lunes, 13 de marzo de 2017

Angst- Voces



No sé si os pasa a vosotros también, pero dentro de mi cabeza resuenan voces. Por supuesto, no hablo de "voces" en el estricto sentido de mi palabra. Hasta la fecha, no se me ha diagnosticado esquizofrenia, ni creo recibir revelaciones místicas de ningún tipo.
No son esa clase de voces.
Más bien me refiero a esas voces que surgen de tus propias inseguridades, tus miedos y tus debilidades. Las voces que te susurran al oído y te vuelven paranoico. Las que se ceban con lo que no eres, con lo que nunca llegarás a ser. Las que te recuerdan una y otra vez tus fracasos anteriores, tus errores y tus heridas.

Si eres una persona con una mente imaginativa, esas voces tienen un timbre concreto. Una forma de expresarse y de atacarte. En mi caso, la voz que resuena es la de alguien que conocí hace mucho, mucho tiempo. La voz de alguien lleno de ira, odio y desconfianza. Alguien incapaz de ver absolutamente nada bueno en nadie y cuya filosofía, revestida de una dudosa "sinceridad", consistía en hacer daño (decía) antes que otros lo hicieran.
El hecho de que careciera de empatía y que incluso disfrutase aprovechándose de las debilidades de los demás, al parecer, era irrelevante en esta supuesta forma de sobrevivir.


Es así como muchos justifican el hecho de que son, simple y llanamente, malas personas.


Esta persona, por algún motivo que me cuesta entender casi dos décadas después de haberla alejado de mi vida, estuvo a mi lado durante una temporada. Creedme cuando os digo que he conocido poca gente tan llena de veneno en su interior. Tan agresiva, verbal, y casi que podría decir que físicamente. Tampoco entiendo muy bien por qué consentí que me traicionara dos veces, de un modo bastante flagrante y a un nivel bastante personal. Supongo que, por aquel entonces, yo no era como soy ahora, o no del todo. Es más que probable que en aquellos años mi concepto de la lealtad fuera muy diferente al que es ahora y pensara que todo aquel que estaba a mi lado era, por definición, honrado o que procuraría no hacerme daño.

¿Por qué escucho la voz de esta persona y no la de otra? Supongo que porque, en algún momento dado, acertó en sus predicciones acerca del Universo personal que nos rodea a cada uno. Esto no lo convierte en Freud, ni Nostradamus, ni nada por el estilo: si piensa mal absolutamente de todo el mundo, cuando alguien de tu alrededor falla, es lógico que este ser acierte. Conociendo la personalidad que estoy describiendo, supongo que tampoco es de extrañar que, cuando sufriera alguna decepción por parte de alguien de mi entorno, allí estuviera para decir "¿Ves? Ya te lo decía yo".


"Vengo a contarte mis profecías de hoy".


Esta persona era alguien capaz de tomar cualquier información que captase acerca de quien fuese y convertirla en auténtico veneno. Gente que probablemente no tenía mala intención era vista, de buenas a primeras, como gente a la que importabas una mierda o gente que directamente iba a joderte.
Qué estúpido te sientes cuando descubres que a quien importabas una mierda o quien iba a joderte era precisamente esta persona y no aquellos de quienes hablaba. Porque igual es cierto que no todo el mundo es bueno (yo nunca me lo he creído, ni antes ni después de conocer a este sujeto), pero la filosofía de que todos y cada uno de los seres humanos actúan de forma interesada y que la bondad no existe es pasarse al otro extremo.

Pero, como digo, esa persona acertó en alguna ocasión. Si pienso de un modo racional, tenemos lo que he comentado antes: que era evidente si pensaba mal de todo el mundo. El problema es cuando esa decepción que sufrimos nos duele de manera particular. Entonces es cuando ese recuerdo se convierte en una voz, y esa voz prácticamente se ríe de nosotros por pensar bien. Es esa voz la que nos vuelve paranoicos y hace que, sin darnos cuenta, seamos nosotros los causantes de la mitad de los conflictos que hay en nuestro Universo particular. Luchamos por el Orden, pero el Caos nos ha dejado tanta metralla en nuestro interior que es muy, pero que muy difícil distinguir nuestro instinto de nuestros temores.


"Vale, ¿tú cuál de los dos eres?"


