lunes, 30 de noviembre de 2015

Mis Truños Favoritos- Yatterman, de Takashi Miike



A lo largo de los últimos años, he visto cómo ha surgido una raza de puristas acerca de las adaptaciones de cómics al cine, quejándose de cosas tales como que la pinta de un personaje en tal o cual película no es exactamente igual a la que tiene en el cómic. Otros han venido con movidas del tipo que es que lo que se cuenta en la adaptación no se cuenta del mismo modo, escena por escena, a como se cuenta en la historia original. A menudo esta óptica suele ser más idealista que lógica y no suelen pararse a pensar que ciertas estéticas no sobreviven del todo bien al paso a la pantalla y que, al verlas en animación real, resulta, como poco, ridículo.
Podría decirse que Yatterman es la prueba de esto.
Una prueba tan dura como eso que hacía Kung-Fu de levantar un caldero al rojo vivo con los antebrazos y darse un paseo con él.



El anime original. Aquí no se aprecia el postureo que se marcan en la peli a la hora de subirse al perro.


No he visto la serie de animación original de los años setenta, ni el remake posterior que se ha hecho, pero sí ilustra un poco lo que quiero decir sin mucha necesidad de hacerlo: que si te pasas de literal adaptando la estética, te sale una especie de cuchillada visual que va directa a tus córneas y te deja, como poco, bastante comatoso durante el tiempo que dura la peli. Insisto: solo necesitas cinco minutos de peli para darte cuenta de que es un anime adaptado de forma tan literal que te das cuenta de que no puede ser otra cosa, sin haber visto dicho anime. La estética, los tópicos e incluso los efectos de sonido, todo te da la impresión de haberlo visto en miles de series de animación japo.

¿Cómo llega a mis manos semejante cosa? Echadle la culpa a Katniss Everdeen.


"¿A míii?"
Sí, Katniss, asúmelo. De no ser por ti, no habríamos acabado viendo esto.


Sí, queridos Distópicos, como lo oís. La buena de Katniss tiene la culpa. La cosa empezó con el estreno de Sinsajo: Parte Dos, para lo que unos cuantos amigos decidimos hacer un maratón con las pelis anteriores, para ver la saga de un tirón. Quedamos un sábado y empezamos a ver las tres pelis estrenadas hasta la fecha, pero nos dieron las diez y pico. Tras unas ocho horas o así de ver flechazos y perros mutantes, o escuchar silbidos o cañonazos, necesitamos un respiro. Es entonces cuando me dice uno de mis amigos, cuya identidad mantendré en el anonimato, lo siguiente:
—Tengo en Netflix una peli con la que vas a flipar.
Le pregunto de qué va y me dice que, a grandes rasgos, es tan absurda que la han quitado a los diez minutos de ponerla. La vuelve a poner y, por arte de magia, lambrusco o empanada casera, nos enganchamos a ver eso. Tengo que decir que la aseveración de mi amigo no solo no me defraudó, sino que se quedó muy corta. La peli es para flipar desde el minuto uno por lo absurda que es, pero no se queda en eso: cuando crees que no puede ser más descabellada, te demuestra lo mucho, mucho que te equivocas. Más a cuadros me quedo cuando me dice que esta peli la firma Takashi Miike, conocido por pelis tan dispares como Oodishon, Ichi the Killer o Visitor Q, peli que cualquier día de estos podría aparecer en esta sección.
Recuerdo que, hace algunos años, algún iluminado de página web se refirió a él como "ese enfermo director japonés", con el típico tonillo de friki-que-lo-flipa diciendo "tío, tío, tío, cómo mola cuanta sangre y tanto japonés berreando de dolor". Fue empezar a ver la peli y acordarme de aquel ser y preguntarme qué coño habrá sido de su vida después de haber visto lo que ha hecho ahora Takashi.


Takashi petándolo.


Empecemos a contar un poco de qué va esto: Yatterman empieza en plan peli porno, directa a la cara, sin prólogos ni preámbulos. Nos mete en medio de una batalla en una ciudad arrasada por dos mechas (traduzco: robotajo gigante con armas que rompe cosas) que se están dando de leches. Uno, el de los villanos, con forma de cocinero japonés, que usa armas tales como sartenes, cuchillos y tenedores, y pilotado por un equipo de tres personas: dos cretinos vestidos respectivamente de cerdo y de rata, y liderados por una tipa con peluca rubia, corsé de cuero (quizás lo más llamativo de la peli) y una máscara con cuernos al más puro estilo Mazinger Z; el otro, un perro mecánico gigante de color rojo. Los pilotos, los "héroes" (luego entenderéis por qué lo entrecomillo) de la historia, el dueto conocido como Yatterman. Se trata de dos chavales con antifaz y armas brillantes que hacen posturitas al aire mientras berrean su nombre a los cuatro vientos ("Número 1" y "Número 2"). Pelea chachi, con posturitas de todos colores, berridos de estos de los que te recuerdan a un tenedor pasando por un plato y robots dándose de leches. Termina la batalla, tras haber visto tocadas de tetas accidentales, patadas voladoras, frotamientos de postes de acero sobre la vagina de muchachas preadolescentes (no es coña), tenedores gigantes y toda clase de ataques de colorines que atentan contra la retina del espectador más duro, y surge de entre las ruinas una tipa con una cosa que parece una tapa de váter brillante.


Yatterman-1 con su arma: el típico juguete este que tiene una pelota con una cuerda y tienes que ensartarlo con un palo.


