miércoles, 18 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 4




Con una punzada de dolor que le sacudía las entrañas, Álex se sintió violentamente empujado a la consciencia. Involuntariamente, su físico respondió con un gemido.
¿Qué ha pasado?
Todo a su alrededor le parecía abstracto, irreal. Incluso deforme. Una brisa racheada le acariciaba la cara, como intentando que se sintiese mejor pese al hecho de sentir que las tripas le iban a reventar de un momento a otro.
En el interior de su cabeza, ruido blanco. Su mente era una radio sin sintonizar. No entendía nada. No recordaba nada: ni lo que había estado haciendo, ni qué día era. Lo que había sido de Álex últimamente permanecía borrado de su memoria. A todos los efectos, esa parte de su vida era una tabula rasa. La sensación era abrumadora y angustiosa.
Por fin, abrió los ojos. La información del exterior llegaba a ellos con extraña lentitud, y sin demasiado efecto: veía perfectamente, pero lo que veía no le decía gran cosa. Se encontraba tirado en posición fetal sobre un suelo de piedra de color cremoso. Tenía los miembros entumecidos, lo que le hizo preguntarse cuánto tiempo llevaba ahí.
Intentó incorporarse. Su cuerpo le pareció tan pesado que si alguien le hubiese demostrado que estaba forrado de hormigón armado, no habría tenido problema alguno para creerlo. Fue al llevar a cabo esta operación cuando se dio cuenta del lugar en el que se encontraba: estaba en una cornisa considerablemente estrecha, a varios metros de altura. No habría esperado algo así en la vida. La sorpresa le hizo trastabillar pero, de algún modo, sus reflejos reaccionaron con presteza y pudo agarrarse para mantener una posición segura. Sobreponerse a la impresión fue algo que requirió un buen rato. Más tardó aun en ponerse en pie. Cuando finalmente lo consiguió, el cuerpo le temblaba y la cabeza le daba vueltas, pero se sentía ligeramente mejor, gracias a la brisa que le seguía acariciando el rostro.

