jueves, 30 de agosto de 2012

Escupiendo Rabia- La Liga de la Justicia de España



Se suele decir que dentro de cada español hay un capataz de obra, un entrenador de fútbol y un juez.
Con respecto a este último asunto, no hay más que ver las noticias de los últimos años y, más que un dicho que pueda ser más o menos anecdótico, resulta que nos damos de morros con la puta realidad. Tan fuerte nos arreamos que nos podemos dejar toda la caja de piños tranquilamente ante tal guantazo.

Pensemos en el caso del señor Bretón, que es el penúltimo presunto crimen convertido en un show mediático. Show y realidad, ríase usted de cosas como Los Juegos del Hambre. En este caso no tenemos un área agreste donde se envía a niños a morir en directo, ni falta que nos hace: coja usted cualquier crimen real y haga un seguimiento mediático a diario para garantizarse un público interesado, nada más.
¿Estoy diciendo con esto que las noticias sobre crímenes deberían desaparecer? En absoluto; suelo ser partidario de que la información debe ser veraz y sin omisiones. Lo que sucede, sucede, y está bien que sepamos en qué mundo vivimos.

A lo que vengo a referirme es en esa tendencia que tenemos en esta sociedad de simios con camisetas a convertirlo todo en un puto culebrón. A acusar con el dedo a gente que todavía no ha sido juzgada y cuyo caso todavía está pendiente de una investigación.
Gracias a lindezas como esta, donde la ignorancia y la rabia popular (a menudo disfrazadas bajo términos tan molones "libertad de expresión", "democracia" o "sabiduría popular". Es curioso lo contradictoria que me resulta esta última palabra a cada día que pasa) se convierten en una especie de derecho que todo españolito de a pie considera que tiene. Se comete un crimen y el pueblo lo único que necesita es un culpable, da igual quién: bien puede ser un sospechoso, o incluso un inocente, no pasa nada. Lo que mola aquí es señalar con el dedo, levantar la picota en la plaza del pueblo y organizar un linchamiento, que es lo que nos pone la picha gorda, qué cojones.

"¡Ahí está el hijoputa! ¡A por él!"
"Eh, pero... ¿Qué ha hecho?"
"Creemos que ha mangado el cambio de la máquina de café"
"Um, esa parece una acusación grave, ¿estáis seguros?"
"¿Y qué más da? Alguien lo ha hecho y nuestra intuición nos dice que ha sido él, así que... ¡A POR EEEEELLLL!"


Con el caso del señor Bretón ha sido más o menos eso: que el caballero en cuestión resulta un personaje, como poco, contradictorio, frío y calculador puede suponer más o menos un indicio de que PODRÍA haber cometido un asesinato (siempre en el supuesto de que se demuestre de que los huesos encontrados en su finca pertenezcan a niños, cosa que todavía no se ha aclarado de un modo oficial y fehaciente). Yo mismo puedo pensar que es sospechoso o, como poco, que no termina de cuadrarme su historia.
De eso a declararlo culpable por encima de lo que diga nuestro sistema judicial, poner pintadas en su casa y amenazar físicamente a sus padres (los cuales tampoco se ha demostrado que sean culpables) hay un puto mundo.
Tenemos que la sabiduría popular ya ha dictado sentencia y ha declarado al principal sospechoso como culpable; no ahora, sino hace meses. Tú escuchabas el caso en las noticias y, como hubiera alguien cerca, lo primero que te decía es "Ha sido el padre", acompañado de un "Pues yo le pegaba dos tiros".
Con dos cojones.
Sin investigación.
Sin preguntar a nadie.
Sin plantearse cualquier otra hipótesis.
Se dicta sentencia y se ejecuta con pena de muerte.
Y luego decimos que los americanos son unos putos bárbaros por hacer lo mismo. Es para mirarnos en el espejo y darnos cuenta de que, como seres humanos, no somos mucho mejores. Como suelo decir, todo lo más, somos más hipócritas, lo cual ya manda cojones si vemos con quiénes nos estoy comparando.

Ya he comentado más de una vez que España es el país de la picota y del linchamiento popular, donde no es necesario hallar pruebas de un crimen o donde el pueblo, en su afán democrático de "como lo decimos muchos, tenemos razón" hace su juicio paralelo sin vergüenza alguna y dicta sentencia: de ahí que el pueblo llano (a diferencia, curiosamente, del pueblo estadounidense, mire usted por donde) tenemos una bestial tendencia a pensar que nuestro sistema judicial es una puta mierda que hay que saltarse a la torera cada vez que nos salga de los huevos. Si hay que juzgar a un tío, a tomar por culo: nos vamos todos a la puerta del juzgado y, si la escolta policial se despista, cogemos y lo matamos.
Curioso eso de matar a un asesino, pensando que tenemos una dispensa moral por encima del bien y del mal. Que si matamos a un asesino a hostia limpia (que es lo que pasaría si la Policía se despistase, siendo honestos y hablando con el corazón en la mano), somos menos asesinos.
A eso es a lo que llamamos "justicia".

Aquí, la Liga de la Justicia de América. De izquierda a derecha, tenemos a Green Lantern, cuyo anillo de poder le permite crear lo que quiera; Flash, que puede moverse hasta la velocidad de la luz. Superman, que es invulnerable, superfuerte, super-rápido, tiene los sentidos super desarrollados, vuela y lanza rayos láser por los ojos; Batman, que es el mejor detective del mundo y además tiene mil cacharros chulos; Wonder Woman, la reina de las Amazonas, que combina los atributos de varios dioses griegos. Aquaman, que puede comunicarse con cualquier criatura marina, aparte de ser excepcionalmente fuerte y por último, el Detective Marciano, que es telépata y multiforme.
Todavía me pregunto por qué en un grupo tan variopinto a nadie le ha dado por incluir a un español. A cualquiera, da igual. Con su poder de reconocer a los culpables con sólo su intuición, fijo que el grupo lo tendría tela de fácil.


Pues no, señores. La justicia, por mucho que le joda a más de uno, consiste en que todo el mundo tenga derecho a defenderse, sea culpable o no. Para eso están los tribunales que, basándose en las PRUEBAS palpables de una investigación, debe actuar en consecuencia. Nada de intuición ni putas hostias. Nada de "Por mis huevos que ese tío es el culpable", como dice mucha gente.
Argumentos de Neanderthal.
Porque puede que el tío sea culpable... pero ¿y si no lo fuese? ¿Y si se demostrase, tal y como enseña nuestro sistema de derechos de los procesados ("toda persona es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad", y no viceversa) que tal persona no ha cometido un crimen? ¿Es más, y si no ha habido crimen y es un secuestro? Porque una cosa es lo que CREAMOS y otra lo que REALMENTE ha sucedido, de lo cual no tenemos ni puta idea... porque, coño, NO hemos participado en la investigación. Más de la mitad del puto país (yo incluido, con lo cual no puedo afirmar ni negar la culpabilidad de este pavo) no ha tenido acceso al expediente ni a los informes de la Policía. ¿Qué coño pasa, que ahora somos todos omniscientes y, en nuestro Poder Divino, ya sabemos distinguir al cien por cien a los inocentes de los asesinos?
Mis putos cojones.

Si tan sabios sois, decidme en qué coño estabais pensando cuando lanzasteis a los perros a una mujer como Dolores Vázquez, imputada por el asesinato de Rocío Wanninkhopf (perdón si no escribo bien el apellido, siempre me resultó muy complicado escribirlo). La opinión pública la crucificó, la sodomizó y le lanzó toda clase de hortalizas podridas. Muchos quisieron verla muerta. La prensa, desde el momento en que fue imputada (sin pruebas, tócate los huevos), ya la llamaba "asesina" y "culpable".
Y el adn, algún tiempo después, demostró que la mujer era totalmente inocente. El asesino resultó ser un ciudadano británico afincado en nuestras tierras, que ya tenía antecedentes en su país natal. Hasta que no mandó al otro barrio a otra pobre criatura, el personal ya había dictado sentencia antes de que el jurado (popular, casualmente), determinó que la señora Vázquez debía ir a la cárcel.
Como tres años en que la vida de esta mujer fue totalmente arruinada, a causa de la presión mediática y a cargo de un puñado de ignorantes que no tuvieron ni puta idea de la responsabilidad que tenían entre manos.
Insisto: si el verdadero asesino no llega a cargarse a otra criatura, una persona habría pasado un montón de años en la cárcel siendo inocente.
Y al salir, la hubieran escupido a la cara. La habrían llamado monstruo. Todo porque se había peleado en su día con la madre de la primera muchacha.
Llamadme paranoico, pero a veces pienso que la colgaron públicamente debido a su orientación sexual.

Luego se nos llena la boca diciendo lo tolerantes que somos y lo abierta que tenemos la mente.
Sin embargo, cuando se planteó a la señora Vázquez como posible sospechosa, lo primero que se mencionó fue su orientación sexual, como si fuera un puto asunto público.
Y de ahí, a ahorcarla.
Me extraña que nadie dijese abiertamente que cuando un homosexual se cobra venganza, es peor que un hetero. Habría dejado clara nuestra mentalidad medieval sin tapujos.


Y de esto no sólo tiene la culpa el pueblo llano y su sabiduría de anormales de tercera, no. La prensa es la que se dedica a hacer caja con esto, y si luego la mujer es inocente, no pasa nada: se pide perdón y mañana nos buscamos otro hijoputa al que joder la vida hasta que se ahorque.
¿Que exagero? Entonces hablemos del caso de ese chico que, hace unos años, lleva a la hija de su novia a un parque. La hija, literalmente, se despotorra desde un columpio; el chico la lleva a urgencias donde, gracias a un informe apresurado, se dictamina que le ha estado metiendo el pito. Ese chico, sin más pruebas ni investigaciones, es llevado de cabeza a disposición judicial. Se le encierra. Su caso sale en todas las noticias. El pueblo se traga lo que le echen y le señala con el dedo. Pide su muerte. Se cagan en su puta madre. En la cárcel, intenta suicidarse; coño, no es para menos, cuando ves que tu vida ha sido arruinada por algo que no has cometido y que eso no hay Dios que lo arregle.
Luego se demuestra que el chico es inocente, pero al pueblo eso se la soba: necesitan un culpable al que señalar con el dedo. Alguien a quien lanzarle piedras, haya cometido realmente un crimen o no. Porque total, nuestros "pálpitos" aquí son más importantes que lo que se dictamine tras una investigación; y si la investigación falla, a tomar por culo: nos seguimos quedando con el veredicto que nos molaba, que es el que nos permitía cagarnos en los muertos de alguien, con esa prebenda moral que nos confiere eso de "actuar por la justicia".

