sábado, 11 de agosto de 2012

Spanish Bizarro- Una historia de mierda



Decía Paulo Coelho que cuando deseas algo, el Universo entero conspira para que lo consigas.

Lo siento, Paulo, pero no estoy para nada de acuerdo; para mí, desees algo o no, el Universo entero y parte del extranjero conspiran para joderte. La prueba de ello tuvo lugar en mis propias carnes hará cosa de unas semanas.

Pese a lo antisocial que le pueda parecer a más de uno, lo cierto es que no hay nada que me guste más que echar un buen rato con algún amigo. Nada especial, tan sólo irte a un bar (de ambientación irlandesa, algo que me encanta), tomarte algo y ponerse mutuamente de ese sinfín de aventuras y (especialmente) desventuras en las que se han convertido nuestras vidas. Que si esta semana cobraré la mitad, que si este finde ando más liado que la pata de un romano, etcétera.

Como la cosa no está para derrochar, pues oye, se conforma uno con tomarse un refresco, un bocata y hala, a casa más felices que una perdiz: total, una vez más nos hemos descojonado de la risa, hemos planeado dominar el mundo y le hemos hecho la radiografía a alguna criatura de buen ver (a la que igual contratamos como concubina para nuestro harén personal el día que dominemos el planeta) que se nos ha cruzado por el ángulo visual. Lo que hace la gente normal cuando sale a tomarse algo.

Lo bueno de mi ciudad es que no es una ciudad gigantesca; si tienes la suerte de vivir en un sitio medianamente bien situado, puedes ir andando a la mayor parte de zonas en las que hay algo de vida. Un paseíto de media hora y estás en una zona de tapas. Si te mueves en la dirección contraria, llegas al centro. Aquella noche mi camarada de armas y yo habíamos decidido asaltar el primero de los destinos. Como buenos adolescentes mentales en la treintena, decidimos que lo del coche está bien, pero echarse un paseo, arreglar el mundo, mirar las obras del metro y dar de comer a las palomas es un plan que, conforme nos vamos acercando a la edad de la jubilación, se nos antoja cada vez más apetecible.
Llamadlo evolución, si queréis.

El caso es que decidimos regresar temprano a casa. Yo tenía examen al día siguiente y mi amigo tenía previstos ciertos menesteres por la mañana, que no mencionaré aquí. Otro paseo tranquilo a eso de las doce de la noche y vuelta al redil.
Tras unos quince minutos, salimos de la zona residencial donde estaba el bar irlandés y llegamos a la avenida principal. Diez minutos más hablando de cosas tan bizarras como que el cantante de los Spin Doctors forma parte de una cofradía de la Semana Santa de mi ciudad (resulta increíble, sí, pero es cierto) y llegamos a su casa. Ahí es donde nos separamos y yo pongo el camino hacia mi hogar.



Algo en este plan, pero más de noche.
Y sin caballo.


De su casa a la mía no habrá ni dos kilómetros. A pie vienen a ser unos quince minutos en línea recta, lo que hace suponer que una travesía así, además en una avenida principal, donde siempre hay trasiego de coches aun a las tantas (es lo que tiene vivir cerca de un hospital y una clínica, y tener de paso una autovía de entrada a la ciudad a pocos metros), debe ser tranquila.
Y bueno, por lo general es así.
Pero no olvidemos lo que he dicho de la cita de Paulo Coelho.

No llevaba yo ni cinco minutos caminando solo, cuando llegué a un tramo de la avenida que está prácticamente dominado por pequeños chalets adosados y casas-matas. Por allí estaba yo caminando alegremente cuando algo me arranca de mis pensamientos sobre la modelo polaca Iga Wyrwal: una señora estaba regando a la una y poco de la mañana, lo que al parecer la hizo suponer que no debía pasar nadie por la acera que había tras sus plantas.
Pues bien, ese "nadie" era yo: la muy cabrona me dio un buen repaso con el modo aspersor de su manguera. No me llegó a poner chorreando, pero sí me mojó lo suficiente como para usar la mirada "Señora, que me ha dado".
La señora debía ser familia de Clint Eastwood, porque me miró en plan "Te jodes" y siguió a lo suyo. Como hacía calor y tampoco es que me hubiese tirado un cubo por encima, me limité a seguir andando y esperar a que el agua se secase.

"Sé lo que estás pensando. Te preguntas si te he dado un chorro accidental con la poca agua que puede echar este dispensor, o me estoy reservando para ponerte como una puta sopa... pero teniendo en cuenta que tengo la mejor manguera para regar del mercado, yo tú me lo pensaría."


Unos veinte pasos más adelante, el tema del agua se convirtió en la menor de mis preocupaciones.
Y es que la fisiología humana hace cosas alucinantes, a veces.
O bien fue cosa de alguna extraña alineación de cuerpos astrales, creo que la explicación varía mucho de la creencia que tenga cada uno.
El caso es que me entraron ganas de cagar.
Y ojo, no estamos hablando de que empiecen a entrarte ganas, no.
Hablo de un apretón en toda regla, de los de "Estaba tan bien hace un segundo y ahora estoy a punto de reventar".
De cero a cien en un tiempo récord.

