domingo, 18 de marzo de 2018

Angst- Mientras los mundos mueren




Ayer mismo tuve una experiencia que, debo decir, se repite de vez en cuando.
Es lo que sucede cuando estás en un sitio y aparece alguien con quien ya no tienes contacto. Alguien a quien contaste entre tus amigos en su momento y que ahora resulta no ser más que alguien que entra en un sitio donde estás tú, a secas.
Sin saludos.
Sin siquiera miraros a la cara.
Todo ese tiempo que compartisteis, toda esa confianza que depositasteis el uno en el otro, ya no están y no queda rastro de ella. Sois dos desconocidos cuando antes no lo érais.

Me pasa a menudo, sí. Más a menudo de lo que me gusta pensar. A veces la gente me decepciona, a veces la decepciono yo, da igual. La cosa es que lo que había desapareció.
A veces tiendo a pensar que esa constante en mi vida es una señal de que mi Universo personal, de vez en cuando, parece tener la necesidad de reiniciarse. Sucede de una forma cíclica, pero luego hay episodios de rupturas puntuales cada dos por tres.
Esa persona que reapareció ayer, se mire como se mire, forma parte de una etapa de mi vida que ya se cerró. Junto a ella, fueron desapareciendo otros de ese mismo entorno, uno por uno, de forma espaciada pero inexorable. Un mundo del que ya no formo parte. O, pensándolo de otro modo, ya hay mucha, muchísima gente que, bien por las buenas, bien por las malas, ya no forma parte del mío.



Algo en este plan, aunque no tan espectacular.


Supongo que lo fácil es pensar que es siempre culpa mía, ¿verdad? Es decir, cualquiera con sentido común se sentaría delante de mí y me diría "Si te ha pasado con tanta gente diferente, entonces tú eres la causa".
Y sí, podría pensarlo.
Podría coger y decir "Hey, es verdad. Soy una persona terrible y es normal que la gente se acabe hartando de mí. Mis defectos son tan imperdonables que lo normal es acabar dándome la patada tarde o temprano". Podría pensar que, debido a mi penosa actitud, no haya dios que quiera tenerme cerca. Podría incluso abrazar toda una espiral de sentimientos basados en la autoflagelación y seguir los dos millones y medio de consejos paternalistas que me llegan cada vez que alguien me pega una puñalada trapera.

Pero, ¿sabéis una cosa?
Que no.
No pienso agachar la cabeza y asumir que me gano el desprecio de la gente a pulso. No, señor. No en el momento en que escribo estas líneas. No, siendo plenamente consciente de la clase de persona que soy.
Porque sí, cometo errores. Muchos, muchísimos. Creedme, lo sé: pienso en ellos a diario.
¿Y qué? ¿Acaso no los cometéis vosotros? ¿O es que mis faltas son peores que las de los demás?
No, no es esa la cuestión. Quizás lo que hace que sienta que, por una vez, debo clavar los pies y mantenerme firme ante toda la oleada de frases del tipo "Es que tienes que ser de tal manera", "Es que no has hecho las cosas como deberías" y el no menos clásico "La culpa es tuya por (inserte aquí motivo impersonable)" es precisamente el hecho de que sé que no soy esa clase de monstruo que tanta gente ha querido hacerme creer que soy a lo largo de muchos años.


Tras un montón de decepciones, desengaños y experiencias amargas de todo tipo, a veces hay calma entre tempestades. A veces puedes tomar aliento y decir "Alto ahí". Es ahí, justo cuando has respirado hondo y te has parado a pensar, cuando te das cuenta de que si hay algo que siempre has tenido es conciencia. Siempre has tenido todas esas voces dentro de tu cabeza dictándote lo que está bien y lo que está mal. Aun actuando del modo que has visto más correcto dada la situación, siempre has tenido una voz dentro de ti cuestionándote si lo has hecho lo mejor que podías.
Aquellos que tengáis esa voz interior, creo que coincidiréis conmigo cuando digo que es muy, muy pero que muy difícil hacer que esa voz se calle. No importa lo justa que sea esa decisión que tomas, o que tengas por seguro que no has podido tomar ninguna otra más correcta: siempre queda ese resquicio de duda en tu cabeza, en tu corazón, en la boca de tu estómago.


Aunque hagamos lo correcto. Siempre tenemos esa sensación de haber estado por debajo de nuestras propias expectativas.


Respiro hondo y me digo que, pese a lo duro de muchas decisiones que he tomado a lo largo de toda mi vida con respecto a la gente que me rodea, ninguna ha sido tomada a la ligera ni sin sopesar durante un cierto tiempo. En todas y cada una, he sopesado los pros y los contras, y he visualizado todos los escenarios posibles, con todas sus consecuencias. A menudo, las peores consecuencias que he previsto coinciden con el resultado final de mis actuaciones, lo que implica que el desenlace de muchas de ellas, aunque amargo, no era algo que me pillase de sorpresa.
Y aun así, las he tomado, siendo consciente de ello, cuando mucha gente me ha dicho que, para un desenlace así, que ni me moleste en tomarlas.

