jueves, 28 de enero de 2016

Angst- Heridas y cicatrices.




Mi primera herida fue limpia y dolorosa, del tipo que recibes cuando todavía no has aprendido a levantar un escudo. Cuando no llevas una armadura lo bastante resistente que te proteja de los embates que, tarde o temprano, acabarás soportando. Se trataba de un arma ligera y flexible, que silbaba en el aire con gracilidad a cada movimiento. La hoja, alargada, fina y ligeramente curvada, me atravesó de parte a parte, con rapidez, incluso antes de darme cuenta de que ya había entrado en batalla. Tardé un segundo completo en reaccionar, en entender lo que me había pasado. En descubrir que había caído en mi primera batalla. Aquella estocada, precisa y directa, fue profunda como solo la primera herida puede serlo. Me hizo sangrar. Sangré tanto que no quedó nada dentro de mí. Me quedé seco. Seco y débil.
Pero no morí.




Pese a ello, fue una recuperación lenta, con un dolor terrible a cada movimiento, a cada paso que daba. La cicatriz que dejaría sería espantosa. La clase de recordatorios sobre tu cuerpo que te instan a ser prudente; a protegerte. A usar tu olfato y levantar el escudo en cuanto se te eriza el vello de la nuca. A día de hoy, todavía me duele, aunque los años y la experiencia han hecho que ese dolor sea soportable. Que pueda vivir con ello.

Una vez inicias el camino, sabes que tarde o temprano entrarás en combate de nuevo, sin importar que ya hayas sido herido anteriormente. No puedes evitarlo, bien porque un instinto primario te insta a ello, bien porque es el propio fragor de la batalla el que te busca a ti. Esto último fue lo que me sucedió la segunda vez que me hirieron. Aunque igualmente ligera, el arma era silenciosa y fría. Un arma que, aunque esta vez ya estaba preparado para entrar en combate, fue lo bastante sutil para penetrar en mis defensas y atacar. A diferencia de la anterior, no fue un corte limpio: la hoja estaba llena de un veneno que me royó por dentro. Me hizo apretar los dientes y sentirme furioso por no haber sabido verlo. Sangre y pus se mezclaron en mi interior hasta que logré purgar aquella herida.



La tercera herida fue incluso peor. Esta vez era un arma ostentosa, labrada en oro, digna de la realeza. Se me mostró como un arma noble e impresionante. Todo para pillarme desprevenido y penetrar por resquicios de mi armadura tan insignificantes que ni yo mismo había reparado en ellos. El golpe fue devastador, casi mortal. Al contacto con mi carne, la hoja estalló en llamas y me hizo arder desde el interior. Me consumí, casi hasta que no quedó nada de mí. Mi armadura, mis escudos, mi carne y mis huesos, estuvieron a punto de ser reducidos a cenizas. Mi demonio privado, hasta el momento presente pero oculto, hizo ahí acto de presencia. Contempló mi cuerpo calcinado y se rió, pisoteando lo poco que quedaba de mí. Supongo que creyó haberme derrotado, y en gran parte no le faltó razón: aunque logré recomponerme y renacer de mis restos, durante un tiempo perdí el juicio. Me volví errático y temeroso: el demonio, no contento con haberse mofado de mi tercera derrota, había dejado el germen de algo terrible en mi interior. Una larva que anidaría en mis entrañas y que crecería hasta convertirse en un gusano que las devoraría incesantemente.



Vencer a aquel gusano no fue fácil, y requirió gran parte de mis fuerzas. Fueron años duros, donde debía calcular con precisión cada paso, pues no quería volver a cometer los mismos errores; una victoria no podía justificar el descuido que llevaría a otras derrotas. No, habiendo tanto que perder. Seguí caminando, pues, dedicándome a ofrecer mi espada a ayudar a aquellos que más lo necesitasen. Fueron buenos tiempos, y debo decir que creo que no hice mal trabajo en su momento. Pasó el tiempo y me di cuenta de que mi interior estaba algo mas restablecido; ninguna de las heridas, desde luego, había dejado de doler: el tejido cicatrizado era áspero y molesto, pero seguir caminando, seguir combatiendo, te permite adaptarte a él. Con la experiencia suficiente, casi no notas que está ahí.
Casi.

