viernes, 30 de septiembre de 2011

Escupiendo Rabia: La cultura española, el oxímoron del año.



Cuando creemos que las cosas no pueden ir a peor, cuando decimos que, una vez habiendo tocado fondo, ya sólo queda mejorar, resulta que me voy enterando de cosas. Aquí va lo que ha llegado a Rumbo a la Distopía en el plazo (más o menos) de una semanita:


http://www.heraldo.es/noticias/cultura/el_salon_del_comic_zaragoza_aire_159055_308.html

http://www.lovevalencia.com/valencia-se-queda-sin-su-mostra-de-cine.html

http://www.malagahoy.es/article/ocio/1077005/alcalde/confirma/la/continuidad/festival/cine/aunque/con/recortes.html

(Nota: que haya llegado todo más o menos a la vez, aunque por vías distintas, no significa que todas estas noticias hayan tenido lugar al mismo tiempo; tan sólo nos referimos a la época de recepción de éstas)


Así, de buenas a primeras. De guai. Falta pela y llegan los recortes. Y, cómo no, de dónde se va a recortar; algunos ya habréis visto en las noticias como la lista de la Espe, en su feud... digoooo, en SU comunidad autónoma, impuso medidas austeras de recorte presupuestario en Educación, mostrando una desfachatez y una falta de respeto por el colectivo docente (y ya puestos, por todo aquel que no estaba de acuerdo al 100% con ella) que ríase usted de la mala hostia de Margaret Thatcher en sus años mozos.
Ya sabemos que Educación es una competencia total de las autonomías. Y no hay problema alguno en ello. El problema está en el momento en que una autonomía en cuestión decide hacer un recorte que es TOTALMENTE contrario a la recomendación del Gobierno. Joder, que esa contradicción repercute en la calidad de la enseñanza; no es la clase de decisiones que se puedan tomar simplemente por discrepancias con un partido diferente. Ya da la impresión de que, con tal de llevarse la contraria, se les va la olla... (por no entrar en el tema de lo que serían las concesiones hacia la enseñanza privada y/o religiosa, que daría para todo un post enterito)

Ya mismo acabaremos peor que éstos, ya lo veréis.

Y es que la educación y la cultura no venden en este puto país de cafres. O dicen ellos que no venden... si hablamos de eventos como el Salón del Cómic de Zaragoza, da la puta casualidad de que llevaba en marcha la friolera de DIEZ años, con un público ya garantizado y sin noticia alguna de que haya supuesto déficit para el ayuntamiento regente (y si llegan, por favor, me pasáis los enlaces que lo demuestren). Lo que sí vende, por lo visto, es gastarse veinte mil putos euros en arreglar un reloj que estaba jodido. Eso es más rentable, dónde coño va a parar.

Pasemos al Festival de Cine de Málaga, el cual conozco por razones obvias. Hablamos de un festival que lleva en ruta desde 1998 y que, con mucho esfuerzo y mucho trabajo, se ha convertido en uno de los festivales más importantes de nuestro país. Gente como Banderas (actor hacia el cual tengo reservas como intérprete, pero ante el cual me quito el sombrero como embajador de la ciudad) se han partido los cuernos para promocionar un Festival que surgió prácticamente de la nada y que se ha convertido en uno de los mayores reclamos turísticos de la ciudad.
Eso, señores, deja poca pasta.


¡A por ellos, Antonio!

Hablemos de cosas que dejan pasta, pues:
Aparte del ya mencionado relojito, vayamos al caso que me contaron recientemente, donde en Málaga se inaugura un cacho de carretera de mierda (o más grande, dicen que el tamaño no importa). Para inaugurarla viene el señor Blanco, Ministro de Fomento (vale). Viene la Delegada de Gobierno (muy bien). Se suma el alcalde (ajam)... y así hasta casi una docena de señores y señoras, todos con su propio séquito, su propia escolta, sus propios coches oficiales. Todo para decir "Señores, este tramo está terminado y ya se puede pasar por aquí". No estamos hablando de nada más.
Esto supone GASTO, caballeros. Combustible, seguridad, logística... nada de eso crece de los árboles, no nos engañemos. Todo eso implica perder dinero con pocos (o nada de) beneficios. Gasto que se multiplica cuando pensamos que esta gente además tiene que comer en alguna parte (y no me hago yo a ninguno de estos peleándose con los demás por pagar la cuenta). Pero eso da la puta casualidad de que no sufre recortes JAMÁS.

Y es que esto de la cultura, como se puede ver, no parece interesarle una mierda a nadie. Pasad por la Feria del Libro. No sé en vuestra ciudad: en la mía no es más que sacar un par de stands de librerías a la calle y ponerte por delante los típicos pelotazos que te puedes encontrar si bajas en cualquier momento. Para de contar. O bien los stands de partidos políticos y sindicatos que, para subvencionarse, se dedican a vender panfletos con su ideología.
Fines que justifican los medios.
Politizar el arte.
Yo lo llamo vender propaganda.



Da igual cómo se pongan. Da igual de quién venga. Vender política camuflada como arte, simplemente para manipular a la gente y sacar dinero de ello es propaganda.
Otra cosa es que lo aceptemos. O que en el fondo nos guste.

Entretanto, podemos ver como una ciudad que va de cultural por la vida (y que tuvo los santos cojones de presentarse a Capital Cultural Europea, oiga) se dedica a no contar prácticamente con ningún autor local para promocionar sus libros. Con esto, ojo, no quiero decir que se tenga que hacer por cojones. Igual es posible que en ese año los autores locales no hayan producido nada digno de ser publicado. La cuestión es más bien la siguiente: Si no promocionan a los ya publicados (que digo yo que habrán publicado por algo que no sea comerle la polla a algún editor ávido de sexo mórbido), ¿cómo coño vamos a saber quién publica en nuestra ciudad... o en nuestro país? ¿Por qué se espera que sea además un autor el que tenga que vender su propia obra?
Aquí tenemos una concepción interesante sobre el arte en este país de salvajes y anormales: y es que el autor, además de ser un personajillo que tenga que entrar por todas, cobrar lo mínimo (cuando es él quien mueve la rueda de la industria) y a veces incluso hacer las cosas por amor al arte (que te guste el arte no quiere decir que se espere que hagas arte gratis), encima tiene que ser su propio relaciones públicas y vendedor de su obra.
Algunos dicen que esto es así.
Otros dicen que forma parte de los gajes del oficio. Que para que llegue la obra hay que arrimar el hombro.
Claro, y ya puestos pagar tú tu propia edición al editor, para que él arriesgue lo justo.
Y por qué no, lo mismo hay cualquier día que bajarse los pantalones y permitir que te la metan editores, distribuidores y todo el puto ministerio de cultura por el culo. Porque eres un artista. Porque los artistas comen del aire.
Llamadlo como queráis. Para mí es una puta vergüenza.


Aquí, una artista vendiendo sus obras en la calle. ¿Es malo? No, si ella no ha firmado un contrato con nadie y trabaja para sí misma.
Lo que da ASCO es cuando una firma se compromete a distribuir sus obras y el artista tiene que hacer exactamente lo mismo que la chica de la foto.
¿De qué sirve entonces el contrato?

