jueves, 28 de noviembre de 2013

Mondo Chorra- La Crisis de identidad del hombre posmoderno





Para aquellos que no me conozcáis demasiado, os diré que estudié en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudié Filología Inglesa. Allí tuve la ocasión de formarme con dos profesoras de literatura especializadas en literatura que pertenecían a la escuela crítica feminista. Una por la rama británica, que me impartió dos asignaturas desde ese punto de vista (Literatura Inglesa Medieval y una optativa referente en exclusiva a William Shakespeare), y otra por la rama norteamericana, que se centró de modo exhaustivo en este enfoque sobre la literatura, al tiempo que nos descubría a algunas autoras de las que hasta entonces ni yo ni mis compañeros habíamos oído hablar.
La cosa no queda aquí, ya que al terminar la carrera tuve la oportunidad de dar una unidad sobre igualdad de género bastante exhaustiva a manos de dos docentes que tienen bastante experiencia en el asunto en la Confederación de Empresarios de mi ciudad, durante un curso de formación ocupacional en el que invertí varios meses de mi vida. Ahí, estas dos docentes (hermanas, dicho sea de paso, y mejores personas) nos abrieron los ojos a los hombres y las mujeres que estuvimos a su cargo acerca de ciertas concepciones que teníamos asumidas.
Como colofón, tengo que decir además que, debido a circunstancias personales, me he criado prácticamente entre mujeres. A causa de mi formación, donde la ratio de población femenina era más o menos de cinco a uno con respecto a la masculina, he estudiado entre mujeres. Para mí forma parte de mi rutina personal y no tengo absolutamente ningún problema ni me siento incómodo entre ellas.
Creo en la igualdad de género, en el sentido de que creo en la igualdad plena de derechos entre hombres y mujeres. Creo que un puesto de trabajo debe pagarse por igual a una persona, da igual su sexo. Creo que alguien debe ser seleccionado por sus capacidades y por lo que puede aportar a una empresa y cualquier otro factor (salvando alguna cosa concreta) para elegir a alguien para un puesto me parece superfluo. Creo en el artículo 14 de nuestra Constitución, donde se nos dice que todos los españoles somos iguales ante la ley, sin importar credo, sexo o religión, y considero extremadamente importante luchar porque ese derecho se respete y se mantenga, cosa que no creo que se esté haciendo en estos tiempos que corren, con tanto hijo de la gran puta estafando y robando y saliendo de rositas ante el sistema, mientras que otros, por delitos prácticamente ridículos (véase el famoso caso del tartazo) pagan multas desproporcionada, si es que no pisan la cárcel. En estos tiempos donde en un término como "discriminación positiva" se subraya la palabra "positivo" y se obvia por completo que, por "positiva" que esta sea, sigue siendo discriminación y atenta contra la igualdad total, que es lo que debería exigirse. La justicia es la justicia. Como decía Aristóteles, esta consiste en dar a cada individuo exactamente lo que se merece, ni más ni menos pues, al darle a alguien menos de lo que le corresponde, es injusto... pero también lo es si se le da más.
Creo que el respeto en la pareja debe ser mutuo, y que si está mal que un hombre insulte o agreda a una mujer, no me parece ni menos malo ni más justificable que sea al contrario. En este punto, recuerdo el caso de una conocida, que tras un proceso bastante espinoso con su pareja, llegó a esa conclusión: "Si en una pareja UNO DE LOS DOS, sea quien sea, pierde el respeto por el otro, no hay Dios que lo pueda justificar".

Lo que es justo, lo es. Y lo que no, no.
Para mí la Justicia no debería ser ciega, sino, como apuntaba Jonathan Swift, debería verlo absolutamente todo. Precisamente para no obviar nada ni dejarse nada en el tintero.
Para que nada escapase a ella. Ni nada ni nadie.

Creo que nuestra sociedad ha avanzado bastante en la lucha por la igualdad de derechos, pero no creo que esto sea una utopía; sigo viendo unas muestras bastante espeluznantes de sexismo por parte de hombres y mujeres (no, no creo que de esto nos salvemos ninguno) y en varios casos las he denunciado públicamente. Creo que hemos mejorado, pero pienso que estamos lejos de estar todo lo bien que deberíamos, y me parece que todavía nos queda un larguísimo camino por recorrer.
Como hombre, casualmente, el fútbol me parece aburrido y prefiero dedicarme a cualquier cosa relacionada con las artes, como leer o dibujar. La cerveza me resulta demasiado amarga para mi gusto. Alardear en público de experiencias sexuales es algo que me parece de una falta de respeto tremenda hacia los demás y hacia uno mismo. No tengo ambición por liderar en ninguna parte y forzar a los demás a que me tomen como centro de atención es una actitud que considero un desgaste absurdo de energía.
Hace unos días presenté un cómic de corte erótico en el que muestro a las mujeres, no como objeto pasivo de la relación sexual, sino como sujeto plenamente activo; al mismo tiempo, me planteé el reto de no mostrar ninguna figura masculina en la historia, precisamente para demostrar que una mujer puede disfrutar de su sexualidad sin necesidad de un hombre. El resultado ha atraído a no pocas lectoras.
Creo que el cuerpo humano es algo bonito y no tengo problema alguno en que se muestre de forma pública, siempre y cuando el cuerpo sea digno de verse: como hombre, me agrada ver el cuerpo de una mujer, ya sea en una valla publicitaria o donde sea, y ni me considero superior por verlo ni considero que una persona que ha acudido voluntariamente a mostrarlo y que ha sido pagada de forma honrada por ello tenga nada por lo que avergonzarse. Asimismo, tampoco tengo reparos hacia el cuerpo de un hombre. No en el sentido de que mi reacción al ver un torso desnudo en una valla publicitaria, una marquesina o donde sea no hace que me sienta ofendido porque el cuerpo de un hombre se esté usando como reclamo sexual. Todo lo más, lo que pienso es que menuda envidia me da el muy cabrón, por tener un cuerpo que no tengo yo ni de puta coña. Pero no me siento inferior como persona ni humillado si veo un póster con un tío enseñando cacho.


Pues sí: ya me gustaría a mí tener un torso como el de este fulano, para qué nos vamos a engañar... Pero tampoco me pondría a exigir la retirada de publicidad como esta porque me sienta insultado o denigrado.
El cuerpo humano desde siempre ha sido objeto de veneración y toda una obra de arte, y no pasa nada. También ha sido y es reclamo sexual.
Pues sí, pero tampoco veo mal en ello. Este caballero podría ser perfectamente un reclamo sexual, ¿y qué?

Y sin embargo, como hombre, y como creyente en estos valores que se me han inculcado y que he ido asimilando a lo largo de estos últimos años, parece ser que tengo que justificarme. Que dar explicaciones. Que demostrar una y mil cosas. Puede que no sea voluntario (espero que no), pero ante la sociedad, la gente que piensa de esta forma, creyendo nosotros en la plena igualdad y sin basar nuestra ideología en odiar la del contrario, tenemos que andar defendiéndonos constantemente. Y esto, quiero que quede claro (me temo que vais a ver un montón de justificaciones en este artículo, precisamente por lo fácil que es sacar las cosas de contexto y meter palabras que no se han dicho en mi boca) que no es un caso ni de lagrimeo, ni de victimismo ni hostias en vinagre. No es lo típico que estoy escuchando de "Típico, un tío que ahora se hace la víctima". Esto mismo lo vine hablando con una buena amiga precisamente anoche, que venía a sostener tres cuartos de lo mismo que expongo aquí. Ella y unas cuantas más porque, no sé si ha quedado claro cuando lo he dicho arriba: la mayoría de mis amigos más cercanos son mujeres.