Quizás es por eso por lo que, en el momento en que creo que las cosas parecen ir medio bien, esa voz me susurra al oído. Algo así como el Yago que susurraba al oído de Otelo, inventa acontecimientos de los que no tengo constancia. Crea conversaciones enteras a mis espaldas que, que yo sepa, jamás tuvieron lugar. Me muestra alianzas que no existen, afrentas sin motivo. Confabula todo un Universo en mi contra, resaltando mis errores. Mis carencias y mis debilidades.
Esa voz me muestra un Universo cruel, que no hace más que restregarme por la cara lo que no soy, humillarme por mis fracasos. Es una voz despiadada, que no hace sino reírse de mí, por querer confiar en otros. Me dice que me equivoco, me pregunta si no veo lo que es evidente.

Y es ahí cuando surge el miedo a que, por alguna remota casualidad, resulte ser así. El temor a que acabe por tener razón. Es entonces cuando esa voz se hace fuerte porque, de acertar, haría que me sintiese todavía más estúpido. Haría que sintiera que mi fracaso fuese aún mayor. Casi podría imaginar ese rostro sonreír con crueldad, disfrutando mientras me ve herido de nuevo. Multiplicaría el dolor que sufro ante cada decepción. Reduciría mi autoestima a muy poca cosa. Mis inseguridades, que las tengo, y muchas, ganarían una vez más.


"Jódete".


Supongo que el secreto consiste en desoír esa voz, porque aunque tenga ese timbre y tenga el rostro que mi mente ha querido darle, no debo engañarme: esa voz es mía. Quizás yo la he identificado con una persona de mi pasado que hace muchísimo que no está a mi alrededor para negarme a reconocer lo evidente. Que soy humano y que, como tal, tengo el enemigo dentro de mí. Todos esos errores que me restriega por la cara, todas esas historias que inventa, no son más que mis propios recuerdos y mi propia imaginación. Nada más.
Es muy fácil decirlo, pero no os imagináis lo que cuesta hacerlo. Hablo en serio. Sé que muchos de vosotros pensáis que soy una persona con una voluntad de hierro y que no ando escaso de valor, pero temo deciros que os equivocáis. No soy una persona en absoluto fuerte, ni mucho menos valiente. De serlo, estos miedos e inseguridades no me pasarían factura. Ni siquiera andaría recordando lo que decía un imbécil al que no veo desde hace década y media. Y si me acordase, lo tendría como lo que era: un pobre idiota amargado que, incapaz de ser feliz, se dedicaba a hacer infeliz la vida de los demás.

Si fuera una persona tan fuerte como aparento, o incluso como me gustaría ser, esos recuerdos no significarían nada de cara al futuro; simplemente serían una experiencia más, pero no determinarían mi forma de afrontar mi Universo personal. No deberían causarme ningún miedo, o no a nivel patológico, al menos. No me tendría que esforzar para combatir mi propia paranoia, ni tendría que sentirme avergonzado como me siento tantas veces, al pensar mal de otros sin un motivo fehaciente... o incluso de mí mismo. Lo único que me permite la fuerza de voluntad que tengo es luchar contra ello, pero no es una lucha que pueda decir que gane solo porque quiero ganar. Ojalá, pero no. Es una lucha constante, en la que debo obligarme a seguir luchando por no oír según qué voces. Según qué palabras. Según qué ideas. Voces, que en el fondo, lo único que intentan decirme es que no soy lo bastante bueno. Que no soy lo bastante astuto. Que no veo venir las cosas y que, en el momento en que quieran estallarme en la cara, será culpa mía por no haberlas visto venir.


"¿Es que no te das cuenta de que estás haciendo el canelo, peazo mongolo?"
Y otras grandes frases.


Como podéis deducir de todo esto, conozco la teoría. Sé que, desde un punto de vista racional, lo que dice esa voz es absurdo. Que incluso la he personificado con los atributos de alguien que ni era de fiar, ni era precisamente inteligente ni alguien que supiera de lo que estaba hablando. En todo caso, hablaríamos de un chalado o un idiota. Alguien a quien cualquiera mínimamente inteligente mandaría a pastar en cuanto abriera la boca, o le diría que cerrase la suya de una santa vez. Todo eso lo sé, y sé que es cierto... o que debería serlo.
Lo que no sé es por qué entonces mi mente no funciona del modo correcto ante esto. No sé por qué no expulsa esa puñetera voz (y alguna otra de la que algún día os hablaré) de una vez por todas. No creo que sea por falta de ganas, eso os lo aseguro. Puede que sea por exceso de miedo o falta de fuerzas; de ser así, ni me extrañaría ni tendría problema en reconocerlo. La cuestión es que todavía no he encontrado la respuesta a esa pregunta. Y no, no es porque no me atreva a reconocerla: es porque no la conozco. Tampoco tengo problemas en reconocer mi ignorancia ante según qué cosas, y esta es una de ellas.

