martes, 31 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 6



La muchedumbre se arremolinaba ante la capilla. Eran una masa gris, homogénea. Como la leyenda griega del gigante Argos, todas aquellas personas se asemejaban más a una única criatura con decenas de ojos abiertos de par en par. El debate urbano a pie de calle, contenido por la verja exterior y por la cinta blanca y azul de la Policía. Al igual que en las películas de terror, aquella singular especie de vampiros era contenida por un sello que delimitaba el suelo sagrado, que no podían pisar. Por aquí y por allá había agentes del Cuerpo y miembros de los diferentes equipos de investigación. No dejaban de moverse por todas partes. Se daban órdenes unos a otros, casi a gritos; se quejaban de que ciertas cosas no funcionasen como deberían. Estaban al borde de la histeria, correteando como una bandada de pollos sin cabeza. Una escena que podría haber resultado divertida, de no ser por la gravedad de lo que se estaba tratando en el interior del templo.
Por encima y por debajo del murmullo general, los aparatos de radio chasqueaban y silbaban; las voces al otro lado sonaban deformadas, distorsionadas. Lo poco que se podía reconocer de algunas de ellas empleaban una jerga ininteligible para el ciudadano de a pie. Lenguaje críptico salpicado de estática.
De cuando en cuando, alguno de los transeúntes desafiaba el sello de la cinta policial y, asomando la cabeza, preguntaba a los agentes sobre lo sucedido. La respuesta, por lo general, era vaga y escueta, ordenando a continuación que circularan, que no podían quedarse allí. Nadie sabía gran cosa y, lo poco que sabían, lo callaban.

César Domínguez llegó teniendo que abrirse paso entre el gentío casi a codazos, como si en vez de ir a trabajar estuviese intentando colarse en el backstage de una banda de rock. No le gustaban demasiado las muchedumbres, especialmente porque tendían siempre a entorpecerlo todo. ¿Por qué la raza humana se comportaba de un modo tan estúpido cada vez que pasaba algo? Cuando no era el típico imbécil que hacía veinte mil preguntas absurdas, estaba el otro que se creía más listo que un forense y, sin mirar siquiera al cuerpo, ya venía con toda una lista de sospechosos, generalmente gente que le caía mal. ¿Tan difícil era que le dejasen hacer su trabajo, por amor de Dios?
Cuando llegó al cordón, mostró la placa que le identificaba como Inspector de Policía y le permitieron pasar. Al agachar la cabeza para internarse en la iglesia, las voces de los curiosos todavía hormigueaban a sus espaldas.
El interior era el típico caos de costumbre: los especialistas habían tomado la zona literalmente, rastreando cualquier pista que pudiese ser de utilidad. Actuaban con tal minuciosidad que cualquiera que no estuviese familiarizado con su forma de trabajar se habría sentido como si pisase un campo de minas. Tocar algo, pisar donde no se debía, podría suponer no encontrar ese minúsculo detalle que podría ayudar a resolver el caso que se les presentaba.

- ¡Eh, Domínguez!- la voz era de su compañero, Antonio Lafuente-, Llevamos un rato esperando, ¿qué ha pasado?
- Un atasco de los gordos- respondió éste, con tono exasperado, mientras se pasaba la mano por las incipientes entradas de su pelo, cortado casi al cero-; el centro está imposible con la cantidad de obras... y encima toda esa gente ahí fuera, que no dejaba pasar. Que es Martes, por los clavos de Cristo, ¿es que nadie trabaja?

Como toda respuesta, su compañero se encogió de hombros con una expresión de patente estoicismo. El motivo era en parte porque tenía razón y en parte porque no le apetecía iniciar un debate que no llevaba a nada.
César Domínguez tenía treinta y ocho años y se había divorciado hacía seis meses. Ninguna historia especial. Nada revestido de esos tintes casi épicos que aparecen en las películas, ni mucho menos; sencillamente, las cosas habían dejado de funcionar bien con su mujer. Intentaron arreglarlo durante casi dos años, pero la cosa no mejoraba. Transcurrido ese tiempo, ambos descubrieron que habían estado engañándose a sí mismos. Que el tema, a pesar de haber puesto buena voluntad, seguía un curso muy definido. Llegados a cierto punto, intentar salvar un barco que llevaba bastante hundiéndose era absurdo. A ninguno le hizo gracia, evidentemente, pero llegaron a la conclusión de que lo mejor era tirar cada uno por su lado antes de hacerse daño mutuamente. Si se podía contar con algo positivo de todo aquello, era el hecho de que no habían llegado a tener hijos. No habría daños colaterales en la refriega.
Su compañero, como amigo que era también, conocía la historia de principio a fin. Era por eso por lo que se mostraba comprensivo en todo momento ante los pequeños bajones de ánimos que tenía Domínguez. Al fin y al cabo, era una cuestión de empatía: lo que le había pasado no era tan raro ni mucho menos. Podía pasarle a cualquiera, él incluido. Por eso, procuraba limitar la conversaciones de carácter personal al máximo mientras estaban trabajando. Antes no estaban mal pero, ahora, con el divorcio reciente, era inevitable tocar el tema y Domínguez perdía bastante el norte. Fue por eso por lo que, siguiendo esa especie de pacto tácito entre ellos, le llevó directamente al cadáver, sin más preámbulos.

- ¿Éste es el cura?
- Varón, treinta y cuatro años. El sacerdote a cargo de la capilla. Déjame comprobar el nombre- Lafuente revisó algunos papeles que tenía en la mano-... Ah, sí. Peñas, se llamaba.

El cuerpo del Padre Peñas yacía en el suelo, más parecido a un muñeco de trapo de los que los niños rellenaban en San Juan para quemarlos que a un ser humano. A juzgar por la posición antinatural de brazos y piernas, la muerte había sido violenta. Muy probablemente, había recibido una paliza impresionante antes de morir. Su piel, además, tenía un aspecto extraño: pálido, reseco y arrugado. Parecía más un papiro viejo que piel humana.
Domínguez recitó mentalmente las palabras que acababa de oír mientras observaba el cuerpo. Junto a ellos, se encontraba uno de los forenses, que seguía buscando algún otro indicio en él.