Y pese a todo las he tomado, ¿por qué?
Porque he considerado que eran lo más justo.
O lo más lógico.
O lo más honesto.
O, sencillamente, porque dentro de lo malo, era lo menos malo a lo que podía aspirar.

Esas decisiones, me consta, me han granjeado muchos problemas con mucha gente. Gente que debe tener conceptos morales diferentes a los míos, o gente que de pronto considera que tener confianza conmigo es una especie de puerta abierta para según qué comportamientos.
No lo sé, ni me importa.
Como digo, sé la clase de persona que soy yo, y me empieza a importar bastante poco la clase de persona que se espera que soy.


¿Y de comerte solo montones de historias?
Ni os cuento.


Conforme pasan los años, me doy cuenta de que en este mundo muchos juegan a juegos que no entiendo, o juegos que no me interesan. Juegos basados en pensar de una manera, decir otra muy diferente y actuar de un modo que no tiene nada que ver. A lo largo de todo este tiempo, he visto cómo muchos han esperado de mí que finja, que diga las cosas de según qué manera, que oculte mi forma de pensar, de sentir o que directamente mienta.
"Mientras X esté delante, no puedes hablar de Y".
"No puedes decir las cosas así, mejor dilas de este otro modo".
"Disimula si no confías en alguien que tienes delante".

Todos esos jugando a sus juegos, todos guardando secretos. Secretos que envenenan, que matan relaciones. Mentiras que encubren secretos, engaños que maquillan la verdad. Pactos de silencio que, en cierto modo, suponen traiciones. Dilemas morales, todo por no atreverse a decir las cosas. Te sientes obligado a llevar máscaras con las que no te sientes cómodo, como en una especie de carnaval donde, a la más mínima, te pueden apuñalar.
Yo no quiero formar parte de eso.

Si hay una cosa que siempre he tenido muy clara es que yo no soy capaz de actuar contra nadie a quien cuento entre los míos. No sin provocación previa. Puedo actuar por error, por supuesto, pero creo que no necesito ni explicar esto último, porque cualquiera que me conoce un poco lo sabe de sobra y no tiene nada que temer de mí, ni motivos para desconfiar.
Y sin embargo, no pocas veces me he sentido atacado sin que nadie tenga las agallas de explicarme a qué viene el ataque. Mi confianza, traicionada. Me he acabado enterando de un cúmulo de cosas que se acumulaba a mis espaldas para acabar estallando como una fosa séptica y salpicándolo todo de inmundicia.
He abandonado a muchos amigos, no tengo reparos en admitirlo. Pero tampoco tengo reparos en admitir que jamás, JAMÁS, he abandonado a alguien que no me haya dejado antes en la estacada. Puedo ser leal, pero no soy un perro que viene a lamer la mano del dueño después de que este lo haya apaleado.
Me he enfrentado a muchísimos amigos, también. A muchos más de los que me habría gustado, pero nunca lo he hecho por gusto. Si me he puesto en contra de gente que he tenido a mi lado, ha sido porque estaban tomando caminos en los que yo no quería verme implicado. Puedo ser leal, sí, pero mi lealtad no es ciega, y hasta yo tengo unos límites.


No hablo de estas cosas como alarde. Al final, lo que te acabas llevando son batallas perdidas, heridas por parte de quien no debería infligírtelas (o no en un mundo medio lógico) y mucho, mucho dolor.
Lo digo por si algún colgado sigue pensando que es guai ser como yo. Los dioses me libren de hacer proselitismo de esto.


Así que me voy a poner soberbio (es curioso, a veces hablamos de "soberbia" cuando sencillamente lo que que estamos haciendo es manifestar nuestra propia dignidad) por un momento. Me lo puedo permitir, considerando que mi vida no ha sido una colección de triunfos precisamente y que mi autoestima nunca ha sido para tirar cohetes. Así que supongo que por un día que diga "Mira, no", no pasa nada. Y si esto supone ofensa alguna para alguien, pues lo siento. Más me ofenden a mí muchas cosas que tengo que tragarme cada dos por tres y me han tenido que parecer geniales.
Me voy a poner soberbio cuando digo que igual no soy yo el que no vale. Que lo mismo es una locura, pero igual es mi Universo personal el que, en líneas generales, no vale un pimiento, si espera que agache la cabeza, que trague mierda y ponga buena cara o que me comporte como un hipócrita. Lo siento mucho si alguno de vosotros espera eso de mí, pero si es así, habéis dado con la persona equivocada. Cometo errores, sí, e insisto. Pero son errores. Cuando me la han jugado a mí, no he visto tales errores en la mayoría de casos: he visto cerdadas hechas con total consciencia y, lo que es más fuerte, sin asomo de arrepentimiento. Incluso he llegado a ver sorna y cachondeo cuando se me ha llegado a tocar la moral a dos manos, para luego juzgar mis decisiones en cuanto yo actúo en consecuencia.


"¿Por qué tan serio?"


