jueves, 27 de noviembre de 2014

Spanish Bizarro- Odisea en la Di-Putea-ción.



Estas cosas que pasan, oiga, cuando uno está en su casa y le llega su tía diciéndole que, ey, han salido unas oposiciones para chupatintas en la Diputación de su ciudad. Que dices tú, no tienes tiempo para estudiar que se diga, pero que si suena la flauta y los Hados sonríen, puede pegarse uno como interino en una bolsa y que le vayan llamando de vez en cuando. Así que hala, el procedimiento de siempre: se trinca uno la solicitud de la página de la Diputación, la rellena, la imprime, paga la tasa y lo entrega todo.
Hasta aquí, la teoría.

Al llegar a la práctica es cuando pasamos a la parte hard-core. Es por eso que esta historia forma parte de esta sección, y por lo que esta odisea merece ser contada.
Lo primero es conseguir pillarse la puta solicitud de los cojones. La llamo así y no solicitud a secas porque conseguir acceder a la parte de la web de la Diputación en la que se supone que está es solo un poco menos complicado que encontrar el puto Arca de la Alianza con un batallón de nazis con superpoderes pisándote los talones. Para entendernos, imaginad un cruce entre el laberinto del Minotauro, el de David Bowie y el Infierno donde viven los Cenobitas y os haréis una ligera idea del galimatías que es la web de estos tíos. La parte de "Recursos humanos", donde se supone que está el formulario de los huevos no aparece a la vista. Ni a la vista ni fuera de ella, qué cojones: es que no está y no es accesible desde el menú. Toca ponerte a dar más vueltas que un tonto en una feria hasta que se te inflan los cojones, te sales al buscador predeterminado y pones "Diputación recursos humanos" y es ahí donde, por arte de trolleo del programador, encuentras el puto impreso.


"¡LO PUTO LOGREEEE!"


El impreso en sí no es del todo complicado de rellenar. Lo rellenas desde la misma página. La guasa es que el programador, en un alarde de inteligencia, no parece saber qué coño es una tilde e interpreta cada vocal acentuada como le sale del alma. En este caso, con un precioso símbolo fonético. Imprimir el .pdf tiene su aquel, básicamente porque te obliga a descargarlo sí o sí. Que no es que sea un peso abundante de información para tu disco duro, pero siempre está bien que le den a uno a elegir estas cosas. Pues nada, imprimo el impreso, ya relleno. Se me ha colado un símbolo raro en el nombre de mi ciudad, pero se sigue entendiendo. En esta movida (básicamente en encontrar dónde coño estaba esto en la página web) he invertido algo más de una hora de mi vida delante del ordenador. Con las mismas, me voy para el banco unos días después, con la firme intención de hacer el ingreso. Tengo el número de cuenta tomado del BOJA (Boletín Oficial de la Junta de Andalucía) y soplo doce pavos (lo que leo que cuesta el inscribirse en la oposición) a la cajera. Realizo esta fantástica y excitante labor en medio de una sinfonía de mocos y estornudos. Llevo un par de días con un resfriado de tres pares de pollas.

Hablo con mi tía, que se va a presentar conmigo. Quedamos para el día siguiente, y así llevar los dos la inscripción a la sede de la Diputación (la Diputación es tan guai que no vale llevar la solicitud a cualquier registro, como sucede en cualquier otra cosa. Con esta familia, o las llevas a su cuartel general o te dan por culo). Antes de que mi tía venga a buscarme, me paso por la papelería de mi barrio y hago un par de copias de los impresos, para que me los sellen. Dos, en total: uno para la oposición en sí (el de doce pavos) y otro (que cuesta cuatro) para pagar por un disco donde se supone que está todo el temario. Nada más encontrarme con mi tía en el coche y en doble fila gracias a una faraónica obra que están llevando a cabo en mi base de operaciones, me pregunta dónde están los recibos bancarios de haber pagado las tasas. Echo un vistazo y compruebo que me los he dejado en casa. Me pego la carrera para casa y los encuentro (tras un rato de improperios y maldiciones) en mi escritorio. Tiro para abajo de nuevo. Ordenamos los papelotes en un momento, los grapamos y adelante.


"Amos pa allá".