Volviendo al caso de Bretón, esto no ha sido diferente. En la fecha en que escribo estas líneas, no ha salido todavía la decisión judicial: todavía no hay nada que demuestre oficialmente que ese tío es culpable o inocente. De hecho, todavía no está claro que haya sido un asesinato, porque tenemos que hay gente (supuestos expertos) que han atestiguado que los huesos que han visto son de niños... mirando una puta fotocopia en blanco y negro. Todavía se ve que hay algunos datos que confirmar, pero... ¿qué ha hecho la prensa?
Preparar un programa especial en horario de máxima audiencia, donde un montón de fulanos se dedican a especular sobre lo que puede o no haber pasado, pero siempre desde la óptica de que los críos están muertos y de que es el padre quien se los ha cargado.
Cojones, que tiene que venir el responsable de la Policía, poniendo orden entre tanto ladrido y tanta hipótesis de cafetería y decirle a los putos genios que se pasan casi dos horas y media berreando como unos energúmenos que se esperen de una puta vez a que haya un informe que resulte concluyente.
Hasta entonces, a nadie parece habérsele ocurrido la idea de asegurarse fehacientemente de que se está acusando a la persona correcta.

"Y en el programa de hoy, traeremos a todo un pueblo para que nos cuente cómo se siente después de que hayan matado salvajemente a tres chicas que viven ahí. Tenemos también el testimonio de los padres, para que nos cuenten en exclusiva cómo se acaban de tomar la noticia"
¿Os parece exagerado? Pues esto se hizo a principios de los noventa, a manos de una señora que se hacía llamar periodista.


Ante eso, yo ya digo lo de siempre: a la mierda entonces los juzgados. Que la Sabiduría Popular decida a quién colgar, que sea la tele la que nos ponga por delante a nuestras víctimas (ved los casos de asesinatos de mujeres, donde antes de que se sepa qué coño ha pasado, ya se acusa directamente al marido-exmarido-pareja-expareja y se le añade un "presuntamente" para que no cante. Pero el tío ya está acusado, culpable o no) y nosotros seremos felices. Como somos seres omniscientes y lo sabemos todo, lo vemos todo, y controlamos todas y cada una de las variables del tema, no necesitamos pruebas, no necesitamos investigar ni preguntar nada a nadie. En cuanto damos con un culpable, le damos matarile. A él y a su familia, sean cómplices o no; eso también nos importa tres cojones averiguarlo... porque resulta que para que haya justicia no es necesaria la verdad. Lo único que necesitamos es que alguien pague por lo que se ha hecho. Y lo peor de todo es que con estos casos, y otros más (pongo el del señor que pasó DIEZ años en la cárcel acusado de violación SOLO por parecerse a un violador), no nos importa que el que pague sea el culpable.
Pues nada, lo próximo, en nuestro democrático estado de derecho a ser unos subnormales integrales, lo próximo es rescatar las horcas y devolver el arte del linchamiento popular a nuestras vidas. Disolvemos la Policía, que son todos unos hijos de puta que nada más que valen para poner multas y cortarnos el rollo en el botellón y vamos todos por ahí con la plaquita de sheriff colgando en el pecho e impartiendo justicia por nuestra cuenta.
Porque si nosotros tenemos razón, ya podemos apalear, crucificar, vejar públicamente e incluso matar a cates a un señor que CREEMOS que es culpable.

Ahí, a lo Juez Dredd.
"Yo soy la ley".


Y es así como nos justificamos ante tal muestra de barbarismo: el que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón. El que mata a un asesino es una buena persona. "Como tengo razón, estoy por encima del bien y del mal. Ya puedo hacer lo que me salga de los cojones".
Pero lo que nadie piensa es que, con actitudes como esa, podemos molar que te cagas. Podemos ser lo más rompedor de cara a la galería y puede que hasta alguna churri se baje las bragas muerta de gusto, pensando que somos lo más duro desde Chuck Norris... pero lo que nadie parece pensar es que precisamente ese rollito de linchador, revolucionario, guerrillero y todo lo demás, lo que hace es devolvernos a la puta Edad Media, donde el ser humano tenía muy poquitos derechos (sí, esos mismos por los que todos berreamos a voz en pecho hoy en día) y la vida valía poco más que nada.
Es curioso como esos mismos que hablan del derecho que tenemos todos a tal y a cual se contradicen a sí mismos cuando se dedican a pedir justicia para según qué casos. La Justicia, amigos, tal y como la entendemos, debe ser ciega e imparcial. No es perfecta y comete muchos errores que deben ser subsanados (los errores judiciales también existen)... pero lo que no se puede hacer, lo que no se DEBE hacer es mearse sobre ella. Corromperla. Convertirla en una puta parodia de sí misma y dedicarnos a eso del "Ojo por Ojo, Diente Por Diente" que tan a menudo exponemos como ejemplo de un sistema obsoleto.
Porque, con nuestros puños en alto, con nuestros ladrillos en ristre y nuestros gritos acusadores, lo que estamos haciendo es precisamente volver a esas épocas oscuras y bárbaras.
Es, precisamente, viendo este tipo de actitudes como la que tenemos, cuando pienso que igual no hemos evolucionado tanto como presumimos...

domingo, 26 de agosto de 2012

Escupiendo Rabia: Para gustos, mis putos cojones



Corren malos tiempos para las Artes, especialmente para aquellas Artes Narrativas, donde el objetivo (o al menos, uno de los más fundamentales) consiste en contar una historia. Y es que vivimos en una época de consumo rápido y comercialización a lo bestia, donde el objeto artístico se convierte en un objeto de consumo más, diseñado y manufacturado para ser engullido y cagado a la mayor brevedad posible. Compra, come, caga y vuelve a comprar.
El dominio de la pasta por encima del arte.
Y el dominio de las prisas y la mala praxis por encima del trabajo y el esfuerzo.

La literatura en caso alguno resulta una excepción. Al igual que el cine, se está viendo contaminada de esa extraña filosofía basada en la tiranía del entretenimiento, por encima de cualquier otra cosa: ahora lo que nos importa es que nos entretengan, pero en detrimento de todo lo demás. Ya ha dejado de importar que una historia tenga errores de facto, lagunas o simplemente incoherencias del tamaño de los atributos de un actor porno.
"Es que me entretiene" se ha convertido en un lema de vida, que viene a resumir todo un sistema de creencias: lee y observa, pero no pienses. Asume todo lo que te ponen por delante, no te lo cuestiones en ningún momento. Come de lo que te echen, que tú has venido única y exclusivamente a evadirte.
Jamás uses el cerebro, que no sirve para nada.

Como escritor, o mejor dicho, como intento de escritor, pero que se queda en cagamandurrias aficionado de decimoquinta fila, no puedo mostrar más mi repulsa ante este tipo de actitud. Entendedme, soy el primero en decir que no todo lo artísitico debe ser obligatoriamente sesudo, y que a veces hay obras dotadas de una calidad artística excelsa que lo único que producen en el receptor es toda una sinfonía de bostezos. El objetivo de este post es precisamente esa tendencia a la polarización, donde ves que toda la gente que ataca lo mismo que he expuesto un par de líneas más arriba defiende a capa y espada su opuesto más brutal, donde ya no sólo la calidad artística brilla por su ausencia, sino donde el autor insulta la inteligencia del receptor de las formas más flagrantes.
Eso, como cagamandurrias aficionado de decimoquinta fila que soy, pero que por lo menos se esfuerza en repasar sus propios escritos e intentar blindar sus guiones para evitar contradicciones y lagunas, es lo que me pone enfermo. Porque sé lo realmente jodido que es estar atento a todos y cada uno de los detalles que se te pueden escapar a la hora de concebir una historia. Porque soy perfectamente consciente de lo terriblemente complicado que es dotar a un personaje de ese aliento que lo convierte en algo real y no en una suma de arquetipos cutres (chuloplayas, tía buena, malo malísimo) y convertirlo en una criatura ficticia, pero no inverosímil.

Llamadme purista, pero estoy hasta los cojones ya de frasecitas aprendidas en jueves como "Es que es ficción", como dando por supuesto de que una historia, por el mero hecho de no ser real, ya cuenta con carta blanca para soplarte un puñado de idioteces que no hay un Dios que se trague.
Me cansa enormemente que un puñado de gañanes engañen a los lectores y espectadores con productos de ínfima calidad, mal terminados y pretenciosos: novelas narradas con torpeza, con efectos tan simplones como un Deus Ex Machina que te resuelve doscientas páginas de historia en tan sólo dos párrafos. Novelas sin una puñetera subtrama, que van echando hostias hacia un final atropellado, donde el "Corre, corre, vamos vamos, que llegamos tarde" se convierten en el principal motor de historias que, una vez resueltas, no cuentan ni con un triste epílogo. El malo muere. Fin. A tomar por culo, y hasta otra, familia.

En la Antigüedad, algunas obras se resolvían con la aparición de un dios que, surgido de entre los bastidores (la Machina)  resolvía toda la trama de un plumazo.
Hoy en día esto se considera como el súmun de la torpeza narrativa, donde el autor  (a menudo improvisando de un modo cutre y salchichero) se saca a un personaje de la manga nunca visto hasta entonces y que finiquita la situación, a falta de encontrar algo más elaborado.


Me empieza a repatear soberanamente los higadillos cuando dices que una novela puede dar más de sí, principalmente porque resulta atropellada, escrita con prisas, no ha sido revisada y cuenta con más tópicos que un culebrón venezolano, siempre haya alguien que te diga "Entretiene, por tanto es buena".
Puede que a más de uno le entretenga el blockbuster de turno, donde cualquier error argumental queda perfectamente ajustado con el primer plano de Megan Fox o con una explosión cargada de meneos de cámara donde no ves una puta mierda.
Para muchos, calidad es sinónimo de buenos efectos especiales y yo me lo tengo que tragar por cojones. Porque si no, da la puta casualidad de que uno es un gafapastas, un purista o un tío que no tiene ni puta idea de cine.
Con dos cojones.

Puede que yo no tenga ni puta idea y que me haya pasado unos pocos de años perdiendo el tiempo en la universidad, estudiando técnicas de narración, tanto literaria como las distintas adaptaciones cinematográficas de los grandes clásicos. Es posible que sea un ignorante por buscar que un medio narrativo me cuente una puta historia. Iluso de mí.
Puede que escupa veneno injustificadamente cuando digo que estoy HARTO de la cantidad de estafas argumentales que se cometen año tras año en nuestras salas de cine y en nuestras librerías. Puede que se me inflame la punta del nabo al ver como un tío recibe alabanzas por soplarte un final tan inesperado como absurdo y me tenga que tragar que un puñado de gente me diga que soy demasiado exigente cuando no haya flipado ante un final "que no me esperaba".
Joder, si Terminator hubiese terminado con el T-800 destruido gracias a que Sarah Connor empieza a peerse en su boca hasta reventarle la cabeza tampoco me lo habría esperado. Y como final, estoy seguro de que muchos se habrían llevado las manos a la cabeza.
Si Luke Skywalker al final de El Retorno del Jedi hubiese resultado despertar en una cama de hospital y descubrir que toda la trilogía de Star Wars había sido el sueño de un chaval que acababa de tener un accidente de coche, puede que al mundo entero le hubiese parecido una puta mierda.
Sin embargo, habría sido un final inesperado.
No confundamos "inesperado" con "calidad", por favor. No caigamos en esa falacia.

"Pues no, no me esperaba que la chica que huía del asesino y el asesino en realidad eran la misma persona. Básicamente porque me he pegado media película viendo a los dos a la vez en sitios diferentes".