Pero ojo, la culpa no es de la industria. O no sólo de ella.
Como digo siempre, es nuestra mentalidad de putos neanderthales la que nos hace responsable. A todos y cada uno de nosotros. Fijaos que somos un país al que el arte le importa tres mierdas.
Venga, echaos las manos a la cabeza un rato y cuando terminéis de indignaros, volved.

El arte nos importa tres mierdas.
Lo digo y lo mantengo.
Somos uno de los pocos países en Europa (no sé si junto a Italia o alguno más) que SE NIEGA rotundamente a ver cine en versión original porque "Al cine se va a ver una película, no a leer". Eso, sin pensar en el hecho de que cuando se ve una peli doblada se está accediendo a un caso claro de mutilación de una obra artística (lo que oyes no es la voz del actor, sino la voz de un actor de doblaje, de manera que gran parte de los recursos expresivos de éste quedan desaparecidos). Y no, no me vale eso de "Pero es que tú sabes inglés". He visto películas en idiomas que no hablo ni por el forro (véase francés o sueco) y no se me han caído los anillos.
Llamadme maniático por eso de querer escuchar la voz de un actor tal cual es.

Somos un país que vive en la palurda concepción de que la animación (aquí los llamamos, simple y llanamente "dibujitos") es un terreno de uso exclusivo para críos, de manera que cuando se importa alguna serie de animación para adultos a nuestras televisiones, se producen verdaderas barrabasadas como censura (ya sucedió en Los Caballeros del Zodíaco), cancelaciones (Bola de Dragón, en Andalucía, que fue borrada de antena de un día para otro), el acoso y derribo por parte de la prensa (Chicho Terremoto) o la emisión en horarios que claramente no son de visionado infantil (como es el caso de la gran Padre de Familia que, aunque a mí me encanta personalmente, debo reconocer que su contenido no es para nada apto para niños). Tan sólo South Park se ha salvado de esta especie de caza de brujas, y posiblemente porque el lenguaje de la serie es mucho más explícito que el de las arriba mencionadas.
En cualquier caso, fijaos: vamos de democráticos, de civilizados y de amantes del arte y lo único que demostramos con estas prácticas es que no tenemos ni puta idea. Así de simple.


Y es que somos tan condenadamente gilipollas que, por una "buena causa" (salvaguardar la inocencia de nuestros menores, por ejemplo), seríamos capaces de taparle las tetas a la Venus de Milo con escayola cualquier día de éstos. Porque sí. Porque hay cosas que están por encima del arte, como la integridad de las mujeres (no hay nada más zafio e indigno que un pecho -femenino- desnudo, dónde va a parar) o la protección de nuestros hijos, que deben pasarse toda su vida sin ver una teta hasta el día que se casen.
Que se joda el arte.

Somos un país que, por cuestiones políticas, es capaz de hablar en público (y con convicción) de destruir estatuas porque "representan épocas opresivas y ensalzan a tiranos". No, no hablo de Franco, señores (ya hay gente mucho más preparada que yo, que lo tiene todo el santo día en la boca. Les dejo el hobby a ellos).
Yo también estoy en contra de ensalzar a un dictador (bastante tengo ya con denunciar a la inmensa cantidad de gilipollas vivos). Hablo de lo que ya he mencionado anteriormente que dijo un chaval acerca del Marqués de Larios, uno de los hijos ilustres de Málaga. Tan dictador como el dueño de cualquier fábrica durante la Revolución Industrial. Si no hubiese sido por ese "tirano", me encantaría ver dónde coño estaría una ciudad como ésta ahora mismo. Porque esa industria fue bastante boyante hasta que se trasladó a otra parte... por razones políticas.
Pero no nos salgamos del tema. El chaval reivindicativo ya tuvo su momento de "gloria" cuando le pegué el repaso al 15-M.
Centrémonos en el arte.
Pues bien, la estatua que le rinde homenaje como hijo ilustre es una obra de ARTE. Es un grupo escultórico situado sobre un pedestal de mármol y uno de los símbolos de la ciudad. Alguien dice de derribarla y le aplauden. A nadie se le revuelve las tripas ante tal aberración.
Entre aplausos se cometen siempre las salvajadas más grande: por acción, por palabra o por omisión.
Pensad en ello.


Cualquier día algún gilipollas decidirá que quemar los cuadros de los reyes que hay en El Prado o cualquier otro museo está bien, porque ensalzan a gente que en su día fueron unos tiranos.
Que se joda Goya.
Que se joda Velázquez.
Que se jodan todos.


Somos uno de los países donde menos libros se lee, y donde más se editan (básicamente para exportarlos a Latinoamérica). Donde, pese a lo que digan las noticias acerca de las editoriales y de lo en boga que está el negocio, resulta que es uno de los sectores donde las hostias de la crisis se están cebando con mayor fuerza (el año pasado oí hablar de al menos el cierre de una editorial, y de otras dos en peligro... en tan sólo un par de meses). Para que vengan a contarme en el telediario la milonga de que todo es guai. De que, como al editor en jefe de Siruela (señor proveniente de la Nobleza) le va bien, el negocio es la puta hostia.
Es la mentira tan repugnante, tan descarada, que ofende. Es intentar convencernos de que no, de que no somos unos cafres capaces de quemar una librería durante un saqueo (o sin saqueo, yo aquí me espero ya lo que sea). De que somos comprometidos, civilizados y que somos todo un puto ejemplo para Europa.
Y una mierda.

Somos el país donde más abusos se cometen a la hora de vender arte (no os olvidéis, el arte es una industria y se venden productos; otra cosa es que el producto esté cada vez más devaluado y resulte más caro para el consumidor): donde los precios de producción son irrisorios (un disco grabado y maquetado cuesta unos 20 céntimos y vale en el mercado unos 20 euros; amén de un libro, que lleva además, si mis informaciones son correctas, el impuesto de artículo de lujo. A ver quién es el guapo que lee con esa relación calidad-precio). El autor es el que menos ve siempre de su propia obra, yendo la mayor parte del beneficio a parar a lo que son las empresas que los editan, las que distribuyen y... sí, amigos. A la sociedad de autores, que es un organismo PRIVADO (porque el Estado jamás ha querido hacerse cargo de esto).
Eso sin mencionar el hecho, cada vez más extendido, de que editoriales (tanto de libros como de cómics) y productores musicales no pagan a sus autores, y no me refiero a las sociedades sin ánimo de lucro. Me refiero a empresas con contrato, con beneficios y con dinero. No es la primera vez que me han llegado noticias de este tipo (no voy a dar nombres: si algo tienen los hijos de puta es que ellos saben muy bien quiénes son y ellos solitos se darán por aludidos), donde queda claro el descaro y el sinvergoncerío de gente que se cree que los artistas son idiotas. Sobreentender que el autor, por el mero hecho de ser artista, no necesita que le paguen, es pasarse cuatro pueblos.
Es desprecio.
Es despotismo.
Es cargarse a base de hastío al elemento que acciona los engranajes de la industria.
Puedes ser un hijo de puta. Pero al menos no seas un hijo de puta idiota.


El Homo Hispanicus medio cuando le hablan sobre construcciones de bibliotecas y aperturas de museos.

