La primera vez que oí hablar sobre Dean Koontz debía yo andar terminando el instituto. Esa época de ignorancia absoluta en que te crees que el terror es Stephen King y nada más, como el que se cree que el heavy metal son solo los Iron Maiden. Por aquel entonces, alguien en mi familia me habló de este señor y me dijo que le habían contado que era bueno. Me pasaron un par de títulos, entre los que destacó este Fantasmas, el cual, había hecho que más de uno y más de dos tuvieran que cerrarlo espantados con alguna escena. "Coño", me dije yo al escuchar aquello, porque King estaba entretenido, pero a eso no había llegado (ni llegaría, seamos honestos) ni de coña.
Pasaron los años y cada vez que encontraba títulos de este señor en alguna librería o establecimiento donde hubiese libros, me ponía a hurgar si estaba el susodicho Fantasmas, pero nada. Haciendo honor a su nombre, el puñetero libro había desaparecido de la faz de la tierra y me tuve que conformar con otras historias del señor Koontz que, lejos de impresionarme brutalmente, sí me entretuvieron en su momento.
Han pasado ya más de quince años desde que iniciase aquella búsqueda. Tras algún intento fallido de búsqueda por Internet, donde algún usurero que se hace llamar librero pretendía aprovecharse de que el libro estaba descatalogado y de su "derecho a poner el precio que considerase oportuno" (cobrando la burrada de casi 50 pavos por un ejemplar de segunda mano la edición de Círculo de Lectores del año noventa y pico con una esquina doblada, como si me estuviera vendiendo el puto Quijote en edición anotada para coleccionistas), va y resulta que me encuentro una copia de esta novela en una librería de segunda mano por dos pavos y medio.
La portada de mi edición de Martínez Roca.
Para los que la hayáis leido: no, yo tampoco entiendo por qué coño han puesto eso en la cubierta.
Total, que más feliz que una perdiz, me dispongo a zamparme este libro y, una vez hecho, tengo aquí un análisis sobre él. Tras esta historia de encuentros y desencuentros, vamos allá. Aviso, como siempre, que en este análisis se cuentan elementos reveladores de la trama, así que seguid leyendo si ya habéis leído la novela o no os importa que os cuenten cosas importantes:
Si de encuentros y desencuentros es mi historia con Fantasmas, también lo es la historia en sí. La protagonista, Jennifer Paige (no confundir con la cantante) se reencuentra con su hermana Lisa, a la que apenas conoce, tras el fallecimiento de sus padres; ésta nació cuando Jenny estudiaba medicina y su ocupación como doctora la apartó de su familia durante años. Ahora se encuentra cuidando de una adolescente de la que apenas sabe nada, a la que decide llevar a Snowfield (California), el apacible pueblo de montaña donde vive y ejerce como doctora.
Hasta aquí, lo que viene siendo el trasfondo de la principal línea argumental, porque lo que viene siendo el corpus de la historia no es algo que deje mucha tregua al lector, tal y como reza Stephen King en el pequeño comentario que hace de esta novela. Desde el primer capítulo, ya tenemos claro que en Snowfield pasa algo durante la ausencia de Jennifer, y nos queda más claro aún cuando ésta y su hermana llegan y se lo encuentran casi totalmente desierto, salvando algunos cadáveres en un extraño estado. Ante una situación tan inusual, las autoridades no tardan en aparecer para intentar hallar la causa y posibles soluciones al respecto, lo que hará que se desate, de modo casi literal, el infierno.
Snowfield debería tener una pinta del estilo a esto, según la descripción dada en la novela.
La estructura de la novela es sencilla, dividiéndose en dos partes ("Víctimas" y "Fantasmas") que, a su vez, se subdividen en capítulos centrados (veinte y veinticinco, respectivamente) en distintas tramas: por un lado, la trama de Jenny y su hermana, que abarca una necesaria gran cantidad de la primera parte. Junto a ella, una línea argumentada en Bryce Hammond, el comisario encargado de liderar el grupo de la policía del condado que investiga los hechos de Snowfield, que cuenta con una especie de "prólogo" antes de ir al pueblo: se trata de una especie de subtrama policíaca centrada en la investigación del asesinato de la esposa y el hijo de Fletcher Kale a manos de éste. Una pequeña historia dentro de la historia que, pese a la extensión no resulta gratuita al poner de manifiesto la personalidad de un personaje principal como es Hammond. Así pues, vemos un personaje minucioso al que le gusta no dejar ni un solo cabo suelto. De esos agentes comprometidos con su deber, pero sobre los que prima un sentimiento de humanidad.
