Algunos de vosotros, queridos Distópicos, sabéis que llevo ya diez años dedicándome a eso del mundo educativo. No en educación reglada, pero sí me dedico a la docencia. Sé que para muchos puristas, o estás dando clase en un colegio/instituto o no te puedes llamar profesor. Francamente, ante esa concepción tan respetuosa, solo puedo decir que me paso su puta opinión por el forro de los cojones y pedirles que se vayan a "respetar" a su puta madre. Imbecilidades aparte, volvamos al tema: como iba diciendo, llevo diez años dedicándome a eso de la docencia y, si el sistema educativo fuera tan genial como muchos (entre ellos, nuestros "honorables" líderes) se piensan, yo no sería necesario. Es duro decirlo, pero mi puesto de trabajo (es decir, enseñanza no reglada y complementaria a la reglada) existe porque el sistema educativo lleva tiempo yéndose a tomar por culo. Existe porque existe el fracaso escolar; porque hay estudiantes que no están aprendiendo, porque hay profesores (no todos, como digo siempre) que no tienen ni la menor idea de cómo hacer su trabajo y porque hay un sistema que no sólo está permitiendo que esto suceda: también lo está potenciando.
Hasta aquí, el apartado de crítica puto destructiva, donde me cago en todo lo cagable y dejo muy clarito que cualquier defensa de algo que tiene un resultado desastroso me apesta a excusa. Pasemos, pues, a empezar a ejercer la crítica sobre lo que sí considero que está mal y cómo se podría mejorar, tan sólo echando un poco de sentido común y siendo conscientes de lo que está fallando y que, "como las cosas son así", ni siquiera tenemos el más mínimo interés (aparente) en mejorar. Por lo general, la primera explicación que me encuentro es la de que los profesores se encuentran hipersupermegadesbordados y que tienen demasiados alumnos por clase. Estoy de acuerdo, pero ojo, amigos, esta no es la única explicación. Además, que tenemos que echar un poquito de memoria e irnos a tan sólo un par de décadas atrás, cuando la ratio de alumnos en clase era de unos cuarenta alumnos (yo me crié en una así, por ejemplo). Sin embargo, con una ratio menor, que es lo que hemos tenido hasta que se han impuesto los fantásticos recortes de nuestro gobiernillo, no había un sistema peor que ahora (por supuesto, tengo que decir que una de las mejorías de la ESO respecto al sistema de EGB fue reducir la ratio, pero insisto: no todo ronda en torno a eso). Eso debería llevar a pensar, a cualquiera que tenga un poco de sentido común, que hay más factores en juego, que son los que quiero ir desgranando en este post. Por supuesto, dudo seriamente que todos los factores que expongo aquí sean todos los factores existentes... aunque sí son los que yo he acusado más, a lo largo de una década entera tratando con alumnos, padres y otros profesores (la inmensa mayoría de ellos, provenientes de la formación reglada). Diez años repasando temarios, viendo libros de una docena de editoriales y sufriendo las modificaciones producidas por las tropecientas reformas, contrarreformas y microrreformas en el sistema que nos vamos comiendo cada vez que a alguna mente pensante de arriba le da por meter mano al asunto.
"¿Pero qué puta mierda han metido en este libro de texto?"
Empecemos por el principio. Si vamos a desgranar los problemas de la formación reglada, lo suyo es ver cómo un profesor consigue su plaza. Al hablar de la enseñanza pública, el procedimiento habitual es acceder a tu puesto por oposiciones (en la privada, supuestamente, es por medio de curriculum y con entrevista de trabajo previa, pero los que llevamos un tiempo dando vueltas en esto sabemos que principalmente la selección es a dedo y, en una gigantesca parte de los casos, por enchufe): ¿qué quiere decir esto? Que te preparas un examen, compites con tropecientos millones de personas, te examinas y, si apruebas y tienes la nota suficiente, obtienes tu plaza.
A ver, esto así contado suena como muy justo y puede parecer fenomenal. Eso de que las mejores notas accedan a un puesto de trabajo, sobre el papel, parece la opción más correcta... El problema es que, en la práctica, esto se convierte en un coladero de padre y señor mío. Para empezar, en el proceso de selección no existe más criba que el conocimiento académico que se demuestra en el examen y, si acaso, a la hora de defender algún tema en la parte de la famosa "encerrona". La prueba de la unidad didáctica, siendo honestos, no es más que preparar una especie de temario propio y soltarlo como un papagayo, exponiendo cómo se organizaría una clase, minuto a minuto, en condiciones ideales y sin tener en cuenta la cantidad de variables que se pueden dar en un aula (tales, como por ejemplo, que algún alumno no termine de enterarse de lo que estás explicando y necesites más tiempo del previsto en aclarar dudas). Dicho en pocas palabras, lo que se plantea en el examen es algo irreal, exponiendo condiciones ideales, y que, en la práctica, tiene poca utilidad.