Atravesamos la ciudad y llegamos a la sede de la Diputación. Nada más bajarme del coche, el superenfriamiento brutal que llevaba acarreando unos días se venga de un servidor y me propina un soberbio latigazo en las lumbares, en plena base de la columna vertebral. A partir de ahora, cada puto paso es como una fantastica puñalada en la rabadilla, pero sigo adelante.
La sede de la Diputación es una impresionante combinación entre la arquitectura tradicional y la moderna. Empezó como un antiguo orfanato, de aspecto clásico, y fue ampliada justo por detrás con un cacho estructura cúbica, que si Lovecraft viviera, tildaría de "ciclópea". Atravesamos el patio, que deben ser unos treinta o cuarenta metros. Treinta o cuarenta metros en los que, por lo bajo, me estoy cagando en las putas vértebras que están tocándome los cojones cosa mala. Entre eso, la congestión y el dolor de garganta, estoy en un momento de lo más interesante en mi vida.

"Registro, por aquí", reza un cartel, con una flecha. La seguimos. Seguimos esa flecha y otras tantas por todo el aparcamiento. Luego, entramos por una puerta secundaria y nos metemos por un pasillo. Más flechitas. Me siento como en una partida de rol chunga, o como en un cuento infantil. Cualquiera de los dos casos que sea, lo normal es que termine con un episodio aun más escalofriante: un dragón de mala leche porque un grupo de enanos hijos de puta le han jodido la siesta o una bruja con fobia por los canijuchos.
Lo que me encuentro es aún peor: hablo, cómo no, del personal de la Diputación.


Lo llegan a señalizar así y me hago un selfie.


La leyenda dice que este personal fue metido a dedo hace eones y que ahora, con la intención de sanear la imagen de la institución, se van convocando oposiciones para regularizar la situación de los que trabajan ahí. Es decir, se abre una oferta de empleo y compiten los que entran de nuevas con los que ya estaban, que tienen ya su antigüedad y que es complicado que pierdan su puesto. Fundada o no, esta leyenda sí tiene de cierto el hecho de que los seres que me encuentro en este despacho muy espabilados no parecen. El primero que me atiende todavía detecta una cosa en mi solicitud (la X se marcó por defecto en una casilla del formulario) y la corrige.
Lo heavy sucede cuando entro en lo que es el registro en sí.

Nos atiende una señora a la que eso de "pulsaciones al teclado" le debe sonar a disco de los Red Hot Chili Peppers, porque tarda (no es coña) más de cinco segundos en pulsar de una tecla a otra.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.


Nuestras caras.


Si no fuera porque tengo las putas lumbares on fire, me daría igual. Total, esta era una mañana libre. Por cada golpe de tecla, yo miro a mi tía. Ella me mira a mí.
En mi familia tenemos la habilidad (supongo que os pasa a la mayoría) de entendernos con una sola mirada. En el tiempo que nos miramos, mi tía y yo hemos lanzado ya varios discursos, al menos tres debates y toda una ristra de improperios. Tiempo hemos tenido de sobra. Hasta nos ha dado para hacer una repetición de las mejores jugadas y grabar un recopilatorio doble de grandes éxitos.
Cuando la buena mujer termina de comunicarse en morse con Moscú, se va para mi solicitud y me suelta:

—Tu solicitud son nueve euros.
—Uh, en el BOJA ponía que eran doce —respondo yo.
—No, según mi tabla —saca una fotocopia que tenía por alguna parte —para auxiliar solo son nueve.
—¿Qué hago ahora?
—Es posible que por no ser el precio exacto te echen para atrás la solicitud. Lo mejor será que te vayas para la sucursal más cercana del banco y les cuentes el tema para que te devuelvan la diferencia.
A mis lumbares les gusta esto.
—¿Está muy lejos?
—Ahí al lado.
Mi tía y yo intercambiamos una mirada de resignación.
—Pos vale.

La señora coge el resguardo del banco y decide hacerle una fotocopia para que, al enseñársela al tipo de la sucursal, vea lo que he pagado y lo que me tiene que devolver. En ese momento, se produce una batalla épica entre élla y la máquina. Olvidaos de Terminator. Engendro Mecánico o 2001 reflejan pobremente esa lucha del hombre contra la tecnología. Qué coño, ni yo peleándome con mi portátil he mostrado la mitad de epicidad y dramatismo que ver a esta mujer rascarse la cabeza para averiguar dónde coño había que darle a aquello para que hiciera una miserable fotocopia.
Pasan, sin exagerar, casi tres minutos y medio de ardua contienda. Los debates silenciosos entre mi tía y yo se mean en los de Sócrates, Platón, Aristóteles y todos los sofistas juntos. Incluso tenemos tiempo para llevar a cabo una timba de apuestas para ver si al final la fotocopiadora, en lugar del impreso, le fotocopiará el culo a esta buena mujer delante de nuestras putas jetas.
Todo héroe debe reconocer el momento en que cae ante un enemigo superior. Es por eso que nuestra heroina acepta que la máquina la ha derrotado y decide llamar a un nuevo héroe que tome su manto. Este héroe es el señor que nos atendió en la puerta, que se materializa allí mismo y nos saca una fotocopia tan nítida como esas entradas del cine que has metido en el bolsillo del pantalón y que vuelves a ver varios meses después. Así de nítida. Con las mismas, la señora recoge un poco lo que queda de su dignidad y, amablemente, sale con nosotros de la oficina para indicarnos dónde está la sucursal bancaria.


