jueves, 29 de diciembre de 2016

Mondo Chorra- Sobre años que acaban, promesas incumplidas y demás historias



Va terminando el año y, como suele ser costumbre, toca ir haciendo un resumen/balance de lo que ha supuesto. Supongo que con vistas al año próximo, quedarse con lo bueno, aprender de lo malo y demás. Lo he intentado ya un par de veces y espero que esta sea la vencida. Lo de escribirlo, quiero decir. Lo de quedarse con unas cosas y otras es de la clase de tareas que me suele costar llevar a cabo.
Venga, vamos allá. Podemos hacerlo.

Ha sido un año complicado a nivel personal. Terminé el año anterior bastante mal, emocionalmente hablando y una de mis primeras promesas, propósitos o como quieran llamarse fue la de procurar entrar en menos disputas y evitar cabrearme en la medida de lo posible. Esto, debo decirlo, fue un estrepitoso fracaso y, aunque alguno no se lo crea, es la clase de cosas que me cuesta bastante asimilar. No lo de cabrearme, sino el hecho de no ser capaz de mantener una promesa que me he hecho. Para alguien que da un extremo valor a su palabra, ya os podéis imaginar lo bien que me ha sentado la pifia. En mi defensa, diré que he tenido que aguantar carros y carretas que me han venido por un montón de frentes y que, habida cuenta de que mis fuerzas ya venían mermadas de los dos años anteriores, como que se me ha hecho el asunto un poco cuesta arriba. No es que sirva como excusa (porque eso de romper una promesa a uno mismo es lo que es), pero sí que sirve como explicación al hecho de que he llegado al punto en que no he podido más y mi paciencia ha acabado por agotarse.

De forma paralela, ha sido un año en que he tenido que enfrentarme a unos cuantos retos a nivel personal que no detallaré aquí. Baste decir que me he enfrentado a algunos miedos en alguna que otra ocasión, lo cual no es poco. Han sido un par de pruebas de fuego de las que supongo que se pueden sacar en claro algunas cosas de las que aprender. Buenas, malas, ha habido de todo, como en botica. Ni nos vamos a poner en modo zen de filosofía new age de chichinabo, con ese positivismo que rezuma a plástico del malo ni vamos a entrar en la clásica caída en barrena de "Todo se hace pedazos".


"Ríe, HAMA, sé felís. Esa es la clave para que todo te vaya bien en la vida. Y si no te va, es que eres gilipollas y te mereces todo lo malo que te pase"


También ha sido un año de altibajos. De buenos momentos, sí, pero también de discusiones, distanciamientos y de amargas decepciones. De estas últimas se supone que también tengo que aprender... y lo haré, seguramente, aunque todavía necesito recuperarme emocionalmente de ellas. Algunas me han pillado con la guardia bastante baja y, cuando no te encuentras con fuerzas para afrontar según qué cosas, se vuelve más difícil hacerlo. Lo sé, parece una frase de perogullo, pero hay que estar en esa situación para entenderlo. Quizás algunos de los que me conocéis y habéis prestado un mínimo de interés sí entenderéis a las cosas que me refiero. Y si lo entendéis, supongo que imaginaréis lo que supone todo este desgaste emocional a base de situaciones terriblemente injustas. De ser tratado de un modo que no mereces, y de escuchar cosas que no quieres ni necesitas, ni tienes por qué oír. Lo que es la impotencia que supone luchar por hacer bien las cosas y acabar estrellándote contra un muro al llegar a la conclusión de que nada de lo que puedas hacer va a servir... no por otra cosa, sino porque eres quien lo está intentando. La desesperante revelación de que no se trata de lo que haces o dejas de hacer, ni de la intención que tengas, por buena que sea; no, las cosas no funcionan porque se trata de ti. No eres visto de la misma forma, no recibes el mismo trato ni se te escucha del mismo modo. Todo lo que digas, lo que hagas, lo que calles... absolutamente todo será empleado en tu contra. Serás juzgado con severidad por ello y raramente perdonado. Cargarás con las culpas de otros, se te pondrá una diana en el pecho y se abrirá fuego sobre ti. Oirás mentiras sobre ti, pullas, ofensas abiertas. Podrás hablar para defenderte, si quieres, pero servirá de tanto como si callas. En unos casos se te quitará la razón que tengas o dejes de tener; en otros, se asumirá que aceptas esa culpa. Hagas lo que hagas, no tienes manera posible de salir de esta.
Llegados a ese punto, la única solución que queda es bajar las revoluciones, enfriar los motores y acabar asumiendo que, en muchos casos, lo que te queda es asumir la separación y el frío que tanto has luchado por evitar. Contemplar desde la impotencia cómo todo se desmorona. Cómo el centro deja de sostenerse y cómo la mera anarquía se desata sobre tu mundo. Ver cómo lo que has intentado construir parece derrumbarse... y no porque no hayas hecho las cosas lo mejor que has sabido, sino porque da la impresión de que no tienen interés alguno en prosperar. Ni siquiera de mantenerse.


Eso o acabar con los motores como este.


Por otra parte, ha habido algunos proyectos que han ido tomando forma y otros que están a punto de terminar. Se inicia además una nueva etapa creativa, donde el aprendizaje cobrará especial importancia. Supongo que parte de la gracia de tener una mente que tira más hacia lo artístico es la constante reinvención y el andar usando el cerebro para crear, recrear o descartar. Conforme mis energías se han ido apagando, me ha costado cada vez más; en algunos momentos, os juro que he tenido que ir obligándome a mí mismo a trabajar, a seguir dando forma a las ideas abstractas dentro de mi cabeza. En ocasiones, me he dicho a mí mismo "Paso" y he necesitado enfriar mi mente hasta que me he encontrado preparado para continuar. No os imagináis lo que cuesta eso cuando tus procesos mentales aparecen cubiertos por una costra densa de algo que parece grasa, pero si algo me caracteriza es mi fuerza de voluntad. Prueba de ello es que estoy escribiendo estas líneas tras al menos dos intentos fallidos. Incluso me estoy atreviendo a editar este artículo, añadiendo cosas que me había olvidado mencionar... pasando por el pequeño calvario de tener que leerlo todo y resistir el fuerte impulso de borrarlo una vez más.


"Puta mierda, no me convence"


Supongo que a partir de aquí, a tan solo un par de días de terminar el año, cuando se plantean ciertas cuestiones. Si esta tónica de estos últimos tres años, consistente en estos altibajos emocionales (más bajos que altos, todo hay que decirlo) se mantendrá a causa de ciertos elementos ajenos a mi voluntad que se han encargado, de forma constante, de someter a prueba mi paciencia; o si, como en los pasados años, me veré implicado contra mi voluntad en según qué conflictos. Si tendré que acabar interviniendo para luchar por algo que considero justo, o para salvaguardar el equilibrio en mi entorno. Si se me volverá a señalar con el dedo para pagar por aquello que no he hecho yo, o para pagar por las frustraciones de otros. Si mi dignidad quedará una vez más en entredicho o se asumirá de una vez por todas que, si yo no actúo sí con nadie de forma deliberada, no tengo por qué consentir que se me trate así. Si tendré por fin el reconocimiento que me gustaría tener.
Preguntas de difícil respuesta, desde luego, y que no es nada evidente que vayan a encontrarla en este año que entra, o no solo porque haya llegado el 1 de enero. Ojalá nuestro universo reiniciase los episodios amargos de nuestra vida cada vez que terminamos un año, pero va a ser que no funcionan así las cosas.

Lo que sí es cierto es que me gustaría que el año próximo supusiese un nuevo capítulo y tuviese la oportunidad de pasar página con algunos que llevan ya durando demasiado. Esto, por supuesto, no es más que un deseo. Como ya habréis deducido, lo de plantearse propósitos cuando la mitad de cosas que me encuentro son ajenas a mi voluntad (y la otra mitad no tengo ni pajolera idea de cómo gestionarla para tenerla bajo control), es una quimera. Por eso este año no tengo intención alguna de plantearme propósito o de hacerme promesas a mí mismo. No me apetece en lo más mínimo pasarme otra temporada reprochándome no haber sabido estar a la altura de mi palabra. Que venga lo que tenga que venir, que yo ya me lo tomaré como mejor pueda.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Escupiendo Rabia- Los jueces de la Red



Siempre he pensado que, para ponerse uno a dar lecciones de moralidad o para juzgar a los demás, debe verse a sí mismo en una posición superior. Es decir, debe sentirse un poco ajeno a las debilidades humanas o incluso por encima del bien y del mal para coger y decirle a los demás lo que tienen que hacer con sus vidas so pena de cometer unos pecados imperdonables. Es decir, que debe ser uno inmune precisamente a caer en esos pecados para poder ir repartiendo juicios de valor como si fueran Lacasitos.

Es un poco lo que llevamos ya viendo una buena temporada en las redes sociales, donde cualquier fulanito, sin necesidad de oficio ni beneficio, puede coger y cargar sus iras sobre la persona que toque. Puede incluso erigirse en su Sagrado Derecho de decir qué es lo que merece o no en la vida, levantar diagnóstico sobre su personalidad, su infancia y, lo que es más fuerte, decidir si tiene derecho a seguir viviendo o no. En definitiva, lo que estamos viendo es mucho "genio" (permitidme que lo entrecomille) que se cree con derecho a meterse en la vida de los demás y a pedir explicaciones sobre ésta.

Es un poco el caso de una foto que acabo de ver, compartida en una página que no sigo (aunque algunos de mis contactos sí). En la susodicha foto se ve el rostro de una mujer joven con unos labios desproporcionadamente grandes. La página en cuestión, muy tolerante con eso de la dignidad del prójimo y nada partidaria de hacer humillaciones públicas de nadie (notad mi ironía), pone en la picota a la mujer y pregunta a sus usuarios qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven la foto. Esto ya de por sí, si lo pensamos en frío, ya puede tener su miga y su punto de mala leche, pero es cuando se ven los comentarios que nos damos cuenta de que no es uno, sino cientos, los que se erigen en jueces, como si estuvieran en posesión de la Verdad. Como si tuvieran el derecho inalienable de humillar a otros (mal llamado "a la libertad de expresión", que enarbolan como si tuvieran idea de lo que realmente es). Como si estuvieran en esa posición de moralidad superior, donde pueden exigir que alguien les dé explicaciones acerca de lo que ha hecho con su vida.
Como si las vidas de todos y cada uno de estos personajes que se sienten con el derecho de ir juzgando a alguien que solo conocen de haber visto de una foto fueran todo un ejemplo a seguir.


"Esa chica se ha puesto tetas. ¡RAMERA! ¡SUCIA! ¡IMPÍA! ¡ADÚLTERA!"


