lunes, 30 de abril de 2012

Spanish Bizarro- El Alucinante caso de El Abuelo Gayolas



Antes de empezar, debo informaros de algo importante: esta historia es real y no una leyenda urbana. No me la ha contado nadie, ni es una adaptación que haya visto por la tele. No sé si alguna de las personas mencionadas en este post es alguien a quien conozcáis personalmente. Por eso (y porque además, no tengo ni puta idea de los nombres de los implicados), se omitirá cualquier referencia explícita a persona viva conocida.
También hay algún desconocido, posiblemente muerto, que será mencionado, pero dejaremos que su identidad permanezca en el anonimato.
Yo os la cuento como la viví. Vosotros decidís si creerla o no.

Todo empezó hace ya bastantes años.
Por aquel entonces yo estaba cursando mis estudios universitarios, antes de llegar al último curso donde cierta profesora se dedicase a tocarme la moral de mala manera, y bastante antes de haber ingresado en el curso de doctorado donde ya me tocaron los cojones a dos manos entre unos y otros.
Sí, amigos Distópicos, aquellos eran tiempos felices. Donde uno dividía su tiempo entre estudiar a Shakespeare y comprarse el último tomo del coleccionable de X-Men de Planeta De-Agostini (cuando Planeta llevaba Marvel, calculad la de tiempo que ha pasado ya).

Pues ahí estaba yo, en una primavera algo más cálida que esta (porque ahora mismo me asomo por la ventana y está el cielo más negro que el potorro de una gorila), un dominguito por la tarde pegándole a alguna asignatura; bien podía ser Literatura, Lingüística... o incluso puede que esto tuviese lugar un año antes, cuando tuve la genial idea de meterme en primero de Psicología (otra historia que igual podría contar en un post aparte, dependiendo de la demanda popular).
Vivo en un barrio relativamente tranquilo; un domingo por la tarde no suele implicar nada más interesante que los del campo de fútbol dándolo todo en algún partido contra los del barrio de al lado, o algún vecino paseando al perro. Como digo, nada digno de mención.

Algo en este plan. Incluso hay una explanada con matojos del mismo color y un poste eléctrico de madera.
Creedlo.

Hasta que en un momento dado, veo que justo frente a mi ventana aparca un Seat Panda bastante hecho polvo. Nada especial, tampoco; frente a mi ventana tengo un aparcamiento y no sería la primera vez que el personal se ha venido a escuchar el partido del Málaga por la radio o a pegarse alguna siestecilla. En fin, aficiones curiosas de cada uno.
No presté demasiada atención al Panda. Lo vi en el momento en que me fui a echar un chorrete y me llamó la atención que, cuando volví, todavía había gente dentro.

Esto pasaría como anécdota muermo, si no llega a ser por lo que sucedió a la semana siguiente.
Había salido a darme una vuelta y, al llegar por la noche, mis padres me comentaron que habían visto el mismo Panda mientras se estaban tomando el café en la cocina. Esto tampoco habría sido nada relevante, si no se hubiesen dado cuenta de que en el interior del vehículo había un señor, al parecer bastante mayorcete, agitando un brazo cosa mala, como si estuviera sobándose el rabo.
A tal punto llegaría la confusión de mis viejos (porque estas cosas nunca te las crees de entrada aunque las estés viendo a menos de quince metros de tus narices), que se fueron para mi cuarto y echaron mano de unos prismáticos que tengo que me regalaron hace siglos.
La visión que confirmó el hecho resultó tan espeluznante como la sospecha: el colega estaba ahí poniendo más empeño que los chicos del equipo de fútbol en ganar al rival. Incluso (aseguraba mi padrastro), le vieron dándose golpetazos con el dedo en la punta del pito para ver si aquello se ponía a tono.
Ni que decir tiene que me descojoné cosa mala cuando me contaron la película.

Me reí un poco menos cuando resultó que el colega se había montado su propio nido pajeril (no pajaril) justo bajo mi ventana. Según fuimos descubriendo en posteriores visitas, el colega no venía solo: se traía a una señora de mediana edad, cuya única función parecía ser estar ahí mientras el señor hacía ejercicios de muñeca, codo, biceps, triceps, hombros y, si la anatomía se lo llega a permitir, incluso dorsarles y lumbares.
La clase de cosas que uno ve cuando se asoma por la ventana y sin esforzarse. El cabrón tenía la costumbre de ponerse justo frente a mi bloque.



¿Por qué demonios no pudo pasar esto?
¿Por qué?
¿¿¿POR QUÉ???


Con el tiempo el amigo se convirtió en una institución en el barrio: según parecía, venía a eso de las cuatro y aparcaba un poco más arriba; luego, cuando daban las siete o así (hora en la que la gente suele pasear por estos lares, cuando sacan a los perros o cuando los niños cogen las bicicletas, especialmente en verano), la señora arrancaba el vehículo y se colocaban justo en mitad del aparcamiento público. En un sitio tan abierto como este, sólo puedes ser más visible si montas un escenario o si te dedicas a hacer estallar artefactos explosivos de considerable calibre.
Y ahí estaba, paja para arriba, paja para abajo. La clase de cosas que te hacen preguntarte, "Joder, ¿de dónde saca este fulano las energías para estar unas cinco o seis horas (o puede que más) dale que te pego?"

La respuesta vino un día que le pillamos bajándose del vehículo.
Ante este tipo de situaciones, tú puedes pensar que bueno, el hombre (nunca le habíamos visto la cara, hasta entonces; no preguntéis qué era lo que le solíamos ver cada vez que nos asomábamos a la ventana a comernos un bocata) debía ser mayor y tal... lo que nos dejó totalmente FLIPANDO fue que debía tener más de ochenta años. Apenas podía moverse al bajarse del coche; qué coño, ni siquiera podía tenerse en pie por sí mismo, lo que demuestra que la energía adolescente la había conservado de cintura para arriba; sí, ya podéis entender por qué podía estar toda la santa tarde tocando la zambomba: con aquello en modo chicle masticado, no terminaba ni a tiros. Juerga y diversión para ponerse a tono.
Eso sí, el señor de punta en blanco, con camisa, chaqueta y corbata. Todo un dandy, oiga.

Y siguió pasando el tiempo. El Abuelo Gayolas, o tal vez, su señora acompañante, cambió de coche. El viejo Seat Panda ahora era un flamante Opel Corsa de color rojo. Un picadero con ruedas donde el noble arte de pelar la banana se practicaba de (aproxiamadamente) cuatro a (tal vez) ocho,o más. Nunca llegamos a ponerle el crono, pero sabíamos que se podía pegar allí la tarde entera
Religiosamente cada domingo.
Resulta curioso que jamás escuchásemos de incidente alguno por la zona. Como digo, por aquí juegan montones de niños y pasa una cantidad considerable de gente los fines de semana. Nunca escuchamos a nadie recriminar la actitud pajera del anciano ni nada por el estilo.
Puede que muchos lo hubieran visto pero sintieran vergüenza de llegar a casa y decir "Me he encontrado a un viejo machacándosela como si no hubiera un mañana".
Yo, como no tengo vergüenza, me da igual.

Todo lo más, recuerdo un duelo a lo Sergio Leone entre mis padres y la Señora Gayolas. Éstos, un poco hasta los huevos ya de tener a alguien frotándose la chorra todos los putos domingos, optaron por la guerra psicológica: se plantaron a tomarse el café en la ventana y observarlos fijamente mientras la Señora Gayolas ponía mala cara (aclaro aquí que como ésta al Abuelo ni lo tocaba, se entretendría a lo largo de toda la tarde mirando a los edificios que la rodeaban para ver si había alguien cerca. Otra afición extraña que puede tener la raza humana). Mis viejos no cedieron y se tomaron el café íntegro mientras aguantaron la mirada de la mujer. No me dijeron cuánto tiempo estuvieron, pero calculo que el cuarto de hora no se los quitó ni Dios.
A esto le ponéis música de Ennio Morricone y se convierte en un puto clásico contemporáneo.


"¡Ponle más empeño, demonios!"


Se supone que todas las historias deben tener un final. Feliz o no, pero deberían concluir.
En este caso, no puedo decir que esta lo tenga. No un final que yo conozca, al menos. Tan sólo puedo deciros que, tras dos o tres años de agitar la salchicha compulsivamente, el Abuelo Gayolas dejó de deleitarnos con aquellos momentazos. Lo más lógico sería pensar que murió. Puede que de tanta paja acabase por reventarle alguna vena o algo y se quedase en el sitio, o incluso que sufriese un episodio de combustión espontánea a causa de alguna calentura; puede incluso que un buen día decidiese que sus cataplines ya no producían caldo del amor y que era tontería rememorar épocas pasadas a sacudida limpia (valga en este caso la redundancia por lo de "limpia") y acabase por dedicar sus superpoderes a algo más útil como accionar palancas en alguna fábrica o algo. Es posible incluso que la Señora Gayolas se aburriese del tema y dejase al Abuelo para jugar a la brisca con las vecinas y desde entonces el pobre hombre tuviese que frotarse la sardinilla en casa.

Pero existe otra posibilidad, algo más escalofriante.
Puede que no hubiese pasado nada de esto. Puede, sencillamente, que decidiesen buscarse otro picadero donde fuesen todavía más visibles y el Abuelo Gayolas siga ahí, dándole al manubrio hasta el fin de los tiempos.
Así que os lo advierto: si un buen día veis, bajo vuestras ventanas, un Corsa Rojo con una pareja de la tercera edad en su interior... y si de esa pareja veis lo que parece ser un señor nervioso y una señora que no hace más que miraros, recordad esta historia.
Recordad al Abuelo Gayolas.

martes, 24 de abril de 2012

Escupiendo Rabia- Cuando aprobar no depende de lo que te esfuerces




Aunque a muchos Distópicos les pueda resultar increíble debido a mi mala leche condensada y el lenguaje garrotero, da la casualidad de que el mundo de la docencia y yo somos viejos conocidos. Podríamos llamarlo camaradería, o esa especie de relación amor-odio que sólo puede verse en las buddie movies de los años 80. Primero como estudiante, luego como universitario/estudiante de posgrado y, paralelamente a esto, como profesor particular y como estudiante de prácticas en un instituto y algún que otro colegio.