Me gustaría llegar a alguna conclusión al respecto de esto, pero de momento no tengo gran cosa. Basta decir que demasiado que he conseguido identificar la voz con la que he personificado todos estos temores y que he asumido la parte racional de todo esto, que es el hecho de que las voces no te dicen más que palabras y que las palabras solo hacen el daño que tú les dejas.
Ahora solo falta el resto, que es reunir fuerzas contra un mar de dudas y miedos y combatirlo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Mondo Chorra- Olimpo de barro



Hace un par de noches estuve manteniendo una conversación con una amiga de confianza. Una de esas conversaciones en las que acabas pensando un poco sobre la clase de persona que consideras ser, y sobre la clase de persona que aspiras a ser. Y también, cómo no, sobre lo que no eres y a quién se lo debes. La clase de conversaciones profundas que tienes con gente con la que sabes que puedes tenerlas, más allá de los chistes de pedos y guarradas varias, que también los hay. Y a espuertas.

Pero centrémonos en esa conversación en sí, pues tuvo lugar una de esas cosas que solo suceden cuando hablas con la persona adecuada en el tono adecuado. Me refiero a ese punto en que empiezas a darte cuenta de cosas acerca de ti mismo en las que no habías reparado y que te hacen pensar un buen rato, incluso después de haberte despedido de la otra persona.
Me refiero a eso que he mencionado acerca de por qué somos de una determinada manera y a qué se lo debemos. A por qué no encajamos en según qué contextos, en según qué círculos. También en lo que podíamos habernos convertido y en los caminos que tomamos para no llegar a hacerlo.
Decisiones.

Es en momentos así cuando te pones a pensar en el hecho de que, a lo largo de tu vida, has sido visto como una persona "rara" en según qué círculos. Quizá por tu forma de pensar, o de actuar; o simplemente por mantenerte en un discreto segundo plano cuando otros acaparan toda la atención y van recolectando aplausos y palmadas en la espalda. Debido a según qué formas de ver las cosas, eso de llamar la atención te desagrada y resulta mucho más cómodo mantenerte en la sombra, alejado de las luces, donde pueden verte solo aquellos a los que se lo permites. Las palmadas en la espalda incluso te incomodan. Con una mentalidad tirando a lo perfeccionista, con ese sentimiento de atelofobia que te echa el aliento en la nuca, incluso te cuesta creerlas. Algo así como en la fábula del cuervo y la zorra que conté una vez.



Porque no a todo el mundo le gusta que le calienten la oreja.


Pasa el tiempo y aprendes a ser discreto y a no alardear de lo que otros esperan que alardees. Te das cuenta de que tu entorno está lleno de un sentimiento de competitividad al que no le ves el más mínimo sentido. Otros esperan que andes demostrando una y otra cosa, y otra y otra más. No hacerlo supone que tú mismo quedas en tela de juicio, tasado y evaluado en silencio. Dando "que pensar". Sigue pasando el tiempo y casi da la impresión de que tienes que andar dando explicaciones que no deberías dar, acerca de tu forma de ver el mundo, como si fuera la errónea o como si estuvieras infectado por vete a saber qué enfermedad rara. Cuando te quieres dar cuenta, eres el elemento omega de la manada. Considerado el eslabón más débil y aquel con el que estos elementos no cuentan para poco más que para el cachondeo.