Supongo que no es nada nuevo. Quizás es el caso más claro de lo que sucede cuando te dan carta blanca y anonimato para poder decir la sandez más grande que se te ocurra, sin temor alguno a las consecuencias. Algo similar a lo que ocurrió a aquella mujer que se expuso en un museo, como si se tratase de una estatua, con la promesa de no hacer nada (por terrible que fuese) le hicieran. A esa mujer la amenazaron con una pistola y la humillaron de todas las maneras posibles. ¿Por qué? Sencillamente porque nadie puso límites a lo que pudiera hacer cualquiera que llegara. Posiblemente, como sucedería en la red si se pidiese cuentas a todos los energúmenos que han soltado ese montón de mierda, se exculparían a sí mismos diciendo que "Nadie les puso freno". Que "les dijeron que podían hacer lo que querían". La culpa, como siempre, del sistema, de una sociedad enferma y un montón de blablablases que, sinceramente, ya cansan. Esa total y absoluta falta de responsabilidad por parte del usuario medio aburre ya. Ese sentimiento infantil de "Es que yo soy libre", sin pensar en el daño que se hace a otros, roza lo perverso.
Pero a nadie parece importarle.

Yendo más lejos, no solo parece no importar a nadie, sino que parece abrazarse un poco la ideología contraria: esa intención de erigirse en jueces, jurados y verdugos es bien vista y aplaudida. Una especie de pelea de gladiadores moderna, donde el personal solo parece querer sangre y aferrarse a una actitud agresiva, por no decir violenta. Es un poco el caso, también hoy, en el que un Youtuber, muy gracioso él, se dedica a meterse con la gente por la calle. No es el primero que sube sus gracietas a esta página, para luego comerse una bonita denuncia por agresión (el caso de aquel tipo que se dedicaba a pegarle patadas a la gente —por la espalda, para más señas —y acabó pasando por los tribunales, si mis informaciones no me fallan), pero en este caso la cosa se ha puesto fea y nos encontramos que alguien le ha devuelto, literalmente, la hostia. Ante esto podríamos tener un caso que, sin mucho problema, también podría resolverse en un juzgado. Solo por ser grabado sin consentimiento de la víctima ya tendríamos ciertos problemas con la Ley de Protección de Datos, que suele ser bastante picajosa con eso de que te graben sin tu consentimiento. Si encima nos encontramos que hay insultos y humillaciones por medio, subidas a un medio público, como sucede en una red social, la cosa ya se agrava y nos encontraríamos con delitos contra el honor (abogados, por favor, quiero que me confirméis esto si me estáis leyendo). La cuestión es que aquí este ataque a la dignidad de otra persona se ha visto vulnerado y el agraviado ha respondido con una agresión física. Todo eso, claro está, en el supuesto de que este caso sea real y no otro montaje más para ganar la atención de unos cuantos seguidores.


"¡Mira cómo le endiña!"
"¡Jajajaja que se joda, se lo merecía!"
"¡Ponlo otra vez!"


Es aquí cuando se monta el cirio. Es justo en este momento cuando el personaje en cuestión se hace famoso y donde el resto del planeta (que es lo verdaderamente importante de este artículo) se erige en jueces para determinar si se merecía una hostia o dos (como he visto en otra famosa página de una revista de humor). Es el momento en que un hecho que solo podría calificar de "patético" (sinceramente, me parece triste que alguien base su "humor" en reírse de los demás... especialmente si esos otros no se ríen y no participan voluntariamente en la broma. Ya cada uno que piense lo que le dé la gana, pero yo lo veo así) se vuelve viral y el personal, sediento de su dosis de violencia (aunque sea verbal) ya está emitiendo sus juicios y tomándose un hecho que lo único que denota es una falta tremenda de educación como un divertimento. Es un poco el equivalente a ver a dos tipos peleándose en la puerta de un bar y salir a jalear la pelea, incitar a que se peguen más fuerte o decidir allí mismo quien merece mandar al otro al hospital. He aquí el quid de la cuestión: vamos a dejar de un lado el debate de si el vídeo es real o montaje y vamos a centrarnos en la reacción del personal, en la que suele haber menos trampa o cartón.


"Me da igual que sea verdad o mentira. Que esté bien o esté mal. Yo soy la Ley".


Es un poco la clase de cosas que me hacen preguntarme a qué narices nos creemos que estamos jugando. De cuestionarme eso de la empatía a nivel general y empezar a pensar que la Red, con toda su permisividad (recordemos que, a día de hoy, las páginas donde se exponen alegremente ideologías que en nuestro país pueden constituir delitos de odio, son perfectamente lícitas) parece estar convirtiéndose en un caldo de cultivo para que un montón de gente cargue sus frustraciones diarias contra el que toque esa semana. No exagero: apenas hace una semana, otro Youtuber relativamente famoso por sus videoclips donde parodia (ojo, he dicho "parodia"; de ahí al insulto hay una diferencia muy grave. El que no la pille, por favor, que deje de leer esto inmediatamente y busque un diccionario o guía donde se explique eso de forma detallada) a diversos colectivos sociales, tales como pijos, frikis, canis o... las mal llamadas "feministas", que ya sabéis que me gusta entrecomillar porque no las reconozco como tales. Sí, hablo de esas radicales que solo buscan un motivo de odio y han tomado algo tan respetable como el feminismo para volcar toda su rabia y, de paso, dejar dicho movimiento en un lugar vergonzoso. No hicieron falta más de veinticuatro horas para que a este cómico lo vapulearan de una forma tan triste como previsible: no faltaron ni amenazas ni insultos, que en el fondo no hicieron sino darle la razón en un hecho fundamental, y es que la red se está llenando de gente que no parece tener ni la menor idea de lo que es la educación. Caso parecido el del diseñador del nuevo escudo del Atlético de Madrid, que se está llevando hostias como panes e insultos como "escombro" y otras cosas bonitas, solo porque a unos cuantos excelentísimos y respetabilísimos señores no les gusta. Que a ver, nadie les obliga a que les guste el susodicho escudo, y hasta ahí estamos todos de acuerdo si les parece feo. Otra cosa es que eso les dé derecho a andar en plan matón de discoteca, faltando al respeto a alguien que solo está haciendo su trabajo. ¿O es que ahora el ser muy fan de algo, como un equipo de fútbol (o lo que sea) te pone por encima de nimiedades tales como eso de tratar a los demás con un mínimo de educación?



Este hilo es ficticio, de la serie Black Mirror. En el último capítulo de su tercera temporada (tranquis, no es ningún spoiler, se ve desde el primer minuto y no revela ninguna sorpresa final)  se hace una pequeña reflexión acerca de cómo la gente pide la cabeza de la gente semanalmente, por el motivo que sea.
Si podéis verlo en la foto, hay un hashtag con el sutil título de #deathto ("muerte a"). Es decir, desearle la muerte a alguien, convertido en una etiqueta de Internet, como una moda más.
¿Ficción? Bueno, sí... pero tan real en planteamiento que da escalofríos.


Ante estos acontecimientos, uno se plantea qué puñetas pasa por la cabeza de la gente que, un buen día, decide indignarse por algo que lee (hasta aquí lo respetable, porque no tiene por qué gustarte todo cuanto leas, ni mucho menos) y pide, literalmente, la cabeza de alguien. Sí, con esa frialdad. No sé en la vuestra, pero en mi casa a mí me enseñaron que desearle la muerte a nadie es una de las peores bajezas que se pueden cometer, verbalmente hablando. Señal de ser un grosero y un impresentable. Hoy en día parece tomarse como algo de lo más normal, junto con esa actitud de cuñaos, que es la de ir por la vida berreando al prójimo que no tiene ni puta idea de nada (y que uno lo sabe todo). Así, sin anestesia. Lo que dice uno es La Ley y no se le puede ni rebatir ni preguntar, vaya a ser que se ofenda; en cambio, esa persona sí parece tener el derecho a sentar cátedra sobre (ojo) tu vida. A decir cuál es tu personalidad, a hacer un retrato completo de tu infancia, tus traumas, tus filias y tus fobias. Le das cancha y te habla de tu relación con tus padres, tu filosofía de vida y, si le das más cancha, es capaz hasta de decirte qué querías ser de mayor cuando eras pequeño. Todo, para recordarte que todas y cada una de esas cosas que, según él, te definen, no son más que mierda. Porque lo suyo es mejor y te callas.

Yo suelo preguntarme, cuando hay unas... no sé, pongamos, quinientas, mil, cincuenta mil personas, que vienen a nadie pidiéndole explicaciones acerca de lo que han hecho o han dejado de hacer... ¿qué sucedería si tuviera que ser al revés?
Pongamos que alguien coge y putea a... no sé, Elsa Pataki, que suele ser puteada cada vez que hace algo, como si la muchacha tuviera que rendir cuentas a media España y parte del extranjero cada vez que graba un anuncio o cada vez que sale a tomarse unas cañas con nuestro amigo Hemsworth. ¿Y si un día Elsa Pataki (que no lo va a hacer, solo planteo la hipótesis) se fuera para todos esos tuiteros y demás seres que pululan por las redes solo para humillar al prójimo y les pidiera explicaciones acerca de lo que han hecho últimamente? ¿Y si Elsa, como pueda ser cualquier persona famosa, cogiera y empezase a llamar "guarra" a una chica por hacerse un selfie o "gilipollas" a un tipo que lleva una camisa horrible en su foto de perfil? ¿Y si empezase a preguntarles a todos y cada uno de estos por qué han dicho tal cosa, que suena ofensiva, en lugar de decir otra?
La respuesta es que el personaje anónimo se defendería, con toda seguridad, argumentando que ellos no tienen una vida pública y no tienen que dar explicaciones a nadie. Que no ganan lo mismo que un famoso, o sencillamente, que tienen derecho a decir lo que les salga del culo. Argumentos que denotan una envidia tremenda o una dudosa conciencia de clases, que seguramente enarbolan como si fueran los tíos más proletarios del mundo... cuando ni siquiera creen en un concepto tan básico como la igualdad entre las personas, o mucho menos su dignidad.
Derecho, sí, pero ninguna responsabilidad acerca de lo que han dicho. Porque parece que el derecho de uno no tiene jamás limitaciones, aunque eso suponga ir pisoteando a los demás, vejando, insultando o incluso amenazando.


"Yo no he hecho nada. Yo nunca hago nada. La culpa es del sistema que es muy malo."


Parece, como digo, que ese derecho que algunos individuos o colectivos concretos a ir vulnerando los derechos de los demás solo va en una dirección. Esa especie de lucha por lo que ellos consideran que es justo, en realidad no es más que una excusa para soltar la primera burrada que les dé la gana, y hay que admitir que está fenomenal eso de tener un pequeño pretexto para poder justificarse. De ahí un poco las lecciones de moral a las que me refería al principio. Eso explica un poco  por qué, y volviendo al caso de la primera foto que he comentado arriba, alguien puede sentirse con pleno derecho a decir que los cirujanos plásticos tienen un trabajo inmoral, basado en darle a la gente lo que quiere por dinero sin importarles su salud y quedarse tan panchos ante tal aseveración. Sin haber conocido ellos mismos a ningún cirujano ni (por supuesto) necesidad alguna de tener que visitarlos. Espero que jamás tengan un accidente de tráfico que les destroce la cara, porque la moral no va a ser la que se la arregle a estos seres. O tener un problema serio de tabique nasal. O tener que ponerse un implante en el pecho por una mastectomía. Sí, supongo que me he ido a casos extremos, pero no he sido yo el que ha generalizado de una forma brutal (y por medio de insultos bastante graves) a una profesión entera (que se dice pronto, oye). Tampoco he sido yo el que ha sentado cátedra sobre los motivos que tiene o deja de tener el personal para pasar por quirófano, ni tampoco he sido yo el que va diciendo que todo el que se opere por razones estéticas es gilipollas, inseguro o abiertamente suicida, ni todo el que se dedique a trabajar en cirugía estética un gañán o un aprovechado que antepone la pasta a la salud. He ahí la diferencia, que espero haber explicado con claridad.



