lunes, 23 de noviembre de 2015

Mondo Chorra- Especímenes de la EMT, segunda parte




Si recordáis el post del 27 de enero de 2015 (¿No? ¡Muy mal, ya tardáis en revisitarlo!), estuvimos haciendo una disección de la clase de seres humanos que te puedes encontrar en una línea de autobús de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de mi ciudad. Como pudisteis ver, aquellos que sí os acordáis de aquel artículo, salieron como quince clases de criaturas vivas... pero, como se puede ir constatando si se sube uno a un autobús, quedaron algunos especímenes por catalogar. Es por eso que, tras unos arduos meses de investigación (o de tener la obligación de coger el bus todas las putas tardes, que también puede ser), lanzamos la segunda parte de dicha clasificación, a fin de ser más exhaustivos y tal.
Dicho esto, y esperando que hayáis tenido el detalle de leer el post anterior para así tener una visión más global, arrancamos con la segunda parte. ¡Vamos allá!

1. El Quarterback: El Quarterback no atiende a un patrón de edad definido, ni a un género. Puede ser alto o bajo, mayor o joven, hombre o mujer. Si hay un modo de reconocerlo es por su actitud: sabrás que te has topado con un Quarterback antes de verlo, pues desde el primer minuto en que ha puesto el pie del autobús, ha empezado a empujar compulsivamente a todo bicho viviente que le rodea (e inanimado también: como pille un carrito lo destroza) y, cual Juggernaut, no parará hasta plantar su santo culo en la puerta de salida. Si tienes suerte, el Quarterback se disculpará una vez haberte estampado el codo en las costillas o tras haberte pisoteado los juanetes, pero no cuentes con eso; una vez te hayas recuperado del empellón que te ha arreado, podrás comprobar que ya ha abatido a seis personas más. Su paso es imparable y firme. Porque él se baja en la próxima y le importa un coño zurrido en queso Philadelphia que tú también.


2. Los Gremlins: Los gremlins nunca actúan solos, y sí suelen tener un rasgo de edad más o menos específicos, oscilando entre los trece y los treinta y tantos, aunque a veces (en ocasiones especiales) se pueden encontrar gremlins de mayor edad, incluso. Uno de sus rasgos más comunes es que tienden a sentarse en la parte trasera del autobús, que reclaman como posesión de la Corona Gremlin. Reconoces al grupo de gremlins porque puedes oírlo desde la puta puerta de entrada, berreando como extras de El Planeta de los Simios y montando un escándalo de tres pares de cojones. Una vez se hace contacto visual, se les reconoce por poner los pies sobre el respaldo del asiento, ir tocando palmas, ir cantando, ir escuchando música con el móvil a todo puto trapo o cualquier cosa que implique caos y un ruidazo de muerte. Entre sus enemigos naturales, tenemos al Juez Dredd y al Tirano (leer post anterior), pues aborrecen cualquier concepto de disciplina.



"WIJIJIJIJIJIJIJI"

3. El automarginado: En el Universo existe un equilibrio. Los gremlins existen porque existe el automarginado, con el que ejercen un contrapunto de compensación plena. El automarginado raramente se encontrará acompañado de alguien (o no voluntariamente, al menos). Lo reconocerás porque planta el culo en un asiento y se fusiona con él, entrando en comunión mística con la ventana y lo que quiera que esté mirando, o bien con su móvil. A diferencia de los gremlins, tú no vas a tener ni puta idea de lo que está escuchando, pues se aísla con unos auriculares y no entra en contacto con el mundo (ni visual siquiera) hasta que se baja de la parada. Un Automarginado despide un aura de antisociabilidad que hace que cualquier persona a su lado se sienta incómoda, como si estuviera molestando. Si consigues que uno de estos especímenes te mire a los ojos, te darás cuenta de que tiene una especie de barrera mental, como si dijera "No te acerques de mí a menos de diez metros, mediamierda, que escuchar mi mierda es sagrado". También es probable que lleven gafas de sol, con la idea de evitar dicho contacto.


