jueves, 29 de diciembre de 2016

Mondo Chorra- Sobre años que acaban, promesas incumplidas y demás historias



Va terminando el año y, como suele ser costumbre, toca ir haciendo un resumen/balance de lo que ha supuesto. Supongo que con vistas al año próximo, quedarse con lo bueno, aprender de lo malo y demás. Lo he intentado ya un par de veces y espero que esta sea la vencida. Lo de escribirlo, quiero decir. Lo de quedarse con unas cosas y otras es de la clase de tareas que me suele costar llevar a cabo.
Venga, vamos allá. Podemos hacerlo.

Ha sido un año complicado a nivel personal. Terminé el año anterior bastante mal, emocionalmente hablando y una de mis primeras promesas, propósitos o como quieran llamarse fue la de procurar entrar en menos disputas y evitar cabrearme en la medida de lo posible. Esto, debo decirlo, fue un estrepitoso fracaso y, aunque alguno no se lo crea, es la clase de cosas que me cuesta bastante asimilar. No lo de cabrearme, sino el hecho de no ser capaz de mantener una promesa que me he hecho. Para alguien que da un extremo valor a su palabra, ya os podéis imaginar lo bien que me ha sentado la pifia. En mi defensa, diré que he tenido que aguantar carros y carretas que me han venido por un montón de frentes y que, habida cuenta de que mis fuerzas ya venían mermadas de los dos años anteriores, como que se me ha hecho el asunto un poco cuesta arriba. No es que sirva como excusa (porque eso de romper una promesa a uno mismo es lo que es), pero sí que sirve como explicación al hecho de que he llegado al punto en que no he podido más y mi paciencia ha acabado por agotarse.

De forma paralela, ha sido un año en que he tenido que enfrentarme a unos cuantos retos a nivel personal que no detallaré aquí. Baste decir que me he enfrentado a algunos miedos en alguna que otra ocasión, lo cual no es poco. Han sido un par de pruebas de fuego de las que supongo que se pueden sacar en claro algunas cosas de las que aprender. Buenas, malas, ha habido de todo, como en botica. Ni nos vamos a poner en modo zen de filosofía new age de chichinabo, con ese positivismo que rezuma a plástico del malo ni vamos a entrar en la clásica caída en barrena de "Todo se hace pedazos".


"Ríe, HAMA, sé felís. Esa es la clave para que todo te vaya bien en la vida. Y si no te va, es que eres gilipollas y te mereces todo lo malo que te pase"


También ha sido un año de altibajos. De buenos momentos, sí, pero también de discusiones, distanciamientos y de amargas decepciones. De estas últimas se supone que también tengo que aprender... y lo haré, seguramente, aunque todavía necesito recuperarme emocionalmente de ellas. Algunas me han pillado con la guardia bastante baja y, cuando no te encuentras con fuerzas para afrontar según qué cosas, se vuelve más difícil hacerlo. Lo sé, parece una frase de perogullo, pero hay que estar en esa situación para entenderlo. Quizás algunos de los que me conocéis y habéis prestado un mínimo de interés sí entenderéis a las cosas que me refiero. Y si lo entendéis, supongo que imaginaréis lo que supone todo este desgaste emocional a base de situaciones terriblemente injustas. De ser tratado de un modo que no mereces, y de escuchar cosas que no quieres ni necesitas, ni tienes por qué oír. Lo que es la impotencia que supone luchar por hacer bien las cosas y acabar estrellándote contra un muro al llegar a la conclusión de que nada de lo que puedas hacer va a servir... no por otra cosa, sino porque eres quien lo está intentando. La desesperante revelación de que no se trata de lo que haces o dejas de hacer, ni de la intención que tengas, por buena que sea; no, las cosas no funcionan porque se trata de ti. No eres visto de la misma forma, no recibes el mismo trato ni se te escucha del mismo modo. Todo lo que digas, lo que hagas, lo que calles... absolutamente todo será empleado en tu contra. Serás juzgado con severidad por ello y raramente perdonado. Cargarás con las culpas de otros, se te pondrá una diana en el pecho y se abrirá fuego sobre ti. Oirás mentiras sobre ti, pullas, ofensas abiertas. Podrás hablar para defenderte, si quieres, pero servirá de tanto como si callas. En unos casos se te quitará la razón que tengas o dejes de tener; en otros, se asumirá que aceptas esa culpa. Hagas lo que hagas, no tienes manera posible de salir de esta.
Llegados a ese punto, la única solución que queda es bajar las revoluciones, enfriar los motores y acabar asumiendo que, en muchos casos, lo que te queda es asumir la separación y el frío que tanto has luchado por evitar. Contemplar desde la impotencia cómo todo se desmorona. Cómo el centro deja de sostenerse y cómo la mera anarquía se desata sobre tu mundo. Ver cómo lo que has intentado construir parece derrumbarse... y no porque no hayas hecho las cosas lo mejor que has sabido, sino porque da la impresión de que no tienen interés alguno en prosperar. Ni siquiera de mantenerse.


