jueves, 20 de febrero de 2014

Escupiendo Rabia- Menor de edad= Imbécil redomado



Sí, sé que este título os escandaliza a muchos de vosotros. Sé que habrá quien se tire de los pelos al escuchar la afirmación de que toda criatura bípeda en este puto país es por definición imbécil... Pero me gustaría que dejásemos de rasgarnos las vestiduras por un momento y pensásemos en esto que acabo de decir. Este título en realidad no refleja lo que pienso yo, sino lo que piensa este puto país de palurdos de mierda.
¿Que no?
Echad un vistazo a cómo se aprende en España. Ya he hablado de esto antes, en otros artículos referentes al sistema educativo, pero os hago un resumen rápido: aquí lo que prima es aprender de memoria y por repetición, por si no nos habíamos dado cuenta antes. En la materia que me compete a mí (inglés), el tema es patético: cada temario es prácticamente IGUAL al del año anterior, salvando un detalle o dos, lo que se conoce como los drillings. Para profanos, la cosa consiste en hacerles repetir una y otra vez lo mismo hasta que se les quede en el cerebro, en plan mantra. Así, hasta más de cinco putos años, cuando llegan a bachiller y les meten todo lo que no les han metido de golpe, con calzador y sin vaselina. Todo esto se hace, por supuesto, sin incentivar en ningún momento el libre pensamiento o la creatividad del alumno, limitando su autonomía y haciendo que eso de razonar y entender las cosas suene como a chino. De paso, pues tenemos que el estudiante, en contra de la creencia popular, NO es gilipollas, pero sí que puede sentir que lo tratan como tal cuando se pegan más de la mitad de su vida académica sin un puto desafío, sin un avance o sin nada que ya le suene, lo que lleva a una profunda desmotivación.
Esto, como digo, es en inglés, esa asignatura que ahora, de la noche a la mañana, se espera que un crío hable como si hubiera sido parido en Oxford, cuando aquí la enseñanza de idiomas es algo que se ha tratado como si fuera la asignatura-cachondeo oficial, junto con educación física y música... Pero si alguno de vosotros, humanos que me estáis leyendo, puede atestiguar que el planteamiento del resto de asignaturas es similar, por favor, que me lo confirme o desmienta.
Pero claro, aquí la gente es tan jodidamente soplapollas que solo ven los numeritos de las estadísticas y demás polladas: solo ven que los chavales suspenden y la respuesta es mantener el sistema de repetición, porque confían en que algún día la cosa saldrá bien y todo.


"El-Libre-Pensamiento-Es-Un-Error. La-Autonomía-Está-Obsoleta.Vivimos-Para-Hacer-Lo-Que-Nos-Digan."


Podemos decir, sin embargo, que es el único caso, que la sociedad de la calle, fuera de las aulas, ve a los menores de edad como personas autónomas, eficientes y demás chorradas, pero nos damos cuenta de que en realidad la sociedad es hipócrita de cojones al decir que no, cuando en realidad todavía pensamos que todo bicho viviente por debajo de los dieciocho es impresionable, inocentón y, ya puestos, medio lerdo. No puedo parar de reírme cuando me hablan de la protección de contenidos en televisión para que los pobres menores puedan ver cosas adaptadas a su edad. Lo que en principio resulta lógico (no le vas a poner porno duro a un crío de seis años porque eso igual es llevar un poco al extremo lo que digo) al final no es sino coger y sacar la idea de esa protección necesaria de madre y retorcerla hasta convertirla en una censura ridícula. Al igual que sucede con poner contenidos algo más desafiantes a la inteligencia en un libro de texto, el pretexto es que "los menores no están preparados para ello". Por eso, se sacan de parrilla series de animación porque "son violentas" o "groseras", sin pararse a pensar siquiera que un crío de unos diez o doce años (por lo general, porque siempre hay excepciones y gente con problemas... pero eso es tanto entre menores como entre mayores de edad) ya anda bastante preparado psicológicamente para distinguir la realidad de la ficción. La idea aquí no es proteger, sino sobreproteger, limitando la capacidad de decisión de una persona (sí, un menor es una persona aunque no se lo quieran creer) acerca de si el contenido que están viendo les gusta o no. La idea es decidir por ellos, sin preguntar su opinión (porque al parecer no cuenta) ante cosas como esta, en la que no es malo saber qué piensa una persona de poca edad y ver a este sector de la población (como ya he contado alguna vez en mi etapa de prácticas) como si fueran objetos de estudio, o más directamente, putos alienígenas.


Antes de que me saltéis al cuello: ¿Estoy diciendo entonces que a los menores no se les debe proteger?
NO.
Lo que digo es que hay una diferencia muy grande entre proteger a un menor de los peligros que le rodean (que hay muchos) y sobreprotegerle, considerando hasta la puta cosa más insignificante "Una amenaza potencial". Porque no es lo mismo proteger a un chaval de un pederasta (lo que es razonable, respetable y necesario) que de una serie donde sale una tía en topless (que no pasa de la chuminada).

Irónicamente, los dibujos animados han sido sustituidos por programas del corazón, que son moralmente mucho más elevados, dónde va a parar (nótese mi amarga ironía al decir esto, viendo la pelea de perros constante a las putas seis de la tarde, donde todo es un despliegue de insultos y apología de la violencia verbal)... Y las escenas gore de los telediarios de nuestro país jamás han pasado por ese filtro "porque están para informar" y se da por hecho de que alguien que no ha llegado a la mayoría de edad no se interesa por "las cosas de los mayores". Luego es curioso, porque nos damos cuenta de que los jóvenes de la generación actual son gente mucho más preparada (hablo, por supuesto, en general) para tolerar imágenes violentas sin que ello los convierta en los psicópatas que vociferan los conservadores más beligerantes. Solo tenemos que ver que hoy en día juegos como Call of Duty y demás lo petan entre la chiquillería y tampoco es que veamos asesinatos (no necesariamente con armas de fuego) a diario a manos de menores. Supongo que es más fácil pensar que un chaval, además de ser tonto, es impresionable hasta la médula y se cree cualquier gilipollez que les cuenten. Algo así como hacen los adultos cuando un soplagaitas les dice que nos va a sacar de la crisis sin explicar cómo y va y deposita su confianza en él, pero con superpoderes, metralletas y ataques combo de por medio.


En Andalucía, por ejemplo, Bola de Dragón fue retirada de la televisión autonómica hacia 1994 (año arriba, año abajo) porque hubo mucha gente que protestó por el contenido violento que esta serie destilaba. Aparte de las consabidas peleas, parece ser que nadie se puso a ver la serie con un mínimo de objetividad como para darse cuenta de que ensalzaba muchos otros valores, tales como la amistad o la voluntad por ser mejor día a día. De esa generación, supuestamente "Marcada por la violencia" de Son Goku diría que no han salido tantos asesinos psicópatas como pensaban.
Y mira que la veían chavales antes de que la retirasen...


Frase lapidaria soltada en un capítulo de South Park  (animación PARA ADULTOS, que también existe), en el que los protagonistas se meten en un terrible follón mientras sus padres están en la gran ciudad, llevando a cabo una campaña para retirar un programa de humor "para salvaguardar la inocencia de sus hijos":
"Esto no estaría pasando si nuestros padres estuvieran junto a nosotros, en vez de estar por ahí luchando para protegernos"



No, es muy fácil caer en ese prejuicio de que un crío (como es imbécil) imita lo que ve y, es más fácil aún exigir la censura "por la protección de nuestros menores" (total, para mierdas, porque luego se lo pueden bajar tranquilamente de Internet y ver lo que les salga del culo si nadie está ahí para decirles "Oye, chaval, que eso es demasiado bestia como para que lo veas todavía"). Lo jodido, amiguitos, lo verdaderamente jodido es comunicarse con un hijo y enseñarle valores. Lo mismo, si se hiciera, no haría falta censura. No harían falta esas oleadas de protestas para que retiren tal película de cartelera o esos colectivos de padres encabronados (en realidad esas pelis están pensadas para que las vean los adultos, debido a referencias históricas o a una recreación de la violencia algo extrema para gente algo sensible... pero su retirada a menudo se exige porque hay adultos lo bastante idiotas como para meter a los críos en pelis como Kick-Ass o El Pianista sin preguntarse siquiera si es un contenido recomendable para criaturas de nueve años, como he llegado a ver en alguna sala de cine con mis propios ojitos), berreando para que saquen según qué series de la parrilla televisiva, etcétera. Igual los chavales hasta las seguirían viendo, pero siendo más conscientes de que lo que pasa en una pantalla, en una pantalla se queda y a tomar por culo con tanta chorrada.
Para entendernos, es tan absurdo y tan hipócrita como mudarte a una casa en la que sabes que hay prostitutas a menos de cien metros (pero te la compras porque está barata) y luego exigir a las autoridades que te las saquen de allí a patadas porque dan mala imagen, haciéndote el indignado de la vida.


Otro gran ejemplo de gilipollez absoluta: esta pegatinita se empezó a poner allá por los años 90 en los discos con la idea de proteger a los chavales de contenido explícito. Dicho de forma más sencilla, advertía que había palabrotas.
Porque claro, toda persona por debajo de dieciocho no ha soltado un "Coño" en su vida.


Si nos vamos a otras épocas, podemos ver cómo los menores eran vistos de otra manera: una chica de trece años en la Edad Media, por ejemplo podía ya estar perfectamente casada y a cargo de una casa. A lo largo de la historia, los niños han trabajado en granjas, fábricas o incluso han ido a la guerra. Los tiempos han cambiado, desde luego, y la situación hoy en día es diferente. Sin embargo, no deja de ser curioso que, lo que antes se consideraba normal (es decir, el hecho concreto de que una persona a cierta edad ya pudiese tener responsabilidades) hoy en día resulta aberrante.
No es que vayamos a mandar a fábricas a niños de nueve años de nuevo (no en el primer mundo, claro, que aquí está feo)... pero, ¿tan difícil es tratarlos con el respeto que se merecen?



Otra prueba de ello la tenemos en la tele, donde ha empezado a surgir toda una franquicia de realities en los que un menor (niño pequeño en unos casos, ya adolescente en otros) la lía parda y el objetivo es "reeducarlo". Si bien en el caso de los más mayores se opta un poco por la charlita y demás (no todo iba a ser malo), el caso más duro lo tenemos en el de los niños, donde el método para encauzarlos consiste en una especie de adiestramiento para el caso que sea: ¿Que su hijo dice palabrotas constantemente? No pasa nada, la solución está en ponerle unas pautas y hacer que ponga la mesa a diario. ¿Que tiene un auténtico problema con la autoridad? Sin problemas, la solución está en ponerle unas pautas y hacer que ponga la mesa a diario. ¿Qué adora a Satán? Sin problemas, la solución está en ponerle unas pautas y hacer que ponga la mesa a diario. Esto, que luego hace que toquemos las palmas a lo bestia desde nuestros sofás cuando vemos los resultados y los niños satánicos rebeldes con Tourette se convierten en pequeñajos modelo recién salidos de una cadena de montaje, en realidad no es más que condicionamiento del más clásico: estímulo y refuerzo, y sus correspondientes respuestas. En esencia, algo muy similar a adiestrar perros. Nos puede parecer aberrante y escandaloso así contado... pero joder, es que el procedimiento es el mismo. Si en vez de poner que el niño ponga la mesa y recoja sus juguetes, ponemos en la tablita de tareas que sale en el programa que le traiga las zapatillas a papá cuando llegue y dé la manita para recibir una loncha de mortadela, nos damos cuenta de que en esencia, estamos haciendo lo mismo.


