jueves, 25 de febrero de 2016

Angst- No soy lo que pensáis



Lo he oído una, mil veces.
He sido sometido a juicio, analizado, tasado y evaluado.
Declarado digno, declarado indigno. Héroe, maestro, discípulo inocente y traidor.
He escuchado cómo a mi alrededor los demás se permiten el lujo de opinar sobre mi vida y decirme qué debo hacer con ella; a casi nadie he oído preguntarme qué es lo que quiero. He escuchado en silencio, prestando mis oídos y raramente mis labios.
Opiniones, recomendaciones, órdenes.
Palabras, palabras, palabras.

He vivido cómo algunos han dicho admirarme, y luego he visto la decepción en sus ojos.
Porque no soy lo que pensáis.
Habéis tomado mis palabras como la Verdad. Habéis visto sabiduría en mí. Habéis confiado ciegamente en mi criterio, en lugar de pensar que no lo sé todo. Que soy humano y que puedo equivocarme.

Ese estribillo que suena en mis oídos, una y otra vez.
Esa imagen, donde parezco sabio, seguro de mí mismo, inteligente y fuerte.
Fuerte, yo.
Casi me dan ganas de reírme hasta no poder más.
Me habéis considerado una persona fuerte, incluso valiente. Habéis creído que puedo resistirlo todo, que mi voluntad no conoce límites. Que no hay situación ante la que no me rinda, que absolutamente nada en este mundo me hace daño. Que no hay mañana en que no me levante solo por inercia, aburrido del mundo que me rodea.

Qué poco me conocéis, queridos míos.
Si a estas alturas seguís pensando que siempre salgo triunfal de cualquier cosa a la que me enfrente, sin corte, magulladura o rasguño, queda claro que no soy lo que pensáis. Que nunca me habéis visto guardar silencio porque no me queda nada que decir; cuando he recibido golpes tan fuertes que me he quedado sin réplicas ingeniosas... o tal vez no han sido fuertes en absoluto, pero me pillan en un mal momento y hacen que yo solito me venga abajo. Cuando mi sarcasmo se acalla y lo único que queda alguien que se repliega sobre sí mismo y no quiere que le toquen, ni que le hablen, ni que le miren siquiera.

Muchos de vosotros habéis pensado que siempre estoy dispuesto a entrar en batalla, encarando la adversidad con una sonrisa socarrona, o con las palabras más acertadas. Algunos incluso habéis creído que tengo la respuesta a todo, que pase lo que pase, siempre sé cómo escapar airoso de cualquier situación.
Hay quien me ha considerado invencible, sin pensar en algo tan simple como que no soy diferente a vosotros. No soy lo que pensáis: si me pincháis, sangro.

Hay quien ha pensado que vivo en una constante guerra con el mundo, que estoy lleno de ira, o tal vez odio. Que desprecio todo aquello que no tiene que ver conmigo o con mi punto de vista. Me habéis visto como arrogante o soberbio. Nunca os habéis preguntado si eso que creéis que es ira no es más que amargura o una sensación de desesperanza. Si, cuando hablo con firmeza es porque hablo en una de esas pocas ocasiones en que me siento seguro. El resto de casos, si quisierais fijaros, ni siquiera abro la boca.
Nunca habéis pensado que a veces me pueda sentir triste. Que no siempre esté de humor, o que si parezco estarlo, no sea más que una fachada para negarme a mostrarme cómo estoy por dentro aquellos días que no me encuentro bien. Que, de vez en cuando, esté tan cansado de según qué situaciones en mi vida que me gustaría desaparecer sin apenas dejar rastro durante unos días y no hablar con nadie. Estar tranquilo en alguna parte donde pueda descansar del mundo que me rodea. Limpiar mi mente y recargar mis fuerzas.

Solo lucho por hacer las cosas lo mejor que sé, o lo mejor que puedo, pero eso no quiere decir que lo consiga. Fallo, tanto o más que vosotros, y cada uno de mis errores, creedme, cuenta para mí como un fracaso que raramente me perdono. El mal que ocasiono prevalece; el bien, quedará enterrado con mis huesos. Vivir conmigo y con esa sensación de que, haga lo que haga, nunca es lo bastante bueno, es duro; quizás no más duro que para el resto vivir consigo mismo, pero tampoco es un camino de rosas.

