martes, 5 de diciembre de 2017

Angst- Otro año




Otro año que acaba.
Otro año en que no hay nada nuevo bajo el sol. No en ciertos contextos, al menos.
¿Que qué pienso de este año? ¿De lo que ha sido?
Que no es más que otro año más, donde llueve sobre mojado.
Empecé el año tirando a mal, formando parte de situaciones que no me gustó vivir, y ante las cuales quizás no tomé la parte más activa. No todo lo que debería, al menos. No visto desde fuera. Por cobardía, seguramente piensan aquellos que fueron testigos; por cansancio, digo yo. Y es que ya venía muy cansado del año anterior. Cansado de participar en una y mil batallas que no me aportaron mucho más aparte de un desgaste emocional enorme. De tener que dar un sinfín de explicaciones cuando pocas veces las recibía. Agachando la cabeza ante según qué cosas, y no por cobardía ni por pereza, no. Por impotencia. Por impotencia pura y dura. Porque, ante según qué situaciones, no sabes qué hacer para no empeorar lo que de por sí está mal. Porque sabes que, cuando abres la boca e intentas explicarte, no haces sino meter la pata una y otra, y otra vez. Hasta que llegas a ese punto de indefensión aprendida, donde directamente te haces un ovillo y cuentas con que esta vez, para variar, la cosa no vaya contigo. Porque si te mantienes en silencio es malo, pero a veces, si lo rompes es infinitamente peor.

Imagino que, llegados a este punto en el tiempo, habréis notado la terrible ironía que supone todo lo que acabo de decir, ¿verdad? Porque, para ser sinceros, este año que ya está terminando no parece sino una segunda parte de lo que supuso  el año anterior. Otro año de sinsabores, de desplantes, de palabras que me duelen y que por lo visto tengo que aceptar de forma sumisa. Otro año de disputas y de decepciones; bien porque me decepcionan a mí o bien porque soy yo el que resulta ser una decepción, para el caso es lo mismo. Otro año donde mis fuerzas se reducen a la mínima expresión y donde ya opto por apagarme como una vela, ya que la alternativa de explotar no me parece mucho más prometedora. Ni sana. Ni siquiera me parece una buena idea. Lo he hecho en el pasado demasiadas veces y no me ha aportado nada. Algo así como lo que me ha aportado callarme, solo que encima avergonzándome de mí mismo.
Otro año en que, por buenas que sean mis intenciones, no consigo hacerme entender, pese a que me explique una y mil veces. Pese a que me repita constantemente y no pare de insistir con lo mismo una y otra vez. Es como si recitara mantras en vete a saber qué lengua y, por más que lo intentara, viera que todo mi Universo personal se queda a cuadros, pensando que he perdido el juicio, que no hago más que cagarla o cualquier otra cosa similar. Otro año donde cada decisión que tomo es puesta en entredicho. Otro año en el que hago las cosas lo mejor que puedo, lo mejor que sé, y no hago sino sentirme juzgado una y otra vez. Juzgado, hallado culpable y sufriendo según qué veredictos.

Otro año en que acabo muy triste y muy solo, sintiéndome el blanco de todos los dedos acusadores, que me echan la culpa de todo cuanto sucede en mi vida, sea yo el verdadero responsable o no. Otro año en que lo único que escucho son reproches y acusaciones sobre lo mal que hago las cosas, soltados a bocajarro, donde se me llama de todo; donde se me dice de todo. Donde me siento tasado, evaluado y declarado indigno. Otro año en que escucho reproches, sí, pero escucho muy pocas voces que me preguntan cómo estoy.

Otro año en que tengo la triste sensación de que cualquiera puede permitirse el lujo de dirigirse a mí en los términos que considere necesarios. Decirme según qué cosas, sinceras o no, de tal manera que lo único que consiguen no es hacerme entender nada, ni abrirme los ojos ante nada; no, lo único que consiguen es hurgar en llagas que ya tenía abiertas, patearme las tripas y luego ignorar cualquier responsabilidad al respecto, como si no les importara nada el efecto que han causado realmente con sus palabras, solo el que buscaban.

Ha sido otro año en el que he tenido la sensación de que no formo parte del mundo que me rodea. Un mundo que parece funcionar en base a otro lenguaje, o seguir otras reglas. Un mundo en el que cada vez parece que pinto menos. Da igual el afecto que ponga o lo mucho que intente formar parte de algo; lo único que encuentro es fracaso. La sensación de que los engranajes siguen moviéndose, pero yo no soy más que una piedra entre ellos. Una piedra que impide que funcionen correctamente. Llamadlo estorbo, escollo o como queráis. La cosa es que así es como me siento. No importa que siempre me haya movido por mis valores (y, aquí podéis creeros lo que os dé la real gana; tengo más que claro que toda mi vida he procurado ser una persona lo más honrada posible); que haya hecho las cosas lo mejor que he podido, viéndome limitado (obviamente, y valga la redundancia) por mis propias limitaciones, que no son pocas. Da igual. La cosa es que la cago, y no solo eso: parece que solo yo la cago, y de peor manera que el resto del planeta.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que soy un inútil, que no hago nada bien. Que cada vez que abro la boca me tendría que haber quedado callado porque, bien sienta mal lo que digo, bien se entiende algo que no tiene nada que ver con lo que he dicho, bien a nadie le importa una mierda. Es otro año de esos en que tengo la sensación de que le importo una mierda a muchos que a mí sí me importan. De que estoy para lo que estoy, y no para nada importante; más bien para echarse unas risas de vez en cuando; para soltar algún chiste malo (o muy malo) de vez en cuando, para que otros me pidan ayuda en según qué cosas y yo la ofrezca sin pedir nada a cambio... o incluso de que la ofrezca sin que nadie me la pida. Es otro de esos años en que siento que, incluso por esto último, también parece que la cago. La cosa es que, da igual lo mucho que me esfuerce en que la gente que considero cercana se encuentre bien; no parezco ser suficiente para la mayoría. No soy lo que debería ser. No lo bastante, al menos. He estado para todo aquel que me ha necesitado y no me arrepiento; pero a la hora de la verdad... A la hora de la verdad, cuando he sido yo el que ha necesitado a otros, lo que me he encontrado, en muchos, muchísimos más casos de los que me gustaría admitir, ha sido la nada. La nada más absoluta. Aquellos que estuvieron mal y que contaron con mi ayuda, cuando se encuentran bien, son gente que parece fingir que ya no existo. Gente que ya ni siquiera está para un "Hey, ¿qué tal el día?". Gente que parece que tiene cosas mejores que hacer en su tiempo libre. Gente mejor.
Es duro tener que reconocer cuando ya no eres necesario cuando antes lo eras. Ni siquiera importante.

Es otro de esos años en que siento en que el mal que hago me sobrevivirá por toda la eternidad, mientras que el bien quedará enterrado con mis huesos, dando absolutamente igual el hecho de que jamás obro mal adrede (y puedo dar mi palabra de esto sin problema alguno. Los que me conocéis sabéis que yo jamás empeño mi palabra en vano). A todos los efectos, acabo sintiéndome como la más insignificante de las mierdecitas, como si yo mismo no valiera como persona.
Otro año en que siento que no he hecho nada remarcable y, si lo he hecho, ya no es que a nadie lo haya reconocido en mayor o menor medida... es que directamente parece que ni siquiera ha importado. No así con mis errores. Creo que no hay uno solo de ellos que no se me haya recordado al menos dos veces, solo para dejarme claro que fui yo quien los cometió, que fueron errores y que lo hice mal. Como si yo no lo supiera. Como si yo mismo no sintiera cada error como un fracaso, de un modo u otro. Como si yo no les diera la más mínima importancia, o como si no temiera volver a cometerlos.

Es otro de esos años en que siento que sigo exactamente en el mismo sitio que... yo qué sé cuánto. Como si, por mucho que intentase romper el círculo (creedme, lo he intentado por activa y por pasiva) estuviese viviéndolo una y otra vez. Y otra, y otra. Imaginad la frustración y la desesperación que supone creer que empiezas algo nuevo para darte cuenta poco después de que has vuelto exactamente al mismo sitio en que estabas. Viviendo en el punto de partida cada día de tu vida.
"Cuanto más cambia una cosa, más parece la misma". Yo podría decir que cuánto más parece cambiar, más duro resulta el impacto con la realidad al ver que no. Que todo sigue prácticamente igual. Una pescadilla que se muerde la cola en un eterno retorno. Un aburrido círculo vicioso que hace que cada día parezca exactamente igual que el anterior.
Que cada año parezca exactamente igual que el anterior.

Es otro de esos años en que siento que el cansancio emocional hace que las cosas me afecten bastante. Sí, es muy fácil decirme eso de que yo decido cuánto me afecta algo. Es tan fácil como cuando estás mal y alguien te dice "No estés triste" y tú, mágicamente, ya te encuentras genial, como si no te hubiera pasado nada. Las cosas no funcionan así. No decidimos cuánto nos afecta algo, por mucho que queramos. Ya nos gustaría, pero no de coña; mucho menos cuando algo nos importa o cuando resulta especialmente doloroso. No nos levantamos una mañana diciendo "Pues ahora todo me importa tres carajos". No si las cosas realmente nos importan. Si tenemos sangre en las venas y sentimientos. Es otro de esos años en que la frase es "No, no estoy enfadado. Ni siquiera molesto. Lo que estoy es sin ganas de nada".

Y es que es otro de esos años en que he tenido que obligarme a salir de casa porque lo único que me apetecía en mi tiempo libre era echarme a dormir o ver alguna serie o película aunque no estuviera prestando demasiada atención y me olvidase un rato después. De decirle a alguien que no puedo quedar cuando me han llamado y sintiéndome fatal (os lo juro) por no haber tenido fuerzas para hacer nada. De sentir que, para alguien que se preocupa por mí, así se lo pago. He llegado a pensar estas cosas de forma literal.
Otro año de esos en que he tenido que hacer según qué cosas, no porque haya querido, sino porque no he tenido más remedio. Opciones tomadas que no siempre han sido las buenas, sino las menos malas de un montón de opciones malas posibles.Y encima de tener que sentirme culpable ante según qué decisiones, cuando sé que cualquiera a mi alrededor las tomaría (o las ha tomado) simplemente porque ha querido y no ha pasado absolutamente nada. Supongo que también estoy cansado de tener que sentirme mal por todo cuanto hago. De pensar si tal o cual cosa que he dicho o hecho ha sentado mal. De tener que disculparme de antemano. De pensar que no hago nada de una forma lo bastante correcta como para que nadie se las tome a mal.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que da igual que intente hacer bien las cosas. Que no tenga problemas en hacer sacrificios por un bien mayor. Que lo único que me motive sea tener un entorno estable y apacible a mi alrededor. Todo eso da igual, porque de un modo u otro acaba todo retorciéndose y convirtiéndose en algo que me cuesta reconocer. Es algo así como si fuera la antítesis de Midas y todo lo que tocase, en lugar de convertirse en oro, se convirtiera en algo que me estalla en plena cara y de lo que me acabo por sentir prácticamente el único responsable. Como si mis buenas intenciones acabasen condenadas a verse como errores irreparables. Como faltas vergonzosas o como algo por lo que debería pagar. Pequeños cargos que siento que se suman contra mí, uno tras otro. Platos rotos por los que intercedo. Actos cuyo peso parece que tengo que cargar sobre las espaldas.