"El turno de preguntas de mi clase durará exactamente 2 minutos y 36 segundos, puesto que todos mis alumnos habrán entendido lo básico, y esos dos minutos los emplearemos en algún detallito".
En segundo lugar, en el examen en sí no se evalúa en caso alguno la vocación que pueda tener un docente por su profesión, o simplemente la insistencia que tenga en hacerse entender; básicamente, se plantea como un ejercicio memorístico, con poca o ninguna aplicación práctica. ¿Cuál es el resultado, entonces? Que, por cada opositor que tenga como objetivo ser profesor porque quiera serlo (y el que me diga que no hace falta vocación para dar clase, para mí no tiene ni la menor idea de lo que está hablando) puede haber al menos otro que para lo único para lo que se presenta es para tener un puesto de trabajo estable, al que le da igual a lo que se está dedicando. Y eso, en algo tan delicado como es la enseñanza, es un puto peligro.
En tercer lugar, acerca de las oposiciones encontramos que un profesor que accede a una plaza no es evaluado de ningún tipo más allá de sus conocimientos (o de su memoria, porque muchos van a volcar lo que se han empapado en el examen y luego, si te he visto, no me acuerdo): no se hace evaluación psicológica para ver si esta persona está efectivamente capacitada para dar clase. No se evalúan sus habilidades sociales para tratar con personas (por niños que sean, son eso, personas). No se tiene en cuenta si realmente tiene algún interés por lo que está haciendo, o simplemente va a aprovechar haberse sacado la plaza para tocarse las narices, como he visto que hacen muchos, admiténdolo con toda su cara y que dan una imagen bochornosa de una profesión que implica una enorme responsabilidad.
—Perdone, he visto que en el examen ha corregido usted una pregunta que, en realidad estaba correcta.
—Es que no me gustaba la respuesta.
—¡Pero era correcta!
—Bueno, es que tampoco me gusta su hijo.
—¿Perdone?
—Oiga, tengo la plaza. Soy funcionaria. Me he sacado unas oposiciones y, por tanto, ya tengo pleno derecho a ejercer mi puesto como me salga del ojete. Como si quiero suspender a toda la clase. Tengo libertad de cátedra y aquí mando yo.
—¿Cómo dice?
—Soy la jefa de departamento y catedrática. Eso quiere decir que, si quiere usted que el examen del soplapollas de su hijo sea revisado, tendrá que pedir una inspección en delegación. Cuando quiera llegar, se habrá examinado varias veces conmigo. Y que sepa que como se ponga medio tonto me lo pienso cargar en la evaluación.
—¿QUÉ?
—Que me coma el coño con pan bimbo, caballero.
"Yo es que me he sacado un examen, que me ha costado lo mío, así que ahora que nadie me diga lo que puedo o no hacer en mi clase", es la excusa que se suele oír en estos casos. Aprovechando que un puesto de funcionario puede convertir a un docente en alguien casi intocable y que la terrible burocracia de todo el sistema educativo pone mil trabas a eso de los expedientes disciplinarios, hemos podido ver desde nuestra época como estudiantes hasta nuestros días cómo ha habido docentes que van a clase y dicen, con toda su santa cara dura, que "pasan de dar clase" porque "están quemados". Que siguen ahí "por las pelas" y "ni eso compensa" (Palabras textuales de un profesor con plaza en un instituto de mi ciudad). Dicho, con dos santísimos cojones, y por lo visto hay hasta que aplaudirles, porque oye, van al curro, no curran y encima hay que compadecerles porque están alrededor de críos. Como si no hubieran sido conscientes de ello el día que decidieron matricularse de las oposiciones. O bien esos otros que consideran que la nota de diez no existe porque no se les pone en los putos cojones darla, aunque el alumno en sí no haya fallado en el examen. Porque hay profesores que se ven a sí mismos como Dios, aunque no pasen de ser un puñado de tristes gilipollas que se creen mejores o que imparten "más nivel" solo porque suspenden a más gente.
Para mí, si te suspende mucha gente, te pongas como te pongas, eres un puto fracaso como profesor; pero es que, si encima te enorgulleces de eso, como persona ya me das mucho que pensar.
