Vamos a dejarnos de hostias y de tonterías: eso de la cultura woke tiene de progresista exactamente lo mismo que un prepucio putrefacto relleno de esmegma purulento tiene de higiénico y culinariamente apetecible. Otra cosa es que los modernitos, los neogafapastas, los culturetas y su puta madre en bicicleta se pasen el día berreando las maravillas de su subcultura y se pongan más chapitas que una adolescente de los 80.
Pero cacarear una cosa a los cuatro vientos las veinticuatro horas del día en caso alguno supone que estés diciendo una verdad.
A menos que seas Goebbels, claro.
En el tema de los cómics, que es el que nos atañe en esta sección, la cosa viene siendo intensita y particularmente hipócrita desde hace ya una buena temporada. Para ilustrar el asunto, permitidme que os cuente una de mis clásicas batallitas de Abuelo Cebolleta para ir ilustrando un poco de qué va la película: hará ya algunos años, tuve el dudoso gusto de cruzar ciertos comentarios en una red social con un subnormal que, a día de hoy, quedaría perfectamente tipificado dentro del wokismo más recalcitrante. Uno de esos que pone su identidad por delante para justificar cualquier ataque gratuito contra quien tuviera delante que no le riese las gracias; un espantajo (porque no tiene otro nombre), que no es que hablase de un tema sin saber, no: es que hacía gala de su supina ignorancia, insinuando que bastaba con tener una causa que defender para ir enarbolando cualquier argumento, por infundado que estuviese ("A ver si voy a necesitar controlar un tema para poder hablar de él", venía a decir la criaturita). Un personaje de esos nobles que, a la que le demuestras con argumentos que lo que está diciendo está lejos de ser cierto, se hace el ofendido y te tacha de seguidor de una ideología que no solo no te representa, sino que es prácticamente lo opuesto a todo cuanto eres tú. Y sin conocerte prácticamente de nada, faltaría más.
"Mira, yo es que soy homoseñorito. Si yo digo que la Tierra es plana, las vacunas causan autismo y que la ciencia en general no sirve para nada y no me das una palmadita en la espalda por lo listo que soy, eres homófobo".
Aquí el intelectual venía a decir que el cómic (el arte entero, sin cortapisas ni excepciones entre autores, décadas, contextos culturales, corrientes, geografía o influencias) viene a ser homófobo y machista por definición. El iluminado no había visto más cómics en su vida que lo que había leído en cuatro blogs hipermegaconcienciados (su principal fuente de lectura, reconocido por él mismo), pero eh, tenía derecho a una opinión y, como tal, tenía que ser respetada y puesta al mismo nivel que la de cualquier otro que sí tenga una mínima idea de esto (ya no hablo ni de ser un experto, hablo de medio saber de qué se está hablando, pero entiendo que en este siglo de soplapollas mentales es mucho pedir). A la que le argumenté con ejemplos de todo tipo, aquí el figurín pues se ofendió: de pronto, el que tenía un problema era yo y, al parecer, no puedo ni ver al colectivo LGTBI porque el caballerete este me pareció de un ignorante que tumba de espaldas. Con dos cojones.
Spoiler: la orientación sexual no tiene nada que ver con la inteligencia. Se puede ser inteligente y ser hetero, gay o bi, del mismo modo que te puede gustar meter maromos en tu catre y ser un perfecto mandril que no junta más de dos neuronas. Pero es una conversación para la que muchos no están preparados.
Pero la raíz del asunto viene a ser la ideología woke, que este tío ya destilaba por los poros de su intelectual pellejo, unos años antes de que acuñásemos el término y esta pandilla de comemierdas se empezasen a adueñar del relato dominante sobre la cultura. Hasta el auge de los Heraldos de la Tolerancia estos, podíamos tener más o menos un punto de vista medianamente razonado (o no) y se podía tener un debate (medio) civilizado acerca de cualquier muestra de cultura moderna: podías hablar de la última peli de Polanski, del último número de X-Men o de si realmente mola tanto la saga de Juego de Tronos. Gente con más razón, gente con menos razón, pero en eso radica debatir con alguien. Al menos, con gente civilizada, claro.
Porque Chiwakas ha habido siempre.
