A aquellos que habéis venido siguiendo últimamente esta sección no necesito recordaros lo sucedido con la Diputación hace escasas semanas. Toda una historia de dolor, sufrimiento y muchísima bur(r)ocracia salpicó los párrafos de este blog. Como recordaréis, si leísteis el episodio anterior, la historia quedó inconclusa, un un servidor abatido en el sofá tras un día de mierda dando vueltas de un lado para otro y procurando ignorar el absurdo en que su vida se había convertido a lo largo de las últimas horas.
Pues bien, como ya habéis imaginado, aquello solo fue el principio...
Pasan unos días y, ya recuperado del latigazo lumbar que me dio en la primera parte de esta historia, vuestro antihéroe favorito se pasa por el banco para terminar de arreglar los papeles y que me devuelvan los putos doce euros que pagué indebidamente. La tarde antes, mi tía me echó un cable con el papeleo y redactó, en la retorcida y ampulosa retórica de la administración, la exposición para recuperar mi dinero. Así que ahí estoy yo, con mi papelote y mi recibo original de haber pagado en la sucursal del banco.
La oficina de esta entidad, llamémosla A, no estaba del todo llena. Espero cinco minutos de cola y me persono en la primera mesa que veo que no es la caja habitual. Allí, alguien me dice que para eso tengo que ir a la mesa de la interventora. Me deslizo hacia allá y me encuentro que ésta está atendiendo a una criatura encorvada, (una señora, para más señas) que está acompañada de un carrito de la compra, lo que huele a primer síntoma de echar raíces en el suelo esperando.
Pasan cerca de diez minutos y vemos que la señora no parece aclararse con su cartilla por no sé qué mierda de un pago realizado con tarjeta. Esa es la parte que se entiende; la que no, que la señora se quede vegetando allí de pie varios minutos escudriñando su libreta con cara de "No veo una puta mierda". Yo no sé si avanzar hacia la mesa o mantenerme en mi posición. Es la interventora la que me dice que lo haga, una vez la señora se ha dado cuenta de que convertir oxígeno en dióxido de carbono allí en medio no es que sea muy productivo.
"Hum-hom, los humanos sois gente tan apresurada"...
Me siento y le cuento toda la movida a la interventora, que al escucharla pone los ojos en blanco ante el tema de la burocracia absurda que supone recuperar doce putos euros y me sella el recibo de haber pagado, para que los tíos de la diputación tengan clarito que no voy a timarles esa pedazo de suma. Le enseño también el impreso que debe ir sellado y que no tengo muy claro cómo rellenar. Ella me explica que eso que falta es el número de cuenta al que se supone que algún día me tendrá que abonar la Diputación, cuando decidan (si es que deciden) que me tienen que devolver mi pasta. Ella me pregunta si tengo cuenta en el banco A y yo le digo que no, que la tengo en el banco B. Amablemente, me dice que vaya entonces a la sucursal de B, les cuente la historia y listo. También me dice que tenga paciencia con el ingreso, porque es capaz de tardar un año. Yo le respondo que, viendo cómo está saliendo todo esto, no me sorprende en lo más mínimo.
Tiro para el banco B, que está justo al lado y me coloco en otra cola. Me quedo no menos de diez minutos allí esperando, porque veo que, si bien una de las mujeres que trabaja en una de las mesas está ocupada con un cliente (esta vez, una criatura que viene con un andador, lo que me dice que la movida va a tardar MÁS), la segunda está ocupada rellenando unos papeles. Por tanto, me quedo allí de pie, a la espera de que alguien me de el pie para entrar a escena.
Gran momento ese en que, tras todo ese tiempo, llega una señora como si estuviera paseándose por su puto salón, avanza a toda mecha por la oficina y, sin preguntar si yo estaba esperando (lo mismo se creía que yo estaba puesto de adorno), aterriza en la silla de la segunda mujer (la que estaba rellenando papeles) y se pone a contarle su vida allí en medio. Entretanto, yo me esfuerzo por disimular la pedazo de cara de gilipollas que se me acaba de quedar.
Pasa un buen rato, porque se ve que la señora tiene mucho de lo que hablar. Finalmente, se levanta y toma la misma táctica de la señora del carrito de la sucursal anterior y se queda allí de pie mirando sus papeles.
Yo empiezo a considerar la idea de llevar un lanzallamas portátil para casos como este.
"¡MORID HIJOS DE PUTAAAAAA!"
Pasa un ratazo, en el que la mujer en el despacho se ha visto obligada a ir a la taquilla de la oficina. Antes estaba un muchacho que era un clon algo más reducido de Clark Kent, que ahora está atendiendo a un señor octogenario. En resumidas cuentas, que yo sigo echando raíces plantado allí en medio, sin estar muy seguro de lo lo que hacer. Intento disimular mi creciente cara de gilipollas, pero empiezo a pensar que en esto, como en otras cosas, estoy fracasando miserablemente.