Eso o acabar con los motores como este.


Por otra parte, ha habido algunos proyectos que han ido tomando forma y otros que están a punto de terminar. Se inicia además una nueva etapa creativa, donde el aprendizaje cobrará especial importancia. Supongo que parte de la gracia de tener una mente que tira más hacia lo artístico es la constante reinvención y el andar usando el cerebro para crear, recrear o descartar. Conforme mis energías se han ido apagando, me ha costado cada vez más; en algunos momentos, os juro que he tenido que ir obligándome a mí mismo a trabajar, a seguir dando forma a las ideas abstractas dentro de mi cabeza. En ocasiones, me he dicho a mí mismo "Paso" y he necesitado enfriar mi mente hasta que me he encontrado preparado para continuar. No os imagináis lo que cuesta eso cuando tus procesos mentales aparecen cubiertos por una costra densa de algo que parece grasa, pero si algo me caracteriza es mi fuerza de voluntad. Prueba de ello es que estoy escribiendo estas líneas tras al menos dos intentos fallidos. Incluso me estoy atreviendo a editar este artículo, añadiendo cosas que me había olvidado mencionar... pasando por el pequeño calvario de tener que leerlo todo y resistir el fuerte impulso de borrarlo una vez más.


"Puta mierda, no me convence"


Supongo que a partir de aquí, a tan solo un par de días de terminar el año, cuando se plantean ciertas cuestiones. Si esta tónica de estos últimos tres años, consistente en estos altibajos emocionales (más bajos que altos, todo hay que decirlo) se mantendrá a causa de ciertos elementos ajenos a mi voluntad que se han encargado, de forma constante, de someter a prueba mi paciencia; o si, como en los pasados años, me veré implicado contra mi voluntad en según qué conflictos. Si tendré que acabar interviniendo para luchar por algo que considero justo, o para salvaguardar el equilibrio en mi entorno. Si se me volverá a señalar con el dedo para pagar por aquello que no he hecho yo, o para pagar por las frustraciones de otros. Si mi dignidad quedará una vez más en entredicho o se asumirá de una vez por todas que, si yo no actúo sí con nadie de forma deliberada, no tengo por qué consentir que se me trate así. Si tendré por fin el reconocimiento que me gustaría tener.
Preguntas de difícil respuesta, desde luego, y que no es nada evidente que vayan a encontrarla en este año que entra, o no solo porque haya llegado el 1 de enero. Ojalá nuestro universo reiniciase los episodios amargos de nuestra vida cada vez que terminamos un año, pero va a ser que no funcionan así las cosas.

Lo que sí es cierto es que me gustaría que el año próximo supusiese un nuevo capítulo y tuviese la oportunidad de pasar página con algunos que llevan ya durando demasiado. Esto, por supuesto, no es más que un deseo. Como ya habréis deducido, lo de plantearse propósitos cuando la mitad de cosas que me encuentro son ajenas a mi voluntad (y la otra mitad no tengo ni pajolera idea de cómo gestionarla para tenerla bajo control), es una quimera. Por eso este año no tengo intención alguna de plantearme propósito o de hacerme promesas a mí mismo. No me apetece en lo más mínimo pasarme otra temporada reprochándome no haber sabido estar a la altura de mi palabra. Que venga lo que tenga que venir, que yo ya me lo tomaré como mejor pueda.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Escupiendo Rabia- Los jueces de la Red



Siempre he pensado que, para ponerse uno a dar lecciones de moralidad o para juzgar a los demás, debe verse a sí mismo en una posición superior. Es decir, debe sentirse un poco ajeno a las debilidades humanas o incluso por encima del bien y del mal para coger y decirle a los demás lo que tienen que hacer con sus vidas so pena de cometer unos pecados imperdonables. Es decir, que debe ser uno inmune precisamente a caer en esos pecados para poder ir repartiendo juicios de valor como si fueran Lacasitos.

