Antes de empezar, debo informaros de algo importante: esta historia es real y no una leyenda urbana. No me la ha contado nadie, ni es una adaptación que haya visto por la tele. No sé si alguna de las personas mencionadas en este post es alguien a quien conozcáis personalmente. Por eso (y porque además, no tengo ni puta idea de los nombres de los implicados), se omitirá cualquier referencia explícita a persona viva conocida.
También hay algún desconocido, posiblemente muerto, que será mencionado, pero dejaremos que su identidad permanezca en el anonimato.
Yo os la cuento como la viví. Vosotros decidís si creerla o no.
Yo os la cuento como la viví. Vosotros decidís si creerla o no.
Todo empezó hace ya bastantes años.
Por aquel entonces yo estaba cursando mis estudios universitarios, antes de llegar al último curso donde cierta profesora se dedicase a tocarme la moral de mala manera, y bastante antes de haber ingresado en el curso de doctorado donde ya me tocaron los cojones a dos manos entre unos y otros.
Sí, amigos Distópicos, aquellos eran tiempos felices. Donde uno dividía su tiempo entre estudiar a Shakespeare y comprarse el último tomo del coleccionable de X-Men de Planeta De-Agostini (cuando Planeta llevaba Marvel, calculad la de tiempo que ha pasado ya).
Pues ahí estaba yo, en una primavera algo más cálida que esta (porque ahora mismo me asomo por la ventana y está el cielo más negro que el potorro de una gorila), un dominguito por la tarde pegándole a alguna asignatura; bien podía ser Literatura, Lingüística... o incluso puede que esto tuviese lugar un año antes, cuando tuve la genial idea de meterme en primero de Psicología (otra historia que igual podría contar en un post aparte, dependiendo de la demanda popular).
Vivo en un barrio relativamente tranquilo; un domingo por la tarde no suele implicar nada más interesante que los del campo de fútbol dándolo todo en algún partido contra los del barrio de al lado, o algún vecino paseando al perro. Como digo, nada digno de mención.
Algo en este plan. Incluso hay una explanada con matojos del mismo color y un poste eléctrico de madera.
Creedlo.
Hasta que en un momento dado, veo que justo frente a mi ventana aparca un Seat Panda bastante hecho polvo. Nada especial, tampoco; frente a mi ventana tengo un aparcamiento y no sería la primera vez que el personal se ha venido a escuchar el partido del Málaga por la radio o a pegarse alguna siestecilla. En fin, aficiones curiosas de cada uno.
No presté demasiada atención al Panda. Lo vi en el momento en que me fui a echar un chorrete y me llamó la atención que, cuando volví, todavía había gente dentro.
Esto pasaría como anécdota muermo, si no llega a ser por lo que sucedió a la semana siguiente.
Había salido a darme una vuelta y, al llegar por la noche, mis padres me comentaron que habían visto el mismo Panda mientras se estaban tomando el café en la cocina. Esto tampoco habría sido nada relevante, si no se hubiesen dado cuenta de que en el interior del vehículo había un señor, al parecer bastante mayorcete, agitando un brazo cosa mala, como si estuviera sobándose el rabo.
A tal punto llegaría la confusión de mis viejos (porque estas cosas nunca te las crees de entrada aunque las estés viendo a menos de quince metros de tus narices), que se fueron para mi cuarto y echaron mano de unos prismáticos que tengo que me regalaron hace siglos.
La visión que confirmó el hecho resultó tan espeluznante como la sospecha: el colega estaba ahí poniendo más empeño que los chicos del equipo de fútbol en ganar al rival. Incluso (aseguraba mi padrastro), le vieron dándose golpetazos con el dedo en la punta del pito para ver si aquello se ponía a tono.
Ni que decir tiene que me descojoné cosa mala cuando me contaron la película.
Me reí un poco menos cuando resultó que el colega se había montado su propio nido pajeril (no pajaril) justo bajo mi ventana. Según fuimos descubriendo en posteriores visitas, el colega no venía solo: se traía a una señora de mediana edad, cuya única función parecía ser estar ahí mientras el señor hacía ejercicios de muñeca, codo, biceps, triceps, hombros y, si la anatomía se lo llega a permitir, incluso dorsarles y lumbares.
La clase de cosas que uno ve cuando se asoma por la ventana y sin esforzarse. El cabrón tenía la costumbre de ponerse justo frente a mi bloque.
¿Por qué demonios no pudo pasar esto?
¿Por qué?
¿¿¿POR QUÉ???
Con el tiempo el amigo se convirtió en una institución en el barrio: según parecía, venía a eso de las cuatro y aparcaba un poco más arriba; luego, cuando daban las siete o así (hora en la que la gente suele pasear por estos lares, cuando sacan a los perros o cuando los niños cogen las bicicletas, especialmente en verano), la señora arrancaba el vehículo y se colocaban justo en mitad del aparcamiento público. En un sitio tan abierto como este, sólo puedes ser más visible si montas un escenario o si te dedicas a hacer estallar artefactos explosivos de considerable calibre.