- Un momento- dijo, tras haber masticado la información- ¿Has dicho treinta y cuatro? Tiene que tratarse de un error. Mírale: el pelo está completamente blanco, y la piel está seca y acartonada. Al verle, diría que no baja de setenta y cinco u ochenta años, si no más.
- Eso no es lo que aparece en la documentación que hemos encontrado... ni en las fotos que hemos encontrado por aquí- Lafuente tendió a su compañero una foto en la que el sacerdote aparentaba más o menos la edad que tenía. Aparentemente, la foto parecía bastante reciente. Uno, dos años, como muy vieja.
- Fíjate en los dedos. Justo antes de que llegaras, López- señaló con la cabeza al forense- me estaba diciendo que tiene rotos los dedos de ambas manos. A este hombre le torturaron antes de morir.
- ¿Torturado? ¿Crees que se trata de un caso de ajuste de cuentas?
- Según hemos podido comprobar, había trabajado como misionero durante un tiempo. Es posible que tuviera contacto con bandas de narcotraficantes... y quizá éstos tuvieran algún asunto pendiente con él.
- Pues mirad esto- interrumpió López, levantando el brazo de la víctima-. Si estamos hablando de narcotraficantes o bandas organizadas, parece ser que hemos dado con alguien nuevo. ¿Veis estas marcas? Parece ser que le clavaron algún tipo de aguja.
- ¿Drogas?- los inspectores se agacharon, con la intención de ver mejor la herida.
- Es pronto para decirlo, pero creo que no... Además, ¿os habéis preguntado dónde está la sangre? A este hombre le dieron una paliza de muerte y no hay ni una gota en toda la escena del crimen.
- ¿Le apalearon y le desangraron como a un animal?- inquirió Lafuente. Es un modus operandi muy poco frecuente. Habría que investigar entre las mafias sudamericanas... o tal vez algo en África. Este hombre había estado en los dos sitios.
- Para desangrar a alguien lo normal es colgarlo boca abajo y practicarle un corte en el cuello- respondió López-. Debería haber marcas pre-mortem en los tobillos... y no las hay. Ni tampoco tenemos corte. Como mucho, tenemos marcas de manos alrededor de la garganta.
- Sigue sin explicar el estado de la piel y del pelo- añadió Lafuente.

Domínguez examinó los pinchazos con detenimiento. Durante algún tiempo, había trabajado en la unidad de Narcóticos, de modo que conocía las señales que dejaba una jeringuilla hipodérmica. También había visto casi todo tipo de heridas punzantes producidas por navajas, estiletes, punzones e incluso destornilladores. Aquello no encajaba ni con unas ni con otras. Después de tantos años trabajando como Policía, encontraba algo nuevo.

- ¿Qué es eso?- le dijo al forense que estaba examinando el cuerpo, mientras señalaba en un punto concreto en la piel de éste-. Fíjate en el cerco alrededor de las heridas… está como amoratado.
- Habría que hacer más pruebas- respondió el especialista-, pero a priori diría que parece algún tipo de infección.
- Me recuerdan a las picaduras de un insecto. A mi hija le picó una vez una araña y se parecía un poco a eso.
- Debía ser una araña muy grande, Lafuente- el tono de López casi sonaba a sorna. Los científicos eran así. Buena gente, pero unos enteradillos cuando alguien se acercaba a meter el pie en su terreno- Si esto fuesen aguijones de un insecto, tendrían que tener… no sé… el tamaño de un lápiz.
- ¿Alguna teoría, entonces?- preguntó Lafuente.
- Tendré que analizar el componente que ha causado la infección, pero en principio lo del ajuste de cuentas me parece lo más plausible. Es posible que el asesino haya usado algún tipo de arma contaminada con algo. Un veneno, o algún agente nocivo.

Se hizo un silencio sepulcral durante unos instantes. Alrededor, los investigadores seguían rastreando cada milímetro de la capilla. El hormiguero seguía bullendo de actividad, mientras ellos calibraban las posibles explicaciones en sus cabezas. Por fin, al darse cuenta de que todavía no tenían los datos suficientes, cejaron en aquella actividad y pasaron a algo más productivo.

- Bueno, vamos a centrarnos en lo que es la reconstrucción del crimen- Domínguez suspiró profundamente mientras decía estas palabras-... el cura fue asesinado aquí mismo, en la nave central, ¿alguna idea de por dónde pudo entrar el asesino?
- La puerta exterior estaba cerrada por dentro- respondió Lafuente.
- Deducimos entonces que acababa de cerrar la iglesia, ¿no?
- Fíjate en esa escoba- señaló al pedazo de madera, que se encontraba apoyado con indiferencia al lado de la puerta-. Acababa de cerrar y estaba barriendo.
- Acababa de cerrar y estaba barriendo... así que el asesino, una de dos: o entra por otra puerta...
- La de la sacristía, al lado del altar. Tampoco está forzada; es posible que le dejarse entrar, o que tuviese una copia de la llave... bueno, Medina ha dicho antes que hay una ventana arriba que no cierra bien; igual entró por ahí...
- ... O bien entra por la puerta principal... o tal vez incluso le deja entrar el cura... y está con él mientras está barriendo.
- Conversando...
- Pero, por algún motivo, parece ser que la conversación se pone fea y empieza el ataque.
- El cura podría intentar correr, pero la puerta principal está cerrada.
- Eso llevaría a buscar la otra salida, que está demasiado lejos- con una mano, señaló en dirección al altar. Debía haber más de quince metros desde donde estaban hasta la otra puerta.
- Le agarran... uno, por el cuello; quizás algún otro le ayude... y le torturan. ¿Cómo lo ves?
- Pues- Domínguez meneó la cabeza y se palpó las sienes-... no termino de verlo del todo claro, pero es una teoría. Yo me quedaría con esta reconstrucción hasta que tengamos algo más sólido.

El resto de la unidad apareció poco después; habían estado junto al resto del equipo forense, investigando en la sacristía y en el resto del edificio. Era un grupo pequeño, de dos hombres y una mujer. Pese a ser bastante diferentes en aspecto y edad, todos tenían un rasgo en común: la expresión de frustración y confusión en la cara. Domínguez no necesitó ser un genio para deducir lo que querían decir. Ninguno de ellos tenía nada.

- La sacristía estaba impoluta- informó uno de los hombres. Un cuarentón regordete con aspecto bonachón llamado Medina-. No se han llevado nada, por lo que podemos descartar el móvil del robo. Domínguez asintió con la cabeza, confirmando así sus sospechas. Aquello era demasiado profesional, y a la vez demasiado pasional, para ser un simple robo. No cuadraba.
- Y ninguno de los especialistas ha encontrado huellas, por ahora- comentó Aguado, la mujer. También conocida como “La Niña”, porque era la oficial más joven de la brigada. Apenas tenía treinta años y ya había demostrado ser una fuera de serie-, ¿por dónde empezamos?
- Por donde siempre- respondió Domínguez-: lo primero, encontrar al entorno cercano del cura. Localizad a la familia, a gente que le conociese... tenemos que enterarnos si tenía algún enemigo. Alguien con quien tuviese problemas.
«Luego, veremos a ver qué nos dicen los del laboratorio. Tal vez con lo que encuentren en las marcas de la víctima tengamos alguna dirección más sólida.
- ¿Y qué pasa con lo del suelo?- contestó Aguado.
- ¿Con lo del suelo?
- No me ha dado tiempo a decírtelo- intervino Lafuente-. Medina y Martos lo encontraron al entrar. El suelo muestra señales como de quemaduras... con forma de pies.