Profesores, como he comentado yo mismo alguna vez, visto con mis propios ojos y oído con mis orejitas, que no han tenido problema alguno en manifestar sus intenciones de discriminar alumnos por raza o forma de vestir y justificándose en "yo es que soy racista, lo admito", como si eso y sacarse un puto examen les diese carta blanca para tratar así al alumnado... o peor aún, para inculcarles y fomentarles ideales como el clasismo o la xenofobia. ¿Es esto común? Por suerte, no; sin embargo, volvemos a lo mismo: si el sistema permite que uno solo de estos seres (me niego a reconocerlos como profesores, por muchos exámenes que saquen y muchas plazas que tengan) acceda a un puesto público, el sistema ya empieza a apestar a mierda. A mierda pura y concentrada.
—Hola putos, saludad a Herr Professor.
—¡HEIL HITLER!
Pero claro, no es solo esto lo que falla. Hay más factores, tales como concepciones, que están demostrando no ser solo inviables; también están fomentando unos valores sociales que, como poco, distan mucho de los que deberían fomentarse en una sociedad sana. Valores tan bonitos y tan geniales como los siguientes:
1. Anteponer resultado a aprendizaje: Este es quizás uno de los errores de concepción más graves que nos podemos echar a la cara en el actual sistema educativo. Hoy en día (aunque ha sido un poco siempre así, la verdad), se ha considerado buen alumno aquel que saca buenas notas, sin importar que realmente esté entendiendo un carajo de lo que está estudiando. En el momento en que un alumno supera un examen y la nota pasa al boletín, la concepción (por completo falaz) de que tiene la más mínima idea de lo que acaba de aprobar brilla como una puñetera bomba atómica en plena noche. Si a esto añadimos el hecho de que tendemos a considerar que el alumno que saca más notas es más inteligente que el que no, nos damos cuenta del pedazo de error que estamos cometiendo.
Empiezo a explicar un poco esto, para irlo desgranando: el sistema hoy por hoy, es en gran parte memorístico. ¿Qué quiere decir eso? Que damos por hecho de que un alumno es más inteligente porque tiene mejor memoria, y de ahí no nos bajamos. Nada más lejos de la realidad: en realidad, la inteligencia se puede medir por una compleja cantidad de factores (preguntad a cualquier profesional de la psicología, que os puede dar un norte más amplio que yo); si el sistema parte de esa concepción, nos encontraremos estupideces tan grandes como tener a los críos memorizando frases en inglés en lugar de enseñarles cómo construirlas. O memorizando cualquier otra parte del temario que, más que memorizarse, lo que necesita es entenderse.
¿Digo con esto que el contenido memorístico debería desaparecer del sistema por completo? Pues ni tanto ni tan calvo, porque sí hay cosas que necesitas memorizar, como es el caso de una tabla de multiplicar, por ejemplo; sin embargo, lo que no se puede es tomar la parte por el todo y pretender que el personal aprenda a base de memorizar cosas que ni siquiera es capaz de entender... porque nadie se las ha explicado con tranquilidad.
"Tengo que saberme el puto libro de aquí al examen. Lo peor es que no sé ni de qué coño va el tema"
2. Con eso de que nadie les explica las cosas con tranquilidad, pasamos a eso del conocimiento teórico: si echamos un vistazo en primaria y parte de la secundaria, veremos unos cuantos libros en los que no encuentras un apartado de teoría que aparezca con claridad. Es decir, que si un chaval quiere coger y empezar a estudiar después de haber recibido su lección por la mañana, las pasa putas para encontrar un esquema donde pueda aclararse con lo que le han explicado. Dicho de un modo más simple, se da por sentado que el conocimiento teórico no es viable (lo mismo es porque piensan que el crío es imbécil o algo) y, por tanto, se ahorran ponerlo. En su lugar, hay viñetas, dibujitos y mil paridas más, en vivos colores para que el chaval no se aburra.
