Tras unas pocas semanas de asueto, toca volver a ponerse manos a la obra con el que, posiblemente, es el blog menos leído de la Red. En esta ocasión, no vamos a ponernos en modo rabioso para denunciar la incoherente hipocresía de lo que viene siendo este país de mongolos sin remedio. Tampoco me apetece repartir estopa contra una clase política que no me convence (más que nada porque, viendo la legislación vigente, si digo lo que pienso o me meten una multa que flipas o acabo en el trullo, y como que paso), y tampoco es que hayan pasado demasiadas cosas raras últimamente (para variar) como para redactar un Spanish Bizarro. Podría hablar sobre cómics, pero tengo ahora mismo tantas colecciones por medio, que solo pensar en la idea de hacer un análisis sobre algo me estresa de un modo que ni os imagináis. Lo mismo con libros o pelis.
Así que supongo que es turno de ponerse serio, trascendental y dejar de decir gilipolleces de cachondeo por un momento. Porque Rumbo a la Distopía también le endiña a eso de reflexionar de vez en cuando.
Quiero empezar este artículo lanzándoos una pregunta, queridos Distópicos. Me gustaría saber si alguna vez alguno de vosotros se ha sentido juzgado en algún momento de su vida. Entendedme, no me refiero a que alguien diga que sois unos gilipollas por no haberles dado la razón. Eso, siendo objetivos, no pasa del insulto y, cuando me refiero a un juicio, me refiero a elucubrar todo un sistema de creencias, o acaso una actitud, o lo que sea, y atribuirlas a vuestra persona sin haberos preguntado qué cojones os pasa por la puta cabeza.
Si nos ponemos técnicos, podría decirse que existen, grosso modo, dos clases de juicios que se pueden emitir sobre uno: el que te infravalora y el que te sobrevalora. Existe un tercero, que es el que yo llamo "prejuicio de sobrevaloración cruel", en el que me extenderé luego.
"¿Sacas un 4 en matemáticas? Eres lerdo"
"Pero saco buenas notas en..."
"Que te calles, subnormal. Eres lerdo y a tomar por culo"
Abordemos el primero: cuando hablamos de ser juzgados, lo primero que suele venirnos a la mente es sentirnos infravalorados. No sería el primer caso en que, en algún momento de nuestras vidas, nos rodeemos de gente que nos considera el menos espabilado del grupo, o cualquier otro rol que vaya en la misma línea. Es fácil verlo, cuando notas que eres tratado no sin cierta condescendencia. Cuando abres la boca y, tal vez nadie te lo dice abiertamente, pero su actitud delata la visión que tienen de ti: puede manifestarse con esa sensación de tolerancia, o el incómodo silencio para no decirte abiertamente que cualquier cosa que sale de tu puta boca es una estupidez. No hablamos de gente que esté en desacuerdo contigo, sino de aquellos que, abiertamente, te ven en un nivel inferior; esto puede deberse, bien a que tu forma de vivir (no necesariamente de ver las cosas, pues a menudo es posible encontrar que vais a pensar de un modo similar) no se ajusta a la de ellos. No llevas una vida que, a sus ojos, te convierta en una persona que pueda hablar de nada, porque te ven como inexperto, como un crío o directamente como un retrasado mental. Hay cosas que no entiendes, porque son las que ellos viven y, si no las entiendes o no te interesan demasiado por el momento, no sabes de la vida. No has vivido. Eres mongolo y te quedas con el cartel que te han colgado.
En grupos así es fácil convertirse en la figura que prefiere mantenerse en silencio para no convertirse en una coña viviente. Quizás los que lo hagan no lleven expresa mala intención al verte como alguien que, de algún modo u otro, necesita su orientación, pero tampoco es que importe, pues el daño ya está hecho: te han tocado los cojones y eso no hay quien lo arregle.
El viejo concepto de ser la oveja negra.
Estás jodido por partida doble: se te ve como a una oveja, y encima como una que da la nota.
