domingo, 4 de diciembre de 2016

Angst- Se acercan las navidades (yuju)



Se acercan otra vez las Navidades y, francamente, no me hacen demasiada ilusión.
No, no voy a hacer el típico post anti-Navidad, denunciando el exacerbado consumismo y la hipocresía de una sociedad a la que el sentido original de estas fiestas le importa un bledo; tampoco tengo ganas de hablar de la pobreza en el mundo, ni de refugiados, ni de niños sin hogar. No porque no sean temas que me importen, sino porque no estoy de humor para ese tipo de alegatos y, francamente, no me gustan. No me gusta coger y andar despotricando contra algo que suele ser, por lo general, una festividad con buenas intenciones para enterrarla en la demagogia de siempre y olvidarme de eso mismo en cuanto pase la temporada. Mi falta de ilusión proviene de raíces extrictamente personales, y no para dar lecciones de moral a nadie.

Si no me hacen demasiada ilusión es por el hecho de que mis Navidades, de un tiempo a esta parte, suelen ser festividades bastante tristes. Nunca han sido precisamente una de las mejores etapas del año para mí, por cuestiones personales que no tengo intención de tratar aquí y que para mí se quedan... pero digamos que últimamente se han convertido en el colofón de unos años que, siendo honestos, no han sido para tirar cohetes. Que igual no han sido problemas graves en comparación con los vuestros o con los de otros, pero son los míos.
Hablo de años duros, muy duros a nivel personal, con cambios que no he terminado de digerir cuando me toca asimilar otros tantos. Años en los que, cuando no he tenido una discusión muy fuerte con alguien a quien consideraba cercano, he sufrido decepciones de algún tipo; en otros casos, he sido yo el que decepciona, sin mucha opción de poder redimirme. Se acerca otro diciembre y vuelvo a ver lo mismo: distensión y frío. La constante sensación de pérdida, de derrota se apodera de mí una vez más y, como si estuviera intentando atrapar mercurio con las manos, todo se me escapa entre los dedos, con la creciente sensación de que lo único que se me queda en la piel son manchas de algo que me daña.


Algo así.


Es una vieja sensación, esa que tengo. Hacer balance de lo que ha venido siendo toda tu vida en los últimos, no sé, dos, tres años y darte cuenta de que lo has hecho lo mejor que has sabido para que tu entorno sea algo medio estable, medio pacífico y no obtener sino el más rotundo de los fracasos. Sentirte juzgado y declarado culpable por vete tú a saber qué crímenes y recibir lo que recibes siempre: la espalda. El frío. La caída en desgracia, donde antaño parecías ser alguien que importabas.

Sabes que vas a terminar otro año muy triste, pensando en todo lo que has hecho con tu mejor intención; pensando que, si se te hubiera ocurrido hacer algo para que las cosas terminasen mejor, lo habrías hecho... Pensando que has actuado conforme a tus valores, conforme a tus principios y que, pese a todo, no ha sido suficiente. Tú mismo no has sido suficiente. Será otro año en que acabes tirado en el sofá, viendo la tele, con un terrible desgaste emocional tras no sabes ya cuánto sometido a muchísima tensión. Callándote muchas veces por no generar más conflicto... pero soportando lo que no debes, o no quieres soportar; las veces que has hablado, en cambio, no han sido sino para peor. Cada vez que has intentado poner remedio a las cosas, dialogar, exponer tu punto de vista o simplemente decir lo que piensas no has hecho sino emponzoñarlo todo: has acabado teniendo que justificarte, o entrando en un laberinto del que no puedes salir, enzarzado en discusiones que no han tenido el más mínimo sentido desde el minuto uno. Has acabado poniéndote tú solo una diana y todas y cada una de tus palabras han servido para agilizar esa distensión.
Lo has hecho con tu mejor intención, pero, ¿qué has obtenido? Justamente aquello que no querías obtener y que evitabas por todos los medios. He ahí la triste ironía.


Ni esto me anima las fiestas.
Así os lo digo.


Es otro año en que sientes que tu historia se repite, que vives en base a ciclos que, si existe algún modo de romper, tú no lo conoces. Condenado a vivir una y otra vez la misma historia, lo único que te queda es pasar estas festividades, teóricamente pensadas para que seas un poquito feliz para variar, lamiéndote las heridas y pensando qué has hecho mal. Pensando por qué siempre acabas así de herido, mientras otros sí parecen conseguir aquello a lo que, al igual que tú, aspiran. Pensando por qué ellos sí y tú no. Pensando por qué tu vida no es un poco mejor, para variar.