Y es que ahora el consumo rápido se nota, amigos Distópicos: en muchos casos, lo que se llevan son los guapitos a lo Beverly Hills 90210, pero que en el fondo son más planos que su puta madre. Profundidad psicológica, poquita; tan sólo un simplista conflicto emocional con el que lloriqueen un poco y a tomar por culo. El resto consiste básicamente en el culto al cuerpo. La alabanza de lo físico y el babeo adolescente. Algo así como pillarte un disco de Justin Bieber, pero con unas ciento y pico de páginas de descripciones.
Convertir la literatura en despliegue hormonal, y ya está.
Y no, no os rasguéis las vestiduras, que no digo que esto no se haga: lo que digo es que la literatura ha sido, es y debería seguir siendo la confluencia entre dos elementos -forma y contenido-. El uso de uno en función de la desaparición del otro lleva a la estafa más absoluta. Es lo que me gusta llamar la "metáfora del Chupa-Chups", consistente en contentarse con chupar la carcasa del caramelo y tirarlo a la basura cuando te aburres... pero jamás llegar a catar el chicle. Si encima, en lugar de esa cubierta de caramelo, lo que nos plantan es un poco de agua congelada, lo que tenemos es una cosa sosa, carente de chicha y contenido. A la clásica cagada que puede ser un puto pelotazo en cuanto sale, pero a la que el tiempo pasa por encima en cuestión de unos pocos años. Al equivalente de ver una película que no tiene ni pies ni cabeza, pero que te lo arregla todo con dos explosiones. Habrá quien se contente con eso, pero desde luego que yo no.

Esto es la cultura pop, donde vivimos como termitas, consumiendo a toda velocidad y olvidándonos de las historias una vez las hemos (medio) digerido. Atrás han quedado esas historias que perviven por siempre, esos personajes que marcan un antes y un después en tu vida porque tienen un carisma que hacen que te cagues en los pantalones. Ahora el carisma es la tía buena de shorts ajustados o el tío sacado de una revista de moda y pasado oscuro... pero que no pasa de ser un llorica que intenta dar pena a su público para caer bien.
Hemos vuelto a los arquetipos más básicos, donde el héroe es superchulo, pega tiros como nadie y nunca falla el tiro. Al lado tiene una pava de tetas gigantescas que se hace la estrecha, pero a la que el héroe se acaba cepillando en un momento dado... porque para eso es el héroe. Tenemos el típico secundario gilipollas que acaba palmando brutalmente, porque si no el público no podría aceptarlo. Los malos son muy malos, carentes de cualquier ápice de humanidad. Fanáticos religiosos (que es lo que mola atacar hoy en día, como estandartes de las Fuerzas del Mal), chulos de playa que solo se diferencian del protagonista en que son más feos y algo más bordes con las tías o soldaditos de plomo que lo solucionan todo a tiros o a hostias. En definitiva, personajes monodimensionales que cuentan, como única baza para caernos simpáticos, algún chistecito malo de vez en cuando, para que veamos que el personaje tiene un lado "guai" y no es tan borde como otras veces.
Guau, qué despliegue de ingenio.

"Yo elijo bien mis papeles. Cuando hay algún error argumental en el guión, el director saca un plano de mi culo y asunto solucionado".
Gracias, Megan. Sabíamos que tú ibas a salvar el séptimo arte.


Y resulta que estas novelas y estas películas, como se venden, ya cuentan con "calidad", oiga. Y yo no es que me lo tenga que creer, sino que encima tengo que reconocerlo. Por huevos.
"Si se vende es porque es bueno".
Curioso el hecho de que estos mismos que usan este argumento como estandarte de sus creencias sean los mismos que dicen que la música de Pitbull, Bisbal o Justin Bieber es una santísima mierda. Qué casualidad, porque estos tres han sido desde sus orígenes unos putos récords de ventas. Resulta que la música comercial es una mierda por definición, pero los pelotazos en cine y literatura no se rigen por el mismo baremo.
Coherencia al poder.

Ahora todo es cool, políticamente correcto. Mola eso de mostrar la naturaleza oscura del ser humano, pero sin pasarse, que se crea polémica y te comes una denuncia de alguien que se ha rasgado las vestiduras al presenciar la "barbarie". A la que te despistas, te sale algún gilipollas diciendo que una novela puede ser un mal ejemplo para los chavales y exige su retirada de las tiendas. Por tanto, todo lo que sale hoy en día tiene que pasar por el sello implícito de la censura. Todo debe sonar chulipiruli, lo que coarta la creatividad del autor y, por consiguiente, la calidad general de la literatura.
Pero el público, en su Santa Sabiduría, lo demanda así. En lugar de no comprar una novela que no le gusta, obliga por cojones a que todo lo que se publique tenga que ir revestido de ese rollito santurrón que tanto se lleva ahora.
Partiendo de ese hecho, podéis decir que yo podría hacer lo mismo y no comprar ese tipo de novelas... pero pensad en la tiranía de la masa: pensad en que esa actitud ejerce una presión tan grande que hoy en día  o compras literatura de hace décadas (crucemos los dedos por las reediciones) o te jodes, porque ya no se está publicando prácticamente nada en que le estén echando huevos hoy en día. Pensadlo: si hoy en día saliera un nuevo Poe o una respuesta a Jack Ketchum en nuestro país, se comería los mocos porque pasarían de él como de la mierda.
Y eso resulta que nos tiene que gustar. Los que buscamos algo que no sea lo de siempre tenemos que agachar la cabeza y tragarnos lo de siempre porque un puñado de gente ha decidido que eso es lo que tiene calidad. Que eso es lo que quiero yo. Por tanto, me puedo ir olvidando de buscar cualquier cosa que se salga del tiesto, porque me van a dar por culo.

"¿Hola? ¿Es aquí la sección de ficción no mainstream?"


No es de extrañar, por tanto, la tiranía de los géneros. No digo que esté mal que un género se ponga de moda, porque ha venido sucediendo desde la noche de los tiempos. Lo que me jode, lo que me repatea los cojones de una manera que ni os imaginais, es esa falta de criterio, donde el género de moda es lo único que importa: escribe una puta mierda, sin revisar, pasándote por el forro de los huevos cualquier estructura narrativa; escribe con  constantes faltas de ortografía, sin saber montar una frase de modo decente. No te documentes para nada, que no hace falta. Sóplate una historia cargada de tópicos, simplona hasta decir "basta". Cuenta cosas predecibles, atropelladas, méate en los clásicos adaptándolos y pervirtiéndolos hasta que parezcan una puta ridiculez. No pasa nada. El editor será capaz de aceptar tu manuscrito y publicarlo porque el género de tu historia está de moda. Mientras haya carnaza que soltar a la masa no importa lo podrida que esté.
No importa que esto haga decaer la calidad de la industria día tras día, porque total, "es lo que el público quiere".

Y gracias a ello es como surgen ciertas generaciones de escritores que no han leído un libro en su puta vida, que entran a saco pensando que van a revolucionar la literatura con ideas que llevan pululando por nuestra historia décadas (o siglos, incluso). Es el triunfo de la ignorancia aplicado a las letras, donde resulta que si tal o cual publica siendo más malo que un dolor, ese tío automáticamente es "bueno".
Porque, según esta falacia, publican solo los buenos.
Y una leche.
Ya se ha demostrado que para publicar y para ser un superventas, (y que conste que esto me duele bastante admitirlo), el baremo de calidad ha dejado de ser importante. Es incluso superfluo, si os digo: en un mundo de mercado a lo bestia, donde todo es cada vez más agresivo y absurdo, el que publica básicamente lo hace gracias a que un editor cree que el producto va a conectar con el público; no por bueno, sino por cuestiones de marketing: por ejemplo, lo que hemos visto ya de la temática de moda.
En el caso de las ventas, pasa como con Pitbull y compañía: todo depende de la promoción y la publicidad de la que se rodee el producto. Ken Follet un buen día puede escribir una novela parida mientras cagaba en casa, donde cuenta cómo un chimpancé se la menea leyendo un Playboy que será un best-seller siempre y cuando esa novela lleve la misma promoción detrás que Los Pilares de la Tierra. Puede que no nos guste, pero esto es así, por lo que todo argumento que vengan a soltarme acerca de "si es bueno se vende" es algo que provoca en mi mente la más sonora de las pedorretas.

Las Aventuras del Mono que Caga, de Ken Folllet.
Éxito.
Por cojones.


Que conste que con esto, insisto, no me considero mejor escritor que muchos de los que se menean por este mundillo de víboras y demás criaturas insidiosas. Nada más lejos de la realidad. Lo que vengo a decir es que yo tengo muy claro que no voy a revolucionar una puta mierda; quizás porque no me molesta admitir que tengo influencias y que estoy en un proceso de aprendizaje constante, llevándome más hostias que Jake LaMotta a lo largo de éste. Yo no he nacido siendo ningún maestro ni tengo la intención de ello. Mis historias pueden ser mejores o peores, pero sé que muchos las pueden superar y que no voy a ser una estrella difícilmente igualable en una década o dos. Ni siquiera sé si ese es un objetivo deseable; prefiero currar, repasar, reescribir y sobre todo divertirme cuando escribo. Puede que publique algún día, puede que mis escritos acaben en la estantería de mi casa y yo mismo acabe siendo mi lector más fiel. Eso no me convertirá en inferior a muchos que ya están firmando libros... pero tampoco me hará superior a otros que también están partiéndose los cuernos por contar una historia decente.

Si hay algo que creo que puede diferenciarme de muchos de esos que van por la vida diciendo "Eh, soy escritor" es quizás mi tendencia a pensar que hay ciertas profesiones que no puedes atribuirte (artista, héroe), sino que son otros quienes deben hacerlo. A menudo incluso después de que hayas dejado este mundo, como reconocimiento o título honorífico. Si hay algo con lo que no me identifico con muchos de mis compañeros de profesión (o de afición, mejor dicho) es que yo al menos intento tener la conciencia tranquila y procuro no estafar a nadie cuando escribo una historia. No intento salir del paso ni improviso más de lo necesario. Porque si algún día alguien tiene que pagar por alguna de mis -ejem- llamémoslas "historias", quiero que ese alguien tenga la impresión de que el dinero que ha pagado (y del cual yo vería una mierda) le haya merecido la pena hasta el último céntimo.
¿Lo conseguiré? Pues sinceramente, no lo sé; de momento me contento con eso, con seguir manteniendo mis proyectos y agradeciendo la suerte de contar con colegas que no me chupan el culo con cada chorrada que escribo y que me dicen "Esto lo puedes hacer mejor".
Seguir currando.
Seguir revisando.
Corrigiendo.
Peleando.
Lo demás, ya no está en mi mano.

Y oye, si alguien me dice que lo que he escrito es una puta mierda o lo defiende a capa y espada, lo que sí me gustaría es que lo argumentase. Que dijese por qué algo es bueno o malo, poniendo ejemplos, explicando qué se puede mejorar y cómo.
Porque a mí lo del "Es que yo tengo mi opinión" y lo de "Para gustos los colores" me resulta vacío y sin sentido. La frase de marras que suelta el que no sabe defender una idea. La defensa del ignorante.
Para gustos, mis putos cojones.

sábado, 11 de agosto de 2012

Spanish Bizarro- Una historia de mierda



Decía Paulo Coelho que cuando deseas algo, el Universo entero conspira para que lo consigas.