Al fusionarse las tramas, ya en Snowfield, aparecen más personajes (principalmente, otros policías) y nos vamos encontrando más características de la particular amenaza que anida en el pueblo: vemos que los pocos cuerpos que quedan aparecen sin una gota de sangre, abotargados y amoratados. Tras las líneas de teléfono, cuando funcionan, responde un sinfín de sonidos, desde animales hasta las voces de los desaparecidos. En las casas, las mesas están puestas, las televisiones encendidas y algunos grifos incluso están abiertos. Algunos han desaparecido incluso dentro de habitaciones cerradas por dentro. Misteriosos charcos de agua destilada en algunos lugares. Ataques de extraños animales jamás vistos.
Es en este punto cuando la novela se encamina hacia su segunda parte. Iniciándose con un prólogo bastante crítico hacia el uso que dan los medios a una emergencia, aquí encontramos una nueva remesa de personajes, más allá de los dos grupos de policía del condado que se internan en Snowfield. Me refiero a un equipo destinado a emergencias biológicas, nucleares y químicas, que se supone especializado en contingencias de este tipo (digo "se supone" porque, en realidad, para lo que sucede realmente en el pueblo nadie está preprado). Aparte, reaparece la subtrama de Fletcher Kale, que transcurre paralela a los sucesos de Snowfield a lo largo de toda la novela. Por último, tenemos algún capítulo destinado a Timothy Flyte (autor de un libro, The Ancient Enemy), cuyo nombre y el de su libro aparecieron garabateados en el espejo de un baño, en la casa de uno de los desaparecidos. Si bien en la primera parte de la novela Flyte ya aparecía, dándonos unas pinceladas acerca de sus investigaciones, éstas van a coger especial peso en la segunda parte. Muy especialmente en el momento en que su presencia es requerida en Snowfield.
Fotograma de la adaptación cinematográfica basada en la novela. Aunque no hablamos de una gran película ni mucho menos, se nota que Koontz escribió el guión y hay grandes intentos de respeto hacia el texto original.
La lástima es que los intentos se quedasen en eso, en intentos.
Una vez tiene sentadas las bases de cada trama, Koontz las desarrolla en el contexto de los acontecimientos de Snowfield, haciendo que cada personaje actúe y se desarrolle de una forma bastante coherente, acorde a su personalidad y lo que pone de manifiesto que es precisamente esa caracterización de cada uno de los actores de la historia uno de los puntos fuertes de esta novela. El autor no va a escatimar recursos (ni párrafos, ni páginas) en contarnos la vida de una buena cantidad de personajes, a fin de que entendamos por qué actúa de tal o cual manera y comprendamos sus reacciones ante la amenaza de Snowfield. Casos claros, aparte de los ya mencionados como Bryce Hammond o Jennifer Paige, los de algunos policías del condado como Gordy Brogan, que es un católico de personalidad bienintencionada y amigo de los animales. Gordy no va a actuar igual cuando la entidad que se acaba denominando "El antiguo Enemigo" se burla de Dios y de la cristiandad crucificando a un sacerdote en la iglesia del pueblo que Hammond (con una personalidad más basada en la voluntad y la esperanza que en la fe) o que Jennifer (cuyos lazos con los habitantes de Snowfield tienen un carácter más emocional). Otros personajes, como el agente Jake Johnson, basan su personalidad más en la prudencia, mientras que Stu Wargle se presenta como un agente desaliñado y carente de imaginación y Tal Whitman contempla la situación como su cruzada personal contra el miedo (trauma infantil que viene acarreando desde pequeño). ¿Qué conlleva esto? Que, por sobrenaturales y extraños que sean los eventos (que lo son, y mucho), no todos los personajes van a reaccionar con la boca abierta y señalando a lo que ha sucedido.
