miércoles, 30 de octubre de 2013

Angst- Mirar al Abismo



Cada vez que termina una batalla, la sensación viene a ser más o menos la misma, metafóricamente hablando: ahí estás, empapado de sangre de arriba abajo, con heridas abiertas por todas partes. Los miembros te pesan y los sentidos te fallan. A tu alrededor, todo es confusión y caos. Y en tu interior, vacío. Un vacío que no eres capaz de entender, mucho menos de explicar.

Ese vacío, según algunos, es el precio de la victoria; para otros, no es más que el cansancio por haber participado en una contienda. Por mi parte, no sabría decirlo; he participado en mil y una contiendas desde hace ya casi veinte años. Prácticamente toda una vida plantando los pies en el suelo, alzando el escudo y esperando que las oleadas enemigas hagan su movimiento. Años levantando defensas y respondiendo con ataques tan feroces como los recibidos o incluso más. Cada batalla puede haber supuesto, en cierto sentido, una victoria, ya que al final el resultado es el esperado: tus enemigos, caídos o puestos en fuga, lejos de tu Universo Personal y de camino hacia las tierras del Olvido. Sin embargo, no es plenitud lo que sientes dentro del pecho, aunque tu cabeza te diga que has vencido.

Lo único que sientes es esa sensación de vacío que he mencionado arriba, amén de un tremendo cansancio. Cada golpe asestado, cada lanzada, espadazo, puñalada o golpe al rostro con el escudo no supone sino un fortísimo desgaste de energía. Cada vez que, por obligación o por autodefensa te sientes obligado a presentar batalla contra las fuerzas que se alinean en tu contra, tus fuerzas se drenan y se ven mermadas. Cada vez que peleas y repeles a tus oponentes, sientes que una parte de tu interior, de forma inevitable, muere. Pierdes una parte de ti mismo cuando te ves obligado a golpear a quien consideras que ha sobrepasado tus fronteras.
No puedes sentirte menos orgulloso cada vez que arreas una dentellada a la yugular. No te sientes un héroe, ¡que cojones, ni siquiera te sientes bien! Hacer este tipo de cosas duele una salvajada, pero sabes que tienes que hacerlo. Quizás es por eso por lo que este tipo de combates son los más duros y miserables que puedes librar. Sacan lo peor de ti y estás abocado a presentar batalla, te guste o no. Quieras o no.

Ya decía Nietzsche que tenemos que tener mucho cuidado a la hora de combatir con monstruos, ya que podemos convertirnos en monstruos nosotros mismos. El abismo, si lo miras el tiempo suficiente, puede devolverte la mirada. Y puede llegar el momento en que perdamos el norte y no seamos capaces de distinguirnos de aquellos a los que combatimos.
Ese es, quizás, el terror más grande que puede surgir cada vez que saltamos a la arena, dispuestos a defendernos de los ataques enemigos. Perder el norte y la conciencia de lo que estamos haciendo.
La línea que separa la defensa propia de la maldad condensada es fina, muy fina y, aunque siempre debemos estar dispuestos a defendernos, también tenemos que recordar que la maldad puede ser contagiosa. Los monstruos que nos atacan pueden contagiarnos de su veneno y acabar amargando nuestra existencia. No es tan complicado que, a raíz de ver constantemente toda esa ira, toda esa crueldad y todo ese despliegue de mentiras y murmuraciones, acabemos por ver un mundo enponzoñado, en el que es imposible fiarse de nadie. Donde hay insultos tras cada sonrisa e insinuaciones tras cada halago.
No es tan extraño; ya he conocido gente así a lo largo de varias décadas arrastrándome por este mundo. Gente que era incapaz de estar de broma con un amigo porque sus propios demonios les obligaban a pensar que estaban siendo blanco de humillaciones, algo bastante alejado de la realidad. Y esas inseguridades, creedme, no tardaban en generar conflictos. Conflictos que acababan pagándose con sangre.

Violencia, no necesariamente física, pero sí de otras formas:
Agresividad y odio por todas partes.


Recuerdo el caso de uno de ellos, hace ya... no sé, más de una década. Este tipo era uno de ellos; se permitía el lujo de bromear contigo de lo que fuese, cosa que no está mal si el que lo hace es un amigo. En el momento en que ya se metía en camisas de once varas, como el trato que tenías con tu pareja de aquel entonces, era  ya cuando tenías que trazar la línea y decirle que estaba hablando de una cosa que no era asunto suyo. Ahí era cuando el colega torcía el morro y empezaba a pensar que tenías algo en su contra.
Imaginad cómo se tomaba cuando bromeabas con él o le decías que no veías sentido a lo que estaba diciendo (esto era más frecuente de lo que nos hubiera gustado, ya que el tío tenía una visión tan personal del mundo que ni siquiera se molestaba en argumentarla. De eso al pensamiento mágico, creedme, había un paso): ahí saltaba la paranoia y el ego ofendido. De un simple "No, no lo veo" que podías decirle, la cosa derivaba en que el tío te llamase para quedar a solas al día siguiente y preguntarte si te pasaba algo con él.
En definitiva, chorradas.
Chorradas, sí, pero que te acababan quemando semana tras semana y mes tras mes, hasta el punto en que te empezaba a poner de mala leche. Te levantabas un día encabronado por las últimas estupideces de la jornada y al día siguiente te dabas cuenta de que te habías levantado de mala leche por inercia, sin un motivo claro por el que cabrearte. Así, día tras día.

