Va terminando el año y, como suele ser costumbre, toca ir haciendo un resumen/balance de lo que ha supuesto. Supongo que con vistas al año próximo, quedarse con lo bueno, aprender de lo malo y demás. Lo he intentado ya un par de veces y espero que esta sea la vencida. Lo de escribirlo, quiero decir. Lo de quedarse con unas cosas y otras es de la clase de tareas que me suele costar llevar a cabo.
Venga, vamos allá. Podemos hacerlo.
Ha sido un año complicado a nivel personal. Terminé el año anterior bastante mal, emocionalmente hablando y una de mis primeras promesas, propósitos o como quieran llamarse fue la de procurar entrar en menos disputas y evitar cabrearme en la medida de lo posible. Esto, debo decirlo, fue un estrepitoso fracaso y, aunque alguno no se lo crea, es la clase de cosas que me cuesta bastante asimilar. No lo de cabrearme, sino el hecho de no ser capaz de mantener una promesa que me he hecho. Para alguien que da un extremo valor a su palabra, ya os podéis imaginar lo bien que me ha sentado la pifia. En mi defensa, diré que he tenido que aguantar carros y carretas que me han venido por un montón de frentes y que, habida cuenta de que mis fuerzas ya venían mermadas de los dos años anteriores, como que se me ha hecho el asunto un poco cuesta arriba. No es que sirva como excusa (porque eso de romper una promesa a uno mismo es lo que es), pero sí que sirve como explicación al hecho de que he llegado al punto en que no he podido más y mi paciencia ha acabado por agotarse.
De forma paralela, ha sido un año en que he tenido que enfrentarme a unos cuantos retos a nivel personal que no detallaré aquí. Baste decir que me he enfrentado a algunos miedos en alguna que otra ocasión, lo cual no es poco. Han sido un par de pruebas de fuego de las que supongo que se pueden sacar en claro algunas cosas de las que aprender. Buenas, malas, ha habido de todo, como en botica. Ni nos vamos a poner en modo zen de filosofía new age de chichinabo, con ese positivismo que rezuma a plástico del malo ni vamos a entrar en la clásica caída en barrena de "Todo se hace pedazos".
"Ríe, HAMA, sé felís. Esa es la clave para que todo te vaya bien en la vida. Y si no te va, es que eres gilipollas y te mereces todo lo malo que te pase"
También ha sido un año de altibajos. De buenos momentos, sí, pero también de discusiones, distanciamientos y de amargas decepciones. De estas últimas se supone que también tengo que aprender... y lo haré, seguramente, aunque todavía necesito recuperarme emocionalmente de ellas. Algunas me han pillado con la guardia bastante baja y, cuando no te encuentras con fuerzas para afrontar según qué cosas, se vuelve más difícil hacerlo. Lo sé, parece una frase de perogullo, pero hay que estar en esa situación para entenderlo. Quizás algunos de los que me conocéis y habéis prestado un mínimo de interés sí entenderéis a las cosas que me refiero. Y si lo entendéis, supongo que imaginaréis lo que supone todo este desgaste emocional a base de situaciones terriblemente injustas. De ser tratado de un modo que no mereces, y de escuchar cosas que no quieres ni necesitas, ni tienes por qué oír. Lo que es la impotencia que supone luchar por hacer bien las cosas y acabar estrellándote contra un muro al llegar a la conclusión de que nada de lo que puedas hacer va a servir... no por otra cosa, sino porque eres tú quien lo está intentando. La desesperante revelación de que no se trata de lo que haces o dejas de hacer, ni de la intención que tengas, por buena que sea; no, las cosas no funcionan porque se trata de ti. No eres visto de la misma forma, no recibes el mismo trato ni se te escucha del mismo modo. Todo lo que digas, lo que hagas, lo que calles... absolutamente todo será empleado en tu contra. Serás juzgado con severidad por ello y raramente perdonado. Cargarás con las culpas de otros, se te pondrá una diana en el pecho y se abrirá fuego sobre ti. Oirás mentiras sobre ti, pullas, ofensas abiertas. Podrás hablar para defenderte, si quieres, pero servirá de tanto como si callas. En unos casos se te quitará la razón que tengas o dejes de tener; en otros, se asumirá que aceptas esa culpa. Hagas lo que hagas, no tienes manera posible de salir de esta.