Hará cosa de unos cinco o seis años, el récord de ventas por definición fue un libro-álbum basado en un famoso reality show musical, donde (a juzgar por lo que vi en una tienda) más o menos el ochenta por ciento de éste consistía en fotos.
Somos cultos.
Somos un país que se mea en su propia cultura y que se niega a ver cine español porque "es una mierda" o porque "no tiene efectos especiales guapos". Como si eso fuera el cine.
Nuestra maravillosa cultura es la que dice que prefiere morirse de hambre a quedarse sin ver un partido de fútbol o una corrida de toros... la cual, por cierto, parece que SÍ es cultura. Y cuando se cierra una plaza, ya salen todos los gilipollas de sus cuevas diciendo que la cultura española se va a tomar por culo.

A esos intelectuales les diré que la cultura española es un oxímoron (igual, amigos, no necesitais buscarlo en el diccionario, porque somos un país culto). Que aquí lo que nos mola es privar y hacer el gilipollas (o ambas cosas a la vez, que también es frecuente). Berrear fuerte (poned la tele y ved la prueba), cagarnos en la puta madre de aquel que vota a otra cosa o del que es de otro equipo de fútbol. La cultura española consiste en degollar ardillas, lancear toros y decir que follamos mejor que los chinos porque la tenemos más grande.
Consiste en ponernos nombres orientales, hablar en japonés, lamerle el culo a los alemanes (vosotros lo llamáis aprovechar las oportunidades; para mí es más bien ser simpatizantes del Imperio Regente. La única diferencia es que este Imperio no nos invade con armas o tanques, sino aplastando nuestra industria y nuestra economía y llevándose a la gente cualificada) o cantar heavy metal en inglés, porque lo de fuera mola más. Y ojo, este que os escribe es anglista de formación... pero JAMÁS ha deseado tener otra nacionalidad que no sea la suya, ni ha querido renegar de su patria (por mucho que la critique). Ahí lo lleváis.


Dicen que este tipo de actitudes, consistentes en renegar la propia cultura para abrazar otra (hecho de modo más o menos descarado, de modo más o menos extremista, pero se hace) es respetable. Y oye, lo mismo lo es. Yo, particularmente, no termino de verle la gracia: para mí es dar por hecho de que hay culturas "mejores" que otras. Es insinuar que según qué culturas carecen de defectos (o, más extremo aún, justificarlos SÓLO por el hecho de que esa cultura en concreto los tiene, pero ser capaces de criticar esos mismos defectos si provienen de culturas de otros países), y que otras directamente no tienen nada de bueno. A eso se le llama maniqueísmo. Y eso, amigos, es peligroso.

Tener aprecio por el país, según parece, es de retrógrados, reaccionarios, fascistas, nazis, judeomasones o fans del Dúo Dinámico. Lo que sea con tal de escurrir el bulto. Con tal de putearnos a nosotros mismos y bajarnos los pantalones ante la primera gilipollez que traspase nuestras fronteras (es como todo, del extranjero provienen cosas fenomenales y verdaderas mierdas que han llegado aquí porque la distribución es barata. Sólo que aquí comemos de lo que nos echan... y flipamos). Pasarse la propia cultura por el forro de los cojones, en aras de un mundo como más global (signifique eso lo que coño signifique) es la moda a seguir.
Pero no es más que la última consecuencia.
La raíz de todo esto está en nosotros.
En que somos así. En que siempre hemos sido así.
El Arte nos la suda, y lo demostramos a diario.

martes, 13 de septiembre de 2011

Escupiendo Rabia- La Tradición, ese sobrevalorado concepto, o "Cómo justificar comportarse como un garrulo"



Rumbo a la Distopía ha comentado en mil y una ocasiones cómo el Homo Hispánicus medio, o lo que es lo mismo, el palurdo de a pie que no tiene ni puta idea de dónde coño tiene la cara (no digamos el ojete) tiene como sagrada la costumbre de justificar hasta la última barrabasada que hace. Si habéis estado siguiendo este blog (y vuestra cordura sigue más o menos intacta), ya habréis leído comentarios acerca de aquellos que defienden a asesinos, chorizos, mangantes y toda clase de espantajos que, por muy políticamente incorrecto que resulte, sobran en este país. Lo diremos una y mil veces: el que comete un delito o un crímen a sabiendas es un delincuente o un criminal; el que lo hace sin ser consciente de ello, bien es víctima en potencia de un accidente, bien es un homicida por imprudencia. Pero algunos ya andamos un poco hartos de los paños calientes y de defender a gente que no se lo merece. Porque por cada delincuente, por cada criminal, asesino o violador, hay una víctima que se lo merece aún menos y que tiene que pagar por las irresponsabilidades de otros.

El post de hoy viene a ampliar un poco la idea de lo que hemos venido hablando con anterioridad, sólo que aquí la víctima en cuestión no es una persona. ¿Por eso se es menos víctima? Aquí puede haber división de opiniones; la de este blog, concretamente es que no. Existe una enorme diferencia (que muchos, bien no la ven porque no pueden, o bien porque no les sale de los cojones) entre matar por necesidad, que es algo natural (por ejemplo, matar por alimento, cosa que hacen todos y cada uno de los depredadores que campan por este mundo de asco, el ser humano incluído), matar como medio de defensa (cosa poco común, pero no por ello con menos sentido) y luego la soberbia paletada de matar por pura y llana diversión.


Antes de que alguien empiece a cabrearse, es necesario aclarar que cuando usamos aquí el término "paleto"/"garrulo" no nos referimos necesariamente a una persona criada en un ambiente rural. Como vereis a lo largo de este post, España es un país paleto y garrulo en general, sin importar si el españolito haya nacido en pueblo o ciudad. Así nos va.

Esto, lógicamente, parte de la inteligentísima idea de que, como especie en la cúspide evolutiva de la tierra (o al menos, en teoría; nosotros no sobrevivimos a la radiación, pero sí las cucarachas... con lo cual ese planteamiento me chirría un poco) parece que ya tenemos el derecho de hacer lo que nos salga del cerete con todo bicho viviente. Muchos que van por ahí riéndose de las distintas creencias religiosas y de la idea de un Dios (o Dioses) que machacan a la Humanidad a su antojo resultan comportarse igual en el momento en que ven una especie más débil que ellos (o una especie que, en cualquier otro caso, sea más fuerte, pero no carezca de la inteligencia, del armamento o del número de individuos de la especie humana). Si hacemos caso pues, a este concepto, resulta que el ser humano no sería diferente de cualquier otra especie y ejercería una especie de hegemonía tiránica sobre aquellas que tiene más a mano.

O igual sí lo seríamos, porque yo no conozco NINGÚN caso de especies del reino animal, salvando la nuestra, que conciban la idea de tomar una vida simplemente por el hecho de pasar el rato. Lo que me resulta ampliamente descojonante de este tema es el doble rasero que se tiene al respecto: una vida es una vida; sin embargo, el ser humano se rasga las vestiduras cuando un hombre mata a otro por diversión (sólo teneis que ver el planteamiento de miles de pelis de psicópatas), pero cuando se mata a una especie que no sea la humana, se esgrimen ideas de lo más absurdas para justificarlo.
España es una experta en eso.


"Yo no mato para comer; en realidad esto es un modo de vida, que sirve para que me sienta realizado como macho de mi especie, sino que además formo parte de una tradición sumamente honorable que se remonta a Romualdo VIII". Si os resulta absurdo, igual habría que plantearse los argumentos de los pro-tortura animal...

