A veces creo que debería pagarle a mi amiga Isi una subvención o algo por las cuestiones que me plantea cada vez que hablamos. Esta, concretamente, ha surgido apenas unos minutos, cuando me ha hecho unas preguntas que ha lanzado a unos cuantos de nosotros. A algunos de esos pobres granujas que le hemos dado un poco la espalda a esa sociedad cada día más encuadrada y distópica y hemos decidido emprender nuestros pasos por ese mundo demente que es el del Arte.
Me pregunta mi amiga si me siento apoyado por mi entorno cercano cada vez que dibujo o escribo. Es una buena pregunta, que no sé responder con tanta rapidez como me gustaría. No es que me sienta ninguneado ni nada por el estilo; mis familiares y amigos, hasta dónde sé (o creo saber) no se descojonan de mí ni me desprecian por algo tan sacrificado como es crear historias o plasmarlas en imágenes. Pero, seamos serios, sabemos que corren malos tiempos para los soñadores y que con el Arte te mueres de hambre. Por muy bueno que seas o (en su defecto) por mucho que te esfuerces por serlo, sabes que lo más probable es que dibujar, pintar o convertirte en músico no te va a dar de comer. Ojo, no digo que sea imposible ni que sea un sueño ridículo... pero es más difícil de conseguir que, pongamos, sacarte unas oposiciones. Que sí, que el tema del curro está jodido para todos, eso es un hecho. Probad a currar como artistas, en este mundillo donde el trabajo no se considera trabajo, donde la mitad de la gente que conoces intenta aprovecharse de ti, no pagarte y encima encabronarse porque tú sí lo consideres una profesión digna.
Mi familia, por ejemplo, es consciente de ello. No tienen la suerte de tener un vecino del quinto que empezase pintando por ahí y ahora tenga un sueldo estable de ello todos los meses. No conocen demasiada gente que, a fuerza de tesón y horas de perfeccionamiento ahora tenga un modo de vida digno. Supongo que por eso la actitud es la de pensar que lo que hago está bien, pero está muy por debajo de cosas más importantes y urgentes, como ir a comprar el pan o tirar la basura. No importa que ande en pleno proceso creativo, o que necesite concentrarme pasa sacar una idea adelante. Lo primero es lo primero.
Esto es así y yo no lo voy a cambiar por mucho que quiera.
Esto es así y yo no lo voy a cambiar por mucho que quiera.
El Arte, hablando en general, es un amante cruel. Por escribir y dibujar no es la primera vez que nos hemos quedado en casa sin salir; por ensayar hemos echado un montón de horas que podíamos haber aprovechado conociendo gente, frotándonos con alguna pajaruela o cualquier otra actividad lúdica y social. No es la primera vez que nos hemos abroncado con gente con la que hasta entonces nos habíamos llevado bien, algo muy frecuente cuando tocas en un grupo y cada uno de los miembros tira para un lado. Y no han sido ni una ni dos broncas a causa de ello, creedme.
Tampoco es la primera vez que nos cuelgan el sambenito de "artistas", aludiendo que tenemos una personalidad diferente al resto de los mortales y que, gracias a esa especie de prejuicio, ya se nos considera gente "rara", "voluble" y más cosas curiosas.
El Arte, nuevamente, nos distancia un poco de la gente que no siente esa llamada. No lo hace siempre, por supuesto, pero esa imagen, de un modo u otro, siempre está ahí.
Es un camino árido y solitario.
Pero muchos no conocemos otro.
Por escribir una historia y hacerlo lo mejor que podemos nos hemos llegado a aislar, a volvernos huraños. A encabronarnos con nosotros mismos porque sabemos que no lo estamos dando todo, que podemos hacerlo mejor y (para nuestra desgracia) no encontramos el modo de conseguirlo. Nos esforzamos y a menudo es inevitable que nos vengamos abajo cuando vemos que el resultado no está a la altura de nuestras expectativas. Cuando descubrimos que horas y horas de pegarte un currazo que flipas se han ido por el retrete porque no tienes el día y lo que te ha salido es una chusta de tres pares.
Más duro es aún cuando ves que tu entorno lo respeta (si es que tienes esa suerte), pero en el fondo no lo entiende. Para muchos, eso de que te pases tres horas y media dibujando hasta que casi se te rompa la mano es como intentar leer en arameo. Alucinan con tu tesón, pero una parte de ellos no termina de pillarle la importancia que tiene para uno eso de querer plasmar en una obra artística (musical, visual, literaria) lo que lleva en las tripas.