Llegamos pues, a la cuarta vez que fui herido en combate. Esta vez puede decirse que fue culpa mía: pensando que podría sobrevivir a aquello, combatí durante años aun sin ser del todo consciente que lo estaba haciendo. Fue al caer en la cuenta de que estaba entrando en batalla, me prometí a mí mismo que lucharía. Que lucharía con todas mis fuerzas; que desoiría la voz de mi demonio interior y que mantendría la espada en alto aunque fuese lo último que hiciera.
Y lo hice.
Peleé, con más arrojo y decisión del que jamás he tenido en mi vida. Me enfrenté a la situación, mirándola directamente a los ojos y usando mi mejor arma. Sin embargo, tenía clara una cosa: para que mis movimientos fueran más certeros, debía sacrificarme y bajar mis escudos. Desprenderme de mi armadura. En definitiva, debía luchar con lo poco que tenía.
Y lo hice.
Mi instinto, al igual que un ángel guardián, me decía que volvería a salir herido. Pero había otra voz en mi interior. Una voz poderosa, firme y fuerte, que se imponía a mi instinto. Me decía, una y otra vez, que eso no importaba. Que debía combatir, pues era mi deber. Pues había hecho una promesa, y si faltas a ella, no mereces mirarte al espejo. Pues, ¿qué es un hombre sin palabra?
Lamento decir que, una vez más, no estuve a la altura de las circunstancias. El arma, salvaje como la garra de un felino, se hundió en mí con total profundidad, retorciéndose en mi interior, y abriéndose de una forma muy dolorosa. Al hacerlo, el resto de cicatrices se resintieron, abriéndose algunas de ellas. Empecé a sangrar por todas partes, medio muerto.



Aquella herida me llevó a mi Infierno personal, donde tuve que recorrer otro largo camino, sorteando la risa y las burlas de mi demonio interior, que no hacía más que recordarme la poca valía que tengo en el arte de la guerra. Este me tentó una segunda vez, tomando la forma de un ser querido para volver a rematarme. Me humilló y me arrastró por el suelo, dejando un reguero de color rojo tras de mí. Diciéndole a todos, sin una sola palabra, que yo no era nada. Que yo no importaba. Que era una patética criatura inferior que solo merecía ser pisoteada. A mi alrededor, podía oír voces que coreaban a aquel monstruo, mientras yo no era más que un despojo. Un pedazo de carne escuálida, reseca y moribunda.
Tampoco morí ahí.

Esta vez, el demonio se olvidó de dejar nada en mi interior, de modo que me alimenté de rabia. De una rabia intensa, como jamás había conocido hasta entonces. Me prometí que aquel sacrificio de mi interior sería el último y que jamás volvería a perdonar las ofensas de aquellos que aprovechan para golpearme estando ya de rodillas. Puede que no fuera un gran guerrero; puede incluso que la mayor parte de mis batallas acabasen conmigo en el suelo, malherido. Pero, por todos los dioses jamás habidos, que no lamería las botas de mis verdugos. Jamás.
El camino tras aquel infierno me llevaría a sendas inexploradas, lejos de la sombra bajo la cual había vivido hasta entonces. El tipo de cosas que no descubres hasta que las abandonas, supongo. En aquellos territorios inexplorados, descubrí que no soy tan débil como creía, o como me habían hecho creer... o como me había hecho creer yo mismo. Incluso gané alguna batalla menor.



Pero la suerte no está siempre de tu parte, me temo. Siempre hay una batalla que se te resiste. Cada vez que entras en combate, sabes que puedes resultar lastimado, lo quieras o no. No importa lo resistente que sea tu armadura, o lo hábil que te hayas vuelto manejando la espada. No importa que tu escudo ahora sea tan ligero como resistente: la posibilidad de que caigas de nuevo, tarde o temprano, existe.
Eso fue justo lo que me sucedió la quinta vez. No sabría decir si aquel combate fue buscado por mí, o participé en él por invitación. Puede que fueran las dos cosas; no es algo que pueda decir con facilidad, y quizás, pasado el tiempo, ya no importe. Lo único que puedo decir es que, por un momento, me sentí poderoso. Sentí que llevaba las riendas de la lucha, y que blandía mis armas con certeza. Tal vez, me decía a mí mismo, había adquirido experiencia y la suerte me sonreía, para variar. ¿Acaso no era posible?
Y así fue, al menos, durante un breve espacio de tiempo, hasta que fui atacado por sorpresa. Casi por la espalda. El ataque se produjo de un modo tan ruin como el arma que lo protagonizaba: era un puñal, de hoja corta, pequeño y ligero. Diseñado para aparecer de improviso, causar el mayor daño posible y desaparecer. El arma de un cobarde.
Aquella puñalada, debo decirlo, no logró destruirme, pero sí dejó heridas internas. Heridas que, si bien no parecieron graves en un momento dado, se enconarían poco después, infectándose y produciendo lesiones que me nublarían el juicio. Mi demonio privado, lejos de verme hundido y casi destruido como otras veces, me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada.
Ninguno de los dos dijo nada.