La infavaloración, quiero aclarar, no siempre consiste en coger a alguien y putearlo a muerte hasta que se tire por una ventana. A menudo, no es más que una cuestión de aislar a la persona dentro de un grupo social que es "menos molona" que la nota dominante. No tienes puntos en común con esa gente, aunque la hayas tratado durante años; quizás porque la gente evoluciona y ese grupo en concreto (o algunos individuos que llevan la voz cantante) ha evolucionado de un modo en que tú no lo has hecho. Algunos hasta consiguen un trabajo estable (sí, existe gente que lo consigue), se casan, forman familias y demás. Si tú no has llegado a según qué estadios de la vida, amigo, puedes empezar a sentirte como el retrasado del grupo, porque empezarás a oír cosas tan bonitas como lo de "Tú es que no sabes lo que es el mundo laboral", o "Cómo se nota que no tienes hijos". Como si el hecho de pasarte toda tu puta vida buscando un hueco en este mundo no contase como experiencia vivida y la única que valiese fuera crear una prole de descendientes con la que poblar este mundo. Y con esto, quiero dejar muy clarito, que no me toca los cojones que la gente tenga hijos; lo que me toca los cojones es que los usen para dar a entender que los que no los tenemos somos unos ignorantes de la vida. Es como si, de algún modo, toda esa gente que nos mira así, o que usa ese tipo de argumentos a la hora de tratar con nosotros, esperase que nos justificásemos a la hora de hablar de nuestra vida. Como si tuviéramos que dar explicaciones acerca de por qué elegimos (o no elegimos) nuestra forma de actuar y ellos debiesen dar su aprobación al respecto. Y, por supuesto, no conseguirla.
"Ay, qué gracia tienes, gilipollas"
El caso contrario es la sobrevaloración. No es tan bonita como parece, puesto que (y ya he hablado de esto alguna vez) tiende a generar expectativas que, ya no uno, sino cualquier humano es imposible de cumplir. Es el caso de "Eso lo consigues tú con lo inteligente que eres" y demás derivados que lo que hacen es ponernos en un puto compromiso cada vez que se nos plantea una toma de decisiones. No nos engañemos, que te sobrevaloren no es una señal de que confíen en ti; es una señal de que cuentan con que seas capaz de hacer cualquier puta cosa sin despeinarte y que, si la cagas, tu fracaso será ampliamente superior que los que llevan el cartel de la infravaloración. Podríamos decir que si el primero es un horror por defecto, este lo es por exceso.
Ambos casos, y quiero que quede claro, no estoy poniendo ninguno por encima de otro, son prejuicios que tienden a resultar dañinos: para mí igual de jodido es que den por sentado que la vas a cagar y que, si la cagas, la cosa resulte ser un "Pues eso, lo normal", a que te vean como a una especie de superser omnipotente que genera una profunda decepción en los que le rodean cuando mete la pata.
Porque seamos claros: somos humanos y la cagamos. Siempre he dicho que no hay nada de malo en aceptar que somos falibles y que, de todas las decisiones que tomamos al cabo del día, unas cuantas resulten ser una chusta. El problema está quizás en la percepción del fracaso, en magnificarlo o en convertirlo en tu seña de identidad. Si tengo que elegir entre ser una decepción viviente o enarbolar el rol del fracasado, sinceramente, no me termino de decidir acerca cuál es peor.
"Pues me esperaba yo más de ti, con lo inteligente que tú eres"
Existe una tercera vía para sentir cómo se nos hinchan las partes pudendas cuando nos juzgan, que es el prejuicio de sobrevaloración cruel al que he hecho referencia al principio. Este principio toma elementos de ambos, convirtiéndose en una resultante tan interesante como jodida por culo, ya que te sobrevalora y te humilla por igual. Es el caso de aquellas veces que te toca oír eso de que eres muy inteligente y que podrías hacer lo que te da la puta gana, pero como eres un puto vago, no consigues nada. Este principio, si nos fijamos, parte de un principio que debería sonar halagador (tal y como suele ser propio de la sobrevaloración, si no pasa de un cumplido o dos), pero se usa para hundirte en la puta miseria a continuación. Hacer uso de este principio, si nos fijamos, tiende a quitar mérito a cualquier cosa que hagas, puesto que siempre se va a dar por sentado que, o no lo has logrado al cien por cien de tus habilidades, o bien se dice que no has hecho nada del otro mundo, puesto que eso lo podías haber hecho mucho antes y no te había dado la gana. Con este prejuicio tomas lo mejor de los dos mundos y te queda claro que no hay forma humana de que puedas ganar: si la cagas, se achaca a tu falta de esfuerzo; si no la cagas, pues nada, hecho está, como si te lo hubieran regalado o vete a saber qué. El mal que haces te sobrevive y el bien queda enterrado con tus huesos, como diría el viejo William. Partiendo de esta óptica, nadie va a plantearse jamás que tengas verdaderas dificultades para algo, o que no lo consigas solucionar. La excusa perfecta será siempre culparte a ti por no haberte esforzado lo suficiente, aunque nadie se moleste en preguntarte si de verdad te ha resultado difícil. Al igual que sucede especialmente con el caso de la infavaloración, la tendencia será a querer solucionar tu vida y tus problemas, pero llegando a abrumarte de tal forma que no estás tan seguro si te están ayudando o terminando de hundirte.