Echó un vistazo en todas direcciones, con la firme intención de arañar algún indicio que le indicase qué había pasado. Por qué estaba allí. Cualquier cosa que le avivase los recuerdos le vendría bien. Los edificios de alrededor le decían que se encontraba, sin lugar a dudas, en el centro de la ciudad. La torre de la Catedral era inconfundible entre los viejos edificios que rodeaban aquel tejado. Más al fondo podía ver el monte que coronaba la ciudad, con el castillo emplazado en su cima. A sus pies, la minúscula plaza que se abría y el laberinto de callejuelas peatonales que se ramificaban más allá de la verja que la cercaba le daban pistas para concretar su posición exacta. Se encontraba sobre el tejado de una de las iglesias del casco antiguo, no cabía duda. Si la memoria no le fallaba, a pocos metros de allí debía encontrarse el antiguo palacio en restauración que debía albergar un museo en breve.
Saber dónde estaba, decidió, era ligeramente alentador, pero seguía sin tener ni idea de lo que estaba haciendo allí arriba. Y seguía sin poder recordar nada de lo sucedido en…
¿Qué día es hoy?
Miró al cielo, como si éste tuviese la respuesta a sus dudas aunque, obviamente, era una esperanza vana. La esfera celeste le devolvió la mirada sin expresión alguna.
El mareo no había remitido. No llegaba a tener náuseas; era una sensación extraña, de estómago pesado y reseco, como haberse tragado un ovillo de lana. La cabeza le daba vueltas. Tomando la misma dosis de precaución que cuando se hubo levantado, intentó caminar a lo largo de la cornisa para buscar un modo de bajar de allí, pero todavía seguía muy débil. Su cuerpo se rindió tras apenas un par de metros de exploración. El temblor en las piernas le llevó a tambalearse, para caer de boca sobre la piedra. Tuvo suerte de no haber caído al vacío. Los más de veinte metros que calculaba que debía haber desde aquella cornisa hasta el suelo parecían demasiado para él.
Arrodillado en el suelo, tomó aire para tratar de relajarse; al hacerlo, prestó atención por primera vez a sus manos y se dio cuenta de la razón de su falta de equilibrio: las que tenía ante sí no eran las suyas, sino dos enormes zarpas difusas, dos gigantescas sombras que se apoyaban en la piedra.
Mierda. Igual que cuando la inundación.
Del mismo modo que sucediera aquella vez, unos meses atrás, seguía sin recordar nada, pero imágenes abstractas y subliminales empezaban a formarse en la parte trasera de su mente. No sabía lo que eran con mucha seguridad, pero su subconsciente albergaba la seguridad de que no eran nada agradables.
Así que por fin ha pasado.
El brazo izquierdo le dolía, especialmente en la mano. Era una especie de calambre frío y agudo que se clavaba en nervios y huesos. Observando el dedo anular, comprobó con angustia que aquella cosa seguía soldada a la falange. Lo que sospechaba que debía ser la razón de todo aquello despedía un brillo escarlata, incandescente y cargado de matices. Había algo antinatural, casi inteligente, en aquel destello que se grababa en la retina y se clavaba en la mente como un clavo al rojo vivo. Desde la primera vez que lo vio, Álex nunca supo explicar qué era, pero le atraía tanto como le repelía. Producía escalofríos.
Evitando abandonarse a toda una marea de pensamientos de desesperación, intentó pensar de un modo práctico. Acostumbrarse al cambio físico que aquel estado le causaba. Cuando por fin consiguió acomodarse a su nuevo centro de gravedad, consideró el siguiente paso a seguir: buscar el modo de bajar de allí.
Fueron minutos enteros que se arrastraron, en vano, mientras Álex forzaba a su cerebro para que trabajase. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. No tenía ni la menor idea de lo que le había pasado, pero parecía haberle consumido casi todas sus fuerzas. Con gran pesar, se vio obligado a desistir en su búsqueda. Tan exhausto estaba que ni se molestó en dejarse atrapar por el miedo o la desesperación. En una situación como aquella, esos sentimientos trascendían y quedaban amortiguados por una sensación similar a tener el interior de la cabeza forrado de algodón.
Sara.
Victoria.
Pensó en ellas y se preguntó dónde estaban. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada? Mientras se hacía estas preguntas, el miedo se le clavó en el alma. Tal vez no se acordaba de lo que había sucedido, o tal vez, no se sentía capaz de aceptar la respuesta.
No.
Por favor, que no sea eso.
Con la mente castigada por el miedo y la desesperación, se apoyó en la pared de la cornisa y cerró los ojos, como si al hacerlo pudiese salir de aquella pesadilla en la que estaba atrapado. Se sentía perdido. Necesitaba abandonarse al sueño, aunque fuese por un instante.
Mientras Álex trataba de relajar su mente, dejó de ser consciente en su alrededor. Poco a poco, la cabeza se le iba. Ese nexo que todos tenemos con el mundo a nuestro alrededor se desvanecía como el vapor mientras su cuerpo se hundía. Las piedras de la iglesia, sólidas hacía un minuto, empezaban a parecer hechas de fango. Y luego, de agua.
Mientras el frío se apoderaba de él, Álex se sumergía en la oscuridad.

El Padre Peñas acababa de cerrar la capilla a los feligreses tras la última misa y, tras haberse cambiado de ropa, estaba barriendo un poco el polvo. No le importaba hacerlo en persona. De hecho, le relajaba y le hacía sentirse en contacto con tareas mundanas, más allá de las espirituales que su condición como sacerdote le imponía. El interior del templo se encontraba tan silencioso y recogido como siempre. Durante la misa no había sido muy diferente. Cada año que pasaba iba notando más y más la escasez de afluencia de feligreses. En la actualidad, ya solo quedaba un puñado de personas mayores y algún penitente suelto. Peñas era comprensivo. Podía entenderlo. Las noticias que venían llegando últimamente de la Iglesia no eran nada favorecedoras. No estaba de acuerdo con muchas de las cosas que decía la Santa Sede, pero se veía obligado a acatarlas. Así pasaba: la fe cristiana, lo que él consideraba el verdadero espíritu del catolicismo, se venía a pique poco a poco. Ya quedaban pocos fieles de verdad: básicamente la gente que provenía de otra generación. De otra época en la que las cosas se veían de maneras diferentes. solo esos creyentes, y los fanáticos. Los que aportaban dinero a raudales, pero de los que no se fiaba un pelo. No le gustaba la gente que basaba una creencia de amor en el odio a los que pensaban diferente. Pero la ironía era que su dinero si contribuía a que la gente necesitada pasase menos necesidades. Al menos, así era en la parroquia que él gestionaba.
Enfrascado estaba con estas divagaciones, cuando oyó los pasos a sus espaldas. Oscar, el monaguillo, se acercaba a él, ya vestido de calle y guiando su bicicleta con la mano. Al sacerdote que había en la parroquia antes de que él asumiera su gestión ese gesto le parecía una ofensa. Una falta de respeto a la Casa del Señor. Peñas pensaba que a Dios no le importaría que un chaval guardase la bici en la sacristía. Seguramente, tenía cosas mejores en que pensar y sería más difícil que algún desalmado le robase al chico el modo que tenía de volver a casa.