Pero no todo ha sido malo. Ha sido otro año en que solo unos pocos me han demostrado que están ahí. Que han sabido ver cuándo me he encontrado verdaderamente mal y han dedicado tan solo unos segundos de su tiempo en preguntarme qué tal estoy, mientras los demás estaban demasiado ocupados (o les daba demasiado igual) como para darse cuenta. Sin juicios, sin reproches. Solo alguien escuchando, no he pedido mucho más nunca. Quizás porque es lo que me he limitado a hacer yo en la mayoría de casos; quizás porque no he sabido hacer nada mejor que eso.
Supongo que estas etapas de vacío te sirven para darte un poco cuenta de que estamos en este mundo algo más solos de lo que aparentamos, pero no tanto como creemos. A veces, son gente que vive muy lejos de ti; gente a la que ni siquiera has llegado a conocer en persona, o gente a la que has conocido hace relativamente poco la que se acuerda de ti, aunque sea para comentarte alguna chorrada solo para levantarte el ánimo. Quizás no necesitamos más para saber que alguien está ahí, sin importar que esa persona tenga familia, que se pegue trabajando doce horas seguidas o que viva a quinientos kilómetros de distancia. Cuando hablo con esa gente es cuando siento, para variar, que lo mismo no soy tan inútil. Que igual valgo la pena como persona aunque sea un poquito. Al menos no me siento tan mal conmigo mismo, y eso supongo que ya es algo.

Ante todo esto la cuestión que se plantea a partir de aquí es qué me voy a encontrar el año que viene. ¿Será por fin el cambio que espero, que deseo y que (por qué no decirlo) creo que me merezco de una vez? ¿O dentro de trescientos sesenta y cinco días acabaré escribiendo un post exactamente igual que este, y exactamente igual que el del año pasado?
Por si sí o por si no, me parece que no voy a hacer ningún pronóstico. Imagino que entenderéis por qué.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Escupiendo Rabia- El complejo de Doctora Quinn



Allá por los años noventa, había una serie que se hizo bastante popular en la televisión de nuestro país, titulada La Doctora Quinn. Era una serie bastante normalita, hija de su época en cuanto a formato y que carecía de la complejidad y la continuidad de la mayor parte de las series que vemos hoy en día. Olvidaos de temporadas trepidantes a lo Juego de Tronos, con giros de guión vertiginosos, o de personajes ultratorturados en plan Breaking Bad. Tampoco había tanto presupuesto en la televisión por aquel entonces para cascarte efectazos especiales o ambientaciones curradas. Como digo, era otra época.
La serie en sí, pues era sencillita a todos los niveles: ambientada en el siglo XIX estadounidense, contaba la historia de una de las primeras mujeres en graduarse en la universidad de medicina y cómo abandona una vida acomodada para irse a un pueblucho fronterizo a ejercer como doctora. Allí acaba (SPOILER) adoptando a tres críos tras la repentina muerte de su madre y (OTRO SPOILER) se acaba enrollando con un melenas a lo Jim Morrison que resultaba ser un mozo bastante apuesto que trabajaba como enlace con los indios que había a un par de barrios del pueblo.


Este pavo.
Come on baby, light my fire...


Lo que me interesa de esta serie como para dedicarle un artículo, como habréis deducido, no es esto, sino una especie de patrón que solía sucederse en muchos capítulos de la serie. Veréis, en cada uno de esos capítulos sucedía siempre algo en el pueblo. Dicho algo tenía carácter de novedad, y revolucionaba a la población, que tardaba entre poco y nada en dejarse llevar; si se trataba de un charlatán vendiendo crecepelo, en diez minutos de episodio tenías a todo el pueblo levantando carpas y bailándole el agua como si no hubiera un mañana; si se quedaba un niño atrapado en una mina, al personal le faltaba tiempo para montar una feria alrededor de la mina e ir a llevarle "sus mejores deseos" al susodicho mientras algunos se partían el lomo con el pico a ver si lograban sacarlo.
Todo el pueblo, claro está, menos la doctora Quinn, cuya función principal, aparte de curar úlceras y untarle pomadas en el toto a las prostis locales, consistía en mirar lo que sucedía con suspicacia y cara de "Si todo el mundo pierde el culo con esto, muy bueno no debe ser".


Y hasta aquí la argumentación.


El resto del patrón es fácil de deducir: la doctora Quinn se intentaba hacer escuchar mientras la masa dominante pasaba de ella como de la mierda. A veces se ofuscaba, e incluso llegaba medio a levantar la voz en un momento dado; los pueblerinos, pues a lo suyo, con sus movidas e historias, dejándose engañar o metidos en cualquier actividad colectiva que, visto desde fuera, no parecía tener sentido alguno. Esto venía sucediendo hasta que, bien la doctora Quinn encontraba la respuesta que desenmascaraba la mentira, o bien alguno del pueblo la acababa cagando de una forma tan estrepitosa que alguien estaba a punto de diñar. Era entonces cuando la doctora aparecía de entre la muchedumbre y se dirigía a la masa, con argumentos más o menos elaborados, para decirles a todos que se habían equivocado y que (esto, entre líneas) no eran más que una panda de putos palurdos que no sabían dónde tenían la cara, mientras que ella no se había dejado llevar y que podía tener la conciencia tranquila. Una vez esto sucedía, el pueblo se quedaba con cara de haber recibido un bofetón con una compresa usada, agachaba la cabeza y reconocían la cagada. El capítulo terminaba aquí y ya podías irte a hacer pipí y luego a la cama.


Menudas meadas las de aquella época...


Veo este patrón en muchísima gente hoy en día. Hay mucha gente que, independientemente de haber visto la serie o no, y más independientemente aún de llevar la razón, se comporta como la doctora Quinn. Cogen cualquier cosa que esté asumida y no es que la cuestionen, que es lo que hace una persona con cierto rigor: directamente la niegan y tachan a todos los demás de palurdos. Para ello se valen de una falacia muy básica, que consiste en asumir que todo aquello que está asumido o que es seguido por un grupo relativamente grande de gente es malo por definición, y les importa un coño zurrido en sobrasada que eso esté asumido porque funcione o que le guste a mucha gente siendo bueno. El absurdo no se queda aquí, sino que va más allá: cuando todos esos que van de Doctora Quinn por la vida declaran la guerra a ese algo asumido, no se limitan a no creer en ello; se pasan todo el puñetero día restregando por la cara que esa mierda mainstream no va con ellos. Se ponen un nombrecito, hacen piña y van de colectivo respetable, aunque lo que defiendan no tenga base, esté postulado desde la total y completa ignorancia o sea a todas luces aberrante. En este mundo digital la cosa no consiste en que tengas razón, sino que te la den. Son cosas diferentes, pero hay a quien le da igual.


—Hay alguien que creo que no piensa igual.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, no nos ha dado la razón ni ha dicho que nuestra ideología/creencia/cosa es lo puto más.
—¡PUES VAMOS A REVENTARLE LA CARA A ESE HIJOPUTA! ¡TRINCAD PEDROLOS, QUE VAMOS!


Esos grupitos se vuelven ruidosos y exigen ser respetados por cojones, aunque ellos no respeten a nadie. Aunque incluso decidan saltarse las leyes, o pongan en riesgo a otros o a sí mismos. Estos doctores Quinn parten de la base de que algún día pasarán a la historia por haberse rebelado contra el sistema establecido y tienen la esperanza de que si la sociedad o la razón misma no les dan la razón, lo hará la historia algún día. Se creen que son revolucionarios pacíficos y que van a cambiar el mundo con sus consignas o porque tengan muchos amigos en redes sociales que piensan como ellos, pero no nos engañemos: una revolución no es pacífica si agrede a otros (incluyendo la agresión verbal), y no se pasa a la historia solo por hacer ruido aunque tu causa sea una soberana patochada. Es siendo una causa noble y a veces hacer ruido puede empañarla... imagínate cuando encima estás defendiendo una soberana estupidez.

Otros de estos piensan que el hecho de ser minoría es el que les da la razón, porque no están "contaminados" por el pensamiento regente... aunque ni siquiera se hayan molestado en entender por qué ese pensamiento es regente ni en qué consiste. Como digo, no tienden tanto a cuestionar ni preguntarse, sino a negar de manera tajante para sentirse diferentes. Especiales.
Volvemos al tema del narcisismo.
Y es que, cuanto más voy viendo este siglo en el que nos ha tocado vivir, más me estoy dando cuenta de esa necesidad que tienen muchos de sentirse no solo diferentes, sino superiores a la mayoría. Es respetable querer diferenciarte de la masa y buscarte la vida para tener un pensamiento que puedas atesorar como tuyo. Es loable intentar pensar por uno mismo y no dejarse llevar... intentar ser curioso, hacerse preguntas y alcanzar las respuestas por uno mismo es una búsqueda muy digna. Lo que no lo es, es abrazar la ignorancia y llamarla "iluminación", basándose simple y llanamente en el número de seguidores de tal o cual idea. Vanagloriarse de ser minoría es una de las mayores imbecilidades jamás paridas en la sociedad de los últimos años, cuando esa minoría viene respaldada por un sentimiento de identidad basado en la autosegregación, en ponerse etiquetas. En acabar por convertirse en un fanático que mira con desprecio a todos aquellos que no llevan su misma chapita, que no tararean las mismas consignas.


"Yo y los míos molamos. Tenemos la razón. Todos los demás os equivocáis absolutamente en todos. Y además sois mierda".


La era digital se ha convertido en un chiste: se nos lleva años diciendo que vivimos en una época dominada por el flujo de información y que cualquiera puede tener acceso a ella. Sin embargo, existe tal cantidad de desinformación, tal cantidad de ignorancia generalizada, que leer mucho no es en absoluto sinónimo de informarse acerca de algo. Hoy en día, puedes "informarte" acerca de basura ideológica, de mentiras e idioteces varias con tanto volumen de documentación como si fuera real. Presuntos estudios, basados en humo; palabras muy bonitas, pero vacías, que se supone que nos iluminan pero que solo nos sueltan rollos. Solo tienes que descartar cualquier cosa que no dé la razón a tu ideología para encontrarte con un océano de falsas noticias, bulos e idioteces varias que hacen que aquello que creas parezca "cierto". Quizás parece que exagero, pero si no, pensad en cuánta gente hoy en día empieza a volver a ideas medievales como la planicie de la Tierra o a "no creer" en las vacunas. Solo por poner un par de ejemplos de lo "modernos" que nos hemos vuelto en los últimos años...


