Lo siento, amigos Distópicos, este post no va sobre rollos sadomaso, aunque eso de usar la palabra "humillación" pueda sonaros. A decir verdad, va sobre algo más insertado y arraigado en nuestra sociedad que las fustas, las cadenas y demás artículos que hacen que un peletero se frote las manos.
Estaba la otra noche hablando con un colega con el que suelo filosofar, debatir y arreglar el mundo, cuando salió un poco el tema de la actitud de los medios de comunicación a lo largo de los últimos años. Esa especie de manía en la que los debates sobre cualquier tema (no necesariamente política) se han convertido en lo que mi abuela solía definir con el término "Un lavadero de putas" (con respeto al colectivo prostitutil, no es más que la expresión que usaba mi abuela). En resumidas cuentas, donde más que ver cómo dos personas manifiestan posturas distintas y dejar que cada uno llegue a la conclusión que le salga del epicentro, el objetivo parece ser una especie de pelea de perros verbal, donde dos bestias pardas pugnan a voces peladas para echar por tierra los argumentos del otro, si es que hay argumentos de los que echar mano y no es un "Pero tú más". Sin importar el modo, los recursos o los modales que se usan. Todo eso pasa a plano secundario de forma automática.
Intentando llegar al origen de esta especie de política que podemos ver en concursos de cocina, programas del corazón y demás productos de la tele, estuvimos mi colega y yo dándole vueltas al tema. En un principio se me ocurrió que la movida de ser jodidamente borde con alguien por el careto pudo venir del personaje aquel que se inventó Risto Mejide para Operación Triunfo, donde veíamos como un personaje (insisto en este concepto porque tanto a mí como a los concursantes, como a una gran parte del público nos quedó más claro que el agua que aquello estaba totalmente pactado y era más falso que un billete de seis euros) se plantaba delante de alguien y, bajo el pretexto de hacer "una crítica sincera", se dedicaba a soltar sapos y culebras. Y ante esto, la gente lanzaba una ovación brutal.
Me equivoqué al plantearme a Risto (ahora reformado, reciclado y reinventado) como germen de todo esto, ya que, al seguir tirando hacia atrás, me pude dar cuenta de que eso de humillar públicamente al personal viene sucediendo desde mucho antes. Mejide, me temo, no inventó nada. En todo caso, al dejar clarito que aquello no era real (como no suele ser nada en la tele, si lo pensamos), al menos no manifestaba esa intención de engañarnos, que sí hemos visto después con mayor hincapié. Era una especie de parodia que, al menos a mí, me abrió un poco los ojos, diciéndome "¿Ves? Que lo veas en la tele no quiere decir que sea verdad".
House ya nos decía que todo el mundo miente.
Pues bien, en la tele la cosa no es diferente.
Aunque en el fondo, tal vez las cosas son ciertas siempre y cuando las asumamos como tales... ¿No?
Hubo más casos anteriores, como el espectáculo bochornoso que se podía ver en el Crónicas Marcianas de Javier Sardá, o yendo incluso más atrás, ver los espectáculos aún más bochornosos que se montaba uno de sus colaboradores, el señor Cárdenas, humillando a gente raruna que puebla por nuestra geografía. El señor Cárdenas, también reciclado en nuestros días y convertido en un respetable locutor de radio, fue de los primeros en hablarnos de los "frikis" (y enfrentado en su día a una condena por haber humillado públicamente a un discapacitado mental), aunque en un tono menos borde que lo que nos hemos venido encontrándonos después. Hoy en día esa especie de ironía para cachondearse de alguien se llega a ver incluso inocente comparada con lo que tenemos hoy en día. El espectáculo de gritos, berreos y ataques personales hacia la gente. Con el paso de estos últimos... no sé, quince, puede que veinte años, vemos cómo se ha instaurado ese gusto por el desprestigio y el ataque gratuito. Otros, de una forma igualmente incomprensible, ya ni buscan que otros los humillen y deciden perder por completo la vergüenza delante de un vídeo de Youtube, de la humillación a la autohumillación. Ahora todo el mundo puede ser Cárdenas. Incluso aquellos que pueden ser catalogados como "frikis", se dedican a atacar a otros "frikis", convirtiendo esto en una especie de Club de la Lucha público, con cientos de millones de personas jaleando en un muro de comentarios. De la autohumillación a la humillación mutua.