Esto último resulta particularmente triste en una época en la que queremos dar la imagen ante Europa de país civilizado y moderno. Nos pajeamos de gusto hablando sobre lo avanzados que somos (o pretendemos ser) y se nos llena la boca hablando de ello.
Una panda de cretinos y garrulos, es lo que somos.
Leonardo da Vinci, allá por el siglo XVI, ya decía que toda aquella persona que no valora la vida no la merece. No hablaba de la vida humana, sino de la vida en general. Existen culturas que tal vez a nosotros nos parezcan primitivas y ancestrales pero que, antes de matar a un animal cuando cazan, agradecen a sus deidades (o lo que sea) habérselas puesto por delante para poder comer de ella. Culturas tan antiguas como las de oriente no contemplan siquiera cargarse a una mosca porque consideran que en un cuerpo tan pequeño existe una forma de vida que podría ser el alma reencarnada de alguien. Y podría seguir con varios ejemplos más...
Pero no. Nosotros somos avanzados. Matar a un bicho es cultura. Pegarse la cogorza padre mientras te persigue un toro está genial. Cargárselo a puñaladas es algo digno que debe pasar de una generación a otra. ¿Por qué?

Aquí, amiguitos, viene la madre del cordero.
Porque es tradición.
Hala. Carta blanca. Con eso está todo justificado. Con esas tres palabras, todo vale.
Pues no, señores. Que una cosa se lleve haciendo desde tiempo inmemorial en caso alguno sirve para garantizar la inmunidad del salvaje que las perpetra. Sí. Digo salvaje, porque ni siquiera las supuestas especies inferiores son capaces de perpetrar semejantes salvajadas. Los leones, tiburones y demás bichos conocidos como "asesinos" y "sanguinarios" matan por un sólo motivo: supervivencia. Suelen matar a sus presas deprisa porque hay que alimentarse. No manifestan orgullo. No revisten los aspectos más desagradables de su existencia con un halo de patrimonio, nacionalismo, exhaltación de valores ni pollas en vinagre. En resumidas cuentas, no mienten como cosacos.


"Estoy matando a una cebra, ¡cómo me molo a mí mismo!"

Pero el Homo Hispánicus es así. Se comporta como un auténtico paleto que no ha salido todavía de la Edad Media o del Renacimiento, donde la diversión consistía en cosas como atar a un oso a un poste y lanzarle perros de caza hasta que uno u otros morían con las tripas al aire (esta práctica conocida como bear-baiting, por ejemplo, desapareció de Inglaterra hace SIGLOS). Nosotros, en lugar de hacer desaparecer nuestras tradiciones más vergonzosas, hacemos gala de ellas, como una horda de ignorantes, y no es sino por medio de miles de personas que luchan contra viento y marea que éstas no se erradican oficialmente (aunque algún hijo de puta seguramente la seguirá practicando por su cuenta, cómo no), no sin complicaciones ni disputas. No hablo sólo ya de toros (ojalá), sino de costumbres firmadas por gente que sólo podría calificarse de paletos y anormales, como:

Despeñar una cabra desde lo alto de un campanario (Maganenses de la Polverosa, Zamora; cuando se prohibieron oficialmente estas festividades, el pueblo llamó a la desobediencia civil y se tiraron DOS cabras del campanario aquel año)
Decapitar ardillas (Robledo de la Chavela, Madrid)
Decapitar aves (Tordesillas, donde las mozas decapitan aves a golpe de espada, Aduna en el País Vasco, en Nalda -Extremadura- o La Rioja; en algunos sitios por lo visto han llegado a consentir decapitar al animal ya muerto... pero hasta no hace demasiado)
Humillar públicamente burros (Villanueva de la Vera), y muchas otras cafradas.


Una preciosidad. Y habrá seres que lleven a sus hijos a ver esto... pero luego no consientan que vean Bola de Dragón porque les parece una serie violenta y poco educativa. Por favor, que alguien me lo explique, porque yo sigo sin entenderlo.

Algún subnormal (para mí no tiene otro nombre) encima dice que esto es cultura. Que es un rasgo de identidad. Veinte mil mierdas más para no admitir que es un puto sádico que se divierte desmembrando a un bicho, humillándolo a base de hostias y empujones en plena calle y otras barbaridades.
La cultura es arte. Es gastronomía (una forma de arte); es, si quieres, el conjunto de las creencias locales de un sitio. Las tradiciones, en líneas generales, también forman parte de la cultura. Pero no nos engañemos: no TODAS las tradiciones deben perdurar hasta la Eternidad. No TODAS las tradiciones son cultura ni arte. Porque si nos ponemos así, podríamos coger y recuperar otras grandes tradiciones españolas, como es la de poner a los ajusticiados en la plaza del pueblo para humillarlos y tirarles lechugas podridas. Incluso podríamos volver a los ahorcamientos públicos, las quemas de infieles o los linchamientos. Recordad que todo eso, por poco que os guste, también son cosas tradicionales que hemos ido erradicando. O follamos todos o tiramos la puta al río.
¿Qué pasa, que esas tradiciones no os gustan? Pues también se han hecho durante siglos. Incluso han tenido cierta utilidad, que es deshacerse de los elementos de la sociedad que ya no valen (exactamente el mismo argumento que ciertos cazadores esgrimen para ahorcar a los galgos que envejecen... cuando no se dedican a dispararles en las patas y dejarles tirados en mitad del campo. Ole sus putos cojones, así se agradecen años de servicio).


Si este tipo de prácticas se implantan como "tradición", aparecería gente de Amnistía Internacional o defensores de los derechos humanos (lo cual está bien, no nos confundamos); sin embargo, cuando la vida que intenta protegerse no es humana, se habla de "cuatro activistas de mierda", llegando al escarnio y la ridiculización de aquellos que se oponen a festividades con el dolor y la sangre como portagonistas. Es curioso...

Lo mejor de todo es lo hipócrita que es esta sociedad españolita. Me tengo hasta que descojonar cuando salen noticias de denuncia acerca de burradas como la castración genital femenina, las circuncisiones "a pelo" (es decir, sin pasar por el quirófano, sin anestesia y con una cuchilla de afeitar) o el planchado de pechos a las niñas africanas para impedir que estas sean violadas por los soldados. Son verdaderas salvajadas, desde luego. Pero lo mejor de todo es el aire de condescendencia y falsa superioridad con el que tratamos estas noticias. Es muy fácil denunciar (o reírse directamente, que también se hace) del pobre negrito que vive en África con yo no sé cuántos años de retraso con respecto al mundo occidental. Donde la civilización no puede avanzar a causa de la falta de recursos naturales, el hambre, la guerra y las enfermedades. Donde conseguir escolarizar a una población cada vez más masiva es un esfuerzo titánico, a causa de la corrupción de los gobiernos locales, las mafias, las guerrillas y Dios sabe cuántas calamidades más. Es muy fácil reirse o mirar por encima del hombro al Tercer Mundo, pensando en lo atrasados que están y lo integrados en el s.XXI que estamos nosotros. Y sin embargo, nos reímos de cosas que ellos hacen porque son sus tradiciones, y porque forma parte de su cultura. En resumidas cuentas, que lo de ellos está mal y lo nuestro está bien. De risa. No sé a vosotros, pero a mí me dice muchísimo de la clase de gentuza que somos... y lo que es peor: de lo que decimos ser.


Anda y que les den.

