lunes, 14 de noviembre de 2016

Angst- Platos rotos




Hemos hablado ya varias veces de esto.
Si estáis hartos de leer lo mismo, nadie os obliga a continuar. Sois libres de coger el portante e ir a visitar algún sitio más interesante, donde cuenten noticias de actualidad, donde haya memes graciosos o un ranking sobre los muebles de cocina más estrafalarios que han inventado los escandinavos.
También podéis seguir aquí, nadie os echa. Sois hasta bienvenidos, en caso de que decidáis quedaros. A veces pienso que sois cada vez menos, lo que no digo como queja; eso me da cierta libertad para hablar sin tener que andar dando más explicaciones de las necesarias. Sin justificarme. Sin tener que desmentir lo que no he querido decir bajo ningún concepto.

Supongo que aquellos que os habéis quedado y seguís leyendo os habéis sentido alguna vez así. Me refiero a esos días en los que os levantáis por la mañana y sentís que no sois especiales. Que vuestras vidas no son lo que se diga gran cosa. Os dedicáis a vuestras tareas, a vuestras rutinas y dejáis la huella justita en el mundo como para avanzar al día siguiente y poco más.
Quizá sintáis que no estáis viviendo la vida que os merecéis. Consideráis que sois buenas personas, que no atacáis sin provocación a los que os rodean y que, en general, procuráis llevar una vida lo más pacífica y tranquila posible. Sin embargo, conforme pasan los días, las semanas... los años... os dais cuenta de que, por mucho que queráis, no progresáis. Seguís ahí, en una especie de bucle.
Os sentís los hijos medianos de la Creación.


"¡Feliz día del hijo mediano! Oh, ¿no te habías dado cuenta de que es el día del hijo mediano? No te preocupes, si nadie lo hace... no eres más que el relleno".


No siento vergüenza alguna al reconocer que me siento así con relativa frecuencia. No es la primera vez que, por motivos que no mencionaré aquí, me he sentido en ese plano: viviendo el rechazo, el olvido o la indiferencia de muchos de los que me rodean. Sin causar mella en poco más que en un puñado de personas que sí creo que realmente me entiendan; en el resto de los casos, no soy más que el de siempre: bufón, chivo expiatorio o como quieras llamarlo.
Desde que puedo recordar (y, creedme, es bastante tiempo, gracias a mi buena memoria) he podido sentir cómo mucha gente ha pagado conmigo su falta de paciencia, sus frustraciones o sus problemas personales. Ninguna de las tres cosas ha sido directamente responsabilidad mía, pero ha dado igual. A causa de ello, desde muy temprana edad, he tenido que soportar cómo se me levanta la voz, se me trata como si fuera una molestia o directamente ni se me trata.
Y yo, idiota de mí, he agachado la cabeza.

Ante eso diréis que eso de agachar la cabeza cuando me tratan de esa manera es culpa mía, y no os voy a quitar la razón. Pero antes de ser sometido a juicio sumarísimo me gustaría saber cuántos de vosotros habéis mantenido la cabeza alta cuando lo último que queréis es ser visibles ante un conflicto, o cuando simplemente no os quedan fuerzas. Cuando sabéis que, digáis lo que digáis, solo empeoraréis las cosas. Que no vais a arreglar nada plantando cara, salvo entrar en una discusión que sabéis que jamás ganaréis.
Quizás por eso, no lo sé, me considero una persona relativamente vulnerable. He estado pensando en ello últimamente y pienso que esa podría ser una de las razones. Cuando te conviertes en aquel que paga los platos rotos de todo bicho viviente, tarde o temprano acabas por asumir según qué cosas; o bien, te quedas sin defensas posibles. El embate constante hace que acabes tan cansado, tan harto ya de escuchar lo mismo que directamente no le ves sentido a seguir por ese camino.


Y a callar.