Supongo que es algo recíproco. Yo mismo no suelo entender el mundo que me rodea, no me avergüenza decirlo. Intento pensar qué hace mucha gente para exteriorizar lo que lleva dentro, pero no lo comprendo. Por tanto, es posible que yo no sea muy diferente al resto del mundo; todo lo más, lo único diferente tal vez sean los resultados: en líneas generales, tengo la impresión de que el mundo se deja llevar menos por sus demonios interiores que yo. O acaso, no lo exteriorizan demasiado.
Y no digo esto sintiéndome parte de una élite por eso de dedicarme a las artes, ni mucho menos. Si hablo con total sinceridad, diría que es justo lo contrario. Es casi una maldición, en el sentido de que ya me gustaría a mí tener ese aplomo para enfrentarme a mi Infierno privado, por superar mil y un complejos y por acallar las voces interiores que de vez en cuando me dan la tabarra.
En serio que ojalá yo fuese de esos que tuviesen la habilidad innata para pasar de todo, desconectar y llevar una vida, si no feliz, lo más cercana posible a ello. Una vida, no simple, sino sencilla, donde la obsesión por querer salir de tu propia mediocridad no fuese tan intensa.
Creedme, no creo que eso de dedicarme a las Artes me convierta en una persona mejor o más feliz. Es el camino que he elegido, posiblemente porque cualquier otro me habría hecho una persona bastante más desgraciada. No es un camino fácil ni alegre, por bonito que lo pinten; es insomnio, es cansancio, es una lucha constante que precisa mucha perseverancia y doble ración de sangre fría. Es tener que echarle los cojones para coger un día, revisar tu propia obra y destruirla porque sabes que no has dado lo mejor de ti. Es pelear contra esa ola gigante que es un mundillo cerrado y hermético que, si bien no te ignora, bien se mueve en tu propia contra. Es querer ser mejor de lo que eres, y tener que asumir que igual no eres un fuera de serie. Que no te vas a convertir en una estrella del rock. Es más, que igual no eres ni gran cosa.
Y sin embargo, no tener otra opción que te satisfaga, porque podrías abandonar. Podrías decir "A tomar por culo, esto no me compensa", abandonar las artes por completo y dedicarte a algo igualmente respetable, como puede ser la cría de champiñones o la pintura de techos y paredes. Seamos honestos, hacer algo así todavía puede conllevar una carga aún mayor, porque sabes que estás sintiendo la llamada y la estás desoyendo. Estás traicionando a tu propia naturaleza.
Y es que la persona que se dedica a las artes (podéis llamarla artista si queréis, a mí no me gusta considerarme a mí mismo como tal; esos son términos que te tiene que conceder la posteridad, a mi juicio), en cierto modo, está abocada a la soledad. Lo que creamos, la mitad de las veces, nace de la soledad. La obra es un acto solitario, incluso siendo músico y tocando en un grupo. A fin de cuentas, tú tocas UN instrumento y nadie más puede hacer por ti lo que haces. El batería de tu grupo no va a tocar ese solo de guitarra que tanto te cuesta, y si estás cantando y no llegas a la nota, alguien puede cubrirte con un coro, pero eres tú quien tiene que dar el callo.
De componer ya ni hablamos.
En el caso del dibujo y la literatura es algo todavía más patente; puedes escribir una novela con algún colega, pero tu estilo, tus ansias y tus rabias más profundas están ahí, en cada línea que vomitas. Los trazos de un dibujo son parte de ti y te representan, como lo hace tu letra. Son las huellas dactilares del arte, una extensión de ti, por así decirlo.
Y también puedes jugar al despiste: estar jodido como un cabrón y sin embargo escribir una comedia; estar alegre y componer una balada. La obra no es diferente de la mano que la crea, pero no te fíes jamás de alguien que se dedica a las artes. No, si pretendes conocerlo en base a sus creaciones.
A veces somos como las Matryoshkas: hay muchos dentro de uno, cada uno más soterrado que el anterior. Todos contradiciéndose, pero a la vez partes de lo mismo.
Recurrencia.