Es un poco lo que llevamos ya viendo una buena temporada en las redes sociales, donde cualquier fulanito, sin necesidad de oficio ni beneficio, puede coger y cargar sus iras sobre la persona que toque. Puede incluso erigirse en su Sagrado Derecho de decir qué es lo que merece o no en la vida, levantar diagnóstico sobre su personalidad, su infancia y, lo que es más fuerte, decidir si tiene derecho a seguir viviendo o no. En definitiva, lo que estamos viendo es mucho "genio" (permitidme que lo entrecomille) que se cree con derecho a meterse en la vida de los demás y a pedir explicaciones sobre ésta.

Es un poco el caso de una foto que acabo de ver, compartida en una página que no sigo (aunque algunos de mis contactos sí). En la susodicha foto se ve el rostro de una mujer joven con unos labios desproporcionadamente grandes. La página en cuestión, muy tolerante con eso de la dignidad del prójimo y nada partidaria de hacer humillaciones públicas de nadie (notad mi ironía), pone en la picota a la mujer y pregunta a sus usuarios qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven la foto. Esto ya de por sí, si lo pensamos en frío, ya puede tener su miga y su punto de mala leche, pero es cuando se ven los comentarios que nos damos cuenta de que no es uno, sino cientos, los que se erigen en jueces, como si estuvieran en posesión de la Verdad. Como si tuvieran el derecho inalienable de humillar a otros (mal llamado "a la libertad de expresión", que enarbolan como si tuvieran idea de lo que realmente es). Como si estuvieran en esa posición de moralidad superior, donde pueden exigir que alguien les dé explicaciones acerca de lo que ha hecho con su vida.
Como si las vidas de todos y cada uno de estos personajes que se sienten con el derecho de ir juzgando a alguien que solo conocen de haber visto de una foto fueran todo un ejemplo a seguir.


"Esa chica se ha puesto tetas. ¡RAMERA! ¡SUCIA! ¡IMPÍA! ¡ADÚLTERA!"


Supongo que no es nada nuevo. Quizás es el caso más claro de lo que sucede cuando te dan carta blanca y anonimato para poder decir la sandez más grande que se te ocurra, sin temor alguno a las consecuencias. Algo similar a lo que ocurrió a aquella mujer que se expuso en un museo, como si se tratase de una estatua, con la promesa de no hacer nada (por terrible que fuese) le hicieran. A esa mujer la amenazaron con una pistola y la humillaron de todas las maneras posibles. ¿Por qué? Sencillamente porque nadie puso límites a lo que pudiera hacer cualquiera que llegara. Posiblemente, como sucedería en la red si se pidiese cuentas a todos los energúmenos que han soltado ese montón de mierda, se exculparían a sí mismos diciendo que "Nadie les puso freno". Que "les dijeron que podían hacer lo que querían". La culpa, como siempre, del sistema, de una sociedad enferma y un montón de blablablases que, sinceramente, ya cansan. Esa total y absoluta falta de responsabilidad por parte del usuario medio aburre ya. Ese sentimiento infantil de "Es que yo soy libre", sin pensar en el daño que se hace a otros, roza lo perverso.
Pero a nadie parece importarle.

Yendo más lejos, no solo parece no importar a nadie, sino que parece abrazarse un poco la ideología contraria: esa intención de erigirse en jueces, jurados y verdugos es bien vista y aplaudida. Una especie de pelea de gladiadores moderna, donde el personal solo parece querer sangre y aferrarse a una actitud agresiva, por no decir violenta. Es un poco el caso, también hoy, en el que un Youtuber, muy gracioso él, se dedica a meterse con la gente por la calle. No es el primero que sube sus gracietas a esta página, para luego comerse una bonita denuncia por agresión (el caso de aquel tipo que se dedicaba a pegarle patadas a la gente —por la espalda, para más señas —y acabó pasando por los tribunales, si mis informaciones no me fallan), pero en este caso la cosa se ha puesto fea y nos encontramos que alguien le ha devuelto, literalmente, la hostia. Ante esto podríamos tener un caso que, sin mucho problema, también podría resolverse en un juzgado. Solo por ser grabado sin consentimiento de la víctima ya tendríamos ciertos problemas con la Ley de Protección de Datos, que suele ser bastante picajosa con eso de que te graben sin tu consentimiento. Si encima nos encontramos que hay insultos y humillaciones por medio, subidas a un medio público, como sucede en una red social, la cosa ya se agrava y nos encontraríamos con delitos contra el honor (abogados, por favor, quiero que me confirméis esto si me estáis leyendo). La cuestión es que aquí este ataque a la dignidad de otra persona se ha visto vulnerado y el agraviado ha respondido con una agresión física. Todo eso, claro está, en el supuesto de que este caso sea real y no otro montaje más para ganar la atención de unos cuantos seguidores.


"¡Mira cómo le endiña!"
"¡Jajajaja que se joda, se lo merecía!"
"¡Ponlo otra vez!"