Guas juas juas. La máquina gana.


Atravesamos un patio, tan ciclópeo como el edificio en sí. Una galería por la que un dragón de siete cabezas podría montarse una guarida y todavía le sobraría espacio. Un pasillazo en el que puedes aparcar el puto Halcón Milenario... y lo mejor: atraviesas una puerta y ves otro pasillo, en el que alguien ha puesto un arco de seguridad, con su guardia de seguridad... y que nadie necesita usar, básicamente porque el pasillo es puto ancho. NADIE necesita pasar a través del arco, porque ni siquiera hay vallas ni nada. En otras palabras, que está puesto de adorno. De hecho, mi tía y yo pasamos justo por al lado del arco para acercarnos a la oficina donde nos tienen que dar el puñetero disco con el temario. Nos atiende una señora, cuya única función, que yo sepa, es atender a la gente, coger el recibo de cuatro pavos, y darte el disco. Igual tiene alguna otra función aparte de esa, pero yo no vi nada más.

—Vale, para auxiliar —dice, al ver la mía —y para administrativo —al ver la de mi tía. Nos sopla un par de discos y nos encaminamos para la sucursal bancaria. Llegados a este punto, mis lumbares me han montado una rebelión que ríete tú de la puta Primavera Árabe. Hemos caminado no sé cuántos metros desde el edificio principal y yo estoy conociendo una nueva definición de lo que es estar jodido.
La sucursal bancaria es lo que podría llamarse un caso claro de ironía. Habida cuenta del tamaño del patio exterior (donde se han montado varios conciertos de música sin que nadie tenga sensación de estar apretujado) y la galería interior (del tamaño de un campo de fútbol pequeño), así como de la altura y amplitud de las instalaciones, te preguntas quién ha sido el hijoputa al que se le ha ocurrido que la sucursal bancaria sea un puto cagadero con pinta de pecera en el que caben cuatro gatos. Con esta duda en la cabeza, nos internamos y nos atiende un señor bastante simpático, que me escucha con atención cuando le cuento el caso. Con la misma amabilidad, me responde que al no haberse efectuado el pago el mismo día, sino el día anterior, la sucursal bancaria ya no tiene potestad sobre la pasta que les he aflojado de más y que lo que tengo que hacer es reclamar a la Diputación en sí. Me tiende un formulario y me dice que debo rellenarlo de forma muy precisa y detallada, explicándoles los entresijos de lo sucedido y lo que solicito exactamente. Yo lucho porque todo ese galimatías burocrático no se convierta en ruido blanco dentro de mi cabeza. El resultado es que, tras todo este cipote, tengo que:

1) Irme a la sucursal donde pagué originalmente la solicitud (es decir, en mi barrio, bastante lejos de donde estoy ahora) y contarles la movida de lo que pasó.
2) Cuando la tenga, con el impreso ya relleno, me voy otra vez a la sede de la diputación para que ellos se encarguen de tramitar el asunto.

Es decir, otra mañana más perdida.


"¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!"


Una vez tengo mi impreso, lo siguiente es (evidentemente) volver a pagar por la solicitud. Mi tía me presta los nueve pavos (solo tengo cinco en la cartera ahora mismo) y me hacen un nuevo resguardo, ya correcto acorde a lo que viene en el BOJA. Nuevamente, volvemos por el puto patio, desandando lo andado antes para finalizar el registro de una vez por todas. Por algún motivo, mis lumbares me han dado tregua en la sucursal bancaria y ahora puedo andar un poco mejor. Al volver a la oficina, corrigen el asunto y nos volvemos a casa. Mi tía me suelta en la avenida y yo tiro para mi base de operaciones, un poco hasta los cojones de todo. Le cuento la historia a mi madre, que se queda un poco flipando con el tejemaneje que nos hemos comido sin comerlo ni beberlo. Me sopla un pastillazo porque, aunque las lumbares me han dado tregua, no quiere decir que me hayan dejado de doler. Es más, no quiere decir que no me vayan a doler más. Me coloco en una posición medianamente cómoda para paliar el dolor y dejo que la mierda me haga su efecto.