Esta historia no tiene final. Tal vez, porque dicho final no se ha escrito aún; es posible que ni siquiera exista, y no sea sino parte de un ciclo sin fin. Un ciclo de derrotas y resurrecciones, de escudos quebrados y armaduras que se fortalecen. De caminos que se recorren y de lecciones, tanto aprendidas como olvidadas.
Es posible que lo único que se desprenda de esto, si es que se puede desprender algo, es que nacemos para combatir. Para caminar. Para sangrar.
Para caer y, ¿por qué no?, no sabemos hacer otra cosa, para ponernos en pie de nuevo.

jueves, 21 de enero de 2016

Angst- Reflexiones sobre una foto antigua




Esta mañana, durante mis ejercicios de respiración y meditación al final de mi sesión matinal de entrenamiento en casa, he fijado mi vista en una foto mía en la repisa. La foto puede tener, no sé, unos diez, puede que once años. Ahí salgo yo, de punta en blanco, junto a la familia, posando en la clásica foto de una boda.
Me he visto y he intentado analizar lo que he sentido al ver la foto. No sé muy bien lo que ha sido. Orgullo, desde luego que no; aunque en esa foto no tengo mal aspecto, mi fuerte sentido de la autocrítica y una autoestima que no es precisamente la leche (los que tenéis más confianza conmigo lo sabéis de sobra, pobrecitos míos) me impiden verme así, no importa la circunstancia. ¿Nostalgia? Pues no sé yo, la verdad; en aquella época ya tenía yo mis movidas mentales y mis neuras. De hecho, creo que las vengo teniendo desde que tengo uso de razón, y el momento presente no es que difiera mucho.
La cosa es que era más o menos lo que soy ahora, pero aun así...
Lo siento, no sé explicarlo. No bien, y creedme, para alguien que se dedica a eso de la enseñanza y que escribe (aunque sea por afición) lo que lleva dentro, es frustrante.

Empecemos por el principio. Voy a ir improvisando un poco mientras escribo estas líneas, si no os importa. Tal vez sea un buen ejercicio de autoconocimiento, o bien puede ser una buena manera de echar un ratito que tengo libre por las mañanas. La verdad es que en esto, como en muchas cosas, no tengo la respuesta, aunque haya algunos de vosotros que piensen que sí puedo responder a cualquier pregunta. Ojalá, os lo digo en serio, pero no: no soy más que un ser humano, al que poco tenéis que envidiar, mucho me temo. Como mucho, puedo escribir para ver si la encuentro.
En esa foto yo era unos diez años más joven, como he dicho. No es que me sienta mucho más estropeado hoy en día (mi pelo ya no es tan negro, y mi rostro se ha afilado aún más a lo largo de los últimos años); en todo caso, podría decirse que estoy más bien igual. Vale, no siento nostalgia.
Tampoco tenía precisamente un mal aspecto en esa foto. No es la típica foto avergonzante (por ejemplo, las de mi comunión, que juraría que habíamos quemado en alguna hoguera de San Juan para que no queden testimonios de la pinta que tenía yo por aquel entonces), así que tampoco pienso en lo clásico de "Quién te ha visto y quién te ve".


Y, por suerte, tampoco eran los 80.


No, creo que esa foto me hace pensar en la clase de persona que era en aquella época, y en la clase de persona que soy ahora. Si me pongo a profundizar, incluso puedo llegar a pensar en la clase de persona que he sido siempre. Sí, soy así de raro, me gusta reflexionar sobre lo que era, y en lo que me he convertido.
Analizándolo con el corazón en la mano, supongo que me toca decir que sigo en esa búsqueda espiritual de la que hablé en su día. Lamento ser repetitivo, chicos; sé que me lo habéis echado mucho en cara, pero a veces tengo que escribir sobre esto, sin importar que ya hayáis leído cómo divago sobre lo mismo una y otra vez. Pensemos en que, si escribo mucho sobre esto, es porque pienso mucho sobre esto. Y los que ya me conocéis, sabéis que si hago algo es porque lo necesito o porque creo en ello. No sé fingir y no sé invertir mi tiempo en cosas que me resultan vacías y sin sentido.

