martes, 24 de abril de 2012

Escupiendo Rabia- Cuando aprobar no depende de lo que te esfuerces




Aunque a muchos Distópicos les pueda resultar increíble debido a mi mala leche condensada y el lenguaje garrotero, da la casualidad de que el mundo de la docencia y yo somos viejos conocidos. Podríamos llamarlo camaradería, o esa especie de relación amor-odio que sólo puede verse en las buddie movies de los años 80. Primero como estudiante, luego como universitario/estudiante de posgrado y, paralelamente a esto, como profesor particular y como estudiante de prácticas en un instituto y algún que otro colegio.

Hablamos ya de unos siete años impartiendo clases a todos los niveles, desde pequeños trolls de siete años hasta profesoras de secundaria cuyo afán por aprender no ha desaparecido. Siete años de experiencias realmente buenas, donde he conocido a gente estupenda que ha pasado de tenerle verdadero ASCO a una asignatura a acabar cambiando radicalmente de opinión y entender que una segunda lengua sirve para algo más que para escribir frasecitas gilipollas o para rellenar huecos en un ejercicio.

A lo largo de este tiempo he conocido también a otros profesores, bien antiguos compañeros de estudios, bien gente que me he encontrado por el camino que me han demostrado una tesón y una creatividad que han hecho que me quede literalmente alucinado en más de una ocasión. Esa clase de gente que te muestra cosas que estaban ahí pero que, si no llega a ser por ellos, ni te habrías dado cuenta. Profesionales que realmente se interesan por lo que están haciendo e intentan que lo poco que un sistema educativo de mierda te permite impartir, se imparta bien y que sea de alguna utilidad.

Pero no todo es jauja. Ojalá.
También han sido siete años de disgustos y verdaderos cabreos al ver a gente que es "profesional" sólo por el hecho de haber aprobado un puto examen de oposiciones y que, partiendo de ese principio, se autoconsideran con carta blanca para hacer lo que les salga de los cojones en un aula. Por suerte, no todos los docentes son así. Este post, sin embargo, va dedicado a sacarle los colores a más de un sinvergüenza y más de dos hijos de la gran puta que corresponden a este perfil. A esos desgraciados que hacen que la labor de un docente, que debe ser tan sagrada como cualquier otra, quede pervertida y corrupta.
Va por vosotros, cabrones.

Y si os dais por aludidos y os sienta como una hostia...
OS JODÉIS.


Existe gente que piensa que es muy fácil ponerse de parte del alumno cuando se suspende a un crío. No lo voy a negar, el viejo dicho de "El profesor me tiene manía" está más extendido que la sacrosanta creencia de que existen asignaturas "importantes" (Matemáticas, Lengua) y asignaturas "de cachondeo" (el inglés, por ejemplo).
Pero no podemos olvidar otro axioma fundamental en esta historia, que dice que antes que profesores hemos sido alumnos, y que en el momento en que asumimos un papel no podemos olvidarnos del anterior. En mi caso concreto, sería jodidamente hipócrita por mi parte, tras haberme pegado unos cuantos años en un colegio de primaria, luego en un instituto, luego en la universidad y luego en un instituto como docente en prácticas, ignorar este hecho.
Puede que muchos no os lo creáis. Puede que muchos hayáis olvidado la época en que estabais en clase. Puede que unos cuantos de vosotros, cuando terminó vuestra vida académica, os desconectaseis del todo y os dedicaseis a otras cosas. Me parece bien.
Yo no lo he hecho. He vivido directa o indirectamente en el mundo académico la mayor parte de mi vida y, a día de hoy, sigo viviendo en él.
Y tengo que decirlo:
Esa clase de mierdas existen y son frecuentes.

Dobles raseros, favoritismos, exclusiones intencionadas...
Variantes mil de lo que serían desigualdades sociales dentro del entorno académico, desde primaria hasta la Universidad. Hay para todos.