Se acercó a las señales en las baldosas y las miró durante un buen rato. Efectivamente, tenían el aspecto de quemaduras... pero no había hollín en ellas. Simplemente, la silueta de una suela de un tamaño más que considerable se recortaba a la perfección contra la roca oscurecida. Era como si el envejecimiento de la piedra hubiese sido especialmente rápido y caprichoso. Dado que no entendió la causa, decidió lavarse las manos al respecto. Al menos, hasta que los analistas dijesen algo. Entretanto, tenía que ir atando cabos con las pocas piezas que tenía.
Un trabajo limpio. Metódico y sádico. Tenía toda la pinta de ser obra de un profesional.
¿Pero por qué? ¿Qué tenía este hombre para que le hicieran esto?
Por un momento, se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el sacerdote no fuese la víctima, sino que se tratase de un aviso a una tercera persona. Sin embargo, pasó la idea por alto; no tenía prueba alguna de ello y sonaba demasiado rebuscado. Había que pensar en algo más cercano. Más personal.

- Esto no parece del todo normal- comentó Martos, que había permanecido sin decir nada todo el rato-... ¿deberíamos al menos contemplar la posibilidad de llamar a esa unidad nueva de la Unión Europea? ¿La especializada en cosas poco frecuentes?

Domínguez también había oído hablar de esa unidad en alguna ocasión, pero nada mínimamente concreto. Había oído que, hacía cosa de un par de años, o dos años y medio, habían resuelto un conflicto en Londres con bastante eficiencia. Sin embargo, todo lo demás que podía oírse al respecto eran rumores, imprecisos y muy probablemente infundados. Nadie sabía nada, realmente. El hermetismo al respecto era casi total.

- De momento, vamos a dejar las cosas como están- respondió, sin querer ofender la personalidad ligeramente paranoica de su subalterno. Cuando no estaba sospechando cosas raras, era un trabajador bastante comprometido-. No me haría ninguna gracia meter a la Unión Europea en esto y que al final resulte no ser nada.
«Pero sí vamos a hacer una cosa- un circuito de su mente se activó y empezó a funcionar como una maquinaria de engranajes bien calibrada-. Aguado, quiero que compruebes si existe algún grupo organizado de tendencias anticlericales. Gente de extrema izquierda, anarquistas radicales, cualquier cosa que encaje con ese perfil. Comprueba denuncias por amenazas provenientes de sacerdotes... colegios religiosos, en el seminario...
«Ah, y me vais a traer al monaguillo. Le vais a sacar toda la información posible, desde si tiene algún antecedente por pequeño que sea hasta conocer su entorno familiar. Puede ser una de las últimas personas que vio al cura con vida y quizás es de las que mejor le conozca. Quiero que os dé también una lista de los feligreses más frecuentes.

Un momento después, el juez apareció para levantar el cadáver, que retiraron de allí en una bolsa de plástico. El clásico ritual casi funerario, lleno de frialdad. Los agentes de la brigada, cuando sucedían estas cosas, procuraban no pensar en aquel pedazo de carne como un ser humano; de hecho, ni siquiera procuraban mirarlo directamente. No por crueldad ni por falta de respeto, sino por una cuestión de salud mental. Pensar que cada cuerpo que veían retirar era una persona que había tenido una vida o una familia y que, a causa de determinados acontecimientos, todo lo que esa persona había sido en el pasado o sería en un futuro se veía truncado de manera drástica e irreversible... era algo difícil de soportar, si se pensaba con detenimiento. Por eso, la mente humana tendía a insensibilizarse. Eso o convertirlo en algo personal. El primer paso para volverse loco.
Cuando hubieron terminado todo cuanto tenían por hacer, Lafuente y Domínguez salieron del templo acompañados del resto de agentes. Se dirigieron hacia el grupo de curiosos, con intención de cruzar la verja de salida. En la calle, el día era agradable y las calles del centro estaban animadas, lo que propiciaba que hubiese más gente todavía que se acercase a enterarse de lo que había pasado. Domínguez echó una mirada a los transeúntes, asqueado. Cada vez que abandonaba una escena del crimen, lo mismo: esas miradas, la mayoría disfrazadas de confusas. No se lo creía; la mitad de las veces tenía la impresión de que toda aquella gente se acercaba para ver si podía ver al muerto. Nunca había entendido esa obsesión, esa extraña necrofilia visual, esperando ver a la víctima e intentando enterarse de los detalles escabrosos. Para él, un cadáver no era precisamente un objeto de diversión. No le hacía nada de gracia, pese a que formaba parte de su trabajo. Ya no era más que un enorme trozo de carne, inerte y que, generalmente, olía mal. Debía tratarse, pues, de la sensación de la novedad. El gusto humano por lo macabro. El morbo. solo había que ver las cabeceras de los telediarios para entenderlo.

En este caso, la gente incluso estaba preguntando si al cura lo había matado algún monaguillo resentido por haber abusado sexualmente de él. Muchos incluso ya lo daban por hecho: “Ha sido un cura, seguro que le encantaba meterle mano a los críos. Habrá sido una venganza, ¡si es que son todos iguales!” Oír comentarios como aquel hacía preguntarse al detective para qué puñetas se había metido en la academia de Policía y había hecho tantos cursos de criminología y psicología criminal. A la mierda con el principio de presunción de inocencia, ya puestos. ¿Para qué estaba la Ley? Si no estuviesen ellos, si no hubiese unas fuerzas del Orden, probablemente volverían a las prácticas ancestrales de buscar un culpable con una antorcha en la mano y ahorcarlo en la plaza más cercana.
Patético.

Pero, entre las caras de expectación o confusión, Domínguez acertó a distinguir a una cara completamente diferente, que observaba la escena con un aspecto dolorido. Un rostro que, pese a no parecer especial, destacaba sobre la masa gris. Se trataba de un hombre de unos treinta y tantos años, bastante desaliñado, vestido con una cazadora vaquera bastante raída y una camiseta estampada que imitaba salpicones de pintura que no dejaba de tocarse el costado izquierdo. No, ese no era como los demás. Había... había algo, algo especial en su forma de mirar que le llamó la atención, aunque no fue capaz de identificarlo. Ese algo que parecía emanar el hombre le confería una presencia atractiva, que hacía imposible dejar de mirarle. De repente, como si fuese consciente de que le estaba observando, el viandante giró la cabeza y su mirada chocó con la de Domínguez. Era intensa, y penetrante, pero totalmente serena. De esa clase que no se puede resistir mucho tiempo, porque tienes la impresión de que, solo con los ojos, puede acceder a los lados más oscuros de ti. Esos que no te atreves a confesar a nadie. Esos que te dan vergüenza.
Apenas había pasado una fracción de segundo, se rindió, incapaz de soportarlo. Se sentía sucio, indigno. Una mala persona. El peor de los gusanos. Había perdido el duelo y se había visto forzado a bajar la vista.

Un instante después, tan leve que se reducía solo una fracción de tiempo apenas perceptible, Domínguez olvidaría ese fugaz encuentro, como si jamás hubiese sucedido.


 
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

sábado, 28 de mayo de 2011

Escupiendo Rabia: Coprofagia nacional



Y que no se enteran.
O a lo mejor es que no les sale de los huevos enterarse, esa opción me resulta tristemente más factible.

