su puta madre.



"He venido aquí a acabar con la indecencia, en nombre del Todopoderoso"
"Pero si tú eres ateo"
"Tú te callas, gilipollas".


Luego están los "empáticos por los cojones", que son esos que acuden como las moscas a la mierda cada vez que ponen a caldo a alguien para decir que, en un medio público o con una figura pública, es lo que hay. Ahí, acusando del acoso y los insultos a la víctima y no al que acosa o al que insulta, todo muy comprensivo. "Si te insultas, te jodes, te lo has buscao (por puta/por gorda/por dejarte ver en público/por ser famosa/porque lo digo yo y te callas, imbécil)"
Me viene el caso de otra influencer a la que sigo, que tiene la sana costumbre (y esto lo digo sin ironía alguna) de hacer flashes de sus encantos en sitios públicos única y exclusivamente por el cachondeo. Y sí, porque la chica puede. Porque le da la puta gana (admitido por ella misma cientos de veces) y porque no tiene por qué dar explicaciones de lo que enseña o deja de enseñar. Como si quiere subir fotos suyas en jersey de cuello vuelto o de lo que dibuja, o tocando el ukelele. En su puto derecho está.
La respuesta a menudo es la clásica: están los que la llaman "puta", (pese a que la chica jamás ha reconocido dedicarse a la prostitución) "guarra" (pese a que muchos de sus desnudos —censurados, eso sí, que ya sabemos cómo son las redes sociales anglosajonas— son mientras se da un baño) y los que le preguntan (con dos cojones) qué piensan su marido o su padre de lo que hace y si no los avergüenza exhibiéndose de esa manera.
Nótese cómo su iniciativa queda cuestionada para referirla a la figura del marido a la del padre, como si tuviera que responder ante cualquiera de los dos y no tuviera capacidad de tomar sus propias decisiones.
El caso es que la chica tiene la sana (también sin ironía) costumbre de coger estos mensajes privados y publicarlos con sus respuestas, donde los deja bastante calladitos con unas respuestas bestialmente contundentes (y con un arte que te cagas) antes de mandarlos a cagar. Imagino que debe tomar tela de aliento cuando le mentan a su padre o a su marido para insultarla y dice, sin demasiados problemas, que es su padre el que le ha servido como inspiración en la vida y que se siente muy orgulloso de ella; en cuanto a su marido, es el que saca buena parte de las fotos que publica.
Ella tampoco debería dar explicaciones acerca de lo que hace.


"La tengo así de gorda. ¿A qué esperas para bajarte las bragas?"


Tanto a esta chica como a muchas otras las suelen bombardear con fotos de pollas que, por supuesto, no han pedido. A veces me imagino al desconocido de turno en su casa, pensando "Hey, esta acaba de sacarse las tetas en una disco. Eso es señal inequívoca de que quiere verme el nabo". Acto seguido, se frota un poco el miembro para que tenga un tamaño más apetecible y se saca un selfie metiendo tripa para que la chica, al otro lado del planeta, vea el manubrio (por supuesto, acompañado de algo romántico como un "Hey nena" o un "Mira cómo me has puesto") y moje la entrepata. Qué coño, seguro que al ver semejante portento de la naturaleza, la chica lo deja todo, atraviesa medio planeta y busca aquí al Casanova para comprobar la calidad de semejante salchichón venoso.
Luego dicen que los guiones de las pelis de Marvel no hay quien se los crea, pero las fantasías de unos cuantos aquí son la hostia.

Pero hay más casos, no solo con chicas orondas o que enseñen las tetas. Otra modelo que sigo, de vez en cuando, tiene que aguantar a otra caterva de  gourmets que la ven en bikini y no tardan en echarse a las manos a la cabeza y liársela. El imperdonable pecado es estar bastante delgada. Aquí ya no es un "cachalote" o una "guarra", como en los casos de arriba. Aquí es que la chica "necesita un par de potajes" o (atención a la burrada) "está fomentando la anorexia".
Y se quedan tan panchos soltando semejantes mamarrachadas.
Coño, entonces yo no puedo salir a la calle porque estoy unos 15 kilos por debajo del peso que debería. No me gusta ir a la playa, pero si me gustara, probablemente tendría que pensármelo dos veces si me hago una foto en bañador porque lo mismo estoy diciéndole a la gente que deben dejar de comer, como si un trastorno alimentario fuera algo tan putamente simple.
Es más, me alucina la cantidad de psiquiatras, telépatas y mentalistas que hay sueltos, que son capaces de leer la intención de los demás solo viendo una puta foto.