- Me voy ya, padre.
- Muy bien, Óscar; yo me quedaré aquí terminando de barrer un poco y me marcho luego.
- Nos vemos mañana, entonces.

Abrió la portezuela de madera y Óscar y su bici salieron por ella para desaparecer más allá de la verja exterior, dejando a Peñas solo entre la tranquilidad de las sombras del templo. Era una iglesia neo-gótica, construida allá por 1920. La única de ese estilo en la ciudad. Arquitectónica y estéticamente una maravilla. Incluso en la oscuridad de la noche recién caída y con las luces apagadas, se podía disfrutar de la luz que inundaba la nave central gracias al gran rosetón que presidía la fachada.
A Peñas le gustaba el arte. No era un experto, pero conocía la intención con la que esas cosas se hacían. Aquel diseño correspondía a una época en que la Iglesia consideró que el templo no debía ser un lugar oscuro y angosto, sino estilizado y lleno de luz. La Luz de Dios, que debía contagiarse en los fieles. Las pesadas piedras de antaño dieron lugar a ojivas y naves estilizadas. Las torres cuadradas, a agujas que se elevaban al mismísimo Cielo como dedos de piedra con la intención de tocarlo. Los ventanucos, a coloridas vidrieras de cristal. Ese tipo de arte, por supuesto, jamás se dio en la ciudad en un primer momento; hubo que esperar siglos, hasta que las antiguas corrientes artísticas volvieran a ponerse de moda. Y aun así, aquella iglesia seguía siendo especial. No había otra igual.
Tras aquellas reflexiones artísticas que solía hacer cada vez que se dedicaba a admirar el interior de la capilla, Peñas se acercó a la sacristía a coger sus cosas. Fue entonces cuando oyó un golpe sordo proveniente de una de las naves laterales. Si no tuviese sentido común, le habría parecido que alguien arrojaba un fardo pesado desde varios metros de altura.
No era la primera vez que algún vagabundo había intentado colársele en la parroquia. Lo que hacían normalmente era esconderse en algún confesionario durante la misa. Generalmente no suponían ningún peligro… la mayoría solo pedían un poco de comida, o dinero. Otros, solo un sitio caliente para resguardarse.
El sacerdote caminó en dirección al lugar donde había oído el ruido. Anduvo durante un rato, sin éxito. Pese a la luz del exterior que caía a través del rosetón, no se había fijado en la cantidad de sombras que albergaban las naves laterales. Era fácil esconderse allí.

Una voz emitió un gemido lastimero a pocos metros de él. Sonaba profunda, y algo le dijo que no precisamente debido al eco de la capilla. Aquel extraño efecto de sonido le heló la sangre, pero no dejó que eso le detuviese.
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.
La voz volvió a quejarse de nuevo, ahora con mayor claridad que antes. Aunque su timbre podía sonar aterrador, pudo comprobar que tenía un deje triste. Aquél que allí había ido a parar estaba sufriendo.

- ¿Quién anda ahí?
Como toda respuesta, un nuevo gemido.
- Ahhh...aaa...yuuu...da...- la voz, mucho más clara y definida ahora, era gutural y cavernosa. Escalofriante.
Aunque camine por el valle de las sombras, ningún mal temeré...”
- Sí, sí, te ayudaré… pero, ¿dónde estás? ¡No puedo verte!

Algo se movió justo a su izquierda. Oculta por las sombras proyectadas por la columna y la pared, se movió algo de enorme tamaño, como un bulto más oscuro que la oscuridad misma que se acurrucaba frente al sacerdote. Una sombra, en el estricto sentido de la palabra. Dibujaba la silueta de un hombre de excepcional altura, ancho de hombros y cubierto por un manto y una capucha. Al verlo, a Peñas le vino a la cabeza la imagen de un sudario, similar a las imágenes que había visto una y mil veces de los leprosos que acudían a Cristo. Pero, a diferencia de éstos, había algo sobrenatural en aquella figura envuelta en sombras. Bajo la capucha, brillaban dos ojos blancos, igual que los de un gato en mitad de la noche. Aunque sin pupilas, tenían una expresión de dolor y agonía. La prueba a la que Dios había sometido a aquella criatura, decidió Peñas, debía ser de las realmente difíciles.