Y encima he tenido que "tomármelo bien". Por cojones, pese al hecho de que es harto evidente que yo jamás haría algo así. Ni se me ocurriría, vaya. No adrede, ni a sabiendas.
¿Se supone entonces que yo soy aquí la mala persona? ¿El que toma las decisiones desafortunadas? No, queridos. Hacedme el favor de meteros vuestros juicios de valor por donde os entren, y meteos, ya de paso, en la cabeza, que yo me portaré con vosotros tal y como vosotros os portáis conmigo. Así que en lugar de pensar en lo desproporcionado de mis reacciones, lo mismo podéis hacer examen de conciencia y recapacitar si a lo mejor os habéis comportado de una forma deshonesta conmigo... en el caso de que tengáis conciencia, claro.
En lugar de pensar si soy una persona que no sabe guardar según qué secretos, podríais pensar si vosotros deberíais vivir con tanto secretismo. Porque lo mismo no es el hecho de que alguien pueda revelar un secreto lo que haga peligrar vuestras vidas; puede que sea el hecho de que os pasáis la vida ocultando cosas lo que sea un peligro.
En lugar de pensar y reprocharme que no estoy ahí para daros la palmadita en la espalda o besar el culo a gente que no creo que haya que besárselo, tal vez podríais pararos a pensar que yo no sirvo para los falsos halagos ni para aplaudir putadas. O que esa gente que lo mismo es tan maravillosa para vosotros para mí no lo es por alguna razón de peso. Porque, vamos a ser claros de una vez por todas: ¿A mí cuándo me habéis visto de emprenderla con alguien sin motivo? Aquellos que me conocéis sabéis que, si le echo la cruz a algún ser vivo a este lado de la Vía Láctea, lo hago siempre por varias razones, y generalmente procurando fundarlas muy, muy bien, o todo lo bien que puedo. Así que, por favor, no me vengáis con payasadas de "Disimula ante no sé quién" y "Que no se note que te cae mal". Si queréis fingir y ser hipócritas, adelante. Pero no me forcéis a mí a serlo.


¿Perdona?


Sé que por esta clase de cosas he perdido a muchos amigos... y seguiré perdiéndolos, me temo. Que esto ha hecho que muchos otros se distancien de mí y que otros hasta me eviten. He llegado al punto en que yo no puedo tomar las decisiones de otros. Todos sois libres de elegir, bien seguir a mi lado, bien tomar vuestros propios caminos. Yo he hecho lo mismo con otros muchas veces y aquí sigo. Pero me va quedando cada vez más claro que lo que no puedo es traicionarme a mí mismo, ni a aquello en lo que creo, ni a aquello que creo ser.

¿Qué creo ser?
Buena pregunta. Supongo que solo intento ser lo mejor persona que puedo ser. Intento dar lo mejor de mi mismo, pese a todos mis defectos, a todos mis pecados y a todos mis errores, que no son pocos. Soy una persona con una conciencia que anda todo el santo día martilleándole en el cerebro y que hace lo posible por poder aguantar la mirada cuando se mira al espejo. Soy la clase de persona que intenta dormir bien por las noches, aunque esto último le cuesta bastante.
No creo, pese a lo que digáis, que sea mejor que los demás. Si lo pensáis, bueno... hacédmelo saber, para que lo apunte en la lista de cosas que se suelen decir sobre mí a la ligera. Creo que ya debo ir por los doce volúmenes o así.
No, no creo ser mejor que los demás... pero sí tengo la voluntad de serlo. De mejorar como persona día a día y poder callar de una vez mis voces, pero no por haberlas ignorado, como sé que habéis hecho muchos, sino por conseguir que no tengan nada que decir. Esa es la clase de persona que soy, y la clase de persona a la que aspiro.

Podéis ser testigos de ello, o podéis hacer como muchos de los que han estado a mi lado a lo largo de los años: desaparecer y formar parte de otro de esos capítulos de mi vida que quedan cerrados. Como he dicho arriba, yo no puedo decidir por vosotros.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Escupiendo Rabia- El efecto Mi(er)das, o cómo convertir las redes sociales en un puto estercolero



Existe una cosa que se llama decoro.
Es un principio básico que aparece en la mayor parte de sociedades civilizadas. Es el principio social por el cual uno (siempre y cuando no sea un puto enfermo) no va a un parque lleno de críos de cinco años y se saca la chorra. Es exactamente el mismo principio por el cual uno no se mete en un restaurante y se saca la chorra. Coño, es incluso el mismo que nos impide sacarnos la chorra cuando vamos al supermercado de la esquina.
Para entendernos, chorras aparte, es ese principio que nos dice "aquí no, tío, aquí no, que la estás cagando". Dicho de otro modo, es una especie de recurso social que tenemos para tener un comportamiento medianamente coherente con el entorno que nos rodea.
Sí, sé que estoy machacando mucho con esto. Pero quiero insistir en ello, por si luego algún alma de cántaro me dice que no lo pilla.


Algo así, pero con chorras de verdad.
Para aquellas personas no familiarizadas con los miembros viriles, aclaro que el miembro viril que se ve en la foto no es real.
Por lo general no tienen ese tamaño.
No en reposo, al menos.