Ya he visto los famosos videos de la represión policial (o mejor dicho, de los Mozos de Escuadra) en Barcelona, cargando a hostia limpia contra los manifestantes y esto ya empieza a sonar a la tocada de cojones padre. Ahora resulta que la culpa es del pueblo. Según la banca, la culpa de la crisis es nuestra. Según el político de turno, la culpa es nuestra por haber votado a otros en vez de a ellos. Según la autoridad, la culpa es nuestra por estar donde no debemos (en la puta calle).

Y es que se nota que nunca llueve a gusto de todo el mundo, ¿eh? Lo que sí es universal, mire usted por donde, es que las hostias siempre se las llevan los mismos. Y es a los mismos a quien se la acaban metiendo por el culo y sin vaselina. Iba a decir sin avisar, pero es que en este puto país ya estamos curados de espanto.
Ahora resulta que si abres la boca eres un perroflauta, un rojo, un progre o un hippie piojoso, tócate los huevos. Eso fue lo que dijeron los señores de Neox anoche cuando llegué a casa. Esos señores tan limpios que son capaces de hacer entrar a hablar en directo a un fulano que es capaz de decir (para ese SÍ hay libertad de expresión, no te lo pierdas) que una mujer merece que se la carguen o que hablar en castellano es de las "clases bajas", que lo que mola es el catalán.


Pues que queréis que os diga. Ojalá hubiese visto yo hippies así en las tres manifestaciones en las que he estado. En su lugar, he visto mucha familia con niños pequeños, muchas señoras y señores ya mayores, mucho estudiante... algún rasta... pero oye, hippies, lo que se dice hippies, no.

¿Que en las manifestaciones hay sectores más radicales? Pues claro. Pero no nos rasguemos las vestiduras. En España el fútbol es algo sagrado, y todos sabemos que también hay grupos radicales. Algunos muy muy peligrosos. ¿Prohibimos entonces celebrar si ganamos el Mundial, vaya a ser que los skins se cabreen? ¿Prohibimos celebrar que hemos ganado la Eurocopa, por si los skins se pelean con los punks, como en los 80? Venga, si gana el Barcelona la Champions, también lo prohibimos, vaya a ser que los independentistas lo consideren un acto reivindicativo e intenten aprovechar para separarse del resto del país, ¿no?
Vale, entonces explicadme qué cojones pasa con toda la gente que ha salido a la calle porque el país se ha limpiado el culo con ellos. Ya no hablo de los okupas, los punks, los rastas o los hare-krishna. Hablo del currela que se ha quedado en la puta calle porque la ley de despidos hace que los empresarios aprieten el gatillo más rápido que John Wayne.
Hablo de aquellos emprendedores, por los que el gobierno tanto "apuesta", pero a los que exprime como mandarinas por ser autónomos, asfixiándolos con unos impuestos de la hostia y ofreciéndole menos ayuda (o dándolas tarde) que a Kurt Russell en 1997: Rescate en Nueva York. Y a ese por lo menos le dieron un par de armas.


Fe de erratas: Aquí, Serpiente Plissken detenido tras haberse manifestado en la Puerta del Sol. Curiosamente, lo pillaron desarmado.


Parece ser que la moda entonces es que, como vivimos en un país "democrático", lo único que el pueblo puede hacer es votar. Y además, votar a DOS partidos, porque hace algún tiempo se promulgó una ley electoral que podría llamarse la ley del "sí o sí", que hace que o votes a uno o votes al de al lado, sin mucha más elección. Y ya no sólo que votes a esos dos: encima, hagan lo que hagan, tienes que agachar la cabeza como un puto corderito. Si te meten en una guerra, como les has votado, te tiene que parecer bien. Si cambián doscientas veces en doce años el sistema educativo, tienes que aplaudirles. Si resulta que amplian tu edad de jubilación, te reducen los sueldos o amenazan con echarte a la puta calle después de treinta años currando, te la tienes que menear de gusto PORQUE LES HAS VOTADO. Y no protestes, que (dependiendo del que gobierne) eres un "antiespañol", un "antisistema" o un "alterador del orden público".

Y yo me pregunto: ¿Qué cojones le han hecho a mi país? Antes decían que la sociedad española era apática y que aquí no se movía ni el tato. Resulta que no es del todo cierto, la gente se manifestó en contra de la Guerra de Irak (curioso que nos pasásemos la de Libia por la punta de la chorra), para protestar por la masacre del 11-M, para ponerse en contra de la LOU y ahora por esto. Motivos diferentes, pero con varios puntos en común:

1) EN TODOS LOS CASOS se insultó a los manifestantes
2) SIEMPRE acabaron por disolverse los conflictos a hostia limpia
3) EN NINGÚN CASO el Gobierno regente (los casos arriba citados corresponden a legislaturas de distintos gobiernos) hizo caso de las protestas, sino que ya, nada más que por joder, las llevó adelante más a rajatabla, incluso.

Y vienen los hijos de puta de turno a hablarme de libertad, democracia y justicia para todos. Y una leche.


Resulta bastante curioso como los ignorantes que jamás han leído en su vida un puto tebeo tildan al Capitán América de "facha" por llevar los colores de su país en el uniforme. Yo lo veo más bien como un idealista y como alguien que persigue el sueño de alcanzar la libertad. No veréis JAMÁS comentarios racistas por su parte, ni homófobos, ni una mentalidad ultraconservadora. Pero en este país somos así de gilipollas, y parece ser que en el momento en que alguien le gusta su propio país (aunque, de un modo incomprensiblemente, luego alabe otros por la santa cara) ya tiene que ser un supresor de libertades o un defensor del totalitarismo.
Por eso nosotros jamás hemos tenido héroes de la talla del bueno del Capi desde el Cid Campeador. Sus propios compatriotas se habrían meado sobre él antes de que abriese la boca.


Pero no todo es jauja, creedme. La revolución y la desobediencia social son cosas que en cierto sentido no están mal, pero tenemos que contar con el factor desgaste. Con el factor corrupción de una idea (hasta las buenas ideas se corrompen, no os creáis. Por ser buena, además, suelen hacerlo de un modo mucho más dramático que las malas, que por lo general nos importa una mierda cuando se van a tomar por culo) En la manifestación de ayer, iba yo con unos amigos. Nada más llegar, vi algunas pancartas que ya empezaban ya a alejarse ligeramente de la idea de descontento social con el sistema político que tenemos: banderas del movimiento okupa (en el que yo no entro ni salgo, pero DUDO seriamente que sea un tema que tenga algo que ver con pedir una democracia en condiciones), grupos republicanos (no creo en la República, lo he dicho muchas veces, pero la respeto; lo que no entenderé JAMÁS es por qué coño tiene que asociarse República a la democracia como su mayor exponente, viendo que media Latinoamérica, Estados Unidos, Italia o Francia son repúblicas y en caso alguno representan el ideal de una democracia en condiciones. Más bien, representan su reverso tenebroso platoniano, la oligarquía. Del mismo modo que una monarquía no es necesariamente mejor, puesto que puede desembocar en una tiranía y una democracia desemboca en una demagogia, que es lo que tenemos por aquí) y gente todavía más radical.