Esa tapa de váter no es otra cosa que un fragmento de una calavera mágica, y la chica resulta ser la hija de un arqueólogo japonés que tuvo la mala suerte de encontrarse con el dios de los Ladrones, una cosa envuelta en vendas y con una gigantesca cabeza en forma de calavera que, nada más encontrarse con él, le pone el culo en la cara y lo absorbe dentro de su ano.
Sí, amigos Distópicos: el dios de los Ladrones se mete al arqueólogo japonés por el culo, y de paso se queda con otro cacho de calavera que ha encontrado en la excavación.
Aparece una sutil explicación que nos va contando de qué va esto. Aquí se nos cuenta que la calavera vale para... bueno, para algo. La verdad es que, pasados los primeros quince minutos de película yo estaba tan en shock que ciertos detalles se me escaparon. Me dio la impresión de que la calavera en sí era como una especie de Bola de Dragón, que te cumplía los deseos que tuvieses, pero puedo equivocarme; mi mente era incapaz de retener tanto estímulo. De lo que sí me enteré con seguridad es de que había varios cachos de calavera mágica sueltos por ahí y que le tocaba a los malosos (sí, a los tres capullos arriba citados) ir por ahí a recuperarlos. Éstos, que parece que no tienen mucho más que hacer con sus vidas, obedecen y van creando mechas para tener un buen argumento con el que llevar a cabo sus operaciones. Para financiar sus espléndidos ataques, se dedican a ir estafando a la gente por ahí, pidiendo cien mil yenes por cualquier estupidez, desde un traje de novia hasta unos platos de sushi que cambian de color, y hasta tienen algún que otro número musical alabando lo buenos que son como genios criminales, hasta chasqueando los dedos y todo. Lo que podría llamarse un grupo de emprendedores con visión.


No es un cosplay.
De esta guisa iba la villana de la peli.


Aparte de emprendedores, estos tíos son creativos como ellos solos y se montan unos robots que flipas; uno de ellos, por ejemplo, inspirado en la líder, y con el sutil nombre de Virgin Roader que, para entendernos, es una especie de muñeca robot de diez metros con tetas ametralladora y misiles pezones.
No me lo estoy inventando.
Os lo juro.
Total, que se produce el consabido enfrentamiento con los Yatterman que, por algún motivo que nadie ha explicado, se dedican a enfrentarse al mal, usando cacharros de una fábrica de juguetes bajo la cual tienen su base de operaciones. El dueño, padre del chico del grupo, está de viaje y hasta aquí, la historia.
Nueva pelea a hostia limpia, donde vemos que el perro-robot es buenísimo llevándose guantazos de todos colores, pero lo que es atacar o dar hostias, pues poquito. Si hasta el momento ya hemos visto que la historia es absurda, es a partir de aquí cuando vemos que la cosa se pone caliente. En una movida de estas en las que el perro ejerce del sparring más inútil del universo, Yatterman Número Uno le da un hueso, que al parecer es una especie de batería que recarga su sistema interno y le permite crear mini-mechas. Una vez esa fábrica se activa, el perro abre la boca y salen unos graciosos perritos robots que anuncian lo que va a pasar: una marabunta de hormigas mecánicas cubre a la robot pechugona, pero la cosa no acaba aquí, ni mucho menos. El perro-robot se va para ella y decide sacrificarse por el grupo, en una escena que no parece muy apta para chavales (o no para chavales occidentales, al menos), porque da la impresión, sin dejar mucho lugar a cualquier interpretación alternativa de que se está jincando a la robot, para ambos explotar en una especie de orgasmo robótico atómico.
Os juro que esto tampoco me lo estoy inventando.


¡Misiles pezones!


La cosa avanza y los chavales vuelven a casa con lo que queda del perro inútil, mientras los malos son castigados por el dios de los Ladrones, que para mí que debe vivir en un mundo utópico, porque si no tiene otra cosa a la que echar mano para que le saquen las castañas del fuego, mal vamos. A partir de aquí, lo que es la estructura de la peli se vuelve más simple que el mecanismo de un chupete y ya consiste en ir buscando cachos de calavera y enfrentamiento de mechas. Encontramos escenas igualmente absurdas, con alguna especie de beso entre héroe y villana totalmente accidental, pero que provoca unas comidas de cabeza tan descabelladas como todo lo que hemos venido viendo hasta ahora. A partir de aquí, surgen los triángulos amorosos por todas partes: por un lado, el triángulo amoroso entre la hija del arqueólogo-Yatterman-Uno-Yaterman-Dos. Por otro, la villana-Yatterman-Uno-uno de sus secuaces. Ninguno de estos triángulos amorosos rezuma el menor sentido o se sale del topicazo, dada la situación, así que tampoco es para darle muchas mas vueltas al tema.


La hija del arqueólogo con su cara estándar a lo largo de toda la peli.


El siguiente mecha que usan los malos es un calamar volador, que se tendrá que enfrentar contra el nuevo perro, convenientemente tuneado y convertido en una cosa que vuela y transporta a los héroes a la batalla (esta vez tienen el puto detalle de meterse en el interior del robot, y no atravesar el puto globo terráqueo enganchados al fuselaje y manteniendo la misma posturita durante horas). Una vez más, el perro de los cojones resulta ser más inutil que ponerle pezones a una armadura y el calamar le da de hostias. Los chavales, para variar, resultan también apaleados por sus enemigos, pese a que la villana se encuentra en un absurdo dilema moral y acusa a Yatterman-Uno de haberle robado su corazón. Porque por lo visto eso es robar a una ladrona y es imperdonable.
En lo que es la pelea, encontramos que Yatterman-Uno se las apaña para darle otro puto hueso al perro, que esta vez saca unos graciosos peces voladores, con la misma parafernalia. Se enfrenta a otros peces generados por el calamar, pero estos últimos han evolucionado como si fueran putos Pokémons y se han vuelto incontrolables, aporreando no solo al perro sino al propio calamar. El calamar se lleva su ración de hostias, el perro se lleva su ración de hostias, y llega un punto en que no te enteras de una mierda de lo que estás viendo, pero te lo pasas en grande viendo mongoladas.


El perro robot inútil.