Vamos a retroceder unos diez años en nuestras fantásticas y fabulosas vidas. Movámonos a esa época que igual no todo el mundo recuerda bien, a finales de la primera década de 2000. En esa época fuimos testigos del auge de las redes sociales, y oye, podemos decir que la cosa funcionó a grandes rasgos. Servía para mantenernos en contacto con gente que vivía lejos, más allá del Mechenguers (¡Qué tiempos aquelllos!) y poco tiempo antes de que Guachaps fuese la realidad extendida que es hoy. Sirvió también para reencontrarse con gente que había tomado otro camino y darnos la oportunidad de volver a seguir en el mismo barco. No sé lo que pensáis vosotros, pero desde mi punto de vista la cosa funcionó, al menos en términos generales. Que bueno, luego al final es lo de siempre: que pierdes el contacto igualmente con esa persona que no veías desde el preescolar, pero oye, lo has intentado. Y si no, siempre podías cotillearle las fotos (no vayáis de santos, sé que lo habéis hecho).


Internet puede ser un lugar maravilloso.


Y luego estaban las aplicaciones chorras y los tests de coña, donde contestabas a unas cuantas preguntas super generales y te decían que, si fueras un miembro de los Vengadores, serías el Capitán América. Poco después, se vivió la época de los grupos que sonaban a cachondeo, del tipo "Señoras que van por la calle con una bolsa en la cabeza cuando llueve" o "Yo también me puse palote viendo a la princesa Leia en bikini en El Retorno del Jedi". En resumidas cuentas, hablamos de una época en que redes sociales como Feisbus dejaban claro que la cosa estaba para echar el rato. Para desconectar de nuestras aburridas vidas y para, por qué no, hacer el mongolo subhumanoide con tus colegas, o con colegas de colegas.

Siempre había, por supuesto, alguna discusión. Se te entrecruzaba algún gilipollas al que, tras haber intentado razonar un poco (si eras una persona medio civilizada), mandabas a cascarla tras un debate más o menos intenso. La cosa es que el asunto quedaba ahí. La gente se bloqueaba y no se volvía a saber de ellos. Pero podemos decir que, a menos que uno fuera un buscabroncas profesional, eso NO era para nada lo habitual, sino que podía pasar por lo anecdótico. En general era un sitio en el que podías hartarte de reír si dabas con los colegas adecuados, bien soltando chorradas, bien subiendo algún vídeo de Yustube en el que otro la hacía por tí. O subías alguna canción de los Judas Priest y tenías a tus colegas diciendo que Halford es el Puto Dios del Metal Sobre La Puta Tierra.



Ahí está el tío.


Eran otros tiempos.
Pasamos a los últimos años de esta década y estamos viendo que ese carácter social y lúdico se ha ido por el retrete y lo único que parece haber permanecido es una enooorme diarrea sociopolíticomental que impregna de caca plastosa, grumosa y oleaginosa, que rezuma un olor como de mostaza hervida. Donde había cachondeo ahora lo que tenemos son plataformas reivindicativas, que tienen una fecha de caducidad más corta que las canciones del verano (hablando de una forma tristemente literal). Hoy se reivindica una causa y tienes al personal enarbolando el puño en alto, indignadísimo e intentando concienciar (lo que se puede ir traduciendo de una forma no demasiado libre como "dar por culo al prójimo, intentando lavarle el cerebro para sumarlo por cojones a la causa de la semana") al personal acerca de lo que se supone que está defendiendo. Hoy te dicen que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando es, no sé... salvar a los indios Guachimochi que viven en la selva Tocomocho al sur de Paraguay. Tú, pobrecito, que ni te has enterado de que salió una noticia en el telediario de ayer (sí, de esas de relleno) en que uno de esos indios estaba enfermito en alguna parte (exactamente del mismo modo que millones de personas están enfermitas en todos los rincones de este mundo, por desgracia) y ahora resulta que no estás a la moda. Antes de que te des cuenta, tienes hashtags y gente haciéndose camisetas con la foto del pobre indio enfermito, que probablemente ni siquiera se esté enterando de que lo están usando como objeto de merchandising y, de una forma más triste todavía, ni siquiera vea un duro en derechos de imagen. La cuestión es que, si no perdemos de vista al pobre indio, nos damos cuenta de que unos días después, deja de molar y todo el puto planeta se olvida de él. Él y su tribu seguirán pasándolas putas y toooda esa gente que se había puesto chapitas y había vendido camisetas con su cara ahora está pensando que Lo Que De Verdad Importa Por Encima De Cualquier Otra Puta Mierda En La Que Estés Pensando Es... pues yo qué sé. Acabar con el gobierno de no sé quién en un país que hasta hace tres días al personal se la sudaba. Puede que muchos ni siquiera supieran dónde estaba.



Hora de ponerse la chapita que toque.


