miércoles, 30 de octubre de 2013

Angst- Mirar al Abismo



Cada vez que termina una batalla, la sensación viene a ser más o menos la misma, metafóricamente hablando: ahí estás, empapado de sangre de arriba abajo, con heridas abiertas por todas partes. Los miembros te pesan y los sentidos te fallan. A tu alrededor, todo es confusión y caos. Y en tu interior, vacío. Un vacío que no eres capaz de entender, mucho menos de explicar.

Ese vacío, según algunos, es el precio de la victoria; para otros, no es más que el cansancio por haber participado en una contienda. Por mi parte, no sabría decirlo; he participado en mil y una contiendas desde hace ya casi veinte años. Prácticamente toda una vida plantando los pies en el suelo, alzando el escudo y esperando que las oleadas enemigas hagan su movimiento. Años levantando defensas y respondiendo con ataques tan feroces como los recibidos o incluso más. Cada batalla puede haber supuesto, en cierto sentido, una victoria, ya que al final el resultado es el esperado: tus enemigos, caídos o puestos en fuga, lejos de tu Universo Personal y de camino hacia las tierras del Olvido. Sin embargo, no es plenitud lo que sientes dentro del pecho, aunque tu cabeza te diga que has vencido.

Lo único que sientes es esa sensación de vacío que he mencionado arriba, amén de un tremendo cansancio. Cada golpe asestado, cada lanzada, espadazo, puñalada o golpe al rostro con el escudo no supone sino un fortísimo desgaste de energía. Cada vez que, por obligación o por autodefensa te sientes obligado a presentar batalla contra las fuerzas que se alinean en tu contra, tus fuerzas se drenan y se ven mermadas. Cada vez que peleas y repeles a tus oponentes, sientes que una parte de tu interior, de forma inevitable, muere. Pierdes una parte de ti mismo cuando te ves obligado a golpear a quien consideras que ha sobrepasado tus fronteras.
No puedes sentirte menos orgulloso cada vez que arreas una dentellada a la yugular. No te sientes un héroe, ¡que cojones, ni siquiera te sientes bien! Hacer este tipo de cosas duele una salvajada, pero sabes que tienes que hacerlo. Quizás es por eso por lo que este tipo de combates son los más duros y miserables que puedes librar. Sacan lo peor de ti y estás abocado a presentar batalla, te guste o no. Quieras o no.

Ya decía Nietzsche que tenemos que tener mucho cuidado a la hora de combatir con monstruos, ya que podemos convertirnos en monstruos nosotros mismos. El abismo, si lo miras el tiempo suficiente, puede devolverte la mirada. Y puede llegar el momento en que perdamos el norte y no seamos capaces de distinguirnos de aquellos a los que combatimos.
Ese es, quizás, el terror más grande que puede surgir cada vez que saltamos a la arena, dispuestos a defendernos de los ataques enemigos. Perder el norte y la conciencia de lo que estamos haciendo.
La línea que separa la defensa propia de la maldad condensada es fina, muy fina y, aunque siempre debemos estar dispuestos a defendernos, también tenemos que recordar que la maldad puede ser contagiosa. Los monstruos que nos atacan pueden contagiarnos de su veneno y acabar amargando nuestra existencia. No es tan complicado que, a raíz de ver constantemente toda esa ira, toda esa crueldad y todo ese despliegue de mentiras y murmuraciones, acabemos por ver un mundo enponzoñado, en el que es imposible fiarse de nadie. Donde hay insultos tras cada sonrisa e insinuaciones tras cada halago.
No es tan extraño; ya he conocido gente así a lo largo de varias décadas arrastrándome por este mundo. Gente que era incapaz de estar de broma con un amigo porque sus propios demonios les obligaban a pensar que estaban siendo blanco de humillaciones, algo bastante alejado de la realidad. Y esas inseguridades, creedme, no tardaban en generar conflictos. Conflictos que acababan pagándose con sangre.

Violencia, no necesariamente física, pero sí de otras formas:
Agresividad y odio por todas partes.


Recuerdo el caso de uno de ellos, hace ya... no sé, más de una década. Este tipo era uno de ellos; se permitía el lujo de bromear contigo de lo que fuese, cosa que no está mal si el que lo hace es un amigo. En el momento en que ya se metía en camisas de once varas, como el trato que tenías con tu pareja de aquel entonces, era  ya cuando tenías que trazar la línea y decirle que estaba hablando de una cosa que no era asunto suyo. Ahí era cuando el colega torcía el morro y empezaba a pensar que tenías algo en su contra.
Imaginad cómo se tomaba cuando bromeabas con él o le decías que no veías sentido a lo que estaba diciendo (esto era más frecuente de lo que nos hubiera gustado, ya que el tío tenía una visión tan personal del mundo que ni siquiera se molestaba en argumentarla. De eso al pensamiento mágico, creedme, había un paso): ahí saltaba la paranoia y el ego ofendido. De un simple "No, no lo veo" que podías decirle, la cosa derivaba en que el tío te llamase para quedar a solas al día siguiente y preguntarte si te pasaba algo con él.
En definitiva, chorradas.
Chorradas, sí, pero que te acababan quemando semana tras semana y mes tras mes, hasta el punto en que te empezaba a poner de mala leche. Te levantabas un día encabronado por las últimas estupideces de la jornada y al día siguiente te dabas cuenta de que te habías levantado de mala leche por inercia, sin un motivo claro por el que cabrearte. Así, día tras día.

Es entonces, cuando eres tú quien pierde el norte, cuando tienes que darte cuenta de que en algún momento tienes que parar. Mantener tu dignidad donde debe estar y no agachar la cabeza ante las tonterías de los demás, por supuesto... pero no ir más allá. Trazar la línea donde esa gente y toda la estirpe que los rodea puedan respirar, alimentarse y, si los dioses son propicios, hasta dejarlos que follen un rato a ver si dejan de amargarse, pero dejarlos ahí. Unos en un lado, otros en otro.
A menos, claro está, en que quieras convertirte en esa clase de criaturas.



Este tío del que hablo no fue ni el primero ni el único con el que tuve la desgracia de encontrarme a lo largo de mi vida, aunque sí tuvo la potra de machacarme en un momento en que me encontraba especialmente escaso de fuerzas. Me hizo falta una buena temporada para poder deshacerme de él, junto de toda la camarilla de lengüetones que le rodeaban, y algún tiempo más para limpiarme por dentro de todo ese veneno que me habían contagiado: mucho cinismo, muchas mentiras y, sobre todo, muchísimas puñaladas traperas por parte de gente a la que, muy poco tiempo atrás, se les había llenado la boca hablando de lo importante que era la amistad y otras patrañas que solo vociferan los hipócritas.
Fue una temporada dura, en la que prácticamente tuve que reinventarme a mí mismo y partir desde cero. Echar abajo conceptos que habían estado ahí desde el principio, revisar viejas creencias y aprender a ver el mundo desde otra óptica: más triste, quizás, pero más sabio. No mucho más, pero sí lo bastante como para darme cuenta de que a partir de entonces las cosas no volverían a ser como habían sido en mi Universo personal.
Dicho de un modo metafórico, fue lo más parecido a morir y levantarse de entre los muertos... solo que yo necesité algo más de tres días, claro.

A partir de entonces, la política sería seguir adelante, adaptarse a los cambios realizados y esperar a encontrar lo que la vida podía ofrecerte. Tampoco es que hubiese muchas alternativas.
Con esto no quiero decir que las cosas fuesen a mejorar de buenas a primeras, ni mucho menos; esa etapa de reinvención personal no fue la última batalla que tuve que presentar. A razón de varios años, los conflictos se han seguido sucediendo, en mayor o menor intensidad, pero no puede decirse que hayan desaparecido. Tan solo ha habido pausas, más o menos largas, pero siempre han estado ahí: reproches, grandes frases como "Tú es que has hecho esto", "No has hecho lo otro" y todo un sinfín de exigencias por parte de gente a la que no has conseguido entender, por mucho que lo intentes; en otros casos, se trata de gente que ni se ha molestado en entenderte a ti. Ha disparado primero, y luego ni se ha molestado en hacer preguntas.
Y ante eso, las dos opciones siempre están ahí: la de envenenarte o la de quemar tierra, como hacían los rusos.



El tiempo te enseña, o al menos me ha enseñado a mí, a defenderme. A no dejar una afrenta impune y trazar la línea. A no dar el primer golpe, pero sí el último, para dejar las cosas claras y poner fin a tanta tontería. Pero a partir de ahí, tierra quemada: dar hambre y frío a aquellos que tratan de buscarte para perpetuar la contienda. No se merecen otra cosa. No nos merecemos otra cosa, porque seguir con ello no es más que mirar al abismo.
Y ya sabemos lo que pasa cuando miras ahí más tiempo del necesario.

lunes, 28 de octubre de 2013

Escupiendo Rabia- Ya está bien, o Con los cojones más inflados que el puto Hindenburg




Pues no. La cosa no para, amigos Distópicos. Se ve que cuando uno habla, o no habla lo bastante claro o el personal es sordo, ciego, o simplemente es que no se entera de lo que digo porque no le sale de la punta del cipote.
Hasta los cojones que estoy ya de gilipolleces, lo llevo diciendo tres putas semanas y nada. A tocarlos a dos manos.