Mujeres que hablan de IGUALDAD TOTAL de derechos entre hombres y mujeres, y que me han enseñado un par de cosas con respecto a este tema.
Para mí el feminismo es eso, y algo que cuenta no solo con mi aprobación, sino con mi apoyo más incondicional.


Volviendo al tema de la profesora que tuve en la unidad especial de igualdad de género (una mujer que sabe de este tema bastante más que yo y cuyas palabras me permito reproducir por aquí, más o menos literalmente), nos explicó que el hombre de la sociedad actual se empieza a enfrentar a una crisis de identidad no del todo fácil de superar: el hombre que se ha criado en un entorno concienciado con la igualdad de género no sólo tiene que hacer frente a esos otros hombres que no. Me refiero, claro está, a aquellos hombres que aún encajan en el estereotipo de "macho alfa" (lamentablemente, siguen existiendo) que, por el motivo que sea (probablemente cultural) cuestionan su hombría o su virilidad en el momento en que sale el tema y este hombre concienciado expone su forma de pensar. En esta, así como en cualquier cultura tribal, el individuo (no solo hombre) que se sale de la norma social establecida tiende a ser segregado de un modo u otro; en el caso de los varones, es frecuente que se haga aludiendo a su sexualidad como forma de insulto más básico, aunque no la única. La segregación se produce en un momento tan simple como ese incómodo silencio, alguna risita soterrada y el cambio de tema a algo más banal. A este respecto planteo una experiencia personal que me sucedió justo en el curso donde dimos esa unidad de igualdad: como ya he mencionado, suelo encontrarme más cómodo entre mujeres que entre hombres, por lo que queda claro que yo tenía costumbre de sentarme entre las mujeres en clase (curiosamente, y de forma inconsciente, las mujeres se habían sentado entre ellas y los hombres entre ellos, de forma que yo era el único que estaba haciendo algo imprevisto). Pues bien, hubo alguien que lanzó el rumor de que, SOLO por ese hecho, yo podía ser homosexual... diciéndolo de paso como si una conducta sexual "no standard" (nótese la ironía de mi comentario) fuese algo pernicioso y que afectaría al tratamiento entre compañeros en clase.
Esa persona que lo soltó, antes de que empecéis a elucubrar, no pertenecía a una generación antedeluviana ni poseía valores predemocráticos, o al menos no se tenía constancia de ello. Se trataba de alguien un par de años más joven que yo y que, en la época que pudo soltar aquella sarta de idioteces, debía tener unos veintisiete o veintiocho años. Nadie que se hubiera criado en una cueva o al que hubiesen alimentado a zapatazos desde que tuviese uso de razón. Se trataba de alguien que podría estar sentado a vuestro lado en el autobús.

Sí, incluso ese del fondo, el que se parece a Jesucristo.


Pero no solo se enfrenta al desprecio de su propio género, ni mucho menos: en una sociedad tan enferma como la que vivimos, existen mujeres que son de esa manera de pensar y que juzgan a ese tipo de hombre como "demasiado sensible para ser hombre", llegando incluso a repudiarlo. No en vano, y no tenemos más que ver ciertos valores que están surgiendo, existe toda una subespecie de mujeres a las que les gusta precisamente ese concepto de macho alfa, que las haga sentir seguras o para el cual se desvivan, satisfaciendo sus necesidades. No nos tiene por qué gustar, pero desgraciadamente existe.

Existe un tercer grupo al que este hombre se enfrenta y es al de las mujeres desconfiadas que, por el hecho de tener por delante a un hombre, ya consideran que éste no puede estar concienciado sobre la igualdad de género porque... bueno, porque "es un hombre y los hombres no dan para más". Porque "no los han educado para eso". Aquí, nuevamente, el hombre se tiene que andar justificando ante lo que haga, malinterpretando muestras de educación (como dejar pasar primero, por ejemplo) como muestras de condescendencia (también dejamos pasar primero por educación a la gente mayor y no nos sentimos necesariamente superiores a ellos); no demostrando su hombría, claro, sino que le toca demostrar que, pese a ser hombre, es de fiar. Que va de cara y no es un lobo con piel de cordero. Que su criterio es tan válido como el de una mujer y que su pensamiento no es un sexismo encubierto para quedar bien ante las mujeres, sino que sus valores son realmente esos.

Y es que, por poco que nos guste la idea, si la discriminación hacia las mujeres es una lacra que hemos tenido que soportar durante siglos (y el que me diga que niego esto que se vaya a tomar por donde amargan los pepinos), ahora parece imponerse en ciertos círculos o sectores el caso justo contrario: el del grupo oprimido que, como tal, se siente con pleno derecho a ejercer discriminación en sentido contrario. Ese que, a fuerza de haber sido discriminado, basa su ideología en odiar a aquellos que piensan o actúan de un modo diferente. Grupos que contribuyen a dos efectos colaterales bastante acusados:

Uno, que al hacerlo se convierten en la clase de gente que ellos mismos atacan. Aquellos que denuncian actitudes represivas desde el odio ciego y desde el resentimiento al final solo se acaban distinguiendo de sus "enemigos" por estar "al otro lado" de la balanza. Para todo lo demás, la ideología y los medios viene a ser exactamente la misma. En sentido opuesto, pero la misma, a fin de cuentas. Y por mucho que quieran revestir sus fines con ideales nobles, si estos ideales vienen respaldado con actitudes similares a las que ellos mismos denuncian, no se pueden distinguir de éstos por mucho que quieran.

Dos, una ideología cargada de beligerancia y de actitudes extremistas o aguerridas, al final, lo único que hacen es hacer un flaco favor a dicha ideología: mucho ruido y nueces de peor calidad, porque al tomar la posición belicosa, cualquier movimiento de fines nobles o justos al final se convierte en otro de esos movimientos cargados de odio e intolerancia, cuando es precisamente la intolerancia lo que se supone que combaten. El fuego jamás ha servido para combatir el fuego y los que se valen de esas armas empañan la labor de la gente que lucha por los mismos fines de una forma pacífica (ya sea verbal o físicamente hablando) y usando como armas el diálogo, el sentido común y el entendimiento.


Algunos piensan que la solución a todo problema es identificar al culpable y estigmatizarlo como tal. Ponerle un cartelito de "Monstruo", señalarle con el dedo, tirarle lechugas y enseñar a los niños que SOLO él es malo y los demás no tanto.
Quizás la solución consista en identificar el daño en sí y buscar el modo de remediarlo desde la raíz, en vez de tanto crear figuras de enemigos malignos y terribles.
Porque esa figura al final no es más que un símbolo cutre: "Solo él es malo y todo lo malo viene de él. Los demás ahora podemos sentirnos un poco mejor".
Lo mismo si no actuásemos de esa manera cainita y acusica la historia no se repetiría, como se repite una y otra vez.


Cargar a un único colectivo como responsable último de todos y cada uno de los males de la sociedad, aparte de alimentar este tipo de actitudes, peca de un maniqueísmo extremo: es buscar un Emmanuel Goldstein al que estar odiando constantemente y generar, de paso, un caldo de cultivo de gente que, lejos de solucionar problemas de nuestro mundo, lo que hace es agravarlos al buscar enemigos en cada esquina, sean éstos enemigos reales o no. En el caso del género, quizás este tipo de colectivos no sean la nota dominante, pero ojo: existen y cada día son más, y no por ello deben ignorarse. Sus actitudes, por muy bienintencionadas que sean, desde mi punto de vista, no pueden defenderse ni justificarse en el momento en que se acusa a discreción con el dedo, generando culpables por asociación y usando el insulto gratuito a todos aquellos que no están de acuerdo total y absolutamente con según qué ideales.