Hablamos ya de unos siete años impartiendo clases a todos los niveles, desde pequeños trolls de siete años hasta profesoras de secundaria cuyo afán por aprender no ha desaparecido. Siete años de experiencias realmente buenas, donde he conocido a gente estupenda que ha pasado de tenerle verdadero ASCO a una asignatura a acabar cambiando radicalmente de opinión y entender que una segunda lengua sirve para algo más que para escribir frasecitas gilipollas o para rellenar huecos en un ejercicio.

A lo largo de este tiempo he conocido también a otros profesores, bien antiguos compañeros de estudios, bien gente que me he encontrado por el camino que me han demostrado una tesón y una creatividad que han hecho que me quede literalmente alucinado en más de una ocasión. Esa clase de gente que te muestra cosas que estaban ahí pero que, si no llega a ser por ellos, ni te habrías dado cuenta. Profesionales que realmente se interesan por lo que están haciendo e intentan que lo poco que un sistema educativo de mierda te permite impartir, se imparta bien y que sea de alguna utilidad.

Pero no todo es jauja. Ojalá.
También han sido siete años de disgustos y verdaderos cabreos al ver a gente que es "profesional" sólo por el hecho de haber aprobado un puto examen de oposiciones y que, partiendo de ese principio, se autoconsideran con carta blanca para hacer lo que les salga de los cojones en un aula. Por suerte, no todos los docentes son así. Este post, sin embargo, va dedicado a sacarle los colores a más de un sinvergüenza y más de dos hijos de la gran puta que corresponden a este perfil. A esos desgraciados que hacen que la labor de un docente, que debe ser tan sagrada como cualquier otra, quede pervertida y corrupta.
Va por vosotros, cabrones.

Y si os dais por aludidos y os sienta como una hostia...
OS JODÉIS.


Existe gente que piensa que es muy fácil ponerse de parte del alumno cuando se suspende a un crío. No lo voy a negar, el viejo dicho de "El profesor me tiene manía" está más extendido que la sacrosanta creencia de que existen asignaturas "importantes" (Matemáticas, Lengua) y asignaturas "de cachondeo" (el inglés, por ejemplo).
Pero no podemos olvidar otro axioma fundamental en esta historia, que dice que antes que profesores hemos sido alumnos, y que en el momento en que asumimos un papel no podemos olvidarnos del anterior. En mi caso concreto, sería jodidamente hipócrita por mi parte, tras haberme pegado unos cuantos años en un colegio de primaria, luego en un instituto, luego en la universidad y luego en un instituto como docente en prácticas, ignorar este hecho.
Puede que muchos no os lo creáis. Puede que muchos hayáis olvidado la época en que estabais en clase. Puede que unos cuantos de vosotros, cuando terminó vuestra vida académica, os desconectaseis del todo y os dedicaseis a otras cosas. Me parece bien.
Yo no lo he hecho. He vivido directa o indirectamente en el mundo académico la mayor parte de mi vida y, a día de hoy, sigo viviendo en él.
Y tengo que decirlo:
Esa clase de mierdas existen y son frecuentes.

Dobles raseros, favoritismos, exclusiones intencionadas...
Variantes mil de lo que serían desigualdades sociales dentro del entorno académico, desde primaria hasta la Universidad. Hay para todos.


Volviendo a mi experiencia personal, yo me crié en un colegio católico. La verdad es que, visto lo visto y, dada mi experiencia tanto entre colegios religiosos y públicos, he visto pocas diferencias al respecto; añado este dato simplemente porque es lo que yo he vivido. Quien quiera hacer apología de algo a este respecto, me temo que está viendo donde no hay.
Como decía, me crié en un colegio católico. La verdad es que allí no se hacía ningún tipo de presión sobre nuestro credo; se enseñaba la doctrina regente (joder, es como si vas a un colegio inglés y te dan las clases en inglés) y poco más. Tengo que decir que a ese respecto mis docentes fueron tolerantes y de mentalidad bastante abierta. Incluso los sacerdotes.
El nivel no era malo. No era la polla en verso que vendían por toda la ciudad (de hecho, en asignaturas como Lengua española o Ciencias Naturales dejaban muchísimo que desear), pero tampoco podría decirse que estuviesen instruyendo inútiles.
Quizás el problema radica en el concepto de castas que nuestros docentes crearon durante años. Esa especie de concepción de una especie de sociedad en miniatura donde no todos éramos vistos de la misma manera. Donde al parecer tu status dentro de la ecología particular dentro de la clase, predefinido de antemano por el profesor, se contagiaba y perpetuaba a lo largo de años, determinando en cierta medida tu éxito o tu fracaso académico.

Claro que, también es posible que algunos de estos profesionales sean unos auténticos genios en conocer el determinismo genético inherente en el ADN de cada bicho viviente con sólo mirar a la persona que tienen delante y no nos hayamos enterado.
"Lo siento, no puedo hacer nada por ti. Con sólo verte me he dado cuenta de que eres un completo ínútil y nada de lo que haga servirá para remediarlo. Así que pasaré de prestarte atención. Y de aprobarte, ni hablemos".


Que yo no soy en absoluto partidario de un sistema democrático en un aula es un hecho. Puede sonar políticamente incorrecto, pero jamás me he tragado eso de que los alumnos deban ser totalmente iguales a la hora de ser evaluados. ¿Por qué? Porque paradójicamente, eso crea desigualdad: no es lo mismo un alumno al que le cuesta la asignatura, que se ha estado partiendo el lomo todo el puto año en una asignatura, que el alumno inteligente que se ha estado tocando los cojones todo el curso. Si ambos sacan un cuatro y medio, ¿qué puedo decir? ¿Merecen los dos que se les suba la nota a aprobado?
Mi respuesta es clara. Existen unos parámetros por encima de la mera nota del examen, donde se tiene que valorar el interés y el esfuerzo de un alumno. Hay que tener en cuenta que no todos los alumnos tienen las mismas habilidades o posibilidades para entender una asignatura. No podemos hablar de igualdad en ese aspecto, y eso es lo que el sistema ha intentado adaptar (con mayor o menor fortuna) con las adaptaciones curriculares. Por tanto, si quieres un sistema imparcial, tienes que ser consciente de que esas variables existen. Si quieres igualdad total, prueba a trabajar con clones. Con robots.
Y aun así, dudo que todos sean iguales, tampoco.

Aunque tal vez prefiráis esto. Para gustos, los colores.
(A los fans de esta expresión, les diré que obsérvese que esta foto está en blanco y negro)


Pero esta concepción puede pervertirse y convertirse en mierda. Un docente podría partir de esta base de la no-igualdad entre alumnos y llevarla al terreno personal: determinar su baremo de evaluación en función de cómo le caiga el alumno concreto o no. Podéis creerlo o no, pero eso no evita que suceda.
Si no lo creéis, estáis en vuestro derecho, pero antes de tomar como verdadero o falso, me gustaría que retrocedieseis vuestros relojes unos cuantos años. Decidme, con el corazón en la mano, si a ojos del profesor, no habéis visto nunca una división de clases. Decidme si no os habéis sentido nunca incitados, de modo más o menos evidente, más o menos directo, a vivir en una sociedad que fomenta la puñalada trapera. A esa filosofía de "Jode al que tienes al lado, o prepárate para que te jodan a ti". La clase de mierda competitiva que, de un modo implícito, fomenta actitudes tan deleznables como el bullying (al menos en algunos casos, no en todos) o no las castiga como es debido cuando éstas se producen (qué cómodo es mirar para otro lado, ¿verdad?).
Yo, al menos, si he vivido o sido testigo de estas cosas.
Todavía recuerdo un día en que un compañero de clase, en un recreo, lo comentó. Debíamos tener unos once años, puede que doce, así que imaginad la de tiempo que ha pasado ya. Me dijo una frase que no se me ha olvidado desde entonces: "Tú o yo vamos con un dolor de cabeza al profesor y nos dice que nos la cortemos, que vayamos al Corte Inglés y que pidamos una nueva. Pero si va X, no le dice lo mismo, ¿a que no?"
Recuerdo perfectamente el caso al que se refería: algún tiempo atrás, concretamente en el curso anterior, uno de los alumnos de la "clase alta" le comentó al profesor que le dolía la cabeza e interrumpió la clase para que éste se tumbase en una de las bancas un rato hasta que se le pasara.
Y esto no es más que un caso. Podría citaros decenas a lo largo de toda mi temporada en primaria, pero sería extenderme más de lo que ya me extiendo de por sí.
Baste decir que veías verdaderos macarras a los que se la picaba todo sacando unas notazas junto a los empollones. Macarras, los cuales, cada principio de curso, algún profesor mencionaba que eran hijos de tal o de cual. Que habían conocido a sus hermanos otros años. Gente que, pese a ser unos hijos de la gran puta (no es un prejuicio, conviví nueve años con estos seres), resultaban molar.
Inserción en la casta sin acto alguno que lo respaldase.

Así pasa, que luego ves mamones de este calibre en una peli y, no es que te recuerden o te dejen de recordar a alguien... es que hasta les pones nombres y caras.