Tengo varios amigos que tienen o han tenido contacto con protectoras de animales, y las historias que llegan son alucinantes (por poner un adjetivo que medio se acerque a la idea que tengo en la cabeza): de considerar a un perro o un gato como un juguete (señal de la imbecilidad de este nuestro país) y llevarlo a la protectora para que se lo cambien por uno más joven cuando éste se hace mayor (algún día debería hablar del tratamiento que le damos a nuestros mayores, porque parece que humanos y animales se entroncan en el concepto que tenemos los españoles con eso de la vejez, a la que identificamos automáticamente como "estorbo" en muchos casos); de lanzar literalmente al pobre animal por encima de la verja de las instalaciones como el que tira la basura. De hijos de madres mal folladas que, por diversión, se dedican a provocar incendios en las protectoras de animales, o a perpetrar asaltos. De llevarse a los perros que tienen allí para entrenar a sus perros de presa y usarlos como sparrings (traduzco para los legos: esto consiste básicamente en criar a un pit-bull o a algún otro perro de presa a base de hostias para que esté de mala leche; luego le echan un perro pequeño para que éste lo triture a bocados, pruebe la sangre y sepa cómo matar antes de su primera pelea).
Podría seguir narrando historias, pero muchos de vosotros seguramente ya habreis oído cosas semejantes e incluso peores. La lista es larga. Demasiado larga.
Pero somos civilizados.



Tan civilizados como una hija de puta que vivía en mi bloque, que en el momento en que una gata que vivía en nuestro garage y la cual no hacía daño a nadie tuvo hijos, bajó a las siete de la mañana para coger a sus cachorros recién nacidos y ahogarlos en un cubo de agua porque la buena señora "No quería gatos por allí". Así, por su santo coño. No le preguntó a nadie, ni siquiera al matrimonio de vecinos que cuidaba a aquella gata, dándola de comer (esta vieja desgraciada ni siquiera salía a la calle, de modo que mucho no podría molestarle una gata y cuatro cachorros). Por respeto a las canas no le partimos la boca aquella mañana, porque la muy zorra ni siquiera había hecho un buen trabajo y los pobres animales sufrieron una agonía de más de dos horas. Supongo que entenderéis que esta cerda (otro nombre no tiene) sea de las pocas personas que han vivido cerca de mí y que, no sólo no me haya importado que se muera; una parte de mí incluso se llegó a alegrar. Gente así no merecería campar por la tierra. Lo que me da asco es que esta imbécil no era una excepción en esta sociedad de asco: los hijos de puta abundan, sólo que parece que no queremos verlos. Los toleramos, incluso llegamos a defenderlos. Revestir el sadismo con valores, llamar arte a un acto de tortura (véase a cierto torerito, y lo llamo torerito porque el fulano no medirá más de metro sesenta, que le dieron una medalla a las Bellas Artes por matar toros) o considerar a los animales meros instrumentos o juguetes no hacen sino hablar de nuestra sociedad. No hacen sino dejar claro la clase de irresponsables que somos. De que a muchos de nosotros, queridos compatriotas arraigados en la sacrosanta cultura hispánica, nos encanta el sufrimiento de otra forma de vida. No nos basta con matar, sino que tenemos que convertirlo en un puto espectáculo que puede durar horas (o bien exhibirlo como una hazaña, como el político aquel que hacía cacerías de gatos y luego mostraba fotos suyas enseñando a los animales muertos en sus brazos).
Y no pasa nada.


Pá gordos sus cojones.

Ayer, cuando salió la noticia del famoso toro de Tordesillas, al que matan a lanzazos entre todos los mozos del pueblo, apareció un imbécil (que me denuncie si le sale de los cojones, pagaría gustoso la multa) diciendo que para él la verdadera tortura es levantarse para ir a currar cada mañana. Ole sus putos huevos, decir eso en un país con una tasa de paro de casi cinco millones, para justificar lo dura que le pone la pirula eso de pegarle una puñalada a un animal con una lanza. Ese desgraciado tendría que tener muy clarito que aquello a lo que llama tortura es precisamente aquello por lo que muchas personas están rogando a sus deidades, y que si tan malo le resulta trabajar, podría ceder gustosamente su puesto de trabajo para alguien a quien no le importe hacer tan terrible sacrificio. A ver si es tan macho como para predicar con el ejemplo y renunciar a su curro por fidelidad a la tradición.
Yendo un poco más lejos, es que tengo hasta que reírme, al ver cómo la UNESCO considera semejante aborto mental como "Patrimonio Nacional", mientras el verdadero Arte las pasa putas para sobrevivir en este país. Preguntad a la gente que intenta hacerse un hueco en el panorama de las Bellas Artes y comparad diferencias. Eso ya da a los palurdos, no sólo de Tordesillas (que ojalá fueran los únicos), sino a los de todo el Puto Pellejo de Toro que apoyan el sadismo y la salvajada de este tipo de actos, las fuerzas necesarias para ponerse chulitos. Para ir sacando pecho por ahí e ir diciendo lo machos que son. Porque, al parecer, cargarte a un bicho a patadas, lanzazos, puñaladas, latigazos o Dios sabe qué más ya te convierte en un hombre. Hacerlo al amparo de la multitud, en clara desventaja con respecto al animal, ya es sinónimo de virilidad. De valentía. De hombría.
De falta de oxígeno al nacer, si me preguntais a mí.


Aquí, un señor poniendo cara de mongui. Al menos este no parece tener intención de hacer daño a nadie.

Y podríamos seguir. Esto podría no tener fin. Podríamos estar hablando todo el santo día de rituales tribales que denotan el paso a la madurez. Podríamos hablar de aquellos niños que, tras matar a un animal a golpes con sus amiguitos, ya son hombres. Gracias a eso, las mozas se abrirán de patas muertas de gusto; follarán mejor y tendrán hijos sanos, fuertes y guapos. Así se perpetuará la especie del Homo Hispánicus, que seguirá riéndose de los pobres negritos en África, pero no se parará a pensar en el hecho de que, a menos distancia, otros países han abolido prácticas como la Caza del Zorro. No. Eso no lo vemos. Nos gusta más decir que somos un país "arraigado en sus tradiciones".

martes, 6 de septiembre de 2011

Mis Truños Favoritos: Cowboys & Aliens, o "Esto no lo salva ni Indiana Jones"



Pues nada. Que va uno al cine con la intención de ver una peli medianamente decente. No hablo de arte y ensayo ni de tramas ultracomplejas cargadas de intelecto (ya me tragué el otro día por segunda vez a Mr. Nobody y tenía ganas de algo más divertido, o acaso de algo no tan jodidamente sesudo como esa peli). Así que me llama un colega para ir al cine y estábamos entre esa y la última de Almodóvar (señor que no me convence demasiado, pero su último título me llama la atención, nada más que por el ejercicio de huevos de meterse en una película que tiene todas las trazas de ser de terror psicológico, cosa que el manchego que yo sepa jamás ha dirigido). Por ciertos avatares del Destino, echamos un poco a suertes lo que ver y acabamos en Cowboys & Aliens.