Algo así.


Jodido como un cabrón, en parte por el dolor y en parte por el puto resfriado, me voy para el curro. Me esperan tres horas, que capeo como buenamente puedo. La tarde va pasando y, con ella, la sensación de absurdo que ha venido imperando en mi vida desde que me he levantado. Acabo mi última clase a eso de las ocho y media, pensando que ya puedo descansar tranquilo. Que mañana si eso, si me encuentro mejor, me paso ya por el banco y por la sede de la Diputación para arreglar el asunto. Que no es que corra prisa, porque ya estoy inscrito en las oposiciones, pero por lo menos para recuperar el dinero de más que he pagado.
Te crees fuerte por haber superado la adversidad, por haber hecho frente a todo un cúmulo de cosas mientras te retuerces en un dolor del carajo... y ves que tienes un mensaje en el móvil justo al salir de tu última clase.
Mi tía.
Lo abro y me dice que ha echado un vistazo al disco con mi temario. Me cuenta que los de la Diputación se han equivocado y que no me han dado el temario de Auxiliar, sino el de Administrativo.


Ay.


Observo el mensaje un segundo y, antes de responder a mi tía, medito sobre lo que ha sido de mi vida a lo largo de las últimas horas. Luego, le digo a mi tía lo que pienso de ese error, me meto el móvil para el bolsillo y tiro para mi casa. En mi mente, solo existe un deseo, que es el de tirarme en el sofá, ponerme hielo en la espalda y ver cualquier mierda en la tele.
Ese deseo y un mantra.
Una frase de poder, que imagino data de tiempos inmemoriales. Pronunciada por sabios a lo largo de los siglos y que se ha transmitido de generación en generación. En tan solo unas palabras, se almacena todo un sistema de creencias. Milenios de filosofía contenidos en unos cuantos sonidos. Poder concentrado que igual no soluciona tus problemas, pero sí hace que te sientas algo más fuerte una vez pronuncias ese mantra zen.
Sí, amigos Distópicos.
Mi mantra no era sino "A tomar por culo".

sábado, 1 de noviembre de 2014

Escupiendo Rabia- El elogio de la ignorancia



Hace cosa de un par de días, tuve una discusión con una persona. Una discusión que no es nueva, y que lo mismo os parece una chorrada, pero conforme os vaya contando la historia, os iré explicando a qué viene mi indignación y mi cabreo al respecto. Os cuento, esa persona es una de muchas que tiene la puta costumbre de subir citas falsas a redes sociales. De estas que ves al vuelo porque son soberanas gilipolleces, cuando no refranes comunes que, de buenas a primeras, se toman como válidas porque algún imbécil las ha acoplado a una fotito en blanco y negro del presunto "autor". Esta persona a la que me refiero en concreto, es de las que tienen la santa costumbre de ir presumiendo lo mucho que leen, sea verdad o mentira, de forma que en su caso poner citas (más falsas que Judas, dicho sea de paso) es como una forma de "demostrarlo" (¿Os acordáis de mi post anterior sobre Enarboladores de estandartes?), aunque en el fondo demuestren que, bien no leen tanto como dicen, o bien lo que leen es puta mierda sin adulterar, que no todos los libros son excelsas obras literarias y cada día más nos venden morralla para cenutrios en los libros que nos plantan en las librerías.

El caso es que cuando tú eres filólogo y anglista por definición, se te revuelven las tripas de rabia al ver cómo alguien, desde la más total y absoluta ignorancia, te planta una soberana mamarrachada y te dice que es de Shakespeare, quedándose tan pancha. En el caso de este autor es bastante fácil saber si una cita de él es falsa: ya que (a día de hoy no hay constancia de ello, al menos) no escribió diarios ni concertó entrevistas ni nadie se ponía a recoger lo que soltaba por la boca, lo que queda de él (nos guste o no) es lo que queda en sus textos (o sea, en sus obras). Así que te coges la supuesta frasecita, la pasas al inglés (es decir, la lengua nativa del autor) y te vas para cualquier página donde vengan sus obras completas. Activas el motor de búsqueda de tu navegador (generalmente lo suyo es hacer la búsqueda por palabras más o menos clave, no te vayas a poner a buscar por "the", que te puede dar algo buscando) y te pones a rastrear en las treinta y pico obras de teatro. Si la cita es más o menos correcta, no necesitas mucho tiempo de búsqueda (generalmente suelen estar en las obras más famosas). Si no, pues hasta que des con algo medio parecido, porque también puedes encontrar traducciones más o menos libres, que ralentizan un poco el trabajo. Que a ver, a la mayoría de vosotros igual esto os parece una soberana gilipollez, pero os recuerdo que algunos nos hemos pegado bastante tiempo haciendo de la literatura nuestro objeto de estudio. Para entendernos, es como si alguien se dedica a postear por ahí falsos remedios medicinales que aseguren curar, no sé... el cancer, por ejemplo, y vosotros sois médicos. O si sois psicólogos y te encuentras gente propagando información falsa sobre un trastorno o propagando prejuicios sobre algún otro. O si sois abogados y veis cómo algún subnormal se dedica a inventarse artículos del Código Penal para intentar justificar así su ideología. Pues amigos, los filólogos no somos menos (aunque muchos os penséis que sí) y tanta patada a la literatura nos toca los putos cojones. Pues en mi caso es con Shakespeare o con la mayoría de autores anglosajones que he estudiado, que (os guste o no), son unos cuantos.