Es aquí cuando se monta el cirio. Es justo en este momento cuando el personaje en cuestión se hace famoso y donde el resto del planeta (que es lo verdaderamente importante de este artículo) se erige en jueces para determinar si se merecía una hostia o dos (como he visto en otra famosa página de una revista de humor). Es el momento en que un hecho que solo podría calificar de "patético" (sinceramente, me parece triste que alguien base su "humor" en reírse de los demás... especialmente si esos otros no se ríen y no participan voluntariamente en la broma. Ya cada uno que piense lo que le dé la gana, pero yo lo veo así) se vuelve viral y el personal, sediento de su dosis de violencia (aunque sea verbal) ya está emitiendo sus juicios y tomándose un hecho que lo único que denota es una falta tremenda de educación como un divertimento. Es un poco el equivalente a ver a dos tipos peleándose en la puerta de un bar y salir a jalear la pelea, incitar a que se peguen más fuerte o decidir allí mismo quien merece mandar al otro al hospital. He aquí el quid de la cuestión: vamos a dejar de un lado el debate de si el vídeo es real o montaje y vamos a centrarnos en la reacción del personal, en la que suele haber menos trampa o cartón.


"Me da igual que sea verdad o mentira. Que esté bien o esté mal. Yo soy la Ley".


Es un poco la clase de cosas que me hacen preguntarme a qué narices nos creemos que estamos jugando. De cuestionarme eso de la empatía a nivel general y empezar a pensar que la Red, con toda su permisividad (recordemos que, a día de hoy, las páginas donde se exponen alegremente ideologías que en nuestro país pueden constituir delitos de odio, son perfectamente lícitas) parece estar convirtiéndose en un caldo de cultivo para que un montón de gente cargue sus frustraciones diarias contra el que toque esa semana. No exagero: apenas hace una semana, otro Youtuber relativamente famoso por sus videoclips donde parodia (ojo, he dicho "parodia"; de ahí al insulto hay una diferencia muy grave. El que no la pille, por favor, que deje de leer esto inmediatamente y busque un diccionario o guía donde se explique eso de forma detallada) a diversos colectivos sociales, tales como pijos, frikis, canis o... las mal llamadas "feministas", que ya sabéis que me gusta entrecomillar porque no las reconozco como tales. Sí, hablo de esas radicales que solo buscan un motivo de odio y han tomado algo tan respetable como el feminismo para volcar toda su rabia y, de paso, dejar dicho movimiento en un lugar vergonzoso. No hicieron falta más de veinticuatro horas para que a este cómico lo vapulearan de una forma tan triste como previsible: no faltaron ni amenazas ni insultos, que en el fondo no hicieron sino darle la razón en un hecho fundamental, y es que la red se está llenando de gente que no parece tener ni la menor idea de lo que es la educación. Caso parecido el del diseñador del nuevo escudo del Atlético de Madrid, que se está llevando hostias como panes e insultos como "escombro" y otras cosas bonitas, solo porque a unos cuantos excelentísimos y respetabilísimos señores no les gusta. Que a ver, nadie les obliga a que les guste el susodicho escudo, y hasta ahí estamos todos de acuerdo si les parece feo. Otra cosa es que eso les dé derecho a andar en plan matón de discoteca, faltando al respeto a alguien que solo está haciendo su trabajo. ¿O es que ahora el ser muy fan de algo, como un equipo de fútbol (o lo que sea) te pone por encima de nimiedades tales como eso de tratar a los demás con un mínimo de educación?



Este hilo es ficticio, de la serie Black Mirror. En el último capítulo de su tercera temporada (tranquis, no es ningún spoiler, se ve desde el primer minuto y no revela ninguna sorpresa final)  se hace una pequeña reflexión acerca de cómo la gente pide la cabeza de la gente semanalmente, por el motivo que sea.
Si podéis verlo en la foto, hay un hashtag con el sutil título de #deathto ("muerte a"). Es decir, desearle la muerte a alguien, convertido en una etiqueta de Internet, como una moda más.
¿Ficción? Bueno, sí... pero tan real en planteamiento que da escalofríos.