La cosa se ha convertido básicamente en una especie de juicio de Salem semanal: se busca una "bruja" y, sin importar realmente inocencia o culpabilidad, o la búsqueda de lo cierto de las cosas, todo bicho viviente se cree en posesión de la Verdad y con derecho a juzgar, emitiendo veredictos a cual más brutal.
Lo del cuerpo de la foto tirado en el suelo es metafórico, pero la pinta del tipo de la derecha, casi como con intención de pisotearlo aun en el suelo es más que real.
Pasa constantemente en nuestras redes.


Supongo que es ahí la cuestión que me planteo, derivada de todo esto: ¿Quién mierda se ha creído que es la gente para andar pidiendo este tipo de explicaciones, sobre decisiones que no les atañen en lo más mínimo, a perfectos desconocidos? ¿Con qué derecho se cree la gente que puede llamar "guarra" a nadie porque ve un selfie suyo en Internet? ¿Qué clase de prebenda moral se piensan que tienen cuando, en mitad de una conversación civilizada, entran a juzgar e insultar a otros solo porque no comulgan con su Sacrosanto Credo? No nos engañemos: esto de la Era de la Información se ha convertido en una excusa de la leche para coger y hacer aquello a lo que nos hemos dedicado siempre, que es lanzarnos mierda los unos a los otros. Y tiene gracia, porque ahora se supone que vamos de concienciados con verdaderas lacras sociales como la violencia contra las mujeres y el bullying... pero no nos cortamos un pelo en llamar "puta" a nadie o en reírnos de alguien hasta el punto del acoso (es decir, lo que se reconoce en España como acoso, que consiste en hacerle la vida imposible a alguien de tal manera que se le ocasiona un claro daño psicológico). Igualmente gracioso resulta que, aquellos que suelen ser de los de dar hostias a diestro y siniestro, gritando más que nadie e imponiendo su ideología sobre los demás de una forma que solo se puede definir como "por putos cojones" luego sean los primeros en ir pidiendo censura. Retiradas de aquello que no quieren ver, de aquello que no quieren oír, de lo que no quieren leer.


Y calladitos, vaya a ser que digan algo políticamente incorrecto y ya la hemos liado.


Y he ahí donde radica la mayor hipocresía: por un lado, cuando el asunto conviene, se habla de la libertad de expresión y de ese derecho a reírse del prójimo, a insultarlo, a humillarlo. A juzgarlo, como si su vida estuviese sometida a la decisión de un puñado de niños malcriados que levantan o bajan el pulgar para así sentir cómo su rabia y su envidia tienen un objeto. Aquellos que ganan más que ellos, los que tienen mejor imagen o los que sencillamente no son como ellos caen bajo el fuego de sus iras.
Por otro, tenemos el caso opuesto, donde aquellos que para variar se encuentran en el otro lado de la diana, exigen que la más mínima chorrada que no les gusta desaparezca de una vez por todas de la faz de la tierra. Algo tan absurdo como esa señora de los Estados Unidos que ha pedido la retirada de clásicos como Las Aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un Ruiseñor porque "propugnan estereotipos raciales acerca de la gente de color" o "porque usan la palabra nigger, que es ofensiva", sin tener en cuenta contexto... o el "irrelevante" hecho de que esas novelas precisamente combaten el racismo de una manera bastante valiente considerando el marco histórico en que fueron escritas. No, nada de eso importa: aquí la solución es quemar libros, cerrar bocas y aplastar la ideología contraria, mientras que la de uno puede hacer y decir lo que quiera.



Y cualquier día se pondrán a quemar copias de Otelo porque "incite" a la violencia de género o al racismo, aunque realmente esté denunciando ambas cosas.
Pero, bah, da igual. Qué iba a saber el Shakespeare ese, que era un varón blanco y (a menos que se demuestre lo contrario) heterosexual.


No deja de ser triste: en un mundo en que todo el mundo parece con derecho a sentirse juez, jurado y verdugo, pocos parecen dispuestos a buscar lo que es verdaderamente justo, sino que prefieren arrimar el ascua a su sardina. Y si, de paso, pueden usar el ascua para meterle fuego a algún hijoputa que medio les quiera llevar la contra y llevarse aplausos de los colegas, pues bienvenido sea. Pero luego que no vengan berreando diciendo que les han dicho esto o les han dicho lo otro: con esa ira, con esos juicios de valor tan brutales, con esos argumentos sacados de la más absoluta nada, con toda esa poca vergüenza que se emplea para atacar a alguien desde el anonimato, ellos solitos han sido los responsables de todo esto.
Y mientras escribo estas líneas, me sigo preguntando: ¿quién caerá la semana que viene? ¿Será un servidor? ¿Alguno de los que me estáis leyendo? En una sociedad que dice preocuparse tanto por el bullying, es una pregunta más que preocupante.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Angst- Se acercan las navidades (yuju)



Se acercan otra vez las Navidades y, francamente, no me hacen demasiada ilusión.
No, no voy a hacer el típico post anti-Navidad, denunciando el exacerbado consumismo y la hipocresía de una sociedad a la que el sentido original de estas fiestas le importa un bledo; tampoco tengo ganas de hablar de la pobreza en el mundo, ni de refugiados, ni de niños sin hogar. No porque no sean temas que me importen, sino porque no estoy de humor para ese tipo de alegatos y, francamente, no me gustan. No me gusta coger y andar despotricando contra algo que suele ser, por lo general, una festividad con buenas intenciones para enterrarla en la demagogia de siempre y olvidarme de eso mismo en cuanto pase la temporada. Mi falta de ilusión proviene de raíces extrictamente personales, y no para dar lecciones de moral a nadie.

Si no me hacen demasiada ilusión es por el hecho de que mis Navidades, de un tiempo a esta parte, suelen ser festividades bastante tristes. Nunca han sido precisamente una de las mejores etapas del año para mí, por cuestiones personales que no tengo intención de tratar aquí y que para mí se quedan... pero digamos que últimamente se han convertido en el colofón de unos años que, siendo honestos, no han sido para tirar cohetes. Que igual no han sido problemas graves en comparación con los vuestros o con los de otros, pero son los míos.
Hablo de años duros, muy duros a nivel personal, con cambios que no he terminado de digerir cuando me toca asimilar otros tantos. Años en los que, cuando no he tenido una discusión muy fuerte con alguien a quien consideraba cercano, he sufrido decepciones de algún tipo; en otros casos, he sido yo el que decepciona, sin mucha opción de poder redimirme. Se acerca otro diciembre y vuelvo a ver lo mismo: distensión y frío. La constante sensación de pérdida, de derrota se apodera de mí una vez más y, como si estuviera intentando atrapar mercurio con las manos, todo se me escapa entre los dedos, con la creciente sensación de que lo único que se me queda en la piel son manchas de algo que me daña.


Algo así.


Es una vieja sensación, esa que tengo. Hacer balance de lo que ha venido siendo toda tu vida en los últimos, no sé, dos, tres años y darte cuenta de que lo has hecho lo mejor que has sabido para que tu entorno sea algo medio estable, medio pacífico y no obtener sino el más rotundo de los fracasos. Sentirte juzgado y declarado culpable por vete tú a saber qué crímenes y recibir lo que recibes siempre: la espalda. El frío. La caída en desgracia, donde antaño parecías ser alguien que importabas.

Sabes que vas a terminar otro año muy triste, pensando en todo lo que has hecho con tu mejor intención; pensando que, si se te hubiera ocurrido hacer algo para que las cosas terminasen mejor, lo habrías hecho... Pensando que has actuado conforme a tus valores, conforme a tus principios y que, pese a todo, no ha sido suficiente. Tú mismo no has sido suficiente. Será otro año en que acabes tirado en el sofá, viendo la tele, con un terrible desgaste emocional tras no sabes ya cuánto sometido a muchísima tensión. Callándote muchas veces por no generar más conflicto... pero soportando lo que no debes, o no quieres soportar; las veces que has hablado, en cambio, no han sido sino para peor. Cada vez que has intentado poner remedio a las cosas, dialogar, exponer tu punto de vista o simplemente decir lo que piensas no has hecho sino emponzoñarlo todo: has acabado teniendo que justificarte, o entrando en un laberinto del que no puedes salir, enzarzado en discusiones que no han tenido el más mínimo sentido desde el minuto uno. Has acabado poniéndote tú solo una diana y todas y cada una de tus palabras han servido para agilizar esa distensión.
Lo has hecho con tu mejor intención, pero, ¿qué has obtenido? Justamente aquello que no querías obtener y que evitabas por todos los medios. He ahí la triste ironía.


Ni esto me anima las fiestas.
Así os lo digo.


Es otro año en que sientes que tu historia se repite, que vives en base a ciclos que, si existe algún modo de romper, tú no lo conoces. Condenado a vivir una y otra vez la misma historia, lo único que te queda es pasar estas festividades, teóricamente pensadas para que seas un poquito feliz para variar, lamiéndote las heridas y pensando qué has hecho mal. Pensando por qué siempre acabas así de herido, mientras otros sí parecen conseguir aquello a lo que, al igual que tú, aspiran. Pensando por qué ellos sí y tú no. Pensando por qué tu vida no es un poco mejor, para variar.

Lo peor de todo esto es que, si lo pienso, me gustan las Navidades. Me gusta el ambiente en las calles y me gusta que sea una excusa para que, aunque sea por una vez en la vida, hagamos el esfuerzo de limar asperezas y llevarnos bien. O por lo menos intentarlo. Me gusta el olor a castañas asadas, incluso las luces, por horteras que os parezcan a más de uno. Me gusta cuando nos reunimos por Navidad, simplemente porque es un motivo tan bueno como otro cualquiera para hacerlo. Me gusta que la gente se felicite la Navidad porque piense que tiene todo un año para estar enfadado y que conviene cambiar el chip aunque sea un par de semanas. Me gusta la gente que incluso piensa en eso de corazón y no como postureo.

Lo que no me gusta es, entonces, el hecho de que sucede a final de año, cuando mis energías ya están a cero. Cuando el desgaste emocional por tantísima lucha perdida prácticamente ha acabado ya conmigo. Cuando pienso en toda la gente que he apreciado a lo largo de mi vida y que ya no está... no por haber pasado a mejor vida (eso sería algo inevitable, aparte de algo harto evidente), sino porque ya he dejado de importarle. Pienso en lo duro que es esta última frase... pero resulta más dura si caigo en la cuenta de lo cierta que es. Preguntaos si no, entonces: ¿para cuánta gente creéis haber sido importantes hasta hace algún tiempo y ahora no lo sois? ¿Cuánta gente os manifestó en su momento su cariño y ahora os contempla, si tenéis suerte, como un recuerdo molesto? ¿Cuánta gente en vuestro presente, en vuestro entorno, os ve como algo que ya no es lo que era? ¿A cuántos de vosotros gente así os ha expulsado de sus vidas?


A la calle.
Asumidlo.


