Hace ya varios años, cuando estaba en la carrera, tuve a una profesora de literatura norteamericana que, hará cosa de un añito o puede que más, nos abandonó tras una lucha contra una grave enfermedad contra la que estuvo peleando durante años. Quizás no fuese de mis profesoras favoritas por aquel entonces pero, como sucedió con la mayoría de mis docentes, es alguien de quien aprendí algunas cosas interesantes. Si bien tenía costumbre de sacar un contexto sexual a cualquier cosa que se encontrase en un relato (lo que queda como anécdota curiosa y que me gusta mencionar cuando hablo de ella, puede que debido a mi mentalidad guarruna), lo realmente importante de esta señora es que era una mujer muy concienciada con el género (para muchos, quizás demasiado) y que nos abrió los ojos hacia todo ese mundo que es el enfoque feminista de la literatura.
Entre sus enseñanzas, cabe destacar el concepto de Microcosmos, que esta profesora usaba para referirse al contexto de una narración: ese pequeño universo particular en el que los personajes se desenvuelven y en el que un conflicto se desarrolla, dando lugar a una historia.
Un Universo en miniatura, si quieres.
En algún artículo anterior ya he señalado que me gusta comparar la vida real con las historias de ficción, salvando las distancias. Si habéis seguido posts antiguos, me habréis visto mencionar que en este aspecto lo ficticio no es muy diferente de lo real: no si partimos del hecho de que nosotros, pobres habitantes de un Universo gris en el que no parece pasar nunca nada digno de mención, somos los protagonistas absolutos de nuestra propia historia. Somos el sujeto de nuestra biografía particular. Héroes o antihéroes de un mundo en el que nacemos, crecemos y (mucho me temo) moriremos.
A veces somos como el héroe que mata a la bestia.
Otras, somos como la bestia.
Y de vez en cuando solo somos el caballo, que contempla lo que pasa.
A veces pienso que nuestras vidas parecen escritas, si no por nosotros mismos (no creo tanto en la voluntad del hombre para forjar su propio destino contra leyes tales como las de la probabilidad), por algún tipo de Mano. No, no pienso entrar en cuestiones filosóficas o teológicas; no tengo mucha intención de debatir acerca de la existencia de Algo Superior y, por supuesto, creo que lo más sensato es dejar que cada uno de vosotros crea en lo que le parezca conveniente.
Cuando hablo de esta Mano no me refiero a una voluntad consciente, sino simplemente a esa consecución de acontecimientos que hacen que nuestra vida se muestre como una historia lineal que, bien se repite cada cierto tiempo (al menos yo sí creo que en nuestra vida se dan ciertos ciclos o períodos, con patrones más o menos recurrentes), bien no es más que la consecución de un montón de acontecimientos aparentemente caóticos, pero que al mismo tiempo conforman toda una secuencia. Una trayectoria que, a largo plazo, nos acaba definiendo como lo que somos. Nosotros, en gran medida, pequeños humanos que nos creemos amos de nuestro destino, resultamos ser la suma de los acontecimientos que tienen lugar en nuestras vidas. Somos lo que que sobrevive a un montón de experiencias, buenas o malas.
Como ya mencioné, en este Universo particular de cada uno las cosas parecen tener sus propias reglas: nosotros, como protagonistas, nos podemos rodear de personajes secundarios (padres, hermanos, amigos, gente que nos guía o gente que nos escucha) que están a nuestro lado durante un tiempo. Algunos, años, otros, simples episódicos que están con nosotros apenas un par de horas para no volverlos a ver jamás. A veces algunos de ellos saltan a la palestra y pasan de ser perfectos desconocidos a gente muy importante en nuestro entorno; en otros casos es justo al revés: buenos amigos o incluso hermanos con los que perdemos el contacto y cuya influencia en nuestras vidas acaba por formar parte del pasado. Capítulos enteros que se convierten en apenas notas a pie de página mientras el libro de nuestra historia avanza.
El tiempo mismo parece obedecer a diversos cambios de ritmo: en ciertas etapas de nuestra vida, la prosa se vuelve lenta y tediosa, como si al Autor de nuestra existencia le hubiese dado por escribir una pausa digresiva o bien estuviese poco inspirado. Esos capítulos en los que la acción se ralentiza y todo parece sumamente descriptivo; donde el tiempo mismo parece congelarse y cada día es exactamente igual que el anterior. En otras ocasiones, el ritmo se vuelve endiablado y los días y los meses se suceden con una velocidad que da vértigo: la acción se atropella y los hechos saltan de párrafo a párrafo. Nosotros, pobres protagonistas, héroes o antihéroes de esa maltrecha historia que es la vida, tenemos que luchar por adaptarnos a ese cambio de ritmo, a ese agresivo martilleo del lenguaje. Si pensamos en historias ilustradas o novelas gráficas (sabéis que me encanta el mundo del cómic), incluso podemos pensar en un trazado nervioso, lleno de tramas rayadas, manchas de tinta salpicada a lo largo de toda la página. Imágenes caóticas en cada viñeta pero que, al comprobarlo con cierto detenimiento, descubrimos que conforman una secuencia más ordenada de lo que podíamos pensar.