Esta vez ha sido ya la gota que ha colmado el vaso, acerca de cierto caballero con el que se me ha asociado por activa y por pasiva. Caballero que, como mencioné en mi anterior post, mi relación con él últimamente ha sido, como poco, tibia. Podría decirse que las razones han sido variadas y sería muy largo (sí, más largo) de explicar aquí, pero como aquí el caballero ya se está dedicando a ponerme a mí y a mi grupo literario (como he mencionado, amigos que da la puta casualidad de que escriben y los cuales, todos y cada uno, se han ganado mi más profundo respeto como personas) a caer de un burro, es hora de quitarse los guantes y poner los puntos sobre las íes. ¿Que estoy sacando trapos sucios? Pues mira, me importa tres cojones, porque demasiadas gilipolleces me llevo tragando últimamente y a nadie le ha importado una mierda. Porque los demás también nos cabreamos y nos sientan mal las cosas, a ver qué va a pasar aquí ya. Y porque aquí el caballero y la gente de la que se rodea ya ha sacado trapos sucios de todo el mundo, incluidos amigos, Y NO HA PASADO UNA PUTA MIERDA. Y si jode, no es mi puto problema. Haberlo pensado antes de ponernos a caldo. Ni yo ni la gente implicada en esta historia hemos empezado esta guerra ni hemos querido entrar en conflicto hasta que ya nos hemos visto mencionados y salpicados en cosas que no nos atañían. Se nos ha querido azuzar como perros contra gente a la que ni conocemos y se nos ha obligado no pocas veces a elegir bando en trifulcas que ni entendíamos.
Y ya estoy harto. No puedo más. Demasiada paciencia he tenido ya con estas estupideces y ahora voy a ser YO quien hable.

Empezaré hablando por qué el caballero y yo llevamos una temporada con una relación no tan estrecha como cuando nos conocimos. Aquella época en que las conversaciones eran algo más sencillo de lo que son hoy en día y había como un entendimiento mutuo; no siempre acuerdo en todo, pero sí entendimiento.
Por lo que a mí respecta, ese momento tuvo un pequeño antecedente hará cosa de un año y poco, con una antología benéfica en el que no voy a entrar demasiado: hubo un desencuentro, palabras mal afortunadas y que, por mi parte, quedó solucionado (no sin que se me tachase de malo malísimo sin pararse a escuchar demasiado mi punto de vista en aquello, pero bueno; un amigo es un amigo y no tienes ganas de enfrentarte con él por algo que, en el fondo, no consideras tan tan serio).
Algún tiempo después, se produce un segundo desencuentro, en el que un conocido escritor se pone en contacto conmigo, preguntándome si sucede algo con él, que hay un grupo de escritores en la ciudad y que él, como paisano nuestro, no sabía nada. Yo le respondo en nombre del grupo y le digo que sin problemas, invitándole a unirse. Hablo con algunos compañeros de grupo a los que pillo en línea y oye, todos de acuerdo.
En cuestión de unas veinticuatro horas, y con cierta respuesta bastante desagradable en el muro de bienvenida a este autor (ante la cual tengo que llegar casi a disculpar a la persona responsable), este amigo, al que me referiré a partir de ahora como señor M, monta el cipote de la hostia diciendo que se va del grupo porque no puede coexistir con dicho autor. Nadie menciona el hecho de que este último, debido a ciertas razones, tenía bastante difícil acudir a cualquiera de nuestras reuniones... en pocas palabras, que las probabilidades de que ambos coincidieran en el mismo sitio eran tan altas como de que a uno le caiga un relámpago en la cabeza mientras está cagando en el váter.
Dicho de otro modo, indirectamente me acusa a mí de su marcha del grupo.

"Aquí alguien se ha ido del grupo porque alguien ha invitado a otro alguien a quien el primer alguien odia"...
Pues ante esto tengo que decir que no. Que no tengo cargo de conciencia alguno porque:
1) Nuestro grupo no veta la entrada a nadie y eso lo sabe TODO EL MUNDO.
2) Yo no tenía problema alguno con esa persona.
3) Si alguien tenía un problema con esa persona, no era yo.
4) Muy mal tienen que estar las cosas para que yo tenga que pedir permiso a alguien a quien considero un igual por hacer algo que considero correcto.


Más me tengo que reír cuando otra persona, amiga común, me comenta una segunda versión: que se ha ido del grupo, no por eso, sino porque nuestro grupo literario (como he dicho, humilde, sin pretensiones y sin más objetivo que echar buenos ratos entre amigos y camaradas) "No hace nada".
Tócate los cojones, que hemos descubierto aquí América: desde el minuto uno de nuestra formación se estipuló claramente que NO se iban a hacer antologías, por motivos que considerábamos de interés. Que si se proponían relatos para leer, no siempre (o casi nunca) los leíamos... Pero oiga, que esto no es ninguna novedad ni nada decepcionante. Ha sido siempre así y durante más de un año y pico se ha visto con total claridad, aceptado y sin problemas. Es nuestra idiosincrasia, y ya está.

Como entenderéis, a mí esta dualidad de versiones de la misma persona, que cambian dependiendo de a quién se la cuente, y esa especie de acusación velada hacia la mía, como que ya empiezan a escocerme. Más aún cuando voy viendo que esta persona cada día se aleja más y más de nosotros, sin que hubiese habido realmente ningún problema serio.
Conforme pasa el tiempo, veo que su actitud se asemeja más bien a la del primo mayor que trata a los primitos como si fueran los tontos del pueblo, encontrándome reacciones a asuntos más bien serios acaecidos a miembros del grupo que rozan lo frívolo. Acerca de esto último no voy a dar muchos detalles, porque se refieren a algo de índole bastante personal y no me atañen a mí directamente... pero sí atañen a alguien por quien siento mucho respeto y cariño.
Es a partir de ahí cuando mi actitud hacia esa persona es la de la decepción. Me empiezo a sentir muy dolido ante esa actitud, pero todavía me las apaño para respetar sus decisiones y no actúo.

Te cruzas de brazos, porque pa qué.


Suma y sigue.
Van pasando los meses y voy viendo cómo la cosa empieza a desmadrarse: no es la primera vez que encuentro estados en redes sociales que, como poco, te dejan alucinando. ¿Os acordáis de ese autor con el que se peleó y por el cual se fue de nuestro grupo? Pues en menos de una semana, quedando con él para comer por ahí y haciéndose fotos que todos hemos visto. Y a mí se me queda cara de gilipollas, porque se suponía que no se podían ni ver y que el colega se marchó prácticamente por mi culpa.
Leer que comenta no sé qué mierda de un grupo literario que quiere formar, cuando vino a dar a entender que lo de los grupos literarios es una chorrada porque él va por libre. Ver cómo critica el peloteo entre escritores y la explotación de cierto género, y en cuestión de unos meses, formar una antología con un puñado de coleguitas que ha hecho (de los cuales había rajado previamente de lo lindo, quede claro) que trataba precisamente de explotación de ese género del que él mismo decía abjurar (y del que, por cierto, ha escrito ya varias novelas). Protestar con el puño en alto por el peloteo masivo e indiscriminado entre autores y encontrarte que día sí y día también está haciendo spam de la novela de yo no sé quién, a quien considera "Un maestro". Así, sin medias tintas y sin encontrar absolutamente mácula alguna en su texto.
Leer muchas, muchas cosas que, como poco, resultan harto incoherentes. Y por respeto te callas, porque al final cada uno hace con su vida lo que le da la gana y no es quién para decirle a los demás lo que tienen que hacer.

Llegamos a septiembre donde, por diversas razones, el señor M tiene un desencuentro bastante amargo con otro miembro de nuestro grupo, en el que los demás, al vernos en un fuego cruzado, decidimos no posicionarnos. Sabemos cómo es cada uno y reconocemos que inocentes no hay; otra cosa es que la relación con uno y con otro no sea la misma. Uno es miembro de nuestro grupo y el otro solía serlo hasta que cogió el canasto de las chufas y se largó, bajo las extrañas circunstancias que ya he mencionado.
Pues bien, aquí el señor M, que tan de honesto va por la vida, y tan de cara dice ir, se va para una tercera persona de nuestro grupo y empieza a contarle lo que ha pasado diciendo que "No se le ocurra mediar", y asegurando que nuestro camarada de armas vendría a lloriquear buscando amiguitos.
Ironías de la vida, no es que esto no suceda... no solo no sucede, sino que pasa justo lo contrario: lo más parecido a venir lloriqueando lo hace el propio señor M, porque nuestro amigo directamente coge, lo ignora y a tomar por saco con la tontería. Nadie ha tenido que mediar, de hecho, y santas pascuas.
A partir de ahí, fíjate tú, que me encuentro montones de mensajes de ánimo en mis muros por parte de M en mis proyectos artísticos. Mensajes que hacía más de un año y medio que no recibía. Curioso, si tenemos en cuenta que en todo ese tiempo, este caballero se había limitado a escribir en su propio muro y su interacción con el resto de humanos había sido más bien casual.
Pero bueno, no le buscas los tres pies al gato. Si te vienen de buenas, pues de buenas actúas y ya está.

Llegamos a este último mes; como ya he comentado, me he pegado una temporada que para mí se ha quedado, teniendo que soportar muchas imbecilidades de mucha gente, a la que he ido largando de mi vida sin billete de vuelta. Los que me conocéis, ya habéis visto cómo me he alejado de la mayor parte del mundillo literario, que cada día más me ha parecido más malsano y enfermizo. No necesito tener que demostrarle a nadie, porque salta a la vista, que me he quedado con aquellos con los que he tenido un trato personal, y al resto los he ido largando porque lo único que me han aportado han sido un disgusto tras otro. Al señor M, sin embargo, lo conservo, precisamente porque hasta la fecha le he seguido respetando y porque soy consciente de que le debo bastante. Al César lo que es del César.
Resulta que a lo largo de este último mes, o quizás un poco antes, M ha recibido en nuestra ciudad a un autor amigo común y no se le ha puesto en el alma decirnos nada.
Y ninguno de nosotros dice nada, ni lo reprocha ni lo tiene en cuenta. Nadie quiere entrar en polémicas ni en discusiones ni pedir explicaciones: que cada uno haga lo que quiera, que ya somos mayorcitos. Y a seguir con lo nuestro, sin problemas.
Pues bien, en estas últimas semanas, da la puta casualidad de que M y un amigo suyo, del que sabemos poco menos que nada, presentan un libro por aquí. Del evento no se entera ni Cristo, salvando dos personas: nuestra presidenta, que se entera de puta casualidad, y mi actual y reciente pareja, que ha sido llamada prácticamente de estrangis. Ese evento al que hago referencia coincide con nuestra reunión mensual, que tenemos que poner en una fecha muy concreta porque a nadie le venía bien otro día. Y esto está confirmado, porque si hay una puta cosa en que somos concienzudos es para poner de acuerdo nuestras agendas para las reuniones.