Sé que a muchos de vosotros esto le ha pasado y habéis aprendido a pasar página. Sois gente fuerte, que ha aprendido a dar importancia a según qué cosas y a seguir adelante. A decir "Esto no me importa" y creerlo realmente.
Lo he dicho alguna vez, pero os lo repito: os envidio. De corazón, quiero ser como vosotros. Me gustaría coger y aprender a distinguir a aquella gente que no es sana para mí y a la que he dejado de importar y desprenderme de según qué recuerdos como si fuera una piel muerta. Me gustaría impermeabilizarme y hacerme invulnerable. De verdad que os lo digo, me encantaría ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva y separar el grano de la paja. Me encantaría saber seguir adelante y pasar página con esa facilidad.
Pero lo cierto es que no sé.
Supongo que es porque no soy una persona emocionalmente fuerte, o porque tengo la malsana costumbre de darle excesiva importancia a lo que no debería. No lo sé. Lo único que puedo deciros es que, llegados a este punto del año, yo ando ya con las fuerzas por los suelos. Sumad esto al hecho de que este no es el único año malo, sino otro más, tras unos cuantos en que las cosas a nivel personal no solo no han mejorado sino que se han vuelto más intensas. Más convulsas. Más caóticas. Más conflictivas.


Au.


Va a ser otro año que acabe y lo más inteligente que se me ocurra hacer sea hacer recuento de bajas a mi alrededor. Balance de todos aquellos conflictos que no he sabido gestionar. De todas las heridas emocionales que me he llevado por cada uno de ellos. Sí, estoy seguro de que no es el mejor modo de terminar un año. Podría ponerme a sonreír de forma falsa y simular que todo va bien; que todo va a salir bien en cuanto llegue el 1 de enero. Puedo ponerme a seguir esa filosofía positiva de que solo tengo que tener una buena actitud para que la vida me sonría. Puedo mentirme a mí mismo de muchas maneras, pero lo cierto es que ya no me quedan ganas de hacerlo. Lo único que quiero es, para variar, un pequeño descanso de esta tónica que está siendo mi vida. Esa rutina de no entender lo que sucede a mi alrededor, de esforzarme para nada. De sufrir reveses y espaldarazos uno detrás de otro. De ser siempre el blanco de los problemas, cuando no el gran perdedor. De discusiones, de situaciones incómodas. De relaciones que se enfrían. De hablar al aire. De sobrar. De separaciones que me duelen en el alma.

Y lo más triste es que yo no sé hacer las cosas mejor de lo que las hago.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Angst- Harto



Conoces ese sentimiento, ¿verdad? Lo conocéis todos.
Lo habéis sufrido en algún momento de vuestras vidas. Unos, de forma testimonial; otros, día a día.
Hastío.
Cansancio.
Esa sensación que tienes cuando te das cuenta de que ya no puedes más y, pese a todo, ahí sigues, obligado a aguantar lo que te toca.
Se supone que deberías hacer tal cosa, que deberías dejar de hacer otras tantas. Y tú ahí en medio, con un único pensamiento en la cabeza, que brilla como una bengala:
Estoy harto.

Os diré de lo que estoy harto yo.
Estoy harto de querer y no poder.
De intentar hacer las cosas siempre lo mejor que puedo, lo mejor que creo y lo mejor que sé. ¿Todo para qué? Para ser juzgado, tasado, evaluado y declarado indigno. Para recibir, metafóricamente hablando, patadas, bofetones y escupitajos en la cara.
Estoy harto de darme cuenta de que soy el único que se siente obligado a dar unas explicaciones que, pensándolo en frío, no tendría por qué dar. De claudicar, de capitular. De tener que agachar la cabeza y aceptar culpas solo por no seguir adelante en discusiones que no me llevan a ninguna parte.

Estoy harto de mi propio silencio.
Estoy harto de quedar enmudecido, de irme al rincón de pensar. Estoy harto de ver cómo mis pensamientos, sistemáticamente, son puestos en entredicho, ninguneados, declarados no válidos. De que todas y cada una de mis palabras me hagan sentir como un ignorante, como un pobre idiota que no sabe nunca de lo que habla.

Estoy cansado de sentirme inferior. De luchar siempre con todas mis fuerzas, poniendo mi corazón y mi alma en todo cuanto hago. De hacer lo que creo que es justo, de sacrificarme por el bien común. De seguir un camino lo más recto posible, de no desviarme por motivos egoístas. De ceder, de sentarme en la grada para ver la felicidad de los demás y recordarme a mí mismo que la mía parece estar vetada por algún motivo que no puedo entender. Estoy cansado de hacer todo esto para luego ser flagelado, pateado y crucificado.

Estoy harto de emprender mi propio camino al Calvario cada cierto tiempo. De subir a mi propia cruz y de ver cómo aquellos que en su día estuvieron a mi lado ahora me dan la espalda mientras cargo con ese pesado pedazo de madera. Estoy ya muy cansado de que me claven clavos en las muñecas y los pies, de que me atraviesen de parte a parte con una lanza y que luego me dejen a mi suerte para que los cuervos se echen a suerte mis restos.


Hala, a cargar con esto.


Estoy cansado de tener que visitar mi propio infierno una y otra vez. De ir añadiendo nuevas líneas a mi lista de errores vividos, y por los que no sé por qué tendría que perdonarme. De cuestionarme a mí mismo, tanto o más que lo que ya lo hacen los demás. De preguntarme constantemente qué he hecho mal y qué podría haber hecho mejor, si no he tenido nunca mejores opciones. Si, a fin de cuentas, siempre he hecho las cosas del mejor modo posible.

Estoy harto de vivir en círculos, de no avanzar, de sentir que mi vida no es más que un ciclo condenado a repetirse eternamente hasta el día que abandone este mundo. Estoy cansado de darlo todo y, a cambio, ser humillado, arrastrado y ninguneado. De esforzarme para que se me recompense con vacío, frío, oscuridad, silencio, desprecio o incluso odio.

No me quedan muchas fuerzas. Cada grito, cada palabra lanzada como si fuera un dardo envenenado; cada pulla, cada error restregado por mi rostro como si fuera un pecado mortal e imperdonable es una cicatriz que últimamente no hace más que sangrar. Al igual que un animal de laboratorio, siento que nada de lo que haga me llevará a un buen fin, por lo que al final opto por lo que haría él: me escondo en un rincón, me quedo en silencio. Aguardo la nueva oleada, sin demasiadas ganas de pelear. A veces, ya ni me pregunto por qué. Simplemente espero a recibir lo que sé que voy a recibir.

Estoy cansado de vivir con miedo. De medir mis palabras, para que no se me mande a callar, ni se me grite, ni se me diga cualquier cosa hiriente. De que se me recuerde que no soy lo que se esperaba de mí. Que no estoy a la altura, que no soy gran cosa. Que a mi alrededor cualquier criatura es mejor, que tiene una vida más plena. Que al final, sienta que tengo que dar explicaciones acerca de por qué no llego. De por qué no soy tan genial, ni tengo tanto éxito en la vida como otros.

Estoy harto de empeñar mi palabra una vez tras otra, y ver que soy una voz que predica en el desierto. Harto de ser el único en comprometerse y en mantenerse fiel a sus promesas, solo para ver cómo el resto de mi Universo hace simplemente lo que quiere, aunque eso implique pasar por encima de mí y arrastrarme por el suelo sin piedad alguna.

Harto de llevar una máscara para protegerme y de ser visto como un bufón solo porque pocos, muy pocos, se molestan en mirar qué hay más allá. Cansado de ser el último mono, de ser ignorado o no tomado en serio. Estoy más que harto ya de llegar a casa y, en el único lugar que considero un auténtico refugio, mostrar mi verdadero rostro tal y como es. Un rostro no tan alegre como la mayoría piensa; el rostro de alguien que no entiende por qué tiene que soportar según qué cosas.


Lo que se ve no siempre es lo que hay.


Estoy cansado de hacerme preguntas y de no encontrar respuestas jamás. Estoy cansado de tener que aguantarme, de tener siempre la mano perdedora o de pagar por los crímenes de otros. Estoy cansado de llegar demasiado tarde, o de actuar demasiado pronto. Estoy cansado de no ser capaz de ver en los demás para no sufrir decepciones tan amargas. Estoy cansado ya de trifulcas, de discusiones, de riñas, de peleas. Agotado de ver cómo los dedos acusadores se ciernen sobre mí y no poder hacer absolutamente nada para evitarlo.

Estoy abatido. Desgastado.
Harto de hablar y no conseguir hacerme entender. De esa rabia, de esa impotencia que surge cuando ves que todo a tu alrededor se desmorona y se corrompe y las miradas se giran hacia ti, como si esperasen que tú las fueras a solucionar, o como si tú fueras el único e irremediable causante de todo el Mal que se esparce a tu alrededor.

Cansado de huir, de esconderme, de emprender nuevos caminos para volver a empezar. De tener fe en aquello y en aquellos por los que no debería tenerla, pues estoy viendo que la fe en mí dura realmente poco. Estoy harto de acabar siempre sintiéndome mal, de encogerme casi hasta la nada. De que lo mejor que se me ocurra cuando todo empieza a temblar es acurrucarme en un rincón y rezar porque esta vez toda la marea no caiga sobre mí. También estoy harto de que mis rezos no me sirvan para nada y acabe siempre con una diana en el pecho.

Estoy harto de dobles raseros. De ser juzgado con mayor dureza, de ser golpeado y zarandeado solo porque soy yo. Porque se esperaba más de mí. Porque por lo visto, en según qué contextos, no soy como los demás. Estoy cansado de que estos argumentos se usen como principal excusa para descargar rabia sobre mí. Rabia de la que no soy responsable y rabia por la que se me hace pagar, de una forma desproporcionada. Estoy harto de no ser capaz de defenderme, por miedo a iniciar una nueva guerra de desgaste que sé que no me va a llevar a buen puerto.

Estoy cansado de tener que explicar por qué agacho la cabeza y me someto como un perro vagabundo cuando debería levantarla como un lobo y mantenerla firme. Estoy cansado de no ser fuerte, de ser herido con tantísima facilidad. Estoy más que harto de que encuentren mis puntos débiles y se hurgue en ellos con tanta libertad. De que llegue cualquiera y, con poco que me conozca, me haga sentir tan mal.


Eso harta.


Estoy harto de que el reconocimiento por lo que hago (por mucho o poco que sea) no exista. Que solo se vean mis defectos, mis errores, mis fallos y mis taras. Estoy harto de sentirme tonto, ciego, mudo e insignificante. Estoy más que cansado de merecerme algo bueno en mi vida y de no encontrarlo. De acabar comiendo migajas en el suelo y de que se me llame conformista por ello, cuando la cuestión es que logro lo que logro porque no he conseguido, no he sabido, hacerlo mejor. Porque eso es lo que he logrado poniendo todo mi empeño. Porque, admitámoslo: no doy para nada más.