"¡¡¡Que te pongas algo de ropa, zorra!!! ¡Me das asco, se te ven los tobillos! ¿Así pretendes que se te respete, pedazo de puta? ¿Y esas tetas? Operadas, ¿verdad? ¡Eso es de guarras!"
Como digo, actitudes muy progresistas y tolerantes, dónde va a parar...


Lo triste es que según qué cosas existen o no, independientemente de que uno crea en ellas. Es ahí donde los Iluminados caen en otra idea medieval, o incluso sacada de libro de fantasía: pensar que no creer en algo, por arte de magia, niega por completo su existencia. Y ya puedes razonar con ellos lo que te dé la gana, aportar documentos o lo que quieras. Para ellos eso NO existe y te callas, porque si resulta que estás hablando con más de uno a la vez y te superan en número, automáticamente tienen la razón. Es una perversión de la idea de democracia, que muchos aprovechan para hacer ruido: aprovecharse de una momentánea superioridad numérica (si pillan a alguien que no piensa como ellos a solas, como ya he mencionado), basar sus argumentaciones en la agresividad para "hacerse oír" o repetir la misma patraña una y otra vez hasta que el personal les dé la razón por cansinos.


"¡QUE TE HE DICHO QUE ME DES LA RAZÓN, HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA!"


Pero existe una cosa mucho más triste aún, y es el hecho de que están ganando terreno. A diferencia de la Doctora Quinn de la serie, estos ni siquiera suelen tener razón... o no se ha demostrado que la tengan. Lo único que tienen es un puñado de teclados y mucho tiempo libre para dar por culo al prójimo. Cada día que pasa, los colectivitos, las legiones de ignorantes y las plataformas de completos palurdos, se van asentando por todas partes y están obligando a los demás a escucharlos. A convencernos de que, solo por el hecho de tener una opinión, ya es digna de respeto. Aunque dicha opinión no venga respaldada más que por un puñado de chapitas, frasecitas molonas prediseñadas por vete a saber quién y... y poco más. Sin una experiencia seria previa. Sin muestras representativas de lo que se supone que defienden. En muchas ocasiones, sin el más mínimo argumento siquiera.


"Meterle el dedo en el culo a alguien mientras cagas es bueno para el corazón. Yo lo hago y nunca me ha dado un infarto. Además, lo pone en un estudio de una prestigiosa universidad"


Todos hemos conocido a gente así en algún momento u otro. Fanáticos, que no pueden ser llamados de otra manera. Seres que nos obligan a tolerar por cojones sus salidas de tono, a que escuchemos su mierda, que nos traguemos sus manifiestos. Que absorbamos su propaganda. Cuando no estamos de acuerdo con ellos, se encabronan, nos llaman ignorantes a nosotros. Nos dicen que tenemos los ojos cerrados solo "por seguir a la mayoría". Llegan a la falta de respeto y al insulto, pero hay que tolerarlos, porque tienen la Prebenda Moral. Su Causa es mejor que la de los demás. Ellos salvarán el Mundo y hay que verlos como los nuevos Profetas de la Iluminación.
Pero no nos engañemos: lo que les gusta, en el fondo, es que los ignoren y los ninguneen. Así pueden sentirse especiales, diferentes. Superiores. Porque... si todo el mundo pensara como ellos y les diera la razón... ¿Acaso no serían la masa?

domingo, 20 de agosto de 2017

Escupiendo Rabia- Miedo y asco, o El inexistente derecho a odiar




Basta que tenga lugar una tragedia para encontrarnos a lo mejor y a lo peor de la raza humana, con poco o ningún término medio. En estos tiempos que corren, es una pena decir que la falta de empatía y de valores, sumadas a una enorme ignorancia, un tremendo egoísmo y un no menos alarmante narcisismo, hacen que lo peor empiece a empañar a lo mejor. Lejos quedan ya esas muestras de solidaridad, con gente donando sangre cuando hay heridos. O esas muestras de respeto hacia las víctimas de la catástrofe.
El mundo moderno nos está convirtiendo en unos hijos de puta. En unas bolsas de odio con patas. La sociedad en la que nos estamos arrastrando nos está convirtiendo en gentuza de la que, probablemente, hace diez, quince o veinte años, nos habríamos sentido por completo avergonzados de conocer.

Sin embargo, todo el mundo parece encontrar justificación para su odio. Para su ira. Para su falta de humanidad. Todo el mundo parece creerse con derecho a decir cosas que, no hace mucho, habrían garantizado que te llevases un bofetón de tus propios seres queridos. Nuestras madres, al oír lo que muchos están soltando por la boca, se llevarían las manos a la cabeza y se horrorizarían al ver que durante nueve meses llevaron dentro a semejantes seres.
Se ha puesto de moda hablar como auténticos pedazos de mierda con ojos.


Pero con menos gracia que esta.


Me estoy acordando de cuando sucedió la masacre en Londres, no hace mucho. Un chaval, que podría ser cualquiera de vosotros, se dijo en un momento dado que había inocentes en peligro a su alrededor. Armado solo con un monopatín y un valor que, honestamente, yo no creo que tuviera jamás en la vida, se enfrentó a varios de los agresores y dio su vida por la gente a la que estaba protegiendo. Aquel chico sabía que tenía todas las de perder y, aun así, se sacrificó por otros a los que ni siquiera conocía. La mayoría de la gente honrada y decente reconoció en aquel gesto un acto de heroísmo.
La mayoría.
Recuerdo que hubo un ser (me niego a reconocerlo como humano, más allá de los argumentos biológicos) que en su tuiter, cómo no, dijo que aquel chico había sido un gilipollas. Que ahora estaba fiambre por hacerse el héroe. Dio a entender que solo aquellos que se sacrifican por un bien mayor o por proteger a otros lo que buscan es que los revienten vivos. Que lo que había que hacer era salir por patas y sálvese quien pueda. El que habló era uno de esos valientes que parece que tenemos que respetar, de esos que se esconden tras un teclado para propugnar una ideología venenosa, llena de odio, destinada a mofarse de aquellos que sufren o que hacen el bien.
Otro machote más de los que algunos nos sentimos totalmente avergonzados a la hora de pensar que, como ser "humano", goza de los mismos derechos que tú y que yo, y que hasta puede votar. Gente como ese personaje, en el supuesto de que acuda a las urnas, tiene en sus manos la misma decisión que los demás de poner en el gobierno a tal o a cual. Gente así tiene el mismo derecho a la vida que nosotros. No nos gusta asumir una cierta igualdad entre alguien que habla de esa manera y nosotros, pero es así.
Lo único que puedo decir es que su discurso no es respetable. Su opinión no merece respeto. Su ideología es una auténtica basura. Ya sabéis que procuro no soltar algo así sin argumentarlo. Luego os explico, pero dejadme que siga un poco este planteamiento.


Parece que últimamente ha surgido mucho Comediante.
Es decir, mucho nihilista de poca monta que se cree ingenioso, pero no deja de ser un miserable.


La cuestión es que no es el único. Conforme nos encontramos cualquier tragedia (véase la acaecida en Barcelona, como una de las más recientes) he podido comprobar cómo el ser humano saca su lado más despreciable arrimando el ascua a su sardina. Si bien muchos han hecho lo que se debe hacer, que es mostrar su repulsa ante el terror, preocuparse por aquellos que podían haber sido víctimas y lamentar aquellos que han caído en semejante acto (independientemente de que sean amigos, conocidos o no), ha habido otros que han dado un bochornoso espectáculo y han hecho que la gente medianamente honrada se haya sentido asqueada, decepcionada o avergonzada de leer lo que han soltado por la boquita. Puede que incluso todos esos sentimientos a la vez.
Están los que han empezado a arremeter contra la barbarie desde la barbarie más hipócrita: yendo de respetabilísimos ciudadanos occidentales pero al mismo tiempo pidiendo ejecuciones, deportaciones de inocentes o incluso la ilegalización de credos.
Paradójicamente, en nombre de la democracia.
Y a los demás nos ha tenido que parecer bien semejante despliegue de basura ideológica.


Yo soy partidario de mandar más a la mierda.
Me alegra ver que mucha gente estos días ha estado haciéndolo con aquellos que se han comportado como verdaderos animales.
Todavía hay alguna esperanza.


Parece que ya no nos acordamos de cómo nos echamos a la cabeza hace unos cuantos años cuando se abrió Guantánamo, que venía a ser un campo de concentración con todas las letras para todos aquellos "sospechosos" de atentar contra los valores de la democracia. Allí se produjeron torturas y vejaciones de todo tipo, por no mencionar que la mayor parte de los reclusos fueron internados sin juicio. Solo por ser sospechosos.
Y nos pareció horrible. Un insulto para la democracia. Se crucificó públicamente al presidente Bush por semejante ofensa a los derechos humanos.
Década y media después, aquellos que se ofendieron en su día ahora piden que se haga lo mismo aquí. Aquellos que daban lecciones de moral al gobierno estadounidense ahora abrazan esa misma política basada en la venganza (y no en la justicia) y en acribillar inocentes para que no se escape ningún culpable.
Y con la conciencia bien tranquila, serán capaces de irse a dormir por las noches, pensando que ni son racistas ni intolerantes.

Esos mismos probablemente también se rasgaban las vestiduras cuando oían hablar del corredor de la muerte en el mismo país, y quizás también consideren aberrante que en Corea del Norte se ejecute a disidentes. Sin embargo, no parpadean a la hora de pedir pena de muerte para según qué crímenes. Algunos hasta la piden sin juicio. Otros propagan fotos para que se cace a según quién por ser responsable de según qué, propiciando auténticos pelotones de linchamiento, cuando lo de ajusticiar criminales es competencia única y exclusiva de la ley.
Pero parece que cuando el crimen es atroz, la ley no es suficiente y lo único que se quiere es sangre. Ni juicios, ni leches. Ojo por ojo y diente por diente. Esta actitud se vio en el famoso caso de la feria de Málaga hace unos años cuando se acusó a un grupo de chicos de violar a una relaciones públicas en grupo. El juicio acabaría por demostrar que eran inocentes, pero unos días antes la gente ya había estado pidiendo "justicia gitana para ellos". Traducido: que la familia de la víctima pudiera coger y, tan alegremente, cargarse a los acusados. Ya puestos, que se sumase cualquier Charles Bronson de barrio. Los chicos, contra todo pronóstico (la prensa condicionó mucho a la opinión pública, hay que decirlo), resultaron ser inocentes. Imaginad lo que habría pasado si hubieran llegado a esa "Justicia gitana" que se pedía. Cinco inocentes acusados de un crimen que no habían cometido, asesinados para acallar las ansias de sangre de la gente.
Muy racional.