Volviendo a mi experiencia personal, yo me crié en un colegio católico. La verdad es que, visto lo visto y, dada mi experiencia tanto entre colegios religiosos y públicos, he visto pocas diferencias al respecto; añado este dato simplemente porque es lo que yo he vivido. Quien quiera hacer apología de algo a este respecto, me temo que está viendo donde no hay.
Como decía, me crié en un colegio católico. La verdad es que allí no se hacía ningún tipo de presión sobre nuestro credo; se enseñaba la doctrina regente (joder, es como si vas a un colegio inglés y te dan las clases en inglés) y poco más. Tengo que decir que a ese respecto mis docentes fueron tolerantes y de mentalidad bastante abierta. Incluso los sacerdotes.
El nivel no era malo. No era la polla en verso que vendían por toda la ciudad (de hecho, en asignaturas como Lengua española o Ciencias Naturales dejaban muchísimo que desear), pero tampoco podría decirse que estuviesen instruyendo inútiles.
Quizás el problema radica en el concepto de castas que nuestros docentes crearon durante años. Esa especie de concepción de una especie de sociedad en miniatura donde no todos éramos vistos de la misma manera. Donde al parecer tu status dentro de la ecología particular dentro de la clase, predefinido de antemano por el profesor, se contagiaba y perpetuaba a lo largo de años, determinando en cierta medida tu éxito o tu fracaso académico.

Claro que, también es posible que algunos de estos profesionales sean unos auténticos genios en conocer el determinismo genético inherente en el ADN de cada bicho viviente con sólo mirar a la persona que tienen delante y no nos hayamos enterado.
"Lo siento, no puedo hacer nada por ti. Con sólo verte me he dado cuenta de que eres un completo ínútil y nada de lo que haga servirá para remediarlo. Así que pasaré de prestarte atención. Y de aprobarte, ni hablemos".


Que yo no soy en absoluto partidario de un sistema democrático en un aula es un hecho. Puede sonar políticamente incorrecto, pero jamás me he tragado eso de que los alumnos deban ser totalmente iguales a la hora de ser evaluados. ¿Por qué? Porque paradójicamente, eso crea desigualdad: no es lo mismo un alumno al que le cuesta la asignatura, que se ha estado partiendo el lomo todo el puto año en una asignatura, que el alumno inteligente que se ha estado tocando los cojones todo el curso. Si ambos sacan un cuatro y medio, ¿qué puedo decir? ¿Merecen los dos que se les suba la nota a aprobado?
Mi respuesta es clara. Existen unos parámetros por encima de la mera nota del examen, donde se tiene que valorar el interés y el esfuerzo de un alumno. Hay que tener en cuenta que no todos los alumnos tienen las mismas habilidades o posibilidades para entender una asignatura. No podemos hablar de igualdad en ese aspecto, y eso es lo que el sistema ha intentado adaptar (con mayor o menor fortuna) con las adaptaciones curriculares. Por tanto, si quieres un sistema imparcial, tienes que ser consciente de que esas variables existen. Si quieres igualdad total, prueba a trabajar con clones. Con robots.
Y aun así, dudo que todos sean iguales, tampoco.

Aunque tal vez prefiráis esto. Para gustos, los colores.
(A los fans de esta expresión, les diré que obsérvese que esta foto está en blanco y negro)


Pero esta concepción puede pervertirse y convertirse en mierda. Un docente podría partir de esta base de la no-igualdad entre alumnos y llevarla al terreno personal: determinar su baremo de evaluación en función de cómo le caiga el alumno concreto o no. Podéis creerlo o no, pero eso no evita que suceda.
Si no lo creéis, estáis en vuestro derecho, pero antes de tomar como verdadero o falso, me gustaría que retrocedieseis vuestros relojes unos cuantos años. Decidme, con el corazón en la mano, si a ojos del profesor, no habéis visto nunca una división de clases. Decidme si no os habéis sentido nunca incitados, de modo más o menos evidente, más o menos directo, a vivir en una sociedad que fomenta la puñalada trapera. A esa filosofía de "Jode al que tienes al lado, o prepárate para que te jodan a ti". La clase de mierda competitiva que, de un modo implícito, fomenta actitudes tan deleznables como el bullying (al menos en algunos casos, no en todos) o no las castiga como es debido cuando éstas se producen (qué cómodo es mirar para otro lado, ¿verdad?).
Yo, al menos, si he vivido o sido testigo de estas cosas.
Todavía recuerdo un día en que un compañero de clase, en un recreo, lo comentó. Debíamos tener unos once años, puede que doce, así que imaginad la de tiempo que ha pasado ya. Me dijo una frase que no se me ha olvidado desde entonces: "Tú o yo vamos con un dolor de cabeza al profesor y nos dice que nos la cortemos, que vayamos al Corte Inglés y que pidamos una nueva. Pero si va X, no le dice lo mismo, ¿a que no?"
Recuerdo perfectamente el caso al que se refería: algún tiempo atrás, concretamente en el curso anterior, uno de los alumnos de la "clase alta" le comentó al profesor que le dolía la cabeza e interrumpió la clase para que éste se tumbase en una de las bancas un rato hasta que se le pasara.
Y esto no es más que un caso. Podría citaros decenas a lo largo de toda mi temporada en primaria, pero sería extenderme más de lo que ya me extiendo de por sí.
Baste decir que veías verdaderos macarras a los que se la picaba todo sacando unas notazas junto a los empollones. Macarras, los cuales, cada principio de curso, algún profesor mencionaba que eran hijos de tal o de cual. Que habían conocido a sus hermanos otros años. Gente que, pese a ser unos hijos de la gran puta (no es un prejuicio, conviví nueve años con estos seres), resultaban molar.
Inserción en la casta sin acto alguno que lo respaldase.

