Conoces ese sentimiento, ¿verdad? Lo conocéis todos.
Lo habéis sufrido en algún momento de vuestras vidas. Unos, de forma testimonial; otros, día a día.
Hastío.
Cansancio.
Esa sensación que tienes cuando te das cuenta de que ya no puedes más y, pese a todo, ahí sigues, obligado a aguantar lo que te toca.
Se supone que deberías hacer tal cosa, que deberías dejar de hacer otras tantas. Y tú ahí en medio, con un único pensamiento en la cabeza, que brilla como una bengala:
Estoy harto.
Os diré de lo que estoy harto yo.
Estoy harto de querer y no poder.
De intentar hacer las cosas siempre lo mejor que puedo, lo mejor que creo y lo mejor que sé. ¿Todo para qué? Para ser juzgado, tasado, evaluado y declarado indigno. Para recibir, metafóricamente hablando, patadas, bofetones y escupitajos en la cara.
Estoy harto de darme cuenta de que soy el único que se siente obligado a dar unas explicaciones que, pensándolo en frío, no tendría por qué dar. De claudicar, de capitular. De tener que agachar la cabeza y aceptar culpas solo por no seguir adelante en discusiones que no me llevan a ninguna parte.
Estoy harto de mi propio silencio.
Estoy harto de quedar enmudecido, de irme al rincón de pensar. Estoy harto de ver cómo mis pensamientos, sistemáticamente, son puestos en entredicho, ninguneados, declarados no válidos. De que todas y cada una de mis palabras me hagan sentir como un ignorante, como un pobre idiota que no sabe nunca de lo que habla.
Estoy cansado de sentirme inferior. De luchar siempre con todas mis fuerzas, poniendo mi corazón y mi alma en todo cuanto hago. De hacer lo que creo que es justo, de sacrificarme por el bien común. De seguir un camino lo más recto posible, de no desviarme por motivos egoístas. De ceder, de sentarme en la grada para ver la felicidad de los demás y recordarme a mí mismo que la mía parece estar vetada por algún motivo que no puedo entender. Estoy cansado de hacer todo esto para luego ser flagelado, pateado y crucificado.
Estoy harto de emprender mi propio camino al Calvario cada cierto tiempo. De subir a mi propia cruz y de ver cómo aquellos que en su día estuvieron a mi lado ahora me dan la espalda mientras cargo con ese pesado pedazo de madera. Estoy ya muy cansado de que me claven clavos en las muñecas y los pies, de que me atraviesen de parte a parte con una lanza y que luego me dejen a mi suerte para que los cuervos se echen a suerte mis restos.
Hala, a cargar con esto.
Estoy cansado de tener que visitar mi propio infierno una y otra vez. De ir añadiendo nuevas líneas a mi lista de errores vividos, y por los que no sé por qué tendría que perdonarme. De cuestionarme a mí mismo, tanto o más que lo que ya lo hacen los demás. De preguntarme constantemente qué he hecho mal y qué podría haber hecho mejor, si no he tenido nunca mejores opciones. Si, a fin de cuentas, siempre he hecho las cosas del mejor modo posible.
Estoy harto de vivir en círculos, de no avanzar, de sentir que mi vida no es más que un ciclo condenado a repetirse eternamente hasta el día que abandone este mundo. Estoy cansado de darlo todo y, a cambio, ser humillado, arrastrado y ninguneado. De esforzarme para que se me recompense con vacío, frío, oscuridad, silencio, desprecio o incluso odio.
No me quedan muchas fuerzas. Cada grito, cada palabra lanzada como si fuera un dardo envenenado; cada pulla, cada error restregado por mi rostro como si fuera un pecado mortal e imperdonable es una cicatriz que últimamente no hace más que sangrar. Al igual que un animal de laboratorio, siento que nada de lo que haga me llevará a un buen fin, por lo que al final opto por lo que haría él: me escondo en un rincón, me quedo en silencio. Aguardo la nueva oleada, sin demasiadas ganas de pelear. A veces, ya ni me pregunto por qué. Simplemente espero a recibir lo que sé que voy a recibir.