Ahora se ha puesto de moda la filosofía de que si una ley te parece injusta, lo justo es saltártela.
Sumemos a eso esa especie de postureo de unos cuantos de abogar por lo de tomarse la justicia por su mano y lo que tenemos es una olla a presión que cualquier día nos va a dar un susto de los gordos.



Pero volvamos a lo de Barcelona, que es algo más reciente y sigue dando para comentar más cosas. He hablado de esos justicieros de sofá, que cualquier día pasan a la acción y van a acabar cometiendo una estupidez de las gordas, pero no son los únicos. El oportunismo tampoco tiene muchos límites, y ya he podido ver cómo ha habido quién ha hecho política de una tragedia. Los diferentes partidarios de una u otra formación política han aprovechado para putear a aquellos que no piensan como ellos, cargando piedras (dialécticas, de momento) contra esas opiniones cuya existencia son incapaces de admitir. En lo alto de su púlpito ideológico, miran por encima del hombro a aquellos que no votan lo mismo, escupiendo con desprecio y manifestando, una vez más, su odio.
¿Os acordáis de la tragedia en los Pirineos, cuando un puñado de críos empezó a decir que les importaba una mierda que hubiera muerto gente en un avión, que ellos querían ver su programa de la tele favorito y les tocaba los cojones (sic.) que interrumpieran la programación para contar eso? Este caso es muy del estilo, en el sentido de que es una tragedia y a buena parte del personal le está importando un huevo; que a mucha gente para lo único que le está sirviendo es para mirarse el ombligo y encerrarse en esa burbujita de cristal, donde su partido político, su pensamiento molón y sus consignas chachis salvarán el mundo. Porque la mierda de uno jamás huele y los demás no tienen ni puta idea.


"Y yo cago arco iris".


Hay otros que directamente ni se han puesto el moño de ser tolerantes y se han lanzado a la red en plan kamikazes, argumentando que son racistas o xenófobos y no les importa reconocerlo. Esto me recuerda a cómo no hace mucho ya estaba yo elucubrando que eso de ser gilipollas algún día se convertiría en un movimiento social y habría plataformas de gilipollas exigiendo respeto por ser gilipollas. Cambiad la palabra gilipollas por racista (que tampoco es que se diferencien demasiado) y nos damos cuenta de que ese día ha llegado. De buenas a primeras, un país que se llenaba la boca diciendo que era tolerante y moderno, saca la patita en cuanto pasa alguna cosa gorda y nos demuestra que sigue siendo una sociedad atrasada y llena de palurdos, con concepciones medievales y un gusto malsano por la picota y los linchamientos. Partiendo de supuestos a cuál más falaz (eso de coger a un asesino y mirar su nacionalidad es algo tan genialmente absurdo que hasta los telediarios lo hacen cada vez que se se sabe que alguien ha matado a alguien, aunque sea en una riña de bar), lo único que necesitan es una excusa para tener a alguien a quién odiar. No hace mucho, ese odio se disimulaba con argumentos medio discretos. Ahora, en una época en la que parece que nuestra libertad de expresión prima sobre la dignidad de los demás (porque parece que solo nosotros tenemos derecho a mearnos en los demás, y los demás que se jodan) ya ni hace falta. La gente ondea su ira y su odio contra quién le parece y lo exhibe como el degenerado que se abre la gabardina delante de la puerta de un colegio de monjas para que un puñado de inocentes le vean el miembro.


Creo que no existe dibujo que refleje mejor esta metáfora.


Todo el mundo encuentra justificación para sus barbaridades. Para odiar. Para creerse con la categoría moral superior que le permite arremeter contra otros. Son como esos que van de machos por la vida y piensan que pueden insultar a una chica que lleva escote pero que pasa de ellos. A partir de ahí, cualquier intento de llevarse a la susodicha al catre se convierte en un espectáculo para la humillación pública, con insultos de todo tipo hacia su sexo y hacia su persona.
Aunque no es el mismo caso, hay similitudes: una persona incapaz de entender a otros, de respetar a otros, de convivir con otros, al final acaba sintiéndose con el pleno derecho de humillarlos. Cambiad los insultos hacia su sexo y podéis sustituirlos por insultos hacia sus creencias, sus orígenes, o su forma de pensar. En esencia, lo que tenemos es gente que prefiere dejarse llevar por la ignorancia y el odio antes que vivir en armonía.

Están los que se justifican diciendo que ellos son víctimas primero. Que tal colectivo es malo malísimo porque le ha privado de sus derechos, porque se aprovechan del sistema, porque han venido para cepillarse a nuestras hijas y quedarse con nuestras casas. Sin embargo, esos mismos bien que aplauden al cuñao de turno que se las apaña para burlar al fisco. O al que vive de puta madre sin dar un palo al agua, pillando de aquí y allá de tal o cual ayuda, o aprovechándose de vete a saber quién. Vivimos en una sociedad que ha estado toda la vida aplaudiendo al caradura (os acordáis de El Lazarillo de Tormes, ¿no?), pero en el momento en que algo no le cuadra ya está buscando un culpable al que acusar de todos y cada uno de los problemas de su vida.
Esto se complementa con la visión de aquellos que piensan que porque existan otras formas de ver la vida ya la suya corre peligro. Me acuerdo de esos ultraconservadores que en su día se manifestaron en contra del matrimonio homosexual porque "la familia tradicional corría peligro". Como si por el hecho de que haya gente del mismo sexo que se case ahora la gente hetero pierda su derecho a hacerlo. O como si por el hecho de que una pareja se divorcie, todas y cada una de las demás de este país estén obligadas a divorciarse también.


Quizás los que venían con este argumento acerca de que la familia tradicional peligra es que en el fondo les da miedo pensar que sus familias no son tan perfectas como dicen.


Quizás uno de los problemas que tenemos en esta sociedad en que vivimos es que mucha, muchísima gente, no está preparada en lo más mínimo para vivir en sociedad. Vivir en sociedad no quiere decir que todo te tenga que parecer bien por cojones, ni mucho menos. Hay cosas en el sistema que son mejorables, por supuesto... y la convivencia entre personas de distinta ideología, de distintas creencias o de distintas razas no siempre es sencilla. Los choques son un hecho y hasta ahí todos de acuerdo.
El problema surge cuando existe gente que no ve más allá de su ombligo y se sienta en su púlpito desde el cual mira por encima del hombro a todos los que son diferentes. Como un matón de colegio cualquiera (en esto, llamadme raro, pero veo muchas similitudes) toma por banda a aquellos que considera "diferentes" y los vapulea hasta que se queda medio tranquilo. Traza una línea con la que medir a su entorno, diferenciando entre "Nosotros" y "Ellos", y a partir de ahí, ya puede ver la vida en términos simples: los que están a un lado gozan de sus simpatías y los del lado contrario serán el blanco de sus iras. Todo lo que piensen, todo aquello en lo que crean, será digno de escarnio. Pensad en todos aquellos de un partido político que han ninguneado la opinión de alguien sin escucharle, simplemente porque no es de su partido. En aquellos que se han puesto la chapita de una religión y han avasallado a los de otras... o esos otros que no profesan religión alguna y se creen con derecho a decir que toda persona creyente es subnormal (no como ellos, que son el claro paradigma de la inteligencia, dónde va a parar).
Y esto lo vemos a diario, lo que pasa es que con una tragedia como la ocurrida estos días se magnifica y se ve más claro. Pero lo hemos estado viendo y lo hemos dejado pasar... porque hemos pensado que semejante despliegue de odio es tolerable. Porque parece ser que todo el mundo tiene derecho a una opinión, por aberrante que esta sea.


Ya nos hemos acostumbrado a la figura del troll o del hater, que basan la mayor parte de su tiempo en volcar su frustración o su odio sobre otros. Usa discursos humillantes, incluso agresivos. No tiene reparos en insultar o incluso amenazar. Y eso es lo peor: que ya nos parece algo normal.


Quizás uno de los puntos a los que quiero llegar a parar en este post es el hecho de que no todo es respetable, y aquí llego al argumento que os prometí arriba que os explicaría. Alguna vez he hablado que la opinión de una persona que no sabe de lo que habla acerca de un tema concreto jamás puede ponerse a la altura de otra que sí, y que solamente el hecho de que sea una opinión no le da validez ni credibilidad.
Pues llegados a este punto quizás habría que añadir una segunda línea a ese argumento que planteé en su día; y es el hecho de que aunque se debe escuchar y procurar entender cualquier punto de vista, aquellos basados en la intolerancia y el odio son los últimos que deben ser respetados. Y esto, aunque suene paradójico, tiene una explicación que leí unos días por alguna parte. Dicha explicación, acuñada por un filósofo (no recuerdo el nombre, pero si alguien está leyendo este tocho y lo sabe, por favor, que me mande un bonito comentario y me lo indique) venía a sostener que respetar la intolerancia implica permitir que la intolerancia acabe con los demás puntos de vista. Que pisotee el respeto mutuo y que la tiranía del dogma que sea acabe imponiéndose.
Ese es el punto al que creo que no debemos llegar, y al que veo que nos estamos acercando. Ahora, con tanto guerrerito de sofá, tanto revolucionario digital y tanto indignado de postureo, lo que tenemos es un montón de gente que se pone la chapita de una ideología y la blande para pisotear a los demás.


"Ahora vais a pensar lo que yo os diga, hijos de puta. Y al que me tosa le meto dos hostias, ¿estamos?"


Tal vez pensáis que exagero. Ante eso os digo que espero que tengáis razón. De verdad que os lo digo. Pero vamos a ser serios con esto: cada vez que vemos el creciente fanatismo, no necesariamente religioso, es para pensarse esto dos veces. ¿Cuántas veces hemos visto a gente acabar casi a hostias por algo tan absurdo como un partido de fútbol? Recordemos la cantidad de altercados con ultras deportivos que hemos ido viendo a lo largo de este último año y ya tenemos algo más o menos evidente. Pero vamos a cosas más sutiles: gente que es de una forma de pensar y de pronto descubre que esa forma de pensar tiene puesta una etiqueta. Me viene a la mente el caso del movimiento "Antinatalista", que descubrí el otro día y que no es más que gente que, por el motivo que sea, no quiere tener hijos.
Gente que no quiere tener hijos la ha habido siempre y nunca ha pasado nada, pero atentos a la jugada: ahora a esa gente se le pone una etiqueta y ya pueden jugar a defender sus ideales de forma beligerante porque pertenecen a un colectivo. Se buscan a los "natalistas" como sus enemigos naturales y ya la tenemos liada. Pensadlo en aquellos que hacen algo tan respetable como negarse a comer carne y usan su opción alimenticia para adoctrinar a otros, dando lecciones de moral y "abriendo los ojos a aquellos que estaban ciegos". Pensad en esto aplicándolo a cualquier otro colectivo y, si queréis, cambiad la pertenencia a ese colectivo por la pertenencia a un dogma de fe o, yendo a casos más brutales, a una secta. Las frases que encontraréis serán escalofriantemente parecidas:

—Yo tenía una vida vacía hasta que descubrí tal forma de pensar.
—Yo vivía equivocado, pero cuando abrí los ojos a tal ideología desperté.
—El día que descubras que estabas equivocado con esa forma de pensar lo entenderás todo.