Estoy harto de sentirme monstruoso, de que cada vez que intento mantenerme firme en algo en lo que creo, en ser fiel a mi palabra, y en aferrarme a lo poco que tengo, que son mis valores, se me ponga en tela de juicio. Se asuma que mi forma de pensar, de actuar, de vivir, es incorrecta. Que todo aquello en lo que creo no es más que un puñado de estupideces. Que soy intolerante, intransigente, inflexible. Ignorante, arrogante, torpe, inútil, vago. Rencoroso, cobarde, egoísta, mezquino. Me parto el alma por demostrar que no soy así. Que jamás he tenido intención alguna de serlo. No os imagináis hasta qué punto desgasta luchar por hacerlo y darte cuenta de que todo cuanto haces resulta ser total y absolutamente absurdo. Que ya has sido juzgado, tasado, evaluado y etiquetado.

Estoy ya exhausto.
Estoy cansado de que se me dé a entender que no hago una a derechas. Que valgo para poquita cosa, aparte de para soltar chistes guarros de los que, en el fondo, apenas se ríe nadie. De que, a cada paso que doy, siempre siempre siempre haya alguien poniéndome por delante una relación de todos y cada uno de los fallos que he cometido, sin importarle siquiera por qué los he cometido, o qué era lo que pretendía. Estoy harto ya de intentar construir algo para que se destruya, y luego tener que escuchar cómo se echa en cara que fue culpa mía por querer cometer la osadía de intentar ser un poquito feliz en esta vida.

Estoy harto de no tener ningún logro digno de mención por el cual nadie pueda restregarme mis carencias por la cara. De que, haga lo que haga, se achaquen siempre mi falta de ambición o de visión. De que todo el mundo conozca a alguien con quien compararme y dejar todos mis esfuerzos por los suelos. Estoy cansado de no haber podido nunca cerrarle a nadie la boca con lo que soy capaz de hacer... porque tampoco creo que sea capaz de hacer nada especial.


Que, a ver, ya me gustaría a mí... pero de donde no hay no se puede sacar. Y eso es lo que hay.


Estoy cansado de no ser nada del otro jueves. De no causar un gran recuerdo en la mayoría y acabar por ser olvidado tarde o temprano. Estoy cansado de que mi presencia incomode, sobre o directamente resulte ser una molestia. Estoy harto, muy harto, de darme cuenta de que acabo siendo la piedra que estropea los engranajes o la oveja negra. Harto de hablar un idioma que nadie entiende, o de no entender el idioma del mundo que me rodea. De sentirme como un alienígena en mi propio mundo, de querer encontrar mi lugar y estar condenado a errar de aquí para allá.

Estoy harto de todos y cada uno de mis fracasos, que me atormentan día sí y día también. De que, cuando no me los recuerde yo (lo cual ya es raro), siempre haya alguien que me los recuerde a mí, haciendo de paso que me sienta culpable. Y es que estoy también muy cansado de ver cada error como un fracaso y de no ser capaz de perdonármelos jamás.

Estoy cansado de hacerme daño. Estoy cansado de que me hagan daño. Estoy cansado de dejar que me hagan daño. Estoy cansado de no tener las fuerzas suficientes para trazar la línea que debería para que nadie más me pisotee.

Estoy cansado de que, lo único que pueda hacer cuando todo se hunde a mi alrededor, sea escribirlo para desahogarme... pero sin el cerebro, el valor o las fuerzas necesarias para dar con una solución que no implique el resultado habitual: que haga lo que haga, siempre acabe perdiendo. Siempre llevándome mi ración de heridas. Que, por buena voluntad que ponga, todo acabe saliendo mal. Que, por mucho que insista, se me va a considerar culpable de toda la destrucción causada.

De todo esto estoy harto.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Angst- Platos rotos




Hemos hablado ya varias veces de esto.
Si estáis hartos de leer lo mismo, nadie os obliga a continuar. Sois libres de coger el portante e ir a visitar algún sitio más interesante, donde cuenten noticias de actualidad, donde haya memes graciosos o un ranking sobre los muebles de cocina más estrafalarios que han inventado los escandinavos.
También podéis seguir aquí, nadie os echa. Sois hasta bienvenidos, en caso de que decidáis quedaros. A veces pienso que sois cada vez menos, lo que no digo como queja; eso me da cierta libertad para hablar sin tener que andar dando más explicaciones de las necesarias. Sin justificarme. Sin tener que desmentir lo que no he querido decir bajo ningún concepto.

Supongo que aquellos que os habéis quedado y seguís leyendo os habéis sentido alguna vez así. Me refiero a esos días en los que os levantáis por la mañana y sentís que no sois especiales. Que vuestras vidas no son lo que se diga gran cosa. Os dedicáis a vuestras tareas, a vuestras rutinas y dejáis la huella justita en el mundo como para avanzar al día siguiente y poco más.
Quizá sintáis que no estáis viviendo la vida que os merecéis. Consideráis que sois buenas personas, que no atacáis sin provocación a los que os rodean y que, en general, procuráis llevar una vida lo más pacífica y tranquila posible. Sin embargo, conforme pasan los días, las semanas... los años... os dais cuenta de que, por mucho que queráis, no progresáis. Seguís ahí, en una especie de bucle.
Os sentís los hijos medianos de la Creación.


"¡Feliz día del hijo mediano! Oh, ¿no te habías dado cuenta de que es el día del hijo mediano? No te preocupes, si nadie lo hace... no eres más que el relleno".


No siento vergüenza alguna al reconocer que me siento así con relativa frecuencia. No es la primera vez que, por motivos que no mencionaré aquí, me he sentido en ese plano: viviendo el rechazo, el olvido o la indiferencia de muchos de los que me rodean. Sin causar mella en poco más que en un puñado de personas que sí creo que realmente me entiendan; en el resto de los casos, no soy más que el de siempre: bufón, chivo expiatorio o como quieras llamarlo.
Desde que puedo recordar (y, creedme, es bastante tiempo, gracias a mi buena memoria) he podido sentir cómo mucha gente ha pagado conmigo su falta de paciencia, sus frustraciones o sus problemas personales. Ninguna de las tres cosas ha sido directamente responsabilidad mía, pero ha dado igual. A causa de ello, desde muy temprana edad, he tenido que soportar cómo se me levanta la voz, se me trata como si fuera una molestia o directamente ni se me trata.
Y yo, idiota de mí, he agachado la cabeza.

Ante eso diréis que eso de agachar la cabeza cuando me tratan de esa manera es culpa mía, y no os voy a quitar la razón. Pero antes de ser sometido a juicio sumarísimo me gustaría saber cuántos de vosotros habéis mantenido la cabeza alta cuando lo último que queréis es ser visibles ante un conflicto, o cuando simplemente no os quedan fuerzas. Cuando sabéis que, digáis lo que digáis, solo empeoraréis las cosas. Que no vais a arreglar nada plantando cara, salvo entrar en una discusión que sabéis que jamás ganaréis.
Quizás por eso, no lo sé, me considero una persona relativamente vulnerable. He estado pensando en ello últimamente y pienso que esa podría ser una de las razones. Cuando te conviertes en aquel que paga los platos rotos de todo bicho viviente, tarde o temprano acabas por asumir según qué cosas; o bien, te quedas sin defensas posibles. El embate constante hace que acabes tan cansado, tan harto ya de escuchar lo mismo que directamente no le ves sentido a seguir por ese camino.


Y a callar.


Lo más gracioso es justo lo que he mencionado arriba: lo que es por mi parte, jamás ha habido intención alguna de provocar nada. Jamás he cogido, me he levantado un buen día y me he dicho "Voy a tocarle las narices a fulanito y menganito para que se cabreen conmigo". Cualquiera de los que me conocéis solo un poco sabéis que no soy así. No a menos que se me haya atacado a mí o a mi entorno previamente. Y ni por esas actúo de esa manera hasta que considero que la afrenta ha sido lo bastante grave.
Sin embargo, he perdido la cuenta de todos los seres humanoides que han cargado sobre mí el peso de la culpa. Desde gente que pasa por un mal día y me pilla por banda hasta los que directamente prefieren acusarme a mí de sus miserias en lugar de reconocer las propias. Están también aquellos que consideran que lo más cómodo es responsabilizarme de cualquier puñetera cosa que no les gusta para así tener libre su conciencia.
Gente que me ha gritado, gente que me ha humillado sacando asuntos personales delante de quien no debía, gente que me ha tratado como si yo fuera la peor criatura jamás parida sobre la faz de la tierra. Gente que me ha hecho sentirme como un pedazo de mierdecita, y no por lo que me han dicho en sí, pues estoy por encima de según que cosas. Si me he sentido tan mal no ha sido por tal o cual palabra que se ha usado en mi contra, sino por la falacia que supone todo. Por ponerme la diana en el pecho y empezar a disparar con total libertad. Por lo injusto que es hacerme pagar a mí por algo que llevan ellos dentro. Porque saben que yo jamás habría hecho algo de ese calibre.
Porque sé que no me merezco ser tratado de ese modo.
Porque merezco algo mejor.

Es la clase de cosas que, metafóricamente, hacen que me den ganas de coger una manta y arrebujarme en ella en un rincón, donde nadie pueda acordarse de que estoy ahí para que sigan con esa política. En la vida real, metáforas aparte, no sería la primera vez que me han dado ganas de coger, levantarme y largarme a algún sitio tranquilo donde me dejen en paz. Donde nadie me acuse de lo que no he hecho. Donde no se me cargue con las culpas de otros. Donde no se viertan las iras contenidas sobre mí.
Llegados a este punto, hago como cualquier otro ser humano que se encuentra en esta situación: me pregunto por qué al final soy yo siempre el que se lleva los golpes. Por qué soy yo al que todo el mundo se permite el lujo de hablar así, cuando yo no hablo así ni a alguien que me está tocando la moral a dos manos. La cosa se pone complicada al no encontrar respuesta. Por mucho que lo piense, no doy con ninguna solución lógica a por qué ha venido sucediendo esto a lo largo de toda mi vida.


He aquí una sutil metáfora de adónde me ha llevado cuestionarme eso.


Es entonces cuando una parte de tu mente llega a una durísima conclusión. No a la de dar la razón a todo esto: cuando sabes que no eres culpable de lo que pasa en la cabeza de los demás, no puedes sentirte culpable de que la paguen contigo. No, no voy por ahí. La conclusión a la que llegas, de una forma inevitable, es a la de sentirte terriblemente inferior. Piensas que, si lo mismo fueras más de lo que eres, tal vez tu Universo personal no te vería como un punto donde descargar todas sus iras.
Lo duro, lo realmente duro, es darte cuenta de que no eres más de lo que eres. Eres así y punto (no es una cuestión de conformismo, sino de llegar a tu límite y ver que no puedes dar más de lo que ya das), lo que te lleva a asumir que el camino que te espera es justo ese: a que cualquiera, en el momento en que las cosas se pongan feas, te lance el dedo acusador, te haga culpable de lo que sea, te levante la voz, te mande a callar o directamente te trate como si fueras el responsable de todas y cada una de las cosas que le molestan.