Y ahí estaba, paja para arriba, paja para abajo. La clase de cosas que te hacen preguntarte, "Joder, ¿de dónde saca este fulano las energías para estar unas cinco o seis horas (o puede que más) dale que te pego?"
La respuesta vino un día que le pillamos bajándose del vehículo.
Ante este tipo de situaciones, tú puedes pensar que bueno, el hombre (nunca le habíamos visto la cara, hasta entonces; no preguntéis qué era lo que le solíamos ver cada vez que nos asomábamos a la ventana a comernos un bocata) debía ser mayor y tal... lo que nos dejó totalmente FLIPANDO fue que debía tener más de ochenta años. Apenas podía moverse al bajarse del coche; qué coño, ni siquiera podía tenerse en pie por sí mismo, lo que demuestra que la energía adolescente la había conservado de cintura para arriba; sí, ya podéis entender por qué podía estar toda la santa tarde tocando la zambomba: con aquello en modo chicle masticado, no terminaba ni a tiros. Juerga y diversión para ponerse a tono.
Eso sí, el señor de punta en blanco, con camisa, chaqueta y corbata. Todo un dandy, oiga.
Y siguió pasando el tiempo. El Abuelo Gayolas, o tal vez, su señora acompañante, cambió de coche. El viejo Seat Panda ahora era un flamante Opel Corsa de color rojo. Un picadero con ruedas donde el noble arte de pelar la banana se practicaba de (aproxiamadamente) cuatro a (tal vez) ocho,o más. Nunca llegamos a ponerle el crono, pero sabíamos que se podía pegar allí la tarde entera
Religiosamente cada domingo.
Resulta curioso que jamás escuchásemos de incidente alguno por la zona. Como digo, por aquí juegan montones de niños y pasa una cantidad considerable de gente los fines de semana. Nunca escuchamos a nadie recriminar la actitud pajera del anciano ni nada por el estilo.
Puede que muchos lo hubieran visto pero sintieran vergüenza de llegar a casa y decir "Me he encontrado a un viejo machacándosela como si no hubiera un mañana".
Yo, como no tengo vergüenza, me da igual.
Todo lo más, recuerdo un duelo a lo Sergio Leone entre mis padres y la Señora Gayolas. Éstos, un poco hasta los huevos ya de tener a alguien frotándose la chorra todos los putos domingos, optaron por la guerra psicológica: se plantaron a tomarse el café en la ventana y observarlos fijamente mientras la Señora Gayolas ponía mala cara (aclaro aquí que como ésta al Abuelo ni lo tocaba, se entretendría a lo largo de toda la tarde mirando a los edificios que la rodeaban para ver si había alguien cerca. Otra afición extraña que puede tener la raza humana). Mis viejos no cedieron y se tomaron el café íntegro mientras aguantaron la mirada de la mujer. No me dijeron cuánto tiempo estuvieron, pero calculo que el cuarto de hora no se los quitó ni Dios.
A esto le ponéis música de Ennio Morricone y se convierte en un puto clásico contemporáneo.
"¡Ponle más empeño, demonios!"
Se supone que todas las historias deben tener un final. Feliz o no, pero deberían concluir.
En este caso, no puedo decir que esta lo tenga. No un final que yo conozca, al menos. Tan sólo puedo deciros que, tras dos o tres años de agitar la salchicha compulsivamente, el Abuelo Gayolas dejó de deleitarnos con aquellos momentazos. Lo más lógico sería pensar que murió. Puede que de tanta paja acabase por reventarle alguna vena o algo y se quedase en el sitio, o incluso que sufriese un episodio de combustión espontánea a causa de alguna calentura; puede incluso que un buen día decidiese que sus cataplines ya no producían caldo del amor y que era tontería rememorar épocas pasadas a sacudida limpia (valga en este caso la redundancia por lo de "limpia") y acabase por dedicar sus superpoderes a algo más útil como accionar palancas en alguna fábrica o algo. Es posible incluso que la Señora Gayolas se aburriese del tema y dejase al Abuelo para jugar a la brisca con las vecinas y desde entonces el pobre hombre tuviese que frotarse la sardinilla en casa.
Pero existe otra posibilidad, algo más escalofriante.
Puede que no hubiese pasado nada de esto. Puede, sencillamente, que decidiesen buscarse otro picadero donde fuesen todavía más visibles y el Abuelo Gayolas siga ahí, dándole al manubrio hasta el fin de los tiempos.
Así que os lo advierto: si un buen día veis, bajo vuestras ventanas, un Corsa Rojo con una pareja de la tercera edad en su interior... y si de esa pareja veis lo que parece ser un señor nervioso y una señora que no hace más que miraros, recordad esta historia.
Recordad al Abuelo Gayolas.



