Es algo así como la cultura pop, para entendernos.
Tomemos la analogía de la canción del verano que he mencionado antes. Multipliquémosla por cien y dividamos su tiempo de vida por diez. Así pues, tenemos elementos que causan un fanatismo mucho más jodido que eso de que te pongan a King África cada cinco minutos en la feria de tu pueblo, con la cosa de que en lugar de durar los dos meses y pico de verano, dura como una semana. Esto podría ser bueno, si tuviéramos en cuenta que una canción del verano da por culo un par de meses y luego desaparece de por vida, hasta el verano siguiente, donde el ciclo de la morralla musical resurge.
El ciclo con la mierda ideológica es algo mucho más efímero. No terminamos de asimilar una plataforma reivindicativa online cuando han surgido dos o tres, que pugnan por ser El Puto Tema Candente De Moda. Hoy en día no puedes hablar de nada en plan normal; todo tiene que ser una puta polémica, una controversia de tres pares de cojones o un fenómeno viral. Aunque, en el fondo, no haya una puta mierda de que hablar. Recordemos el caso del vestidito aquel de marras, que tuvo acaloradísimos debates acerca de su color. Surgieron expertos en gamas cromáticas debajo de las piedras. De pronto, todo el mundo era diseñador gráfico, experto en tarjetas gráficas, dominaba el Fotochós, tenían licenciaturas en imagen y vete a saber qué más. Todo por llevarse el gato al agua en eso de llevar la razón. Todo por un puto vestido que, a fin de cuentas, no tenía mayor importancia. Y, de haberla tenido, no se habría solucionado un coño zurrido en manteca por haber dejado una cantidad escandalosa de comentarios en una red social.


Ahí está el tío.


¿Os acordáis de los ejemplos de sacarse la chorra en público que he mencionado al principio de este post? Pues esto es el equivalente digital. Y demos gracias a que la gente no se saca la chorra de verdad porque sitios como Feisbus son de un puritano que te cagas y se afanan en censurar hasta los pezones de la Venus de Boticelli.
Coñas (o no tan coñas) aparte, vamos a quedarnos por un momento con lo de la plataforma reivindicativa. ¿Estoy diciendo con esto que es malo reivindicar cosas? No, para nada. Todos lo hacemos en un momento u otro de nuestras vidas, o lo hacemos aquellos que creemos que hay cosas por las que merece luchar. Es respetable.
Quizás el problema surge cuando eso de reivindicar se convierte en una moda para, como digo, sacarte la chorra y hacerte el guai delante de gente que:

a) Ya estaba de acuerdo contigo
b) Le importas una puta mierda
c) El tema le importa una puta mierda y no te va a hacer ni puto caso
d) Gente a la que el tema le importa una puta mierda, pero posturea igual y lo vais a acabar convirtiendo en una especie de competición a ver quién reivindica las cosas de la forma más borrica.
e) Todas las anteriores (que no son del todo compatibles entre sí, pero ya estamos llegando a un punto en que la lógica se va a tomar por culo).


¡Eso, eso! ¡A la mierda la lógica!


Pasa además que nuestro concepto de "Tontopollas" ha cambiado por completo de significado. Me explico: hasta hace algunos años, todos conocíamos a un tontopollas. Los había de muchos tipos, pero generalmente era ese tío que, si bien no era colega tuyo, era el colega de algún colega. O el primo de algún colega. O era el clásico "arrimao" que no era colega de nadie, pero se te pegaba a ti y a tus colegas como una puta ladilla y lo estabas aguantando mientras decía gilipollez una tras otra hasta que se largaba o hasta que alguien lo mandaba a tomar por culo. Vemos tontopollas a diario: en las barras de los bares cuando nos estamos percutiendo un chanwis mixto, en la cola del súper o en el autobús. Son esos que empiezan a soltar tal clase de mongoleces que no hablamos de algo con lo que estés o no de acuerdo: es que no tienen por dónde cogerlas. En esencia, el tontopollas siempre se ha considerado como eso, como un tontopollas, y como tal, nunca lo hemos tomado en demasiada consideración. Un día te decía que se había circuncidado a sí mismo con la tapa de una lata de aceitunas y tú te encogías de hombros y decías "es que es tontopollas, macho, no se puede esperar más". Y luego seguíamos con nuestras historias.


Ya me entendéis.


Hoy en día la cosa no funciona así. El mundo digital, como he comentado, hace que la gente se una... para bien y para mal. El ostracismo de los tontopollas ha pasado a la historia y ahora se acaban uniendo unos a otros, de tal manera que ya tenemos una especie de movimiento de tontopollez organizada. Porque todo debe ser un movimiento o un colectivo social. Antes pasabas de comer carne y arreando. Ahora tienes que formar parte de una comunidad que explique al mundo por qué está mal comer carne. Antes te hacías las pajas a mano contraria y ahora te pones una etiqueta molona como "Counterwanker" ("Contrapajero". Antes de que lo preguntéis, me acabo de inventar el término) y creas toda una subcultura acerca de tus hábitos masturbatorios. Y, faltaba más, la cosa consiste en sentirse putamente especiales y andar convenciendo a los demás de que cascársela con la mano hábil es:

a) Algo obsoleto
b) Por algún motivo, inmoral
c) Ofensivo para el colectivo de los Counterwankers
d) Símbolo de algún sistema social represivo que vete tú a saber qué coño tiene que ver con la mano con la que te la meneas.