Vivo, pues, entre un intenso deseo de hacer mi entorno un lugar mejor y la constante frustración que supone no conseguirlo, o conseguirlo tan solo a medias. Hay quien piensa que soy capaz de conseguir cualquier cosa que me proponga, pero no es cierto: mis fracasos suelen superar siempre en aplastante número a mis victorias. No es de extrañar, por tanto, que me suela sentir torpe y patoso. Que abra la boca y sienta que estoy metiendo la pata constantemente, pese a mis buenas intenciones. Que sí, que sé que tengo virtudes, pero acaban quedando empañadas entre todas las cosas que se supone que debería ser, las que debería hacer o lograr, y que no consigo por más que lo intente.

Creéis que lucho movido por la esperanza, pero no soy lo que pensáis. A menudo, lucho desde una profunda inercia, simplemente porque no sé hacer otra cosa. En el resto de ocasiones, lucho por aquello que creo, solo para ser crucificado una y otra vez. No soy digno ni de envidia ni de admiración. Tampoco creo que sea digno de lástima.
Hablando claro, no sé de lo que soy digno.

Me he caído y me he vuelto a levantar una y otra vez, coleccionando heridas de todo tipo. Si fueran físicas, mi piel se parecería bastante a un mapa ajado, cosido y recosido. Cada una de esas heridas está ahí y no la he olvidado; cada una de ella forma parte de lo que he sido, de lo que soy y de lo que seguiré siendo. No siempre las viejas heridas me hacen más fuerte; todo lo contrario, con más frecuencia de la que me gustaría admitir, tienden a reabrirse. A sangrar. A torturarme.

La mayoría de vosotros no ve mi lado oscuro. El de una persona solitaria que tiende a analizar cada segundo de su existencia, juzgándose con dureza a sí mismo. Que se declara a sí misma culpable de cosas que todo el mundo olvida. Hay una parte de mí que no dejo que vea ninguno de vosotros; un rostro diferente, que solo yo conozco y con el que intento aprender a vivir cada día. Un rostro con el que hablo, discuto y me reconcilio. Un rostro que, en esencia, es mío.

La mayoría de vosotros solo ve de mí el lado burlón, el cínico. El irreverente o el vehemente. Casi todos se quedan en la fachada o, peor aún, a las puertas de lo que realmente soy. El papel de bufón, una de tantas armaduras que he vestido a lo largo de mi vida, y que yo mismo me he autoimpuesto para protegerme de un mundo que no entiendo. Que no me gusta, y en el que cada día más siento que encajo menos. Habéis pensado que mi conocimiento puede abarcar cualquier cosa, o que soy un teórico de la vida. Que sé cómo funciona todo; que puedo solucionarlo todo; que lo sé todo sobre las personas.

No soy fuerte, ni valiente.
No soy ni sabio ni inteligente.
No siempre soy un cínico,
y mi sonrisa a menudo no es más que una máscara.
Se me puede hacer daño, y mucho.
Con frecuencia, quien más daño me hace soy yo mismo.
No soy una guía, ni un referente. Ni gurú ni maestro.
No puedo deciros cómo vivir, porque eso no lo sé ni yo mismo.
La mayor parte de las veces creo no ser nadie. Nadie especial, al menos.
Casi siempre creo tener razón en esto último.

Pero lo que sí es cierto es que no:
No soy lo que pensáis.

martes, 2 de febrero de 2016

Angst- A mi Hermano Oscuro



Donde veis uno, bajo esta fachada que muestro al mundo, soy dos. No siempre es fácil distinguirnos, pero créeme, estamos ahí. Siempre el uno al lado del otro.
Tú y yo, Hermano Oscuro. Sí, estoy hablando de ti. Sé que puedes oírme, pues tus latidos son los míos; cada ápice de aire que tomas en una inspiración, yo lo expulso en una espiración. Dime, ¿cuántas veces hemos discutido entre nosotros? ¿Cuántas veces nos hemos gritado? ¿Cuántas veces nos hemos declarado odio mutuo para, más adelante, darnos cuenta de que no tenemos a nadie más y acabar abrazándonos en la oscuridad?
Debo aceptarlo: eres parte de mí, del mismo modo que yo soy parte de ti. Ambos formamos parte de un todo, pero no podemos estar el uno sin el otro. En cada batalla librada, has recibido los mismos golpes que yo. Has sufrido conmigo, has sangrado conmigo y te has retorcido de dolor. Hemos llorado juntos nuestras derrotas. Nos hemos levantado con la estricta compañía el uno del otro y hemos reanudado nuestro camino, a veces tomándonos de la mano, a veces ignorándonos porque nuestras posturas son irreconciliables.