Llegamos más o menos al final de esta obra maestra: a partir de este punto, os aviso de que hay SPOILERS, así que si queréis ver esto con vuestros propios ojos, no sigáis leyendo. Si os da igual, adelante, que vais a flipar.
Estamos en los Jalpes, ¿vale? (no lo escrito mal, lo llaman así) Una cordillera montañosa con montañas muy altas. Lo típico. Aquí es donde está teniendo lugar el enfrentamiento final y, una vez se ha conseguido poner en jaque a los malos, se invoca al megamalo. Los héroes, a estas alturas y tras haber apaleado a no sé cuántos robots, han conseguido todos los cachos de calavera, salvo el del dios de los Ladrones. Este hace acto de presencia y le pregunta a los héroes si quieren verle la cara. Lo normal en estos casos. Ellos dicen que sí, y resulta ser, ¡oh, sorpresa!, el arqueólogo japonés, padre de la chica que se ha pasado toda la puta película al lado de los héroes poniendo cara de circunstancias. Por algún motivo que tampoco queda claro, el megamalo empieza a darle de hostias a la chavala. Los "héroes" (y explico aquí mi entrecomillado), tienen la opción de intervenir, o no.
La respuesta es no.


"Yooo... soy tu paaadreee..."


Ejem. Pasemos a otra cosa.



Cuando Yatterman-Dos pregunta a Yatterman-Uno por qué no mueven un dedo, él responde que eso es algo que tiene que resolver la chica con su padre. De modo que ahí se quedan, mirando cómo éste le da de hostias hasta dejarla tirada en el suelo. En un momento dado, y para rizar el rizo, la tapa craneal del malo se abre cual compuerta y ahí encontramos al pobre arqueólogo, con cara de estreñido. Un tironazo de dientes, tras la clásica escena de "Recuerda quién eres" y el arqueólogo sale de la cabeza del megamalo, que ha confesado no ser un verdadero dios. ¿Quién es? Pues ni puta idea. Lo único que sabemos es que se convierte en una cosa más fea aún, que se va a tomar por culo en una especie de portal dimensional que ha abierto la calavera.

Tras esto, los malos se retiran. Los buenos pues como que se ponen a pensar que allí no pintan una mierda. Se van a la cima de la montaña y se despiden del arqueólogo y su hija, a los cuales abandonan a su suerte para que bajen solo con una puta cuerda (la cual únicamente la lleva él, la chica bajando a pata y cabeza abajo), mientras ellos bailan una coreografía y se van en el mega-perro-robot.
Los villanos, tras la movida, se replantean su vida y se ponen a pasear por una carretera que parece llevarlos a todos al mismo sitio. La villana se ha quitado la máscara y empieza a pensar que lo mismo puede llevar la vida de una ama de casa, tener hijos y todas esas cosas que parecen convertir a una señora japonesa en una criatura medio respetable.
Lo cachondo es que, al igual que está haciendo Marvel... HAY ESCENA POST-CRÉDITOS, donde se nos cuenta que los malosos volverán a las andadas, y que el equipo Yatterman contará ahora con un pelícano robot.
¿A que no podéis esperar a que la estrenen?


Sí, estos tres han prometido volver.


Una vez concluido tan excelso argumento, pasemos a valorar esto:
Como ya he dicho, la estética demuestra que hay cosas que es mejor dejarlas al apartado de la animación. Ya lo vimos en las pelis de Astérix y lo vemos aquí: si quieres que tus retinas no exploten, pues déjalo estar. Ahora bien, ¿estamos ante una puta mierda infumable? Esa es una buena pregunta. Si nos ponemos en plan buscar un argumento sesudo, o queremos ver una película que tenga el más mínimo sentido, pues en ese caso diría que me parece la puta mierda más grande que he visto en muchísimo tiempo. La cuestión es que la peli ni siquiera parece tomarse en serio a sí misma, lo que la convierte en algo mucho más honesto que muchas películas que han pretendido ser serias y se han quedado en una completa estupidez.
No me atrevo a decir que sea una película para niños, por otra parte... el contenido de ciertos chistes, por ejemplo, me lleva a pensar lo contrario. Sin embargo, me cuesta pensar en adultos en sus cabales haciendo cola para ver esto. Digamos que es una cosa que todavía no he terminado de pillar.


Parece que lo de palpar tetas también pasaba en el anime...



Por lo que a mí respecta, es mala de cojones, pero cumple el cometido de llevar el absurdo a cotas literalmente acojonantes y, hay que reconocerlo, te lo pasas de puta madre viendo chorradas durante las casi dos horas (¡dos!) que dura esto. La clásica peli mala (a sabiendas de que es mala) para ver con unos colegas, con una botella (o más de una) de lambrusco y no parar de flipar con la cantidad de chorradas que se le ha podido ocurrir a alguien a la hora de rodar una peli. Hay que destacar que, otra cosa no, pero imaginación le han echado a la hora de exponer el apartado visual (diría que esto es más mérito del guionista de la serie original que de Miike, pero él ha debido poner de su parte también a la hora de rodar esto), sin mencionar la cara dura de coger y decir "Voy a sacar una peli de esto" sin siquiera sonrojarse cuando uno va y lleva el proyecto a la productora.
Y hasta aquí, la revisión de otra de esas pelis que te vas encontrando a lo largo de tu vida y que te dejan con cara de "Pero qué coño he hecho estas últimas dos horas".

lunes, 23 de noviembre de 2015

Mondo Chorra- Especímenes de la EMT, segunda parte




Si recordáis el post del 27 de enero de 2015 (¿No? ¡Muy mal, ya tardáis en revisitarlo!), estuvimos haciendo una disección de la clase de seres humanos que te puedes encontrar en una línea de autobús de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de mi ciudad. Como pudisteis ver, aquellos que sí os acordáis de aquel artículo, salieron como quince clases de criaturas vivas... pero, como se puede ir constatando si se sube uno a un autobús, quedaron algunos especímenes por catalogar. Es por eso que, tras unos arduos meses de investigación (o de tener la obligación de coger el bus todas las putas tardes, que también puede ser), lanzamos la segunda parte de dicha clasificación, a fin de ser más exhaustivos y tal.
Dicho esto, y esperando que hayáis tenido el detalle de leer el post anterior para así tener una visión más global, arrancamos con la segunda parte. ¡Vamos allá!