Y frases similares que nos hacen pensar que hay mucha gente que no parece contentarse con profesar tal creencia, tal ideología o formar parte de tal grupo. Hay que pregonarlo a los cuatro vientos y comerle el coco a los demás para que piensen como uno. Esparcir la Palabra. Iluminar a aquellos que viven en la oscuridad. Y si se niegan a ser convertidos, entonces que se vayan preparando para la que les espera. Es tan sencillo como coger a tres o cuatro amigotes y empezar a pico y pala hasta que el ese pobre desgraciado, que no tiene ya bastante con ser de la ideología equivocada, se tiene que rendir ante el acoso y derribo de la sabiduría del grupito en cuestión.


"Hora de vuestra conversión, ¡Abrid bien los ojos, mierdecillas!"


Regresando una vez más al asunto de las tragedias, no faltan aquellos que con sus santísimos cojones se las apañan para coger y echar mierda sobre aquellos que encima se llevan las hostias. Como comentaba un amigo esta tarde, se parece un poco al caso de una chica que es agredida sexualmente y siempre tiene que haber algún experto diciendo que eso se lo ha buscado por la ropa que llevaba. Que eso es como el que va contando billetes de 50 pavos en un barrio marginal. Que te acaba pasando por tener pocas luces.
Ante esto suelo decir que la culpa de un crimen la tiene SIEMPRE el criminal, y que no hay circunstancias ni hostias en vinagre. Remitiéndome al ejemplo, no veo el mismo caso: me parece que ir vestido de tal o cual manera no invita a una agresión. Menos si esta se produce, no en un barrio marginal, sino en un sitio público o en el portal de tu puta casa. Creo que el argumento falla porque no se usan los mismos parámetros ni los mismos contextos.
Con las tragedias más o menos multitudinarias suele ser algo del estilo: ahora está de moda decir que si un fulano saca una metralleta mientras estás tomándote un café es tu puta culpa. ¿Por qué? Porque occidente mata a gente a diario en otros países y a ti te da igual.


Algunos parece que se han escapado de un seminario y no han visto nunca una moza con escote.
Para aquellos que acaban de aterrizar, la lección es sencilla: sus tetas no dicen "Tócanos", ni "Dinos guarrerías". Mucho menos "Llámame puta si paso de ti" o "Barra libre, sírvete".
Básicamente lo que dicen es "Visto como me sale del coño".
Y poco más.


Vamos a analizar esto un poco: occidente hace muchas cosas mal, y hasta ahí estamos de acuerdo. Pero no es responsabilidad del ciudadano de a pie lo que hacen sus gobernantes en vete a saber dónde... más que nada porque en eso el ciudadano ni pincha ni corta. En según qué casos, es que ni se entera. ¿O nosotros, los civiles, somos responsables de a quién vende armas nuestro país, cuando ni siquiera tenemos plena noción de ello? Es más, por mal que nos parezca, ¿eso le importa algo a los que sí tienen plena responsabilidad? Básicamente, como se habló en una conversación que tuve hace unos días, somos peones en una partida de Risk. No podemos tener responsabilidad alguna como individuos de algo cuya existencia apenas sabemos.
En cuanto a lo de que no nos importa: pues a ver, esto lo planteo yo con un ejemplo sencillo. Supongamos que estamos en un hospital con un familiar en el quirófano, en una operación de vida o muerte. Mientras el destino de dicho familiar se decide, han muerto seis personas en diferentes secciones del hospital, por diversas causas. ¿Nos importa? Pues a ver, si nos lo dicen, obviamente no nos va a alegrar la existencia, pero seamos sinceros: si tenemos una persona cercana cuya vida pende de un hilo, la elección es clara. Si lo ampliamos a una escala algo más global, tiene sentido que nos preocupemos más por compatriotas o gente de países cercanos que por gente que está en la otra punta del mundo. Pero tampoco vamos a decir "Que se jodan". Obviamente nos parece mal, pero los seres humanos tendemos a priorizar ante estas cosas o nos da un telele. Porque en algún momento hay que parar.


Que a ver, uno si quiere puede responsabilizarse de todas y cada una de las cosas que están mal en el mundo. Si se quiere soportar el peso del mundo sobre los hombros, pues ya es elección propia.
Pero no es muy sano, que se diga.


Lo perverso es usar esto como argumento para dar a entender que si nos matan a alguien en nuestro entorno cercano nos lo merecemos por insensibles o por hipócritas. Creo que es más hipócrita ir de tolerante y luego no serlo, como suele pasar con muchos que usan este argumento. Igualmente hipócrita es irte para un puñado de víctimas, todavía llorando a sus muertos y coger y encima echarles mierda por lo alto para quedar de "concienciado". Me parece que es de muy mal gusto irse para nadie en una situación así y decirle que se lo ha buscado. ¿Que se ha buscado qué? ¿Que te peguen un tiro mientras te tomas una caña? ¿Que te den una paliza mientras vuelves a tu casa? ¿Tener un accidente mortal durante tus vacaciones?
¿Cuál es el argumento que se desprende de este tipo de aseveraciones? ¿Que, por el privilegio de haber nacido donde hemos nacido no podemos hacer lo que nos plazca con nuestras vidas? ¿Debemos marcarnos a fuego con la culpabilidad porque otros pasan hambre o viven en situaciones precarias? ¿Que todo aquello que nos pase es culpa nuestra por vivir en la sociedad equivocada y que lo que deberíamos hacer es vivir en la miseria para saber lo que es el sufrimiento de verdad? ¿Que no merecemos vivir como vivimos?
Si alguno de vosotros piensa eso y me conoce, por favor, quiero que sepa que no quiero tener a alguien así cerca de mí. Está totalmente invitado a desaparecer de mi entorno sin explicación alguna.


Ahí tenéis la puerta.
El culo es gratis.


Es más, si alguno de vosotros se ha sentido identificado o reflejado con todas estas actitudes que acabo de plasmar en estas líneas, quiero que sepa que me causan una terrible vergüenza ajena. En serio, me avergüenza ver cómo aquellos que se dan golpes de pecho contra las ideologías basadas en la ignorancia y el odio usan sus mismas armas. Sus mismos argumentos. Su mismo desprecio.
Es este el único caso en el que no me importa ser intolerante.
Si eres incapaz de tolerar la forma de pensar de otros, la forma de creer de otros, la forma de vivir de otros. Si crees que ciertos grupos de personas, inocentes o no, deberían ser eliminados para salvaguardar su "seguridad"; si crees que la respuesta a nuestros problemas es aplastar a aquellos que se consideran una amenaza, sin el beneficio de la ley, sin juicio y sin pruebas; si piensas que la respuesta es una guerra o un estado totalitario que acabe con los indeseables... por favor, desaparece de mi vida YA. O desapareceré yo de la tuya.

domingo, 13 de agosto de 2017

Angst- La naturaleza del miedo



Se dice que somos la suma de nuestros miedos. Que todos nuestros temores y nuestros asuntos no superados se acumulan en nuestro interior, generando fantasmas que nos persiguen en nuestro día a día. Que del hecho de que superemos o no nuestros temores dependen nuestros actos futuros, nuestros cursos de acción. Tanto si afrontamos un temor como si no lo hacemos, nuestra vida deja de ser la misma para siempre y toma una nueva dirección. Podemos decir así que cada uno de esos fantasmas es un hito en el camino; o una encrucijada, si quieres.

Tendemos a pensar en lo que nos atemoriza como algo objetivamente espantoso. La versión adulta del monstruo en el armario, aunque desprovisto de ese tinte sobrenatural. Aunque a veces puede suceder y, de un modo bastante evidente, sí hay cosas terribles que nos atemorizan (enfermedades, la muerte, o cualquier cosa que suponga una amenaza en potencia para nuestra integridad física), lo cierto es que el miedo no posee una forma específica. Se esconde en nuestro interior y toma las formas más insólitas, hasta el punto de adquirir aquellas que solo tienen significado para nosotros.

El terror puede ser pensar que todo lo que posees, aquello que te proporciona una cierta felicidad, mañana dejará de estar ahí por las razones que sean.
Puedes sentir terror solo de pensar en palabras que no quieres oír, pues su significado acabaría por trastocar buena parte de aquello en lo que crees.
O incluso que seas tú quien pronuncie las palabras desacertadas y causes un daño irreparable a aquellos a los que jamás harías daño de manera voluntaria.
El miedo a fracasar en aquello que te importa.
El miedo a no ser capaz de hacer feliz a la gente que quieres.

Temores más profundos, como ver que ciertos ciclos de tu vida se repiten. Que, de forma indefectible, llega el Invierno y todo se enfría a tu alrededor. Relaciones y sentimientos que se enfrían y mueren. El telón que cae, el espectáculo que termina, las risas que se apagan y el retorno a la oscuridad, a la dispersión. Más terrible se vuelve cuando eres consciente de que lo has vivido una y mil veces, y que las posibilidades de que algo así suceda de nuevo jamás desaparecerán.

El terror a sufrir, a sentir una vez más esa daga helada que te atraviesa de parte a parte. Que te veas a ti mismo condenado a llevar una máscara sonriente cuando por dentro te desgarras y la podredumbre se esparce por tu interior. A que tu alma se parta en dos, a que una parte de ti muera para siempre y los recuerdos más felices se vuelvan tristes. A que te invada la nostalgia, la desazón. Esa horrible sensación de querer recuperar lo perdido y tener la total y más absoluta certeza de que es imposible. De que las cosas no volverán jamás a ser como fueron. De que luchas contra la marea. De que te niegas a reconocer lo inevitable. Que ya no hay nada que hacer.
Aquello que se perdió ya no se puede recuperar.