Pasa un ratazo y Clark Kent termina con el señor mayor. Se levanta y me pregunta qué necesito. Yo, rezando porque el bueno de Clark no sea el experto en viejunos de la sucursal y vea que he envejecido allí, le comento con quién necesito hablar; él, amablemente, me manda con ella y desde la taquilla le cuento toda la historia. Le paso los papeles y todo eso, y ella me dice que le dé mi DNI para ir mirando lo de la cuenta, para lo del ingreso y demás. Me dice, y aquí viene la sorpresa, que NO estoy en la cuenta en la que estaba con mis padres. No figuro ni como autorizado, ni como titular, ni pollas en vinagre. No pueden hacerme el ingreso.
"¡NOOOOOOOOOOO!"
Os pongo en situación: hace ya algún tiempo, me vi obligado a cerrar mi cuenta. Eso de estar en paro y por encima de treinta me convertía en blanco de comisiones, que se chuparían sin piedad los pocos ahorros que tengo; el hecho de estar trabajando en la actualidad, pero cobrando menos de seiscientos pavos al mes tampoco es que sirva para apiadar el corazón de la banca. De ahí que me hiciera ese cambio.
La explicación a esto es que yo pensaba que el cambio me lo habían hecho como asociado a la cuenta, pero no; simplemente había ingresado mi dinero ahí y tenía acceso a una tarjeta con la que poder hacer pagos, nada más. Cuando llego a casa y descubro esta última información, son ya más de las dos de la tarde, de modo que no puedo hacer sino esperar al día siguiente para arreglarlo todo, ya con mis padres.
Y ahí estamos, menos de veinticuatro horas después en la sucursal del banco B, mis padres y yo. Esta vez hablamos con la mujer que estaba atendiendo al ser extraño con andador del día anterior. Le volvemos a contar toda la movida y el asunto con el ingreso. Es decir, todo. Ella me pregunta por los motivos por los que cancelé mi cuenta original y yo se los explico; se muerde el labio y me dice que, efectivamente, tendría que ser titular o asociado de la cuenta con mis padres para hacerme el ingreso. Sin embargo, me plantea otra opción más viable: que me haga una cuenta de ahorro. No puedo pagar con tarjeta, pero oye, sí que puedo recibir ingresos. La idea me parece bien y me paso los siguientes quince minutos firmando tropecientos impresos. Esta vez no estoy solo firmando, ya que la mujer también firma algunos. Casi parece un concurso.
"Mi turno. Trae pa acá el boli".
Me voy pues para la Diputación, tras rellenar lo que me falta del impreso, corregir el número de cuenta al que se supone que me tienen que ingresar la pasta y hacer copias de todo para que me las sellen y haya constancia de que, efectivamente, me han estado tocando los cojones a dos manos durante días. Atravieso toda la puta ciudad, en el bus, donde me encuentro un chaval que entra en el vehículo, allí en medio dándolo todo mientras canta en falsete (algo así como los putos Bee Gees o el gran Jacko) y acompañando sus gorgoritos (en una lengua extraña e incomprensible, basada en palabras como "Guachiruguachi guachinai yeah yeah yeah") con una interesante coreografía basada en menear los hombros y las caderas. Imaginad cuál sería la cara del personal allí que, en apenas unos metros de trayecto, el chaval opta por callarse. La escena ha sido tan por la puta cara que, en el momento en que quiero reaccionar y me planteo grabar al fenómeno con el vídeo del móvil, el muy cabrito se escurre y se baja en la siguiente parada.
Solo le faltaba ir de esta guisa.
Bueno, pues tras tan apasionante y pintoresco viaje, me meto en el ciclópeo edificio y tiro para la microoficina del banco A donde se supone que tenía que entregar toda la mierda. El tipo que me atiende, el mismo tipo amable del post anterior, me cuenta que me falta un sello del banco B en un papel y que, una vez lo tenga, me vaya a la puerta de enfrente, que es el registro general.
Me vuelvo para mi casa con una cara de frustración que hace que mi cara de gilipollas del día anterior en el banco parezca una mierda sutil en comparación. Al fin y al cabo, he perdido otra puta mañana.
Otra mañana más (y creedme, que ya he perdido la cuenta del tiempo que he perdido ya con esto), me voy al banco B, ya sintiendo vergüenza por la cantidad de veces que van a tener que verme la jeta allí. Le cuento a la buena mujer lo que me ha pasado, y ella flipa; no conmigo, sino con la idiotez de poner el sello. Me explica que esto de poner el sello se hace principalmente para que quede constancia de que la gente no se ha equivocado al poner el número de cuenta. Algo así como una fe donde el banco dice "Sí, el cliente no es subnormal y lo ha escrito bien". Ella rellena la parte pertinente al banco en el formulario, pone el sello y allá que voy de nuevo, ya pensando que la cosa no puede salir ya mal. Tengo todo el material, los sellos de los cojones y una cuenta nueva.
"Los papeles están contigo, muchacho. Ahora ve a enfrentarte a tu destino".