Desde que tengo uso de razón sigo buscando mi lugar. Podría decirse que, en muchos aspectos, soy un nómada: sigo buscando el lugar al que pertenezco; sigo intentando encontrarme a mí mismo y (ahí le echo unas narices tremendas) entender el mundo que me rodea. A veces hago como que desisto, pero una y otra vez, vuelvo a intentarlo. ¿Os acordáis del mito de Sísifo? Sí, el tío aquel al que condenan a llevar una roca a lo alto de una loma, solo para que esta se caiga y tenga que volver a empezar... así por toda la Eternidad. Pues a veces me siento un poco así; emprendo una tarea, una cruzada o simplemente hago lo que creo que es justo, solo para recibir un varapalo que me dice "Buena idea, pero al final la cagaste"; me retiro, me lamo las heridas y, una vez me recupero, vuelvo a empezar. Porque no sé hacer otra cosa.
Puede que en el fondo no quiera hacer otra cosa, si soy honesto conmigo mismo.


Algo en este plan, metafóricamente hablando.
Además, yo no estoy tan cachas.


Y es que, si me pongo a pensarlo, muchos de mis errores los he cometido precisamente porque creía que estaba haciendo bien; bien a mi mismo, bien a otros... Pero creo recordar que, en mi vida (salvando etapas muy, muy oscuras, en las que ni yo mismo me reconocía y en las que, mucho me temo, tampoco era del todo consciente de lo que hacía), he actuado para dañar a nadie sin provocación previa. He conocido a mucha, mucha gente que sí lo ha hecho, creedme; y si algo he aprendido de ellos es que no quería ser así. Tal y como decía Garth Ennis, "En esta vida tienes que ser uno de los buenos, porque malos hay ya demasiados". La verdad es que leí esta cita hace relativamente poco, pero si lo pienso... Si lo pienso, ya creía en eso antes de haberla leído, y hago lo posible por llevarla a cabo.
Aunque luego, por supuesto, la acabe cagando de una forma estrepitosa.

Sé que algunos de vosotros me habéis visto entrar en combate. Habéis visto cómo he sacado las garras y me he defendido como un lobo (o he defendido a aquellos que considero, si seguimos la metáfora animal, de mi "manada"), a dentellada limpia, procurando no dejar vivo a nada ni nadie que se cruce en mi camino. Me habéis visto enseñar los dientes, lo que sé que os ha sorprendido a unos cuantos, dada mi imagen de bufón experto en soltar chistes guarros. Me habéis visto plantar los pies en el suelo y decir "No" cuando otros dicen "Sí". Habéis visto cómo me he negado a sonreír a según quiénes, porque no he considerado que haya que sonreír a aquellos que han hecho según qué cosas, menos aún por "ser ellos". Otros, tal vez los menos, me habéis visto enfrentarme a mis propios amigos por negarme a darles la razón en lo que se suponía que tenía que darlas. Todas, y creedme cuando lo digo, han sido batallas muy duras. Cada una de ellas, en mayor o menor medida, me ha dejado cicatrices. Y no ha habido ninguna de estas batallas en las que haya entrado por diversión o sin creer en lo que estaba haciendo. Sé que muchos de vosotros me habéis podido ver en algún momento como una persona agresiva, o incluso arrogante. No creo que estas palabras que escribo ahora mismo sirvan para justificarme o para haceros cambiar de opinión; francamente, quizás debería darme igual. Al fin y al cabo, estas líneas las estoy escribiendo más para mí mismo que para vosotros. Otra cosa es que os deje leerlas.
A lo que vengo a referirme es que en el fondo sé que no soy así. No soy arrogante, por mucho que lo parezca, por mucho que penséis que me creo en posesión de la verdad. Y lo que llamáis agresividad, tal vez no sea más que vehemencia y pasión. ¿Alguna vez habéis luchado con todas vuestras fuerzas por aquello en lo que creéis? ¿Alguna vez habéis saltado al campo de batalla sabiendo que, hagáis lo que hagáis, poco remedio tiene y, pese a ello, habéis luchado? ¿Alguna vez os habéis sentido en la firme obligación (aunque innecesaria en el fondo) de defender a aquellos que os importan? Si esto os ha pasado, entonces lo tendréis mucho más fácil para entender mi actitud en según qué situaciones. Si no, pues lo siento. No sé explicarlo mejor.


—Tío, no tenemos ni la más mínima oportunidad. Vamos a diñar.
—Pues al menos diñaremos juntos y luchando por lo que creemos.


Esto, en contra de lo que pueda desprenderse de este último párrafo, no me convierte en un héroe. Algunos, en ciertas conversaciones, habéis alabado mi valor, mi integridad y mi firmeza a la hora de defender mis valores. Agradezco de corazón vuestra admiración... pero no siempre me siento valiente. No creo que haya nacido con el espíritu de un héroe. Os lo digo de verdad, si algo me gustaría sería tener el arrojo y la potestad para hacer algo que ayude a mejorar las cosas, pero a la hora de la verdad, no siento que lo tenga. Solo creo en lo que creo y, si lucho por ello, es porque no sé hacer otra cosa. Porque si hiciera esa otra cosa, me sentiría mal conmigo mismo. No me sentiría yo. Tal vez me empezaría a apagar poco a poco... y no es algo que entre en mis planes.

