Ahí va uno, que se pone a preguntar por ahí por los libros que van saliendo y se encuentra una novedad en las librerías (que no en el mercado, por lo visto) que parece interesante. El libro de un fulano llamado Patrick Rothfuss, al que hasta entonces no conocía de nada, con el originalísimo título de El Nombre del Viento. Cuatro colegas que te dicen que el libro está genial y demás, y tú pensando que te vas a zampar una versión adulta de la fantasía épica de toda la vida, te lanzas a por él. Porque El Señor de los Anillos te moló en su día, pero buscas algo que no sean los tópicos de siempre, con razas malas malísimas, héroes chupiguais y sin mácula en sus almas, algo menos de roña en las ciudades y soluciones mágicamente sacadas de la manga. Que sí, que todo eso está muy bien y entretiene mucho, no lo vamos a negar... pero de vez en cuando buscas un enfoque que se distancie de eso.
Y voy y me meto yo en esto, ¿quién me mandaría a mí?
Antes de ponerme a despedazar esto, quiero que os fijéis en un detalle: este artículo no es un análisis crítico, como los que suelo hacer en la sección Mesa de Autopsias. Aparece aquí precisamente porque no puedo ser objetivo con una novela que me ha parecido el despropósito más grande que me he tragado a lo largo de los últimos doce meses (si no más), por lo que desde ya os digo que esto no va a ser más que un artículo de opinión bastante subjetiva y como tal debe ser tratado. Sin embargo, como ya sabéis los que sufrís mis interminables posts, no me gusta hablar sin argumentar mi opinión, de modo que daré ejemplos, citaré el texto y demás.
¡Empezamos!
Patrick Rothfuss es un autor nacido en Wisconsin allá por el año 1973. En España no ha sido conocido hasta hace cosa de un añito o dos precisamente a causa de su Trilogía del Asesino de Reyes, de la que El Nombre del Viento es el primer volumen, seguido de El Temor de un Hombre Sabio y una tercera entrega que ni puta idea de cómo se llama. Tampoco ha llegado a España, y por mí, después de lo que me he tenido que tragar durante tres meses, se la va a leer el tilinga.
Adjunto una foto aquí del nota para que os hagáis un poco del plan que se trae. Se suele decir que no está bien juzgar a la gente por sus apariencias... y quizás sea cierto.
Fijaos entonces en la expresión de inteligencia de sus ojos.
No tengo nada más que decir.
Por lo visto ha ganado un concurso de incomensurable talla: el Writers of the Future, que ha sido ganado por otras estrellas de las letras tales como Stephen Baxter o Karen Joy Fowler.
Pues vale, muy bonito.
Vamos al libro. Aviso que habrá spoilers, ya que es una crítica sobre la obra COMPLETA. También, como ya he mencionado (lo repito antes de que nadie monte en furia), esto es una opiníon PERSONAL, así que si sois muy fans de esta novela y no tenéis absolutamente ningún sentido del humor o no sois capaces de aceptar que existamos seres ignominiosos a los que nos parezca una puta mierda pinchada en un palo, casi mejor os pasáis por otro post más relajado. Vuestras tripas os lo agredecerán.
Así que aquí nos metemos, a leer la novela del amigo David el Gnomo, a ver si va a resultar que las pintas no lo son todo y que detrás de un fugado de un concurso de disfraces de unas jornadas frikis hay algo más. Porque el hábito no hace al monje y porque no se debe juzgar un libro por la portada.
Debo decir que al principio, el muy cabrón te la cuela: te chupas unas primeras ciento y pico de páginas en que la cosa, lejos de ser la polla en verso, entretiene. No usa un lenguaje muy enrevesado y la prosa en general te va pareciendo sencillita, con un ritmo que no decae demasiado y unos personajes que, por ahora, prometen: tienes a un tal Kote, que es un sencillo posadero en un lugar llamado Roca de Guía y su ayudante, un chaval que atiende al nombre de Bast. Aparecen por ahí algunos lugareños y un tipo que se hace llamar Cronista, que anda de viaje. Lo que vienen siendo las clásicas piezas en el tablero, a la espera de que empiecen a moverse.
Poco más adelante, vemos dos hechos que parecen revestir cierta importancia: la primera, que están dando vueltas unas criaturas semejantes a arañas, a las que nadie veía en bastante tiempo. Escrales, los llaman, criaturas de supuesto origen demoníaco, más emparentadas con los hongos que con los animales. Se habla también, así de pasada, de otros seres, llamados los Chandrian. Esto te lleva a pensar que se está activando un motor argumental por alguna parte y que tanto unos como otros serán los que den el pistoletazo de salida para la trama.
Esta idea preconcebida por parte del lector queda desmontada de pleno en el momento en que al tal Cronista casi lo dejan en pelotas un puñado de bandidos en mitad del camino y acaba yendo a parar a Roca de Guía poco después, tras un segundo encuentro con los escrales. Basta una simple conversación, en la que el posadero acaba descubriéndose como Kvothe, el Héroe Más Chachi que Ha Parido Madre en el Mundo (salvando quizás un tal Taborlin el Grande) se escondía detrás del sencillo Kote. Tras una breve conversación del tipo "Eres tú, ¿verdad?" "No sé de qué me hablas", Kvothe empezará a largar pelos y señales de su vida como Héroe Chachiguai. No es que le haya costado mucho acceder, lo que te deja un poco extrañado, ya que parece que o bien ha caído en desgracia o bien se ha retirado de su vida como aventurero. Sea como sea, en el plazo de dos o tres páginas (todo narrado en una sola conversación), Kvothe decide que sí, que venga, que vale, que le va a contar su vida a Cronista.
Y claro, como es un héroe más chachi que los demás, su vida es más larga, más gorda y causa más orgasmos que las de cualquier otro que se haya cruzado el escriba por delante.
Otra foto de Roth. Iba buscando otra cosa para poner aquí, pero ha sido verla y no he podido evitar subirla.
Y nada, que al día siguiente, Kvothe empieza a largar por la boquita. La cosa arranca de un modo más o menos interesante, con Cronista enseñándonos su versión de la taquigrafía. Unos ideogramas que hacen que lo que se cuente quede tan resumido que se pueda tomar nota de lo que se oye prácticamente de forma instantánea. Otra gran idea que se queda en un simple esbozo en el momento en que aquí el amigo empieza a contarnos su vida.
Cuando un tío te dice que lo que tiene que contar necesita varios días, lo que hace que su relato sea más extenso que el de gente la hostia de importante, tiendes a pensar que este tío va a hacer que Ulises sea un moñas a su lado. Cuando empieza a contarte descripciones bucólicas y entretenerse en según qué cosas que tampoco es que te parezcan la releche, la primera impresión que te llevas es que el tío tiene un concepto de "su historia" un poco elevado. Pero no adelantemos acontecimientos.