Total, que tenemos que nuestra reunión coincide con un evento al que, quiero dejar muy claro esto, NO SE NOS HA INVITADO en momento alguno. Nuestro grupo es público y cualquiera puede ver claramente la fecha del evento. Nadie ha dicho nada al respecto y nosotros seguimos adelante.
Tras el evento, nuestra presidenta ha quedado con M para cenar. A la cena, junto a ella, acudimos solo tres de nosotros: un servidor, mi pareja y un amigo invitado de Madrid, que se había pasado por aquí a conocernos. Los demás, o bien no sabían nada del asunto (total, M solo había quedado con nuestra presidenta) o tenían otros planes.
Nada más llegar, la primera en la frente: nos encontramos el reproche de que a la charla que daba él junto con su amigo no fue prácticamente nadie. Ante eso le recuerdo que es más o menos lo mismo que me pasó a mí en Valencia junto a una amiga y no me cabreé; simplemente, hablamos delante de los pocos que fueron a vernos y listo. Esas cosas pasan.
Se insiste en el asunto, como dando a entender que nuestro grupo literario ha pasado del tema. Sí, ese grupo literario que no hacía nada y que, a juzgar por el trato que recibíamos, no éramos nadie que fuese a llegar a hacer nada decente (pese a que dos de nuestros miembros tienen más libros en el mercado que él y una tercera es una best-seller que ha saltado al mercado anglosajón, cosa que él todavía está rabiando por no haber conseguido). Delante de un invitado que ni pinchaba ni cortaba en el asunto, algo muy elegante, dónde va a parar, se acusa a nuestra presidenta de saberlo desde hacía MUCHO y no haber hecho nada, ante lo cual ella se defiende diciendo que:

a) Ella lo sabía desde hacía una semana y no DOS, como él había dicho.
b) Lo habría movido si no hubiera habido problemas con cierta persona de nuestro grupo, y no tenía ganas de estar en medio de ninguna discusión.

Ante esto último, M se defiende diciendo que "No conoce a la persona de quien estamos hablando", ante lo cual a mí se me inflan ya las narices e intervengo yo, diciendo que esa "persona" es un miembro de nuestro grupo e, independientemente de cómo se lleven, lo que no vamos a hacer es coger y dejarlo tirado en mitad de una reunión para ir a ver la charla de alguien que no sabemos ni quién es. Se ponga como se ponga, le digo, justo no me parece.
Ante esto se insiste de nuevo en que nosotros lo sabíamos, que si tal que si cual. Yo ahí simplemente digo que si no nos ha llegado aviso siquiera, no sé qué pretendía. Él mismo reconoce que no lo ha movido, ante lo cual le pregunto que qué quiere entonces. En fin, que en el momento en que ve que nos hemos defendido de sus acusaciones, el resto de la cena es entre nosotros, y él enfurruñado en una esquina.
Hasta aquí termina la cosa, con nosotros plenamente conscientes de que el que hasta la fecha era amigo nuestro se había cabreado con nosotros, pero con la conciencia muy tranquila, porque nos estaba acusando de algo que, seamos honestos, había sido responsabilidad suya:

- Que nuestro grupo literario no tuviese la misma relación con él desde su marcha - Responsabilidad suya
- Que no tuviésemos ni idea de que había organizado un evento- Responsabilidad suya
- Que no dejásemos tirado a un miembro del grupo porque él tuviese una charla- Responsabilidad suya (básicamente porque este miembro no nos ha obligado en ningún momento a posicionarnos, y él, precisamente acusándolo de lloriquear y demás, ya lo estaba haciendo de forma velada)

Eso, sin contar hechos tan obvios como que hay un Madrid-Barcelona un sábado por la tarde y que, para más inri, está lloviendo. Suerte tienes si van tres personas, amigo. Y no, no es una puta conspiración ni una mano negra ni leches en vinagre. Esto se resume con "Esto es lo que hay, y si no te gusta, te aguantas, que a todos nos ha pasado y no hemos puesto el grito en el cielo".

Más o menos así estaba el local donde estuve presentando el libro de una amiga en Valencia. Y me chupé unos 600 kilómetros, que tampoco es moco de pavo. No me pareció bien que hubiese gente que, diciendo que venía, faltase a última hora... Pero de mí no ha saildo ninguna queja en plan "¡Qué vergüenza! ¡Me siento ofendido! ¡Con lo que yo esperaba de vosotros!"
Los dramas no me molan y lo sabéis.


En fin, aquí parece terminar la cosa, hasta que esta mañana el caballero resulta que se pone digno como un puto caballero andante y empieza a escribir que está muy decepcionado con la gente de aquí, con los escritores de la ciudad que no apoyamos a compañeros y demás chuflas. Como si él ahora fuese el impulsor de la cultura literaria y tuviéramos que seguirle ciegamente, cual ratas que siguen a Hamelin. Que ese tipo de cosas no se hacían y que se nos debería caer la cara de vergüenza.
Como si alguna vez estuviera satisfecho con lo que podamos hacer, ya que el año pasado acudimos a una presentación de su libro (algunos no teníamos ni porque ir, porque a mí me pilló con una miembro de mi familia cercana recién operada y no supe si acudir hasta el último momento) y se nos echó la bulla porque no nos quedamos a cenar tras la presentación. Y también estuvo diciendo que estaba muy decepcionado con nosotros y nuestra actitud. Como si fuésemos una panda de críos que hubiesen cometido una trastada. Como si hubiésemos estado obligados en todo momento a servir a los designios de UNA sola persona bajo amenaza inminente de mosqueo.

Esto lo dice alguien que dice ir de cara, pero que en el momento en que nos tuvo frente a frente (insisto, hay testigos que no forman parte de nuestro grupo que lo pueden confirmar), lo más elegante que hizo fue callarse y no decir absolutamente nada. Porque queda muy bonito decir que vas de cara, pero coger y hacer exactamente lo mismo que la gente a la que criticas: coger, no decir nada a la persona cuando la tienes delante, agachar la cabeza, y al día siguiente despotricar e ir pidiendo amiguitos que te den palmaditas en la espalda y que te digan que sí, que qué pobrecito eres y qué poco te mereces lo que te ha pasado.

Veo para más inri que, aparte de berrear en su muro personal, haciéndose la víctima del mundo y poniendo a la persona que presentó con él como una especie de "víctima más víctima que yo, si cabe" hay un artículo de despotrique dedicado al evento, en el cual nosotros aparecemos levemente salpicados del fracaso que ha supuesto la charla. No servíamos para nada, dijiste, pero ahora cuando faltamos, bien que se nota. Porque se ve que no estamos a la altura, pero para arropar sí que hacemos falta.
Preguntas en tu artículo que qué sentido tiene viajar a Málaga, como tu amigo (al que no conocemos de nada, para ser honestos), para que luego se olviden de él. Entiendo perfectamente tu queja hacia la editorial y la librería y la suscribo, pero oiga, si eso va también implícitamente por nosotros, da la puta casualidad de que no nos hemos olvidado de él. No te olvidas de alguien a quien no conoces, del que no sabes nada y que escribe un género que, lo sabes, no interesa a ninguno de nosotros. ¿Qué sentido tiene, pues, que vayamos? Si no somos gente importante, ¿qué leches pintamos ahí? Con lo cual, ¿a qué viene ese reproche que nos tuvimos que comer?

Hablas de que despotricamos contra la sequía cultural de la urbe; pues no sé qué decirte, porque hace más de un año que no vienes de continuo a las reuniones, de modo que no sé de dónde ha salido eso, pero que yo recuerde no hemos despotricado contra la sequía cultural. Nosotros, ya lo sabes, somos más de perder el tiempo hablando de chorradas en lugar de hablar de lo que se tiene que hablar (libros, porque si no, no parece que escribimos y podemos pasar por subnormales). Y aparte, tú mismo has despotricado contra ese género que ahora defiendes y del que te pones a hablar como "cultura", cuando tú mismo has dicho en más de una ocasión que no todo lo que aparece impreso es cultura. Lo defiendes ahora y el mes pasado decías que no era tú género y que no escribías de eso. Partiendo de tu principio, resulta que ahora un género que ni nos va ni nos viene es CULTURA y tú suenas como si fueras el adalid de toda oferta cultural, al que debemos seguir, por cojones, sin vaselina y dejándolo todo. Muy bonito además eso de decir que no podemos vencer ni a la rutina ni a los compromisos "nimios", cuando sabes que esos compromisos -nuestras reuniones- son una de las cosas que mantienen unido al grupo al que le diste la patada en el momento en que te dejamos de entretener. Para ti serían "nimios", desde luego, pero está claro que para los demás ni mijita. Otra cosa es que lo entiendas, o que te dé la gana de entenderlo, pero es que eso no es nuestro problema, asúmelo.
Lo que tú llamas rutina para nosotros es un nexo de unión y no, no tenemos la más mínima intención de moverlo porque tú, que te largaste hace siglos, decidas que no es lo bastante importante y que lo que tú estás haciendo está automáticamente por encima de cualquier "nimiedad" que podamos estar haciendo. No para ti, desde luego, como está claro que tampoco lo somos nosotros. Pero insisto, si pretendes que movamos un acontecimiento del que no sabíamos nada (ni teníamos por qué, porque nuestra presidenta no es tu lacaya y, si quieres que nos enteremos de algo, coges y nos lo dices, pero no la mandas a ella) por alguien que no nos cae ni bien ni mal porque no sabemos ni quien es, me vas a perdonar, pero acabas de demostrar que no tienes ni la menor idea de la gente con la que estás tratando. Estás atacando a gente que no eres capaz de entender y, lo que es peor, ni te molestas en hacerlo, porque te da exactamente igual. Eso sí, para pedir que te hagan de público, veo que sí que te importa.