Lo siento, Paulo, pero no estoy para nada de acuerdo; para mí, desees algo o no, el Universo entero y parte del extranjero conspiran para joderte. La prueba de ello tuvo lugar en mis propias carnes hará cosa de unas semanas.

Pese a lo antisocial que le pueda parecer a más de uno, lo cierto es que no hay nada que me guste más que echar un buen rato con algún amigo. Nada especial, tan sólo irte a un bar (de ambientación irlandesa, algo que me encanta), tomarte algo y ponerse mutuamente de ese sinfín de aventuras y (especialmente) desventuras en las que se han convertido nuestras vidas. Que si esta semana cobraré la mitad, que si este finde ando más liado que la pata de un romano, etcétera.

Como la cosa no está para derrochar, pues oye, se conforma uno con tomarse un refresco, un bocata y hala, a casa más felices que una perdiz: total, una vez más nos hemos descojonado de la risa, hemos planeado dominar el mundo y le hemos hecho la radiografía a alguna criatura de buen ver (a la que igual contratamos como concubina para nuestro harén personal el día que dominemos el planeta) que se nos ha cruzado por el ángulo visual. Lo que hace la gente normal cuando sale a tomarse algo.

Lo bueno de mi ciudad es que no es una ciudad gigantesca; si tienes la suerte de vivir en un sitio medianamente bien situado, puedes ir andando a la mayor parte de zonas en las que hay algo de vida. Un paseíto de media hora y estás en una zona de tapas. Si te mueves en la dirección contraria, llegas al centro. Aquella noche mi camarada de armas y yo habíamos decidido asaltar el primero de los destinos. Como buenos adolescentes mentales en la treintena, decidimos que lo del coche está bien, pero echarse un paseo, arreglar el mundo, mirar las obras del metro y dar de comer a las palomas es un plan que, conforme nos vamos acercando a la edad de la jubilación, se nos antoja cada vez más apetecible.
Llamadlo evolución, si queréis.

El caso es que decidimos regresar temprano a casa. Yo tenía examen al día siguiente y mi amigo tenía previstos ciertos menesteres por la mañana, que no mencionaré aquí. Otro paseo tranquilo a eso de las doce de la noche y vuelta al redil.
Tras unos quince minutos, salimos de la zona residencial donde estaba el bar irlandés y llegamos a la avenida principal. Diez minutos más hablando de cosas tan bizarras como que el cantante de los Spin Doctors forma parte de una cofradía de la Semana Santa de mi ciudad (resulta increíble, sí, pero es cierto) y llegamos a su casa. Ahí es donde nos separamos y yo pongo el camino hacia mi hogar.



Algo en este plan, pero más de noche.
Y sin caballo.


De su casa a la mía no habrá ni dos kilómetros. A pie vienen a ser unos quince minutos en línea recta, lo que hace suponer que una travesía así, además en una avenida principal, donde siempre hay trasiego de coches aun a las tantas (es lo que tiene vivir cerca de un hospital y una clínica, y tener de paso una autovía de entrada a la ciudad a pocos metros), debe ser tranquila.
Y bueno, por lo general es así.
Pero no olvidemos lo que he dicho de la cita de Paulo Coelho.

No llevaba yo ni cinco minutos caminando solo, cuando llegué a un tramo de la avenida que está prácticamente dominado por pequeños chalets adosados y casas-matas. Por allí estaba yo caminando alegremente cuando algo me arranca de mis pensamientos sobre la modelo polaca Iga Wyrwal: una señora estaba regando a la una y poco de la mañana, lo que al parecer la hizo suponer que no debía pasar nadie por la acera que había tras sus plantas.
Pues bien, ese "nadie" era yo: la muy cabrona me dio un buen repaso con el modo aspersor de su manguera. No me llegó a poner chorreando, pero sí me mojó lo suficiente como para usar la mirada "Señora, que me ha dado".
La señora debía ser familia de Clint Eastwood, porque me miró en plan "Te jodes" y siguió a lo suyo. Como hacía calor y tampoco es que me hubiese tirado un cubo por encima, me limité a seguir andando y esperar a que el agua se secase.

"Sé lo que estás pensando. Te preguntas si te he dado un chorro accidental con la poca agua que puede echar este dispensor, o me estoy reservando para ponerte como una puta sopa... pero teniendo en cuenta que tengo la mejor manguera para regar del mercado, yo tú me lo pensaría."


Unos veinte pasos más adelante, el tema del agua se convirtió en la menor de mis preocupaciones.
Y es que la fisiología humana hace cosas alucinantes, a veces.
O bien fue cosa de alguna extraña alineación de cuerpos astrales, creo que la explicación varía mucho de la creencia que tenga cada uno.
El caso es que me entraron ganas de cagar.
Y ojo, no estamos hablando de que empiecen a entrarte ganas, no.
Hablo de un apretón en toda regla, de los de "Estaba tan bien hace un segundo y ahora estoy a punto de reventar".
De cero a cien en un tiempo récord.

"No pasa nada", me digo.
No es la primera vez que, volviendo a casa, me han entrado ganas de usar un baño; justo frente por frente al hospital hay una cafetería, que he usado como "parada de postas" algunas veces, precisamente para solventar ese propósito. Solo había que seguir avanzando un par de minutos y estaría a la vista.

"¡Podemos!"


El tiempo es relativo, ya lo decía Einstein. Según él, el tiempo no transcurre igual si estás en una clase de álgebra solo o si estás con una chavala guapa a tu lado. Yo puedo dar fe de ello, no es lo mismo caminar durante dos minutos tranquilamente a hacerlo mientras tu esfinter te está dando avisos de alarma.
Con los puños apretados, llego a la cafetería.
Si no hubiese estado tan ocupado en aquellos momentos, mi culo se habría torcido al descubrir que, para variar, el local estaba cerrado a cal y canto. Y mi casa todavía andaba a unos doscientos y pico de metros.

"Que no cunda el pánico", me digo a mí mismo, ignorando que de tanto apretar los puños me estoy clavando las uñas en la palma de las manos. "Siempre me queda el chino de un poco más abajo". Porque total, de todos es sabido que es virtualmente imposible que te encuentres un restaurante chino cerrado. Además, los dueños llevan cerca de quince años conviviendo con la gente del barrio. Son ya como de la familia, así que la posibilidad de que me nieguen la entrada al cagadero es virtualmente inexistente.
Vamos allá.

Cruzo el semáforo y paso por delante del hospital. Se me antoja la idea de que podría probar a meterme por Urgencias y buscar un baño, pero ya he estado allí dentro en alguna ocasión y aquello es un laberinto. Además, la idea de dar explicaciones a la enfermera en prácticas de turno acerca de mis urgencias intestinales no me parece la mejor forma de iniciar mi primera conversación con alguien.
Cuando voy girando por la rotonda del hospital, en dirección al restaurante, veo uno de los dos kioscos situados en esa especie de plaza. La parte más incivilizada de mi mente toma nota de lo oscura que está la zona de césped ajardinado justo detrás de uno de los kioscos y de lo fácil que sería descargar ahí. Más cuando uno ya empieza a notar cómo el orificio está dilatando y que, por mucho que aprietes, la evacuación es inminente.



"Desabróchense los cinturones, que vamos".


Tan sólo unos quince metros.
Diez.
Cinco.

El Universo entero conspira para joderte.
De todos los putos restaurantes chinos de la ciudad, me tenía que tocar encontrarme uno que cierra un minuto y medio o dos antes de que llegue yo: la prueba, ver cómo los chinos del barrio conversan alegremente en su idioma, unos metros acera abajo.
Noto el peso de la criatura pugnando por salir.
Los músculos prácticamente se han rendido.
Considerando lo mucho que he criticado esa práctica de defecar en plena calle, mi coherencia y mi sentido del honor me impiden contemplar como posibilidad lo de bajarme los pantalones y descargar entre dos coches. El hecho de que estoy en mitad de una avenida y que cualquiera que pase conduciendo por ella me pueda ver despatarrado dándolo todo sirve como complemento argumental.
Solo puedo hacer una cosa: correr los casi cien metros que me separan de mi casa.

Echando hostias, subo la primera cuesta y doblo la esquina que me lleva hacia la calle donde vivo. Ante mí se abre un bonito descampado, el cual podría haber sido otro sitio para descargar, pero me mantengo en mis trece. Además, teniendo en cuenta la suerte que estoy teniendo, solo faltaría que me pusiese a cagar justo al lado del coche en que una parejita estuviese dándose mutuamente amor del bueno.

"Oye, Paco, no mires hacia tu izquierda muy descaradamente... pero me pareció haber visto un espantajo cagando"
"¡COÑO!"
"Oye, Paco..."
"¿Sí, Trini?"
"¿Tú qué parte de 'no muy descaradamente' no has pillao?"


Corro en línea recta, recordando histéricamente los sprints de mis años de instituto, cuando hacía el Test de Cooper y demás putadas sádicas a la que nos sometían en educación física. Recuerdo incluso mis años de entrenamiento en un equipo de atletismo y descubro que, pese a hacer tiempo que no me dedico a eso de las carreras urbanas, estoy en una forma cojonuda. Igual eso de atrapar autobuses casi a diario es lo que mantiene la maquinaria engrasada.
No.
No hablemos de grasa ni de máquinas. No es el momento.

Algunas semanas más tarde, vería la victoria y el récord mundial de Usain Bolt en las Olimpiadas y no pude evitar preguntarme si él estaría pasando por algo semejante...


Llego al portal y subo las escaleras. Quizás es una de las ventajas de no tener ascensor, no tienes que estar pegando saltos como un imbécil mientras esperas a que baje. Sólo hay que subir.
Una planta, dos.
Doy zancadas que ríete tú de las botas de siete leguas. A dos rellanos de mi casa, casi me he quitado ya los pantalones. Hasta la mañana siguiente, no me preguntaría qué habría pasado si me hubiese cruzado con alguien que saliese de su casa justo en ese momento.

Abro la puerta, con los músculos palpitando y chorreando de (Dios, espero que sea) sudor. Me lanzo hacia el baño; por lo visto he cerrado con un espléndido portazo. Mis oídos no se han enterado, andan más ocupados en escuchar los latidos de mi corazón, que anda desbocado.
No me siento sobre la taza del váter: aterrizo sobre ella, agradeciendo al puto Murphy que, para variar, no hubiese nadie sentado en el trono en mitad de una emergencia. De haberlo habido, el concepto "Me cago en mi puta madre" habría tomado un sentido bastante diferente al que usamos en general.
Más literal, si os digo.

Aquello no se puede llamar cagar. Es más bien reventar por abajo, como si te hubieses tragado medio kilo de caramelos Mentos y luego te hubieses zampado dos litros de Pepsi.
No voy a describir el aspecto de aquella criatura.
Sólo pensad en los Shoggoth que describía H.P. Lovecraft y os haréis una idea de lo que digo.

"Era algo horrendo e indescriptible, mayor que un vagón de metro; una congestión informe de burbujas protoplasmáticas, vagamente luminiscentes, y con millares de ojos temporales formándose y deshaciéndose como pústulas de luz verdosa..." (H.P. Lovecraft, "Las Montañas de la Locura).
Olvidaos del detalle de los ojos y lo tenéis.