Estas cosas no son así desde el principio. A veces resulta que encontrabas afinidad en ciertos elementos de estos entornos. En etapas primitivas, a algunos de ellos has llegado a admirarlos. Incluso los considerabas una fuente de inspiración... pero conforme vas creciendo ves cómo unos y otros evolucionan. Aquellos a los que se les llenaba la boca con el honor y unos valores que sonaban muy bien, pronto empiezan a cambiar de discurso. Su ética queda en un segundo plano en función de su egoísmo, sus instintos más primarios o lo que sea. Ellos lo llaman "madurar" o "hacerse adultos". Se justifican de una y mil maneras, por reprobable que sean lo que hagan. Los escuchas y, si no prestas la debida atención, casi parece que está hablando una ONG con patas.
Y sin embargo, en el fondo, sabes que no son más que excusas. Que esa gente simplemente se ha convertido en aquello que, unos años atrás, todos aborrecíais. Que aquellos ideales que tú sigues manteniendo, porque crees en ellos, otros los han retorcido y pervertido hasta convertirlos en una triste parodia.



"Y así es como salvé el mundo"


Sin embargo, estás en el entorno equivocado. Esa ideología perversa se aplaude, quizás porque esas personas son quienes son. Los elementos alfa, los héroes por consenso. Los que jamás harán nada malo, hagan lo que haga y los que siempre encontrarán defensa y justificación. No hay una brújula moral más allá del "Sálvese quien pueda". La tiranía del yo por encima de los demás se convierte en filosofía, y se reviste de un principio de lealtad incondicional que atufa a sectarismo.
El culto a la persona.
Y tú estás ahí en medio, preguntándote qué narices ha pasado; en qué momento la cosa se ha salido de madre y la gente a la que admirabas se ha convertido en algo irreconocible. La antítesis de lo que se suponía que tenían que ser.
"Han madurado", parece ser la respuesta, pero hay algo en ello... algo tan simplista, tan autoritario en estas palabras, que no te cuadra. Una vez más, te sigue pareciendo una excusa barata para justificar según qué actitudes, según qué comportamientos.

No creo que la madurez implique sacrificar tu honradez, actuar de forma egoísta y sin importar a quién aplastes por el camino. Mucho menos dedicarte a satisfacer tus instintos más primarios sin tener la más mínima consideración por las consecuencias. Ni convertirte en la clase de ególatra que se suponía no debías ser jamás. Madurar no consiste en tratar a otros como medios para un fin, o ignorarlos de forma deliberada en el momento en que no te ríen las gracias. No consiste en andar haciendo daño a otros y luego andar buscando excusas para que parezca que encima les estás haciendo un favor. No consiste en andar por la vida tratando de buscar la admiración de los  demás y encima alardear de ello. No, para mí eso no es madurar, por muy insertado que estés en el mundo laboral, por mucho dinero que ganes, por mucho que viajes, por mucha gente que digas conocer. No importa que tengas éxito en tu vida, ni que tengas una, dos, diez familias. Ese tipo de cosas ni te hacen más maduro, ni mucho menos mejor persona. Sin embargo, como método para acallar la voz de la conciencia supongo que es algo efectivo.


Patrick Bateman aprobaría esto.


Quizás esa es una de las grandes diferencias que han hecho que muchas veces sienta que no formo parte de este mundo. Me refiero al hecho de escuchar a mi conciencia y no andar justificándome ni sintiéndome un héroe cada vez que jodo a alguien solo por seguir mis impulsos y hacer lo que me da la gana. Y es que, conforme pasan los años, he ido viendo cómo más y más gente tiende a hacer eso, a sentir que el hecho de desear algo les da pleno derecho a conseguirlo sin importar las consecuencias. Como si ese fin justificase los medios, por discutibles que estos sean. No en vano, he visto a lo largo de... no sé, los últimos quince, puede que veinte años, gente que ha mentido, manipulado, tergiversado y dañado a otros sencillamente porque les ha dado la real gana. Porque podían sacar algún tipo de beneficio personal a costa de emponzoñar el entorno que les rodea. De dejar en la estacada o apuñalar por la espalda  a gente que se supone que les importa. Todo esto porque se supone que es mas importante salvar el propio pellejo que el bien común. Esta gente es la primera que va por la vida diciendo a los demás que deben despertar, que es así como funcionan las cosas: que en esta vida tienes que pisotear antes de que te pisoteen. En resumen: ataca sin provocación, aprovéchate de los demás, usa al prójimo como consideres conveniente porque no está más que para servirte. O adularte. O satisfacerte. O todo a la vez. Y cuando esa gente deje de serte útil, deshazte de ella como si fueran trapos viejos o material inservible.
Una preciosidad.