Error: si tú pones a cualquiera (niño o adulto) a estudiar y no tiene nada a lo que meterle mano, el conocimiento no aparece cual Espíritu Puto Santo y se le mete en el meollo. Eso del aprendizaje hipotético-deductivo o como coño lo llamen algunos genios puede molar mucho sobre el papel, pero si el personal quiere aprender, lo suyo es que aprenda sabiendo por dónde coño tiene que ir, en lugar de ponerlo a adivinar de qué puede ir la película, si es que va de algo. Más, cuando no es difícil encontrarte temarios mezclados (en inglés, por ejemplo, se ve mucho) y te encuentras varias cosas referentes a distintos temas en la misma unidad. Esto lo que genera, no es ni mucho menos un conocimiento ex nihilo, ni una mayéutica ni hostias new age en vinagre: lo que genera es confusión. Y parece que, después de más de diez años, todavía a nadie le ha salido de los putos cojones enterarse de que así no hay dios que se entere de nada. Que lo más práctico es dejar las cosas claras desde un principio, asegurarse de que se han entendido y reforzarlas de vez en cuando con actividades.
"Bueno, chavales, os dejo aquí en el laboratorio de química, rodeados de ácidos, compuestos tóxicos y demás mierda, sin enseñaros un coño de formulación o reacciones. La idea es que aprendáis por vosotros mismos qué hostias es eso de la química, porque total, estudiar teoría es para tontos."
El mismo laboratorio, media hora después.
Se echó la culpa a los chavales, por manejar compuestos químicos de forma imprudente.
"Si estudiaran no pasarían estas cosas", argumentó el profesor.
3. El tema de las actividades también da para mucho: últimamente estoy escuchando hablar mucho del bombardeo al que se somete a los críos con los deberes. Que si se pasan poniendo deberes, que si los niños no tienen tiempo para ser niños, y demás. No voy a entrar demasiado en si los deberes que se ponen hoy en día son más que los de antes, o si realmente es viable que un niño se baje al patio entre semanas, cuando tiene colegio al día siguiente (yo, por ejemplo, no lo hacía y no me he muerto). En lo que si voy a entrar es en una concepción que tenemos a la hora de pensar que, cuanto más deberes hace un niño, mayores son sus posibilidades de aprender. FALSO: Si un crío no se ha enterado de cómo coño se hace una multiplicación de dos cifras, ya le puedes poner diez páginas con cuentas, que te las va a seguir haciendo como el culo. Si nadie se molesta en dejar muy claro desde el principio qué hay que hacer y con qué hay que tener cuidado, como si le mandas el libro entero para que te lo haga a la tarde siguiente, no sirve absolutamente para nada.
Un alumno no trabaja más porque haga más deberes, quitémonos esta concepción arcaica de la cabeza: el alumno que trabaja es aquel que manifiesta interés por lo que hace y el que demuestra aprender. Pero parece que aprender es de todo menos el objetivo del sistema educativo.
"¡Llevo cuatro putas horas con esta mierda y no sé ni lo que es!"
4. ¿Cuál parece ser, visto lo visto, el objetivo? Pues a ver, yo no es que tenga la posesión absoluta de la verdad, pero sí tengo mis propias teorías. Las compartís si queréis, y si no, pues tendréis las vuestras, pero yo lo veo de este modo: el sistema educativo, desde hace ya bastante, se está convirtiendo en una fabulosa arma propagandística, y es algo tan jodido que me preocupa que nadie más se lo esté planteando de una forma seria. Desde hace ya tiempo tenemos cortinas de humo tan chulas como esa patochada de la eterna lucha entre religión y ciudadanía. Ambas asignaturas, si lo pensamos, metidas (o sacadas) con calzador en nuestro sistema educativo, no por educadores, sino por políticos. Políticos que, dependiendo de lo conservadores o liberales que sean, pretenden inculcar (o encuadrar, que es algo más chungo aún) sus distintas ideologías sobre el alumnado. De ahí que, cada cierto tiempo (especialmente, cada vez que cambia el gobierno) tengamos un debate árido que, en el fondo, no lleva a ninguna parte.
—¡Religión!
—¡Ciudadanía!
—¡Cultura religiosa!
—¡Ética!
—¡CULO!
Partiendo de este principio, nos damos cuenta de que el debate sobre esas dos asignaturas enmascara otros, si cabe, más profundos y problemáticos, que tendemos a pasar de largo: uno de ellos es la escalofriante tendencia a rebajar el nivel de calidad de la enseñanza. ¿Por qué se hace esto? Desde mi punto de vista, la respuesta sería también meramente propagandística: si lo que buscas es ponerte medallas con un sistema educativo, lo principal es demostrar que tu sistema combate el fracaso escolar, mostrando el menor índice de suspensos posibles (recordemos el punto 1, sobre los resultados). Para ello, nada más fácil que rebajar el nivel hasta el de aquellos que tienen peores notas, o (peor aún) hasta el de aquellos que no tienen el más mínimo interés; en resumen, que es adaptar los temarios para que apruebe alguien a quien, en el fondo, le da igual aprobar o suspender. Esto, ni que decir tiene, conlleva que los alumnos que sí tienen interés se sientan insultados cada año, con temarios repetidos de un curso a otro; estudiantes que, si bien se esforzaban en un principio, han llegado a la triste (pero cierta) conclusión de que esforzarse por aprender no tiene ningún sentido: al mediocre lo van a pasar de curso, haga lo que haga, y al que se esfuerza también. Es una versión retorcida de un ideal democrático, donde se ve que todo el mundo tiene las mismas oportunidades, aunque unos directamente ni las merezcan ni las quieran, y despreciando y rebajando a los que sí pueden aportar más.