Resulta que aquí el amigo Kvothe es un Edena Ruh, lo que viene a ser una especie de gitano zíngaro, pero con un halo romántico y guai. Los Edena Ruh saben de todo, oiga: cantan de cojones, interpretan que ni Shakespeare, son expertos a la hora de reconocer a un mentiroso, dominan los caminos y saben distinguir un buen caballo de uno malo prácticamente desde que aprenden a andar. Esto no es que resulte del todo raro viniendo de un pueblo nómada; quizás la chusta es que, más adelante, nos vamos a dar cuenta de que absolutamente cualquier conocimiento del que Kvothe necesite echar mano va a venir de aquí, en gran parte. Algo así como lo de "Esto es así porque lo hizo un mago", pero trasladado a "Esto es así porque me lo enseñó mi padre"/ "Esto lo sé porque lo aprendí de pequeño con mi pueblo". De ahí las inesperadas dotes de Kvothe para la diplomacia, tratar con nobles y demás. Si usted quiere sobrevivir en un mundo hostil, aprenda a interpretar en un carromato de actores y músicos nómadas y tiene gran parte del trabajo de su vida hecho.
Poco después de contarnos lo chuliguai que es la vida en los caminos y lo mucho muchísimo que se quieren los papis de Kvothe (sin contar que su padre, además de un fantástico actor, es un cantante que te cagas y que sabe tratar a todo bicho viviente del modo correcto sin meter la pata ni una sola vez, porque él es un Edena Ruh con pedigrí y tú no), nos encontramos que aparece un personaje llamado Abenthy. Éste es lo que llaman un Arcanista, que viene a ser el equivalente en este universo a lo que conocemos como un mago. Sin embargo, aparte de magia normal y corriente, hace algunas cosas más: es químico, botánico, escribano, sanador y demás. Una especie de Hombre del Renacimiento, con el que Kvothe no tarda en hacer buenas migas.
Abenthy, también llamado Ben, tiene un tufillo a lo Obi Wan Kenobi que tira de espaldas. Nada más ver a Kvothe, percibe lo que un fan de Star Wars identificaría volando como "La Fuerza que fluye con intensidad en su interior". Rothfuss tira de sutileza y un día le suelta a los padres que su hijo está destinado a ser lo puto más: si se convierte en Arcanista, será un Arcanista como nadie habrá conocido. Si decide ser músico, Yngwie Malmsteen se podrá dedicar a hacer punto, que habrá llegado El Crack. Y así.
Mola que además los padres se lo traguen, así sin más. Yo me pregunto cuál sería mi reacción si apareciese un señor de mediana edad al que no conozco de nada, se arrimase a mi hijo y me dijese que es muy especial.
- Vuestro hijo dejará su huella en el mundo como uno de los mejores- asegura Ben. Así, sin exagerar.
Transcribo lo que pone abajo, porque la letra está en pequeñito:
"Kvothe, músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, trotamundos, héroe y asesíno, sólo lo entenderá quien haya sufrido como él, quien de veras haya llamado a Denna, quien de veras haya sufrido su pérdida. Es mucho más que una bella historia. Es una leyenda".
Sin comentarios.
No, creo que esto ya habla por sí solo.
Este tipo de movidas me hacen pensar un poco en la plasta de la historias americanas (no todas, pero sí muchas) donde la trama principal se mueve en base al concepto de El Elegido, o La Venganza, y nada más. Bien uno, bien la otra; no es que esto implique que toda historia de Elegidos sea mala, o que todo vengador sea un coñazo, ni mucho menos. Algunas de las mejores obras literarias o cinematográficas han partido de estos conceptos. Quizás el problema es cuando ves que de los últimos años para acá, no parece salir otra cosa de las mentes pensantes del mundo de la creatividad.
Peor aún es cuando Rothfuss, en vez de decantarse por la una o por la otra, va y trinca LAS DOS: Kvothe tiene el destino de ser la puta hostia haga lo que haga, pero es que también va a ir buscando venganza por la muerte de su pueblo. Algo así como Conan el Bárbaro (el de la peli), pero en plan espectacular, porque Conan es un pringao a su lado.
Así que está el chaval un día con su tribu, ya después de que Abenthy haya desaparecido de la acción de un plumazo (a mí me dio la impresión al leerlo de que había buscado un potorro donde meter la churra) y van y aparecen los Chandrian. Así, por el morro, colega.
Los Chandrian son como los Demonios Megachungos del mundo de Kvothe. Junta a Magneto, el Doctor Muerte y Galactus y todavía siguen siendo chungos. Son tan chungos que el fuego a su lado se pone azul. Son tan chungos que es verlos y, por ridícula que sea la pinta que tienen (pelos blancos, ojos negros como el carbón, bla bla bla) hacen que te mees en los pantalones.
Ni que decir tiene que estos pavos se cepillan a la troupe entera de Kvothe como el que se saca las pelotillas de las napias y se quedan tan panchos. Todo porque han tocado una canción que no les mola. Muy susceptibles los tíos estos, para ser tan chungos...
"Somos demonios megamalvados, chungos de cojones, de los de hacer que te mees en los pantacas con solo vernos. Somos tan chungos que, en lugar de planear la dominación mundial, nos dedicamos a matar gente que toca canciones que no nos gustan".
Total, que en un arranque de vete a saber por qué (según ellos, es que viene alguien), los Chandrian se teleportan en plan malosos de X-Men y dejan a Kvothe con dos palmos de narices, rodeado de fiambres. Este, ya con quince años, le da la despedida típica a los muertos ("No os voy a contar cómo corrí frenético de un cadáver a otro, buscando en ellos alguna señal de vida como me había enseñado Ben"). Eché de menos la escenita de la lluvia cayendo en su rostro, mientras el gritaba al cielo, pero no pasa nada. Ya pillé la idea.
Después de esto, Kvothe trinca un par de cosas (el laúd de su padre y un libro que le regaló Ben) y se va al monte. Como no tiene nada mejor que hacer, pues va y se pone a tocar. En una temporada es el Van Halen del laúd. Así, porque él es Kvothe y tú no.
Más adelante, se le rompe una cuerda del laúd y tira para una ciudad llamada Tarbean. Aquí es cuando la acción, que hasta ahora iba progresando de un modo medio decente, empieza a caer por el retrete, ralentizándose para contarte todo el tema de la supervivencia en las calles. Parte de ideas interesantes, pero ciertas fantasmadas, como el hecho de coserse él solito una puñalada en una pierna. Que sí, que vale, que Ben le habría enseñado (segunda excusa tras lo de ser un Edena Ruh), pero coserte una herida profunda mientras te estás desangrando, en plan Rambo, no es algo que haga cualquiera a la ligera. Menos con el pulso temblando. Menos con un hilo cualquiera, que se puede partir.
Este Kvothe ya empieza a apestar a fantasma...
"Dios mío, Dios mío, la vida en los callejones es un infierno..."