"¡Cooooño!"
Este desarrollo de los personajes, en líneas generales, se perfila con mayor precisión a la hora de contarnos la historia previa de éstos, o bien con sus acciones, pero no así en los diálogos. Salvando algunos de los diálogos que se sostienen con el Antiguo Enemigo (vía chat, curiosamente; y digo curiosamente porque la novela es de los años ochenta), gran parte de las líneas que salen de boca de los personajes resulta a menudo forzada o poco creíble. Quiero pensar que se puede deber a la traducción, pero cuando un personaje como Lisa me cierra una frase con un "¡Santo cielo!", por muy en inglés que lo pongas (imagino que lo dirán con un "My god" o alguna cosa similar) te lo crees igual de poco. En algunas partes, los diálogos casi recuerdan a mensajes de texto, basados en frases cortas, casi unimembres y sin demasiado apoyo emocional. Abro el libro por una página al azar (me ha salido la página 247 de la edición que compré de Martínez Roca) y me encuentro con esto:
Tenemos una escena en que el grupo se encuentra en el fregadero de una casa todo un botín de joyas, pertenecientes al pueblo entero. Transcribo el diálogo para que veamos la carga emocional que destila cada frase y entendamos un poco mi crítica del párrafo anterior:
"Bryce contempló de nuevo el montón de joyas.
—Entonces, esos objetos pertenecen probablemente a gente de todo Snowfield.
—Bien, yo diría que, en cualquier caso pertenecen a los desaparecidos —le corrigió Tal—. Las víctimas que hemos encontrado hasta ahora llevaban relojes y joyas.
—Tienes razón —asintió Bryce —. Así pues, los desaparecidos fueron despojados de sus objetos de valor antes de ser llevados a... a... bueno, a donde diablos los llevaran."
(Fragmento de la edición de Martínez Roca del año 1988)
Este, con todo, no es el peor diálogo, pero ilustra un poco lo que quiero decir: los personajes, a la hora de hablar, en muchos aspectos parecen bastante maquinales. Sus líneas de diálogo resultan parcas y escuetas en muchas ocasiones. La falta de acotaciones, limitándose a un par de verbos deícticos como "dijo", "respondió" o "asintió" limitan mucho el lenguaje no verbal y el lector carece por completo de información acerca del tono con el que se dicen las cosas. Que a ver, una cosa es que no se lo tengan que dar todo mascado al lector y otra cosa es que no le den nada.
Por contra, otro de los puntos fuertes contrarresta esta carencia. Me refiero, sin duda, a la ambientación. Si arriba he mencionado que Koontz se toma su tiempo en describir el trasfondo personal de cada uno de los personajes que tienen una cierta relevancia, con la ambientación no es menos, hasta el punto de conseguir que en algunos pasajes nos sintamos bastante dentro de la historia. No van a faltar escenas detalladas acerca de los edificios de Snowfield o de la decoración del interior de algunas casas (por ejemplo, una cuyos colores eran principalmente el amarillo y el verde y que era capaz de poner de los nervios a quien la visitaba al no encontrar absolutamente ningún otro color por ninguna parte). En las escenas en que cae la noche, la descripción del apacible pueblo se torna en algo mucho más siniestro y la oscuridad toma tal presencia que casi parece un personaje más. En algunas partes, incluso lo es, como en el caso del callejón cubierto que Jennifer y su hermana tienen que atravesar en uno de los primeros capítulos de la novela. Y es que Koontz, sin tener que se diga la prosa de un genio ni mucho menos, sí posee un estilo ágil y sencillo de leer, que hace fácil meterse en la historia. A esto se añade un ritmo narrativo que solo se ralentiza de verdad (no cuento aquí las pausas digresivas para que un personaje te cuente su historia o la de alguien, porque para mí eso no es ralentizar, sino aportar trasfondo) cuando se añade en la segunda parte de la novela la subtrama de Fletcher Kale, que resulta forzada y (por extraño que resulte que lo diga yo), innecesaria.
Snowfield de noche podría tener una pinta tal que así.