Que el patriarcado no es precisamente una utopía es un hecho y no es necesario ahondar en la historia humana para darnos cuenta de ello. Ahora bien, dar por hecho de que su abolición es la respuesta a todos y cada uno de los males (supuestamente) generados por el hombre es como dar por hecho de que todo cambio implica una mejora. Es básicamente negar que el ser humano (hombre o mujer) es hijoputa por naturaleza y, viva en el sistema en que viva, se va a dedicar a tocarle la moral al prójimo. Si no porque el hombre esté al mando, no nos preocupemos: esta especie de monos sin pelo que se bajaron del árbol hace tres días se buscará otro motivo para despreciar a sus semejantes. Si no el género, lo seguirá haciendo con las creencias personales, políticas o incluso físicas: seguirá habiendo bullying en los colegios (donde ahí no se nota demasiado el tema del género, se acosa por igual a niños y niñas, hablando por experiencias personales), los jefes seguirán siendo unos hijos de puta con sus empleados y probablemente putearían a todos por igual, independientemente de su sexo. Seguiría habiendo padres (de ambos sexos) que criarían a sus hijos (e hijas) a golpe de hostia. Que abandonasen o menospreciasen psicológicamente a sus hijos. La gente putearía a sus suegros, robaría y mataría como en este sistema que tenemos ahora. Seguiría habiendo guerras porque las guerras son pasta, y la pasta la necesitan hombres y mujeres. Cambiarían algunas cosas, no lo niego, pero no estoy seguro de que esta fuese la respuesta para salvar esta sociedad de asco. Para mí, pensar que un cambio tan profundo como coger y derrocar un sistema que lleva pululando unos cinco mil años va a ser el paso hacia la utopía es como dar por hecho que el hombre (el varón, quiero decir) es subnormal por naturaleza y no puede hacer otra cosa a derechas que perpetuar la especie. Lo siento, soy escéptico. Y no creo en cosas que vienen respaldadas solo por la fe.


Para mucha gente (incluido yo mismo hasta hace algún tiempo) un tío es básicamente esto: una especie de orangután que no sabe ni dónde tiene el ojete y que va por ahí alardeando de lo gordo que tiene el garrote. Un simio que solo piensa en fútbol, cervezas, follarse tías y en rascarse el sobaco.
Gracias a estereotipo como este, hay hombres que se sienten como si se tuvieran que andar disculpando constantemente SOLO por el hecho de haber nacido con una pirula entre las patas. Y hay mujeres que se sienten con pleno derecho a insultar a un hombre SOLO por el hecho de ser hombre. La misma cosa despreciable que muchos hombres han hecho a lo largo de la historia, pero al revés, en plan venganza pura y dura.
Y por lo visto, según qué grupos y según qué gente, nos tiene que parecer bien. En lugar de luchar para que las actitudes de desprecio contra las mujeres desaparezcan (o al menos se vayan paliando cada vez más), lo que se hace es usar actitudes de desprecio hacia el hombre.
Todo muy sabio y desde el más intenso de los sentidos comunes, dónde va a parar.


¿Estoy defendiendo el patriarcado con esto? Ni de puta coña, y quiero que esto quede claro. Este sistema social que tenemos, como tal, es mejorable en el mejor de los casos y una puta mierda en el peor. El problema y el quid de la cuestión de lo que vengo a decir es que yo no creo en el ser humano, a secas. En esto soy totalmente democrático y los humanos, sin importar raza, credo, religión o género, me parecen una panda de gañanes que viven única y exclusivamente para consumir los recursos de la zona en la que se encuentren. Para explotar a todo bicho viviente que se encuentren para su beneficio propio (incluyendo aquí a los de su propia especie) y, en el momento en que se aburren, joder al prójimo, solo por joder. Personalmente me importa muy poco quién mande (puede que sea hombre, pero no me siento en absoluto privilegiado por mi condición de varón, ya que al creer en la igualdad de género, como he mencionado arriba, me llevo hostias de ambos lados), porque al final quien va a mandar en este sistema es un humano. Un humano, hombre o mujer, pero perteneciente a la especie más falible e imperfecta de todas cuantas se arrastran por este mundo.
Vendedme las ideas de revolución que queráis. Contadme los cuentos de futuros prósperos que nos esperan si marcamos "X" en la casilla que abogue por no sé qué causa. Decidme lo que os dé la gana, como si queréis entrar en la política del insulto o el desprecio por no compartir según qué ideales que a vosotros os parecen la quinta maravilla (no haríais sino dar la razón a todo cuanto vengo diciendo desde el principio del post). Si no podéis demostrarme que esta sociedad va a mejorar con según qué revolución, conmigo no contéis. No es conformismo, es simple sentido común: este sistema necesita mejorarse, y apoyo esa idea: mejor arreglar lo que conocemos, que falta le hace, antes que sustituirlo por algo que no sabemos ni lo que es, ni como va a funcionar. Entrar en ideas de revoluciones a escala global puede sonar bonito, pero no me parece LA solución, por muy idealista que esa solución suene.

Para terminar, la frase que he leído esta mañana mientras iba en el autobús: "Todas las guerras son fratricidas", según decía Adlai Stevenson, y que he visto citada en la novela La Profecía, de David Seltzer. No puedo estar más de acuerdo; ni siquiera en este caso: la guerra entre sexos no deja de ser eso, una guerra. En toda guerra hay bandos que consideran su ideología la correcta. En toda guerra hay ataques desproporcionados, conductas inmorales e injustificables por parte de ambos bandos. En toda guerra hay víctimas.
Si queréis mataros, adelante. Pero no contáis con mi aprobación.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Mondo Chorra- Presentación en las IV Jornadas Literarias Mejor con un Libro, y algunos detalles extra

© Javier Durán, con colorido de Raquel Tormo.


Lo prometido es deuda, queridos. En respuesta a lo que algunos amigos habéis estado preguntando acerca de la presentación de mi más reciente proyecto, aquí va otro artículo-tocho donde os cuento en detalle cómo fue el asunto.

Toda historia tiene un comienzo, y el de ésta, como siempre, no es menos complicado. Hace cosa de varios meses, los amigos de Central Ciudadana contaron conmigo y con mi grupo literario (sí, esos de ACME) para participar en las IV Jornadas Literarias Mejor Con Un Libro. Hasta la fecha habíamos estado participando básicamente como oyentes, y poco más. De nuestros miembros, tan solo uno o dos habían presentado sus libros allí y en algún caso concreto habían formado parte de las mesas redondas. Este año, según veíamos, había llegado nuestro momento.
El amigo Gálvez, integrante a tiempo parcial de nuestro grupo (vamos, que viene cuando puede a las reuniones, como muchos de nosotros) me comentó que contaba conmigo, no como escritor... sino como ilustrador. De la mayoría de la gente es sabido que hace ya algún tiempo que ando retiradillo de las letras, salvando estos artículos que os zampo por aquí, y que estoy más centrado en mi labor como dibujante. Ante la oferta le dije que ahora mismo andaba liado con la creación de mi propia serie de cómic, Marcianas Crónicas, ante lo cual él dijo que no tenía ningún problema en presentarlo allí.

Imagen preliminar de un detalle de la cubierta del Marcianas Crónicas #1.
© Javier Durán, con colorido de Raquel "Ran" Tormo.
Mi agradecimiento a Igraine Cubillana, que sirvió como modelo para hacer el boceto de este dibujo.


