martes, 13 de septiembre de 2011

Escupiendo Rabia- La Tradición, ese sobrevalorado concepto, o "Cómo justificar comportarse como un garrulo"



Rumbo a la Distopía ha comentado en mil y una ocasiones cómo el Homo Hispánicus medio, o lo que es lo mismo, el palurdo de a pie que no tiene ni puta idea de dónde coño tiene la cara (no digamos el ojete) tiene como sagrada la costumbre de justificar hasta la última barrabasada que hace. Si habéis estado siguiendo este blog (y vuestra cordura sigue más o menos intacta), ya habréis leído comentarios acerca de aquellos que defienden a asesinos, chorizos, mangantes y toda clase de espantajos que, por muy políticamente incorrecto que resulte, sobran en este país. Lo diremos una y mil veces: el que comete un delito o un crímen a sabiendas es un delincuente o un criminal; el que lo hace sin ser consciente de ello, bien es víctima en potencia de un accidente, bien es un homicida por imprudencia. Pero algunos ya andamos un poco hartos de los paños calientes y de defender a gente que no se lo merece. Porque por cada delincuente, por cada criminal, asesino o violador, hay una víctima que se lo merece aún menos y que tiene que pagar por las irresponsabilidades de otros.

El post de hoy viene a ampliar un poco la idea de lo que hemos venido hablando con anterioridad, sólo que aquí la víctima en cuestión no es una persona. ¿Por eso se es menos víctima? Aquí puede haber división de opiniones; la de este blog, concretamente es que no. Existe una enorme diferencia (que muchos, bien no la ven porque no pueden, o bien porque no les sale de los cojones) entre matar por necesidad, que es algo natural (por ejemplo, matar por alimento, cosa que hacen todos y cada uno de los depredadores que campan por este mundo de asco, el ser humano incluído), matar como medio de defensa (cosa poco común, pero no por ello con menos sentido) y luego la soberbia paletada de matar por pura y llana diversión.


Antes de que alguien empiece a cabrearse, es necesario aclarar que cuando usamos aquí el término "paleto"/"garrulo" no nos referimos necesariamente a una persona criada en un ambiente rural. Como vereis a lo largo de este post, España es un país paleto y garrulo en general, sin importar si el españolito haya nacido en pueblo o ciudad. Así nos va.

Esto, lógicamente, parte de la inteligentísima idea de que, como especie en la cúspide evolutiva de la tierra (o al menos, en teoría; nosotros no sobrevivimos a la radiación, pero sí las cucarachas... con lo cual ese planteamiento me chirría un poco) parece que ya tenemos el derecho de hacer lo que nos salga del cerete con todo bicho viviente. Muchos que van por ahí riéndose de las distintas creencias religiosas y de la idea de un Dios (o Dioses) que machacan a la Humanidad a su antojo resultan comportarse igual en el momento en que ven una especie más débil que ellos (o una especie que, en cualquier otro caso, sea más fuerte, pero no carezca de la inteligencia, del armamento o del número de individuos de la especie humana). Si hacemos caso pues, a este concepto, resulta que el ser humano no sería diferente de cualquier otra especie y ejercería una especie de hegemonía tiránica sobre aquellas que tiene más a mano.

O igual sí lo seríamos, porque yo no conozco NINGÚN caso de especies del reino animal, salvando la nuestra, que conciban la idea de tomar una vida simplemente por el hecho de pasar el rato. Lo que me resulta ampliamente descojonante de este tema es el doble rasero que se tiene al respecto: una vida es una vida; sin embargo, el ser humano se rasga las vestiduras cuando un hombre mata a otro por diversión (sólo teneis que ver el planteamiento de miles de pelis de psicópatas), pero cuando se mata a una especie que no sea la humana, se esgrimen ideas de lo más absurdas para justificarlo.
España es una experta en eso.


"Yo no mato para comer; en realidad esto es un modo de vida, que sirve para que me sienta realizado como macho de mi especie, sino que además formo parte de una tradición sumamente honorable que se remonta a Romualdo VIII". Si os resulta absurdo, igual habría que plantearse los argumentos de los pro-tortura animal...