Eso en el más evidente de los casos, pues la otra variante es sentirte que directamente has dejado de importar. Que tu voz no cuenta y que, en definitiva, ya no aportas lo bastante para que se siga contando contigo. Es ahí cuando te empiezas a dar cuenta de que, para ir resumiendo, no eres gran cosa, ¿vale? Que sí, que podrías aspirar a más y tal, pero tenlo claro: no llegas. No das la talla. Eres el que mete la pata cada vez que abre la boca, el que no parece tener  más que pifias en su haber, raramente perdonadas y jamás olvidadas (años recordándotelas, bien unos, bien otros, son la prueba fehaciente de ello). No eres lo bastante bueno o simplemente no te ajustas a según qué parámetros, según qué perfiles. Eres la pieza que no encaja en según qué engranajes y, como tal, te ves abocado a emprender tu camino por la vía muerta.
Divergencia.
Separación.
Frío.


Bienvenidos a su destino.


La parte más triste de esta última idea no es tanto la separación en sí (que también), sino el hecho de ver que no estás a la altura de lo que se esperaba de ti. Ese momento tan intenso en que te das cuenta de que, poco a poco, estás siendo descartado, desplazado. Lentamente rechazado. Personalmente, lo he vivido una y otra vez y, a estas alturas, lo único que me queda es agachar la cabeza y respetar cuando me lo hacen. ¿Por qué? Porque esa no es mi decisión. Porque no puedo obligar a nadie a estar cerca de mí. Porque, lo quiera o no, los demás tienen sus vidas y, en según qué circunstancias, yo dejo de formar parte de ellas, lo quiera o no.
Es la epifanía de darte cuenta de que sobras. De que ya no pintas nada, o no tienes nada que ofrecer. Estás obsoleto, o como quieras llamarlo. Sencillamente, has perdido tu brillo. Otros universos parecen florecer con fuerza, mientras que el tuyo mengua, decae y se enfría. Es así y a ver cómo lo enderezas.

Supongo que toca admitir que yo estoy para lo que estoy, pero para poco más. Solo hace falta que vuestras vidas evolucionen un poquito para que yo deje de ser necesario. Para que, de forma consciente o no, me apartéis de ella... o para hacer que sea yo el que lo acabe haciendo, lo que viene a ser tres cuartos de lo mismo. Llegará un momento en que mis palabras dejen de suponer nada para vosotros y os aburra lo que tenga que decir, cuando no os parezca una sarta de estupideces. Para que, en resumidas cuentas, mi mera presencia os canse. Muchos de vosotros tomaréis un curso de acción diferente y, sin hacerlo adrede, acabaréis por hacer lo que os he comentado más arriba: me gritaréis los días que tengáis un problema con otra persona, o simplemente cuando os levantéis con el pie izquierdo; otros la habréis cagado con vuestro entorno y me culparéis a mí de haberme comportado tal y como habéis hecho vosotros. Algunos de vosotros lanzaréis esas acusaciones de forma pública; otros no, pero me culparéis igual. Negaréis haberos cansado de mí, pero en el fondo, muy en el fondo, una parte de vosotros sí reconocerá estarlo, y será esa parte la que decida poner distancia.
Otros os dedicaréis a lanzarme pullas, a restregarme por la cara mis defectos (que sé que son muchos, pero ya me basto yo solito para recordármelos, gracias); a decirme una y otra vez que no soy suficiente, que soy falible. A recordarme con todo lujo de detalles mis errores, hasta el punto de hacerme creer que no sirvo para mucho. Juzgaréis mi vida de forma sistemática, aun a sabiendas de que yo jamás juzgaría la vuestra. Independientemente del grupo en que estéis, seréis gente que me hace daño. Algunos ni os daréis cuenta o daréis por sentado que según qué cosas no tienen que afectarme, y me tendrá que parecer bien ese criterio.
Ninguno de vosotros, se dé cuenta o no de lo que hace, se disculpará jamás. Y no exagero, me temo: hasta la fecha, de todos aquellos casos a los que me estoy refiriendo aquí (como siempre, no doy nombres, pero puedo deciros que superan con mucho la docena de personas, por no decir que son muchos), ninguno ha venido jamás a decirme: "Oye, mira, me parece que me he pasado contigo. Te dije cosas que no debería haberte dicho. Te he echado las culpas de cosas que no tenían absolutamente nada que ver contigo y has pagado los platos rotos cuando no tenías por qué. Te he tratado de un modo que no te merecías y sé que tú jamás te habrías comportado así conmigo".
En treinta y muchos años, ni uno me ha dicho ni una sola de estas cosas, ¿vale? Ni uno.


Estoy yo pa hacer de juez.


Si estáis leyendo esto, puede que algunos de vosotros digáis que eso jamás os pasará conmigo. Que exagero, que dramatizo. Y yo quiero creeros. Os lo digo de corazón, quiero creeros. Quiero tener la certeza de que me equivoco, pues nada me gustaría más que equivocarme en esto y, si hay alguien que piensa lo contrario y se cree que solo quiero llevar la razón, le diré que se está equivocando conmigo, y mucho.
La cuestión es que, salvadas honrosas excepciones en mi vida (y diría, sin mucho miedo a equivocarme y nuevamente sin dar nombres, que esas personas saben perfectamente quiénes son), la mayoría del mundo que me rodea solo se queda en lo que se ve y de ahí no se mueve: en los chistes malos. En las frases políticamente incorrectas. En las palabrotas. En las guarrerías. En mil y una cosas superficiales que uso para protegerme del mundo. Pocos, sin embargo, se han aventurado en ir más allá. En molestarse en echar un vistazo para ver la clase de persona que soy realmente, y qué es lo que me ha llevado a ser como soy. Sin juicios, sin lecciones.
A veces no necesitamos alguien que nos diga lo que tenemos que hacer.
Basta con alguien que nos diga que entiende por qué hemos hecho lo que hemos hecho y por qué somos como somos.

jueves, 13 de octubre de 2016

Mondo Chorra- Lo que aprendes viendo (una vez más) Los Caballeros del Zodiaco: La Saga del Santuario (2)




Como ya recordaréis, si leísteis el post anterior, Katya y yo nos propusimos hacer un visionado completo de Los Caballeros del Zodíaco desde su primer capítulo hasta las sagas más recientes. A lo largo  de ese visionado, hemos ido encontrando cosas de lo más curiosas, que hemos ido anotando y comentando. Debido a la enorme cantidad de material encontrado, hubo que recortar el post original y dividirlo en dos. He aquí la segunda parte de lo visto durante la primera saga, la del Santuario:


120. Para recuperar la vista tras espachurrarse las córneas, lo mejor es tomar té de hierbas, beber agüita mágica del Monte Polla, unos rezos y pasarse el Dante's Inferno.
121. Sabes que te han lavado el cerebro porque te sale conjuntivitis. En el caso concreto del Caballero de Leo, además se le queda cara de drogado. Pero luego le da el subidón y se le ponen los ojos como dos huevos duros.
122. El Caballero de Leo, con la mente obviamente enajenada, se pone gallito a Seiya y le dice que por sus cojones toreros no pasa. Siguiendo las enseñanzas del Maestro Coelho, Seiya tiene una mente positiva y lo primero que piensa es que está fingiendo porque lo mismo hay algún espía por ahí.
123. Marin enseñó a Seiya las técnicas de subterfugio y sigilo que tan famoso le han hecho. Por eso se dedica a corretear por territorio enemigo a plena luz del día y por sendas claramente visibles. Eso sí, lleva armadura y una capa puesta por encima para que no la reconozcan los tropecientos soldados que están vigilando el camino.
124. Marin vive en el Santuario y parece ser que no se había enterado de que las Doce Casas están vigiladas por... doce Caballeros de Oro.
125. Si el espacio era una abstracción relativa, la diferencia de edad también lo es. Por eso, en los flashbacks, podemos ver que Seiya es unos cuatro o cinco años más pequeño, pero Marin y Aioras siguen con la misma edad. El mismo caso que Ikki y Shun, que se supone que se llevan dos años, pero vemos una visión en que Ikki, de unos seis o siete años, lleva a un bebé Shun en brazos.
126. Aioras se presenta a Seiya, pero en un flashback descubrimos que se conocían de toda la vida. En el mismo flashback, sabemos también que, pese a que hace unos capítulos nadie sabía de las existencias de las demás Armaduras de Oro, Marin dice que Aioras es "diferente a los demás Caballeros de Oro". Recordemos que Milo y el Patriarca TAMPOCO sabían que Aioras era el Caballero de Leo. Todo esto tiene una explicación: aquí ha habido borrado de memoria colectivo.
127. Un Caballero de Bronce no puede igualar a uno de Oro. Sin embargo, un mastuerzo que no es ni Caballero sí puede poner contra las cuerdas a Marin, que es Caballero de Plata.
128. El ataque absurdo de la temporada: "Por el cuerno del León".
129. Cuando eres un pagafantas, lo mejor que puedes hacer por demostrar tu amor es suicidarte delante de un enemigo contra el que no tienes ni la más mínima oportunidad para beneficiar a un tío al que odias desde hace años.
130. El estado de terror que genera el Patriarca es tan terrible que todos los soldados están cuchicheando y haciendo apuestas por ver si los rebeldes de Bronce acaban aplastando a los de Oro. Menos mal que a cualquiera que pensara solo un pelín diferente lo torturaban hasta la muerte.


"Recordad a Cassios, Caballeros: murió en la friendzone".


131. El Patriarca confía tanto en sus defensas que, mientras los Caballeros de Oro van palmando uno detrás de otro en la batalla de las Doce Casas, todo su ejército de soldados está tomándose unos chatos en la taberna del pueblo. Nótese además que están enterándose de toda la movida a tiempo real.
132. La gente piensa que el Patriarca es bueno. Sin embargo, todo el mundo sabe que le ha lavado el cerebro a Aioras por dudar de él con un arma llamada "Rayo Satánico". No olvidemos además que, en el momento en que tomó posesión del cargo, se dedicó a torturar y matar a un montón de gente. Y todavía está eso de los sirvientes desaparecidos tras haberle visto el rostro.
133. El Caballero de Virgo se supone que es el más sabio y noble de los Caballeros de Oro. Sin embargo, presencia cómo el Patriarca le lava el cerebro a Aioras y no mueve un dedo. También defiende su Casa, mostrando una lealtad ciega al Patriarca. Cuando se le pregunta cómo es capaz de estar impasible ante el mal, su respuesta es que el bien y el mal son términos relativos. Pero eso sí, él sigue luchando por la justicia y tal. Echándole más cojones, asegura distinguir el bien del mal con total claridad.
134. Puedes atravesar un océano desde una isla remota hacia el Santuario en un par de minutos, pero puedes echar horas en atravesar las escaleras de una Casa a otra.
135. Tanto Cassios como Ikki tienen multipase. Eso explica por qué llegan a la Casa de Virgo sin tener que partirse la boca con los primeros Caballeros de Oro.
136. Si eres un Caballero de Bronce que, entre Caballeros de Plata, Caballeros de Oro y algún que otro Sonota Saint ya tienes un recuento de muertos que ríete de RoboCop, siempre puedes acojonarte al ver a un mastuerzo sin armadura plantándote cara en las escaleras que llevan de una Casa a otra.
137. La mejor manera de entrar en la Casa de un Caballero de Oro es pegando gritos buscando a un compañero. Porque si no está muerto, mola cantidad eso de ir delatando tu posición nada más plantar los pinreles.
138. Cassios diña de una hostia que le atraviesa de parte a parte, pero cuya herida se cierra justo antes de morir.
139. Shaka es un Caballero pacífico. Sin embargo, no tiene reparo alguno en mandar a un puñado de salvajes a arrasar la isla-spa de Ikki y matar gente por diversión.
140. La isla-spa de Ikki está ocupada por un puñado de pueblerinos que, en sus orígenes fueron enviados por Atenea en persona para proteger la susodicha isla. Dichos pueblerinos, hoy en día, diñan a pares con una facilidad pasmosa. Se ve que algo falló en la idea original...