Resulta descacharrante que la gente que en su día se escandalizase viendo La Naranja Mecánica y el concepto del condicionamiento para que la gente adquiera una conducta sea capaz hoy de aprobar técnicas del mismo corte, solo porque el resultado sea bueno.
A tomar por culo la ética, usemos a los chavales como ratas de laboratorio.


Adiestrar por medio de la repetición, sin razonar las cosas y sin que el niño entienda por qué se tiene que hacer, o cómo se hace. Sólo obedecer, y nada más que obedecer. Y, como he mencionado arriba, pues también a memorizar cosas como un papagayo, con autonomía cero, para que el día de mañana pueda ser un alegre consumidor que no se cuestiona nada y vive feliz ganando cuatro perras gordas mientras otros lo explotan.
Así se hace, campeones.

Podemos ir más allá: fijémonos en cómo trata la sociedad al menor en el ámbito de la cultura, especialmente en la literatura. Hay libros que podría ser puto necesario leer, precisamente para abrir las miras de una persona (al igual que decía un profesor de mi carrera, considero que 1984 es uno de esos libros que deberían ser lectura obligada); en otros casos, hay clásicos que, como dije en un post anterior, se han convertido en clásicos por mérito propio gracias a que la gente (grande y pequeña) los ha leído a lo largo de los siglos... hasta ahora. Hoy en día, el mantra de moda (o insulto soterrado de los gordos, si pasamos de eufemismos y de mierdas varias) de "Es que los chavales no están preparados" (que viene a ser lo mismo que decir "Son gilipollas del culo", pero en fino) y, cuando esos libros no llegan a su alcance, se los encuentran "adaptados". En otras palabras, se encuentran mutilaciones de clásicos, con un uso del idioma más chupiguai, y todo puto masticadito para que no se pierdan, que eso de leer cansa. Es decir, lo que se supone que hace un favor a los lectores jóvenes, no es más que una muestra de condescendencia y un insulto soterrado a la gente más joven, que de tonta no tiene un pelo. Lo mismo sucede con el teatro, donde ya me han llegado noticias de una compañía que va a sacar el lado cómico a tragedias de Shakespeare, como si precisamente este autor no tuviese comedias de por sí cómicas, o como si la tragedia fuese un concepto demasiado horrible como para que un niño lo pueda entender (apenas veinte años atrás, los niños podían leer una tragedia donde moría gente y no pasaba absolutamente nada. Ni se creaban traumas, si los niños vivían mas tristes, ni perdían su alma ni hostias en vinagre). Todo muy chuli, todo muy guai, todo tiene que ser divertido y todo tiene que ser de colorines.
Por cojones.


El menor de edad está casi obligado a ver la vida así, tenga un buen día o no.
Si no, de cabeza al psicólogo, porque siendo niño o adolescente hay que ser feliz por huevos. Se quiera o no.


Acerca de eso de no tener un pelo de tonto, puedo comentar algunas anécdotas para resumir lo expuesto arriba. Puedo poner el caso de una antigua alumna que tuve hace algunos años. En el caso que menciono, la criatura debía andar por los doce o trece y acababa de empezar el curso. Lo primero que un servidor suele hacer al inicio de cada año es echar un vistazo al temario para ir organizando la asignatura. Al ver que el temario era EXACTAMENTE IGUAL que el del año anterior, la niña resopla y me dice una frase que me resulta reveladora:

—¿Otra vez vamos a dar lo mismo? ¿Es que se han pensado que somos idiotas o qué?
—Sí, eso es lo que han pensado —respondí yo, con la misma indignación. Negarlo era ofender a su inteligencia del mismo modo que lo hizo el payaso que ordenó que se redactara un temario así.

Tengo que decir que precisamente esta chica, así de entrada, era bastante mejor con cualquier aparato tecnológico que yo. Quizás esto no os diga gran cosa, ya que los que me conocéis sabéis que me llevo fatal con las máquinas... El dato lo tenemos en que era también mejor que sus padres y, muy probablemente, mejor que cualquiera que se haya criado tan solo unos diez años antes. Eso de pensar que los críos, por el mero hecho de ser críos, son tontitos, es el pensamiento que solo alguien con un severo problema mental puede tener. Una persona joven puede ser inexperta; puede que le falten conocimientos o simplemente que no haya terminado de cogerle el tranquillo a algo... Pero eso no la convierte en idiota. Los chavales, a ver si nos vamos enterando de una puta vez, no son gilipollas. Tienen perfecta constancia de lo que les gusta y de lo que no. A partir de cierta edad (más temprana de lo que la mayoría se cree), son gente con la que se puede razonar y hablar como si se estuviera hablando con un mayor de edad (a veces, incluso mejor que con mucha gente mayor de edad). Esta generación que ahora mismo está en el colegio se ha criado con un acceso a la tecnología que nosotros no conocimos, lo que les permite desenvolverse con mayor facilidad en un mundo en el que los aparatos electrónicos tienen cada día más peso. En el que todo es digital. Es muy fácil, en nuestra condescendencia y en nuestro sempiterno desprecio hacia las generaciones posteriores, decir que eso en realidad los convierte en zombis aislados, que no saben relacionarse con la gente. Parece que ya nos hemos olvidado de que eso es exactamente lo mismo que oímos nosotros, oh, generación de la tele, cuando éramos pequeños.


En la mentalidad bipolar española, lo normal es pensar que si es adolescente, un chaval debe ser cani por cojones. El retrato robot de la persona joven hoy en día es una especie de primate con ropa llamativa, que se comunica a base de berridos y que solo vive para follar y tomar droga.


El objetivo deseable parece ser el otro extremo: que los alumnos, o la gente joven en general, sea una especie de ejército de robots que no sean capaces de cuestionar nada, ni hacer preguntas. Maquinaria engrasada para aceptar lo que les digan sin pensar.



El tema suma y sigue. He hablado de esos clásicos mutilados para convertirse en "versiones que los niños pueden entender" (porque como un chaval de dieciséis años es gilipollas profundo, lo mismo es imposible que lea literatura rusa. Y los adultos no tienen prejuicios contra los jóvenes, claro), pero esto va más allá. Pensad en la literatura a la que llaman "juvenil", como tal, y nos reiremos tela con el asunto. Fijaos cómo en las aulas no se tiene cojones de poner a leer a los chavales un libro clásico, entre otras razones, "porque es muy largo"... y de estos chavales, a los que les gusta leer este tipo de libros (que tampoco es obligatorio que tenga que gustarles, qué cojones) se zampan los Harry Potter, que son siete tochos como siete soles. Libros que lo petan, más complejos que su santa madre en cuanto a tramas, subtramas e historias varias y a ningún chaval le ha reventado el córtex cerebral. En vez de elogiarse este tipo de cosas, ¿qué es lo que sucede? que ya tiene que salir algún soplapollas diciendo que incitan al satanismo y a la brujería, lo que demuestra que para tener problemas para distinguir entre realidad y ficción (y a conciencia, no hablo de esquizofrénico, sino de un obcecado de la vida que no ve más allá de su culo) la edad no tiene nada que ver. Basta con tener mucho tiempo libre y pocas neuronas.
Más hipocresía cuando vemos que en ese zoológico humano que es el mundillo escritoril el escritor de juvenil es visto muchísimas veces con condescendencia (y casi desprecio) por otros autores. El concepto mismo de novela juvenil, a menudo se traduce como "Novela plana, simplona y arquetípica", llegando a ser muchas veces una lacra para un autor. Algo de lo que tuviera que avergonzarse... como si hoy en día escribir "Narrativa adulta", "Terror" o cualquier otro género te convirtiese automáticamente en mejor escritor. Es precisamente bajo esta catalogación donde se ve una cantidad de censura tremenda; donde más de un autor se ve obligado a morderse la lengua a la hora de escribir y mostrar cosas que, lejos de ser porno o gore brutal del de tripas colgando, se muestren temáticas que no sean de princesitas que mojan las bragas (metafóricamente, por supuesto, algo más prosaico es anatema) por un héroe. Imagino que en los últimos años se habrán publicado novelas juveniles en que se retrate de forma normalizada y natural que un personaje sea homosexual, o que la familia de algún otro ande mal de dinero y haya que apretarse los machos para sobrevivir. Estas son cosas reales, de la vida, a las que nadie, por muy por debajo de los dieciocho que sea, debería ser ajeno. Lamentablemente, esas novelas no parecen haberse publicitado lo bastante como para llegar a convertirse en éxitos. Sin embargo, no quiero ser categórico en este punto; si conocéis algún caso, me gustaría que me lo confirmáseis.


Con el caso de Harry Potter, tampoco descarto que el ataque compulsivo se deba a lo típico:
"Vamos a atacar un fenómeno de masas, que si lo sigue mucha gente muy bueno no debe ser".
Un puñado de cretinos se pone a buscar mensajes subliminales, y bueno... a Led Zeppelin, a KISS y a Judas Priest les pasó algo parecido en los setenta con un montón de padres que parecía que no podían entender que sus hijos tenían sus propios gustos y que podían decidir por sí mismos lo que escuchar.
El caso es tocar los cojones, por un lado, y empezar a intentar adiestrar a los chavales por otro, diciendo que lo que hay que leer es la Biblia.


Porque si vemos violencia en la Biblia a punta pala, no pasa nada. Si viene de Dios está justificada y los chavales pueden ver masacres, pueblos reventando a pepinazos, inundaciones que barren el planeta, plagas de todo tipo, flagelamientos, decapitaciones, crucifixiones, suicidios, lapidaciones, incesto.
Eso JAMÁS genera asesinos, ni gente violenta ni nada. La culpa es de los libros de fantasía, de los videojuegos, de los cómics, del rock duro y, en general, de los niños, que son imbéciles por apartarse de la Senda Luminosa de Nuestro Señor.
Yeeeeaaahhh.



¿Exagero con eso del público juvenil? Pensad entonces cuando habéis ido a ver una película. No es lo mismo decir que habéis visto una película, no sé... de suspense o de acción que decir que habéis visto una película para público infantil. Al igual que sucede con los dibujos animados o con los cómics, lo más normal es que se rían de vosotros, que den a entender que sois retrasados, etcétera, sin caer en que... joder, si os gusta os gusta, no hay nada malo en ello. Es muy fácil pensar, y hablo especialmente por el caso de los cómics y los dibujos animados, que un formato está dirigido única y exclusivamente a un público. Si ese público es el infantil, el prejuicio es brutal.


