Estas cosas que pasan, oiga, cuando uno está en su casa y le llega su tía diciéndole que, ey, han salido unas oposiciones para chupatintas en la Diputación de su ciudad. Que dices tú, no tienes tiempo para estudiar que se diga, pero que si suena la flauta y los Hados sonríen, puede pegarse uno como interino en una bolsa y que le vayan llamando de vez en cuando. Así que hala, el procedimiento de siempre: se trinca uno la solicitud de la página de la Diputación, la rellena, la imprime, paga la tasa y lo entrega todo.
Hasta aquí, la teoría.
Al llegar a la práctica es cuando pasamos a la parte hard-core. Es por eso que esta historia forma parte de esta sección, y por lo que esta odisea merece ser contada.
Lo primero es conseguir pillarse la puta solicitud de los cojones. La llamo así y no solicitud a secas porque conseguir acceder a la parte de la web de la Diputación en la que se supone que está es solo un poco menos complicado que encontrar el puto Arca de la Alianza con un batallón de nazis con superpoderes pisándote los talones. Para entendernos, imaginad un cruce entre el laberinto del Minotauro, el de David Bowie y el Infierno donde viven los Cenobitas y os haréis una ligera idea del galimatías que es la web de estos tíos. La parte de "Recursos humanos", donde se supone que está el formulario de los huevos no aparece a la vista. Ni a la vista ni fuera de ella, qué cojones: es que no está y no es accesible desde el menú. Toca ponerte a dar más vueltas que un tonto en una feria hasta que se te inflan los cojones, te sales al buscador predeterminado y pones "Diputación recursos humanos" y es ahí donde, por arte de trolleo del programador, encuentras el puto impreso.
"¡LO PUTO LOGREEEE!"
El impreso en sí no es del todo complicado de rellenar. Lo rellenas desde la misma página. La guasa es que el programador, en un alarde de inteligencia, no parece saber qué coño es una tilde e interpreta cada vocal acentuada como le sale del alma. En este caso, con un precioso símbolo fonético. Imprimir el .pdf tiene su aquel, básicamente porque te obliga a descargarlo sí o sí. Que no es que sea un peso abundante de información para tu disco duro, pero siempre está bien que le den a uno a elegir estas cosas. Pues nada, imprimo el impreso, ya relleno. Se me ha colado un símbolo raro en el nombre de mi ciudad, pero se sigue entendiendo. En esta movida (básicamente en encontrar dónde coño estaba esto en la página web) he invertido algo más de una hora de mi vida delante del ordenador. Con las mismas, me voy para el banco unos días después, con la firme intención de hacer el ingreso. Tengo el número de cuenta tomado del BOJA (Boletín Oficial de la Junta de Andalucía) y soplo doce pavos (lo que leo que cuesta el inscribirse en la oposición) a la cajera. Realizo esta fantástica y excitante labor en medio de una sinfonía de mocos y estornudos. Llevo un par de días con un resfriado de tres pares de pollas.
Hablo con mi tía, que se va a presentar conmigo. Quedamos para el día siguiente, y así llevar los dos la inscripción a la sede de la Diputación (la Diputación es tan guai que no vale llevar la solicitud a cualquier registro, como sucede en cualquier otra cosa. Con esta familia, o las llevas a su cuartel general o te dan por culo). Antes de que mi tía venga a buscarme, me paso por la papelería de mi barrio y hago un par de copias de los impresos, para que me los sellen. Dos, en total: uno para la oposición en sí (el de doce pavos) y otro (que cuesta cuatro) para pagar por un disco donde se supone que está todo el temario. Nada más encontrarme con mi tía en el coche y en doble fila gracias a una faraónica obra que están llevando a cabo en mi base de operaciones, me pregunta dónde están los recibos bancarios de haber pagado las tasas. Echo un vistazo y compruebo que me los he dejado en casa. Me pego la carrera para casa y los encuentro (tras un rato de improperios y maldiciones) en mi escritorio. Tiro para abajo de nuevo. Ordenamos los papelotes en un momento, los grapamos y adelante.