Así pasa, que luego ves mamones de este calibre en una peli y, no es que te recuerden o te dejen de recordar a alguien... es que hasta les pones nombres y caras.

Y luego estábamos los demás. Los que no teníamos ninguna influencia. Los que no sacábamos unas grandes notas (mi media siempre ha sido más o menos de seis, para que me entendáis); los que, por timidez o porque no nos gustase destacar, no participábamos constantemente en clase y nos limitábamos a preguntar cuando no entendíamos algo o a responder cuando se nos preguntaba, bien porque lo pasábamos mal hablando en público, bien porque pasaban de nosotros como de la mierda. Los que no brillábamos particularmente.
Los que no protestábamos.
Aquellos que, sólo por no ser molones a ojos del Alto Señor, ya teníamos automáticamente un "Actitud Pasiva" en el boletín, como si por no querer destacar o no caer guai, ya nos importase una mierda aprobar o no. Y a efectos prácticos, la verdad era que daba igual: raramente esa "clase baja" era de sacar grandes notas. Mientras veíamos cómo gente que, con toda su chulería, se descojonaban a diario en la cara del profesor al decirles que no habían estudiado, dando a entender que les daba igual además.
Y esos tíos aprobaban.
Nosotros no; condensados al final del aula, éramos el blanco de la cobardía de muchos docentes que se cebaban en los que éramos de personalidad más débil. Los que no molestábamos. Los que simplemente estábamos ahí. Los que teníamos que estar constantemente desmintiendo que no éramos unos inútiles, mientras que con otros ya se daba por hecho que no lo eran, independientemente de lo que se esforzasen. De lo que estudiasen.
Nosotros no las teníamos todas con nosotros.
No lo teníamos todo hecho de antemano.
Éramos la puta carne de cañón.

De haber sido soldados, imaginad a quién hubiesen colocado primero en las vagonetas para desembarcar...

Y es que cebarte en el débil es siempre lo más fácil. La clase de actos que distinguen a las eminencias, a los valientes, a los sabios que lo que no quieren es que en una clase suene otra cosa que no sea el cálido sonido de su voz. Aquellos que han llegado a pactar con la escoria de una clase, aprobándolos de antemano, para que no molesten. Para que no repitan, incluso.
Eso no lo he visto sólo en la primaria. Lo he visto en secundaria (ya en un instituto público), donde había profesores que no le echaban los COJONES (lo digo en mayúscula para reafirmarme) de poner al subversivo de turno en su sitio y dejar claro quién era el que tenía la última palabra.
Y luego estaban los que se esforzaban, que tenían que joderse. Porque no tenían la costumbre de protestar.
Eso es ser un profesional, tócate los cojones.

Esa subespecie de profesores son aquellos que, en un alarde de matonismo, se permiten el lujo de humillar a un alumno en clase. Siempre al alumno que no se va a defender, al que no va a protestar. Porque siempre son más divertidos que el que te planta cara. Que el que te dice "Me parece que te estás pasando".
Esa clase de escoria docente es la misma que, llevando todo el asunto académico al terreno personal, se permite el lujo de hablar de la vida personal de un alumno y vaticinar que éste se meterá en drogas cuando sea mayor, o soplar abiertamente que el crío no vale ni para el campo (no me lo invento, estas cosas las he vivido, tanto directa como indirectamente). No importa que el niño del que está hablando tenga diez años. No importa que no sepa una puta mierda (o peor, que ni le importe) de su vida personal. Algunos ya dictan sentencia y se quedan más panchos que anchos.
Y, por un baremo personal, a ese crío se le hace la vida imposible.