Lo más gracioso es justo lo que he mencionado arriba: lo que es por mi parte, jamás ha habido intención alguna de provocar nada. Jamás he cogido, me he levantado un buen día y me he dicho "Voy a tocarle las narices a fulanito y menganito para que se cabreen conmigo". Cualquiera de los que me conocéis solo un poco sabéis que no soy así. No a menos que se me haya atacado a mí o a mi entorno previamente. Y ni por esas actúo de esa manera hasta que considero que la afrenta ha sido lo bastante grave.
Sin embargo, he perdido la cuenta de todos los seres humanoides que han cargado sobre mí el peso de la culpa. Desde gente que pasa por un mal día y me pilla por banda hasta los que directamente prefieren acusarme a mí de sus miserias en lugar de reconocer las propias. Están también aquellos que consideran que lo más cómodo es responsabilizarme de cualquier puñetera cosa que no les gusta para así tener libre su conciencia.
Gente que me ha gritado, gente que me ha humillado sacando asuntos personales delante de quien no debía, gente que me ha tratado como si yo fuera la peor criatura jamás parida sobre la faz de la tierra. Gente que me ha hecho sentirme como un pedazo de mierdecita, y no por lo que me han dicho en sí, pues estoy por encima de según que cosas. Si me he sentido tan mal no ha sido por tal o cual palabra que se ha usado en mi contra, sino por la falacia que supone todo. Por ponerme la diana en el pecho y empezar a disparar con total libertad. Por lo injusto que es hacerme pagar a mí por algo que llevan ellos dentro. Porque saben que yo jamás habría hecho algo de ese calibre.
Porque sé que no me merezco ser tratado de ese modo.
Porque merezco algo mejor.

Es la clase de cosas que, metafóricamente, hacen que me den ganas de coger una manta y arrebujarme en ella en un rincón, donde nadie pueda acordarse de que estoy ahí para que sigan con esa política. En la vida real, metáforas aparte, no sería la primera vez que me han dado ganas de coger, levantarme y largarme a algún sitio tranquilo donde me dejen en paz. Donde nadie me acuse de lo que no he hecho. Donde no se me cargue con las culpas de otros. Donde no se viertan las iras contenidas sobre mí.
Llegados a este punto, hago como cualquier otro ser humano que se encuentra en esta situación: me pregunto por qué al final soy yo siempre el que se lleva los golpes. Por qué soy yo al que todo el mundo se permite el lujo de hablar así, cuando yo no hablo así ni a alguien que me está tocando la moral a dos manos. La cosa se pone complicada al no encontrar respuesta. Por mucho que lo piense, no doy con ninguna solución lógica a por qué ha venido sucediendo esto a lo largo de toda mi vida.


He aquí una sutil metáfora de adónde me ha llevado cuestionarme eso.


Es entonces cuando una parte de tu mente llega a una durísima conclusión. No a la de dar la razón a todo esto: cuando sabes que no eres culpable de lo que pasa en la cabeza de los demás, no puedes sentirte culpable de que la paguen contigo. No, no voy por ahí. La conclusión a la que llegas, de una forma inevitable, es a la de sentirte terriblemente inferior. Piensas que, si lo mismo fueras más de lo que eres, tal vez tu Universo personal no te vería como un punto donde descargar todas sus iras.
Lo duro, lo realmente duro, es darte cuenta de que no eres más de lo que eres. Eres así y punto (no es una cuestión de conformismo, sino de llegar a tu límite y ver que no puedes dar más de lo que ya das), lo que te lleva a asumir que el camino que te espera es justo ese: a que cualquiera, en el momento en que las cosas se pongan feas, te lance el dedo acusador, te haga culpable de lo que sea, te levante la voz, te mande a callar o directamente te trate como si fueras el responsable de todas y cada una de las cosas que le molestan.

Eso en el más evidente de los casos, pues la otra variante es sentirte que directamente has dejado de importar. Que tu voz no cuenta y que, en definitiva, ya no aportas lo bastante para que se siga contando contigo. Es ahí cuando te empiezas a dar cuenta de que, para ir resumiendo, no eres gran cosa, ¿vale? Que sí, que podrías aspirar a más y tal, pero tenlo claro: no llegas. No das la talla. Eres el que mete la pata cada vez que abre la boca, el que no parece tener  más que pifias en su haber, raramente perdonadas y jamás olvidadas (años recordándotelas, bien unos, bien otros, son la prueba fehaciente de ello). No eres lo bastante bueno o simplemente no te ajustas a según qué parámetros, según qué perfiles. Eres la pieza que no encaja en según qué engranajes y, como tal, te ves abocado a emprender tu camino por la vía muerta.
Divergencia.
Separación.
Frío.


Bienvenidos a su destino.