Que no somos groupies, joder.


Me resulta jodidamente descojonante que seas precisamente tú quien pide coherencia cuando, desde la noche de los tiempos, has protestado a voz en pecho contra unas cosas que tú mismo has practicado y atacado despiadadamente a gente con la que luego te has ido a comer, y has alabado por activa y por pasiva. Que hayas puesto a caer de un burro a editores y editoriales, diciendo que en la vida ibas a publicar con ellos y al cabo de un tiempo, hacer justo lo contrario y volver con el rabo entre las piernas. Me resulta simplemente alucinante que te dediques a hablar todo el santo día de manos negras soterradas, de conspiraciones y de historias cuando eres tú solito el que se ha ido alejando de todos y cada uno de nosotros, acusándonos como culpables de tus problemas. Intentando meternos en tus guerras personales con otros autores y provocando una serie de conflictos en los que no hemos querido participar. Y oh, te has cabreado. Te has cabreado de lo lindo cuando hemos visto que no hemos querido seguir tu son. ¿O no te acuerdas de cuando quisimos fundar el grupo literario como una asociación cultural y, en el hotel donde se celebraba, me dijiste que uno de los estatutos debía ser putear a cierto escritor al que detestas con toda tu alma? ¿Cómo te atreves a pedirnos coherencia cuando dices ir de cara y nos encontramos todo este despliegue de despropósitos a las espaldas y delante de gente que no tiene nada que ver con esta historia? ¿Qué coherencia es la que viene de alguien que dice que no escribe para público mayoritario y luego se encojona porque sus libros no están siendo lo bastante publicitados? ¿Es acaso coherente putear a alguien de lo lindo, diciendo de todo acerca de él, llegando a impedir que lea tus comentarios y, al año o así, tenerlo presentando un evento en otra ciudad como un amiguito tuyo y no hubiese pasado nada? ¿Llamas coherencia a decir que pasas de la gente como de la mierda, que vas por libre y luego exigir -porque no hablamos de comentar o sugerir siquiera- que los demás tengamos que estar pendiente a tus historias? ¿Cómo puedes decir eso cuando, en el momento en que nos tienes a la cara, agachas la cabeza como un niño enfurruñado y no te atreves a decirnos nada más? ¿Acaso esperabas que, como tú mismo dices, "se nos cayese la cara de vergüenza" al escuchar tus reproches? ¿Es que acaso te piensas que somos los responsables de tus fracasos?

Pues me vas a perdonar, pero va a ser que no. Un amigo al que veneras con toda tu alma te dijo hace cosa de un año, y con toda la razón del mundo, que si eres escritor, te dediques y te limites a escribir (de una puta vez) y dejarte ya de monsergas y chorradas de supervillano. Porque lo que estás consiguiendo con esa pose fingida de chico transgresor y mordaz (y sigo citando, por si no te acuerdas) es alejar de ti a tus amigos. A la gente que te conocimos hace ya algún tiempo y de la cual te ganaste el respeto. Con estas patrañas de guerrero reivindicativo y ese rollito de rebelde sin causa lo único que estás haciendo es echarte por tierra y conseguir que la gente que te teníamos respeto y aprecio ahora no seamos capaces de reconocerte.

Y sí, supongo que ahora te subirás al pedestal de la élite literaria o del Olimpo de las Letras o como coño se llame y me dirás que un autor es lo que es por su obra y no por como es como persona. Sabes que estoy de acuerdo, pero también sabes que existe algo que se llama imagen pública. Existe algo que se llaman relaciones humanas. Ignora y destruye todo eso, dedícate a amargarte por los logros que no has conseguido y que ves que consiguen los demás y a insultar a aquellos que te han rodeado siempre; lo que vas a encontrar es justo aquello que has dicho despreciar siempre, que es encontrarte solo rodeado de la camarilla de pelotas que tanto asco dices que dan. Sí, esos a los que siempre has dicho que desprecias, a esos que te van a decir solo lo que quieres oír. A esos que te van a dorar la píldora y que por la espalda te van a putear... y a los que tú mismo pones a parir cuando se te cruzan los cables. Has detestado los bukkakes, como siempre los has llamado, y tú mismo estás provocando que los que te decíamos las cosas a la cara nos hartemos de historias. De sentirnos despreciados. De que cada vez que participemos en algo nuestra integridad se nos ponga en entredicho. De que cada vez que uno de nosotros publique lo mires por encima del hombro porque su editorial no mola tanto como la tuya. Tú, que pides compañerismo, te has reído de tanta gente y has prejuzgado a tanta gente que no te ha hecho nada que me resulta de risa (por no decir de un cinismo que flipas en colores) que pidas coherencia y apoyo. Si ahora esa gente resulta que ha llegado a la conclusión de que no puede contigo, deja de una santa vez de buscar culpables en los demás y de montarte teorías conspiranoicas y, para variar, mira tu propio ombligo.

La ley del embudo: lo que haces tú o la gente que en la actualidad te cae bien está bien; si otros hacen exactamente lo mismo, está mal.
Tus logros son tuyos y no le debes nada a nadie; los fracasos, son por culpa de los demás.


Quizás estoy escribiendo este artículo al vacío, ya que es muy largo, lo sé. Quizás ni siquiera lo leas porque consideras que no hay nada que leer. Que lo que yo pueda decir no es más que cualquier estupidez propia de un advenedizo. Es posible que me haya convertido en un traidor y que, como tal, mi voz y mi voto ya no existan. Quizás estoy esforzándome para nada en dejar claro que yo tengo mi conciencia muy tranquila. Que no tengo que dar explicaciones de nada ni pedir perdón a nadie ni leches en vinagre. Como ya he venido diciendo, llevo varias semanas en que estoy muy harto de tonterías. Tonterías de todo el mundo. Gente ya con los huevos muy negros y que todavía se comportan como si no hubiesen salido de la puta guardería. Pero quien siembra vientos, recoge tempestades. El que avisa no es traidor. Ya llevo mucho tiempo avisando que me importa muy poco cómo se llame nadie y cuántos libros tenga publicados por ahí. Me importa tres cojones que venda ejemplares como churros o que sea un pobre desgraciado que no tiene dónde caerse muerto. Yo aquí no tengo nada que perder. Para mí las personas no son nombres, sino lo que hacen. Ya sabéis que yo no soy leal a personas, sino a actitudes. Y en el momento en que la actitud de una persona deja de resultar positiva para mí o para mi entorno, ni lealtad ni putas hostias: yo no soy vasallo de nadie ni debo la vida a nadie ni nada. Si se entiende o no, me importa tres pares de pollas, porque yo más claro no sé hablar.

Con esto quiero que quede clara mi versión de los acontecimientos y por qué estoy ya hasta los mismísimos huevos de tonterías. Estoy muy harto de que se me cargue con la mierda de otra gente, que se me asocie con gente que, a la vista queda, no tiene absolutamente nada que ver con mi persona. Que, no contentos con eso, se ataque de forma cobarde e indiscriminada a gente a la que respeto. Por ahí, caballero, no pienso pasar, se ponga usted como se ponga y chille lo que chille. Y esto, como suele decirse de mí, lo digo más alto pero no más claro. Porque si conocéis mi reputación (y sé que la conocéis), va a ser que si yo soy un mentiroso o me estoy inventando cosas, lo mismo es que a mí lo que me salvan son las formas. ¿O acaso no habéis pensado que TODO lo que acabo de mencionar en este artículo son acontecimientos que no han venido respaldados por testigos?
Con esto no os digo ni que os fiéis de mí ni que toméis lo que digo como la Verdad Absoluta. Hay gente mucho más acostumbrada que yo a decir eso. Esto no es más que mi versión de los hechos, contrastada con los compañeros y amigos que hemos estado soportando un sinfín de desplantes y de malos modos, sin ninguna necesidad. Solo digo que si me atacan a mí o a la gente que me rodea, no me sale de los huevos quedarme callado como he visto que se está haciendo. Me pienso defender hasta las últimas consecuencias, y me importa una mierda a quien me tenga que enfrentar.
Ahora, que se me fusile, se me crucifique o que se me eche a los putos perros si se quiere, porque probablemente me voy a encontrar con cuarenta mil gilipollas que no me han dirigido la palabra en su puta vida y que yo no sé ni quiénes son poniéndome a parir, lo que implica mucha coherencia acerca del pataleo, del lloriqueo y de las camarillas que aquí el amigo M denuncia día sí y día también. Francamente, tengo que decir que me suda la polla a chorro limpio, porque la opinión de un subnormal para mí no es más que la opinión de un subnormal. Y el que ejerce como tal, como tal recibe mi trato.

Pero, si esta persona a mí no me ha venido dando explicaciones acerca de esa actitud (ojo, digo EXPLICACIONES, no REPROCHES, que no son lo mismo), para mí poco tiene que aportar ya a mi vida. Porque los demás también nos cabreamos y nos sientan mal las cosas. ¿Que tú sueltas tu opinión? De puta madre, a esto podemos jugar dos y aquí tienes la mía. Ruge, gruñe o patalea. A partir de aquí no es asunto mío.
Pero por favor, que a nadie más, en su miserable vida, se le ocurra tocarme los huevos. Porque no lo pienso consentir.

sábado, 26 de octubre de 2013

Escupiendo Rabia- Proscrito, o Días sin gilipollas



Como habéis visto, llevo bastante calmado a lo largo de las últimas semanas y, personalmente, quiero que las cosas sigan así. No deja de ser un poco curioso, por tanto, que este artículo aparezca en la sección más combativa del blog, pero no se me ocurría mejor sitio donde ubicarlo.
Sí, llevo ya una temporada bastante tranquilo y no sin esfuerzo: los que habéis tenido un cierto trato conmigo sabéis que he tenido que soportar muchas idioteces últimamente, hasta que me he hartado y reventado. No, amigos Distópicos, mucho me temo que no ha habido influencias externas; nadie me ha presionado ni ha influido para que me acabe hartando de escuchar las idioteces de nadie. Creo para que uno se harte de leer y escuchar payasadas solo necesita dos cosas: muchos payasos y que la paciencia se agote. Eso es lo que me ha pasado a mí. Y no, antes de que empecéis con lo de siempre, no voy a dar nombres: las personas a las que me estoy refiriendo saben perfectamente quiénes son y por qué me he hartado de sus tonterías. El objetivo de este artículo, como imagino que ya empezaréis a deducir, no es una queja ni una pataleta ni nada que se parezca. Es más bien una observación acerca de lo que supone echar a según qué gente de tu vida.