Pero el caso es que la historia, por el momento, no va mal. La parte de la supervivencia no deja de tener su aquel, y vas viendo que las calles de Tarbean, lejos de ser lo duras que puedan ser las de otros libros del género, cumplen. No son la hostia, pero cumplen. Te plantean además curiosos conceptos como el de un sótano de niños vagabundos refugiados y chavalas yonkis que corretean en pelotas en pleno invierno. Cosas que medio te suenan a otras, pero que en general van resultando medio decentes.
Llegados a este punto, se hace un inciso en el que se empieza a hablar de la mitología acerca del origen de los Chandrian; quizás lo segundo más importante después del planteamiento de la magia por simpatía, algo que quizás no es un invento de Rothfuss (ya he visto referentes así en cómics como Hellblazer, por ejemplo), pero que da un toque bastante sensato al concepto. Lo que quizás falla de esta escena es el hecho de que entra a colación de una manera un poco forzada (lo cuenta un señor llamado Tanee en un sótano y luego un tal Skarpi en un local), que se cuentan DOS historias acerca del mismo mito, una a continuación de la otra y de bastante extensión, y que luego el tema no se vuelve a tocar en casi ochocientas y pico de páginas, a menos que sea de pasada. Esto da una impresión de "Cuento esto porque me he acordado y luego paso del tema" (no el personaje, sino el autor) que ya hace que la cosa empiece a oler a pestuzo.
Llega un momento, pasados tres años o así, en que se ve que no hay mucho más que experimentar en Tarbean, y Kvothe decide que hay que ir tirando ya para la Universidad, que es donde estudian los Arcanistas. Aquí el amigo se pone a ver una nota que Abenthy le había escrito hacía años y ahora es cuando aquí el artista dice "Pues nada, habrá que tirar para allá". Dicho esto, empeña el libro que Abenthy le regaló (no veréis más casas de empeños en una historia como aquí), se compra ropa chachi (porque si vistes como un noble la gente te tratará como un noble, es obvio) y se pilla un viajecito para la Universidad.
Durante el viaje ya empezamos a ver lo que quizás es la cosa más vergonzosa que ha podido parir Rothfuss en esta novela, y es la inconmensurable prepotencia de Kvothe. Tan grande es que hace que te entren ganas de matarlo con tanta chulería y tanto vacile. La primera escena de esto aparece aquí, cuando Kvothe va en carromato y le pide a un chico que tiene un laúd si puede tocarlo un poco. Cito literalmente la escena para mostrar lo que es la tremenda humildad del figura:
"Levanté la cabeza y vi a todos completamente inmóviles, con gestos que iban de la conmoción a la sorpresa (...) Denna se tapó la cara con las manos y rompió a llorar con silenciosos y desesperados sollozos". (pag. 293)
Vamos, lo que viene siendo una piececilla de andar por casa. No deja de ser alucinante el hecho de que, si os fijáis, he resumido lo que viene a ser un párrafo entero en la que el amigo, con todo lujo de detalles, describe cómo el personal lo ha flipado a lo basto. No deja de ser una muestra de prepotencia supina, considerando que la historia la cuenta él y que está echando un rato en mostrarnos lo que la gente lo admira.
No será la primera vez.
"¡Me aman! ¡Me aman! ¡PERO YO ME AMO MÁS AL VER CÓMO ME AMAN!"
Un segundo concepto interesante de este capítulo (que si lo lees por primera vez te parece un capítulo insignificante, pero que luego no es más que la punta del iceberg) es que aquí aparece Denna, como una viajera más de camino a Imre, donde se halla la Universidad. No hay más que echar un rato para darse cuenta de que la situación amorosoide está metida con calzador, y empieza a darnos la impresión de que todo bicho viviente con almejita entre las patas hace su chichi Pepsi-Cola al ver al fulano este. Tenemos una escena bastante irrisoria con momento romanticoso bajo la luz de las estrellas... con una tía a la que acaba de conocer. Pues muy bien.
Más adelante veremos que esto no se repite. No una vez. Ni dos.
Es puto constante.
Y nada, que aquí llega el nota a la Universidad y vemos que es cuando Rothfuss se viene arriba. Si bien nos plantea un concepto curioso de los Arcanistas, que parecen más una especie de empresa más centrada en cobrar pasta que en enseñar a la gente (este tío, si estudió en la universidad, parece que debió tener experiencias similares a las mías en el doctorado) y estigmatizada por una burocracia bestial. Como idea base, mola bastante, ya que le da un enfoque bastante realista al tema. Cuando ya ves que los Arcanistas, así en general, parecen más tontos que el culo de un grillo, es cuando ya te da por reírte.
A partir de aquí es cuando empiezan las vaciladas y las chulerías baratas, y cuando Kvothe pasa de ser un prota medioqué (en ningún momento llega a ser la bomba, pero hasta ahora no había resultado del todo irritante) para convertise en el Gary Stu por definición: Kvothe no puede hacer nada que no destaque por encima de todos los demás.
Pongamos el ejemplo de lo que pasa en la primera clase de Simpatía que da Kvothe: aquí el caballerete, a sus quince añitos, se cree que lo sabe todo. Esto no es del todo raro, a esa edad es normal pensarlo; quizás el problema surge cuando, partiendo de esa base, va el chaval y se dirige al profesor y le dice algo del tipo "Mira, es que esto ya me lo sé, ¿qué tal si me enseñas algo que esté a mi nivel?"
Ahí, sobrao.
¿Qué pasa? Pues que como aquí los profes son tíos chungos de morirse y tienen un ego que te cagas (algo similar a lo que sucede en la vida real con muchos docentes), va el que le ha tocado a Kvothe y lo pone al día siguiente a dar la clase. Lo que viene siendo normal.
Lo que toca ya un poco la moral es el hecho de que el chaval resulta ser mucho mejor que el profesor en cuestión. Aquí Kvothe deja pasmados a sus compañeros, dando una lección de la hostia, gracias a lo que Ben le enseñó unos añetes atrás.
Para ilustrar el ejemplo de como funciona la magia por Simpatía, pone a un coleguita de clase como ejemplo y este resulta ser mucho más ilustrativo que cualquier otra cosa que las cabecitas pensantes de la Universidad han visto en su puta vida. Un fuera de serie, vaya.
¿Qué pasa? Que ese tipo de despliegues de majestuosidad y sapiencia escuecen y el profe de turno se las apaña para mandarlo a juicio ante el tribunal interno. El argumento que sueltan huele a chusta que cae bajo su propio peso desde el principio, pero como son unos burócratas de mierda, medio cuela. El juicio en sí tiene unas vueltas y revueltas que dices "Pues muy bien", sin llegar a convencer del todo. Al acabar, te da la impresión de que el autor se puso en plan "Haga lo que haga, quiero que el resultado sea este. Sea como sea". Es decir, que hablasen de lo que hablasen, había que resolver la cosa dándole de latigazos a Kvothe. Supongo que Roth se chupó La Pasión de Cristo y le moló la escena sadomaso. Sin embargo, aquí nos mete una alucinante vuelta de tuerca, en la que Kvothe, usando sus magníficas dotes como herbolario y boticario, se mete un plantajo en el cuerpo que hace que apenas sienta dolor. De paso, no le sale sangre, lo que hace que sus compañeros (que van como público, no veas si se aburre la gente en la Universidad) empiecen a flipar con él.