Esto último resulta particularmente triste en una época en la que queremos dar la imagen ante Europa de país civilizado y moderno. Nos pajeamos de gusto hablando sobre lo avanzados que somos (o pretendemos ser) y se nos llena la boca hablando de ello.
Una panda de cretinos y garrulos, es lo que somos.
Leonardo da Vinci, allá por el siglo XVI, ya decía que toda aquella persona que no valora la vida no la merece. No hablaba de la vida humana, sino de la vida en general. Existen culturas que tal vez a nosotros nos parezcan primitivas y ancestrales pero que, antes de matar a un animal cuando cazan, agradecen a sus deidades (o lo que sea) habérselas puesto por delante para poder comer de ella. Culturas tan antiguas como las de oriente no contemplan siquiera cargarse a una mosca porque consideran que en un cuerpo tan pequeño existe una forma de vida que podría ser el alma reencarnada de alguien. Y podría seguir con varios ejemplos más...
Pero no. Nosotros somos avanzados. Matar a un bicho es cultura. Pegarse la cogorza padre mientras te persigue un toro está genial. Cargárselo a puñaladas es algo digno que debe pasar de una generación a otra. ¿Por qué?

Aquí, amiguitos, viene la madre del cordero.
Porque es tradición.
Hala. Carta blanca. Con eso está todo justificado. Con esas tres palabras, todo vale.
Pues no, señores. Que una cosa se lleve haciendo desde tiempo inmemorial en caso alguno sirve para garantizar la inmunidad del salvaje que las perpetra. Sí. Digo salvaje, porque ni siquiera las supuestas especies inferiores son capaces de perpetrar semejantes salvajadas. Los leones, tiburones y demás bichos conocidos como "asesinos" y "sanguinarios" matan por un sólo motivo: supervivencia. Suelen matar a sus presas deprisa porque hay que alimentarse. No manifestan orgullo. No revisten los aspectos más desagradables de su existencia con un halo de patrimonio, nacionalismo, exhaltación de valores ni pollas en vinagre. En resumidas cuentas, no mienten como cosacos.


"Estoy matando a una cebra, ¡cómo me molo a mí mismo!"

Pero el Homo Hispánicus es así. Se comporta como un auténtico paleto que no ha salido todavía de la Edad Media o del Renacimiento, donde la diversión consistía en cosas como atar a un oso a un poste y lanzarle perros de caza hasta que uno u otros morían con las tripas al aire (esta práctica conocida como bear-baiting, por ejemplo, desapareció de Inglaterra hace SIGLOS). Nosotros, en lugar de hacer desaparecer nuestras tradiciones más vergonzosas, hacemos gala de ellas, como una horda de ignorantes, y no es sino por medio de miles de personas que luchan contra viento y marea que éstas no se erradican oficialmente (aunque algún hijo de puta seguramente la seguirá practicando por su cuenta, cómo no), no sin complicaciones ni disputas. No hablo sólo ya de toros (ojalá), sino de costumbres firmadas por gente que sólo podría calificarse de paletos y anormales, como:

Despeñar una cabra desde lo alto de un campanario (Maganenses de la Polverosa, Zamora; cuando se prohibieron oficialmente estas festividades, el pueblo llamó a la desobediencia civil y se tiraron DOS cabras del campanario aquel año)
Decapitar ardillas (Robledo de la Chavela, Madrid)
Decapitar aves (Tordesillas, donde las mozas decapitan aves a golpe de espada, Aduna en el País Vasco, en Nalda -Extremadura- o La Rioja; en algunos sitios por lo visto han llegado a consentir decapitar al animal ya muerto... pero hasta no hace demasiado)
Humillar públicamente burros (Villanueva de la Vera), y muchas otras cafradas.


Una preciosidad. Y habrá seres que lleven a sus hijos a ver esto... pero luego no consientan que vean Bola de Dragón porque les parece una serie violenta y poco educativa. Por favor, que alguien me lo explique, porque yo sigo sin entenderlo.