Ante estos acontecimientos, uno se plantea qué puñetas pasa por la cabeza de la gente que, un buen día, decide indignarse por algo que lee (hasta aquí lo respetable, porque no tiene por qué gustarte todo cuanto leas, ni mucho menos) y pide, literalmente, la cabeza de alguien. Sí, con esa frialdad. No sé en la vuestra, pero en mi casa a mí me enseñaron que desearle la muerte a nadie es una de las peores bajezas que se pueden cometer, verbalmente hablando. Señal de ser un grosero y un impresentable. Hoy en día parece tomarse como algo de lo más normal, junto con esa actitud de cuñaos, que es la de ir por la vida berreando al prójimo que no tiene ni puta idea de nada (y que uno lo sabe todo). Así, sin anestesia. Lo que dice uno es La Ley y no se le puede ni rebatir ni preguntar, vaya a ser que se ofenda; en cambio, esa persona sí parece tener el derecho a sentar cátedra sobre (ojo) tu vida. A decir cuál es tu personalidad, a hacer un retrato completo de tu infancia, tus traumas, tus filias y tus fobias. Le das cancha y te habla de tu relación con tus padres, tu filosofía de vida y, si le das más cancha, es capaz hasta de decirte qué querías ser de mayor cuando eras pequeño. Todo, para recordarte que todas y cada una de esas cosas que, según él, te definen, no son más que mierda. Porque lo suyo es mejor y te callas.

Yo suelo preguntarme, cuando hay unas... no sé, pongamos, quinientas, mil, cincuenta mil personas, que vienen a nadie pidiéndole explicaciones acerca de lo que han hecho o han dejado de hacer... ¿qué sucedería si tuviera que ser al revés?
Pongamos que alguien coge y putea a... no sé, Elsa Pataki, que suele ser puteada cada vez que hace algo, como si la muchacha tuviera que rendir cuentas a media España y parte del extranjero cada vez que graba un anuncio o cada vez que sale a tomarse unas cañas con nuestro amigo Hemsworth. ¿Y si un día Elsa Pataki (que no lo va a hacer, solo planteo la hipótesis) se fuera para todos esos tuiteros y demás seres que pululan por las redes solo para humillar al prójimo y les pidiera explicaciones acerca de lo que han hecho últimamente? ¿Y si Elsa, como pueda ser cualquier persona famosa, cogiera y empezase a llamar "guarra" a una chica por hacerse un selfie o "gilipollas" a un tipo que lleva una camisa horrible en su foto de perfil? ¿Y si empezase a preguntarles a todos y cada uno de estos por qué han dicho tal cosa, que suena ofensiva, en lugar de decir otra?
La respuesta es que el personaje anónimo se defendería, con toda seguridad, argumentando que ellos no tienen una vida pública y no tienen que dar explicaciones a nadie. Que no ganan lo mismo que un famoso, o sencillamente, que tienen derecho a decir lo que les salga del culo. Argumentos que denotan una envidia tremenda o una dudosa conciencia de clases, que seguramente enarbolan como si fueran los tíos más proletarios del mundo... cuando ni siquiera creen en un concepto tan básico como la igualdad entre las personas, o mucho menos su dignidad.
Derecho, sí, pero ninguna responsabilidad acerca de lo que han dicho. Porque parece que el derecho de uno no tiene jamás limitaciones, aunque eso suponga ir pisoteando a los demás, vejando, insultando o incluso amenazando.


"Yo no he hecho nada. Yo nunca hago nada. La culpa es del sistema que es muy malo."


Parece, como digo, que ese derecho que algunos individuos o colectivos concretos a ir vulnerando los derechos de los demás solo va en una dirección. Esa especie de lucha por lo que ellos consideran que es justo, en realidad no es más que una excusa para soltar la primera burrada que les dé la gana, y hay que admitir que está fenomenal eso de tener un pequeño pretexto para poder justificarse. De ahí un poco las lecciones de moral a las que me refería al principio. Eso explica un poco  por qué, y volviendo al caso de la primera foto que he comentado arriba, alguien puede sentirse con pleno derecho a decir que los cirujanos plásticos tienen un trabajo inmoral, basado en darle a la gente lo que quiere por dinero sin importarles su salud y quedarse tan panchos ante tal aseveración. Sin haber conocido ellos mismos a ningún cirujano ni (por supuesto) necesidad alguna de tener que visitarlos. Espero que jamás tengan un accidente de tráfico que les destroce la cara, porque la moral no va a ser la que se la arregle a estos seres. O tener un problema serio de tabique nasal. O tener que ponerse un implante en el pecho por una mastectomía. Sí, supongo que me he ido a casos extremos, pero no he sido yo el que ha generalizado de una forma brutal (y por medio de insultos bastante graves) a una profesión entera (que se dice pronto, oye). Tampoco he sido yo el que ha sentado cátedra sobre los motivos que tiene o deja de tener el personal para pasar por quirófano, ni tampoco he sido yo el que va diciendo que todo el que se opere por razones estéticas es gilipollas, inseguro o abiertamente suicida, ni todo el que se dedique a trabajar en cirugía estética un gañán o un aprovechado que antepone la pasta a la salud. He ahí la diferencia, que espero haber explicado con claridad.