Me materializo en registro, donde me encuentro allí a una señora que me atiende. Echa un vistazo a lo que llevo y me dice que la fotocopia del DNI no está. Me señala que sin la fotocopia me echan para atrás la solicitud, a lo que le digo que la (puta) fotocopia debería (puto) estar ahí, y que no sé cómo (coño) se ha podido perder, ya que lo tenía (puto) todo en regla (joder, ya). Me suelta no sé qué historia de que he llevado dos cosas diferentes: un alta a terceros y una instancia, y en ese momento yo tengo la impresión de que el mundo se ha vuelto del revés, que hay unicornios rosas a mi alrededor y que la señora me está hablando en coreano medieval.
Ha pasado prácticamente una puta semana. Dos, si contamos el día famoso del latigazo y toda la película original.
Una puta semana dando más vueltas que el pañuelo de Braveheart. Una puta semana de fotocopias, sellos, impresos, cuentas bancarias y sintiéndome como una puta pelotita de las de pinball, rebotando de un lado para otro, perdiendo horas absurdamente y con la sensación de no estar arreglando un coño zurrido en Nocilla. Esta es básicamente la idea que le explico a la buena mujer, aunque con menos palabrotas (más que nada para que no llame a seguridad y me echen de allí a patadas, lo que implicaría perder otra puta mañana, o acabar en algún calabozo al lado de un fulano que se hace llamar a sí mismo Buba y que me diga que hace mucho que no siente el calor de una mujer). La mujer, consciente de que ha habido algún error por alguna parte, o bien que se está dando cuenta de que mis ojos están tomando un extraño color verde Gamma, me dice "No se preocupe, que esto lo vamos a arreglar aquí mismo": aunque no está obligada a ello, me fotocopia el DNI y me hace firmar la fotocopia de la solicitud (por algún motivo, el original no estaba en mi carpeta). Luego, me lo sella todo y lo envía a registro.
"No quieres verme enfadado".
Al salir, pese a que ya está todo medianamente arreglado, no puedo evitar mantener parte de mi cabreo: la idea era solucionar las cosas de una manera lo más sencilla posible y la movida ha dado por culo hasta el puto último minuto. Le mando un mensaje a mi madre para decirle lo que me ha pasado y ella, extrañada por eso de que desaparezcan papeles, se pone a revolver un poco la zona a ver si descubre algo.
Efectivamente, al llegar yo, me cuenta lo que ha pasado.
Con tanta mierda de fotocopia, sello y la puta madre que parió mil pares de veces ha llegado un momento en que he dejado los papeles originales y la fotocopia del DNI en la impresora, que es lo que usé para hacer las copias. Lo habría revisado todo como media docena de veces, y fue el fallo de la puta última hora lo que hizo que por poco perdiera otra puta mañana. Por suerte, parece ser que mi amago de momento a lo Michael Douglas en Un Día de Furia ha servido para que en la Diputación se compadezcan de mí y me lo solucionen todo en un periquete. Algo es algo.
"Ey, chaval, ¿te apetece ver cómo reviento una puta oficina?"
La resolución de esta historia, es decir, si me devuelven definitivamente los doce putos pavos, es algo que se tendrá que ir viendo con el paso del tiempo. Considerando toda la mierda de papeles por duplicado, triplicado y demás zarandajas burrocráticas que harían que el Espíritu del Bosque se cagase en los pantalones solo de pensar en la cantidad de papel desperdiciado en gilipolleces (porque se suponía que iban a agilizar todo esto gracias al papeleo telemático, pero al final muchas de estas mierdas se hacen por ordenador y en papel impreso a la vez), habrá que esperar al menos un año para que esta pandilla decida que, en efecto, me tienen que devolver un dinero que no les corresponde tener... O bien deciden que no ven irregularidad alguna y se lo quedan ellos. Esto seguramente lo sabremos a lo largo de 2015.
Yo, por si sí o por si no (y llamadme pesimista si queréis), ya he dejado de contar con ese dinero.








2 comentarios:
Increíble que estas cosas todavía pasen, pero al no haber mucha gente tan insistente como tú son diez euros de aquí y seis de allá que nadie reclama... digo yo que a final de año dará para pagar los puros de algún consejero.
Si el día de mañana te da por hacer otra secuela de la historia, piensa que cuando hace x tiempo que te deben dinero, éste empieza a generar intereses... Así que si decides exigirlos, tendrás material para otra entrega de esta historia que parece salida de un guión de los Monty Pyton.
En fin suerte y paciencia con la espera. Yo estuve un año esperando a que me devolvieran las tasas de unas oposiciones, ¡Y soy de los afortunados!
Muchas gracias, Toni!
Bueno, yo personalmente no cuento demasiado con que me devuelvan ese dinero. Bien porque probablemente mi solicitud se pierda en alguno de los trescientos escalones de ascenso en la cadena burocrática, o bien porque consideren que no tiene por qué devolvérmelos. También es posible, pensándolo en frío, que haya gastado más dinero entre viajes de autobús, fotocopias y demás, que lo que en realidad me tienen que devolver... Pero sí, tienes toda la razón al decir que es mi deber reclamar lo que es mío. En fin, cuando esto consiga encontrar su fin (si es que lo encuentra), lo pondré por escrito, descuida!
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