Quizás por eso, por esa soledad que produce el Arte, o acaso por esa opacidad hacia nuestra persona que produce una obra, por la que los autores somos gente considerada como extraña. Gente que camina por las vías secundarias de la vida, observando las cosas con ojos diferentes... más que nada porque no tenemos otros con que verlos. Somos y seremos siempre esos tíos raros, que muchos no saben bien de qué vamos; esos que, dicen, tenemos un mundo interior al que pocos acceden (y no por dificultad; puede que simplemente ni se molesten en hacerlo. Tampoco los obliga nadie). Somos esos tíos que, con suerte, nos ganamos el respeto ajeno, pero pocos son los que no se dedican a las artes y nos brindan su apoyo entendiendo qué hacemos y por qué lo hacemos. Muy pocos. Olvidaos de esa imagen guai del rockero con pinta de maldito que se zosca a todo potorro que se le ponga por delante, o del poeta ultrasensible que derrite bragas con leer un par de poemas. No voy a decir que eso no pase, pero en general la impresión es la de "Ah, escribe, interesante". Como mucho, que te pregunten sobre qué escribes, pero vete olvidando de ese halo de magnificencia, de ese glamour o carisma especial que tiene dedicarte a juntar letras.
Esto es el futuro y, como he dicho arriba, corren malos tiempos para los soñadores. Para los artistas.
Para aquellos que no nos conformamos con el mundo de "Limítate a coger la pasta y límpiate el culo con todo lo demás".
"Sé uno más", nos dicen.
Y hay algunos que no podemos. No porque nos sintamos mejores que los demás. Sencillamente, no encajamos.
Parafraseando a Palahniuk, somos los hijos medianos de Dios. Aquellos que no han vivido una crisis ni una gran depresión, salvando la que tenemos en nuestro propio interior. Incomprendidos en el mejor de los casos, denostados en otros o incluso blanco de burlas por parte de aquellos que tienden a pisotear aquello que no pueden entender. Y lo peor es que no podemos hacer gran cosa. Lo único que podemos hacer es intentar luchar contra la existencia gris. Exorcizar nuestros demonios. Plantar ambos pies en el suelo y hacer frente a esa marea imparable que pretende hacernos creer que lo que hacemos no tiene aplicación práctica. Que no da dinero. Que no nos sostendrá jamás. Que la imaginación está bien, pero que hay que madurar. Crecer. Ser uno más con el rebaño. Otra pieza en la maquinaria. Otro ladrillo en la pared.
No somos seres superiores. Ni héroes, ni sabios. Ni siquiera una casta privilegiada que observa a los mortales desde un Olimpo, con ojos condescendientes y una media sonrisa en el rostro. Somos la clase de gente que ve el mundo y no entiende la locura en que se ha convertido. Somos la voz que predica en el desierto y chilla asustada porque ve la sociedad con un rostro muy diferente a la máscara con la que se muestra (¿el auténtico, tal vez, o acaso otra máscara bajo la máscara?) Somos aquellos que, metafóricamente hablando, hemos sentido el aliento de la Muerte en la nuca o los que hemos visto el Terror con nuestros propios ojos. Hemos sido destruidos y hemos vuelto a surgir de entre las cenizas. Estamos acostumbrados a vivir entre el martillo y el yunque, obligados a reforjarnos y reinventarnos una vez tras otra.
Tras otra.
Tras otra.
Podemos rodearnos de gente, pero cuanto tenemos una obra delante, lo sabemos.
Estamos completamente solos.




2 comentarios:
Ya me imagino que no es ningún chollo ser artista. Pero sí creo que sin vosotros los demás no podríamos vivir. A lo mejor mi caso es especial, pero no podría vivir en un mundo sin arte, en el que no hubiera música, ni pintura, ni literatura, ni artes decorativas... Qué existencia tan deprimente, vivir privado de todo eso, y no ya porque estés en una situación extrema, sino porque seas tan pobre de espíritu que nada de eso te motive. Creo que, más incluso que la inteligencia, el arte, la capacidad de representarnos el mundo a través de símbolos, de crear y apreciar la belleza, es lo que nos hace humanos. Los neanderthales eran tan inteligentes como nosotros a su propia manera, pero se extinguieron. Nosotros somos la única especie que produce arte de manera consciente y aquí estamos aún, a pesar de que también producimos otras cosas que nos pueden llevar a la extinción, eso sí. Comprendo que te parezca una maldición, pero lo tuyo es un don. No lo abandones, aunque tengas que dedicarte también a otras cosas para poder comer.
Muchas gracias por tu comentario, Nymeria! Bueno, en primer lugar supongo que es una cuestión de percepción, como todo: como tú dices, la vida sería aburrida sin gente que se dedica al arte, pero la vida de esta gente a menudo es dura, marcada por ese halo de incomprensión por ambas partes (el mundo no te comprende y tu tampoco comprendes el mundo). Esa es quizás la parte menos "brillante" del don al que te refieres, si he expresado bien mi idea; en cualquier caso, tampoco hay mucho por lo que preocuparse: aunque quisiera difícilmente podría dejar de hacer lo que hago :)
Publicar un comentario