Llegan los wokes y las reglas del juego cambian un poco, porque esto ya no va de tener la razón, sino de gritar más fuerte y de silenciar al prójimo: ahora ya no es que no estés de acuerdo con la chupipandi (como ellos tampoco tienen la obligación de estar de acuerdo contigo); la cosa consiste en aceptar una Única Verdad, Absoluta e Incontestable que, curiosidades de la vida, siempre es la suya. Una Verdad que tienes que suscribir al 100% o prepárate para recibir una batería de insultos: reaccionario, machista, homófobo, fascista, tránsfobo o lo que esté de moda esa semana. Insisto, da igual que el woke tenga razón o se equivoque: esto no va de un debate filosófico acerca de cualquier asunto (trascendental o banal); no va de contrastar ideas; no va de emitir un argumento que puedes aceptar, rebatir o simplemente cuestionar desde una duda medianamente razonable. No. Esto va de imponer una ideología por putos cojones y de machacar, censurar, pisotear y poner una etiquetita a todo el que no compre un discurso que, a la que rascas, tiene más costuras que el pellejo del puto Frankenstein.
El wokismo parece haber encontrado un nicho cómodo en la industria del cómic, lo que demuestra tanto una ignorancia tremenda acerca del medio como una hipocresía bestial: no hay más que ver reportajes como el de la Sexta Noticias hace unos días, donde se argumentaba, sin pudor alguno, que empresas de cómic como Marvel, en los últimos años, se han sumado a la cultura de la diversidad; tenemos autores españoles (no recuerdo el nombre del que salía en este reportaje en concreto, pero si alguien lo conoce, que me lo indique y lo acreditaré) sacando pecho con detallazos como que Loki ahora es "una persona de género fluido en los comics". Y quedarse tan pancho.
Vamos por partes ante esta sarta de burradas emitidas desde lo que se supone que es un medio informativo, al que no le vas a pedir información exhaustiva como si se tratase de un documental del National Geographic, pero al menos sí le puedes pedir que se hayan documentado ligeramente antes de abrir la boquita, que para eso estamos en la era de la información y tardas tres putos minutos en consultar la Wikipedia o lo que te dé la puñetera gana.
"Marvel se ha sumado a la cultura de la diversidad": aquí el argumento da a entender (eso, o que yo ya veo donde no hay, que también puede ser, ahí os dejo la duda razonable) que antes del auge woke Marvel venía a ser una especie de nido de machirulos heteropatriarcales fascistas y opresores que iban quemando cruces en las casas de los negros cada vez que salían del curro. Esto no puede ser más falso, si tenemos en cuenta de que Marvel, nacida hacia 1961, precisamente estuvo destacando durante unas tres décadas por tratar absolutamente todos los temas candentes de la época, con la complicación de que el medio pasaba censura (el Comics Code Authority) y era muchísimo más difícil hablar de drogas, homosexualidad, corrupción política o lo que fuera sin que llegase un señor del gobierno, se fuera para el editor al mando y le dijera "Mire usted, esto no se puede tratar".
Sin embargo, gente como Stan Lee (el viejecito ese que salía en las pelis de Marvel, al que cualquier día de estos pondrán de fascista opresor, viendo cómo está el patio) o Roy Thomas le echaron dos cojones al tema y pusieron a un chaval hasta el culo de drogas a pique de despeñarse por una ventana en el Amazing Spiderman #96 (1971). Este tema, recordemos que en aquella época, era tabú, especialmente en esa época y en una sociedad tan conservadora como la estadounidense, más aún a la hora de tratarlo con los chavales en un medio de entretenimiento; lo curioso es que no fue un tema que pasase de puntillas; algún tiempo después, en la misma serie, un personaje secundario (Harry Osborn, mejor amigo de Spiderman en su identidad civil) acababa también bastante hecho polvo por las drogas. Más adelante, en los 70 y 80 (esta última década en pleno auge del crack, la heroina y la drogadicción juvenil) encontrábamos el tema como algo recurrente en series como Daredevil o Capa y Puñal (esta última, prácticamente centrada en el asunto). Puño de Hierro, X-Men (curiosamente, estas dos series guionizadas por Chris Claremont, del que hablaré algo más adelante), y otras tantas, a su manera, mencionarían el tema como un problema social que resultaba, como poco, preocupante.