"Amos pa allá".
Atravesamos la ciudad y llegamos a la sede de la Diputación. Nada más bajarme del coche, el superenfriamiento brutal que llevaba acarreando unos días se venga de un servidor y me propina un soberbio latigazo en las lumbares, en plena base de la columna vertebral. A partir de ahora, cada puto paso es como una fantastica puñalada en la rabadilla, pero sigo adelante.
La sede de la Diputación es una impresionante combinación entre la arquitectura tradicional y la moderna. Empezó como un antiguo orfanato, de aspecto clásico, y fue ampliada justo por detrás con un cacho estructura cúbica, que si Lovecraft viviera, tildaría de "ciclópea". Atravesamos el patio, que deben ser unos treinta o cuarenta metros. Treinta o cuarenta metros en los que, por lo bajo, me estoy cagando en las putas vértebras que están tocándome los cojones cosa mala. Entre eso, la congestión y el dolor de garganta, estoy en un momento de lo más interesante en mi vida.
"Registro, por aquí", reza un cartel, con una flecha. La seguimos. Seguimos esa flecha y otras tantas por todo el aparcamiento. Luego, entramos por una puerta secundaria y nos metemos por un pasillo. Más flechitas. Me siento como en una partida de rol chunga, o como en un cuento infantil. Cualquiera de los dos casos que sea, lo normal es que termine con un episodio aun más escalofriante: un dragón de mala leche porque un grupo de enanos hijos de puta le han jodido la siesta o una bruja con fobia por los canijuchos.
Lo que me encuentro es aún peor: hablo, cómo no, del personal de la Diputación.
Lo llegan a señalizar así y me hago un selfie.
La leyenda dice que este personal fue metido a dedo hace eones y que ahora, con la intención de sanear la imagen de la institución, se van convocando oposiciones para regularizar la situación de los que trabajan ahí. Es decir, se abre una oferta de empleo y compiten los que entran de nuevas con los que ya estaban, que tienen ya su antigüedad y que es complicado que pierdan su puesto. Fundada o no, esta leyenda sí tiene de cierto el hecho de que los seres que me encuentro en este despacho muy espabilados no parecen. El primero que me atiende todavía detecta una cosa en mi solicitud (la X se marcó por defecto en una casilla del formulario) y la corrige.
Lo heavy sucede cuando entro en lo que es el registro en sí.
Nos atiende una señora a la que eso de "pulsaciones al teclado" le debe sonar a disco de los Red Hot Chili Peppers, porque tarda (no es coña) más de cinco segundos en pulsar de una tecla a otra.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.
Un, dos, tres, cuatro, cinco.
Tac.
Nuestras caras.
Si no fuera porque tengo las putas lumbares on fire, me daría igual. Total, esta era una mañana libre. Por cada golpe de tecla, yo miro a mi tía. Ella me mira a mí.
En mi familia tenemos la habilidad (supongo que os pasa a la mayoría) de entendernos con una sola mirada. En el tiempo que nos miramos, mi tía y yo hemos lanzado ya varios discursos, al menos tres debates y toda una ristra de improperios. Tiempo hemos tenido de sobra. Hasta nos ha dado para hacer una repetición de las mejores jugadas y grabar un recopilatorio doble de grandes éxitos.
Cuando la buena mujer termina de comunicarse en morse con Moscú, se va para mi solicitud y me suelta:
—Tu solicitud son nueve euros.
—Uh, en el BOJA ponía que eran doce —respondo yo.
—No, según mi tabla —saca una fotocopia que tenía por alguna parte —para auxiliar solo son nueve.
—¿Qué hago ahora?
—Es posible que por no ser el precio exacto te echen para atrás la solicitud. Lo mejor será que te vayas para la sucursal más cercana del banco y les cuentes el tema para que te devuelvan la diferencia.
A mis lumbares les gusta esto.