Algún subnormal (para mí no tiene otro nombre) encima dice que esto es cultura. Que es un rasgo de identidad. Veinte mil mierdas más para no admitir que es un puto sádico que se divierte desmembrando a un bicho, humillándolo a base de hostias y empujones en plena calle y otras barbaridades.
La cultura es arte. Es gastronomía (una forma de arte); es, si quieres, el conjunto de las creencias locales de un sitio. Las tradiciones, en líneas generales, también forman parte de la cultura. Pero no nos engañemos: no TODAS las tradiciones deben perdurar hasta la Eternidad. No TODAS las tradiciones son cultura ni arte. Porque si nos ponemos así, podríamos coger y recuperar otras grandes tradiciones españolas, como es la de poner a los ajusticiados en la plaza del pueblo para humillarlos y tirarles lechugas podridas. Incluso podríamos volver a los ahorcamientos públicos, las quemas de infieles o los linchamientos. Recordad que todo eso, por poco que os guste, también son cosas tradicionales que hemos ido erradicando. O follamos todos o tiramos la puta al río.
¿Qué pasa, que esas tradiciones no os gustan? Pues también se han hecho durante siglos. Incluso han tenido cierta utilidad, que es deshacerse de los elementos de la sociedad que ya no valen (exactamente el mismo argumento que ciertos cazadores esgrimen para ahorcar a los galgos que envejecen... cuando no se dedican a dispararles en las patas y dejarles tirados en mitad del campo. Ole sus putos cojones, así se agradecen años de servicio).


Si este tipo de prácticas se implantan como "tradición", aparecería gente de Amnistía Internacional o defensores de los derechos humanos (lo cual está bien, no nos confundamos); sin embargo, cuando la vida que intenta protegerse no es humana, se habla de "cuatro activistas de mierda", llegando al escarnio y la ridiculización de aquellos que se oponen a festividades con el dolor y la sangre como portagonistas. Es curioso...

Lo mejor de todo es lo hipócrita que es esta sociedad españolita. Me tengo hasta que descojonar cuando salen noticias de denuncia acerca de burradas como la castración genital femenina, las circuncisiones "a pelo" (es decir, sin pasar por el quirófano, sin anestesia y con una cuchilla de afeitar) o el planchado de pechos a las niñas africanas para impedir que estas sean violadas por los soldados. Son verdaderas salvajadas, desde luego. Pero lo mejor de todo es el aire de condescendencia y falsa superioridad con el que tratamos estas noticias. Es muy fácil denunciar (o reírse directamente, que también se hace) del pobre negrito que vive en África con yo no sé cuántos años de retraso con respecto al mundo occidental. Donde la civilización no puede avanzar a causa de la falta de recursos naturales, el hambre, la guerra y las enfermedades. Donde conseguir escolarizar a una población cada vez más masiva es un esfuerzo titánico, a causa de la corrupción de los gobiernos locales, las mafias, las guerrillas y Dios sabe cuántas calamidades más. Es muy fácil reirse o mirar por encima del hombro al Tercer Mundo, pensando en lo atrasados que están y lo integrados en el s.XXI que estamos nosotros. Y sin embargo, nos reímos de cosas que ellos hacen porque son sus tradiciones, y porque forma parte de su cultura. En resumidas cuentas, que lo de ellos está mal y lo nuestro está bien. De risa. No sé a vosotros, pero a mí me dice muchísimo de la clase de gentuza que somos... y lo que es peor: de lo que decimos ser.


Anda y que les den.

Tengo varios amigos que tienen o han tenido contacto con protectoras de animales, y las historias que llegan son alucinantes (por poner un adjetivo que medio se acerque a la idea que tengo en la cabeza): de considerar a un perro o un gato como un juguete (señal de la imbecilidad de este nuestro país) y llevarlo a la protectora para que se lo cambien por uno más joven cuando éste se hace mayor (algún día debería hablar del tratamiento que le damos a nuestros mayores, porque parece que humanos y animales se entroncan en el concepto que tenemos los españoles con eso de la vejez, a la que identificamos automáticamente como "estorbo" en muchos casos); de lanzar literalmente al pobre animal por encima de la verja de las instalaciones como el que tira la basura. De hijos de madres mal folladas que, por diversión, se dedican a provocar incendios en las protectoras de animales, o a perpetrar asaltos. De llevarse a los perros que tienen allí para entrenar a sus perros de presa y usarlos como sparrings (traduzco para los legos: esto consiste básicamente en criar a un pit-bull o a algún otro perro de presa a base de hostias para que esté de mala leche; luego le echan un perro pequeño para que éste lo triture a bocados, pruebe la sangre y sepa cómo matar antes de su primera pelea).
Podría seguir narrando historias, pero muchos de vosotros seguramente ya habreis oído cosas semejantes e incluso peores. La lista es larga. Demasiado larga.
Pero somos civilizados.