Al tener aún algunos meses para ponernos de acuerdo, me dio tiempo a terminarlo sin muchos problemas. Aquellos que habéis seguido mis avances en redes sociales, habréis podido comprobar que este proyecto está avanzando con bastante velocidad. Así que es terminarlo, darle un paseíto por la Oficina de Registro de la Propiedad Intelectual (¡Sí, otra visita por allí!) y hala, ya tenemos cómic listo. Para el colorido de la portada cuento con la ayuda de una buena amiga, Ran Tormo, que se pone a ello en cuanto el tiempo se lo permite. Para septiembre ya tenemos el material listo, a falta de ponernos con el montaje previo a la edición.

Es justo por esa fecha cuando Gálvez nos comenta que ha habido algún problemilla con las Jornadas y que se han visto pospuestas (es la segunda vez que sucede, ya que había habido algún problema previo), y que contamos con nueva fecha límite para tener el material editado: esta vez, tenemos de plazo hasta noviembre, así que ya con todo listo nos ponemos manos a la obra. De este embrollo digital, del que yo no entiendo ni jota, se encarga mi amigo David Alcaraz. Cada día que pasa me va contando cómo va funcionando el asunto, hablándome de cosas raras y estrambóticas como "vectorizado". Entendedme, yo soy un Neanderthal: yo dibujo a la antigua usanza, sobre lápiz y papel. A mí eso de escanear y hacerle cosas raras a una imagen ya me suena a chino, y demasiado que uso la técnica de "quemado de lápiz" para retocar un dibujo ya digitalizado. Como él me conoce ya bastante bien, se encarga de esas historias.

No se trata solo de vectorizar el dibujo, me comenta: también hay que vectorizar el texto para que no se pixele en el momento en que se imprima o se amplíe un poquito. Para ello contamos con el primer incidente: hay que borrar los textos originales (añadidos con el GIMP, que es un programa de edición de imagen) y colocarlos ya vectorizados. Una historia preciosa, sobre todo teniendo en cuenta que ya el primer maquetado llevó su tiempecillo y que empezábamos a tener el aliento del vencimiento del plazo sobre el cogote.
David le echa un par de huevos al asunto y se pone a currar como un campeón. Yo quedo con él y le paso un bonito pendrive con forma de Batman para que él guarde ahí el archivo con todo ya montado.
Pasan apenas veinticuatro horas y me escribe diciendo que el pendrive se ha perdido.

What?


— ¿Pero cómo se va a perder?— le digo. Se lo había entregado en mano y lo habíamos dejado en su coche. Si no le habían robado el coche, tenía que estar ahí.

La teoría más plausible es que, al haberlo dejado sobre el asiento trasero, el pobre Batman salió volando hacia la calle, arrastrado por su chaqueta en el momento en que se bajó del coche una noche que fuimos a ver a una amiga. Si vivís en Fuengirola y os encontráis por ahí un pendrive con forma de Batman, os digo que es mío.
Total, que el pobre David se pone a buscar el mismo modelo como loco y lo acaba encontrando. Ya solo falta grabarlo todo y llevarlo a que lo impriman.
Solo, ¿verdad?
Pues no.

La informática es el mal.
La informática es el mal.
Sí, he repetido la frase porque quiero que quede clara mi posición hacia este tipo de mierdas.
En el momento en que todo debía estar listo, el equipo de David tiene un pepinazo y su disco duro se va a tomar por donde amargan los pepinos.

Whaaat???

Consigue salvar la mayor parte de la información, pero tiene que ponerse contra-reloj para volver a maquetar todo lo que tenía ya maquetado, a riesgo de que le dé un infarto a lo largo de esa terrible mañana. Pese a todo, se las apaña para que todo esté en condiciones y aquí no haya pasado nada.

Al día siguiente me voy yo con mi Batman y mi cómic en su interior para llevarlo a imprimir: el señor Gálvez me espera y, tras algunos arreglos de última hora de cara a la impresión, sale la primera copia del cómic. El resultado es una especie de fanzine con una historia de 32 páginas, más algo de contenido extra que decidí añadir para que no fuese solo la historia pelada y mondada. El objetivo es hacer una distribución gratuita del cómic en la misma presentación.

Varios días después, llega la presentación. Ni os imagináis la que liamos en ACME para ponernos de acuerdo acerca de quiénes nos vamos a presentar unos a otros (no soy el único en presentar; mi camarada de armas y amiga Guadalupe Eichelbaum presenta también un cuento (La Giganta Tragamontañas, con un juego para los niños allí presentes) y es el enormérrimo Nacho Iribarnegaray el encargado de hablar de nosotros durante la jornada de apertura). Total, que tras mucho debatir (nos encanta, aunque nunca lleguemos a nada) y hacer un recuento de cuántos ACMEs andan sin disponibilidad para poder participar, llegamos a la conclusión de que Nacho, efectivamente, nos presentará como grupo (aunque el resto del grupo, por un motivo u otro, esa tarde, estuviera indispuesto); nuestra querida líder, Raelana Dsagan, presentaría a Guadalupe y yo presentaría mi cómic con Maricarmen Horcas, mi pareja, que ejercería como maestra de ceremonias.



En cuanto a la presentación en sí de mis Marcianas Crónicas, decir que no me pude sentir más arropado porque no pudo venir más gente: el evento en sí fue la excusa perfecta para ver de nuevo a algunos amigos a los que hacía bastante tiempo que no veía y que me hizo mucha ilusión tener allí delante. El ambiente, por tanto, fue distentido y agradable. Maricarmen, como podéis ver en la foto de arriba, se esforzó mucho en hacer una gran presentación, amén de que llevaba tiempo prometiendo una sorpresa que no reveló hasta que empezó el evento en sí: para la ocasión se atavió con un vestido bastante "Marciano" que hizo que un servidor lo tuviese algo complicado para mantener la concentración mientras intentaba formular una frase coherente. Y hubo, como no cabría esperar, preguntas con alto nivel de trolleo como la que hizo mi amigo y miembro de ACME José Fernández:

— Has comentado que en tu cómic hay bastantes notas de humor absurdo. ¿No te ha cortado pensar que la gente pueda creer que se te va la olla al añadirlas?
— Bueno— añadió Guadalupe, estallando en una carcajada—. Eso ya lo piensan, sin necesidad de añadir nada.

Cabe mencionar el hecho de que también, y que conste que esto no me lo esperaba, recibí la visita sorpresa del grupo Whovian que esa misma noche se dirigía a ver el especial del 50 Aniversario de Doctor Who en Marbella. Todo un detallazo si contamos con varios hechos como:

1) Realmente yo a ellos no los conocía; tan sólo había hablado un poco con uno de ellos, Elmo Paine, que en todo momento se ha comportado como un tío majísimo.
2) Ellos apenas habían oído hablar de mí o de mi proyecto, de forma que se metían en la aventura de acudir y a arropar a alguien que, a decir verdad, no sabían ni quién era.
3) Iban pelín tarde, porque Marbella pilla a unos cuarenta y cinco minutos o así e iban pelín justos.

Junto a Elmo Paine.


En fin, que uno no puede quejarse en lo más mínimo cuando presenta algo tan modesto como un cómic que (de momento) no cuenta con demasiada proyección... o no hasta que tengamos lista la edición digital para distribuirlo en un futuro, pero eso ya será otra historia de la que hablaré en su momento... sobre todo porque esa historia no ha tenido lugar aún.
Por lo que respecta al cómic en sí, lo único que sé es que se ha hecho bastante corto para los lectores que ya lo han podido leer. Eso sí, parece ser que los problemillas no desaparecen en este punto: por lo que pudimos comprobar, a última hora hubo un error de maquetación y una de las páginas de la historia fue suprimida por otra que ha salido impresa dos veces. Lo bueno es que, de entre todos los errores, no es un error grave: en lo que va de día he podido ponerme en contacto con la mayoría de los presentes para comentarles que Gálvez tiene previsto sacar una nueva tirada con ese error corregido. He confeccionado ya una lista de gente, con la intención de saber cuántas copias vamos a necesitar, con la idea de que aquí a unos días, todo el mundo pueda disfrutar de la historia completa de mis Marcianas Crónicas.