Antiguamente llamábamos a estos seres tontopollas y nos quedábamos tan panchos. La cuestión es que, al hacer piña, ahora exigen un respeto totalmente inmerecido. Aquí es donde muchos os echaréis las manos a la cabeza y me diréis que cómo se me ocurre decir tal cosa. No nos rasguemos las vestiduras, pipiolos: el que os ha parecido un gilipollas, os ha parecido un gilipollas toda vuestra puta vida. Si una persona ha sido una ignorante y ha hecho gala de su ignorancia, os ha parecido un gilipollas. Si ha actuado de una forma prepotente, aun a sabiendas de la estupidez que ha dicho, os ha parecido un gilipollas. Que ahora haya todo un colectivo de Tontopollas Unidos no les da la razón en nada ni los hace menos tontopollas. Solo más ruidosos y más porculeros, pero nada más.


Bueno, yo iba a subir una foto de alguien chillando, y aquí la tenéis...
Pero, entre vosotros y yo.
¿No os recuerda a la cara que ponemos al cagar?
Porque la mía se parece bastante, no voy a mentiros.


Es otro de los problemas que están surgiendo en esta nueva subcultura de plataformeo posturil organizado, que es la del miedo. Antes no había miedo en decirle a alguien que se fuera a cagar cuando estaba soltando una subnormalidad del tamaño de Texas. Ahora se ha formado una especie de tiranía del Buen-Rollito-Por-Cojones que es más falsa que Judas. Esta tiranía consiste, básicamente en dar la razón a las plataformas de tontos del culo so pena de quedar como unos intolerantes, unos intransigentes o como el enemigo que la plataforma en cuestión haya decidido tener. A ese punto hemos llegado en que a veces hasta nos da miedo estar en desacuerdo con los más beligerantes, a menos que queramos meternos en una discusión sin puto sentido, o que llegue un pobre desgraciado (que otro nombre no tiene) que no te conoce de nada y empiece a psicoanalizarte, hablando de tus motivaciones, tu infancia y de la relación que tenías con tus yayos a los cuatro años.

Esta movida se ha llevado a tal extremo que los tontopollas de plataforma se han hecho fuertes y, no contentos con eso de que cualquier puta cosa que no les guste les haga montar un pollo que ríete tú de las peleas de jebis en billares en los 80, toman la preciosa idea de organizar cruzadas.
Eso de organizar cruzadas, así contado, suena chulo. Una causa noble que defender y batallar contra un mundo injusto, armado con tu tesón y con tu fe y...
Bla, bla, bla.
Vamos a dejarnos de paridas. Eso de montar una cruzada hoy en día consiste, no en pasar de lo que no te gusta, sino en esforzarte por erradicarlo de la faz de la tierra de tal manera que NADIE MÁS pueda siquiera plantearse si merece la pena o no. Os pongo un ejemplo algo chorra, pero creo que así se pilla fácil: pongamos que no os gustan las lentejas, como a un servidor. A mí aparte es que me sientan como una patada en los cojones, ¿vale? Pues oye, yo me limito a no comerlas y santas pascuas.
Una cruzada de estas chupiguais no se queda ahí, no: consiste en decir que las lentejas son una ofensa contra la puta sociedad y en empezar a recoger firmas para que sean eliminadas de todos los putos supermercados. En perseguir a aquellos que les gustan las lentejas. En invitar a la reflexión acerca de si las lentejas tienen cabida en nuestro mundo (aunque esa reflexión sea totalmente unilateral y no invite a un debate justo, con todas las opiniones posibles).


"Por supuesto, todas las voces en este debate se escucharán y se respetarán"
Entre paréntesis: (porque las que no eran afines a la ideología dominante ya fueron previamente segregadas)


Pero vamos más allá. Supongamos que alguien, un buen día, sube una foto suya de una matita de lentejas que ha cultivado en su terraza, ¿vale? Ese alguien, como dé con lentejofóbicos que vean la susodicha foto, ya se puede ir buscando una nueva identidad y mudarse a una isla en las putas Hébridas porque no van a parar hasta hacerle la vida imposible. Irán desde "borra esa puta foto" a "con esas lentejas estás ofendiendo a todos aquellos que no pueden comerlas". Habrá otros que les pasen sus vídeos de Llustubes para hacerlo reflexionar acerca de por qué las lentejas son inmorales y deberían estar más extintas que los putos dinosaurios. Otros directamente le amenazarán de muerte.
Todo por una puta foto de una matita de lentejas.

Lo terrible y desquiciante de todo eso es que esos mismos que propugnaban su odio contra las lentejas (y además pregonan la intolerancia que sufren a manos de los "lentejófilos") de aquí a unos días se acaban olvidando del asunto y no solo se dedicarán a acuchillar a los fans de la fabada, sino que tendrán los santísimos cojones de decir que para sanas, las lentejas. O bien les importará todo eso una triste mierda e irán a ponerse una chapita para salvar el Amazonas (el cual hasta el momento les importaba un huevo).