La cosa se ha convertido básicamente en una especie de juicio de Salem semanal: se busca una "bruja" y, sin importar realmente inocencia o culpabilidad, o la búsqueda de lo cierto de las cosas, todo bicho viviente se cree en posesión de la Verdad y con derecho a juzgar, emitiendo veredictos a cual más brutal.
Lo del cuerpo de la foto tirado en el suelo es metafórico, pero la pinta del tipo de la derecha, casi como con intención de pisotearlo aun en el suelo es más que real.
Pasa constantemente en nuestras redes.


Supongo que es ahí la cuestión que me planteo, derivada de todo esto: ¿Quién mierda se ha creído que es la gente para andar pidiendo este tipo de explicaciones, sobre decisiones que no les atañen en lo más mínimo, a perfectos desconocidos? ¿Con qué derecho se cree la gente que puede llamar "guarra" a nadie porque ve un selfie suyo en Internet? ¿Qué clase de prebenda moral se piensan que tienen cuando, en mitad de una conversación civilizada, entran a juzgar e insultar a otros solo porque no comulgan con su Sacrosanto Credo? No nos engañemos: esto de la Era de la Información se ha convertido en una excusa de la leche para coger y hacer aquello a lo que nos hemos dedicado siempre, que es lanzarnos mierda los unos a los otros. Y tiene gracia, porque ahora se supone que vamos de concienciados con verdaderas lacras sociales como la violencia contra las mujeres y el bullying... pero no nos cortamos un pelo en llamar "puta" a nadie o en reírnos de alguien hasta el punto del acoso (es decir, lo que se reconoce en España como acoso, que consiste en hacerle la vida imposible a alguien de tal manera que se le ocasiona un claro daño psicológico). Igualmente gracioso resulta que, aquellos que suelen ser de los de dar hostias a diestro y siniestro, gritando más que nadie e imponiendo su ideología sobre los demás de una forma que solo se puede definir como "por putos cojones" luego sean los primeros en ir pidiendo censura. Retiradas de aquello que no quieren ver, de aquello que no quieren oír, de lo que no quieren leer.


Y calladitos, vaya a ser que digan algo políticamente incorrecto y ya la hemos liado.


Y he ahí donde radica la mayor hipocresía: por un lado, cuando el asunto conviene, se habla de la libertad de expresión y de ese derecho a reírse del prójimo, a insultarlo, a humillarlo. A juzgarlo, como si su vida estuviese sometida a la decisión de un puñado de niños malcriados que levantan o bajan el pulgar para así sentir cómo su rabia y su envidia tienen un objeto. Aquellos que ganan más que ellos, los que tienen mejor imagen o los que sencillamente no son como ellos caen bajo el fuego de sus iras.
Por otro, tenemos el caso opuesto, donde aquellos que para variar se encuentran en el otro lado de la diana, exigen que la más mínima chorrada que no les gusta desaparezca de una vez por todas de la faz de la tierra. Algo tan absurdo como esa señora de los Estados Unidos que ha pedido la retirada de clásicos como Las Aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un Ruiseñor porque "propugnan estereotipos raciales acerca de la gente de color" o "porque usan la palabra nigger, que es ofensiva", sin tener en cuenta contexto... o el "irrelevante" hecho de que esas novelas precisamente combaten el racismo de una manera bastante valiente considerando el marco histórico en que fueron escritas. No, nada de eso importa: aquí la solución es quemar libros, cerrar bocas y aplastar la ideología contraria, mientras que la de uno puede hacer y decir lo que quiera.



Y cualquier día se pondrán a quemar copias de Otelo porque "incite" a la violencia de género o al racismo, aunque realmente esté denunciando ambas cosas.
Pero, bah, da igual. Qué iba a saber el Shakespeare ese, que era un varón blanco y (a menos que se demuestre lo contrario) heterosexual.