- ¿Qué... qué puedo hacer por ti?
- Necesito... necesito un teléfono- la sombra vomitaba las palabras, más que pronunciarlas. No podía verlo desde allí, pero era muy probable que estuviese herido-. Tengo que saber si están bien...
- ¿Quiénes?

La sombra se apoyó contra la columna. Desde aquel ángulo, el sacerdote calculó que debía medir casi dos metros. Para tener un tamaño tan enorme, se encontraba realmente débil. Estaba temblando y apenas sí podía sostenerse en pie.

- Déjame que te ayude a levantarte, muchacho- dijo Peñas, pero cuando fue a acercarse a la criatura, hubo algo que le hizo pensarlo mejor. Bajo el manto negro, vislumbró el brillo de algo rojo e intenso. La figura se agarraba con fuerza lo que debía ser su brazo izquierdo; ese brillo se encontraba precisamente al final del brazo, aunque el manto ocultaba qué era aquello tan brillante. Algo en su interior le dijo que aquel brillo tenía algo maligno, aunque no supo explicarlo.
- No- la figura volvió a hablar. A medida que le oía más veces, podía advertir que su voz temblaba tanto como su cuerpo-… no recuerdo nada de lo que ha pasado en… no sé cuánto tiempo ¿Qué día es hoy, padre?
- ¿Hoy? Hoy es Lunes.
- ¿Lunes?

Mierda.
Aquella respuesta le sentó a Álex como una bofetada. Había perdido casi dos días de su vida. Lo que había estado haciendo, o dónde había estado, eran un misterio.
Así que por fin ha pasado. Ya he perdido la cabeza. ¿En qué me he convertido?

- Sí, pero... ¿Sabrías decirme qué es lo que te ha pasado?… ¿qué es lo último que recuerdas?
- Recuerdo…- cerró los ojos y los recuerdos por fin fluyeron. Imágenes fantasmagóricas, flashes relampagueantes, se le clavaron en el cráneo causándole dolor tras los globos oculares. Ideas abstractas sobre un duelo mental contra algo horrible le inundaron la memoria, reptando en ellos con viscosidad, como si fueran anguilas. Una sensación de horror le invadió. Minutos antes, le había angustiado la falta de memoria; ahora, estaba seguro de que era mejor no recordar- no, padre… no quiero hablar de eso. Por favor, busque un teléfono. Necesito ayuda.
Pequeño gilipollas. NADIE puede ayudarte.
- Claro- respondió el sacerdote-. Tengo mi teléfono en la sacristía. Dame un minuto y voy por...- de pronto, algo llamó la atención en el rabillo del ojo del sacerdote. A las espaldas de la sombra, a su izquierda, se levantaba la capilla lateral dedicada a Nuestro Señor del Sagrado Corazón. La imagen, iluminada por un reflector halógeno situado a los pies de ésta, representaba a un Jesús con una túnica abierta a la altura del pecho, mostrando un corazón rodeado por una corona de espinas. Lo que le llamó la atención de la talla fue que ésta estaba llorando: podía ver claramente el brillo de las lágrimas iluminado por el reflector. Pese a lo que obviamente catalogaba como “milagro”, el sacerdote no dejo de prestar atención a su extraño visitante, que había quedado en silencio, y ahora comenzaba a temblar.
Odio a los curas.
El dolor de estómago se hizo más intenso.
No. Déjale.
Algo se estaba revolviendo en su interior. Se debatía en su estómago. Se retorcía como una lombriz. Era un dolor insoportable.
Odio a los putos curas. Tú también los odias. Venga, vamos a cargárnoslo. Será divertido.
Su brazo ya no le pertenecía.
Curas de mierda. Malditos maricas follaniños. Y las monjas, ¿te acuerdas de ellas? Malditas monjas asquerosas. Zorras reprimidas. Vamos a matar a este hijoputa.
- Padre…
Y rajar y cortar, y rajar de nuevo...
- Dime, hijo mío.
...Vamos a hacer que llame a su Dios...
- Salga de aquí ahora mismo…
... Me encanta cuando suplican. Cuando lo hacen suena tan patético que dan ganas de seguir cortando.
- ¿Cómo dices?
... Y haré que a ti te encante. Igual que lo del Sábado. Tú y yo nos lo pasamos en grande, aunque no quieras reconocerlo.
- Que salga… no sé cuanto tiempo voy a poder contenerlo.
¿Contenerme? ¿A mí? ¿Estás de broma?
La risa en su interior era fría, cruel y cargada de maldad. Al oírla, el corazón de Álex se desbocó. Por debajo del manto de sombras que le cubría el rostro, se sintió palidecer. Un sudor frío le recorrió la espalda.
- ¿Contener? ¿Contener qué?
- ¡HE DICHO QUE SALGA DE AQUÍ, JODER!