"No es cine ultrasesudo", me digo. La premisa de la que parte no es que me llame especialmente la atención (no cuando uno se tragó en su post-adolescencia alguna que otra bazofia perpetrada por el insufrible Roland Emmerich o por el listo de Michael Bay, con marcianos a cascoporro y más efectos digitales que el cuarto de juegos de George Lucas). Pero oye, que es por echar el rato. Que la dirige el fulano que dirigió las dos primera partes de Iron Man. Miro el cartel y veo que, además de Daniel Craig (actor al que considero con cierto carisma) aparece Sam Rockwell (ya le ví en Moon y en Asfixia y me convenció en ambas películas) y Olivia Wilde que, pese a no entrar de momento en mi ranking de actrices que me impresionen especialmente, debo reconocer que me sedujo especialmente cuando la vi en House. Y, como colofón, el todopoderoso Harrison Ford. Indiana Jones. Han Solo. Este hombre no puede defraudarme.


En ese momento me olvidé de que el bueno de Harrison había protagonizado esta mierda hace tan sólo unos años.
Un grave error por mi parte.

Me despatarro en la sala de cine y empiezo a mirotear la peli. No empieza mal, la verdad: Daniel Craig hace de un fulano sin memoria que despierta en el desierto con un brazalete fashion hecho de vete a saber qué metal, pero es bueno de cojones: ni a pedradas se lo quita. Despacha (a lo Bruce Lee) a un par de pavos que se lo encuentran (todo el mundo sabe que si te pegas una siesta en mitad del desierto en el lejano oeste en el siglo XIX lo más probable es que al despertar des con un trío de tíos feos con cabelleras de indios colgando de la silla del caballo -señal inequívoca de cazadores de recompensas, oiga- dispuestos a darte matarile). Sabiendo el título, convence: cualquiera con dos dedos de frente, o bien que haya visto algún que otro programa presentado por Iker Jiménez o Jiménez del Oso sabe que aquí el amigo Bond ha sido abducido. Como digo, una premisa interesante: trasladar el tema ufológico a otra época no es para nada absurdo; no, si echas un vistazo a fenómenos misteriosos a lo largo de la historia y ves que ha habido extrañas luces en el cielo y desapariciones misteriosas durante siglos (para más señas, echad un vistazo a Desapariciones Misteriosas, escrito por Patrice Gaston o No es Humano, de Peter Kolosimo).


"Luces en el cielo en la Arizona rural del s.XIX. Hechos inexplicables para los que todavía no hemos encontrado respuesta. Inquietante"

A partir de aquí, nos olvidamos un poco del tema y nos metemos en la trama western. La ambientación, ni fu ni fa: no tiene el realismo de las películas que ha rodado Clint o las que hiciera en su día Sergio Leone, pero tampoco es una mierda redomada como Jonah Hex. Una cosita de andar por casa.
Daniel Craig, pese a no tener memoria, es más chulo que un ocho, pese a tener un rajón en el costado. Suerte que siempre te puedes meter en la casa del predicador del pueblo (interpretado por Clancy Brown, tío subestimado por Hollywood, y que creo que se merecería más de una buena oportunidad para demostrar lo que vale) y que te lo cosa. Por ahí, como quien no quiere la cosa, nos encontramos a la amiga Olivia Wilde, embutida en un vestido que recuerda poderosamente a un pijama... y con un pistolón colgando del cinturón (¿Perdón?). Aquí Juanito Favreau parece que se ha olvidado del minúsculo detallito de que, en cualquier western de medio pelo, se puede ver claramente que las mujeres tenían PROHIBIDO entrar en los saloons. Mucho menos ir por ahí con una pistola. Eso de montar a caballo a horcajadas e ir por ahí a trote por el monte ni mucho menos. No si querían vivir en el ostracismo (algo como en La Letra Escarlata, pero ciento y pico de años después. La sociedad estadounidense no evolucionó tanto a ese respecto como para ser tan modernitos. Para eso habría que esperar como otros ciento de años y pico).


Tal y como sucede en esta historia de Nathaniel Hawthorne, en aquella época (y hasta hace bien poquito), toda mujer que osase desafiar el sistema puramente patriarcal era segregada de la sociedad, y hombres y mujeres participaban en esta discriminación.

Aquí quizás es la parte que más convincente resulta, pese a los detalles arriba mencionados: rollo western, con forajido amnésico, cacique del pueblo en modo figura en la sombra, frases chulescas, hostiones en la boca y algunos tiros.
Llegamos al momento de la invasión de marras, tras unos cuarenta minutos de presentación de personajes y saber quién es quién (menos Daniel Craig, que no lo sabe ni él, y Olivia, que no sabes si es una señora respetable que va por ahí en camisón o una fulana con pistola. No queda del todo claro). Un momento interesante, porque pone de manifiesto el punto de inflexión de la peli: en mitad de la noche, luces en el cielo, confusión, casas que arden y gente que es capturada por cables que surgen de unas máquinas que sobrevuelan a los pobres cowboys. Para entendernos, es como si trasladásemos la idea de La Guerra de los Mundos a otro continente (recordad que la novela original también es del siglo XIX), un sitio menos civilizado y más duro que la Londres original.

Y hasta aquí es donde funciona la mezcla. A partir de estas líneas, el despropósito padre. AVISO: A PARTIR DE AQUÍ SE DESVELAN ELEMENTOS IMPORTANTES DE LA TRAMA. SI SOIS DE ESOS QUE TENÉIS EL ESTÓMAGO (O LOS HUEVOS) DE QUERER VER ESTA PELÍCULA PESE A QUE ESTOY ADVIRTIENDO QUE ES UNA MIERDA COMO LA COPA DE UN PINO, NO SIGAIS LEYENDO.


Después de haber abducido a medio pueblo, los valientes cowboys se reúnen y tiran hacia el norte (cómo no) para ir a salvas a sus familiares y amigos. Durante la invasión hemos visto que el brazalete fashion del amigo Daniel resulta ser un arma del carajo, que lo mismo reacciona ante la presencia de marcianos que te revienta la pared de un carro de un solo pepinazo. Con eso, más las ganas de venganza, el personal ya se siente lo bastante sobrado como para ir a buscar a los bicharracos (a los que por cierto, todavía no hemos visto explícitamente, cosa muy de agradecer)


"Con esto que tengo encajado en la muñeca, podemos darle en toda la boca a los 13290 bichos que viven tras las colinas"
"Pero oye, si es un invento de esos bichos ¿no tendrá cada uno de ellos otro igual en su muñeca?"
"¡Cállate, gilipollas o te reviento!"

Avance por el desierto y vamos conociendo a parte de la pandilla que se enrola: cosas tan insólitas como meter a un crío en el jaleo o que la propia Olivia Wilde se apunte sin que nadie se descojone (repito: es el siglo XIX) son cosas que, si bien podían pasar hasta ahora en la película(donde quedaban como algo en segundo plano), ahora vemos que, puestas de manifiesto, no terminan de cuadrarnos.
Cabalgamos un poco y vemos un barco de vapor made in Mississippi descogorciado en mitad del desierto. Esto me recordó a Encuentros en la Tercera Fase, donde se veía algo similar al principio, en el Desierto de Gobi. El personal decide instalarse ahí a causa de una tormenta y todo parece apuntar a la típica escena previa a una secuencia de acción: el chavalito se hace colegui de Harrison Ford, que le regala un cuchillo; éste, a su vez, manda a tomar por saco a su subalterno indio y deja entrever su pasado (de mierda) militar. Y, cómo no, posible escena de froti-froti entre Daniel Craig y Olivia Wilde, pero como esta peli no es para mayores de dieciocho, nos dan por saco: al niñito le ataca uno de los bicharracos que, por algún motivo, estaba dándose un voltio por la zona y ya conseguimos ver a la cosa fea. Cómo no, CGI a punta pala y un diseño, a ser posible, rebuscado y hortera para concebir a un bicho que es una mezcla entre los marcianos de Independence Day, un escarabajo pelotero, un troll y posiblemente el cuñado paleto del director.


