lunes, 13 de marzo de 2017

Angst- Voces



No sé si os pasa a vosotros también, pero dentro de mi cabeza resuenan voces. Por supuesto, no hablo de "voces" en el estricto sentido de mi palabra. Hasta la fecha, no se me ha diagnosticado esquizofrenia, ni creo recibir revelaciones místicas de ningún tipo.
No son esa clase de voces.
Más bien me refiero a esas voces que surgen de tus propias inseguridades, tus miedos y tus debilidades. Las voces que te susurran al oído y te vuelven paranoico. Las que se ceban con lo que no eres, con lo que nunca llegarás a ser. Las que te recuerdan una y otra vez tus fracasos anteriores, tus errores y tus heridas.

Si eres una persona con una mente imaginativa, esas voces tienen un timbre concreto. Una forma de expresarse y de atacarte. En mi caso, la voz que resuena es la de alguien que conocí hace mucho, mucho tiempo. La voz de alguien lleno de ira, odio y desconfianza. Alguien incapaz de ver absolutamente nada bueno en nadie y cuya filosofía, revestida de una dudosa "sinceridad", consistía en hacer daño (decía) antes que otros lo hicieran.
El hecho de que careciera de empatía y que incluso disfrutase aprovechándose de las debilidades de los demás, al parecer, era irrelevante en esta supuesta forma de sobrevivir.


Es así como muchos justifican el hecho de que son, simple y llanamente, malas personas.


Esta persona, por algún motivo que me cuesta entender casi dos décadas después de haberla alejado de mi vida, estuvo a mi lado durante una temporada. Creedme cuando os digo que he conocido poca gente tan llena de veneno en su interior. Tan agresiva, verbal, y casi que podría decir que físicamente. Tampoco entiendo muy bien por qué consentí que me traicionara dos veces, de un modo bastante flagrante y a un nivel bastante personal. Supongo que, por aquel entonces, yo no era como soy ahora, o no del todo. Es más que probable que en aquellos años mi concepto de la lealtad fuera muy diferente al que es ahora y pensara que todo aquel que estaba a mi lado era, por definición, honrado o que procuraría no hacerme daño.

¿Por qué escucho la voz de esta persona y no la de otra? Supongo que porque, en algún momento dado, acertó en sus predicciones acerca del Universo personal que nos rodea a cada uno. Esto no lo convierte en Freud, ni Nostradamus, ni nada por el estilo: si piensa mal absolutamente de todo el mundo, cuando alguien de tu alrededor falla, es lógico que este ser acierte. Conociendo la personalidad que estoy describiendo, supongo que tampoco es de extrañar que, cuando sufriera alguna decepción por parte de alguien de mi entorno, allí estuviera para decir "¿Ves? Ya te lo decía yo".


"Vengo a contarte mis profecías de hoy".


Esta persona era alguien capaz de tomar cualquier información que captase acerca de quien fuese y convertirla en auténtico veneno. Gente que probablemente no tenía mala intención era vista, de buenas a primeras, como gente a la que importabas una mierda o gente que directamente iba a joderte.
Qué estúpido te sientes cuando descubres que a quien importabas una mierda o quien iba a joderte era precisamente esta persona y no aquellos de quienes hablaba. Porque igual es cierto que no todo el mundo es bueno (yo nunca me lo he creído, ni antes ni después de conocer a este sujeto), pero la filosofía de que todos y cada uno de los seres humanos actúan de forma interesada y que la bondad no existe es pasarse al otro extremo.

Pero, como digo, esa persona acertó en alguna ocasión. Si pienso de un modo racional, tenemos lo que he comentado antes: que era evidente si pensaba mal de todo el mundo. El problema es cuando esa decepción que sufrimos nos duele de manera particular. Entonces es cuando ese recuerdo se convierte en una voz, y esa voz prácticamente se ríe de nosotros por pensar bien. Es esa voz la que nos vuelve paranoicos y hace que, sin darnos cuenta, seamos nosotros los causantes de la mitad de los conflictos que hay en nuestro Universo particular. Luchamos por el Orden, pero el Caos nos ha dejado tanta metralla en nuestro interior que es muy, pero que muy difícil distinguir nuestro instinto de nuestros temores.


"Vale, ¿tú cuál de los dos eres?"


Quizás es por eso por lo que, en el momento en que creo que las cosas parecen ir medio bien, esa voz me susurra al oído. Algo así como el Yago que susurraba al oído de Otelo, inventa acontecimientos de los que no tengo constancia. Crea conversaciones enteras a mis espaldas que, que yo sepa, jamás tuvieron lugar. Me muestra alianzas que no existen, afrentas sin motivo. Confabula todo un Universo en mi contra, resaltando mis errores. Mis carencias y mis debilidades.
Esa voz me muestra un Universo cruel, que no hace más que restregarme por la cara lo que no soy, humillarme por mis fracasos. Es una voz despiadada, que no hace sino reírse de mí, por querer confiar en otros. Me dice que me equivoco, me pregunta si no veo lo que es evidente.