—¿Está muy lejos?
—Ahí al lado.
Mi tía y yo intercambiamos una mirada de resignación.
—Pos vale.
La señora coge el resguardo del banco y decide hacerle una fotocopia para que, al enseñársela al tipo de la sucursal, vea lo que he pagado y lo que me tiene que devolver. En ese momento, se produce una batalla épica entre élla y la máquina. Olvidaos de Terminator. Engendro Mecánico o 2001 reflejan pobremente esa lucha del hombre contra la tecnología. Qué coño, ni yo peleándome con mi portátil he mostrado la mitad de epicidad y dramatismo que ver a esta mujer rascarse la cabeza para averiguar dónde coño había que darle a aquello para que hiciera una miserable fotocopia.
Pasan, sin exagerar, casi tres minutos y medio de ardua contienda. Los debates silenciosos entre mi tía y yo se mean en los de Sócrates, Platón, Aristóteles y todos los sofistas juntos. Incluso tenemos tiempo para llevar a cabo una timba de apuestas para ver si al final la fotocopiadora, en lugar del impreso, le fotocopiará el culo a esta buena mujer delante de nuestras putas jetas.
Todo héroe debe reconocer el momento en que cae ante un enemigo superior. Es por eso que nuestra heroina acepta que la máquina la ha derrotado y decide llamar a un nuevo héroe que tome su manto. Este héroe es el señor que nos atendió en la puerta, que se materializa allí mismo y nos saca una fotocopia tan nítida como esas entradas del cine que has metido en el bolsillo del pantalón y que vuelves a ver varios meses después. Así de nítida. Con las mismas, la señora recoge un poco lo que queda de su dignidad y, amablemente, sale con nosotros de la oficina para indicarnos dónde está la sucursal bancaria.
Guas juas juas. La máquina gana.
Atravesamos un patio, tan ciclópeo como el edificio en sí. Una galería por la que un dragón de siete cabezas podría montarse una guarida y todavía le sobraría espacio. Un pasillazo en el que puedes aparcar el puto Halcón Milenario... y lo mejor: atraviesas una puerta y ves otro pasillo, en el que alguien ha puesto un arco de seguridad, con su guardia de seguridad... y que nadie necesita usar, básicamente porque el pasillo es puto ancho. NADIE necesita pasar a través del arco, porque ni siquiera hay vallas ni nada. En otras palabras, que está puesto de adorno. De hecho, mi tía y yo pasamos justo por al lado del arco para acercarnos a la oficina donde nos tienen que dar el puñetero disco con el temario. Nos atiende una señora, cuya única función, que yo sepa, es atender a la gente, coger el recibo de cuatro pavos, y darte el disco. Igual tiene alguna otra función aparte de esa, pero yo no vi nada más.
—Vale, para auxiliar —dice, al ver la mía —y para administrativo —al ver la de mi tía. Nos sopla un par de discos y nos encaminamos para la sucursal bancaria. Llegados a este punto, mis lumbares me han montado una rebelión que ríete tú de la puta Primavera Árabe. Hemos caminado no sé cuántos metros desde el edificio principal y yo estoy conociendo una nueva definición de lo que es estar jodido.
La sucursal bancaria es lo que podría llamarse un caso claro de ironía. Habida cuenta del tamaño del patio exterior (donde se han montado varios conciertos de música sin que nadie tenga sensación de estar apretujado) y la galería interior (del tamaño de un campo de fútbol pequeño), así como de la altura y amplitud de las instalaciones, te preguntas quién ha sido el hijoputa al que se le ha ocurrido que la sucursal bancaria sea un puto cagadero con pinta de pecera en el que caben cuatro gatos. Con esta duda en la cabeza, nos internamos y nos atiende un señor bastante simpático, que me escucha con atención cuando le cuento el caso. Con la misma amabilidad, me responde que al no haberse efectuado el pago el mismo día, sino el día anterior, la sucursal bancaria ya no tiene potestad sobre la pasta que les he aflojado de más y que lo que tengo que hacer es reclamar a la Diputación en sí. Me tiende un formulario y me dice que debo rellenarlo de forma muy precisa y detallada, explicándoles los entresijos de lo sucedido y lo que solicito exactamente. Yo lucho porque todo ese galimatías burocrático no se convierta en ruido blanco dentro de mi cabeza. El resultado es que, tras todo este cipote, tengo que:
1) Irme a la sucursal donde pagué originalmente la solicitud (es decir, en mi barrio, bastante lejos de donde estoy ahora) y contarles la movida de lo que pasó.