Después del consiguiente estropicio, hago lo que haría cualquiera: limpiarme muy muy bien, echar los calzoncillos a lavar y tirar de la cadena. Lo normal.
Lo normal, si esa noche el Universo no se hubiera propuesto joderme.

La Criatura parece haberme cogido cariño, ya que tirar de la cadena no basta. Esa monstruosidad parece tener masa suficiente para mearse de la risa ante un simple tirón, así que hay que pasar a acciones más efectivas.
Y que conste que no soy una persona que se impresione fácilmente. En estas vicisitudes, puede decirse que soy un jodido superviviente, capaz de limpiarse el culo con el flyer de un bareto o con el cartón del papel higiénico cuando, tras haber bombardeado Oceanía en algún establecimiento público, no ha encontrado papel higiénico... pero esto, creedme, sobrepasó todas las expectativas.
El puto villano había surgido de mí mismo.

Justo en ese momento de épico enfrentamiento contra mi Monstruo Interior/Exterior, mi viejo me pregunta qué ha pasado: lo normal, si tú estás en la cama y escuchas que tu hijo entra como una puta exhalación en casa, dando un portazo dando cacharrazos salvajemente por todo el cuarto de baño.
El momento más surrealista surge cuando le respondo, y me miro a mí mismo: estoy desnudo de cintura para abajo, rellenando cubos de agua para echar por el váter mientras una masa informe de deshechos corporales perfuma la habitación con sus efluvios.

Aquello acojonaba, tíos.
ACOJONABA.


Tres cubos y un par de toques de escobilla y aquel monstruo surgido del interior de... bueno, surgido del interior de mis tripas acabó siendo engullido por las cañerías. Después de tan reñida batalla, decidí que había llegado el momento de retirarse.
Me lo había merecido.
El puto reposo del guerrero.
Cuando por fin pude llegar a la cama y acostarme, llegué a una conclusión filosófica que cambió mi forma de pensar: a veces no necesitamos un enemigo en nuestras vidas. No hay necesidad alguna de una Némesis que desee nuestro mal; en ocasiones, nuestro propio enemigo surge de nuestro interior... y cuando el enemigo es lo bastante poderoso, sabe cómo atacar cuando menos te lo esperas.
Atesorad esta enseñanza, amigos Distópicos.

Recordad esta Historia de Mierda.

martes, 7 de agosto de 2012

Escupiendo Rabia- Perder el Norte



Si bien en mi anterior post de esta sección estuve diseccionando un poco la actitud del "tolerante de mente abierta", nueva raza urbana que está empezando a esparcirse por este país, en este post toca analizar la clase de lindezas que se están dedicando estos señores a hacer en aras de la paz, la justicia y la pizza con anchoas. La última, asaltar supermercados para dar de comer a los pobres.

Con dos cojones.

Al ver estas cosas, tenemos al romántico de turno: ese señor o señora que piensa que el mundo es un lugar de blancos y negros, donde los malos se reúnen en oscuras salas para dominar el mundo mientras se ríen diciendo "buajajaja" y los buenos siempre ganan. Ese personaje inocente que piensa que un delito es menos delito si lo respalda una buena intención. O el que el delito es menos delito si hay otros arriba que hacen cosas peores.

Esa gente tiene la desfachatez de hablar de justicia y de su falta de ella.

Vamos a ver si nos vamos enterando, señoras y señores: que los de arriba son unos hijos de la grandísima puta y que se dedican a exprimirnos día sí y día también es un hecho.
También es un hecho que la gente lo está pasando mal y que la situación es cada día más difícil. Ningún problema en aceptar eso.

Lo que no me sale de mis cojones es coger y justificar un DELITO. Me da igual lo mucho que gane un Carrefour o un Mercadona, eso no hace que ROBAR sea menos DELITO. Aquí no hay ni fines ni putas hostias: el que roba se convierte en un ladrón, y la persona que sufre el asalto (cajeros, encargados, etcétera) es una trabajadora también. ¿O es que en ellos no se piensa cuando se habla de los derechos de los trabajadores? ¿Ellos sí pueden ser asaltados y los demás no?

Y es que ya estoy HARTO  de esa especie de doble rasero que los Luchadores por la Libertad aplican para sí mismos, y lo diferente que es ese baremo hacia los demás: yo puedo robar en un supermercado por la libertad y la igualdad, pero ojo, que no se les ocurra detenerme, porque la ley la han inventado los fascistas y en la Policía nada más que hay hijos de puta. Que detengan a otros pero a mí no, porque tengo derecho a hacer lo que estoy haciendo.

Lo que se viene llamando, desde la Noche de los Tiempos, La Ley del Embudo.
Para unos, el lado ancho y para otros, el estrecho.
"Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros".


Pues a mí esto me da ASCO. Puro y verdadero ASCO.
Es usar la crisis y las medidas draconianas de recorte que estamos sufriendo para involucionar, para volver al estado salvaje. Al pillaje y a la violencia.
Revestidlo con fines nobles.
Usad la palabrería que os salga de los cojones para creeros héroes e iros a casa pensando que sois unos héroes. Lo digo y lo diré siempre: un héroe es aquel que lucha por su país para mejorarlo; el que usa su cerebro, su arte o su habilidad para mejorar las cosas, para dar aliento a los oprimidos e inspirar a la gente para que el sitio donde vivimos sea mejor, o menos mierda de lo que ya es.
Un héroe es una persona responsable, no aquella que usa la política del miedo y la situación actual como excusa para hacer el salvaje. Me la suda eso de "acciones pacíficas"; no confundamos la no violencia con la heroicidad o con el buen hacer, porque eso es caer en la falacia más indignante que ha parido madre. Alguien que roba o hurta no necesariamente tiene por qué ser violento y no por ello es menos criminal. Si a alguno de vosotros os entra un caco en casa en mitad de la noche, como me pasó a mí hace algunos años, entenderéis lo que digo. Sin violencia, desde luego, pero no por ello menos dañino ni terrible. Un extorsionador también es pacífico y no por ello una gran persona. Mucho menos un héroe.

Un tío que te llama a las cinco de la mañana y se pone a describir como toca la zambomba mientras piensa en ti igual no es algo violento en sí mismo, pero no por ello tiene que ser agradable.
Ni tiene por qué gustarnos.
Joder, es que ni siquiera es legal.
Pero ¿tenemos que permitirlo porque no nos crucen la cara a guantazos?
¿Tenemos que poner buena cara acaso?


Y es que ahora lo que se lleva es justificarlo todo. Los delitos son menos delitos si hacemos apología de algo. Joder, yo me planto mañana en la tienda de cómics donde compro mi material habitual y la atraco; pues lo mismo es menos delito si, por esa regla de tres, digo que lo hago para luchar contra el abuso de las grandes editoriales y distribuidoras.
Si para protestar contra el uso de esclavos en el tercer mundo en nuestra industria textil cojo y quemo un Zara con todos los empleados dentro, igual es menos delito: eso de que mueran veinte o treinta personas tiene menos valor si digo que lo he hecho por los pobres niños de Indonesia, ¿no?

El pueblo empieza a pasar hambre.
Nos han jodido, pues claro que empieza a pasar hambre: a causa de los hijos de puta que vosotros habéis votado o que habéis contribuido a que estén ahí, bien por vuestro voto castigo, por vuestra pasividad, por vuestra puta ignorancia al no bajaros de la burra con el bipartidismo. La habéis cagado como país y, ¿ahora queréis resarciros a golpe de saqueo? ¿Es ese vuestro concepto de responsabilidad? ¿De heroísmo? ¿Es así como queréis pasar a la historia?
Os voy a decir una cosa sobre ese heroísmo y sobre esa lucha de derechos por la cual tanto cacareáis: mucha, mucha gente está en paro y llevan años intentando buscarse la vida de un modo HONRADO. No han necesitado dar sentido a sus vidas berreando consignas insertadas por vete a saber quién. A diferencia del yonki de barrio, no se han dedicado a abrir coches "porque tienen que buscarse la vida", sino que están ahí, día a día, peleando como unos putos campeones para salir adelante, ellos y sus familias. Si tienen que hurgar en la basura de los supermercados cuando estos cierran (suelo verlos con frecuencia), lo hacen, pero no se dedican ni a practicar asaltos ni a hacer el gilipollas. No hacen de su condición algo que proclamar a los cuatro vientos, ni se dedican a cagarse en los muertos de la Policía cada vez que ven a un tipo de uniforme.

Y es que hay mucha gente, a diferencia de los guerrilleros de barrio, que está harta de la manipulación de los sindicatos (como este que ha organizado el asalto, yendo de guai por la vida). Está hasta los mismísimos huevos de que un puñado de hijos de puta, que con levantar el puñito y decir que luchan por el currela, ya se sienten realizados... pero que luego son como otro partido político más, que viven chupando de subvenciones y organizando huelgas a toro pasado. Con liberados sindicales que se dan golpes de pecho en las manis, pero de los que nadie se acuerda cuando llega la nómina a final de mes y, comparando, se da uno cuenta de que el trabajador de verdad no ha cobrado el día de la manifestación y el liberado sí.
Y esos cabrones encima tienen las pelotas de ir asaltando supermercados para "ayudar al trabajador". Cometiendo delitos, enviando colegas a distraer a la Guardia Civil y, más flagrante todavía, pavoneándose de ello ante los medios, diciendo que el verdadero criminal es el gobierno y los bancos.

"Pues sí, yo ordené la muerte sin juicio de Osama, pero como soy demócrata y soy oficialmente molón, no pasa absolutamente nada. Es más, soy un puto héroe, ¿sabes?"
Genialmente explicado, Os... digo, Obama...


"Es que ellos roban más, así que si lo hago yo no pasa nada".
Esa es la actitud, sí señor. Comportarse como en un puto partido de fútbol, donde si uno no alcanza el hi-score ya lo tiene todo permitido. Como los otros son peores, lo que yo haga mola más; y si encima lo revisto de un rollito solidario (aunque en el fondo me importe una putísima mierda, o no), mejor que mejor: ya tendré toda una legión de zombis que me comerán el rabo día sí y día también. Mi nombre quedará al lado de señores tan ilustres como Pancho Villa o el Che Guevara... que no tengo ni puta idea de quiénes fueron realmente, pero mola tenerlos en la camiseta.

"Es que es por una buena causa".
Claro que sí. Y cualquier día de estos, veremos que no es suficiente para solucionar el problema; entonces, ¿qué haremos? ¿Volvemos a épocas más salvajes, donde cada uno cogía lo que quería y el único límite estaba en la fuerza? ¿Mandamos a la mierda las leyes (que, por poco que nos gusten, insisto: son lo único que nos separa del caos y la locura) y convertimos esto en el país de "hago lo que se me pone en los cojones sin rendirle cuentas a nadie"?
Decidme entonces cuánto tardaremos en volver al feudalismo. En que los más débiles, harto del pillaje de aquellos que dicen proteger al pueblo, necesiten la ayuda de otros más fuertes que los defiendan. Y decidme, entonces, en qué momento alguno de esos fuertes decidiría que la única manera de salvar al país es salvarlo de sí mismo.