Esto se puede resumir, además de lo ya dicho sobre el sistema que está para favorecer unas estadísticas ya maquilladas, que el objetivo del sistema no está en que el alumno estudie para aprender, sino que estudie para aprobar, lo que se está demostrando que en absoluto son términos sinónimos. Es más, me permito decir que, en nuestras aulas, hay alumnos muy inteligentes, y no por ello están aprobando las asignaturas: son esos alumnos que se han aburrido de que los tomen por imbéciles y ya ni se molestan en estudiar en un sistema que los ha juzgado como tontos del culo sin remedio. A nadie le gusta sentirse insultado, aunque tenga ocho años.
"Me trataban como si fuera subnormal, explicándome los números y los colores durante cinco putos cursos. Pero dejaron de hacerlo".
5. Derivado del punto anterior, encontramos cómo el sistema además se esfuerza en acabar de forma categórica con el pensamiento crítico y la autonomía de los estudiantes. Puede sonar un poco crudo así dicho, pero vamos a fijarnos en cómo están funcionando las últimas contrarreformas: primero se amenazó con mandar a tomar viento la asignatura de música, porque algún subnormal no le vio utilidad; ahora ha caído la filosofía, y probablemente de aquí a un futuro, si nadie hace nada, cualquier asignatura referida con las artes, el pensamiento creativo o todo lo referente a humanidades se irá al carajo. La excusa es que las humanidades no venden, y se da a entender que su único objetivo es la docencia, como si eso fuera un empleo indigno o algo así. Se empiezan a crear (o se empezaron, porque esto no es nuevo) castas de asignaturas, donde unas asignaturas son vistas como "útiles" y el resto, pues como la mierda que no sirve para nada y que hay que aprobar.
"Hola, soy el profesor de Educación Física. Y estoy hasta el cipote de que se falte al respeto a mi profesión. ¡Que yo no me dedico a faltar al respeto a la vuestra, putos snobs de mierda!".
Todo lo que tenga que ver con leer, entender lo que se lee (salvando lengua española e inglés, que de momento sobreviven) y sacar las conclusiones propias de lo que se está leyendo empiezan a apestar a librepensamiento. El gobierno ha manifestado su ignorancia supina de vez en cuando al decir que tampoco hace falta que los estudiantes conozcan todos los entresijos de su historia reciente. El arte, por enésima vez, se ha llevado ya no pocas hostias y su estudio ha sido despreciado, escupido, sodomizado, vejado, apuñalado y tirado a una cuneta. Porque, según algún subnormal profundo, todo el mundo que estudia debe hacerlo para tener una empresa, ganar mucha pasta y sacar al país de la puta crisis al que han metido los banqueros y corruptos. Lo gracioso es que, si no se enseña a pensar por uno mismo, no se inculca el espíritu crítico y ni siquiera se plantea la posibilidad de un alumno a que tenga autonomía para hacer un ejercicio (ahora se llevan mucho los alumnos que te preguntan constantemente si están haciendo bien un ejercicio, aunque apenas hayan empezado a escribir dos palabras), lo que tendremos será a una sociedad que no tendrá la más mínima seguridad en sí misma, no será consciente de sus derechos o responsabilidades y vivirá para aceptar órdenes. Partiendo de esta idea, ¿qué nos encontramos? Con estudiantes que saben que tienen que estudiar para sacar un examen, pero no saben por qué tienen que aprobarlo; simplemente se les ha dicho que suspender está mal y, en los casos de los que tienen interés, eso genera una ansiedad absurda ante el fracaso que proviene no solo del sistema, sino también de los propios padres: ni el primero ni los segundos parecen recordar que es fallando como aprendes. Y que no hay nada de malo en equivocarse, si de tu error puedes aprender. Encontramos alumnos que lo único que saben es que han hecho mal algo, pero luego no son capaces de entender por qué está mal... o por qué está bien, en caso de acertar. Robots, máquinas, o simplemente autómatas. Con estas concepciones tan humanas, al final lo que tenemos, con cada vez mayor frecuencia, es un puñado de gente que lo único que espera es que le pongan su correspondiente collar y le marquen su código de barras en el cogote.