4. La madrastra de Blancanieves/El figurín (aka Barbie y Ken): A estos dos es más fácil verlos en fines de semana. Su ciclo de actividad suele abarcar entre el viernes por la tarde y el domingo por la tarde, teniendo sus puntos álgidos viernes y sábado por la noche. La madrastra de Blancanieves y su contrapartida masculina, el Figurín, suelen ser gente más bien joven (entre los diecimuchos y los treinta y tantos) que se encamina hacia el centro o cualquier otro sitio de marcha, maqueados, maquillados y arreglados para darlo todo. Los reconoces, no solo por su intenso olor a colonia (opuesto a las Putas Bombas Biológicas con Patas del post anterior) sino por una curiosa sensación de inseguridad en el propio aspecto: ni uno ni otro dejará de tocarse el pelo, para asegurarse de que el flequillo no ha cambiado de posición en los últimos quince segundos. Se mirarán donde puedan, para asegurarse de que su nivel de follabilidad se mantiene estable o en alza. Usarán el móvil, por medio de la "función-espejo" para comprobar si el maquillaje o el peinado están impecables. Si no quieres problemas con ellos, no les pises los zapatos. Probablemente los acaben de limpiar y serían capaces de matarte si se les mancha un poquitín antes de llegar a su punto de destino.



"Estáis to buenos"

5. El agente de apoyo: El agente de apoyo vive camuflado entre nosotros. Es muy difícil reparar en su presencia si no hay nadie en el autobús hablando cerca de él. Tienden a ser silenciosos o de pocas palabras, y su poder se activa solo cuando alguien pregunta a alguien. Pongamos, por ejemplo, que preguntáis a un señor por una dirección y este os responde. Pues bien, el agente de apoyo, hasta el momento, ha permanecido inactivo hasta que su presencia ha sido requerida. Entonces, surgirá para asentir,en plan "Sí, tu interlocutor tiene razón", o como mucho para confirmar lo ya dicho. En caso de información errónea, informará debidamente y dará explicaciones bastante detalladas acerca de por qué ha habido un error.

6. Los ortodoncistas: Posiblemente unas de las criaturas más incómodas que uno puede encontrarse en un autobús. Los ortodoncistas son una especie de terrible binomio físico-mental que ha confundido eso de darse muestras de afecto en público como algo que no es malo con pasarse de la raya y dedicarse al magreo puro y duro. Los ortodoncistas no destacan por su sutileza, ni por su mesura: si bien una pareja normal tiende a darse besos en público sin que eso tenga que suponer que los que lo rodean se tengan que escandalizar, éstos van un paso más allá y están al tema de un modo insistente y pasado de vueltas: besos con lengua, besos de tornillo, besos con mordisco, todo vale. Su actitud es la propia de la gente que se cree que el lugar en que se encuentran es de su propiedad y, de vez en cuando, al emocionarse, te endiñarán una patada o un pisotón y ni se habrán enterado. Llega un momento en que ni siquiera necesitas tenerlos delante para sentirte incómodo: tampoco son de los que escatimen en sonidos de chupeteo labial cuando los tienes en la espalda, lo que los pone al nivel acústico del clásico fulano que está zampando con la boca abierta y hace más ruido que un puto hipopótamo a la hora de merendar.


"Fóllame, Manolo"
"¿Aquí?"
"AQUÍ Y AHORA"


7. El novio guasón y la novia de mala leche: Contrario a esto se encuentra el binomio del Novio Guasón y la Novia de Mala Leche. ¿Habéis oído hablar de esa amiga que es muy buena gente pero cuyo novio es gilipollas? Sí, me refiero a esa con la que ya no quedáis, porque cuando se trae al novio (puede que cani, puede que macarra, puede que simplemente tonto del culo) o no para de hacer guasas que no tienen ni puta gracia, o que cada vez que abre la boca es para soltar una gilipollez tan grande que te encantaría darle de leches con una silla de forja entre los omóplatos. Pues bien, a estos dos te los puedes encontrar en el autobús. A él lo reconocerás por destilar subnormalidad completa por los cuatro costados; por algún motivo, irá con la actitud de que la vida es como darse una vuelta por la feria e irá con una sonrisilla de imbécil redomado que no se la quitas ni a pedradas; a ella la reconocerás porque está justo al lado, con una cara de avergonzada que flipas, junto con una expresión de "¿Por qué sigo con semejante mongolo?". El novio guasón, aparte de ser tonto del culo, tiene el don de ser un tocapelotas de marca mayor y, si se ha llegado a dar cuenta del cabreo que tiene su señora, le importa una mierda pinchada en un palo. Más aún, viendo que la chica está de mala leche, lo que tenderá a hacer es tocarle el culo o sobetearla para así ganarse su favor. La respuesta más obvia de la chica, o bien es ponerse en modo ausente mientras él la soba, o bien pasar a mayores y decirle que la deje en paz (de una puta vez). El novio guasón, cargado de la misma empatía que un bocadillo de atún (con lata y todo) no cejará en el intento y seguirá una y otra vez, descojonado perdido. Esto seguirá así hasta el fin de los tiempos, porque sabes que lo más probable es que la tía siga con semejante mentecato durante años, años y años.
A veces hasta se casan con ellos y todo.
Incluso forman familias.
Generaciones y generaciones de estos seres os esperan en el futuro.