Con un grito agónico, la figura cayó de bruces al suelo y, dando espasmos, empezó a debatirse sobre sí misma. El sacerdote, al ver aquello, echó a correr en dirección a la puerta más cercana: la de la nave principal. A su espalda, oía gruñidos, rugidos y toda clase de gritos humanos y no humanos. Finalmente, un alarido dio paso al más absoluto silencio.
Peñas había olvidado que, cuando Óscar se marchó, ya había cerrado la puerta. Ahora descubrió que tendría que rodear a su visitante, atravesar la capilla entera y llegar hasta la sacristía, donde se encontraba la otra puerta.
La sombra se levantó, poniéndose esta vez en pie. Sus movimientos ahora no denotaban debilidad: se movía grácilmente. Echó a caminar, despacio y despreocupadamente. Del interior de la capucha, bajo la cual no brillaban ojos ahora, emergió una risa burbujeante. Luego, un sonido silbante, como si se quejase de un escozor, y echó a reír otra vez.
A su paso, la capa negra se alzaba y se movía como si tuviese vida propia. A sus pies, las baldosas se ennegrecían.

El Padre Peñas, totalmente presa del pánico se maldecía a sí mismo por abandonar la Casa de Dios ante una criatura poseída por el Demonio… pero un terror irracional se había apoderado de él y se sentía incapaz de tomar la determinación de expulsar a aquel monstruo. En aquel momento, lo que estaba haciendo era intentar huir de allí.
Mientras buscaba las llaves del portón, notó como algo pesado y muy frío le aferraba el hombro. Aquel ser tenía una fuerza sobrehumana; con muy poco esfuerzo, le dio la vuelta y le lanzó al suelo. Se estrelló contra éste con tal violencia que no fue capaz de moverse.
Peñas tenía ante sí a un gigante embozado de negro, encapuchado y con el rostro completamente envuelto en sombras. Alzó su mano izquierda hacia él, y pudo ver por fin de dónde provenía aquel brillo rojizo. Casi hipnotizado por él, apenas percibió aquella garra, aferrarle por el pecho y levantarle en peso con pasmosa facilidad. Lo atrajo ante sí, quedando su rostro muy cerca del de la criatura. Del interior de la capucha emergió una voz, profunda, gutural, que helaba la sangre. Si los muertos tuviesen voz, ésta sería lo más parecido.

- Hola- fue todo cuanto le dijo. El tono sonaba sardónico, incluso festivo. Al sacerdote le pareció un anticipo de lo peor. 
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Estas fueron las últimas palabras que al padre Peñas le dio tiempo a formular en el interior de su cabeza. Mientras, su visitante, reía. El sonido era tan macabro que le recordó más a otro sonido que a una risa.
Le recordó al sonido que hacen los huesos al romperse.


©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

6 comentarios:

Voro Luzzy dijo...

El mejor capítulo hasta ahora. Técnicamente perfecto, sin fisuras ni de acción ni de estilo ni nada. Acojonante. Sin mas.

Raelana dijo...

Lleno de tensión y misterio. Te ha qedado realmente bien.

Gissel Escudero dijo...

¡UAU! Sí, estupendo, SIGUE SIGUE SIGUE SIGUE :-D

Rumbo a la Distopía dijo...

Gracias, chicos! Especialmente, gracias Raelana por el apunte acerca de la sintaxis! Además, en esa misma frase he encontrado un pequeño gazapo (al parecer no se ha dado cuenta nadie salvo yo, je je je) que ya está corregido! Me alegra mucho que os guste. Con este capítulo ya tenéis algunas pequeñas pistas (muy pocas, pero todo se andará) acerca de lo que está pasando en la ciudad. Sin embargo, todavía quedan muchas preguntas por hacerse... Seguiremos con ello en futuras entregas!

Voro Luzzy dijo...

Releyendo el capítulo me di cuenta de un pequeño gazapo. Aquí te falta un "El" al inicio de la frase :

Padre Peñas, totalmente presa del pánico...

Rumbo a la Distopía dijo...

Muchas gracias, Voro! Lo corrijo! :)