"Sé lo que piensas. Tienes un trauma infantil y por eso necesitas que la gente te vea las tetas a diario"


Pero ojo, que el caso de esta chica no es el único. Ya sea por delgadez o por sobrepeso (Blanca Suárez se llevó lo suyo hace unos días también), aquí nadie está a gusto con lo que hacen los demás. Para esta tribu de mongolos que ha surgido y se ha hecho fuerte en redes sociales, parece que el resto del planeta les debe explicaciones acerca de cualquier puta cosa que hacen en su vida, mientras que ellos, desde su Olimpo, pueden ir dando lecciones a los demás. Porque ellos no están ni gordos ni delgados, tienen una moral intachable y nada de lo que digan o hagan es discutible. Pese a que lo único que demuestren saber hacer es comportarse como unos anormales.
Viene pasando desde hace tiempo. Ya pasó con el famoso desnudo de Lucía Etxeberría, a la que vi llamar con los ojos como platos "Cuerpobotijo" y alegar, con una mentalidad tolerante y democrática, que "Cómo se atrevía a subir una foto en pelotas con ese cuerpo".
No soy en absoluto fan de la señora Etxeberría. Ni siquiera me cae bien. No me paga los comics ni el material de dibujo y os aseguro que no he salido de pobre gracias a ella, pero debo decir que hizo lo que hizo por el motivo que fuera (hay quien dice que fue para darse notoriedad, cosa que no me parece ni ilegítima. Emily Ratajtowski también lo hace; la diferencia es que me gusta más el cuerpo de Emily), pero fue su puto motivo y los demás ni entramos ni salimos. Es más, tanto hablar de derechos... pues el derecho a pedir explicaciones no lo tenemos. Y lo de Cuerpobotijo... pues a ver, ya he mencionado que a mí la señora Etxebarría no me pone, pero reconozco su derecho a salir con el toto al aire si así lo decide y si así quiere. Si no me gusta, no lo miro. Pero no tengo derecho alguno a putearla de esa manera.


Aquí nadie ha toreao en plazas peores.
Así me lo aprendí yo.


Y es que aquí es donde me tengo que reír por no llorar. Todos estos que estoy mencionando no solo son gilipollas de manual, sino que además son unos putos hipócritas de mierda. Porque estos mismos son los que mañana, si una influencer se suicida porque ha subido un set de fotos de desnudo y la han lapidado públicamente (no todo el mundo tiene la misma coraza mental para resistir los insultos. Probad a que unos 300 desconocidos os llamen de todo durante días y luego me decís lo duros que sois vosotros, panda de Clint Eastwoods) serán los primeros en ponerse el lacito de vete tú a saber de qué color para protestar contra el acoso en las redes.
No hace falta que nos vayamos a modelos, siquiera. Un adolescente se mata a causa del acoso (¿Os acordáis de la chica estrábica que se tiró por un barranco?) y al día siguiente todos los que lo pusieron a caer de un burro, que lo amenazaron, que le hicieron el vacío o que miraron para otro lado mientras sus compañeros de clase le daban de hostias, pondrán velitas en la puerta del instituto, con carteles de mierda que dicen "Te echamos de menos".
Yo veo esas mierdas y os juro que me dan ganas de vomitar. De vomitar en la cara de los desgraciados que se ponen bien puestos cuando unas horas antes han formado parte del apaleamiento público.
Me da puto asco ver cómo estos hijos de la grandísima puta tienen los santísimos cojones de ponerse una chapa en contra de lo que ellos mismos hacen, y al día siguiente, cuando la pobre víctima ya ha sido enterrada, entrar en una red social a cagarse en los muertos de algún famoso. Sin tener los huevos de reconocer que ellos mismos son ejemplos de acosadores. De matones.


Luego veis Por 13 razones y todos con las lagrimitas de cocodrilo, porque nunca habéis roto un plato.


Lo peor de todo es que, como decía arriba, va a más. La gente normal, muerta de asco de esta clase de mierdas, poco a poco, va cerrando sus cuentas en redes sociales. Lo que antes eran sitios para el esparcimiento, para echarte unas risas con tus colegas y dar con nuevos colegas con los que podías compartir gustos (o incluso descubrir gustos nuevos) se ha ido convirtiendo en un lugar más oscuro, donde el fanatismo campa a sus anchas. Donde la envidia, revestida de causitas de mierda, es el motor para empezar a machacar al prójimo día sí y día también.
Insultos, humillaciones públicas, amenazas de muerte.
Desgraciados que se creen mierda y no llegan ni a pedo, que entran dando lecciones de moral, diciéndole a los demás lo que tienen que comer, lo que tienen que vestir, con quién tienen que acostarse o a quién tienen que votar.
Auténticos payasos que van de intelectuales y luego serían capaces de vender a su madre solo por tener unos cuantos likes, aunque sea a costa de decir algo que ni siquiera piensan de verdad. Pero oye, hay que ponerse una chapita, subirse al carro de lo que está de moda y gritar más fuerte que nadie, porque si no, no te haces oír.
Que sí, que luego nos da miedo ver cómo los grupos de fanáticos de cualquier índole, ya sea política o religiosa, captan a sus adeptos en redes sociales y les lavan el cerebro para cometer atrocidades. Esos ya son bastante malos, sí, pero es que estos putos cabrones no se quedan atrás. Igual no van con una bandera de tal ideología, ni dan gracias a ningún dios por estar en este mundo de asco, pero son los que llegan y, escudándose en su colectivo, en su opinión o simplemente en la mierda de perro con diarrea que tienen por cerebro, ya tienen excusa para entrar en la casa (aka el perfil) de alguien y andar dándole de hostias verbalmente.