La leyenda puto nace.
Como esto, pero en políticamente correcto. Lo mismo que es que Roth no quería que le pusieran de "Autor de fantasía orientada a un público adulto"... aunque ahora que he visto su cara, me planteo que a lo mejor es que la sangre le da miedito. Todo puede ser.
Total, que empieza a correrse la voz acerca de lo chupilerendi que es el amigo; aparte, el amigo Kvothe, modesto como él solo y al que su imagen no le interesa mucho porque a lo que ha ido allí es a estudiar, se dedica a usar a sus compañeros de clase (descritos como un puñado de palmeros que le ríen las gracias y a los que él enseña a estudiar en sus ratos libres, porque son tontitos) como virales: es decir, el propio Kvothe se inventa rumores sobre sí mismo y los va propagando por ahí.
Lo de todos los días. Todos hemos hecho eso, ¿que no?
Siguen las cosas en la Universidad. Nos enteramos todo el rato que Kvothe no tiene pelas y que las pasa putas para pagarse las asignaturas. Vamos conociendo también a más palmeros, como el caso de Fela. Esta, al igual que la mayoría de secundarios (por no decir todos) están solo cuando Kvothe los necesita o cuando tiene que salvarlos. En el caso de Fela, es más lo segundo: está la moza tan tranquila en el Archivo de la Universidad, cuando aparece un fulano con las hormonas revueltas e intenta meterle el pito como sea; en este caso, a base de darle la plasta a la chavala con un poema. Kvothe surge en plan Clint Eastwood y salva la situación. El maloso en cuestión es un tal Ambrose, que se convertirá en el villano de la novela. Cómo no, Kvothe es INFINITAMENTE MEJOR en música y poesía porque es un Edena Ruh (y Ambrose no) y lo deja en ridículo en un pis pas. Cualquier actitud de prepotencia, chulería y vacileo de tres al cuarto queda totalmente eclipsado. El amigo no tiene rival en eso.
Cito:
- ¿Qué sabrás tú de poesía?- dijo Ambrose sin molestarse en girar la cabeza.
- Sé distinguir un verso que cojea cuando lo oigo- contesté-. Pero este ni siquiera cojea. La cojera tiene ritmo. Esto es como alguien cayendo por una escalera. Una escalera de peldaños irregulares. Con un estercolero al final. (pg.378)
Ja. Ja. Ja. Además de humilde, es ingenioso. Perdonad si me cuesta escribir a partir de ahora. Es que semejante ejercicio de hilaridad me impide escribir correctamente.
Y nada, otra vez en escasas cien páginas (o menos) en que Kvothe salva el día, recibe su ración de aplausos, impresiona a alguien o tiene un enemigo que le odia, le envidia o le teme (esto no me lo saco de la manga, se menciona textualmente en varias partes de todo el texto). Vamos, lo que viene a pasarle a cualquier chaval de quince años sencillote. ¿A cuántos de nosotros el vulgo no nos admira, teme, envidia y odia, todo a la vez?
Avanzamos un poco y vemos que nada más que por esto, Ambrose ha jurado enemistad eterna a Kvothe (tengo que reconocer que, si me encuentro alguna vez con alguien tan chulopiscinas como este, no sentiría muchas más simpatías hacia él) y éste, por su parte, está por ahí buscando un maestro que le haga de tutor. Llegados a este punto, hacia la página 400, la historia ya empieza a resultarme una puta paliza. Nos plantan aquí a un fulano llamado Elodin, que viene a ser el típico mago excéntrico (o simplemente majara) de cualquier Universidad de magia que se precie. A veces pienso que es como una plaza reservada o algo... el caso es que aquí ya tenemos a Kvothe en plan "Deseo aprender con usted porque puede enseñarme cosas que ningún otro podría". Rollito pequeño saltamontes ávido de conocimiento y tal. A mí, llegados a este punto me suena más a "Yo soy Kvothe, no puedo entrenar con un cualquiera, por eso busco al mejor".
Aquí es donde se produce otra cagada de Rothfuss, que nos presenta a un profesor en plan excéntrico, pero que va ganando en carisma conforme va hablando; quizás porque hasta la fecha es el único que no se la menea viendo lo chuliguai que es Kvothe, o bien porque no lo envidia. A Rothfuss un personaje así parece interesarle solo para lo justo y conforme aparece, deja de tener especial importancia al final de este capítulo. Lo que vendría a traducirse como "Le habría sacado el máximo partido, pero es que a mí lo que me interesa es que Kvothe quede como un personaje superguai y que los demás bailen a su son".
Al menos esta escena acaba con aquí el Héroe partiéndose el costillar contra el suelo. Algo es algo.
"La lección del día: hoy te voy a enseñar para qué sirve la gravedad".
Esto no es del todo de extrañar: ya he mencionado que Kvothe es el paradigma del Gary Stu, es decir, el personaje que viene a parecer un super-alter-ego del autor y que solo le cae bien a él. El típico personaje que tiene un destino, que es el mejor en todo lo que hace, que impresiona y asombra a todos cuantos le rodean, que derrite el corazón de toda fémina que se le pone por delante (y a la que no se jinca porque sus ojos son para Su Dama, de lo que hablaré más adelante), que tiene un pelo de color especial (rojo fuego) y unos ojos a la par (de un color verde con el filo dorado, cuyo brillo el controla). Hábil con las artes, marcado por un pasado trágico y convirtiendo en una puta gesta heroica hasta el simple hecho de ir a cagar.
¿Qué pasa? Que hasta el propio Rothfuss se da cuenta de que se le va la pelota y de vez en cuando intenta humanizarlo. Al hacerlo, como se ha pasado páginas y páginas describiendo aplausos o soltándonos frases de prepotencia condensada, queda tan jodidamente descompensado que se le ve el plumero a kilómetros. Más adelante iremos viendo más cosas al respecto...
Hacia la página 434 nos encontramos con Devi, que es la prestamista del pueblo cercano. Esto no es más que más de lo mismo: es juntar el concepto de "Soy pobre y tengo que negociar para pagarme las cosas" con "tía que me ve, tía que hace palmitas con el chichi". De esto se saca poca cosa, salvando unos diálogos que te dan unos detalles demasiado precisos acerca de cómo se trabaja con una prestamista, regateos interminables... y un laúd.
Aquí llegamos ya a la parte, hacia la página 450 y en adelante, en que la novela ya se convierte en un puto sufrimiento. Sí, amigos, Kvothe en plan estrella del rock.
Si hasta ahora creíais haber visto un personaje sobrado y prepotente... si creíais que el rollito "Soy especial y tengo que demostrarlo las putas veinticuatro horas del día" estaba siendo insufrible... colegas, habéis caído en el error en que caí yo.
A partir de aquí es peor.
Mucho peor.
Infinitamente peor.