Detengámonos un poco en el caso Kale: la cosa, en realidad, empieza bien, en el momento en que te lo plantean como un secundario que, originalmente, parecía servir como "reflejo" para mostrar la personalidad de Bryce Hammond. El problema y lo forzado aparecen más adelante, cuando vemos que ese personaje sigue apareciendo tras su detención, y contándonos cómo se fuga. ¿Es esto malo? No, porque bueno, está desarrollando un personaje que está bien construido en líneas generales. El problema quizás es cuando vemos que esa trama aparece relacionada con la principal de un modo, digamos, "exótico" (por no llamarlo rocambolesco): Kale, tras haber sido detenido, es capaz de ponerse en fuga y huye en dirección a una casa. Hasta aquí bien. Lo que ya empieza a resultar sospechoso es que la casa (un bunker en toda regla) es propiedad de Jake Johnson (sí, uno de los polis que están en Snowfield), el cual le vendió una propiedad un tiempo atrás. Aquí la cosa empieza a ponerse rara, pero más rara se pone cuando nos enteramos de que Kale tiene intención de ocultarse de la policía en... sí, amigos, en Snowfield. El amigo tira para allá, pero no llega. ¿Por qué? Porque antes de eso, se encuentra con un motero llamado Jeeter, mencionado a lo largo y ancho de toda la novela (y que aparece por primera vez en los últimos capítulos) y un cachito del Antiguo Enemigo. Jeeter le cuenta una historia del tebeo y Kale se la cree, quizás porque ve el cachito del Antiguo Enemigo, que también le cuenta un buen rollo. Total, que un personaje que funcionaba bien como secundario (y nada más) aparece metido por cojones en la trama principal junto a uno que no llegaba ni a episódico. Y ambos se precipitan hacia los cuatro o cinco últimos capítulos de la novela, para confluir con los supervivientes de Snowfield. Con dos cojones.
Que si te pones a pensarlo, la descripción de Jeeter el motero es la hostia también: motero con su banda de delincuentes, sádico, asesino, violador, le pega a las drogas, vende armas y adora a Satán.
A Koontz le faltó poner que jugaba al rol, ya puestos.
Es precisamente la conclusión de la novela la parte más floja (algo que no es gran cosa, si consideramos que más o menos el 90% de la historia es más que aceptable), donde todo confluye de una forma pelín atropellada y solucionada en cuestión de párrafos: llegan los dos malosos estos, justo después de que los buenos se la hayan visto con una criatura preternatural digna de Lovecraft que se autoproclama un dios (¡Un dios!), pistolita en mano y tirando para el hospital en plan primos chungos de los asesinos de Columbine. El motero palma de un tiro en la barriga y Kale... A Kale le ha mordido una garrapata venenosa de las montañas y le da un pasmo. No es coña.
Incluso la forma de concluir lo sucedido en Snowfield resulta un poco atropellada a veces: Koontz se esfuerza tanto en que TODOS los misterios que han sucedido en el pueblo aparezcan resueltos y con una clara explicación, que en algunos momentos te da la impresión de que está tirando de una lista para ver si se le ha olvidado algo (pongo el caso de los cuerpos que aparecen sin sangre o los charcos de agua, cuya respuesta se encuentra, pero siempre hay alguien ahí para asociarla rápidamente al misterio que se encontraron al principio, como si dijera "Eh, no nos hemos olvidado de dar respuesta a esto"). A esto se suma que la batalla final con el Antiguo Enemigo recuerda más a una película de acción que a una historia de terror.
En una de las explicaciones acerca del Antiguo Enemigo, vemos la idea de los gusanos planarios que, por medio del canibalismo, son capaces de asimilar lo aprendido por sus víctimas.
Una idea así la veríamos también, solo unos añitos más tarde, de la mano de Alan Moore y su Cosa del Pantano. No sabemos si Alan Moore había leído esta novela por aquel entonces o ambos autores habían llegado a esta idea por sus propios medios.