1. El Quarterback: El Quarterback no atiende a un patrón de edad definido, ni a un género. Puede ser alto o bajo, mayor o joven, hombre o mujer. Si hay un modo de reconocerlo es por su actitud: sabrás que te has topado con un Quarterback antes de verlo, pues desde el primer minuto en que ha puesto el pie del autobús, ha empezado a empujar compulsivamente a todo bicho viviente que le rodea (e inanimado también: como pille un carrito lo destroza) y, cual Juggernaut, no parará hasta plantar su santo culo en la puerta de salida. Si tienes suerte, el Quarterback se disculpará una vez haberte estampado el codo en las costillas o tras haberte pisoteado los juanetes, pero no cuentes con eso; una vez te hayas recuperado del empellón que te ha arreado, podrás comprobar que ya ha abatido a seis personas más. Su paso es imparable y firme. Porque él se baja en la próxima y le importa un coño zurrido en queso Philadelphia que tú también.


2. Los Gremlins: Los gremlins nunca actúan solos, y sí suelen tener un rasgo de edad más o menos específicos, oscilando entre los trece y los treinta y tantos, aunque a veces (en ocasiones especiales) se pueden encontrar gremlins de mayor edad, incluso. Uno de sus rasgos más comunes es que tienden a sentarse en la parte trasera del autobús, que reclaman como posesión de la Corona Gremlin. Reconoces al grupo de gremlins porque puedes oírlo desde la puta puerta de entrada, berreando como extras de El Planeta de los Simios y montando un escándalo de tres pares de cojones. Una vez se hace contacto visual, se les reconoce por poner los pies sobre el respaldo del asiento, ir tocando palmas, ir cantando, ir escuchando música con el móvil a todo puto trapo o cualquier cosa que implique caos y un ruidazo de muerte. Entre sus enemigos naturales, tenemos al Juez Dredd y al Tirano (leer post anterior), pues aborrecen cualquier concepto de disciplina.



"WIJIJIJIJIJIJIJI"

3. El automarginado: En el Universo existe un equilibrio. Los gremlins existen porque existe el automarginado, con el que ejercen un contrapunto de compensación plena. El automarginado raramente se encontrará acompañado de alguien (o no voluntariamente, al menos). Lo reconocerás porque planta el culo en un asiento y se fusiona con él, entrando en comunión mística con la ventana y lo que quiera que esté mirando, o bien con su móvil. A diferencia de los gremlins, tú no vas a tener ni puta idea de lo que está escuchando, pues se aísla con unos auriculares y no entra en contacto con el mundo (ni visual siquiera) hasta que se baja de la parada. Un Automarginado despide un aura de antisociabilidad que hace que cualquier persona a su lado se sienta incómoda, como si estuviera molestando. Si consigues que uno de estos especímenes te mire a los ojos, te darás cuenta de que tiene una especie de barrera mental, como si dijera "No te acerques de mí a menos de diez metros, mediamierda, que escuchar mi mierda es sagrado". También es probable que lleven gafas de sol, con la idea de evitar dicho contacto.


4. La madrastra de Blancanieves/El figurín (aka Barbie y Ken): A estos dos es más fácil verlos en fines de semana. Su ciclo de actividad suele abarcar entre el viernes por la tarde y el domingo por la tarde, teniendo sus puntos álgidos viernes y sábado por la noche. La madrastra de Blancanieves y su contrapartida masculina, el Figurín, suelen ser gente más bien joven (entre los diecimuchos y los treinta y tantos) que se encamina hacia el centro o cualquier otro sitio de marcha, maqueados, maquillados y arreglados para darlo todo. Los reconoces, no solo por su intenso olor a colonia (opuesto a las Putas Bombas Biológicas con Patas del post anterior) sino por una curiosa sensación de inseguridad en el propio aspecto: ni uno ni otro dejará de tocarse el pelo, para asegurarse de que el flequillo no ha cambiado de posición en los últimos quince segundos. Se mirarán donde puedan, para asegurarse de que su nivel de follabilidad se mantiene estable o en alza. Usarán el móvil, por medio de la "función-espejo" para comprobar si el maquillaje o el peinado están impecables. Si no quieres problemas con ellos, no les pises los zapatos. Probablemente los acaben de limpiar y serían capaces de matarte si se les mancha un poquitín antes de llegar a su punto de destino.



"Estáis to buenos"

5. El agente de apoyo: El agente de apoyo vive camuflado entre nosotros. Es muy difícil reparar en su presencia si no hay nadie en el autobús hablando cerca de él. Tienden a ser silenciosos o de pocas palabras, y su poder se activa solo cuando alguien pregunta a alguien. Pongamos, por ejemplo, que preguntáis a un señor por una dirección y este os responde. Pues bien, el agente de apoyo, hasta el momento, ha permanecido inactivo hasta que su presencia ha sido requerida. Entonces, surgirá para asentir,en plan "Sí, tu interlocutor tiene razón", o como mucho para confirmar lo ya dicho. En caso de información errónea, informará debidamente y dará explicaciones bastante detalladas acerca de por qué ha habido un error.

6. Los ortodoncistas: Posiblemente unas de las criaturas más incómodas que uno puede encontrarse en un autobús. Los ortodoncistas son una especie de terrible binomio físico-mental que ha confundido eso de darse muestras de afecto en público como algo que no es malo con pasarse de la raya y dedicarse al magreo puro y duro. Los ortodoncistas no destacan por su sutileza, ni por su mesura: si bien una pareja normal tiende a darse besos en público sin que eso tenga que suponer que los que lo rodean se tengan que escandalizar, éstos van un paso más allá y están al tema de un modo insistente y pasado de vueltas: besos con lengua, besos de tornillo, besos con mordisco, todo vale. Su actitud es la propia de la gente que se cree que el lugar en que se encuentran es de su propiedad y, de vez en cuando, al emocionarse, te endiñarán una patada o un pisotón y ni se habrán enterado. Llega un momento en que ni siquiera necesitas tenerlos delante para sentirte incómodo: tampoco son de los que escatimen en sonidos de chupeteo labial cuando los tienes en la espalda, lo que los pone al nivel acústico del clásico fulano que está zampando con la boca abierta y hace más ruido que un puto hipopótamo a la hora de merendar.