En el plazo más breve posible, os iré informando acerca de cómo concluye toda esta historia. Espero poder contaros que todo ha salido bien, que el público ha salido encantado con su nuevo ejemplar impreso y que mis Marcianitas son lo mejor que han leído en la vida. Y si no, oye, uno se contenta con que se lo hayan pasado bien.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Cuentos de la Sombra- El cuento del huérfano



Cuenta una vieja leyenda que, en un pequeño pueblo, había un muchacho huérfano. Su madre había muerto al darle a luz y su padre, roto por la desdicha, decidió quitarse la vida poco después. Por eso, el niño pasó a ser apadrinado por sus vecinos.
Pero apadrinado no quiere decir por fuerza adoptado con cariño. Solo hicieron falta unos años para que el niño, al no tener quien le defendiese, se convirtiese en el blanco de la mofa popular y de la injusticia: hacía los trabajos que nadie quería; los más sucios e indignos. Los otros niños, al verlo, le lanzaban piedras y se burlaban. "Niño sin padre", le decían. "Mataste a tu madre", le recriminaban.

Un buen día, el huérfano perdió los estribos e intentó defenderse de un muchachote, que había considerado que untarle la cara con estiércol mientras limpiaba un establo era algo muy divertido; éste, mucho más fuerte que él, no tuvo suficiente con propinarle una brutal paliza: también llamó a otros chicos que andaban por allí cerca para que se unieran. Cuando acabaron con él, el niño yacía casi sin sentido, sobre un montón de inmundicia, solo y humillado. Así pasó el resto del día, hasta que cayó la noche.

Fue entonces cuando, rodeado por la oscuridad, su mente se rindió. Su espíritu, hasta entonces inquebrantable, se doblegó. En mitad de la negrura, tiritando de frío, empapado por la lluvia que caía por entre los tablones del techo y con la nariz saturada por aquel nauseabundo olor, la invocó a Ella:

— No puedo más— dijo, entre sollozos—. Ven a por mí.

Como respuesta, un relámpago iluminó el interior del cobertizo, mostrando a una figura ante él. Se trataba de una chica, de tez pálida y mirada profunda. Pelo y ojos tenían el color del manto de la noche.


La visitante dio un par de pasos hasta acercarse al huérfano. Se arrodilló con movimientos elegantes y le puso una mano en la frente.

— Aquí me tienes— respondió, con voz suave—. ¿Estás seguro de que quieres que venga a por ti?
— ¿No es lo que haces siempre?— el niño apenas tenía diez años, pero su voz era más dura y amarga que la de cualquier adulto. La clase de voz que nadie merecería tener.

La joven no dijo nada inmediatamente; se limitó a mirarlo con una expresión grave, para luego cerrar los ojos y agachar la cabeza.

— Sí— admitió, por fin—. Es lo que hago. Desde que nací, no he hecho otra cosa.
— Entonces, ¿a qué esperas para hacer lo mismo conmigo?

Y tal vez, solo tal vez, la hermosa visitante estuvo a punto de satisfacer la demanda del niño, pero algo la detuvo. Antes de que pudiese averiguar de qué se trataba, éste vio cómo una segunda figura se materializaba ante él, para arrodillarse también.

El segundo visitante se asemejaba más a un hombre, pero no era tan fácil saberlo: su cuerpo estaba cubierto por un sudario ensangrentado y, de entre la infinidad de huecos que mostraban aquellas vendas teñidas de rojo oscuro, podían verse múltiples heridas abiertas. Costuras sanguinolentas. Moratones. Incluso quemaduras. Su anatomía era un compendio de lesiones de todo tipo.

— Tú también has sentido interés por él, ¿no es así?— inquirió la chica, casi indiferente.

El visitante sonrió. Su rostro se retorció en una mueca y unos finísimos alambres se apretaron contra sus labios y sus pómulos, haciendo que la boca rajada mostrase unas encías plagadas de llagas y laceraciones.

— Yo le conozco mejor que nadie— respondió.
— No puedo negar tu parte de razón, pero él me ha llamado a mí. Es a mí a quien desea, y no a ti.

A punto estuvo de responder cuando una tercera aparición hizo acto de presencia. Su aspecto era similar al de un ángel, solo que tenía el cuerpo y las alas cubiertos por una miríada de ojos que jamás se cerraban. En su mano derecha llevaba una espada de hoja incandescente, la cual aferraba con fuerza. Sin mediar palabra, avanzó, con porte augusto y ademanes rígidos. En ningún momento manifestó intención alguna de arrodillarse.



— Nunca nos pudimos imaginar que vendrías— dijo la figura en el sudario, al verla.
— ¿Por qué no? Lo veo todo y no olvido nada.
— Pues para verlo todo y no olvidar nada— repuso la chica con ironía— has hecho un gran trabajo con este niño.
— Puede que haya llegado la hora de cambiar eso.
Los dos primeros visitantes intercambiaron una mirada extrañada, para mirar luego a la criatura alada. ¿Acaso...?
— ¿Qué tienes en mente?— se atrevió a preguntar la chica.
— ¿Por qué tendría que darte explicaciones, Hija de la Oscuridad? ¿Quién te crees que eres?
El semblante de la joven mudó y su expresión pasó de infundir serenidad al más puro terror.
— Soy una de los Hijos de la Oscuridad, sí, al igual que mi hermano aquí presente y muchos otros, pero también sabes que soy mucho más que eso. Por favor, no me subestimes, ya que sabes quién soy y de qué soy capaz.
— ¿Osas amenazarme?
— En absoluto. Tan solo te recuerdo quién soy yo.

El extraño ser con alas de ángel dibujó una sonrisa en aquel rostro plagado de ojos.

— Eres mucho más que aquella niña tímida que surgió del útero de la Oscuridad, sin duda. Quizás podamos ponernos de acuerdo, después de todo.
— Te escucho.

El huérfano no pudo oír el cuchicheo de aquellos tres seres, que se debatían en un parlamento ajeno a sus oídos. Tan solo podía percibir un tono confortable, casi cálido, en el tono de la chica. La figura del sudario hablaba con prudencia, mientras que, el ser de los mil ojos, poseía una voz tan severa como tranquilizadora.
Al cabo de un buen rato, quedaron en silencio, como en un mutuo acuerdo sellado con un simple movimiento de la cabeza. El segundo visitante se dirigió a él a continuación y le ayudó a incorporarse. Su tacto hizo que, de pronto, todo estuviese bien. Un extraño bálsamo le recorría el cuerpo con frescura.



— ¿Qué será de mí ahora? ¿No vienes a llevarme, tal y como te pedí?

La joven sonrió. Era la sonrisa más dulce que jamás criatura viva sobre la faz de la Tierra podría ver.

— Sí, pero no seré yo la única que te lleve. Mi hermano y... nuestra aliada hemos decidido hacer un pacto.
— ¿Un pacto?
— Has vivido solo toda tu vida, y nuestra presencia, cuando has contado con ella, lo único que ha conseguido ha sido arruinarla. Hemos considerado correcto subsanar nuestra negligencia.
— No entiendo...
— Pronto lo entenderás. Ven.

Y así, los tres visitantes se marcharon de aquel cobertizo, llevándose al pequeño huérfano con él. A la mañana siguiente, sus vecinos irían a buscarlo para obligarle a hacer cualquier tarea, pero solo encontrarían el hueco que su cuerpo había dejado sobre el montón de barro y estiércol.