Hala, a comer barro.
Por lo que a mí respecta, yo he vivido de un modo u otro los tres casos, lo que me lleva a pensar acerca de lo dispar que puede ser la imagen que transmito; también me hace pensar que, cuanto más dispares son entre sí, menos reales deben ser. Según el círculo en que me mueva, he llegado a sentirme como un auténtico retrasado mental que no es capaz de decir dos frases sin sentir que el planeta entero la esté poniendo en entredicho (cosa que no sería mala si hablase de cosas sobre las cuales no tengo ni puta idea, pero no suele ser el caso), o bien me he sentido como si dijese la última palabra (cosa que tampoco es del todo cómoda, por ejemplo, cuando sueltas una burrada de coña y el personal te da la razón como si la dijeses totalmente en serio). Vivir el tercer caso no me resulta mucho mejor, sino igualmente frustrante: no es la primera vez que he visto cómo el resultado de mis esfuerzos (más modesto el primero que los segundos) se ve echado por tierra porque se da por sentado que "doy para más". Y a lo mejor resulta que el problema es que NO doy para más. Que estoy más al límite de mis posibilidades de lo que todo el puto planeta piensa. Que soy humano y no un puto dios, joder. Que lo mismo tengo la inteligencia de una persona normal y no soy un puto superdotado que es capaz de memorizar o razonar cosas que al resto de los mortales le están vetadas. Lo más frustrante es que no importa cuántas veces la cagues o cuántas veces digas a tu alrededor que, joder, que no eres capaz. Que ya lo has intentado y está por encima de tus posibilidades. Automáticamente, la respuesta es culparte a ti por no cubrir las expectativas ajenas. Decirte, por enésima vez en tu vida, que lo que te pasa es que eres un vago, que careces de ambición o que todo te importa tres cojones.
Algo tal que así, pero despertando menos monosidad.
Ante este tipo de cosas, no tengo claro cuál puede ser el curso de acción deseado. Es más, si alguno de vosotros lo conoce, os pido de corazón que me lo expliquéis, porque está claro que es imposible razonar con un mundo que, cada día con mayor claridad, te das cuenta de que no te escucha. O te escucha, pero le resbala lo que dices, porque te da la misma credibilidad que a un billete de seis pavos. Hagas lo que hagas, ya tienes puesto tu cartelito, que vete a saber cuándo y bajo qué circunstancias te lo colocaron, y te toca vivir con él el resto de tu puta vida, por lo visto. Quizás lo más práctico sea darles la razón, tomarles la palabra y asumir que eres lo que esperan. O bien, seguir pensando que todo lo que te restriegan por la cara es una puta mentira, aguantar el tirón y estallar cada vez que tus pelotas superen el máximo de inflamación permitido por tu sistema nervioso. Ninguna de las opciones me parece una genialidad, qué queréis que os diga.
También cabe la posibilidad, queridos Distópicos, de que os hayáis sentido identificados en estos casos que he mencionado. Si es así, bienvenidos a la revelación que supone daros cuenta de que, efectivamente, los que os rodean no os ven como lo que realmente sois. Que por mucho que os esforcéis, el mundo a vuestro alrededor ha dictado su veredicto sobre vosotros y no hay manera humana de que os quitéis el sambenito que se os ha colocado. Que, hagáis lo que hagáis, va a ser sometido a juicio, y no por lo hecho en sí, sino por ser vosotros quienes lo han hecho porque, si pensáis un poco y reflexionáis acerca de sí sería visto igual de haberse tratado de otra persona, en el fondo sabéis que no. No es lo mismo si vosotros hacéis algo a que lo hagan los demás.
Pero no nos pongamos pesimistas. Lo bueno de todo esto, si algo bueno hay, es que si os habéis sentido identificados, amigos míos, significa que no estáis solos. No hablamos de "mal de muchos, consuelo de tontos"; pensad que al menos alguien os entiende.







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