El cantante Marilyn Manson es otra víctima de esas cruzadas de padres preocupados y, por lo general, gilipollas del culo, que pasan de sus hijos, los dejan delante de la televisión o Internet todo el puto día, los ignoran y ni se preocupan por ellos cuando les dan de hostias en la escuela. No conocen para nada a sus propios hijos, pero tienen los huevos de ir por la vida decidiendo qué es lo que les conviene y qué es lo que no. Se preocupan por ellos lo justo, pero para menospreciar su criterio personal son los primeros, echándole la culpa de los fracasos de sus hijos a cualquier cosa (cine, televisión, videojuegos, Internet), salvo a ellos mismos.
Cuando la famosa matanza de Columbine, le pusieron en la picota simplemente porque los asesinos llevaban camisetas suyas.
Este se defendió diciendo que en sus canciones no decía a nadie que matara a nadie. Dijo que él no vendía armas, ni creaba asesinos de masas con un sistema educativo deficiente, cosa que sí hace su "sagrada" nación.
Cuando le preguntaron qué diría a las víctimas de aquella matanza, su respuesta fue:
"No les diría nada; haría algo que nadie parece haber hecho hasta ahora: escucharlos".


De ahí que se me inflamen las bilis ante algunos casos que he oído de pasada, donde hay gente que se niega a llevar a sus hijos (no hablo niñitos de dos o tres años, sino chavales ya rozando la adolescencia) a un entierro porque "es algo demasiado triste" o a un hospital a ver a un pariente enfermo porque "los hospitales no son agradables"... o como ha salido el genio del director de la Marca España, diciendo que es bueno que los niños vivan en este país sin saber que hubo una guerra y un dictador, y las consecuencias que todavía estamos acarreando. Muy inteligente, caballero: mejor no saber nada de historia, especialmente las partes chungas, donde muere gente y tal, que eso está feo. Así, seguramente, el día que haya opción a repetir todas y cada una de las gilipolleces que ha cometido esta nación de charanga, pandereta y superpoblación de gilipollas crónicos, lo tengamos más fácil para partirnos la cara los unos a los otros y montar otro cipote del mismo palo, o peor, si cabe.


¿Con esto estoy diciendo que no hay gilipollas entre los chavales y que son todos listos listísimos?
No. Con esto digo que en realidad, no hay más gilipollas entre los chavales que entre la gente adulta.
Lo sentimos, pero los gilipollas existen. Algunos se hacen y otros, lamentablemente, también nacen.
Y hay otros, que cuando crecen, se toman eso de ser más gilipollas que el resto como un reto personal.
Gilipollez aprendida, el concepto de moda.


Cerrar los ojos a alguien y criarlo entre algodones, creedme, es lo peor que se le puede hacer a nadie. Aislarlo de ese tipo de conceptos (por tristes que sean, forman parte de nuestra vida y nuestra existencia, nos gusten o no) lo único para lo que sirven es para hacer que una persona viva en constantes mentiras. Que piense que vive en un mundo de piruletas, donde nunca pasa nada malo, donde el bien triunfa sobre el mal y donde todo el mundo es amiguísimo de la vida. Que sí, que lo de La Vida es Bella se veía muy bonito en una peli y nos emocionó, pero tenemos que distinguir la vida real de la ficción, que para eso se supone que somos los adultos responsables. Las cosas no siempre salen bien; una persona de corta edad no está obligada a vivir feliz y contenta durante todos los putos días hasta que cumple los dieciocho. Ni traumas ni putas hostias, a ver si nos quitamos ya las chorradas de la cabeza: las cosas que no logramos, las frustraciones y las derrotas (eso que dicen que nos causa traumita) son las que, en esencia, nos fortalecen. Las que nos dan el coraje para superarnos, para pelear y para, algún día y si la cosa sale bien, salir adelante. Vivir en una sociedad que sobreprotege a los críos y se tira años insultando a su inteligencia, haciéndoles creer que hagan lo que hagan todo va a salir bien lo único que genera es una generación de gente pasiva, comodona y que no valora el esfuerzo. Aquellos con un mínimo de inteligencia se aburrirá cuando vean que las cosas se repiten una y otra vez en clase para que los resultados académicos mejoren en las estadísticas. Por culpa de eso, es posible que perdamos gente que vale muchísimo, que podría estar preparada y que podría ser el futuro de este país. Supongo que trae más cuenta tener una generación de gente que realmente se crea que es idiota, que no piense por sí misma, que solo haga las cosas cuando les dicen que tienen que hacerlas (y ya puestos, que les recuerden constantemente cómo). Gente que esté acostumbrada a que, cuando lloren, haya al menos dos o tres personas dispuestas a socorrerla y a darle más de lo que necesitan.

Cuando echemos un vistazo a, no sé... diez, quince, veinte años hacia atrás y veamos lo que hemos creado, con ese sentimiento de superioridad y esa suficiencia con la que tratamos a la gente joven, igual nos daremos cuenta (si nos sale de los cojones, claro) de que los imbéciles redomados no han sido ellos.

martes, 18 de febrero de 2014

Mesa de Autopsias: Battle Royale, de Koushun Takami, o Distopía a la japonesa




A finales de los años noventa, apareció en Japón una controvertida novela por parte de un señor llamado Koushun Takami en la que se plantificaba un mundo distópico donde un montón de chavales son obligados a matarse los unos a los otros en una especie de juego perverso con un plazo límite de veinticuatro horas. Fue así como nació Battle Royale, obra desconocida por el público mayoritario, para empezar porque no ha llegado a nuestro país prácticamente hasta que otra novela de corte similar (Los Juegos del Hambre, de Suzanne Colllins) se ha convertido en un fenómeno de ventas y de taquilla. Hasta entonces, solo las dos películas y el cómic habían aterrizado en nuestras fronteras, pero no ha sido hasta finales de 2013 cuando hemos visto por fin la versión original de la historia en castellano.
Lo que podría parecer una especie de cruce entre El Señor de las Moscas y El Fugitivo, con el tiempo, ha acabado por convertirse en una novela de culto que ha generado prácticamente una franquicia: más adelante en el tiempo, hacia 2000, tendríamos una adaptación cinematográfica y una versión adaptada al cómic (lo que por tierras niponas llaman manga) escrito por el propio autor de la novela.
En este artículo vamos a ir desgranando un poco esta historia plagada de violencia y denuncia social, procurando resaltar los elementos fundamentales de esta. Como siempre, este artículo desvela elementos importantes de trama, por lo que se sugiere su lectura si ya habéis leído la novela de antemano o bien si ya tenéis mucha noción de qué va (por ejemplo, si habéis leído el cómic o habéis visto la película, veréis que a grandes rasgos la cosa es más o menos similar y no sentiréis que os están reventando nada).


Mucha controversia ha habido entre el parecido más que evidente entre Battle Royale y Los Juegos del Hambre. Ha habido quien ha acusado a Suzanne Collins abiertamente de plagiar la novela de Takami, cosa que me parece pelín exagerada: bien cierto es que ambas historias relatan un trasfondo similar; sin embargo y pese a las coincidencias, diría que sus enfoques son tan diferentes que me parece una aseveración, como poco, arriesgada. Tanto como decir que Déjame Entrar ha sido plagiada por Crepúsculo a la hora de plantear una relación afectiva entre vampiros y humanos.
Aparte del hecho de que Suzanne Collins no tenía ni zorra de lo que era Battle Royale cuando escribió su novela. Si le hicieron el mismo caso a Takami que le hicieron en España, es hasta plausible.


Vamos a ir empezando por el que quizás sea uno de los pilares fundamentales del argumento, como es el trasfondo: el mundo de Battle Royale tiene tanto de distopía como de ucronía, ya que la novela fue publicada en 1999 y se plantea un 1997 alternativo. Nos plantea además una Gran República de Asia Oriental que ha surgido tras lo que podría haber sido un conflicto bélico contra los Estados Unidos (o la América Imperial, como la llaman en la novela), posiblemente la II Guerra Mundial, si atendemos al detalle de que "El Programa", del que luego hablaré, tuvo su origen en 1947. Tras este alzamiento, nos encontramos que la República se halla en un régimen nacionalsocialista (otro punto a favor de la II Guerra Mundial como trasfondo histórico) regido por una figura a la que llaman El Dictador, sin más nombre ni más historias. Como habéis visto, no me he atrevido a mencionar de un modo directo el conflicto mundial como base para esta República. ¿Por qué? Porque precisamente el gobierno de la República hace lo que suele hacer cualquier gobierno autoritario con su pueblo, que es mentir acerca de la historia: de ahí que, por muchos datos que tengamos acerca de "El Programa", se nos den datos contrarios como que El Dictador regente es el número 317.
Este Japón autoritario se caracteriza por un fuerte aislamiento del resto del mundo, con un aparente interés por ensalzar la cultura patria (por "Patria" se entiende lo oriental, ya que en la novela se menciona explicitamente que se considera a China como "Parte fundamental de nuestra patria", tal y como se ve en la página 29 de la edición española de Booket) y denostar cualquier elemento cultural que provenga del extranjero, como es el caso de la música rock, que se convierte quizás en el ejemplo más evidente que podemos encontrar en la novela.


¿Quedarse dormido en un autobús? En Battle Royale esto es un error que se paga caro.
Muy caro.


De todo este trasfondo, el factor más importante es lo que se conoce como "El Programa", a secas. Iniciado (supuestamente) en 1947, consiste en seleccionar a cincuenta clases de secundaria de toda la República y, por sorteo, se las obliga a participar en lo que se supone que es un experimento por motivos científicos. En dicho Programa, se toma a una clase y se la lleva a un entorno aislado y vigilado (por ejemplo, una isla); una vez allí, se les colocan unos collares de rastreo, se les da un kit de supervivencia con un arma aleatoria (nótese el humor negro del gobierno al añadir un Bonus Especial en una de ellas, como si se tratase de un videojuego) y se les obliga a matarse los unos a los otros en un plazo máximo de veinticuatro horas, hasta que solo quede uno. Si esto no sucede, una carga explosiva alojada en los collares detonará, matando a todos los supervivientes. Lo mismo sucederá con todos aquellos que intenten huir de la zona acordonada o los que intenten quitarse los collares. Por último, cada área destinada al programa estará dividida en subzonas, que obligarán a los estudiantes a moverse cada dos horas, ya que en este espacio de tiempo, se informará de ciertas de estas subzonas estarán marcadas como "prohibidas" y el collar del estudiante detonará si se encuentra en alguna de estas. Así se garantiza el constante movimiento y se evita que haya quien se esconda para ganar el juego a base de esperar a que los demás se maten.


Mapa de la isla, con el listado de zonas prohibidas.


He mencionado arriba que "se supone" que el objetivo del Programa es con fines científicos. En realidad, esto es una verdad a medias: es falso el hecho de que esto se haga en plan experimento, pero sí tiene un fin científico. Más concretamente, sociológico. A lo largo de toda la novela, el lector puede preguntarse por qué un estado totalitario sacrifica cada año a una inmensa cantidad de estudiantes, que podría emplear como perfectos engranajes para la maquinaria de la República. La respuesta la tenemos hacia el final de la novela, donde se nos manifiesta el impacto psicológico que tiene ver al ganador de cada Programa en televisión, triunfante (o desquiciado): un estado que inculca la desconfianza y la traición al compañero sobre el pueblo es un estado que puede dormir tranquilo porque sabe que jamás habrá una revuelta organizada que temer. Como segundo motivo, más sutil y colateral, tenemos el factor miedo, que también hace lo suyo: un gobierno que obliga a su pueblo a hacer eso es un gobierno que impera por el miedo. El que le dice al ciudadano "Hacemos esto con vuestros hijos porque podemos, así que agacha la cabeza y obedece".