Puede que resulte exagerado, pero yo mismo he podido comprobar como hay colegios en los que el prestigio está por encima de la enseñanza (esto se suele ver más en colegios subvencionados, por razones de legislación y admisión). Si un alumno no cuadra con sus "intereses" o con el perfil de alumno que ellos esperan tener, se dedican a buscarle las cosquillas, a hacerle la vida imposible hasta que éste tiene que abandonar el centro por su propio pie. Incluso he llegado a ver cómo los mismos directores sugieren a los padres sacar al crío del colegio. Algo en plan "No le vamos a aprobar, así que, ¿por qué no dejamos de perder el tiempo los dos y quitas al crío de nuestra vista?" Yo mismo lo he visto en varios casos que he conocido a lo largo de mi vida, tanto como alumno como siendo ya profesor.
Y son cosas ante las cuales no puedes hacer nada.

"Don Vito, ha venido una familia a verle"
"¿Ah, sí? ¿Y qué quieren?"
"No sé qué mierda sobre un alumno que no aprueba ni a tiros"
"Ah, despáchalos... pero que parezca culpa del alumno".

Y qué queréis que os diga, a mí esto me causa una rabia tremenda. En estos siete años que llevo dedicándome a intentar conseguir que los críos sepan decir en inglés algo más que los colores, no hago más que encontrarme con chavales realmente listos que están superdesmotivados. De tener que encontrarme a un sinfín de profesores que se creen que suspender a veinte alumnos en una clase es sinónimo de impartir un buen nivel. De verdaderos soplapollas que van por la vida con la cabeza bien alta pensando que más allá de sus narices, lo que hay son vagos y subnormales que no saben hacer ni la O con un canuto.
Yo a esos los llamo fracasados.
Fracasados, sí. Si tu objetivo es formar gente y palma hasta el tato, podemos decir que has fracasado.
Si te plantan una clase de chavales con un nivel ínfimo, tu tarea es currar como un cabrón hasta que el nivel de esa gente suba. Si están desmotivados, los motivas. Si no quieren aprender, que se jodan, pero tienen que aprender.
Pero si suspende todo Cristo, igual la culpa no es de ellos. Igual es que tienes que hacer un examen de conciencia. Revisar tus propias creencias. Albergar la posibilidad de que haya algo que tú estés haciendo mal, porque tirar balones fueras es de perdedores. De cobardes. De inútiles.

¿Cómo os creéis que me tomo yo cuando me suspende un chaval?
No penséis que siempre tomo la actitud de echarle la culpa al profesor: cuando veo que mi estudiante no da pie con bola, que pasa de lo que le digo que se estudie y que es incapaz de hacer ejercicios que hacía bien unas semanas atrás, se lleva la puta bronca del siglo. Y tras esa bronca, estoy yo dándole vueltas a ver cómo puedo cambiar el sistema para que suba nota y no se quede en un simple aprobadillo. Porque en esto tenemos todos nuestra parte de responsabilidad. Lo que no se puede hacer es coger y negar la propia. Echarle la culpa a aquellos que se supone que están aprendiendo de ti y que no alcanzan lo que quiera que sea que tienen que alcanzar.

Pongo una metáfora: cuando vas conduciendo por la carretera y ves que hay un conductor en dirección contraria, te extrañas. Cuando ves dos, más aún. Cuando ves veinte, igual es que no son ellos los que van en dirección contraria, sino tú. Pues lo mismo les digo a todos aquellos que piensan que si suspende más de la mitad de su clase es por culpa de los alumnos.