"Fóllame, Manolo"
"¿Aquí?"
"AQUÍ Y AHORA"


7. El novio guasón y la novia de mala leche: Contrario a esto se encuentra el binomio del Novio Guasón y la Novia de Mala Leche. ¿Habéis oído hablar de esa amiga que es muy buena gente pero cuyo novio es gilipollas? Sí, me refiero a esa con la que ya no quedáis, porque cuando se trae al novio (puede que cani, puede que macarra, puede que simplemente tonto del culo) o no para de hacer guasas que no tienen ni puta gracia, o que cada vez que abre la boca es para soltar una gilipollez tan grande que te encantaría darle de leches con una silla de forja entre los omóplatos. Pues bien, a estos dos te los puedes encontrar en el autobús. A él lo reconocerás por destilar subnormalidad completa por los cuatro costados; por algún motivo, irá con la actitud de que la vida es como darse una vuelta por la feria e irá con una sonrisilla de imbécil redomado que no se la quitas ni a pedradas; a ella la reconocerás porque está justo al lado, con una cara de avergonzada que flipas, junto con una expresión de "¿Por qué sigo con semejante mongolo?". El novio guasón, aparte de ser tonto del culo, tiene el don de ser un tocapelotas de marca mayor y, si se ha llegado a dar cuenta del cabreo que tiene su señora, le importa una mierda pinchada en un palo. Más aún, viendo que la chica está de mala leche, lo que tenderá a hacer es tocarle el culo o sobetearla para así ganarse su favor. La respuesta más obvia de la chica, o bien es ponerse en modo ausente mientras él la soba, o bien pasar a mayores y decirle que la deje en paz (de una puta vez). El novio guasón, cargado de la misma empatía que un bocadillo de atún (con lata y todo) no cejará en el intento y seguirá una y otra vez, descojonado perdido. Esto seguirá así hasta el fin de los tiempos, porque sabes que lo más probable es que la tía siga con semejante mentecato durante años, años y años.
A veces hasta se casan con ellos y todo.
Incluso forman familias.
Generaciones y generaciones de estos seres os esperan en el futuro.


Su lema.


8. El Anciano a Punto de Palmar y su escudero: Este es uno de los más fáciles de reconocer cuando os subáis a un autobús. El Anciano a Punto de Palmar se debate entre la vida y la muerte. Ahora lo ves, pero no sabes si de aquí a un segundo le ha dado un chungo y se ha quedado en el sitio. No puede apenas moverse, ni siquiera parece retener la habilidad de habla. Puede que incluso tiemble o no se sostenga en pie. Pocas cosas existen en esta vida con menos fuerzas. Por suerte, nunca va solo, sino que cuenta con la compañía de su fiel escudero. Este, bien hombre, bien mujer, suele ser un familiar, ya entrado en años, que va abriendo camino al Anciano a Punto de Palmar entre la gente, como si fuera Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo. Nunca se dirige a la gente de forma directa durante esta operación, sino que les habla a través del Anciano con sutiles frases del tipo "A ver si nos dejan paso" o "vamos a buscarte un asiento". El Anciano nunca responderá (porque tampoco parece oír, se limita a moverse como puede en una única dirección a menos que alguien le vaya guiando), o si lo hace, será con un murmullo ininteligible que solo parece ser entendido por su escudero. Una vez se sienta, el Anciano entrará en un modo de stand-by, mientras el escudero lo mismo decide entablar conversación con alguien. Una vez llegue el turno de su parada, vuelta a empezar y pedirán, de una a tres veces, que el conductor se espere, que hay que hacer todo un via crucis de tres metros hacia la salida.

9. El decimonónico (el que no sabe para qué coño está el botón de la parada): El decimonónico vive en otro tiempo. En un tiempo muy lejano en el que los autobuses (o lo mismo los tranvías, vete tú a saber) no tenían un botón en el que solicitabas que el vehículo se detuviese en la próxima parada. En lugar de eso, se colocan en la puerta y, cuando les toca bajarse, le pegan un berrido al conductor pidiendo que le abran. A veces es frecuente que surja su propio coro decimonónico, donde un montón de gente se apunta para pedir "que se abra la puerta, hombre". Es una práctica curiosa, puesto que el uso de estos botones se remonta a hace más de treinta años. Por mayor que se sea, se ha tenido tiempo de sobra para saber para qué valen.


"¡QUE ABRA, COÑOOOOO!"


10. El anciano anti-reverse: Seguimos con los ancianos, quizás de los viajeros más numerosos que puede encontrarse uno en un autobús. El anciano Anti-Reverse es, con toda seguridad, uno de los casos más comunes y todos los que usamos el transporte público con frecuencia hemos visto a alguno al menos una vez en la vida. El anciano anti-reverse es aquel que tiene un cierto problema con la disposición de los asientos aplicado a la cinética de los asientos. Dicho de otro modo, no puede sentarse, bajo ningún concepto, en un asiento que mire hacia atrás, puesto que se marea. Ya puede estar el anciano medio muerto, con muletas, con siete hernias discales o con un gotero. Si le cedes tu asiento y es de ese tipo, estás perdiendo el tiempo: preferirá morir de pie a vivir sentado hacia atrás.

11. El anciano duro que se niega a sentarse: parecido a este es el Anciano Duro que se Niega a Sentarse. Estos no tienen problemas con los asientos reversos, sino con los asientos en general. Suelen causar una cierta atracción en la gente que los rodea y, una vez han entrado en el ángulo visual de alguien, éste se ve impelido a cederle su asiento. El Anciano Duro es tan duro que se niega. Aprieta los dientes y mantiene su orgullo, recordándose a sí mismo que es fuerte, que vivió una época que no todo el mundo no supo afrontar. Hizo la mili en Ceuta (o Melilla) y tiene más cojones que todo el autobús junto. Suele tener verdaderas discusiones a muerte con los del tipo Juez Dredd o Tirano.
Y no necesita tu asiento porque se baja en la próxima.