Algunos pobres ilusos se piensan que la única forma de hacer daño a la cultura es quemar libros.
Eso es como pensar que la única forma de hacer daño a una persona es darle una bofetada.


Pero el objeto de este artículo no es la patada a la literatura en sí. No es la primera vez que algún amigo ha compartido alguna cita shakespeariana (gran parte de mi objeto de estudio, al que me he dedicado no pocos años de la carrera y otros cuantos en mi curso de doctorado) y al que le he dicho "Oye, voy a mirar si es correcta". Esa gente a la que me refiero, que es mínimamente educada y tiene un cierto respeto por mi área de estudio, y, en el momento en que he confirmado que, efectivamente, es falsa (suele pasar mucho, como con la propagación de bulos) me han dado las gracias por tomarme tiempo en investigarlo y por desmentirlo. No es ninguna labor heroica, pero oye, uno se dedica a estas cosas y procura que este tipo de patadas a lo que es la cultura en general no se propaguen más de la cuenta. Es lo que hacemos la gente que tenemos un mínimo de interés hacia lo que hemos estudiado. Lo que no hace una persona que tiene ni una pizca de educación o respeto es decir "Tú mismo con tu mecanismo, yo esto lo he visto así", con tono chulesco y dando a entender que le importa un coño:

a) Que la información compartida sea FALSA.
b) Que te ofrezcas a echar una mano.

El problema consiste en el momento en que gente como esta persona a la que me refiero en el primer párrafo de este artículo ve esa oferta como un insulto a su inteligencia (¿?) y te suelta soberanas imbecilidades como "A ver si tú lo vas a saber todo", pasando por alto el "detallito insignificante" de que todo a lo mejor no, pero al haberme pegado más de un lustro dándole caña al tema, una debida experiencia tengo. La justa como para poder decir "Oye, que sí" u "Oye, que no" tras un ratito de consulta que a mí, más que costarme, me resulta interesante. Más que nada porque es mi profesión. Tal vez no sea una autoridad en Shakespeare (poca gente puede permitirse el lujo de decir algo así y a mí me queda mucho camino por recorrer), pero sí tengo la base suficiente como para investigar y llegar a una conclusión en algo tan básico como eso. Más acojonante es cuando esa persona, al verse bragas abajo y con el culo en pompa al haberse descubierto que ha metido la pata hasta el sobaco, se pone tripas arriba e, incapaz de reconocer un error en el que podríamos caer cualquiera, se pone en plan farruca (rollito flamencoide) y te reta a que subas TÚ citas auténticas. A un anglista, que se ha pasado años trabajando con ellas, ¿vale? Como si el desafío fuera "Venga, a ver si tú tienes huevos de hacerlo mejor". Lo haces y, tras haber subido tres o cuatro (las primeras que te vienen a la cabeza) lo que te encuentras es como una especie de rollito de desprecio, como si fueras un "listo", simplemente por hablar de lo que sabes, o saber de lo que hablas, tanto da. Y no es la primera vez, la anterior ya me había hecho una similar con Poe, del que me colocó una cita falsa y, al verse descubierta, me dijo que era del poema "Lenore". Busqué ese poema, le planté las dos versiones en su idioma original (porque, como he dicho arriba, si el poema de un autor americano está SOLO en español, la falsa atribución canta por bulerías) y todavía tenia las narices de decir que yo no tenía razón, pese a que estuve investigando al menos seis webs de literatura. Dos de ellas, académicas.
Pero al parecer, esas webs no lo saben todo, ya ves que sí. Y yo, menos. Y es que esta persona "lo había leído en un libro". Todavía sigo esperando que me diga en cuál. Más que nada para enseñárselo a mis profesores de Literatura Norteamericana y que escriban un artículo, donde se ha descubierto un poema perdido que no aparece en ninguna otra parte. A los de la Antología Penguin fijo que les flipa enterarse de algo así, oye.