Más curioso es ese argumento  que he mencionado arriba acerca de actuar por medio de influencias de terceras personas cuando, de la gente que se supone que me rodeo, precisamente es gente con la que últimamente tengo poco contacto. Bien gente con la que me he dejado de hablar por diversos motivos que no mencionaré aquí (pero, conociéndome, ya sabéis que yo no rompo relaciones con nadie a la ligera, sino que son el fruto de un poso de anécdotas desagradables), gente de la que me he distanciado porque están tomando actitudes con las que yo no caso del todo (actitudes que no entro a juzgar, simplemente no comulgo con ellas) o gente con la que he tenido mis más y mis menos. En definitiva, por mí podéis creeros lo que os salga del culo, pero ya sabéis que eso del apoyo incondicional y lo de dejarme influenciar por tal y por cual es algo que se me da mal. Preguntad por ahí, no valgo para ello y desafío a quien sea a que busque un solo argumento mío en que defiendo hacer la pelota o alabar a yo no se quién, sin considerar que esa persona se haya ganado mis respetos. Y ya me conocéis, o conocéis mi reputación: para ganarse mi respeto hace falta sudar sangre.

¡Metafóricamente! ¡Quería decir metafóricamente!


Supongo que por esto puede decirse que estoy recorriendo el camino del proscrito, y oiga, viendo el plan que se respira aquí, a mucha honra: como he mencionado arriba, las últimas semanas han sido la gota que ha colmado el vaso. Han sido muchas, muchas idioteces que he tenido que oír, tanto a nivel profesional como a nivel personal: gente ya con canas en la entrepierna, puteándose vivos como putos niños de guarderia. Indirectas, insinuaciones, amenazas veladas y todo un cúmulo de gilipolleces que ni mi estómago ni mi tensión arterial iban a soportar mucho tiempo. Ver cómo unos cuantos que te rodean encima parecían quererte solo esperando que le concedieras algún tipo de favor no es que haya paliado mucho las cosas.
Ya lo dije en el famoso artículo aquel que recibió tropecientas visitas y que prácticamente nadie tuvo cojones de comentar: esta situación me da mucho asco, porque a mí no me han educado para ser un rastrero y, mucho menos, para traicionar a la gente que tengo cerca por cuatro duros, por hacerme una foto con nosecuántos o para (ya lo he dicho mil veces) ver mi nombre en un librito puesto en la estantería de una librería.

Sí, han sido un par de semanas duras, teniendo que soportar demasiadas estupideces de demasiada gente y la paciencia se agota, pequeñuelos. No todo el mundo está hecho para poner buena cara al primer desgraciao que se te pone por delante y que "desde el cariño" se caga en tu puta madre. No a la cara, claro, espera a que te des media vuelta para coger y contárselo a algún amigo. De esta clase de cosas que te enteras con el tiempo y que, con la cabeza fría, resulta que no te sorprenden. Porque no deja de ser curioso que cuando te relacionas con tal persona o personas, no tengan ni una palabra buena para nadie. Ni una. Muy soberbios somos al pensar que sí las tengan para nosotros, como si fuésemos especiales o mejores; de eso nada, nosotros también somos carne de despotrique, con la salvedad de que estando delante no van a soltar ni media.

Es por eso y no por otra cosa por lo que uno se acaba hartando. No, no es el típico calentón que pensáis que me ha podido dar; no es una neura ni que me haya levantado con mal pie... sencillamente es el producto ya de varios años escuchando idioteces y viéndome pringado en las guerras de otros. Viendo cómo hay gente que no me ha dirigido la palabra en su miserable vida y que no se atrevían a hacerlo, no por lo que yo pueda decir por esta boquita que los dioses me han dado (y de la cual, me temo, soy más que responsable), sino por la gente con la que me rodeo, como si yo tuviera que comulgar con el credo el tío que tengo al lado. Como si por irme de cañas con nosequién (algo menos frecuente de lo que muchos se creen, por cierto), ya estuviese de acuerdo al cien por cien con lo que dice. Como si esa etiqueta de "amigo" no me hubiera granjeado más de una o más de dos discusiones con esa persona. Como si, en no pocas ocasiones (buscad por ahí, pequeños desmemoriados) no hubiese dicho ya por activa y por pasiva que yo las batallas que libro son las mías propias y que a mí que nadie me meta en sus guerras ni en las mierdas que tenga con nadie.
Si de verdad os habéis creído que soy EXACTAMENTE igual que toda persona con la que me rodeo, en serio, tenéis que ir a hacer que os miren eso, porque sois vosotros los que tenéis un problema del tamaño de una catedral y yo no.

Dicho de un modo más clarito: el que asimilaba el ADN de todo bicho viviente con el que entraba en contacto era el bicho que salía en La Cosa, ¿vale?


A lo largo de estas semanas, como iba diciendo, he tenido que echar de mi vida a patadas a un montón de gente por diversos motivos. Gente que en mi vida ya no era en absoluto necesaria... no porque su presencia me aportase algo desde el punto de vista de la conveniencia (los que me conocéis sabéis que no soy así; a los que no y lo hayáis pensado, que os follen, qué queréis que os diga), sino porque es gente que me estaba resultando molesta. Incómoda. Gente que lo único que estaba trayendo a mi vida era un cabreo detrás de otro y tener que esforzarme el doble en las clases de yoga para no querer reventarle la crisma al primer imbécil de todos estos que se me cruzase por la calle. La clase de cosas que te hacen pensar en la actitud que estás tomando a la hora de afrontar cosas que tienen más bien poca importancia, o mejor dicho, la clase de cosas que provienen de gente que en realidad tienen poca importancia. ¿Que yo no sé quién, que ha publicado no sé qué cosa, ha dicho algo? Bueno, pues muy bien, ¿y esa persona en mi vida quién es, aparte de un señor que ha escrito algo? Lo piensas objetivamente y te das cuenta de que no es amigo (un amigo no dice esas cosas), ni familiar ni nadie cuyo criterio deba importarte un huevo. Con lo cual, esa persona, dicho desde la honestidad, sobra.
¿Que llega otro desgraciado y no deja de molestar a la gente a la que quieres y te rodea? ¿Que ese mismo desgraciado, que encima se cree que eres tonto y no te enteras de lo que hace, va de amigo tuyo? Pues a la puta calle con todos los gastos pagados. Porque bastantes problemas tiene uno ya en esta vida como para buscarse más con gente que en realidad no son más que ladillas: es decir, bichos insignificantes, similares a gusanitos, que lo único que hacen es pegarse a ti y tocarte los cojones.

No, no tiene uno ya ni edad ni ganas para tal despliegue de mamarrachadas. Para escuchar las llantinas de gente que en realidad no tiene ni derecho a llorarte, porque les va incluso mejor que a ti (y cuando pueden, te lo restriegan por la cara). Para escuchar cómo algún llorica un día sale diciendo que alguien le ha hecho pupa y pidiendo amiguitos y al día siguiente riéndose de los que hacen lo mismo que ha estado haciendo él. De ver cómo uno putea a otro, a su familia, a sus amigos, y en menos de veinticuatro horas comerse los caldos con su víctima como si no hubiera pasado nada. Y te lo tienes que creer. Qué cojones, te tiene que parecer hasta bien e incluso tienes que participar aquí del mamoneo, que no es la primera vez en que se me ha medio forzado a bailar al son de unos o de atacar a otros, que a mí ni me han hecho nada, ni a nadie que realmente me importe.
Pues va a ser que conmigo no contéis. Como ya he comentado, yo tengo ya bastantes problemas en mi vida y bastante gente ya en mi contra (y hablo de mi vida personal, que no me venga ningún maestrillo de poca monta a decirme que esto es una percecpión mía de redes sociales ni chuflas New Age, que le digo por dónde se puede ir largando y a dónde) como para tener que buscarme a unos cuantos más. Soy masoca, pero no tanto. Y no, tampoco voy a dedicarme a hacer una lista de lo mal que va mi vida, porque:

a) Sé que no me va tan tan mal como a veces creo.
b) Tengo tendencia a agradecer lo bueno que recibo
c) Para quejarse y lloriquear acerca de lo malo malísimo que es el mundo y decir lo víctima que es uno, hay gente mucho más capacitada y con mucha más experiencia en eso de hacer de Reinona del Drama que un servidor.

De hecho y volviendo al tema, si os fijáis, ya poco o ningún contacto tengo realmente con el mundo escritoril: hace casi seis meses que no envío nada a ninguna editorial (y algunos de vosotros que trabajáis para editoriales lo podéis comprobar si queréis), porque cada vez me interesa menos formar parte de esto. Ahora mismo mi objetivo es hacer lo que hago, que es producir: dibujar, cuando me apetece dibujar o escribir alguna chorrada como la que estáis leyendo ahora mismo, o mis cuentos o cualquier otra cosa que me llene personalmente. Admitámoslo: no me vais a echar de menos, y desde luego yo tampoco a vosotros. A vosotros no os gusta que yo os diga a la cara lo que pienso y a mí no me hace ni puta gracia que las digáis a mis espaldas. Así que seguiré con mis historias y mis proyectos porque los llevo en las tripas... pero nada de esa chorrada de "Todo lo que escriba debe ser compartido con el mundo y puesto en una librería". Prueba de ello es que en mi lista de amigos ya prácticamente no quedan contactos con editoriales (salvando una, que me agregó hace poco y todavía no me ha dado motivos para largarla) y, de la gente de este mundillo, los que se han quedado son la gente a la que considero colegas, es decir: la gente con la que me suelo escribir con relativa frecuencia y con quienes la conversación es algo más que hablar de libros.