Lo mismo, visto así, es que conviene...
"Hala, ya estoy listo para la vida laboral".
6. El siguiente punto es la política de la puñalada trapera, como a mí me gusta llamarlo. Consiste en esa actitud que ha tenido nuestro sistema educativo desde que yo puedo recordar en hacer competir a unos alumnos con otros. En fomentar una individualidad tan salvaje que luego toca ir detrás de la clase para solucionar conflictos entre compañeros. Esto igual no nos puede parecer algo serio hasta que nos toca ponernos el lacito anti-bullying (algo que me causa mucha risa por no llorar), pero desde mi punto de vista lo es: si queremos un futuro en que haya gente que trabaje de una manera competente, lo principal es enseñar a trabajar a la gente junta y no unos contra otros. Un sistema que se dedica a crear castas de alumnos en función de su nota es un caldo de cultivo para que haya alumnos que se dediquen a apuñalarse unos a otros, y no físicamente: hablo de alumnos que considerarán que hay que hacer lo que sea necesario para aprobar (véase copiar). Alumnos que verán lógico no ayudar a quien lo necesite. Un sistema que ve con buenos ojos (o, como poco, hace la vista gorda) la falta de compañerismo es un reflejo de una sociedad que ya lleva tiempo enferma y que no se molesta mucho en querer solucionar nada. Menos aún cuando la excusa para hacer competir a unos alumnos con otros (como si estuviéramos en una puta arena de gladiadores) es que en el mundo laboral se van a encontrar eso, y que más vale que se vayan preparando desde pequeños. En resumidas cuentas, "como eso es lo que hay, vamos a ir fomentándolo en lugar de buscar cómo solucionarlo desde la educación".
"A mí me enseñaron que para ser alguien en esta vida tienes que quitarte de en medio al que trabaja contigo. Cargarle con la mierda que tú no quieres, ponerte las medallas del trabajo que ha hecho y escaquearte siempre que sea necesario.
Soy trepa porque el mundo me ha hecho así".
7. La ironía respecto al punto anterior viene con lo que comento a continuación, que es la moda de los trabajos. No deja de tener gracia eso de ponernos la chapita de educadores que fomentan el afán de aprender, y lo único que se nos ocurra es poner trabajos de investigación a los chavales. Sí, visto así suena de puta madre:
—Oh, mi hijo está haciendo un trabajo sobre el escarabajo pelotero con unos amigos.
—Oh, genial.
Pero no nos engañemos: esto no es más que otra patraña, especialmente cuando se hace en grupo. El primer fallo de esto consiste en plantar a una criatura un trabajo de investigación, dando por hecho que, solo por haberse criado con Internet en casa ya te puede hackear la web del puto Pentágono. Más gracioso resulta tomar esta idea y soltar al crío en la jungla virtual sin enseñarle unos principios básicos de metodología de investigación. Joder, si éramos nosotros en el doctorado y nos metían una asignatura para no cometer las clásicas cagadas, y bien que nos vino. Poner a nadie a hacer nada sin las más mínimas directrices es hacerlo perder el tiempo y amargarlo con algo a lo que no sabe ni cómo meter mano, y he ahí la triste ironía: el alumno es tratado como un imbécil solo cuando conviene; en otros casos, se lleva el concepto al otro extremo y se da por sentado que es capaz de hacer cosas, aunque nadie les haya dado una orientación mínima. Si sumamos esto a la creciente falta de autonomía que se viene inculcando de una forma sutil en el sistema, lo que tenemos al final es a una criatura que acaba teniendo que pedir ayuda a un adulto para meterle mano al puto trabajo, lo que llega al absurdo más gordo: se evalúa al estudiante por un trabajo que ha hecho en gran parte un adulto, que ni siquiera tendría por qué estar haciéndolo, ya que su etapa de estudiante pasó hace tiempo, y es al estudiante actual a quien corresponde vivirla.