Es posible que esa actitud me convierta, simplemente, en una diana. En el blanco de todos los golpes. Soy aquel que habla cuando los demás callan; el que dice lo que los demás piensan, quizás con demasiada claridad, o simplemente ante quien la mayoría de la gente no se molesta en hablar. El que queda como el malo cuando ha habido otros que dicho exactamente lo mismo que yo. Actúo cuando las fuerzas me lo permiten, aun sabiendo que no tengo mucho que ganar y muchísimo que perder. En ese aspecto, creo que tengo más corazón que cerebro, y así me va.
Esta actitud no convierte mi vida en ejemplar. Lo que ha hecho ha sido arrojarme a un montón de combates que, objetivamente, no eran asunto mío. Me ha hecho saltar a defender a gente que, siendo sincero, sabe defenderse por sí misma bastante bien y no me necesitaba en lo más mínimo. Me ha hecho llevarme las hostias que ellos no se han llevado. Todo porque me siento en la imperiosa obligación de proteger a los que me importan.
Lo mismo todo esto sucede porque no soy más que un imbécil con buenas intenciones, vete tú a saber.

Pero si algo he aprendido de cada una de estas batallas es que no me arrepiento en lo más mínimo de haber entrado en ellas, pese a las monumentales cagadas. Pese al desgaste de energías que me han supuesto. Pese a las duras cicatrices emocionales que llevo conservando desde vete tú a saber cuándo. Si algo he aprendido de todo esto es que si las hago es porque considero que hay cosas por las que merece llevarse todos estos golpes. Que a veces, hay que anteponer aquello en lo que crees a lo que puedes ganar o perder, pues esto no es un concurso ni un partido de fútbol en el que gana el que más marca. Que (y vuelvo a citar a Ennis de forma un poco libre), si dejas tirado a un ser querido, ya puedes ir a alistarte con los demás gilipollas, porque eres otra causa más por la cual el mundo se va a la mierda.


Para mí no hay nada más duro que saber que alguien merece y necesita mi ayuda y ver que lo he dejado en la estacada. Es de la clase de cosas que soy incapaz de perdonarme a mí mismo.
Sé que a muchos os parece una soberana estupidez, pero a mí me resulta muy difícil evitarlo.


Alguien me dijo una vez que mi mayor problema era que siempre hacía lo que debía, pero nunca me paraba a pensar en hacer lo que quería. Fue un bien consejo, y supongo que en cierta medida lo llevé en práctica, aunque a mi modo. A veces hacer lo que debes implica tomar decisiones muy duras que no te hacen feliz; en otras ocasiones, hacer lo que quieres puede implicar actuar de un modo egoísta y hacer daño a los seres queridos que te rodean, lo que tampoco es gran cosa. Quizás el término medio consista en hacer aquello en lo que crees. Si crees en hacer lo correcto y resulta que hacer lo correcto implica luchar porque tu entorno esté en paz, no entras en ese conflicto. Lo haces porque quieres hacerlo; porque te sientes mejor contigo mismo, o al menos mejor que no haciendo nada en absoluto. Eso sirve un poco como consuelo cuando luego empiezan a lloverte los palos y las piedras por todas partes. Sirve para poder mirarte al espejo cada mañana y poder decirte a ti mismo que no huiste y que, de haberlo hecho, jamás te lo habrías perdonado. Que afrontaste aquello que tenías que afrontar del mejor modo que has sabido (eso no quiere decir que lo hayas hecho de forma correcta, por supuesto... pero sí lo has hecho al límite de tus posibilidades), y que te habría gustado que, de ser al revés, alguien lo hubiera hecho por ti.


Es cierto que del hoyo salimos nosotros y nada más que nosotros.
Pero también es cierto que a veces necesitamos a alguien que nos tienda una mano en nuestros momentos más oscuros. Es parte de nuestra naturaleza.
Y, partiendo de esa idea de que nos gustaría que nos trataran así... tal vez lo justo sea que nosotros hagamos lo mismo.
Pero esto no es más que una idea, por supuesto.