Aquí, Platón. Un misógino de la hostia que sostenía que las mujeres no merecían el derecho a la educación. Pero eso no significaba que estuviese equivocado en todo. También pensaba que prácticamente todo sistema político (monarquía, república y democracia) se puede corromper (tiranía, oligarquía y demagogia), con lo cual podríamos entender que no existe un sistema mejor que otro. Es, pues, cosa de la raza humana corromperlo y convertirlo en una mierda... o bien aprender a conservarlo de modo responsable por el bien de ésta.


Y es que esto se ha convertido en una guerra de desgaste. Uno de los amigos que venía conmigo lo dijo con una metáfora, que me permito reproducir aquí: "Cuando la carne cede, queda siempre el hueso, que es lo más duro de roer". Son muchos días y la gente en España jamás ha destacado por su paciencia a la hora de conseguir algo: se tiene que revolucionar un país y se tienen que conseguir cosas en dos semanas. Tiene que haber habido un cambio radical en las elecciones, con sólo dos semanas de protestas. Y si no, como decían Bud Spencer y Terence Hill, nos enfadamos. Ya nos ponemos en plan "lo odio todo" y le damos la razón a los de arriba. Eso no puede ser.

Aquí tenemos dos opciones, tal y como yo lo veo: mantener el espíritu pacifista e ir TODOS A UNA en la medida de lo posible (difícil, pero hay que intentarlo) o iniciar la guerra abierta. Liarnos a hostias y manchar las calles con nuestra sangre. Que el mundo entero vea que nos muelen a palos para que la Comunidad Internacional se eche encima de Gobierno y Oposición y les cante las cuarenta de una puta vez. Podemos ser como la India, o podemos ser como Grecia. Pero no podemos quedarnos en las medias tintas, porque eso se convertirá en la corrupción de la idea. Se formarán dos grupos (los radicales y los pacíficos) que se irán distanciando unos de otros. Divide y vencerás. Los segundos se desvincularán de los primeros y el movimiento perderá fuerza. Perderá, incluso, el norte, y se reducirá al típico puñado de punks que lanzan ladrillos contra los Cortingleses porque les toca los cojones que haya franquicias en su ciudad.


Lo diré muy clarito. La idea del 15-M me gusta, pero en el momento en que el primer gilipollas se dedique a saquear una tienda, me importará tres leches que ese tío en concreto no tenga nada que ver con el ideal. Yo retiro mi apoyo al movimiento, pues fue concebido como un movimiento pacífico y no me siento identificado con los payasos que aprovechan un acto de masas para comportarse como putos vikingos.

Ante eso, lo que hago es lo de siempre: pensar en quién se beneficia de todo esto. El Gobierno regente (como suelo decir, da igual cuál) no tendrá de qué preocuparse. Ante manifestantes violentos que saquean, la fuerza bruta queda claramente justificada y se reprenderá a hostias a los cuatro cafres que queden sueltos. Pero lo peor es el efecto a medio plazo de esto: no hablo de romper un par de huesos, que al fin y al cabo, se sueldan. Al suceder esta clase de cosas, la idea se corrompe y muere. Una idea no es nada si no hay nadie que la impulse. Imaginad que en las próximas elecciones se comenta "oye, vamos a hacer lo que hicimos el año pasad". La respuesta más obvia sería "¿Para qué? Si no sirvió para nada".

Con frases así, TODOS nosotros nos convertimos en responsables de lo que está pasando. Ya, no por ser como dicen los de Neox, o como dice la banca, o los políticos. Nos convertimos en responsables al abandonar el espíritu de crítica, la voluntad de lucha y el deseo de querer mejorar nuestro país. Eso, señores de Arriba, no nos convierte en antiespañoles. Querer mejorar tu país es lo más patriota que existe. No seríamos "rojos" (palabra que detesto, junto con "facha", que demuestran un anacronismo mental de tres pares de cojones, más aún en gente joven nacida y criada en plena democracia y escuchando al puto Kurt Cobain), puesto que en los estados comunistas la gente no se hace preguntas. Vive según el Estado, produciendo para el Estado y trabajando para el Estado, como engranajes de una maquinaria. Pensad en la antigua URSS, en China o Corea del Norte. ESO es comunismo. Lo demás, para mí, son pajotes mentales.


Que oye, que si a vosotros os gusta vivir así, me parece guai... pero conmigo no contéis.

En el momento en que agachamos la cabeza y aceptamos lo que nos echen, nos convertimos en marionetas y muñequitos. Me suda el cirulo que algunos de vosotros forméis parte de sindicatos, grupos políticos de izquierda o derecha o que seais del colectivo más minúsculo que ha parido madre. En el momento en que alguien (incluso yo, que de esto tampoco me libro) os diga lo que tenéis que pensar, en el momento en que alguien mine vuestro propio criterio, podeis ir a alistaros con todos los gilipollas que están contribuyendo a destruir este país poco a poco. Luego, típico espíritu español, lo más cómodo será echarle la culpa a los republicanos, a los monárquicos, a los fascistas, a los comunistas, a los perroflautas, a los peperos, a los sociatas, a los EMOS, a los frikis o a los fans de Camela. Qué fácil es echarle la mierda encima a otro y qué complicado es asumir la propia responsabilidad. Qué bonito es lo que pensamos nosotros y qué bien suena dentro de nuestras cabezas, pero qué jodido es aceptar que alguien puede pensar diferente (y, oh, terror y pánico, que tenga una idea mejor que la nuestra).


Aquí, un experto en llevarse las culpas de todo. Porque está (oficialmente) muerto, si no que seguro que algún gilipollas dice que él está detrás de lo mal que nos va...


Al respecto de todo esto tengo una metáfora visual... sobre lo que está sucediendo en este país y sobre la mentalidad del Españolito Zombi de a pie. El otro día estuve hablando con una amiga sobre cine y ésta me habló de una peli que le resultó particularmente asquerosa. Se llama El Ciempiés Humano, no sé si la habeis visto (yo no, me quedé en unas cuantas fotos y en algunos resúmenes y críticas más o menos detalladas). Va sobre un fulano que hace experimentos quirúrgicos con gente para convertirlas en una mascota: el tío tenía que estar la hostia de aburrido, porque lo que hacía era unir a varias personas en una especie de trenecito (o ciempiés), fusionando el colon de uno a la boca de otro. Como veis, cine familiar y agradable.


Aquí, el plano general.



Y aquí, el plano específico. Espero que no estéis comiendo mientras leeis este post.

Pero pensad en la pobre chavala a la que le toca estar en medio: una tía que se alimenta de la mierda que come el tío que va justo antes que ella, y que a su vez tiene a otra tia pegada al culo. Tiene que seguir los movimientos del tío que tiene justo delante y está al mismo tiempo presionada por los movimientos de la tía que tiene detrás.
Gente que come mierda.
Gente que obviamente no puede hablar.
Gente que obedece órdenes como una mascota.
Gente que sólo se puede mover si se mueven los que tiene alrededor.