En la película, sin embargo, el objetivo es diferente: se promulga la ley BR ("Battle Royale", aunque en la novela esto no es más que un concepto para explicar que todos deben matarse entre ellos y ya está) que se utiliza para limpiar un sistema educativo en el que los estudiantes tienen carta blanca para hacer lo que les da la gana.


Y es en esta en la que se mete la clase de 3ºB del instituto Shiroiwa, de la ciudad de Shiroiwa, en la prefectura de Kagawa, lo que nos lleva directos al argumento en sí de la novela. Dividida en cuatro partes (más una introducción, un prólogo y un epílogo), se nos van a contar las peripecias de los últimos días de vida de los cuarenta y dos estudiantes de esta clase. Sí, amigos, cuarenta y dos. Cuarenta y dos personajes que son presentados en un capítulo 0 de apenas quince páginas, según la edición española. Esto, contado de esta manera, puede dar sensación de atropello o quizás falta de definición; me ha parecido correcto resaltar con énfasis este capítulo, porque el autor consigue justo lo contrario: con apenas unas pinceladas, va sentando las bases de lo que viene siendo una clase entera, con sus subgrupos y sus relaciones entre ellos. Sin entrar en demasiados detalles (más que nada porque estos se irán aportando a lo largo de toda la novela), vamos viendo a través de los ojos de uno de los personajes principales, Shuya Nanahara, cómo es su clase y quién es quién. A esto acompaña el detalle de que, antes de la historia en sí, la edición española nos hace el favor de ponernos una dramatis personae con los nombres de cada alumno, divididos en chicos y chicas. Dejo abajo la lista, con el arma asignada a cada personaje, a fin de facilitar la identificación de cada uno en el artículo:

Chicos:

1. Yoshio Akamatsu- Ballesta
2. Keita Ijima- Cuchillo de cocina
3. Tatsumichi Oki- Hacha
4. Toshinori Oda- Chaleco antibalas
5. Shogo Kawada- Escopeta recortada Remington M31
6. Kazuo Kiriyama- Cuchillo
7. Yoshitoki "señor Nobu" Kuninobu- (NO)
8. Yoji Kuramoto- Daga militar cubierta de óxido
9. Hiroshi Kuronaga- Abanico de papel
10. Ryuhei Sasagawa- Uzi Ingram M10
11. Hiroki Sugimura- GPS que marca la posición de cada collar
12. Yutaka Seto- Tenedor
13. Yuichiro Takiguchi- Bate de béisbol
14. Sho "Zuki" Tsukioka- Pistola Derringer 22 Double High Standard.
15. Shuya "Wild Seven" Nanahara- Navaja de la armada suiza
16. Kazushi Niida- Banjo japonés
17. Mitsuru Numai- Pistola Walther PPK de 9 mm.
18. Tadakatsu Hatagami- Revolver Smith & Wesson M19 357 Magnum
19. Shinji "El Tercer Hombre" Mimura- Beretta M92F
20. Kyoichi Motobuchi- Revolver Smith & Wesson Chief's Special 38
21. Kazuhiko Yamamoto- Revolver Colt Python 357 Magnum


Chicas:

1. Mizuho Inada- Cuchillo de doble filo
2. Yukie Utsumi- Pistola Browning High Power 9mm
3. Megumi Eto- Cuchillo de submarinista de doble hoja
4. Sakura Ogawa- (DESCONOCIDO)
5. Izumi Kanai- Bombas con temporizador
6. Yukiko Kitano- Diana con dardos
7. Yumiko Kusaka- Granadas de mano
8. Kayoko Kotohiki- Pistola automática Smith & Wesson M59
9. Yuko Sakaki- Telescopio desplegable. Cuenta con un BONUS, que es una redoma con cianuro de potasio.
10. Hirono Shimizu- Pistola reglamentaria de la Policía Smith & Wesson .38
11. Mitsuko Souma- Hoz
12. Haruka Tanizawa- Porra
13. Takako Chigusa- Picahielos
14. Mayumi Tendo- Nunchaku
15. Noriko Nakagawa- Boomerang
16. Yuka Nakagawa- Pistola CZ75
17. Satomi Noda- Ametralladora UZI de 9mm
18. Fumiyo Fujiyoshi- (NO)
19. Chisato Matsui- Pistola semiautomática Luger P08 de 9mm.
20. Kaori Minami- Pistola automática Sig Sauer P230
21. Yoshimi Yahagi- Pistola Colt 45


Aquí, la pandilla, según la caracterización del cómic.
Por cierto, el autor de éste fue el propio Takami.


Es precisamente en esta lista donde puede notarse un elemento notable en la novela, que es el de la paridad: si bien la clase cuenta con el mismo número de varones que de chicas, vamos a encontrar que, intencionadamente o no, hay un elemento de paridad de género entre ellos. El ejemplo más claro se ve al principio, donde en la presentación de la clase al Programa, mueren dos alumnos antes de que éste comience; curiosamente, ambos son chico y chica (Yoshitoki Kuninobu y Fumiyo Fujiyoshi, respectivamente). Esto no pasaría de anécdota si no nos fijásemos en que las siguientes muertes se producen de modo casi alterno. Véase como Yoshio Akamatsu (varón) abate a flechazos a Mayumi Tendo (chica) y luego él a su vez es abatido por Kazushi Niida (nuevamente, varón).
Incluso a la hora de catalogar a los personajes en su rol jerárquico dentro de la clase, hallamos similitudes: por ejemplo, si bien tenemos un grupo de delincuentes varones (encabezado por Kazuo Kiriyama), vamos a encontrar también una contrapartida femenina, liderada por Mitsuko Souma. De todos los estudiantes que participan en el Programa, hay dos que se suicidan; estos resultan ser una pareja (Sakura Ogawa y Kazuhiko Yamamoto), con lo que tenemos nuevamente una paridad. Incluso encontramos un delegado varón (Kyoichi Motobuchi) y una delegada chica (Yukie Utsumi). No sé si esto es cosa de la novela o en Japón es realmente así (si alguien lo sabe que me lo aclare, por favor), pero en cualquier caso sigue aportando su granito de arena a la idea. Esta paridad, poco a poco, irá desapareciendo a lo largo de la novela, en el momento en que ciertas tramas van tomando cuerpo y la acción se va desarrollando.


De hecho, tarda poco en empezar a desarrollarse: no empieza el Programa y ya cuentan con dos menos.


A lo largo de la historia vamos descubriendo cómo funciona la ecología particular de la clase: en cada capítulo se nos va contando un poco de cada uno de los personajes y cómo ve a los demás, de forma que puede decirse que uno de los puntos de mayor fuerza de la novela es precisamente ese concepto coral y ese trazado de cada una de las personalidades. ¿Es esto impecable? Lamentablemente no, porque si bien Takami consigue algo harto difícil (identificar a cuarenta y dos estudiantes, con el agravante cultural de que sus nombres nos pueden resultar algo complicados de retener si no estamos muy puestos en eso de la morfología oriental y evitar caer en el tópico de que "todos aquellos que forman parte de un mismo grupo son iguales"), su trazado de personajes también tiene sus sombras: de todos estos personajes, encontramos que a menudo resultan más creíbles y coherentes los secundarios (aquellos que "hacen bulto" y que aparecen para caer a manos de personajes con algo más de peso) que la mitad de los principales: pongo los ejemplos más claros en Yoshio Akamatsu, que es el primero en iniciar la cacería. Si bien éste había sido descrito por sus compañeros como un tipo pacífico hasta lo indecible y para nada violento (lo que causa la primera gran sorpresa durante el Programa), es en el capítulo dedicado a él cuando esto aparece justificado de un modo quizás no del todo original, pero sí terriblemente coherente: Yoshio había sido víctima de abuso escolar durante años a manos del grupo de Kazuo Kiriyama, por lo que esta pandilla encabezaba su lista; por otra parte, los demás para él no eran inocentes, ya que cuando sufría abusos sus compañeros eran silenciosos testigos de ello sin hacer nada. No es de extrañar, por tanto, que el amigo Akamatsu solo necesite que le den una ballesta para cargarse al primer hijoputa que salga de la escuela. Otro caso digno de mención es el de Yuko Sakaki, que había sido víctima de malos tratos por parte de su padre. ¿Justifica Takami al personaje como violento por haber sufrido violencia? En este caso, evita el tópico y le da la vuelta: al morir su padre, ella descubrió la paz. Por tanto, tiene sentido que si a Yuko se le acerca alguien a quien ella ha visto matar a un compañero (aunque sea en defensa propia), su primera reacción sea acabar con él para asegurar la paz en su entorno. El tercer gran ejemplo puede verse en Kazushi Niida, que es experto en justificar toda mala acción que comete echando la culpa a los demás, por aberrante que esta resulte.


A por ellos, Yoshio.


En el caso de los personajes principales, esta coherencia se ve bastante diluida, mostrándonos bien personajes demasiado "Perfectos" (véase el caso del todopoderoso Shinji Mimura) o demasiado pasados de vueltas en su maldad (Mitsuko Souma es el mejor ejemplo, que empieza como un personaje de notable magnetismo hasta acabar convirtiéndose en un cliché andante; sus subalternas, por otra parte, no corren mejor suerte: cada una tiene una historia diferente, lo que es de agradecer, pero tienden a caer en tópicos bastante trillados). En el grupo protagonista (o mejor dicho, el grupo más "principal" de entre los "principales") nos sucede tres cuartos de lo mismo: por un lado tenemos un Shogo Kawada al que se nos muestra como una especie de Rambo que sabe un poco de todo y que a veces hasta adivina cosas que hemos visto por medio de otro personaje y que él, casi por el morro, teoriza con curiosa precisión. Sin embargo, Takami logra con él quizás el personaje más redondo de toda la novela, ya que esto al menos tiene una justificación medio creíble, y es que, debido a que ha sido el ganador del año anterior y que lleva desde entonces planificando su venganza contra el gobierno, se ha estado preparando a lo bestia para convertirse prácticamente en un terrorista.
Por otro lado, tenemos a Shuya Nanahara, que aparece como el protagonista de mayor peso en la novela (la mayor parte de capítulos pertenecen a su punto de vista) pero que se queda un poco en agua de borrajas. Si bien al principio se nos muestra como un personaje dotado de cierto carisma entre sus compañeros, eso de ser el aflojabragas oficial de la clase (sin saberlo) llega un momento en que se repite bastante, llegando casi casi al punto de convertirse en un Gary Stu por mérito propio: huérfano, atractivo, con un amor platónico que le hace ignorar a cualquier otra chica y con un rollito rebelde (toca rock en la guitarra eléctrica a escondidas). Lo salva el hecho de que es de todo menos perfecto (de hecho, se lleva hostias como panes constantemente) y de que empieza como un idealista y acaba la novela bastante embrutecido.


Mitsuko Souma en la peli.
Acojona, troncos, acojona.