"No pienso sentarme"


12. El cyborg: El cyborg es cada vez más frecuente gracias al uso de nuevas tecnologías. Una teoría sugiere que, cuanto más grande es la ciudad en que vives, mayor es el número de cyborgs.
Los cyborgs son una entidad dual, basada en un elemento carne (cuerpo) y un elemento máquina (móvil). No son indivisibles bajo concepto alguno; siempre que ves un cyborg lo verás enganchado al móvil, teniendo no una conversación por Whatsapp, como tendría cualquiera; tendrá hasta cinco o seis, y no pararás de oír el silbidito de conversación individual y los de grupo a la vez, berreando todo el puto rato. Se sospecha también que el cyborg es más inteligente que la media, puesto que está en varias partes a la vez sin perderse: por un lado está compartiendo chistes en un grupo; por otro, comentando fotos de su sobrina con su cuñada; también estará cotilleando con no sé quién, poniendo a parir a una tercera persona, quedando con dos grupos diferentes para el finde, organizando una despedida de soltera, viendo un catálogo online y escuchando música por los auriculares. Todo a la vez.

13. El perdonavidas: Este es duro. Es chungo. El perdonavidas vive hasta los cojones de todo. La juventud le parece un pozo de escoria; la ciudad está sucia, el autobús llega tarde. Cualquier cosa le vale para estar de mala leche, aunque no irá exponiendo su lista de quejas en voz alta, no. Se las guarda, bajo un semblante de "Qué harto estoy de todo, coño". Sus poderes de Perdonavidas se activan en el momento en que alguien tropieza con ellos y ese alguien se disculpa. Entonces el Perdonavidas surgirá, mirará a la persona de arriba abajo y, una vez oída su disculpa, lanza un gruñido y mira con condescendencia, como diciendo "Hoy no me apetece reventarte la cara, pero quiero que veas en mi cara lo mucho que he considerado hacerlo".


"Que te reviento si me da la gana, gilipollas"


14. La destilería con patas: Este ser es un puto coñazo, olfativamente hablando, y no solo de ese modo. A juzgar por su olor, la destilería con patas no es que le guste entrar a un bar de vez en cuando, sino que lo que hace de vez en cuando es salir. No conocen la higiene y su olor es parecido al de un bizcocho al vino, pero sin bizcocho. No conoce patrón de edad o de género, pero las destilerías con patas conocen su punto álgido de afluencia en los buses nocturnos que vienen del centro, bajo la forma de una persona joven con andares de zombi, cara de recién levantado (aunque no se haya acostado) y ese peculiar olor del que ya hemos hablado. No obstante, puede haber otras variantes, como el típico guiri que se sube con una cerveza o un cubata al bus y se piensa que todo el mundo alrededor está para reírle las gilipolleces que va haciendo. A veces puede ser un señor que aparenta un aspecto totalmente normal hasta que empieza a expulsar aire cerca de uno y parece un alambique de etanol.

15. El explorador (el que no sabe dónde se tiene que bajar): El explorador es de la variante Aventurero. Se trata de aquel que ha cogido la línea por primera vez y que mira el sector de la ciudad que está atravesando como si se tratase de una ciudad o incluso un planeta nuevo. Todo es una sorpresa para el explorador, desde la calle por la que pasa hasta los comercios que hay en ella. Generalmente, esta clase de valientes aventureros no pierden puntada de todo cuanto les rodea, teniendo en el conductor su mejor amigo, con el que llegan incluso a entablar conversación para sentirse menos solos durante sus trayectos a través de lo más insondable de la ciudad.

Y hasta aquí, la segunda parte de esta anatomía autobusística. Probablemente haya más especímenes que añadir; como siempre, tenéis total libertad para comentar e ir añadiendo vuestras sugerencias. Por mi parte, yo proseguiré con la investigación y si, entre unos y otros, encontramos un número suficiente, siempre puedo preparar un tercer artículo. ¡Seguid atentos, queridos Distópicos!

sábado, 14 de noviembre de 2015

Escupiendo Rabia- Chapofilia, simbolofilia, o lo que sea: no creo en ella



De esto que sales una tarde de currar, y reaparece una amiga a la que hace un siglo que no ves; te dice de quedar para tomar algo, y se suman un par de amigos más. Una tarde de viernes en la que echas un buen rato, te pones al día con algunos buenos amigos y, como suele pasar, acabas entrando en un interesante debate con los que van quedando hasta última hora. Lo típico, empiezas hablando sobre pelis y series, pasas por hacer una crítica acerca de cómo va la educación en este país y acabas haciendo una disección sobre cómo está de crispado el personal ante cualquier tontería. Llegas a casa y, no llegas ni a entrar por la puerta, cuando te escriben diciéndote que se ha vuelto a liar en París. A tomar por culo la noche de viernes, no solo por el hecho de que un grupo de asesinos la haya vuelto a emprender con civiles sin más motivo que el causar miedo y vengarse de cosas que están en manos de gobernantes, lo cual ya es grave de cojones; el hecho de tener familia viviendo por esos lares hace que se te hiele la sangre y te pongas como un loco a buscar noticias acerca de qué coño ha pasado, dónde ha pasado y, muy importante, qué hostias ha pasado exactamente. Por suerte (para uno, no para aquellos que han caído bajo las armas de estos seres), la cosa queda en un susto. Un susto que no te quita nadie, pero casi que tienes que dar gracias a cualquier deidad que se encuentre de guardia a estas horas para agradecer que se haya quedado en eso.