Un alien de Independence Day.


Un escarabajo pelotero. Aunque no os lo creáis, lo que tiene debajo de sí no es un guión de Hollywood. Es una bola de estiércol.
Pero de estiércol de verdad.
Vamos, del que ha cagado un ser humano.
Bueno, estiércol orgánico, para entendernos.


Un troll.


El cuñado paleto del director.

Como no es plan de matar a la horterada con patas a la primera, los buenos le patean el culo, pero dejándolo vivo para que deje un rastro (aquí la lluvia ya no importa una mierda. El cielo es guai y la sangre verdosa deja un rastro fácil de seguir, alabado sea el señor). Y como la cosa tiene que estar igualada, predicador a tomar por culo. Habiendo cretinos en el grupo y palma el que sabe manejar una escopeta.

Encuentro posterior con bandidos que parecen sacados de Disney más que de un western (¿Ven a Olivia Wilde y lo único que hacen al verla es decir es "Y esta puta quién es"?). Nada como un hostion en toda la boca por parte de Daniel para ponerlos en su sitio (aquí nos enteramos de que ya se conocían de antes, y de que nuestro enésimo James Bond era, no sólo uno de ellos, sino su puto jefe). Pero como el tema ahora son los marcianos, la conversación acaba rapidito con una huída de medio pelo, oportunamente interrumpida por un nuevo ataque alien (aquí es cuando empiezo a pensar que el guionista usa a los bichos estos cuando no sabe qué hacer con una escena). Rollo espectacular, naves guais, tiros, explosiones y el brazalete de Craig arreando pepinazos que, para ser un arma de mano, es lo bastante destructiva como para cargarse aeronaves de una sola hostia. Genial. Escena para que los chavales flipen.


"TOOOOOOMA JEROMAAAAAA"
"¿Pero qué ha pasado? Estaba rebañando el paquete de Conguitos  un segundo y no me he enterado de dónde ha salido esa explosión"
"¿Y qué más da? ¿A que está guapa?"

En un intento fallido de secuestro, Olivia y Daniel se quedan enganchados a una nave que se mete un hostión en un lago que casualmente estaba ahí. Daniel no se mata porque es más duro que la entrepata de Nacho Vidal en mitad de un rodaje. Olivia se hace un interesante boquete en un lado (¡Joder, el mismo sitio donde le cosieron la herida a Craig!) e, indefectiblemente, palma.
O eso es lo que creemos.
Resulta que si los marcianos son oportunos, los indios surgidos de la mismísima nada lo son todavía más. No han llegado a enterrar a la moza los protagonistas cuando llegan estos tíos, los encañonan y se los llevan a su poblado, con muerta y todo (lo mejor es que debe estar la hostia de lejos, porque el ataque se produce por la mañana y llegan al poblado por la noche). A Olivia la meten en un fardo y, como sabemos lo respetuosos que son los indios con eso de los muertos, la tiran a una hoguera...

... Y Olivia renace.
Sí. Como leéis.
Aquí es donde veo yo esto y digo: "Joder, me he equivocado de película y me he metido en X-Men, porque la chavala resulta que se levanta en mitad de la hoguera envuelta en un halo de luz dorada y caminando sensual y lentamente hacia los protagonistas. Por algún motivo que no alcanzo a entender, tanto éstos como los indios no parecen estar demasiado sorprendidos; los indios, de hecho, deberían contar como un pueblo anclado en tradiciones ancestrales... y en supersticiones. Cuando veo la cara del personal ante una escena de ese calibre, da la impresión de estar pensando: "¿Me he dejado el calentador del gas abierto?"
La explicación a tan majestuoso acontecimiento es que la amiga Olivia resulta ser una marciana de otra especie, que ha venido a la tierra dispuesta a vengar la masacre de su propio pueblo. Algo como en Hidden, pero traído por los pelos. O sea, cutre de cojones.


Jean Grey levantándose de la tumba. Lleva treinta años haciéndolo. Lo siento, Olivia, si querías impresionarnos... llegas tarde.

Después de esta movida, nos enteramos del objetivo de los bichos. Gracias, Olivia, por revelar tu naturaleza pasada más de media película y callarte lo importante hasta que te han dado pasaporte. Resulta que los marcianacos estos lo que buscan es oro, ni más ni menos. Unos putos mineros que capturan a los humanos para experimentar con ellos (WTF????). Nuestra amiga nos cuenta además que no ven bien bajo la luz del sol.
Con revelaciones tales, los cowboys y los indios deciden olvidar sus diferencias personales y aliarse para darle una buena tunda a los marcianos. No importa que estén mejor armados, que tengan máquinas voladoras. Que un bicho de esos sea tan fuerte que pueda poner mirando a Cuenca al más pintado cuerpo a cuerpo. Ahí, con un par de huevos. Daniel, por su parte, se va para los bandidos y, en un despliegue de chulería barata, apela al lado más suicida y descerebrado de éstos para que sumen al show. Y lo hacen. Porque uno puede ser bandido, pero antes es un puto colgao.

Y ya tenemos a la pandilla al completo para irse a por los bichos. Llegan a lo que parece ser una nave (a mí me recordó a un juguete de cuando era crío, la Fortaleza del Doctor Muerte) y, tras un par de pepinazos de dinamita hacen salir a los bichos a la luz del día. Estos, como son listísimos, salen a la calle desorganizados, sin protecciones y sin apenas armas (descubrimos que Daniel le mangó la suya a uno de los bichos que quería experimentar con él justo antes de escaparse). La explicación ante esta soberana gilipollez es que, según Olivia, "subestiman a los humanos". Y digo yo, joder, una cosa es subestimar y otra que te vuelen el hangar y salgas a la calle desarmado...

Tiros por doquier, donde se ve que la armadura natural de los marcianos es totalmente aleatoria: a veces es tan dura que no puedes matarlos con un revólver, pero un indio puede cargárselo de un palazo en la cabeza. Otras veces, incluso pueden morir con un par de flechas (¿?). Otras veces, sin embargo, son antibalas. Notables ciertos detalles acerca de la fauna de Arizona, como el hecho de que si consigues apuñalar en el corazón a un marciano, justo cuando este cae al suelo ya tiene una nube de moscas alrededor (joder, que no está ni frío el cadáver) que no pierden la ocasión de aparecer de la nada para ver qué pueden llevarse a la trompa.


"¿Quién se ha muerto? ¿Quién se ha muerto? ¿Quién se ha muerto?"

Mientras pasan cosas tan alucinantes como esta, Daniel y Olivia han decidido darse un garbeo por el interior de la nave. El plan es sencillo: mientras el primero va a buscar a ver si los marcianos no han decidido mandar al otro barrio a los secuestrados del pueblo todavía (que nadie les garantizaba nada, por cierto), Olivia reconfigura el cacharro de éste y se lo queda (atentos a ese impresionante diálogo en que se cae el brazalete al suelo y, por si no nos hemos enterado, él nos dice "Se me ha caído". BRILLANTE). Daniel encuentra a un grupo de desmemoriados que son lo más parecido a unos lemmings, pero consigue hacerlos bajar de una torre de unos diez o doce metros de altura. Olivia desempeña la típica escena de "Cierro la puerta y me sacrifico sin que puedas hacer nada por impedirlo" y usa el brazalete-iPhone nuclear y le pega la madre de todos los pepinazos a la nave, que estaba emprendiendo ya el vuelo para largarse.