Sin embargo, la joya de la corona en cuanto a personajes insoportables y con un déficit de collejas por panoli es, sin lugar a dudas, Noriko Nakagawa. Espero que podáis perdonar mi aparente falta de objetividad a la hora de describirla, pero creedme que he intentado empatizar con el personaje y encontrar su utilidad en la novela desde que el personaje empezó a aparecer hasta el final del libro.
Lo siento.
He fracasado miserablemente, porque no he encontrado nada.
Aparte de ser la típica tía pava lloriqueante que puede inflamarle las bilis a cualquier bicho con sangre en las venas, es un personaje que destaca por no hacer absolutamente nada que no sea lastrar a Shogo y Shuya, que por lo menos se ve que intentan sobrevivir: Noriko se dedica a hacer de damisela en apuros de ojitos entornados, mirada perdida y rostro inexpresivo desde el momento en que recibe un disparo en la escuela, unos minutos antes de que el Programa comience. A partir de aquí, todo en ella es supervivencia cero: una cosa es que alguien no tenga mucha idea de primeros auxilios, pero es que Noriko invierte el concepto, le da la vuelta y se mea sobre él para convertirse en un pelele dependiente de cualquier cosa con patas que pase a su alrededor y sea incapaz hasta de taponarse la sangre con un trozo de tela. Esta cojera no hace más que lastrar a sus compañeros, incluso cuando Shogo le cose la herida. ¿Cómo? Cogiendo lo que podría ser un bonito resfriado, que para una chica pav... digooo, fina y delicada debe tener el mismo efecto que la puta fiebre amarilla. Se recupera, sí, pero para no hacer nada precisamente digno de mención: en seiscientas ochenta y tres páginas de edición española, solo se la ve empuñando un arma un par de veces. Disparándola, la mitad, y hacer algo que no sea gastar munición, ninguna. De ella prácticamente no sale ni una sola idea inteligente, lo que hace pensar que es una pena que haya habido tantos y tantos personajes, más interesantes, astutos o al menos con iniciativa que mueran, mientras que ella sobrevive básicamente gracias a que ha tenido la potra de dar con quien ha dado. Para colmo, cada vez que abre la boca es para hacer de reina del drama con frases del tipo "No os arriesguéis por mí", "Estoy bien (pero a punto de desmayarme)" o su absolutamente insufrible discurso sobre la bondad humana, en el que viene a decir que en su país la gente no es pasiva y que si no hay una revolución es porque no se han enterado del sistema en el que viven.


Noriko Nakagawa y su expresión habitual de "Vivo en un mundo de piruletas". Hasta aquí, normal. Lo malo es que da la misma impresión de vivir en ese mundo de piruletas mientras el personal se está matando a lo bestia a su alrededor...


Ante esto hay que decir que al parecer el propio Takami ha declarado alguna vez basar su elenco de personajes en arquetipos, lo que no tiene por qué ser necesariamente malo a la hora de asignar roles. Esto, como comento (y resumo el párrafo anterior) sirve al autor para crear personajes fáciles de identificar, cosa que logra con la mayor parte de un reparto tan extenso. Con otros, quizás el arquetipo se pasa al tópico y el concepto resulta en una falta de credibilidad del personaje. Es un poco el caso con Kazuo Kiriyama, que tiene un arranque demoledor (matando a sus propios compañeros a sangre fría), pero que fracasa estrepitosamente en el momento en que abre la boca y suelta frases tan evidentes como "Algunas veces no distingo lo que está bien de lo que está mal" (página 114 de la edición española de Booket). Si analizamos la escena en que esto sucede (en el capítulo 11), nos damos cuenta de que este discursito de psicópata sobra por completo, ya que vemos la escena desde los ojos de Mitsuru Numai, uno de sus subalternos que profesa una profunda devoción hacia él: solo con mostrarnos cómo éste ve a su héroe particular habiendo matado a sus compañeros y mostrar en su rostro que no le importa ya tenemos el drama perfectamente establecido. Lo que suelta Kazuo por la boca no pasa de villanía de opereta, y no mejora cuando nos lo justifican con el hecho de que sufrió una lobotomía de pequeño a causa de un accidente de coche cuando todavía estaba en el útero. Una serie de tópicos que, a mi juicio, no hacían falta con semejante tarjeta de presentación, y que hacen que el personaje sufra unos altibajos tremendos: por un lado, lo vemos acribillar sin compasión a dos compañeras, pero por otro tiene el punto "psicópata ninja" de cualquier slasher y es capaz de meterse en un urinario vigilado para desaparecer sin dejar rastro, no sin ello cargarse al fulano que lo estaba vigilando de una forma especialmente sigilosa y, ya puestos, ir caminando contra el viento. Eso y que la batalla final contra él está alargada hasta lo indecible hacen que la intención de mostrar como MUY CHUNGO a un personaje que ya habla por sí solo juegue en su propia contra.


Esta es la guisa que gasta Kazuo en la peli.
No, nosotros tampoco sabemos qué le ha pasado a su pelo.


El segundo caso de arquetipo mal llevado lo encontramos con Mitsuko y su banda: si bien el concepto de marginalidad en un estado totalitario puede medio funcionar, el hecho de que las delincuentes de la clase sean a la vez prostitutas y tengan incluso algún lío con drogas y con la yakuza (todo a la vez) resulta ya tan pasado de rosca que cuesta creérselo. Al igual que Kazuo, Mitsuko empieza muy bien, mostrándose como un personaje muy hábil para fingir ser lo que no es y manipular las emociones de la gente que la rodea. Esto funciona en varias ocasiones, especialmente en su primer encuentro con Megumi Eto (Capítulo 13) y, con mucho mayor énfasis, en el capítulo 56, donde se las apaña para encontrar los puntos débiles en la alianza entre Yuichiro Takiguchi y Tadakatsu Hatagami y hacer que se enfrenten entre ellos. El mayor despropósito del personaje quizás aparece en el momento en que se enfrenta a Kazuo Kiriyama y pierde la vida de una forma tan rápida como decepcionante; no por el hecho de perderla rápido en sí, sino por el hecho de que prácticamente TODO el trasfondo y el pasado del personaje de Mitsuko se revelan en apenas una página, de una forma atropellada y cargada de tantos tópicos que lo único que puede pensar un lector con un cierto sentido crítico es "Venga, cuéntame más cosas malas que ha hecho la moza, porque lo único que le ha faltado es dedicarse a poner bombas por toda la prefectura solo por divertirse".


"¡Muajajajajaja, temedme, soy chungaaaa!"


El tercer arquetipo pasado de rosca es Kinpatsu Sakamochi, el instructor del juego. O, mejor dicho, el oficial al mando de tener a los estudiantes bajo control mientras el Programa está en curso. Hay que mencionar el hecho de que este personaje se llama de una forma muy parecida a la del profesor que sale en una famosa serie japonesa, el Kinpachi Sakamoto de Kimpachi-sensei. De ahí que, cuando éste dé su nombre, Shuya piense que está de cachondeo. Este detalle ha sido omitido en la traducción al castellano de Booket, por lo que se pierde un poco de contenido de trasfondo acerca de lo que se dice.
De todos los personajes basados en arquetipos, puede decirse que éste es, con mayor diferencia, el más artificial y pasado de vueltas de todo el reparto. Si bien ya nos quedaba claro que el sistema totalitario de la República era bastante chungo, lo último que hacía falta era ponernos a un funcionario del Estado que es malo y se mola a sí mismo por lo malo que es. Kinpatsu es feo, grotesco, repulsivo y le falta llevar el cartel de "Hey, chavales, mirad qué malo malísimo que soy". Sus dosis de crueldad (que, por cierto, sí veo medianamente lógicas y coherentes en un personaje que no tiene por qué tener una restricción moral a sus actos dada su condición de agente estatal) aparece velada por unos diálogos, si cabe, son más de opereta que los de Kazuo Kiriyama. El caso más flagrante se puede encontrar, casi con toda seguridad, en el capítulo 4 (en la edición española de Booket, el fragmento se encuentra en la página 58). En esta escena, Shuya Nanahara y su compañero de orfanato, Yoshitoki Kuninobu preguntan acerca de lo sucedido a la mujer que cuidaba de ellos de pequeños, la señorita Anno. Cito la respuesta que da Sakamochi a continuación:

"—Bueno (...), no se mostró muy cooperativa. Ninguno de los dos [se refiere también al señor Hayashida, profesor de la clase] aceptó vuestro reclutamiento, así que con el fin de silenciarla tuve que... —dijo Sakamochi tranquilamente— violarla. Oh, no os preocupéis, no creo que muriera".

Tiene sentido que un personaje tan cabrón haga algo así. Tiene sentido también que en un estado totalitario se permitan (e incluso se ordenen) esas cosas. Digamos que todas estas cosas entran dentro de lo que sería coherente en el contexto. Lo que no lo es es la forma tan artificial y forzada de hacerlo, a la que le falta añadir un "MUAJAJAJAJA" para subrayar lo malo malísimo que es.


Este tío tan horrendo es Yonemi Kamon, la contrapartida del cómic de Kimpatsu Sakamochi. Su descripción es prácticamente igual, descontando que el instructor de la novela tenía el pelo largo. En la peli este personaje es sustituido por Kitano, antiguo profesor de la clase, y encarnado por el famoso actor y director japonés Takeshi Kitano.


Los dos ejemplos siguientes se encuentran especialmente en Shinji Mimura, que es un Don Perfecto de libro, y en Sho Tsukioka: el primero es un cruce entre McGyver y el protagonista de V de Vendetta, que lo mismo te sabe hackear un sistema que construirte explosivos. Da unos discursos que te cagas sobre política y encima es un tío genial. Lo realmente curioso es que, por sí solo, el personaje (para variar y oye, gracias) no resulta prepotente y casi casi le consientes que sea un crack sobre cualquier cosa que haga, de modo que debería funcionar. El problema es que tenemos al lado a Yutaka Seto, tocándole las palmas todo el rato cual Doctor Watson y admirándose de lo mucho que sabe su amigo y de lo poquito que vale él en comparación (vale que el chaval haya pasado de ser el gracioso de la clase a convertirse en un Don Nadie en el juego, pero esa actitud de boca abierta ante lo chuliguai que es su amigo le hace un flaco favor de cara al lector, que puede llegar a hartarse de tanto "Eres tremendo, Shinji"). De esto que dices "Mira, dejad al chaval hacer lo que tenga que hacer y que se calle de una vez el pelotilla que tiene al lado, por favor".
Por lo que respecta a Sho Tsukioka, es un personaje que sencillamente resulta complicado de creer: el tópico del homosexual metrosexual de conducta enfermiza ya está trillado, pero ese punto de narcisismo sin causa roza lo directamente irrisorio: frases como "Qué guapo soy", soltadas a cascoporro y sin venir a cuento, son de las que pueden sacar de la novela a cualquier lector que tenga la simple noción de que una persona homosexual es alguien que siente atracción por personas de su mismo sexo y no un conjunto de tópicos con patas.


Sho Tsukioka en el cómic. No es que salga mucho mejor parado en cuanto a caracterización, la verdad...