2) Cuando la tenga, con el impreso ya relleno, me voy otra vez a la sede de la diputación para que ellos se encarguen de tramitar el asunto.
Es decir, otra mañana más perdida.
"¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!"
Una vez tengo mi impreso, lo siguiente es (evidentemente) volver a pagar por la solicitud. Mi tía me presta los nueve pavos (solo tengo cinco en la cartera ahora mismo) y me hacen un nuevo resguardo, ya correcto acorde a lo que viene en el BOJA. Nuevamente, volvemos por el puto patio, desandando lo andado antes para finalizar el registro de una vez por todas. Por algún motivo, mis lumbares me han dado tregua en la sucursal bancaria y ahora puedo andar un poco mejor. Al volver a la oficina, corrigen el asunto y nos volvemos a casa. Mi tía me suelta en la avenida y yo tiro para mi base de operaciones, un poco hasta los cojones de todo. Le cuento la historia a mi madre, que se queda un poco flipando con el tejemaneje que nos hemos comido sin comerlo ni beberlo. Me sopla un pastillazo porque, aunque las lumbares me han dado tregua, no quiere decir que me hayan dejado de doler. Es más, no quiere decir que no me vayan a doler más. Me coloco en una posición medianamente cómoda para paliar el dolor y dejo que la mierda me haga su efecto.
Algo así.
Jodido como un cabrón, en parte por el dolor y en parte por el puto resfriado, me voy para el curro. Me esperan tres horas, que capeo como buenamente puedo. La tarde va pasando y, con ella, la sensación de absurdo que ha venido imperando en mi vida desde que me he levantado. Acabo mi última clase a eso de las ocho y media, pensando que ya puedo descansar tranquilo. Que mañana si eso, si me encuentro mejor, me paso ya por el banco y por la sede de la Diputación para arreglar el asunto. Que no es que corra prisa, porque ya estoy inscrito en las oposiciones, pero por lo menos para recuperar el dinero de más que he pagado.
Te crees fuerte por haber superado la adversidad, por haber hecho frente a todo un cúmulo de cosas mientras te retuerces en un dolor del carajo... y ves que tienes un mensaje en el móvil justo al salir de tu última clase.
Mi tía.
Lo abro y me dice que ha echado un vistazo al disco con mi temario. Me cuenta que los de la Diputación se han equivocado y que no me han dado el temario de Auxiliar, sino el de Administrativo.
Ay.
Observo el mensaje un segundo y, antes de responder a mi tía, medito sobre lo que ha sido de mi vida a lo largo de las últimas horas. Luego, le digo a mi tía lo que pienso de ese error, me meto el móvil para el bolsillo y tiro para mi casa. En mi mente, solo existe un deseo, que es el de tirarme en el sofá, ponerme hielo en la espalda y ver cualquier mierda en la tele.
Ese deseo y un mantra.
Una frase de poder, que imagino data de tiempos inmemoriales. Pronunciada por sabios a lo largo de los siglos y que se ha transmitido de generación en generación. En tan solo unas palabras, se almacena todo un sistema de creencias. Milenios de filosofía contenidos en unos cuantos sonidos. Poder concentrado que igual no soluciona tus problemas, pero sí hace que te sientas algo más fuerte una vez pronuncias ese mantra zen.
Sí, amigos Distópicos.
Mi mantra no era sino "A tomar por culo".







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