Para mí esto no enmascara más que la filosofía del abusón. La del "Lo hago simple y llanamente porque puedo", pero no porque se considere que se debería hacer. Esa que viene con el argumento de "Si no lo hago yo, lo harán otros" o el "Es que yo soy así" (y un "Y todos los demás deberían ser así también" entre paréntesis). Es la forma de pensar de aquellos que van por la vida sin demasiado sentido de la consecuencia. Probablemente porque les da igual; porque lo mismo la jugada les ha salido bien y dan por sentado que, si algo te sale bien, es porque estás haciendo lo correcto. Planteamiento de animales de laboratorio, que consideran que apretar una palanca que les da comida es algo bueno, sin plantearse que lo mismo dicha palanca da descargas eléctricas a otros animales y sin considerar que hay una segunda palanca que tal vez te dé menos comida, pero no daña a nadie.
Confundir buenos resultados con ética y revestirlo todo de una especie de ideal de inteligencia. Porque si aplastas a otros para conseguir lo que quieres eres el listo. El astuto. Aquel que debe ser admirado por encima del resto de los perdedores.


"No soy mala. Solo me han dibujado así".


Pero no nos engañemos: en esta vida, en la mayor parte de ocasiones, podemos elegir. Eso de la supervivencia es una excusa barata; nadie nos pone una pistola en la cabeza para aplastar al de al lado. Nadie nos obliga a hacer lo que nos dé la real gana sin importar a quién estemos dañando. Nadie nos dice "Eh, si no velas por tu propio pellejo caiga quien caiga te mataré". No. Cada vez que nos dejamos llevar por nuestro egoísmo, nuestros instintos, nuestras ansias de destrucción, lo hacemos en base a unas circunstancias... pero por lo general tenemos alternativa. Podemos pensar únicamente en nosotros o podemos decir que eso no es lo que nos gustaría que nos hicieran. Podemos actuar para vivir en el momento, sin responsabilidad alguna, o podemos pararnos a pensar en frío. Hagamos lo que hagamos, la decisión es nuestra. Dicha decisión, y no las circunstancias (que suelen ser las que se llevan siempre todas las culpas) son las que hacen de nosotros las personas que somos. Son nuestros actos los que hablan por nosotros, y no nuestro Nombre. Porque llega un momento en que ser quienes somos deja de ser una disculpa. Llega un momento en que se recuenta lo que hemos hecho y nuestra cara bonita, nuestro carisma y todo lo demás quedan a un lado. Llega un momento en que lo único que determina lo que somos, el recuerdo que dejamos, la huella a nuestro paso, es la que nos define.

Volviendo al caso de estos seres a los que he conocido, quizás el tiempo da la razón. O, al menos, a medias. No creo en el karma, para seros sincero. No creo que solo a la gente mala le pasen cosas malas, ni creo que un Dios esté ahí arriba únicamente para tomar cuenta de lo que hacemos y andar castigándonos. Si es así, ese Dios es un completo imbécil con una brújula moral más bien dispersa, al que le gusta joder a honrados y dejar que los auténticos bastardos se salgan con la suya día sí y día también. Supongo que es lo que tiene vivir en un universo supuestamente creado por un Dios de amor y no uno de justicia: que al final lo que tenemos ahí arriba es un adicto a que lo adoren y que, como cualquier maltratador psicológico de manual, daña a los débiles solo para que se acuerden de él y así insuflar su Divino Ego.
Pero a veces resulta que, como he mencionado arriba, nuestros actos hablan. Y somos nosotros, y solo nosotros, los que demostramos la gente que somos en realidad. Esa prueba aparece cuando echas la vista atrás y piensas en toda esa gente que antaño era maravillosa. Pasa el tiempo y ves cómo, poco a poco, han sucumbido a ese Lado Oscuro y se han convertido en una sombra bastante lamentable de lo que fueron. A veces aparecen en algunas conversaciones con gente que también los conoció y la pregunta que surge en el aire, de forma explícita o bien silenciosa es: "¿Qué le pasó a esta persona? ¿Por qué acabó siendo así?"
Es ahí cuando descubres que el recuerdo que dejan no es más que el de un héroe con pies de barro. Alguien que pudo ser una inspiración se convirtió en una farsa. Aquellos que predicaban según qué valores acabaron por perder la fe y se convirtieron en aquello que habían jurado que jamás serían.