Pasarían varios años hasta que el niño, ahora un hombre, volviese al pueblo. Al llegar, los lugareños necesitaron un instante para reconocerlo, pues ahora era alto y de corte apuesto. Sus ropas, negras y carmesíes, estaban bordadas con elegancia y finura. De su espalda colgaba una espada envainada, que le denotaba como un guerrero.
Pero era, por encima de cualquier otra cosa, su mirada lo que llamaba más la atención. Ya no quedaba rastro de aquellos ojos temerosos, de aquel brillo de resignación. De aquel atisbo de esperanza. Sus ojos ahora eran fríos como el granizo y duros como el diamante.

Durante la mañana de su regreso, entró en la posada del pueblo y se sentó en una mesa sin decir nada a nadie. En cuestión de apenas unos minutos, el resto de los lugareños no tardaría en aparecer, movidos por la curiosidad. Disimulada por unos, abierta por otros. Todos le observaban, preguntándose dónde había estado todos aquellos años. Qué había hecho. Con quién había estado.
Sus antiguos vecinos estuvieron un buen rato cuchicheando, hasta que decidieron echar a suertes quién hablaría con él, para intentar sonsacar la respuesta a todas estas preguntas. Cuando por fin decidieron quién lo haría, el encargado se acercó a su mesa y se sentó frente a él. Cuando empezó a preguntarle, se vio obligado a detenerse a sí mismo: el forastero le estaba clavando los ojos con tanta intensidad que le llegaron a la misma alma.



— Queréis saber— su voz resultaba extrañamente dulce— muchas cosas, y es cierto que muchas cosas he vivido. Pero no es menester mío contároslas, y mucho menos vuestro es conocerlas. Tan solo se os permite saber que yo ya no soy el muchacho que dejasteis aquella noche en el cobertizo. Ya no soy nada de lo que conocíais.
— ¿Tenéis al menos un nombre?— se atrevió a preguntar el hombre.
— Oh, sí. Pero tú no vas a conocerlo.

Sin mediar palabra, el forastero se puso en pie; antes de que nadie tuviese tiempo para reaccionar, había desenvainado su espada y había abierto en canal al pobre desgraciado que se había dirigido a él. Acto seguido, la hoja voló en dirección al hombre más cercano. Y al que tenía al lado. Y a los dos que se encontraban un poco más lejos.
Nubes de sangre, cabezas separadas de sus cuerpos, vísceras que veían la luz del sol. En aquel pueblo maldito no hubo hombre, ni mujer ni niño que pudiese escapar de aquella implacable espada.
Cinco minutos.
Solo bastaron cinco minutos para que aquel pueblo, hasta entonces lleno de vida, se convirtiese en un erial coronado por un monte de cadáveres.


Fue al contemplar su obra cuando el que otrora hubiese sido un pobre huérfano por fin sonrió: allí se encontraban los niños que lo habían apaleado la noche antes de irse; un poco más lejos, los otros que lo humillaban. Algo más allá, los que lo habían vejado. A sus pies, quienes le habían hecho pasar hambre. Quienes lo habían atemorizado. Quienes se habían aprovechado de él. Ahora todos, sin excepción, estaban muertos... pues dos de los Hijos de la Oscuridad, junto a una poderosa Aliada, habían decidido equilibrar la balanza y habían dado a los hombres algo que merecían por sus iniquidades.
Fue así como les concedieron la Venganza.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Angst- Grandes Expectativas



Las cosas en que piensa uno cuando va en el tren y ve a una familia comprobando, con orgullo, que su pequeño, de apenas tres años, es capaz de memorizar todos y cada uno de los bichos que aparecen en sus cromos.
A veces creo que cuando nacemos, en gran parte, no somos más que un cúmulo de expectativas: expectativas por parte de nuestros padres, de nuestros familiares o, en general, de la gente cercana.
Cuando crecemos, esto no desaparece, sino que evoluciona: generamos expectativas en la gente que nos rodea conforme vamos construyendo nuestra personalidad y nos relacionamos con nuestro entorno. Con respecto a nuestros padres, casi todos pasamos por la etapa de la adolescencia en la que descubrimos que lo que somos, a menudo, choca con las expectativas que habíamos generado. Eso, sin contar toda una etapa de niñez hasta entonces, en la que hemos intentado estar a la altura de ellas, intentando ganarnos el favor de la gente a la que debemos la vida, o bien intentando dar fe de la reputación que nos hemos labrado... o huyendo de ella, dependiendo de cómo nos hayan ido tratando a nuestro alrededor.

Es la eterna lucha de nosotros contra el entorno. Generar expectativas a menudo es una cruz, que cargamos sobre nuestros hombros durante media vida: forjamos una imagen de nosotros mismos que, en muchas, muchísimas ocasiones no tiene nada que ver con cómo somos en realidad. Y lo que es peor, nos convertimos en esclavos de ella. Sufrimos cuando, por culpa de esa imagen, decepcionamos a la gente que nos importa. No, no somos tan inteligentes como se esperaba cuando éramos pequeños; no siempre somos tan adorables, ya que como humanos, tenemos malos días. Cometemos errores, como cualquier hijo de vecino. En otros casos, intentamos deshacernos de la imagen que hemos creado para ganarnos el favor de nuestro entorno y demostrar que valemos más de lo que creen, para darnos cuenta de que da igual lo que hagamos: ya tenemos esa imagen creada y ni Dios nos saca de ella, a menos que esa imagen sea utópica y decepcionemos al prójimo.
Somos esclavos.

Asumámoslo: somos humanos y nos da miedo cagarla.


Pero volvamos al concepto de la decepción: cada vez que la generamos, a menudo, duele. No es solo demostrar tus limitaciones (lo que de por sí ya cuesta aceptar), sino es también sentirte como un fraude por no estar a la altura de ellas. Y lo que es peor, no saber cómo repararlo, o cómo corregirlo en vistas al futuro.
Generamos esas expectativas, casi siempre sin darnos cuenta, de forma involuntaria: actuamos de una manera, pero nos ven de otra y casi nunca podemos evitarlo. Queremos hacer algo sublime y caemos en el ridículo; creemos que hacemos el ridículo y al final resulta que hemos conseguido algo sublime. Intentamos actuar del modo correcto y se nos ve como traidores; hacemos lo que nos da la gana sin pensar en las consecuencias y resulta que la impresión general es la de un acto noble.

En mi caso particular, puede decirse que el asunto siempre ha rondado de forma mayoritaria con respecto a la inteligencia o las notas: aquellos que me conocéis, sabéis que mi inteligencia no pasa de algo normal y mi nota media ronda más o menos el seis (lo que viene siendo algo que no destaca ni por bueno ni por malo). No os podéis ni imaginar la cantidad de veces que he tenido que oír que soy super-inteligente, super-culto y demás hostias en vinagre... Para luego ver la cara de los demás al descubrir que no soy más inteligente que ellos o, ya puestos, que cualquiera.
Otros me han visto como un líder en alguna ocasión, o bien alguien a quien seguir. Alguien que tiene respuestas para vete a saber qué preguntas. Algo que no me puede causar más risa: soy la clase de persona que no sabe qué hacer con su vida y con más dudas hacia sí mismo en el cuerpo que el puto Hamlet. No deja de resultarme curioso ver cómo he podido generar, no algo distorsionado de la realidad, sino totalmente opuesto. Resulta abrumador a la vez que alucinante pensar que puedo solucionar la vida de nadie, cuando la mía, aunque no una miseria completa, tampoco creo que sea precisamente un ejemplo a seguir.
Otros han resaltado lo buen amigo que soy. Si lo fuese, no tendría el reguero de ex-amistades que tengo (superior al de la mayoría de gente a la que he preguntado, todo hay que decirlo), a las que yo mismo he abandonado a su suerte y, lo que es peor, sin cargo alguno de conciencia. Eso, de por sí solo, ya debería decir de mí mucho más que cualquier otra cosa, por mucho que intente justificarlo con mis valores personales y con eso que suelo decir de que, en el momento en que alguien deja de comportarse como creo que es correcto, ya ha perdido mi lealtad.
Lo único que quizás (y subrayo la palabra "quizás") ha podido medio diferenciarme de los demás (y tampoco) es que he tenido siempre una imaginación más o menos vívida... Y últimamente ésta anda en horas bajas, con lo que no creo que haya gran cosa que me haga sentirme especial o diferente a cualquier otro humano de los que se arrastran por este mundo de asco.
Me duele en el alma decirlo, pero hay que asumirlo: no soy especial. Ya me gustaría. No soy mejor o peor que cualquiera de vosotros. Qué cojones, ni siquiera creo que sea diferente en realidad, por ajeno a este mundo que me sienta casi todo el tiempo.
Soy falible.
Imperfecto.
Y sin embargo, sigo generando expectativas, como si no lo fuese. Y, cómo no, sigo generando decepciones.