Tan civilizados como una hija de puta que vivía en mi bloque, que en el momento en que una gata que vivía en nuestro garage y la cual no hacía daño a nadie tuvo hijos, bajó a las siete de la mañana para coger a sus cachorros recién nacidos y ahogarlos en un cubo de agua porque la buena señora "No quería gatos por allí". Así, por su santo coño. No le preguntó a nadie, ni siquiera al matrimonio de vecinos que cuidaba a aquella gata, dándola de comer (esta vieja desgraciada ni siquiera salía a la calle, de modo que mucho no podría molestarle una gata y cuatro cachorros). Por respeto a las canas no le partimos la boca aquella mañana, porque la muy zorra ni siquiera había hecho un buen trabajo y los pobres animales sufrieron una agonía de más de dos horas. Supongo que entenderéis que esta cerda (otro nombre no tiene) sea de las pocas personas que han vivido cerca de mí y que, no sólo no me haya importado que se muera; una parte de mí incluso se llegó a alegrar. Gente así no merecería campar por la tierra. Lo que me da asco es que esta imbécil no era una excepción en esta sociedad de asco: los hijos de puta abundan, sólo que parece que no queremos verlos. Los toleramos, incluso llegamos a defenderlos. Revestir el sadismo con valores, llamar arte a un acto de tortura (véase a cierto torerito, y lo llamo torerito porque el fulano no medirá más de metro sesenta, que le dieron una medalla a las Bellas Artes por matar toros) o considerar a los animales meros instrumentos o juguetes no hacen sino hablar de nuestra sociedad. No hacen sino dejar claro la clase de irresponsables que somos. De que a muchos de nosotros, queridos compatriotas arraigados en la sacrosanta cultura hispánica, nos encanta el sufrimiento de otra forma de vida. No nos basta con matar, sino que tenemos que convertirlo en un puto espectáculo que puede durar horas (o bien exhibirlo como una hazaña, como el político aquel que hacía cacerías de gatos y luego mostraba fotos suyas enseñando a los animales muertos en sus brazos).
Y no pasa nada.


Pá gordos sus cojones.

Ayer, cuando salió la noticia del famoso toro de Tordesillas, al que matan a lanzazos entre todos los mozos del pueblo, apareció un imbécil (que me denuncie si le sale de los cojones, pagaría gustoso la multa) diciendo que para él la verdadera tortura es levantarse para ir a currar cada mañana. Ole sus putos huevos, decir eso en un país con una tasa de paro de casi cinco millones, para justificar lo dura que le pone la pirula eso de pegarle una puñalada a un animal con una lanza. Ese desgraciado tendría que tener muy clarito que aquello a lo que llama tortura es precisamente aquello por lo que muchas personas están rogando a sus deidades, y que si tan malo le resulta trabajar, podría ceder gustosamente su puesto de trabajo para alguien a quien no le importe hacer tan terrible sacrificio. A ver si es tan macho como para predicar con el ejemplo y renunciar a su curro por fidelidad a la tradición.
Yendo un poco más lejos, es que tengo hasta que reírme, al ver cómo la UNESCO considera semejante aborto mental como "Patrimonio Nacional", mientras el verdadero Arte las pasa putas para sobrevivir en este país. Preguntad a la gente que intenta hacerse un hueco en el panorama de las Bellas Artes y comparad diferencias. Eso ya da a los palurdos, no sólo de Tordesillas (que ojalá fueran los únicos), sino a los de todo el Puto Pellejo de Toro que apoyan el sadismo y la salvajada de este tipo de actos, las fuerzas necesarias para ponerse chulitos. Para ir sacando pecho por ahí e ir diciendo lo machos que son. Porque, al parecer, cargarte a un bicho a patadas, lanzazos, puñaladas, latigazos o Dios sabe qué más ya te convierte en un hombre. Hacerlo al amparo de la multitud, en clara desventaja con respecto al animal, ya es sinónimo de virilidad. De valentía. De hombría.
De falta de oxígeno al nacer, si me preguntais a mí.