Esto, insisto, no me convierte en una persona ni sabia ni inteligente. De estas líneas se deduce que mi actitud es la de meter la pata una y otra vez y, si tengo suerte, aprender de ello en la medida de lo posible. Supongo que el sentido de mi vida (al menos, por ahora y que yo sepa) consiste en ir cuesta arriba por ese camino empedrado que es el aprendizaje. Intentar sacar todas las lecciones posibles de mi vida y, si tuviera la suerte de haber llegado a las conclusiones correctas (no creo que se dé el caso en un futuro próximo, la verdad sea dicha), inspirar a aquellos que vengan detrás para guiarles en ese camino. O tal vez la cosa consista en recibir hostias hasta que llegue el día en que no haya más hostias que recibir, que todo puede ser.

Como ya habréis imaginado, todavía no he llegado a una conclusión clara acerca de lo que he sentido al verme en esa foto. Tal vez la respuesta esté entre estas líneas y yo mismo no me haya dado cuenta a la hora de escribir. Tal vez sea algo completamente diferente y simplemente haya estado escribiendo unas cuantas tonterías para pasar el rato. Lo siento, queridos Distópicos. Hoy, como sucede tantas veces a lo largo de mi vida, no tengo las respuestas.

jueves, 7 de enero de 2016

Mondo Chorra- Ganarte el Anillo Esmeralda




Sí, ya sé que este post, si nos fijamos en el título, debería ir incluido en la sección de "Tebeos en Vena". La cosa es que, pese a la evidente referencia, no voy a hablar de cómics en este artículo. No de forma directa.
Para aquellos no iniciados en eso de lo que son los Anillos Esmeralda, empezaré con una breve explicación: en los comics de Green Lantern se nos muestra a una especie de policía intergaláctica conocida como los Green Lantern Corps. Cada miembro de este cuerpo, cuenta con un Anillo de Poder, que les permite hacer prácticamente cualquier cosa que les permita la imaginación y el cual debe ser recargado por medio de una batería con forma de linterna cada 24 horas. Dicho Anillo se maneja de forma mental, dependiendo única y exclusivamente de la fuerza de voluntad del portador. Es éste quien elige a su portador, de entre todas las formas de vida del sector de la galaxia a proteger, precisamente en base a la fuerza de voluntad que este ostente.
En otras palabras, cuanto mayor es tu voluntad, menor es tu dificultad para poder manejar un Anillo Esmeralda.

Los Anillos de color verde no son los únicos en el Universo que nos muestra Green Lantern; con el paso de los años, se nos ha ido contando que el espectro emocional atiende a otros colores, también representados por otros Anillos de Poder: Los Índigo, que representarían la compasión; los Azules, la esperanza; los Magentas (también conocidos como Zafiros Estelares), el amor; los Naranjas, la avaricia; los Rojos, la ira o el odio.
Y luego están los Amarillos, los pricipales enemigos del Green Lantern Corps, que funcionan en base al miedo. Hasta aquí, la referencia de comics y todo cuanto necesitáis saber del tema, por el momento. Pasemos al meollo.


Colorines para simbolizar cosas que están en nuestro interior.
Simplón, pero suficiente para expresar aquello de lo que quiero hablar.


Si tengo que hacer balance de lo que es mi vida, creo que usar este Universo ficticio como referencia es más o menos acertado; podríamos decir que, de un modo metafórico, se ajusta bastante a lo que ha sido mi existencia a lo largo de unas cuantas décadas. Ya hemos hablado de esto alguna vez, si la memoria no me falla: desde mi vida más o menos "moderna" (la cual, como ya sabéis, suelo estipular desde 1995 en adelante, por razones estrictamente personales) siempre me he visto a mí mismo como alguien que se ha visto obligado a luchar contra el Caos, entendiéndose este concepto como el Desorden que amenaza tu vida de vez en cuando, poniéndola patas arriba. Lo Aleatorio, lo Imprevisto o Aquello que tienes que aceptar, te guste o no. Como persona tendiente al Orden, es una lucha que ha venido siendo bastante encarnizada: el mundo, hay que aceptarlo, tiende al Caos y no al Equilibrio. El mundo cambia y no nosotros, y eso, como he mencionado alguna vez, es lo que hace de nuestras vidas una lucha. A veces llevadera, a veces miserable, pero lucha al fin y al cabo. Luchas contra el mundo que te rodea porque sabes que tu naturaleza no te permite hacer otra cosa. Porque eso es lo que eres. Tomas lo poco que tienes, lo empleas como arma y soportas la embestida de un Gigante que tiene centenares de ojos, centenares de bocas, miles de brazos y toma innumerables formas.
Plantas los talones contra el suelo, adoptas la posición y resistes el embate como puedes. A veces resistes, a veces te dejas arrastrar durante un tiempo, para luego levantarte.
Tomad nota de esto último, por favor.