Y sí, debería quererte, Hermano Oscuro. Al fin y al cabo, sé que eres el único que nació al mismo tiempo que yo, y que serás el único que me acompañe el día que abandone este mundo. Sé que estás conmigo, que estás junto a mí. Que ambos compartimos el interior de esa carcasa que dejamos ver a los demás. En nuestros peores momentos, eres la única voz que he oído dentro de mi cabeza, consolándome entre lágrimas. Junto a mí, has jurado venganza sobre aquellos que nos lastimaron sin provocación. Tú y yo hemos tomado decisiones importantes, hemos cometido graves errores y hemos aprendido de ellos. Nos hemos felicitado mutuamente en los momentos alegres, cuando hemos logrado lo que nos proponíamos.
Debería quererte, pero a veces te odio, y no te imaginas cómo. A veces te alías con aquellas fuerzas que conspiran en mi contra y frenas mi mano. Me impides soñar, me haces agachar la cabeza las raras veces que oigo un cumplido, me culpas por cosas que han sucedido a mi alrededor, haciéndome responsable cuando no debería serlo. Eres la voz que me dice que siempre puedo hacerlo mejor, aunque lo haya dado todo; que no soy lo bastante bueno, que debo cargar con una cruz que tú mismo has colocado sobre mis hombros.



Tú eres quien me crucifica, quien golpea con un martillo esos clavos que se incrustan en mis muñecas y no paran hasta atravesarme de parte a parte. Quien me muestra al mundo como alguien que debería avergonzarse por sus actos, pese a que es mi mano la que los ha guiado, siempre templada por buenas intenciones, aunque estas no te importan. Me conviertes en mártir, víctima y esclavo. Soy aquel que debe pagar por los pecados de otros.
No te importan mis sentimientos, reconócelo.
No te importa lo que me haces sufrir cada vez que tu hielo congela el fuego que llevo dentro. Eres un juez severo, ciego e implacable. Si tienes que lacerarme con tus palabras, no dudas en hacerlo en aras de tu Código. Por el bien de la justicia, me abofeteas, me gritas y me intimidas hasta que acabo acurrucado en un rincón. Por el bien de la justicia, dices... como si yo no creyese en ella. Como si yo no tuviese ese Don del que te vanaglorias, ese Ojo Místico con el que escrutas la injusticia por mucho que se quiera esconder. Eres cruel conmigo, Hermano Oscuro, y a veces creo que no quieres que yo exista; que mi sola presencia te incomoda. A veces creo que tú también me odias a mí.

¿Que no?
¿Que lo que haces, lo haces por mi bien?
Dime, ¿han sido por mi bien todas esas veces que me has hecho sentir como un monstruo, aun a sabiendas que no lo soy? ¿De verdad tienes el valor de decirme que te preocupas por mi bienestar cuando me torturas cada vez que te viene en gana?
Por tu culpa muy a menudo tengo que esforzarme para poder contemplar mi reflejo en el espejo y mantener la mirada. Porque intentas ridiculizarme, mostrarme como alguien de quien debería avergonzarme. Tras el brillo de mis ojos, se encuentra el destello de los tuyos, helado y metálico, duro y terrible. Esa mirada insoportable, que me recuerda lo que me gustaría ser pero que no alcanzo a ser. Que me dice, una y otra vez, que jamás lograré serlo. Casi puedo oír tu voz, preguntándome a quién quiero engañar. Que soy un fraude. Que no soy especial. Que soy mediocre en todo cuanto hago y que mis empresas jamás llegan a ninguna parte.