Como buen músico, Kvothe empieza a practicar en sus ratos libres en la Universidad (menos mal, porque si es un Satriani sin practicar siquiera ya es para matarlo). Para hacerlo, se sube en plan Eric Draven al tejado y se pone a tocar el laúd por las noches, a escondidas.
Muy romántico, sí... pero cojones, está en una puta Universidad DE MAGOS. Tropecientos magos en las dependencias y NADIE se da cuenta de que hay un pelirrojo subido allí en lo alto. Las explicaciones que se van dando por ahí, en lugar de mandar a alguien arriba a investigar, son de lo más racionales y coherentes:
"Unos dicen que es el fantasma de un alumno que se perdió en el edificio y que murió de hambre (...). Dicen que sigue recorriendo los pasillos porque todavía no ha encontrado la salida".
"Otros dicen que es un espíritu enojado. Dicen que tortura animales, sobre todo gatos. Ese es el ruido que han oído a altas horas de la noche: el de tripas de gato torturadas. Creo que es un ruido aterrador".
Pues vale.
Entretanto, los amigos-palmeros-chupapollas de Kvothe le preguntan acerca de cómo le va, y él suelta frases tan humildes, propias de toda persona que se dedica a las artes: "Y no estoy aprendiendo a tocar. Solo necesito practicar".
Claro, es obvio: un músico, como cualquier artista, no está aprendiendo toda su vida. Llega un momento en que se convierte en BUENO y ya a partir de ahí consiste en no tener que mejorar, sino en no oxidarse.
Lo llamo sobrado y me quedo corto. Más si pensamos que el muy cabrón tiene quince años y habrá estado tocando de seguido como mucho dos.
Y porque los laúdes están caros, que no me habría extrañado verlo estampando uno contra una chimenea, en plan estrella del rock cabreada...
A estas alturas aparece Auri, que es una especie de exalumna salvaje a la que, terminada la novela, no he encontrado ninguna utilidad: su historia como quien dice no es que tenga mucho que contar, y luego aportar a la trama principal, pues tampoco. Es decir, que si bien no parece tener una función concreta (lo que no es obligatorio), tampoco tiene un trasfondo que funcione por sí mismo.
Volvamos a Kvothe, que es lo que le mola a Rothfuss. La parte musical, como ya he mencionado, es el despiporre de prepotencia y machería en su máxima expresión. Diálogos tan chulescos y tan pagados de sí mismos que repatean las tripas, como esto:
- (...) Lo que quiero decir es que el tipo era muy bueno. Me hizo reír y llorar tanto que me dolía todo el cuerpo (...). Pero no le dieron el caramillo [Una especie de broche que te dan para que toques gratis en el Eolio, un sitio de músicos]
- Todavía no me has oído tocar, ¿verdad? (pg. 467)
Más flagrante es el hecho que se menciona a continuación, donde Kvothe asegura que no hay nada tan importante como la opinión de sus amigos o la de la clientela del Eolio. O sea, que este es uno de esos que, en lugar de tocar por querer ser mejores de lo que eran antes, van a lucirse ante el público y al que la opinión del público le importa tanto que toca solo pensando en ellos.
Primera regla del músico que se sube al escenario: "Lo que te diga la gente es algo que te tiene que dar igual. Tú vas a tocar lo tuyo, lo que te gusta, lo mejor que puedas y a disfrutar con tu actuación". Todo lo demás es pose, amaneramiento, parafernalia y pijadas para mojarle las bragas a las grupis.
Punto pelota.
Kvothe no. Es del de fingir que le cuesta tocar una canción sencillita para que luego algo más complicado haga que el público lo flipe en colores, en lugar de centrarse en su ejecución... porque claro, como él ESTÁ PREPARADO, es algo secundario. Es la clase de chulillo borracho de su propia pose que, cuando le toca hacer su actuación, no puede limitarse a tocar una canción cualquiera: tiene que tocar la puta canción más difícil de toda la Tierra y convertir un bolo en la puta búsqueda del Santo Grial. Complicarse la vida para lucirse, para tener su ración de aplausos diaria (que hacía mucho que la gente no babeaba demasiado a su alrededor e iba tocando) y para que su ego, cómo no, aumente mucho más. Por supuesto, Rothfuss intenta meterle algo para que no se le vea el plumero tanto y nos cuenta que se le parte una cuerda. Oh, tragedia. Algo que no le ha pasado a nadie en directo. Algo que es la muerte en vida, porque NADIE nada más que ÉL improvisa cuando eso pasa. Cuando se te rompe una cuerda mientras tocas, se para el mundo, se desata el Infierno y hagas lo que hagas la condenación eterna cae sobre ti. Con lo difícil que es improvisar o buscarte la vida. Vaya, es que a quién se le ocurre; si lo normal es bajarse corriendo del escenario como una nenaza.
Luego nos enteramos de que es probable que no la haya roto él (no, por favor, eso es impensable), sino que el malvado Ambrose podría haberla roto con magia.
"¡LA CULPA ES DE UN MAGO!"
Lo dicho, este tío fijo que no caga, que lo que hace es parir monstruos primigenios que tiene que degollar cada vez que se despatarra.
En este punto, Denna reaparece en modo niña cantora, haciendo la doble voz de la canción-gesta troyana que se está marcando aquí el Jimi Hendrix. El numerito se convierte en lo más sonado desde aquello del Freddie Mercury con la Caballé y ya empieza la trama romántica-coñazo-paliza-aflojabragas.
Dejadme que os hable de Denna.
Es probablemente la tía más insufrible y subnormal que me he echado a la cara en una novela, después de la insoportable Bella Swan, a la que conocí durante unas páginas de Crepúsculo antes de mandarlo a la mierda. Que no me vengan aquí los fans hablando de amor ni leches, porque una payasa que va de misteriosa por la vida (sin causa aparente), que cambia de nombre por el morro, que desaparece y reaparece en plan Rondador Nocturno sin que la mayor parte de las veces haya una lógica y que tiene los ovarios de hacer el pasivo-agresivo es de juzgado de guardia.
Supongo que Rothfuss se debió fijar en el concepto de la Dama Sin Piedad del amor cortés de la literatura de toda la vida. Esa dama que flirtea con la mirada pero que desprecia al amante y por la cual este se desvive. Y como idea base no es mala.
Lo malo es cuando la cosa se queda en un intento pobre, chapucero, y que en resumidas cuentas, se queda en un tira y afloja que, lejos de resolverse, ni avanza ni evoluciona ni leches en vinagre. Salpicando las ochocientas putas páginas de la novela con tonteo barato y empalagoso.
Kvothe aquí tiene un rollazo bipolar que flipas: por un lado, sigue con su prepotencia extrema, ya que ésta aparece engarzada del codo de uno de sus colegas. Y claro, como es su colega, no va a follársela, porque de todo esto se deduce que si Kvothe le pide rollo a la imbécil esta, lo más probable es que se baje las bragas para que el caballerete se desvirgue reventándole el toto a cipotazo limpio hasta que ella tenga no menos de catorce brutales orgasmos, uno detrás de otro.