Estoy cansado de vivir con miedo. De medir mis palabras, para que no se me mande a callar, ni se me grite, ni se me diga cualquier cosa hiriente. De que se me recuerde que no soy lo que se esperaba de mí. Que no estoy a la altura, que no soy gran cosa. Que a mi alrededor cualquier criatura es mejor, que tiene una vida más plena. Que al final, sienta que tengo que dar explicaciones acerca de por qué no llego. De por qué no soy tan genial, ni tengo tanto éxito en la vida como otros.
Estoy harto de empeñar mi palabra una vez tras otra, y ver que soy una voz que predica en el desierto. Harto de ser el único en comprometerse y en mantenerse fiel a sus promesas, solo para ver cómo el resto de mi Universo hace simplemente lo que quiere, aunque eso implique pasar por encima de mí y arrastrarme por el suelo sin piedad alguna.
Harto de llevar una máscara para protegerme y de ser visto como un bufón solo porque pocos, muy pocos, se molestan en mirar qué hay más allá. Cansado de ser el último mono, de ser ignorado o no tomado en serio. Estoy más que harto ya de llegar a casa y, en el único lugar que considero un auténtico refugio, mostrar mi verdadero rostro tal y como es. Un rostro no tan alegre como la mayoría piensa; el rostro de alguien que no entiende por qué tiene que soportar según qué cosas.
Lo que se ve no siempre es lo que hay.
Estoy cansado de hacerme preguntas y de no encontrar respuestas jamás. Estoy cansado de tener que aguantarme, de tener siempre la mano perdedora o de pagar por los crímenes de otros. Estoy cansado de llegar demasiado tarde, o de actuar demasiado pronto. Estoy cansado de no ser capaz de ver en los demás para no sufrir decepciones tan amargas. Estoy cansado ya de trifulcas, de discusiones, de riñas, de peleas. Agotado de ver cómo los dedos acusadores se ciernen sobre mí y no poder hacer absolutamente nada para evitarlo.
Estoy abatido. Desgastado.
Harto de hablar y no conseguir hacerme entender. De esa rabia, de esa impotencia que surge cuando ves que todo a tu alrededor se desmorona y se corrompe y las miradas se giran hacia ti, como si esperasen que tú las fueras a solucionar, o como si tú fueras el único e irremediable causante de todo el Mal que se esparce a tu alrededor.
Cansado de huir, de esconderme, de emprender nuevos caminos para volver a empezar. De tener fe en aquello y en aquellos por los que no debería tenerla, pues estoy viendo que la fe en mí dura realmente poco. Estoy harto de acabar siempre sintiéndome mal, de encogerme casi hasta la nada. De que lo mejor que se me ocurra cuando todo empieza a temblar es acurrucarme en un rincón y rezar porque esta vez toda la marea no caiga sobre mí. También estoy harto de que mis rezos no me sirvan para nada y acabe siempre con una diana en el pecho.
Estoy harto de dobles raseros. De ser juzgado con mayor dureza, de ser golpeado y zarandeado solo porque soy yo. Porque se esperaba más de mí. Porque por lo visto, en según qué contextos, no soy como los demás. Estoy cansado de que estos argumentos se usen como principal excusa para descargar rabia sobre mí. Rabia de la que no soy responsable y rabia por la que se me hace pagar, de una forma desproporcionada. Estoy harto de no ser capaz de defenderme, por miedo a iniciar una nueva guerra de desgaste que sé que no me va a llevar a buen puerto.
Estoy cansado de tener que explicar por qué agacho la cabeza y me someto como un perro vagabundo cuando debería levantarla como un lobo y mantenerla firme. Estoy cansado de no ser fuerte, de ser herido con tantísima facilidad. Estoy más que harto de que encuentren mis puntos débiles y se hurgue en ellos con tanta libertad. De que llegue cualquiera y, con poco que me conozca, me haga sentir tan mal.
Eso harta.