"¿Sabéis lo que digo? Que me lo paso tó por el higo".


141. Fénix ve cómo lanzan a una moza a un cráter en erupción. Sabemos que es bastante más rápido que un humano normal. Sin embargo, su actitud es la de convertir oxígeno en dióxido de carbono estúpidamente mientras esto sucede. Porque la moza tiene reflejos y se agarra a un pedrolo, que si no, con Ikki está salvada.
142. El Caballero del Loto tiene un perro tallado en la hombrera izquierda de su armadura. Claro, ¿por qué no?
143. La frase lógica de la batalla entre Fénix y los discípulos de Shaka de Virgo: "No está del todo muerto". Porque la muerte tiene estados, todo el mundo lo sabe.
144. La chica a la que Ikki salva tiene, de manera muy oportuna, la altura justa para que su cara llegue a su entrepierna. Así nos lo hace ver muy sutilmente cuando éste la salva.
145. Escena yaoi: los discípulos de Shaka agarrando a Ikki en una especie de torbellino de colorines.
146. Puedes romperle el cráneo a alguien y, pese a todo, hacer que sufra eternamente.
147. Si ves que espachurran a un compañero con su propia cadena, lo inteligente es preguntarle si está bien. Por si la cadena le ha hecho cosquillas.
148. La isla-spa de Ikki y el Santuario están, por lo visto (y citamos textualmente), a millones de kilómetros. Al parecer están en planetas distintos y nadie nos lo había comentado.
149. El Patriarca dándose un baño es el equivalente en el Santuario a Saori tocando el piano en la Fundación Kido.
150. Mu puede sentir el Cosmos de los demás Caballeros. Sin embargo, siente el de Hyoga, que lleva varios capítulos fiambre en la Casa de Libra.


Hala, a bañarse.
Por cierto, ha sido inevitable contemplar todas las escenas de baño de este señor sin pensar que o no tiene pilila o la tiene pequeña.


151. Eres una diosa cuando estás tirada en el suelo con una flecha en el entreteto, te llueve encima y estás seca y con el vestido impoluto.
152. Shaka es de origen indio y, como tal, es rubio, de tez clara y con los ojos azules (cuando los tiene abiertos, claro).
153. Ikki se lleva palos hasta en el carnet de identidad. Le hacen mierda la armadura. Le privan de sus cinco sentidos y lo mandan de paseo a un catálogo de infiernos. Pero se estaba dejando hacer para dar con el punto débil de Shaka.
154. Momento yaoi: Ikki restriega cebolleta sobre el ojete de Shaka para matarlo.
155. El Caballero de Leo tiene como principal afición contar su vida. A todo el que se encuentre le cuenta algún rollo macabeo.
156. Cassios deja de ser pagafantas póstumamente. Shina pasa de su culo hasta que se muere. Solo entonces ésta se acuerda de lo bueno que ha hecho por ella.
157. Cassios encoge cuando muere. Pasa de medir unos diez metros de altura en vida a ser llevado en brazos con total facilidad por Aioria después de muerto.
158. Shina colecciona hostias en la tripa. A estas alturas de la Saga de las Doce Casas, ya debe tener el estómago incrustado en la médula espinal y debe cagar agua sucia.
159. Shiryu no tiene ni puta idea de que el Maestro de los Cinco Picos antaño era el Caballero de Libra. Parece ser que es el único en toda la serie que no se ha enterado, pese al hecho de que estaba presente cuando esto se reveló.
160. Hyoga es primo de Han Solo.

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No me preguntéis cómo he encontrado esta captura de la serie.
Por favor, no me lo preguntéis.


161. Todo el mundo conoce a Camus de Acuario, pese a que solo Hyoga lo ha visto en persona. Nadie sabía de las existencias de doce Caballeros de Oro, pero no pasa nada.
162. El Maestro Cristal es un Sonota Saint (un Caballero sin constelación). Sin embargo, según Shun, es "imposible" que haya alguien más poderoso que él. Ni uno de Oro siquiera.
163. Seiya solo necesita unos segundos viendo a Hyoga en un cacho de cristal para saber que está en animación suspendida.
164. La urna con la Armadura de Libra sale del suelo en medio de un espectáculo de luces. La Casa de Libra en realidad es un after.
165. Según Shiryu, el Maestro de los Cinco Picos SÍ era el Caballero de Libra y no se trataba de dos personas diferentes. Curioso si se tiene en cuenta que hace unos tres minutos y medio ha dicho lo contrario y no parecía saberlo.
166. Si eres Caballero del Dragón, hagas lo que hagas, debes despelotarte.
167. Shiryu trabaja para la teletienda en sus ratos libres. Hace además coreografías para enseñar las armas que vende.
168. La Armadura de Libra posee doce armas, una por cada Caballero de Oro. Sin embargo, tienen estrictamente prohibido usarlas. Si esto os parece de por sí inteligente, la cosa se pone fina cuando sabemos que es Atenea (es decir, Saori) la que, en su "sabiduría" (ejem), da permiso a los Caballeros para usarlas en según qué ocasiones.
169. El arma más idónea para sacar a alguien de un cacho de cristal (o hielo, que todavía no queda claro) sin dañarlo es una espada corta, algo más grande que un cuchillo cebollero. Todavía no sé cómo se ha roto el bloque de parte a parte, dejando a Hyoga sin un rasguño. Tampoco sé por qué esto es mejor que, por ejemplo, un tridente.
170. Momento yaoi: Shun decide encender su cosmos para calentar a Hyoga, que anda más congelado que las merluzas del Mercadona. Nótese cómo insiste a Shiryu y Seiya que se vayan, que él se encarga. Nótense todas las miradas. Nótese el casi morreo. Nótese cómo se tumba sobre su amigo moribundo y le pone la pierna por encima para encender su cosmos. Nótese todo. Si eres fujoshi, esto te pondrá cabestra perdida.


—¿Dónde estoy?
—Casa de Libra.
—¿Quién eres tú?
—Alguien que te quiere.


171. Shiryu es la Wikipedia del grupo. Conoce toda la historia y todas las leyendas habidas y por haber, empezando siempre por la frase "Mi maestro, allá en los Cinco Picos, me contó que blablabla". Lo mismo te cuenta cómo el Caballero de Sagitario se limpiaba el culo de niño que te cuenta la fábula de un conejo que se lanza al corazón de una bomba nuclear para salvar a un fulano que estaba echándose un paseo por el monte. Eso sí, luego no se acuerda de que su Maestro y el Caballero de Libra son el mismo tío, o de que Andrómeda fue obligada por su padre a ofrecerse como sacrificio y no se ofreció voluntariamente. Cosas que pasan.
172. Es tradición entre los Caballeros de Bronce, amigos de toda la vida, dejarse tirados unos a otros a su suerte por eso de seguir con una misión. Si se quieren dar la vuelta para ir a por alguien, solo entonces habrá alguien que se lo impida.
173. Si te da el colocón con un Aguijón Escarlata del Caballero de Escorpio, tus ojos se volverán azules. Es algo así como la conjuntivitis del Patriarca, pero más elegante.
174. Lo bueno de enfrentarte a un Caballero de Oro es que puedes darle la espalda con total libertad en su casa y hablar de él como si no estuviera delante, que sabes que no va a atacar hasta que tires iniciativa.
175. Hyoga usa un arma nueva contra Milo de Escorpio. Le da no sé qué nombre, pero es como un lefazo antigravitatorio que orbita alrededor del Caballero.
176. Un puñado de capullos se va a enfrentar a Mu de Aries. Posiblemente son los mismos que estaban en el pueblo tomándose unas birras y apostando a ver si los Caballeros de Bronce daban pal pelo a los de Oro.
177. Mu de Aries es básicamente el voyeur de la serie. Su principal técnica consiste en teleportarse hacia los escalones más cercanos y quitarse de en medio para ver como un puñado de soldados de nivel 1 se dan de leches con Tatsumi y se follan por turnos a Saori.
178. Por si alguien no lo recordaba a estas alturas, hay otros Caballeros de Bronce. Atenea, en su infinita sabiduría (ejem) los ha mandado de vuelta a sus campos de entrenamiento, para reencontrarse con sus maestros (ignorados totalmente por el Patriarca, por cierto) y... y bueno, volver a estas alturas de la película y no hacer NADA.
179. El Caballero del León Menor ahora es el Caballero del Puma. Y el Caballero de la Hidra ahora se hace llamar Caballero de la Serpiente de Mar.


"Sí, bueno, estoy para ayudaros pero que sepáis que mi jornada acaba a las dos. A partir de ahí no asumiré tareas que no me correspondan fuera de mi horario laboral. Como si os matan, que no pienso mover un puto dedo. Eso sí, lo presenciaré TODO".


180. Milo de Escorpio inventó la técnica de combate para hacer estallar el corazón a los cinco pasos.
181. El maestro de tu maestro siempre será tu maestro. Es lo que se deduce de la pelea entre Hyoga y Milo de Acuario.
182. Milo sí conoce a Acuario, pese a que (insistimos una vez más) cuando habló con el Patriarca hace unos cuantos episodios, no tenía ni guarra de que había más Armaduras de Oro aparte de la de Sagitario y la suya propia.
183. La sangre es relativa: Hyoga sangra unos veinte litros de sangre solo con los dedos de Milo. A Cassios le atravesaron el torso de parte a parte con un puño entero y sangró la mitad, muriéndose de paso.
184. Jabu no puede ni ver a Seiya. No ha habido hecho alguno en toda la serie que motive su cambio de opinión o que haya habido acercamiento entre ambos. Sin embargo, confía plenamente en él y en sus capacidades.
185. Descubrimos la utilidad del resto de Caballeros de Bronce: traerle el cetro a Saori para que lo sostenga con una mano, pese a estar inconsciente y muriéndose.
186. Kido en realidad era Sean Connery.
187. Mu de Aries parece el prototipo de funcionario: solo se menea cuando la Armadura de Sagitario vuelve al Santuario y se pone a vibrar como si fuera un consolador de oro de 80 kilos. Es el equivalente en la serie a una inspección laboral.
188. Marin se ha pegado inconsciente unos cinco o seis capítulos.
189. El Patriarca se podría haber ahorrado muchos quebraderos de cabeza si, en vez de matar a Aioros, le hubiera lanzado un rayo satánico. Total, aunque hubiera tenido testigos nadie habría movido un dedo.
190. Aioros parece tener parte de su espíritu alojado en la Armadura de Sagitario. Bien. Quiere poner a prueba a los Caballeros de Bronce para ver si son dignos de proseguir la batalla. Bien. Para ello, hará que el viaje por la casa de Sagitario parezca una pantalla del Dantes Inferno. Vale, bien. Lanza pedruscos a los Caballeros de Bronce. Bueno. Pone la vida en juego de los Caballeros de Bronce incluso más que todos los Caballeros de Oro juntos, pese al hecho de que está MUERTO. Esto ya empieza a mosquear. Te empiezas a plantear si este cabrón realmente no está de parte del Patriarca y que, si por el motivo que sea, los Caballeros de Bronce no superan  sus pruebas... deja que el mal gane. Moriría Saori y el Patriarca arrasaría medio planeta. Joder, qué cara está la dignidad.