Llegas al día siguiente y te das cuenta de que el mundo, en esencia, no se ha detenido: sigue siendo el mismo, con sus más y sus menos. Mensajes de condolencia, condenas a burradas de este calibre y gente, como vosotros y como yo, que sigue sin explicarse este tipo de cosas. En el otro lado de la balanza, los de siempre, berreando y culpabilizando a quien menos se lo merece; otros aprovechan la ocasión para lanzar sus mensajes de odio, tan sofisticados y sutiles como aquellos a los que critican, pues al igual que éstos, también piden la muerte de aquellos a los que odian. Muerte, sin cortapisas. Nada de juicios, nada de valoraciones acerca de la verdadera culpabilidad de un colectivo racial o religioso, nada de dispensas. Gente que dice alabar la democracia y pide el genocidio sistemático de una raza entera. Argumentos que a mí me vienen sonando ya, por parte de otros más alejados en el tiempo y sobre otros colectivos. Etapas distintas de la historia, pero un mensaje muy similar, como si aquí nadie hubiera aprendido nada. Por suerte, a estos apenas los he catado esta vez; casi mejor, porque imagino que entenderéis que mi filtro de mandar gente (o gentuza) a tomar por culo hoy anda bajo cero. Si por lo general me cuesta aceptar los argumentos de cualquier talibán, ya sea de esta índole o de la que sea, hoy no me apetece tener que escuchar cómo un grupo de energúmenos se mea en su derecho a la libertad de expresión para emitir muestras de odio, violencia verbal o simplemente hablar de auténticas gilipolleces solo porque se cree que tiene derecho a hacerlo.


"¡OS ODIO, ASÍ OS MURÁIS TODOS HIJOS DE LA GRAN PUTA, ME CAGO EN VUESTROS MUERTOS!"
"Pero tío, ¿a ti qué coño te pasa?"
"Me expreso. HIJO DE PUTA".


Existe un tercer grupo, que es al que jamás entenderé: son los chapófilos, o simbolófilos, o como se les quiera llamar. Yo mismo no he terminado de inventarme un término para ellos. A esos los vemos cada dos por tres: son esos que, haciendo gala de una especie de conciencia social exacerbada, aprovechan la más mínima para sumarse a un hashtag que empiece por "todos somos no sé qué", cambiarse la foto de perfil con el símbolo que toque (hoy han sido crespones negros sobre la bandera de Francia, como lo fueron los lápices rotos cuando lo de Charlie Hebdo, como pueden ser lazos de tropecientos millones de colores, dependiendo de Día Internacional que haya que defender).
Ante este punto, podemos decir que son muestras de solidaridad. Sea. Podemos decir que así la gente manifiesta su repulsa ante algo que consideran que debe ser erradicado. Muy bien. Podemos incluso decir que es una forma de decir que tal o cual víctima de lo que sea no se siente sola.
Podemos decir muchas cosas.
Y quizás ese ese el problema, que decimos muchas, muchas cosas al cabo del día, o bien al cabo del año; lo malo es que, de todo lo que decimos, muy pocas se traducen en hechos.


Igual yo soy un tío raro, pero tiendo a pensar que al mundo, con suerte, le importan nuestros hechos, no nuestras opiniones.


Ante este punto, quiero dejar muy claro que no me voy a poner en plan "soy más víctima que nadie". Como he dicho arriba, yo tengo suerte de que la cosa se haya quedado en un susto, de modo que no me siento identificado con eso de "víctima", ni de lejos. Solo soy una persona que ha pasado una noche complicada y a la que este hecho le ha tocado, por cuestiones lógicas, más de cerca que a mucha gente a su alrededor. Mañana podéis ser vosotros, o el señor que está leyendo en el bus, o bien la señora que se os ha colado en la frutería. De esto, o de algo mucho peor, no se libra nadie.
Es quizás por eso por lo que me gusta apelar al sentido común en estos casos: esta mañana en las redes sociales he visto mucho símbolo, mucha foto de perfil cambiada; mucho hashtag y mucha consigna de ese mundo virtual que creamos día a día. Me gustaría, pues, que nos paremos a analizar esto: como comentaba un amigo hace escasos minutos, él perdió a un ser querido en el atentado de Atocha, hace ya unos años. Esas muestras, esos lazos, esas consignas no se lo van a devolver, del mismo modo que las que estoy viendo a mí no me quitan el susto. Seamos honestos, no solo no lo hacen, sino que en realidad no están sirviendo absolutamente para nada. Los gobiernos no están cambiando sus políticas, y los asesinos no están dejando de matar porque lo hagáis. Ni siquiera los que sentimos que estas cosas nos están pillando de cerca sentimos que esto nos sirva a nosotros para nada. Entiendo vuestra buena intención, y vuestras ganas de ser solidarios, pero quiero que entendáis que a mí estas cosas no me valen para nada. Me vale lo que han hecho otras personas, que ha sido preguntarme, llamarme o simplemente preocupándose por mí o por cualquiera que se haya visto en una situación similar o (los dioses no lo quieran) más crítica. Sin lazos, ni chapas ni hostias.


Lo mismo esto que voy a decir os sienta como una patada en la boca del estómago, pero peor me sientan algunas actitudes, lo siento:
Eso de ir poniéndose chapas de cara a la galería, para que todos los demás vean nuestra implicación en algo (y nada más) en mi tierra es postureo. Es la clásica actitud de sumarse a lo que empieza a parecer una moda por querer quedar bien; por ser uno más de los que encienden la velita, se hacen el selfie o lo que sea que se supone que tengan que hacer para decir que son parte de la campaña, independientemente de que esa campaña les importe realmente o no.
Al día siguiente, o a los tres días, nos olvidamos por completo y nos dedicamos a cualquier otra cosa, incluso la contraria a lo que defendíamos. Pero es que eso fue ayer, y ya no está de moda.
Pero en fin, cada uno que haga lo que le dé la gana; otra cosa es que según qué actitudes nos parezcan bien a los demás...


Sí, puede que os suene duro lo que estoy diciendo. Lo entiendo e incluso respeto que os indigne; el entendimiento y el respeto, sin embargo, deben ir también en ambas direcciones: a mí también me indigna ver cómo el mundo está cambiando hacia un lugar mucho más oscuro y que lo único que sea capaz de hacer el personal sea cambiarse la foto de perfil... porque al día siguiente se olviden y se estén poniendo otra diferente. O bien la mantengan, pero hablen de combatir el extremismo usando posturas beligerantes, extremismas y radicales como las de aquellos a los que critican. Igual no matando, pero sí deseando la muerte de aquellos a los que consideran enemigos. Sí aplaudiendo a los que lo hacen. Sí alegrándose de las muertes de inocentes más allá de la frontera, y metiendo en el mismo saco a toda víctima, inocente o culpable, civil o militar. Pidiendo venganza en lugar de justicia, y luego autoproclamándose como "civilizados".