Una y otra vez.
Y otra, y otra.


A muchos es posible que no os importe hacerlo, pero para mí es duro. Muy duro. Me resulta muy duro no estar a la altura de lo que espera de mí la gente que me importa (a los demás, ya lo sabéis, por mi parte que les den). Muy duro es eso de decir "Lo siento, si esperabas que fuese alguien especial, pues va a ser que no; no soy más que otra criaturilla mediocre de las muchas que abundan por ahí". Es duro mostrar que, si bien esperaban de ti que fueses una persona cabal, con la cabeza amueblada y que sabe qué hacer en todo momento, resultes ser un desastre que no sabe qué hacer con su vida ni en qué dirección ir. Es, de alguna manera, pegar un mazazo a las creencias de los demás y hacer -sin quererlo- que se sientan defraudados. Y la cosa no cesa: por cada persona nueva que vas conociendo, descubres que ya estás generando de nuevo ese cúmulo de expectativas. El pánico que empiezas a sufrir al pensar que no vas a estar a la altura de ellas, lo quieras o no, es inevitable. Tanto como preguntarte cuándo acabarás por cagarla, o de qué modo. Incluso si esa decepción que vas a causar por no estar a la altura de lo que se espera de ti va a suponer consecuencias graves. Si va a suponer dolor, bien para ti mismo, bien para gente a la que quieres y aprecias, que viene a ser tres cuartos de lo mismo.

Yo lo único que puedo decir es que intento ser lo mejor persona posible (lo consiga o no) y procuro portarme lo mejor que puedo con la gente que me importa. Intento ser mejor de lo que soy, con todo el esfuerzo, las dudas y los temores que ello supone, que no son pocos, creedme. Peleo a diario conmigo mismo, acallando todas y cada una de las voces que tengo en mi interior, que me dicen que no valgo para nada, que me ponen en duda ante todo cuanto intento hacer. Procuro perdonarme a mí mismo por cada error cometido. Y no os imagináis lo jodido que es eso.
Hago lo que está en mi mano por estar siempre preparado para soportar las adversidades que se me ponen por delante; a veces lo consigo a la primera, a veces tardo un poco más. Otras veces, como cualquier otro ser humano, fracaso miserablemente.
Pero me temo que no, que yo no estoy capacitado para tener las respuestas de nada. Seamos honestos, ni siquiera tengo las preguntas que quiero hacerme.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Spanish Bizarro- Cronicas del Yoga: Pedradas Cósmicas



Un año. Un año hemos cumplido ya estirando el pellejo y entonando mantras dos mañanas por semana. Un año en el que, aparte de ejercicio y relajación, te encuentras con casos y anécdotas a cuál más alucinante. Por ejemplo, hace unos días en el que la profesora nos habla de un campo tan curioso y tan ignoto para nosotros como la psicología emocional, y nos comenta que tiene un amigo que se doctoró en esa disciplina. Mi camarada de armas y yo escuchamos con cierta atención, porque bueno, si estamos hablando de una supuesta disciplina de la psicología, no nos vamos a cerrar en banda.
Eso hasta EL MOMENTO.
Ese momento en que nos dicen:

— Sí, es un hombre de mente muy abierta. Lo mismo es doctor en psicología que te dice que en 2040 vendrán naves espaciales a evacuar la tierra y que él pilotará una para llevarnos a Marte.

Imaginad nuestra cara. Porque una cosa es que seas escéptico, y otra coger y faltarle el respeto a gente que bueno, tiene su forma de ver las cosas. No te obligan a pensar nada, de forma que en realidad no están haciendo daño a nadie. Y oye, de paso son felices. No todo el mundo puede decir lo mismo.
Y sin embargo, es complicadísimo contenerte ante algo que te deja tan descolocado. Para dos trolls como nosotros, es casi inevitable pensar en una coña. Si bien yo pienso en mi propio concepto de Marte (ya os lo explicaré algún día), mi amigo o la suelta o revienta, en el momento en que nos dicen que igual nos lo presentan:

— Bueno, siempre podemos llevarlo al programa de Iker Jiménez.

Es entonces cuando decidimos que tenemos que irnos echando hostias, antes de que las hostias nos las estrellen en la cara y nos manden a Marte sin necesidad de nave espacial.

"Tío, ¿Cómo hostias hemos ido a parar aquí?"


La mañana de hoy no ha sido en absoluto diferente. Todo lo más, bueno... podemos decir que ha sido MÁS. Más de todo.
Cada uno llega por su lado y, de algún modo, nos las apañamos para colocarnos juntos pese a que en esta época del año la clase es lo más parecido a un cuartel: el bajo precio de la sesiones de yoga hace que la gente venga en masa a entrenar y no hay un Dios que pille sitio como vengas un poco tarde. Nos colocamos junto a una colega nuestra, a la que llamaré La Crack. Una señora bastante simpática y con caídas bastante agudas.

Empezamos la sesión de entrenamiento, todos algo apiñados, pero no peor que otras veces. Por algún motivo, a nuestra monitora le ha dado hoy por ponernos bastantes ejercicios con los brazos en cruz, tanto de pie como sentados, lo que quiere decir...
Efectivamente.
Manotazos de todos colores. Para colmo, se ve que nos hemos levantado de cachondeo mi camarada de armas y yo y nos pegamos media puta clase arreándonos collejas y guantazos el uno al otro. Una de las mujeres que está al lado de nosotros se ríe y nos mira como diciendo "Vaya cachondeo que se traen los dos mamones estos".
Manotazos e incluso patadas. Sumadlo al hecho de que cuando haces según qué postura, tienes el culo de otra persona a unos escasos diez centímetros de tu semblante.
Es algo que todo el mundo debería probar.


Lo recomiendo.


Tras una hora y algo de tropezones y ojetes apuntando hacia tu boca, llegamos a una parte de la clase que nos habían prometido la semana pasada, y que ya habíamos experimentado el año pasado.
Hablo de los ejercicios con el péndulo.
Básicamente consiste en colocar piedras de cualquier tipo colgando de un cordón y colocarlas por encima de cualquier punto energético de tu cuerpo (los llamados chakras). En teoría -insisto, en teoría-, en el momento en que una piedra entra en contacto con ese punto de energía, empieza a oscilar. Yo ya probé el asunto el año pasado y bueno, tengo que decir que no funcionó en mi caso: mi pulso roza el de un cirujano y cuando sostuve el cordón no había forma humana de que aquello oscilase sobre la cabeza de nadie. Mi camarada de armas, más escéptico que yo incluso, sin embargo, lo probó en su momento y él si dijo haber notado algún tipo de energía al otro extremo del cordón. Algo similar, explicó, a un campo magnético muy muy tenue.