Tal vez uno de los grandes problemas de este mundo es que necesitamos atención, so pena de ser considerados "nadie" o "gente que no importa". Y, obsesionados con eso de tener aunque sea nuestros cinco minutitos de gloria, hacemos lo que sea.
Literalmente, lo que sea.
Quizás lo más siniestro no es el hecho de que esto suceda, sino que se respalde. Si recordamos que ya hablé en su momento acerca de cómo a menudo tendemos a rechazar por aburridas las actitudes que deberían ser socialmente normales en pos de las violentas (el caso de la pelea en unos billares, a la que el público acudía como moscas a la mierda para ver cómo dos canis se partían la cara), con la violencia verbal es tres cuartos de lo mismo. Hoy en día la violencia física, la agresividad verbal y (muy especialmente) el ataque injustificado contra alguien o ver cómo dos contendientes se desangran vivos a dentelladas metafóricas se han convertido en una especie de atractivo social. Hemos pasado de disfrutar cómo un oso atado a un poste se lía a zarpazos contra varios mastines a disfrutar viendo cómo un fulano en un concurso se caga en los muertos de la gente que compite en él... o la que compite contra él. Hemos pasado de un clima de competición (lo que no tiene por qué ser malo) a un clima de competición malsana, donde no importa lo que hagamos nosotros, sino lo que digamos del que tenemos al lado. Podemos decir que no es así, pero recordemos cómo, hace tan solo un par de días, nos cuentan que se han cargado a un hincha del fútbol. Hasta ahí, la noticia. En el momento en que se dedican especiales completos a mostrarnos imágenes de la reyerta entre ambos grupos de radicales, con todos los detalles imaginables (desde la escena donde lo tiran al río o ver a los sanitarios luchando por reanimarlo) la noticia pasa a convertirse en espectáculo. Espectáculo de sangre y violencia que rechazamos por violento, pero que al mismo tiempo nos atrae de un modo enfermizo. Subrayo enfermizo porque, a diferencia de lo que vemos en el cine o en la tele, donde todo es fingido y ficticio, aquí es real. Real, prácticamente en directo, en tu casa, gratis y desde todos los ángulos posibles.
"Tío, le han reventado la cabeza a patadas"
"Pues espérate, que ahora van a poner el vídeo del móvil de un testigo, donde se ve en primer plano".
"Chicos, ¿y si cambiamos de canal?"
"NI DE COÑA".
Total, ese vídeo estará pululando por todos los canales...
Esto último me recuerda un poco a lo que hablaba otro amigo mío, que suele ser más gurú espiritual que otra cosa, al respecto. Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, y subrayo aquí por venir justo al caso: "Ahora mismo no importa dedicar tus energías al 100% a lo que estás haciendo; ahora lo que se lleva, lo que mola de verdad, es dedicar más o menos un 50 o un 60% e invertir el resto a lo que están haciendo los demás, a ser posible para putearlo y echarlo por tierra". Esos que, en lugar de estar orgullosos o satisfechos con lo mucho o poco que puedan conseguir en sus vidas, tienen más como objetivo ver cómo aquellos a los que no soportan no lo consigan.
No hablamos de tener un espíritu crítico (a menudo confundido con esto): hablamos del ataque, del desprestigio personal y, en definitiva, de las ganas de joder y humillar. Para muchos cuesta verlo, pero al menos para mí, hay una enorme diferencia y se flanquea una línea que jamás debería cruzarse.