Más allá de debates de ese tipo, mi preocupación se centra en el uso de la simbología en sí. Si nos fijamos, hoy en día todo es simbología, todo es usar consignas, lemas o cualquier cosa que nos identifique como parte de una ideología: podemos llamarlo "causa", podemos llamarlo "reivindicación" o, como en este caso, "solidaridad". Esa es un poco la parte que puedo entender, que estas cosas se hagan por un buen motivo; lo que me preocupa es que a veces parece primar la forma sobre el fondo. Una y mil veces he hablado de aquellos que abrazan una causa, se ponen una chapa, entonan un lema como si fuera un mantra y no tienen ni la menor idea de lo que están defendiendo; bien no tienen la menor idea, bien directamente abrazan la idea contraria. No el día que corresponda, porque igual canta mucho, pero sí al día siguiente. Causas de quita y pon: hoy me solidarizo con las víctimas de un accidente, mañana lo hago con las de un asesinato múltiple. Pasado me cambio la chapa y apoyo la lucha contra el maltrato animal.


Hoy en día todo son lazos: sin ellos parece que no puedes defender una causa.
O parece que tienes que creer en el poder del lazo casi por cojones, como si causa y lazo fuesen elementos indisolubles.


Con esto quiero explicarme bien y no dar lugar a malinterpretaciones: no me parece mal que la gente apoye las causas. Todos los que tenemos un mínimo de conciencia lo hacemos. Lo que sí me lo parece es esa actitud que estoy viendo cada vez más, donde hay mucha gente que se está quedando en lo superficial de colgarse la chapa y poco más. En la hipocresía de importarle a uno una mierda lo que esté pasando y contentarse solo con lucir su lazo o entonar su lema de cara a la galería y ya está. Porque para muchos lo importante no parece ser defender tal cosa o manifestar su repulsa ante otra: lo importante es demostrarlo de cara a la galería, para que todo el mundo lo vea bien clarito. Es esa especie de cultura pop, donde en muchos casos eso de solidarizarse por algo está llegando a ser una moda más, igualmente pasajera e igualmente olvidada al cabo de poco tiempo. Como si a muchos de esos fanáticos de la solidaridad online lo único que les importase fuese subirse al carro de lo que hay que defender, apoyar la consigna que corresponda ese día, y el resto del año a pasársela por el ojo del culo. Y si acaso, cuando sea un aniversario, volver a ponérsela, no sea que los demás no lo vean lo bastante concienciado.
Postureo.
Muestra de pertenencia a un grupo.
A veces, eso del "Nosotros contra ellos".
Muchos de esos mismos que están poniéndose lazos contra la violencia de género mañana llamarán guarra a una chica por llevar escote. Muchos de los que se ponen el consabido lacito rosa contra el cáncer de mama serán capaces de votar, de aquí a un mes, a partidos que apoyan los recortes en sanidad. Y podemos seguir, ¿dónde está el sentido de la simbología, entonces? ¿Para qué ponerse la chapa si luego cada uno hace lo que le da la gana? ¿Para qué proclamar simpatías hacia algo en lo que ni siquiera se cree?


Lo veo un poco como esto: una señal que simboliza dirección, lo que así visto suena bien. El problema es que no tienes mucha idea del sitio al que te lleva, en el fondo.
Al final, tenemos eso, que se está llevando el defender o condenar según qué cosas, pero quedándose solo en el símbolo, en el gesto. En lo que se ve; sin embargo, no ves nada más allá.


Por último quiero dejar claro, e insistir mucho en ello que con este post no le digo a nadie ni lo que tiene ni lo que no tiene que hacer. Ya me ha quedado claro, una y mil veces, que al final el personal hace lo que le da la puta gana, y eso es impepinable, nos pongamos como nos pongamos. Si al prójimo le mola eso de la incoherencia, pues oye, cada uno que haga de su capa un sayo. Si a la gente lo único que le importa es aparentar, de ir por ahí dándose golpes de pecho, de ir manifestando su pertenencia a tal ideología (y nada más que eso), pues adelante. Si aquí muchos ni siquiera saben, o no les importa lo que están defendiendo, no creo que nadie sea quien para decirles que dejen de hacerlo. Tampoco creo que vayan a dejar esta moda de "chapitas para todo" porque nadie se lo diga, siendo honesto.
Otra cosa es un poco lo que estoy viendo de modo implícito, en multitud de ocasiones: que aquellos que tenemos más que claro que solo con una chapa no se arreglan las cosas no tenemos obligación alguna de aprobar estas actitudes de postureo y moda pasajera. Lo mismo que no podemos (ni debemos) decirle a la gente "quítate el lacito ese", no creo que esa gente pueda obligarnos a pensar que ese tipo de actitudes sean las correctas. Mucho menos aplaudirlas. No deja de ser curioso cuando, de un modo más o menos implícito también, empieza a notarse una especie de presión social acerca de esto, y quedas como un insolidario o como un intolerante si no cambias tu foto de perfil de tu red social favorita, o si no te pones un lazo, una chapa o no te haces un selfie con un cartel que entone el lema de moda.
Los símbolos pueden quedar bien a nivel simbólico, valga la redundancia... pero si detrás de esos símbolos no hay nada; si detrás de tanto color, tanto lema, tanto gesto y tanta proclama lo único que hay es la moda por formar parte de algo y no se traduce en una actividad real (y por actividad, me puedo referir simplemente a no compartir según qué ideas, que no todo tiene por qué hacerse a golpe de manifestación), esos símbolos quedan vacíos, sin contenido. Se quedan en un adorno muy bonito que habla mucho pero que no dice nada.
Y es precisamente esa clase de actitudes la que no entiendo. La que no comparto. La que ni siquiera apruebo. Lo siento, queridos amantes de los símbolos y de los lazos: no creo en ellos. Así no.