El miedo se transforma en una visión del futuro en la que echas atrás la mirada y contemplas, desde la más absoluta y aplastante soledad, todos tus errores. Las palabras que no dijiste, y aquellas que dijiste, pero que cayeron en saco roto. Todas tus batallas luchadas y perdidas, de la primera a la última. Como si el destino hubiese querido que llegases a ese punto o, mucho más espantoso aún, como si hubieses tenido tus cartas en la mano y no hubieses encontrado otra forma peor de jugarlas.
El terror es el tiempo que sabes que has perdido, llevando a cabo empresas que esperabas que te llevaran a buen puerto, pero que no han supuesto más que la zozobra, una y otra, y otra vez. Tantas que no te resulta fácil cuantificarlas. Solo puedes ver los mares de polvo y ceniza que has dejado a tu alrededor. Vastas extensiones de tierra árida en la que nada puede crecer, cubiertas por los vestigios de aquello que luchaste por mantener vivo y no fuiste capaz.

Miedo a no hacer las cosas lo bastante bien. A no cumplir las expectativas, ni de otros ni de ti mismo. A acabar por aceptar que no eres más que otra persona insignificante en este mundo, y que no eres más especial que cualquier otro. Ni siquiera pareces especial, a secas. Eres un ser anónimo, y tu huella en el mundo está limitada a tus acciones. Tus acciones no traspasan mucho más allá de tu entorno; y aun limitándote a tu entorno, sabes que no todo lo que haces es importante. Ni siquiera positivo. Porque cometes infinidad de errores, algunos de ellos garrafales. Es entonces cuando piensas que, el día menos pensado, aquellos que hoy en día te quieren se pueden acabar hartando de esos errores. Piensas que igual no te mereces que te soporten, y que demasiada paciencia tienen contigo. Y te sientes culpable, muy culpable, de todos esos errores que has cometido. Puedes disculparte, e incluso pueden perdonarte, pero... ¿eres capaz de perdonarte a ti mismo?

Miedo a la distancia. Al "Se acabó". Al "Hay algo que debo decirte".
Al "Cada uno por su lado". Al "Esa etapa terminó ya".
Miedo al futuro, y a la inestabilidad del presente.
Miedo a que se repitan los horrores del pasado.
Miedo al "Me has defraudado". Al "Esperaba más de ti".
Al "No eres lo bastante bueno para mí".

Al dolor. A la tristeza. A la corrupción de los sentimientos.
Miedo a que esa parte oscura que anida en todos nosotros se apodere de ti y seas incapaz de hallar la luz.
Miedo a las disputas. A los puntos sin retorno. A los fracasos sin arreglo posible.
Miedo a perder todo aquello que te esfuerzas por mantener vivo.

Miedo a mirarte en el espejo una buena mañana y preguntarte a ti mismo cómo las cosas han llegado a esa situación. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que hiciste tan mal para que todo se viniera abajo? ¿Cómo podrías haberlo arreglado? Y, de saberlo, ¿por qué no lo hiciste? ¿Qué te frenó en su momento? ¿Qué era lo que temías?

Miedo a la idea de destino. A que, hagas lo que hagas por solucionar las cosas, tú mismo seas el que provoque el fracaso. Que sea tu mano, pese a tus buenas intenciones, la que ponga fin a todo cuanto querías salvaguardar. Que, como si de una tragedia clásica, estuvieras abocado a llevar la destrucción a tu alrededor. A sembrar el caos al que siempre has intentado enfrentarte. Que tus ideales, tus buenos propósitos y tus valores no sirvan absolutamente para nada. Que lo único que acabe quedando entre tus manos sea óxido, que dentro de tu corazón no haya más que vacío y que todo a tu alrededor quede cubierto de hielo y hollín.
Frío, suciedad, podredumbre.
Lejos quedaron el calor y la luz. Las risas y las promesas.

Al final, temes, todos nos separamos. Todos tomamos nuevos caminos. Nuestro entorno cambia, nuestros sentimientos cambian. No sirve de nada echar de menos aquello que no va a volver... y sin embargo lo haces. Así que tan sólo puedes arrodillarte sobre esa capa grís de hielo y hollín, agachar la cabeza y lamentarte por aquello que no fuiste capaz de conservar.
Al final del camino, poca cosa queda. El fuego se apaga. Las voces callan. La luz deja paso a las sombras, así como el calor al frío. Lo que está junto, se separa para no volverse a unir jamás. Los muros caen como castillos de naipes. El oro pierde su brillo. La música deja de sonar y los invitados empiezan a marcharse. Solo el dolor está ahí para acompañarte. Solo el dolor, mientras el telón cae y el escenario queda vacío.

sábado, 8 de julio de 2017

Mondo Chorra- Sobre la existencia del hembrismo y los diversos argumentos falaces que lo acompañan




Que el activismo social se ha convertido en una moda es algo casi incuestionable, si echamos un vistazo a cualquier red social y vemos que todo el mundo tiene algo que defender. Que bueno, eso no es necesariamente malo: todos, o casi todos, creemos en algo y lo defendemos. Quizás el problema es cuando vemos que el personal, de buenas a primeras, empieza a subirse al carro de según qué ideologías (que generalmente nos importaban tres cojones hace algunos años) y ahora somos más papistas que el Papa. Pensadlo: de hace unos años para acá, el radicalismo se ha vuelto tan general, y con consignas tan repetidas que todo lleva a pensar (ya, que sea cierto o no es otra cosa) que hablamos de una doctrina perfectamente dirigida y prediseñada. Miedo me da pensar en las verdaderas intenciones de la gente que ejerce de "ideóloga" de este radicalismo de género.

Independientemente de las razones de esa gente que permanece en la sombra, vamos a quedarnos con los argumentos que van soltando. Argumentos que hemos ido leyendo aquí y allá a lo largo de los últimos años, aparentemente lógicos, pero que caen en unas falacias de cuidado. Ese es uno de los principales motivos que me llevan a pensar (a título personal) que hablamos de algo dirigido y deliberado y no de una "respuesta" al machismo de la sociedad. Existen muchas maneras de responder al machismo que, por desgracia, todavía sigue muy presente en nuestra cultura, pero usar argumentos falaces para apoyar una lucha por la igualdad de derechos (que al final se ha convertido en una simplona guerra de sexos y un concursito de "y tú más") es de todo menos una respuesta civilizada.


Tendemos a pensar que los únicos radicales que hay que temer son los de este tipo.
Pero no. Hay radicales de muy diversos tipos, y que no tengan un cóctel Molotov entre las manos no los hace menos peligrosos.


Dicho esto, vamos allá:

Falacia ad baculum: Este tipo de falacia tiene una base bastante agresiva en ejecución, pero su lógica hace aguas por todas partes. Consiste principalmente en persuadir a la persona con la que se habla de una idea, so pena de algún tipo de amenaza, no necesariamente física. Estos colectivos las usan de una manera muy sencilla: plantean un argumento y todo aquel que no le dé la razón automáticamente se lleva una etiqueta.

Ejemplo:
—Todos los tíos son unos cerdos.
—No estoy de acuerdo.
—¿No me das la razón?
—No.
—Entonces eres un machista que hace apología de la violencia contra las mujeres (la amenaza es, por supuesto, esa especie de "acusación" de ser una especie de monstruo troglodita. A veces, usando medios públicos, como redes sociales, para darle difusión al asunto. No hablemos de los famosos boicots que tan de moda están en los últimos tiempos)


"Y si te endiño, estará hasta bien".


Falacia ad hominem: Consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién la emite, independientemente de que esa afirmación sea veraz o no. Es una falacia muy común por parte de la gente que profesa este tipo de ideología extrema y que, de paso, sirve para postular un bonito "Nosotros (o nosotras) contra ellos" en su argumentación, que siempre suele ser muy efectivo.

Ejemplo:
—La violación me parece algo deleznable.
—Tú no tienes el más mínimo derecho a decir eso porque eres hombre (como puede verse, no se ataca la veracidad o falsedad del argumento acerca de la violación; de hecho, ni siquiera se habla del argumento en sí, sino que se socava la opinión del que la emite)

Falacia ad ignorantiam: Esta falacia consiste en afirmar la veracidad de una proposición en base a su ignorancia. Se usa cuando se desconocen las causas concretas de un hecho, pero aun así se asumen como base para corroborar sus consecuencias. Se puede usar como una versión perversa del principio de presunción de inocencia. Obviamente, puede darse en ambas direcciones, pero sí es cierto que estos colectivos las están usando como caballo de batalla para acusar a muchísima gente sin pruebas.

Ejemplo:

—Esa chica le puso una denuncia a su novio.
—¿Por qué?
—No lo sé, pero algo habrá hecho (en este caso, se asumen ciertas cosas que no aparecen como datos. Para empezar, se asume la culpabilidad de la persona o incluso se puede aludir al delito en sí. Ni siquiera sabemos si la denuncia ha sido por violencia, algún tema monetario o cualquier otra desavenencia)


"Pues ya está, ya lo hemos colgao. Hemos hecho justicia".



Falacia non sequitur: Básicamente consiste en usar un silogismo clásico y retorcerlo de la forma más absurda para que parezca veraz. En teoría, toda falacia responde al principio de non sequitur, lo que supone toda una base para según qué argumentos aparentemente lógicos, pero que son una auténtica locura:

Ejemplo:
—Las violaciones se producen con penes.
—Los hombres tienen pene.
—Conclusión: los hombres son violadores en potencia.

Falacia ad misericordiam: En teoría se trata de una falacia que consiste en afirmar la veracidad de algo que se dice alegando como argumento las circunstancias de quien lo emite, por lo general aludiendo a la piedad o la misericordia. Es el contrario de la falacia ad baculum que comentaba al principio, pero no son mutuamente excluyentes.

Ejemplo:
—Creo que todos los hombres deberían ser castrados.
—Esa es una postura muy violenta.
—Sí, pero recuerda que las mujeres hemos sido oprimidas durante siglos.

Argumento ad nauseam: Este argumento ni siquiera atiende a razones lógicas como tales. Consiste en repetir la misma argumentación (o consigna) una y otra vez a lo largo de una conversación hasta que, ya por puro cansinismo, dicha argumentación se dé como válida. Es uno de los recursos más frecuentes, valga la redundancia.

Ejemplo:
—Las mujeres lo tenemos difícil para encontrar trabajo.
—La culpa es de la sociedad heteropatriarcal.
—Y no tenemos igualdad de derechos.
—La culpa es de la sociedad heteropatriarcal.
—Ese hombre se ha saltado un semáforo en rojo.
—Lo hace porque se cree con derecho a hacerlo. La culpa es de la sociedad heteropatriarcal.
—He leído que dentro de trescientos años, un asteroide se estrellará contra la tierra.
—La culpa es de la sociedad heteropatriarcal.


"Vamos a morir todos por culpa de los hombres".


Argumento ad novitatem: Consiste en asumir la veracidad de algo porque es una idea más moderna. Este planteamiento es quizás de los más sutiles, pero también se da.

Ejemplo:
—Hace cinco años a nadie se le había ocurrido que fuéramos a poner patas arriba la sociedad patriarcal, denunciando al género masculino como lo que es: una ralea de violadores, seres violentos e incultos que son incapaces de sentir empatía por las mujeres y que disfrutan sometiéndolas y humillándolas. Somos la revolución. Y como esto no lo había hecho nadie antes, es una buena idea.