Sí, amigos Distópicos.
Magneto hace yoga.


Pues nada, este año volvemos a la carga. Es sacar la profesora un colgante y empieza el rock'n'roll. La primera en la frente y el colgante no se mueve ni a tiros con la primera alumna a la que se lo coloca. Ni corta ni perezosa, una segunda mujer, con un pelo muy similar a una especie de escarola, saca su pedrolo del monedero y se lo pone a alguien. El cacharro empieza a girar como si no hubiera un mañana. La Crack, a mi derecha, se va para mí y me dice:

— No es por nada, pero— señala a la Mujer Escarola— está moviendo el brazo.

Miro a la señora en cuestión y decir que está moviendo el brazo es un eufemismo. La colega no es que lo esté moviendo: es que le falta hacer el Harlem Shake ahí en medio.
Total, que en el momento en que ve que la cosa ya empieza a no tener ni pies ni cabeza, nuestra amiga La Crack coge sus cosas, se levanta, y suelta algo así como que ya ha tenido suficiente con las piedrecitas. Con las mismas, se larga.
Nuestra monitora se va para nosotros y le da a mi colega el péndulo para que me haga a mí la prueba. Este se las apaña para tener el brazo lo más firme posible mientras la piedrecita cuelga sobre mi cabeza. Intenta buscar ese punto de energía que, asegura, notó o creyó notar el año pasado. Como buen escéptico, procura que las variables (en este caso, el movimiento de su mano o brazo) queden minimizadas a fin de que la experiencia tenga una demostración relativamente práctica.
El puto péndulo no se mueve ni a tiros.

Clavao.

Al ver que la cosa no tira ni para adelante ni para atrás, ya empieza a surgir el corrillo de Creyentes, lideradas por la Mujer Escarola, seguida de una que ha llegado este año a la que conocemos como la Yoguichoni y una tercera mujer a la que no había visto antes.

— Busca el chakra, más hacia la coronilla— dice una.
— No cruces las manos, ni los pies— me dicen a mí.
— Sigue buscando el chakra.
— Relájate— me dicen.
— Estoy relajado— respondo yo. Me he pegado más de una hora estirando todo el puñetero cuerpo y ahora mismo estoy sentado tranquilamente sobre mi esterilla. No puedo estar más relajado, salvo por el hecho de que tengo un péndulo sobre el cráneo y tres señoras de pie, a mi alrededor, discutiendo por qué coño no se mueve.

— No ha conectado con el chakra.
— Eso o que al chakra le pasa algo.
— Lo mismo es que está cerrado.

Mi camarada de armas y yo, al oír esto último, por algún motivo, pensamos en el ojo del culo.

— Tú es que no crees en esto, ¿no?— le suelta la Mujer Escarola a mi amigo.
— No, simplemente es que no estoy moviendo el brazo— responde él con contundencia.
— Pues debería oscilar.
A esto que él ya se harta, recoge el péndulo y le dice:
— Toma, muévelo tú.

Tras un buen rato, el pedrolo ya empieza a girar levemente y, poco después, las tres mujeres se vuelven más o menos satisfechas a sus colchonetas. Sin embargo, en sus rostros se advierte la expresión de suspicacia; creo que empiezan a pensar que tengo un campo de energía extraño. O que me pasa algo en el chakra de la coronilla. Algo.

"Este es un infiel".


Para terminar, nos cogemos todos de las manos y nos ponemos en círculo, con la intención de entonar mantras en conjunto. Nada más colocarnos, la profesora ve que a quien tengo justo a mi izquierda es a mi compañero de fatigas y dice:

— Uy, no, tienen que estar hombres y mujeres alternados.
Los dioses saben por qué coño tiene que ser eso así, porque hay mujeres seguidas, una detrás de otra, y no pasa nada.
— No, si da igual— responde el muy cabronazo—, si este es trucha.

"¡Será cabrito!"


Cachondeo generalizado y dos merecidas patadas en el culo que se lleva, allí en medio. Ni paz, ni no violencia ni putas hostias.
En fin, empezamos el ejercicio. La idea es sencilla: se empieza entonando un mantra y conforme uno termina, toma aire y continúa, para que así el sonido se mantenga lo más uniforme posible durante un rato. En la práctica, la cosa no sale así, y al final pasa lo más evidente: todos terminamos y empezamos a la vez, de forma que uniformidad por los cojones. Y esto, os digo, es todavía más llevadero que lo que hicimos la semana anterior, que consistía en mantras por equipos: unos entonaban uno, y otros otro.
Sí, como en Furor. Llega alguien a gritar "Popurri popurri" y me lo creo.
Este ejercicio en concreto tiene como colofón imaginar que tenemos el planeta Tierra delante de nuestras narices (simbolizado por una bonita colchoneta del Decathlon color berenjena) y desear algo para enviarle nuestra energía positiva.
Sí, habéis leído bien.
Yo, al estar justo a la izquierda de la profesora, soy el primero. Entre mis opciones más básicas ("Exterminar gilipollas", "Masacres de hijos de puta" o "Tebeos más baratos") me quedo con la más políticamente correcta que se me pasa por la chota y suelto "Paz". Hala, con eso he cumplido. Yoguichoni suelta algo que ni me acuerdo de lo que es, y mi colega suelta "Amor". Una cuarta señora está en la inopia y tarda un rato largo en responder. La cuarta llega incluso a dos ratos largos.
De veinte que somos, la palabra "Paz" se ha repetido como cinco o seis veces. Si lo sé, cobro derechos.

El mundo no es ni blanco, ni negro, ni color de rosa.
Es morado.


Llega la hora de recoger, ya descojonados de la risa ante tanta pedrada junta. No porque no creamos en estas cosas (como digo, mi amigo ya había notado el año pasado algún tipo de energía y yo este año creí notar algo similar a un campo magnético también en un ejercicio que hicimos con las manos. No me atrevo a llamarlo "energía" ni a asegurar nada, pero tampoco me veo en una posición como para rechazar el asunto de pleno), sino porque ya empiezas a ver cómo el personal asocia churras con merinas y da por hecho de que para que exista ese tipo de energía hay que creer por cojones. Total, si esa energía -o lo que sea- existe, debería estar ahí, independientemente de tus creencias.
Bueno, nos reímos de eso y de haber pensado en culos cuando nos han hablado de "chakras abiertos". Eso, sin contar grandes frases que podríamos haber soltado, pero que hemos preferido omitir porque total... vamos allí todas las semanas. No es plan de decirles "Si queréis energía, colgadme el péndulo de la punta del nabo". Como que no está bonito.

Como siempre, me despido de mi profesora y aprovecho para pagarle el mes. Mi amigo le cuenta que ha tenido un fin de semana regulero y que la semana pasada estuvo un montón de días en la piscina y que cuenta con no coger un enfriamiento. La profesora le dice que no pasa nada, que hable "con sus bichitos", entendemos, queriendo dar a entender que se comunique con sus propias células, o microbios, o lo que sea, para convencerlas de que no hagan enfermar al cuerpo. Otra explicación no tiene, dado el contexto. Y mi amigo no tiene mascotas.

O igual se refería a esto. Con lo de las naves espaciales, uno ya no sabe qué pensar...


Y es así cómo bajamos las escaleras que nos llevan a la calle, pensando que hemos tenido uno de los días más intensos y alucinantes desde que empezamos a darle caña a eso de la meditación, los chakras, los estiramientos, las posturas raras y todas esas pedradas cósmicas.