Puto hostiles.


Que por qué haces eso.
Que por qué piensas lo otro.
Que por qué no haces como yo.
Que si es que estás ciego.
Que si es que no te quieres dar cuenta de la Única Realidad.
Eres una gorda.
Eres una anoréxica.
Engorda.
Adelgaza, puto elefante.
Ponte cachas, canijo de mierda.
Tienes las tetas pequeñas.
Tienes las tetas grandes y pesas 50 kilos. Seguro que estás operada, y todo el mundo sabe que operarse es de putas. Porque nadie debería operarse. Tienes que estar contento con tu cuerpo (pese a que todo el puto planeta te machaque con él).
Vota A.
Vota B.
No, vota A, que B son unos fascistas que clonarán al Caudillo y tendremos un Reich de mil años.
Qué te calles, gilipollas. Vota a B, que los de A son unos putos comunistas que nos llevarán a todos al Gulag, violarán a nuestras hijas y se quedarán con nuestra Play Station para que los refugiados sirios jueguen con ella.
Viste así, que de la otra manera eres puta y te buscas que te violen.
No, viste del otro modo, que si no eres una mojigata.
No dibujes superhéroes, que propugnan cánones estéticos inmorales.
No dibujes desnudo, que es indecente. Si dibujas arte erótico, directamente irás al infierno, porque es señal de que eres un degenerado que desprecia a las mujeres.
Habla así.
No hables de la otra manera, que ofendes.
Escucha tal música.
No, esa no, que las letras te meten ideas en el cerebro.
Lee.
Pero no leas lo que a mí no me gusta, porque si no eres tal o cual.


"¡AGACHAD LA CABEZA Y OBEDECED, HIJOS DE PUTA!"


Puedo seguir así todo el día, relatando cómo toda esa panda de desgraciados sin vida se están apoderando de nuestro entorno. Obligándonos a pensar como ellos, a agachar la cabeza, pidiéndonos explicaciones y sirviendo de brújula moral desde una Vida Perfecta y Sin Tacha. Todos con la mente super abierta, siempre y cuando no se les plante por delante algo que no case con su credo de mierda ni con su ideología encorsetada. Todos dispuestos a decirnos lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que decir.
Todos dispuestos a hacernos pasar por el aro y obligarnos a obedecerles.
Y la cosa es que estamos perdiendo la batalla. La pluralidad está desapareciendo del mundo virtual, y todo se está convirtiendo en una puta letrina donde reina la tiranía de los ignorantes, de los que más gritan y de los que más dueños se creen de su ideología. Todos, estoy seguro, habéis dado con algún especimen de esto. Incluso habéis discutido con alguno, ¿a que sí? ¿Y a que la discusión ha derivado en veros dando explicaciones sobre lo que pensáis o lo que dejáis de pensar a un desconocido que, ya no es que se interese o se preocupe por lo que pensáis, sino que os está machacando?
Pues yo tengo una pregunta importante que hacer al respecto:
¿Por qué cojones tenemos que consentir eso?
¿Por qué cojones tenemos que aguantar las constantes faltas de respeto de una panda de energúmenos que lo único que sabe hacer con su vida de mierda es entrar a joder la de los demás?
Es más, ¿por qué cojones tenemos que ser nosotros los que cedamos terrenos y no ellos? ¿A ninguno de vosotros se os ha ocurrido plantar los pies en el suelo ante estos matones de poca monta y decir "Mira, NO"? ¿De zanjar toda explicación y toda discusión inútil (porque no hay nada más absurdo que intentar razonar con un fanático) y decirle "¿Por qué no te vas ya a tomar por culo de una puta vez?"


A cascarla ya, joder.


La respuesta es quizás porque tenemos esperanza en que estos mandriles acabarán entrando en razón y comportándose como personas civilizadas.
No hay esperanza, chicos.
Antiguamente, estos tontos del culo estaban donde les correspondía, que era en el puto ostracismo. Veíamos a un gilipollas y pasábamos de él porque... joder, porque era gilipollas y nadie nos obligaba a tener que escucharle. Mucho menos a darle explicaciones o sentirnos culpables de no ser tan gilipollas como ellos.
Que ahora sean más o que griten más no supone diferencia alguna. Siguen siendo gilipollas. Y siguen mereciéndose lo que se hacía con ellos, que era ignorarlos y dedicarnos a cosas más productivas (y eso podía ser desde cortarnos las uñas de los pies hasta masturbarnos a mano cambiada, pasando por hacer concursos de pedos o rascarnos la entrepierna mientras veíamos reposiciones de Los Caballeros del Zodíaco).
No les debemos nada, por mucho que griten y nos hagan ver lo contrario.
Ahora solo nos toca creérnoslo y, al próximo que nos venga soltando mierda, despacharlo.
Vuestras entrepiernas os lo agradecerán.