"Vale, sí, estás buena... ¿Pero te gusta leer, moza?"
"Pues no mucho"
"Entonces eres escoria. Basura. Un desperdicio de carne"


Porque a ver si nos enteramos, literatos y otros coyotes: no todo en esta vida es hablar de libros, por mucho que mole. No somos mejores personas por leer más (ojalá) y mucho menos por escribir vete tú a saber qué. El que más vende no me parece mejor que aquel que menos, y viceversa. Eso no va ni con la cultura, ni con la habilidad escribiendo ni con el índice de ventas ni pollas en vinagre, a ver si nos dejamos ya de rollos y de juicios absurdos.
Yo mismo tengo amigos (algunos se cuentan incluso entre los mejores) que apenas leen y no por ello me siento superior a nadie, o considero que no pueda tener conversación alguna con ellos. Todo lo contrario, me enriquecen porque me enseñan puntos de vista que yo no veo desde mi visión del mundo. No son ni dignos de mi desprecio ni hacen que mi ego aumente al sentirme en un Olimpo. Partiendo de ese principio, yo no tengo "Amigos Escritores" propiamente dichos; lo que tengo son amigos que, da la puta casualidad, comparten conmigo la afición de la escritura. Si de verdad tengo que explicaros la diferencia entre una cosa y la otra, me temo que no estáis leyendo el artículo adecuado.

Por esto, supongo que entenderéis mi actitud y mis cabreos de estos días, amiguetes Distópicos. No es que tenga la obligación de justificarme o de daros explicaciones; muchos de los que me han mandado a tomar por culo lo han hecho sin explicarse siquiera, y yo no creo que tenga por qué ser diferente. Esto es más bien una forma de hacer catarsis, o bien de observar que este tipo de cosas, en realidad no es difícil solucionarlas. Consiste en coger y mandar a tomar por donde amargan los pepinos a la gente que en realidad no es más que una piedra en el zapato.
Me pongo a pensarlo y me doy cuenta de lo imbécil que he sido al no haberlo hecho antes.
Damas y caballeros a los que va dirigido este post y que han sido, en mayor o menor medida responsables de amargarme un par de semanas que, por todo lo demás, han sido estupendas: que os follen a todos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- En la Corte del Demonio de la Noche



En un pequeño poblado en el que jamás sucedía nada de interés, vivía un muchacho que trabajaba como mozo de cuadras en una fonda, al igual que su padre y el padre de su padre. Su vida, consideraba, tenía tanto de especial como la del pequeño poblado; se levantaba temprano, trabajaba, comía, se iba a dormir y cada día era exactamente igual que el anterior, pero jamás se quejaba de su situación. Vivía feliz con lo poco que tenía y se limitaba a escuchar y entender a aquellos que se quejaban porque no tenían la vida que habían soñado.

Una mañana, los lugareños abandonaron sus puestos de trabajo para acudir a la plaza central del poblado. El muchacho, movido por la curiosidad, hizo lo mismo y se unió a ellos para ver qué sucedía.
Ante ellos, se alzaba un Héroe. Una de esas figuras de las que todo el mundo había oído hablar y que arrojaban la luz de la esperanza sobre el mundo. La clase de Personas que hacían que todo resultase menos oscuro y menos terrible. Con más como ellos, decían, podría haber una Edad de Oro donde nadie tendría que sufrir.

Cuando el Héroe se acercó al muchacho, con su armadura brillante, su capa roja y el dragón rojo luciendo orgulloso en el blasón de su escudo, la gente a su alrededor no pudo evitar agitarse. Un coro de sonrisas iluminadas se encendió mientras éste se puso frente a él y, señalándole con el dedo, le dijo que le siguiera. No sin cierta envidia soterrada, le dijeron que no fuera tonto y lo hiciera; una oportunidad así no se presentaba todos los días y no debía desperdiciarla. Los Dioses, decían, le habían concedido el honor de seguir a toda una leyenda viviente. De ejercer como escudero del protagonista de numerosas gestas y no pocos cantos y, si los Hados eran propicios, de aprender de él lo suficiente como para emprender el camino de un héroe.



Quizás fue por esa presión por lo que aceptó. Al fin y al cabo, él no era más que un mozo de cuadras; no es que estuviera insatisfecho con su vida, ya que no sentía el gusano de la ambición en la boca del estómago. Prefería no tener que escuchar cómo los demás se metían en su vida y le decían lo mucho que se perdía; le resultaba más llevadero hacer lo que había hecho siempre: obedecer, hacer lo que se espera que uno haga y pasar desapercibido ante los ojos del mundo. Así le había ido relativamente bien, hasta entonces.

El Héroe lo sacó de la ciudad sin decir ni una palabra. Ni una, mejor dicho, referente a la misión que llevarían a cabo; para todo lo demás, escuchar su discurso era una tarea tan épica como las que él mismo decía realizar: cientos de bestias asesinadas con sus propias manos. Se reía de cosas tales como el peligro. Miraba a la Muerte a los ojos y escupía a su rostro. Miles de enemigos muertos o puestos en fuga en campos cubiertos de sangre hasta las rodillas. Y sobre todo, las damiselas: por cada tirano depuesto o cada criatura infernal enviada de vuelta a casa había al menos una o dos doncella dispuesta a sacrificar su virginidad ante él. Todas y cada una de ellas temerosas y excitadas a partes iguales, henchidas de pasión y estremeciéndose ante los embates amorosos del Héroe. Hasta los mismos Dioses, parecía, estaban orgullosos de contemplar las hazañas de aquel insólito hombre.

No fue hasta el séptimo día de jornada cuando por fin el plan salió a la luz.

—Nos dirigimos hasta el Cubil del Demonio de la Noche —explicó, sin inmutarse, lo que hizo que el muchacho se estremeciera.

El Demonio de la Noche, según había oído, era una de las criaturas más implacables que jamás habían pisado la tierra. De él se decía que era capaz de arrancar el alma del cuerpo con una sola mirada, o hacer envejecer a alguien cuarenta años con la voz. El Demonio de la Noche podía arruinar la existencia del hombre e incluso convertirlo en una triste sombra de lo que en su día fue.
Centenares de rumores y leyendas, y ninguno bueno.

—Pero no temas —prosiguió el Héroe, brindándole una sonrisa cálida —. Junto a mí estarás a salvo, pues todos los demonios de este mundo tiemblan al oír mi nombre.
Sin embargo, el muchacho seguía temblando, y no precisamente porque tuviese sangre de demonio recorriendo sus venas.

Al llegar a la Montaña del Demonio de la Noche, descubrieron que el silencio imperaba en varios kilómetros a la redonda. Ni un animal, ni siquiera la más leve brisa, resonaban a lo largo del valle plagado de cañones que enmarcaba aquel gigante de piedra cenicienta. Para su sorpresa, el Héroe no encontró ni guardias ni soldados que vigilasen la entrada a aquel palacio horadado en la roca viva. Las enormes puertas de ónice negro estaban incluso abiertas, como si estuviesen dando la bienvenida a todo forastero que se internase por aquellos parajes.



—Entremos, entonces —fueron las palabras del Héroe, cuyo eco resonó por el valle. Su voz cálida ahora sonaba como un coro celestial que debía iluminar la oscuridad que empezaba a crecer y multiplicarse poco a poco.

El chico se mostró reacio al principio, pero el mapa de cicatrices a lo largo de toda la anatomía del Héroe fueron prueba más que suficiente para atestiguar su experiencia en combate: sin duda, sabía distinguir entre una trampa y una zona ausente de peligro. Además, su determinación de entrar era firme: si algo malo iba a suceder, pensó, más valía que estuviese junto a alguien que supiese manejar una espada. El hecho de que, pese a todas las marcas en su piel, siguiese vivo, debía suponer que su habilidad con las armas era más que notoria.

—No temas —dijo, una y otra vez.

Avanzaron por los pasillos de obsidiana y alabastro, maravillándose ante las hermosas esculturas que se erigían a lo largo de ellos. Hermosas damas de piel negra y brillante bailaban estáticamente, o bien dormían, o bien permanecían de pie contemplando el infinito. Un hermoso y oscuro paisaje que desembocaba en una ciclópea estancia, semejante al salón del trono de un rey.
El Demonio estaba allí, aguardándolos.
Sentado sobre un trono de ébano, era una figura pálida envuelta en una túnica negra como la brea. Sus ojos eran profundos, dos pozos del color del mar y su rostro, impasible, hizo un gesto amable que les invitó a acercarse. Como respuesta, el Héroe avanzó, ordenando al muchacho que se quedase donde estuviese.

—Pues estas contiendas están reservadas a los héroes y no a los jóvenes aprendices —añadió.

El Demonio, sin hacer mucho caso a aquellas palabras, se puso en pie y abrió los brazos en señal de bienvenida. Su oponente, sin pensarlo dos veces, embistió con su espada, apuntando con la hoja al corazón.
Bastó un segundo.
Solo un segundo para que el arma se hiciese pedazos como si hubiese sido construida en el más fino de los cristales. Una insignificante fracción de tiempo para que el Héroe cayese de rodillas y, bajo una gélida mirada de su anfitrión, estallase en una nube escarlata ante la atónita mirada de su escudero.

El silencio se hizo de nuevo, mientras el joven veía cómo el Demonio se acercaba hacia él con paso despreocupado. Cuando estuvo a tan solo un par de pasos de distancia, fue incapaz de sostener la mirada de aquella criatura y se desplomó, arrodillado y cabizbajo.