Tal vez caemos para aprender a levantarnos.


Esta es la guerra que algunos nos vemos obligados a llevar a cabo contra nuestro Universo personal. En cierto modo, es como si fuéramos peones de un juego cósmico y nos limitamos a cumplir con nuestro papel; de lo contrario, sentiríamos que estamos yendo contra corriente, traicionándonos a nosotros mismos y, en definitiva, haciendo de nuestra vida un absurdo. Algunos hemos nacido para cargar el escudo al hombro y mantener la lanza enhiesta para resistir el ataque de Aquello que nos embiste. No somos héroes, ni semidioses. Tal vez solo somos piezas de un engranaje mucho mayor, o simplemente es nuestra naturaleza. La verdad es que no lo sé.

Pero, si somos lo bastante introspectivos... Si analizamos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos o el curso de acción que hemos llevado a lo largo de nuestra vida, nos damos cuenta de que se lleva librando otra guerra en nuestro interior durante mucho, mucho tiempo. Esta vez no consiste en enfrentarse al Caos, ni a lo Imprevisible. Esta guerra, secreta y profunda, tiene nuestro propio fuero interno como campo de batalla. Nuestra propia alma, si sentís alguna inclinación por lo espiritual y este concepto no os causa aversión.
Es la guerra contra el Miedo, tal y como he explicado arriba en mi metáfora.

Aceptémoslo de una vez: somos humanos y tenemos miedo. Dicho miedo puede tomar mil formas, encarnarse bajo un aluvión de ideas. Podemos creer tenerlo superado y, en el momento menos esperado (o indicado) surgir y apretarnos el pecho hasta hacer que perdamos el color en la cara. El miedo está ahí, agazapado en algún rincón de nuestro yo más recóndito, esperando para salir a la luz. Para recordarnos que no hemos sido engendrados por un Dios en el vientre de una mortal. Para dejarnos bien claro que somos humanos, falibles y débiles. A veces, dicho miedo puede ser necesario, ya que pone de manifiesto nuestro instinto de conservación; otras, es la manifestación más clara de nuestro yo irracional. El Miedo (voy a personalizarlo, así que permitidme las mayúsculas), si lo escuchamos, puede ser el más terrible de los consejeros: nos vuelve pusilánimes, hipocondríacos; saca todas nuestras inseguridades y complejos a la superficie y nos los restriega por la cara. Nos muestra el peor reflejo de nosotros mismos y nosotros, en respuesta, solo somos capaces de asentir, siempre que decidamos escucharlo. O siempre que creamos que debemos escucharlo. A veces es que no podemos evitarlo.


Visualizad vuestro Miedo como este mamón y ya tenéis la idea.


Suele decirse que la gente valiente no tiene miedo. Permitidme que discrepe: en mi modesta opinión, tiendo a creer que absolutamente todo ser vivo con un sistema nervioso medianamente desarrollado tiene miedo a algo. Ese algo puede ser vago, tal vez no más que un concepto abstracto; en ocasiones, puede personificarse y resultar que tenemos miedo a una persona concreta, o a lo que esa persona representa para nosotros. Muchas caras, muchos nombres, pero es una idea subyacente que se muestra como factor común a todas esas encarnaciones.
Quizás el mayor miedo, o el miedo que los engloba a casi todos, es el miedo a la Incertidumbre. Temer a algo que desconocemos es la forma más común y primaria de todos los miedos, desde mi punto de vista: se encontraría tras el clásico miedo a la muerte (el cual también es responsable de muchas formas de miedo y de ese instinto de autoconservación que he mencionado arriba) o el miedo a no saber qué acontecerá en tal o cual situación. Es el terror a la falta de seguridad, de estabilidad. Si lo proyectamos hacia nuestro Universo personal, podríamos hablar incluso de ese miedo al Caos.

¿Qué es el valor, entonces?
El valor, desde mi punto de vista, consiste no en carecer de miedo, sino en asumirlo. Hace falta mucho valor dentro de ti para admitir que algo te aterra. Para admitir que eres humano y que hay cosas que están por encima de la capacidad de tu raciocinio; que hay cosas que pueden hacer que la sangre se te hiele y se te acelere el pulso de mala manera. El valor lo tienen aquellos que aceptan su miedo y, muy especialmente, buscan el modo de afrontarlo. De un modo muy parecido a como explicaba Dante en su Divina Comedia, para salir del Infierno antes debes atravesarlo por completo hasta llegar a su mismo corazón. Plantead por un momento vuestros terrores más profundos como vuestro Infierno personal y creo que os haréis una idea bastante clara de lo que quiero decir.
Quizás, por tanto, la diferencia entre un valiente y un cobarde consiste, en resumidas cuentas en que el primero busca vencer a su miedo, mientras que el segundo encuentra mucho más cómodo hacerse un ovillo en un rincón y esperar que alguien le saque las castañas del fuego. Los valientes jamás pierden del todo el miedo, pero hacen todo lo posible por vivir con él y, si tienen suficiente suerte, superarlo.