Pero no hablamos solo de drogas, sino de temas que hoy en día están en boga y que hace como treinta años no todo el mundo se atrevía a mencionar en medios públicos. Temas en los que los cómics, en buena medida, fueron pioneros, con el handicap de que, en teoría, estaban orientados "a chavales". No en vano, podemos encontrar el tema del maltrato, violencia de género o violencia dentro de la pareja (llamadlo como os dé la gana) en números como The Avengers #213 (1981), violencia sobre los menores (Secret Wars II #5, cuando se plantea la primera aparición de la mutante conocida como Boom-Boom), el suicidio (planteado varias veces en X-Men, de formas bastante diversas a lo largo de un par de décadas), la homosexualidad (por ejemplo, en Capitán América #268 de 1981), la anorexia (X-Factor #12 de 1986) o el racismo, denunciado con personajes como Power Man, a lo largo y ancho de la mayor parte de la colección de X-Men desde sus orígenes o en Capitán América #231 como uno de los ejemplos más significativos en la colección de este personaje. También ha sido desafiado abiertamente a la hora de mostrar a personajes como Robbie Robertson en Spiderman desde 1967 (en una época en la que los negros apenas pisaban la universidad), Pantera Negra, el primer Ave de Trueno en X-Men, Danielle Moonstar en Los Nuevos Mutantes, Wyatt Wingfoot en Los Cuatro Fantásticos, y decenas de tantos otros.
Nótese un chiste muy majo: hoy en día el mundo Woke parece pensar que el racismo solo actúa en contra de los negros, pero luego pasa millas de los nativos americanos, a los que difícilmente vemos en sus reivindicaciones. Esto me hace pensar muchísimo en su supuesto progresismo.
Volviendo al reportaje de la Sexta, se viene a dar a entender que centenares de autores que, en épocas mucho más complicadas que hoy en día, desafiaran las convenciones sociales y los tabús, sencillamente, nunca existieron. Su trabajo nunca fue tal, los riesgos que corrieran jamás tuvieron lugar y, en definitiva, no eran más que unos pobres neanderthales comparados con los moralmente superiores wokes, que han llegado para arrojar la luz sobre la cultura del mundo. Y es ahí donde viene la hipocresía: al ver cómo gente que se erige en progresista no solo habla desde la más profunda ignorancia sino que además es capaz de adueñarse o silenciar el trabajo de aquellos que los precedieron. En el mejor de los casos, hablar con la más absoluta de las condescendencias y dando lecciones de moral cuando ni siquiera se comportan como buenas personas.
De hecho, tener una buena causa (o una causa que tú identifiques como buena) no te convierte en mejor persona. Que se lo digan a todos aquellos que han perpetrado asesinatos, atentados, genocidios y crímenes varios en nombre de la fe, de la pureza de raza, de la identidad nacional o lo que sea: les preguntas a todos y todos creen estar haciendo lo correcto.
Me llegó ayer, por ejemplo, un articulito de El Jueves (supuesta revista progresista, satírica y con mala leche. Subrayo lo de supuesta), que había publicado un monográfico referente a los cómics. El Jueves ha pasado de la transgresión y el rollo casi punk de décadas anteriores a un lacayismo y un lamecimbrelismo al poder dominante que da entre vergüenza ajena y miedo: si bien en su día no tenían el más mínimo pudor al decir que no estaban dispuestos a agachar la cabeza ante un discurso impuesto por una élite del tipo que fuese, ahora el wokismo se ha metido dentro de sus oficinas y ha hecho que la revista se baje los pantalones ante toda esta oleada de corrección política. Cómo no, entrando en el ninguneo de las generaciones anteriores y desde la más absoluta de las ignorancias.
Caye Casas, director de La mesita del comedor, apuntó no hace mucho que España es un país extremadamente políticamente correcto y que, salirse de ese discurso de corrección política implica ser ninguneado por la industria y tener que buscarse la vida en sitios donde la mentalidad hacia cualquier otra forma de pensar divergente sea algo más aceptada. Él se refería en concreto a la industria del cine, pero creo que se puede extrapolar a buena parte de la sociedad española, cada día más obsesionada con lamerle el cipote a los que imponen según qué discurso por la fuerza.