—Hola —se limitó a decir el Demonio —, ¿cómo te llamas?
Él le dijo su nombre.
—¿Qué haces aquí?
Lo único que pudo hacer fue ser honesto: explicó que el Héroe lo había sacado de su pueblo unos días atrás y que se habían encaminado hacia allá con el único propósito de matar al Demonio de la Noche. Que incluso su nuevo amo había jurado cortar su cabeza y exhibirla como trofeo.
Ante aquella revelación, el Demonio quedó pensativo.
—¿Y por qué quería tu amo hacer eso?
El muchacho se encogió de hombros.
Porque era un Demonio, y a los Demonios había que matarlos, supuso.
—No he hecho mal alguno a nadie, salvo para defenderme —sonrió aquella criatura—, pero mi naturaleza garantiza que siempre haya alguien dispuesto a matarme. Deseo vivir en paz, pero los héroes quieren mi cabeza. ¿No es algo absurdo, muchacho?
El mozo de cuadras asintió. En parte porque veía sinceridad en las palabras del Demonio, en parte porque no se sentía capaz de llevarle la contraria.
Fue en ese momento cuando aquel ser le puso una helada mano sobre la cabeza y todo le dio vueltas. El muchacho pensó en su familia y en la vida que había tenido hasta entonces. En aquellos amigos a los que estaba a punto de dejar. En todo lo que perdería. No, en caso alguno quería que todo terminase ahí, de aquella manera.



Y fue entonces cuando se vio a sí mismo lejos de aquel siniestro lugar. Había regresado a su pueblo natal, no sabía cómo. Fue descubierto deambulando por allí por un granjero, que avisó al resto de sus paisanos. Éstos preguntaron por el Héroe y por lo que habían visto y hecho. Preguntaron por lo que había sucedido y, cuando hubo terminado su relato, no terminaron de entender lo que habían escuchado.

—¿Por qué te dejó vivir, entonces? —le dijo alguien —. Él era un héroe y lo mató sin pestañear. Era fuerte, sabio, valiente, apuesto y audaz. Curtido en mil batallas, justo y despiadado con sus enemigos. Dinos, ¿qué tienes tú que no tenía él? ¿Qué es lo que te hizo superarle?

El muchacho no respondió inmediatamente y se limitó a pensar. Se limitó a recordar la breve conversación con el Demonio y lo que sucedió justo después. Tembló de miedo al revivir el tacto de aquella mano como el hielo, pero fue eso lo que le dio la respuesta a la pregunta que acababan de hacerle.

—¿Qué tienes tú, eh? —repitieron los hombres, a coro.
La respuesta del mozo de cuadras cayó a plomo, silenciando a todos los que le rodeaban.
—Miedo.

lunes, 21 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- Los regalos de la Oscuridad




En el albor de los tiempos, hubo tres hermanos, a los que el Universo les concedió varios dones.
Al mayor, de pelo castaño y semblante serio, le concedieron el don de la razón. En él residirían el equilibrio y la rectitud. Dictaría las leyes por las cuales se regirían los hombres y su reino sería la vasta tierra. Agricultores y ganaderos le rendirían homenaje, pues gracias a su Don, saldrían de las cavernas y tendrían el conocimiento necesario para inventar máquinas que harían su vida algo más sencilla.
El segundo hermano era un fornido varón de cabello dorado y recia barba. A él le fue concedido el don del sol y, con él, el calor. Por medio de aquel regalo del Universo, haría hervir la sangre de los hombres por medio de la pasión y la lujuria. Grandes fiestas se harían en su nombre, donde correría el vino y la diversión. Su nombre sería pronunciado como sinónimo de buena suerte, y su sonrisa, una bendición.
Al menor de los tres hermanos, una criatura con el pelo del mismo color que las alas de un cuervo y la piel del color del cielo antes del amanecer, solo se le concedió la oscuridad.



Durante mucho tiempo, el más joven de los tres hermanos no supo qué hacer con aquella bola de azabache, pues su interior se negaba a mostrarse a simple vista. Por tanto, se limitó a sentarse en su pequeño rincón del mundo a observarla, con intención de aprender para qué podía servir aquello. Entretanto, el mundo de los hombres se debatía entre la razón pura y la pasión desenfrenada. El frío contra el calor.
Ese debate, de vez en cuando, no tardaba en provocar conflictos: pese a que los dos hermanos mayores eran inseparables y jamás discutían, los hombres que poblaban la tierra se debatían entre ambos espíritus, discutían y luchaban. A veces, para pesar de éstos, incluso llegaban a la guerra. Por medio de la pasión inflamaban sus odios y, por medio de la razón, inventaban artefactos para dañarse.
Se avecinaba la Era del Caos.

El más joven de los tres no era ajeno a esto, pero se sentía impotente: al fin y al cabo, no entendía el don que había recibido y poco había que pudiese hacer. Esto sucedió así hasta que un buen día, se le ocurrió mirar en el interior de la bola negra que tenía entre las manos. Cuán grande fue su sorpresa al descubrir que la Oscuridad le devolvió la mirada y, tras haber visto en lo más profundo de su alma, le habló:

— Tienes buen corazón, muchacho. El mundo se está sumiendo en el Caos y quieres hacer algo para evitarlo; yo puedo ayudarte, pero me temo que es necesario un intercambio.
— ¿Un intercambio?
— Llámalo sacrificio, pues. Está escrito que la Oscuridad no puede darte nada a menos que reciba una compensación.

El hermano de piel azulada caviló durante unos instantes. Una compensación implicaba desprenderse de algo que tuviera tanta importancia como lo que estaba pidiendo.

— Te daré la mitad de mi sangre— respondió, por fin.

La Oscuridad se revolvió sobre sí misma y le otorgó la noche al mundo. Durante la mitad de un día entero, el poder del hermano mediano se vio mermado, y la mitad de los hombres se sintieron algo confusos. En la sorpresa, dejaron sus conflictos de lado por un tiempo y se dedicaron a contemplar las estrellas, intentando entender qué era todo aquello. Pero la raza de los hombres era de naturaleza inquieta y los problemas no tardaron en surgir de nuevo: tres noches hicieron falta para que surgieran los primeros hurtos, al amparo de las sombras.



Tres noches más hicieron falta para que el más joven de los tres hermanos se recuperase y preguntase a la Oscuridad de nuevo:

— Veo que los hombres no han agradecido mi regalo— dijo la Oscuridad, con tristeza— y me encantaría ayudar, pero estoy atada por la Ley Sagrada y no puedo ayudarte sin un sacrificio.

Él lo entendió y pensó qué podría darle.

— Te daré mis oídos— fue su respuesta, y la Oscuridad aceptó por segunda vez. Es por eso por lo que, desde entonces, se asocia el silencio a la noche.

Al ponerse el sol al día siguiente, los hombres sintieron una extraña sensación que los llevó a detenerse. Por aquí y por allá, se tumbaron donde pudieron y cerraron los ojos, abandonándose a una paz momentánea. Fue así como nació el sueño.
Durante el sueño, el hermano menor descubrió que las cosas empezaron a cambiar sustancialmente: los hombres se levantaban algo más relajados y algunos, para su sorpresa, empezaron a crear cosas que poco o nada tenían que ver con la razón. Gracias al sueño, nació el arte.

Pero la raza humana era fácilmente corruptible y usó el arte para ponerlo al servicio del odio: de esta manera, los hombres dibujaron símbolos con los que identificarse y diferenciarse de otros hombres. Surgieron clanes, élites e imperios, que se enfrentaron los unos a los otros. La música parió himnos ensordecedores y marchas militares, que rasgaron el aire. La sangre se convirtió en tinta y la carne en lienzo.

El más joven de los tres hermanos, débil y sordo, se volvió a dirigir a la Oscuridad en busca de respuestas. Ella, preocupada, le advirtió:

— Ya estás bastante herido por mi culpa. Por favor, no me pidas más dones. Será peor para ti.
Él negó con la cabeza. Debía solucionar aquello, ya que sus hermanos se veían incapaces de hacer nada; pero, por otra parte, la Oscuridad tenía razón: ya había llevado a cabo sacrificios bastante grandes y no había conseguido gran cosa. Fuese lo que fuese lo que iba a darle, debía pensárselo bien.
— Te daré mi corazón— dijo, mientras se hundía la mano entre sus costillas.
La Oscuridad concedió su tercer regalo con lágrimas en los ojos.



De este modo, la noche y el sueño dieron paso a la misericordia y el amor. Gracias a ellos, el período en el que el sol se ocultaba se convirtió en el reino de los amantes. La simple lujuria dio paso a un sentimiento más profundo y más íntimo y los hombres empezaron a pensar que el odio no debía ser lo único que sintieran. En sus sueños, la inspiración para sus obras de arte dio un giro y así nacieron las historias de amor, las baladas y la poesía. La razón dejó de ser lo único que movía las mentes de los seres humanos y muchos de ellos empezaron a verse impulsados por motivaciones diferentes: de entre todos aquellos que solo buscaban el reconocimiento por sus logros intelectuales o aplastar a los que pensaran diferente, surgió una nueva especie que quería cambiar las cosas. Ayudar a los necesitados. Ser, simplemente, mejores personas.
Por desgracia, el joven hermano solo tenía un corazón y para haber salvado al mundo debía haber sacrificado dos, por lo que esto solo se produjo en unos pocos hombres.