Los humanos acaban por ser todos amiguitos: Harrison Ford, hasta ahora cacique, es un tío guai. Los bandidos son tíos guais. Coño, hasta los indios se llevan de puta madre con ellos ahora. Ni Super-8 le echó tantos huevos al final. Daniel decide largarse a lo Lucky Luke y aquí termina la peli.


"Soy un coooowboy solitarioooo, que esta leeejos de su hogaaaar..."


Despropósitos guais: Vale lo de la invasión decimonónica. Vale lo de las abducciones. En cierta medida, podría incluso convencer el concepto de marciano minero de oro (lo mismo si lo hubieran contado de un modo menos cutre, nos habría resultado más creíble). Pero eso del marciano que al mismo tiempo es científico anatómico, chirría un poco. Además, el detallazo de que tiene todas las trazas de estar gestándose una invasión a la Tierra (Olivia lo insinúa cuando dice que ya acabaron con su pueblo y que si no los matan a todos vendrán más)  pero cuyos conocimientos de estrategia militar son lamentables (pese a ir bien armados), no deja de ser una chorrada como la copa de un pino.

Bandidos que según nos informan tenían pinta de ser lo más peligroso desde Jesse James resulta que en el fondo son unos chavales graciosos que sueltan chistes cada vez que tienen ocasión.

Un cacique de pueblo que gustaba de hacer rodar por el monte arrastrados por un caballo a sus sirvientes resulta ser un buen hombre (dicho por su subalterno indio) y que es capaz de hacerse amiguito de todo bicho viviente después de que los marcianos pongan el pueblo patas arriba. Hala, pelillos a la mar, que aquí no ha pasado nada. Hasta el gilipollas de su hijo parece echar cabeza al final de la película (igual por las hostias que le da Daniel Craig al principio, o bien es que los marcianos tienen un programa de reinserción de soplagaitas del carajo)


O igual les ponían la tele, porque la cara de tolais que tenían los pobrecitos míos dentro de la nave era un poema...

Batalla entre indios/vaqueros y alienígeas IGUALADA. Lo que, nada más que por diferencias tecnológicas tendría que haber sido una puta masacre, tenemos que los marcianos son unos pringaos que prefieren usar sus armas para disparar al suelo antes que a los humanos que:

a) Son más débiles
b) Son considerablemente más lentos
c) Son mucho menos ágiles
d) Pelean con pistolas, escopetas, flechas y lanzas
e) No tienen fuerza aérea
f) No todos tienen un entrenamiento militar (salvando Harrison Ford, o bien si consideramos como militares a los guerreros indios)
g) No están del todo organizados (provienen de tres grupos, cada uno con sus líderes)
h) Carecen de una armadura natural, a diferencia de la coraza escarabajoide de los bichos.

Es decir, el mismo argumento que se usó en su día para despotricar de lo lindo contra El Retorno del Jedi (y eso que en ésta peli veías cómo los ewoks caían como chinches ante los fusiles imperiales) parece estar justificado hoy en día por la generación de la hamburguesa cinematográfica, donde todo vale. Donde la excusa de ver ciencia-ficción ya da carta blanca y justifica chorradas de un tamaño como este.
Que no. Que esto no es arte y ensayo ya lo sabíamos. Pero creo que de eso a "gilipollez suprema" hay todo un espectro de término medio que mucha gente está obviando con la excusa del entretenimiento por el entretenimiento.
No todo vale en el cine, nos pongamos como nos pongamos. La ficción no es contar memeces que ni un niño de seis años tomaría en serio. No es meter giros absurdos en un guión. No es explicar los agujeros de argumento (aquí del tamaño de Texas) por medio de perfectas idioteces. No es meter chistecitos para que nos ríamos y no pensemos que la peli hace aguas desde los primeros cuarenta minutos. No hay nada peor que tragarse una bazofia como esta, perder por completo el espíritu crítico y decir "es que como sé que es mentira, como de lo que me echan".
Que oye, si queréis hacerlo, estais en vuestro derecho. Pero no defendais lo indefendible (porque eso y decir "es que yo tengo fe" en un debate sobre religión son argumentos más o menos igual de contundentes... y casualmente, a muchos os parece gracioso que haya personas que no tengan argumentos para explicar sus creencias religiosas. Con eso sí, y con esto no, ¿no? Coherencia al poder) y tened los huevos de decir que os lo habeis pasado bien (yo también me reí viendo esto, que conste) viendo una soberana mierda. No hay nada de malo en admitirlo. Pero no encumbréis la mierda. No empecéis con grandes ideas como "Pero los efectos molan" o "Si me ha entretenido, me ha gustado; y como me ha gustado, ya es buena". Porque esto, no nos engañemos: es un mojón como la copa de un pino que no se sostiene por ninguna parte. Enteraos de una vez que los efectos son el recurso barato (literalmente hablando, por lo visto no son lo más caro del presupuesto de una peli, comparado con el sueldo de un actor) para que la mierda no huela. Es mierda CGI... pero que no huela no hace que deje de ser mierda. Sencillamente es mierda con adornos.


La mierda, aunque pintada de oro, mierda sigue siendo.

El argumento garrulo de "Es que está basada en un cómic, y no se puede pedir más" tampoco cuela. Si os fijais un poco en lo que son las películas basadas en cómics (si al menos os molestais en echar mano de un mínimo de documentación, antes de despotricar contra todo un género como es el de la novela gráfica), encontraréis películas la mar de dignas como Camino a la Perdición, Una Historia de Violencia, Watchmen o El Caballero Oscuro, sólo por citar unos ejemplos. CUALQUIER PELÍCULA puede ser buena si se trabaja en ella poniendo esfuerzo y algo más que la mano a la hora de cobrar. Pero ahí tenemos el argumento del palurdo de los años cincuenta que pensaba que un cómic sólo podía gustarle a los niños y a los retrasados (concepción que ha desaparecido de un modo bastante notable de la sociedad anglosajona, para que luego vayamos por ahí diciendo lo avanzados que somos los españoles en cuanto a nuestra forma de ver las cosas). Harina de otro costal es subirse al Olimpo del tío que, si bien no ha leído jamás un cómic, más bien da la impresión de no saber siquiera de lo que habla. Para eso sí que somos únicos.

 La dirección de Favreau, al que, como he dicho arriba, tenía cierto respeto por las dos partes de Iron Man (muestras de que no tienes que hacer cine sesudo para sacar una película en condiciones, más o menos bien argumentada y con un buen reparto) demuestra aqui una falta de interés por el proyecto de lo más notable (se sabe que muchos directores hacen la película por compromiso con la productora para conseguir dinero con el que financiar la que ellos quieren hacer. Mirad la filmografía de Scorsese, por ejemplo). La pena es que, como ya he contado al principio, parte de una idea muy buena llevada con desgana y torpeza y, pese al esfuerzo de algunos de los actores, hay una cosa que es evidente: este bodrio no lo salva ni Indiana Jones.