Otro con sus chapas.
Empiezo a sospechar que hay muchos más de los que parecen, solo que la mayoría no se pone todas las chapas a la vez.
Y no físicamente.


Y quizás ese es el quid de la cuestión.
Aquí entro en el terreno de la especulación y lo que es mi percepción personal, ¿vale? Posiblemente esté equivocado, o alguno de vosotros vea algo en lo que yo no haya caído. La cosa es que, tal y como yo lo veo, la principal razón de que tanta causa y tanta plataforma surja y desaparezca a tal velocidad es que no hay absolutamente nada detrás. Ni interés, ni conciencia ni preocupación reales. Es tan solo una moda que seguir, como las lentejuelas en los 80 o eso de parecer un primo del Cobain en los 90. Un movimiento que seguir porque toca seguirlo, pero no porque creas en él. Me resisto a creer que en cuestión de un par de años una persona haya creído ya en prácticamente de todo. Más cuando ha dicho creer en esas cosas solo cuando le ha tocado. Es algo así como esa especie de obsesión proveniente del país del sol naciente (sí, ese país que empieza con una risa y acaba con una explosión) por la cual si no te pones una etiqueta con la que identificarte o no formas parte de tal o cual tribu urbana, no es que se te mire como un bicho raro: es que no se te mira y quedas como parte de la homogénea masa nipona. Una gotita de yogur.


Es yogur, ¿vale?


Puedo equivocarme, pero es la impresión que tengo. Tanta beligerancia exprés, tanta indignación efímera... al final, da la impresión de que vivimos en los putos dos minutos de odio que nos decía Orwell. Hoy nos cagamos en los muertos de no sé quién porque (creemos que) ha dicho no sé qué; mañana pedimos la ejecución pública (sin juicio, porque pa qué) de no sé quién porque (la prensa ha dicho que) ha cometido tal o cual delito. Pasado quemaremos los libros de alguien porque (alguien ha dicho que) era de tal condición. Y así podemos seguir, rajando obras de arte en museos para visibilizar tal causa, o directamente escondiéndolas para poner en su lugar un puñado de post-its donde gente sin criterio alguno puede soltar la mierda que tenga en la cabeza y ponerse a la altura de... bueno, de todos los demás.
Dentro de una semana, tal vez, se reúna un grupo de gente que empiece a hacer presión para prohibir los pantalones vaqueros porque los consideran una prenda ofensiva por vete a saber qué razón de mierda; y habrá otros tantos que piensen que es una parida pero no se atrevan ni a toserles porque vaya a ser que queden como unos intransigentes o los amenacen.


—Pero... ¿Qué coño hacéis?
—Aquí, quemando los libros de un intolerante.
—Bueno, ¿no trae más cuenta que, si no os gusta algo, no lo leáis? ¿Es necesario borrarlo del mapa?
—Cierra la puta boca, subnormal, o te quemamos a ti también.


Y puede que algún día, tengamos que rendir cuentas a los grupos que más chillan acerca de por qué no pensamos como ellos. Puede que incluso acabemos teniendo que llevar algún tipo de marca que nos distinga como disidentes, o que se nos condene a que no podamos expresar jamás nuestro punto de vista en un medio público. Puede que al final, las redes sociales acaben siendo dominadas por aquellos que más chillan, por los ignorantes que piensan que su derecho a opinar sobre algo que desconocen está al mismo nivel que el de aquellos que sí. Es posible que al final, todos esos que usan lo que antes era un medio lúdico para entretenerse y, si acaso, comentar asuntos serios cuando era menester, hayan usado un análogo escatológico de la maldición del rey Midas y en vez de oro estén  convirtiendo las redes sociales en mierda aceitosa y con más grumos que el Cola-Cao tradicional: un caldo de cultivo para el odio, la piel fina, la intolerancia, la falsa corrección política, el puritanismo, las posturas extremas, la crispación, las amenazas, la violencia verbal, la hipocresía y la ignorancia.
En resumen, en un puto estercolero.