Es entonces, cuando eres tú quien pierde el norte, cuando tienes que darte cuenta de que en algún momento tienes que parar. Mantener tu dignidad donde debe estar y no agachar la cabeza ante las tonterías de los demás, por supuesto... pero no ir más allá. Trazar la línea donde esa gente y toda la estirpe que los rodea puedan respirar, alimentarse y, si los dioses son propicios, hasta dejarlos que follen un rato a ver si dejan de amargarse, pero dejarlos ahí. Unos en un lado, otros en otro.
A menos, claro está, en que quieras convertirte en esa clase de criaturas.



Este tío del que hablo no fue ni el primero ni el único con el que tuve la desgracia de encontrarme a lo largo de mi vida, aunque sí tuvo la potra de machacarme en un momento en que me encontraba especialmente escaso de fuerzas. Me hizo falta una buena temporada para poder deshacerme de él, junto de toda la camarilla de lengüetones que le rodeaban, y algún tiempo más para limpiarme por dentro de todo ese veneno que me habían contagiado: mucho cinismo, muchas mentiras y, sobre todo, muchísimas puñaladas traperas por parte de gente a la que, muy poco tiempo atrás, se les había llenado la boca hablando de lo importante que era la amistad y otras patrañas que solo vociferan los hipócritas.
Fue una temporada dura, en la que prácticamente tuve que reinventarme a mí mismo y partir desde cero. Echar abajo conceptos que habían estado ahí desde el principio, revisar viejas creencias y aprender a ver el mundo desde otra óptica: más triste, quizás, pero más sabio. No mucho más, pero sí lo bastante como para darme cuenta de que a partir de entonces las cosas no volverían a ser como habían sido en mi Universo personal.
Dicho de un modo metafórico, fue lo más parecido a morir y levantarse de entre los muertos... solo que yo necesité algo más de tres días, claro.

A partir de entonces, la política sería seguir adelante, adaptarse a los cambios realizados y esperar a encontrar lo que la vida podía ofrecerte. Tampoco es que hubiese muchas alternativas.
Con esto no quiero decir que las cosas fuesen a mejorar de buenas a primeras, ni mucho menos; esa etapa de reinvención personal no fue la última batalla que tuve que presentar. A razón de varios años, los conflictos se han seguido sucediendo, en mayor o menor intensidad, pero no puede decirse que hayan desaparecido. Tan solo ha habido pausas, más o menos largas, pero siempre han estado ahí: reproches, grandes frases como "Tú es que has hecho esto", "No has hecho lo otro" y todo un sinfín de exigencias por parte de gente a la que no has conseguido entender, por mucho que lo intentes; en otros casos, se trata de gente que ni se ha molestado en entenderte a ti. Ha disparado primero, y luego ni se ha molestado en hacer preguntas.
Y ante eso, las dos opciones siempre están ahí: la de envenenarte o la de quemar tierra, como hacían los rusos.



El tiempo te enseña, o al menos me ha enseñado a mí, a defenderme. A no dejar una afrenta impune y trazar la línea. A no dar el primer golpe, pero sí el último, para dejar las cosas claras y poner fin a tanta tontería. Pero a partir de ahí, tierra quemada: dar hambre y frío a aquellos que tratan de buscarte para perpetuar la contienda. No se merecen otra cosa. No nos merecemos otra cosa, porque seguir con ello no es más que mirar al abismo.
Y ya sabemos lo que pasa cuando miras ahí más tiempo del necesario.

2 comentarios:

Nieves Delgado dijo...

Hay una norma que sigo siempre para saber si me conviene relacionarme con alguna persona; si, por norma general, después de estar con esa persona me siento peor que antes de hacerlo, entonces es una relación tóxica para mí. Eso no quiere decir que la persona sea mala, ojo, solo que a mí no me conviene. Y en ese caso, no me tiembla el pulso a la hora de poner fin a esa situación.

Rumbo a la Distopía dijo...

Yo llevo así un tiempo. Y no suelo arrepentirme de mis decisiones, curiosamente...