Hace algunos años, en España todo el mundo se reía de este fulano por aquella (presunta) frase de: "Yo no necesito leer libros; si necesito bombardear un país, lo busco en un mapa", que mandaba cojones, todo hay que decirlo.
Sin embargo, cuando hoy en día alguien nos dice que leer es aburrido y que es para "gente rara" y que "de tanto leer se te va a poner la cabeza cuadrada" lo asumimos y no pasa nada. Los que dicen eso no quedan tan ridiculizados como este tío. Es más, a algunos hasta se les suele tomar en serio cuando hablan.
Pero claro, no son americanos. Todo el mundo sabe que solo en Estados Unidos hay ignorantses. Aquí no, jamás de los jamases, somos todos muy cultos y lo único que vemos en la tele son los documentales de La 2...


Y es que ahora la moda, si nos salimos de este tema, parece ser que todo el mundo tiene derecho a una opinión, por infundada, falsa y llena de mierda que esté. Parafraseando a otro genio que me vino sentando cátedra de otro tema en el que tengo como quince años de experiencia, si no más (los cómics), hablando sin haber leído gran cosa y haciéndome ver lo blanco negro. Su defensa: "A ver si voy a tener que tener una tesis en un tema para poder opinar sobre él". Mi respuesta fue más o menos que, si pretendía que su opinión fuese medio tomada en serio, lo mínimo era tener una base de conocimiento acerca de lo que hablaba. Especialmente si la otra persona está versada en ese tema; o al menos, si lo que no quiere es quedar como un ignorante.
Ni que decir tiene que se pasó mi respuesta por el ojo del culo.

Es este el verdadero cogollo del asunto: cada día que pasa, estoy viendo cómo el personal tiende a crucificar a aquellos que saben más que ellos sobre algo, tildándolos de "listos", como si la experiencia en algo te volviese más inteligente (ojalá) y como si esa supuesta "inteligencia" fuese un factor negativo. Es el chiste padre, eso de decir "Yo no sé de lo que estoy hablando, pero es mi opinión, y como es mi opinión, es tan válida como la tuya". Aunque esa opinión de la que hablamos esté cargada de prejuicios, fundamentada sobre la más absoluta nada y que encima se use para pretender dar lecciones a aquellos que sí podrían darla.


"No me estudié las tablas de multiplicar, pero no pasa nada, puse el resultado que me pareció en el examen. Mi profesor me dijo que ocho por ocho no son ochenta y le dije que eso no era así, porque lo había visto en Internet y porque tengo derecho a una opinión. Mi profesor es un listo, se cree que me puede dar lecciones  A MÍ".


Más descojonante aún es el hecho de que esto es un caso cada vez menos aislado y, por cada ignorante que surge, soltando paridas de todos colores, surgen al menos tres o cuatro tontos del culo que le chupan el ídem a éste: gente que no tiene ni puta idea de dónde tiene la cara, pero oye, que se siente con el derecho de defender a quien saben que no tiene razón y quitándosela a quien les puede explicar cómo van según qué cosas porque parece ser que hablar desde lo que se sabe da como cosica. Y es que por lo que estoy viendo, en esta sociedad de putos simios mononeuronales, lo que mola no es entender de algo, ni esforzarse en entenderlo. No mola eso de que, cuando no sabemos algo, preguntemos al que sí puede darnos una idea e informarnos. Eso es una marcianada, algo de pringaos. Ahora lo que se lleva es apalear y tocarle los cojones al que sí tiene una ligera (ya ni experto, oiga) idea del tema a tratar. Que se calle, que nos deja en ridículo. Que se calle, que es un listo y yo a los listos no los soporto. Es mucho más molón vivir en mi mundo de piruletas, donde las cosas son como yo creo que son aunque no lo haya comprobado ni estudiado. A mí lo que me mola es que las cosas sean como yo quiero que sean, o como me las ha contado no sé quién, o porque las he visto en un meme de Internet tela de gracioso.


Pues eso.