Con esto no me gustaría que se me malinterpretase: con esto no digo que el tratamiento de personajes en general sea malo. Contad los personajes cuyo tratamiento no me parece del todo redondo (o topicazo andante, si queréis) y comparadlos con el conjunto total del reparto y veréis que la proporción es increíblemente baja (no llega ni a una octava parte, lo que dice mucho del amplio abanico de personajes y de estratos sociales que se representan). Insisto en mi idea de que los personajes secundarios, sus historias de fondo y las relaciones interpersonales con sus compañeros, tanto dentro como fuera (gracias a una infinidad de comentarios y algún que otro flashback) son las que realmente dotan a la novela de gran parte de esa fuerza que posee. Más, si contamos con el hecho de que Takami contaba con un elemento en contra a la hora de caracterizar a sus personajes: todos llevan el uniforme de la escuela, con lo que la descripción física ya se veía limitada. Sin embargo, se las apaña para dotar a cada uno de una personalidad o unos rasgos lo bastante identificables para describirlos (sin necesidad de tener que entrar en el color de pelo o de ojos, que habría sido el recurso fácil de un autor occidental, dicho sea de paso).


Un buen ejemplo en la novela puede ser Takako Chigusa, que aparece descrita como una chica de aspecto especialmente estrafalario, con toda clase de pulseras y brazaletes en las muñecas, uñas muy largas y peinados con mechas de color naranja. También, al igual que la mayoría de sus compañeros, se define por la actividad que mejor se le da. En su caso, atletismo.


Otro ejemplo de personaje equilibrado: Hiroki Sugimura, que cuenta como uno de los "principales". Bien no puede tener la motivación más original del mundo. Bien puede pasarse toda la puñetera novela dando vueltas de un lado para otro. Sin embargo, no resulta ni carente de profundidad, ni pierde credibilidad.
Y hasta hace unas cuantas cosas bastante útiles.



Pasando al tema del estilo, hay que decir que es otro rasgo a favor: la prosa de Takami en esta novela se caracteriza por ser bastante espartana en cuanto a descripciones y figuras narrativas: no estamos ante una historia excesivamente descriptiva ni recargada en elementos metafóricos, aunque no escatima en detalles a la hora de presentarnos la vida de algún personaje. De hecho, usa un narrador totalmente omnisciente, donde se nos cuentan cosas que los personajes no saben ni tienen modo de saberlo (pongo el ejemplo de Mizuho Inada, que había comprado un colgante creyendo que era de cristal de roca, pero nunca llegó a descubrir que no era nada más que de vidrio). Otro de los grandes recursos que respaldan la lectura es un constante uso del cliffhanger que, combinado con la narración coral, hacen que al terminar cada capítulo el lector tenga ganas de saber qué ha pasado a... bueno, a todos.
Encontramos un notable uso de la ironía, especialmente acusado en la forma de morir de algunos personajes, que podría resumirse con el axioma "Así vives, así mueres": por ejemplo Sakamochi muere con un lápiz clavado en la garganta (había sido amenazado al principio de la novela con ser asesinado con un lápiz, solo que en el pecho). Tadakatsu Hatagami, miembro del equipo de béisbol, muere apaleado hasta la muerte con un bate y Kazuo Kiriyama muere de un tiro en la cabeza tras haber sufrido un accidente bastante aparatoso con un coche (de pequeño había sufrido una lobotomía precisamente tras un accidente).
Las referencias intertextuales, por su parte, aparecen reflejadas con mayor énfasis con canciones de rock, haciendo referencia a autores como Billy Joel o Bruce Springsteen, entre otros, lo que sirve para poner de manifiesto esa rebeldía del personaje (y del autor, como ya se verá más abajo, en el apartado referente a simbología) hacia una sociedad marcada por un chovinismo tan patente.


Mizuho en el cómic, dándole la castaña a Kaori Minami y Megumi Eto con sus historias de fantasía pura y dura sobre la sagrada tribu Dikianne.
Esta también vive en un mundo de piruletas, pero por lo menos resulta más interesante que Noriko.

El uso de la simbología no es tan patente, pero no por ello brilla por su ausencia. Si por un lado tenemos alguna que otra escena suelta, como la de la mesa de comedor del capítulo 62, donde una mancha de sangre semejante a la bandera de la República se emborrona para parecerse a la americana (lo que se podría interpretar como un Imperio que acaba por parecerse a otro, su peor enemigo, a costa de enviar a sus hijos a la muerte), podemos decir que el Programa mismo es un símbolo de esa sociedad constreñida y basada en la competición que atenaza el Japón que conocemos. Con Battle Royale Takami parece decirnos que puede que Japón no envíe a sus hijos a matarse entre sí de modo literal... pero sí lo hace por medio de un sistema educativo basado en una competitividad enfermiza, donde el fracaso es una deshonra y donde la alienación y la obsesión por formar parte de un movimiento (por estrafalario que sea) se convierten en el único modo de existencia para millones de jóvenes en el país. Crear una sociedad cuyos valores son ganar a toda costa y eliminar a la competencia aunque ello suponga apuñalar por la espalda a un amigo, nos advierte Takami, aplasta toda esperanza. Todo rasgo de humanidad. Nos convierte en robots y anula por completo nuestra empatía. Por eso, quizás, gente como Shogo Kawada, que juran a toda costa aplastar esa tiranía y esa hegemonía de la traición, son vistos como seres extraños o marginales. Gente que se plantea a primera vista como personas que no son de fiar, y que nos sorprenden con un sentimiento de humanidad tan grande como para unirse a Shuya y Noriko, por un motivo tan simple como decir: "Es un gran alivio encontrar gente que todavía es normal" (capítulo 17, página 158 de la edición española de Booket), en el momento en que encuentra a dos compañeros de clase que han rechazado participar en el juego porque no consideran lícito matar a nadie.


Shogo está para pocas tonterías.


Quizás es por eso por lo que el final no es tan optimista como se puede pensar a primera vista: como mucho, falla en una única idea (mostrar un gobierno totalitario que reconoce que se le han escapado dos estudiantes del Programa, como poco, resulta inverosímil: quizás habría tenido más sentido que tapasen esa verdad a la luz pública y que los vendiesen como "dos fugitivos", sin dar más detalles) esa esperanza representada por Shogo Kawada muere tras una victoria pírrica (logra vengarse de Sakamochi, pero es obvio que habrá otros Sakamochi para otros alumnos) y deja el testigo a Shuya y Noriko, que en realidad no son más que dos meros aprendices sin rumbo, o mejor dicho, dos veletas: Shuya ha pasado de vivir admirando a Shinji Mimura (una figura de marcada seguridad en sí mismo) para admirar a Shogo Kawada (de seguridad, como mínimo, a la par), pero sus motivaciones y sus recursos no son ni de lejos tan completos como los de sus héroes. Noriko no pasa de comparsa femenina a la que hemos visto ir de acá para allá sin rasgo alguno de iniciativa propia, lo que nos da a pensar que ese sistema totalitario que nos gustaría que fuese derrocado (o esa sociedad enfermiza basada en la competición, si miramos más allá de la simbología) tendrá que esperar a que algún Kawada con más suerte o mejores recursos reviente ese país... porque la esperanza que Shuya y Noriko nos dan es la de un idealista vacío, que sigue un ideal con más corazón que cabeza.

domingo, 16 de febrero de 2014

Spanish Bizarro- Épica Odisea de un sordete en apuros




No es ningún secreto que el fulano que os escribe estas líneas se está quedando más sordo que un calcetín. De hecho, tampoco es una novedad ni nada que un servidor no supiera, ya que me hice mi primera audiometría allá por 2000, y ya me vinieron a decir que todo lo que tengo de canijo lo tengo de sordo. La posible explicación que me dio mi primer otorrino fue que el asunto se debiese a una lesión hereditaria en el nervio acústico, ya que mis tímpanos (cito textualmente) "son de revista".
No, yo tampoco quiero pensar mucho en la clase de revistas que leería el buen hombre mientras estaba plantando un pino tras la comida.

El caso es que pasan los años y la cosa, como supuestamente genética que es, va a más, hasta ese momento en que me presento a un examen de certificación de idiomas y la prueba de listening ya me la podían haber puesto en chino, que yo no oía una mierda. Ante esa movida, comento el tema por casa y vamos planteando la idea de volver a hacerme una nueva audiometría para ver si la cosa ha empeorado, que todo puede ser.
Pido cita en un famoso centro de salud de mi ciudad y veo que la prueba va a tardar un par de meses o así. No es que tenga prisa, pero me encuentro con los padres de una amiga de la familia, que me recomiendan la consulta de un doctor que, para mayor comodidad, trabaja a unos veinte minutos de mi casa a pie, por lo que me digo que no tengo mucho que perder y siempre viene bien tener un par de opiniones.

Este doctor, condenadamente serio, pero bastante apañado, me realiza la primera audiometría en unos catorce años y me confirma que, efectivamente, tengo una caída de mis frecuencias agudas bastante severa. En pocas palabras, puedo escuchar cómo eructa una vaca, pero si suena el timbre de mi teléfono, ni zorra. Visto el plan, me sugiere la idea de plantarme unos audífonos e incluso la de poder ir pidiendo una minusvalía, ya que considera que mi grado de sorduna es lo bastante galopante como para ello. No es que uno vaya pidiendo pasta por estar más sordo que una tapia; en realidad lo planteaba más bien para eso de hacer algún otro examen con listening y que hubiera constancia de que, más que no oír en inglés, es que no oigo bien, ni en inglés ni en español.



"¿Ha dicho 'Fuck'? ¿Eso lo pueden decir en un examen?"
"No, ha dicho 'Luck', so mal pensao"


Total, pasan unos meses y empezamos a mosquearnos por casa porque lo que es la cita para la otorrino de la Seguridad Social, como que no llega. Sabemos que las cosas con la sanidad pública van despacio, pero esto huele a que se están pasando, así que llamamos por teléfono. Nos confirman que, por algún motivo, esa cita se había perdido y no nos habían llamado, así que nos toca concertarla de nuevo. Por suerte, no tardan más de la cuenta y me llaman en poco tiempo. Me hago aquí una segunda audiometría, donde ya empezamos con cosas un poco extrañas, que reproduzco en este diálogo para que juzguéis vosotros si esto os ha pasado alguna vez:

—Hola, buenas —digo, al llegar —vengo a hacerme la audiometría.
—Muy bien —responde una enfermera —, pasa, pasa a la cabina.

Paso a la cabina. Para los que no os hayáis hecho nunca una, es como una especie de TARDIS del Doctor Who, solo que es tan pequeña por dentro como por fuera. En el interior tienes unos auriculares y un mando muy parecido al del juego Buzz. Tienes que apretar el pulsador del mando en cuanto detectas un pitido. En realidad, es una prueba bastante divertida.

—Si quieres, puedes dejar tu abrigo y tu mochila en esta silla —continúa la enfermera.
—Vale.
—¿Todo bien?
—Sí, gracias.
—Si quieres, puedes quitarte algo más. El jersey o lo que quieras.
(Un segundo o así de incómodo silencio)
—Estoy bien, gracias.



Mi cara fue tal que así.


Tras este extraño episodio, llevo a cabo mi audiometría y la simpática enfermera me confirma que, efectivamente, tengo una caída de la hostia en mis frecuencias agudas. Le pregunto si tiene alguna idea de por qué puede deberse. Ya me habían dicho lo del nervio acústico en su día, que quedaba como "Versión oficial", pero ya que estaba, preguntaba. Ella, muy honesta, me dice que no me lo puede decir con seguridad, ya que no es más que una audiometría y que no se atreve a darme un diagnóstico. Ya me llegará la cita con la otorrino.