Argumento ad verecundiam: Este es de los más peligrosos y muy, muy frecuente. Consiste en asumir la veracidad o falsedad de algo porque una persona a la que se constituye como autoridad (aunque ni se sepa quién es en realidad, o en qué basa sus afirmaciones) lo ha dicho. Viene a suponer sacrificar el propio criterio para otorgarlo a una tercera persona que piensa por uno. Este tipo de falacia es muy propia de redes sociales, donde se comparten las cosas sin siquiera pensarlas o dando por sentado que la persona que lo ha dicho "acierta" cuando habla y sin cuestionar sus palabras en momento alguno. Los ejemplos son bastante claros, si echamos un vistazo a todas esas criaturas que tienen un blog, página de Twitter o columnas en diarios digitales y que, como si fueran seres sin tacha alguna o jamás se measen fuera del tiesto, ven argumentos a cuál más salvaje y agresivo compartidos de forma masiva. No daré nombres, pero si estáis concienciados con el tema encontraréis unos cuantos ejemplos que ilustran esto a la perfección.

Argumento post hoc: Es el argumento clásico de asumir correlación y causa. A veces podemos encontrar que existen dos hechos que se dan de forma paralela, pero eso no quiere decir que, por definición, uno sea causa de otra. 

Ejemplo:
El machismo en la sociedad ha dado por hecho que la mujer es una persona inferior, pero eso no quiere decir que si un hombre cede su paso a una mujer a la hora de entrar en un sitio sea porque la considera inferior. Ese hombre bien podría ceder su paso a otro hombre, del mismo modo que lo hace con la mujer, por simple y llana educación. Sin embargo, se toman dos hechos paralelos (que vivamos en una sociedad con unos cuantos remanentes machistas, y que el hombre ceda su paso a una persona, en este caso, una mujer) para relacionarlos sin evidencias sólidas.


"No lo entiendo... solo le dije a la señora que pasara ella primero..."


Argumento ad populum: Consiste en dar por sentada la veracidad de algo en base al número de gente que lo cree, independientemente de que esto sea veraz en sí mismo.

Ejemplo:
—Cada vez somos más las que formamos parte de la guerra contra la opresión de los machirulos. Eso significa que la sociedad está despertando y que tenemos razón.

Conclusión irrelevante: En una conclusión irrelevante añadimos un argumento que debería ser válido en sí mismo, pero en la práctica plantea algo que no tiene nada que ver con el contexto que se plantea.

Ejemplo:
—Ella debería tener un cargo en la empresa. Es mujer y se lo merece. (No se plantea en el argumento que esté preparada o capacitada para dicho puesto; se saca de la argumentación y se añade que sea mujer, algo que para un cargo en una empresa debería ser irrelevante en aras de la capacidad para desempeñar ese puesto)

Falacia del hombre de paja: Se usa mucho también. Básicamente, consiste en ridiculizar la opinión del oponente, tergiversando, exagerando o cambiando el significado de sus palabras. La persona cuya opinión es ridiculizada, además, se las ve teniendo que justificar, no sus argumentos, sino los que han puesto en su boca.

Ejemplo:
—Pues yo no creo que los hombres sean la culpa de todos los problemas de la sociedad.
—Dicho por un tío. Claro que sí, guapi. La culpa es nuestra, que somos todas unas guarras.
—Yo no he dicho eso.
—No pasa nada, guapi. Tú a lo tuyo. Anda, un besito.

Falacia ecológica: Las falacias de este tipo toman datos y números y los interpretan a su libre albedrío, obteniendo (casualmente) conclusiones la mar de convenientes.

Ejemplo:
—No veas la cantidad de mujeres que son maltratadas por sus parejas.
—Bueno, sí, pero el maltrato puede ir en ambas direcciones.
—Sí, pero los casos de denuncias a mujeres por maltrato no llegan al 1%. Por tanto, son irrelevantes y no se deben tener en cuenta. (En este caso, no se está planteando que el maltrato en sí esté mal o deje de estarlo; simplemente, se estipula que aquello que no forme parte de un sector poblacional que se considere "relevante" ni siquiera merece atención, por desprotegido que esté. Incluso se justifica su desprotección).

Principio de generalización apresurada: A primera vista, se parece bastante al non sequitur de arriba. Se fundamenta en sacar una conclusión apresurada de pruebas insuficientes. También parte de un silogismo que se retuerce y se pervierte para dar pie a la conclusión que a uno le parezca, o asumir que una parte de un colectivo representa al colectivo completo:

Ejemplo:
Asumir que un hombre, por su condición de hombre, es machista, partiendo de la base de que un determinado porcentaje de hombres lo son (e ignorando de forma deliberada que también hay mujeres machistas) es un buen ejemplo de generalización apresurada. Más claro queda aún si ese hombre ni siquiera ha tenido tiempo de manifestar su postura u opinión al respecto, pero ya se le acusa de serlo.


"¡Pero que yo no he dicho nada, coño!"


Falacia de arreglo de bulto: Esta falacia tiene como principio básico atribuir ideologías en bloques. Es decir, si una persona manifiesta su postura ante un hecho concreto, su interlocutor dará por sentadas más ideas, aunque no las haya manifestado o incluso aunque ni las piense.

Ejemplo:
—¿Tú qué piensas de la discriminación positiva?
—Que no me parece justa.
—Ya, y también piensas que las mujeres deben irse a la cocina a fregar, ¿a que sí?

Falso dilema: Consiste en obligar al interlocutor a posicionarse entre dos posturas muy definidas, sin dar opción a ninguna otra alternativa. Ambas posturas suelen estar muy polarizadas, de manera que o se está con la persona que emite el planteamiento falaz o se está en una posición radicalmente opuesta. Es el "O conmigo o contra mí" más clásico.

Ejemplos:
—¿Tú crees que las mujeres deben regirse por un baremo diferente y más flexible a la hora de optar por un puesto laboral, o eres de esos que piensan que las mujeres solo valen para follárselas, preñarlas y tenerlas a pata partida en casa?

—¿Estás de acuerdo conmigo en todo?
—En todo no.
—Entonces eres machista.

Ningún escocés verdadero: Esta falacia plantea excluir de su concepto a todo aquello que no se ajuste al cien por cien a él. También se las apaña para negar aquello que no conviene, de modo que la ideología permanece "pura" y "sin alterar".

Ejemplo:
—Que vivimos en una sociedad patriarcal se nota en nuestros gobernantes, que son unos tiranos. Con mujeres al mando no pasaría.
—Oh, pero ha habido mujeres al mando, desde la reina Isabel hasta Margaret Thatcher, pasando por Angela Merkel, y muchas de ellas se han comportado como auténticas tiranas.
—Esas no cuentan. Cuando una mujer llega a un puesto de poder, se comporta como los hombres, porque la política es un mundo de hombres. Así que, o se comportan como ellos, o no sobreviven. (Este principio da por hecho que una mujer, solo por ser mujer, no puede tener una posición tiránica sobre la gente a la que gobierna; se alude a que todo lo malo que hace es por influencia masculina y se la saca del concepto de una gobernante mujer; del mismo modo que, cuando un gobernante varón no se comporta como un tirano, tampoco se alude a su género como base de dicha argumentación)


Por supuesto, todos sabemos que la Thatcher fue una mujer de lo más liberal y tolerante, nada autoritaria y siempre dispuesta a dialogar. Se transformó en un monstruo autoritario al llegar a Primera Ministra para que los perniciosos y malvados hombres que la rodeaban no se la tomaran a coña marinera.


Falacia de la regresión: Se basa en añadir una causa infundada a un acontecimiento. Los colectivos radicales tienden a usar esta falacia de forma constante, de manera que todo aquello que no les gusta automáticamente tiene como causa el hecho de haber nacido mujer.

Ejemplo:
—Me he presentado a esta antología de relatos de ciencia-ficción con un relato costumbrista del s.XIX.
—¿Te lo han aceptado?
—No. Eso es porque soy mujer. (como puede verse, ni siquiera se plantea que haya escrito un relato que no tenga absolutamente nada que ver con las bases de la antología; tampoco se plantea que tal vez el relato no tenga la calidad mínima que exigen. Tampoco se plantea que la gente que está valorando su obra sea mujer o feminista. Es mucho más sencillo atribuir una causa como esta)

Falacia "Tu quoque": Como su nombre en latín indica ("y tú más") consiste en "desmontar" una crítica hacia algo solo porque esa persona tampoco predica con el ejemplo, o no lo hace como se espera. Es un argumento recurrente hasta la saciedad, y en caso alguno sirve como argumento lógico para afirmar o refutar una postura (su respuesta no se basa en argumentar, sino en atacar lo posición contraria).

Ejemplo:
—No creo que discriminar a los hombres sea la respuesta contra la discriminación a las mujeres.
—Los tíos lleváis siglos discriminándonos. Tendrías hasta que callarte.

Falacia del efecto dominó: Esta se produce cuando, habidos hechos A y B, que se entienden como "relacionados" y siendo B algo malo, se da por malo A también. Al leer sobre esta falacia, pensé que no se daba, pero luego recapacité y me di cuenta de que sí. En el ejemplo lo veréis claro:

Ejemplo:
—Ya han abusado de otra chica en las fiestas del pueblo.
—¡Qué horror!
—Es que a ver, con esa ropa que me llevan las chavalas de hoy, que les hacen el juego a los tíos, no sé qué se esperan cuando abusan de ellas. (Este principio, esgrimido por muchas que van de "feministas", no puede ser más rancio. Sí, se acusa a los hombres como causantes de la agresión, pero el fondo es juzgar la vestimenta de otras mujeres, aunque luego se revista de ese tufillo falsamente feminista diciendo "que visten así para agradar a los hombres")


Es mucho más fácil eso que coger y pensar que lo mismo una mujer viste como sea porque le sale del coño. Y punto pelota.


Recurso al victimismo: Consiste en argumentar que el interlocutor ataca a uno en el momento en que éste no le da la razón, por lo general aludiendo causas que no se han manifestado de forma expresa.

Ejemplo:
—Que no, que todos y cada uno de los tíos tenéis la culpa de nuestros problemas. Sois una panda de opresores y solo por existir ya nos oprimís a todas las mujeres del mundo.
—A ver, vamos a calmarnos, porque ese argumento está un poco sacado de quicio.
—¿Que me calme? ¡No me vengas con esos discursos paternalistas! ¡No necesito que un hombre como tú me diga cuándo debo calmarme! ¡Y si no estás de acuerdo con lo que digo, ya me dejas muy clarita tu postura! Eso es porque soy mujer y te gusta sentirte superior, ¿a que sí?