Al mismo tiempo, es un puto pagafantas, lo que hace que el personaje, más que ser un héroe con pies de barro, no deje de resultar un personaje patético y lamentable: no, amigos, páginas y páginas dando el coñazo con la tía esta y es que ni morrearse con ella.
De follar ya ni hablamos.
Lo que tenemos, entretanto, es un despliegue de cursilerías del tipo:
- ¿Ha reivindicado derechos sobre mí?- dijo ella borrando la sonrisa de sus labios. [refiriéndose al amiguete de Kvothe y al hecho de que, aunque esté con él, al parecer, no es nadie formal para ella. Otra cosa es que el otro lo sepa]
- No, no es eso. Pero existen ciertos protocolos con relación a...
- ¿Un acuerdo entre caballeros?- preguntó ella con mordacidad.
- Más bien honor entre ladrones.
Denna me miró a los ojos.
- Kvothe- dijo muy seria-, róbame. (pg. 560)
Casi me la hacía con esta pose, en serio.
Ni me molesto en citar una parte posterior en la que Kvothe se pone a comparar a la petarda esta con flores del campo. Hasta media docena de floripondios, usa el muy cabrón para compararla. Algo en plan poesía pastoril, pero en cutre y con un tufillo de instituto que te deja seco.
A partir de esta parte del libro, lo que tenemos es que la acción se desarrolla básicamente en un par de tandas: una, la de chuparle el culo a Denna, que posteriormente huye como una cervatilla, dejando que Kvothe se tenga que terminar la gayola el solo, y dos, el malvado Ambrose, con el que hay un rollo de tensión testosterónica no resuelta. Dicho de otro modo, un duelo por ver quién es el más machito y el que pone al otro más en ridículo.
Kvothe, cómo no, suele salir airoso del asunto, ganándose aplausos y elogios de sus compañeros. Porque a Ambrose parece ser que no hay Dios que pueda verle... salvo su grupúsculo de palmeros, claro.
Esta tensión, claro está, no desaparece, sino que aumenta, hasta el punto en que el fulano envía a un par de mastuerzos a darle matarile a este tío. Corto que se queda el muy cabrón; yo soy él y le mando al puto Lobo para que lo ponga mirando a Minas Tirith.
En este episodio, la empatía con Kvothe ya no es que haya descendido a cero, es que se mueve por la escala negativa como Pedro por su casa y sigue bajando su cuota a lo burro. Si os cuento que cuando le intentan matar en un callejón, yo estaba loco porque se lo cargasen... la desgracia era que, sabiendo que la novela está narrada en primera persona, no iba a pasar. Y miedo me da pensar la clase de chapuza argumental que se le habría ocurrido aquí al genio de haberlo hecho...
"¡HABÍA SIDO TODO UN SUEÑO!"
Total, la cosa avanza. Kvothe sigue tocando en el Eolio, se ve con Denna de vez en cuando, esta desaparece, lo típico. Siguen los estudios en la Universidad, donde el amigo no puede hacer un trabajito con una lámpara de simpatía que le han pedido, no. Tiene que hacer la Superlámpara Especial de la Muerte, más chula que los demás y con sistemas que, lo mismo se le ha ocurrido ya a alguien, pero que nadie ha osado mostrar al tutor. Usando argumentos tan honestos y campechanos como "Admitiré que soy mejor. Aprendo más deprisa. Trabajo más. Mis manos son más diestras. Mi mente es más curiosa" (pg.574) se aleja de la falsa modestia, tal y como le pide el maestro.
Se aleja tanto como la Segunda Guerra Mundial de la paz global, macho.
Como la cosa empieza a flojear argumentalmente (el estilo hace siglos que pasó de "sencillo" a "más simplón que el mecanismo de un chupete"), tiene que pasar algo que siga alimentando los rumores de que Kvothe MOLA. ¿Cómo? Pues con algo como un incendio. Pero no un incendio cualquiera, ojo. Un incendio en los talleres de la Universidad donde, -cómo no- le tiene que salvar la vida a Fela. Y ya van dos veces.
Rollo putoheroico, con Kvothe sorteando llamaradas, explosiones y un fuego jodidochungo de estos de los de "No te salva ni Cristo".
Una Universidad de magos Arcanistas, científicos, expertos en química, ingeniería y demás... y no tienen una puta mierda para apagar un fuego.
Con dos cojones.
Nuevamente, gesta heroica, y agradecimiento de Fela, que le regala una capa.
No voy a entrar en las suposiciones acerca de que ésta se frote el botoncito del amor pensando en este. Se da por hecho.
A esto se dedican TODAS las mozas de Mundokvothe entre doce y noventa años, una vez se han encontrado con El Héroe.
Eso sí, él solo tiene ojos para Denna.
No sé si es enternecedor o una puta ridiculez como la copa de un pino.
Tras unas cuantas escenillas escorromoñeras más, resulta que Denna vuelve a desaparecer. Esta vez, dejándole una nota a Kvothe (tras haber subido hasta su ventana, ahí, otra que también es ninja) en plan pasivo-agresivo total: "Aunque me había sido negada tu compañía, tuve la buena suerte de conocer a una persona muy interesante".
Traducido: "No te dejo que me metas el pito, pero te restriego por las narices cómo lo hacen otros, que es más diver. Y como no me haces el suficiente casito, me voy con la música a otra parte, dando a entender que es culpa tuya por tener una vida aparte de centrarte solo en mí".
Así que la plasta esta desaparece. Pues muy bien, tampoco es que la vayamos a echar de menos.
Poco después de esta despedida de culebrón, nos enteramos de que en una boda en el quinto coño ha pasado algo chungo y se rumorea que los Chandrian han podido estar implicados. A Kvothe, tras unas quinientas páginas tocando el tema solo de pasada, se le ponen las orejas tiesas y decide investigar. En plan rebelde, sin darle explicaciones a nadie, se va para la primera posada que se le pone por delante y entra, sin modales (porque parece estar justificado con la prisa) y con una arrogancia que es digna de hostia con la mano abierta:
- ¿Qué vas a tomar?- me preguntó la posadera.
- ¿A cuánto queda Trebon de aquí?- pregunté.
- ¿Río arriba? Un par de días.
- No he preguntado cuánto se tarda en llegar. Necesito saber a qué distancia está- repliqué, poniendo mucho énfasis en la palabra "distancia". (pg. 643)
Vamos, yo soy la posadera, me llega un niñato de mierda de quince años, sin dar los buenos días, tratándome como el puto culo y encima respondiéndome con impertinencias cuando le he dado una respuesta con la mejor intención del mundo y de la clase de patada que le arreo en el espinazo (seguida de unas pocas en la boca para que aprenda a tratar a la gente) los Chandrian son la última de sus preocupaciones.
Si Roth pretende que semejante soplapollas me caiga bien, (porque además se nota tela que lo intenta), va listo.
"¡TOMA, TONTOLOSHUEVOS, PA QUE APRENDAS MODALES!"