Es en épocas de miedo y caos cuando ciertos sectores extremistas comienzan a cobrar poder, alimentando el odio de las masas y ganándose su lealtad a base de prometer una revolución que cambiará el mundo. Un sistema nuevo que aplaste a esta mediocridad establecida. Se hablará del poder para el pueblo, de una revolución social que nos traerá de vuelta a la gloria y a la utopía.
Os pedirán, como precio irrisorio, que sacrifiquéis vuestra individualidad y vuestro libre pensamiento, porque son lujos que no se pueden permitir en etapas de crisis. Os alimentarán con el odio a los que no quieren participar en ese sistema, animándoos a denunciar a los disidentes. Y no sentiréis ni represión ni vuestras libertades coartadas, como está sucediendo ahora, porque creeréis que esa revolución popular es lo que el país necesita.
Empezarán a vigilaros, no vaya a ser que os desmandéis o que cambiéis de opinión y no os importará, porque estaréis de acuerdo en que un sistema así debe mantenerse, pese a sacrificar vuestra intimidad y pese a que siempre sospechen de vosotros.

Orwell decía que el Gran Hermano nos vigilaba.
Nietzsche decía que nosotros hemos matado a Dios.
Creo que nosotros hemos creado al Gran Hermano.


Y llegará el punto en que apenas recordéis lo que habéis dejado atrás: veréis el mundo pasado como un lugar oscuro y tenebroso, donde todos erais prisioneros de un Sistema Diabólico que os oprimía y os hacía pasar hambre; donde absolutamente todo iba mal. En este nuevo sistema nadie podrá quejarse, nadie podrá ser infeliz.
Porque, según vosotros, cualquier revolución es válida.
Cualquier cosa que no sea lo que tenemos ahora mismo es mejor, por definición. Basta con usar palabras como solidaridad, democracia, y revestirlo todo con ideales que hacen que el siglo XXI parezca el siglo XV. Todo muy cool, todo muy futurista.
Igualitario.
Libertario.
Ecológico.
Cagalógico.

Y diréis que exagero, pero pensad en cuánta gente no está abogando ya por esto.
Cuántos no quieren una revolución al precio que sea.
Decidme cuántos no han perdido ya el norte, pensando que lo que necesitamos es hacer arder el país, liarnos a tiros y matarnos los unos a los otros, como si no hubiésemos aprendido una puta mierda de lo que pasó en el puto 36.

"¡GUERRRAAAAAAAAAAAAAAAAARRRGGHHHHH!"


Con esa tendencia creciente a la violencia por la violencia (aunque digáis que sois pacíficos), de odio a un sistema del que formáis parte (aunque lo neguéis), con esa filosofía de que el fin justifica los medios y que todo vale para alcanzar el objetivo logrado (caiga quien caiga, aunque sean inocentes); con esa armadura moral que os exime de todo pecado, toda culpa y que, no sólo os libera del crimen, sino que os convierte en héroes, ya lo tenéis todo hecho: ya no sois víctimas. Jamás habéis sido inocentes, os pongáis como os pongáis; sois contendientes en una guerra que vosotros, al poner a los bastardos que nos controlan en el poder (aunque lo neguéis), habéis provocado.
Tal vez no lo creáis, no queráis creerlo o simplemente prefiráis ignorarlo, pero vosotros sois tan responsables de esta mierda como los de arriba. La diferencia, si acaso, es que los de arriba pegan más fuerte y saben cubrirse mejor las espaldas, pero nada más.
Y ahora que no os han arreglado el país, como creíais (y como queríais), la solución es la de la pataleta. La del puteo. La de cometer delitos "por una buena causa". Si os detienen por ello, es que el sistema es de fascistas, de tiranos, de opresores.
No, vosotros jamás tenéis la culpa, pobrecitos míos.
Habéis nacido sin mácula.
Actuáis sin mácula.
Hagáis lo que hagáis, siempre podéis enarbolar vuestras banderas, levantar vuestros puños, entonar vuestros cánticos o pregonar vuestros lemas. Podéis cagaros en los muertos de los demás, acusarlos de gilipollas, subnormales o lo que os salga del culo. Podéis incluso dedicaros a ridiculizarlos, putearlos o incluso amenazarlos.
Sabéis lo que son esos actos en realidad, ¿no?
Si no lo sabéis o no os atrevéis a decirlo, no os preocupéis, que ya me encargo yo.
Símbolos, oraciones, mantras, Inquisiciones y Cruzadas. Eso es lo que son.
Sois una puta nueva religión de fanáticos, de los que creen que van a salvar el mundo.
Otros iluminados que se creen que tienen a un Dios de su parte (aunque este Dios no tenga nombre ni aparezca en ningún texto sagrado, es obvio que actuáis como el que sigue ciegamente a una entidad) y que, gracias a ello, todo acto (por delictivo o dañino que sea) queda disculpado.

"Hoy he saqueado un supermercado por la mañana. A mediodía le he pegado una paliza al cajero de un banco y he sacado tropecientos millones de la caja fuerte. Luego he estrellado un camión de estiércol en un un Pull & Bear, me he zumbado a dos de las dependientas; por la tarde le he pegado fuego a un McDonalds y por la noche he mandado al hospital a un poli de un ladrillazo en la cara.
PERO NO PASA NADA, PORQUE TENGO UNA BUENA CAUSA".


Pues bien, yo seré un radical (muchos me pueden llamar así por no lamerle la punta de la polla al Pensamiento Cool Rebeldito de Moda; sin embargo NO es radical decir sólo lo bueno de un ideal, callarse lo malo y agachar la cabeza ante tal o cual Plataforma, Movimiento, Organización u Orden de Caballería, fíjate tú) me declaro apóstata de esta religión. Yo no voy a ser otro más de los que se dediquen a arrojar piedras, acuchillar al prójimo y a amenazar a aquellos que no forman parte de "mi" movimiento. No tengo el suficiente estómago para gritar por las libertades y al mismo tiempo pisotear las de los demás. Si vosotros queréis encomendar vuestro criterio personal, vuestra opción al librepensamiento en aras de lo que os dicen los que más chillan y los que más chapitas tienen en la camiseta, adelante. Hacedlo. Uníos al rebaño y llamad borregos a los demás, que en vuestro derecho a creeros el puto ombligo del mundo estáis.
Pero lo digo una vez y las que hagan falta.
Ni se os ocurra tocarme los cojones, que ya me tenéis más que harto.

viernes, 3 de agosto de 2012

Escupiendo Rabia- Que Dios nos libre de los Tolerantes



Quizás muchos de vosotros no lo sepáis, pero yo me crié en un colegio religioso.
En contra de la creencia popular (generalmente, enarbolada y defendida por gente que ni ha visto un centro así por dentro, pero que se siente con el conocimiento omnisciente necesario para putear y poner a caldo), no viví en un antro de represión. No abusaban de nosotros. No nos daban palizas aleatorias ni nos golpeaban con reglas en los nudillos. Tampoco, como muchos gritan y berrean, tuvimos la sensación de que nos lavasen el cerebro. Sí, se tenía por costumbre rezar el Padrenuestro todas las mañanas... pero joder, seamos coherentes: si uno se mete en un bar de pescaíto frito, no pide un Big Mac. Si se mete uno a estudiar en un colegio religioso (por lo general, eso se hace por voluntad propia), esperarse cualquier otra cosa resulta a todas luces una ridiculez. Es algo tan absurdo como estudiar literatura inglesa y protestar porque te hablen de Shakespeare o meterse en un conservatorio y escuchar una pieza de Mozart.

Otra cosa es que uno se piense que rezar por las mañanas es que te laven el cerebro (por esa regla de tres, sabernos canciones de los Metallica es lavado de cerebro masivo, no hay más que ir a un concierto); por lo que a mí respecta, he tomado las creencias que he considerado oportunas, porque no todo lo que postula la religión católica es malo; menor es esa impresión cuando ves que la gente que se dedica a impartirla no muestra el fanatismo que muchos guerrilleros (siempre desde la ignorancia, porque no quieren tener un cura a menos de dos kilómetros de distancia, pero para ponerlos a caer de un burro sin conocimiento de causa, sin problemas) nos quieren hacer creer que tienen. En esto hay como todo, hay gente más beligerante, gente de mente más abierta, y luego los radicales. Mis profesores (los que eran sacerdotes, que no eran todos) podían encajar más bien en el segundo grupo. Creo que mis comentarios hacia la Iglesia en concreto(como institución, más que a la religión católica en sí) y mi tendencia a soplar hostias a todo bicho viviente sea del "bando" que sea demuestran lo "lavado" que está mi cerebro.

Por otra parte, habéis visto alguna vez críticas bastante duras hacia el sistema educativo y hacia cómo funcionaban las cosas en mi colegio. Antes de que empecéis a buscar tres pies al gato y decir que me contradigo, os aclaro que esas críticas que he vertido muchas veces en este blog las he vertido no sólo contra la educación religiosa, sino contra el sistema educativo en general (aunque muchos no os lo creáis, los centros religiosos son subvencionados y funcionan como una empresa privada, pero el temario se tiene que ceñir obligatoriamente al sistema educativo regente. Tal es el punto que los libros de unos centros y otros a veces incluso coinciden: ambos son igual de cutres). Insisto, esto es como todo: hay profesores buenos, profesores normalitos y gente que no se merece la plaza. Y esto sucede en ambos sitios.

Ahora imagino que os estaréis preguntando a qué viene esta especie de flashback que os estoy largando. Antes de que lancéis vuestros gruñidos, os diré que esto no es algo tan gratuito como puede parecer en un primer momento. Os lo cuento para ilustrar la terrible ironía en la que se ha convertido nuestra sociedad.

Echad un vistazo a vuestras redes sociales favoritas. Mirad foros o cualquier sitio donde podáis tener un amplio espectro de lo que es la opinión de mucha gente a la vez.
Escuchad a la gente, así en general.
He ahí el chiste: tanto, tantísimo tiempo que nos hemos pegado escuchando lo supuestamente intolerante que es la Iglesia Católica (que, en muchos aspectos, lo es; especialmente sus escalafones más altos), resulta que nosotros no tenemos cojones de escuchar opiniones contrarias a la nuestra. Y si lo hacemos, la tendencia es a demonizar, a lapidar, a ladrar como una panda de putos chacales. Sin argumentos, sin razonar con nadie.

"¡Tú te callas, hijoputaaaaa!"