Pensadlo. Aquellos que hayáis formado parte o visto desde relativamente cerca el mundo de la música, la escritura o las artes lo veréis con particular claridad... pero no creo que seáis los únicos: esto se ve en todos los ámbitos. Laboral, académico, etcétera... esta especie de cultura de la puñalada trapera, donde el fin justifica los medios. Esta cultura donde no importa lo mucho que argumentes tu postura, sino lo beligerante que seas y el odio que manifiestes a una ideología contraria nos está llevando a una mentalidad de fanáticos. Fanáticos por todas partes, de muy diversas índoles y en muchos niveles diferentes de nuestra sociedad, pero fanáticos a fin de cuentas. Fanáticos que definen su ideología no por lo que piensen o dejen de pensar, sino por el odio que profesan a la ideología a la que tipifican como "la contraria" o, ya directamente (para qué andarse con polladas) "el enemigo". Y al enemigo, ni agua. Como enemigo que es, hay que avasallarlo, atacar sin provocación. Chillar, berrear, cagarse en su puta madre con la vena de la frente a punto de reventar. No hacen falta explicaciones, no hace falta respaldar la postura propia con nada. Eso ya no se lleva, porque para muchos, aunque no haya armas ni hostias (o al menos, no la mayoría de las veces), esto es la guerra. Y en la guerra hay que reventar caras (aunque sea dialécticamente) antes de que lo haga nadie. Así que venga, este es el mundo del "Todo vale". El fin justifica los medios, como he comentado arriba: para defender lo que nos dé la gana, lo tenemos todo permitido. Por el espectáculo podemos reírnos de inocentes, humillar, pisotear al que tenemos al lado porque así parecemos más duros. Más machos. Más fuertes.
"Mira, nano, este cuerpo es el que se lleva a las tías de calle. Esto es así y si no te gusta te jodes. Tú eres un mierda, un payaso. Y a llorar a casa, ¿te enteras?"
Este ejemplo es quizás el más descarado, pero analizándolo en frío, la esencia se traspasa a cualquier otro estrato social.
Por ejemplo, este:
"Señores de la oposición, nosotros hemos sacado este país de la crisis. Pueden seguir con sus discursos agoreros, con su política pesimista de quejarse y no hacer nada, pero yo les hablo de hechos. Ustedes no. Ustedes son los que se escudan en echar por tierra nuestros esfuerzos, para ocultar que son incapaces de hacer frente a la corrupción de su partido. Pero no pueden seguir negando lo que es innegable. Muchas gracias".
La deportividad en cualquier tipo de competición (no solo en deporte) ya no parece llevarse. Al enemigo no se le debe respeto. La arrogancia es un modo de vida y lo que se lleva es, no creerse superior a la gente con la que se compite: la historia aquí consiste en demostrarlo a todas horas. De irte para el de al lado y provocarlo, como un gallito en un corral. Pretender a lo mejor, para suavizar el tema, que se está de broma, pero en el fondo la intención es meter el dedo en la llaga. Tocar los cojones. "Para calentar los ánimos". "Para añadir salsa al tema".
Amigos, para calentar los ánimos se recomienda (en caso de ausencia) un buen maratón de porno. Para añadir salsa al tema, se recomienda una que no cause acidez de estómago. El todo vale, vale siempre y cuando lo ejerzamos nosotros... pero, amigos, en el momento en que el de al lado lo ejerce en nuestra contra, qué mal está todo.
"Vamos."
"Vamos."
"Vamos".
Quizás el problema de todo esto consiste en que no hemos superado esa etapa de vecinos que miran por lo alto del seto para ver qué hace el otro. Que el de al lado, aunque lo parezca, igual no es el paradigma de la felicidad. Igual no tiene ni tanto dinero y su pareja, en el momento en que se despelota, es un puto orco. Igual sus hijos no son tan perfectos ni sacan tan buenas notas como nos creemos... pero el problema es que nos lo creemos. Y no solo lo creemos, sino que no podemos soportarlo. A partir de ahí, es cuando vivimos nuestras vidas con la firme intención de destruir a aquellos que se creen mejores que nosotros (o a aquellos que igual no lo creen, pero nosotros sí pensamos que lo creen). Y si no los destruimos nosotros, contamos con que se destruyan ellos solitos para así poder regocijarnos en la miseria ajena.
Porque en el fondo el problema está ahí. Si bien muchos (por suerte, no todos) no somos capaces de buscar nuestra propia felicidad y optamos por hundirnos en la autocompasión, la autoindulgencia y otros autos que van del mismo rollo, menos capaces somos aún de soportar la felicidad ajena.
Somos una sociedad sanísima. Está claro.






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