Asqueroso, ¿verdad? Pues se acerca bastante al asco que siento al ver lo que están haciendo con mi país.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 5




Sara sueña.
Es uno de esos sueños imprecisos, de los que se tienen cuando no conseguimos dormir bien. Las impresiones están insertas con fragilidad en nuestras mentes, y la mayor parte de lo que percibimos es tan difuso que, al despertar, de ellos solo quedan fragmentos abstractos. Sin imágenes, apenas un sonido. Prácticamente nada.
A su alrededor, las sombras se extienden como manchas de tinta. Oye una voz sin voz, que no hace otra cosa que llamarla insistentemente. Aun sin poder ver, le resulta imposible desoírla. Hay algo hipnótico en ella. Camina a tientas en la oscuridad, con una sensación que no se siente capaz de describir. Ni siquiera está segura de si es algo bueno o malo.
Avanza y avanza, hasta que por fin llega a su objetivo. Su cerebro es incapaz de procesar la información completa. Hay sentidos que parecen apagados o entumecidos. solo el tacto parece algo fiable. Y es el de algo reseco y escamoso.
Un momento.
Algo repele a la joven. En la atemporalidad del sueño, no sabría decir cuánto, pero le parece que pasa una eternidad hasta que consigue darse cuenta.
Sea lo que sea lo que haya tocado, está vivo.

Eran cerca de las nueve y media de la mañana y Victoria ya se encontraba en pie, tomando una ducha. Aquella mañana no le tocaba trabajar. Ventajas de tener las horas laborales concentradas en días concretos de la semana. Debía estar cansada, pero no era así. Se había ido a la cama pronto y, pese a haber pasado dos días prácticamente sin haber dormido, había logrado coger el sueño y descansar de golpe. Gracias a Dios.
Tal vez la razón de aquella mejoría se había debido a que, por primera vez en esos dos días, habían logrado conseguir un par de datos sobre lo que podía estar pasando. De acuerdo, no era nada excesivamente sólido, pero ya había algo: un hilo, o mejor dicho, una finísima hebra de la que tirar. Eso era mejor que ninguna otra cosa. Aquel hecho era, con toda seguridad, el principal sospechoso de haberle dado fuerzas: la sensación de incertidumbre era mucho más vana que la noche anterior. En resumen, se sentía esperanzada.
Aun así, había que ser realista; todavía había mucho trabajo por hacer, y no se podían echar las campanas al vuelo. Había que considerar la posibilidad de que esa pista fuese en una dirección equivocada que, tarde o temprano, podría llevarlas a un callejón sin salida. Pero al menos, ya se sentía picada de nuevo por el gusanillo de la investigación. Alguna Musa la había inspirado para pensar en un par de ideas al respecto. No era la Salvación ni la Panacea Universal, pero servía para motivarla. Tener la moral alta era importante.

Con la cabeza cargada de pensamientos algo más positivos que los que había tenido durante los días anteriores, Victoria salió de la ducha. Sentía que pesaba menos. La suavidad nerviosa que se siente bajo la piel al estar en un estado de relajación la acompañaba. Su respiración era más lenta y pausada. El dolor en la boca del estómago a causa de los nervios no había desaparecido del todo, pero había remitido bastante. Buenas señales.
Se ató una toalla a la cabeza y se puso el albornoz. Abrió la ventana del baño para ventilarlo de la humedad que el agua caliente había dejado en el aire. Mientras se secaba la cabeza, el vaho del espejo se iba retirando, dibujando su rostro reflejado en el cristal. Como de costumbre, aunque sin reparar en ello, la chica observaba su propia imagen.

Era joven; no había cumplido los veinticuatro siquiera. Según su hermano y su mejor amiga era guapa; según ella misma, una chica de aspecto normal. Poseía los rasgos típicos que caracterizaban a las mujeres del sur: pelo negro, ojos castaños, y con un tono de piel bronceado. No demasiado alta, ni tampoco demasiado delgada. Físicamente, Victoria no consideraba tener nada que la hiciese demasiado especial… a excepción de las cicatrices que le rodeaban las muñecas.
Antes de tener por costumbre ponerse muñequeras o brazaletes, de los que tenía en la actualidad una colección muy extensa, la gente solía pensar que había intentado quitarse la vida. Por algún motivo bastante morboso, este es el pensamiento más evidente cuando se ve una chica con dos espantosos cortes en semejante parte… pero en este caso, errónea. La idea del suicidio nunca se había acercado a la cabeza de Victoria ni por asomo. El origen de aquellas marcas era bien distinto. Cuando ella tenía tres años, sus padres murieron en un accidente de coche. La niña quedó huérfana y fue a vivir con su tutor legal, el hermano de su madre. Éste había trabajado hasta hacía algún tiempo en una fábrica, pero a partir de que ésta cerrase, el tío de Victoria había desembocado en una caída en picado producida por el alcohol que prácticamente había destruido su personalidad. De este modo, incapaz de hacerse cargo de la niña y con la mente completamente amargada y enturbiada por la bebida, acabó por encerrarla en el sótano de su casa y, para evitar que escapase, la ató por las muñecas con unas cadenas. Era de ahí, pues, de donde venían aquellas terribles marcas.

Casos así se ven con cierta frecuencia en las noticias. Todos hemos oído hablar alguna vez de esos Monstruos que se esconden bajo la fachada de amables vecinos, de agradables señores que encontramos en la cola del supermercado o en el autobús. Lobos con piel de cordero que abusan de los más débiles: sus esposas, sus propios hijos, hijas, desconocidos...
La pequeña Victoria fue una de esas víctimas, aunque su caso no salió por televisión ni hubo una gran cobertura mediática. Sucedió en una época diferente, donde el impacto de esas cosas trascendía muchísimo menos. La prensa, por aquel entonces, era menos sensacionalista. No obstante, de haber habido recortes de prensa, ella no los habría leído. No le apetecía revolcarse en aquella mierda.
Pese a todo esto, la mujer que era ahora tenía que admitir, llena de furia, que hasta tuvo suerte. Su tío no la forzó ni la sometió a abusos ni vejaciones como las que pueden leerse en centenares de casos similares. Encima tenía que dar las gracias al hijo de puta aquel que la había matado de hambre en un sótano lleno de mugre.
Por eso no le gustaba darle vueltas al asunto. Se le revolvían las tripas al pensar que había más como él en el mundo. Que día a día hay también muchas otras Victorias, encerradas en sótanos, que sufren lo mismo y mil cosas más. Y que no todas salen tan bien paradas, puesto que esa pesadilla que vivió solo duró unos meses; pasado este tiempo, los Servicios Sociales vieron el estado de la pobre niña. El muy bastardo de su tío ni siquiera se molestó en disimular. Simplemente le importaba un carajo. Con presteza, fue puesto a disposición judicial. Acabarían condenándole e iría a prisión. Por una vez, se hizo justicia.
En cuanto a ella, lógicamente, se la llevaron de allí. La pobre criatura apenas recordaría nada de lo que le había pasado, lo que vendría a ser una especie de bendición para ella. Los Servicios Sociales hicieron una rápida investigación en busca de algún otro familiar, pero no lo encontraron. Por eso, acabó ingresando en un orfanato. Ahí fue donde conocería a Álex, al que protegería y querría como su hermano.