Algún tiempo después, conozco a la otorrino. Casi tan seria como el doctor que me hizo la primera de mis audiometrías más recientes, me dice que efectivamente tengo una pérdida de audición severa y tampoco le parece mal eso de ponerme cacharritos en el interior de mis orejitas. Para estar más seguros de todo, me comenta, me manda una resonancia. Para ver cómo está la fiesta ahí dentro, se entiende. También coincide en que esto debería certificarse por alguna parte porque mi oído (al igual que dijese el médico anterior) mostraba un envejecimiento prematuro.
Pues muy bien.

Pasa algo de tiempo más mientras uno espera a que lo llamen para hacerse la resonancia. Cuando lo hacen, le dicen que tiene que estar el día X a las once y pico de la noche en una clínica para la prueba. Te quedas un poco hecho polvo al enterarte, pero por lo visto las colas son algo largas y te colocan donde pueden. "Hasta las doce y pico nos hemos quedado haciendo resonancias", nos comentan cuando llamamos para confirmar la cita.
Así que nada, se presenta uno en la clínica y rellena un formulario bastante extenso donde te preguntan de cuarenta mil millones de formas si tienes algo metálico alojado en el cuerpo. Yo respondo que "No" a todo: a menos que tenga alojado un cacho de aguja de alguna operación previa casi cinco años atrás, que yo sepa no tengo más metal en el cuerpo que el que me meto por las orejas cuando pongo el equipo de música.



Es verdad que suelo tener canciones de los Judas Priest berreándome en la cabeza varias horas al día, pero no sé si eso cuenta como "Tener piezas de metal alojadas en el cuerpo"...


Me meten en el tubo. El tío que lleva el asunto no parece mucho más mayor que yo, es bastante simpático y me explica cómo funciona el trasto en el que me voy a meter. Para aquellos que no lo hayáis visto nunca, es un cruce entre lavadora gigante y máquina del tiempo futurista. Según me explica mi anfitrión, esto viene a ser un imán de los grandes, que desprende un campo electromagnético de la hostia. Me explica con bastante detalle cómo funciona el cacharro mientras yo me voy quitando los tenis y cualquier otra cosa metálica que pueda llevar en la ropa.
La prueba en sí no es apta para claustrofóbicos, ya que te tumban, te colocan una especie de escafandra alrededor de la cabeza y te meten dentro del tambor de la lavadora. Por suerte, no da vueltas, pero hace un ruido que ríete tú de los Motörhead en directo. De hecho, a mí me ponen dos tapones en los oídos y, pese a eso, el repertorio de zumbidos me deja bastante desorientado. Son unos dieciocho minutos (seis tandas de tres minutos) oyendo MEC MEC, BLEEEERRRPPP y cualquier otra onomatopeya de cómic de ciencia-ficción que se os ocurra. Para más inri, mi cuello anda en una posición incómoda (yo y mis cervicales, vieja historia) y me veo obligado a mover la cabeza un par de veces. El encargado de realizarme la prueba me pregunta cómo ando y le pido parar un minuto para tomar el aire. Entre el cuello, las fuertes vibraciones y los ruidos siento como si tuviera el cerebro dentro de una puta montaña rusa. Salgo y el tipo me comenta que de momento la cosa ha salido bien, pero hay que repetir las dos pruebas en las que he movido la cabeza. Le digo que vale y me vuelvo a meter en el cacharro, procurando usar las técnicas de respiración que he venido aprendiendo durante mis Crónicas del Yoga y evitando pensar que, como mis poderes de joder aparatos electrónicos funcionen, me voy a reír tela ahí dentro. Mis poderes, por suerte, no funcionan y todo va bien. Para entretenerme en el interior del tubo, me dedico a contar. Hasta ahora lo que había hecho fue recordar canciones mentalmente, pero es cierto que contar funciona mejor. Salgo del tubo con un pitido similar al que podría tener salido de cualquier bareto y me voy a casa.
Los resultados me llegan cosa de una semana más tarde. No tengo mucha experiencia a la hora de analizar las fotos más íntimas de mi caja craneal, pero un vistazo al resumen de los grandes éxitos me dice que no hay daño aparente ni en nervio acústico, ni en cóclea, ni en oído interno ni en ninguna parte aparentemente relacionada con el oído.
Misterioso, ¿eh?



Mira que me gusta a mí Motörhead.
Sin embargo, cuando los vi en directo tenían tal saturación de volumen que me dieron dolor de cabeza.
Chorraditas comparadas con lo que es una resonancia, os lo aseguro.


Seguimos esperando más tiempo hasta que me toca mi cita con el médico. Me toca sacrificar una tarde de clase (dos, si contamos que me había equivocado de fecha y había creído que mi cita iba a ser dos semanas antes, por lo que tuve que llamar a una alumna y decirle erróneamente que no estaría disponible) y tiro para el ambulatorio. Mi médico resulta ser otro diferente a los que me han atendido hasta la fecha. El doctor, al que llamaré Doctor Sincuello, hace que me siente en cuanto llego a la consulta. Le paso mis pruebas (audiometría y resonancia) y, por algún motivo, parece fijarse solo en la audiometría. Pues vale, él es el médico y yo no.

—Bueno —me dice el doctor —, lo que tú tienes es una degeneración auditiva hereditaria —hasta aquí, todo bien. Es lo que han venido a decirme todos los otros médicos —, situada en el oído interno. Concretamente, en el caracol.

Al oír esto, me quedo con cara de "Pues vale". Insisto, no soy médico, pero hay dos hechos que me resultan un poco extraños respecto a este diagnóstico: uno, que contradice a TODOS los médicos que me han visitado hasta ahora, y dos, que (puedo equivocarme) juraría que la resonancia ni la ha mirado y solo se está fijando en la audiometría que, bueno... ahí solo pone que tengo perdidas ciertas frecuencias auditivas, nada más. Sincuello me sienta en una silla, saca un cacharrito para inspeccionarme los tímpanos y al parecer, todo normal ahí. Me sigue explicando que el caracol tiene unas neuronitas que son las que interpretan las vibraciones, las traducen en sonido y que eso es lo que capta mi cerebro, o algo así. Sigo tan extrañado con el diagnóstico que le sigo en lo que puedo. Me enseña la audiometría una vez más y me dice que tengo el oído que debería tener una persona de unos sesenta y pico, setenta años. Le pregunto por ese silbidito que tengo constantemente en el oído y lo llama "acúfeno", que por lo visto suele ser bastante frecuente en lesiones así.
Me envía una nueva audiometría, esta vez para el año que viene, a lo que le pregunto si van a repetir mi resonancia.

—No, eso no es más que protocolo— me responde a esto.
Quizás es por eso por lo que parece no haberle prestado mucha atención. Mientras, pienso que entonces debe ser común que manden una resonancia cada vez que los oídos de alguien se ponen a perder frecuencias y a entonar toda una sinfonía de silbidos y pitidos.
Por algún motivo que solo mi caracol entiende, lo que sí oigo es que mi madre, que se había retrasado, toca a la puerta varias veces para entrar conmigo. El médico me despacha y al abrir la puerta me doy de bruces con mi madre. Le cuento brevemente la jugada y pone cara de póker. Una vez asimilada la información, me pregunta si le he comentado al médico lo de pedir el certificado de porcentaje de minusvalía, en vistas a futuros exámenes de idiomas.

—No tienes una pérdida de oído tan grande como para eso —es la respuesta del médico.



Pues vaaaaleee...


Llego a casa y me pongo a cotillear un poco acerca de la información que tengo. Nada de mirar en Wikipedia, le comento a Isi Poupeé (la única persona de la que hay constancia de que se ha leído TODOS los posts de este blog, enfermera para más señas, buena amiga y mejor persona) lo que me ha pasado. Me comenta (ya que yo de anatomía ando algo pez) que el caracol es la cóclea, a lo que le digo que entonces no entiendo nada porque según la resonancia todo está bien. Insisto, yo no soy un experto, pero Isi me dice que a ella lo que me han dicho tampoco es que la ponga cachonda precisamente. Para más inri, se han quedado con los resultados de mis informes, con lo que pedir una segunda (o, mejor dicho, quinta o sexta, ya he perdido la cuenta) opinión va a ser complicado.
Con las mismas, me planto en el centro de salud e Isi se viene conmigo, por si la cosa se pone fea. Una cola de tres pares de cojones, con un cacharro de tickets igualitos a los de la carnicería que nos indica que nos faltan como cuarenta personas para que nos atiendan. Nosotros, a lo nuestro, haciendo repaso de nuestros asuntos y balance de cómo han sido los últimos meses en Mundofandom. Vamos, lo que viene siendo habitual.
Un señor muy simpático nos da un ticket que le sobraba y gracias a eso subimos como unos quince puestos en nuestra lista de espera. Nos atienden en una mesa y nos comentan que lo que me pueden dar es mi historia, pero claro, está archivada y, al igual que el puto Elvis, ya no se encuentra en el edificio. Nos mandan para otro hospital, situado a unos cinco kilómetros de allí. Añadiendo emoción al asunto, San Valentín es al día siguiente y yo quería haber aprovechado la mañana para comprar un detalle (nada de pijadas de flores ni putas hostias, que conste); Isi y yo, en plan Batman y Robin, tiramos para el centro, compramos el regalo a toda velocidad y luego, para el hospital. Con dos cojones.



"¡Caracoles en su tinta, Batman, esto está hasta la puta pelota de gente!"
"Lo sé, Chico Maravilla, lo sé"


Dos menos cuarto de la tarde y allí estamos. Otra cola que nos toca tragarnos, solo que considerablemente más pequeña. Nos sentamos en unos bancos hasta que nos toca y seguimos con nuestras frikadas. Cuando nos llaman, nos atiende una señora a la que le explico la historia. Ésta me mira con cara rara y me suelta la frase que alguien que lleva cerca de tres horas y pico dando vueltas como un imbécil por toda la ciudad jamás querría oír:

—Esto no es aquí.

El mundo se detiene. Nuestras ansias de matar de forma dolorosa y especialmente sangrienta aumentan. Más si contamos el hecho de que, un minuto antes, hemos estado haciendo un repaso de algunas de las muertes más puto espectaculares del primer libro de Juego de Tronos. En lugar de entrar en furia, los Dioses saben por qué, pregunto entonces a dónde tengo que dirigirme.
Eso, y que no tengo armas a mano.
Podría haber sido peor, ya que nos mandan a Información, donde nos dan un formulario que tengo que rellenar para solicitar mi historial.
Tres horas y media.
No sé cuántos kilómetros recorridos.
Varias colas.
Un calor bastante considerable, si pensamos que estamos en el puto febrero y yo he salido de casa pensando que iba a hacer el mismo frío que en días anteriores.
Y vuelvo a casa con un puto folio.



Yeeeeeaaaaaahhhh...


Al igual que en cualquier sit-com, abro la puerta y le cuento a mis padres la movida. Les comento además que tengo que volver al hospital, llevar copia del formulario relleno, fotocopia de DNI y esperar a que me den una copia de mi historia, cuando eso sea propicio. Ya habéis visto que de vez en cuando hasta se les ha olvidado de darme las citas que me tenían. Si llego a escuchar risas de perro enlatadas, os juro que me lo creo. Tras todo este rollo macabeo que les suelto, mi viejo, que no nació ayer, me dice:

—¿Y no te trae más cuenta irte para la clínica donde te hicieron la resonancia y decir que has perdido el informe para que te den otro?