"No pasa nada", me digo.
No es la primera vez que, volviendo a casa, me han entrado ganas de usar un baño; justo frente por frente al hospital hay una cafetería, que he usado como "parada de postas" algunas veces, precisamente para solventar ese propósito. Solo había que seguir avanzando un par de minutos y estaría a la vista.

"¡Podemos!"


El tiempo es relativo, ya lo decía Einstein. Según él, el tiempo no transcurre igual si estás en una clase de álgebra solo o si estás con una chavala guapa a tu lado. Yo puedo dar fe de ello, no es lo mismo caminar durante dos minutos tranquilamente a hacerlo mientras tu esfinter te está dando avisos de alarma.
Con los puños apretados, llego a la cafetería.
Si no hubiese estado tan ocupado en aquellos momentos, mi culo se habría torcido al descubrir que, para variar, el local estaba cerrado a cal y canto. Y mi casa todavía andaba a unos doscientos y pico de metros.

"Que no cunda el pánico", me digo a mí mismo, ignorando que de tanto apretar los puños me estoy clavando las uñas en la palma de las manos. "Siempre me queda el chino de un poco más abajo". Porque total, de todos es sabido que es virtualmente imposible que te encuentres un restaurante chino cerrado. Además, los dueños llevan cerca de quince años conviviendo con la gente del barrio. Son ya como de la familia, así que la posibilidad de que me nieguen la entrada al cagadero es virtualmente inexistente.
Vamos allá.

Cruzo el semáforo y paso por delante del hospital. Se me antoja la idea de que podría probar a meterme por Urgencias y buscar un baño, pero ya he estado allí dentro en alguna ocasión y aquello es un laberinto. Además, la idea de dar explicaciones a la enfermera en prácticas de turno acerca de mis urgencias intestinales no me parece la mejor forma de iniciar mi primera conversación con alguien.
Cuando voy girando por la rotonda del hospital, en dirección al restaurante, veo uno de los dos kioscos situados en esa especie de plaza. La parte más incivilizada de mi mente toma nota de lo oscura que está la zona de césped ajardinado justo detrás de uno de los kioscos y de lo fácil que sería descargar ahí. Más cuando uno ya empieza a notar cómo el orificio está dilatando y que, por mucho que aprietes, la evacuación es inminente.



"Desabróchense los cinturones, que vamos".


Tan sólo unos quince metros.
Diez.
Cinco.

El Universo entero conspira para joderte.
De todos los putos restaurantes chinos de la ciudad, me tenía que tocar encontrarme uno que cierra un minuto y medio o dos antes de que llegue yo: la prueba, ver cómo los chinos del barrio conversan alegremente en su idioma, unos metros acera abajo.
Noto el peso de la criatura pugnando por salir.
Los músculos prácticamente se han rendido.
Considerando lo mucho que he criticado esa práctica de defecar en plena calle, mi coherencia y mi sentido del honor me impiden contemplar como posibilidad lo de bajarme los pantalones y descargar entre dos coches. El hecho de que estoy en mitad de una avenida y que cualquiera que pase conduciendo por ella me pueda ver despatarrado dándolo todo sirve como complemento argumental.
Solo puedo hacer una cosa: correr los casi cien metros que me separan de mi casa.

Echando hostias, subo la primera cuesta y doblo la esquina que me lleva hacia la calle donde vivo. Ante mí se abre un bonito descampado, el cual podría haber sido otro sitio para descargar, pero me mantengo en mis trece. Además, teniendo en cuenta la suerte que estoy teniendo, solo faltaría que me pusiese a cagar justo al lado del coche en que una parejita estuviese dándose mutuamente amor del bueno.

"Oye, Paco, no mires hacia tu izquierda muy descaradamente... pero me pareció haber visto un espantajo cagando"
"¡COÑO!"
"Oye, Paco..."
"¿Sí, Trini?"
"¿Tú qué parte de 'no muy descaradamente' no has pillao?"


Corro en línea recta, recordando histéricamente los sprints de mis años de instituto, cuando hacía el Test de Cooper y demás putadas sádicas a la que nos sometían en educación física. Recuerdo incluso mis años de entrenamiento en un equipo de atletismo y descubro que, pese a hacer tiempo que no me dedico a eso de las carreras urbanas, estoy en una forma cojonuda. Igual eso de atrapar autobuses casi a diario es lo que mantiene la maquinaria engrasada.
No.
No hablemos de grasa ni de máquinas. No es el momento.

Algunas semanas más tarde, vería la victoria y el récord mundial de Usain Bolt en las Olimpiadas y no pude evitar preguntarme si él estaría pasando por algo semejante...