Y es ahí cuando surge el miedo a que, por alguna remota casualidad, resulte ser así. El temor a que acabe por tener razón. Es entonces cuando esa voz se hace fuerte porque, de acertar, haría que me sintiese todavía más estúpido. Haría que sintiera que mi fracaso fuese aún mayor. Casi podría imaginar ese rostro sonreír con crueldad, disfrutando mientras me ve herido de nuevo. Multiplicaría el dolor que sufro ante cada decepción. Reduciría mi autoestima a muy poca cosa. Mis inseguridades, que las tengo, y muchas, ganarían una vez más.


"Jódete".


Supongo que el secreto consiste en desoír esa voz, porque aunque tenga ese timbre y tenga el rostro que mi mente ha querido darle, no debo engañarme: esa voz es mía. Quizás yo la he identificado con una persona de mi pasado que hace muchísimo que no está a mi alrededor para negarme a reconocer lo evidente. Que soy humano y que, como tal, tengo el enemigo dentro de mí. Todos esos errores que me restriega por la cara, todas esas historias que inventa, no son más que mis propios recuerdos y mi propia imaginación. Nada más.
Es muy fácil decirlo, pero no os imagináis lo que cuesta hacerlo. Hablo en serio. Sé que muchos de vosotros pensáis que soy una persona con una voluntad de hierro y que no ando escaso de valor, pero temo deciros que os equivocáis. No soy una persona en absoluto fuerte, ni mucho menos valiente. De serlo, estos miedos e inseguridades no me pasarían factura. Ni siquiera andaría recordando lo que decía un imbécil al que no veo desde hace década y media. Y si me acordase, lo tendría como lo que era: un pobre idiota amargado que, incapaz de ser feliz, se dedicaba a hacer infeliz la vida de los demás.

Si fuera una persona tan fuerte como aparento, o incluso como me gustaría ser, esos recuerdos no significarían nada de cara al futuro; simplemente serían una experiencia más, pero no determinarían mi forma de afrontar mi Universo personal. No deberían causarme ningún miedo, o no a nivel patológico, al menos. No me tendría que esforzar para combatir mi propia paranoia, ni tendría que sentirme avergonzado como me siento tantas veces, al pensar mal de otros sin un motivo fehaciente... o incluso de mí mismo. Lo único que me permite la fuerza de voluntad que tengo es luchar contra ello, pero no es una lucha que pueda decir que gane solo porque quiero ganar. Ojalá, pero no. Es una lucha constante, en la que debo obligarme a seguir luchando por no oír según qué voces. Según qué palabras. Según qué ideas. Voces, que en el fondo, lo único que intentan decirme es que no soy lo bastante bueno. Que no soy lo bastante astuto. Que no veo venir las cosas y que, en el momento en que quieran estallarme en la cara, será culpa mía por no haberlas visto venir.


"¿Es que no te das cuenta de que estás haciendo el canelo, peazo mongolo?"
Y otras grandes frases.


Como podéis deducir de todo esto, conozco la teoría. Sé que, desde un punto de vista racional, lo que dice esa voz es absurdo. Que incluso la he personificado con los atributos de alguien que ni era de fiar, ni era precisamente inteligente ni alguien que supiera de lo que estaba hablando. En todo caso, hablaríamos de un chalado o un idiota. Alguien a quien cualquiera mínimamente inteligente mandaría a pastar en cuanto abriera la boca, o le diría que cerrase la suya de una santa vez. Todo eso lo sé, y sé que es cierto... o que debería serlo.
Lo que no sé es por qué entonces mi mente no funciona del modo correcto ante esto. No sé por qué no expulsa esa puñetera voz (y alguna otra de la que algún día os hablaré) de una vez por todas. No creo que sea por falta de ganas, eso os lo aseguro. Puede que sea por exceso de miedo o falta de fuerzas; de ser así, ni me extrañaría ni tendría problema en reconocerlo. La cuestión es que todavía no he encontrado la respuesta a esa pregunta. Y no, no es porque no me atreva a reconocerla: es porque no la conozco. Tampoco tengo problemas en reconocer mi ignorancia ante según qué cosas, y esta es una de ellas.

Me gustaría llegar a alguna conclusión al respecto de esto, pero de momento no tengo gran cosa. Basta decir que demasiado que he conseguido identificar la voz con la que he personificado todos estos temores y que he asumido la parte racional de todo esto, que es el hecho de que las voces no te dicen más que palabras y que las palabras solo hacen el daño que tú les dejas.
Ahora solo falta el resto, que es reunir fuerzas contra un mar de dudas y miedos y combatirlo.

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