domingo, 4 de marzo de 2018

Mondo Chorra- Camina



Camina, viajero.
Un paso tras otro, recorre el trayecto hacia la puesta de sol. El ocaso te espera y algún día, lo quieras o no, llegarás a él. Quizás entonces, te reencuentres con aquellos que perdiste por el camino. Quizás, solo quizás.
Sigue caminando. Cada paso que das, sientes, se hace más duro. Tus botas están desgastadas y han coleccionado polvo de tantos senderos y veredas que ni siquiera recuerdas su aspecto original. Sus suelas ya apenas te protegen de las afiladas piedras que minan el camino. Puedes notar las heridas abiertas, sangrando, en tus pies.
Tu espalda, maltrecha y dolorida, soporta la carga de tu fardo. Con cada movimiento que das, este se va llenando, aumentando su peso. Te preguntas cuándo llegará el momento en que se desborde... pero eso todavía no ha sucedido. Simplemente sigue ahí, sobre tus hombros, acumulando todo cuanto encuentra por el camino. Útil, inútil... el fardo no distingue. Tan solo atrapa todo cuanto encuentra a su alcance.
Continúa tu viaje, acompañado solo por tu sombra, que parece alargarse más y más en este eterno día. Por tu sombra y por las voces que resuenan a tu alrededor. Unas más fuertes, que se clavan al alma; otras que, con el tiempo, se vuelven borrosas y distantes. Voces de aquellas figuras espectrales y etéreas que, durante un tiempo, caminaron a tu lado. Espejismos, pues este es un camino que estás condenado a recorrer solo. La compañía es temporal y solo es cuestión de tiempo que las siluetas se desvanezcan y las risas dejen de burbujear. El ocaso te espera algún día, y a él accederás sin más compañía que la de ti mismo.
Prosigue tu camino, tratando de ignorar las llagas que anidan en tu interior. Heridas que jamás cierran; si acaso, se vuelven más soportables o, mejor dicho, simplemente aprendes a vivir con ellas. No importa que parezcan abrirse más y más a cada paso. No importa que empapen de sangre tus ropas. Con suerte, se convierten en dolorosas cicatrices, amargos recuerdos de lo que viviste. De las batallas que luchaste. De tus errores, tus pecados, tus delitos y tus faltas. Es por eso, viajero, que tus ropas se han teñido pardas y se han vuelto incómodas, bajo la espesa costra que las recubre. Si prestas la debida atención, podrás oír cómo crujen; podrás sentir cómo cada pliegue se afila y roza tu piel, abriendo nuevas heridas. Si pudieras detenerte por un segundo y desnudarte bajo el sol de justicia al que te diriges, descubrirías que tu mismo cuerpo se asemeja bastante a un mapa. Un mapa de laceraciones y abrasiones. Senderos de carne cortada. Valles de piel arrancada. Ríos de sangre fresca. Suaves elevaciones de tejido cicatrizado. Ya no existe el terreno virgen. Todo, absolutamente todo, se muestra devastado.
Otro paso más, viajero. Observa el camino que te rodea. Alza la vista, contempla el cielo y maravíllate, para luego tropezar con otra piedra y caer de bruces. Destroza tu rostro contra el suelo, clava esas rodillas despellejadas que tienes y ponte en pie para volver a caminar, en un ciclo eterno de auge y caída. Deja tras de ti ese reguero sanguinolento. No importa: tienes más sangre en tu interior que derramar. Pisada tras pisada. Día tras día.
Sigue, sigue caminando. Observa, escucha, intenta entender. Deja que tu corazón lata más deprisa para luego resecarse. Sístole y diástole. Crea, cree en lo que has creado y contempla, paralizado, cómo se destruye. Fíjate en cómo el sendero que recorres se enfría a tus espaldas. Cómo el hielo crece a tu alrededor. Cómo la hierba se seca, las flores se marchitan y los animales mueren y se pudren. Observa cómo las ciudades se derrumban y sus habitantes se pudren. Observa cómo los amantes se destruyen al tiempo que se destruyen a sí mismos. Contémplalo todo como un reflejo de tu interior. De tu alma.
De tu camino.
Camina, viajero, y procura no pensar en si realmente conservas la fe o es solo inercia. Procuras luchar contra la adversidad cada vez que las piedras y la maleza entorpecen tu camino. Rezas por que cada recodo del sendero sea el correcto. Porque cada bifurcación te lleve a tu destino por la ruta más correcta. Reza, sí, pero consciente de que la fe y las oraciones no son más que plegarias, y el camino no entiende de súplicas. Simplemente está ahí, para que lo recorras. Cada decisión es tuya. Cada error, seas consciente de que lo cometes o no, es tuyo. Cada metro que recorres es una dura brazada hacia la puesta de sol.
Recorre el sendero. Sigue observando. Luchando. Creando. Cayendo. Volviéndote a levantar, una y otra vez.
Un paso más.
Siente cómo las rocas se clavan sobre tu carne.
Otro.
Ecos en tu cabeza.
Otro más.
La piel de tu torso se ha desgarrado por completo y tus costillas ya quedan al aire.
Otro más.
Tienes el viento en contra.
Otro más.
El camino se vuelve cuesta arriba.
Y otro.
Un nuevo tropiezo.
Estás sobre un charco de sangre.
El cuerpo te duele tanto que te preguntas por qué sigues consciente.
Y, cuando quieres darte cuenta, estás de nuevo de pie.
Un  nuevo paso.
Todo sigue doliendo.
Otro más.
Estás sangrando de la cabeza a los pies.
Otro más.
Tu cuerpo entero está en carne viva.
Otro.
Las heridas empiezan a infectarse.
Y otro.
Supuran.
Otro más.
Sangre y pus plagan la enorme herida viviente que eres ahora.
Pero sigues andando.
Porque no sabes hacer otra cosa.
Porque no tienes a dónde ir.
Porque el final de todos los caminos es el ocaso.