Pensamiento de grupo: Muy común también. El pensamiento de grupo se da cuando una persona da por válida su argumentación única y exclusivamente por pertenecer a cierto colectivo o seguir una ideología con un nombre concreto (eso de ponerse una etiqueta se está volviendo especialmente guai en los últimos años). No importa que dicha ideología propugne verdaderas aberraciones, que tengan argumentos que sean abiertamente constituyentes de delitos de odio o que se basen en la radicalización de ideas o en la agresividad de sus términos.

Ejemplo:
—Pertenezco a esta asociación (inserte aquí nombre, logotipo, santo y seña), así que todo lo que diga queda justificado de principio a fin. Hacemos el bien por la sociedad y no importa que intentemos aplastar por la fuerza a la ideología contraria. Somos de tal colectivo y todo aquel que no siga nuestras premisas se lo merece (Puede que no hayáis visto este argumento dicho así, de forma literal, pero se desprende de muchísima gente que, de buenas a primeras, dice haber "visto la luz" en el "feminismo radical" y considera que, solo por ponerse un lazo morado y llevar camisetas con consignas guais puede decir lo que le dé la gana y que debe ser respetado por la fuerza, aunque esté apelando a una violencia verbal salvaje).

Falacia de eludir la prueba de carga: Mucha gente hembrista recurre a ella cuando toda persona que no sea de su credo debe aportar pruebas de sus argumentos (aunque luego, al oírlas esas pruebas "no les valgan"), mientras que la gente que pertenece a estos colectivos radicales da por sentada que su sola palabra basta para sentar cátedra y no necesita respaldarse en argumento o evidencia alguna. Para más inri, a partir de este principio, dan por sentada la veracidad o falsedad de algo.

Ejemplo:
—Dame pruebas de lo que estás diciendo.
—Vale, aquí tienes un informe de datos que...
—Eso no me vale.
—¿Por qué?
—Yo a una marioneta del patriarcado no tengo por qué darle explicaciones. Pero que sepas que lo que dices es mentira.


"Porque yo lo digo. Ese es el por qué".


Y con todo esto, vamos con la reflexión al respecto: creo que existe una enorme diferencia entre creer en la igualdad de género y luchar por que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades o consideraciones en la sociedad moderna, y tener la caradura de ponerse una chapita para luego soltar auténticas salvajadas. Estos grupitos (sí, uso el diminutivo de forma intencionada) parten de un principio bastante falaz también, consistente en que les da la razón todo el ruido que hacen, sin pararse a pensar que todo ese ruido es contraproducente. Todos esos mensajes de odio y esas manipulaciones argumentales no están consiguiendo prácticamente nada. No se ha avanzado nada gracias a esta pandilla de revolucionarios 2.0 que se limitan a soltar manifiestos de odio en redes sociales. No han logrado un solo avance en igualdad de género y lo único que han estado pidiendo desde que surgieron hasta la fecha es censurar cualquier cosa que no venga de su ideología. Organizan boicots, se reúnen para gritar pidiendo la retirada de libros o películas, atacan verbalmente a artistas (llegando incluso a amenzarlos) y se dedican a montar numeritos a cuál más vergonzoso para hacerse notar.
Estos grupitos no han conseguido lo que se ha conseguido a lo largo de décadas, a base de concienciar de forma pacífica y luchar por lo que se cree. Poco a poco y día a día. Con mucho esfuerzo y mucho sacrificio. Estos grupitos, con sus puños en alto y sus protestas, no son los que han conseguido que las mujeres puedan acceder al mercado laboral, que tengan independencia económica o que tengan derecho al voto. Lo que sí están haciendo es montar espectáculos bochornosos, cargados de insultos más o menos sutiles hacia aquellos que no les ríen las gracias (términos tan "tolerantes" como "machirulo" o "marioneta del patriarcado" los han acuñado las personas que pertenecen a estos grupos) y, desgraciadamente, dando la razón a aquellos que han venido pensando que el feminismo es una gilipollez. Gracias a estos grupitos, cada día hay más gente que se siente avergonzada por decir que es feminista, porque con estas pantomimas virtuales, están consiguiendo adueñarse de la terminología y haciendo que asocien a cualquiera que crea en la igualdad de género con una panda de impresentables que se dedican a odiar.


Hay quien piensa que tener libertad de expresión es una especie de carta blanca para soltar discursos de odio. Dicho de otro modo, consideran que odiar es gratis y libre de responsabilidad.
Siempre ha habido quien lo ha pensado, pero lo verdaderamente triste es cuando ahora el odio se pone una chapita y se reviste a sí mismo de una ideología guai que parece justificar todas y cada una de las barbaridades que se sueltan.
"El fin justifica los medios" es una filosofía que han seguido fanáticos y totalitaristas a lo largo de los siglos. Consideraban que SU causa estaba por encima de las demás, y que eso permitía según qué actitudes, según qué acciones.


El feminismo no va de odiar a los hombres, sino de conseguir que hombres y mujeres avancen en la misma dirección.
No va de ir reclamando privilegios solo por tener una vagina entre las piernas, sino de tener las mismas oportunidades y gozar del mismo status social. De conseguir que una mujer sea tan respetada como un hombre, sea el ámbito que sea.
El feminismo no pide automarginar o segregar a las mujeres para que tengan su propia parcelita "segura" a salvo de los terribles violadores con pene, sino de dejar claro que hombres y mujeres pueden llegar a convivir en el mismo espacio sin que haya nada que temer.
El feminismo no impone un credo ni le dice a una mujer cómo tiene que comportarse con los hombres. Ni cómo vestir, ni cómo hablar. No juzga a la mujer si va en jersey de cuello vuelto o en tanga de lentejuelas, sino que asume que una mujer puede vestir, hablar y pensar como le dé la gana.
El feminismo no pone a la mujer como una pobre víctima, nacida sin mácula, que ha venido a vivir en un mundo de monstruos que solo quieren meterse en sus bragas. Parte de la base de que la mujer es tan humana como el hombre y no lo demoniza, del mismo modo que no se santifica a sí misma. No se pone en un pedestal moral ni juzga a aquellos que no comparten su género.
El feminismo no busca negar las diferencias fisiológicas entre hombres y mujeres, sino que las reconoce como rasgos característicos que hacen único a cada sexo. Tampoco hace uso de esas diferencias para aprovecharse del sistema.
El feminismo no es la antítesis del machismo. No intenta imponerse sobre los hombres, ni ve la sociedad en términos de "guerra". Para el feminismo, la búsqueda del reconocimiento de la mujer no consiste en tener un enemigo al que vencer o aplastar, sino limar asperezas y conseguir que la sociedad avance. Y para ello es necesaria la otra mitad de la población.


"La presencia de segregación es la ausencia de la democracia".
Este cartel se refiere a la segregación racial en los Estados Unidos a mediados del siglo pasado. Hoy en día esto nos parece una barbaridad, como nos lo parecen cosas como el Apartheid y demás.
Sin embargo, hablamos de gimnasios solo para mujeres, con la explicación de que "Así se sienten más seguras" y la idea de fondo es la misma: excluir a un sector de la sociedad porque parece portar el germen de la inseguridad.
O, si lo queremos, demonizar a un sector de la sociedad y santificar al otro, en una dicotomía entre blancos y negros que va más allá de la raza.
En resumen: si la idea es integrar, los que optan por la segregación están tomando la dirección contraria.


Así que, queridos Distópicos, siento contradecir a mucha gente: el hembrismo existe. No es ningún invento por un malvado Consejo Heteropatriarcal en la sombra, que se ríe diciendo "Buajajaja". Cada vez que oigáis a alguien lanzar manifiestos de odio contra los hombres porque, según esa persona, el género masculino, es el culpable de todo mal, está siendo hembrista. Como lo es aquella persona que, hablando con hombres y mujeres, niega razón o se burla de lo que dice un hombre, pero es mucho más condescendiente y tolerante con lo que diga una mujer... aunque ambos digan lo mismo. Veréis hembrismo en alguien que diga que un hombre la oprime solo por existir. Cuando leáis detalles del calibre de que las mujeres no necesitan a los hombres para absolutamente nada por considerarlos del todo inútiles; cuando escuchéis manifiestos de odio o desprecio contra un género entero. Cuando se acuse a todo hombre, solo por ser hombre, de ser violador, acosador o maltratador en potencia. Cuando se apoye que un padre no tenga derecho a ver a su hija tras un divorcio. Cuando se juzgue y condene a cien inocentes solo para capturar a un culpable.
Cada vez que leáis una de estas premisas que os he explicado arriba, veréis que el hembrismo no solo existe, sino que se organiza más y más a cada día que pasa. Conforme van pasando los años, los grupos de odio empiezan a cobrar fuerza. Las consignas empiezan a repetirse hasta el punto de que muchos las están viendo ya como normales. La guerra de sexos, orquestada por vete a saber quién, está funcionando del modo más eficiente posible.
Y yo sigo preguntándome quién se está beneficiando realmente de todo esto.


Si este tipo de cosas os resultan "graciosas" o "feministas", revisad vuestras creencias.


Ante esto, yo veo que tenemos solo un par de opciones: podemos seguir manteniendo la cabeza bien fría y tener muy claro que el feminismo no es lo mismo que el hembrismo. Que el hembrismo, insisto, existe, se organiza y gana adeptos. Que además, está dejando la lucha por la igualdad de género a la altura del betún. Podemos seguir luchando por mantenernos donde estamos, concienciados y consecuentes, sabiendo que hay que seguir paso a paso, poco a poco, avanzando por un futuro que merezca la pena.
Pero también podemos tomar una vía más rápida, más seductora. Podemos tomar esa vía del odio y la rabia que creemos justificada. Podemos excluir al género masculino de nuestra lucha por un mundo mejor. Podemos demonizarlo, automarginarnos y crearnos un Olimpo donde nos creemos la cúspide de la raza humana. Podemos manifestar nuestro odio día sí y día también, y podemos incluso echar la culpa de todas y cada una de nuestras miserias al sexo que consideramos el incorrecto. Podemos llevar la guerra un paso más, y encima ir por ahí diciendo que estamos haciendo lo correcto. Que es la respuesta ante años de abusos, aunque eso sea culpar a gente que, hoy por hoy, no es responsable de lo que hicieron sus antepasados.

La elección es nuestra pero, como siempre, habrá que ser conscientes de las consecuencias. Si el futuro que creamos acaba siendo un auténtico atraso, con la vuelta a la educación no mixta, con negocios y locales solo para hombres o para mujeres; si la sociedad que acabamos consiguiendo es una sociedad sin entendimiento entre géneros y donde las mujeres temen a los hombres, o bien los hombres ni siquiera van a saber cómo tratar a las mujeres, no echemos la culpa a un sistema tiránico y opresor.
Lo habremos conseguido entre todos.