Porque ahora lo que se lleva es esa soberbia imbecilidad de que todos tenemos derecho a expresarnos, sin importar que nuestra opinión esté mancillada por el paletismo y la ignorancia. Y si nos pillan en bragas, pues no pasa nada: incurrimos en la chulería de matones de colegio o, si no, en el insulto, en vez de razonar nuestra opinión o molestarnos siquiera en argumentarla. Algo tela de guapo para reafirmar nuestra postura y hacer que el fulanito de al lado nos dé la razón. Más gracioso es que luego esos mismos son los primeros en decir que vivimos en la era de la información; que en esta época tenemos el conocimiento al alcance de nuestra mano y que, con un golpe de ratón, podemos enterarnos de lo que queramos. Como si Internet fuese una herramienta de Verdad Absoluta y cualquier puta cosa que veamos en cualquier puta página, solo por el hecho de estar en Internet fuese irrefutable.
Y eso, amigos Distópicos, por lo visto NO es ser ignorante.

No me extraña, por tanto, que esa actitud que hemos tenido siempre en este puto país de mongolos, de estigmatizar a aquellos que tienen un mínimo interés por aprender o por esforzarse en algo, esa santa costumbre de hacer las cosas a la pata la llana y de autoerigirnos en expertos en cualquier cosa de la que no tengamos ni guarra se traduzca en esto: en un puñado de gente que, de la noche a la mañana, es experta en protocolos de contención del ébola; experta en historia (la Guerra Civil, el tema favorito de las masas; eso sí, la mayoría instruida por novelas de ficción), en cine, en literatura, en derecho, en arquitectura, en economía, ciencias aplicadas, política interior, política exterior, política local,  criminología, psicología, en educación física, arbitraje, medicina de todas las especialidades, cultura local, cultura universal, obras públicas, lingüística, idiomas, y un largo etcétera de disciplinas, dependiendo de la situación de la que hablemos.


Partiendo de este principio, si presuponemos como cierto todo lo que sale por la boca de un españolito de mierda al cabo del día, tenemos que es una especie de criatura biónica que sabe de todo, entiende de todo y que almacena información útil e irrefutable en cualquier puta cosa que le preguntes.
Cojones, visto así, somos las criaturas más inteligentes del planeta, que absorbemos conocimiento por ósmosis y sin leer una mierda, que eso es aburrido y es para enteradillos...


Pero claro, no confundamos: una cosa es hablar de algo a nivel básico, para lo que no hace falta una opinión de experto (por ejemplo, yo no soy médico, pero sé que si a un tío le cae una bola de bolos en la cabeza desde ocho metros de altura es muy probable que le deje secuelas) y otra muy diferente lo que se hace aquí cada día, que es hablar sentando cátedra y con juicios categóricos al respecto, como si tuviéramos un puto Honoris Causa en Cualquier Cosa colgando en nuestro saloncito. Con ese mantra de "Pero es que yo tengo derecho a opinar" lo que estamos haciendo es mearnos en ese derecho y corromperlo, usándolo para soltar capulladas una detrás de otra. A ver si nos vamos enterando de una puta vez, colegas: tenemos derecho a opinar, no a soltar mentiras. Tenemos derecho a expresar nuestra opinión, y la responsabilidad de usar esa opinión para algo más que para demostrar que somos una panda de ignorantes. Y si viviéramos en una sociedad medianamente sensata y no esta cosa enfermiza y plagada de tontos del culo, a los que hacen gala de ese derecho para cabestradas de ese calibre, bien lo normal sería ponerlos en su sitio y decirles "Illo, eso no es así", bien lo normal sería coger y darle a su opinión la credibilidad que merece (CERO), en vez de jalear a los mongolos y decirles "Dí que sí, tú si que vales".


"¡FUCK YEAHHH!"