La parte más triste de esta última idea no es tanto la separación en sí (que también), sino el hecho de ver que no estás a la altura de lo que se esperaba de ti. Ese momento tan intenso en que te das cuenta de que, poco a poco, estás siendo descartado, desplazado. Lentamente rechazado. Personalmente, lo he vivido una y otra vez y, a estas alturas, lo único que me queda es agachar la cabeza y respetar cuando me lo hacen. ¿Por qué? Porque esa no es mi decisión. Porque no puedo obligar a nadie a estar cerca de mí. Porque, lo quiera o no, los demás tienen sus vidas y, en según qué circunstancias, yo dejo de formar parte de ellas, lo quiera o no.
Es la epifanía de darte cuenta de que sobras. De que ya no pintas nada, o no tienes nada que ofrecer. Estás obsoleto, o como quieras llamarlo. Sencillamente, has perdido tu brillo. Otros universos parecen florecer con fuerza, mientras que el tuyo mengua, decae y se enfría. Es así y a ver cómo lo enderezas.

Supongo que toca admitir que yo estoy para lo que estoy, pero para poco más. Solo hace falta que vuestras vidas evolucionen un poquito para que yo deje de ser necesario. Para que, de forma consciente o no, me apartéis de ella... o para hacer que sea yo el que lo acabe haciendo, lo que viene a ser tres cuartos de lo mismo. Llegará un momento en que mis palabras dejen de suponer nada para vosotros y os aburra lo que tenga que decir, cuando no os parezca una sarta de estupideces. Para que, en resumidas cuentas, mi mera presencia os canse. Muchos de vosotros tomaréis un curso de acción diferente y, sin hacerlo adrede, acabaréis por hacer lo que os he comentado más arriba: me gritaréis los días que tengáis un problema con otra persona, o simplemente cuando os levantéis con el pie izquierdo; otros la habréis cagado con vuestro entorno y me culparéis a mí de haberme comportado tal y como habéis hecho vosotros. Algunos de vosotros lanzaréis esas acusaciones de forma pública; otros no, pero me culparéis igual. Negaréis haberos cansado de mí, pero en el fondo, muy en el fondo, una parte de vosotros sí reconocerá estarlo, y será esa parte la que decida poner distancia.
Otros os dedicaréis a lanzarme pullas, a restregarme por la cara mis defectos (que sé que son muchos, pero ya me basto yo solito para recordármelos, gracias); a decirme una y otra vez que no soy suficiente, que soy falible. A recordarme con todo lujo de detalles mis errores, hasta el punto de hacerme creer que no sirvo para mucho. Juzgaréis mi vida de forma sistemática, aun a sabiendas de que yo jamás juzgaría la vuestra. Independientemente del grupo en que estéis, seréis gente que me hace daño. Algunos ni os daréis cuenta o daréis por sentado que según qué cosas no tienen que afectarme, y me tendrá que parecer bien ese criterio.
Ninguno de vosotros, se dé cuenta o no de lo que hace, se disculpará jamás. Y no exagero, me temo: hasta la fecha, de todos aquellos casos a los que me estoy refiriendo aquí (como siempre, no doy nombres, pero puedo deciros que superan con mucho la docena de personas, por no decir que son muchos), ninguno ha venido jamás a decirme: "Oye, mira, me parece que me he pasado contigo. Te dije cosas que no debería haberte dicho. Te he echado las culpas de cosas que no tenían absolutamente nada que ver contigo y has pagado los platos rotos cuando no tenías por qué. Te he tratado de un modo que no te merecías y sé que tú jamás te habrías comportado así conmigo".
En treinta y muchos años, ni uno me ha dicho ni una sola de estas cosas, ¿vale? Ni uno.


Estoy yo pa hacer de juez.


Si estáis leyendo esto, puede que algunos de vosotros digáis que eso jamás os pasará conmigo. Que exagero, que dramatizo. Y yo quiero creeros. Os lo digo de corazón, quiero creeros. Quiero tener la certeza de que me equivoco, pues nada me gustaría más que equivocarme en esto y, si hay alguien que piensa lo contrario y se cree que solo quiero llevar la razón, le diré que se está equivocando conmigo, y mucho.
La cuestión es que, salvadas honrosas excepciones en mi vida (y diría, sin mucho miedo a equivocarme y nuevamente sin dar nombres, que esas personas saben perfectamente quiénes son), la mayoría del mundo que me rodea solo se queda en lo que se ve y de ahí no se mueve: en los chistes malos. En las frases políticamente incorrectas. En las palabrotas. En las guarrerías. En mil y una cosas superficiales que uso para protegerme del mundo. Pocos, sin embargo, se han aventurado en ir más allá. En molestarse en echar un vistazo para ver la clase de persona que soy realmente, y qué es lo que me ha llevado a ser como soy. Sin juicios, sin lecciones.
A veces no necesitamos alguien que nos diga lo que tenemos que hacer.
Basta con alguien que nos diga que entiende por qué hemos hecho lo que hemos hecho y por qué somos como somos.

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