Silencio atronador.
Silencioso incluso para alguien que no oye una mierda, como es mi caso. Mi madre, en respuesta, se monta un Meryl Streep y llama con esa historia para preguntar si podemos conseguir una copia de la prueba de la resonancia. Al otro lado del teléfono le dicen que sin problemas; eso sí, para conseguir una copia del disco, te tienen que cobrar cincuenta pavos en caso de haberlo perdido. En casa me comentan que en realidad el disco no me hace falta, ya que para quedarme tranquilo lo único que necesito es ver el informe. A estas alturas yo pienso que me da igual pagar esa pasta (no es moco de pavo) si con eso puedo ir a algún otro médico y que vea la resonancia directamente.
Otra mañanita que salgo, para ver si por lo menos puedo solucionar parte del tema (que no todo, ya que el origen de mi sordera queda bastante velado de momento): cojo mi autobús y me dejo de ir para la clínica de la resonancia, con un fantástico paseíto por el paseo marítimo. Es buen día y oye, eso te anima un poco.
Me encuentro un ambiente bastante diferente en la clínica esa mañana: si bien la noche de la prueba aquello estaba bastante tranquilo, ahora la cosa parece una puta oficina del INEM. Una cola más que considerable y un ambiente, como quien dice, "cargadito". Espero mi turno pacientemente (os digo que el yoga mola para estas cosas) y le cuento el asunto a la enfermera que me atiende. Ésta me pregunta si la solicité por teléfono. Yo no lo tengo claro del todo y le digo que creo que sí. A la buena mujer no le consta nada en el ordenador y yo no sé qué responder; se anticipa a mí y me dice que no me preocupe, que es bastante normal que, aunque se pidan las pruebas, te digan que la van a tener lista y luego no la tienen. Me pide que espere y me comenta lo del cargo por la copia del disco. Yo le digo que sí a todo y aguardo mi turno con paciencia de Caballero Jedi.



"Gracias por tu ayuda. Serás recompensada".


Si quieres ver pruebas de lo que es la estupidez humana, la mala educación, o sencillamente la cabezonería, creo que una consulta es un buen sitio para empezar. Puedes desatar todo tu nihilismo, tu cinismo o simplemente tu desconfianza más descarnada hacia una especie que se dice estar en la cúspide de la evolución, y notar que te quedas hasta corto.
Pongo el caso de un señor con cara de pocos amigos, que se planta delante de la enfermera que me había atendido, en actitud Clint Eastwood


—Oiga —gruñe —, tengo una duda con el formulario de la resonancia.

—Dígame —responde la enfermera, disimulando en su rostro la expresión de "Ay, Dios, otro no".

—Es que yo he puesto que sí a que tengo una válvula cardíaca, pero no tengo muy claro lo que me hicieron en la operación.

—¿Que no lo tiene claro?
—Sí, me tocaron ahí —se señala al pecho —, pero no me dijeron lo que me hicieron.
—Hombre, algo le dirían... o algo pondría en alguna parte.
—Buah, yo qué sé —entre paréntesis, "y me importa tres cojones".
—Entonces no podemos hacerle la resonancia.

Al señor se le cambia la cara, pasando de un estado de mala leche contenida a un estado de mala leche más natural.


Algo así.


—¿Entonces voy a perder la mañana o qué?

La enfermera insufla aire en sus pulmones. Su cara manifiesta expresamente: "Pues sí, ya nos ha tocado otro".

—Es que es una prueba peligrosa, ¿sabe? —responde, procurando que sus manos no se deslicen hacia la grapadora más cercana —.No podemos arriesgarnos a meterlo en la máquina ni no estamos seguros de que no tiene una válvula.
—Pues el médico me ha mandado a que venga aquí —léase con tono de "Él sabrá más que tú, mujer".
—¿Después de la operación?
—¡Pues claro! —su tono de "Es que pareces tonta" rezuma una educación que me hace pensar que este tío no debe hacer mucho que se ha bajado del árbol.
—Y no sabe lo que le han hecho —intenta aclararse la enfermera.
—No, pero tengo aquí el papel. ¿Ve? A mí me han operado de aneurisma. Y vea, el médico me ha mandado aquí. Por algo será, digo yo.

La enfermera procura evitar que no se note que está poniendo los ojos en blanco y está intentando que el fulano entre en razón ante algo tan sencillo de que lo van a meter en un puto imán gigante y, en caso de llevar algo metálico, el cacharro se lo va a arrancar de cuajo. Imaginad la gracia si estamos hablando de algo como una válvula cardíaca. Eso, por no mencionar que un accidente de ese calibre, aparte de mandar al señor gruñón al Patio de los Callados, de paso podría joder una máquina que no parece que la vendan precisamente en los chinos.


"Esto es todo cuanto ha quedado del señor aquel"
"Pero tíos, ¿no le dijísteis que con metal en el cuerpo no podía hacerse la prueba?"
"Sí, pero él insistió..."


—Hay médicos que nos han llegado a mandar pacientes hasta con marcapasos. Básicamente porque hay cosas que ellos no preguntan ni miran el historial completo cuando ordenan la prueba —ante estas últimas palabras, por algún motivo, empiezo a acordarme del Doctor Sincuello.
—Pero yo lo que no quiero es venir aquí para nada, que vengo de Fuengirola [localidad situada a unos treinta kilómetros de mi ciudad, para aquellos que venís de fuera]

Yo sigo pensando en la escena de meter a un tío con un cacharrito metálico dentro del tubo de la resonancia y en algo muy parecido a una escena sacada de Alien.
Pero, cierto, al menos el fulano no habría perdido la mañana.

—Emmm —a la pobre enfermera parece darle vueltas la cabeza ya, mientras lee y relee el papel que le ha dado el señor cabreado —, ¿y dice usted que tiene una prótesis?
—¡No, yo prótesis no tengo! —berrea como si la simple pregunta hubiese sido una estupidez —. Me tocaron la válvula del corazón, pero no me colocaron prótesis.

Formulario con unas cuarenta preguntas. En TODAS o prácticamente todas te están preguntando si llevas algún tipo de prótesis, marcapasos o similares. En lugar de preguntar si esa "válvula" a la que se refiere el formulario (que igual no estás obligado a saberlo) es una prótesis, le sueltas un rollo macabeo a la enfermera. La tratas como si fuera imbécil y al final el que queda como idiota eres tú, al confundir una prótesis con la válvula cardíaca natural (que te pregunten eso tiene tanto sentido como si te preguntan si tienes esfínter) y marearla con un despliegue de chulería y mala educación y haber empezado desde el principio, diciendo que no tienes prótesis.
Así se hace, campeón.

—Mmmm —la enfermera toma el formulario y se guarda donde le quepan las ganas de exponerle el párrafo anterior al energúmeno en su cara —, solo ha puesto "sí" en un par de casillas, y el resto está sin rellenar.
—Si no la he rellenado —espeta, ya más chulo que un ocho— es que no.



"Y si digo que NO, es que NO, coño".


Se ve que la parte de "Responda sí o no en cada casilla" se la ha saltado. O igual es que el hombre da por hecho algo así, del mismo modo que da por hecho de que la persona con la que está hablando tiene que saber que lo han operado de aneurisma y que no le han metido cacharro alguno en la caja torácica en alguna operación previa.

—Ejem —concluye la enfermera —, vuelva a la sala de espera y espere a que le llamemos".

Apenas unos minutos después, les llega otro paciente en modo Chulopiscinas, preguntando cuánto falta para su prueba. Otra enfermera le pregunta su nombre, echa un vistazo a la lista y le dice que es el siguiente. En lugar de dar las gracias, éste suelta algo tan humilde y sencillito como:

—Es que soy diabético y me han ordenado esta prueba en ayunas. A ver si no tengo que dar aquí un espectáculo, ¿eh? —por "espectáculo", se entiende, a que tenga un desmayo o algo así. Pero, por mucha razón que tenga el caballero acerca de lo que está diciendo, hay formas y formas de decir las cosas. Y el tonito amenazador en plan "Si me pongo malo y la lío que sepáis que caerá sobre vuestras conciencias", como que no es plan. Menos aún viendo que hay apenas dos personas conteniendo toda una marabunta de energúmenos.


"De uno en uno, cabrones, ¡de uno en uno!"


Un tercero pregunta por no sé quién que, según creo entender, está sometiéndose a la prueba ahora mismo; mi oído no me permite captarle bien el tono de voz (habla más bajito y en otra frecuencia diferente a los dos anteriores, de forma que capto un murmullo ininteligible), pero me llama particularmente la atención el hecho de que, mientras está hablando a la enfermera, está metiendo los pinreles dentro del cubículo-oficina donde ella y sus compañeras trabajan. Con cada palabra, avanza un poquito, de forma que cuando termina la conversación está prácticamente dentro. La enfermera lo despacha y este se vuelve a la sala de espera como si estuviera en su casa.
Un cuarto, con acento extranjero, probablemente británico, le monta un amago de pollo a la enfermera que me estaba atendiendo acerca del ticket de aparcamiento. Esta, con una paciencia que yo no tendría, le indica que el ticket que tiene en la mano es el de entrada y no de salida del parking. Este gira sobre sus talones con un gruñido y se larga.
Todo esto en cuarenta minutos que estoy esperando.

Finalmente, aparece la enfermera con mis pruebas y el disco con mi resonancia. Entre energúmeno y energúmeno se ha disculpado por la tardanza casi media docena de veces. Yo he comprobado que no ha andado precisamente rascándose el ombligo y he respondido a cada disculpa que no se preocupe. Cuando llega, me dice: "Que sepas que no te voy a cobrar la copia del disco".

—Yo no me he quejado —respondo, refiriéndome al servicio prestado. Tengo que reconocer que, pese a la espera, han sido muy amables conmigo en todo momento... y además, yo no tengo demasiada prisa. Hasta dentro de una hora y pico no me necesitan en otra parte, así que sin problemas.
—Precisamente por eso. Eres de los pocos en no hacerlo.


Fuck yeah.


Le doy las gracias a la mujer de nuevo y me marcho como un señor de la sala de espera. Al fin y al cabo, he conseguido lo que quería, que eran los resultados de mis pruebas. No me han cobrado los cincuenta pavos que se suponía que debía desembolsar precisamente gracias a mi paciencia y a mi educación. Supongo que es cierto eso de que con buenos modales se va a todas partes.
Aparte, es viernes y hace un día estupendo. Tengo el paseo marítimo de mi ciudad a quince metros de mi cuerpo serrano y compruebo que tenía razón y que, según lo que reza el informe, mi oído interno no está dañado.
Unos días después, sigo sin tener claro por qué mi oído no funciona todo lo bien que debería, pero al menos tengo mis informes. Gracias a esta Épica Odisea, puedo enviárselos a cualquier otro médico que pueda dar una opinión que sirva para contrastar, confirmar o desmentir lo ya visto. Si la cosa tiene solución o, efectivamente, tendrán que ponerme cacharritos es algo que el tiempo irá diciendo. De momento, tenemos lo que tenemos.