No deja de ser triste: en un mundo en que todo el mundo parece con derecho a sentirse juez, jurado y verdugo, pocos parecen dispuestos a buscar lo que es verdaderamente justo, sino que prefieren arrimar el ascua a su sardina. Y si, de paso, pueden usar el ascua para meterle fuego a algún hijoputa que medio les quiera llevar la contra y llevarse aplausos de los colegas, pues bienvenido sea. Pero luego que no vengan berreando diciendo que les han dicho esto o les han dicho lo otro: con esa ira, con esos juicios de valor tan brutales, con esos argumentos sacados de la más absoluta nada, con toda esa poca vergüenza que se emplea para atacar a alguien desde el anonimato, ellos solitos han sido los responsables de todo esto.
Y mientras escribo estas líneas, me sigo preguntando: ¿quién caerá la semana que viene? ¿Será un servidor? ¿Alguno de los que me estáis leyendo? En una sociedad que dice preocuparse tanto por el bullying, es una pregunta más que preocupante.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Angst- Se acercan las navidades (yuju)



Se acercan otra vez las Navidades y, francamente, no me hacen demasiada ilusión.
No, no voy a hacer el típico post anti-Navidad, denunciando el exacerbado consumismo y la hipocresía de una sociedad a la que el sentido original de estas fiestas le importa un bledo; tampoco tengo ganas de hablar de la pobreza en el mundo, ni de refugiados, ni de niños sin hogar. No porque no sean temas que me importen, sino porque no estoy de humor para ese tipo de alegatos y, francamente, no me gustan. No me gusta coger y andar despotricando contra algo que suele ser, por lo general, una festividad con buenas intenciones para enterrarla en la demagogia de siempre y olvidarme de eso mismo en cuanto pase la temporada. Mi falta de ilusión proviene de raíces extrictamente personales, y no para dar lecciones de moral a nadie.

Si no me hacen demasiada ilusión es por el hecho de que mis Navidades, de un tiempo a esta parte, suelen ser festividades bastante tristes. Nunca han sido precisamente una de las mejores etapas del año para mí, por cuestiones personales que no tengo intención de tratar aquí y que para mí se quedan... pero digamos que últimamente se han convertido en el colofón de unos años que, siendo honestos, no han sido para tirar cohetes. Que igual no han sido problemas graves en comparación con los vuestros o con los de otros, pero son los míos.
Hablo de años duros, muy duros a nivel personal, con cambios que no he terminado de digerir cuando me toca asimilar otros tantos. Años en los que, cuando no he tenido una discusión muy fuerte con alguien a quien consideraba cercano, he sufrido decepciones de algún tipo; en otros casos, he sido yo el que decepciona, sin mucha opción de poder redimirme. Se acerca otro diciembre y vuelvo a ver lo mismo: distensión y frío. La constante sensación de pérdida, de derrota se apodera de mí una vez más y, como si estuviera intentando atrapar mercurio con las manos, todo se me escapa entre los dedos, con la creciente sensación de que lo único que se me queda en la piel son manchas de algo que me daña.


Algo así.


Es una vieja sensación, esa que tengo. Hacer balance de lo que ha venido siendo toda tu vida en los últimos, no sé, dos, tres años y darte cuenta de que lo has hecho lo mejor que has sabido para que tu entorno sea algo medio estable, medio pacífico y no obtener sino el más rotundo de los fracasos. Sentirte juzgado y declarado culpable por vete tú a saber qué crímenes y recibir lo que recibes siempre: la espalda. El frío. La caída en desgracia, donde antaño parecías ser alguien que importabas.

Sabes que vas a terminar otro año muy triste, pensando en todo lo que has hecho con tu mejor intención; pensando que, si se te hubiera ocurrido hacer algo para que las cosas terminasen mejor, lo habrías hecho... Pensando que has actuado conforme a tus valores, conforme a tus principios y que, pese a todo, no ha sido suficiente. Tú mismo no has sido suficiente. Será otro año en que acabes tirado en el sofá, viendo la tele, con un terrible desgaste emocional tras no sabes ya cuánto sometido a muchísima tensión. Callándote muchas veces por no generar más conflicto... pero soportando lo que no debes, o no quieres soportar; las veces que has hablado, en cambio, no han sido sino para peor. Cada vez que has intentado poner remedio a las cosas, dialogar, exponer tu punto de vista o simplemente decir lo que piensas no has hecho sino emponzoñarlo todo: has acabado teniendo que justificarte, o entrando en un laberinto del que no puedes salir, enzarzado en discusiones que no han tenido el más mínimo sentido desde el minuto uno. Has acabado poniéndote tú solo una diana y todas y cada una de tus palabras han servido para agilizar esa distensión.
Lo has hecho con tu mejor intención, pero, ¿qué has obtenido? Justamente aquello que no querías obtener y que evitabas por todos los medios. He ahí la triste ironía.


Ni esto me anima las fiestas.
Así os lo digo.