Pues nada, que aquí va el caballerete para el poblacho de mierda donde tuvo lugar la boda tróspida, no sin antes más rollo de regateo y chulerías con un vendedor de caballos. Escena prescindible donde las haya. Más cuando ya nos hemos chupado como cuarenta en lo que va de novela. Llega al pueblo y la cosa parece como el Pueblo de los Malditos, pero sin niños albinos jodiendo la marrana. Gente acojonada y demás.
Lo más puto descojonante es que dices: "Con todo lo grande que es el mundo, y la de cosas que pasan a la vez... ¿Qué puta casualidad lleva a que Denna esté tocando el arpa (¿?) en la boda?"
Es decir, que lo que podría haber sido una escena más o menos natural te da la impresión de ser una excusa para meterte a esta tía hasta en la sopa, aunque no pegue ni con cola y aunque lo de que se ha metido a barda no termine de cuadrar. Que sí, que ya hemos visto que canta bien, pero de ahí a eso, como que queda pelín forzado...
Total, que los tortolitos de Mojopoco se ponen a explorar la zona. Teorías a lo CSI que resultan quizás lo más interesante que nos hemos zampado en las últimas seiscientas páginas (y sin exagerar). Parece que por fin el motor argumental de mayor interés (los Chandrian) empieza a despuntar un poco, en lugar de diálogos cursis, duelos de ingenio irrisorios con otro aspirante a Arcanista o ver lo jodido que es comprarse un laúd cuando se tienen pocos ingresos.
La cosa avanza y vemos que estos dos, tras un interesante encuentro con un porquero, se topan con un bicharraco de tres pares de cojones, que nadie tiene ni puta idea de dónde ha salido. Es una especie de lagarto con sobredosis de Winstrol, de lo que se deduce que es un draccus, o dragón común. El bichejo se lo pasa en grande revolcándose por ahí y masticando árboles. Un vistazo a una cueva cercana nos enseña a que algún camello de resina de Denner (la droga de moda en Mundokvothe) tenía su garito particular por ahí y el dragón se volvió adicto.
Sí, amigos.
Habéis leído bien.
Kvothe se encuentra con un puto dragón yonki. Hasta que nos maravillamos ante esa sorprendente revelación y ante ese despliegue de ingenio por parte del autor, más diálogos que causan vergüenza ajena y más frasecitas del protagonista en plan "Soy lo mejor que te ha pasado en la vida, nena".
O sea, como Jason Statham, pero con un fallo gordo.
Este pringao NO es Jason Statham.
Ni se parece.
Qué cojones, ni se acerca en lo más mínimo.
Así que nada, Kvothe y Denna deciden que hay que matar al draccus: porque claro, como tiene el mono, lo más probable es que se dedique a bajar al pueblo y se zampe a los parroquianos. Habrá fuego y destrucción y a nadie se le ocurrirá organizar una milicia para mandar al bicho al otro barrio. No. Eso lo tiene que hacer Kvothe. Y prácticamente solo, porque Denna, en su sacrosanta sensatez e ingenio, se mete una bola de denner en la boca y la mastica, pillándose un ciego que te cagas. Es decir, te metes en la casa de un camello, o en el mejor de los casos, en un terreno que no conoces, y lo primero que haces es echarte a la boca cualquier cosa puerca que te encuentras... porque además la resina es como una especie de alquitrán negruzco.
Ojito al detallazo donde Denna suelta que si matan al bicho se convertirán en héroes, en la página 752. Esa clásica asociación entre el buscador de gloria y el héroe, como si una cosa fuese sinónimo de la otra, no deja de ser algo que, si se pone uno a pensarlo en frío, dice mucho de los valores que se tienen hoy en día. Crítica social aparte, no sé si resulta más lamentable esto o que Kvothe se niegue a lanzarle piedras al bicho porque "es poco heroico". Ahí, fíjate tú, me cae bien Denna (igual es porque está colocada y se ha vuelto inteligente y todo) al reírse de ese rollo de pose de libro de caballerías que el pringao este se lleva trayendo ya unas cuantas páginas. Que se meta las paridas por el culo y que actúe de una vez, le viene a decir.
"¡HAZ ALGO, COJONES!"
La batalla se vuelve puto épica, o todo lo puto épica que puede ser cuando tienes un lagarto en busca de mierda que meterse en el cuerpo, un macaco de quince años corriendo detrás de él, una payasa colocada tirada por ahí y un puñado de labriegos que estaban de lo más tranquilos hasta que se encontraron el percal en la puerta de sus casas. La cosa acaba en un final digno de aventura gráfica de ordenador, donde quizás la única puta cosa descrita medio en condiciones de todo el pueblo (lo demás es borrón), que es una impresionante rueda de hierro es usada para hacer papilla al bicho. Entretanto, Roth se las apaña para hacer que Kvothe flaquee un poco y que parezca hasta torpe. La ley de la descompensación de nuevo, con las bragas al aire: un tío que es tan superguai, tan especial, tan inteligente, valiente, varonil y probablemente con la polla más gorda de todo el reino, ahora se lleva hostias hasta en el carnet de identidad por una puta iguana superdesarrollada. Que sí, que eso es lo normal; lo que no es normal es todo el despropósito que nos hemos venido tragando hasta ahora. Lo llamo desequilibrado porque no he dado con una palabra mejor que ilustre lo que quiero decir.
Y nada, aquí básicamente termina el relato: después de la movida, Kvothe sigue siendo pobre, porque después de haber recuperado el conocimiento los lugareños han enterrado el bicho o lo habrán quemado, así que no puede vender sus partes. Denna ha vuelto a desaparecer por el puto careto y el amigo vuelve a la Universidad, donde se vuelve a pelear con Ambrose.
La pelea llega a mayores y se produce un juicio, donde este le denuncia. El concepto de denuncia, pese a lo injusto, resulta coherente... lo que no lo es tanto es el veredicto que se planta por parte del Arcano, y la cagada-intento-de-cliffhanger que se hace entre los capítulos 85 y 86:
- Seis latigazos y expulsión- dijo el rector con formalidad, ignorando mi arrebato- ¿quién está a favor?
(...)
Nueve manos contra mí. Me habían expulsado de la Universidad. Mi vida ya no tenía sentido (final del capítulo 85, página 807)
- ¿Todos a favor de suspender la expulsión?- levanté la cabeza justo a tiempo para ver cómo Elodin levantaba la mano (...)
- Expulsión cancelada (...) ¿Alguna acusación más? (principio del capítulo 86, página 808).
Así se resuelven las cosas, sí señor.
Después de esto, nos enteramos de que Elodin, el chalado que casi mata a Kvothe haciendo que se tire desde una ventana, será su nuevo maestro.
Todo genial.