Una vez seca, se puso unas braguitas, salió del baño y se fue a su cuarto a vestirse. Un chándal viejo para estar por casa y unas zapatillas. Al calzarse éstas últimas, se sentó en la cama. Ahí, estiró un poco la espalda para comprobar que el dolor de cuello, así como la jaqueca habían desaparecido por completo. Parecía que la cura de sueño no solo había mejorado su actitud, sino también le había aliviado el malestar.
Pero no era su actitud la que tenía mucho que mejorar; Victoria siempre había procurado mostrarse optimista ante las adversidades o, al menos, en la medida de lo coherente. Ella era de la clase de gente que, habiendo solo una posibilidad de solucionar algo, se aferraba a esa posibilidad, ya que era mejor que no tener ninguna.
El problema estaba en darle esperanzas a Sara. La noche anterior estaba destrozada, y con motivo. La última vez que había visto al chico del que estaba enamorada, era algo muy diferente. Además, a diferencia de su abuelo o de ella misma, su amiga no tenía ni la menor idea de ocultismo, ni conocía del todo las circunstancias que rodeaban a su novio; era algo que le aterraba y de lo que prefería saber lo menos posible. A ella lo que le importaba era Álex, y nada más. Sin embargo, ante una crisis de una naturaleza como aquella a la que se enfrentaban, no solo no tenía demasiada idea sobre las posibilidades que tenía de recuperarle, como Victoria: el miedo a lo desconocido, además, aumentaba su desesperación.
Ella, lejos de juzgarla, entendía todo esto. Ambas eran amigas desde que empezaron estudiando Psicología en la facultad y la quería con locura. La mitad de las veces ni siquiera tenían que hablar entre ellas para entenderse: una mirada y estaba todo dicho. Y, en aquellos momentos, era más o menos igual. solo necesitaba verla a los ojos para saber que no había mucho que pudiese decirle.
Era frustrante. Ya era bastante malo no dar con la clave que pudiera salvar a su hermano. Su mejor amiga estaba hecha polvo y ella no sabía qué hacer para que se sintiese mejor. Victoria seguía en blanco todavía, sin encontrar las palabras que la reconfortaran.

Después de haberse vestido, se dirigió a la habitación de Susana. Ésta se encontraba fuera de la ciudad, en una feria inmobiliaria, representando a la empresa para la que trabajaba. Sin embargo, la cama de su compañera de piso estaba igualmente ocupada. Se sentó en un costado y, con mucho cariño, tocó la cara de su ocupante, que seguía dormida. Una muchacha con el cabello del color del trigo y piel pálida como el marfil, ataviada con una camiseta del Pato Lucas que ella le había prestado para dormir. Tenía los párpados ligeramente enrojecidos; se había pasado llorando gran parte de la noche. A Victoria le partía el alma ver como su mejor amiga, por lo general alegre y llena de vida, estaba tan abatida.

- Ummm- dijo Sara al despertar, con los ojos aún cerrados- ¿qué hora es?
- Las... diez menos cuarto- respondió, consultando el reloj del despertador de Susana, que estaba sobre la mesita de noche-. Te he dado unos quince minutos de cancha.
- Sí… vale- lentamente, Sara se incorporó y se frotó un poco los ojos. Finalmente, los abrió del todo. Eran almendrados, de color verde oliva, muy brillantes y expresivos. Al verlos, podría incluso pensarse que había algo felino en ellos. Ahora, sin embargo, eran tristes y tenían un destello acuoso.

La noche anterior, Victoria se había ofrecido a llevarla a ella y a su abuelo a casa en lugar de que éstos cogieran un taxi. A Sara no le gustaba mucho conducir; de hecho, ni siquiera se había presentado al examen de conducir, por lo que llevarla y traerla formaba ya parte de lo habitual. Fue al llegar allí cuando se le ocurrió que lo mejor sería que se quedase a dormir en su piso. La conocía bien y sabía que, si pasaban juntas y a solas algunas horas, podría hablar con ella tranquilamente y tranquilizarla un poco. No sería fácil, desde luego, pero además de optimista, Victoria era una persona bastante tenaz. De este modo, ayudaron a Marcos a acostarse en la cama y volvieron para pasar la noche bajo el mismo techo. A la mañana siguiente, se levantarían temprano para levantarle de la cama y sin problemas.

- Te preguntaría cómo estás- dijo, mientras tocaba las mejillas de su amiga-, pero ya me sé la respuesta.
Sara esbozó una sonrisa lúgubre que denotaba agradecimiento, más que cualquier otra cosa.
- No dejo de darle vueltas a eso. Al odio que me tenía cuando me miró.
La abrazó y le dio un beso en la frente, como hiciera la noche anterior, junto a la ventana del salón. Su amiga lo recibió con afecto. Más que cualquier otra cosa en el mundo, deseaba calor humano.
- Vente, vamos a hacer el desayuno. No pienso obligarte; si tú quieres, me vas a contar lo que pasó y te vas a desahogar. Si no, no pasa nada... pero creo que te vendría bien.
- ¿Vas a ejercer de psicóloga conmigo, Victoria?
- No. Voy a ejercer de tu mejor amiga. Lo siento, Sarita, pero de mí no te vas a librar tan fácilmente.
- No tengo alternativa, ¿verdad?
- No. Ninguna.

Sara no respondió de inmediato. Primero miró hacia un lado, luego hacia otro… y al final, reconoció que Victoria tenía toda la razón del mundo. De haberse dado circunstancias diferentes, ella y cualquier otra se habría quejado de estar sola cuando todo se iba a hacer puñetas. Sin embargo, no así: Sara no estaba sola. Allí estaba su mejor amiga para ayudarla a salir del hoyo, por profundo que éste fuese. Y ella la necesitaba.

- ¡Venga, Sara, vamos a comer algo!

Aunque los padres adoptivos de Victoria eran gente acomodada, ésta había prefirió independizarse cuanto antes. No era tanto una cuestión de orgullo como el deseo de valerse por sí misma. De demostrarse que, pese a ser muy jovencita, podía ser lo bastante responsable como para tener su propia vida sin depender de nadie. Pensamiento de alguien que ya ha perdido una familia y a quien le gusta estar preparada para cualquier eventualidad. Por eso, desde que consiguió aquel empleo en el Ministerio como psicóloga de plantilla, decidió que ya era el momento de abandonar el nido. El resultado era aquel piso junto a Susana. Posiblemente no era el mejor sitio del mundo, pero a ella le hacía feliz.
La cocina era bastante vieja y no muy grande; los muebles, que antaño debían haber sido blancos y ahora tenían un color cremoso e indefinido, hacían juego. Sin embargo, los turnos de limpieza junto con Susana (y alguna que otra discusión provocada a causa de ellos), habían conseguido que por lo menos estuviese limpia.
La hornilla era prácticamente prehistórica, de las últimas de gas, de modo que para calentar la leche, Victoria la encendió con un mechero eléctrico y cogió un cazo donde la vertió. Podía haber usado un microondas, pero no terminaba de fiarse; últimamente hacía un ruido raro y, de no encontrarse en la situación en la que estaban, habría esperado a que Álex se pasase por allí para echarle una mirada y que le dijese qué le pasaba. Esas cosas se le daban muy bien.
Pobrecillo, ¿dónde estará ahora?