Simplemente todo va más rápido.
Tanto que ni lo notamos.
Nuestro enfoque como personajes en sí puede cambiar, incluso: tenemos etapas más confusas en las que nuestra mayor gesta es luchar contra nosotros mismos. La guerra interior, haciendo frente a los demonios que anidan en nuestras tripas que, como si de una saga se tratase, puede cerrarse y pasar a otros conceptos diferentes. Podemos ser vistos como héroes, amantes, perdedores o incluso villanos. Esas etapas en las que odiamos al mundo, o bien la vida nos parece de color de rosa. Esas etapas en las que afrontamos las adversidades y, oponiéndonos a un mar de dudas, combatimos los palos y flechas de una airada Fortuna. Eso, claro está, si no nos sumimos en la inactividad, en la indecisión o simplemente en la pereza que confiere una etapa de cierta serenidad.
En cierto modo, somos siempre los mismos y raramente dejamos de ser quienes somos... pero al mismo tiempo, si lo pensamos bien, evolucionamos. Sufrimos cambios sutiles o bien nuestra percepción del mundo es la que varía.
Percepción.
Si bien dijo Kant en su momento que nuestra percepción del mundo es la que define un poco nuestro concepto de las cosas (ver el mundo con unas gafas de lente amarilla no convierte al mundo en algo amarillo en sí, pero tampoco lo hace algo del todo diferente), no puedo sino evitar recordar las palabras de alguien que conocí hace ya más de una década y que me dijo que en realidad la realidad que creemos conocer no es tal; que no es más que la suma de nuestras percepciones y de la imagen mental que nos conformamos acerca de ella, pero que en caso alguno eso implica un universo objetivo e inmutable.
Dicho de otro modo, el Universo como tal no es más que nuestro Universo personal.
La vida igual no es color de rosa. Solo algunos la ven así.
Partiendo de esta base, la gente que nos rodea no es como creemos que es; tan solo hemos forjado nuestra imagen mental a partir de lo que esa persona nos muestra o (más evidente de lo que parece) de lo que queremos ver de ella. Por tanto, no es la gente que nos rodea la que nos decepciona: somos nosotros, como artífices de nuestro propio Universo los que nos decepcionamos al configurar una quimera acerca de otros que, obviamente, no debe corresponder mucho con lo que realmente son.
De ahí es posible incluso que la respuesta a la clásica pregunta acerca de si la vida es maravillosa o una mierda en realidad sea algo mucho más gris y neutro de lo previsto: es posible que no sea ni lo uno ni lo otro, sino que dependa de en dónde enfoquemos nuestra visión. Matices de gris que en absoluto están reñidos: podemos ser la gente más optimista del mundo y nos pueden suceder cosas malas, o bien pensar que estamos abocados al fracaso más absoluto y, contra todo pronóstico, salir airosos.
Y pese a ello, pese a este carácter de relativismo, podemos encontrar patrones: nuestros Universos, por lo general, parecen atender a ciertas características propias. Podemos pensar lo contrario, pero siempre tenemos una forma particular de enfocar las cosas y, en cierto modo, ciertas cosas solo parecen sucedernos a nosotros. O lo hacen de un modo muy preciso y concreto, diferente al de los demás. Recordemos ese tipo de cosas que hemos dicho siempre "Lo que me pase a mí, no le pasa a nadie"... lo que en el fondo, y en cierto modo, es verdad: nosotros, por así decirlo, tenemos una forma de enfocar el mundo; esa forma, si creemos en una especie de teoría psicotrópica, psicodélica, metafísica y esotérica acerca de cómo funcionan las cosas, crea una pauta. Somos la gota que cae en el agua y genera ondas, y por medio de un principio de acción y reacción, lo que generamos nos es devuelto. No solo eso, nos es devuelto y lo percibimos de una forma propia, lo que hace que ese hecho se convierta en algo único. No por el hecho en sí, sino por cómo lo asimilamos.
Probablemente (y solo si tomamos esta teoría como algo plausible) de aquí se pueda sacar la conclusión de que en cada Universo Personal las cosas suceden de un modo propio. Hablaríamos entonces de una multitud de Universos (uno por cada persona) en que cada acontecimiento se desarrolla con un lenguaje diferente. Puede ser que por eso a veces los Universos choquen o no se entiendan; o bien que haya otros que resulten ser compatibles, si no de una forma perpetua, si durante un período largo de tiempo.
Universos que se expanden, se contraen o sufren evoluciones y revoluciones. Que se ponen a prueba a sí mismos y que acaban por reinventarse.
Quizás, y solo quizás, si lo pensamos, no seamos tan diferentes a esos personajes de ficción que miramos por encima del hombro cuando leemos un libro.
O quizás solo sea percepción mía.




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