Lo peor de todo esto es que, si lo pienso, me gustan las Navidades. Me gusta el ambiente en las calles y me gusta que sea una excusa para que, aunque sea por una vez en la vida, hagamos el esfuerzo de limar asperezas y llevarnos bien. O por lo menos intentarlo. Me gusta el olor a castañas asadas, incluso las luces, por horteras que os parezcan a más de uno. Me gusta cuando nos reunimos por Navidad, simplemente porque es un motivo tan bueno como otro cualquiera para hacerlo. Me gusta que la gente se felicite la Navidad porque piense que tiene todo un año para estar enfadado y que conviene cambiar el chip aunque sea un par de semanas. Me gusta la gente que incluso piensa en eso de corazón y no como postureo.

Lo que no me gusta es, entonces, el hecho de que sucede a final de año, cuando mis energías ya están a cero. Cuando el desgaste emocional por tantísima lucha perdida prácticamente ha acabado ya conmigo. Cuando pienso en toda la gente que he apreciado a lo largo de mi vida y que ya no está... no por haber pasado a mejor vida (eso sería algo inevitable, aparte de algo harto evidente), sino porque ya he dejado de importarle. Pienso en lo duro que es esta última frase... pero resulta más dura si caigo en la cuenta de lo cierta que es. Preguntaos si no, entonces: ¿para cuánta gente creéis haber sido importantes hasta hace algún tiempo y ahora no lo sois? ¿Cuánta gente os manifestó en su momento su cariño y ahora os contempla, si tenéis suerte, como un recuerdo molesto? ¿Cuánta gente en vuestro presente, en vuestro entorno, os ve como algo que ya no es lo que era? ¿A cuántos de vosotros gente así os ha expulsado de sus vidas?


A la calle.
Asumidlo.


Sé que a muchos de vosotros esto le ha pasado y habéis aprendido a pasar página. Sois gente fuerte, que ha aprendido a dar importancia a según qué cosas y a seguir adelante. A decir "Esto no me importa" y creerlo realmente.
Lo he dicho alguna vez, pero os lo repito: os envidio. De corazón, quiero ser como vosotros. Me gustaría coger y aprender a distinguir a aquella gente que no es sana para mí y a la que he dejado de importar y desprenderme de según qué recuerdos como si fuera una piel muerta. Me gustaría impermeabilizarme y hacerme invulnerable. De verdad que os lo digo, me encantaría ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva y separar el grano de la paja. Me encantaría saber seguir adelante y pasar página con esa facilidad.
Pero lo cierto es que no sé.
Supongo que es porque no soy una persona emocionalmente fuerte, o porque tengo la malsana costumbre de darle excesiva importancia a lo que no debería. No lo sé. Lo único que puedo deciros es que, llegados a este punto del año, yo ando ya con las fuerzas por los suelos. Sumad esto al hecho de que este no es el único año malo, sino otro más, tras unos cuantos en que las cosas a nivel personal no solo no han mejorado sino que se han vuelto más intensas. Más convulsas. Más caóticas. Más conflictivas.


Au.


Va a ser otro año que acabe y lo más inteligente que se me ocurra hacer sea hacer recuento de bajas a mi alrededor. Balance de todos aquellos conflictos que no he sabido gestionar. De todas las heridas emocionales que me he llevado por cada uno de ellos. Sí, estoy seguro de que no es el mejor modo de terminar un año. Podría ponerme a sonreír de forma falsa y simular que todo va bien; que todo va a salir bien en cuanto llegue el 1 de enero. Puedo ponerme a seguir esa filosofía positiva de que solo tengo que tener una buena actitud para que la vida me sonría. Puedo mentirme a mí mismo de muchas maneras, pero lo cierto es que ya no me quedan ganas de hacerlo. Lo único que quiero es, para variar, un pequeño descanso de esta tónica que está siendo mi vida. Esa rutina de no entender lo que sucede a mi alrededor, de esforzarme para nada. De sufrir reveses y espaldarazos uno detrás de otro. De ser siempre el blanco de los problemas, cuando no el gran perdedor. De discusiones, de situaciones incómodas. De relaciones que se enfrían. De hablar al aire. De sobrar. De separaciones que me duelen en el alma.

Y lo más triste es que yo no sé hacer las cosas mejor de lo que las hago.

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