Y luego estábamos los demás. Los que no teníamos ninguna influencia. Los que no sacábamos unas grandes notas (mi media siempre ha sido más o menos de seis, para que me entendáis); los que, por timidez o porque no nos gustase destacar, no participábamos constantemente en clase y nos limitábamos a preguntar cuando no entendíamos algo o a responder cuando se nos preguntaba, bien porque lo pasábamos mal hablando en público, bien porque pasaban de nosotros como de la mierda. Los que no brillábamos particularmente.
Los que no protestábamos.
Aquellos que, sólo por no ser molones a ojos del Alto Señor, ya teníamos automáticamente un "Actitud Pasiva" en el boletín, como si por no querer destacar o no caer guai, ya nos importase una mierda aprobar o no. Y a efectos prácticos, la verdad era que daba igual: raramente esa "clase baja" era de sacar grandes notas. Mientras veíamos cómo gente que, con toda su chulería, se descojonaban a diario en la cara del profesor al decirles que no habían estudiado, dando a entender que les daba igual además.
Y esos tíos aprobaban.
Nosotros no; condensados al final del aula, éramos el blanco de la cobardía de muchos docentes que se cebaban en los que éramos de personalidad más débil. Los que no molestábamos. Los que simplemente estábamos ahí. Los que teníamos que estar constantemente desmintiendo que no éramos unos inútiles, mientras que con otros ya se daba por hecho que no lo eran, independientemente de lo que se esforzasen. De lo que estudiasen.
Nosotros no las teníamos todas con nosotros.
No lo teníamos todo hecho de antemano.
Éramos la puta carne de cañón.

De haber sido soldados, imaginad a quién hubiesen colocado primero en las vagonetas para desembarcar...

Y es que cebarte en el débil es siempre lo más fácil. La clase de actos que distinguen a las eminencias, a los valientes, a los sabios que lo que no quieren es que en una clase suene otra cosa que no sea el cálido sonido de su voz. Aquellos que han llegado a pactar con la escoria de una clase, aprobándolos de antemano, para que no molesten. Para que no repitan, incluso.
Eso no lo he visto sólo en la primaria. Lo he visto en secundaria (ya en un instituto público), donde había profesores que no le echaban los COJONES (lo digo en mayúscula para reafirmarme) de poner al subversivo de turno en su sitio y dejar claro quién era el que tenía la última palabra.
Y luego estaban los que se esforzaban, que tenían que joderse. Porque no tenían la costumbre de protestar.
Eso es ser un profesional, tócate los cojones.

Esa subespecie de profesores son aquellos que, en un alarde de matonismo, se permiten el lujo de humillar a un alumno en clase. Siempre al alumno que no se va a defender, al que no va a protestar. Porque siempre son más divertidos que el que te planta cara. Que el que te dice "Me parece que te estás pasando".
Esa clase de escoria docente es la misma que, llevando todo el asunto académico al terreno personal, se permite el lujo de hablar de la vida personal de un alumno y vaticinar que éste se meterá en drogas cuando sea mayor, o soplar abiertamente que el crío no vale ni para el campo (no me lo invento, estas cosas las he vivido, tanto directa como indirectamente). No importa que el niño del que está hablando tenga diez años. No importa que no sepa una puta mierda (o peor, que ni le importe) de su vida personal. Algunos ya dictan sentencia y se quedan más panchos que anchos.
Y, por un baremo personal, a ese crío se le hace la vida imposible.

Puede que resulte exagerado, pero yo mismo he podido comprobar como hay colegios en los que el prestigio está por encima de la enseñanza (esto se suele ver más en colegios subvencionados, por razones de legislación y admisión). Si un alumno no cuadra con sus "intereses" o con el perfil de alumno que ellos esperan tener, se dedican a buscarle las cosquillas, a hacerle la vida imposible hasta que éste tiene que abandonar el centro por su propio pie. Incluso he llegado a ver cómo los mismos directores sugieren a los padres sacar al crío del colegio. Algo en plan "No le vamos a aprobar, así que, ¿por qué no dejamos de perder el tiempo los dos y quitas al crío de nuestra vista?" Yo mismo lo he visto en varios casos que he conocido a lo largo de mi vida, tanto como alumno como siendo ya profesor.
Y son cosas ante las cuales no puedes hacer nada.

"Don Vito, ha venido una familia a verle"
"¿Ah, sí? ¿Y qué quieren?"
"No sé qué mierda sobre un alumno que no aprueba ni a tiros"
"Ah, despáchalos... pero que parezca culpa del alumno".

Y qué queréis que os diga, a mí esto me causa una rabia tremenda. En estos siete años que llevo dedicándome a intentar conseguir que los críos sepan decir en inglés algo más que los colores, no hago más que encontrarme con chavales realmente listos que están superdesmotivados. De tener que encontrarme a un sinfín de profesores que se creen que suspender a veinte alumnos en una clase es sinónimo de impartir un buen nivel. De verdaderos soplapollas que van por la vida con la cabeza bien alta pensando que más allá de sus narices, lo que hay son vagos y subnormales que no saben hacer ni la O con un canuto.
Yo a esos los llamo fracasados.
Fracasados, sí. Si tu objetivo es formar gente y palma hasta el tato, podemos decir que has fracasado.
Si te plantan una clase de chavales con un nivel ínfimo, tu tarea es currar como un cabrón hasta que el nivel de esa gente suba. Si están desmotivados, los motivas. Si no quieren aprender, que se jodan, pero tienen que aprender.
Pero si suspende todo Cristo, igual la culpa no es de ellos. Igual es que tienes que hacer un examen de conciencia. Revisar tus propias creencias. Albergar la posibilidad de que haya algo que tú estés haciendo mal, porque tirar balones fueras es de perdedores. De cobardes. De inútiles.

¿Cómo os creéis que me tomo yo cuando me suspende un chaval?
No penséis que siempre tomo la actitud de echarle la culpa al profesor: cuando veo que mi estudiante no da pie con bola, que pasa de lo que le digo que se estudie y que es incapaz de hacer ejercicios que hacía bien unas semanas atrás, se lleva la puta bronca del siglo. Y tras esa bronca, estoy yo dándole vueltas a ver cómo puedo cambiar el sistema para que suba nota y no se quede en un simple aprobadillo. Porque en esto tenemos todos nuestra parte de responsabilidad. Lo que no se puede hacer es coger y negar la propia. Echarle la culpa a aquellos que se supone que están aprendiendo de ti y que no alcanzan lo que quiera que sea que tienen que alcanzar.

Pongo una metáfora: cuando vas conduciendo por la carretera y ves que hay un conductor en dirección contraria, te extrañas. Cuando ves dos, más aún. Cuando ves veinte, igual es que no son ellos los que van en dirección contraria, sino tú. Pues lo mismo les digo a todos aquellos que piensan que si suspende más de la mitad de su clase es por culpa de los alumnos.

Lo que no se puede hacer es como hacen muchos: dedicarte a tener a los críos aburridos en una clase, poniéndoles a cantar las canciones de cuna que vienen en los libros de texto hasta que tienen doce años para tenerlos entretenidos y que no te jodan mucho la clase. Pegarte CINCO PUTOS AÑOS enseñando LO MISMO hasta aburrirlos. Y luego, cuando el personal está hasta los cojones ya de la asignatura (yo también lo estaría), freírlos de la noche a la mañana con redacciones que nunca antes les habían pedido y que ahora tienen que hacer PERFECTAMENTE. Incluir en los exámenes pruebas a las que no se han presentado ni en cursos anteriores ni en ejercicios a lo largo del mismo curso (mi último caso, una alumna a la que, con un seis en el examen trimestral, la suspenden porque le incluyen una prueba de expresión oral que no venía prevista por ninguna parte y para la que no había sido preparada ni en clase ni, lógicamente, por mí: yo, al igual que la alumna, todos sus compañeros y los padres, ignoraba que esa prueba fuese a tener lugar. Así ha pasado, que habrán aprobado dos o tres en la clase).
Resulta curioso como esas cosas para las que te previenen cuando estás de prácticas son las mismas que muchos se saltan. En mi año de prácticas una de los asuntos en los que más hincapié se nos hizo fue precisamente en el hecho de que el alumno debía estar informado DESDE EL PRINCIPIO acerca del criterio de evaluación. Que no podíamos incluir sorpresas en un examen, tales como temas que no se habían explicado ni ordenado estudiar por su cuenta, ni pruebas para las que no los habíamos preparado en absoluto.
¿Qué conlleva esto? A que cada día, más y más alumnos se sientan frustrados y defraudados con lo que supone estudiar. A que empiecen a pensar que lo que trae más cuenta es caer bien y hacer la pelota, porque están descubriendo que, por mucho que se esfuercen, lo que están haciendo no les está sirviendo de nada. Que no están llegando a nada, mientras que otros, tocándose los cojones y lamiendo bien unos cuantos culos, están llegando mucho más lejos.
Así pasa en la universidad, donde descubrimos que la política de despacho es tan útil o más que partirse los cuernos estudiando. Donde hacerte amiguito de según quiénes te ayuda a que te informen de becas de las que no se entera ni Dios, cuando se supone que ciertas informaciones son públicas y al alcance del alumno de a pie. Donde a lo mejor puedes sacar buenas notas y sacarte la carrera en cinco años, pero tener muchas menos posibilidades de trabajar para la propia Universidad que gente que no tiene unas notas tan excelentes como las tuyas, pero que se deja ver el doble.
Y lo vemos como normal.
Porque eso es lo que hay.

Eso, en otros contextos no académicos, se puede considerar mala praxis, y sería la clase de cosas que un sistema de inspecciones SERIO de nuestro sistema educativo debería examinar con detenimiento. La clase de cosas que debería poner a un supuesto profesional de patitas en la puta calle y no las mierdas que están haciendo hoy en día para quitarse interinos y gente que ve su puesto amenazado porque a un soplapollas de arriba se le ha puesto en la punta del nabo.
En esto es como en todo, siempre tiene la culpa el que está abajo. Porque, tóquese usted los huevos sobremanera, cuando el sistema educativo resulta ser una mierda, cuando el nivel es bajo y los estudiantes están desmotivados... resulta que la culpa es de ellos. NUNCA de los profesionales que tienen que estar ahí para dar el callo y formarlos.