Todos los Caballeros de Bronce del anime. Incluyendo "esos". Porque para la sabia Atenea, no todos los Caballeros son iguales...


191. Shun tiene como afición principal dejarse caer por precipicios y colgarse con la cadena a cualquier peñasco. Excepto cuando andan cortos de tiempo para salvar a Atenea, que se le olvida y se parte el lomo contra un suelo de roca.
192. Entre los estudios básicos de un Caballero de Bronce, se cuenta con un nivel B1 de griego.
193. Shura de Capricornio es un obseso de la limpieza.
194. En este punto de la serie, ya es imposible llevar la cuenta de las veces que alguien ha dejado tirado a alguien.
195. Aioros iba a cuerpo gentil cuando se llevó a Saori del Santuario. Vistió la armadura para enfrentarse a Shura de Capricornio (o,  mejor dicho, esta lo vistió a él, porque si de él depende, sigue de paisano). Después de que Shura le diera pal pelo, la desvistió y se encontró con Kido. Porque es imprescindible desvestirte cuando estás moribundo.
196. En toda la batalla de las Doce Casas, Shura de Capricornio es el primer combate singular que tiene el Caballero del Dragón. Porque las prisas no son buenas.
197. Para enfrentarte a un Caballero de Oro, debes quedarte a pecho descubierto.
198. La técnica de la Cólera del Dragón es tan genial que cualquiera que se enfrente a ti descubre tu punto débil con solo unos puñetazos al aire.
199. Las heridas son relativas: estampar el puño en  pleno pecho es exactamente lo mismo que estamparlo en una costilla. De ahí que la localización de la herida cambie de un fotograma a otro.
200. Dohko de Libra enseña a Shiryu la técnica del Último Dragón, y al mismo tiempo le prohíbe usarla. Es más, le pide que la olvide. Muy pedagógico.


Como principal ataque, Shura de Capricornio asegura tener la espada Excalibur alojada en su brazo.
Como si no tuviéramos ya bastante potaje mitológico...


201. Si alguien merece respeto en esta serie es el Cuerpo de Albañiles del Zodíaco: verás qué risas cuando tengan que llevar los ladrillos hasta la Casa de Capricornio, en todo lo alto de las Escaleras Puto Interminables, y tras haberse enfrentado a los Caballeros de Oro que han sobrevivido a la batalla.
201. Dohko llora por la muerte de su discípulo... pero le da la espalda a la estrella fugaz en que se ha convertido.
202. Shura no parece haberse enterado del bulo del Patriarca acerca de que Atenea estaba en el Santuario desde hacía años y solo hablaba con él. De hecho, es ahora cuando parece saber de la existencia de Atenea.
203. La existencia de Cristal es borrada de la continuidad durante la conversación entre Hyoga y Camus de Acuario, para luego volver a ser reinsertada en un flashback unos minutos después.
204. Al parecer hay varios Caballeros de Cristal. Nadie había comentado nada antes, ni comentaría nada después. Pues vale.
205. Andrómeda de Piscis y el Señor del Antifaz de Sailor Moon son familia. Eso explica por qué ambos se presenten lanzando una rosa a sus enemigos.
206. Seiya conoce el nombre del Caballero de Piscis, pese a que es la primera vez que oye hablar de él en su puta vida. Porque es Seiya. Y tú no.
207. Momento yaoi: Cruce de miradas entre Afrodita y Shun. Amor a primera vista que culmina en una tormenta de hostias.
208. En sus ratos libres, Afrodita se dedica a la jardinería. En apenas doce tristes horas, le ha dado para cubrir un tramo de escaleras (pero de las tipo Santuario, de estos que abarcan unos dos kilómetros y medios cuesta arriba) con más de 130 millones de rosas rojas. Dichas rosas tienen un aspecto tan amenazador que el propio Seiya, después de haberse reventado contra una docena de caballeros, se queda un par de minutos mirándolas antes de dar un paso.
209. Albiore de Cefeo es maestro de Andrómeda y Caballero de Plata. Es asesinado por Milo de Escorpio. Sí, ese mismo que decía que matar a los Caballeros de Bronce era indigno por eso de ser de una categoría inferior. Una de dos, o considera a los Caballeros de Plata como iguales (pese a que no lo son) o el día que le mandaron matar a los Caballeros de Bronce le venía mal porque tenía programada una partida al LOL.
210. Mucho cachondeo con Shun, pero tiene la vida más jodida de todos los Caballeros de Bronce: en su isla hay un clima tan mierdero como la Isla del  Infierno de Ikki, solo que lo cacarean menos. Es pacifista y sus propios compañeros le hacen bullying por eso. Cada vez que quiere probarse a sí mismo contra un enemigo viene su hermano a dar por culo. Y encima no hay bicho viviente sobre la tierra que no lo esté llamando blandengue, de forma literal o forma encubierta. Si una buena mañana se levanta con un M16 en la mano y se lía a tiros en un burger, no os extrañéis.


"¡Hola, familia! ¡Hoy os vamos a enseñar cómo adornar vuestro Santuario del Atenea poseído por el Mal con tropecientos millones de rosas! ¡Para eso necesitaremos tropecientos millones de rosas, chorrocientos millones de peldaños, la armadura de Piscis y mucha ilusión!"


211. June es Caballero del Camaleón, de Bronce. Se supone que el Desafío Galáctico reunía a todos los Caballeros de este tipo para luchar por la Armadura de Sagitario. A esta moza o no le llegó el mail para convocarla o lo mismo ese día tenía una partida programada al LOL.
212. Afrodita no solo es familia de Armando. También lo es de Shaka de Virgo. Ambos tienen la puñetera manía de quitarte los cinco sentidos mientras te dan de hostias.
213. Albiore al parecer había hablado a Shun del Séptimo Sentido. La cara de pasmo que pone cuando Mu les habla a los Caballeros de Bronce acerca de esto, supuestamente por primera vez, se puede interpretar de dos maneras: Una, que Shun tiene memoria de besugo, y dos, que ya lo sabía todo, pero no dijo nada porque no quería quitarle la ilusión al Caballero de Aries de hacer una puta cosa útil.
214. La Rosa Piraña (este nombre no es coña, se dice así) guarda ciertas similitudes con la rosa de Zamarrilla.
215. Afrodita sabe que el Patriarca es más malo que un dolor. Pero lo acepta tal y como es. Por si no habíamos escuchado ya excusas absurdas.
216. Los soldados del Santuario llevan tiempo buscando a Shina, que por lo visto había optado por la disidencia y había huido. A ninguno, al parecer, se le había ocurrido seguir a Cassios o hacerle unas preguntas. Se ve que el Santuario tiene muchos Caballeros, soldados y hasta mutantes, pero carece de algo lejanamente cercano a un servicio de inteligencia.
217. El jefe de la guardia del Santuario, al igual que todo bicho viviente en la isla (a excepción de Marin y Shina) se entera de todas las noticias a tiempo real. Entre sus muchas tácticas de terror hacia el enemigo, se encuentra la más peligrosa de todas: darle esperanzas acerca de sus seres queridos y decirle que sí, que sigue vivo todavía.
218. Shina, al igual que Cassios e Ikki, obtiene un Multipase para colarse en el Santuario por uno de esos caminos ocultos que todo el mundo, salvo los Caballeros de Bronce, parecen conocer.
219. Si entras en casa de tu peor enemigo, este ha usado ardides de todo tipo para matarte a ti, a tus seres queridos, raptar una diosa, mangarse una Armadura de Oro, dar un golpe de estado y provocar guerra allá por donde pisa, y te lo encuentras llorando como una Magdalena, lo más lógico es pensar que se ha arrepentido sinceramente y darle la espalda mientras te das un paseo por la habitación.


Muuuuuuuuuuultipase.


220. Un Phoskito para el que consiga adivinar dónde guardaron el cetro de Atenea cuando Aioros de Sagitario huyó con Saori y su Armadura de Oro.
221. El Patriarca parece ser familia de Shaka de Virgo y de Afrotida de Piscis. Otro que también te quita los cinco sentidos.
222. Seiya, sin sentido del oído, es capaz de oír cualquier cosa que le digan. Tampoco tiene vista para leer los labios, pero da igual. Es Seiya.
223. Seiya usa una técnica llamada... bueno, no he prestado atención a cómo se llama, pero consiste en arrimar cebolleta, del mismo modo que hicieran Ikki con Shaka y Shiryu con Shura. Si esto no se considera yaoi, debería.
224. Todos los Caballeros de Bronce tienen ataques especiales cuando se les inflan los cojones: Seiya tiene el Meteoro de Pegaso. Shiryu el Último Dragón. Ikki, la Cólera del Fénix (sí, aquí fue super original, el tío). Hyoga, el Cero Absoluto. Shun tiene una tempestad de tornados de color rosa.
225. Según Saga, nadie ha conseguido salir de la Dimensión que abre gracias a sus poderes. Para ser el Patriarca y estar al tanto de todo, se le ha escapado el puto detalle de que Hyoga lo consiguió hace ya horas.
226. Seiya camina sin sus cinco sentidos exactamente del mismo modo en que lo hace la gente que sale de ponerse hasta arriba de vino dulce en las bodegas El Pimpi.
227. La forma más elegante de hacer desaparecer una flecha de oro de la pechera de una diosa tolili es pixelándola.
228. Saori, una vez recupera el sentido, no tiene otra cosa que hacer que querer subir las escaleras a pie. Recordemos que los Caballeros de Bronce han necesitado doce putas horas para subir todo eso (total, para cargarse a cada Caballero de Oro habrán echado como máximo unos diez minutos en total) y que hay Caballeros de Oro como Mu que saben teleportarse. Pero bueno, ya sabemos como es Mu. Probablemente anda sentado en alguna escalera mirando al infinito.
229. Ikki es de esa clase de tíos cansinos que no te los quitas de encima ni con agua hirviendo. Puede valer para comercial de Jazztel o como plasta de discoteca.
230. Saori demuestra su infinita sabiduría como reencarnación de la diosa Atenea resucitando a Hyoga... y dejando pudrirse miserablemente el cadáver de Milo de Acuario, que yace a unos metros de él.
231. El papel de los Caballeros de Oro en el momento en que los Caballeros de Bronce, recién resucitados por Atenea se suman a Seiya, que anda en las últimas, se enfrentan a Saga de Géminis, alias Arlés, alias el Patriarca: MIRAR. La batalla es completamente desigual y los Caballeros de Oro están al cien por cien de sus fuerzas, pero lo más bonito que hacen es ver cómo Saga los apalea brutalmente. Nótese el papelón de Mu: "No hagáis nada, que esto lo tienen que hacer ellos". Recordemos: estos tíos luchan contra el Mal. Y  por la justicia, además.
232. Acabamos de encontrar a Mu de nuevo: Escondido detrás de Aldeberán de Tauro.