"Porque soy un Dios de amor".
Ya, ya...


Es en momentos así cuando tú, que siempre te mantuviste en un segundo plano, echas la vista atrás y ves a lo que se ha reducido todo. Lejos de sentirte superior a nadie, sí eres consciente de que tú sigues creyendo en aquello en lo que creías. Mientras aquel Olimpo de barro te miraba con condescendencia conforme se iba transformando, tú estabas seguro de creer en lo correcto. Y no cambiaste. Seguiste creyendo en ello mientras a tu alrededor esa fe se desmoronaba. Por ello fuiste el "raro", el "bufón". Se te pidieron explicaciones que jamás consideraste oportuno dar. Se cuestionó tu forma de ver la vida, se te ninguneó. Se te hizo el vacío y acabaste desplazado hacia el exterior, donde tuviste que empezar desde cero, recreando tu universo personal desde el principio. Fuiste abandonado, sencillamente porque aquellos héroes encontraron algo que consideraron mejor. Más interesante, más adecuado a su nueva forma de vida. Más "maduro". Aquellos que predicaban que a los amigos no se les deja en la estacada, a quienes se les llenaba la boca con aquello del honor y la confianza, resultaron ser los primeros en mearse sobre todo aquel ideario, bajo el pretexto de la vida adulta. Se convirtieron en personas capaces de juzgar bajo el rasero del mundo laboral, la independencia, la economía o tener pareja. Se sentaron en su propio trono y expulsaron de su territorio a todo aquel que no se amoldase a su forma de vida.
Honor.
Camaradería.
Hermandad.
Perdonad que me ría un rato.

Pero resulta que pasan los años, y tú sigues ahí. Porque lo que no te mata te hace más fuerte. Y te das cuenta de que, si bien tú sabes que actuaste siempre de la forma más honrada posible y que no dejaste de creer en aquello, otros sí. Sabes que lo mismo no eres mejor persona que el resto del planeta, pero te esfuerzas en intentarlo. Sabes que aquello que te hicieron a ti jamás se lo harías a nadie que consideres un amigo. Pasan los años y al encontrarte con gente común y surgir esa pregunta que he comentado antes resulta que unos dejan una huella tibia, incluso amarga. La huella de aquellos que prometieron pero no cumplieron. Una huella de decepción, que rezuma debilidad. Aquellos que se vendieron como héroes no quedan ahora sino como pobres diablos que se han convertido en aquello que juraron no ser jamás. Y tú, lejos de sentirte mejor que nadie, lo único que notas al respecto es un tremendo alivio. Alivio y una sensación de autodeterminación. Alivio porque no te has convertido en aquello que aborrecías; autodeterminación, porque sabes que ha sido precisamente gracias a no dejarte llevar, ni por tu entorno, ni por tus instintos más básicos. A soportar los juicios velados y las risas soterradas. Porque sabías que aquello en lo que creías merecía la pena. Que tu forma de actuar era la que considerabas correcta.


No, no te ves a ti mismo como un héroe... pero sí como alguien que no deja de luchar por aquello que considera lo correcto. Te llevas todas las hostias de la vida, pero sabes que al menos así eres fiel a ti mismo.
En según qué puntos de tu vida, es casi lo único que tienes.


Miras atrás y tienes la conciencia tranquila, a pesar de todo lo que se han reído, de todo lo que te han echado en cara. A pesar de los desplantes y de las pullas. A pesar de ser considerado el omega, el benjamín, aquel al que no se toma en serio. El que cada vez que habla resulta que parece un chiste o no procede. Ha pasado media vida y te das cuenta de que, pese a todo el recorrido juntos, las experiencias y todo lo demás, ya poco o nada te relaciona con ellos. Eres una persona diferente. Quizás siempre lo fuiste, pero la distancia te da perspectiva. Empiezas a darte cuenta de que tú no eras el raro; simplemente, no encajabas en un entorno que era incapaz de aceptar que tú te mantuvieras firme mientras te decían que te movieras. Que agacharas la cabeza. Que dieses la razón a quien no creyeses que la tuviera. Que aceptases cualquier cosa, solo por venir de quien venía. Que justificases sus malas acciones. Si esos son algunos de los motivos por los que fuiste juzgado y expulsado al ostracismo, entonces son motivos de los que sentirte orgulloso.
Porque mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.