Traslademos el caso al mundo sanitario:
"El Doctor Hijopútez es una eminencia: de treinta tíos que opera al mes, sobreviven como mucho dos o tres. ¡No hay mejor cirujano que él!"

Y es comúnmente asumido por el simio medio que se arrastra por este país de asco.
"En el colegio de mi hijo no veas que nivel, es dificilísimo aprobar".
"Es un curso malísimo, no ha aprobado ni Dios"
Esto lo hemos oído y muchos de nosotros nos lo hemos creído a pie juntillas.
No me jodas, que la opinión pública también participa en esto.
Va a dar la puta casualidad de que, una vez salimos del entorno académico, también nos gusta cebarnos con los débiles.

martes, 17 de abril de 2012

Escupiendo Rabia- Don Emmanuel Goldstein I



Lo dije en su momento, cuando lo de los controladores aéreos.
Lo repetí cuando se lió contra Lucía Etxeberría.
Lo he mencionado mil veces en este blog, con posts que quizás algunos recordéis, como "El País de los Bocachanclas" o "La política del despelleje". Incluso "Emmanuel Goldstein existe".
En su momento dijísteis que ole mis huevos, que qué grandes verdades. Que se podía decir más alto pero no más claro.

¿Y qué me encuentro?
Que lo mismo que os entra por un oído os sale por el otro.
Ya habéis vuelto a la picota. Al apedreo colectivo. Al lanzamiento de lechugas.
Quizás alguno recuerde lo que dije en su momento al respecto. Que me daba igual quién fuese. Que en el momento en que el personal se sumase al carro de lanzar las lechugas podridas, yo iba a pasar. Yo a eso de "Hoy mola putear a quién sea" no juego, por mucha razón que haya al respecto... o se pretenda que haya.

Esta vez le ha tocado al Rey.
Aquí más de uno puede pensar que criticar esta actitud de pueblo encojonado, de antorchas en mano y de horcas de trinchar heno al viento es defender a la Monarquía a ultranza.
Falacia: Si no estás de acuerdo con A/critcas A es que apoyas incondicionalmente a B.
Me meo sobre las falacias. Que en mi casa hayamos vivido en un ambiente monárquico no quiere decir EN NINGÚN CASO que se defienda TODO cuanto hace el rey. Un rey es un ser humano (no un Dios, ni mucho menos un demonio parido por el franquismo, como muchos intentan hacer que piense por cojones), y como humano, comete errores. Mete la pata. Incluso puede llevar a cabo acciones de dudosa calidad moral. ¿Voy a defender a un señor que no me da de comer? Pues va a ser que no.
Pero, usando el principio contrario, ¿porque no me da de comer, voy a sumarme a esa política de hacer leña del árbol caído y me voy a dedicar a esperar a que cometa cualquier error para pedir su cabeza?
Conmigo no contéis.

Lanzamiento de ladrillos en tres, dos, uno...
(Pie de página especialmente pensado para aquellos que creéis que 1984 es el libro profético por definición)

Y es que el asunto no está en ser republicano o monárquico, amiguitos distópicos. Lo que os digo siempre, por mí si pensáis que lo mejor es que nos gobierne una foca con un turbante. Este es un país libre y tenéis libertad de expresión para pensar que tal o cual sistema es mejor que otro.
Pero no me hagáis comulgar con ruedas de molino, porque ando un poco harto ya de conceptos cainitas, donde parece ser que si no enarbolas la bandera republicana ya no molas. Porque si piensas que una monarquía puede tener puntos a favor ya eres partidario de un sistema monstruoso, que aboga por la derogación de los derechos civiles. Que eres (me encanta este argumento) un firme defensor del franquismo.
Sí, amigos, cuando no molas, eres adorador de Paco. Lo mismo que, cuando no apoyabas al Papa en la Edad Media eras un hereje y merecías el Infierno.

En este asunto, como en todo, he visto posturas de lo más coherentes (de hecho, algunos amigos míos que abogan por un sistema republicano me dan motivos y razones que, si bien no comparto del todo, resultan razonados y coherentes), pero también he visto un talibanismo totalmente inaceptable. De escuchar auténticas burradas por parte que, pudiendo apoyar un sistema tan respetable como la República, más bien por lo que abogan es por cortarle la cabeza (aunque sea metafóricamente) al Jefe de Estado, como si esa fuera la única solución a nuestros problemas.
Y gente así pide respeto para sí mismos, ole sus cojones.

Hay crisis: se soluciona cortándole el grifo al Rey, porque todos sabemos que se lleva el 90% de los Presupuestos Generales del Estado y toda la corrupción, la especulación, la administración duplicada, los sueldazos políticos que son incompatibles pero que resultan cobrarse igualmente, y el sinfín de choriceo y estafas que hemos tenido en este país durante los últimos treinta años han sido culpa suya.
Alemania nos pone la soga en el cuello para que recortemos de donde sea: la culpa es del Rey.
Tenemos corrupción: esto no pasaría en una República, porque absolutamente todos los políticos serían superdecentes y honrados.
La calidad del semen español es inferior que la de toda Europa: es que el Rey nos desconcentra mientras estamos practicando el viejo uno-dos uno-dos con la parienta.

"Lo siento, cariño: es que he visto el Mensaje de Su Majestad por Navidad, y ya sabes; por su culpa no lo doy todo"


Mucho me temo que las cosas no son tan simples, amigos: en el momento en que instauremos una República (en el hipotético caso de que así fuera, cosa que me permito dudar seriamente), no seremos más altos, ni más guapos. No desaparecerá la corrupción y los coches no volarán como en Blade Runner. Molaría mucho tener robots en casa que nos hiciesen las tareas y ordenadores superinteligentes que nos hicieran la declaración de la renta... pero las utopías no existen y, al paso que vamos, mucho me temo que no existirán ni de puta coña.
Porque, por mucho que nos pese, nuestros problemas como país no dependen de que tengamos a un señor en el trono por herencia, o que éste haya sido elegido. Ojalá, pero no.
Quitaos de la cabeza esa idea, porque esto no es una cuestión de gobierno: si una república fuese mala por definición, no habría monarcas en Suecia o Dinamarca. Y si una república fuese buena por definición... ¿alguien puede explicarme qué coño pasa en Venezuela o Italia?
Del mismo modo hay monarquías que no terminan de funcionar (a mí el caso británico no termina de convencerme) o repúblicas cuyo papel es más que discutible. Pongo el caso de Francia, que el señor Cosnava ha tenido la amabilidad de permitirme usar como base documental (pero sólo documental) para este post:

"Un Rey-Presidente, siguiendo el ejemplo de la República Francesa, designa al Primer Ministro aunque no tenga la mayoría en el Parlamento, puede convocar elecciones y disolver las cortes, organizar la política exterior y la interior, etc. En caso de cohabitación, es decir, que el partido del Presidente no pueda gobernar de facto por no tener mayoría de diputados, se reparten los poderes entre Presidente y oposición, quedando el Jefe de Estado centrado más en la representación en el exterior y/o repartiéndose bofetadas los unos con los otros".
(Extraído de El Blog de los Escritores Malogrados de Javier Cosnava)

Pero no es el hecho de que una república sea factible o no en nuestro país lo que motiva la creación de este post. Como podéis ver, el señor Cosnava está bastante mejor preparado que yo para eso, y si vais por su blog (http://escritormalogrado.blogspot.com.es/), podréis encontrar argumentos más sólidos que los que os pueda dar. Mi postura personal es que esto depende más de la mentalidad de la gente que viva en el país que del sistema político que haya: en un país de gañanes como España, instaura Monarquía, República o Imperio si te da la gana, que tendremos lo que tendremos. Porque parece ser que tenemos instaurado en el código genético eso del "Pilla el dinero y vuela" o el "Sálvese quien pueda". Recordadlo, nosotros inventamos la picaresca. Pícaro el rey (que lo es), pícaro el gobernante (que no lo es menos), pícaro el pueblo (que también, y mucho). Podemos asumirlo o podemos negarlo; pero buscar un blanco para nuestras iras... conmigo no va.

"¡¡¡¡Mueeeereeee cabróoooonnn!!!!"
"¿Pero qué ha hecho este tío?"
"Emmm, no sé... creo que dijo algo. Alguna cosa acerca de... ¡Bueno, no nos cae bien, y punto!"


No, yo estaba pensando en algo más profundo, más arraigado en nuestra sociedad.
Más peligroso.
Algo que está ahí, acechando entre las sombras de nuestro entramado social y que, bien lo ignoramos, bien lo aceptamos de buen grado. Pero no por ello necesariamente bueno.

Echad un vistazo a lo fácilmente que se encabrona la gente por lo que sea. Puede haber motivos, nadie dice lo contrario... lo del Rey podría encabronar, desde luego... pero puede también que la gente no necesite motivos para montar la de Dios es Cristo. Tan sólo una excusa que, circunstancialmente, sea justa o aparente serlo. Eso es suficiente para que el ser humano se convierta en un auténtico guerrillero, se sume a la Cruzada que sea, y decida machacar todo bicho viviente que no termine de cuadrar con sus románticos ideales.
¿O es que acaso pensáis que, si el Rey no se hubiera escoñado la cadera haciendo el Tarzán por la sabana africana los españolitos de a pie no hubieran buscado a otro con quien pagar la mierda que tenemos encima?
Y la pregunta es: ¿estar jodidos nos justifica?
¿Ser muchos nos da la razón en cualquier cosa que decidamos?
¿El respaldo de las masas implica automáticamente sabiduría?

Supongamos, por ejemplo, que un buen día las masas deciden creerse todo cuanto les planten por la tele. Y que ahí les digan que, por ejemplo, la tierra es plana.
"Si cuentas una mentira el tiempo suficiente, se convierte en verdad" (Goebbels)
Si todo el mundo se cree una mentira, ¿tienen razón por ser más que el que no se la cree?