Entre las lindezas que soltaban era la de atacar a William Moulton Marston (creador de Wonder Woman) desde un argumento de lo más rancio y puritano precisamente para ir de modernitos. Según los tragalefas estos, las publicaciones originales de Wonder Woman son un homenaje al machismo porque "Al autor le encantaban las mujeres atadas y aprovechaba la más mínima ocasión para dibujarlas en sus viñetas". Eso es como decir que Batman y Robin son una pareja gay porque van siempre juntos (topicazo ya bastante manido desde los años 60 y que, honestamente, ya aburre) y usar el argumento como algo pernicioso. Para todo el que conozca a Moulton Marston (o por lo menos, que se haya leído algunos cómics de su Wonder Woman, como el caso de un servidor, que no es que sea más listo que los demás, pero por lo menos gusta de tener material de documentación al que agarrarse), sí que es cierto que le iba el bondage. Sí que es cierto que este señor tuvo una vida, digamos, peculiar (por ejemplo, vivió en una relación bígama totalmente consentida por las tres partes). Una vida que, por cierto, desafiaba los valores ultraconservadores de la sociedad americana de los años 40.
En plena Segunda Guerra Mundial tenemos a un señor que gustaba del bondage y vivía en una relación abierta. Y esto, a gente que vive en el s.XXI, que va de modernita, de tolerante y con la mente abierta, esto les resulta escandaloso. Les resulta escandaloso ver una mujer atada en un cómic de los años 40, pero pasan por completo de puntillas ante el hecho de que la mejor amiga del personaje, Etta Candy, era una mujer obesa (lo que llamaríamos hoy en día, un cuerpo no-normativo, empleando la terminología woke) y que tenía un par de ovarios tan grande o más que la propia Wonder Woman, considerando que no tenía poderes. O del hecho de que, si bien en la época, la sociedad americana entendía que el lugar de la mujer era el hogar y punto pelota, nos planteaba una guerrera amazona que se enfrentaba a espías nazis, que curraba para la inteligencia del ejército, que salvaba a soldados (varones) o ayudaba a huérfanos y se convirtió en un puto icono que perdura hoy en día. Pero no, nos vamos a centrar en el argumento puritano de que al hombre le iban las cuerdas y las esposas. Y eso es mal. Mucho mal. Pecaminoso. Sacrílego. Herético.
Los listos de El Jueves arremeten también contra Chris Claremont porque diseñó (junto a John Byrne) los uniformes de las Reinas Blanca y Negra del Club Fuego Infernal de X-Men. Uniformes basados en corsés, similares a los de las cortesanas francesas del s.XVIII, argumentando que eso es "de pajeros" y dando a entender que bueno, eso de vestir corsés, es de machistas. Hala, los genios ya han sentado cátedra y la chiquillería a tocar palmas porque, mire usted, qué feministas que son al decir eso. Machacar a alguien por masturbarse o por gustarle un corset es como muy modernito; no hay nada como pisotear las preferencias sexuales de cada uno (aun siendo legales, porque, que yo sepa, no existe ley alguna contra ponerse pinocho con una pieza de corsetería, ni creo que haga daño a nadie, digan lo que digan) y luego andar predicando la tolerancia y las opciones sexuales como un "rasgo identitario". Sin dobles raseros, sin hipocresías, ni nada. Les ha faltado machacar a los dibujantes de cómics por ser vírgenes (otro topicazo), o por no comerse un torrao (los famosos incels), lo cual viene a ser la carta blanca para denigrar sexualmente a alguien. Pero, como lo hacen los Justicieros de la Sociedad, pues estará bien, supongo.