Igual exagero.
Pero pensad en esa gente que, por el motivo que sea, tienen una mentalidad de derechas. Si partimos de los patrones sociales que nosotros mismos, a golpe de gruñido y dentellada, estamos creando, esa persona automáticamente ya no puede ser vista como una buena persona: esa persona ya es un "Pepero", un fascista y un hijo de puta.
Si, por el contrario, nos ponemos a hablar de alguien que sea aficionado al fútbol, por definición es ya un ignorante, un descerebrado y un gilipollas, al que se la suda todo lo que nos pase como nación.
Si esa persona es monárquica, resulta que ahora es un payaso que se la menea pensando en otro payaso al que deberían ahorcar por profascista y por ser la causa y razón de todos los males que asolan a nuestro país, desde el paro hasta el aumento de la prima de riesgo, pasando por el fracaso escolar y la alarmante tasa de disfunción eréctil entre los varones mayores de cincuenta años.
Si es funcionario es un hijo de la gran puta que vive pegándose la gran vida y tocándose los cojones a costa de un sufrido pueblo llano, que ve cada día sus derechos recortados. Y claro, la culpa es del oficinista. Qué malo, que malísimo que es.
Si es creyente (no necesariamente en el Dios católico, sino una persona que enarbola cualquier tipo de creencia personal), es un pobre infeliz, un gilipollas patético que lo que tiene que hacer es creerse todos los dogmas de la ciencia, que tiene la Verdad absoluta e indiscutible ante cualquier puta cosa de este mundo. Porque pensar que hay cosas que la ciencia, bien no puede explicar o que las diversas teorías acerca de todo pueden equivocarse o reescribirse es de imbéciles (pese a que ciencias como la física cuántica se estén reescribiendo y redefiniendo cada diez o quince años)
Si es un policía, no es más que un Neanderthal ignorante que ni siquiera sabe leer, y que disfruta partiéndole la boca a la gente por puro sadismo.

Ya he visto muchos comentarios de gente hablando de la Policía, en general, como "unos hijos de puta que tendrían que irse ya todos a tomar por culo de una vez". Luego, si resulta que un chorizo te pega un susto nos quejamos de que la Policía nunca está cuando se la necesita.
A ver si nos aclaramos: ¿Hacen falta o no? ¿O es que son unos hijos de puta intermitentes?


Puedo seguir, si queréis, pero me parece que la mayoría de los que habéis leído esta lista habéis sido testigo de esta generalización de según qué colectivos, basados en un talibanismo ideológico que, a cada día que pasa, se vuelve más radical y agresivo.
Y eso, amigos, nos parece normal.
Como esos ideales que aseguran defender (libertad, igualdad y demás gilipolleces utópicas) molan que te cagas, no pasa nada si ellos pierden el respeto a la gente con cuyo credo no comulgan.
Sin embargo, ponen el grito en el cielo, se rasgan las vestiduras y muestran los colmillos en el momento en que alguien quiere dar a entender algo que ellos consideran que está faltando al respeto a sus sacrosantos ideales.
La ley del puto embudo, aplicada por aquellos que dicen tener la mente abierta.
Liberales que solo son liberales con la gente que comulga con ellos, pero que pueden ser tan radicales e intolerantes como aquellos mismos a los que atacan.

Tíos con una actitud tan respetable y tan intachable que no se cortan un pelo en desinformar al público con intención de cabrearle aún más, como el caso de una imagen que me llegó el otro día acerca de impugnar un gobierno legítimo y elegido de modo democrático porque según la LOREG (Ley Orgánica de Régimen Electoral General), en su artículo 113, "se pueden impugnar unas elecciones si el partido elegido no cumple con el programa electoral. Pues bien, ese artículo es totalmente FALSO. Lo que dice el artículo 113 de la ley es que se puede impugnar una urna en una administración local (o sea, un ayuntamiento) si se detectan irregularidades en la elección. Nada que ver con destituir a nadie ni hostias en vinagre. La mentira, sin embargo, ya estuvo rondando por ahí durante varios días.
Y la soltó gente que iba de liberal por la vida, porque querían acabar con "esos fascistas que tenemos en el poder". Con dos cojones.
Lobos con piel de cordero.

Pues qué queréis que os diga: yo ya estoy muy cansado de esa especie de "halo de invulnerabilidad moral" que estos guerrerillos parecen tener por encima de los demás. Estoy muy cansado de los constantes juicios de valor sobre personas por parte de estos seres, que luego tienen los cojones de hablarme a mí de intolerancia, cuando ellos son los primeros que miden a los demás en función de a quién votan en las urnas. Estoy más que harto de esos seres, que se suben al púlpito y empiezan a despotricar a todo bicho viviente que no comulga al cien por cien con lo que ellos dicen, bajo amenaza de injurias tales como "fascista", "borrego" y demás términos tan chuliguais.

Traduzco: "Liberales tolerantes. Tolerantes, mientras estés TOTALMENTE de acuerdo con ellos".
Nada que añadir al respecto.


Hablemos de fascismo, para ir dejando claritas algunas cosas.
Esto es algo que realmente hace que me tenga que reír. Os explico: yo nací a finales de la Transición española. Me crié viendo los últimos programas de Los Payasos de la Tele, series como Ulises 31 o siguiendo las aventuras de Espinete. Paquito había muerto varios años antes, de modo que nunca tuve ni puta idea de lo que era una dictadura de verdad, de las de toque de queda y tiros en la nuca. Cuando el golpe de estado de Tejero yo andaba en pañales y mis preocupaciones más graves eran que los dientes no me rajasen demasiado las encías y que el biberón llegase a su hora.
Imaginad qué risas me echo cuando, hará algunos años, me encuentro a unos alumnos que conocí en mi período de prácticas en una tienda de cómics y uno me dice lo siguiente:

- En serio, jamás me habría imaginado encontrar aquí a un profesor.
- ¿Por qué?- pregunto yo, extrañado. Como ser humano que soy, no me parece tan raro emplear mi tiempo libre en una tienda de cómics. Mucha gente lo hace a diario, me digo.
- Hombre, yo pensaba que los profesores solían ser más fachas.

Dicho de otro modo, tenemos que asumir que un profesor, por ser profesor, niega cualquier criterio personal y se reviste de profascista y, al hacerlo, ya no puede gustarle pillarse un Spiderman de vez en cuando. Más curioso aún es que eso te lo cuente alguien nacido cuando los Nirvana forraban las carpetas de las chavalas en los institutos y muy poco antes de que las Spice Girls reventasen las listas de éxitos.
Y sin embargo, es así. Esto, por lo que he podido comprobar a lo largo de unos pocos de años arrastrándome por este mundo de coña marinera, sucede con más frecuencia de la que nos creemos: partiendo de nuestro propio concepto del mundo, conformamos nuestros ideales, lo cual está muy bien; lo malo es lo que viene luego, que consiste en usar esos ideales como armadura moral para medir y evaluar el mundo, sin opción a comparar y contrastar. Partiendo de esa base ideológica, muchos nos creemos en posesión del pensamiento "correcto", por encima del de los demás. Y al ser "correcto", ya podemos ejercer la política de la lapidación y el escupitajo.

Somos unos fanáticos y no es que no nos demos cuenta: es que nos da exactamente igual.
¿Que nos van mal las cosas? De puta madre, ya tenemos una excusa más para cagarnos en la puta madre de alguien, da igual quien sea. No importa por qué.
El otro día hablaba yo con una lectora ocasional de este blog, que me pasó el enlace a un blog sobre el caso de una blogger que sufrió el acoso constante de los trolls de Internet. En ese blog se comentaba el tema de la conciencia de género y sobre el ataque que esa mujer sufrió por ser mujer. Se expuso el caso de Sara Carbonero, que fue crucificada públicamente durante la última Eurocopa por ser la novia del portero de la selección y por ser guapa. Ante esto digo que todavía no hemos superado el objetivo de la igualdad de género y que a la persona que escribió ese artículo no le faltaba razón.
Y sin embargo, puedo decir que es algo con lo que concuerdo a medias: el acoso social, amparado por ese sobrevalorado derecho a la libertad de expresión (pocos conocen las limitaciones que estipula el artículo 20 de nuestra Constitución), no se rige necesariamente... o no exclusivamente, al menos, por cuestiones de género.
No, porque no hace falta.

El acoso mediático y social, hoy en día, está enraizándose en cuestiones antropológicas mucho más básicas. Hoy en día es la imperancia del número, de la masa sobre el individuo sobre el disidente. El número hace la fuerza, y hoy en día esos que se sienten fuertes integrados en una masa se convierten en tiranos que ponen el pie en la nuca sobre los débiles.
Lo más cínico se produce cuando esos grupos, tan beligerantes como aquellos a los que atacan, dicen ser gente tolerante, dispuesta al diálogo y a luchar contra la represión.
Qué terrible ironía cuando vemos que ellos mismos, con su actitud de "nosotros contra ellos", son tan represivos como aquellos a los que lapidan día sí y día también.


Tanto poner a estos a caldo... y cada día me doy más cuenta de que la sociedad en la que vivo no es tan diferente.
Más hipócrita, si acaso, pero ya está.


Más alucinante aún es cuando comprobamos que toda esta represión, todo este despliegue de alaridos y gruñidos, se hace desde la más total y absoluta de las ignorancias.
Os pongo otro flashback como ejemplo.
Cuando iba al instituto, coincidí con algunos miembros de las Juventudes Comunistas de Andalucía que, por algún curioso motivo, se las habían apañado para ocuparse de las actividades culturales del centro. ¿Qué sucedía entonces? Que, en ese despliegue de tolerancia y de apertura de mentes, el cine-forum que se abría una tarde a la semana estaba ocupado en temas políticos, especialmente dedicados a la defensa de Cuba y de su régimen.
Ellos lo llamaban concienciación.
Yo lo llamaba propaganda.

En cualquier caso, uno de los mejores amigos que tuve por aquella época resultaba ser comunista, aunque no estaba afiliado a ningún partido por aquel entonces, que yo sepa. Solía decir que él era comunista y creía en el comunismo porque ese sistema político era con el que más se sentía representado como persona, pero reconocía que en la actualidad era algo inviable. Supongo que yo entendía bien a lo que se refería: al fin y al cabo, yo era un rockero que se movía en un mundo que no pasaba de escuchar a The Prodigy y Camela.
Estaban también los grunges, pero con esos nunca llegué a entenderme, tampoco.

Un buen día estábamos hablando este chaval y yo acerca del tema de Cuba y él me dijo algo bastante curioso. Algo que no tenía nada que ver con lo que predicaban día sí y día también los de las JCA: "Yo no puedo apoyar a Castro ni el sistema que tiene en Cuba porque es un dictador. Y por muy comunista que diga que sea, jamás puedo estar de acuerdo con eso".
Podía estar más o menos equivocado al respecto (a mí la verdad es que ese planteamiento me convenció, pero yo tampoco sabía demasiado de la historia), pero lo interesante no es eso. Lo interesante fue cuando esas declaraciones llegaron a los de las Juventudes, con los que se suponía que compartían ideología.

- Ese tío es un imbécil- dijo uno de ellos de él, a sus espaldas y delante de mis narices. El melenas de al lado, su Robin personal, hizo una especie de gracieta para rubricar el hecho. No recuerdo qué clase de argumento me soltó para respaldar un insulto soltado con tanto desprecio. He de decir que me importó tres cojones, porque la persona a quién estaba puteando era un amigo mío y, a diferencia de él, era alguien con quien se podía hablar sin tener que sentirte presionado para que le dieras la razón.

Pues bien, estos tíos de mente tan abierta (no olvidemos el hecho de que era un comunista el que estaba insultando a otro, pero que no compartía al cien por cien su ideología) eran de los que llamaban "facha" a la gente que se iba a la discoteca en el viaje de fin de estudios. De los que miraban por encima del hombro a aquellos que no se sabían las anécdotas de Marx con su criada.
Es la actitud del converso, del paleto que se cree que ha descubierto el mundo porque ha leído un libro que no se ha leído nadie.