Su lema.


8. El Anciano a Punto de Palmar y su escudero: Este es uno de los más fáciles de reconocer cuando os subáis a un autobús. El Anciano a Punto de Palmar se debate entre la vida y la muerte. Ahora lo ves, pero no sabes si de aquí a un segundo le ha dado un chungo y se ha quedado en el sitio. No puede apenas moverse, ni siquiera parece retener la habilidad de habla. Puede que incluso tiemble o no se sostenga en pie. Pocas cosas existen en esta vida con menos fuerzas. Por suerte, nunca va solo, sino que cuenta con la compañía de su fiel escudero. Este, bien hombre, bien mujer, suele ser un familiar, ya entrado en años, que va abriendo camino al Anciano a Punto de Palmar entre la gente, como si fuera Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo. Nunca se dirige a la gente de forma directa durante esta operación, sino que les habla a través del Anciano con sutiles frases del tipo "A ver si nos dejan paso" o "vamos a buscarte un asiento". El Anciano nunca responderá (porque tampoco parece oír, se limita a moverse como puede en una única dirección a menos que alguien le vaya guiando), o si lo hace, será con un murmullo ininteligible que solo parece ser entendido por su escudero. Una vez se sienta, el Anciano entrará en un modo de stand-by, mientras el escudero lo mismo decide entablar conversación con alguien. Una vez llegue el turno de su parada, vuelta a empezar y pedirán, de una a tres veces, que el conductor se espere, que hay que hacer todo un via crucis de tres metros hacia la salida.

9. El decimonónico (el que no sabe para qué coño está el botón de la parada): El decimonónico vive en otro tiempo. En un tiempo muy lejano en el que los autobuses (o lo mismo los tranvías, vete tú a saber) no tenían un botón en el que solicitabas que el vehículo se detuviese en la próxima parada. En lugar de eso, se colocan en la puerta y, cuando les toca bajarse, le pegan un berrido al conductor pidiendo que le abran. A veces es frecuente que surja su propio coro decimonónico, donde un montón de gente se apunta para pedir "que se abra la puerta, hombre". Es una práctica curiosa, puesto que el uso de estos botones se remonta a hace más de treinta años. Por mayor que se sea, se ha tenido tiempo de sobra para saber para qué valen.


"¡QUE ABRA, COÑOOOOO!"


10. El anciano anti-reverse: Seguimos con los ancianos, quizás de los viajeros más numerosos que puede encontrarse uno en un autobús. El anciano Anti-Reverse es, con toda seguridad, uno de los casos más comunes y todos los que usamos el transporte público con frecuencia hemos visto a alguno al menos una vez en la vida. El anciano anti-reverse es aquel que tiene un cierto problema con la disposición de los asientos aplicado a la cinética de los asientos. Dicho de otro modo, no puede sentarse, bajo ningún concepto, en un asiento que mire hacia atrás, puesto que se marea. Ya puede estar el anciano medio muerto, con muletas, con siete hernias discales o con un gotero. Si le cedes tu asiento y es de ese tipo, estás perdiendo el tiempo: preferirá morir de pie a vivir sentado hacia atrás.

11. El anciano duro que se niega a sentarse: parecido a este es el Anciano Duro que se Niega a Sentarse. Estos no tienen problemas con los asientos reversos, sino con los asientos en general. Suelen causar una cierta atracción en la gente que los rodea y, una vez han entrado en el ángulo visual de alguien, éste se ve impelido a cederle su asiento. El Anciano Duro es tan duro que se niega. Aprieta los dientes y mantiene su orgullo, recordándose a sí mismo que es fuerte, que vivió una época que no todo el mundo no supo afrontar. Hizo la mili en Ceuta (o Melilla) y tiene más cojones que todo el autobús junto. Suele tener verdaderas discusiones a muerte con los del tipo Juez Dredd o Tirano.
Y no necesita tu asiento porque se baja en la próxima.