Pensad en lo del puñetero elefante. Yo desde luego no voy a ser quien apoye matar a un animal a tiros, ni tengo intención alguna de apoyarlo nunca. Pero me resulta bastante fuerte que la gente se rasgue las vestiduras por una foto datada de hace varios años (2008, si la memoria no me falla) y empiecen a protestar por derechos de animales que vienen siendo cazados en Botswana desde hace años, en reservas y de modo controlado y legal. Que eso se haga, insisto, me parece una basura. Pero lleva años haciéndose y ahora es cuando nos damos cuenta. Es ahora cuando nos encabronamos. Cuando miles de animales, de esa especie y de otras, ojo (que no sólo se habrá cargado elefantes el monarca) han palmado a tiro limpio.
Esta sociedad es hipócrita y lo sabemos. Como decía un colega, si en vez de elefantes hubiesen sido niños congoleños, probablemente habrían aumentado vertiginosamente las adopciones de bebés. Si hubiesen sido pumas de la jungla sudamericana, surgirían mil Amigos del Puma de la Jungla Sudamericana de los que nadie había oído hablar.
Quizás os parezca exagerado; puede que sea mear del tiesto, y no voy a negarlo del todo. Pero antes de que ejerzáis vuestro derecho democrático a cagaros en mi puta madre o acusarme de lo que os salga de la punta del nabo, os pongo el ejemplo del Domund de cuando era pequeño para que penséis si esta idea que os planto es realmente tan absurda como parece desde el principio: recuerdo que, allá por finales de los 80, principios de los 90, había que enviar ayuda a Etiopía, lo cual estaba bien.
Luego vino Somalia y la gente se olvidó de Etiopía.
Y luego vinieron otros, y otros y otros. Nunca se ayudó realmente a nadie (sólo mirad las noticias que nos llegan del Tercer Mundo), pero nosotros al menos aliviamos un poco la conciencia ayudando a un país un año, y olvidándonos de él al siguiente. Y la gente siguió pasándolas putas, con hambrunas y enfermedades, no os vayáis a creer que no...
¿Buenos ideales? Sin duda. Nadie lo está discutiendo. Son unos ideales fantásticos.
¿Modas, a menudo pasajeras? Mucho me temo que también.

"Ni puta idea, pasando..."

Y es aquí a donde quiero ir a parar con este post. No va dedicado a defender a nadie, como ya habéis visto: el objetivo, como puede verse, consiste en demostrar que los ideales sufren modas, como el que se pone chaquetas con hombreras o escucha música disco. Y en estas modas también hay fans desatados, que las enarbolan con más pasión que nadie, con más mala hostia que cualquier otro. Seres espeluznantes que, jaleados por una jauría de perros hambrientos de sangre, de una cabeza que cortar, de un granuja al que ajusticiar, andan buscando un Emmanuel Goldstein al que odiar.
Pese a que una gran parte de la gente que protesta tiene razón (motivos no faltan), siempre encontraremos una enorme masa de gente que lo único que busca es ese sentimiento tan humano de pertenecer a un grupo. De sentirse respaldado por las masas. De ver justificadas todas y cada una de sus acciones gracias a unos ideales que, bien conocen a medias, bien no saben ni lo que son. Y esos, amigos Distópicos, esos son los tipos que son verdaderamente peligrosos: aquellos que, amparándose en el hecho de no tener nada que perder, se refugian en cualquier ideología para ser más chungos que los demás. Para gritar más alto. Para pegar más fuerte.
Es por culpa de esas cosas por las que acabamos derivando en intolerancia. En revueltas. Es por cosas como esas por las que acabamos pegándonos puñaladas traperas y llevando a la hoguera a gente a la que ni conocemos.
Y es por esa clase de cosas por las que me dan igual los ideales. Lo digo y lo mantengo: yo no pienso formar parte de esto.

miércoles, 11 de abril de 2012

Escupiendo Rabia- Las Grandes Mentiras del Mundo Editorial



Aunque muchos no os lo creáis, uno no sólo se dedica a largar mierda en un blog. De vez en cuando hasta crea historias y todo eso... o algo parecido, como puede verse en la sección de esta página titulada El Gusano Interior.
Y cuando uno lleva ya un tiempo escribiendo (en mi caso, de un modo más o menos "serio", corresponde a unos seis años), tarde o temprano acaba buscando el modo de entrar en contacto con alguna editorial para intentar dar el paso profesional.

Es justo aquí, amigos míos, cuando se descubre que, por mucho que nos intenten hacer creer, el mundo editorial está tan lleno de mierda y de gentuza como cualquier otro. Por supuesto, no vamos a generalizar porque hay de todo, ni tampoco vamos a dar nombres, porque señalar está feo. Aquellos otros autores que saben de qué va el tema probablemente hayan vivido experiencias similares y se atrevan a identificar los casos que voy a mencionar aquí con las que ellos han tenido. Puede que incluso algún editor le eche los cojones de internarse en este post y, si no tiene la conciencia del todo limpia, igual hasta se siente identificado con lo que aquí menciono.
Repito, no voy a dar nombres; así que si alguien identifica alguna de las cosas que menciono con algún ser vivo conocido, es más fruto de su mente que de la mía. Y, repito también: si alguien se siente identificado o denunciado con las barrabasadas que se van a mencionar por aquí... que pese sobre su conciencia, porque yo la mía la tengo muy tranquila.

Dicho esto, empezamos.

Lo primero que se nos suele decir siempre es que una editorial es una empresa y que el negocio del libro es como una industria cualquiera. Hasta aquí bien; es una realidad como un templo, y está claro como el agua que el editor, así como el librero o el distribuidor no son amables señores que lo que quieren es fomentar la cultura por encima del beneficio económico. Eso sería vivir en los mundos de Yupi y todo autor que se precie debe ser consciente de ello.
Lo que toca los cojones, quizás, es cuando te lo recuerdan constantemente y, empleando ese argumento, te dan a entender que eres imbécil. Que, precisamente ese principio es el que sirve para justificar burradas como el agotamiento hasta la saciedad de tal o cual género literario, saturando el mercado y basando el criterio de publicación más en el género en sí que en la calidad que tenga una obra.
Muchos piensan que es una exageración pero es un hecho: hay editoriales (o editores) que se creen que porque una temática está de moda, el modus operandi de mercado más inteligente es darle al público lo que quiere, lo pida a gritos o no.
Y esto es una verdad, pero a medias. Tan cierto, si queréis, como pensar que si veinte mil personas empiezan a sumarse a la moda de rajarse los pezones con un cúter, frente a una que no lo hace, da la razón a la mayoría.
Por políticamente incorrecto que os suene, la mayoría también puede equivocarse. Que sean la masa no les hace más sabios ni de mejor gusto; tan sólo más fáciles de convencer.

Pues nada: Carne p'al pueblo. Por pelotas.

Supongamos por un momento que tenemos una frutería.
Hacemos un balance de ventas y descubrimos que, de todas las frutas y verduras que tenemos en la tienda, lo que más se venden son los plátanos. Imaginemos entonces que, partiendo de ese hecho, deducimos que como los plátanos es lo que más le gusta a la gente, la idea comercial es dejar de traer melones, judías, patatas o lechugas y lo que hacemos es platanizar la tienda.
Podemos incluso instaurar el Día Internacional del Platano (da igual que no salgamos del barrio, el nombre mola). Quedadas de amigos de los plátanos. Un foro de platanistas en Internet.
Preguntaos qué pasaría.

Puede que yo no tenga ni zorra de mercado, según argumentaría algún que otro entendido del tema (de experiencia no demostrada, pero autoproclamado experto), pero para mí, y llamadme exagerado, esa frutería acabaría cerrando en un pis pas.
Y muchos se preguntarán, "¿Por qué, si ha dado lo que el público quiere?"
Otros tantos echarían la culpa a circunstancias fantasma, tales como la crisis, los políticos o incluso una conspiración de fans de las lechugas, que seguramente están detrás del boycott.
Pues no. No llegamos a cosas tan complejas.
Puede ser, sencillamente, que la gente se harte de tener plátanos todo el santo día.
Puede que a uno, al que le encanten los plátanos, le de una mañana por levantarse y comerse una manzana.
Puede que incluso se desarrolle una intolerancia platanil debido a la ingesta masiva de esta fruta.


"Con dos opciones: te las comes o te las metes por el culo"

Dicho con otras palabras, esto es lo que pasa cuando se satura un mercado, sea de lo que sea, teniendo encima que aguantar la hipocresía de que los mismos que defienden esto en los libros tengan las narices de quejarse de que en el mundo de la música, por ejemplo y sin ir más lejos, cuando vas a una tienda nada más que hay música comercial. Igual es que yo no entiendo una mierda de nada y las diferencias entre saturar la industria musical y saturar la industria literaria no tienen absolutamente nada que ver... Pues nada, al genio que sepa explicarme las diferencias y convencerme de ellas, que me escriba.
Y aquí es donde surge la falacia: Si nos dicen una y otra vez, por activa y por pasiva, que el libro es una industria, ¿por qué hostias entonces no se parece enfocar el asunto como tal? ¿Qué clase de empresario es capaz de arruinar su propio mercado a base de cansar al público (a excepción del público más extremo, que ese no se cansa ni aunque le vendamos el mismo libro dos veces con distintas portadas)?
Dejamos la respuesta flotando por ahí para que la meditéis.