"¡Me he leído un libro que me ha abierto los ojos! ¡He descubierto que gracias a sus enseñanzas todos los demás sois gilipollas!"
"Emmm genial, ¿y qué libro es ese?"
"El Mein Kampf"
"Ajam, estupendo".


Volvamos a hoy en día, cuando tenemos genios que asumen desde la total ignorancia que todo lo que venga de la derecha es fascismo y, por tanto, las fuerzas del mal, pero que luego no se han enterado de que tanto el fascismo italiano como el nazismo alemán ("nazi", otra palabra usada para designar a la gente de derechas de nuestro país) surgieron como movimientos de izquierdas (España es quizás la excepción a este respecto, ya que el golpe de estado producido durante el levantamiento originó un gobierno autoritario de índole ultraconservadora y arraigada en las tradiciones nacionales más austeras). De que ese comunismo, socialismo o republicanismo que tanto proclaman no es una utopía: muchos de los países de este mundo que cuentan con sistemas totalitarios, precisamente son republicas socialistas. El caso más claro, Corea del Norte.
Algunos, en ese despliegue de genialidad, confunden churras con merinas y se creen que una república es un sistema de izquierdas que roza la utopía. Vayamos a Estados Unidos y nos daremos cuenta de la pedazo de falacia que ello supone. Joder, hasta en nuestras dos anteriores repúblicas hubo partidos de derechas. ¿O es que el plan de estos iluminados es que la derecha desaparezca y el sistema político se convierta en un sistema izquierdista sin posibilidad de un punto de vista alternativo? ¿Es esa la apertura de mente de la que se presume? ¿Es que se es abierto de mente cuando se desea que los disidentes desaparezcan?

No, aquí lo que se lleva es el apedreo: en vez de pensar que da igual el sistema político que tengamos (monarquía, república, democracia) para que el país vaya  bien o mal (hay repúblicas que funcionan, monarquías que fracasan, al tiempo que monarquías que funcionan y repúblicas que fracasan), dependiendo quizás más de la actitud del pueblo, ¿qué hacemos?
Lo que hacemos siempre: echamos balones fuera. Montamos castillos en el aire.
Buscamos a alguien a quien apedrear para expulsar nuestra rabia, porque no nos confundamos: entre toda la gente que cree en un sistema republicano, hay mucho tonto del culo que lo único en lo que creen es en odiar a la monarquía. Que eso es suficiente para ser republicano. Justificar una creencia en base al odio hacia otra, y si se insulta, se ridiculiza y se falta al respeto, mejor. Pero ojo. A nosotros que no nos toque nadie.

Cuando no ha sido un rey, la hemos emprendido contra un presidente que no llevaba ni veinticuatro horas elegido (ahora sí hay más motivos para ponerlo a caer de un burro, pero se le lleva puteando desde entonces); cuando no, contra una ley electoral que bien puede estar mal, pero que lo único que hace es joder al partido minoritario. Si la gente ha votado masivamente a los mayoritarios, eso no lo ve nadie.
Puteamos a un partido al que, casualmente, no ha votado nadie.

El concepto de la Caza de Brujas, en cierto sentido, consiste en crear un único rasero por el que medir a la sociedad. Si estás en ese rasero (establecido por un patrón social más o menos unificado), no tienes nada que temer; si tu actitud o tus costumbres se salen de ese rasero, te cazarán. Te echarán a los perros. Te subirán a la picota o te lanzarán a la hoguera.
Esto no tiene por qué ser por cuestiones religiosas.
Fijaos bien y os daréis cuenta de que lo estamos haciendo día a día y sin que haga falta un motivo concreto.
Solo necesitamos alguien a quien culpar por nuestras frustraciones.


Nuestro modo de actuación consiste en putear a Mariano, decir que él y su séquito son unos hijos de puta, que violan a sus propias madres todas las noches y que sacrifican bebés a Satán todas las mañanas. Nadie habla de los hijos de puta (aun mayores) que están por encima de ellos y entre ellos. Esos cabronazos de Lexman & Brothers (o como coño se escriba), de Goldman & Sachs y otras agencias de aspirantes a supervillanos a los que sólo les faltan los putos rayos láser para terminar de jodernos.
A esos ni los conocemos ni nos importa. Lo que mola es tener una cabeza visible a la que putear. De ahí que durante mucho tiempo hayamos vilipendiado, repudiado y sodomizado verbalmente a los funcionarios por tener un puesto fijo en la administración. Gente que, en un enorme número, no pasa de los mil pavos al mes y que llevan con el sueldo congelado desde hace ya casi veinte años, han recibido ladrillazos y escupitajos de medio país, mientras un paleta cobrando en negro no sale de su casa por un trabajo inferior a los seis mil euros.
Y eso nos ha parecido bien.

A razón de cada més, como plazo medio, este país de perdedores y de hienas rabiosas se ha buscado a alguien a quien putear, haya motivo o no.
Vuelvo al caso de Sara Carbonero, que se convirtió en el blanco de las crueles bromas de un puñado de subnormales que, amparados en su anonimato y en su "derecho a la libertad de expresión", se lo pasaron de lo lindo humillándola y privándola de su dignidad. Mucho hablar del artículo 20 (el de la libertad de expresión), pero cómo nos pasamos por el culo el 15, que habla de que (y cito literalmente) "Todos tenemos derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni tratos inhumanos o degradantes" (omito el apartado referente a la pena de muerte por no estar directamente relacionado con esto).
Creo que reírse de una persona en comanda, sin ningún motivo en concreto más allá que el de divertirse a costa de alguien que ni siquiera participa de la broma es un trato lo bastante degradante.
¿Qué pasa, entonces?
Que si un buen día la señorita Carbonero decide emprender acciones legales contra ese despliegue de mala leche e hijoputismo, saldrá algún "tolerante" hablando de la libertad de expresión y el derecho a decir lo que se piensa libremente. Y si esas acciones legales salen adelante, incluso se hablaría de fascismo, censura e intolerancia.
Pero nadie hablaría de que se ha dejado la dignidad de una persona por los suelos.
Nadie se plantearía siquiera que esa humillación atenta contra el honor de las personas, y que incluso se puede llegar a tipificar penalmente como injurias.
Nunca.
Es más fácil pensar en fascistas.


Aquí un ejemplo del divertidísimo sentido del humor del españolito medio que siente que todo el puto Universo está en deuda con él, hasta el punto de coger y despreciar a alguien por motivos tales como salir en la tele, estar buena o salir con un futbolista.
Eso ya es suficiente para decir que esa persona es gilipollas y que lo único en lo que piensa, por encima de su trabajo, es en que su hombre le folle.
Perdonad si tengo faltas de ortografía a partir de ahora.
La risa me está matando.


Pensad si queréis en Lucía Etxeberría, crucificada públicamente por exponer su punto de vista (o tal vez una técnica de marketing viral) y de la cual en su momento hablé largo y tendido. Pensad ya no en las críticas vertidas hacia su obra (que puede gustar más o menos), sino hacia ella como persona. En los comentarios que otros escritores, que van por ahí de "gente tolerante y de mente abierta", lanzaron hacia una compañera de profesión.

Con todo esto, resulta curioso que me venga nadie hablando de ideales y de gente que se une para conseguir cosas como el que habla de la Quinta Maravilla. Como si tener ideales o pensar en una revolución fuese algo inherentemente bueno, inmaculado y sin tacha.
La ilusión de pensar que cualquier cambio impuesto por cojones tiene que ser automáticamente mejor a lo que ya tenemos.
Pero no.
Los ideales son como los curas o los profesores de los que hablaba al principio: los hay buenos y nobles y luego están las ideas que van disfrazadas, pero que en el fondo no dejan de ser más que ideas podridas y cargadas de odio. Pensad en todas esas ideas de revolución y de acabar con este sistema y pensad cuántas de ellas no están basadas en la ira y el odio ante aquella institución que no nos convence. Pensad en cuánta gente no ha pensado en seguir el ejemplo de la Revolución Francesa... ¿Para qué? ¿Para instalar un Robespierre en nuestro gobierno? ¿Un Napoleón, acaso? ¿Fueron cambios mejores?
Pensad que una cosa es lo que penséis y otra muy diferente lo que consigáis.
"Es que mis ideales son nobles" jamás puede ser un fin que justifique medios. Esa frase es la que han usado dictadores, emperadores, terroristas y asesinos de masas a lo largo de toda nuestra historia, para luego justificarse tras haber visto sus manos manchadas de sangre.



"¡Ha sido horrible! ¡Estan todos muertos!"
"No te quejes, los asesinos tenían ideales nobles. Gracias a eso, los muertos parecen menos muertos, ¿que no?"


Que la gente se una con un único propósito es algo que puede molar, así visto, porque suena la hostia de democrático... pero las grandes masas también cometen grandes errores. Y porque muchos sigan a un líder/ideal no quiere decir que sean más sabios o que tengan razón. Simplemente son más los que se han dejado convencer. Motivo de sobra para que yo, desde mi punto de vista personal, desconfíe.
¿Por qué? Llamadme cabezota, pero siempre me ha tocado mucho los cojones tener que aceptar según qué concepción por presión social. Yo no siento esa necesidad de sentirme integrado con tal o cual colectivo. No me siento mejor formando parte de algo (a veces lo hago, a veces no, pero no es un imperativo moral para mí), y desde luego, tengo más que claro que no voy a salvar el mundo. Ni yo ni mis cuatro amiguitos, que nos unimos para luchar contra el mal. Eso mola que te cagas para los cómics, pero todavía los distingo de la vida real.
Llamadme escéptico.
Llamadme desencantado, si queréis.

Pero ni se os ocurra llamarme intolerante por tener mis ideas muy claras y no dejarme convencer por los argumentos de moda, sin más; yo no os digo a vosotros lo que tenéis que pensar. No os obligo a molar más por aceptar sumisamente lo que yo os diga. Este blog no es ningún colectivo ante al que agachar la cabeza y, de hablarse aquí de una revolución, es una revolución que debería hacerse dentro de cada persona. De cambiar esa actitud de talibanismo, de ser unos lanzapiedras y empezar a ver las cosas de un modo algo más racional que como lo estamos haciendo.
Sin embargo, pese a mi bonito ideal, me siento como mi amigo comunista del instituto: sé que eso no es más que una utopía inviable y que no va a pasar, porque el ser humano se siente mucho más cómodo teniendo alguien ante al que arrodillarse y alguien a quien apedrear. A menudo ambos roles coinciden.
Por tanto, como sé lo que hay, simplemente me limito a decir lo que pienso, pasándome por el culo molar menos que otros. No aceptar como un buen chaval los imperativos sociales (tácitos e implícitos, pero no por ello menos reales) que esperan que sea de tal tendencia política o religiosa. Que piense de determinada manera ante determinados aspectos. Incluso que actúe de un modo cool, de cara a la opinión pública.

Ante toda esta presión social, ante esta constante necesidad de según qué personas a justificarse todo el rato por sus creencias o convicciones, simplemente me paro a pensar en que precisamente esos que lanzan las piedras, esos que escupen al Mal a la cara, son los que se ponen la chapita de "Tolerante" en la gorra.
Que Dios nos libre de ellos.