Llego al portal y subo las escaleras. Quizás es una de las ventajas de no tener ascensor, no tienes que estar pegando saltos como un imbécil mientras esperas a que baje. Sólo hay que subir.
Una planta, dos.
Doy zancadas que ríete tú de las botas de siete leguas. A dos rellanos de mi casa, casi me he quitado ya los pantalones. Hasta la mañana siguiente, no me preguntaría qué habría pasado si me hubiese cruzado con alguien que saliese de su casa justo en ese momento.

Abro la puerta, con los músculos palpitando y chorreando de (Dios, espero que sea) sudor. Me lanzo hacia el baño; por lo visto he cerrado con un espléndido portazo. Mis oídos no se han enterado, andan más ocupados en escuchar los latidos de mi corazón, que anda desbocado.
No me siento sobre la taza del váter: aterrizo sobre ella, agradeciendo al puto Murphy que, para variar, no hubiese nadie sentado en el trono en mitad de una emergencia. De haberlo habido, el concepto "Me cago en mi puta madre" habría tomado un sentido bastante diferente al que usamos en general.
Más literal, si os digo.

Aquello no se puede llamar cagar. Es más bien reventar por abajo, como si te hubieses tragado medio kilo de caramelos Mentos y luego te hubieses zampado dos litros de Pepsi.
No voy a describir el aspecto de aquella criatura.
Sólo pensad en los Shoggoth que describía H.P. Lovecraft y os haréis una idea de lo que digo.

"Era algo horrendo e indescriptible, mayor que un vagón de metro; una congestión informe de burbujas protoplasmáticas, vagamente luminiscentes, y con millares de ojos temporales formándose y deshaciéndose como pústulas de luz verdosa..." (H.P. Lovecraft, "Las Montañas de la Locura).
Olvidaos del detalle de los ojos y lo tenéis.

Después del consiguiente estropicio, hago lo que haría cualquiera: limpiarme muy muy bien, echar los calzoncillos a lavar y tirar de la cadena. Lo normal.
Lo normal, si esa noche el Universo no se hubiera propuesto joderme.

La Criatura parece haberme cogido cariño, ya que tirar de la cadena no basta. Esa monstruosidad parece tener masa suficiente para mearse de la risa ante un simple tirón, así que hay que pasar a acciones más efectivas.
Y que conste que no soy una persona que se impresione fácilmente. En estas vicisitudes, puede decirse que soy un jodido superviviente, capaz de limpiarse el culo con el flyer de un bareto o con el cartón del papel higiénico cuando, tras haber bombardeado Oceanía en algún establecimiento público, no ha encontrado papel higiénico... pero esto, creedme, sobrepasó todas las expectativas.
El puto villano había surgido de mí mismo.

Justo en ese momento de épico enfrentamiento contra mi Monstruo Interior/Exterior, mi viejo me pregunta qué ha pasado: lo normal, si tú estás en la cama y escuchas que tu hijo entra como una puta exhalación en casa, dando un portazo dando cacharrazos salvajemente por todo el cuarto de baño.
El momento más surrealista surge cuando le respondo, y me miro a mí mismo: estoy desnudo de cintura para abajo, rellenando cubos de agua para echar por el váter mientras una masa informe de deshechos corporales perfuma la habitación con sus efluvios.

Aquello acojonaba, tíos.
ACOJONABA.


Tres cubos y un par de toques de escobilla y aquel monstruo surgido del interior de... bueno, surgido del interior de mis tripas acabó siendo engullido por las cañerías. Después de tan reñida batalla, decidí que había llegado el momento de retirarse.
Me lo había merecido.
El puto reposo del guerrero.
Cuando por fin pude llegar a la cama y acostarme, llegué a una conclusión filosófica que cambió mi forma de pensar: a veces no necesitamos un enemigo en nuestras vidas. No hay necesidad alguna de una Némesis que desee nuestro mal; en ocasiones, nuestro propio enemigo surge de nuestro interior... y cuando el enemigo es lo bastante poderoso, sabe cómo atacar cuando menos te lo esperas.
Atesorad esta enseñanza, amigos Distópicos.

Recordad esta Historia de Mierda.

4 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Me da que deberías ir con un gastroenterólogo, colega. Eso o hacer algunos cambios en tu dieta :-)

Rumbo a la Distopía dijo...

Nah, son hechos aislados. A todo el mundo le pasa, pero nadie lo reconoce :D

Anónimo dijo...

Estoy impresionada. Hay un chiste que dice "¿qué es más rápido, el rayo, la luz o la diarrea? En realidad aunque te levantes como un rayo cuando has prendido la luz ya te has cagao". El caso es que todo el mundo se ríe. No se ríe porque el chiste sea gracioso. Se ríe porque es verdad. Porque lo ha vivido en carne propia.

Rumbo a la Distopía dijo...

Jajajajaajaja ciertamente, ya conocía ese chiste y me temo que tienes toda la razón: no nos reímos porque sea gracioso, sino por empatía. Si este mundo fuese algo más sincero o quizás con menos tapujos a la hora de hablar de la Ilustre Plasta Marrón, igual a nuestra risa añadiríamos "Lo sé porque yo también lo he vivido" :D