"No pienso sentarme"


12. El cyborg: El cyborg es cada vez más frecuente gracias al uso de nuevas tecnologías. Una teoría sugiere que, cuanto más grande es la ciudad en que vives, mayor es el número de cyborgs.
Los cyborgs son una entidad dual, basada en un elemento carne (cuerpo) y un elemento máquina (móvil). No son indivisibles bajo concepto alguno; siempre que ves un cyborg lo verás enganchado al móvil, teniendo no una conversación por Whatsapp, como tendría cualquiera; tendrá hasta cinco o seis, y no pararás de oír el silbidito de conversación individual y los de grupo a la vez, berreando todo el puto rato. Se sospecha también que el cyborg es más inteligente que la media, puesto que está en varias partes a la vez sin perderse: por un lado está compartiendo chistes en un grupo; por otro, comentando fotos de su sobrina con su cuñada; también estará cotilleando con no sé quién, poniendo a parir a una tercera persona, quedando con dos grupos diferentes para el finde, organizando una despedida de soltera, viendo un catálogo online y escuchando música por los auriculares. Todo a la vez.

13. El perdonavidas: Este es duro. Es chungo. El perdonavidas vive hasta los cojones de todo. La juventud le parece un pozo de escoria; la ciudad está sucia, el autobús llega tarde. Cualquier cosa le vale para estar de mala leche, aunque no irá exponiendo su lista de quejas en voz alta, no. Se las guarda, bajo un semblante de "Qué harto estoy de todo, coño". Sus poderes de Perdonavidas se activan en el momento en que alguien tropieza con ellos y ese alguien se disculpa. Entonces el Perdonavidas surgirá, mirará a la persona de arriba abajo y, una vez oída su disculpa, lanza un gruñido y mira con condescendencia, como diciendo "Hoy no me apetece reventarte la cara, pero quiero que veas en mi cara lo mucho que he considerado hacerlo".


"Que te reviento si me da la gana, gilipollas"


14. La destilería con patas: Este ser es un puto coñazo, olfativamente hablando, y no solo de ese modo. A juzgar por su olor, la destilería con patas no es que le guste entrar a un bar de vez en cuando, sino que lo que hace de vez en cuando es salir. No conocen la higiene y su olor es parecido al de un bizcocho al vino, pero sin bizcocho. No conoce patrón de edad o de género, pero las destilerías con patas conocen su punto álgido de afluencia en los buses nocturnos que vienen del centro, bajo la forma de una persona joven con andares de zombi, cara de recién levantado (aunque no se haya acostado) y ese peculiar olor del que ya hemos hablado. No obstante, puede haber otras variantes, como el típico guiri que se sube con una cerveza o un cubata al bus y se piensa que todo el mundo alrededor está para reírle las gilipolleces que va haciendo. A veces puede ser un señor que aparenta un aspecto totalmente normal hasta que empieza a expulsar aire cerca de uno y parece un alambique de etanol.

15. El explorador (el que no sabe dónde se tiene que bajar): El explorador es de la variante Aventurero. Se trata de aquel que ha cogido la línea por primera vez y que mira el sector de la ciudad que está atravesando como si se tratase de una ciudad o incluso un planeta nuevo. Todo es una sorpresa para el explorador, desde la calle por la que pasa hasta los comercios que hay en ella. Generalmente, esta clase de valientes aventureros no pierden puntada de todo cuanto les rodea, teniendo en el conductor su mejor amigo, con el que llegan incluso a entablar conversación para sentirse menos solos durante sus trayectos a través de lo más insondable de la ciudad.

Y hasta aquí, la segunda parte de esta anatomía autobusística. Probablemente haya más especímenes que añadir; como siempre, tenéis total libertad para comentar e ir añadiendo vuestras sugerencias. Por mi parte, yo proseguiré con la investigación y si, entre unos y otros, encontramos un número suficiente, siempre puedo preparar un tercer artículo. ¡Seguid atentos, queridos Distópicos!

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