Lo que no se puede hacer es como hacen muchos: dedicarte a tener a los críos aburridos en una clase, poniéndoles a cantar las canciones de cuna que vienen en los libros de texto hasta que tienen doce años para tenerlos entretenidos y que no te jodan mucho la clase. Pegarte CINCO PUTOS AÑOS enseñando LO MISMO hasta aburrirlos. Y luego, cuando el personal está hasta los cojones ya de la asignatura (yo también lo estaría), freírlos de la noche a la mañana con redacciones que nunca antes les habían pedido y que ahora tienen que hacer PERFECTAMENTE. Incluir en los exámenes pruebas a las que no se han presentado ni en cursos anteriores ni en ejercicios a lo largo del mismo curso (mi último caso, una alumna a la que, con un seis en el examen trimestral, la suspenden porque le incluyen una prueba de expresión oral que no venía prevista por ninguna parte y para la que no había sido preparada ni en clase ni, lógicamente, por mí: yo, al igual que la alumna, todos sus compañeros y los padres, ignoraba que esa prueba fuese a tener lugar. Así ha pasado, que habrán aprobado dos o tres en la clase).
Resulta curioso como esas cosas para las que te previenen cuando estás de prácticas son las mismas que muchos se saltan. En mi año de prácticas una de los asuntos en los que más hincapié se nos hizo fue precisamente en el hecho de que el alumno debía estar informado DESDE EL PRINCIPIO acerca del criterio de evaluación. Que no podíamos incluir sorpresas en un examen, tales como temas que no se habían explicado ni ordenado estudiar por su cuenta, ni pruebas para las que no los habíamos preparado en absoluto.
¿Qué conlleva esto? A que cada día, más y más alumnos se sientan frustrados y defraudados con lo que supone estudiar. A que empiecen a pensar que lo que trae más cuenta es caer bien y hacer la pelota, porque están descubriendo que, por mucho que se esfuercen, lo que están haciendo no les está sirviendo de nada. Que no están llegando a nada, mientras que otros, tocándose los cojones y lamiendo bien unos cuantos culos, están llegando mucho más lejos.
Así pasa en la universidad, donde descubrimos que la política de despacho es tan útil o más que partirse los cuernos estudiando. Donde hacerte amiguito de según quiénes te ayuda a que te informen de becas de las que no se entera ni Dios, cuando se supone que ciertas informaciones son públicas y al alcance del alumno de a pie. Donde a lo mejor puedes sacar buenas notas y sacarte la carrera en cinco años, pero tener muchas menos posibilidades de trabajar para la propia Universidad que gente que no tiene unas notas tan excelentes como las tuyas, pero que se deja ver el doble.
Y lo vemos como normal.
Porque eso es lo que hay.

Eso, en otros contextos no académicos, se puede considerar mala praxis, y sería la clase de cosas que un sistema de inspecciones SERIO de nuestro sistema educativo debería examinar con detenimiento. La clase de cosas que debería poner a un supuesto profesional de patitas en la puta calle y no las mierdas que están haciendo hoy en día para quitarse interinos y gente que ve su puesto amenazado porque a un soplapollas de arriba se le ha puesto en la punta del nabo.
En esto es como en todo, siempre tiene la culpa el que está abajo. Porque, tóquese usted los huevos sobremanera, cuando el sistema educativo resulta ser una mierda, cuando el nivel es bajo y los estudiantes están desmotivados... resulta que la culpa es de ellos. NUNCA de los profesionales que tienen que estar ahí para dar el callo y formarlos.

Traslademos el caso al mundo sanitario:
"El Doctor Hijopútez es una eminencia: de treinta tíos que opera al mes, sobreviven como mucho dos o tres. ¡No hay mejor cirujano que él!"

Y es comúnmente asumido por el simio medio que se arrastra por este país de asco.
"En el colegio de mi hijo no veas que nivel, es dificilísimo aprobar".
"Es un curso malísimo, no ha aprobado ni Dios"
Esto lo hemos oído y muchos de nosotros nos lo hemos creído a pie juntillas.
No me jodas, que la opinión pública también participa en esto.
Va a dar la puta casualidad de que, una vez salimos del entorno académico, también nos gusta cebarnos con los débiles.

2 comentarios:

Silvia- Plumamordaz dijo...

Esta entrada me ha llegado al alma. Como que voy a recomendarla en Facebook. Mi experiencia como alumna que se ha recorrido el sistema educativo y como profesora particular se corresponde totalmente con la tuya. Además, también he tenido la experiencia de tener un hermano menor con dificultades educativas, es decir, el clásico niño que curra como un cabrón para que luego llegue un imbécil y no le reconozca su esfuerzo, tirando su autoestima por los suelos.

¡Nos leemos!

www.abajolasopos.wordpress.com

Rumbo a la Distopía dijo...

Muchas gracias! Me alegro que te haya gustado, lo que demuestra, junto con otros comentarios que han llegado vía Facebook, que mi experiencia en absoluto es tan aislada como parecía.

Como siempre, tienes total libertad para compartir.
Un abrazooo!