Es otro año en que sientes que tu historia se repite, que vives en base a ciclos que, si existe algún modo de romper, tú no lo conoces. Condenado a vivir una y otra vez la misma historia, lo único que te queda es pasar estas festividades, teóricamente pensadas para que seas un poquito feliz para variar, lamiéndote las heridas y pensando qué has hecho mal. Pensando por qué siempre acabas así de herido, mientras otros sí parecen conseguir aquello a lo que, al igual que tú, aspiran. Pensando por qué ellos sí y tú no. Pensando por qué tu vida no es un poco mejor, para variar.

Lo peor de todo esto es que, si lo pienso, me gustan las Navidades. Me gusta el ambiente en las calles y me gusta que sea una excusa para que, aunque sea por una vez en la vida, hagamos el esfuerzo de limar asperezas y llevarnos bien. O por lo menos intentarlo. Me gusta el olor a castañas asadas, incluso las luces, por horteras que os parezcan a más de uno. Me gusta cuando nos reunimos por Navidad, simplemente porque es un motivo tan bueno como otro cualquiera para hacerlo. Me gusta que la gente se felicite la Navidad porque piense que tiene todo un año para estar enfadado y que conviene cambiar el chip aunque sea un par de semanas. Me gusta la gente que incluso piensa en eso de corazón y no como postureo.

Lo que no me gusta es, entonces, el hecho de que sucede a final de año, cuando mis energías ya están a cero. Cuando el desgaste emocional por tantísima lucha perdida prácticamente ha acabado ya conmigo. Cuando pienso en toda la gente que he apreciado a lo largo de mi vida y que ya no está... no por haber pasado a mejor vida (eso sería algo inevitable, aparte de algo harto evidente), sino porque ya he dejado de importarle. Pienso en lo duro que es esta última frase... pero resulta más dura si caigo en la cuenta de lo cierta que es. Preguntaos si no, entonces: ¿para cuánta gente creéis haber sido importantes hasta hace algún tiempo y ahora no lo sois? ¿Cuánta gente os manifestó en su momento su cariño y ahora os contempla, si tenéis suerte, como un recuerdo molesto? ¿Cuánta gente en vuestro presente, en vuestro entorno, os ve como algo que ya no es lo que era? ¿A cuántos de vosotros gente así os ha expulsado de sus vidas?


A la calle.
Asumidlo.


Sé que a muchos de vosotros esto le ha pasado y habéis aprendido a pasar página. Sois gente fuerte, que ha aprendido a dar importancia a según qué cosas y a seguir adelante. A decir "Esto no me importa" y creerlo realmente.
Lo he dicho alguna vez, pero os lo repito: os envidio. De corazón, quiero ser como vosotros. Me gustaría coger y aprender a distinguir a aquella gente que no es sana para mí y a la que he dejado de importar y desprenderme de según qué recuerdos como si fuera una piel muerta. Me gustaría impermeabilizarme y hacerme invulnerable. De verdad que os lo digo, me encantaría ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva y separar el grano de la paja. Me encantaría saber seguir adelante y pasar página con esa facilidad.
Pero lo cierto es que no sé.
Supongo que es porque no soy una persona emocionalmente fuerte, o porque tengo la malsana costumbre de darle excesiva importancia a lo que no debería. No lo sé. Lo único que puedo deciros es que, llegados a este punto del año, yo ando ya con las fuerzas por los suelos. Sumad esto al hecho de que este no es el único año malo, sino otro más, tras unos cuantos en que las cosas a nivel personal no solo no han mejorado sino que se han vuelto más intensas. Más convulsas. Más caóticas. Más conflictivas.


Au.


Va a ser otro año que acabe y lo más inteligente que se me ocurra hacer sea hacer recuento de bajas a mi alrededor. Balance de todos aquellos conflictos que no he sabido gestionar. De todas las heridas emocionales que me he llevado por cada uno de ellos. Sí, estoy seguro de que no es el mejor modo de terminar un año. Podría ponerme a sonreír de forma falsa y simular que todo va bien; que todo va a salir bien en cuanto llegue el 1 de enero. Puedo ponerme a seguir esa filosofía positiva de que solo tengo que tener una buena actitud para que la vida me sonría. Puedo mentirme a mí mismo de muchas maneras, pero lo cierto es que ya no me quedan ganas de hacerlo. Lo único que quiero es, para variar, un pequeño descanso de esta tónica que está siendo mi vida. Esa rutina de no entender lo que sucede a mi alrededor, de esforzarme para nada. De sufrir reveses y espaldarazos uno detrás de otro. De ser siempre el blanco de los problemas, cuando no el gran perdedor. De discusiones, de situaciones incómodas. De relaciones que se enfrían. De hablar al aire. De sobrar. De separaciones que me duelen en el alma.

Y lo más triste es que yo no sé hacer las cosas mejor de lo que las hago.