Aquí, un señor poniendo cara de mongui. Al menos este no parece tener intención de hacer daño a nadie.

Y podríamos seguir. Esto podría no tener fin. Podríamos estar hablando todo el santo día de rituales tribales que denotan el paso a la madurez. Podríamos hablar de aquellos niños que, tras matar a un animal a golpes con sus amiguitos, ya son hombres. Gracias a eso, las mozas se abrirán de patas muertas de gusto; follarán mejor y tendrán hijos sanos, fuertes y guapos. Así se perpetuará la especie del Homo Hispánicus, que seguirá riéndose de los pobres negritos en África, pero no se parará a pensar en el hecho de que, a menos distancia, otros países han abolido prácticas como la Caza del Zorro. No. Eso no lo vemos. Nos gusta más decir que somos un país "arraigado en sus tradiciones".

8 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Gracias. Aquí en Uruguay la tradición imbécil es cazar jabalíes con perros. Luego hay que suturarles los costados rajados a los pobres chuchos. Por no hablar de lo mal que debe pasarla el jabalí antes de palmarla. Hay formas menos horribles de cazar a un bicho para comerlo. ¿De qué nos sirve, si no, la tecnología?

Anónimo dijo...

Gissel; esas tradiciones son sádicas. La idea no es que el animal no sufra. La idea es recrearnos en el combate del hombre contra la bestia, pero claroooooo... ¡la bestia siempre está en inferioridad de condiciones! Pero que los animales me perdonen, porque la auténtica bestia es el ser humano.

Gissel Escudero dijo...

Precisamente. Por eso mencioné la tecnología: para hacer notar que ya no queda NINGUNA excusa para justificar el sufrimiento animal. Lo que más me revienta sobre las diversiones que involucran animales es que las personas aficionadas ni siquiera quieren admitir la posibilidad de que el animal sufra (como si no tuviera un sistema nervioso). Al menos podrían ser sinceros y decir, "me importa un carajo que el animal sufra, yo me quiero divertir". Encima de sádicos, son hipócritas. Grrrrr...

Anónimo dijo...

Sabes, mi abuelo es muy pro-taurino y, a pesar de eso, le encantan los animales y les trata genial cuando es él quien los cuida. Ha hecho cosas como rescatar a una cabra y cuidarla una temporada en su sala de estar; ten en cuenta que no vive en una casa de campo, sino en un bloque pequeñito de edificios. Me choca que una misma persona sea tan sensible a los animales y que luego no apruebe la supresión de la tauromaquia.

Gissel Escudero dijo...

Percepción selectiva. Es como las personas que no tienen reparos en comerse un bife de vaca pero no soportarían la idea de comer perro o caballo. Es extraño, pero los humanos somos así de incoherentes.

Rumbo a la Distopía dijo...

O quizás es el hecho de que consideran que la tradición está por encima de ciertas cosas, como por ejemplo, el trato justo hacia los animales...

Gissel Escudero dijo...

Entonces vamos a crear una nueva tradición: disfrazarnos de Freddy Krueger y cazar gente imbécil o perversa en Halloween. Entonces ya no tendremos que preocuparnos por esos molestos derechos humanos que nos impiden arreglar el mundo.

KaTya dijo...

Desde luego somos muchos los que defendemos con dientes los derechos de cualquier ser vivo, humano, animal o extraterrestre. Este tema me toca de cerca, en mi casa hace años que recogemos cualquier bicho andante, tenga la edad que tenga. Conmigo en mis brazos han muerto ya algunos, de viejos o enfermos sin tratamiento, y tengo un gran nudo en el pecho de pensar que ayer mismo tuve que volver a tomar la difícil decisión de eutanasiar a una de mis perras por no tener tratamiento y ser ya mayor.
No se que tendrán esos engendros en el pecho pero un corazón vivo seguro que no. Yo no concibo mi vida sin el cariño y compañía que me dan mis bichos. Y es que por muy bien que los cuides, ellos siempre te devuelven mucho más.