Ahora, su cuerpo yacía frío en su sala, delante de la Oscuridad, que lloraba desconsoladamente ante la pérdida de alguien a quien consideraba digno de su cariño. Sin embargo, ésta supo aprovechar aquel último sacrificio: al haber entregado su vida, ella otorgó el último regalo a los hombres. Un regalo que, con suerte, sería el único elemento que podría aportar algo de justicia en un mundo sumido por el Caos. Algo que pudiera ser afín a todo hombre, bueno o malo, joven o viejo, rico o pobre. Algo que aportase una paz duradera para todos, más allá de su pensamiento o creencia.
Fue así como la Oscuridad, intentando mantener la última voluntad de su único amigo, aportó equilibrio y orden.
Fue así como nació la Muerte.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mondo Chorra- Microcosmos, o Universo Personal



Hace ya varios años, cuando estaba en la carrera, tuve a una profesora de literatura norteamericana que, hará cosa de un añito o puede que más, nos abandonó tras una lucha contra una grave enfermedad contra la que estuvo peleando durante años. Quizás no fuese de mis profesoras favoritas por aquel entonces pero, como sucedió con la mayoría de mis docentes, es alguien de quien aprendí algunas cosas interesantes. Si bien tenía costumbre de sacar un contexto sexual a cualquier cosa que se encontrase en un relato (lo que queda como anécdota curiosa y que me gusta mencionar cuando hablo de ella, puede que debido a mi mentalidad guarruna), lo realmente importante de esta señora es que era una mujer muy concienciada con el género (para muchos, quizás demasiado) y que nos abrió los ojos hacia todo ese mundo que es el enfoque feminista de la literatura.
Entre sus enseñanzas, cabe destacar el concepto de Microcosmos, que esta profesora usaba para referirse al contexto de una narración: ese pequeño universo particular en el que los personajes se desenvuelven y en el que un conflicto se desarrolla, dando lugar a una historia.
Un Universo en miniatura, si quieres.

En algún artículo anterior ya he señalado que me gusta comparar la vida real con las historias de ficción, salvando las distancias. Si habéis seguido posts antiguos, me habréis visto mencionar que en este aspecto lo ficticio no es muy diferente de lo real: no si partimos del hecho de que nosotros, pobres habitantes de un Universo gris en el que no parece pasar nunca nada digno de mención, somos los protagonistas absolutos de nuestra propia historia. Somos el sujeto de nuestra biografía particular. Héroes o antihéroes de un mundo en el que nacemos, crecemos y (mucho me temo) moriremos.

A veces somos como el héroe que mata a la bestia.
Otras, somos como la bestia.
Y de vez en cuando solo somos el caballo, que contempla lo que pasa.


A veces pienso que nuestras vidas parecen escritas, si no por nosotros mismos (no creo tanto en la voluntad del hombre para forjar su propio destino contra leyes tales como las de la probabilidad), por algún tipo de Mano. No, no pienso entrar en cuestiones filosóficas o teológicas; no tengo mucha intención de debatir acerca de la existencia de Algo Superior y, por supuesto, creo que lo más sensato es dejar que cada uno de vosotros crea en lo que le parezca conveniente.
Cuando hablo de esta Mano no me refiero a una voluntad consciente, sino simplemente a esa consecución de acontecimientos que hacen que nuestra vida se muestre como una historia lineal que, bien se repite cada cierto tiempo (al menos yo sí creo que en nuestra vida se dan ciertos ciclos o períodos, con patrones más o menos recurrentes), bien no es más que la consecución de un montón de acontecimientos aparentemente caóticos, pero que al mismo tiempo conforman toda una secuencia. Una trayectoria que, a largo plazo, nos acaba definiendo como lo que somos. Nosotros, en gran medida, pequeños humanos que nos creemos amos de nuestro destino, resultamos ser la suma de los acontecimientos que tienen lugar en nuestras vidas. Somos lo que que sobrevive a un montón de experiencias, buenas o malas.

Como ya mencioné, en este Universo particular de cada uno las cosas parecen tener sus propias reglas: nosotros, como protagonistas, nos podemos rodear de personajes secundarios (padres, hermanos, amigos, gente que nos guía o gente que nos escucha) que están a nuestro lado durante un tiempo. Algunos, años, otros, simples episódicos que están con nosotros apenas un par de horas para no volverlos a ver jamás. A veces algunos de ellos saltan a la palestra y pasan de ser perfectos desconocidos a gente muy importante en nuestro entorno; en otros casos es justo al revés: buenos amigos o incluso hermanos con los que perdemos el contacto y cuya influencia en nuestras vidas acaba por formar parte del pasado. Capítulos enteros que se convierten en apenas notas a pie de página mientras el libro de nuestra historia avanza.

El tiempo mismo parece obedecer a diversos cambios de ritmo: en ciertas etapas de nuestra vida, la prosa se vuelve lenta y tediosa, como si al Autor de nuestra existencia le hubiese dado por escribir una pausa digresiva o bien estuviese poco inspirado. Esos capítulos en los que la acción se ralentiza y todo parece sumamente descriptivo; donde el tiempo mismo parece congelarse y cada día es exactamente igual que el anterior. En otras ocasiones, el ritmo se vuelve endiablado y los días y los meses se suceden con una velocidad que da vértigo: la acción se atropella y los hechos saltan de párrafo a párrafo. Nosotros, pobres protagonistas, héroes o antihéroes de esa maltrecha historia que es la vida, tenemos que luchar por adaptarnos a ese cambio de ritmo, a ese agresivo martilleo del lenguaje. Si pensamos en historias ilustradas o novelas gráficas (sabéis que me encanta el mundo del cómic), incluso podemos pensar en un trazado nervioso, lleno de tramas rayadas, manchas de tinta salpicada a lo largo de toda la página. Imágenes caóticas en cada viñeta pero que, al comprobarlo con cierto detenimiento, descubrimos que conforman una secuencia más ordenada de lo que podíamos pensar.
Simplemente todo va más rápido.

Tanto que ni lo notamos.


Nuestro enfoque como personajes en sí puede cambiar, incluso: tenemos etapas más confusas en las que nuestra mayor gesta es luchar contra nosotros mismos. La guerra interior, haciendo frente a los demonios que anidan en nuestras tripas que, como si de una saga se tratase, puede cerrarse y pasar a otros conceptos diferentes. Podemos ser vistos como héroes, amantes, perdedores o incluso villanos. Esas etapas en las que odiamos al mundo, o bien la vida nos parece de color de rosa. Esas etapas en las que afrontamos las adversidades y, oponiéndonos a un mar de dudas, combatimos los palos y flechas de una airada Fortuna. Eso, claro está, si no nos sumimos en la inactividad, en la indecisión o simplemente en la pereza que confiere una etapa de cierta serenidad.
En cierto modo, somos siempre los mismos y raramente dejamos de ser quienes somos... pero al mismo tiempo, si lo pensamos bien, evolucionamos. Sufrimos cambios sutiles o bien nuestra percepción del mundo es la que varía.

Percepción.
Si bien dijo Kant en su momento que nuestra percepción del mundo es la que define un poco nuestro concepto de las cosas (ver el mundo con unas gafas de lente amarilla no convierte al mundo en algo amarillo en sí, pero tampoco lo hace algo del todo diferente), no puedo sino evitar recordar las palabras de alguien que conocí hace ya más de una década y que me dijo que en realidad la realidad que creemos conocer no es tal; que no es más que la suma de nuestras percepciones y de la imagen mental que nos conformamos acerca de ella, pero que en caso alguno eso implica un universo objetivo e inmutable.
Dicho de otro modo, el Universo como tal no es más que nuestro Universo personal.

La vida igual no es color de rosa. Solo algunos la ven así.


Partiendo de esta base, la gente que nos rodea no es como creemos que es; tan solo hemos forjado nuestra imagen mental a partir de lo que esa persona nos muestra o (más evidente de lo que parece) de lo que queremos ver de ella. Por tanto, no es la gente que nos rodea la que nos decepciona: somos nosotros, como artífices de nuestro propio Universo los que nos decepcionamos al configurar una quimera acerca de otros que, obviamente, no debe corresponder mucho con lo que realmente son.
De ahí es posible incluso que la respuesta a la clásica pregunta acerca de si la vida es maravillosa o una mierda en realidad sea algo mucho más gris y neutro de lo previsto: es posible que no sea ni lo uno ni lo otro, sino que dependa de en dónde enfoquemos nuestra visión. Matices de gris que en absoluto están reñidos: podemos ser la gente más optimista del mundo y nos pueden suceder cosas malas, o bien pensar que estamos abocados al fracaso más absoluto y, contra todo pronóstico, salir airosos.

Y pese a ello, pese a este carácter de relativismo, podemos encontrar patrones: nuestros Universos, por lo general, parecen atender a ciertas características propias. Podemos pensar lo contrario, pero siempre tenemos una forma particular de enfocar las cosas y, en cierto modo, ciertas cosas solo parecen sucedernos a nosotros. O lo hacen de un modo muy preciso y concreto, diferente al de los demás. Recordemos ese tipo de cosas que hemos dicho siempre "Lo que me pase a mí, no le pasa a nadie"... lo que en el fondo, y en cierto modo, es verdad: nosotros, por así decirlo, tenemos una forma de enfocar el mundo; esa forma, si creemos en una especie de teoría psicotrópica, psicodélica, metafísica y esotérica acerca de cómo funcionan las cosas, crea una pauta. Somos la gota que cae en el agua y genera ondas, y por medio de un principio de acción y reacción, lo que generamos nos es devuelto. No solo eso, nos es devuelto y lo percibimos de una forma propia, lo que hace que ese hecho se convierta en algo único. No por el hecho en sí, sino por cómo lo asimilamos.

Probablemente (y solo si tomamos esta teoría como algo plausible) de aquí se pueda sacar la conclusión de que en cada Universo Personal las cosas suceden de un modo propio. Hablaríamos entonces de una multitud de Universos (uno por cada persona) en que cada acontecimiento se desarrolla con un lenguaje diferente. Puede ser que por eso a veces los Universos choquen o no se entiendan; o bien que haya otros que resulten ser compatibles, si no de una forma perpetua, si durante un período largo de tiempo.
Universos que se expanden, se contraen o sufren evoluciones y revoluciones. Que se ponen a prueba a sí mismos y que acaban por reinventarse.
Quizás, y solo quizás, si lo pensamos, no seamos tan diferentes a esos personajes de ficción que miramos por encima del hombro cuando leemos un libro.
O quizás solo sea percepción mía.