Ahora voy a hablaros yo de Chris Claremont: yo no sé si este señor será machista o no (no me he ido de cañas con él, y cada uno en su casa puede ser lo que le dé la gana), pero lo que es su obra... pues si alguien ve machismo en lo que escribe este tío, una de dos: o es un ignorante o un mentiroso. El señor Claremont, por ejemplo, trabajó en la serie de Carol Danvers, también conocida hoy en día como la Capitana Marvel, también conocida como el actual Icono Feminista de la Casa de las Ideas. En aquella época, la Capitana Marvel era conocida como Ms. Marvel y solo teneis que leer la serie para ver que era un personaje independiente, audaz y que no tenía absolutamente nada que envidiar a cualquier personaje masculino. Más adelante, le pegaría un lavado de cara bestial al personaje después de una chapuza que se cometiera en la serie de The Avengers (en su número 200 de 1980, por si os da por investigar). Lavado de cara que demuestra que Chris Claremont demostraba una sensibilidad bastante acentuada a la hora de plantear un personaje femenino y un tema tan jodidamente tabú como es el de la violación (esto sucedería en el clásico Annual 10), sin lloriqueos ni victimismos: Carol Danvers sufrió una violación, sí, pero ni se metió a monja, ni se puso a lloriquear ni fue mendigando la pena de nadie; en lugar de eso, cogió a todo el que justificó aquella burrada y lo hundió en la puta vergüenza, dejando claro que habían sido tan partícipes de ello con su tolerancia que el propio violador. Claremont defendió al mismo tiempo el derecho de las mujeres a ser madres solteras, si así lo decidían. Hablamos del año 1981.
Este autor, aparte, es famoso por haber trabajado en series protagonizadas por mujeres (Spider-Woman) o de haber creado personajes femeninos con una fuerza y un peso que dista mucho del machismo que quieren atribuirle. Para muestra, varios botones: Tormenta (creada originalmente por Len Wein, pero desarrollada de forma intensiva por él), la faceta Fénix de Jean Grey, Kitty Pryde, Pícara o Mística son creaciones suyas. Pero claro, siempre podemos fijarnos en que Emma Frost y Jean Grey en su faceta de Reina Negra llevaban corsés, que es mucho más profundo y está mucho más fundado, dónde va a parar.
Y es que el wokismo parece obsesionado por retorcer la verdad y dar a entender que antes de ellos y su Cruzada contra el Mal todo era oscurantismo y machirulismo heteropatriarcal. Se han llenado la boca diciendo que la industria del cómic era una especie de club de pajilleros donde no ha entrado ni una sola mujer para algo que no sea llevar cafés o bajarse las bragas ante un jefazo (que decir esto, al parecer, NO es machista si lo dicen ellos), pero han invisibilizado a señoras como Ann Nocenti, June Brighman, Colleen Doran, Pia Guerra, Louise Simonson, Marie Severin, Leah Moore o Karen Berger al decir que hasta la irrupción de su sacrosanta ideología NO había mujeres en la industria o que las que había nunca se comieron un mojón porque los penes estaban ahí para pisotearlas. Luego miras que Karen Berger es posiblemente la mejor editora de la industria del cómic entre los años 80 y la primera década de 2000 y el argumento se va un poco a cagar. O que Ann Nocenti ha sido desde siempre una de las guionistas más comprometidas de la década de los 80, haciendo auténticas denuncias sociales de cada uno de sus cómics. Otra cosa es que el woke de turno sea un puto ignorante y no sepa ni lo que está criticando.
También han pasado por alto que la máxima directiva de DC de los últimos años ha sido una mujer, Diane Nelson. Pero como la gestión de esta señora ha sido un auténtico desastre (lo que pasa cuando pones al mando de una empresa a alguien que no tiene ni la menor idea de a lo que se dedica dicha empresa, con unas políticas a la total deriva y una serie de contrataciones y despidos en la cúpula de la editorial a cuál más digno de palmada en la frente), pues aquí se saca menos pecho y luego, ya si eso, pues se jugará la carta del techo de cristal, la de "La obligaron a dimitir por ser mujer" o lo que toque. El caso es darle la vuelta a la tortilla para ajustar la realidad a su santo avolunto.
Quiero volver ahora al tema de la Sexta diciendo que ahora "Loki es una persona de género no binario" y alardear al respecto, en un alarde de diversidad y modernidad. No deja de tener gracia que Marvel en su día transgrediera todo lo que tuviera a tiro y el público lo aceptase durante décadas y que ahora no den un puñetero paso sin convocar una rueda de prensa para sacarse el pene y andar teniendo que demostrar lo chupiguais que son. No deja de ser curioso que lo que hace décadas resultase valiente y orgánico, ahora no parezca sino una muestra de postureo de cara a las redes sociales, con un tufillo a imposición que tira para atrás. La evidencia la tenemos con el hecho de que, hasta el auge woke, los personajes tenían (en líneas generales, claro) una identidad más o menos estable y luego iban apareciendo personajes nuevos que, más acordes con los tiempos en que fueron creados, se fueron ganando al público poco a poco (o no, ya dependiendo de la maestría de sus creadores, porque no te ganas al público solo con una identidad. Necesitas tener algo que contar).