Estoy harto de que el reconocimiento por lo que hago (por mucho o poco que sea) no exista. Que solo se vean mis defectos, mis errores, mis fallos y mis taras. Estoy harto de sentirme tonto, ciego, mudo e insignificante. Estoy más que cansado de merecerme algo bueno en mi vida y de no encontrarlo. De acabar comiendo migajas en el suelo y de que se me llame conformista por ello, cuando la cuestión es que logro lo que logro porque no he conseguido, no he sabido, hacerlo mejor. Porque eso es lo que he logrado poniendo todo mi empeño. Porque, admitámoslo: no doy para nada más.
Estoy harto de sentirme monstruoso, de que cada vez que intento mantenerme firme en algo en lo que creo, en ser fiel a mi palabra, y en aferrarme a lo poco que tengo, que son mis valores, se me ponga en tela de juicio. Se asuma que mi forma de pensar, de actuar, de vivir, es incorrecta. Que todo aquello en lo que creo no es más que un puñado de estupideces. Que soy intolerante, intransigente, inflexible. Ignorante, arrogante, torpe, inútil, vago. Rencoroso, cobarde, egoísta, mezquino. Me parto el alma por demostrar que no soy así. Que jamás he tenido intención alguna de serlo. No os imagináis hasta qué punto desgasta luchar por hacerlo y darte cuenta de que todo cuanto haces resulta ser total y absolutamente absurdo. Que ya has sido juzgado, tasado, evaluado y etiquetado.
Estoy ya exhausto.
Estoy cansado de que se me dé a entender que no hago una a derechas. Que valgo para poquita cosa, aparte de para soltar chistes guarros de los que, en el fondo, apenas se ríe nadie. De que, a cada paso que doy, siempre siempre siempre haya alguien poniéndome por delante una relación de todos y cada uno de los fallos que he cometido, sin importarle siquiera por qué los he cometido, o qué era lo que pretendía. Estoy harto ya de intentar construir algo para que se destruya, y luego tener que escuchar cómo se echa en cara que fue culpa mía por querer cometer la osadía de intentar ser un poquito feliz en esta vida.
Estoy harto de no tener ningún logro digno de mención por el cual nadie pueda restregarme mis carencias por la cara. De que, haga lo que haga, se achaquen siempre mi falta de ambición o de visión. De que todo el mundo conozca a alguien con quien compararme y dejar todos mis esfuerzos por los suelos. Estoy cansado de no haber podido nunca cerrarle a nadie la boca con lo que soy capaz de hacer... porque tampoco creo que sea capaz de hacer nada especial.
Que, a ver, ya me gustaría a mí... pero de donde no hay no se puede sacar. Y eso es lo que hay.
Estoy cansado de no ser nada del otro jueves. De no causar un gran recuerdo en la mayoría y acabar por ser olvidado tarde o temprano. Estoy cansado de que mi presencia incomode, sobre o directamente resulte ser una molestia. Estoy harto, muy harto, de darme cuenta de que acabo siendo la piedra que estropea los engranajes o la oveja negra. Harto de hablar un idioma que nadie entiende, o de no entender el idioma del mundo que me rodea. De sentirme como un alienígena en mi propio mundo, de querer encontrar mi lugar y estar condenado a errar de aquí para allá.
Estoy harto de todos y cada uno de mis fracasos, que me atormentan día sí y día también. De que, cuando no me los recuerde yo (lo cual ya es raro), siempre haya alguien que me los recuerde a mí, haciendo de paso que me sienta culpable. Y es que estoy también muy cansado de ver cada error como un fracaso y de no ser capaz de perdonármelos jamás.
Estoy cansado de hacerme daño. Estoy cansado de que me hagan daño. Estoy cansado de dejar que me hagan daño. Estoy cansado de no tener las fuerzas suficientes para trazar la línea que debería para que nadie más me pisotee.
Estoy cansado de que, lo único que pueda hacer cuando todo se hunde a mi alrededor, sea escribirlo para desahogarme... pero sin el cerebro, el valor o las fuerzas necesarias para dar con una solución que no implique el resultado habitual: que haga lo que haga, siempre acabe perdiendo. Siempre llevándome mi ración de heridas. Que, por buena voluntad que ponga, todo acabe saliendo mal. Que, por mucho que insista, se me va a considerar culpable de toda la destrucción causada.
De todo esto estoy harto.





No hay comentarios:
Publicar un comentario