El mundo editorial, sin embargo, no tiene este único problema. Hay cosas más profundas y arraigadas en todo este entramado que resultan más flagrantes y que, cada día más, estoy contemplando cómo se van denunciando pública o judicialmente para intentar poner fin a esto.
En el transcurso de los últimos meses he leído artículos de autores ya publicados que denuncian el trato decimonónico que tal o cual editorial da a sus autores; aquí es donde vemos que, si bien hay gente muy honrada en este mundillo (que la hay), también encontramos verdaderos gañanes que a lo que se dedican es a incumplir contratos, falsear índices de ventas y, en definitiva, a buscarse todas las triquiñuelas existentes para no pagar al autor (la persona gracias a la cual, y no al revés, existen las editoriales) lo que realmente le corresponde. Esto es el culmen de la ridiculez y de la miseria: si un autor acostumbra a tener un porcentaje irrisorio (de un 4 o un 5%, puede que como mucho muchísimo, un 10%) de la venta, racanearle ese precio (equivalente a cosa de un eurito por cada libro vendido) nos hace pensar que, al lado de más de uno, Ebenezer Scrooge era un manirroto.

Gente que va de pobrecita por la vida, contándote sus penas acerca de las ventas y del futuro de la empresa, y que resulta que han vendido el doble de ejemplares de tu libro. Tú sin saberlo, claro está: porque lo que te dicen, te lo tienes que creer. Eso es lo que hay.

"Mi vida es muy triste. Gracias a eso tengo carta blanca para incumplir mi contrato".

Llegados a este punto, me diréis que quizás estas cosas de incumplimiento de contratos y demás es mejor denunciarlas por la vía judicial. Y oye, no voy a ser yo quien le quite la razón a esa opinión. Desde aquí animo a esos autores que se han tenido que tragar esas mierdas que, si se han visto en esas historias, que pongan a esa gente en el banquillo (en el caso de tener pruebas tangibles, claro) y dejarlos en la vergüenza pública que se merecen.

Pero es que no todo consiste en actividades delictivas y, sin embargo, son esa clase de mierdas que hacen que se te revuelvan las tripas.
Hace cosa de media hora antes de empezar a redactar este post me he pasado por la página web de un par de editoriales para ver si tenían abierto el plazo de recepción de manuscritos, y no os podéis imaginar la clase de cosas que me he encontrado:
Secciones de información, redactadas con una chulería y una desfachatez hacia los autores que pretenden enviarles sus manuscritos que hacen pensar que en este negocio más de uno se cree que cuando se publica una novela se está haciendo un favor a su autor.
Tócate los cojones, macho.
Ni favor ni putas hostias, lo que están haciendo es su puto trabajo y tiene tanto de favor como que yo me vaya a un MacDonalds y me pongan un Big Mac cuando he pedido un Big Mac. De modo que no me venga nadie con chorradas: no existe justificación ALGUNA para ese trato déspota y condescendiente hacia, ya no sólo hacia el autor en concreto, sino hacia el público en general.

La editorial es una empresa, nos lo dicen una y otra vez; sin embargo, yo cuando voy a solicitar un servicio de cualquier tipo (por ejemplo, con los funcionarios, que suelen ser la cabeza de turco de este país y en cuyas madres nos acordamos siempre que nos entran ganas de cagar) y no me atienden me cabreo. Es más, hasta puede que pida una reclamación.
La pregunta entonces, es: ¿Qué clase de dispensa tiene un editor para permitirse ponerse de cara a un público y presentar un manifiesto que parece redactado por el puto John Wayne en un mal día? ¿Qué clase de imagen da una empresa que se comporta de esa manera?

"Mándenos su puta mierda para que nos limpiemos el culo con ella y nos riamos de usted. Si en el plazo de 13576 meses no ha recibido el mensaje de un paje diciendo que igual hasta nos pensamos publicarle su asquerosa obra (y perdonarle la vida), vaya a la iglesia más cercana a poner una vela de agradecimiento a Santa Rita".

La educación es algo que no debe ir reñido JAMÁS con el trabajo. JAMÁS. Si tú eres profesor y le dices a un alumno tuyo en mitad de una clase (o donde sea) cualquier cosa que suponga una falta de respeto (no necesariamente un insulto) se te cae el pelo.
No digamos cuando directamente le ignoras.
En este apartado, he encontrado una enorme cantidad de justificaciones acerca de la curiosa y educada costumbre que tienen muchísimos editores de no responder a sus correos electrónicos. Hasta tal punto está el patio que, cuando te llega un acuse de recibo o te rechazan un manuscrito (que en su derecho están) te sientes con el impulso de escribirles para agradecérselo.
¿Agradecerles qué? ¿Que hagan su puto trabajo?
¿Acaso cuando los demás hacen un informe o cuando terminan su jornada laboral esperan a que venga alguien a darles un beso en la botas y decirle "Gracias, gracias, no sabe cuánto supone para nosotros que hayas hecho esto"?
NO.

Ejemplos de agradecer cosas que deberían ser normales y lo absurdo que resulta hacerlo: "¡Hoy he salido a la calle y nadie ha querido abatirme a tiros! ¡GRACIAS A TODOS!"

La justificación más básica suele ser la del excesivo volumen de material que llega cada día a una editorial.
Pues muy bien, yo esa excusa me la paso por el forro del escroto. ¿Por qué? Porque cuando una empresa tiene un trabajo de cara al público, JAMÁS debe justificarse por no realizarlo, sino mejorarlo y punto. Si tienen un volumen muy grande de trabajo, no es el puto problema del autor. Porque si a un autor resulta que le mandan una obra por encargo y tiene que entregarla a tal plazo, al editor (salvando excepciones, claro), le importa tres cojones la vida del autor y quiere su material en tal fecha. Se ponga como se ponga.
Resulta que unos sí y otros no.
Doble rasero.

Si van tan de pobrecitos por la vida y tanto volumen de trabajo tienen, que no vengan luego quejándose de que están saliendo pocos libros o que tienen pocas ventas; quizás lo más viable, en vez de tanta queja y tanto lloriqueo consiste en una cosa que hacen muchas editoriales; algo tan básico como cerrar el plazo de recepción de originales hasta aligerar la carga. Lo que no se puede hacer es dejar la puerta abierta a absolutamente todo lo que venga y pasar de responder a todo bicho viviente. Eso lo que da es una imagen de dejadez simplemente inaceptable. Y, habida cuenta de casos de editoriales estadounidenses, donde el volumen suele ser infinitamente mayor, esa excusa tan pobre cae bajo su propio peso: en ese país al que tanto criticamos y del que tanto nos reímos, la imagen corporativa de una empresa es FUNDAMENTAL, y muchos se rebanarían un dedo con un cuchillo jamonero (en el caso de tener jamones dentro del país, claro) antes que dar una mala imagen de su negocio.
Ética, chicos. Se llama ética.

En inglés se dice así: fijaos en la curiosidad de que lleva "th" y una "s" al final.

Y hay más cosas: existe otra falacia en este mundillo, que consiste en considerar al autor, ya no como la última mierda, sino como partícipe en actividades que no le corresponden. Muchos parece ser que no se han enterado que la labor de un autor es CREAR; más allá de eso, entramos en cosas secundarias y que deben ser, como mínimo, voluntarias.
De ahí que critique hasta la saciedad esa imposición de más de un gañán en sus contratos editoriales a participar en los gastos de producción de un libro, en la promoción o incluso en la venta, porque la editorial no arriesga NADA.
A esto yo lo que suelo decir es que, si no quieres arriesgar, hay negocios bastante más estables: las funerarias o las panaderías, por ejemplo; de eso nunca falta clientela. Pero si no quieres arriesgar, nadie te ha puesto una pistola en la chota para que edites libros. Así que deja de presionar al autor para que ponga la pasta que tú no tienes. Y si te da por hacerlo (allá tu ética y tus valores), lo que no se puede hacer es obligarle. No dar opción.
Que un autor quiera participar en la producción de su obra es algo de lo más respetable, no nos confundamos. Lo que no es respetable es que TENGA que hacerlo por cojones, lo quiera o no. En estos años que llevo intentando publicar, he llegado a ver tal cantidad de formas de dorar la pildora para que el propio autor ponga dinero de su propio bolsillo para ver su libro en la calle, que os quedaríais helados.
Y todas, absolutamente todas, justificadas.
"No andamos muy bien de dinero"
"No podemos permitirnos más que esto"
Pues bien, para trabajar con gente que desde el primer momento se ponen la máscara de Perdedores (porque con estas palabras, menudo margen de confianza que dan) y cuyo nivel de riesgo anda más o menos por el cero patatero, soy de animar al autor que se ponga a su nivel educativo y les dedique a estos señores un efusivo corte de mangas.
Porque somos escritores, no gilipollas.
Y para pagar por editar nuestros propios libros, promocionarlos y venderlos... joder, para eso está la autoedición, donde la poca pasta que se gane va para los bolsillos de uno, y no para un señor que lo que ha hecho es ponerte un sellito en el lomo de tu libro.

A la Señora Engracia también quisieron cobrarle por publicar. Esto fue lo que les hizo.

Pero claro, que resulta que no todo el monte es orégano y que el editor no es tan malo como lo pintan.
No, y esto lo digo muy en serio.
Incluso refiriéndome a esta gente de la que estoy hablando (los editores honrados no están mencionados en este post, pero me aseguran que existen), resulta que no toda la culpa es de ellos.
Hace un rato he leído el artículo de un escritor, donde argumenta que el modo de pensar de muchos autores consiste precisamente en ese de "Como me han publicado soy feliz", y no puedo estar más de acuerdo: parece ser que, como nos hacen un favor al publicarnos (no porque lo que hayamos escrito sea bueno y genere beneficios, oiga, es que les hemos caído bien o les hemos pillado en un día generoso), nosotros tenemos que agachar la cabeza y entrar por todas.
Publicar cueste lo que cueste.
Pese a que no ganemos nada.
O incluso pese a que perdamos dinero, da igual.
Muchos incluso piensan que lo importante es publicar rápido y no bien. Que da igual las circunstancias del contrato, que no importa que te puteen de lo lindo, que te engañen. Que te enteres de las cosas por terceras personas.
Nada de eso importa.