En fin, salvando esto, podemos decir (si es que os fiáis de mi valoración personal que, insisto, no es ni la verdad absoluta ni pretende serlo) que tenemos una novela en la que los puntos positivos son mayores en número y peso que los negativos: entretenida e interesante, gracias a lo ya mencionado, así como al concepto del Antiguo Enemigo. Nada original, si tenemos en cuenta que Koontz mama aquí (admitido por él mismo a lo largo y ancho de la novela) de H.P. Lovecraft, mostrándonos una criatura preternatural e informe (y multiforme), que vive en las entrañas de nuestro mundo desde el alba de los tiempos. Sin embargo, Koontz no se queda en el simple guiño-homenaje: en esta novela nos vamos a encontrar una infinidad de conceptos e ideas que tratan de explicar el origen de la criatura. Desde análisis científicos hasta un repaso por las desapariciones más célebres de la historia (no falta el clásico "Mary Celeste", por supuesto). Hipótesis y teorías que tratan de racionalizar la esencia del Mal. A diferencia de como sucediese en Lovecraft, el Antiguo Enemigo se muestra más... más humano que las Semilas Informes de Tsattoghua (para mí, el referente más claro proveniente del universo lovecraftiano): El Antiguo Enemigo posee un elevado ego, y se muestra comunicativo con la raza humana, demostrando de paso una inteligencia y un sentido del humor que confieren un cierto carisma a la entidad antagonista.
Más detalles curiosos: En la novela se hace referencia a dos científicos conocidos como Isley y Arkham.
Isley, en DC Comics, es el nombre original de la villana conocida como Hiedra Venenosa, mientras que Arkham, aparte de ser el psiquiátrico donde ésta es encerrada de vez en cuando, es el nombre de una de las ciudades más emblemáticas del universo creado por H.P. Lovecraft.
¿Coincidencia o eran referencias deliberadas?
Para terminar, me gustaría hacer una crítica acerca del maltrato que esta novela ha sufrido con el paso de los años: primero, con una fallida película que, pese a contar con el propio Koontz para la redacción del guión, falla estrepitosamente en el reparto, poniéndonos a Rose McGowan en el papel de Lisa (Lisa en el libro es una adolescente, apenas una niña, mientras que Rose McGowan no veía los veinte en la película) y a Ben Affleck en el papel de Bryce Hammond. El personaje de Stu Wargle, encarnado por Liev Schreiber (al que hemos visto más tarde en el papel de Dientes de Sable en Wolverine: Origins), resulta poco creíble, forzado e incluso ridículo a veces, pareciendo pasárselo en grande ante una masacre. Otros personajes, como Gordy Brogan o Tal Whitman, directamente son borrados de la adaptación, mientras que otros como Frank Autry, ven cambiado su nombre y desaparecen en un suspiro. Flyte, encarnado por Peter O'Toole, no consigue salvar la adaptación pese a su esfuerzo por aportar su experiencia.
"¡Jua, jua, jua, se han muerto todos, qué cachondeo!"
En segundo lugar, con el tema de los derechos de publicación en nuestro país. Teniendo en cuenta que este puto mercado editorial se mueve (única y exclusivamente, sin atender a otros motivos) por razones de pasta, para que aquellos que tengan los derechos de la novela se acuerden de volver a editarla (puede llevar, tranquilamente, más de quince años sin verse en una tienda) vamos a tener que esperar a que a alguien en Hollywood por hacer un remake de esta novela si alguien quisiera comprársela. Entretanto, autores de los de siempre, como Joe Hill o Stephen King, ven reeditadas todas y cada una de sus novelas (incluso las menos leídas o populares) año sí y año también. Por no mencionar la cantidad de novelas de segunda en otros géneros, surgidas a rebufo de sagas que ya empiezan a recibir unas críticas lamentables en sus segundas o terceras partes. Luego es que la gente no lee, pero eso es lo que pasa cuando uno se dedica a editar y publicar fotocopias de fotocopias y a saturar el mercado decuplicando la demanda, riéndose de paso del lector que tiene un mínimo de criterio y exigencia a la hora de gastarse dinero en un libro.
Y es que a veces, uno desearía que el Antiguo Enemigo surgiera de las profundidades para comerse a unos cuantos.








