En una sociedad medianamente coherente, aquellos que van demostrando día sí y día también que no saben ni donde tienen la cara tendrían de poco a ningún lugar, y tendrían las opciones de enmendarse o morirse de puto asco. En lugar de eso, nos damos cuenta de que es justo al revés, y los tontos tienden a agruparse con otros tontos y, como he indicado en más de una ocasión, fundar sus Ligas de Tontos Del Ojete donde reinvindican su derecho a no tener ni guarra de dónde tienen la cara y, no contentos con ello, tocar los cojones a los que por lo menos se pillan un mapa para encontrar el camino. A esos Tontos del Ojete, a esos Ignorantes y Orgullosos los reconoceréis porque son incapaces de argumentar su postura. Son aquellos que te vienen con equivalentes al mantra de "Es que en mi casa se juega así", que puede tomar mil formas diferentes, pero que en el fondo viene a ser lo mismo, que es justificarse en su lerdez y reírse de los que procuran aspirar a más. Porque el que sabe no es más que un "listo". Porque el que estudia o el que investiga, ese que se molesta en buscar la veracidad de las cosas "se cree que lo sabe todo". Es un intolerante, un intransigente o un desgraciado que vive para dar lecciones a los demás. Qué risa me da cuando esos mismos que esgrimen esos argumentos son los primeros en hacer eso mismo, pero sin tener ni puta idea de lo que hablan. Y para descubrirlo sí que no hace falta ser un genio: si se pilla a un mentiroso antes que a un cojo, a un ignorante lo pillas igual de rápido, porque es abrir la boca y dejarte flipando con sartas de estupideces una detrás de otra. Con justificaciones de todo tipo y, cuando no tienen nada con lo que agarrarse, atacando a quienes le preguntan: "Bueno, yo es que creo que es así y tú no tienes ningún derecho a juzgarme... pero si cuestionas lo que me acabo de sacar del culo con datos medianamente fiables, eres un hijo de la gran puta que viene a tocarme las pelotas. Y por tanto, ya tengo derecho a llamarte como me salga del culo, porque tengo derecho a opinar".


"¡Ha llegado la hora de hacer gala de mi ignoranciaaaa!"


Y lo peor de todo es que a aquellos que vemos estas cosas a diario, a aquellos que vemos como cada españolito de mierda tiene dentro de las tripas a un alcalde, un árbitro de fútbol, un médico, un abogado, un juez, un arquitecto, un ingeniero, un experto en obras públicas, un políglota, un psicólogo, un criminólogo, un analista literario, un corrector ortográfico, un experto en cine, un músico, un asesor de imagen, un conductor profesional, y un economista entre muchas otras cosas, nos tiene que parecer bien que el ignorante sea aplaudido. Que aquí cualquier idiota que no sabe hacer ni la O con un canuto, que cualquier subnormal se permita el lujo de poner su opinión de mierda (porque sí, todo el mundo tiene derecho a opinar, pero una opinión sin fundamento y sin conocimiento JAMÁS puede equipararse a la que sí lo está) a la altura de la de aquellos que sí están formados. Pero claro, al parecer aquí el saber no ocupa lugar alguno. No importa que el de al lado sepa de una materia más que tú. Tú tienes derecho a soltar las mentiras que te dé la gana, y la otra persona, sí, esa que tienes al lado, no tiene el más mínimo derecho a decirte que te estás meando fuera del tiesto o que eso no es como estás diciendo.


" ¡'Tecalles, enterao de mierda!"


Si por no soportar a lerdos de ese calibre resulta que soy un intolerante, un intransigente o la palabrita de moda que os hayáis inventado para crucificar a aquellos que no le besan el culo a los payasos como estos, pues así sea. Aceptemos entonces el argumento mamporrero: sí, soy un intolerante, y a mucha honra. Estoy más que harto de tener que soportar imbecilidades así a mi alrededor. Estoy hasta los putos cojones de ver cómo la gente es ignorante, orgullosa, y encima se cree con derecho a pisotear a aquellos que no les dan la razón. Estoy más que harto de ver y tener que respetar a gentuza que se inventa las cosas día sí y día también y predica unos valores basados en la mediocridad, en el conformismo y en aplaudir al que más berrea o al que más tonterías dice. Me revuelve las tripas ver cómo aquí se defiende al que más guai es, en lugar de al que más puede enseñarnos. Que tengamos los santísimos huevos de poner el grito en el cielo contra los recortes en educación (que, por supuesto, y antes de cualquier imbécil salte, soy el primero en decir que están MAL) y al mismo tiempo permitir, con risitas y demás, que la ignorancia se convierta en el buque insignia de la población. Nuestro derecho a ser ignorantes por encima de nuestro deber de dejar de serlo.

Pues nada, queridos simios, seguid. Seguid berreando por vuestros derechos. Seguid hablando como unos putos expertos en cualquier puta cosa que os echéis a la puta cara y seguid demostrando que para lo único para lo que valen vuestras cabezas es para echar muros abajo, porque lo que es para esforzaros e intentar mejorar lo que sois, no valéis. Seguid siendo unos ignorantes, seguid diciendo que no necesitáis aprender ni saber nada más. Seguid revolcándoos en vuestra propia mierda y seguid atacando a aquellos que procuran no hacer gala de una ignorancia supina.
Pero por favor, no me pidáis que acepte o vea con buenos ojos vuestra forma de ver la vida, porque vosotros sois los primeros en cagaros en la madre de los "listos".