Parece ser que además no se puede hablar.
Os garantizo que este post va a cabrear a más de uno, porque hay como un miedo generalizado (al cual señala también el autor del artículo que acabo de mencionar) a decir las cosas como son. A desenmascarar a esa panda de sinvergüenzas que se aprovechan de la gente sin la cual no serían nada. Porque este es un mundo pequeño y todo el mundo se conoce.
Nos han jodido, ahora resulta que nos tenemos que callar.
Que tenemos que poner buena cara ante las putadas. Ante las continuas barrabasadas y estafas que se cometen día sí y día también, no sólo contra el autor, sino contra el público, al que se les vende un material que no vale lo que cuesta la mitad de las veces.
Pero no. Resulta que tenemos que poner nuestra mejor sonrisa ante todo esto. Como están arriba, defender estas barbaridades a capa y espada. Respaldarles para que, con suerte, si un autor les cae bien y defiende esto públicamente ya entre en el juego endogámico de tener amiguitos que le publiquen a uno.
Y si no entras por el aro, prepárate. Vaya a ser que... ¿Que qué? ¿Es que acaso nos van a partir la cara? ¿Van a amenazar a nuestras familias? O, peor aún, ¿no nos van a publicar?
En serio, ante este tipo de aseveraciones me tengo hasta que reír.

Me descojono, vaya.


Hoy en día, con las facilidades que se está dando a la autoedición, los que tienen que tener miedo son ellos. Ni políticas de ley del silencio ni putas hostias, porque ahora es cuando se está destapando que lo han estado haciendo de puta pena durante años. Ahora es cuando se están dando cuenta de que la gente a la que le deben los beneficios y la gente gracias a la cual sus empresas han seguido abiertas, igual pasa de ellos como de la mismísima mierda y se dedica a abrirse su propio camino, con un margen de beneficios mucho más ajustado al trabajo realizado.
Puede que ahora se estén dando cuenta que años de condescendencia, mentiras, engaños y chulerías dignas de portero de discoteca se estén volviendo contra ellos.
Si eso acaba por suceder, os digo que no voy a ser yo el que lo sienta por estos individuos que han contribuido a convertir la industria editorial en un auténtico estercolero.

viernes, 6 de abril de 2012

Escupiendo Rabia- La Guerra Moderna



Estaba yo el otro día hablando con un tipo al que me acababan de presentar, el cual mire usted por donde, resulta que vive en Alemania. Uno de esos miles que, contratado por la empresa Strügenbäjen de turno, está partiéndose los cuernos, currando para los colegas estos que parecen ser el ejemplo de Europa.

Obviando en un principio mis opiniones personales, me interesaba bastante saber qué piensa una persona que vive en el país que ahora mismo está llevando las riendas de Europa. Pensé que, tal vez, alguien que sí que conoce el tema (puesto que este tipo llevaba muchísimos años viviendo y trabajando allí) podía contarme algún punto de vista diferente; algo que entrase en defensa de un país que, cada día más, tiene políticas que están levantando mis sospechas.
Pues el asunto fue para mear y no echar gota.

Cuando se le preguntó cómo vive un país como Alemania la crisis, su respuesta fue bastante clara: "Alemania SIEMPRE vive en crisis, estén como estén". Dicho de otro modo, funcionan como hormiguitas que se ponen siempre en lo peor; de manera que, cuando las cosas van mal de verdad, a ellos les da igual porque no se sale demasiado de lo previsto: mantienen su actitud de "o curramos o nuestro país se va a la mierda" y adelante.
Esa idea no me pareció mal.
Pero no todo lo que reluce tiende a ser oro: si bien esto puede resultar admirable (y lo es), también dijo que son gente que no conocen fines de semana y que su horario de trabajo puede ser... bueno, eterno. Vas un fin de semana a currar para poner a punto alguna cosa, como algo excepcional, y te encuentras al equipo de trabajo en pleno. Incluso se hacen juntas directivas en días tales como domingos.
Esto, si nos ponemos en plan hispanófobo, nos puede parecer una maravilla. Podemos decir que así es como se salva un país, haciendo sacrificios y siendo cada día más competitivos. Y no está falto de razón.
Pero también tenemos que pensar en lo que se obtiene a cambio.

Si bien un servidor no es el más ferviente admirador de China, porque su cultura les inculca trabajar antes que vivir, Alemania no va a sufrir un doble rasero: entendemos, por supuesto, que hay que esforzarse por hacer de tu país un lugar mejor y garantizar prosperidad a la gente que nos rodea, así como a las futuras generaciones.
Pero en esto, como en todo, existen límites. Existe un término medio entre la anarquía que más de uno querría para nuestro país (con jornadas irrisorias y viviendo a tutiplén) y el rollo distópico que se impone en el momento en que un ser humano es considerado una pieza más en el engranaje.


"Cada mañana, con la precisión de seis ruedas, nosotros, millones, nos levantamos al unísono, a la misma hora y al mismo instante. Millones empezamos y terminamos de trabajar al unísono, a la misma hora. Y, fusionándonos en un único cuerpo de millones de manos, en el instante designado por las Tablas de la Ley, nos llevamos la cuchara a la boca..." (fragmento extraído de la novela Nosotros, de Evgueni Zamiatin, donde se expone una distopía -¿ficticia?- en la que la gente no suponen más que piezas reemplazables de un sistema. La foto es de Metrópolis, de Fritz Lang. Más de lo mismo)

Esta es quizás la parte más indiscutible del asunto, y es posible que veáis mucha relatividad en este planteamiento. No digo yo que no, porque yo mismo no termino de posicionarme del todo entre un extremo y otro. Decid lo que queráis, pero nunca me han gustado los extremos. Ni los derechos, ni los izquierdos, ni los de su puta madre.

Hubo otros detalles acerca de la mentalidad germánica y, más concretamente, acerca de su gobierno, que me escamaron. O mejor dicho, cosas que, tristemente, confirmaron mis sospechas.
Pensad en esto.
De todos es sabido que Alemania ahora mismo está ejerciendo como aval para que los países mediterráneos puedan pagar su deuda externa; es decir, están poniendo pelas por nosotros para que, poco a poco, podamos ir pagando la pedazo de deuda que Grecia, Italia, Portugal, Irlanda o nosotros tenemos.

Hasta aquí, podríamos decir que nos están haciendo un favor.
Sí y no.
Si bien nos puede parecer que estos tipos se están portando bien con nosotros y están dando la cara por nosotros ante Europa, no deja de ser una verdad a medias. Sí, es cierto lo del préstamo... pero también son ciertos algunos detalles que convierten esto en la más terrible de las trampas:

1) La bolsa y los mercados funcionan, en gran parte, en base a rumores. ¿Qué quiere decir esto? Que si un buen día la señora Canciller se levanta y dice que no confía en tal mercado, en cuestión de menos de 24 horas, ese mercado se hunde y al país en cuestión le dan por el mismísimo culo. Esto conlleva que la deuda se agrave y ese país esté virtualmente cogido por las pelotas.

Ya lo decían los Beastie Boys...


2) La Unión Europea no funciona de un modo democrático en absoluto: España y el resto de países de la Unión trabajan (en teoría) bajo las órdenes de Bruselas, pero es en realidad Alemania quién, apoyada por Francia, está dirigiendo la batuta de lo que se debe o no se debe hacer. Sin votos que valgan. Al estilo de un monarca absolutista... o de un gobierno totalitarista. Esas medidas que imponen pueden ser buenas, como por ejemplo, la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución, donde se pone un límite al gasto público.
El fin es bueno.
Pensad en los medios: estamos hablando de modificar nuestra Carta Magna, que es el texto legislativo más intocable que existe en nuestra cultura. Que luego los españoles se lo salten día sí y día también es cierto... pero nadie de fuera tiene (o debería tener) derecho alguno para decirnos que la cambiemos. Ya puede tener las mejores intenciones del planeta: Alemania NO es quién para decirnos cómo tenemos que gobernar nuestro país de puertas para dentro, ni decirnos qué derechos son los que valen o los que no. Si criticamos en su día a Estados Unidos por autoerigirse la policía del mundo, Alemania está actuando como la policía de Europa. Hablamos de un país que, si dice que no le conviene el gobierno que tiene uno de sus subalternos, es capaz de deponerlo y nombrar a quien quiera a dedo, sin elecciones, tal y como se ha hecho en Italia (país al que, por cierto, tampoco es que le esté yendo mucho mejor con el tecnócrata que tienen como valido de Goldman & Sachs). Y a muchos les está pareciendo fenomenal.
Si esto es una Unión Europea democrática, como diría mi difunto abuelo, mis cojones son dos caballos de carreras.

En comparación, este tío no me parece tan malo.


3) Pongamos por un momento que esas medidas económicas que se nos imponen por cojones son beneficiosas: pues bien, la experiencia nos ha demostrado que son otra trampa.
Desde que se declaró la crisis mundial, allá por 2008, España ha obedecido sumisamente a todas esas medidas impuestas por Alemania (oficialmente Bruselas). Hemos tenido unos cuatro años para mejorar nuestra deuda externa y, si los economistas germanos son tan excelentes como nos quieren hacer creer... ¿entonces sabría alguien responder por qué no hemos conseguido mejorar una mierda? Es más, ¿alguien sabría decir por qué, en lugar de eso, aumentó?
Vámonos a Bélgica, entonces: esos tíos desobedecieron esas medidas durante el año y medio que estuvieron sin gobierno oficial (por razones constitucionales, España no tiene potestad para estar sin gobierno tanto tiempo, de manera que olvidaos de eso) y, casualmente, su deuda se redujo notablemente.
Partiendo de esa base, el principio lógico más razonable sería decir que, o bien los alemanes no tienen ni puta idea de economía (y viendo cómo les va, lo dudo enormemente), o bien se han dedicado a jodernos intencionadamente.
Llamadme paranoico, pues, pero yo me quedo con la segunda.