Hoy en día, sin embargo, todo suena artificial y vacío: cuando no te cambian a un personaje de raza sin razón aparente, te lo cambian de orientación sexual "porque nunca se atrevió a mostrarse como realmente es por miedo" (muy original esto último, considerando que parece ser un mantra que ha caracterizado a CASI TODOS los personajes que han sufrido estos cambios), directamente te sacan de la manga un personaje que, más que personaje, es una especie de banderita con patas sin absolutamente nada más que ofrecer que la representación de un colectivo y poco más. En resumidas cuentas, por un lado tienes que los wokes, o bien viven a costa del trabajo de los demás, "reescribiendo" o barnizando para que todo resulte cool (follándose de camino la esencia primaria de los personajes, descafeinándolos hasta la vergüenza ajena) o bien te muestran algo que, más allá de la etiqueta, carece de la mínima profundidad.
Pero eh, que las etiquetas están mal.
Al mismo tiempo, cuando se han creado personajes diversos y ha habido editores sin luces (porque el machismo, el racismo y la homofobia también ha existido en la industria del cómic, como en cualquier otra parte, y negarlo sería faltar a la verdad) que los han cancelado, no he visto un solo woke poner el grito en el cielo: cuando el orangután de Dan Didio decidió cancelar la genial Batwoman de J.H. Williams III, basándose en el casposo argumento de "No, yo no tengo nada en contra de que el personaje sea lesbiana, pero no me parece buena idea que se case", los que protestaron, ¿quiénes fueron? ¿Los wokes, que mucho lloriquear y protestar, pero no leen cómics así los maten, o los lectores fieles de la serie, que no podían creerse semejante argumento de mierda para cerrar una de las pocas cabeceras en condiciones de esa lamentable etapa editorial de DC comics?
Y así está el patio: los adalides de la justicia social y de la tolerancia basan su modus operandi en invisibilizar a aquellos autores previos a su época; en exigir censura; en apropiarse de las ideas de otros y censurar cualquier opinión, ya no que les lleve la contraria, sino que los cuestione o sencillamente no lo comparta todo; en mirar para otro lado cuando no les interesa y, en definitiva, a espurrear mierda sobre el prójimo para autoproclamarse los Defensores de la Moral, como si fueran putos barbudos iraníes lapidando adúlteras. No importa que sus argumentos resulten ser machistas, homófobos o racistas. Que estén basados en estereotipos, revestidos de neologismos superchulis con los que justificarse. No importa que estén usando un ideario lleno de incoherencias, contradicciones e hipocresías para imponer a sangre y fuego una sarta de chorradas. Hace veinte, treinta años, el mundo del cómic era un ejemplo de vanguardia, tolerancia e inclusión: ahora no es más que un nido de niñatos y gilipollas que se creen alguien y que, por berrear en redes sociales, están en posesión de la Verdad Absoluta. Van de progresistas, pero este discurso inquisitorial de acallar disidentes y de quemar toda publicación en su contra es de todo menos eso.
Sí, vamos a dejarnos de tapujos y de tonterías. Es de autócratas. De totalitarios. De fascistas. De estalinistas. De putos nazis. Wokes del mundo, no sois más que eso. Detrás de vuestra palabrería, de vuestras acciones online, de vuestros hashtags y de vuestros simbolitos (porque eso de manifestarse y correr delante de la madera es muy cansado), sois una panda de putos fascistas, que pregonáis libertades que sois incapaces de asumir. Y como nazis que sois, lo único que merecéis en esta vida es que los putos gorilas del Planeta de los Simios tomen en mando de una puñetera vez, huelan el pestuzo de vuestras neuronas oligofrénicas y os ajusticien a todos y cada uno de vosotros metiendóos el rabo por el culo hasta que os dejen la médula a punto de nieve.
Anda y que os follen a todos.





