Llegados a ese punto, la única solución que queda es bajar las revoluciones, enfriar los motores y acabar asumiendo que, en muchos casos, lo que te queda es asumir la separación y el frío que tanto has luchado por evitar. Contemplar desde la impotencia cómo todo se desmorona. Cómo el centro deja de sostenerse y cómo la mera anarquía se desata sobre tu mundo. Ver cómo lo que has intentado construir parece derrumbarse... y no porque no hayas hecho las cosas lo mejor que has sabido, sino porque da la impresión de que no tienen interés alguno en prosperar. Ni siquiera de mantenerse.
Llegados a ese punto, la única solución que queda es bajar las revoluciones, enfriar los motores y acabar asumiendo que, en muchos casos, lo que te queda es asumir la separación y el frío que tanto has luchado por evitar. Contemplar desde la impotencia cómo todo se desmorona. Cómo el centro deja de sostenerse y cómo la mera anarquía se desata sobre tu mundo. Ver cómo lo que has intentado construir parece derrumbarse... y no porque no hayas hecho las cosas lo mejor que has sabido, sino porque da la impresión de que no tienen interés alguno en prosperar. Ni siquiera de mantenerse.
Eso o acabar con los motores como este.
Por otra parte, ha habido algunos proyectos que han ido tomando forma y otros que están a punto de terminar. Se inicia además una nueva etapa creativa, donde el aprendizaje cobrará especial importancia. Supongo que parte de la gracia de tener una mente que tira más hacia lo artístico es la constante reinvención y el andar usando el cerebro para crear, recrear o descartar. Conforme mis energías se han ido apagando, me ha costado cada vez más; en algunos momentos, os juro que he tenido que ir obligándome a mí mismo a trabajar, a seguir dando forma a las ideas abstractas dentro de mi cabeza. En ocasiones, me he dicho a mí mismo "Paso" y he necesitado enfriar mi mente hasta que me he encontrado preparado para continuar. No os imagináis lo que cuesta eso cuando tus procesos mentales aparecen cubiertos por una costra densa de algo que parece grasa, pero si algo me caracteriza es mi fuerza de voluntad. Prueba de ello es que estoy escribiendo estas líneas tras al menos dos intentos fallidos. Incluso me estoy atreviendo a editar este artículo, añadiendo cosas que me había olvidado mencionar... pasando por el pequeño calvario de tener que leerlo todo y resistir el fuerte impulso de borrarlo una vez más.
"Puta mierda, no me convence"
Supongo que a partir de aquí, a tan solo un par de días de terminar el año, cuando se plantean ciertas cuestiones. Si esta tónica de estos últimos tres años, consistente en estos altibajos emocionales (más bajos que altos, todo hay que decirlo) se mantendrá a causa de ciertos elementos ajenos a mi voluntad que se han encargado, de forma constante, de someter a prueba mi paciencia; o si, como en los pasados años, me veré implicado contra mi voluntad en según qué conflictos. Si tendré que acabar interviniendo para luchar por algo que considero justo, o para salvaguardar el equilibrio en mi entorno. Si se me volverá a señalar con el dedo para pagar por aquello que no he hecho yo, o para pagar por las frustraciones de otros. Si mi dignidad quedará una vez más en entredicho o se asumirá de una vez por todas que, si yo no actúo sí con nadie de forma deliberada, no tengo por qué consentir que se me trate así. Si tendré por fin el reconocimiento que me gustaría tener.
Preguntas de difícil respuesta, desde luego, y que no es nada evidente que vayan a encontrarla en este año que entra, o no solo porque haya llegado el 1 de enero. Ojalá nuestro universo reiniciase los episodios amargos de nuestra vida cada vez que terminamos un año, pero va a ser que no funcionan así las cosas.
Lo que sí es cierto es que me gustaría que el año próximo supusiese un nuevo capítulo y tuviese la oportunidad de pasar página con algunos que llevan ya durando demasiado. Esto, por supuesto, no es más que un deseo. Como ya habréis deducido, lo de plantearse propósitos cuando la mitad de cosas que me encuentro son ajenas a mi voluntad (y la otra mitad no tengo ni pajolera idea de cómo gestionarla para tenerla bajo control), es una quimera. Por eso este año no tengo intención alguna de plantearme propósito o de hacerme promesas a mí mismo. No me apetece en lo más mínimo pasarme otra temporada reprochándome no haber sabido estar a la altura de mi palabra. Que venga lo que tenga que venir, que yo ya me lo tomaré como mejor pueda.



No hay comentarios:
Publicar un comentario