4) Fijaos además que aquí los amiguetes del país de las würsten no se limitan a decirnos cómo tenemos que arreglar nuestra economía: se meten en cuestiones sociales como nuestros sueldos o nuestro modo de vida, imponiendo que trabajemos más por menos sueldo.
Desde Alemania se ha llegado a decir que los sueldos españoles "son demasiado altos" y (sin informe alguno que lo avale) que "nuestras jornadas son demasiado cortas". Cuando se ha visto el tiempo que un español echa en el trabajo (nos ponemos a parir unos a otros diciendo que somos unos vagos, pero nadie se acuerda del currito que se pega 12 putas horas, de las cuales le pagan la mitad, sólo para que no le despidan) la señora Merkel no ha tenido más cojones que echarse para atrás.
De puta madre, pero ya ha abierto la boca (sin saber) y ya nos ha jodido el mercado.
Si esto no es intencionado, demostraría imbecilidad.
Y la Gorda puede ser muchas cosas, pero de imbécil no tiene absolutamente nada.

Así pasa, que mientras nosotros nos cagamos en la puta madre de nuestros políticos por las abusivas reformas laborales (y además, impuestas prácticamente por cojones, como quien dice), resulta que nadie se da cuenta de que esas reformas, vienen de fuera. Son imposiciones EXTERNAS, ¿adivináis a manos de quién? ¿Os imagináis quién se está encargando de terminar de mandar a tomar por culo nuestro estado del bienestar?

Estos dos.


A menudo se ha dicho que esto es culpa de los bancos y los políticos, y no es del todo falso. Como he dicho siempre, todos tenemos nuestra parte de culpa, el pueblo incluido. Nosotros hemos sido los primeros en agachar la cabeza y creernos que somos inferiores a Alemania, cuando eso es una falacia: Grecia pudo entrar con mentiras en la UE, sí... ¿Pero os creéis que fueron los únicos? ¿Nadie era consciente de que Francia y Alemania también falsearon sus informes? ¿Acaso nadie se da cuenta de que proporcionalmente hablando la deuda de Alemania también es para flipar? Por supuesto, eso no quiere decir que estén hundidos en la miseria; lo que significa es que, pese a que les va bien y pese a que son los que mejor están en Europa, no están tan bien como nos quieren hacer creer. Si no, ¿qué coño hacen llevándose ingenieros, médicos y hasta reponedores de supermercado de media Europa? ¿Qué necesidad tendrían de hacerlo si fuesen tan buenos en todo y si tan perfecta es su economía?
No hablemos de recortes sociales y demás mierdas que mandan el sueño germano a tomar por saco: Alemania fue la primera nación de Europa en implantar los microjobs en los cuales nos estamos cagando ahora. Si os vais a la Alemania del Este veréis unas desigualdades sociales de flipar.
Pero claro, cuando nuestro estado del bienestar se termine de ir al carajo, diremos que esto es España. Que lo que se hace aquí no se hace en ninguna parte. Que si tal que si cual.
Pues mirad bien.

Estos puntos arriba mencionados lo que dan que pensar es que lo que tenemos no es gente que nos esté haciendo un favor realmente: de cara a la galería queda guai eso de soltarnos pasta para que nos recuperemos... pero, si por debajo de eso vemos la constante costumbre de joder nuestro mercado (véase la que liaron con nuestro comercio de agricultura, y ahora abriendo el paso a Marruecos para que comercie con Europa), lo que tenemos es gentuza que a lo que se está dedicando es a sabotearnos.
Dicho de otro modo, lo que tenemos es un vecino que nos presta pasta para pintar una verja, pero que cuando cae la noche, llega, nos la quema y nos pide que devolvamos lo prestado con los intereses que ellos digan. Si podemos pagarlo, genial; si no, tenemos que decirle a nuestros hijos que no tienen paga y pedirle a nuestra mujer que se abra de patas por 20 pavos para poder cubrir lo que debemos.

Esto del préstamo con intereses ya se hacía antiguamente: se llamaba usura y estaba penado con la excomunión. Se ve que hoy en día mola bastante más, porque está permitido e incluso bien visto...


Esta técnica de matonismo económico, de prepotencia y chulería de mafioso de poca monta, lo que deja de manifiesto es un detalle: el concepto de guerra ha dado un giro de 180 grados, tal y como lo dio en la Segunda Guerra Mundial con el concepto del blitzkrieg, los campos de concentración y las matanzas de civiles en las calles. Ahora una guerra se puede hacer sin tanques y sin armas. La guerra se ha convertido en un concepto económico y no militarizado, donde un país no necesita bombardear la capital del otro; simplemente tiene que joderle el mercado y exprimir la poca industria que tenga hasta convertirlo en un lacayo. Hasta minar su dignidad.
Y es ahí cuando se producen las invasiones. Cuando se envían a los Josés Bonaparte a gobernar un país, sin que haya habido un proceso democrático. Sin que la opinión del pueblo cuente una mierda... porque a partir de ahora, el pueblo se convierte en una masa de esclavos. De engranajes que potenciarán la economía de la metrópolis, haciendo que la economía del propio país, la colonia, se reduzca cada vez más.

Lo vemos día a día: desesperados por no encontrar empleo, huimos. Marchamos para trabajar, a menudo, en países donde los fuertes son cada día más fuertes. Donde aprovechan nuestra materia prima (nuestros licenciados que, para sorpresa de mucho hispanófobo, están bastante mejor preparados que en muchos países de Europa) para potenciar su industria todavía más.
Estamos hablando de gente que se aprovecha de los débiles y de la situación de corrupción de países como los Mediterráneos para ponerles el pie en el cuello y evitar que tengan la más mínima oportunidad de desarrollarse: si no es jodiendo el mercado, se emplean directamente medidas de sabotaje descarado, ante las cuales nadie se atreve a decir ni media palabra porque oiga, son los que mandan.

"Y a callar todo Cristo".

En esta guerra queremos convertirnos en simpatizantes del Imperio, aliarnos con los poderosos. Porque mola estar en el bando ganador, ¿verdad? Pero lo que somos incapaces de admitir es que los que gobiernan el cotarro no tienen el más mínimo interés en ello. No cuando cada día más esto se está convirtiendo en una distopía autárquica, y amigos: en la autarquía, cuantos menos estén arriba, mejor.

La invasión comenzó en 2008 y por ahora están ganando. ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho nosotros?
El gilipollas, es lo que hemos hecho.
En post anteriores ya he contado la manía que tenemos de agacharnos, bajarnos los pantalones y decir "Sí, bwana, más fuerte, bwana" cuando nos meten el rabo hasta los riñones.
Pero todavía voy a más: si bien Alemania es de todo menos inocente, nosotros no nos quedamos atrás. Sí, nosotros, ese país cainita que todavía se hace pajas mentales pensando en lo malo malísimo que es el gobernante que tenemos ahora y lo chulipiruli que era el anterior (del que nadie se acuerda cuando lo ponían a caer de un burro cuando la crisis, por cierto). Con esta actitud de apuñaladores por la espalda profesionales, pensando en rojos y fachas, en sociatas y peperos y en la puta madre que los parió a todos, a lo que nos dedicamos es a vivir en nuestro País de las Maravillas personal, pensando que es que el gobierno es malo malísimo y nos impone esta mierda por gusto.
Los cojones, nos la impone porque esta mierda viene de arriba. Que luego sean unos corruptos que se merecen dos hostias bien dadas en la boca (o más de dos, y en otros sitios más allá de la boca) va aparte. Aunque fueran los tíos más honrados del planeta, tendrían que imponer estas medidas porque ellos no son los que están mandando en nuestros países. Ya os lo podéis quitar de la cabeza.
O bien conservadlo y seguid pensando en un país de indios y vaqueros, que es lo que os mola. Seguid viviendo en la puta Guerra Civil de los cojones y buscad enemigos en cada esquina. Quemad al que no piensa como vosotros. Quemad al que vota a otro. Que mientras nos la meten por el culo, nos roigamos los intestinos.
Lo que no vayáis a hacer, os vaya a dar una hernia en un huevo, es uniros por encima de las diferencias de credo y dejar claro que España es un país que no debe rendirse ante el ataque de este Cuarto Reich. Seguid cagándoos en la puta madre del de al lado. Coged el dinero y corred. Vivid por encima de vuestras posibilidades y, cuando las cosas se pongan feas, cargadle el muerto a otro. Seguid con la política de votos tradicionales, votos-castigo y demás gilipolleces, que nos han ido fenomenal a todos. O si no, dedicaos a hacer caso a los listos de los sindicatos, que son los que convocan huelgas generales cuando está todo ya pactado, mascado, envasado al vacío y etiquetado. Seguid, seguid todos enarbolando las banderas que mejor os sientan, lanzad vuestros lemas al unísono. Buscad enemigos a los que lanzar a la picota, como si por ello ya fuésemos todos un poquito más libres, mejores personas, o como si así pudiésemos dar sentido a nuestra patética y miserable existencia.

Algo en este plan, pero sin necesidad de hostias.

Pero el día en que nuestro país se termine de ir a tomar por culo, no me vengáis con la cantina de lloricas y perdedores de "Mira lo que nos han hecho". "Qué pobrecitos que somos". "Nos han hundido en la miseria".

No me jodáis, porque lo visteis de venir.
Lo vimos todos.
Pero al propio país no quiere apoyarlo nadie (decimos que el gobierno, que es cierto; pero tampoco se ve mucho interés por parte de un país que se niega a leer libros escritos por autores españoles porque "seguro que es una mierda" o ver películas españolas "porque eso será como Pajares, fijo"); que le den, que eso es de fachas, de pringaos y de reaccionarios.
Mejor lamedle el culo a los que nos tratan como sus putos esclavos, que nos va a ir de puta madre, dónde va a parar.