Cuando el trabajo es colectivo, es incluso peor: si ya hemos visto esa política de puñalada trapera, lo que vamos a tener es un grupo de cuatro o cinco alumnos, con uno o dos trabajando como mucho y el resto tocándose los cojones o haciendo que curran para llevarse una fabulosa nota colectiva. Nuevamente, se premia la mediocridad: el que se ha tocado los huevos recibe la misma nota que el que se ha esforzado, de modo que eso del esfuerzo y el interés por hacer bien las cosas son elementos que ni se tienen en cuenta a la hora de evaluar.
"¿Sabéis lo que os digo? ¡Que a la próxima se va a esforzar VUESTRA PUTA MADRE!"
8. Un punto bien diferente, pero no por ello menos importante, es el referente a la organización de temarios. Por ahí arriba he comentado que los libros, hasta ciertos cursos, no vienen con una teoría clara; pues bien, esto es la punta del iceberg, pues no es el único problema referente a la organización de las unidades. Tanto por culo que se da con eso de que una unidad temática deber ser organizada, clara, explícita y que debe notificar en todo momento lo que se va a evaluar (lo que, así contado, es algo con lo que estoy de acuerdo), luego te encuentras unos berenjenales de aúpa en cuanto te arremangas y ves cómo está planteado el asunto. Dejémonos eso de encontrarnos cosas de otros temas en una unidad, como también he comentado. Dejemos también eso de encontrarte el mismo temario fotocopiado de un año para otro, para luego ver cómo meten todo lo que no se ha impartido en cinco años en apenas un par de cursos, de bulla y corriendo. Estaba pensando en el momento en que ves temarios jodidamente absurdos, como vi en uno de Conocimiento del Medio en que explicaban a los alumnos, con sus santos cojones, lo que era un barrio y lo que son los vecinos. Como si ese alumno, ya con siete u ocho años de vida fuera tonto del culo y no lo supiera ya. Al tiempo, nos encontramos que, con solo unos años más, los alumnos no han recibido el suficiente conocimiento de historia (ves algunos libros y son la puta rehostia) y su acervo cultural es, como poco, precario. Ante esto, la respuesta ha sido siempre decir que es que los chavales son unos incultos y quedarse tan panchos ante la aseveración... pero en caso alguno hacer autocrítica y pensar que, si hay chavales que saben dónde está el museo del Louvre antes de los doce años es porque se lo han enseñado en casa (lo que no está mal, pero tampoco creo que justifique que eso no se haga en el colegio) o porque ha habido algún profesor especialmente interesado porque lo aprendan. No porque venga en un temario.
"Hey, chavales, ha venido Spiderman a hablaros de los Reyes Católicos"
Si a este despropósito añadimos el hecho de que, en gran medida, parte del fracaso escolar proviene porque nadie ha enseñado a los estudiantes cómo estudiar, nos vamos dando cuenta de la desidia que impera en este campo. Mucho ponerse bien puestos, que si enseñar valores (lo que está bien, siempre y cuando se enseñen valores en condiciones y no mierda ideológica, o bien se enseñen valores que realmente tengan que ver con la colaboración y no con la competición... cosa que se ha demostrado que no se hace), que si tal que si cual, pero luego no existen asignaturas oficiales que impartan técnicas de estudio. Que enseñen a un estudiante a organizar su agenda, o métodos que faciliten el aprendizaje. Es mucho más fácil exigirles que hagan deberes sobre cosas que no han terminado de entender, que hagan trabajitos que ni siquiera les interesan. Que memoricen cosas cuya utilidad desconocen, porque nadie se ha molestado en enseñársela.
Con este plan, ¿de verdad esperamos que alguien saque algo en claro de lo que es el colegio y para lo que vale, en lugar de desear que alguien le lance una bomba?
Esto en su día nos hizo mucha gracia, pero... lo hemos pensado todos, o casi todos, en un momento dado.
Es posible (y solo digo que es posible) que lo mismo alguno de estos puntos tenga algo que ver en que hayamos pensado de esa manera.
9. El último punto se refiere a lo que he mencionado antes de pasada sobre las constantes reformas educativas: siendo medianamente lógicos, lo normal es pensar que, si ponemos a prueba un sistema educativo, lo principal es comprobar su funcionamiento a lo largo de una promoción completa. Es decir, desde que un estudiante ingresa en el sistema hasta que termina sus estudios. Sin contar la etapa universitaria (que daría para otro post, igualmente largo), podemos estimar este período en unos trece o catorce años de vida (desde que entra con unos tres o cuatro años, hasta que sale, con unos diecisiete). Solamente pasado ese período se puede ver, con una cierta perspectiva qué es lo que ha funcionado, qué ha fallado y cómo se puede solucionar.