Eres prudente, dices.
Tienes los pies en la tierra.
Aseguras que lo haces para evitar que me decepcione cuando fracase... dando por hecho que voy a fracasar; para no vivir haciéndome ilusiones, ni con falsas esperanzas.
Dices tener buenas intenciones, pero al hablar, cortas mis alas; me anulas, me enmudeces. Haces que me sienta estúpido, y que cada palabra que quiera decir suene burda, torpe o ridícula. Dices querer ayudarme, pero te ríes de mí, me menosprecias y me insultas. Tu condescendencia no hace sino encadenarme al suelo e impedirme echar a correr. Me atas las manos y me amarras los brazos a la espalda. Me muestras imágenes del pasado para recordarme mis errores, mis fracasos. Todas y cada una de mis derrotas; las restriegas por mi cara como si fueran un trapo sucio. Me obligas a recordarlas con todo detalle, y no dejas de decirme en lo que me equivoqué. No me perdonas jamás por ello. No me das un respiro.
Quieres protegerme, insistes una y otra vez, pero me conviertes en el blanco de tus iras.
Cuando yo digo "Sí", tu palabra es siempre "No". Me ordenas agachar la cabeza, me envías a mi habitación. Me obligas a olvidarme de aquello que deseo, porque no me consideras digno. Quieres que sea perfecto en todo lo que hago, pero me impides ser feliz. Me impides incluso creer en la felicidad.

Me limitas, me atas, me mutilas... pero luego, cuando el tiempo me ha dado la razón, demostrando que debería haber hecho aquello que no me permitiste, me torturas de nuevo por haberte obedecido. Una vez más, la culpa es mía. Tu Sagrado Criterio, inviolable e inmutable, jamás se ve contrariado de este modo. Tu Palabra es la ley y, suceda lo que suceda, yo debo acatarla. Si sumamos una victoria, es porque todo ha ido según tus deseos; si es una derrota, yo debo pagar por ella.
Y llamas a eso protección.
Lo llamas amor, pero eres como ese Dios sádico y retorcido, que considera que el amor del prójimo debe ser puesto a prueba por medio de la tortura. Me obligas a amarte a costa de golpearme hasta dejarme sin aire, de pisotearme cuando estoy en el suelo. De gritarme cuando me siento mal.



Supongo que te preguntas por qué te escribo. Por qué ahora. La respuesta es sencilla: solo te pido una tregua, porque estoy muy cansado. Estoy muy cansado de escucharte, de que me aterrorices, de que me socaves y de que me impidas caminar sin trabas. Sé que soy lo bastante fuerte como para soportarte, pues lo llevo haciendo toda mi vida... pero hay veces en que, sencillamente, me sacas de quicio. A veces creo que yo soy el único que te soporta porque no existe nada sobre la faz de esta tierra que sea capaz de hacerlo. Creo que no me has abandonado porque, en el fondo, me necesitas para subsistir. Irónico, ¿no te parece? Me necesitas, pero ejerces tu violencia verbal sobre mí de forma sistemática, sin piedad.
Tal vez es porque no eres más que otro cobarde. Tal vez, Hermano Oscuro, eres aquello que yo debo controlar y no al revés; tal vez sea yo quien deba tomar las riendas y no tú, pues bajo tu mando no es que nos hayamos cubierto de gloria precisamente. Lo único que hemos obtenido, gracias a tu Código Sagrado y a tu estrechez de miras, es limitarnos una y otra vez. A vivir con miedo; contigo lo único que he escuchado siempre ha sido la palabra "No".
No.
Tal vez deberías ser tú quien escuchase esa palabra, para variar. Me pregunto cómo te sentaría. Me gustaría saber cómo debe ser, por una vez, que seas tú quien reciba una negativa. Que tu voz quede por completo silenciada. Por un día, me gustaría saber lo que es que estés completamente callado.



Es posible que estas palabras te estén asustando, o bien estés muerto de la risa porque sabes que jamás voy a poder vencerte del todo y que siempre estarás ahí. Que siempre tendrás algo que decir. Aunque vivimos juntos desde que nacimos, a veces me cuesta tanto sondearte que no siempre sé qué piensas a ese respecto. Nunca sé a ciencia cierta si eres débil y por eso me tratas como me tratas, o lo haces porque eres fuerte y te lo puedes permitir. Este es un juego que quizás no acabe nunca.
Pero quiero dejar de tener miedo, y lo sabes; eso quiere decir que, en un momento u otro, tú y yo, querido Hermano Oscuro, acabaremos por enfrentarnos. Al final, estaremos tú y yo y uno de los dos tendrá la última palabra.
Lo único que puedo decirte es que te prepares; porque yo también pienso hacerlo.