- Hay galletas en ese mueble de ahí- le dijo a su amiga, que estaba plantada de pie allí en medio con la cabeza un poco en otro lado-, ¿te importaría cogerlas, tú que estás más cerca?. Victoria sabía que si la mantenía más o menos ocupada, lo tendría algo más fácil. Lo importante era no darle tiempo a rumiar para que no se viniese abajo. Tenía que conseguir que su mente divagase lo menos posible.

Poco después, durante el desayuno, Sara comenzó a hablar. Para su sorpresa, no necesitó presionarla demasiado. Las palabras fueron fluyendo de modo natural, contando con algo más de detalle lo que había visto, y cómo se sentía en mitad de aquella historia. Más o menos lo que ya se esperaba; lo importante era que lo estaba soltando.
Estaba aterrorizada. Desde niña, las cosas paranormales ya le daban miedo… pese a que su abuelo era ocultista y vivía con él desde hacía años. Pero nunca llegó a acostumbrarse a esas cosas; sencillamente, consideraba que no estaba hecha para eso.
Y luego estaba lo de Álex. Sabía que éste era... especial, lo que en cierto momento casi les cuesta la relación. Aquella vez en concreto, al menos, Sara supo mantener la cabeza bien fría y puso en una balanza lo que le daba miedo y lo que le importaba. Y Álex le importaba demasiado como para perderle.
Lo que estaba viviendo ahora era muy diferente. Por supuesto, sabía que él no tenía culpa y que las cosas habían sucedido así de modo accidental, que ella supiese. Eso, sin embargo, no dejaba de atormentarla. Después de todo, ella era una chica normal que había vivido una vida sencilla, con los problemas que podía tener una persona corriente. Y de pronto, de la noche a la mañana, todo se iba a la mierda. Lo peor de todo era que se sentía completamente inútil, ya que lo que estaba pasando la desbordaba; ni siquiera sabía si Álex seguía vivo. Todo eso la estaba matando por dentro.

- En otra ocasión- respondió Victoria con dulzura, rezando porque las palabras que empezaban a formársele en la cabeza no sonasen burdas y vacías- te diría que no sé lo que sientes… pero a mí me pasa algo parecido. Al fin y al cabo, Álex para mí es como mi hermano. Nos hemos criado juntos durante muchos años, ya lo sabes... la idea de perderle a mí también me resulta insoportable. Créeme cuando te digo que entiendo mejor que nadie.
- ¿Y de dónde sacas las fuerzas? Porque te aseguro que a mí ya no me quedan.
- Bueno, yo tampoco estoy hecha de piedra... pero lo que me contó tu abuelo anoche me ha dado un par de ideas.
- ¿Ah, sí?
- Bueno, no es que sean pistas reveladoras... pero he estado pensando en los datos que tenemos y se me han ocurrido algunas cosillas. Si tenemos mucha suerte, puede que nos lleven a algo... pero Sara- la tomó por las manos y la miró a los ojos con seriedad-, antes de ponernos a trabajar, no quiero prometerte nada, ¿vale?
Sara trató de esbozar una sonrisa.
- No te preocupes.
Mírala. Se ha pasado prácticamente todo el fin de semana con su abuelo registrando bibliotecas de arriba abajo y todavía se cree que no está haciendo nada útil.
- Me vas a echar una mano, ¿verdad?
Su amiga la miró fijamente, con aquellos brillantes ojos verdes abiertos de par en par. A juzgar por la expresión de su rostro, parecía que le había pedido realizar una operación a corazón abierto.
- ¿Yo?
- Sara, yo no puedo hacer esto sola. Y no conozco una investigadora de campo con la que trabaje más a gusto que contigo.
- Pero yo no sé nada de ocultismo, ya lo sabes; yo solo me he limitado a apuntar referencias y a buscar en los sitios donde me decía mi abuelo- se detuvo un rato, pensativa. Cambió de expresión una o dos veces, como celebrando un acalorado debate en su fuero interno-… pero quiero ayudar. ¿Qué quieres que haga exactamente?
- Lo que has estado haciendo hasta ahora. Siempre se te ha dado bastante bien investigar; buscar libros; anotar referencias, esas cosas. En la facultad trabajábamos bien juntas, ¿te acuerdas?
Sara dibujó una sonrisa abierta y sincera por primera vez en días. El hecho de recordar días mejores, cuando las cosas eran mucho más sencillas, cuando la mayor complicación era aprobar un examen, parecía tener un buen efecto en ella.
- Sí... vale. Tú dime entonces lo que tengo que hacer y me pongo manos a la obra. ¿Cuál es el plan?
- De momento, el plan será terminar de desayunar y sacar a tu abuelo de la cama. Luego, consultamos el catálogo de la Universidad en el ordenador; tiramos para la biblioteca que nos diga y allí nos metemos en búsqueda y captura de libros, ¿qué te parece?
Ya lo sé, Sara. Sé que piensas que es un plan de mierda. Pero no se me ocurre nada mejor. Yo también tengo miedo; yo también estoy agotada. Yo tampoco tengo ni puñetera idea de lo que hacer para encontrar a mi hermano.
- Bueno, no suena del todo mal- su voz denotaba que no estaba del todo convencida, pero también era patente el hecho de que ni quería mostrarse excesivamente pesimista ni que, por supuesto, quería ofender-. Por lo menos es algo por donde empezar.
- Pues nada. Terminamos de desayunar, vamos para tu casa y a ver qué encontramos.

Ninguna de las dos quería decir abiertamente que en realidad aquello era un plan penoso. Pero, por mucho que lo fuera, tenía un lado positivo, al que se aferraban como un clavo ardiendo: serviría para mantenerlas ocupadas. Evitaría que se quedasen apáticas y muertas de miedo en un rincón, como los conejillos de indias de los laboratorios. Victoria y Sara, como cualquier persona con dos dedos de frente envuelta en algo así, estaban muy asustadas. Sabían que no se enfrentaban a algo natural y que ese algo era además muy peligroso. Sabían además que la vida de su hermano, de su novio, muy probablemente estaba en juego, siendo optimistas. Un error y quizás esa cosa podría matarle. Pero, pese al miedo que tenían, no eran la clase de personas que se quedan en casa a lloriquear y morderse las uñas cuando todo empieza a salirse de madre. A pesar de la locura en que sus vidas se habían convertido en apenas un par de días, ahora contaban con una mínima esperanza. Y, quién sabía: si tenían suerte... si tenían mucha, mucha suerte, tal vez esa esperanza estuviese fundada. Tal vez estuviesen en la línea de investigación correcta y pudiesen encontrar algo que ayudase al pobre Álex.

©Javier Durán Valdeiglesias, 2008