El chiste es que, como ya se ha venido demostrando, los distintos gobiernos no parecen tener tanto interés en solucionar los fallos del sistema educativo como en ponerse medallas y decir que lo han hecho. Esta política de "yo la tengo más grande que tú" ha implicado una especie de guerra entre los distintos partidos a lo largo de sus legislaturas, donde cada vez que alguien ha subido al poder, una de las primeras cosas que ha hecho ha sido cambiar las leyes educativas. Por tanto, no es de extrañar eso de encontrarse leyes o sistemas educativos enteros que han durado apenas cuatro años. Eso, si se tiene suerte y algún otro genio ha llegado y ha optado por desdecirse a los dos años de haber aprobado una ley, y cambiando alguna cosa que ya estaba mal por otra aún peor.
Esto parece derivarse de esa tendencia pop que asume que todo lo nuevo es por definición mejor; que no importa que algo funcione durante un tiempo, pues debe ser cambiado por alguna novedad. Luego, vendrá otro, que bien volverá a lo anterior, bien impondrá alguna otra estupidez que la empeore. La cuestión es que no hay reforma que tenga el tiempo suficiente para madurar, cuando ya viene otra detrás para sustituirla. Podríamos hablar del efecto que supone tener un mismo alumno que haya pasado por dos o tres reformas (como mínimo) a lo largo de su vida estudiantil, con las diversas reestructuraciones de temario, las asignaturas añadidas o las desaparecidas y todo lo demás. Esto (puedo equivocarme, pero de momento no tengo pruebas de ello) lo que genera es una terrible confusión y una sensación de caos en el sistema tremenda. Los distintos gobiernos no parecen ponerse de acuerdo en que la educación es uno de los pilares más básicos de nuestra sociedad, y con estas mierdas lo único que logran es destruirla poco a poco.
"Yo ya no sé si estoy en LOGSE, LOE, LOMCE o CULO".
Si a todo esto añadimos consideraciones como esa tan bonita y estupenda que considera que un profesor es aquella persona inútil que, como no ha optado a un trabajo "respetable", como el de médico o ingeniero (o lo que sea que esté de moda), se dedica a dar clase. Duro, pero ya hemos oído por parte de unos cuantos imbéciles del culo eso de "El que vale, vale, y los demás, que se dediquen a dar clase", y al parecer ha habido que reírle las gracias a semejantes gilipollas. Gilipollas que fomentan esa tendencia a pensar que los profesores o maestros son gente cuya utilidad para la sociedad no es gran cosa. O no a menos hasta que a alguien se le va la olla y le pega una cuchillada a un maestro en clase; entonces sí nos ponemos todos la chapita de "La educación es el futuro". Sin embargo, la hipocresía está ahí: muchos, tanto padres como profesores, han participado en estos nueve puntos. No pocos han estado de acuerdo, si no en todas las concepciones, en algunas de ellas, sin pensar que contribuyen a empobrecer el sistema educativo; pensamos, además, que encima no podemos hacer nada. Que las cosas "son así" y no podemos cambiarlas. El pensamiento más cómodo para que la mierda siga proliferando y para poder decir que la generación que está estudiando hoy en día son canis, tontos del culo o drogadictos en potencia. Excusas cojonudas para eludir nuestra responsabilidad.
Aquí, entre unos y otros, NADIE tiene culpa de nada.
Viendo lo que estamos viendo a diario en los colegios (porque para emitir quejas sobre lo quemados que estamos, o lo mal que se portan los críos, todos valemos), a mí me queda claro que el sistema no es así por gusto: es reflejo de una sociedad más obsesionada en ganar pasta rápida que en tener una formación decente. Una sociedad que se basa más en méritos y en aumentar las estadísticas que en crear una generación de ciudadanos que verdaderamente opten por el cambio. Conforme sigan pasando los años, más seguiremos quejándonos, lloriqueando y lamentándonos. Pero mientras hoy en día tengamos gente en nuestros colegios que no merece su plaza y lo consintamos; mientras tengamos que oír la típica excusa (y asquerosamente condescendiente, dicho sea de paso) de "Tú es que no estás en un colegio trabajando, así que no sabes de lo que hablas" para justificar toda la vagancia y la falta de iniciativa; mientras se siga considerando al profesor como un ciudadano de segunda clase, estaremos formando parte del juego. Lo estaremos fomentando.
Y tendremos exactamente toda la mierda que nos hemos merecido, explotándonos en la puta cara.