El relato de Kvothe acaba con el primer día de las crónicas que Cronista está apuntando. No hay mucho más de interés en esta parte, salvando el detalle de que el mercenario que robó a éste reaparece, organizando una pelea en la taberna. Aclaro: se pelea con Kvothe y todos los parroquianos deciden pelearse entre sí. Muy de película, pero absurdo como su puta madre. Nos dan a entender que estaba poseído por no sé qué mierda sobrenatural (erróneamente llamada "demonio") y Cronista se va a dormir. En mitad de la noche, el ayudante de Kvothe en la posada se le aparece diciendo básicamente que está hasta la picha ya de servir cañas y de que su amado héroe chuliguai se haya retirado, y que le había llamado con el trabajito de relatar las crónicas, a ver si así espabila.
Porque no hay héroe más guai que Kvothe.
Es más guai que tú y lo sabes.
En resumidas cuentas:
Dejo este párrafo como resumen de todo lo visto arriba, por si os habéis aburrido de leer esto. Pensad que me aburrí yo durante casi tres meses para tragarme semejante aborto.
Y ahora empiezo a explicar por qué:
El Nombre del Viento parte de una idea muy buena, que es la del concepto de la historia en la posada. La del héroe humanizado que cuenta a alguien (un aprendiz, un hijo, un escriba) lo que es la vida de héroe y la mierda que conlleva todo eso. La de desmentir habladurías y poner por escrito lo que pasó de verdad.
Lo que hace Rothfuss es justo lo contrario: es la del ensalzamiento onanista de un personaje que, en vista de lo que he visto, solo parece caerle bien a él. Lo hace además con una novela que no da mucho pie a una segunda interpretación (no hay otro punto de vista ni nada que nos permita dudar de la ya dudosa palabra de este fulano), ya que todo lo que cuenta, aunque intenta desmentir algunos mitos acerca de él, lo que hace es sustituirlos por otros: Kvothe el Sin Sangre no es un ser inmortal, pero sí un tío más listo que los demás y que impresiona a todos. Esto hace que la idea de humanizar se vaya por el retrete. Tampoco ayuda mucho que Bast, al final de la novela, nos comente que lo que se está diciendo es cierto, ya que tiende a condicionar la opinión del lector y a diluir cualquier asomo de duda.
El personaje, sea o no un alter ego del autor (yo pienso que sí, pero como no lo conozco me reservo esta opinión personal para mí y no pretendo que nadie la comparta) resulta una auténtica abominación literaria: es lo que en mi casa llamamos un "vacila cacas", es decir, un niñato que se cree mierda y no llega ni a pedo. Insufrible, impertinente, arrogante y prepotente, parece más obsesionado en la imagen que da de sí mismo que en lo que hace o deja de hacer. Cuando toca música, SIEMPRE aparece algún comentario acerca del efecto que causa en los demás; cuando estudia, siempre se pone por encima de los demás, con un complejo de superioridad que resulta vomitivo. Sabe más que los demás, los errores o desgracias provienen siempre de otros que conspiran contra él, le envidian, temen, odian o admiran. Todos siempre sentimientos que le colocan a él en una posición superior.
Su concepto de heroismo, como he comentado arriba, no parece ser precisamente noble, ni mucho menos: habla mucho de la leyenda en que se ha convertido y del héroe que todos dicen que es. Él mismo dice que se convirtió en héroe en el momento en que abatió al draccus, pero yo lo único que vi fue a alguien que se ocupaba más por la fama o la gloria, o sacar pelas del lagarto, que de por salvar vidas humanas. Lo pensaba, sí, pero en un segundo plano. Y ya cuando el bicho tiraba para el pueblo.
La trama romántica es infantil, maniquea y a todas luces empalagosa. Denna es un personaje que igual se desarrolla más adelante, pero en ochocientas y pico de páginas se ha mostrado como una tuercebotas insufrible que lo único que hace es aparecer de sopetón, desaparecer, calentarle la bragueta al protagonista con diálogos de pánfila integral, soltar un sarcasmo cutre y poner carita de tía buena. Esto hace que la relación entre ambos, más que ser tormentosa, resulte directamente ridícula, con situaciones forzadas e intercambios de palabras que hacen que, si no te den ganas de vomitar arco iris, te den ganas de descojonarte por no llorar. Eso sin contar con que las apariciones de Denna, como me comentó un amigo no hace mucho, antes de empezar a leerme esto, resultan de lo más oportunas con tal de conseguir que el personaje esté presente en la novela la mayor parte del tiempo posible. A menudo, en momentos en los que esa situación forzada canta más que una folklórica en un concierto de heavy metal.
"¡¡¡MORID, ZALAMEROS EMPALAGOSOS DE MIERDA, MORIIIIIIDD!!!"
Tenemos que lo que es la trama, aunque tiene partes de relativo interés y conceptos curiosos como el de la magia, aparece inflada a lo bestia (no soy amigo de usar este concepto, ya que soy mucho de darle su tiempo a cada texto, pero aquí es que la cosa se pasa de un extremo al otro), entreteniéndose en cosas que, lejos de no estar conectadas con la trama o independientemente del interés que puedan suscitar, resultan vacías y carentes de un sentido. La absoluta simpleza de la prosa del autor hace que esta idea no quede solo apoyada, sino resaltada con un foco reflectante.
Las subtramas que pueda haber, generalmente desaparecen o se diluyen, probablemente a causa de un montón de personajes secundarios que, independientemente de lo que puedan prometer (algunos podrían dar mucho de sí) se convierten en un puñado de nombres con patas que hacen su aparición, dicen sus cuatro frases, aplauden o gruñen y desaparecen, como en cualquier obra de teatro de colegio de primaria. En cualquiera particularmente mala, añado.
Vistes a cualquiera de estos de flores o de árboles, los pones al fondo mientras suenan los Cantajuegos y la diferencia que notas con respecto a lo que tenemos aquí es nula.
"No importa que vayáis vestido cada uno de una manera. En cuanto entre en escena Kvothe dará exactamente igual"
La misma estructura, aunque se muestra ligera al principio, a veces tiene unos altibajos tremendos, deteniéndose en partes que resultan interesantes y que no se vuelven a mencionar en toda la novela, lo que da la impresión de improvisación brutal (y sin demasiada revisión) por parte del autor. En muchos otros casos, como he comentado arriba, se intenta dar solución a cosas complicadas, no de un modo sencillo, sino simplón. Se llega al recurso barato, como en el caso del juicio de Kvothe al final de la novela, que hace que un lector medio experimentado note que ahí no ha sabido muy bien cómo manejar el recurso del cliffhanger... quedándose en un intento pobretón.
Por último solo tengo que añadir que todavía estoy esperando a que alguien me explique de un modo argumentado por qué ESTO ha llegado a convertirse en un fenómeno de masas y por qué parece tener tantísimos fans una novela que a mi juicio no es más que un ejercicio masturbatorio en el que un autor intenta convencerte de lo chuliguai que le ha quedado su protagonista.
Y por favor, no os limitéis al "Es que a mí me ha gustado". Espero algo más de vosotros de lo que puedo esperar ya del señor Rothfuss.