Con lo que se tenga a mano, por poco que sea.


Es ahí donde entra el concepto de la fuerza de la voluntad. Para hacer frente a ese terror, para sobrevivir en tu propio Infierno personal sin un Virgilio que te diga qué camino debes escoger, lo único que tenemos es la voluntad. Es esa fuerza dentro de nosotros que, aunque no logre hacernos pensar de un modo racional en mitad de un ataque de miedo (creedme, esto lo he vivido de forma personal y os digo que, en medio de una crisis, ni pensamiento racional, ni positivo ni leches en vinagre), lo único que nos muestra, si decidimos hacerle caso, es un deseo. El deseo ardiente de salir adelante. De sobrevivir. De levantarnos cuando creemos que todo ha terminado para nosotros y que ya no podemos hacer nada para seguir peleando en esta guerra.
La Fuerza de Voluntad no tiene una voz tan intensa como la del Miedo. Su tono, la mitad de las veces, es apenas un susurro leve, mucho menos adictivo que la de su opuesto. Es complicado oírla, puesto que el Miedo forma parte de nuestro yo más primario y se expresa en un lenguaje basado en el instinto, en aquello que podemos sentir por encima de aquello en lo que podemos pensar. La Fuerza de la Voluntad, en este duelo, es apenas audible.
Pero no por ello inexistente.


A veces esa voz solo te va a decir una cosa:
"Levántate".


La Fuerza de la Voluntad, por silencioso que sea su discurso, no nos quitará el Miedo. No nos hará invencibles, ni inmortales. Lo que sí hará será darnos la oportunidad de encarar a la Bestia, mirarla a los ojos y, con la suficiente dosis, lograr apuñalarla en pleno corazón. Esta es una prueba ardua y, creedme, difícil. Muy difícil. ¿Cuántos de vosotros os habéis dejado vencer por vosotros mismos? ¿Cuántos de vosotros os habéis dado la espalda a vosotros mismos? ¿Cuántas veces habéis escuchado a esas voces dentro de vuestras cabezas que os dicen "No"? ¿Que os susurran regodeándose en vuestras debilidades o vuestras inseguridades?
Es una guerra muy dura la que se libra dentro de nosotros mismos, lo sé. Es una guerra que, lamento tener que decíroslo, jamás tendrá fin. Podréis afrontar el Caos durante un tiempo, pero no de por vida; tarde o temprano, tomará una nueva forma y os atacará de nuevo, cuando menos lo esperéis, o cuando tengáis la guardia baja. En vuestro fuero interno, el Miedo atacará vuestra alma cuando creáis que habéis superado ciertas cosas, cuando creéis que habéis cerrado según qué heridas. Recordadlo: las heridas no cierran jamás; tan solo aprendéis a vivir con ellas. Y si se lo permitís,el Miedo se encargará de echar sal sobre ellas y os convertirá en las personas débiles que creíais que ya no erais.


Y ahí estaréis, tirados en el suelo hasta que logréis escuchar esa voz.
No lo digo con condescendencia: insisto en que es una prueba muy, muy dura.


Sí, es una guerra dura, pero no quiere decir que esté perdida. Tenéis (tenemos) ese arma que es la Voluntad en vuestro interior. Tal vez ésta no os permitirá ganar la partida (ojalá), pero sí os permitirá poneros en pie, plantar los talones en el suelo, alzar vuestros escudos y preparar la lanza para la siguiente embestida.
Pero recordadlo: la Fuerza de Voluntad es solo vuestra. Al igual que esos Anillos Esmeralda, nadie puede usarla por vosotros. Nadie va a estar (ni debe estar) en vuestro puesto de combate. La Voz de la Voluntad os hablará a vosotros y solo a vosotros, y es de vosotros de quien depende escucharla. Puede que al final el Caos se apodere de vuestras vidas; puede que haya cosas más allá de vuestra potestad que hagan que todo se os vaya de las manos. Puede que el tren de las consecuencias os arrolle y os dejéis llevar por un destino que no desearíais ni a vuestro peor enemigo. Es posible que haya cosas que jamás podáis evitar. La Voluntad estará ahí, no para arreglaros la vida, pero sí para daros el poder para vivirla.